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domingo, 30 de diciembre de 2012

EL ENCANTO TRÁGICO DE HIPERIÓN


Por Carlos Valdés Martín

Morbo por el delirio. 
La novela-poema Hiperión de Friedrich Höldelin resultó exitosa para la posteridad. Por diversos motivos, contagió a los románticos de más romanticismo y hasta los filósofos se sintieron conmovidos[1]. Es apasionante como texto de un nacionalismo prematuro y encrucijada de alientos.
Con certeza la existencia desgraciada del poeta motivó ese mucho interés morboso y culposo. ¿Morbo? La curiosidad por descifrar el alma torturada durante su trayecto hacia el pozo de la locura es suficiente motivo. El brillo dramático de una vida desgraciada lanza una iluminación distinta para cualquier obra de arte, así sea un malestar físico como el de Frida Kahlo o la desgracia de la prisión gulag de Alexander Solyenitzin. Además de un imán para generar un relato interesante, la flama de la tragedia provoca confianza: creemos más en el dicho de un moribundo. Incluso, cuando no aparecen tan nítidos los colores de la desgracia, la existencia aventurera y auténtica del autor nos convence como lo hacen Herman Melville con sus relatos marineros y Máximo Gorki con sus días de infancia. En muchos casos, el personaje real atrapa al relato y le otorga un aura especial como a Kafka y Sartre. Este también es el caso, aunque las narraciones biográficas sobre Hölderlin sean limitadas, pues el silencio de la locura sepultó la mitad de su existencia.


La trama sobre el fondo blanco. 
Más que la trama del relato, en síntesis Hiperión dominan las frases poéticas por su intensidad y frescura. El relato no posee un hilo dramático demasiado elaborado, formando una especie de anécdota bucólica de sencillos pastores convertidos en amantes, poetas, pensadores y patriotas[2]. La relativa simpleza del hilo narrativo sirve para mantener la fuerza de su discurso principal: las motivaciones del alma artística bajo el fuego del amor, las emociones y los ideales. El relato simple sirve como un marco blanco para destacar la parte importante: exaltar la pasión del artista y su sentido trascendente. De diversas maneras los lectores sensibles con tendencias artísticas se han sentido reflejados por la esencia de Hiperión, y jugando a las palabras cuando su esencia busca lo esencial: el corazón del corazón ante el acertijo del mundo mediante frases poéticas, elevadas y emotivas.
Si hacemos caso a la trama los acontecimientos son simples. El joven Hiperión despierta a la existencia en un rincón de Grecia que es un escenario natural, pues de la vieja civilización quedan más ruinas que realidades. Sobre ese escenario con encanto bucólico y desprovisto de aires urbanos surge el anhelo del alma, y este joven siente deseos de ser un amante, un artista, un sabio y un liberador, sin embargo todos y cada uno de sus deseos terminan frustrados por imposibilidades.  El corazón palpita emocionado ante un descubrimiento magnífico, una perspectiva ante la cual embarcar las fuerzas completas de la existencia, se embarca el alma romántica en la aventura y sigue el sendero hasta descubrir que ha tropezado contra paredes invisibles o colocado el pie sobre precipicios insondables. Una y otra vez la tensión del drama conduce al fracaso, frustrando las esperanzas del joven.
La trama se desenvuelve entre dos amores carnales, uno de despertar pero ilícito (para esa época) con Alabanda (un joven guerrero romano adoptado por el suelo griego), y otro de pasión con Diótima (la doncella tierna y amorosa) pero sometido a un ideal (liberar a Grecia) que los destruye. Resulta llamativa la audacia literaria, de Hölderlin al reflejar de modo abierto una pasión homosexual en un relato, cuando el ambiente moral era del estilo “victoriano”, es decir, harto represivo. El recurso de un ambiente de la Grecia lejana le sirve como puente para plasmar esa situación sin estridencia, poniéndolo como acción espontánea y casi natural, sin especulación moralizante. Sobre la presencia de las pasiones amorosas el estilo es de exaltación para la belleza pura y  alma que late bajo el cuerpo, dejando en el margen a la acción corporal o sexual. Por esa vía logra una exaltación continua de la pasión y su estética, sin atorarse con el territorio del deseo (explícito), de tal manera que no se encuentran descripciones precisas del movimiento corporal, sino evocaciones constantes al vuelo de sentimiento y las percepciones sublimes.


