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miércoles, 15 de abril de 2015

VICIOS Y VIRTUDES DE LA PROVINCIA







Por Carlos Valdés Vázquez (1928-1991)

NOTA INTRODUCTORIA: Por fin aparece en medio electrónico la primera versión, de “Vicios y virtudes de la provincia”, publicada en la legendaria Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el número de febrero de 1958. La segunda y definitiva versión se integró dentro de la publicación de Crónicas del vicio y la virtud, conservando el mismo título, con la diferencia destacada de que no existen los subtítulos, también incluye modificaciones relevantes y una conclusión distinta. El texto ironiza los elogios y críticas hacia lo provinciano, para mostrar las entrañas de ese cristal de nostalgias y anhelos mezclados y revitalizar la perspectiva. (CVM)

REPARTO Y DISTANCIA
LA PROVINClA es la porción que nos toca en el reparto del pastel territorial; distribución de premios única, en la que quedamos satisfecho hasta los golosos y exigentes[1]. ¿Qué provinciano no está orgulloso de serlo?
La provincia, como los toros, se aprecia de lejos mejor y con más seguridad. A medida que aumenta la lejanía (potente levadura, la nostalgia) se activa el proceso de embellecimiento. Distancia: salón de belleza que garantiza los resultados. Vista de cerca la provincia es sórdida y sorprendente como la encantadora desconocida que amanece con cara de esposa. La provincia: mujer contradictoria. Al mismo tiempo generosa y mezquina, absorbente y cruel, embrutecedora y calmante, celosa y olvidadiza, lasciva y casta. Alguien nos ha jugado una broma: del sombrero mágico donde debería brotar un hermoso conejo (quizá el de Alicia en el País de las Maravillas), sólo aparece un gato común y corriente, un animalito hogareño, hábil en abrirse paso con sus garras hasta nuestro corazón sensiblero. Quien ha vivido o nacido en provincia nunca pierde completamente el aire atemorizado; el recuerdo le duele como viejas heridas de la batalla familiar.

VÍRGENES NECIAS
Las provincianas no se entregan por el escote del vestido; pero seducen más que manzanas envueltas en papel de china. Manzanas del misterio, porque el misterio constituye la máxima atracción. Provincianas tibias como plumeros y amables como esponjas, empeñadas en la ingenua provocación: la coquetería de las niñas bobas causa mayores estragos. Vírgenes necias que dejan empañar sus lámparas (alumbrado ineficaz: luz justa para mirar sin ser visto). Vírgenes que sueñan con príncipes azules; pero si la oportunidad llama a sus puertas, no pierden el tiempo, se transforman en matronas. ¡Cualquier cosa con tal de poblar la soledad!
En provincia sólo hay dos clases de mujeres: gallinas cluecas y solteronas irredentas. ¿Quién no teme a las tías —agrias y resecas como limones viejos que, se levantan a la primera misa? y ¿quién no se emociona ante las torpes líneas que anuncian el porvenir: niños, jardines, novios, madres y nodrizas?

CALLEJÓN SIN SALIDA
La plática se eterniza inútilmente junto a la taza de café y las colillas; el tedio triunfa sobre la barroca elocuencia provinciana. Es terrible el ocio: abismo que devora a hijos pródigos y señoritos. Ellos mantienen la dignidad romántica con sus frentes pálidas de amores imposibles, y la ayuda no confesada del diccionario de la rima. Pero está escrito que don Juan ha de jubilarse. A los cuarenta años se convierte en el marido modelo. ¡Soledad todopoderosa! Aun los viajantes de comercio, villanos de opereta, no siempre escapan a tiempo, y caen en escotillón del matrimonio.
El aburrimiento: vano y triste callejón sin salida. Es droga, pero ayuda a seguir tirando. ¿Qué hacer para conjurarlo? Los que van a ver pasar trenes saben que la cosa no tiene remedio: unos rostros grises se asoman un segundo al escaparate de la provincia. Todas las caras son iguales; luego esperar el próximo tren que llegará con un cargamento de máscaras veloces e idénticas. ¿Aparecerá una gente que tenga rostro, y no una fotografía movida en lugar de cabeza?, ¿alguien que nos pueda decir: tú existes, porque yo existo?

