Por Carlos Valdés Martín
Despojos del marlín
Este cuento incluye un
final prodigioso que reclama un análisis prolijo. La dinámica del trabajo
esforzado es llevada en este relato hasta su extremo, el pescador anciano es
superado por la adversidad, cuando su pesca es devorada por tiburones oportunistas.
Tras una agotadora lucha queda el despojo de su marlín, que sigue siendo un ser
impresionante: un esqueleto marino, testigo mudo del esfuerzo.
La belleza está en
los ojos de quien la mira, además se permite imprecisiones, cuando el despojo
del marlín irradia belleza, por más que sea un raro despojo de espinazo y cola.
Una belleza inusual, revelada a la mirada casual, conforme una turista
ocasional descubre su majestad escondida en tal despojo del marlín. El mesero
que responde sobre ese objeto misterioso y bello, señala anuncia al despojo de “tiburón”;
pero eso permite una confusión, donde apunta hacia el rival misterioso del pescador.
El tiburón es una amenaza oscura e indefinida, que no logra destruir la belleza
de la lucha. Los restos del marlín se convierten en un trofeo imposible de
vender y valuar, descansando fuera de cualquier concurso y consideración, en
proceso de desaparición en el ocaso junto a la playa.
Lo que fue agonía y combate desesperado en el mar junto a la playa se presenta
como testimonio misterioso, sin evidencias completas del origen, a menos, que
seas un lector y testigo de lo acontecido. En ese sentido, únicamente el muchacho
y el lector son cómplices del ciclo completo; el resto del mundo nunca se hará
una idea de lo sucedido. La explicación de porqué un despojo resulta tan
singular y único, saturado
de belleza agónica, tal como de define en lo “sublime”, está demostrado en la
narración completa.
De la hombría y sus pesares
El relato está saturado
de un machismo encantador, fuera de moda y anacrónico ya hace un siglo. El
viejo pescador, Santiago, representa el eco de una fortaleza física singular,
por eso los suyos “Eran unos hombros extraños, todavía poderosos, aunque muy
viejos, y el cuello era también fuerte todavía”
Con precisión en el personaje del viejo es una fuerza agónica, una musculatura
decadente que se contrapone a la voluntad vigorosa, dispuesta a cumplir proezas.
El sistema de jerarquías interpersonales y de valoraciones del relato es
complicado. El viejo Santiago está al borde de hundirse, sin embargo, ha estado
en la cima, como se muestra en un relato sobre su madurez, cuando lo apodaron
el Campeón. En su madurez, él ha sido un portento de fuerza y voluntad, según
lo narrado en la lucha de pulsos con el negro de Cienfuegos, la épica batalla
donde ambos quedaron trabados en el juego de pulsos, desde el domingo al lunes,
una batalla insomne y equilibrada, donde demostró que su voluntad por vencer
era sobrehumana. Por ese episodio, Santiago tuvo un tiempo el apodo del
Campeón.
Eso sucedió hace muchos años, en el presente del relato, el viejo pescador es
un eco de esa fortaleza.
Esa potencia física
decaída se compara con las fuerzas de la naturaleza, especialmente contra los
enormes peces: el marlín y el tiburón. Esos grandes animales son el punto de comparación
práctico y vital, porque en bote rudimentario, la pesca que practica Santiago
exige un esfuerzo físico enorme, donde el pescador gana la partida contra el
animal.
De vejez con méritos
Este viejo pescador
es un campeón solitario y sin corona, aferrado a una profesión donde subsiste
duramente. Su habilidad de pescador es notable, por más que las fuerzas
menguan, unido a que sus recursos técnicos son los mínimos. Él es orgulloso y
resistente, adaptado al ambiente por décadas de enfrentar al mar y sus peligros.
La narración suena a canto de ocaso y miseria, un sonido lastimoso de quien
está al borde de su final.
No sólo el viejo
Santiago, sino todos los personajes son humildes y algo supersticiosos ante lo impredecible
de la pesca. Creen que pasa el tiempo sin obtener una presa importante porque
están “salaos”.
Ante la falta de
medios técnicos, fuerzas físicas y conocimientos es lucha desesperada se eleva
como más meritoria, rayando en lo heroica. El personaje Santiago resulta en una
especie de héroe envejecido, rayando en Cristo redentor, aunque su causa es la
simple travesía marina en busca del sustento en forma de marlín. Ese trabajo
duro, además de subsistencia, resulta también un motivo de existir, casi una
religión de soledades.
La mar fémina y las irrupciones súbitas
En la perspectiva de un relato entre puros varones, es
el océano el elemento femenino constante y eso lo explica con detalle sobre
cómo la veía Santiago: “Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español
cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen
siempre como si fuera una mujer (…) Pero el viejo lo concebía siempre como
perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes
favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo.”
En este relato lo peculiar de esa mar femenina es su capacidad para generar
súbitos dones, emanaciones extraordinarias de distinto calibre y talante. El
gran marlín jala hacia las profundidades, se resiste a salir y quedar expuesto;
de repente, cambia de opinión y salta: “Justamente entonces el pez irrumpió en
la superficie haciendo un gran desgarrón en el océano y cayendo pesadamente
luego. Luego volvió a irrumpir, brincando una y otra vez”
Ese tipo de irrupciones de los peces son estallidos terribles o delicisos, un
emerger a la vida, el borde de las agonías y de las victorias.
