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miércoles, 15 de abril de 2015

VICIOS Y VIRTUDES DE LA PROVINCIA







Por Carlos Valdés Vázquez (1928-1991)

NOTA INTRODUCTORIA: Por fin aparece en medio electrónico la primera versión, de “Vicios y virtudes de la provincia”, publicada en la legendaria Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el número de febrero de 1958. La segunda y definitiva versión se integró dentro de la publicación de Crónicas del vicio y la virtud, conservando el mismo título, con la diferencia destacada de que no existen los subtítulos, también incluye modificaciones relevantes y una conclusión distinta. El texto ironiza los elogios y críticas hacia lo provinciano, para mostrar las entrañas de ese cristal de nostalgias y anhelos mezclados y revitalizar la perspectiva. (CVM)

REPARTO Y DISTANCIA
LA PROVINClA es la porción que nos toca en el reparto del pastel territorial; distribución de premios única, en la que quedamos satisfecho hasta los golosos y exigentes[1]. ¿Qué provinciano no está orgulloso de serlo?
La provincia, como los toros, se aprecia de lejos mejor y con más seguridad. A medida que aumenta la lejanía (potente levadura, la nostalgia) se activa el proceso de embellecimiento. Distancia: salón de belleza que garantiza los resultados. Vista de cerca la provincia es sórdida y sorprendente como la encantadora desconocida que amanece con cara de esposa. La provincia: mujer contradictoria. Al mismo tiempo generosa y mezquina, absorbente y cruel, embrutecedora y calmante, celosa y olvidadiza, lasciva y casta. Alguien nos ha jugado una broma: del sombrero mágico donde debería brotar un hermoso conejo (quizá el de Alicia en el País de las Maravillas), sólo aparece un gato común y corriente, un animalito hogareño, hábil en abrirse paso con sus garras hasta nuestro corazón sensiblero. Quien ha vivido o nacido en provincia nunca pierde completamente el aire atemorizado; el recuerdo le duele como viejas heridas de la batalla familiar.

VÍRGENES NECIAS
Las provincianas no se entregan por el escote del vestido; pero seducen más que manzanas envueltas en papel de china. Manzanas del misterio, porque el misterio constituye la máxima atracción. Provincianas tibias como plumeros y amables como esponjas, empeñadas en la ingenua provocación: la coquetería de las niñas bobas causa mayores estragos. Vírgenes necias que dejan empañar sus lámparas (alumbrado ineficaz: luz justa para mirar sin ser visto). Vírgenes que sueñan con príncipes azules; pero si la oportunidad llama a sus puertas, no pierden el tiempo, se transforman en matronas. ¡Cualquier cosa con tal de poblar la soledad!
En provincia sólo hay dos clases de mujeres: gallinas cluecas y solteronas irredentas. ¿Quién no teme a las tías —agrias y resecas como limones viejos que, se levantan a la primera misa? y ¿quién no se emociona ante las torpes líneas que anuncian el porvenir: niños, jardines, novios, madres y nodrizas?

CALLEJÓN SIN SALIDA
La plática se eterniza inútilmente junto a la taza de café y las colillas; el tedio triunfa sobre la barroca elocuencia provinciana. Es terrible el ocio: abismo que devora a hijos pródigos y señoritos. Ellos mantienen la dignidad romántica con sus frentes pálidas de amores imposibles, y la ayuda no confesada del diccionario de la rima. Pero está escrito que don Juan ha de jubilarse. A los cuarenta años se convierte en el marido modelo. ¡Soledad todopoderosa! Aun los viajantes de comercio, villanos de opereta, no siempre escapan a tiempo, y caen en escotillón del matrimonio.
El aburrimiento: vano y triste callejón sin salida. Es droga, pero ayuda a seguir tirando. ¿Qué hacer para conjurarlo? Los que van a ver pasar trenes saben que la cosa no tiene remedio: unos rostros grises se asoman un segundo al escaparate de la provincia. Todas las caras son iguales; luego esperar el próximo tren que llegará con un cargamento de máscaras veloces e idénticas. ¿Aparecerá una gente que tenga rostro, y no una fotografía movida en lugar de cabeza?, ¿alguien que nos pueda decir: tú existes, porque yo existo?

