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sábado, 1 de agosto de 2026

LA HONESTIDAD VIAJA EN TRANVÍA

 


Presentación: A continuación, un pequeño relato real de la infancia sobre cómo mi madre regresó para entregar un dinero que una costurera le entregó de más.

 

Por Carlos Valdés Martín

 

Acompañaba a mi madre en el tranvía de regreso hacia la casa y mi edad rondaba los 4 años. Cuando ella no tenía trabajo asalariado en alguna oficina de Gobierno, entonces vendía costuras y otros servicios.

Ella contaba 28 años y yo era su único hijo. Mi madre también practicaba el arte de la costura, tenía una máquina de coser marca Singer y era capaz de hacer ropa urdiendo tela por metro con moldes de papel. La tarea de ajustar ropa en medidas de cintura y hombros no resulta sencilla, requiere de conocimientos y habilidades que atesoran los sastres y las costureras. Al día de hoy, esos son oficios poco conocidos.

En esa ocasión, una vecina le pagó por arreglar bastantes vestidos, ajustando sus medidas de cintura y hombros. Ese tipo de costura no era un trabajo bien redituado y cuando mi madre tenía otros compromisos, entonces prefería encargarlos con una costurera de la tercera edad.

En esa época ella no tenía automóvil propio y era un sábado caluroso. Con una mano cargaba una bolsa grande de plástico con ropa para arreglar de la vecina y con la otra me tomaba de la mano. Entonces cualquier salida de casa resultaba interesante. Abordamos un tranvía en la Avenida Revolución. El trayecto resultó muy breve, porque estaba ojeando un cuento de caricaturas ilustrado que me compró en un kiosco.

Ella estaba apresurada, así que no se quedó a platicar con la costurera. Le pagó con cuatro billetes de 5 pesos —de esos con una imagen de Gitana guapa— y recibió el cambio en monedas. Sin fijarse las echó al monedero. Regresamos caminando a una esquina para tomar el tranvía de regreso. Al buscar las monedas para pagar, mi madre se dio cuenta de que la costurera le entregó un peso de más. Esas denominaciones eran fáciles de notar: grandes con efigie del prócer de la patria, José María Morelos, y con contenido de plata.

En ese tiempo, con un peso se compraban dos viajes en tranvía o una revista de caricaturas de las baratas.

Así, no abordamos el tranvía y desandamos el camino.

Esa decisión de volver con la costurera, en mi razonamiento infantil, me pareció inútil y fastidioso, pues deseaba enfrascarme en mirar las caricaturas. Le pregunté por ese regreso y me respondió:

—Ella se equivocó y vive de sus costuras. Cuando haces lo justo, siempre ganas más en honestidad. La honestidad sí importa.

Cuando regresó con la costurera para entregar el peso equivocado, la costurera se puso contenta y quiso platicar, pero mi madre insistió que había prisa para cocinar en casa.

En el tranvía, sin ninguna intención definida, durante un alto me trepé en el asiento. Ella estaba distraída. Con los pies en el asiento, asomé la nariz por una ventanilla y saqué la mano con el cómic. El aire era agradable. Cuando mi mamá se dio cuenta, de inmediato indicó que debería estar sentado, mientras su mano agarraba con fuerza mi cinturón. Dije:

—Ahorita bajo.

Mientras decidía acatar la orden materna, llegó una ráfaga de aire. Alcancé a decir:

—¡Mis caricaturas! —mientras las hojas sonaban a un revoloteo que se alejaba para siempre.

Cuando me senté, terminé de contar la pérdida y comenzaron a rodar lágrimas. Intentaba resistir, pero fallaba la contención. Mi madre se esforzaba en distraerme, para que no creciera el llanto.

Encontró un argumento convincente y me permitió visitar a un amigo en el piso de abajo del edificio. Le decíamos Pistacho y su papá decoraba las vitrinas de su comedor con autos de juguete.

 

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