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miércoles, 11 de junio de 2008

UN DESTELLO DENTRO DEL LABERINTO





Por Carlos Valdés Martín


El laberinto dibuja un símbolo cautivador para representar al mundo, mientras el concepto de totalidad anuncia la representación definitiva de la filosofía. El laberinto aclara como símbolo y la totalidad ofrece una idea máxima. Así, el mundo resulta símbolo como laberinto y concepto como totalidad. Entonces el puente entre el laberinto y la totalidad aparece directamente. Claro, el laberinto corresponde en pleno a las figuras de conjunto negativas, como indican el caos original, las peligrosas tierras ignotas, el terrible inframundo, etc. Ciertamente, la totalidad revela el nivel mayor, porque abarca los conjuntos positivos y negativos, reúne las visiones de cielo e infierno, de lo pensado y lo impensado. Sin embargo, la confusa imagen del laberinto resulta reveladora para la visión de la totalidad, como habremos de observar adelante. Resulta imprescindible comprender que permanece ligado a la condición humana, retándonos a obtener la resolución, nos exige alcanzar el final y conquistar la salida. Entre las variadas totalidades, la del laberinto resulta retadora, la que exige una solución, obligando a pasar desde la quietud hasta el combate. Por eso el laberinto presenta la excelente plataforma para conquistar a cualquier conjunto parcial, a una totalidad, e incluso (en la exageración optimista) a todas las totalidades.

Representa la confusión y el peligro
El símbolo del laberinto (al inicio) representa la confusión, en sí indica el estado de perdición del ser humano. Como seres humanos estamos perdidos, no tenemos el sentido y como carecemos del sentido del mundo descubierto, vivimos dentro de un laberinto. A la vida misma la podemos representar como un laberinto y nuestro centro de la existencia lo identificamos como rodeado por un laberinto. Al despertar de su letargo, quien se encuentra perdido decide (por fuerza) encontrar-se.
Al laberinto lo describieron claramente las leyendas griegas del minotauro. Debe estimarse como un curioso paso en la formación de las sociedades, la pretensión de crear un laberinto artificial. El primero artificial fue creado, según dicta la leyenda por un sabio llamado Dédalo, quien así sería el padre de las estratagemas laberínticas. Y si un humano construye laberintos es porque los posee en su interior. Este idearlos y construirlos (o crearlos sin idea) aparece marcado por la formación de las ciudades. Una vez rebasada la vida primitiva, resuena una característica de las civilizaciones: levantar ciudades, y ofrecer el nuevo modelo de complicación. La polis establece la arquitectura de una sociedad completa, identificando sus códigos de relaciones, describiendo su modalidad de convivencia y sus conflictos. A las sociedades complejas y caóticas les corresponden ciudades levantadas sobre el mismo diseño complejo. Ciertamente, no siempre las urbes se edifican como laberintos, muchas fueron planificadas sobre grandes líneas rectas y con avenidas amplias, con edificios claves estableciendo los grandes puntos de referencia. Existen las ciudades-plano armoniosas, ordenadas y no laberínticas, pero también abundan las otras, atestadas de curvas infinitas y mil recovecos donde esconder prodigios o sorpresas y así, entre curvas y recovecos, acallar cualquier sentido. La ciudad caótica erige la estructura arquitectónico-social que reproduce el ambiente estruendoso para la confusión y hasta el extravío completo.
Sin embargo, antes diseñó la naturaleza y prexiste un modelo original de ellos, dominante en los ambientes geográficos, como los bosques y montañas. En efecto, ya un bosque denso o las montañas saturadas de neblina crean laberintos de la naturaleza. Posteriormente los humanos nos apropiamos de este efecto de confusión y extravío naturales, la esencia de lo intrincado, para recrearlos de modo artificial. La creación de ciudades laberínticas nos indica un interior del alma humana forjado con moldes intrincados. Dentro de nuestra cabeza ya sentimos el laberinto y percibimos la vida de forma caótica, pero también existe una parte opuesta dentro del alma, esa parte importante se opone a ellos y quiere alcanzar la claridad de las salidas, quiere obtener siempre un sentido perfecto de sus actos y su mundo. Entonces, nuestro interior anhelante y perplejo contiene al nudo intrincado y al opuesto, el “anti-laberinto”. La visión plena y redonda del laberinto irrumpe unida a la noción de su resolución: de ahí la gran fuerza de esta idea. La leyenda cretense nos indica que el héroe Teseo resuelve el desafío y encuentra el camino del regreso mediante una estratagema, incluso sencilla como adelante se verá. Aún así conviene elogiar al ardid triunfador, pues escapar del peligro vale más que el oro.

La función del laberinto
Su presencia solamente irrumpe con plena evidencia cuando se está perdido, pues mientras no aparece nítidamente definida tal situación de quedar perdido y confundido tampoco está confirmada la presencia de un laberinto. En ese aspecto, los espacios tan abiertos del desierto o el mar terminan convertidos en nudos de perdición y, precisamente, esos territorios planos se “vuelven” laberintos cuando la desorientación apresa a un viajero. Así, la condición indispensable para definirlo es esta: el extraviado, el atrapado, un sujeto perdido en ese territorio. Entonces descubrimos una extraordinaria función indicadora del laberinto (y bastaría esa única función para estimarlo bastante) que es: revelar al ser humano perdido. Estar perdido es caer en un enredo, desorientarse es habitar en ese territorio hostil. Y el perdido se revela además, finalmente, como un personaje solitario[1]. De forma excepcional,  grupos de personas quedan errantes y perdidos, como grupos de náufragos o aztecas cruzando el desierto rumbo a su futura capital. Pero la situación de extravío corresponde mejor al solitario. De preferencia son los héroes solitarios quienes se internan en los dédalos y los únicos capacitados para escapar.
El laberinto revela la perdición como condición humana esencial. Al nacer ya empezamos desorientados sin conceptos y con percepciones limitadas, diversos estudios psicológicos indican que las dimensiones del espacio-tiempo todavía no están integradas en el infante, por tanto el niño pequeño percibe la confusión. Así, cuando somos bebés comenzamos perdidos pero con el crecimiento adquirimos la orientación. Después, ya con el intelecto formado, también regresan las oportunidades para desorientarse. Los padres protegen a los hijos y generan un espacio hogareño armónico colocado en el extremo opuesto de los nudos confusos, pero el crecimiento también permite traspasar hacia éstos. En especial, reconocemos los periodos de crecimiento acompañados de crisis, los pasajes de la adolescencia y la juventud, desembocando hasta las puertas de un enigma. Estos periodos de crecimiento indican a los laberintos también como pruebas de vida, eventos de trasmutación hacia el crecimiento, así definen el camino del héroe. El largo viaje de Ulises describe un tipo de laberinto de viaje armado por mil accidentes geográficos y trampas de los dioses. Mientras los humanos corrientes transitan rutas normales, los héroes surcan los caminos laberínticos, trepan las rutas escarpadas y solitarias para cumplir sus hazañas, remontando hasta donde nadie había osado llegar.
El laberinto separa lo verdaderamente valioso, el territorio trascendente y lo mantiene fuera del alcance de los simples mortales, por lo tanto funciona como un obstáculo de apariencia insuperable. Este territorio inaccesible llama a los héroes con fatalidad, con astucia o con encanto, y dentro de ese agreste lugar están protegidos y ocultos prodigios tales como la fuente de la juventud, la amada, el fuego sagrado y el reino celeste. Y ese lugar de valores o maravillas es, casi por regla, el centro del laberinto, por eso al avanzar el héroe se adentra en el peligro y la perdición. Este camino presenta peligros crecientes alejándose de nuestro mundo prosaicamente real y cotidiano, entonces la senda conduce a los héroes hacia la posibilidad de no regresar jamás, hacia la eventualidad de la muerte y la disolución total. Adentrarse hasta el nudo de dificultadas implica perderse. Y el corazón de tal perdición solamente lo concebimos como una muerte. Al centro de tal nudo asecha la disolución completa de la existencia, en otras palabras, la muerte absoluta.

La resolución de laberintos
Los laberintos se justifican al terminar resueltos por salvadores, por los héroes típicos entre cuyos modelos encontramos a viajeros y navegantes. Los grandes viajes de descubrimiento o conquista que ocurrieron en la historia antes se adivinaron dentro de la mitología. Las narraciones de Ulises emanaron de situaciones reales, pero saturadas de ficción y divulgadas mediante narrativas fantásticas, y con esto la novelística demuestra que el laberinto está en el interior y el exterior del ser humano. Los territorios desconocidos ofrecen uno de los mejores modelos de nudos caóticos, porque representan perfectamente la situación de desorientación y pérdida, rodeada de enormes dificultades. Esos territorios desconocidos retratan verdaderos laberintos por sus comarcas lejanas, bosques densos, sus montañas intrincadas, desiertos sin signos distintivos, enormes mares sin señas de orientación, y también son desconcertantes sus peligros representados por poblaciones hostiles, fieros animales, naturaleza agreste, etc. Basta el desconocimiento de una extensa geografía para recordar a viajeros sumergidos en la situación de confusión.
La resolución de anudamientos intrincados requiere de elementos básicos, donde se distingue la misma característica del héroe (la tenacidad, el arrojo, la perseverancia, la fuerza, la predestinación...) y también el auxilio de medios de resolución. Los verdaderos medios materiales básicos para salvar laberintos han sido los vehículos y las herramientas de orientación. Los vehículos que guían son tradicionalmente caballos y barcos, a los cuales se les reconoce un instinto para resolución de enigmas y les venera como confiables compañeros de viaje. Como las tradicionales herramientas de orientación esenciales para resolver el misterio natural de la geografía destacan las brújulas, astrolabios, catalejos y similares. Por su lado, los mapas merecen un capítulo aparte, porque el plano correcto es la resolución definitiva del territorio anudado, y la tecnología GPS representa el concepto extremo de guía con una orientación instantánea e infalible. De hecho, el mapa detallado significa la muerte del laberinto, pero recordemos que durante los tiempos antiguos los atlas eran aproximados y plagados de errores de cálculo, pues la cartografía resultaba bastante inexacta, por eso cada plano todavía necesitaba de la enorme pericia en la interpretación o la suerte del aventurero.

