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sábado, 1 de febrero de 2014

LA ÚLTIMA PROFECÍA DEL CHICLERO




Por Carlos Valdés Martín


Seguía una rutina monótona y agotadora hasta que llegaron extraños mensajes en las envolturas. Nicandro, colocaba chicles en las calles; avanzaba sin un rumbo fijo, con paso pausado y repitiendo una oración sencilla:
—Lleve los chicles, son para mascar.
Existencia precaria, con una rutina simple y agotadora, sin embargo ese mediodía quemante todo cambió, ese fue el día aciago. Una manifestación enorme celebrando el triunfo de un candidato a la alcaldía interrumpió el tráfico. Una explosión de júbilo y banderas extravió a este chiclero trotacalles y abrió la puerta a eventos que trastocaron su vida.
Visto a corta distancia destacaba su edad indefinida y una mente en hibernación. Una capa de piel morena rugosa y ajada por la exposición al áspero aire urbano lo envolvía. Con sus movimientos describía a un ser ágil y vital, pero inocente e incluso sin infancia —curiosa ironía. Las gruesas gafas eran lo notorio sobre su rostro. Bajito y delgado, sin variación vestía camisa de manga corta a cuadros y pantalón oscuro. Recorría las calles agitando una pequeña caja de golosinas:
—Lleve los chi...
Alrededor barullo, gente inquieta y hasta eufórica; el espacio entre peatones se reducía sin cesar. La efervescencia del carnaval político de izquierdas lo entretuvo con banderas rojas y cánticos, hasta que un manifestante eufórico le arrebató su cajita y masculló una frase insultante que significaba: “Esto se expropia por el bien del pueblo”. Pero el chiclero comenzó a protestar con timidez y gestos suplicantes, impelido por la necedad de quien depende del puñado de golosinas para sobrevivir. Sin cesar repitió:
—Que eso es mío.
El griterío con bocinazos y consignas, confundía las sílabas repetitivas de Nicandro. Al principio, el expropiador contento fingió no entender ese reclamo, mientas saltaba lateralmente cual escolar travieso. Con ostentación y sonrisa burlona repartió sobrecitos de chicles entre los curiosos. Mientras eludía también negaba con la mano, agitándola con brío ante la cara del chiclero como si alejara a una mosca indefensa. Pero el expropiado no se desanimó y siguió vociferando en palabras cada vez más altas, hasta que algún líder notó la escena, recapacitó y regañó al abusivo:
—Camarada, ese tipo bajito al que arrancaste las golosinas también es pueblo, debes devolvérselas.
Ese líder anónimo jaloneó a su “camarada” de la camisa, así lo obligó a rescatar parte del contenido repartido y después a conseguir monedas menudas para compensar su vileza. Después de unos minutos de colecta, la cajita de cartón mezcló golosinas intactas y mordisqueadas, junto con pocas monedas. El naufragio volvió al dueño; aunque un faldero atropellado en manos del amo no sería menos lamentado. Torció la boca con frustración y soltó un “gracias” por cortesía, aunque pensó: “Todavía doy las gracias, no es justo”.
No había recuperado su ánimo cuando, tras un silbido, un cilindro con gas lacrimógeno aterrizó en mitad de la multitud: primera señal de zipizape. Comenzaron los gritos y las desbandadas. Nicandro, con el corazón desbocado, huyó del sitio y corrió hasta que la distancia disipó esa sensación de peligro. En el primer callejón tranquilo se sentó en el suelo y respiró hondo. Notó que apretaba contra el pecho lo poco rescatado. Quien conociera a Nicandro sabría que era incapaz de albergar rencores, pero ahí mostraba una cara desolada y las cejas arqueadas delineaban malhumor. Bajo un árbol seco miró el amasijo recibido donde se mezclaba la basura azucarada y monedas menudas.
Entonces todo cambió. Acercando los lentes a una envoltura diminuta leyó un mensaje: “Por castigo, él terminará cuadripléjico”. De inmediato quedó intrigado y lo incomprensible de la última palabra quedó rebotando en su mente.
Esa jornada había terminado y se alejó del centro urbano hacia el barrio pobre, mientras un tropel de nubes oscurecía el cielo del atardecer.
El peluquero del barrio era el vecino más cultivado que conocía, así Nicandro le preguntó por esa palabra. La respuesta fue exacta, como siempre mientras tusaba cabelleras:
—Es una parálisis total del cuerpo, como la sufrida por ese actor protagonista de Superman, un tal Reeve.
Nada es casual y al día siguiente los voceadores de prensa mostraban fotos de una tragedia. Los diarios amarillistas exhibían en la primera plana la imagen agónica del expropiador: la granada de humo lacrimógeno fue señal para la violencia. Y pensar que Nicandro estuvo tan cerca.

