Música


Vistas de página en total

martes, 13 de febrero de 2024

CLARIDAD: MÁS QUE MICHAEL JACKSON EN SU HIBERNACIÓN


 


 

Por Carlos Valdés Martín

 

 

El buscar claridad no es una exquisitez ni un problema, hasta lo considero un gran mérito, siempre que no esté mal enfocado. Lo que buscaba en famosísimo cantante y bailarín era colocar esa claridad en su piel, lo cual es un exceso y provoca a la risa. Pero los filósofos y científicos serios se han interesado por que haya claridad en su pensamiento y que esa condición diáfana alcance hasta tu espíritu.

Platón te recomienda salir del mundo de las sombras, de esa honda caverna donde confundes las vagas sombras, para alcanzar un mundo bañado por el deslumbrante sol de las ideas[1]. A René Descartes lo bautizaron como el “filósofo de la luz”, por más que él se considerara un tipo discreto y que no quería llamar mucho la atención[2]. Que cuando domina el fanatismo religioso es de gran riesgo hacerse notar por las luces de la mente. El movimiento intelectual europeo que se decidió a incrementar el conocimiento y permitirse analizar cualquier fenómeno de una manera claramente racional se llamó a sí mismo la “ilustración”, que sabemos es una palabra que se refiere a abrir las luces de la mente y esclarecer a los espíritus.

¿De una manera práctica cómo logramos la claridad mental? Primero una recomendación del francés: reduce los elementos a mirar con tu mente, de tal manera que sean tan pocos que te resulte muy evidente lo que estás captando. Mientras menos elementos observes en un momento inicial será más fácil y más luminoso tu momento.

Por desgracia, a veces nuestra mente está tan agitada que no alcanzamos a concentrarnos en un único elemento para captarlo tan intensamente. Por eso, tantos pensadores y hasta líderes espirituales recomiendan el ejercicio de meditación que tranquiliza tu mente. Incluso la técnica que se llama “Mindfullness”, también trata de eso: la pausa adecuada para captar cada cosa a la vez, para no estar agitados y confundidos.

Imagina que abres la puerta de una bodega que está llena de objetos desordenados y de cualquier clase, en la revoltura están hojas con todas las fórmulas de matemáticas que algún día estudiaste; artículos deportivos de todo tipo de juegos; artículos de cocina y trozos de alimento; libros y revistas viejos; aparatos electrónicos nuevos y descompuestos; prendas de ropa tiradas; muchas cajas y envases; adornos con figuras de animales; piedras de colores; fotografías de escenas de películas que viste; recortes con horarios de programas; fragmentos de videos de internet; escenas de anuncios; etc. Todo está revuelto y sin orden. Al sitio no llegaste por casualidad, sino que buscas una hoja que tiene la fórmula de Pitágoras para calcular el área de un polígono. Encontrar esa hoja con la fórmula será una tarea difícil y lenta porque hay mucho y está revuelto. Es una simple fórmula que ya estudiaste y no te acuerdas. Quizá te acuerdas de la fórmula del triángulo y del cuadrado, pero no la de un polígono más complicado. Entonces te pones a buscar en el cuarto y quizá nunca encuentras esa hoja, porque ni siquiera sabes cómo es esa hoja. ¿Cuál es el problema? Hay demasiados elementos revueltos.

Con tu mente sucede lo mismo que con esa bodega revuelta: hay demasiada información sin orden ni concierto.

Supongamos que en lugar de buscar en toda una bodega revuelta buscas en un solo libro, que además tiene un índice preciso. El reto de encontrar la fórmula será muy sencillo. Mientras más pequeño y ordenado sea el ambiente, más fácil será encontrar lo que buscamos.

Segunda clave para la claridad: alcanzar un orden que nos convenga para encontrar rápidamente lo buscado.

Ahora coloquemos el tercer elemento que sea útil: hay que intensificar esta claridad. La intensidad para que nos quede mejor ubicado y sea recordado lo que intentamos pensar mejor. El show coloca una luz intensa para destacar a la estrella del espectáculo, así nuestra mente requiere de destacar con más fuerza lo que estamos pensando. ¿Cómo se logra? Las maneras con las cuales se logra esa intensidad son: Duración. Repetición. Contraste. Conexión.  Recordación posterior.  Integrar en un conjunto.

