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domingo, 12 de julio de 2015

LOS MERCADOS MEXICANOS CON OJOS DE PABLO NERUDA






Por Carlos Valdés Martín


El poeta chileno, el tan recordado autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, visitó México y quedó enamorado de todo lo bello. Resulta feliz que destacara nuestros mercados.
Con fuerza y claridad, desde un inicio, identifica a  nuestra patria con los mercados: “Porque México está en los mercados. No está en las guturales canciones de las películas, ni en la falsa charrería de bigote y pistola. México es una tierra de pañolones color carmín y turquesa fosforescente. México es una tierra de vasijas y cántaros y de frutas partidas bajo un enjambre de insectos.”[1] Esta elección no es gratuita ni superficial, el poeta la tomó perfectamente consciente. Nuestro mercado público ha permitido la convergencia de personas y productos provenientes de distintos orígenes, integrando una mezcla multicolor. Ese confluir de elementos diversos engarza de modo perfecto con la poesía de Neruda, marcada por unificar la variedad de toda América, expresada en el Canto General.

A los mercados los elogia y convierte en poesía: “donde la legumbre es presentada como una flor y donde la riqueza de colores y sabores llega al paroxismo”[2]. Y no se crea que esta fue una impresión pasajera, ni un amor adolescente a primera vista, pues él visitó durante tres años nuestros mercados.
Además este poeta fue un curioso trotamundos que viajó cuanto pudo para alimentarse de impresiones que lo acompañaron siempre. Cuando un artista viajero concluye que algo es lo mejor del mundo conviene tomar su opinión. Si lo dijera un publicista dudaríamos, pero este artista es creíble. En la opinión de Pablo Neruda ¿adivinan cuáles son los mejores mercados del mundo? Y no solamente los mejores de América, sino el mundo entero. Si contestaron que los mexicanos son los mejores, han atinado a la primera oportunidad. Neruda nos dice: “Todo esto lo dan los mercados más hermosos del mundo. La fruta y la lana, el barro y los telares, muestran el poderío asombroso de los dedos mexicanos fecundos y eternos.”[3]

Resulta una pena que nosotros mismos volteemos de lado y prefiramos llenar un “carrito” (empujados en automático por la mercadotecnia televisiva) perdiéndonos del maravilloso viaje al mercado público. Resulta comprensible que como simples ciudadanos sin una cultura poética no tengamos noticia de tales maravillas ¿Nuestras autoridades tampoco leyeron a Pablo Neruda? Parece que algunas sí lo hicieron y, poco a poco, van dirigiendo sus pasos hacia los tradicionales mercados públicos.

PD: Este artículo fue publicado por primera vez en 2013 en la página electrónica "Mi mercadito", dedicado a los mercados públicos en México. 

 NOTAS:



[1] NERUDA, Pablo, Confieso que he vivido, Cap. 7, p. 69.
[2] NERUDA, Pablo, Confieso que he vivido, Cap. 7, p. 69.
[3] NERUDA, Pablo, Confieso que he vivido, Cap. 7, p. 69.

