Nota: Si miran de cerca el cuadro de William Blake titulado Newton, entonces verán cómo del compás surge la mitad del círculo y se inscribe en el triángulo, que representa geométricamente a la montaña y su cumbre. La imagen sobrepuesta es un espléndido ascenso alpino.
Por
Carlos Valdés Martín
Tras
una semana desde el trágico accidente de su padrastro, encontré a Bernardo en
la cafetería de nuestra escuela preparatoria. Dejó su cuaderno pautado que
rayaba con apuntes nerviosos y me saludó con efusividad. Ocultaba su luto reciente
bajo súbitos entusiasmos y nociones intrigantes, con variaciones de ánimo que
lo alejaban de su tristeza. Luego de mirarme de arriba a abajo, dijo:
—Es
que ya no hay nada más, te digo, Pepe, que he llegado al momento cumbre, nada
más queda por esperar.
Bernardo
hablaba y manoteaba para dar énfasis a su afirmación. Soltó que lo suyo con Victorina
se había consumado tras el velorio. Acostumbrado a anteriores declaraciones
ilusorias sobre romances inexistentes y, además, sorprendido por verlo tan
animado, le respondí apuntando hacia el extremo último de su argumento:
—Con
diecisiete años y ya —solté una palabra difícil de rebatir para un católico— pontificas
sobre las fronteras últimas de la existencia.
Ante
esta objeción, regresó al comienzo del argumento, mientras se levantaba y su
camiseta demasiado corta (sello del crecimiento apresurado) mostraba unos
pelillos sobre su barriga adolescente. Así, defendió su interpretación:
—Eso
dices tú, Pepe, que no te has enamorado así; una noche con Victorina está más
allá del paraíso.
Para
mí, la imagen de Victorina resultaba sosa; era una estudiante fácil de
confundir entre diez mil. Delgada y sonriente, pero nada llamativa para voltear
la cabeza a su paso.
De
pronto, se hizo un silencio en el recinto de la cafetería, cuando entró la
nueva maestra de matemáticas, una brasileña apiñonada y de pechos prominentes. Recién
ingresada a la planta docente, ella procuraba demostrar un trato agradable, aunque
con acento de extranjera no le entendíamos bien cuando enseñaba. Bastaba su
presencia para tensar los instintos, mientras intentábamos disimularlo. Siendo
inexpertos en el arte del disimulo, fallábamos. De inmediato intercambiamos
miradas y me aproximé al oído de Bernardo para cuchichear: “Te cambio a todas
las Victorinas del mundo por una sola monumental”. Atisbando en dirección a la
maestra, guiñé para apuntalar el argumento ante mi amigo. La maestra miró con
atención el guiño y lo interpretó como si fuera asunto de su incumbencia. Bernardo
se dio cuenta y pellizcó mi mano para exigir más discreción. Sin alterarse, la
maestra se acercó con sigilo desde el otro extremo de la cafetería.
Al
llegar, cruzó los brazos y quedó clavada junto a nuestra mesa. La profesora
sonreía, mientras saludaba con tono amable en portuñol. Ella Preguntó algo que no comprendimos ni alcanzamos a responder
con una explicación coherente. Apiadada de nuestra turbación de adolescentes,
la maestra se alejó con prudencia y no regresó más. Hice prometer a Bernardo
que no comentaríamos con nadie del guiño, porque temía que fuera interpretado
como una falta estudiantil.
Frente
a la evidencia, logré convencer a Bernardo de
que esa maestra significaba una elevación hacia un terreno inaccesible, porque,
ante el imposible, resulta inútil lamentarse. El amigo Bernardo regresó al
debate y se despidió con una frase que copié en un cuaderno de notas:
—Una
cumbre hace olvidar —suspiró y enseñó los dientes— a otra cumbre, pero en una
existencia entera habrá una o, cuando mucho, dos; lo demás es silencio.
Me
alejé cavilando si era una exageración ese amorío de Bernardo y, de inmediato,
recordé con preocupación el calendario de los exámenes finales de la escuela
preparatoria.
**
Bernardo
se inscribió en otra facultad, entonces nos frecuentamos menos y tardaron tres
años para abordar una plática del tema. Cuando nos reunimos en una taquería
sobre avenida Insurgentes, él estaba nostálgico y casi abatido:
—Viajar
a París y encontrar a Celinne fue sublime… una noche de luna llena bajo la
Torre Eiffel no habrá ya… no más nada.