MIEDO ANTIGUO
La noche en la provincia exuda terror. Cuando los rezagados vuelven a casa, su misma sombra, tapete lleno de malas intenciones, se les enreda en los pies. El crimen se cuela en todas partes. Los ladrones esperan bajo las camas y los asesinos brotan de las alcantarillas. El viento pone música de fondo a las novelas de misterio. Hasta los faroles tienen aspecto torvo y vicioso, como astros sedientos de sangre. No hay faroles más fríos, duros y opacos, que los de la provincia; constituyen una descarada invitación al suicidio.
Y ¿los árboles? Son vampiros que se alimentan de sangre humana: la mayoría de los árboles provincianos son genealógicos. Árboles genealógicos para ejecutar en las ramas a los oscuros antepasados. El olvido es la única arma defensiva de los vivientes. A veces se intenta encarcelar a los árboles verdaderos —pagan justos por pecadores— en ridículas jaujas enanas; pero más que presos parecen señoras encorsetadas. Otras, veces la justicia se contenta con uniformarlos, como a los presos, en falditas blancas. Y cuando se conocen bien los árboles genealógicos, se puede sospechar que las raíces del miedo son muy profundas.

RELOJES Y CAMPANAS
Las horas se detienen en las cuatro esquinas sin decidirse por ninguna; las calles desembocan fatalmente en el campo. Parece que aún miden el tiempo con relojes de arena. Los otros, los de cuerda, hace mucho que están parados; nadie ha vuelto a consultarlos desde que las manecillas se trabaron en un bostezo interminable. Además, ¿para qué se necesita reloj donde las campanas repican cada cuarto de hora? Hay campanas de todas clases y tamaños que compiten entre sí. Verdadera riña de vecindad, en la cual lo más incierto es el resultado. Lo único previsible es que las campanas gordas se batirán en retirada, cuando las pequeñas, que tienen muy mal genio, alcen las voces agudas y rápidas; igual que los maridos pachorrudos se callan prudentemente, cuando hablan sus esposas diminutas y explosivas.

COMPÁS REACCIONARIO
La provincia vive a deshora; se empecina, como la solterona, en las modas de ayer. En ningún otro lado florecen más lozanos retratos de abuelos barbudos. Hasta los niños juegan en una atmósfera de naftalina y muebles apolillados. La provincia, rústico que reparte pisotones en el baile, no sabe llevar el compás del progreso.
La provincia es un gran museo: las mujeres tienen no sé qué de estatuas y las estatuas son tan imperfectas y sorprendentes como mujeres. Los hombres, en cambio, demasiado concretos y realistas, parecen el retrato de sí mismos cuando conservaban el pelo intacto. La provincia posee una colección rozagante de viejos desesperadamente verdes contra toda esperanza. Hay también algunos criados (¡heroica resistencia al tiempo!) que sobrepasan en años de servicio la edad de los amos. Se puede decir, sin miedo a equivocarse, que comenzaron a servirlos antes de que nacieran, y que continúan sirviéndolos después de muertos. Memoriosos porteros de las porterías eternas, se niegan a cerrar las puertas detrás de los que parten. La provincia para no olvidar se oscurece de luto: las viudas, pertinaces moscas del recuerdo.
Se encuentran sin trabajo verdaderas piezas de museo: hay señores que toman el amor libre tan en serio que, como en las comedias pasadas de moda, le ponen casa a la querida. En la provincia todavía existen ideales talleres donde se confeccionan sombreros adornados de plumas y cintas. Los talleres consumen por materia prima plumas y carne fresca: obreras y aves del paraíso. Las obreritas cantan y se alimentan con huevos; no existe tónico mejor para la voz. Los pájaros desplumados padecen frío y callan. Las familias que se respetan heredan un piano de cola cargado de tradición; pero que desafina y fastidia, como moscardón, con sus monótonas escalas; un piano donde las niñas aprenden pronto la imperturbable ley que rige el destino, y que luego es el refugio de la impaciente soltería.