Otro vaticinio prodigioso causó sorpresa y se difundió en reguero de pólvora cuando Nicandro anticipó a Melquiades —el cura de la iglesia de San Cayetano— que su domicilio sería alcanzado por un rayo el fin de semana. El sacerdote no le creyó, pues hay tantos locos inventando conjeturas, pero tuvo la feliz coincidencia de incapacitarse y permanecer hospitalizado. El rayo cayó en un atardecer de nubes oscuras destrozando una chimenea y fundiendo los aparatos eléctricos cual blandas ceras, así el hogar quedó convertido en amasijo de horror y hollín.
Emocionado al sentirse amparado por intervención de la Providencia, el cura Melquiades notificó a su superior, quien refirió al obispo y este sospechó había sucedido un milagro.
Un vehículo lujoso condujo a Nicandro hasta la residencia del señor obispo y la impresión de viajar en un cupé con olor a nuevo le provocó mariposillas en su estómago, mezcla de gusto y novedad. Todavía no sabía que su predicción había causado tal revuelo en la iglesia regional y se interesaban en examinar su caso.
El cura de San Cayetano, recuperado de su enfermedad, lo recibió frente a la puerta y lo condujo hasta una sala amplia adornada con estatuillas de santos y grandes óleos de estilo colonial. El aire contenía aroma a maderas de caoba y barnices de aceites esenciales que recubrían muebles enormes. La residencia recordaban épocas pasadas, aunque el espectacular equipo de sonido armonizaba con bocinas repartidas estratégicamente.
Lo invitó a sentarse cómodamente en un sillón negro de piel y le ofreció una bebida caliente:
—Me da gran gusto, hijo mío, que aceptaras esta invitación; debes saber que tu profecía del rayo impresionó a su señoría el señor obispo.
Nicandro había olvidado su vaticinio y abrió los ojos sorprendido:
—¿Cayó el rayo en su casa?
—Fue espantoso y por fortuna me encontraba convaleciente de una hemorroide —señalando hacia su parte supina mientras gesticulaba con muecas de dolor sobreactuado— súbita; todo fue tan inesperado y la concatenación de sucesos fue un milagro para salvar a este siervo de Dios.
Sin encontrar lo extraordinario en esa coincidencia, respondió con sencillez:
—Me da —sonrió con timidez— gusto; sí, bastante gusto.
—En verdad, su señoría el señor obispo está impresionado y otorgará una audiencia.
Melquiades salió en busca de su superior; regresó con pasos ligeros, temiendo hacer ruido inapropiado en esa residencia y tras una caravana lateral dijo:
—Te presento a su señoría el señor obispo; es propio que hagas una reverencia y le puedes besar el anillo… es por deferencia, como si estuvieras ante el mismo Papa.
El obispo tenía piel muy morena, cubierta de espesa crema color marfil que lo hacía semejar un muñeco de cera. De ojos vivaces y complexión mediana portaba con solemnidad su vestimenta púrpura y una cruz metálica que pendía de un collar dorado. Los años y el reumatismo le pesaban, se movía con lentitud. El prelado adelantó la mano, pero Nicandro no entendió bien la orden, así que la estrechó provocando molestias en las articulaciones inflamadas. El obispo contuvo su desagrado y sonrió a medias.
Sentado en un suntuoso reclinable tachonado con botones de oro, el obispo sació su curiosidad sobre la narración del cura y expuso su idea:
—El don profético es divino y será menester tu responsabilidad, para que lo utilices en bien de la grey de Cristo;  no debes exponer tu alma a la condenación; por ejemplo si quisieras, como quien dice vulgarmente, pasarte de listo y ganar ilícitamente una apuesta o pedir el seguro de vida de una persona con un desenlace trágico que ya has anticipado; antes de tomar cualquier camino de tentación… de lo fácil pero dañino, lo debes consultar con tu santa madre iglesia.
—En verdad no se me había ocurrido ganar una apuesta o cosa semejante; los avisos de lo que sucederá aparecen cuando algún cliente devuelve la envoltura de su chicle y ahí está lo escrito.
—Lo que dices es extraño ¿No tienes ensoñaciones o visiones?
—Ni ensoñaciones ni visiones —repitió con lentitud—, lo que sucederá aparece impreso en los chicles que he vendido, pero esos avisos son pocos y llegan por sí mismos.
—Alguien te imprime un aviso del futuro y no sabes quién.
—No sé quién lo hace ni cómo.
—¿No vienen de la fábrica como las famosas galletas chinas?
— Nunca hay avisos cuando se abren chicles nuevos; sé que no se debe de hacer, pero se abren con cuidado para no estropear ni doblar la envoltura; en cambio cuando un cliente de la calle me regresa la envoltura, entonces sí aparece… pocas veces.
