Música


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domingo, 20 de noviembre de 2011

UN BILLETE PREMIADO



Por Carlos Valdés Martín

Al volante era un artista, para Jairo manejar era danzar con gozo y hasta en sus sueños conducía así: “Flujo de río, corriente de naves metálicas, caucho y pinturas esmaltadas. Sonrió al acomodarse en el asiento, separado pero enlazado: un baile colectivo, ellos se siguen y acercan, ronronean unos contra otros; algún cretino desentona con un pitazo, los demás aceleran y frenan, se aproximan y alejan. La suavidad del piso, recién alisado, acaricia los vehículos, que aceleran-frenan, como pasos de un-dos y al compás nunca se desentonan. Uno adelante comienza el tango, con un paso suave y empieza la cadencia, ese suave ronronear del acelera-frena; uno tras otro se siguen en cadencioso sigue-para, y fluyen, se entroncan en su danza urbana. La pista de baile recién alisada, acero terrestre donde se desdibujan la líneas, brillantes y blancas. No importan las líneas desdibujadas, los bailarines saben los pasos de memoria y la ruta los acoge en su acelera-frena. Por ser tan conocida la melodía, los bailarines acomodan su propia música, como un reto se encierran en la cabina y cada cual escucha otro compás, pero siguen con precisión el ritmo del acelera-frena. El director del baile marca un alto, abre un compás de espera como en el antiguo danzón, para evitar el sudor y disfrutar el tramo bien llevado o anticipar el final. El director (oculto y remoto, sin dar nunca la cara, pero personificado en semáforos y señales) cambia la luz, comienza el siguiente movimiento, son breves minutos para seguir con la suavidad del acelera-frena, y satisfechos los bailarines toman su pareja. ¿Pareja? En efecto, cada cual sigue a uno y en exclusiva a uno; cada pareja guía enfrente y debe de seguirse, ni tardo ni perezoso, continuado el paso. El baile tiene líderes y seguidores, pero este juego es de armonías anónimas, cada líder sigue a otro líder, siempre hay uno adelante, siempre un danzante que pretende ser superior. Quien se cree mejor, quiere terminar con la armonía de acelera-frena, como si fuera posible una música de sonido sin ningún silencio, olvidando que esa música (tan simple) casi de una nota continua, es un ruido monótono y de un único sentido. Así, a ratos, el gran coreógrafo (oculto) frustra las intenciones de cada líder (momentáneo) del baile y le marca un alto; y, al detenerse, un líder mira de reojo (en retrovisión) a su compañera, una seguidora discreta y astuta, que lo dejó creer que él escaparía en solitario desplante; pero ella vuelve a la cercanía, casi a la intimidad de una defensa junto a la otra. Por un momento nadie dice nada, la momentánea vergüenza de ser alcanzados y quedar aglomerados en una fila interminable, parece interminable; basta un minuto para acumular una impaciencia enorme: urge regresar al baile. Al fin, regresa el ritmo, ahora empezó como un frena y después como un acelera, el orden natural donde el movimiento es el primer motor quedó alterado. Pero ¿cuál es la diferencia entre inicio y final? La moneda siempre contiene dos lados, el andar lleva dos pies y si tuviera un único pié, lo complementamos con dos pedales: acelera y frena. Y son tantos los participantes, la pista gris está tan saturada, cada cual siente que los otros codean y hasta asfixian; se ha perdido el espacio mínimo para lucirse y jugar al cadencioso avance. Cada uno se empieza a sentir molesto, en su interior maldice: “deberían ya, de una vez por todas, restringir el acceso a este sitio, la multitud se vuelve insoportable”. El director coreógrafo sigue inmutable, hace oídos sordos ante las quejas del público asistente, simula que el juego es exactamente el mismo y no piensa devolver el costo de las entradas, insiste en volver la cadencia frena-acelera.
“Además en este baile sí hay clases sociales, se nota en las galas de los vestidos de noche y los harapos humeantes. Pero hay clases sociales y democracia, coexistiendo en la urbe, a ningún maloliente se le evitará acercarse a un frac importado. Porque hay jerarquías, la autoridad evita los casos extremos, con el pretexto de que provocan alta de contaminación, los añosos y desvencijados son retirados de manera permanente, nunca más circularán sobre esta pista. Porque hay democracia mientras no esté retirado, en las piruetas masivas como si la pista los hiciera iguales en verdad, un danzante proletario se acerca hasta lo más granado de la sociedad, y hasta lo hace con descaro. Clases sociales y democracia: a eso se reduce el principio del baile y el tránsito.
“Algunos, molestos por la aglomeración o por mucho frenar y poco acelerar dan volantazos, incluso saltan de un carril a otro, haciendo peligroso el vaivén. Los bailarines más enojados suelen ser quienes presumen las galas mejores o los que desean salir del juego y alcanzar su destino. Lo que parecía pura diversión y privilegio, a ratos resulta una molestia y hasta un peligro. De repente, parece que una orilla del gran salón urbano quedó desocupada y un adolescente, piensa “esta es la mía, ahora me desquito de este baile de viejitos, ya verán qué es la agilidad”. El adolescente, desentendido de las reglas y los usos, se dedica al acelera y nada al frena, pues quiere presumir sus piernas y la eficacia de sus piruetas; quizá, desde que inicia sus maniobras, merecería ser reprendido. Pero los auxiliares del director del baile, permanecen distraídos cuando el adolescente salta y corre en frente de sus narices. Eso ya no es más una danza, y brama una desproporción que sólo acelera, pero ¿quién osará detener a un bailarín amateur? No lo detendrán ni las prevenciones, ni unos letreros que indican el máximo permitido. Y alguna noche loca, entre el acelera-frena se estrella alguno contra la ley de gravedad, intoxicado de pretextos y destrozando su mejor gala. Los demás curiosos se detienen un instante ante el desastre juvenil pero no se detienen del todo, únicamente bajan el paso, al ritmo de más frena-y-acelera. Y ese es el modo en que presentan su respeto quien cae en desgracia, y más ante una fatalidad; no se detienen, transitan al paso lento de la marcha fúnebre o la procesión, sienten pena por quien no volverá a compartir sus danzas, pues ya es parte de este mundo de movimiento. Bajan la marcha pero el baile no se detiene.
“La rueda del mundo sigue girando, el tiempo pasa insensible y los cansados van desertando. En la noche profunda ya la pista se ha despejado, pero todavía aparece algún bailarín trasnochado, cansado de tanto acelera-frena, se regaña por seguir practicando a tales horas. Observa con tristeza, el asfalto casi abandonado y sin parejas de baile; la soledad lo invade pero siente un consuelo, se confiesa que el baile del asfalto se disfruta también en soledad.”
Cuando se despertó él había sido el último conductor y la ciudad seguía adormilada en la oscura madrugada.