¿ÁNGEL O DEMONIO?
Las virtudes y los pecados alcanzan en provincia cumbres heroicas. Casi siempre, contrariando la vanidad pueblerina, las virtudes permanecen públicas y los pecados secretos. Aquí se aprecia aún la voluptuosidad masoquista de condenarse al fuego eterno —los castigos y los amores son eternos—. La gente no comete errores, sino pecados; sigue prefiriendo la oscura magia del confesor a la inmaculada ciencia del psiquíatra; nadie hace tibias confidencias, sino cálidas confesiones; al psicoanalista, con su mandil blanco, se le considera un señor que se dedica a lavar los pañales de la infancia que el adulto ha olvidado en algún rincón de la conciencia. En provincia la vida aún corre fantasmal por cauces profundos y tenebrosos, conserva la antigua palpitación de los tiempos heroicos, cuando se luchaba en las tinieblas, sin preguntar si el adversario era animal, ángel o demonio.

CONTRA DILIGENCIA, PEREZA
No es pecado no hacer nada, sino una carrera que proporciona medallas y certificados de nobleza. Sus materias se cursan al aire libre: en los jardines, a la salida de los templos, en las puertas de los cafés. La pereza es el opio de la provincia: religión que se practica abiertamente. Ni siquiera se debe fingir que se está ocupado. Los patriarcas, en las bancas de la plaza, autorizan con su ejemplo el ocio de la juventud.
Parece que una activa organización fomenta y protege el ocio en sus expresiones más refinadas. Los flojos se asocian en círculos que son respetados por sus reuniones, en las cuales sólo se ha llegado al unánime acuerdo de no asistir a ellas. Si no fuera porque el trabajo es un vicio arraigado en las costumbres del hombre, ya lo hubieran abolido. La flojera cuenta con sus filósofos, hombres de ciencia, y con decididos campeones de la ley del menor esfuerzo, quienes pretenden implantarla en todo su vigor. Los teóricos se quiebran la cabeza ideando un sistema de trabajo que rinda el mayor número de horas inactivas. Por su parte los teólogos del divino descanso hacen llover máximas sobre los fieles para inculcar el sano temor: "El trabajo es el padre de todos los vicios."[2] "El flojo y el mezquino no andan dos veces el camino"[3], etc. Así, mediante el sencillo proceso de enseñar la otra cara de los refranes, demuestran que el pueblo[4] siempre ha vivido en la ignorancia.

PLANTA DE SOMBRA
La lujuria sin las alas de la imaginación resulta inofensiva, más bien ridícula. Como el globo desinflado pierde el prestigio. No requiere el rótulo consabido: "Úsese exclusivamente por prescripción y bajo la vigilancia médica." Los castos y los don Juanes no poseen fantasía.
La provincia saborea en secreto el pecado que prospera en los rincones; la lujuria cuando más se atreve a espiar el paso ondulante de las muchachas. Alcanzar la lujuria implica ascetismo: la privación de placeres menores y el ejercicio constante de la fantasía. Su conquista se prepara con idéntico fervor que el campeonato deportivo. Ningún sacrificio resulta vano; la frente del lujurioso brilla purísima como estrella.
No obstante la provincia es timorata: se escandaliza hasta de la ropa interior puesta a secar en sitio visible. Unos calzoncillos bastan para una protesta pudorosa. Y no hay contradicción; la lujuria es planta de sombra y traspatio, impropia para el exhibicionismo. Sólo el adocenado espíritu cinematográfico pretende tentar a los solitarios con escenas amorosas tan falsas como la peluca de los actores.

LAS VACAS GORDAS
Los provincianos compensan las privaciones mundanas en una tosca pero voraz retórica culinaria. (La geografía más que de linderos está configurada por guisos regionales.) Cuidan más los secretos de cocina que los de Estado. Cada provincia proclama su superioridad sobre las vecinas, en una polémica que presenta por argumentos las salsas, y no vacila en apoyarse en sofismas cochambrosos.
La provincia no guarda la línea: el ideal y deleite son las señoras a la Rubens. Mujeres que obtienen sus encendidos colores en la sobremesa, cuando se desabrochan furtivamente el corsé, mientras reparten grasosas sonrisas entre sus admiradores. Aquí la gordura se ve con ojos benévolos, no porque: "la atracción es proporcional al volumen de las masas", razón de mucho peso, pero demasiado obvia para ser verdadera. La gordura revela —aseguran los regionalistas fanáticos— el patriótico apego a la buena mesa. En cambio a los flacos se les atribuyen segundas intenciones; pero en realidad las figuras angulosas son un mudo reproche al engolosinado amar propio. A la hora de la digestión laboriosa, en desquite, los tragones se entregan sin reservas al sueño vindicativo de las vacas gordas que devoran a sus congéneres flacas; los señores de aspecto búdico —yacentes, calvos y barrigones— declaran optimistamente, en medio de nubes casi sagradas de tabaco fino, que la gula bien entendida es pecado de dioses. Alguien con poco sentido del humor —seguramente un refranero anónimo y rencoroso— dijo que las tumbas se ven frecuentadas por golosos y dormilones[5]; pero por fortuna el moralista no podrá negar el derecho incontestable de elegir la propia muerte, mucho más satisfactoria que la ajena.