Amor homosexualidad y repercusiones. 
En resumen Hiperión y Alabanda  ya eran amigos, conocidos con alguna afinidad ligera. El azar de un doble asalto los reúne en el camino y sellan su pacto amoroso entre los bosques frondosos y misteriosos. El pacto es sencillo, la simple afinidad de almas basta, no se requiere de más argumento que este: Alabanda es hermoso, en lo exterior e interior. Elogia la belleza viril de Alabanda el joven guerrero romano que habita en Grecia pues su propio país lo ha repudiado. De inmediato definen una unión sin complejidades y se juntan en una cabaña del bosque, obligados por la circunstancia fortuita de que el corcel de Alabanda murió en la refriega. Se reúnen porque son afines y así lo marca un destino, no se requiere de nada más. El escenario bucólico es perfecto, invita hacia la complicidad radical y a entregar el corazón.
Sería interesante recabar informes sobre si el tema homosexual de esta novela tuvo importancia en su recepción contemporánea. Para un contexto moralista y sin libertades elementales debió existir fuerte reacción contra ese “desacato” por agrupaciones conservadoras y eclesiásticas; simultáneamente, las minorías sexuales y políticas debieron percibir un aire fresco en esta narración disidente.
A diferencia de obras con erotismo explícito, la sublimidad del deseo y el relativo pudor corporal del texto, alejarían a Hiperión del escándalo, pero recordemos que escritos muy inocentes fueron acosados o reprimidos, por lo tanto una novela de este tipo debió pertenecer al Índex de la censura pontificia. La continuación del título también indica una intención defensiva, el personaje termina siendo un “eremita de Grecia”, es decir, casi un santón que pierde cualquier carne y vínculo. Existe una justificación o castigo, donde el deseo fracasa en sus diferentes niveles y deja descarnado al personaje, que se compara con un asceta exiliado.


Nacionalismo romántico. 
Desde ese encuentro se plantea otra desolación de fondo, bajo el bosque pleno se hunden las ruinas de Grecia. Se inicia el canto del lamento por la grandeza perdida y la desolación del país bajo una opresión ominosa. Ahí subyace un potente himno patriótico que alimentó distintas variedades de nacionalismo en Europa, cuando todavía estaba despertando,  pues el escrito es de 1799. Recordemos que en esos años el continente estaba dominado por las dinastías aristocráticas que no aceptaban los principios nacionales. Dentro de Europa las aventuras revolucionarias de Francia sufrían sus contragolpes, los sitios más fuertes eran reinos, unos pocos se mantenían bajo una nueva perspectiva como Holanda y Suiza. Algunos grandes estados dinásticos desarrollaban una ruta híbrida, donde la dinastía se asentaba con cierta base nacional (Inglaterra, Rusia…) pero el orgullo y las identidades nacionales estaban lejos de los estándares actuales. Por eso, el romanticismo nacional juega un complejo papel de bisagra entre la cultura y la política, abriendo paso al credo liberal. En ese sentido, Hiperión maneja un discurso interesante, pues desde el periodo siguiente pareciera un discurso sencillo, sin embargo, en su actualidad resultaba una anomalía el fervor patriótico desarrollado por los personajes, dispuestos a darlo todo por el renacimiento de Grecia[3].
Aquí cito un pasaje de Hiperión donde muestra la vitalidad de esa perspectiva de amor nacional, aplicada a esa comunidad reinventándose desde la distancia, pues la pluma del artista alemán (también sin patria) se lamenta de la Grecia oprimida: Luego hablábamos un rato sobre la Grecia actual, ambos con el corazón sangrante, pues ese suelo profanado era también la patria de Alabanda. Alabanda estaba realmente más agitado que de costumbre: —Cuando contemplo a un niño—, exclamó, —pienso lo ignominioso y corruptor del yugo que ha de llevar y que vivirá en la indigencia, como nosotros, que buscará, como nosotros, por lo bello y verdadero, que acabará por pasar sin dar fruto porque estará solo, como nosotros, que..., ¡oh, sacad a vuestros hijos de la cuna y tirarlos al rio, al menos para sustraerlos a vuestra vergüenza!
—Seguro, Alabanda—, le dije, —seguro que las cosas acabaran cambiando.
—¿Y cómo? —respondió—; los héroes han perdido su fama y los sabios sus discípulos. Los grandes hechos, cuando no son asumidos por un pueblo noble, no son más que un golpe violento en una frente sorda, y las más altas palabras, cuando no resuenan en corazones igualmente elevados, son como una hoja muerta cuyo rumor se hunde en el barro. ¿Qué quieres hacer?
El pasaje es elocuente, la patria destruida establece el ambiente ominoso que mata el impulso juvenil, su maldición posee tal calibre que se propagará hacia las generaciones futuras. Las almas bellas que buscan la belleza y la verdad no soportan ese estado de cosas, y surge un impetuoso llamado a la acción, ese es un canto al heroísmo nacional[5]. La conclusión de este pasaje es una decisión: —¡Si, con tu alma magnifica de hombre, tu y yo salvaremos a la patria. —Eso quiero —replico— o morir”[6].  Para los que gustan de paralelismos históricos nos encontramos que la frase tan afamada del Che Guevara (patria o muerte, venceremos) está aquí por completo clara: salvar a la patria o morir. En fin, siendo el tema tan universal quizá el guerrillero argentino está en deuda con Hölderlin y los románticos nacionalistas de los siglos XVIII y XIX[7], pero él encarna a los comunistas del siglo XX, cuando su sentido nacional estaba sometido al ideal de una sociedad igualitaria[8].