Sin embargo, contando con el recurso de vehículos y herramientas, la solución del territorio confuso únicamente se cumple cuando se despliega una operación mental. Esta operación mental consiste en la obtención de una diminuta clave (la llave de salida, el hilo rojo de Ariadna) o hasta el completo ordenamiento y la clarificación del espacio enigmático. El mapa representa un resultado final de la resolución del espacio-laberinto. El ordenamiento mental del laberinto nos conduce hasta la solución de una totalidad ordenada, precisamente en un orden indicado por una palabra antigua: “cosmos”.


La brújula, el mapa y el ideal del orden de la totalidad
La resolución de los laberintos terrenales, como los materializados en cadenas montañosas y mares con niebla, fue facilitada por un elemento material, nacido de la observación de la aguja imantada apuntando siempre hacia el Norte magnético. Con la brújula tenemos un primer objeto ejemplar de la resolución de espacios intrincados. La presencia de la brújula siempre nos recordará que permanecemos sometidos al riesgo de perdernos, mientras exista este objeto recordamos la necesidad de escapar de territorios confusos.
El mapamundi ya indica otra situación, porque la cartografía es hija de la resolución del enredo. El mapa es como la disección del nudo de confusiones, y proviene de una resolución tan definitiva que ha matado al laberinto. El macizo montañoso dibujado en el plano deja de levantar un embrollo, se convierte en un curso indudable y un territorio dominado. Aquí, estamos en el final del desconcierto, el problema resuelto completamente (aunque un sujeto torpe pudiera perderse todavía al malinterpretar un atlas), y mediante un paso más allá la tecnología de localización electrónica remota vía satélite se une la utilidad del mapa con las herramientas de comunicación (incluso ya ningún torpe se perderá).
La brújula y el mapa nos indican dos tipos de soluciones ante el laberinto: la de momento y la absoluta. La brújula indica el trabajo constante para superar un espacio misterioso, la oportuna referencia a una posición, que nos facilita salir de la confusión, mientras el planisferio implica la tranquilidad posible, la mirada serena desde un hipotético cielo, cuando contempla las planicies y mares allá abajo, como puntitos resueltos de la geografía humana. La brújula proporciona la acción transitoria y constante para salir, y el mapa encierra la resolución absoluta, para solamente seguir las soluciones definitivamente establecidas.
En ese sentido, el plano terrestre ya indica un ideal de claridades y de solución para cualquier confusión. La obra de cartografía representa el ideal encarnado de un orden sobre la totalidad laberíntica. Este ideal del mapa (y su sucesor el sistema electrónico) es perfecto, pero esconde el inconveniente de la perfección, pues invita a creer que la totalidad está fija y puede contemplarse desde afuera, como una fotografía fija. Esa creencia es inconveniente porque simplifica la totalidad, y simplifica en exceso. Entonces conviene no simplificar (igual a reducir) demasiado a la totalidad y tratar de ubicarla en su complejidad. Por definición la realidad entera implica complejidad, pero lo complejo permanece incapturable y casi incomprensible.

Un modelo de totalidad, un microcosmos
Si reconocemos a la totalidad del mundo demasiado compleja, entonces entenderla y atraparla parecería como esperanza imposible. Esa imposibilidad de acceder al conjunto ha sido negada por el pensamiento humano; el pensamiento cree en la viabilidad de pensar. Decíamos que el mapa indica ya una de las representaciones más clásicas de la totalidad en su forma simplificada. Esta simplificación contiene los siguientes supuestos: la fijeza (el plano no se mueve), la escala (pocos trazos representa grandes extensiones), la regla de conversión (la regla matemática de la escala y la conversión de las coordenadas esféricas a planas), los signos convencionales (representación de puntos cardinales, accidentes geográficos, etc.), la reducción a la dimensión del espacio (la geometría de la tierra es lo único interesante en la cartografía) y que el sujeto del conocimiento está afuera del proceso (como espectador o consumidor pasivo). Aunque exista una larga cadena de supuestos simplificadores, sobresale que sí demuestra como posible un modelo del gran conjunto, mediante el dibujo de un pequeño trozo de papel (el plano) proyectándonos al gran mundo. El mapa nos indica que sí es posible referirse a la totalidad con eficacia, para revelar el contenido del mundo entero. Para acceder a la gran y verdadera totalidad recurrimos a una pequeña escala (en sí misma un conjunto, ya una mini-totalidad), la cual nos clarifica la figura de la gran escala planetaria.
Podríamos objetar que el mapa esconde un artificio y mientras la verdadera gran totalidad permanece inaccesible a nuestra mente, porque nos hemos extraviado en el camino del artificio mental. Tal argumento nos llevaría al escepticismo completo (a un callejón sin salida), y quisiera plantear una respuesta a tal objeción, respuesta peculiar del pensamiento de la antigüedad. En muchas culturas se encontró un modelo previo a cualquier artefacto externo, porque el mapa ya es un artefacto exterior, fruto artificial de observaciones y sistemas. El modelo previo de una totalidad parcial para referirse (develar) a la gran totalidad del mundo fue el microcosmos dentro del ser humano. Por este microcosmos los antiguos entendieron que dentro del cuerpo-espíritu humano estaba reproducido el modelo del universo exterior, porque encontraban una perfecta correspondencia entre el rasgo humano y el rasgo del cosmos. Afuera (entre el cielo y la tierra) observaban el macro-cosmos y adentro del cuerpo percibían el micro-cosmos. Para algún pensador moderno esto indicaría una simple regla de analogía, copia de un orden humano con el natural, y establecer la correspondencia por analogía[2].
Este no es el momento para analizar si las analogías entre el cuerpo-espíritu humanos frente al universo son reducciones analógicas o descubrimientos causales, pero es menester reconocer que en esa idea (variada) del microcosmos se emplea una fórmula definida y astuta para acercarse a la totalidad. Acercarse hasta conocer la totalidad es una exigencia absoluta del pensamiento, ya que la parte sin su conjunto implica una entidad sin sentido ni explicación[3]. La visión antigua de correspondencia entre micro y macrocosmos es una idea de unidad en un conjunto estructurado, de tal manera que dentro del ser humano ya se contenía un modelo para el conocimiento del universo. En las ideas de microcosmos (existen varias[4]) habían encontrado dentro una pequeña estructura el espejo y el modelo para el conocimiento del universo. Esencialmente eso que siglos después ofrece el mapa como modelo de saber, antes ya lo había ofrecido el microcosmos (o sea el cuerpo-espíritu humano estructurado) como modelo inicial del saber: una estructura ordenada.
En ese modelo de conjunto mediante el microcosmos el elemento más sorprendente resulta la conexión inmediata entre el ser humano con los elementos más lejanos, precisamente la conexión con las estrellas y planetas. Al describir de microcosmos referían cada parte del cuerpo con los planetas y sus características, así como relaciones jerárquicas entre ellos. Lo integrado por los antiguos es un pequeño orden universal vinculando desde los planetas hasta cualquier otra cantidad de elementos, mientras fueran estimados relevantes, como eran las vegetaciones estacionales, los metales, la jerarquía política, etc. En la tradición de Occidente, estas relaciones del microcosmos frecuentemente fueron interpretadas como magia o paganismo, por lo que sufrieron persecuciones, y se convirtieron en parte integrante de los saberes esotéricos. Pocos autores occidentales antiguos tuvieron la fortuna de mostrar sus visiones del microcosmos y salir indemnes, como aconteció con Paracelso[5]. En la tradición del Oriente chino e hindú, estas interpretaciones no sufrieron una persecución continua, por lo que se mantuvieron como un “sistema” de pensamiento bastante coherente, y luego de muchos siglos, permitiéndonos recuperar sus características peculiares.
Al igual que comentamos en caso del mapa, podríamos también definir limitaciones de este modelo de microcósmico del cuerpo-espíritu en relación al conocimiento de la totalidad: variaciones de caso a caso (el caso de cada individuo varía respecto del modelo general), indeterminación de las relaciones causales (se desconocen relaciones causales del orden interno), tendencia a lo metafórico en vez de definiciones universales (las relaciones entre órganos y planetas resultan metafóricas como la relación del sol con la cabeza por superioridad de este elemento), etc. Pero este modelo contiene cualidades complementarias y antitéticas al caso cartográfico porque: retoma al sujeto de conocimiento desde el interior (calidad de autoconocimiento), contiene diversas dimensiones superpuestas (los planetas, los órganos, los elementos, las emociones, etc.), permite el movimiento en el tiempo y espacio (es un sistema desenvolviéndose), las correlaciones cualitativas resultan las principales predominando sobre las cuantitativas (poco interesa la medida numérica), etc. Proponerse descubrir desde la interioridad del ser humano y logrando la integración de las cualidades, resulta un proyecto ambicioso y hasta (permitiéndome una temporalidad fantasiosa) muy prematuro para la antigüedad. La interioridad del conocimiento únicamente se recuperó para el discurso científico académico con la creación de la psicología; el tema de la interpretación de cualidades resulta una asignatura pendiente para diferentes ciencias. Sin embargo, pese a sus limitaciones, el modelo de microcosmos resulta una aproximación a la totalidad mediante una integración organizada.