CHISME Y CHOCOLATE
No todo es felicidad. La provincia, tan celebrada por varias generaciones espontáneas de poetas bucólicos, esconde en el casto y maternal seno la maledicencia. Monstruo que trabaja en la oscuridad de las trastiendas y reboticas, y acaba por envenenar a medio mundo.
Calumnia, que algo queda, sentenció un experto en demoler honras. Unas cuantas palabras dejadas al azar, como sin querer, son semilla suficiente para selvas de malos entendimientos. La calumnia es el arma preferida de las mujeres rencorosas: los efectos son corrosivos, y rara vez se descubre al francotirador.
La maledicencia se inicia en los lavaderos rabiosos de espuma, y medra a la sombra de los tendederos donde las cuerdas trazan caminos aéreos; luego penetra en la sala donde las señoras linajudas beben chocolate. Nada más inocente que el chocolate irisado y voluptuoso, pero desde sus márgenes la murmuración crece e inunda el pueblo. La gente conoce la mordedura de la calumnia. El qué dirán se convierte en tirano, paraliza los corazones y hace palidecer los rostros. El verdugo del pueblo se pasea por las calles con aire funesto, y puntualmente arroja ceniza en el pan que comerá la inocencia.

LOS PUERQUITOS
Los provincianos, confundiendo el fin y los medios, disfrazan la avaricia con el hábito puritano del ahorro. Los puercos —metáfora plástica no superada— engordan centavo a centavo para que un día los hijos pródigos despilfarren el sustancioso contenido. Las alcancías sienten notable flaqueza por los amantes de lo ajeno, igual que las niñas bien, se dejan deslumbrar por el equívoco prestigio de los trúhanes. (Recuérdese: la provincia perdona cualquier otro pecado, antes que el talento.)
Los provincianos al mismo tiempo son avaros y derrochadores, ahorran durante años para gastarlo todo en una noche de embriaguez y pirotecnia. No tienen sentido de las proporciones: o se aburren mortalmente o revientan de alegría. La fiesta es como la vieja borracha que pretende apurar los posos del placer y después morir.
Gracias a los rígidos principios de la economía, en provincia no existe pobreza. Más bien dicho: los pobres cubren las apariencias; maestros en zurcido y doctores en comer pan y eructar pollo. Los pobres tienen buen cuidado de ocultarse, pues la caridad, señora rimbombante, se encarga de reducir el índice estadístico de los mendigos; muy pocos resisten la saludable dieta a la que los condena la prudencia de los filántropos locales. Si a usted le ofrecen boletos para una tómbola, endurezca su corazón, recuerde las vidas que puede salvar negándose.

EPÍLOGO OPTIMISTA
La provincia es capaz de sobrevivir a sus defectos, y hasta a sus virtudes. Ha dado muestras de gran vitalidad y poder regenerador. Soporta las más duras pruebas: las novedades no han conseguido indigestarla.
La provincia cuando se endominga es cursi y ruidosa; pero al otro día estará cumpliendo con sus obligaciones. Se parece a la humilde criadita, buena productora de carne de cañón, que barre las aceras de la mañana, y que con poco pan trabaja mucho. Sueña y trabaja; no es raro que se quede dormida sobre el mango de la escoba. Se defiende de la fatiga con el ensueño; panacea de los espíritus adoloridos.