Búsqueda de la belleza en sí. 
El anhelo por descubrir y atrapar la belleza instaura la comunión entre el artista y el joven enamorado. El autor plantea una preciosidad simple y directa. Ésta es un criterio absoluto y tan potente que reemplaza al absoluto divino: “¡Oh vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba de las estrellas! ¿Sabéis su nombre?, ¿el nombre de lo que es uno y todo? Su nombre es belleza.[9] Ahí surge el credo del esteta, del artista entregado cuando siente que alcanza la eternidad: “la belleza eterna, la naturaleza, no puede sufrir ninguna perdida en sí misma, igual que no puede sufrir ningún añadido. Mañana, su atavió es otro que el que hoy tenia; pero de lo mejor nuestro, de nosotros, no puede prescindir, y menos que de nadie, de ti. Creemos que somos eternos porque nuestra alma siente la belleza de la naturaleza.”[10]
Está en la naturaleza de modo pleno, el ecologista más febril queda corto ante este culto estético hacia los bosques y montañas. “¡Feliz naturaleza! No sé lo que me pasa cuando alzo los ojos ante tu belleza, pero en las lágrimas que lloro ante ti, la bienamada de las bienamadas, hay toda la alegría del cielo.”[11] En cuanto aparece la sofisticación de la ciudad, se derrumba esta belleza natural, con su espíritu sincero y su arte: “Estas gentes bien educadas, por el contrario, reían cuando se hablaba de belleza de espíritu y de juventud del corazón. Los lobos huyen cuando alguien enciende el fuego.[12]
El cuerpo y alma juveniles son el correspondiente humano a esa gracia natural idealizada, así la presencia de la amada Diotima: “ella, en cambio, estaba ante mí en su belleza inmutable, sin esfuerzo, ahí, en su sonriente perfección, y toda aspiración, todos los sueños de la condición mortal, sí, todo lo que anuncia el genio en las horas matinales de las altas regiones, todo ello estaba realizado en esta única alma serena[13]. Y, poseyendo cuerpo, esta hermosura tiende a lo celeste e incorpóreo, a dirigirse hacia el corazón de la esencia.


La idealización como manía: búsqueda de la esencia y monotemática. 
En el extremo el esencialismo es reducción, y hasta tiranía. Apartar cualquier detalle implica una esencia reducida. Es el camino del monoteísmo reduccionista, de la racionalización enfermiza que reduce cada cosa, para remitirla a un más allá. “Solo habrá una belleza; y humanidad y naturaleza se unirán en una única divinidad que lo abarcara todo[14] El tema se liga con el exceso y, si resulta permisible la especulación, el desfiladero de la mente alterada; los estudios de algunas neurosis se deslizan por esa senda de racionalizar y reducirlo todo, en una especie de padecimiento “filosófico”[15]. En este caso, en la obra Hiperión queda compensado el reduccionismo esencialista con la pasión por el arte, pues la “empresa reduccionista” queda limitada por sus confines estéticos. Los términos de “esencia”, “corazón” y “belleza” se repiten sin pausa a lo largo del texto, donde la impresión directa (el colorido, la hermosura misma) queda encapsulada bajo este término de abstracción. Aún así, el texto posee fuerza poética y brillantez, esa tendencia reductora queda al servicio de las expresiones pasionales que expresan el arrebato sublime en el sentimiento enamorado, la exaltación ante el mundo o el sentimiento trágico. La belleza sobrevive en sus frases, algunas tan afortunadas que seguirán siendo citadas durante generaciones devotas de la poética.