—¿Has solicitado que siempre te regresen la envoltura?
—Eso no sirve, también lo intenté y no sirve si lo pido; cuando viene la adivinación debe ser una casualidad y ocurrencia, diría que imprevisto.
—Parece un milagrito, pero sería magnífico —dijo la palabra lento y sonriendo— descubrir de dónde surgen esos avisos.
Nicandro no entendió:
—¿Mangisico?
El obispo miró al cura pensando que el visitante de gafas gruesas era bastante lerdo, repitió la palabra, dio una breve explicación, luego movió la cabeza y comentó:
—Me gustaría que conocieras la hospitalidad de uno de nuestros mejores conventos; ahí serás nuestro invitado y te familiarizarás con la posición de nuestra santa madre iglesia.
Nicandro aceptó gustoso vacacionar en un convento: para él representaban las primeras holganzas gratuitas en su existencia.
El departamento de “interés social” era compartido por dos familias lideradas por  su tía Encarnación y él vivía en una litera como “arrimado”. Los primos lo zaherían indicándole que era un “retrasado”, pero él respondía que su problema era por disgusto con la escuela. De niño recibía burlas y maltratos, así nunca terminó la educación primaria, al menos adquirió un rudimento para reconocer los letreros de las calles y los titulares de revistas; a sumar y restar le enseñó el tráfico mercantil. Desde que recordaba quedó bajo el encargo de esa tía.
Al dejar la escuela quedó obligado a trabajar en las calles vendiendo cualquier bagatela. Los chicles tenían la ventaja por ligeros y no dañarse en las largas jornadas. Cuando creció se volvió taciturno y hasta huraño. De su litera salía a la calle, deteniéndose en algún puesto de comida callejero y regresaba por el mismo camino. En la urbe no mantenía un sitio fijo de venta, avanzaba por distintas vías siguiendo a los peatones o el flujo de la casualidad. Tardaba de sol a sol en acabar con el contenido de una cajita, que encierra más dulces de los que aparenta.
Al acabar la agotadora jornada respirando esmog y polvo para descansar miraba el televisor en la diminuta sala del departamento común. Casi todas sus monedas las depositaba en una alcancía de barro de la tía. Cuando le pesaban los párpados intercambiaba un saludo y terminaba en su cama sin tender.
Encarnación se alegró y presumió con las vecinas la invitación para el sobrino. Ella supuso una gracia divina que —por causa del parentesco— se extendería en automático hasta su persona, sin embargo, le exigió a Nicandro que no fuera una salida prolongada, indicándole que lo echaría de menos, mientras temía que su propia alcancía lo extrañaría más.
Ese monasterio parecía un hotel económico, rodeado por prados recortados, canchas de tenis en el extremo norte y dos albercas azules y extensas. Los grandes crucifijos de madera dominando los techos y dos capillas en operación recordaban el propósito del sitio, en lo demás, al chiclero le parecía una enorme escuela en mitad del paisaje rural. Había pocos monjes ocupando el sitio y, según le explicaron, se debía a un periodo de actividades en lejanas misiones.
Llegó al mediodía y en cuanto pisó ese sitio, Nicandro quedó desconcertado por un exceso de atenciones. Dos monjes jóvenes y curiosos lo alimentaron hasta el hartazgo. Hasta donde la cortesía lo permitía Melquiades lo interrogó cuestionando el origen de su “don profético”. La explicación de frases misteriosas en las envolturas devueltas de los chicles disgustaba al señor obispo, por tanto buscaba otra opción.
El cura también invitó a Nicandro para que orara y meditara, pretendiendo un despertar de sus facultades “aletargadas”.  Durante más de una hora repitiendo el padrenuestro nada peculiar sucedió y sobrevino el fastidio entre los presentes. Los dos monjes jóvenes mostraban aburrimiento y se alejaron para no volver.
Al terminar la sesión de oraciones Melquiades se quedó junto con él. Ante una petición directa quedó la promesa de que el visitante recibiría permiso para utilizar la alberca, pero antes apareció otro sacerdote (uno alto, vestido con túnica blanca) que volvió para preguntar sobre infinidad de detalles irrelevantes, los cuales anotaba en un cuadernillo. Pasaron horas y seguían las preguntas, hasta que sonó una ambulancia entrado al patio por un interno intoxicado. Otro sacerdote, que no se había presentado antes, le cuestionó con irritación:
—¿Qué no adivinaste eso?
—Yo no adivino, son las envolturas las adivinadoras.
El sacerdote meneó la cabeza y se retiró sin despedir.