MIEDO ANTIGUO
La noche en la provincia exuda terror. Cuando los rezagados vuelven a casa, su misma sombra, tapete lleno de malas intenciones, se les enreda en los pies. El crimen se cuela en todas partes. Los ladrones esperan bajo las camas y los asesinos brotan de las alcantarillas. El viento pone música de fondo a las novelas de misterio. Hasta los faroles tienen aspecto torvo y vicioso, como astros sedientos de sangre. No hay faroles más fríos, duros y opacos, que los de la provincia; constituyen una descarada invitación al suicidio.
Y ¿los árboles? Son vampiros que se alimentan de sangre humana: la mayoría de los árboles provincianos son genealógicos. Árboles genealógicos para ejecutar en las ramas a los oscuros antepasados. El olvido es la única arma defensiva de los vivientes. A veces se intenta encarcelar a los árboles verdaderos —pagan justos por pecadores— en ridículas jaujas enanas; pero más que presos parecen señoras encorsetadas. Otras, veces la justicia se contenta con uniformarlos, como a los presos, en falditas blancas. Y cuando se conocen bien los árboles genealógicos, se puede sospechar que las raíces del miedo son muy profundas.

RELOJES Y CAMPANAS
Las horas se detienen en las cuatro esquinas sin decidirse por ninguna; las calles desembocan fatalmente en el campo. Parece que aún miden el tiempo con relojes de arena. Los otros, los de cuerda, hace mucho que están parados; nadie ha vuelto a consultarlos desde que las manecillas se trabaron en un bostezo interminable. Además, ¿para qué se necesita reloj donde las campanas repican cada cuarto de hora? Hay campanas de todas clases y tamaños que compiten entre sí. Verdadera riña de vecindad, en la cual lo más incierto es el resultado. Lo único previsible es que las campanas gordas se batirán en retirada, cuando las pequeñas, que tienen muy mal genio, alcen las voces agudas y rápidas; igual que los maridos pachorrudos se callan prudentemente, cuando hablan sus esposas diminutas y explosivas.

COMPÁS REACCIONARIO
La provincia vive a deshora; se empecina, como la solterona, en las modas de ayer. En ningún otro lado florecen más lozanos retratos de abuelos barbudos. Hasta los niños juegan en una atmósfera de naftalina y muebles apolillados. La provincia, rústico que reparte pisotones en el baile, no sabe llevar el compás del progreso.
La provincia es un gran museo: las mujeres tienen no sé qué de estatuas y las estatuas son tan imperfectas y sorprendentes como mujeres. Los hombres, en cambio, demasiado concretos y realistas, parecen el retrato de sí mismos cuando conservaban el pelo intacto. La provincia posee una colección rozagante de viejos desesperadamente verdes contra toda esperanza. Hay también algunos criados (¡heroica resistencia al tiempo!) que sobrepasan en años de servicio la edad de los amos. Se puede decir, sin miedo a equivocarse, que comenzaron a servirlos antes de que nacieran, y que continúan sirviéndolos después de muertos. Memoriosos porteros de las porterías eternas, se niegan a cerrar las puertas detrás de los que parten. La provincia para no olvidar se oscurece de luto: las viudas, pertinaces moscas del recuerdo.
Se encuentran sin trabajo verdaderas piezas de museo: hay señores que toman el amor libre tan en serio que, como en las comedias pasadas de moda, le ponen casa a la querida. En la provincia todavía existen ideales talleres donde se confeccionan sombreros adornados de plumas y cintas. Los talleres consumen por materia prima plumas y carne fresca: obreras y aves del paraíso. Las obreritas cantan y se alimentan con huevos; no existe tónico mejor para la voz. Los pájaros desplumados padecen frío y callan. Las familias que se respetan heredan un piano de cola cargado de tradición; pero que desafina y fastidia, como moscardón, con sus monótonas escalas; un piano donde las niñas aprenden pronto la imperturbable ley que rige el destino, y que luego es el refugio de la impaciente soltería.