sábado, 4 de julio de 2015

LA SOLEDAD DEL TIRADOR DE PENALTIS





Por Carlos Valdés Martín

“Si llegara a presentarse la oportunidad tú lo tirarás.” Eso le dijo el entrenador mientras clavaba ojos turbios en dirección a su garganta. El futbolista tragó desconfianza acumulada y el peso de alguna maldición colectiva (una laguna hinchada con gotas de una generación completa). Seguía gravitando la leyenda, cada día más densa sobre la inutilidad de esos mexicanos para anotar penaltis. Aunque él se había convertido en un profesional y muy exitoso que entrenaba para lograr el gol en cada oportunidad.
Tras esas palabras, él se rascó la cabeza con nervios y advirtió que otros observaban casi con morbo. Lo asaltó una sensación oscura y cosquilleo en la nuca; un cosquilleo nervioso que no sentía desde la adolescencia. Luego de recibir esa futura responsabilidad de tirador designado, nada más que comentar y se retiró meditabundo.
Pasado el trance, en su departamento de lujo, lo comentó con su esposa embarazada. ¿Comentar sus temores sobre su desempeño en el deporte? Casi nunca hacía. Ella no entendía de deportes y solía desviar las conversaciones; aunque no entendiera lo dijo:
—Muchos creen que existe una especie de maldición sobre los tiradores de penaltis cuando México juega en los mundiales, pero voy a demostrar lo contrario.
—A lo mejor sí hay una maldición —soltó una carcajada, inusual en ella— ya sabes cómo son esos de Brasil, a lo peor contratan brujos para lanzar maldiciones; deberías consultar a un contra-brujo de Catemaco, dicen que sí hechizan.
 —Ya estamos concentrados todos los jugadores, no voy a viajar hasta un lejano pueblo —objetó enérgico el marido futbolista— para saciar una superstición.
—Pues quédate con tu maldición; al menos, sí me llevarás con el ginecólogo mañana ¿verdad que sí?
El jugador estrella asintió con la cabeza, entonces ella comenzó a hablar de cólicos y vestidos más amplios para la barriga voluminosa.
Esa misma noche el jugador sintió un peso extraño encima de la cama, sin poder despertarse sentía una masa opresiva y falta de respiración. La percepción fue meridiana: una masa fantasmal lo oprimía en inmovilizaba. En cuanto pudo agitó las manos, pero no gritó. Disipada la sensación, con tiento despertó a su señora:
—¿Sentiste algo raro, cariño?
Los días y noches siguientes transcurrieron sin sucesos extraños.  En los entrenamientos su encargo especial fue practicar tandas extras de tiros penales.
Las hojas del calendario cayeron hasta que comenzaron las rondas eliminatorias del mundial. Una noche la esposa sitió dolores y salieron de emergencia en camino a un hospital, aunque esa velada de tensión enorme resultaría una falsa alarma. Amaneció agotado y agobiado, con una molestia extraña de no recordar alguna pesadilla.
Transcurrió el día sin contratiempos y en la tarde se concentró la selección para el juego decisivo. Ese partido fue disputado y las fuerzas parecían equilibrarse entre los representantes de dos naciones. El marcador de empate prevalecía hacia el final, cuando por una falta del rival, el árbitro la decretó tiro penal. Entonces, surgió el momento temido donde un tiro penalti lo decidiría todo. Era el último minuto del partido y la clasificación dependía de convertir ese tiro en gol.
El delantero recordó la pesadez nocturna y sus temores de una maldición. Todos los tiradores mexicanos en una situación parecida habían fallado antes que él: en la raya de la decisión para alcanzar la siguiente ronda. Los compañeros del equipo se mordieron los labios; el entrenador movió la cabeza en sentido negativo y el público con cien mil gargantas ahogó su nerviosismo en un murmullo estrepitoso.
El jugador imaginó una línea de futbolistas cabizbajos y fracasados, que se mantenían a la distancia. El aire comenzó a volverse denso y sus zapatos pesaban. El portero enemigo hacía muecas fieras y crecía entre sus tres postes de meta. Él colocó la pelota en el manchón destinado, quitó cualquier brizna de pasto que estorbara. El árbitro alejó a los demás del área, levantó la mano y dio un silbatazo para indicar que era momento de desatar al destino.
El aire se tronaba más denso y colmado de augurios; el murmullo de los espectadores se colaba entre los poros. Tomó impulso, juntó sus ganas de lograrlo y, a partir de ese preciso instante, la soledad del tirador de penaltis inundó el estadio.

sábado, 27 de junio de 2015

EL OCASO SÚBITO DE UNA ESTRELLA






Por Carlos Valdés Martín

Acalorado por la fiebre del fútbol, con tantas Copas a las espaldas, he caído en la tentación de este relato coloreados en ese ambiente. Si nos salvamos de ser castigados con un penalty dentro de área reglamentaria, y, después, lograremos la clemencia de un tiempo extra. En particular, este relato surge de una anécdota sucedida hace algunos años en México...