Trabajando de chofer particular Jairo Revilla sonreía al pasajero, mientras se memorizaba cualquier atajo y vía alternativa en la gran ciudad. Le bastaba un recorrido para recordar la ruta; a veces, retenía hasta números de las casas, y, en algunas avenidas, la numeración resulta una pesadilla de desorden. En una curiosa ambivalencia, le gustaban los números, pero odiaba las cuentas por una aversión escolar. Disfrutaba recorrer el asfalto, incluso con tráfico pesado. Le agradaba tanto el asiento de conductor que prefería esperar con el agobiante reflejo solar o comer en una torta en su sitio, que no apearse a una fonda. Además de excelente manejando, también cuidaba de los detalles del vehículo y era servicial con su patrón, Urbano, conocido por sus empleados como el, “el licenciado”. Por su lado, el licenciado Urbano odió manejar desde que falleció su hermano menor en un accidente juvenil; sentarse en la posición de manejador le traía malos recuerdos, así que pagaba por evitarlo. En este caso, al funcionario no le costaba y la Institución pagaba un chofer para su servicio personal.
Jairo estaba contento, pues su patrón no le exigía mucho y le permitía el tiempo para llevar y traer al hijo pequeño o cumplirle encargos a su propia esposa, impedida a salir de casa. La flexibilidad parecía una bondad directa del patrón, la cual era agradecida por la familia entera del trabajador.