¿ÁNGEL O DEMONIO?
Las virtudes y los pecados alcanzan en provincia cumbres heroicas. Casi siempre, contrariando la vanidad pueblerina, las virtudes permanecen públicas y los pecados secretos. Aquí se aprecia aún la voluptuosidad masoquista de condenarse al fuego eterno —los castigos y los amores son eternos—. La gente no comete errores, sino pecados; sigue prefiriendo la oscura magia del confesor a la inmaculada ciencia del psiquíatra; nadie hace tibias confidencias, sino cálidas confesiones; al psicoanalista, con su mandil blanco, se le considera un señor que se dedica a lavar los pañales de la infancia que el adulto ha olvidado en algún rincón de la conciencia. En provincia la vida aún corre fantasmal por cauces profundos y tenebrosos, conserva la antigua palpitación de los tiempos heroicos, cuando se luchaba en las tinieblas, sin preguntar si el adversario era animal, ángel o demonio.

CONTRA DILIGENCIA, PEREZA
No es pecado no hacer nada, sino una carrera que proporciona medallas y certificados de nobleza. Sus materias se cursan al aire libre: en los jardines, a la salida de los templos, en las puertas de los cafés. La pereza es el opio de la provincia: religión que se practica abiertamente. Ni siquiera se debe fingir que se está ocupado. Los patriarcas, en las bancas de la plaza, autorizan con su ejemplo el ocio de la juventud.
Parece que una activa organización fomenta y protege el ocio en sus expresiones más refinadas. Los flojos se asocian en círculos que son respetados por sus reuniones, en las cuales sólo se ha llegado al unánime acuerdo de no asistir a ellas. Si no fuera porque el trabajo es un vicio arraigado en las costumbres del hombre, ya lo hubieran abolido. La flojera cuenta con sus filósofos, hombres de ciencia, y con decididos campeones de la ley del menor esfuerzo, quienes pretenden implantarla en todo su vigor. Los teóricos se quiebran la cabeza ideando un sistema de trabajo que rinda el mayor número de horas inactivas. Por su parte los teólogos del divino descanso hacen llover máximas sobre los fieles para inculcar el sano temor: "El trabajo es el padre de todos los vicios."[2] "El flojo y el mezquino no andan dos veces el camino"[3], etc. Así, mediante el sencillo proceso de enseñar la otra cara de los refranes, demuestran que el pueblo[4] siempre ha vivido en la ignorancia.

PLANTA DE SOMBRA
La lujuria sin las alas de la imaginación resulta inofensiva, más bien ridícula. Como el globo desinflado pierde el prestigio. No requiere el rótulo consabido: "Úsese exclusivamente por prescripción y bajo la vigilancia médica." Los castos y los don Juanes no poseen fantasía.
La provincia saborea en secreto el pecado que prospera en los rincones; la lujuria cuando más se atreve a espiar el paso ondulante de las muchachas. Alcanzar la lujuria implica ascetismo: la privación de placeres menores y el ejercicio constante de la fantasía. Su conquista se prepara con idéntico fervor que el campeonato deportivo. Ningún sacrificio resulta vano; la frente del lujurioso brilla purísima como estrella.
No obstante la provincia es timorata: se escandaliza hasta de la ropa interior puesta a secar en sitio visible. Unos calzoncillos bastan para una protesta pudorosa. Y no hay contradicción; la lujuria es planta de sombra y traspatio, impropia para el exhibicionismo. Sólo el adocenado espíritu cinematográfico pretende tentar a los solitarios con escenas amorosas tan falsas como la peluca de los actores.

LAS VACAS GORDAS
Los provincianos compensan las privaciones mundanas en una tosca pero voraz retórica culinaria. (La geografía más que de linderos está configurada por guisos regionales.) Cuidan más los secretos de cocina que los de Estado. Cada provincia proclama su superioridad sobre las vecinas, en una polémica que presenta por argumentos las salsas, y no vacila en apoyarse en sofismas cochambrosos.
La provincia no guarda la línea: el ideal y deleite son las señoras a la Rubens. Mujeres que obtienen sus encendidos colores en la sobremesa, cuando se desabrochan furtivamente el corsé, mientras reparten grasosas sonrisas entre sus admiradores. Aquí la gordura se ve con ojos benévolos, no porque: "la atracción es proporcional al volumen de las masas", razón de mucho peso, pero demasiado obvia para ser verdadera. La gordura revela —aseguran los regionalistas fanáticos— el patriótico apego a la buena mesa. En cambio a los flacos se les atribuyen segundas intenciones; pero en realidad las figuras angulosas son un mudo reproche al engolosinado amar propio. A la hora de la digestión laboriosa, en desquite, los tragones se entregan sin reservas al sueño vindicativo de las vacas gordas que devoran a sus congéneres flacas; los señores de aspecto búdico —yacentes, calvos y barrigones— declaran optimistamente, en medio de nubes casi sagradas de tabaco fino, que la gula bien entendida es pecado de dioses. Alguien con poco sentido del humor —seguramente un refranero anónimo y rencoroso— dijo que las tumbas se ven frecuentadas por golosos y dormilones[5]; pero por fortuna el moralista no podrá negar el derecho incontestable de elegir la propia muerte, mucho más satisfactoria que la ajena.