El cambio de ambiente con entrevistas continuas era entretenido, pero agotador. A Nicandro le asignaron una pequeña habitación privada, con cama individual y un simple buró de pino por todo mobiliario. La primera noche durmió como bendito; la segunda escuchó un grito lejano que lo sobresaltó. Intentó volver a dormir diciéndose que era imaginación, luego volvió a oírlo y se levantó atraído por la curiosidad.
Metió los pies en sus únicos zapatos y sin prender luces se movió con sigilo para detectar el origen del ruido. Provenía de otra construcción, una separada por el patio principal. En voz baja llamó a los monjes y parecía que ninguno quedaba dentro de ese edificio o dormían como lápidas. Paso a paso atravesó los corredores oscuros y alcanzó una puerta trasera, la más próxima a la fuente del sonido. Quedó callado, por una ventana lateral descubrió una rendija de luz dentro desde esa construcción y por ahí se escurrían lamentos de modo ocasional. Nicandro imaginó escenas horribles y otras absurdas. El ruido bajó de intensidad, conforme éste se redujo creció una curiosidad que lo impulsó a abrir la puerta. Otra vez el sonido fue intenso, asomó la cabeza y fue descubierto.
—¡Qué haces fuera de tu cuarto! —lo increpó Melquiades— Es hora de guardarse.
Interpretando la cara de espanto de Nicandro, el cura hizo pausa y continuó en tono más amable:
—No te inquietes, nada raro sucede, son los monjes haciendo una devoción de cilicios; eso significa una penitencia, no hay por qué alarmarse.
—Suena extraño y no alcanzo a dormir con tal ruido.
Melquiades se acercó con tono paternal y lo tomó con suavidad de la muñeca:
—Vamos, te daré una tizana para dormir y ya verás; en la mañana te presentaré al hermano Tarsicio, y verás que está sano, por más gritos que resuenen cualquier noche.
El hermano Tarsicio era uno de los habían estado interrogando a Nicandro, así que se lo imaginó quemándose en una hoguera o mordido por jaurías de lobos, pues antes nunca escuchó sobre “cilicios”. A la mañana siguiente lo miró absorto, casi resignado y, a manera de explicación y confidencia, Tarsicio le mostró su muslo izquierdo con una llaga horizontal. Le explicó con fingida naturalidad —tartamudeando al hablar— sobre un ejercicio voluntario, para templar su espíritu y acercarse a la santidad, pero el chiclero no creyó ni entendió esos motivos.