 NOTAS:



[1] Nacido en Guadalajara, el autor se consideraba a sí mismo un orgulloso provinciano, emigrado a la capital y dispuesto a asumir su herencia del interior del país.
[2] En la edición definitiva se cambió “padre” por “padrastro”, lo cual me parece muy justo, ya que el dicho popular indica que “La ociosidad es la madre de todos los vicios”, y es bastante más consistente que sea un padrastro quien se dedique a mantenerlos sin el consuelo de la paternidad responsable.
[3] En la edición definitiva este nuevo dicho sustituyó el “no”, por un más enfático “jamás”.
[4] En la edición definitiva se sustituya “pueblo”, por los “amantes del trabajo”, para acotar con precisión al sujeto colectivo del error contenido en los refranes típicos.
[5] Existen muchas versiones populares de los refranes donde de “valientes y tragones” o de “limpios y tragones” o “de golosos y tragones” o “borrachos y panzones” se llenan los panteones.

martes, 18 de diciembre de 2012

GRANO DE ARENA Y EL ARENAL




Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Aquel que se liga a una alegría
Hace esfumar el fluir de la vida;
Aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino
Vive en el amanecer de la eternidad.
William Blake

Por Carlos Valdés Martín

De modo simultáneo, un grano de arena representa el poder y la debilidad de lo pequeño. El grano se pierde, pues se hunde en la multitud de partículas que forman un simple puñado. Esa mínima partícula —el grano— se extravía al caer sin orden ni concierto en una multitud de entidades iguales, pero sin plan ni objetivo.
Considerada en su singularidad una partícula adquiere de nuevo su jerarquía como en este poema de Blake, cuando se descubre que en lo mínimo yace un reflejo del universo entero. En los viejos relojes de arena, el flujo de granos de arena reflejaba el tiempo y para el poeta ese único grano atesora una chispa de eternidad. ¿Quién puede atrapar el tiempo, deteniéndolo en su fugacidad? Lo hacen el poeta, el creador, el inspirado, el líder, el profeta… Ellas o ellos lo  hacen con un gesto supremo para atrapar lo inmenso en pocas palabras, en breves pensamientos, en ideas condensadas, en principios humanos terrenales o espirituales indudables…En fin, unos pocos atrapan el grano de arena y le dan el hondo sentido para vencer la caducidad de la existencia.
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El Arenal es un municipio pequeño, situado a unos pocos minutos de la capital del Estado de Hidalgo. No se piense que es un desierto, al contrario, lo rodea un agradable ambiente de bosques y rocas de montaña. El nombre se debe a la abundancia de arenas, tan necesarias para la industria constructora, como decían los antiguos edificando a “cal y arena”.
Existe una especie de ley aritmética según la cual un municipio mientras más pequeño, más cálida es su gente. Este sitio no es la excepción, su calidez confirma la regla. Liderados por una dama en el municipio, este rincón de México está enamorado de sus tradiciones.
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Decía al filósofo Descartes que la primera entre las emociones es la capacidad de maravillarse[1], y así lo señala el culto de este sitio. Quien se maravilla vuelve a su infancia y adquiere la emoción primera, descubriendo lo extraordinario bajo el manto de lo cotidiano.
El distintivo del sitio son las fiestas del Señor de las Maravillas, una devoción que atrae gente de diversos rumbos del país y hasta del extranjero. Como en los antiguos tiempos, el peregrinar restablece la conexión entre las almas necesitadas de sentido y las efemérides del retorno. De esa manera, los peregrinos visitan el sitio y definen de manera espontánea la presencia de un pueblo mágico. Como suele suceder con el retraso entre la realidad vital y la consagración oficial, la Secretaría de Turismo se tarda en descubrir que esto es precisamente un “pueblo mágico”, pero así lo determina la multitud de peregrinos.
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Las naciones sin la fortaleza y orgullo de sus regiones se convertirían en contenedores vacíos. Los sitios de apariencia más sencilla encierran el secreto de nuestras raíces, tan resistentes a la globalización y el imperialismo espontáneo[2]. En este caso, la confluencia entre las culturas náhuatl, otomí y española han marcado el rosto preciso de este pequeño municipio que sonríe ante la noche estrellada y la montaña rocosa.
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¿Hay algo más extraordinario que localizar el universo entero en un grano de arena? ¿Algo superior que atrapar la eternidad en un instante?
Si sienten el alma dispuesta a maravillarse con lo mínimo, con la brevedad del instante y la magnificencia del detalle, deténganse a respirar el aire cristalino de este rincón de México que se llama El Arenal.