Naturaleza hostil
En este relato la naturaleza
del mar resulta hostil, aunque no de manera uniforme. Algunos de los peces
resultan una especie de amigos o colaboradores, mientras que el tiburón es la
contraposición, encarnando a un heraldo de las desgracias. El resultado de esa
hostilidad del medioambiente marino son las heridas, los golpes, la sed y el
hambre. Además, el fruto del trabajo resulta tan escaso, casi en el límite de lo
fantasmal, simbolizado por la cabeza del marlín, como único testigo de una pesca
prodigiosa y fracasada. Ahora bien, el mar asoma un potencial de enormes riquezas
—aquí representadas por un colosal marlín—, las cuales muestran más
acendradamente la dureza de la miseria, cuando por la derrota se desvanecen en
ilusiones.
Durante la lucha
agónica entre el pescador y su presa el factor representado por el hilo de
jalar, simboliza el vínculo indestructible. De tal manera sucede, que el vínculo
forma la unidad imposible de romper, son los lazos de un matrimonio sagrado
entre el cazador y su presa en el animismo, cuando el cazador también es la
presa.
Gigantomaquia por el
gran pez
A despecho de su
debilidad creciente, el viejo Santiago, tiene arrestos y es capaz de ganarle
una complicada lucha al descomunal marlín. Se afirma que este pez es el más
grande que ha visto en su larga vida y que emplea su tremendo vigor en
defenderse. Esa parte también es una lucha de astucia y mañas. En esos
forcejeos agónicos evocan el clásico combate por Moby Dick,
con su diferencia de matices, pues entre el viejo Santiago y su marlín hay un
nivel más parejo, lo llama “hermano” y reconoce que es un duelo a muerte entre
iguales.
El viril anciano logra
derrotar al enorme pez, sin embargo, por lo reducido de su bote no puede
dejarlo arriba y debe atarlo a un costado. Por esa condición de fardo flotando,
el cadáver del marlín queda a merced de la “mala suerte” representada por los tiburones.
Después, los primeros combates del viejo contra el tiburón terminan con éxito,
pero el escualo es como la hidra de nuevas cabezas, por lo que acuden más tiburones
para disputar al marlín, devorándolo a pedazos. La fiera del reino submarino, al
extenderse en una especie de manada salvaje
también se agiganta para abatir al viejo heroico. Ante los repetidos embates,
la presa va siendo destrozada. El navegante queda herido y agotado. Al final
del viaje ya han devorado la carne completa y queda el espinazo con una bella
cola.
El candor y la red de
jerarquías
El amigo Manolín, que
se muestra amable y afectuoso con el viejo es la contraparte perfecta del
relato. Pone un vínculo de emoción y fraternidad desinteresada, porque el chico
no busca ventajas económicas, sino una combinación de admiración y ánimo
protector. Sin embargo, Manolín no es decidido y es refrenado por sus padres,
que suponen que otros pescadores sí tienen suerte. La contraposición entre la
juventud y la vejez está marcada por la relación entre Manolín y Santiago, para
dejar más marcadas las diferencias entre edades distintas. Para redondear la
relación, siempre hay una lealtad entre ambos, incluso más notoria en el chico
que desafía la obediencia a sus padres, para mantenerse cerca de Santiago.
Resulta compleja la
red de jerarquías entre los personajes y sus condiciones que se describen. El
protagonista, por ser el eje, siempre es la cúspide, sin embargo, está
agonizando, casi a punto de su caída definitivas, simbólicamente es un rey sol
del ocaso, preparándose para morir. Incluso la escena de su último sueño
representa a su muerte, bajo la mirada del amigo.
El marlín más grande visto también es la cúspide de la escala de peces, en
cuanto fue el más grande conocido y lleno de vitalidad. Cuando las dos cúspides
jerárquicas combaten definen un duelo caballeresco, bajo los más estrictos
estándares de la valerosidad y la fatalidad. Curiosamente esa jerarquía es en
extremo delgada y agoniza con sus protagonistas; el chico Manolín, sirve como
testigo y, de alguna manera, como un posible remplazo de Santiago. El resto del
mundo, opera bajo superioridad e incomprensión, en especial, mostrada por
quienes miran el cadáver del marlín, que son la turista, su acompañante y el
mesero. Ella sí posee una capacidad de admiración peculiar, que permite
engancharse a la distancia con la jerarquía agónica del pescador y su triunfo;
lo cual evidencia que impera una percepción extraordinaria.
Conclusión
Esta narración se
considera alternativamente como un cuento largo o bien una novela corta. El
texto queda descrito con máxima austeridad y tono realista, que ahonda en la
psicología del personaje principal y de su joven amigo. Al estilo de Hemingway
se le ha llamado minimalista por las características de su prosa que eliminan
muchos detalles, manteniendo un sentido real. La brevedad del estilo se acompaña
con cierta complejidad de las evocaciones y el choque de contrastes, entre la
soledad y la amistad, entre la marginación y un heroísmo privado, entre las
capacidades portentosas y la inutilidad del esfuerzo, etc. En la narración se entretejen
para este relato inolvidable los temas de la soledad; de los miedos ante la
enfermedad, vejez y muerte; de la amistad; de la miseria; de la lucha contra la
naturaleza y el discreto heroísmo. Obra de madurez de Hemingway, El viejo y
el mar se volvió su narración ejemplar por las cualidades que destila.