Música


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jueves, 10 de julio de 2008

LA TOTALIDAD Y EL CAOS DE LA DISCOTECA. 1a Parte.


Por Carlos Valdés Martín

Resulta desconcertante, y a contrapunto de las tradiciones filosóficas, suponer que la forma de la Totalidad Real ha trasmutado para cumplir el paso desde la esfera del Ser y convertirse en el torbellino caótico de la Discoteca. Efectivamente: la discoteca ese torbellino multi-color, multi-sonido, multi-movimiento, (que cautiva las sensibilidades juveniles modernas ¿o post-modernas?) aparece en el corazón de los nuevos modelos de Totalidad.
La discoteca, para el transeúnte descuidado, parece un artefacto de la construcción, un dispositivo de la arquitectura comercial. Sin embargo, la discoteca revela una entidad de la sensibilidad moderna o posmoderna (mejor, pues ya eran modernos los parisinos del siglo XIX, cuando no imaginaban una discoteca). Esta entidad comercial, emerge con la complicidad de sus consumidores, sus creadores pasivos, sus imaginadores de reflejo, los adoradores de esa entidad caótica de sonidos, luces y movimientos. La instauración de la discoteca ofrece una novedad-continuidad. La continuidad la podemos referir a la fiesta, al jolgorio, la relajo, al baile, y variadas operaciones de desmán colectivo. Ciertamente, los antiguos ofrecieron sus bailes y hasta sus bacanales, esa ruptura de los códigos por medio de la orgía colectiva, mediante la ruptura de códigos, y la irrupción de las condiciones variables de la existencia. Sin embargo, además de las continuidades la discoteca también nos revela novedades. La fogata nocturna: sitio de la reunión antigua, remanso de la fuerzas de los rituales, ya ofrece un espejo cambiante, una variación de luces de reflejos cambiantes. Ahora bien, la discoteca integra una fogata potenciada, multiplicada, convertida en dinamo de luces, donde los flashes golpean la retina, con la clara intención de desconcertarla. Ya el efecto de la luces sobre la retina, alternando con agresión y falta de pautas, saltando desde la oscuridad completa hasta la luz desconcertante, nos permite el caos de la iluminación. Estos flashes bastarían para desconcertar al ojo más instruido, al visionario más preciso, mediante estos brincos de lo oscuro y lo iluminado el ojo se rinde, pasando de la vista precisa, hacia el camino del desconcierto perpetuo. En vez de mirar el ojo se rinde ante una evidencia desconcertada, avanzando por una semi-ceguera sin reglas precisas, confiando en una mezcla entre la luz y la oscuridad, para la cual no han nacido los ojos.
Por si no bastara un torbellino de iluminaciones y oscuridades, brincando si parar, también aparece otro devaneo frenético, la música, agitada y semi-rítmica acudiendo para inundar el ambiente de la discoteca. El sitio está inundado, ahora no solamente brinca la luz vibrante sino la música domina el sitio. Aliada, esta música extraña, pero arrebatadora por ser rítmica (correspondiendo con movimiento secretos de las vísceras humanas, el corazón acompasado) entrelazada con los saltos entre luz y sombra completa, también nos ofrece una condición intrincada. La música desconcierta y también guía, ofrece una vinculación con la música, con los saltos indicando que se repiten, amenazando con la integración de un orden bajo el caos.
Por si fuera poco, el cruce de luces tambaleantes y sonidos acompasados, también emerge el movimiento de cuerpos, la discoteca es un lugar de baile, los cuerpos se mueven, con el ritmo musical. Como si no fuera suficiente descifrar los salto de luces y oscuridades, también los cuerpos están brincando, saltando, desplazándose, pero no con rítmicos desplazamientos ni mediante continuidades, sino con brincos aparentes, ilusiones generadas por los saltos entre las sobres y los deslumbres. Ahora tenemos tres dimensiones, un torbellino completo, los ojos atacados por ráfagas de modificaciones, los oídos cruzados por las rítmicas resonancias, y el cuerpo intentando brincar dentro de referencia alteradas. Cada parte está saltando, desplazándose, y con su entrecortada dificultad, también crea una comunidad, un espacio de convivencia, una fiesta donde la gente comparte, se reúne y establece sus lazos.
La discontinuidad emerge a cada paso, en especial, las luces cambiantes son un medioambiente artificial, que ofrecen la ruptura, la constante ruptura, creando una situación anómala, que solamente surge en situaciones extremas como la descarga de un rayo o durante una explosión. Esa situación tan rara, nos la entregan la luces de discoteca continuamente, como si la tormenta permaneciera en situación regular. La discoteca es una tormenta domada, un alojamiento para la tormenta, pero todavía potenciada, una reinvención de ésta. Sin embargo, al indagar descubrimos situaciones reflejadas (reinventadas) por la literatura universal, ya imaginaron a la tormenta domada, a esa reunión de luces, casi como el primer emblema de los magos[1]