NOTAS:


[1] DESCARTES, René, Las pasiones del alma.
[2] VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.

viernes, 2 de abril de 2010

SIMBOLISMOS Y SENTIDOS DEL RELOJ DE ARENA


Por Carlos Valdés Martín

“Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras. Cuida tus palabras porque se volverán hechos. Cuida tus hechos porque se volverán costumbres. Cuida tus costumbres porque forjaran tu carácter. Cuida tu carácter porque formará tu destino y tu destino será tu vida"
Gandhi

A causa de su diseño el reloj de arena posee un sentido que los otros relojes mecánicos y electrónicos no revelan. La figura de los dos conos convergentes destilando arena muestra otra imagen del tiempo, distinta a la expuesta con manecillas o números. Las manecillas de la relojería mecánica giran en redondo y así simulan un eterno retorno. Los números sucesivos del cronómetro electrónico se desplazan en un avance sin final. Pero adelante observaremos cómo el reloj de arena nos revela una seriedad especial, pues nos señala una terminación tajante cuando la arena cae hacia su fin.

Entropía
Esa arena cayendo nos revela una cualidad de la naturaleza, habla sobre la entropía, el fenómeno de la no reversibilidad de los eventos. Si la línea del tiempo está avanzando presurosa ese evento no regresa, los actos no se repiten estrictamente, y los ciclos dejan un remanente de cambio irreversible. Los ciclos naturales existen y bajo ellos debemos regirnos cuidadosamente, pues a un día le sigue otro, y parece una vuelta renovada del Sol, pero la observación cuidadosa revela que el astro rey varía ligeramente su posición a lo largo del año. Así, el día es un ciclo natural y se entrelaza con el año como otro período habitual. Y entre tantos ciclos se genera la apariencia de una simple repetición de las cosas grandes, como manteniéndose en la Eternidad. Pero para nosotros esos ciclos dejan un remanente de existencia abandonada, con cada día una fracción de nuestra existencia personal sobre este planeta se aleja, y con cada jornada el final último se acerca definitivamente. No hay caminos de regreso, no volvemos al mismo sitio como la aguja del reloj de manecillas, sino que el monto total de tiempo personal se precipita hacia un final como la arena cuesta abajo del vientre del arenero.

La caída misma de arena revela a la entropía como una ley natural de la energía dispersándose y la tendencia hacia la pérdida de organización de los sistemas físicos. Y bajo esa ley natural de la entropía está sometido nuestro cuerpo, condenado a alimentarse constantemente para reponer la energía perdida cotidianamente, y aún así la organización suprema irá cediendo bajo el signo del envejecimiento. Así, esa fina línea de arena nos recuerda que envejecemos a cada segundo.

Pasado, Presente y Futuro
Claro, tampoco implica un dramatismo absurdo mirar al reloj de arena, aunque ahora comprendemos mejor que ese tipo de cronómetro ha sido el compañero de las representaciones gráficas de una muerte huesuda y personalizada. Pero también debemos observar que ese flujo de arena casi es un canto de alegría, pues mientras el montón superior e inferior marcan una especie de molicie, toda la agitación está en la mitad, donde un crepitante movimiento nos sorprende. Los dos conos triangulares típicos de este aparatito también nos sirven para representar los dos universos en que se divide el tiempo, pues abajo en el montón receptor descubrimos lo que ya fue, así sirve como el emblema del pasado. La parte superior del cono indica aquella arena que todavía no llega a moverse, así revela la cualidad de un futuro, un porvenir que todavía no se materializa. Entonces ese pequeño reloj de arena nos muestra los tres tiempos existentes: la enormidad pasada, la enormidad venidera, y en la mitad lo delgado del único tiempo que poseemos, nos revela la finura del Presente. Por simple imaginación de conjuntos descubrimos que el Pasado posee el tamaño de una eternidad y el Futuro de otra, pero ninguno de los dos tiempos acaricia nuestra mano, son intocables. Ese concepto queda más claro cuando nos referimos al Pasado, porque es un tiempo fallecido y únicamente el templo de la memoria o sus huellas en los hechos nos lo revelan, pero ya nada lo cambia en tanto hecho sucedido. Del Futuro inmediato nos sentimos tan dueños, que lo recibimos como si ya lo poseyéramos, pero únicamente lo habitamos cuando se convierte en Presente. En fin, en esa parte delgada del reloj es donde habitamos, el resto del grueso cuerpo nos marca una frontera y una imposibilidad.