La esposa. Rosaura sufrió un accidente infantil en la cadera que dejó una secuela, y caminaba con un vaivén gracioso que la mortificaba. Su belleza natural, enmarcada con grandes ojos cafés y una sonrisa espontánea se mezcló con ese andar incierto, con un paso lateral cadencioso y casi risible. Eso le provocó crecer con desconfianza y se volvió retraída. El matrimonio con Jairo, un esposo devoto y muy responsable, alivió sus penas, pero no le dio autoconfianza. El embarazo también resultó de riesgo por su problema de cadera, y, luego de un desenlace feliz, ella se concentró en cuidar a su hijo. Ama de casa dedicada y confiable que odiaba salir más allá de su puerta. No le gustaba confesarlo, pero imaginar las risitas y miradas por su andar defectuoso le provocaba un malestar insoportable. Le entretenían las matemáticas que sirven para los juegos de apuestas. No es que fuera hábil, pero sí tenaz y se ilusionaba con métodos sencillos o fantasiosos (según lo veamos) para adivinar premios y reintegros de la lotería. Casi a diario le encargaba a Jairo que le comprar un numerito y no pasaba un mes sin que sacara algún reintegro, que la alegraba y motivaba a seguir apostando. A veces, sistemática hasta lo obsesivo repetía un mismo número durante semanas y en otras ocasiones reformaba los cálculos. Las esperanzas de Rosaura aumentaron desde que Jairo se convirtió en chofer del licenciado Urbano, aunque no lo confesaba abiertamente. Por una ingenua creencia, Rosaura le mandaba al patrón regalitos como galletas y un saludo: —Dile que lo he mandado a saludar, que no se te olvide, es importante, y también que a diario compro mi “cachito” de lotería.
Con pena, Jairo entregaba galletas y dulces de parte de su señora. Al paso de los meses, el patrón sentía que también conocía a la esposa, sin haberla frecuentado nunca.

La casa. A Rosaura desde niña le gustó la limpieza y el orden. Era una buena hija y una alumna aplicada; jamás dejó una tarea sin entregar, ni una orden paternal sin obedecer. Su destino la condujo hacia un puerto tranquilo y no parecía amargada, quizá un poco asustadiza. Adoraba las cuentas bien cuadradas, aunque no las complicadas. Le gustaba anotar varias maneras para sumar diez o alguna otra cifra redonda. Por ejemplo, le fascinaba la “tetrakis” de Pitágoras, esa sucesión de uno a cuatro, que suma diez, y posee varias maneras de representarse; la más famosa, como una pirámide con base y lados de cuatro puntitos. A Rosaura el diez le resultaba tan armonioso, que cuando cocinaba sumaba como si tarareara una canción: cinco más cinco y repetía; luego quince menos cinco; una y otra vez, es diez. Cuando su quehacer le agradaba decía: “tuve mi día de diez”.
A su afición le dio un sentido y anotaba cuadernos con métodos para ganar sorteos adaptándolos a sus inclinaciones. Buscaba encontrar un total de diez en los números aleatorios de los sorteos, por ejemplo, si encontraba un 10432, analizaba que los dígitos sumaban diez y entonces lo ya consideraba para apostar. Con los años juntó varios paquetes de cuadernos con apuntes y los amontonó en el fondo de un closet.
En los últimos meses, sintió que sus cálculos se acercaban a ganar un premio gordo, y en silencio empezó a sospechar que era envidiada por un ladrón, que parecía ocultarse en una casa próxima. Si tener un argumento claro no se atrevía a comentarlo con Jairo, pero cada día y a ratos se asomaba a la ventana y, a veces, miraba alejarse algún extraño con lentes negros y zapatos de charol. Así, la pérdida inexplicable de los cuadernos multiplicó sus sospechas y temores. Uno día no encontró varios cuadernos con apuntes sobre los sorteos y cálculos; ese extravío la alteró, y, por primera vez, Jairo escuchó gritos y maldiciones en casa:
—Maldita sea la gente ratera.