¿Cómo se genera una asamblea de luces alocadas? Mediante una trama de luces artificiales, que se prenden y se apagan, con intenciones de deslumbrar y desconcertar. Aquí emerge un gusto por el desconcierto, los consumidores del ambiente de discoteca (jóvenes ciudadanos de sensibilidad promedio) se revelan como ansiosos consumidores de tal ambiente. Otra revelación de la misma sensibilidad, aunque sin tan capacidad de concentración, apareció con las luces de bengala o fuegos artificiales, donde el estallido y un plétora de chispan alegraban las noches durante unos segundos. La discoteca es la reunión perpetua de fuegos artificiales, ahora encerrados en un espacio de baile. El desconcierto del chispazo en la oscuridad alegra la mirada, sin embargo, el ojo parece preferir la continuidad de la vista. El alboroto de los flashazos continuados, parece exigir una sensibilidad especial, una diferencia de los tiempos.
El sentido de continuidad perdido por la vista se recupera mediante el oído y (cuando se baila) por el movimiento. El oído, atento a una música repetitiva y semi-hipnótica recibe el espectáculo de la continuidad, la cadena de los acordes incesantes. Ahora bien, la continuidad del oído no resulta lineal, sino está integrada por cápsulas, indicadas por la canciones. Cada canción entrega un cápsula, y cada cápsula debe terminar, son células de existencia autónoma pues terminan y dejan un vacío que solamente el final de la fiesta puede colmar: al final de la canción solamente recuerdos, evocaciones, el sentido agotado por su utilización.
Con esta mezcla de luces, sonidos y movimiento, la discoteca despliega una habitación extraña, su convivencia se relaciona con un código previo a las palabras. Las palabras entre las personas no se facilitan, conviene sustituirlas por un código, distinto, anterior quizá de relación entre las personas, que corresponde al movimiento rítmico y seductor que denominamos baile. Ciertamente, la discoteca ubica el sitio para el baile, y está adecuado a las descripciones de los dioses míticos del baile, ya sea Baco o bien Orfeo ofrece la seducción, un momento acercando hasta el borde mismo las ensoñaciones y las locuras. Los cuerpos bailando, muestran entre flashazos deslumbrantes y desapariciones momentáneas la profundidad de su magnetismo. Los cuerpos muestran su lenguaje desplazándose entre los bailes aprendidos y los inventados, la espontaneidad abre camino entre las oscuridades de la discoteca. Además la discoteca no ofrece un sitio adecuado para el baile de pareja, sino para una especie de grupo, porque las parejas se mueven integradas sobre el telón de fondo de las demás parejas, hasta reunir una multitud. En efecto, la discoteca no resulta efectiva sino cuando descubre una multitud bailando. Entonces la discoteca ofrece un espectáculo de multitud posiblemente desconocido para Canetti y si creemos en su sociología peculiar nos daremos cuenta que la multitud-discoteca ofrece un nuevo ente colectivo[2], una nueva intención festiva y caótica, dominada por la sensibilidad con códigos casi mudos, dominada por un entorno prediseñado y lúdico. Este modo de convivencia indica líneas importantes de la convivencia moderna, indicando su hedonismo ostentoso así como adaptabilidad ante códigos escandalosamente mudos (semejantes a la música rítmica).
Así, la discoteca genera un espacio colectivo, un descubrimiento muy posterior al Teatro griego y al Coliseo romano (recordemos a eso inventores diestros de los espacios públicos). La arquitectura misma de la discoteca no aporta novedades, sino únicamente su efecto final mediante luces y sonidos. Su creación constructiva depende de la ingeniería luminosa y de sonidos, no del espacio. Para este espacio basta una cavidad suficientemente grande, un foro suficientemente espacioso. La arquitectura de la discoteca, proviene del aditamento de luz y sonido. Agregar luz y sonido certeramente crea a la discoteca, incluso en un espacio abierto. Entonces el espacio de la discoteca, más bien implica la utilización de luz y sonido, para establecer una segunda piel de convivencia, generando un código entendible por los sentidos inmediatos, y no requiere de integración de códigos complejos de comunicación. Al contrario, apela a un regreso a códigos de comunicación sencillos, incluso primitivos, entonces demuestra la irrupción de primitivismo del “señorito satisfecho” en términos de Ortega y Gasset[3], es decir, las personalidades incubadas en un ambiente saturado de riqueza se integran en códigos primitivos.

NOTAS:
[1] HERODOTO, Historias, El autor refiere a los primeros magos persas, quienes conjuraban al rayo en sitios confinados. Aquí no me interesa la verdad del evento, sino la capacidad de la imaginación antigua para referir a eventos, que solamente la discoteca de luces moderna ha podido crear artificialmente.
[2] CANETTI, Elias, Masa y poder, Ed. Mushkin. En la clasificación de Canetti esta multitud-discoteca entra dentro de la generalidad de las multitudes festivas, las muchedumbres carnavalescas.
[3] ORTEGA Y GASSET, José, La rebelión de las masas. Autor sumamente crítico ante el contragolpe de incivilización implicado por las nuevas generaciones consentidas por el exceso de confort y falta de estímulo en la lucha por la vida.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando las discotecas incitan a la filosofìa, es tiempo de poner las barbas de las discotecas a remojar

Anónimo dijo...

Donde esta la segunda parte?
Jack Landlooord