Lo imposible y el fracaso. 
De principio a fin esta novela juega el tema del fracaso, el desenlace en un canto de nostalgia y derrota, lo marca así. “Una vez vi a un niño que tendía su mano para atrapar la luz de la luna; pero la luz prosiguió tranquilamente su camino. Así estamos nosotros, y aspiramos a detener el pasajero destino.”[16]
Fracasa el pensamiento y fracasa la acción, ambas tendencias ligadas a la existencia civilizada, a esa costra sobre el corazón y la belleza. El pensamiento fracasa por ineficiencia interna: “Porque, créeme, el escéptico, por serlo, encuentra en todo lo que piensa contradicción y carencia solo porque conoce la armonía de la belleza sin tachas, que nunca podrá ser pensada. Si desdeña el seco pan que la razón humana le ofrece con buena intención, es solo porque en secreto se regala en la mesa de los dioses.[17] Y como si recordara el extremo perfecto de Kant, la novela advierte contra la “razón pura”, y se lamenta: “Pero de la pura inteligencia no broto nunca nada inteligible, ni nada razonable de la razón pura. Sin belleza de espíritu, la inteligencia es como un siervo artesano que desbasta una valla de madera tosca[18]
La acción fracasa de modo más trágico. Tropieza en el enamoramiento de un modo un tanto misterioso, pues una presión externa impele a rebasar el amor de pareja, para lanzarse a la empresa sublime. El amor individual fracasa no por desgaste o malentendidos de pareja, sino porque queda una tarea suprema de liberación nacional que debe cumplir el personaje. Su fracaso social repercute hacia el abandono de la pareja y el fracaso evidente. La acción colectiva resulta un fiasco mayor porque en el mismo instante de la primera batalla triunfal los solidados guiados se convierten en turba sanguinaria, que destruye el ideal perseguido. Se queja el personaje: “Todo ha acabado, Diotima. Nuestras gentes han saqueado y asesinado sin hacer distingos. También nuestros hermanos, los griegos de Misistra, inocentes, han muerto o huyen desesperados, y su expresión de miseria y muerte clama venganza a cielos y tierra contra los bárbaros a cuya cabeza estaba yo.[19] El héroe, en un cruel giro del destino, se convierte en un villano involuntario, manchado en su honra y su conciencia, desea la muerte para redimirse, pero no le es concedido, así que opta por un destierro: “yo he nacido para no tener ni patria ni asilo. ¡Oh tierra, oh estrellas!, ¿no habrá al final ningún lugar donde yo pueda vivir?” [20]
Ha perdido todo: su amor, su hogar, su patria. Bajo esa loza de tragedias también la hermosura le resulta esquiva, pues no es un fragmento lo que satisfaces, pues necesita de una plétora de belleza para curar el corazón.
El dolor del fracaso ante el imposible se debe a que no parece un imposible, sino un posible. A diferencia de un imposible-imposible al estilo de Bataille[21], esta obra sueña con un ideal verosímil, sin embargo, tan difícil como el horizonte: mientras te acercas se está alejando, a cada paso se burla más de ti. A la manera de Lúkacs se puede cuestionar este ideal de belleza[22] (única, completa, bucólica, juvenil, polisexual…) por su ausencia de término mediador para convertirse en realidad, corresponde con el ideal kantiano del deber ser, alejándose del fenómeno y manteniéndose en el nóumeno (esencial de un más allá).