Cuando permaneces más tiempo con una observación o una idea obtienes una visión más precisa. Cuando repites sobre ese mismo objeto del pensamiento te familiarizas y resulta más sencillo; así aprendiste de niño que uno más uno es igual a dos. Cuando conectas al pirata con un barco ya te queda más claro de qué se trata el personaje “con parche en el ojo y pata de palo”. La recordación posterior nos facilita mucho entender, así que resulta también un buen recurso apuntar lo que deseamos entender bien, por eso anotamos una receta de cocina o una dirección que nos importa. Por último, están los conjuntos que son tan útiles, por ejemplo, colocar la representación de una gárgola en la catedral de Notre Dame, que está en París y la relacionamos con la novela de Víctor Hugo.

Para concluir: la claridad mental se obtiene enfocándose, ordenando lo que separamos al enfocar y, para reforzar, también intensificando lo que observamos. En algunos momentos del día y sin darse cuenta, todas las personas siguen este proceso hacia la claridad mental. Reitero que se cumple el proceso, al menos en parte, sin darse cuenta. Las grandes mentes y personas extraordinariamente productivas siguen este proceso de manera sistemática y, vale decirlo, de manera impresionante por sus resultados. La capacidad mental es como la musculatura, que todos la tienen, pero pocos le sacan el máximo provecho.

¿Quieres sacarle un mayor provecho a tu mente mediante la claridad mental? Con toda confianza, pregúntame.

NOTAS:



[1] Platón, La República. La más famosa metáfora sobre la labor emancipadora de la filosofía se llama “la caverna”.

[2] Biografía del filósofo, por Richard Watson, Descartes el filósofo de la luz.

miércoles, 7 de febrero de 2024

CONFLUENCIA DE MICTLÁN ENTRE NEPAL Y AGUASCALIENTES

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

Cuando Avelino se concentraba en el trabajo era difícil distraerlo. Él seguía buscando el auténtico centro de la república, a manera de un punto geométrico equidistante a cada litoral del país, cuando su novia empujó la puerta. La novia tóxica, Liliana Robelo, que cíclicamente invadía su espacio para acusarlo de infiel. Esa vez el motivo correspondía a una alumna de la universidad de rizos rubios y un mechón color verde, en signo de vocación ecológica.

En el pizarrón Avelino Herrán había manuscrito una frase motivadora: “El ser humano es un punto del universo. El punto, a su vez, la concentración de la materia. Basta con mirar por microscopio electrónico y notar los múltiples puntos que lo componen.”

—Has tomado. No vengas aquí con aliento alcohólico —dijo él, sin levantarse de la silla, pues el de vigilancia ya le había advertido.

Recordó la voz de indígena burlón con la que lo advertía el guardián por séptima vez, diciendo “Viene su fiera, más fiera que nunca.” Y el empleado se reía al terminar la frase. Cualquiera adivinaría que esperaba un pleito con gritos y lágrimas que se escucharan tras los cubículos y bajara por el cubo de luz, hasta la entrada del patio, donde descansaba el guardián.

—Es que no me respetas —afirmó ella, con unas lágrimas rodando por sus mejillas.

Él, sin levantar, la vista del monitor, soltó palabras suaves y conciliadoras, fingiendo que no se daba cuenta de las lágrimas de ella. Dijo:

—En cualquier momento me llega la información que he buscado durante tres semanas seguidas. No me puedo separar de aquí.

Liliana ojeó alrededor y buscó un motivo para enfurecerse. Miró la calabaza y una cadena de calaveritas, alrededor del cubículo. La inspiración fue instantánea:

—Pretendes que estás tan ocupado y como niño inútil te desperdicias al adornar de Halloween en el cubículo.

Avelino intenta no prestar atención y mantiene un tono despreocupado.

—Al que le gustan esas tonterías es al Dr. Sigfrido, el físico matemático, que encargó un paquete por Amazon de pegotes para Halloween. Y él mismo los acomoda. El próximo mes pondrá un arbolito de Navidad de plástico, con todo y esferitas, junto con lucecitas y escarcha falsa. A mi no me llama la atención esa fruslería. Estoy alistándome para la expedición geodésica para Nepal. La altura de los Himalayas está cambiando, en algún momento eso se comprobará.

Liliana arrancó el cartón con la calabaza sonriente y lo pegó en la pantalla que Avelino miraba.