CHISME Y CHOCOLATE
No todo es felicidad. La provincia, tan celebrada por varias generaciones espontáneas de poetas bucólicos, esconde en el casto y maternal seno la maledicencia. Monstruo que trabaja en la oscuridad de las trastiendas y reboticas, y acaba por envenenar a medio mundo.
Calumnia, que algo queda, sentenció un experto en demoler honras. Unas cuantas palabras dejadas al azar, como sin querer, son semilla suficiente para selvas de malos entendimientos. La calumnia es el arma preferida de las mujeres rencorosas: los efectos son corrosivos, y rara vez se descubre al francotirador.
La maledicencia se inicia en los lavaderos rabiosos de espuma, y medra a la sombra de los tendederos donde las cuerdas trazan caminos aéreos; luego penetra en la sala donde las señoras linajudas beben chocolate. Nada más inocente que el chocolate irisado y voluptuoso, pero desde sus márgenes la murmuración crece e inunda el pueblo. La gente conoce la mordedura de la calumnia. El qué dirán se convierte en tirano, paraliza los corazones y hace palidecer los rostros. El verdugo del pueblo se pasea por las calles con aire funesto, y puntualmente arroja ceniza en el pan que comerá la inocencia.

LOS PUERQUITOS
Los provincianos, confundiendo el fin y los medios, disfrazan la avaricia con el hábito puritano del ahorro. Los puercos —metáfora plástica no superada— engordan centavo a centavo para que un día los hijos pródigos despilfarren el sustancioso contenido. Las alcancías sienten notable flaqueza por los amantes de lo ajeno, igual que las niñas bien, se dejan deslumbrar por el equívoco prestigio de los trúhanes. (Recuérdese: la provincia perdona cualquier otro pecado, antes que el talento.)
Los provincianos al mismo tiempo son avaros y derrochadores, ahorran durante años para gastarlo todo en una noche de embriaguez y pirotecnia. No tienen sentido de las proporciones: o se aburren mortalmente o revientan de alegría. La fiesta es como la vieja borracha que pretende apurar los posos del placer y después morir.
Gracias a los rígidos principios de la economía, en provincia no existe pobreza. Más bien dicho: los pobres cubren las apariencias; maestros en zurcido y doctores en comer pan y eructar pollo. Los pobres tienen buen cuidado de ocultarse, pues la caridad, señora rimbombante, se encarga de reducir el índice estadístico de los mendigos; muy pocos resisten la saludable dieta a la que los condena la prudencia de los filántropos locales. Si a usted le ofrecen boletos para una tómbola, endurezca su corazón, recuerde las vidas que puede salvar negándose.

EPÍLOGO OPTIMISTA
La provincia es capaz de sobrevivir a sus defectos, y hasta a sus virtudes. Ha dado muestras de gran vitalidad y poder regenerador. Soporta las más duras pruebas: las novedades no han conseguido indigestarla.
La provincia cuando se endominga es cursi y ruidosa; pero al otro día estará cumpliendo con sus obligaciones. Se parece a la humilde criadita, buena productora de carne de cañón, que barre las aceras de la mañana, y que con poco pan trabaja mucho. Sueña y trabaja; no es raro que se quede dormida sobre el mango de la escoba. Se defiende de la fatiga con el ensueño; panacea de los espíritus adoloridos.