El laberinto contrapuesto al microcosmos
Posiblemente cuando objetamos que el mapa es artificioso y el microcosmos inexacto como representaciones (justamente entonces) nos hundimos dentro del laberinto de nuestra mente, enredados por el nudo incierto del escepticismo. Y cuando desdibujamos el cuerpo-mente integrados del esquema del microcosmos quizá restablecemos el reino de una condición laberíntica en el interior del ser humano. Por la vía de una progresiva digresión de la representación, el individuo puede separarse en cualquier cantidad de estructuras contrapuestas. Esta separación sistemática elaborada por las interpretaciones académicas también ofrece ya un tremendo problema, por la dificultan inmensa para reunir lo separado, escapar del idiotismo de la “parte”, la “religión de la parcela”. La separación se ha convertido un modo de conocer al ser humano y curiosamente las reglas del pensamiento académico y científico nos han acostumbrado a la especialización y separación excesiva. Una vez establecida la parcela, cada academia que estudia un campo especializado encuentra sus propias leyes exclusivas. El psicoanálisis se especializa en los estados patológicos de la mente; luego, la lógica se especializa en las operaciones mentales normales de tipo racional; la lingüística opera en otro terreno, indiferente a si la mente razona o agoniza extraviada, etc. Lógica, psicoanálisis y lingüística son disciplinas distintas, cada una con sus métodos y enfoques, con sus discursos científicos, pero además no están en armonía. Ante una variedad de especializaciones, finalmente resulta posible percibir al ser humano como una colección de entidades separadas, que se interconectan sin orden interno (casualmente relacionadas o sometidas a estructuras especializadas, de nuevo la separación). De esta separación de especialidades se crea un nuevo laberinto, que fue integrado sin resolución dentro de una unidad: esta es la curiosa propuesta de Foucault con su anti-humanismo inicial, quien afirma que la unidad del individuo es una ilusión emanada de la estructura epistemológica moderna[6]. Y esta interpretación no resulta tan excepcional, porque sin un mapa interior o un microcosmos aceptable el exceso de especialización rompe la visión unificada del hombre, de tal forma que se crea y perpetúa un laberinto interior. Ese embrollo artificial reconstituido nos pierde para que ignoremos el contenido completo del ser humano. Ahogados por un exceso de especializaciones nos volvemos a perder, incluso los líderes y talentos intelectuales quedan confundidos, impotentes para integrar los abundantes conocimientos de las disciplinas especializadas. El microcosmos antiguo contenía la ventaja de permitir una integración inmediata de casi todos los campos del saber (la astronomía, la anatomía, la medicina, la herbolaria, la política, la religión, etc.), en contraste ahora el conjunto de las ciencias y las especialidades está poco integrado. Sin integración en el tema del autoconocimiento humano estamos como el antiguo viajero, perdidos en ante el nudo de dificultades, pero ahora las mochilas del viajero están cargadas de conocimientos científicos y de vastas especialidades, el personaje siente más el peso de sus mochilas, se detiene atemorizado ante el pesado fardo sobre sus hombros y las dificultades de una espesura amenazante.

La integración de las ciencias y el infinito
La tarea de integración de ciencias es indispensable para recuperar la claridad y resolver el laberinto, una vez más. Esta integración de las ciencias o de cualquier saber se ha intentado muchas veces, y cada tentativa muestra logros y limitaciones. Generaciones sucesivas de pensadores claridosos han tenido presente la importancia de la unificación misma del saber, así, se encuentra este tema entre los enciclopedistas de la Ilustración, la filosofía clásica alemana, el marxismo, el positivismo, el pensamiento sistémico y otros[7]. Reconociendo la importancia de las tentativas unificadoras, existe un relativismo, pues el proceso de conocimiento está continuamente abierto, y los conocimientos especializados se bifurcan, el tema no queda resuelto de forma completa en cada época histórica. Ante el saber disperso resulta indispensable alentar la acción de los especialistas en el conjunto, integradores del rompecabezas de las ciencias progresando sobre su parcela. La unificación del saber también se puede convertir en una especialización mayor, ya sea mediante la filosofía, el humanismo, la teoría de la ciencia, la epistemología, el estudio de sistemas y estructuras, etc., por eso la solución accesible, en su misma acción parece una paradoja de más especialización para solucionar el exceso de especialización.
Dejando de lado la paradoja, la integración de las ciencias (y de cualquier saber aunque no lo categoricemos como ciencia) resulta necesaria y positiva, como camino para integrar un conocimiento verdadero. Quizá cada especialista por su amor propio no estará de acuerdo en aceptar como un avance establecer generalidades sobre su particular terreno del saber porque su especialidad le parece un campo de verdades precisas donde las interpretaciones generalizadoras solamente causan interferencias. Para el filósofo (o cualquier tipo de pensador de los Conjuntos) que bucea entre las alturas y las profundidades con la bandera de que “la Verdad es el Todo” no existe otro camino para resolver el nudo de dificultades, sino alcanzar las generalizaciones y establecer los puentes entre los saberes aislados. Para el estudioso del campo de lo general, la integración hacia el todo configura la meta de la búsqueda de la verdad y su modelo final. La peor actitud ante un laberinto es ignorar completamente su salida, y la multiplicación de saberes parciales, también contiene una forma embrollada. El conocimiento integrado de una totalidad de saberes entrega la posibilidad del individuo para escapar del anudamiento, usando los modelos de la traza del mapa y la figura del microcosmos. El dilema moderno oscila entre el extremo del ser humano muy informado, saturado de saberes parciales, pero perdido para integrar y controlar su vida (hundido en su laberinto), y el otro extremo, con la posibilidad de una vida a la altura de los tiempos, con acceso a un camino de salida, para nuestras confusiones esenciales. Una vez superadas las oscilaciones, quizá después del laberinto de los saberes especializados aparece abierto y perfectamente accesible el enorme territorio del verdadero infinito tan anhelado por los poetas y filósofos, místicos y sabios.

NOTAS:

[1] De ahí un mérito del título de la obra de Octavio Paz, El laberinto de la soledad.
[2] FOUCAULT, Michael, Las palabras y las cosas, Ed. Siglo XXI.
[3] Más bien visto en detalle nos sorprendería la suposición de que se crea conocer la parte sin el conjunto. En ese punto surge el acuerdo tácito entre la filosofía clásica y las nuevas tendencias del pensamiento sistémico Cf. HEGEL, GWF, Enciclopedia de las ciencias filosóficas. O’CONNOR, Joseph, Introducción al pensamiento sistémico.
[4] Si observamos el contenido, descubriremos que ideas como la del “pentalfa” pitagórico, la estrella de cinco puntas que implica el emblema de la salud, indicando el “quinto elemento”, también corresponden con el micro-macrocosmos.
[5] PACHTER, Henry, Paracelso, de la magia a la ciencia, p. 77-85.
[6] FOUCAULT, Michel, Las palabras y las cosas.
[7] La cuestión de fondo radica en sí esta dispersión adquiere un nivel cualitativo, creando una crisis en sí, o si tiene una imposibilidad absoluta de integración. Muchas teorías fundamentan su autoproclamada importancia en ofrecerse como la opción final para la integración del conocimiento humano. Cf. ENGELS, Friedrich, El Anti-Dühring.