El patrón Urbano Garza. Abogado joven de calificaciones mediocres y sonrisa perfecta tuvo la suerte de adular a políticos exitosos. Cuando sus amigos subieron en la escala, lo invitaron a cubrir puestos cada vez más importantes. Cuando recibió el puesto de Subdirector de Sorteos y Juegos Nacionales fue un funcionario feliz. Manejaba un presupuesto millonario, contaba con un equipo profesional de subordinados que mantenían la oficina administrativa al día y, por si fuera poco, estaba exento de la supervisión de la contraloría.

Corría el rumor desde hacía varios años de que esas loterías de Sorteos y Juegos Nacionales eran el paraíso de los negocios políticos, pues sus antecesores habían instaurado un sistema sofisticado que permitía determinar de modo voluntario una gran cantidad de premios. ¿Trampa en la lotería? En algunos periódicos se habló de previsión administrativa por medios electrónicos sofisticados, pero insinuaban otra cosa. Lo reporteros enemigos del gobierno tenían otra versión, diciendo que la mitad de los premios se repartían entre los políticos del gobernante partido blanquiazul, pero era imposible hacerlo directamente, pues el escándalo sería mayúsculo. La manera de repartir los premios era a través de “prestanombres”.
Existía una amplia sospecha de que la mayor preocupación de Urbano era gastar dinero sin ser tan notorio y suplir de manera eficiente a los prestanombres cuando su superior jerárquico no se los proporcionaba. La manera usual de obtener prestanombres era entre sus mismos amigos políticos y hasta entre sus familiares, quienes cobraban los premios quedándose con un porcentaje pactado. Pero ese lema de los prestanombres se ha aplicado a cualquier materia donde el gobierno derrame dinero entre los poros del sistema. Con seguridad un sistema debe fallar, por ejemplo ¿qué los prestanombres son inagotables? Algún mal día deben de escasear, y, de cuando en cuando, hay sorteos especiales, como ocurrió con el gran premio del bicentenario de la Independencia.