 NOTAS:



[1] Nacido en Guadalajara, el autor se consideraba a sí mismo un orgulloso provinciano, emigrado a la capital y dispuesto a asumir su herencia del interior del país.
[2] En la edición definitiva se cambió “padre” por “padrastro”, lo cual me parece muy justo, ya que el dicho popular indica que “La ociosidad es la madre de todos los vicios”, y es bastante más consistente que sea un padrastro quien se dedique a mantenerlos sin el consuelo de la paternidad responsable.
[3] En la edición definitiva este nuevo dicho sustituyó el “no”, por un más enfático “jamás”.
[4] En la edición definitiva se sustituya “pueblo”, por los “amantes del trabajo”, para acotar con precisión al sujeto colectivo del error contenido en los refranes típicos.
[5] Existen muchas versiones populares de los refranes donde de “valientes y tragones” o de “limpios y tragones” o “de golosos y tragones” o “borrachos y panzones” se llenan los panteones.

martes, 7 de abril de 2015

TRIPLE SALTO MORTAL SIN COLUMPIOS






Por Carlos Valdés Martín

Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda.Hölderlin


Recuerdo el patio de preprimaria fresco y divertido con altos columpios para entretenernos, aunque unos niños mayores los acaparaban durante los recreos. Un día antes, por reclamarles que acapararan los juegos me gané una patada en el trasero y lloré.
Después esperamos pacientes hasta que ellos abandonaran los columpios. Usamos de escondite el hueco entre dos bancas, donde el sol de mediodía crea sombra y no nos descubren desde la distancia. Ocultos hasta que ellos terminen el recreo y se vayan a su salón.
Estoy tomado de la mano derecha, con Rocío, niña de trenzas doradas, y otra mano en el piso embarrándose con pasta dulce de un caramelo caído y olvidado. ¡Qué precisos son algunos recuerdos, como ese caramelo líquido del suelo! Para ella no hay gusto mayor al columpiarse, pero es lerda y suplica ayuda para ensillarse: “Por favor, niño Sóstenes”.
Ha sonado la chicharra y los demás regresan hacia los salones, pronto saldrá una prefecta con lentes gruesos cual fondo de botella antigua para revisar que no permanezcan niños en el patio. La espalda de la prefecta desapareciendo tras una puerta es la señal y corremos en silencio hacia el columpio. Ayudo a Rocío a subir, luego la impulso a dos manos y le explico entre susurros lo de estirar los pies, aunque ella no se esfuerza. Apuro para subir a su lado y hacer el truco de los pies adelante y atrás.
Mover la nuca y con cada impulso coronar el aire: eso vale más que los regaños que vendrán, con la voz agria de la prefecta: “Niño, entra a clase ya… que ya… o te castigaré el doble.”
Pasaron pocos días y de nuevo quedo escondido entre el hueco bajo las bancas del patio; esa vez otro temor me acompaña: el de nunca volver a ese patio. Al tiempo ese presagio se cumplirá; los papás llamarán y me sacarán de esa escuela. Lo determinó papá: se acabó la escuelita pagada; aunque dice que es por falta de dinero; también sugiere al oído de mamá que es por tantas malas calificaciones y travesuras.
Secundaria. Habían transcurrido varios años. En la escuela “Héroes de la Patria”, unos amigos salimos de escapada y alcanzamos el parque público tras cubrir varias cuadras. Me flanquean dos cómplices delgados, sudando por los nervios de escaparse. El patio de juego, en mitad del parque, casi está por completo vacío. En mitad de la alameda hay unos columpios enormes formados con típicas vigas de hierro redondo sosteniendo la trabe superior y los sillines, también metálicos, colgados por cadenas. Un dispositivo elemental y eficiente, amarrado con gruesos tornillos al suelo, donde los infantes experimentamos la oscilación y el viento fresco al empujar esos sillines. Estos aparatos levantaban tamaño doble de los normales en los que jugué en preprimaria. Corremos y gritamos:
—A que llego primero.
En los columpios, yo me impulso parado, sin respetar un letrero que indica sentarse. Critico a Pablito por su mala técnica que lo mantiene casi inmóvil. Les grito y presumo, subo y bajo con fuerza en amplias oscilaciones. Mi cabeza flota en ese sueño sin gravedad mientras perdura la diversión. Podría hacerlo siempre, olvidarme de tareas fatigosas y de mamá llorando porque papá nos dejó. En las noches ella desdobla una carta de separación, la relee y suelta nuevas lágrimas cada vez.