miércoles, 16 de enero de 2008

Y GRACIAS POR RUTH MARTIN


Por Carlos Valdés Martín

Solamente puede permanecer un sentimiento de gratitud grande, incluso un sentimiento enorme, por la existencia de Ruth. Ella se ha ido de esta tierra, pero conocerla, escucharla y convivir durante tantos años resulta en una bendición.
Queda agradecer al principio más supremo, más secreto, más alto y más sublime el haberla recibido. Los altos designios de la divinidad más alta y sutil, a esa entidad inconmensurable que denominamos como Dios, nos regalaron una vida entera a su lado.
La fortuna de que Ruth fuera madre y amiga resulta difícil de medir, porque tantas fueron sus atenciones y dádivas que resulta ocioso establecer su escala.
¿Porqué cada madre encierra la entraña del volcán dormido y la respiración de lago tranquilo? ¿Hasta dónde alcanzan los misterios opacos de su fertilidad? ¿Qué tan lejos viaja el eco de una voz maternal, permaneciendo como cápsula del tiempo, cuando reconforta en cada encrucijada de la vida, y alienta ente los momentos difíciles? Las respuestas parciales son fáciles, y las repuestas completas son casi imposibles. Cada quien, en el fondo de su corazón, posee la primera respuesta, la diaria; la respuesta de este preciso momento.
Especialmente brillante a la distancia, resulta la discreción del amor maternal, sentimiento que no se manifiesta en palabras ni en gestos vanos, en cambio se manifiesta constantemente, perpetuamente, sosteniendo a enormes distancias el ánimo de quien lo ha recibido, aunque sea una sola vez. Esa acción perpetua, discreta y a la distancia recuerda el misterio metafísico que propuso Descartes cuando creyó que el tiempo se entrecortaba y era una gracia de Dios la que volvía a unir el tiempo universal segmentado.
Cada madre preserva la vida, da continuidad a sus maravillas. Con eso bastaría para justificar su entera existencia. Pero algunas, como parafraseando el poema de Bretch, lo hacen siempre (perpetuamente preservan la vida: con una sonrisa, con paciencia, con atención, con los detalles que pasan inadvertidos para el observador descuidado) y así resultan indispensables, el sostén de la existencia.
-o-
El más Alto Arquitecto debe poseer un diseño maravilloso en su universo para incluir una persona como Ruth Martín, quien decidió mantenerse en el terreno de la discreción y la generosidad permanentemente. Tanta discreción no permitió que suficientes personas la conocieran y apreciaran. Ella siempre conservó un aire de niña, un estilo infantil, cuando prefería mantenerse en un rincón, acodada en una discreta esquina, mientras distribuía una dosis de buenas acciones, sentimientos generosos, aliento sin pedir nada a cambio. El rincón, ciertamente, ese lugar tan mágico de la existencia infantil, tan discreto y adecuado para crecer, luego lo olvidamos de adultos. Pero el rincón siempre existe en el alma, en la geografía personal de cada uno, permitiendo una fracción de refugio. En el rincón descubrimos la fuerza imbatible de lo pequeño. El rincón es la esencia de lo pequeño que nos arropa y protege. Efectivamente Ruth siempre prefirió lo pequeño, lo mínimo que se mide en palmos y no por metros, por esa (y con toda) razón me hizo ver que nuestro país es tierra de diminutivos. México entero es una nación de diminutivos, así los coleccionaba con una sonrisa, y me recordaba cuando le indicaron en un restaurante: “el chico traerá su cafecito con un poquito de azuquítar, en un momentito”. Ciertamente, coleccionaba diminutivos en el habla mexicana, y nunca terminó de reunirlos, porque los diminutivos jamás terminan, siempre se pueden empequeñecer, expresando el anhelo por un rincón para cada palabra, donde cada término se encoge como un diminutivo.
El rincón personal no se piense que fue el lugar de los miedosos y los abúlicos. Ese lugar discreto no le impidió cumplir con actos de arrojo y desafío tremendos. Una persona, que como Ruth prefiere el rincón de la existencia, también tuvo la entereza y el valor de luchar contra la persecución política y por las libertades para sus conciudadanos. Durante años, incluso Rosario Ibarra de Piedra, la líder-emblema de la lucha por las libertades y contra las prácticas de la desaparición forzada y la tortura, la aceptó y estimó como una “mano derecha”, su colaboradora incansable. Ciertamente, por convicción Ruth decidió permanecer durante muchos años al lado de Rosario Ibarra, sin intenciones de protagonismo ni pretensiones de remuneración. Durante veinticinco años colaboró como miembro activo del Comité Eureka y jamás pretendió aparecer en primera fila, siempre prefirió mantenerse en el rincón de la eficiencia, de la solución de los problemas, del aliento para las compañeras más desafortunadas. La obligación moral por defender la causa de los Desaparecidos la colocó ante situaciones de riesgo contante, asistiendo a cientos de marchas y mítines, donde la amenaza de represión resultaba constante. Permaneció firme frente a los contingentes amenazantes de policías, soldados y granaderos que pretendieron callar al Comité Eureka, y ese es el valor tan extremo ofrecido por una madre cuando estima que su causa es completamente justa.
-o-
Para ciertas personas el trabajo resulta una bendición, y aman constantemente el trabajo cumplido, ya sea envasar una crema, hacer una carta, traducir del inglés, renovar un seguro… Siempre trabajó Ruth, constantemente lo hizo, desde lo quince años. Cumplió sus faenas con dedicación y hasta cierto exceso de responsabilidad. Le enojaba discretamente el imaginar que pudiera fallar en su tarea o que faltara exactitud en sus labores.
Ciertamente, su primer trabajo lo consiguió a los 15 años y no le parecía que fuera demasiado joven para tomar responsabilidades, pues sus demás hermanos y hermanas también iniciaron una vida laboral sumamente jóvenes. La situación familiar los orilló por la muerte prematura de su padre, Salvador Martín. El fallecimiento del padre trastocó la situación familiar, que antes había sido desahogada, y obligó a que los muchachos participaran temprano en las responsabilidades de los adultos.
Ese primer trabajo fue el sencillo de una simple empleada, a nivel de asistente operativa para una empresa que fabricaba la conocida marca de pomada de La Campana. Ya desde ese primer empleo mostró que no doblegaba su dignidad a cambio de dinero, me contó que a ella a y otra empleada no les pagaron su parte proporcional del aguinaldo, pretextando su poco tiempo en la empresa. Ella investigó y se enteró que el aguinaldo era un derecho legal. Así, pidió le hicieran el pago adeudado de ley y la administración de la empresa se negó. Entonces ante la arbitrariedad del patrón decidió renunciar.
Rápidamente demostró una enorme habilidad con la máquina de escribir y el idioma inglés. Tuvo un empleo en un despacho de abogados y se encargaba de transcribir largas actas, sin permitirse ningún error durante la mecanografía. Siempre se mostró orgullosa de su habilidad con la máquina de escribir. Para ella constituía un orgullo ser calificada como “secretaria”.
Por su dominio casi instintivo del idioma inglés generó una mancuerna de traducción excelente con su marido Carlos Valdés Vázquez. Durante décadas tradujeron decenas libros de autores. La totalidad de los créditos quedaron bajo la firma de su marido. Desde mi punto de vista eso contiene cierta injusticia, pero a ella nunca le pareció esencialmente injusto. Resultaba natural que su marido (con una trayectoria intelectual, dominio del arte de la escritura y reconocimientos) fuera la cabeza de las traducciones y que ella permaneciera a la sombra. Claro, fueron un equipo extraordinario, siempre armónico y capaz de entregar una serie de traducciones ininterrumpidas de gran calidad. Después de la muerte de su marido, no se interesó en seguir realizando traducciones pagadas. Únicamente realizó algunas traducciones de artículos de temas económicos, en colaboración conmigo, para la revista de Economía del Instituto Politécnico, y además se entretuvo permanentemente realizando su versión personal para un proyecto de traducción casi imposible que es la novela Finnegans Wake de James Joyce. En efecto, este texto de Joyce se ha estimado como una traducción imposible, por la mezcla intrincada de palabras inventadas y de temas confusos. Ella estaba empeñada en generar un texto legible en español a partir de un texto ilegible del inglés. No pudo terminar este proyecto de traducción, porque esta imposibilidad le parecía muy atractiva, aunque de los dos primeros capítulos ya estaba suficientemente satisfecha.
Otra gran incursión en las responsabilidades del trabajo fue como secretaria del Gonzalo Martínez Corbalá, un político reconocido de la “era dorada” del priísmo en México. Este personaje ocupó diversos puestos. Ella colaboró en periodos intermitentes cuando este político fungió como diputado federal, Director General del complejo industrial de Ciudad Sahagún, Director del ISSSTE, subsecretario, etc. No estuvo siempre acompañando tal carrera política, pues no participó cuando este político tuvo la gobernatura de San Luis Potosí ni durante el episodio más interesante de esa carrera, que fue el puesto de embajador en Chile, cuando aconteció el golpe de estado en 1973. A manera de resumen, vuelvo a insistir en la discreción de quien trabaja sin pretensiones. Ella jamás se sintió parte de la élite política ni detentó pretensiones de soberbia.
Uno de los trabajos que más le gustó fue una empresa dedicada a la instalación de jardines, proyecto dirigido por su amiga de la vida entera, Sonia Campanella. En esta actividad mostró su afinidad por la plantas. Le encantaba demostrar que aprendió los nombres latinos de muchísimas plantas, así como los cuidados y manejos de las plantas. Su actividad de jardinería era la administrativa y no operativa, pero requería de un conocimiento detallado para integrar los jardines con las especies adecuadas a cada situación.
Su última actividad, en la que participó más de quince años fue el despacho de seguros, donde fue mi mejor colaboradora. A esta actividad se fue acercando paulatinamente, casi como por inercia de quien mantiene la relación familiar. Ahí volvió a mostrar sus habilidades largos años cultivadas. Sus clientes, por si fuera poco, siempre la creyeron mucho más joven, incluso, varios creían que ella era mi hermana y no mi madre. Los compañeros de oficina la respetaban por su entereza, y porque jamás maltrató a nadie, el buen trato era uno de sus lemas prácticos. En la oficina de seguros convivió sus últimos años y su oficina era como su segunda casa.
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Mujer de un único romance en su vida. El encuentro con Carlos Valdés Vázquez fue el chispazo de amor que la marcó definitivamente. Si existe el amor a primera vista este parece ser una de sus confirmaciones plenas.
Mi padre era diez años mayor que ella, viviendo una soltería laboriosa y estrecha en la ciudad de México. Sobrevivía con la ambición de convertirse en escritor, plasmando en palabras artísticas realidades insospechadas. Entonces compartía un modesto departamento con Salvador Pinoncelly, otro artista en ciernes. Una amiga en común, Sonia Campanella, propició el encuentro. El instante del encuentro quedó descrito en el cuento “El nombre es lo de menos” bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. No es una ficción, sino la recreación del descubrimiento del amor desde el punto de vista del marido.
Para ella no existieron dudas, ni reticencias. El flechazo se convirtió en matrimonio y rápidamente en maternidad. No existía otro hombre ni otro marido ni otro destino, su Carlos era completamente su fe y su credo. Permanecieron juntos en compañía y armonía, como el dicho fatal “hasta que la muerte los separe” en el año de 1991. Ciertamente, su marido murió de manera intempestiva, sin avisos ni anticipaciones, de un infarto fulminante. Y luego, Ruth jamás tuvo espacio en su mente para imaginar rehacer su vida, ni suponer amoríos posteriores. Vida amorosa de una sola pieza y de un único capítulo. Asumía con gusto su nombre “de casada”, como “señora Valdés” o “Ruth Valdés”, con esa denominación sintética tan usual en el matrimonio.
Formaron, luego de ese flechazo amoroso el nuevo tipo de pareja moderna que fue prevaleciendo entre las clases medias mexicanas. Ambos colaboraban, ambos aportaban. En la mente de Ruth no existía el modelo de una mujer destinada a permanecer en casa. Únicamente lo hizo en el primer año de su maternidad y luego volvió al ritmo de sus faenas dobles, una parte en la oficina y otra en casa.
Durante esos años, no recuerdo disputas, ni rencores ni enojos en la vida matrimonial. Resulta inusual descubrir relaciones donde no existen rencillas ni conflictos agudizados. Esto no implica una vida perfecta, el lado de los problemas se cargaban con mi padre, quien sufría repetitivamente su sensibilidad de artista y caía en estados de angustia y depresión, ocasionalmente se mostraba un poco achacoso o necio. Constantemente Ruth tenía ese conocido papel femenino de consuelo para el afligido, y mi padre lo agradecía reiteradamente. Así, en los altibajos de la existencia de pareja siempre prevaleció en entendimiento, el amor mutuo sobre cualquier adversidad.
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Al pasar los años Ruth se fue volviendo más apegada al contacto con sus hermanas. Afortunadamente este contacto más estrecho se relacionó con una obra altruista y organizada. Originalmente una sobrina, Laura Fernández de la Reguera Martín, enfermó gravemente del riñón. Los riñones de Laura perdieron completamente su funcionalidad y la situación no tuvo remedio. Estaba obligada a una diálisis constante para limpiar su sangre y mantenerse viva. Dos veces se intentó el trasplante de riñón donado por sus familiares consanguíneos, pero el desenlace fue el rechazo del órgano recibido. Después de una década y media de enfermedad y lucha, esta sobrina falleció, pero en el proceso impulsó la creación de una Asociación humanitaria para apoyar a personas con problemas renales graves. Así, nació la AHPRIAP que ha sido impulsada básicamente por Xóchitl y Judith Martín Sosa, y esta Asociación se ha mantenido cumpliendo una importante labor para personas con problemas renales. Actualmente, la AHPRIAP está dedicada casi exclusivamente al apoyo de niños en la fase post trasplante de órganos.
Esta Asociación ha sido el motivo para que las hermanas Martín Sosa, incluida claro Ruth, se mantuvieran unidas y activas en torno a un ideal de beneficencia, cumplido con puntualidad y discreción. Durante años se reunieron semanalmente para sacar adelante las tareas de la Asociación, situación que reforzó los lazos familiares de afecto que siempre mantuvieron.
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Para Ruth tener una nieta fue el último gran tesoro de la existencia. Se adaptaba perfectamente al papel de abuela. Le agradaba quedar en ese papel de abuela, no le espantaba la vejez, porque mantenía un ánimo y un trato joviales, pero constantemente se colocaba en el grupo de “las viejitas”, diciendo que “las viejas somos…” de tal o cual modo.
Su nieta Aralia, ofrecía contrapuntos importantes con la abuela Ruth. En especial el tema de la música no deja de resultar sorprendente. Ruth poseía un sentido especial antagonista a la música, en general no le resultaba su arte preferida, y el mejor músico le parecía resultar el músico callado. A este esquema vino a contraponerse su nieta, quien manifestó un gran instinto musical, incluso con talento para interpretar y hasta componer. En ese misterioso contrapunto, la única persona que convenció a Ruth para asistir a un concierto fue su nieta. Incluso lograba su colaboración para componer canciones. Esto muestra una convivencia entre generaciones opuestas, poco usual, pero armoniosa.
Vivieron juntas en la calle de Jordaens de la Ciudad de México. Limaron sus divergencias generaciones, y la abuela (a veces a regañadientes) respetó la independencia de Aralia. En privado, Ruth admiraba a su nieta, le admiraba esa sensibilidad artística que demostraba, y en público la reprendía por sus descuidos juveniles (ninguna casa permanece ordenada cuando se habita durante los años mozos).
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Finalmente, para la biografía de Ruth Martín el significado “único hijo” encierra gratitudes, las cuales no estoy calificado para indicar con justicia. Hoy en el penúltimo día del año 2007 me basta con ser aquí el último eslabón de una gratitud iniciada hace muchísimo, el eslabón de una alegría que sigue repercutiendo en cada respiración.