Le
respondí para contrariarlo y avivar la polémica:
—Ni
siquiera he visto una foto, hasta debe ser chimuela; tus gustos por las
extranjeras son extraños.
—En
verdad desde que regresé a este país, nada me sabe bien.
Unos
minutos más tarde, llegó Fede, un amigo gordo. De cuerpo curvo y sensual,
disfrutaba y reía al sostener cada antojo y colocarle salsa. También sonreía
con burla cuando Bernardo y yo nos enfrascábamos en discusiones de aire
filosófico:
—Déjense
de honduras, se les va a cuajar la leche; menos libros y más donas.
—Es
que Bernardo se está volviendo nietzscheano.
—No
es tan simple, pero tuvo razón cuando dijo que “los que me sigan deben tener
piernas muy grandes para pisar de cumbre en cumbre” y Zaratustra se retiró para
convivir con bestias.
Asentí:
—Suena
grandioso.
—Ja,
ja; se trata de pisar como gallitos, pero a las muchachitas— el gordo Fede volvió
a reír mientras abría la boca y tragaba, dejando un trozo de jamón en la
mejilla—, eso sí es máxima; digo, lo máximo — habló con lentitud, por efecto
del bocado.
Lo
refuté:
—Confundes
a Nietzsche con Condorito, el de las caricaturas.
Fede
torcía la boca y no le importaba, con sinceridad era impermeable ante nuestras
andanadas de esnobismo, no se dejaba agarrar a “librazos”. Encogía los hombros
y tramaba su siguiente broma.
Regresó
Bernardo a los puntos sublimes:
—Ese
es el mensaje; solamente importan esos momentos cumbre; nada más interesa, el
resto es sangre, sudor y…
Interrumpió
Fede:
—Tacos,
puros tacos; lo demás son puros deliciosos tacos, no salgas con lágrimas de
hambre, que todos aspiramos a dar el brinco hasta el jet set y ligarnos a las estrellas; pero jamás sucederá, jamás habrá
ninguna que ame a nuestro aprendiz de Cuasimodo: el galante de Bernardo.
El
aludido retrocedió agraviado en su ánimo y se levantó de la silla. Fede lo
hería por simple diversión y no porque Bernardo fuese feo, pero sí temía excesivamente
el serlo. Bernardo respiraba con aspaviento y caminaba dando vueltas, decía que
practicaba una técnica yogui.
Fede
susurró en lo bajo: “Touché” y pidió otra orden de viandas al mesero. Por
experiencia reconocía la fragilidad del amigo: su resistencia para soportar esas
ironías sobre su fealdad era limitada.
Me
levanté y abracé a Bernardo por el hombro, para salir juntos del restaurante
pretextando fumar cigarrillos. Afuera y con un pitillo en la mano, Bernardo
retomó el hilo de sus pensamientos:
—Todo
el secreto está en coronar pronto el Everest de la existencia y luego morir,
como el Werther de Goethe, que no se
suicida por despecho, sino por la imposibilidad de subir. Adoró a Carlota y no
habría dama más fantástica. Su pequeño mundo era aquel burgo alemán y fuera de
allí, solamente un precipicio de tinieblas, copado por sombras ordinarias.
Afuera,
los automóviles avanzaban indiferentes esa tarde del sábado y los transeúntes
no se ocupaban más que de sí mismos. El amigo, recuperado de esa burla, ya platicaba
con entusiasmo creciente. Levantaba la voz y, sentir los pasos de desconocidos
acercándose, súbitamente la bajaba:
—Esa
noche en París lo fue todo; ella me entendía y hasta le propuse un pacto
suicida, ¿te imaginas que lo último en tu vida sea cerrar los ojos entre los
brazos de la amada bajo la luna de París?
Había
recibido suficiente castigo con las burlas de Fede y anticipaba que contrariarlo
agüitaría la plática, pero no lo
resistí:
—No
estás diciendo la verdad estricta, estás adornando tu versión para no dejar que
el burlón de Fede gane.