En una palabra se resumía el último ciclo de Honorio Ocasio: “Seleccionado.” Una carrera ascendente y, además, oportuna: ese mismo año habría una Olimpiada en el país y la selección mayor de futbol lo convocaba. Con la titularidad segura y su condición atlética demostrando clímax, una gitana le mostró la carta XVII del Tarot y sonrió al explicar la Estrella, con su matiz engañoso.
Con estilo arrebatado y veloz, el mediocampista se convirtió con rapidez en el líder del equipo; situación privilegiada que le mereció el brazalete de capitán. Aunque todo privilegio implica una gran responsabilidad; comenzó a sentirse el líder natural e indiscutido de la escuadra.
A ratos, Honorio curioseaba los pequeños libros rojos de su hermano, el que desapareció poco después de una manifestación estudiantil. Pocos textos que él miraba con nostalgia y los escondía empapelados bajo una portada de un cómic; así, el Manifiesto Comunista escondido bajo una portada de “Fantomas: la amenaza elegante”; a su vez, disimulado entre un maletín deportivo.
Un nuevo defensa, Pérezarce, convocado de último minuto para la selección, era de “sangre pesada” pero el primer día de vestidores intentó congeniar, metiéndose en lo que no le importaba:
—Esos panfletos subversivos son para parásitos sociales que buscan vivir perezosos.
Honorio Ocasio se molestó, aunque precavido, escondió mejor ese talismán del hermano   cuando le contestó en un entrenamiento:
—No eres mi jefe.
—¡Más que tu padre… soy tu capitán! —le gritó a Pérezarce, defensa fuerte y sin capacidad ofensiva.
Un cartelón espectacular de un refresco con cara enorme y sonriente del ensoberbecido indicaba que sí, además de capitán… él era jefe. 
Jugadores del mismo grupo seleccionado, Honorio y Pérezarce, hicieron un corte de mangas recíproco, para ofender a sus respectivas progenitoras. El entrenador los reconvino a los dos con un brusco llamado a guardar la calma: “Somos el mismo equipo, una sola selección.” Un argumento no completamente cierto, el conflictivo no era un jugador indispensable como Honorio Ocasio y quizá nunca alineará como titular.
Faltan semanas para la inauguración del Mundial de fútbol y las palabras ásperas siguen entre Honorio Ocasio y Pérezarce. Unos días después, el entrenador notifica que el defensor permanecerá en la suplencia y nubarrones de odio resultan tras sospechar una conspiración.
El defensa Pérezarce es hijo de un coronel; supone que los comunistas son un peligro para el país; recuerda los libros disfrazados del mediocampista.
Al día siguiente se organiza el entrenamiento de interescuadras. Pérezarce piensa: “Una entrada por detrás, para que se le quite lo sabrosito.”
El balón vuela en una jugada rutinaria, la pelota viaja por los aires en media cancha, la recibe Honorio Ocasio con el pecho y encara el ataque. De inmediato el defensa lo deja pasar, finge un descuido sin malicia; conforme él se lleva el balón controlándolo, el defensa del interescuadras acelera de improviso y colocado tras su espalda, salta como un tigre ninja para alcanzarlo con la pierna estirada. Imposible para Honorio Ocasio observar la artera llegada del compañero cuando la pierna estirada golpea su apoyo, provocando el tropezón, mientras sigue volando y atrapa el tobillo con el zapato, provocando una palanca fulminante contra al tibia. El capitán de cancha y titular indiscutido —hasta ese trágico minuto— escucha el crujido de su propio hueso, con sonido seco acompañando el final de su carrera futbolística.
El defensor se justificó innumerables veces ante los medios y aficionados, jurando que su acción alevosa resultó de un accidente por su mala estrella.