domingo, 13 de enero de 2008

J (invertida) M (escurrida)



Sigue un cuento que muestra el carácter excepcional de algunos británicos que se opusieron a las acciones coloniales contra China. Los misterios de la conciencia conducen hacia la locura o, por lo contrario, rescatan la razón bajo las situaciones más difíciles.


Por Carlos Valdés Martín



Las revelaciones del doctor que atendió a Sir Ernest... 

A su doctor le sorprendía siempre la mirada inocente y el gesto de cuidado que ponía Ernest Fillington durante su reclusión. No era que le agradara especialmente esta persona o que reverenciara a los aristócratas, sino que descubría un fondo de valor y honradez constante. La mayoría de los afectados, resultaban de traumas infantiles y de una familia desintegrada, este no era el caso. Bajo un aspecto turbio descubría una entereza que le enternecía. Procuraba observarlo con atención y a distancia prudente. En la mirada perdida de Ernest, su doctor leía atentamente un pasado intenso, que se adivinaba por chispazos. Dejaba órdenes precisas para protegerlo del entorno, pues le interesaba recuperar esa brillante mentalidad que el paciente tuvo en el pasado, cuando cumplió con una atractiva carrera diplomática.

En un rincón del discreto manicomio londinense, con cabello encanecido hirsuto y la mirada lateral, Sir Ernest Fillington, garrapatea obsesivamente las siglas JM. Con esta escritura personal una pared está llena, y ahora corrige atento una letra, la jota debe quedar exactamente invertida, la rellena bien para resaltar la letra inversa, boca abajo. Después escupe sobre la letra eme, y sonríe cuando observa que el color escurre, como se escurre la negra pintura de párpados cuando una dama suelta una lágrima.
Se le acerca el celador, ligeramente fornido y ardientemente malencarado. Menea la cabeza, eso de permitirle pintar una pared a un lunático no le parece correcto, pero así lo decidió el médico en jefe, pues esa era una forma para mantener al paciente tranquilo. Cuando a Ernest no se le permitía escribir la sigla se malhumoraba, y a veces, tan de malas que entraba en furor, gritaba blasfemias, amenazaba de muerte; en fin, entonces sin su “arte manual privado” era peligroso. En cambio con una pluma o un pincel para trazar el anagrama JM, permanecía tranquilo, y así jamás peleaba, jamás reclamaba.
El celador no estaba de acuerdo con esos tratos considerados, pero respetaba la nobleza aristócrata de Ernest, quien no tuvo alto rango, pero suficiente para que una institución médica inglesa le otorgara privilegios.
Mientas el doctor mira a prudente distancia, el celador se acerca y le ordena despacio y claro: hora de comer. Hablar despacio y claro era otra deferencia, de lo contrario el paciente no entendía. Aunque a veces sí comprendía, respondía a una conversación, incluso aunque no era invitado, soltaba alguna frase irónica, como esa de que “la prueba del pudín está en comerlo, pero la prueba de que estoy muerto está en mi cabeza”.
Así, que Ernest deja su tarea, lanza un último escupitajo sobre la M, observa el escurrido de tinta y murmura en términos que no entendió el celador: “esto es una advertencia, que no se repita”. Con pasos inciertos se dirige al corredor, algo oscuro por falta de iluminación, frío debido a una ventana rota por la que se cuela una ventisca.
En el corredor hay un ligero eco, es el año 1880. Cada paso trae un suave eco, y las resonancias llevan los pensamientos a regiones lejanas. La imaginación de Sir Fillington reconfortada se encamina hacia su juventud, hace veinte años cuando desembarcó en Shangai, el puerto de China. Esos recuerdos quedaron plasmados en su diario privado, rescatados cuidadosamente por su doctor, diario al cual tuvimos acceso privilegiado.

Primera: La moda era enviar a los hijos de la aristocracia, especialmente en sus estratos bajos, a internados donde aprenderían los principios de la cultura y la educación, habilidades matemáticas como trigonometría y geometría, raíces griegas y latinas, algo de lenguas extranjeras, amplios fundamentos de la lengua de Shakespeare, amplias nociones de la ciencia moderna, una visión del globo terráqueo, un firme sentido patriótico, arraigo en la doctrina cristiana, y muchas ideas, nociones y vivencias, no menos trascendentes para la juventud británica. Juventud británica: la promesa esplendorosa de una isla que se proyectaba como cabeza de un imperio mundial, a golpes de modernismo industrial y de audacia militar.
Pero cada individuo percibe el mundo de acuerdo a ciertas predisposiciones particulares y retoma solamente aquello que ahonda raíces en su persona. Sir Ernest Fillington tenía la cabeza llena de mundo al salir de la escuela, pero encontró que el negocio familiar de Comercio de ultramar era un tanto limitado frente a sus bríos de recorrer mundo y explayar ciertas capacidades para los idiomas y la literatura, por eso él se adentra en nuevas rutas, acercándose al medio diplomático. Después de un par de años de formación inicial y de tensiones familiares diversas, toma un puesto diplomático en la lejana China, más por alejarse de ciertas decepciones amorosas que por estimar una verdadera oportunidad de hacer carrera, ya que el puesto era una agregaduría cultural que no encajaba en grandes aspiraciones. Al mismo, tiempo China representaba un compromiso, por ser una plaza lejana donde podía velar por los intereses comerciales de su familia, representados por la Oceanic Comercial and Constructions; empresa que practicaba un floreciente comercio de té y opio en la triangulación entre la India y China, desde los últimos tratados comerciales.