Incómodo
con su insinceridad, Bernardo bajó la mirada y rectificó:
—Claro,
no es serio lo de suicidarse, mi Pepe; la verdad estábamos tan borrachos que me
dormí en seguida. Celinne quería platicar; así son las chicas, les gusta
platicar antes y después del sexo, y empujan hacia conversaciones insípidas o
color de rosa… Esta vez sí sucedió, y no por darte gusto contaré los detalles,
pero sí sucedió. Además, siempre es mejor dormir para que no nos comprometan en
matrimonio.
**
Habíamos pactado un reto a 30 carambolas a
tres bandas. No había cambiado tanto Bernardo cuando, tras otra vuelta del
calendario, nos reunimos en un billar de la zona popular. Solos, dos amigos,
que bebíamos sodas y recordábamos anécdotas. Cuando suenan las superficies
pulidas de los marfiles blancos y rojos, le facilitan otro argumento a Bernardo:
—Nada
más importa, sino el instante cuando la bola blanca recorre sus tres bandas y
alcanza a la bola de objetivo; es difícil, pero si fuera más sencillo, aburriría.
Yo
asentía con la cabeza para que siguiera y así lo hizo:
—Para
mí, ahora es Henrieta la cúspide, la mujer perfecta; una escandinava digna de pasarela.
Deberías conocerla. En cuanto junte suficiente para el avión, nos juntaremos y
ese será el día definitivo.
—¿La
anterior no fue el momento cumbre?
—En
esa coordenada, amigo Pepe, del espacio y tiempo sí lo fue, pero Celinne, la
francesa, resultó ser una loca.
Disimulé
la sospecha de que gran parte de esos romances eran relatos con aire inflado
entre las fantasías de Bernardo, coloridas pinturas de lo que anhelaba.
El
choque de las bolas en las otras mesas era un rumor cálido y cómplice. Sobre la
pared frontal, un reloj de carátula grande y manecillas anticuadas parecía
detenerse.
Por
mi parte, la existencia entraba en otra carretera. Ese mismísimo día había sido
maravilloso para mí, pero ¿cumbre? Una existencia reciente de esposo joven marcaba
una meseta exclusiva y allanada por gratificaciones cotidianas; con rutinas
pesadas y ratos libres. Los días se parecían en la agenda, aunque —eso sí, con
intensidad— bañados por un sol esplendoroso: ganaba suficiente; mi mujer era un
ramillete de perfecciones; nuestro primer bebé brillaba de tan sano y sus
monerías me mantenían chiflado de contento. Esa tarde dominical la visita de la
suegra, pactada en una reunión solo para mujeres, proporcionaba un respiro.
Jamás imaginé que las presiones cotidianas para un joven casado resultaran tan
agradables y las noches tan perfectas, superando el ocasional llanto infantil. Resumí
lo mejor que pude ese cambio en mi vida y aspiraciones:
—Llevo
tres años que en gastos y presiones todo es cuesta arriba, pero mírame con
cuidado, los demás amigos dicen que la felicidad traspira por mis poros. Despierto
en las madrugadas sonriendo y duermo riendo; no imagino que me pudiera ir
mejor. Exigirle algo más al matrimonio sería una insensatez.
Bernardo
estiró la mano para agarrar un objeto imaginario y agitó el brazo simulando
agitar una medalla:
—Ya
se te olvidó Nietzsche: “Cuando hables con mujeres, no olvides el látigo”.
—Recuerda
que él murió solitario y enfermo, su recomendación de falso Casanova nunca le
valió para nada.
Mi
amigo Bernardo soltó la medalla imaginaria, luego miró la carátula redonda del
cronómetro sobre la pared, como si ahí se concentraran unas montañas
transparentes e hizo un gesto de atrapar la lejanía con la mano diestra:
—Cuando
obtenga otro momento cumbre, rabiarás de envidia y por tanta envidia abandonarás
esa comodidad del casado, para volver a las alas del amor libre; es la libertad
el hada mágica de la pasión.
Para
anticiparme a la respuesta, disparé una bola blanca, usando el efecto
“renversé”, que se deslizó precisa y, adueñado de otro punto a favor, le
respondí con ánimo de superioridad:
—Te
voy a ganar este juego y, además, cuando la muerte descienda con el velo de
respeto que merecen los poetas, depositará una guirnalda con un letrero
memorable: “Perdió el juego de carambolas ante Pepe Arconada, el 17 de abril”.