De regreso a los amigos les explico que algún día lograré un giro en redondo, que basta aligerar el cuerpo y balancearse con la mente en blanco, sin preocupación alguna.
La prueba definitiva ocurrió en otra visita solitaria al viejo parque, el mismo sitio de la escapada de la secundaria que seguía dotado con columpios con el doble del tamaño normal. Me subí e impulsé un largo rato; disfruté y hasta intenté un salto con movimiento. El aire de la tarde alegraba las mejillas y la frescura del ocio invitaba a un reto. En lugar de sentado coloqué los pies sobre el asiento y adquirí más impulso. De pronto sentí ganas imperiosas de saltar en el aire; lo dudé primero y terminé por lanzarme. Sentí el vuelo, junto con temor y desesperación instantáneos, pero un miedo placentero al alejarme de las ataduras terrestres. La caída fue dolorosa, aunque no tanto, me partí el tabique nasal y jamás olvidé ese gusto por volar.
Años después conocí a una hermosa ojiverde descendiente de la dinastía Atayde —apellido con ADN circense—, ella se impresionó con mi relato de la nariz partida y por su diestra (mientras acariciaba mi palma) descubrí el arte de los malabaristas expertos. Me dediqué a trapecista con dedicación y esmero; el vuelo sobre delicados trapecio se convirtió en mi vida.
Profesional. Entré en carnes y en posesión de habilidades lejos de la patria, tan distante de la matriz y pequeña urbe natal. Aprendí lenguas extranjeras sin olvidar las vocaciones de infancia ni el nombre de las calles polvosas donde crecí.
Transcurridos los años, he regresado al menos una vez al año —en anhelo de perihelio, según el modo de los peregrinos con devoción y nostalgia— si no fuese un gesto inútil me arrodillaría al volver. Aunque el último retorno fue peor: un turbio funcionario manda a arrancar de raíz los columpios en nuestros parques; uno a uno, todos desaparecen de nuestra madre-común y queda su faz desfigurada… Él argumenta que los vaivenes son peligrosos para los chicos y, además, también extiende la prohibición de balancines hasta los colegios. Para colmo a él lo eligieron de alcalde, ahora impera y se pavonea: desde el retrato de un afiche el mandamás brinda con alguna estrella imaginaria. Un periódico local ha divulgado una versión que recorto y guardo dentro la cartera para nunca perderla ni olvidarla. El impreso denuncia que ese alcalde, en realidad los arranca y remata para basura reciclada; eso no es negocio corrupto, pero se rumora le financian algunas corporaciones japonesas de videojuegos para alejar a los infantes del espacio abierto y confinarlos en los departamentos cerrados. Cada año veo menos niños en los parques de nuestra ciudad, y corre otro rumor de que prohibirá las bicicletas, triciclos, patines y patinetas porque —dice ese lema tenebroso— son temibles para menores de dieciocho.
Ahora que soy trapecista no me quedo con los brazos cruzados, al contrario, he aprendido a provocar expectativas y el auditorio nunca se retira decepcionado.
Fue sencillo conseguir los permisos para colocar trapecios y redes de seguridad entre los dos edificios más altos de nuestra ciudad. El conurbado sufre de aburrimiento casi crónico y, por supuesto, un espectáculo que ganó prestigio en giras internacionales siempre es bienvenido. El entretenimiento será gratuito y los volantes indican: “Sóstenes Amauta Riva… trapecista de fama mundial… regresa al terruño que lo vio nacer… para brindar sus más atrevidas ejecuciones y también su famoso triple salto mortal… por único día… espectáculo gratuito… cortesía del mundialmente famosos en el orbe, Circo...” Sigue elogiando el salto mortal que pocas veces se presenta en un escenario y, de facto, se ha prohibido el tentar sin red por su peligrosidad.
En la mañana previa al evento, el paseíllo del vehículo que perifonea fue exitoso. El evento quedó citado para el mediodía de un feriado. Ya la multitud se agolpa a los pies de dos edificios y busca las sombras. El ayuntamiento colocó sillas plegables y quedan ocupadas todas. La prensa también acude convocada, incluso varias cámaras de televisión toman acercamientos. Espero sobre la azotea, miro a los demás en agitación de hormiguero y eso enternece el ánimo. El mejor aprendiz ha revisado la tensión de las cuerdas, entretejidas en una robusta telaraña artificial y comienza a pasearse en el columpio contrario. El público palmea impaciente. Está congregada la mayoría de la población, en la sillas reservadas se colocaron los distinguidos y, al centro, el alcalde con su comitiva.