Segunda: Año 1854. Veinticinco años antes del final del diario de Ernest en el floreciente puerto chino, en Shangai. El joven Sir Ernest Fillington recién desempacado como agregado de la embajada de su majestad británica. Sus papeles decían que era un agregado cultural y periodístico, enviado a propalar la cultura occidental entre los orientales y a reportar novedades a la metrópoli del imperio de su majestad británica. Además de la experiencia diplomática y periodística, que sí eran de importancia personal, además en lo económico, su verdadero interés era conocer el negocio del té y el opio, que ya había valido tantos conflictos con las autoridades chinas y una primera guerra ganada por Inglaterra, por medio de la cual los súbditos británicos tenían ciertos derechos comerciales y políticos en China.
Para Ernest el interés económico estaba en la floreciente rama de un negocio importante: la Oceanic Comercial and Constructions, abreviada como OC&C, del cual sus familiares eran los principales accionistas. Esta empresa comerciaba cantidades de té y opio en el triángulo entre la India, China y la Metrópoli. En la empresa existía el convencimiento de que había una conspiración china para entorpecer el floreciente negocio de esa droga, pues el comercio estaba decayendo notablemente. En efecto, la dinastía imperial china jamás vio con buenos ojos el tráfico de opio, variando sus políticas entre la prohibición completa del comercio a permisos aceptados a regañadientes con las potencias europeas, que solicitaban enfáticamente “libertad de comercio”.
Recordemos: en ese periodo no existía la misma opinión sobre el opio que en nuestros días, cuando está prohibido el opio como una droga perversa que destruye mentes y cuerpos sin piedad. En ese entonces una parte de los ingleses estimaba el opio y sus derivados, imaginándolo una sustancia completamente neutral y hasta medicinal. Se conocía del uso alucinógeno cuando se fumaba en pipas, el cual no era bien visto por las autoridades ni por la población de la metrópoli inglesa, pero existía gran aprecio por las cualidades sedantes del opio. El opio era estimado en medicina como la cura de muchas dolencias; decenas de productos derivados o combinados se promovieron con fines medicinales, para dolores diversos, desde los simples dolores de cabeza, hasta casos de intervención quirúrgica severa.
Buena parte de los ingleses sabía que el opio no era una sustancia neutral sino dañina, pero estimaba sus virtudes comerciales. En Asia representaba una oportunidad comercial completamente redonda, porque desde Inglaterra podían aprovechar las posesiones de la India, para obtener cosechas abundantes y baratas de opio, llevarlas a China, y de ahí obtener mercancías baratas y exportables, o bien obtener plata acuñada a cambio del estimulante.


Tercera: Establecido en Shangai, uno de los puertos donde podían desembarcar las poblaciones occidentales con libertad extraterritorial y se comerciaba intensamente, Sir Ernest rápidamente se aclimató. El idioma resultaba difícil, la alimentación local algo extraña, y los chinos desconfiaban de los occidentales, pero él tenía habilidades. Sus estudios y gusto por los idiomas facilitan integración en ese ambiente enrarecido. Como ilustrado británico Sir Fillington es perspicaz y se interna en los entretelones de la sociedad china. Observa las relaciones entre las autoridades locales de la dinastía y sus súbditos, las costumbres ancestrales, las peculiaridades del carácter chino, y poco a poco encuentra los caminos para ganar la confianza aquí y allá. Las relaciones entre la autoridad y la población estaban alborotadas por los ecos cercanos de la revolución Taiping. Esta “revolución”, en cierto modo, semejaba una repetición casi ritual de las enormes mareas de descontento que explotaban cuando terminaba cada reinado de un Emperador Celeste, y sobre todo cuando quedaban dudas sobre la legitimidad de su sucesión. En 1850 había quedado acéfala la dinastía manchú, y el nuevo emperador no entraba por línea directa. Durante tales cambios dinásticos, durante milenios habían surgido revueltas campesinas, algunas de las cuales derribaron dinastías e inauguraron nuevos reinos. En el mismo año de la entronización de nuevo emperador, se sublevó Hong Xuiquan, un dirigente que logró arrastrar una multitud en el sur de China, y en un par de años apareció capturando Nanquín. En cada provincia, aunque lejana al epicentro revolucionario los aldeanos se dividían entre los leales al Emperador y los dispuestos a sumarse a la sublevación, si bien se ignoraba exactamente lo que pretendía Hong, quien se refería a sí mismo como un profeta iluminado de Dios.

Le agradaban los chinos a Sir Ernest por su carácter amable, respetuoso pero tan discreto, casi retraído como las ostras bajo las aguas del muelle. En su infancia le agradaban los misterios, los retos a la imaginación de tal modo que la dificultad para entender a un pueblo era reto mental, que lo alegraba. Le resultaba especialmente extraña la religión de los chinos, que parecía no tener una noción clara de un dios, pero estaba llena de reverencia y respeto ante la naturaleza y el prójimo. En cierto sentido, esa religión le parecía una escolástica abstracta, una mezcla de filosofía con recetas prácticas, pero armada delicadamente como una geometría con movimiento en espiral. Los ideogramas eran demasiado para él, pero aprendió los rudimentos del idioma. Entendía lo básico del habla del pueblo y de los giros lingüísticos de la casta gobernante, los mandarines, pero prefería contar siempre con algún traductor para evitar malentendidos.
Era difícil superar los obstáculos del recelo local ante los extranjeros. Tardó meses en entablar relaciones de alguna confianza con personas de la cuidad. Su gran descubrimiento fue una mujer con cierto conocimiento del inglés, por influencia de unos misioneros establecidos en la ciudad, pero quien además tenía excelentes relaciones en cualquier rincón de la florecientes ciudad de Shangai.

Dos años de ardua labor le permiten a Sir Ernest armar el cuadro mental de las barreras que impiden el florecimiento del negocio del opio y no son las trabas de las autoridades chinas las más importantes. En gran medida son las costumbres religiosas y el liderazgo de algunos monjes, que predican la vida recta, huir de alimentos tabú y de la intoxicación.

Cuarta: En una noche de mayo ocurren dos ataques a centros donde se fuman las pipas de opio, ataques promovidos por una secta de chinos puritanos. Sigilosamente un grupo puritano entró a los locales y rompió el mobiliario, pintando amenazas en las paredes. Sir Fillington sabe que esta secta se integra con un grupo aislado de estudiantes locales.
De antemano él ha indagado, que no existe una única secta, sino una gran cantidad diseminadas en la cuidad, que normalmente las sectas no son adictas al gobierno Chino. Si bien, ninguna de las sectas locales eran verdaderos partidarios del Taiping, algunos tienen simpatías. En particular, los autores del atentado a los fumaderos son miembros de un minúsculo grupo denominado “abanico amarillo”. Los miembros de ese grupo son tradicionalistas, sin ningún interés político, y odian a los Taiping por considerarlos enemigos de la tradición.

Dentro de eventos que para otros ojos podrían ser de poca monta, para el agregado británico existe el fuego de enormes peligros, porque podrían regresar en China las políticas de prohibición. Personalmente no observa que exista una conspiración de grupos internos orquestada en contra el comercio del opio, pero las circunstancias favorecen la bandera anti-opio en las autoridades chinas. Sir Ernest comenta con el embajador Bowling (que más precisamente se debería llamar cónsul, porque su autoridad no abarcaba la representación diplomática, sino solamente de algunos puertos principales) y en el calor de la plática exagera la gravedad de la situación, argumentándole que posiblemente los ataques a los fumaderos de opio son parte de una conspiración mayor, por lo que se deben mover los hilos posibles del poder para contrarrestarla.

Quinta: Sir Fillington se adentra aún más en la vida china. En la ciudad era sencillo acudir a los servicios de cortesanas, y una de ellas le presenta a su sobrina Li, quien le resulta sumamente agradable. En principio solamente la asume como una intérprete eficiente y notoriamente culta, además le consigue informes diversos en cualquier medio social. Él recaba informes y establece una estrecha relación con Li, pero no le revela a la china el fondo de sus intereses en el comercio del opio.

Sexta: El embajador le comenta a Ernest que la situación se ha puesto al rojo vivo, pues las autoridades chinas están dispuestas a detener el contrabando de los occidentales a cualquier precio. El Emperador chino teme la fuerza de los occidentales, pero estima que la influencia extranjera es la fuente de las agitaciones, cree tener evidencias de que la rebelión Taiping ha sido fomentada por la influencia occidental.

Séptima: Sir Fillington le pide a Li que lo acompañe a una misión especial a Hong Kong. Ella y Sir Ernest llegan a Hong Kong en un velero tras una travesía sin incidentes. En la colonia inglesa el Embajador Bow recibe a su visitante. Le explica que las disputas con el Gobernador chino de Cantón son constantes, y que los chinos están entorpeciendo el comercio, que nada ha progresado en dos años, pero que pronto llegará una escuadra de guerra y piensa aprovecharse de la situación para presionar al máximo a los gobernantes locales chinos. Ya ha escrito al ministerio del exterior explicando la delicada situación y la importancia de la máxima presión.
Desde hacía años que el gobernador local de Cantón, el estratégico puerto del sur de China ubicado casi frente a Hong Kong, no permitía la entrada de extranjeros a la ciudad china, pero existían bodegas propiedad de extranjeros que comerciaban desde los barcos, que atracaban en el puerto y sobre la delgada franja del muelle. Para adentrarse en la cuidad solamente se podía entrar en misión diplomática o con salvoconducto especial.

El embajador Bow de Hong Kong comenta con fingida agitación que las autoridades chinas han abordado una embarcación y detenido a doce marineros, acusándolos de contrabando de opio. Le indica a Sir Fillington que debe aguzar su ingenio para magnificar la situación y convencer a la Metrópoli de uso de la fuerza. Sir Fillington no duda en hacer lo que se le ha solicitado, pero siente un ligero temblor interior al pensar sobre las consecuencias de sus actos. Detiene el hilo de sus ideas prefiere no pensar.

Octava: Al día siguiente, llega una misión china a Hong Kong con un “cargamento” de prisioneros chinos del Arrow, que serían devueltos a la autoridad inglesa. El embajador rechaza a diez prisioneros devueltos y una carta del Gobernador chino. La carta es rechazada sin abrirse. Les grita a los representantes chinos que no aceptará menos que una “satisfacción completa del honor inglés” y que esté bien sabido que los chinos merecen un escarmiento por la ofensa sufrida.