Bernardo
meneó la cabeza indicando su negativa:
—En
la sesera del casado no entran las razones de los poetas.
Un
sonido seco de vidrio rompiéndose interrumpió, cuando, al otro lado del salón,
un desconocido gritaba y agitaba una botella rota: “A ver si eres tan macho. ¡Con
mi damita no te metes!”
Una
adolescente atractiva, enfundada en shorts ajustados y de cadera sensual, se
interpuso entre los dos pleitistas. Estiró las manos para detener al de la
botella sin tocarlo, mientras le gritaba: “¡No hay nada, estás como loco!”.
Repitió varias veces la frase, mientras otros curiosos también vociferaban que
se calmara y amagaban con acercarse, aunque sin rebasar la distancia del brazo
con la botella afilada. La chica siguió repitiendo la frase en varios tonos
agudos, lo cual calmó al tipo, hasta que soltó su arma improvisada.
Entró
un policía al local acompañado por empleados y se dirigió al rijoso. El policía
traía la mano sobre una pistola al cinto y hablaba tan bajito que no lo
escuchábamos. Señaló hacia afuera y el rijoso lo siguió con paso lento. Los
curiosos hicieron una especie de valla y luego empezaron a salir, mientras los
empleados vociferaban que antes pagaran sus cuentas.
**
La
siguiente noticia de Bernardo fue una llamada de larga distancia, cargada de
frustraciones:
—La
sueca resultó una desquiciada…Mira que invitarme a su departamento, cuando
resultó que seguía casada, amamantando a un bebé. No sé en qué cabeza cabe...
El
amigo explicó su odisea entre un flechazo romántico a primera vista, un dulce
coqueteo epistolar, las promesas de su amor y una comedia de equivocaciones. A
la distancia la confusión surgió cuando ella parecía divorciada, cuando en
realidad era un disgusto temporal. Por su parte, Bernardo debió de presumir una
holgura y un currículum inexistente. El malentendido estalló en cuanto visitó
la ciudad extranjera. Después de que colgué lo imaginé trabajando de camarero o
lavaplatos en Estocolmo con el corazón doblado y guardado en una maleta del
aeropuerto. Atando cabos ella no estaba desquiciada, sino que él malinterpretaba
el idioma sueco y, en su pobre inglés, confundió un enojo con el divorcio y fantaseó
un complicado relato.
**
Tras
la desventura de Bernardo en Suecia y su regreso, una noticia triste nos conmovió,
avisando acerca del fallecimiento de Fede. Un modesto funeral reunió a los compañeros
de escuela. De ese día triste, se grabó en la memoria el rostro de Fede bajo el
cristal del féretro. Un rostro maquillado y alterado, como si hubiera recibido
una inyección de cera para moldear, quedando el contorno facial perfectamente
redondo.
Durante
el velorio, Bernardo lucía afectado, incluso más compungido que la misma madre
de Fede. Mientras la señora se ocupaba de rezar con monotonía, él se paseaba afuera
y encendía cigarrillos, los apagaba sin consumirlos y se quejaba en los
pasillos:
—Nunca
alcanzó una cumbre, se conformó con poco y terminó apocado.
Continué
en silencio y pensé: “¡Lástima por el camarada, Fede! Su muerte prematura era
previsible para la ciencia médica, pero sigo sorprendido.”
Acompañaba
a Bernardo por los pasillos, cada vez que comenzaba monólogos y los interrumpía.
Continuó con paso errático y volvió a decir, lejos de la familia, por lo
inoportuno de sus ocurrencias:
—Es
que no te has dado cuenta de que los gordos son circulares, igual que la
felicidad. No hay cómo agarrarlos ni a la felicidad.