El locutor desde el altavoz pronuncia su guion y acrecienta la intensidad: “Vuelo de pájaros convertido en humano…” La música en altavoces es vibrante y sigue la voz dramática inundando el espacio: “Un solo error sería mortal…”
La multitud sigue agolpándose abajo, visualizo muchos rostros volteados hacia el cielo y comentarios —ora de admirados, ora de escépticos. El locutor anticipa los interrogantes: “Suplicamos su silencio, pues la siguiente parte eleva la dificultad hasta lo indecible.”  Esa frase no me gustó pues lo indecible nunca se dice. Sigue la ronda del payaso trapecista y las risas se esparcen cada vez que se tropieza y finge caer. Al final, en la ronda definitiva se ordena retirar la red de protección y se le advierte al público: “Nuestra estrella internacional lo hará sin ninguna protección… así que guarden silencio… pues cualquier error, puede resultar fatal… pero antes demos un aplauso y escuchemos unas palabras de hijo pródigo de aquí mismo —la voz subrayando aquí mismo con lentitud cual nombre propio y mayúsculo— que regresa a casa.”
Allá abajo, un puntito más entre la multitud, descansa sentado el alcalde lóbrego que ha arrancado los columpios de los parques y planteles, pero aquí se agacha ante el más alto de todos los trapecios. No se imagina lo que yo sé y menos sospecha que lo diré. Esta vez no improvisé, practiqué el discurso cien veces antes de pronunciarlo:
—Es un honor volver a mi terruño, esta hermosa ciudad de… —aplausos—, gracias los quiero tanto, los llevo en el alma y cuando viajo por países lejanos, los añoro y siempre están en mi corazón —más aplausos—, pero además del gusto y gratitud estoy obligado a compartirles de cómo nuestras niñas y niños… ahora ya no pueden gozar de ese entretenimiento sano e inocente que me elevó hasta las alturas… sí, mis queridos vecinos, ahora es la hora de decir en claro que les saquearon sus columpios a los niños y debería de regresarlos el mandamás de aquí…
El discurso sube de tono y los aplausos son más rabiosos conforme más hostigo al alcalde. Después, ya descargada y sosegada la conciencia, sigue una concentración plena, abstrayéndose de sonidos y molestias exteriores. Ni la mínima distracción se permite. Esa sesión de vuelos malabares fue magnífica, incluso cumplí con el triple salto mortal sin red. En gesto dramático y anunciado, fue retirada la red para el salto final. Por un instante se exigió al público el más absoluto recato y, en silencio, prometí jamás repetir esa temeridad.
Al terminar, el locutor llamaba con insistencia a mantener la calma y yo no distinguía el motivo de tantos gritos y clamores a ras de piso. Al continuar el alboroto descubrí el motivo. El discurso había causado más efecto que el esperado y el público comenzó a reclamar al alcalde por sus actuaciones, sin delimitarse a lo comentado.
El barullo se alejó de los edificios, entonces bajé a firmar autógrafos y compartir fotografías.
Pronto supe que el alboroto surgió más lejos cuando el alcalde huyó del lugar con torpeza. Por esas ironías de la justicia poética, un tornillo grueso yacía en una banqueta frente al portón del palacio municipal y era un humilde símil de los agarres de tubos para juegos infantiles, aunque esa vez resbaloso cual una cáscara de fruta. Lo seguían gritos y gestos hostiles cuando resbaló con el tornillo enfrente del portón barroco, el impulso de su cuerpo lo balanceó en extraño giro y se golpeó la nuca. Los vecinos variopintos lo rodearon, ninguno lo auxilió suponiendo que fingía pues su tropezón fue cómico[1] y no notaron sangre ni heridas; como sea, lo trataron cual cachivache y siguieron maldiciendo en voz alta… todavía no comprendían.
Ese final excusó al alcalde con irónica justificación: para él sus balanceos sí lindaban en el acabose.
De súbito sobrevino el silencio y la agitación de ánimos cesó al comprender el desenlace.
NOTA

[1] Montaigne creía que morir ante una puerta poseía una rara comicidad. Véase Ensayos de Montaigne.