Novena: Esa misma noche Sir Ernest escribe: “Las autoridades chinas han ultrajado a la bandera británica, capturando una embarcación y deteniendo a su tripulación completa. El Embajador inglés indignado exige una satisfacción al Gobernador chino, por el ultraje a la bandera y una indemnización por los daños causados.”

Décima: El Embajador le indica a Sir Fillington que tiene un permiso especial para acudir a negociar con el gobernador chino, que esa la única oportunidad antes de iniciar las hostilidades. Lo único que puede aceptar como respuesta es la aceptación incondicional de un pliego de cinco exigencias: disculpas públicas, permiso para que los ingleses entren libremente a Cantón, establecimiento de ruta de navegación comercial en los ríos principales YangTsé y Huang Ho, castigo público a los oficiales chinos que subieron a bordo del barco, una indemnización equivalente a 100,000 libras y entrega de los cañones de “destrucción masiva” de los fuertes del puerto.

Sir Ernest desembarca en Cantón acompañado por Li con un salvoconducto. Es recibido por el gobernador local, quien lee la carta con calma. Dice: “Me doy cuenta de que ahora el embajador Bow, quiere guerra, porque pide asuntos que escapan de mi autoridad. Yo no puedo autorizar la entrada de las embarcaciones a las provincias interiores. Eso es asunto del Emperador. Pero dígale que aceptaré completamente lo que se relaciona con la provincia de Cantón, que incluso vaciaré el tesoro provincial. No quiero la guerra, mi gente sufrió demasiado hace veinte años con la anterior guerra.” Tomó un respiro, llamó a sus auxiliares, susurró algo y prosiguió: “Mañana en la mañana al mediodía tendrá mi carta de respuesta oficial aceptando todo lo que concierne a Cantón, y las peticiones de navegación las remito al Emperador, indicando lo delicado de la situación, recomendando que acepte sus peticiones.”

Décima Primera: En la noche se quedan Sir Fillington y Li en el hotelete cerca de la plaza del mercado, junto al puerto. A la mañana siguiente la plaza está llena de transeúntes y comerciantes, pletórica de pregones comerciales. La habitación tiene la ventana hacia la calle, a lo lejos está el mar, con barcos ingleses de guerra que se acercan lentamente.

La pareja platica sobre las peticiones inglesas y la amenaza de guerra. Ella opina que es un abuso muy poco disfrazado, pedir facilidades comerciales e indemnizaciones con la amenaza de una guerra. Él justifica la expansión, como necesidad del dinamismo inglés, su ímpetu interior obliga a la expansión y esta trae roces con los pueblos del mundo. Pero no existe una mala intención.
Después de discutir se reconcilian, ella le dice que es él es muy bueno y que quiere tener un hijo de él, pero que no se preocupe ella lo puede cuidar sola, que él puede regresar a su país cuando deba hacerlo. Él le explica lo complicado que es un matrimonio entre razas distintas, las dificultades de adaptación que puede tener un niño entre pueblos tan diferentes.

Atardece, y los barcos se aproximan al muelle cercano a la plaza. Las cañoneras británicas abren fuego sobre la ciudad, dirigiendo lo más nutrido hacia la multitud de compradores. Antes de que puedan correr a improvisados refugios caen cientos de personas. Las naves bombardean la plaza y el mercado como si fueran un ejército enemigo, sin declaración de guerra. “Y sin previo aviso” piensa Sir Ernest “ni a mí me avisó el cónsul, yo podría haber sido un muerto fresco desde el primer disparo”. En minutos la multitud de la plaza ha desaparecido, pero quedan cuerpos esparcidos por cualquier lado. Se siguen escuchando gritos y quejidos, muchos quejidos. Después de quince minutos de fuego intenso los buques se alejan hacia la izquierda del puerto, a la proximidad del cuartel militar norte, con intenciones de continuar el bombardeo.

Al salir del hotelete Sir Ernest y Li miran entristecidos los heridos y cadáveres. Él comenta, lo que ya pensaba, que no podía concebir que se atacara la ciudad mientras él estuviera como enviado a las negociaciones. Ella comenta lo increíble de que los ingleses atacaran la población pacífica de la cuidad sin que existiera una guerra declarada. Pregunta si esa es costumbre cristiana, y Sir Ernest no contesta nada, escucha las palabras irónicas pero no tiene fuerzas para contestar, está consternado y se acerca a un anciana que perdió una mano. La vieja lloraba hace unos momentos pero ha dejado de llorar, cabecea como si se fuera a dormir, pero no va a dormir, es la agonía que se acerca.


Décima segunda: De regreso Sir Fillington en Hong Kong, el embajador le dice a Ernest, que debe esmerarse con su mejor prosa porque volaron versiones hasta Londres de que ellos, los funcionarios británicos, habían ordenado una carnicería de civiles indefensos, y si no se desvirtuaban esas versiones se terminaba la carrera diplomática de ambos.

Esa noche en la soledad de un escritorio Ernest escribe: primero lo que ha visto “con mis ojos, vi a los barcos del gobierno de su majestad británica asesinar a sangre fría a mujeres ancianas y a niños desarmados”. Después lo tira y escribe: “una banda de sectarios Taiping en sorpresivo ataque a Cantón quemó el mercado, cortando cabezas como repollos, salpicando de sangre las calles de la ciudad, hasta que llegaron los soldados a someter a esa banda de asesinos y a restablecer la paz”.
Un calambre en el estómago lo detenía. Después escribía en otra hoja: “conté más de ciento sesenta muertos y otros tantos agonizantes, cercanos a la muerte, caía la tarde la sangre se acumulaba y engrosaba el arrollo lateral”. Tiraba la hoja. Y reiniciaba. Al amanecer tenía terminado el escrito que satisfacería al embajador y dos cestos llenos de papeles rotos.

Décima tercera: El embajador lo felicita, y le indica, pero necesito que envíe otros tres escritos, que en este caso son urgentes, porque el “Manchester Post” sacó información que no nos favorece para nada. Sir Fillington le comenta de su cansancio, pero el embajador se exalta diciéndole: “Esto es una emergencia necesito de su talento”.

Décima cuarta: Llega la madrugada y Sir Ernest solamente ha terminado un artículo. En el escritorio empieza a soñar, luego gotea sangre de su nariz, entonces semi-despierta y cae en somnolencia, imaginando que la gota de sangre nasal, es un río de sangre formado de minúsculos hilillos, que manan de seres del tamaño de un pelo habitando en la caverna de la nariz, porque un huracán de rocas ha golpeado a los seres-pelo-nasal (delgados, temblorosos y quebradizos) que cae heridos y muertos, en una masa agónica, que se lamenta, clama hacia lo alto sin entender el motivo por el cual esa tormenta los está aniquilando. Casi al amanecer queda, finalmente, dormido, pero el ruido de la calle lo despierta a los pocos minutos.

Décima quinta: Al atardecer está demasiado cansado y nervioso, una sesión en el fumadero de opio de Hong Kong seguramente le ayudará a dormir. En el salón se acomoda y empieza a fumar. Al lado suyo, dos ancianos comentan la muerte de sus nietos. Ellos hablan fuerte y despacio, los entiende claramente, solamente entiende a los locales cuando conversan muy despacio. Ellos son lentos para pronunciar y se repiten. Han muerto dos nietos bajo los obuses de los barcos, sí hace un par de días, masacrados en el mercado; luego se llevaron los cuerpos en carretillas y no han podido ver los cadáveres, ya que son viejos para acercarse a Cantón. Ellos especulan sobre una fosa común para sus nietos que no descansarían en paz, creen que un espíritu no descansa si está amontonado, cree que deben llevarlos al panteón familiar.
Durante la plática las imágenes mentales se desdibujan hasta que el sueño lo va venciendo. Duerme inquieto, imagina cadáveres y gritos, pero no despierta, hasta que llega un sueño en el que Li está comprando melocotones anaranjados, intensamente anaranjados, como farolas, el vendedor presume de sus melocotones fluorescentes únicos en un mercado, cuando los barcos disparan desde lejos, y una granada del barco estalla fluorescente, segando la vida de ella. Una parte de su cabeza le indica que está soñando y se regaña para despertar, mas no puede. Se abre un laberinto subterráneo por el cual escapa, tocando paredes terrosas y oscuras, porque también lo persiguen soldados para matarlo; las cavernas rebotan gritos de ayuda, que semejan a su propia voz.

Cuando Ernest despierta en el fumadero ya es de noche. Está intranquilo, le parece que ha pasado mucho tiempo y sigue preocupado por Li. Recorre las callejuelas de la cuidad montado en el palanquín que jalan los coolíes, acudiendo a los lugares habituales y no la encuentra por ningún lado.

Décima sexta: El embajador cita a Fillington en su despacho y le dice que ahora se deben difundir amplios informes distorsionados a la prensa con los desmanes graves de los chinos, que han provocado a la flota inglesa, matan a sus propios civiles, y ahora incendian los barrios del puerto. Esa es la idea general para presentar escritos más fantasiosos que los anteriores. El cónsul no escribe con estilo literario, sino que la división del trabajo es precisa. Sir Ernest, olvidando su anterior colaboración, le objeta al embajador que estarían mintiendo descaradamente, que nada hay de provocaciones de los chinos, sino una alevosa carnicería de una ciudad civil sorprendida y mal armada. El embajador molesto solamente le alarga una frase cortante para el caso: “En la guerra todo se vale y ya iniciamos la guerra”.