Meses después, Bernardo me visitó en la casa
familiar. Al final de esa visitación, sin más testigos, le dibujé círculos y
rectas sobre una servilleta donde expliqué que los geómetras griegos
consideraban el círculo
como la figura perfecta
y sinónimo de la justicia. Por sus muecas, Bernardo no estaba convencido, cuando
argumenté acerca del avance hacia el horizonte, donde uno persigue esa línea
imaginaria y siente acercarse, pero nunca llega. He descubierto que el círculo
es una figura fascinante, se aplica a la rutina laboral, a mi corazón y hasta
para la muerte. Con el círculo reina la ambigüedad,
pues si alguien caminara sobre un círculo
perfecto siempre pisaría la “cumbre” y descubriría que sigue subiendo; paradójicamente
al acelerarse percibiría que está bajando y cada avance lo obliga a descender,
arrastrado hacia su caída. Cuando el caminante sobre el círculo reflexionara de
modo completo, se daría cuenta de que siempre permanece equidistante del centro. Esa equidistancia perpetua respecto al centro implica
la justicia divina que argumentaban los pitagóricos. Si se mira en el tiempo,
el círculo perfecto dibuja el
problema del ahora absoluto, que
siempre está equidistante
de un infinito pasado y de otro infinito porvenir; la distancia del ahora
siempre es la misma respecto de los infinitos pasado y porvenir. Por eso los
geómetras concluyeron que el círculo perfecto es único, representando al Ser y a la Eternidad, bajo la modalidad personificada. En cambio, las
cumbres son plurales, cual montañas; ellas son las hijas superiores del
triángulo y su misterioso potencial. Cuando esto se traduce en términos de
felicidad, la recordada está separada por la barrera infranqueable del “ya no
es” y la futura, también distante, por el “todavía no es”. La felicidad futura
podrá acontecer, pero si es un “momento” no deja de estar sometido a la ley de lo pasajero; para el tiempo fluyendo, cual río, el acto de conquistar
es lo mismo que perder: sometidos a la rueda de la existencia que tanto disgusta
a los budistas. Sin embargo, ¿qué sucede cuando habitamos sobre una rueda de
naturaleza feliz? Permaneceríamos sobre una cumbre-meseta espléndida, donde, al caminar, jamás
nos alejaríamos del centro,
por más que sucedan tribulaciones o excentricidades de la existencia. Para que
esta explicación sea completa, deberíamos asumir que toda muerte es ilusión;
ahí está el punto de Arquímedes, pues quien cree con sinceridad en la
aniquilación del espíritu, busca un placebo para darle sentido a su vida. Nadie
escapa de su propio centro, así que subir hasta la cumbre sería un placebo. Irónicamente, nadie es capaz de mirar su propio
centro, pues se esconde muy adentro. El buscador necesitaría haber purificado
sus sentidos, al modo que recomendaba William Blake, de limpiar las puertas de
la percepción para captar
el infinito tal cual es.
Quedé embelesado cuando reuní tales ideas en una
exposición consistente acompañada por un dibujo, pero el amigo Bernardo seguía trastornado
por la nostalgia de una europea desdeñosa y no captaba el tropel de argumentos que
se redondearon a partir de los días que siguieron a la angustia tras mirar una
cara redonda bajo la ventanilla del féretro.
**
Para
Bernardo el mal efecto del clima nórdico sumado a la decepción desplazó sus
intereses. Su nueva vocación incluía la geografía tropical. Con una racha de
fortuna económica en los bolsillos, desvió su entusiasmo hacia las regiones
cálidas, donde sentía ambientes de dulzura y candidez, a tono con la leyenda
del buen salvaje patentada por Rousseau. De cuando en cuando, enviaba postales
desde Tahití y Borneo para comentar que merecían ser elevados a la calidad de
“patrimonio de la humanidad” y, para redondear, sus playas certificadas de paraíso
terrenal. Los motivos no siempre eran viajes reales, bastaba una ocurrencia para
que regalara esas impresiones postales, hoy pasadas de moda. Después supe que había
siguido un curso de arqueología. Al platicar por teléfono, parecía
entusiasmado:
—Dejar
algo para la humanidad, que las generaciones futuras reciban tu contribución;
ahí veo una cumbre, una que no sea fugaz, una que justifique mis esfuerzos y pague
las pestañas perdidas leyendo libros.
Pasaron
los años, mis hijos nacieron gemelos, varones sanos y alegres; poco después
quebró la próspera empresa donde idealizaba una jubilación dorada. El amor y el
matrimonio se escurrieron por un desfiladero apresurado de deudas y privaciones.