El Director regaña. Según pensó Jairo, esto fue lo que debió haber sucedido antes de entrar con el encargo a la oficina de la Subdirección.
Son las ocho de la noche, la oficina de la Subdirección está próxima a cerrar y telefonea el jefe de Urbano. Está alterado y grita:
—Va tu puesto en prenda. Te dije desde hace un mes que de este sorteo vamos a apartar los dos premios mayores, y tú ¿qué me respondes? Puros pretextos. Ahí sentadote —aunque estaba parado por los nervios— en el puesto más fácil, nada de presiones. Si me fallas te mando al Instituto Indigenista.
—Pero nunca te he fallado antes.
—Yo no hago advertencias en vano.
La advertencia contenía una clave, ese Instituto había desaparecido tres años antes: era el anuncio de que jamás volverían a emplearlo en ese gobierno.
Urbano se sentó como si se desplomara y lo recibió el cómodo sillón de cuero negro. El ambiente sumaba casualidades durante la última semana y sólo recibía negativas. La lista de prestanombres se había terminado y no había opciones; los altos jerarcas encargados de enviar más habían prometido en vano, no había nuevos. Era lógico, tenían una regla, estaba prohibido repetir premios y toda la gente de confianza ya había recibido uno. Empezó a hacer dibujos en un cuaderno, para distraerse para no pensar más. Parecían agotadas sus posibilidades. Rayó más hojas con garrapatos, escribía la palabra en inglés “help” como cuando niño, y hacía garabatos sobre la misma palabra.
Jairo regresó con un panqué que encargó de última hora, el licenciado Urbano. El chofer entró con la esperanza de que el jefe se retirara; era tarde y preguntó:
—¿Le puedo servir en algo más?
—Tego un problema de alto nivel.
—Licenciado… ¿Se puede saber?
Quizá Urbano estaba acorralado, porque solía seguir las estrategias previstas y no improvisaba con temas delicados, pero una chispa de inspiración le indicó la respuesta:
—Tengo dos números ganadores para el gran sorteo y necesito quien los gane.
Después de decirlo, Urbano casi se arrepiente.
—¿Me bromea jefe? —preguntó Jairo— ¿O no le entiendo?
—Yo sí tengo el modo de ganar el sorteo.
—Y mi mujer que ha pasado años haciendo sus números, y nada que gana. Sería muy feliz si le atinara algún día.
—No importa intentarlo, lo importante es el secreto.
—¿Hay un método secreto?
—No me entiendes: absolutamente todo lo que te estoy diciendo debe quedar como un secreto.
—Ah, ya entiendo; —respondió mientras abría grandes los ojos, signo de que había sido pillado en su inocencia y se apresuró a prometer— voy a mantener esto en silencio.
—Necesito dos personas de mucha confianza y que guarden el secreto.
—Jefe: yo nunca he dicho nada de usted. Le juro que siempre he sido discreto.
—Se trata de ganar la lotería.
—¿Y qué hace uno con tanto dinero?
—El que gana, en realidad no gana en verdad. No se pueden quedar con el dinero, —aunque sintió que estaba siendo demasiado tajante y que Jairo lo miraba con incredulidad, así que rectificó— bueno, sí les toca una parte modesta.
—¿Qué tan pequeña es la parte?
—Eso es relativo, te alcanzaría como para un automóvil del año.
—Por Dios; sería buenísimo, siempre he querido conseguir un auto, y eso de que el primero sea nuevo es un sueño.
—Mi señora y yo estamos a su servicio; cuente con los dos, licenciado Urbano.
—Bueno, necesito dos personas pero que no sean casados, eso sería sospechoso.
—Mi señora y yo no estamos casados, solamente arrejuntados.
—No sé. No deben ser esposos. Pero quizá haya una excepción. Lo voy a consultar al más alto nivel, pero no le debes decir nada a nadie.

En la noche, cuando Rosaura le preguntó a Jairo el motivo de su tardanza, el chofer dudó en responder, pero su sonrisa delataba algo más: —El Subdirector ahora sí está de buenas, ya nos está considerando como de su confianza de veras. Te mandó muchos saludos y está pensando en comprarme un automóvil nuevo.
Rosaura malentendió que el patrón compraba para sí mismo: —¿Ahora qué va a comprarse?
Jairo comprendió en lo extraño del anuncio, así que dejó el malentendido y respondió: —De cualquier manera, ya creo que está apreciando nuestros esfuerzos.
—¿Nuestros?
—Pues sí cariño, está muy feliz de que juegues tanto a los sorteos, que hasta nos va a dar el secretito para ganar.
—Dios te oiga, pero no seas tan confiando de los ricos; una cosa es el respeto que les debemos y ganarnos su buena voluntad y otra ser inocentes.
—No seas dura con el licenciado, te vas a llevar una sorpresa; quizá sí ganes un sorteo —con discreción y por tratarse de una promesa de Urbano, quien ya antes había prometido sin cumplir un aumento de sueldo, Jairo no quiso dar los detalles—, quizá lo que te falta es un empujoncito para ganar. Viene uno de los mejores sorteos del año.
—Para eso juego, he estado cerca de ganar, quizá solamente falta un ingrediente para cocinar esa sopita.