Con la pequeña maleta lista para despedirse, Nicandro tuvo un acceso de berrinche infantil. Comenzó a patalear y gemir que le habían prometido entrar a la alberca sin cumplir:
—¿Qué clase de hombres santos son? No cumplen promesas.
Contrariado, el cura Melquiades atrasó la salida y condujo a Nicandro para un chapuzón.
Al parecer, nadie en el sitio apreciaba las albercas, pues las dejaban sin servicio de calentador. Las hojas eras retiradas por precaución, pues se decían que causaban presencia de alimañas, así, el espejo de agua brillaba claro y frío.
El agua fría resultó menos entretenida de lo imaginado. Mientras braceaba en la alberca gélida, Nicandro tuvo una idea. Le habían preguntado muchos temas, menos si traía consigo otra envoltura con profecías:
—Señor cura —que así de formal le hablaba— hay una cosa que nadie me ha preguntado.
—¿Qué falta?
—No preguntó si yo cargo otra envoltura con una adivinación nueva y sí tengo una.
Melquiades hizo una mueca de desconcierto que pretendía ser sonrisa:
—Entonces apúrate a salir del agua, para que veamos ese prodigio.

Era otra envoltura ordinaria, que indicaba la marca de los chicles, con colores alusivos al sabor frutal. En la parte de atrás aparecía una frase breve: “Caerá Maciel”. Mientras la enseñaba el visitante dijo:
—No entiendo ¿quién es Maciel? No conozco a ninguno con ese nombre.
El cura se santiguó con nerviosismo, guardó el papel en su bolsillo y pensó: “Esto debe referirse a Marcial Maciel, y es bueno que no entiendas su significado; un tema tan peligroso se lo dejaremos a su señoría el señor obispo.”
El regreso al departamento de la tía fue directo y sin sobresaltos, las horas de carretera fueron domadas por somnolencia y cansancio.
Después Melquiades reunió valor, pues el obispo estaba facultado para enviarlo a predicar en una aldea selvática o ascenderlo. No quiso revelar el contenido de esta adivinación por vía telefónica, solicitó una cita inmediata y anticipó: “Es tema de vida o muerte.” A despecho de la urgencia expuesta, el obispo tardó unos días antes de recibir a Melquiades y lo hizo esperar en la antesala, según el viejo rito jerárquico: el subordinado espera. A modo de amuleto Melquiades escondía en sus bolsillos una dentadura postiza y un pequeño revolver, el cual incautó a un feligrés angustiado cuando amenazó con suicidarse en plena confesión. Los minutos parecieron largos mientras el cura recordaba los argumentos del fallido suicida y olía el aroma a incienso de la estancia.
El obispo recibió al cura en la misma sala de sillones negros de piel. Después de las reverencias de rigor, Melquiades fue al grano:
—Su señoría, mire, esto es sobre Maciel.
—Hizo bien en tomar precauciones, muchos están en su contra y hasta exigen su pellejo por los escándalos de pederastia; pero acumuló tanto poder y es tan zorro que ha esquivado cualquier tormenta sin un rasguño.
—El chico es acertado, predijo lo de mi casa.
De modo súbito, el obispo se enfureció:
—¡Ya sé lo del rayo! Pero no llegaré a la Nunciatura con un papelito de chicles, enmarcando con una frase como si se tratara de la nueva Anunciación de la Virgen. ¡Este recadito es una basura! Fíjate bien en lo que te digo, si los Legionarios de Cristo se enteran de que ya sé lo que viene o los contrarios se enteran, yo quedo en medio de dos fuegos. Creo que no entiendes —miró con fijeza a los ojos, respiró hondo— y te lo explico para párvulos, entonces unos me odiarán por callar y otros por revelar. Es imprescindible que nadie se entere y nadie es nadie, si se sabe lo mínimo hasta me acusarán ¡de espía!
El superior pateó el piso y no había ninguna hormiga ahí; se calló, comenzó a hurgar nerviosamente entre su ropa buscando algo. Melquiades se sintió en presencia de un tigre y él mismo, un cervatillo. Pequeñas gotas de sudor asomaron en su frente de modo instantáneo. El obispo sacó un encendedor de un cajoncito próximo y dijo:
—Esto hacía nuestra Inquisición con las brujas.
Quemó el augurio y después de triturar las cenizas entre los dedos, continuó:
—Existen personas a las que nadie extrañaría si se alejan para siempre y el chico está entre esa categoría.
Melquiades asintió mirando hacia el piso. Luego el obispo lo despidió con una frase en latín y Melquiades se alejó espantado como si hubiera visitado al mismísimo Satanás.