Extrañaba la plenitud matrimonial de los años buenos y lamentaba las tristezas
que deja la separación. Entré al lado oscuro del círculo, pero las dificultades
económicas me mostraron un pliegue distinto: luchar y esforzarme más. Así de
sencillo y de incomprensible, bastaba luchar rabiosamente por salir adelante,
El cansancio era suficiente para destilar adrenalina y reírme solitario ante el
espejo del baño cuando miraba mis arrugas prematuras alrededor de los ojos.
Terminados los años de felicidad bajo la “familia perfecta”, entonces, el
trabajo duro y hasta obsesivo me regocijaba. De la agitación laboral saltaba al
descanso, con fines de semana candorosos como papá divorciado y, luego, noches
de bar para solteros. Esa existencia repetitiva era intensa y sin fisuras
aburridas, a pesar de faltarme novia y extrañar a mi ex “mujer perfecta”, para
entonces metamorfoseada en la “bruja perfecta”.
Cuando
regresaba a la ciudad, el amigo Bernardo acostumbraba buscar a los amigos. Con
quien lo escuchara se quejaba de los campamentos de exploración: interminables
jornadas regidas por rigor y método para escarbar entre piedras y casi ninguna
diversión. Advirtió, con pesimismo, que el sueño de los arqueólogos jóvenes por
descubrir otra tumba al estilo de Pakal, jamás se concretaría.
**
En
el bar, Bernardo sacó una fotografía cuadrada y pequeña que parecía hecha en un
estudio antiguo: mostraba a una guapa morena de rasgos orientales, ojos
almendrados, sonriendo entre unas hojas elegantes. Esas luces y el vestido
combinaban perfectamente con un ambiente selvático.
—Encontré
a otra musa entre las tierras vírgenes y ella —especulando con un valor
tradicionalista— lo es también. Su pureza e inocencia me cautivaron entre el
gentío de Bangkok; su aura de belleza repelía a la multitud, la gente vulgar se
alejaba para abrirle paso. Fue irresistible su presencia y la seguí. Con señas gentiles
me acerqué, avancé apuntando hacia mi corazón y, luego, hincándome para
demostrar sinceridad. Otras veces los curiosos llaman a la policía cuando
intento convencer con señas y mímicas. ¿No te conté la vez que me detuvo un
policía en Grecia? Bueno —se interrumpió y volvió a su anécdota— Ella era hostess en un bar así que tuve suerte. Ella
se rio tanto cuando intenté alcanzarla y me hinqué ante la puerta del bar, por
fortuna llamó a un mesero que parloteaba en inglés.
Después
de otros desvíos en la plática regresó a explicar su última cima de amor. Juró
que esa relación era tan sincera e intensa que ella pronto se reuniría con él,
en cuanto encontrara el modo de encargar a sus dos hijas con sus parientes.
—¿No
dijiste que era virgen?
—En
su alma, en su actitud de inocencia... a eso me refería.
Hubiese
sido rudo insistir para refutar su linda narración, en cambio, lo desmentí
mentalmente sin abrir la boca: Él de ninguna manera había conquistado a la hostess del bar, le demostró su amor con
aspavientos y ella respondió con vanas promesas para sacar algún provecho. Este
esquema repetía el caso sueco, aunque a la inversa. Sin embargo, él sudaba al
asumirse feliz, mientras contaba su aventura.
Recordé
días de la infancia, cuando conocí a Bernardo. Fuimos vecinos de la misma calle
y amigos antes de cursar la misma preparatoria. Estaba el niño Bernardo montado
en la bicicleta recién regalada el día de Reyes. Esa vez, yo no recibí nada y
pateaba una humilde pelota de goma que encontré extraviada en la calle, pero me
divertía tanto como él. En esos días de infancia, su padrastro resultó ser el adinerado
en el barrio humilde. Con el paso de los años, la comparación económica entre
nuestras familias se fue emparejando.
Durante
una semana seguida, Bernardo juró que su bicicleta regalada era lo mejor que jamás
le había sucedido. No se bajaba, a cualquier sito quería ir sobre ella, hasta me
invitó a subir atrás, aunque se le dificultaba pedalear con un pasajero. Al
terminar la primera semana, dejó la bicicleta guardada y comenzó a patear el mismo
balón de goma que compartíamos los chicos de la cuadra, y así siguió Bernardo
varios meses: uno más entre un puñado de niños de barrio. Luego llegó su fiesta
de cumpleaños y quedó fascinado por un regalo de “hombres de acción”, con los
cuales jugó una semana continua en solitario, hasta que regresó conmigo y los
demás chicos a corretear balones.