Esa misma noche, Rosaura, con una sonrisa volvió a sus cuadernos de cuentas hasta que el cansancio le cerraba los párpados y se fue a la cama. Jairo se acostó nervioso y emocionado; bajo las cobijas mantuvo el silencio y un duermevela anegado de inquietudes. Se imaginaba hermosos automóviles y recordaba el baile del asfalto; con unidades relucientes y tableros de luces. Miraba el techo y pensaba. Sobre la estrecha cama de proletarios giraba el cuerpo y no descubría acomodo. Y ¿si todo era una broma del jefe? Pero parecía serio y nervioso cuando se lo dijo. Pensó e imaginó tanto hasta que cantó el gallo.

Al día siguiente, Jairo disimuló su emoción y su desvelo. No se atrevió a comentar nada con el licenciado Urbano y se mantuvo más silencioso que de costumbre. Sin preguntar nada conducía el auto para llevar al jefe a una reunión más; en cambio, intentaba adivinar en los gestos y conversaciones casuales, si se cumplirían sus anhelos.
Terminó la jornada y los sorteos se celebraron al anochecer, como era costumbre. El personal administrativo de la Subdirección no participaba en esos eventos, pero se podían mirar por televisión. Jairo anotó los resultados ganadores, porque en la televisión no se menciona a las personas, y el sistema electrónico central genera un registro de los compradores hasta que acuden las ventanillas para cobrar. Antes un manto de anonimato previo perfecto, pero en cuanto se presentan a cobrar un premio importante, ya detectados, pues además la institución fiscal retiene el impuesto legal. El otro candado surge porque los premios grandes sólo se entregan en cheques a nombre del ganador, por lo que deben identificarse con credenciales oficiales. Jairo pensó: “Por eso no cobra cada premio mi jefe, necesita de alguien más; y mientras nos reparta, por mí, aguanto los escrúpulos.”

El encargo. El jefe urbano esperó un día completo más, y le dijo con un guiño a Jairo que se debía quedar hasta tarde para hacerle ese “encargo especial”. El chofer casi se le salía el corazón con la expectativa. Por fin cerca de las ocho de la noche, Urbano lo convocó.
Si dar rodeos explicó: —Tuve que descartarte, porque sería demasiado sospechoso que un empleado directo mío cobrara un premio tan grande. De último momento me mandaron a otra persona, así que te quedaste sin automóvil nuevo —parecía que Jairo se caería, estaba pálido y abría la boca como si no tuviera oxígeno alrededor—, pero no pongas esa cara de tristeza, pues a tu señora sí la vamos a considerar.
—¿Me puedo sentar? Señor.
—Vamos, siéntate y no pongas esa cara de tragedia. Sobre el premio de tu esposa pueden tomar el uno por ciento del premio, y deja esa carita de lado. El uno por ciento es bastante, con eso te alcanza para un automóvil; aunque como ella ganó quizá no te quiera dejar nada, ja. —bromeó Urbano—El premio que encargué para tu fina esposa es de veinte millones de pesos.
Cambiaba el rostro de Jairo, saltando del abatimiento a la sorpresa, a la extrañeza y la incredulidad. Entre tantas emociones, seguía pareciendo pálido y mareado, pero el Subdirector no se preocupó más y se puso a ordenar:
—El asunto es muy sencillo, pon atención a mis instrucciones. Mañana tu mujer Rosaura acude con este billete premiado a la Dirección de Sorteos, se identifica y le entregan un cheque personal. Ahí solamente se identifica y firma los papeles donde se descuentan los impuestos. El pago neto es por diez y siete millones y fracción, que recibirá en un cheque a su nombre. En cuanto lo tenga se enfila al banco de enfrente y lo debe depositar en cuenta bancaria y si no la tiene pues abre una cuenta. Dos días después me entrega la cantidad que yo te indique, y asunto arreglado. No le puedes decir nada a nadie, ni tu señora va a hablar con nadie de este asunto. Por lo delicado de esta operación, un agente los va a empezar a vigilar de manera discreta, pero no es para hacerles mal, sino para evitar que los roben. Ya sabes cuánta inseguridad hay en estos días.
—¿Cree que sí alcanzará para mi automóvil?
—En estricto sentido no lo sé, pero se van a quedar con bastante dinero.