Encarnación del fracaso, desamado y apátrida. 
El personaje se hunde, a mayor profundidad para que el gesto noble del lector le tienda la mano y lo restablezca desde la lejanía de una perspectiva de espectador. Así sucede con los personajes de tragedia, cuanto más se hunden, nos resultan más empáticos y la herida abierta nos suplica compasión. Entre sus lamentos finales Hiperión gime: “Yo soy un extranjero, como los muertos sin sepultura cuando suben del Aqueronte, y aunque estuviera en mi isla natal, en los jardines de mi infancia, que mi padre meciera, ¡ay!, aun en ese caso sería un extranjero en la tierra, y ya no hay ningún dios que pueda ligarme al pasado.”[23] Pierde su amor, pasión, dignidad, amistad, compatriotas, patria y hasta sus recuerdos, a final de cuentas ¿no eso mismo la muerte? ¿la certeza de una pérdida final en las sombras? Así, el personaje se conduele como el muerto en vida, la sombra de una juventud perdida y sin remedio. En un curioso signo final, es que el personaje se lamenta de haber caído en el peor sitio del mundo y es harto enfático: “Así es como vine a caer entre los alemanes (…) Bárbaros desde tiempos remotos, a quienes el trabajo y la ciencia, e incluso la religión, han vuelto más bárbaros todavía, profundamente incapaces de cualquier sentimiento divino, corrompidos hasta la médula (…) faltos de armonía, como los restos de un cántaro tirado a la basura (…) lo digo porque es la verdad: no puedo figurarme ningún pueblo más desgarrado que los alemanes. Entre ellos encontraras artesanos, pero no hombres, pensadores, pero no hombres, señores y criados, jóvenes y adultos, pero ningún hombre... ¿No es todo esto como un campo de batalla donde yacen entremezclados manos y brazos y toda clase de miembros mutilados, al tiempo que la vertida sangre de la vida se pierde en la arena?”[24] Juega la misma baraja que Nietzsche[25] azotando a sus compatriotas alemanes por su falta colectiva de sabiduría y sentimiento sublime; al menos, a este escritor no le jugaron la mala broma de alterarlo para inscribirlo dentro de los precursores del nazismo. Y, a pesar, de tales dardos contra el amor propio nacional, a final de cuentas Hölderlin resultó reivindicado, claro que tarde, su estrella se había apagado y nunca conoció fama ni fortuna. Las tragedias de Casandra, Edipo y Orfeo reunidas en diferentes filos se posaron sobre este singular artista y, tras la existencia de sufrimientos, la memoria lo rescata, regresa la brillantez de su visión con belleza y éxtasis. El fracaso también es canto, y hasta se convierte en alegoría del éxtasis cuando lo atrapa este poeta: “Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda.[26]

NOTAS:


[1] Alguna revista, editorial, citas y referencia se encuentran con Hiperión. Sería interesante establecer si existió conexión entre esta obra y la vida de Lord Byron, quien podría ser una encarnación contemporánea, por su desventura mortal al intentar liberar Grecia de los Turcos en 1824.
[2] En esto aplica bien la noción del fondo como complemente que da sentido a la acción, por ejemplo, SARTRE, Jean Paul, El Ser y la Nada.
[3] La inmadurez del tema nacional también está implícito en la trama, pues la antigüedad de Grecia es la que impulsa el nuevo patriotismo, y la intervención de extranjeros (como Alabanda) resulta elemental para esta insurrección patriótica que imagina Hölderlin. 
[4] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 17.
[5] Sin embargo, aunque este texto se ubica en el periodo del despertar nacional europeo, su enfoque de romance y lejanía (no habla por el sueño de la Alemania unificada sino de una Grecia libre) no permite definir si fue interpretado como un mensaje nacionalista serio o mera fantasía. Cf. HOBSBAWM, Erick, Naciones y nacionalismo desde 1780.
[6] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 18.
[7] Revisando se descubre una gran cantidad de consignas y divisas nacionalistas que colocan a la patria como valor supremo, ante el trance mortal.
[8] A su manera, el nacionalismo tampoco se suele presentar como un idealismo puro (no es monoteísmo celoso) y se combina a la perfección. En este ejemplo, el objetivo de la belleza artística y la libertad de espíritu se mezclan para dar sentido a ese nacionalismo reflejo.
[9] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 29. También: “Y sin  tal amor a la belleza, sin tal religión, todo Estado es un flaco esqueleto sin vida ni espíritu, y todo pensamiento y toda acción un árbol sin copa, una columna tronchada.” P. 43.
[10] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 32.
[11] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 7.
[12] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 14.
[13] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 32.
[14] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 49.
[15] Muchos estudios muestran algunos estilos de sobre-razonamiento en las enfermedades mentales. Por ejemplo, LAING, Ronald D., El yo dividido, COOPER, David, La muerte de la familia, GABEL, Joseph, La falsa conciencia: un ensayo sobre la reificación.
[16] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 18.
[17] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 44.
[18] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 45.
[19] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 61.
[20] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 62.
[21] BATAILLE, Georges, Lo imposible.
[22] LUCKAS, Geroge, Significación actual del realismo crítico, Estética t. 1.
[23] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 78.
[24] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 79.
[25] NIETZSCHE, Friederich, Así habló Zaratustra. Me refiero a que su hermana alteró intencionalmente el legado literario del filósofo para hacerlo parece afín al fascismo, cuando su credo era bastante ácrata.
[26] HÖLDERLIN, Friedrich, Hiperión, p. 24.

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