**
La
última comunicación directa de Bernardo fue un correo, donde explicaba, con
detalle y euforia, acerca de una oportunidad en una expedición científica hasta
la zona profunda y selvática de Nueva Guinea. Un lugar remoto, donde incluso
aseveraba que había caníbales. Daba decenas de razones por las cuales esa empresa
sería extraordinaria, en síntesis: el pago era excelente, había unas ruinas
inexploradas con potenciales descubrimientos sobre una civilización desconocida,
y después, esperando que la fortuna le sonriera, él recibiría reconocimiento
público por la expedición.
En
una posdata de la carta, él regresó a lo que se había convertido en una discusión
por episodios. Dibujó un círculo a mano y lo tachó, al lado con una sola línea
trazó una montaña picuda y la palomeó. Abajo indicó: “El círculo se puede
romper y la cumbre me desafía, extraviada entre brumas.” Terminó su argumento
con un tono melodramático: “Veo, por fin, esa cúspide en la cercanía; mi
existencia entera ha valido la pena si soy capaz de conquistarla.”
**
Transcurrieron
tres meses cuando la hermana de Bernardo avisó que se había perdido la
comunicación y que no encontraban rastros de él. Ella pidió informes y ayuda a
la embajada, pero fue infructuosa su pesquisa. Las circunstancias esta tragedia
me recordaban la muerte de Michael Rockefeller Jr., el heredero más rico del planeta,
trágicamente extraviado entre los caníbales de Nueva Guinea.
Aunque
vivía fuera de la ciudad y me mudaba con frecuencia por cuestiones laborales, mantuve
el cuidado de preguntar continuamente a la hermana por noticias. Ella agradecía
el interés y se alegraba, aunque al platicar, con cada comunicación, iba
entrando en mayor desesperación. Una vez que la llamé y prorrumpió en un llanto
desconsolado, no supe qué decirle. Después de esa ocasión, tuve la impresión
que mis llamadas perjudicaban más que ayudar.
Otra vez la hermana me dejó un mensaje de voz en tono desesperado y
hasta enardecido, donde estaba acusando a las autoridades locales de haber
abandonado la búsqueda.
Desde
la desaparición definitiva de Bernardo, los meses se convirtieron en años y sus
familiares nunca se resignaron por completo.
**
Hace
unos pocos días platiqué con algunos amigos de la escuela. Al calor del vino
tinto, Alfonso estaba alegre e inspirado. Le recordé los viejos debates con
Bernardo sobre los mejores momentos de la vida:
—Ya
se extinguieron los caníbales y hasta las selvas vírgenes, incluso también los
exploradores. Bernardo con una buena estrella hubiera sido el Indiana Jones
de nuestro país…
—¿Recuerdas
—levantó los ojos como mirando a la lejanía— lo que le decías sobre las cumbres
y los círculos?
—Cuando
viajas —respondí, pausando para dar un mejor argumento— sobre un círculo
colosal creerás que recorres un plano, como la Tierra o, más bien, la curva obligatoria
de cada existencia te regresa al punto de origen.
—Como…
¿un círculo donde todos los momentos serían diferentes e intensos a la vez?
—No
imagines un círculo vulgar —le aclaré con énfasis—, sino un círculo perfecto, donde el centro es tu propia
vida. La superficie del gran círculo es confusa, atraviesa valles, abismos y
montañas. Sus materiales integran la felicidad y, a veces, cada paso se
extravía entre brumas y abismos, sin saber si alcanza una cumbre o serpentea al
costado del abismo. Mientras el corazón late sin descanso, permanece en el
ahora supremo, donde habita la felicidad, aunque no te des cuenta.
—Aunque
esta vida no sea perfecta, —este amigo estudió leyes y así lo interpretaba— mantiene
su derecho constitucional a serlo, y aquí
demando que este decreto sea cumplido.
Dicho
lo anterior, me incorporé, estirando el cuello para continuar. Imposté una voz
gruesa, invocando a un supuesto senador de la Roma clásica y, levantando la
copa con tinto, propuse una sentencia:
—Una
cumbre es la otra cara del círculo infinito… lo demás es silencio.