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viernes, 27 de marzo de 2026

PANTANO Y ABEJAS

 

 

 

Hay quien prefiere lo malo convertido en pantano, bajo y despreciable motivado por decisiones, reveses o extravíos. Unos llegan a esa zona de hedores y miasmas, que llamo el pantano del alma, por voluntad y otros lo hacen empujados por circunstancias.

La reacción promedio sería escapar de un ambiente hostil de oscuridades y dolores, pero quien se acostumbra a la putrefacción se regodea en una tragedia y la conserva como si la humanidad estuviera obligada a celebrarlo. Quien prefiere regodearse en ese pantano no quiere ser rescatado por almas bienintencionadas. Hay espíritus que se acostumbran a esa putrefacción y se personifican en moscas. El chamanismo cree en la conversión de cualquier espíritu humano en su animal de preferencia, en este extremo, un insecto.

Cuando relean a Foucault en Vigilar y castigar, entonces van a descubrir cómo un intelectual se identifica con el espíritu de la mosca, cuando se esfuerza en habitar entre cadalsos, calabozos, penitencias, cuarteles, panópticos, callejones, cámaras de tortura, etc. Lean con cuidado y verán que para Foucault quien habita en ustedes no es el Poder sino el pantano, al que él llama Poder.

El perímetro de las desgracias posee su propia estética y hasta un misterioso atractivo. Quien se acostumbra a habitar entre desgracias y ruinas queda adherido a la desgracia, como si un pantano fuera su habitación.

Algunos espíritus permanecen arraigados en las regiones asfixiantes, mientras los espíritus extraordinarios se despiertan de su pantano mental y, con esfuerzo, escapan de ese perímetro de miasmas.

Quien ha escapado del pantano o de un basurero tan grande que lo asemeja, en su huida desprende olor a mierda. Pero las terribles impresiones del pasado se desvanecen en el recuerdo, cuando su pasado está condensado en fragmentos nauseabundos. Las costras del viejo pantano se resisten a desaparecer cuando un prófugo abandona el pantano.

Hay quien jamás ha conocido las regiones del abismo y resulta un alma bella, que dedica sus cantos o plegarias únicamente hacia las regiones más elevadas. Quien ni siquiera se aproxima a los pantanos vive como las abejas, una especie que no se ocupa sino de la primavera.

En la frontera de los mundos se encuentran los espíritus que están personificados en mosca y los que son abejas. Ambos seres de fábula son capaces entre vivir los mismos ambientes, pero los evitan. Estas palabras no son incomprensibles para quien prefiere habitar en el pantano, pues dicen que “Las abejas no pierden el tiempo explicando a las moscas por qué la miel es mejor que la mierda.” 

El ancho mundo es fabuloso no se clausura entre dos especies de insectos, los viajes son complejos, las orugas se convierten en mariposas, las semillas se vuelven bosques, los artistas viajan sin descanso entre realidades distintas, las construcciones más insólitas surgen en mitad de un bosque de nieblas…  

 

 

jueves, 24 de abril de 2025

OPTIMISMO MODERADO, LA ACCIÓN DEL CASTOR

 


 

Por Carlos Valdés Martín

 

 

La parálisis es pésima, deja que el mundo gire y te arrastre como un tsunami. La acción es preferible, dando una brazada a la vez. Cuenta la leyenda que cualquier Castor siempre es el optimista moderado, mientras el Avestruz es el pesimista extremo y el Perezoso un optimista extremo. El Avestruz mete la cabeza en el hoyo y deja de moverse, por más que sus piernas sean tan fuertes. El Perezoso permanece en lo alto del árbol, mide cada movimiento y no acepta desplazarse hasta que se termine la comida.

Imaginemos que llega la temporada de inundaciones, el río se desborda y la crecida de agua amenaza a los animales. El perezoso mira las aguas crecer y permanece en la copa del roble, que no imagina que el nivel lo alcance jamás. Pero ¿cuándo se termine la comida en ese árbol podrá nadar hasta un refugio? Mira a la distancia y no descubre a ningún Moisés milagroso. Aún así, el Perezoso es optimista y su tranquilidad lo mantiene en no hacer nada, absolutamente nada fuera de masticar hojas plácidamente.

El Avestruz tendría oportunidad de escapar corriendo y las aguas jamás la alcanzarían, pero esta ave es un pesimista extremo. Mira la llanura y sabe que la crecida fluvial no se detendrá tan fácilmente. Observa en todas direcciones y no hay salvación, así que el Avestruz hunde el pico, sin ninguna intención posterior. Con la cabeza hundida se dedica a no hacer nada, absolutamente nada.

El Castor mira las aguas turbulentas y pone manos y boca a la obra. No sabe si el agua se detendrá en una hora en todo el año, no sabe si la temporada de sequías seguirá a la inundación. No sabe lo suficiente, pero desde sus abuelos esa especie pertenece a los optimistas moderados. Su pequeño cuerpo pone pezuñas a la obra. Muerde con insistencia una gran rama y se dirige hacia una zona donde las aguas son más estrechas. El Castor pretende levantar una represa con troncos y ahí mismo, entre las complicadas turbulencias, para levantar una madriguera protegida. Él tira una gran rama y la arrastra torpemente. Su trompa son sus dedos, sus quijadas son sus manos, pero el agua desbordada le arrebata una rama. Desconoce de apalancamientos y grúas, es un empedernido de arrastres. El Castor vuelve a la obra y corta una nueva extremidad del árbol. Pasan horas y únicamente logra arrastrar y colocar unas pocas. El líquido avanza o retrocede, al Castor no le importa esa adversidad cuando persiste y vuelve a intentarlo.

Mientras el Avestruz descansa y el Perezoso sigue comiendo en una copa de árbol, las ramas del Castor se van trenzando. El Avestruz se ahoga en el agujero sin darse cuenta. El Perezoso sufre hambre.

Pasan los días hasta que surge una represa que atrapa el curso de las aguas. Ha triunfado el Castor. El Perezoso se alegra de su buena suerte, la represa también lo beneficia por el suelo transitable alrededor de su árbol. La familia del Avestruz se lamenta de las trágicas inundaciones.

Con esta fábula sonríe Aristóteles cuando muestra que los extremos del optimismo y el pesimismo son malos consejeros ¿O se nos ocurre otra lección?