La estrella de David y el giro periódico
La posición superior del cono desde donde viene la arena representando al futuro materializando el presente también implica una muy interesante representación de la idea de “materialización”. Mientras la parte superior se mantiene como futuro, pues todavía no existe en la línea del tiempo, y por una fuerza que precipita hacia abajo se materializa; entonces esa representación corresponde perfectamente con la visión de la llamada estrella de David, donde el triángulo señalando hacia abajo ha implicado que el mundo es un don celestial, y para el caso del reloj, la emanación superior condensa el tiempo. Y la caída final de la arena implica una materialización irreversible, pues un vez cruzada la línea del tiempo presente la dureza de los hechos resulta irreversible.

Claro, al cabo de un rato reloj de arena funciona mediante un giro periódico. La explicación desemboca en otro plano: recordemos que los antiguos mitos creían en un renacimiento del tiempo por obra de un dios supremo o de una asamblea demiurgos conjuntando sus facultades. De ahí, un efecto de eterno retorno, cuando el mundo estaba desgastándose y hasta el tiempo completo parecía moribundo, un prodigio divino podía revitalizarlo, cuando metafóricamente los dioses volteaban el reloj de arena universal.

El cuerpo exterior
Algunos relojes de arena colocan su doble cono sostenido entre dos columnitas y círculos planos en los extremos. Las columnitas pudieran ser simple adorno o también una indicación que entre las construcciones humanas discurre la magia del tiempo, donde la artificiosa construcción (incluso siendo perfecta) en su interior debe contener una magia que la trascienda. Y esto significaría la alianza del orden humano con la naturaleza última de las cosas, tanto naturales como sacras.

El círculo simple y sencillo entre el cual se coloca el doble cuerpo del reloj de arena cuando se observa directamente es una representación geométrica de la perfección, de acuerdo a los principios de los geómetras pitagóricos. Así, que el código simbólico de este artefacto también significa, de nuevo, que el tiempo se coloca entre el principio y final divinos.

Aprovechar este tiempo irreversible
Esta imagen de un reloj cerrado, que termina su tiempo al escurrirse su contenido, nos recuerda la finitud, lo que finaliza y se acaba definitivamente. Si el tiempo se acaba, más temprano que tarde, entonces atesora una sustancia escasa y valiosa. Con los días y las horas contadas, cada vida es preciosa.

Ese pequeño relojito nos recuerda una de las más importantes responsabilidades en la existencia: la correcta utilización del tiempo de nuestra biografía. Sin embargo, por inercia o indolencia tomamos nuestra vida con desperdicio y nos encanta perder cada día entre ociosidades y afanes insignificantes. Dedicamos más dinero y tiempo a nuestros ocios que a seguirnos preparando y superando. Esa oportunidad brindada desde la juventud casi todos la desperdician.

Epílogo cuando no aparece la metáfora del reloj de arena
El emotivo poema de Jaime Sabines empezando con "Mi corazón me recuerda que he de llorar..." nos muestra la dificultad metafórica cuando el reloj de manecillas hace olvidar al simbólico arenero. Claro, el talento artístico puede vencer cualquier dificultad y rescatar el sentido profundo de la muerte con cualquier figura de reloj.

“Mi corazón me recuerda que he de llorar
por el tiempo que se ha ido, por el que se va.
Agua del tiempo que corre, muerte abajo,
tumba abajo, no volverá.
Me muero todos los días
sin darme cuenta, y está
mi cuerpo girando
en la palma de la muerte
como un trompo de verdad.
Hilo de mi sangre, ¿quién te enrollará?
Agua soy que tiene cuerpo,
la tierra la beberá.
Fuego soy, aire compacto,
no he de durar .
El viento sobre la tierra
tumba muertos, sobre el mar,
los siembra en hoyos de arena,
les echa cal.
Yo soy el tiempo que pasa,
es mi muerte la que va
en los relojes andando hacia atrás.”