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martes, 18 de diciembre de 2012

GRANO DE ARENA Y EL ARENAL




Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Aquel que se liga a una alegría
Hace esfumar el fluir de la vida;
Aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino
Vive en el amanecer de la eternidad.
William Blake

Por Carlos Valdés Martín

De modo simultáneo, un grano de arena representa el poder y la debilidad de lo pequeño. El grano se pierde, pues se hunde en la multitud de partículas que forman un simple puñado. Esa mínima partícula —el grano— se extravía al caer sin orden ni concierto en una multitud de entidades iguales, pero sin plan ni objetivo.
Considerada en su singularidad una partícula adquiere de nuevo su jerarquía como en este poema de Blake, cuando se descubre que en lo mínimo yace un reflejo del universo entero. En los viejos relojes de arena, el flujo de granos de arena reflejaba el tiempo y para el poeta ese único grano atesora una chispa de eternidad. ¿Quién puede atrapar el tiempo, deteniéndolo en su fugacidad? Lo hacen el poeta, el creador, el inspirado, el líder, el profeta… Ellas o ellos lo  hacen con un gesto supremo para atrapar lo inmenso en pocas palabras, en breves pensamientos, en ideas condensadas, en principios humanos terrenales o espirituales indudables…En fin, unos pocos atrapan el grano de arena y le dan el hondo sentido para vencer la caducidad de la existencia.
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El Arenal es un municipio pequeño, situado a unos pocos minutos de la capital del Estado de Hidalgo. No se piense que es un desierto, al contrario, lo rodea un agradable ambiente de bosques y rocas de montaña. El nombre se debe a la abundancia de arenas, tan necesarias para la industria constructora, como decían los antiguos edificando a “cal y arena”.
Existe una especie de ley aritmética según la cual un municipio mientras más pequeño, más cálida es su gente. Este sitio no es la excepción, su calidez confirma la regla. Liderados por una dama en el municipio, este rincón de México está enamorado de sus tradiciones.
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Decía al filósofo Descartes que la primera entre las emociones es la capacidad de maravillarse[1], y así lo señala el culto de este sitio. Quien se maravilla vuelve a su infancia y adquiere la emoción primera, descubriendo lo extraordinario bajo el manto de lo cotidiano.
El distintivo del sitio son las fiestas del Señor de las Maravillas, una devoción que atrae gente de diversos rumbos del país y hasta del extranjero. Como en los antiguos tiempos, el peregrinar restablece la conexión entre las almas necesitadas de sentido y las efemérides del retorno. De esa manera, los peregrinos visitan el sitio y definen de manera espontánea la presencia de un pueblo mágico. Como suele suceder con el retraso entre la realidad vital y la consagración oficial, la Secretaría de Turismo se tarda en descubrir que esto es precisamente un “pueblo mágico”, pero así lo determina la multitud de peregrinos.
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Las naciones sin la fortaleza y orgullo de sus regiones se convertirían en contenedores vacíos. Los sitios de apariencia más sencilla encierran el secreto de nuestras raíces, tan resistentes a la globalización y el imperialismo espontáneo[2]. En este caso, la confluencia entre las culturas náhuatl, otomí y española han marcado el rosto preciso de este pequeño municipio que sonríe ante la noche estrellada y la montaña rocosa.
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¿Hay algo más extraordinario que localizar el universo entero en un grano de arena? ¿Algo superior que atrapar la eternidad en un instante?
Si sienten el alma dispuesta a maravillarse con lo mínimo, con la brevedad del instante y la magnificencia del detalle, deténganse a respirar el aire cristalino de este rincón de México que se llama El Arenal.

NOTAS:


[1] DESCARTES, René, Las pasiones del alma.
[2] VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.

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