Décima séptima: Al amanecer Sir Ernest solamente ha escrito en un papel “Justificando Masacres”. Con tanto cansancio acumulado Ernest durmió y había estado soñando en que China era un país de cabeza, que estar al otro lado del mundo los ponía de cabeza, pero que al girar el mundo, también Londres estaba de cabeza. En China al invertirse la sangre les subía a al cerebro hasta que empezaban a gotear hemoglobina por la nariz y las orejas. Las personas se convertían completas en gotas de sangre invertida. Esa semi transparencia de la piel convirtiéndose en rojiza a él le daba tanto asco.
Cuando lo despertó un asistente, Sir Fillington no lo entendió, lo escuchaba tan extraño como si le hablara en otro idioma, un argot incomprensible de montañeses. También esa cara de se le hizo extraña y un asco insoportable lo invadía. Los sonidos y las figuras estaban inundados por una tonalidad rojiza, como de sobrantes de una carnicería en el ocaso. Ya no soportaba la saliva en su boca, contaminada por una sensación de hiel y solamente cuando escupió en la cara de su asistente alivió ese asco. Pero el alivio fue momentáneo, quien se acercaba le parecía más extraño. Empezó a gritar y a escandalizar, pues cada persona le parecía más extravagante y asquerosa que la anterior.

Décima octava: Cuando le comentan el deplorable estado mental de Sir Ernest, el Embajador comenta: “es una lástima, Ernest era un hombre tan bien dotado, hábil con la pluma y perspicaz para conocer a las sabandijas chinas, --y como si estuviera nostálgico siguió-- es una lástima, esta victoria de la armada británica, en gran parte es obra, suya ... creo que se habría sentido tan orgulloso de la buena marcha de la diplomacia y los negocios... bueno dejemos los lamentos a un lado, como sea debemos enviarlo con su familia a Inglaterra, porque una embajada no es un manicomio”.

Décima novena: Año 1880. En una colina a las afueras de Shangai, se encuentra una pareja singular en un día de campo, fastidiados de los ajetreos del puerto comercial. Ella, la china Li, a pesar de su edad no indica ninguna cana entre su cabellera negra y lacia. Ella lee la última hoja de un manuscrito de ficción autobiográfico intitulado “JM”. Él es Sir Ernest, estrenando una casaca que recibió hace una semana directamente desde Londres. Se acerca Sir Ernest, quien luce alegre y tranquilo, con veinte años más pero sin achaque ninguno. Ella le dice: “Ahora entiendo porqué abandonaste la embajada y te enemistaste tanto con tus compatriotas, casi no tratas con nadie de tu gente; dejaste de escribir para periódicos y cambiaste el negocio familiar por el comercio de la exportación de porcelanas. Me alegran tantos cambios. Porque triste el destino de quien se arrastra justificando lo injustificable”. El responde: “gracias al recuerdo de que estabas tú, en algún lugar desconocido, pero firme como las rocas del Gibraltar,… Mi existencia hubiera sido un desastre; el ataque de nervios que sufrí en la embajada fue real, no te lo había contado. Antes de que me embarcaran volví en mí y no acepté salir a Londres. El Dr. Somerseth, ese buen hombre, me recetó unos calmantes, que transitoriamente me aliviaron. Pero el alivio completo lo obtuve cuando envié un escrito detallado y documentado a mi corresponsal periodístico y hasta a miembros del Parlamento. Entonces sí que el Embajador gritó por todos lados que yo estaba loco, pero lo amenacé con mandar pruebas de negocios que él mantenía con varios contrabandistas locales, y se calló para siempre, jamás volvió a comentar nada sobre mi persona. Al menos aquí, porque desde hace trece años lo trasladaron a la India. Creo que escapé de las penas de esos días a tiempo, y las pude enterrar, antes de que las penas me enterraran a mí. Pero, por desgracia siguieron dos años de guerra, las mentiras y las ambiciones desatadas no se calmaron hasta que mis paisanos tuvieron una tajada económica de privilegios de este país. Al menos, no esclavizaron a tu gente, quizá esas eran las intenciones del embajador...” La mirada de él se pone ligeramente vidriosa, el tono de voz ligeramente ronco, entonces ella, lo distrae preguntándole, con risa de niña: “¿Es verdad que existen monos enormes en Gibraltar, que aúllan al atardecer? ¿Me estabas jugando bromas, porque cuando me dijiste...”

Dos epílogos verdaderos:
Anotaciones históricas:
Los hechos no corresponden a un personaje histórico, pero sí reflejan los eventos reales de las relaciones entre Europa y China del siglo XIX durante las llamadas “guerras del opio”. Más que solamente justificar masacres, los europeos colonialistas fueron protagonistas de eventos vergonzosamente violentos como el bombardeo de la ciudad de Cantón en base al ridículo pretexto de que autoridades cantonesas capturaron a contrabandistas chinos en la barcaza denominada “Arrow”, la cual ostentaba falsamente una bandera inglesa para encubrir sus operaciones ilegales. Lo que nos muestra la experiencia histórica es una dualidad dentro de la conciencia europea. De un lado, en el siglo XIX predomina claramente la vertiente colonialista sostenida por las enormes ventajas económicas y militares que tenían frente al conjunto de los demás pueblos, sometidos a diversas modalidades de colonialismo. Algunas regiones, como China, resultaban todavía refractarias a la conquista directa, representando una presa difícil para la cacería colonial. Pero casi cualquier rincón del globo resultaba débil ante los fusiles y cañones de las nacientes potencias capitalistas europeas. Ante sus ventajas una parte de los europeos se engolosinó en la empresa colonial y estuvo dispuesta a sacrificar cualquier consideración cultural, ética, religiosa o hasta de conveniencia práctica para favorecer sus empresas coloniales. Ellos eran los típicos colonialistas, agentes duros de la empresa colonial. Algunos de estos típicos colonialistas, resultaban todavía peores y enmascaraban la vileza de sus objetivos bajo justificaciones religiosas y morales, entre las que destacaba la promoción de la fe cristiana. Sin embargo, en pleno auge de la empresa colonial una parte importante de los europeos escapaban o resistían la empresa conquistadora por diversos motivos. Aunque ellos fueron marginados y marginales en el siglo XIX, significaron un freno para los desmanes de sus compatriotas. El maltrato a los pueblos colonizados fue combatido por una minoría moralista, que ocasionalmente logró convencer e involucrar a las naciones europeas refrenando los abusos; una minoría importante que unas veces mostró fuerza y otras debilidad, astucia e ingenuidad, decisión y ambigüedad. Pero en su pureza estos dos bandos cristalizaban los extremos. De un lado, los agentes del colonialismo y su hambre por territorios y riquezas fáciles, y del otro, quienes sabotearon conscientemente la empresa colonial. En el arco de la existencia humana están quienes vacilaban, pero de forma aún más interesante quienes variaron su posición ante la experiencia, porque la vida podía mostrar los filones secretos y los enormes panoramas velados por la distancia, lo que jamás imaginaban los habitantes de las metrópolis quienes vivían a enormes distancias de la realidad colonial.

Esta minoría no-colonialista sembró la sensibilidad europea en el largo plazo, ganando una sensibilidad que sacó a la humanidad de mitad de siglo XX de un dilema ominoso, cuando las colonias estaban maduras para una rebelión anticolonial y las potencias occidentales habían extendido una mancha de poder en el globo entero, pero quedaban debilitadas para mantener ese régimen colonial, esencialmente despótico y discriminatorio. Esa labor que socavó las convicciones imperiales en Inglaterra, Francia, Portugal, España, etc., y permitió una retirada “honorable” de gigantescos territorios, si bien las enormes luchas de los pueblos coloniales hacía inminente una extensión de estallidos de rebeliones. Algunos pueblos, como Argelia y Vietnam, solamente se soltaron del yugo imperial a sangre y fuego; pero no fue necesario un baño de sangre en cada rincón del planeta, pues muchos pueblos encontraron el camino abierto después de las refriegas de los demás. La prevención de ese baño de sangre fue la obra de los nativos visionarios de las colonias, pero también de europeos quienes en pleno auge colonial del siglo XIX no aceptaron la condición de opresores como su propio destino, convirtiéndose en los sembradores de la sensibilidad y la ética presente.

Anotaciones lingüísticas: La letra jota tiene importancia metafísica por ser la inicial de Jesús, por lo mismo su inversión debe ser interpretada como el signo de la inversión de los valores. Sin embargo, en la evolución de los lenguajes ciertas palabras pasan de la letra i a la jota, de tal manera que una vocal se convierte en una consonante. El término de justificación es un derivado del concepto de la justicia, que es de cuño antiquísimo. El latín para justicia es “iustitia”. Esta forma deriva hacia la letra jota en español, francés, portugués e inglés, y hacia la letra ge en italiano. El tema mismo de la justicia es la valoración del ser humano, y el tema de la justificación es la conversión de la justicia en una dinámica. Mientras la justicia, que como diosa romana ofrece su imagen en la mujer con la balanza en la mano, la justificación es una dinámica, por eso no posee un signo fijo. La justificación se supondría que es poner en operación la justicia para la valoración del mundo, por lo que su inversión es una ausencia de justicia. Pero la inversión de la justificación va más allá, por eso el vacío completo de justificación también es el vacío de significado.

Si bien la letra eme es una consonante que se pronuncia con la boca cerrada, por lo que su contenido es una invitación al silencio, también es utilizada para los extremos de la vida. Esta letra indica la muerte y la madre, lo extremos del caso de la vida, su origen y su final. La masacre refiere al superlativo de la muerte. Aunque en algunos idiomas se considera un galicismo, su raíz parece ser también latina. Resulta interesante, que en inglés se use con la doble ese, como indicando su condición de masa, de situación masiva. Pero la muerte intencional contiene el signo de lo lamentable, ya mancha la conciencia, por eso el deseo de su inversión revela la mancha sobre la mancha. Invertir la m de la masacre: una pequeña defensa sobre la gran ofensa de la muerte, tal es la intención de lavar con líquidos corporales una pena.