A la noche siguiente el cura visitó a la tía Encarnación y la convenció:
—Ese chico tiene vocación sacerdotal, pero no la ha descubierto; permítame conducirlo a un retiro espiritual, pero no a cualquiera, él irá a uno especial —hizo una pausa dramática, miró fijamente y soltó casi una carcajada socarrona— ¡a Europa! Sí, el chico irá a Europa con todos los gastos pagados.
—Pero…
La interrumpió:
—No hay peros que valgan, esto será la salvación para su chico, su sobrino según entiendo, y hasta le ganará indulgencias en el cielo para usted y su familia entera.

El día terminó sin novedad aparente. Las calles y el sol de mediodía a Nicandro le parecían más parejos que nunca antes. Esa uniformidad adquirió tal relevancia que se alarmó, él que jamás se preocupaba... A estas alturas del transcurrir siglos deberíamos saber, al menos, lo mismo que los adivinos griegos: ellos señalaron que un vidente es incapaz para interpretar su propio porvenir. Escribieron sobre Casandra, la princesa de Troya, previniendo sin fortuna a sus conciudadanos del engaño del Caballo hueco. Cualquier oráculo debe esconderse entre frases incomprensibles, para que únicamente sea descifrado después de que suceda lo predicho. Hay quien mira en esa precaución de la pitonisa una típica astucia a lo Ulises: para engañar a los espectadores.  Sin menospreciar la astucia del griego clásico, debo anotar la simpleza de espíritu en este infantil personaje (tipo sin edad, aunque sería más justo indicar que es un niño perpetuo) incapaz de interpretar signos escondidos. Los mensajes recibidos eran evidentes y, si difíciles, serían otros quienes los descifren. En ese día lo extraño era la monotonía y ahí está una clave: la piedra lanzada por los aires avanza sin percibir cambio, esa debe ser su travesía más pareja hasta chocar en el suelo. Imaginemos a la piedra escondida entre la honda de David, su veloz viaje no le resulta extraño sino cuando ha roto el duro cráneo de Goliat. Así, el exceso de monotonía cabría interpretarlo: el más fatídico de los signos premonitorios.

Antes del anochecer, Nicandro regresó a casa y Melquiades lo esperaba ojeando una revista deportiva. La tía había preparado la “maleta” improvisada con una caja de cartón atada, donde cabían completas las pertenencias del sobrino.
El cura saludó con fingida cordialidad:
—Ahora serás un santo, uno dedicado al Señor, ya nunca más tendrás que vender bagatelas ni sufrir los peligros callejeros, pronto se abrirán para ti las puertas del cielo.
Nicandro se alegró sin hacer aspavientos; pensó en largas vacaciones y supuso se relacionaban con otro presagio recibido hace poco. Esa era la última y nunca habría más. Ahí, descubrió un dibujo con estilo renacentista. Le vino a la mente un mapamundi de escala ínfima y consiguió una lupa de aumento para apreciar el detalle, donde el pequeño y elaborado dibujo indicaba una estrella flotando en mitad de una habitación. La especie de estrella levitando sorprende a un anciano ataviado con un gorro de tela suave, sobre la estrella hay letras de algún alfabeto ajeno y al centro un acróstico idéntico al letrero sobre la cruz de Cristo: INRI.
Un día anterior, cuando el peluquero del barrio miró el papelito, se admiró y determinó, como acostumbraba, con aire sagaz:
—Sin duda, es Rembrandt mirando el destino en la Cábala; las cuatro letras poseen un significado profundo para los alquimistas, será mejor que lo ocultes por tu seguridad.


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