—Odio que no me mires. Pasan los días y sigues hipnotizado en ese proyecto, para investigar lo mismo que ya se ha investigado desde hace dos siglos. Las montañas crecen, los volcanes explotan y tú, junto con los jodidos geodésicos, sigues enredado en las mismas telarañas.

Él retiró con suavidad la imagen de la calabaza para recuperar la vista a su pantalla. Ella vuelve a la cargada:

—Sometido a la basura comercial, no respetas las tradiciones originarias, que sabes bien que, como antropóloga de corazón, sí respeto. Lo que importa es el Mictlán; respetar las tradiciones originarias y no arrodillarse a las modas extranjeras.

Ella mira un pequeño cenicero en el escritorio que le corresponde a Sigfrido. Para una mirada descuidada hubiera pasado desapercibido el detalle, pero cenicero únicamente tiene una colilla con una leve mancha carmesí.

Liliana Robledo sigue hablando de las culturas precolombinas y el auténtico significado del Mictlán con su Día de Muertos, luego alterado por los influjos hispanistas. Con pasos laterales rodea a Avelino, que ha recuperado la atención hacia la pantalla. Acerca la mirada para comprobar su hipótesis.

—A veces supones que soy tonta por no controlar la ciencia pura y los guarismos algebraicos; pero te delatas solito. Sigfrido no fuma ¿verdad?

Avelino no entiende la malicia de ese comentario.

—No, no fuma.

—Y asumir que la única vegetariana que se interesa en ti fume cigarros mentolados es una burla al código ético de la naturaleza natural. Eres un sarnoso. Y no creas que te esperaré cuando regreses de Nepal.

Liliana dio dos pasos en reversa, jaló la puerta y la azotó.

Todavía no termina la corrida de las ecuaciones y Avelino entiende que Liliana vio una colilla acusadora. Retira la vista de la pantalla piensa que el Dr. Sigfrido volvió a fumar.

Él se arrepiente de recién haberle dejado la llave de su departamento a Liliana. Falta una hora para terminar el turno y se imagina que al regresar de su viaje hacia los Himalayas pasando por Nepal y Bután, sus muebles estén arrojados por la ventana. ¿Qué hacer si ella hace algo más alocado?

Han pasado pocos minutos y suena una llamada.

—Si no llegas al departamento voy a hacer algo radical.

Él trata de explicar que su remplazo tarda una hora más en llegar.  

Liliana vuelve a llamar y suena más alcoholizada.

—Me voy a terminar tu tequila, tu ron, tus wiskis, tu ginebra… todas tus porquerías.

Avelino dice que se apurará, aunque el remplazo tarda. En el camino de regreso, Avelino espera un disgusto, pero no lo que se encuentra.

Al llegar al edificio, ella está en el balcón del primer piso, gritándole a la Luna que Avelino es un desconsiderado, que se tarda mucho.

—Aquí estoy, se tardó el Dr. Sigfrido.

Ella se asoma por el balcón y él le responde desde el piso. Ella agita una botella casi vacía.

—Solamente la Luna me entiende, tú eres un autómata insensible, un corazón de piedra. Me podría morir de pena y sigues en una pantalla, con la cara de idiota.

—Pero pichoncita, sí te quiero.

—Ahora mismo me lo vas a demostrar.  

Liliana aferra las manos sobre el barandal metálico, levanta una pierna y se lanza hacia los brazos de él. La distancia son varios metros en vertical. En un pestañeo la física de la aceleración hace sus efectos. Avelino, sorprendido y por instinto, extiende los brazos intentando atraparla.

El cuerpo de ella golpea sobre Avelino y le disloca una vértebra. Con el impacto ella se golpea la muñeca y grita adolorida. En el suelo él se retuerce de dolor. Liliana queda sentada en el suelo, mientras solloza sin perder su ánimo y para seguir externando su convicción de amor perdido:

—Por una colilla me he dado cuenta, ¡Qué bajo has caído!

Mientras Avelino sigue negando y susurrando un “Noooo” con tonos de agonía y conmiseración. Permanece tirado en el piso, incapaz de levantarse por su vértebra dañada seriamente, aunque sin darse cuenta que sus futuros viajes a las montañas entran al reino de las vanas ilusiones.

Los vecinos y curiosos se juntan, unos minutos después el sonido de una sirena y su latido de luz roja sobresaltando la noche…