La reacción. Sorprendida y enojada, Rosaura de inmediato encontró un culpable del robo de sus cuadernos. Era Urbano, el patrón, quien, en lugar de responder con finura a tantas atenciones de Rosaura, enviando saludos y golosinas, mandó a hurtar el método ganador. Las piezas encajaban perfectamente: los cuadernos perdidos con anotaciones y un premio mayor en manos del jefe. Lo que Jairo creyó generosidad extraordinaria de Urbano, Rosaura lo observó desde el ángulo contrario:
—Todavía no te das cuenta, él es un perfecto canalla. No está participándonos del premio, al contrario, nos lo ha robado completo; pero ahora te hace creer que él controla el reparto de los premios a su antojo. A ver, ¿conoces algún nuevo rico a quien él le haya regalado un gran premio? Él lo dice pero no te consta ¿o sí?
—Pues no, no conozco a nadie.
—Podría ser un invento, una patraña. Lo único que sabemos: él es cada vez más rico. Ya compró otro departamento de lujo. Apenas lo estrenó, el licenciado ¿O no?
Jairo guardó silencio perplejo. Manejar un vehículo era tan hermoso, pero conducirse con las personas le parecía tan complicado; caía en cuenta que las segundas intenciones se ocultaran bajo la máscara de las acciones nobles. Dudó y sintió que se alegría se disolvía como la gota de tinta se disuelve en el vaso de agua ¿Por qué de súbito el jefe era tan generoso? La visión de un automóvil precioso que lo esperaba, se desvanecía pero el se resistía:
—Quizá no sea esa su intención.
—¡Pero cómo no te das cuenta! — Rosaura se exaltó, era la segunda vez en años que se comportaba así; su marido estaba acostumbrado a una mujer dulce y cauta, incapaz de enfrentarse con nadie— Resulta evidente, la suma de los números ganadoras daba diez y de varias maneras; no existe ninguna falla en el número ganador.
—Sí, ahora lo entiendo, siempre el número diez —sucedía al contrario de lo dicho, las cuentas para Jairo siempre fueron un enigma cerrado, aunque podía memorizarlos con alguna facilidad, mantenía una discreta aversión contra las matemáticas, y enviaba su mente a un lugar lejano cada vez que su esposa empezaba a hacer cuentas y sacaba sus famosos cuadernos— claro, siempre es el diez.
Como prueba irrefutable Rosaura puso sobre la mesa un cuaderno con anotaciones y el billete de lotería ganador. Empezó a sumar los dígitos de diferentes maneras, y le repetía a Jairo “Ya ves”.
Después de varios minutos mostrando predicciones del premio mayor en base al número diez, Rosaura volvió al tema del robo perfecto. Con un ofrecimiento bondadoso y cómplice, el jefe borraba huellas y hacía el crimen perfecto; les ofrecía una participación indigna pues tomaría el uno porcentual y hasta deberían agradecer el robo. El ladrón aparecía como el benefactor y los obligaría a mantener la boca cerrada, como si ellos participaran en una operación de corrupción política.

Concluyó Rosaura: —No podemos caer en la trampa. Sabes que no me gusta la calle y menos viajar, pero necesito cobrar el premio. Tú me vas a llevar, le pides prestado el coche a tu primo, porque no podemos huir del país en el mismo vehículo de Urbano.
—Y ¿cómo le regresamos el auto del primo?
—Luego veremos, lo entenderá.
—En Sorteos dirán que somos ladrones —y con tristeza Jairo recalcó—, sí, nosotros que somos las víctimas, nos dirán: ¡ladrones!
—El premio es mío, aquí está el billete, solamente lo cambio por un cheque y de nada me podrían acusar.
—Alguna mentira dirán y perderé este empleo que tanto me gusta.
—No lo hago por ambición, no es el dinero: fuimos robados.
—El huir es peligroso, algo me inventarán en Sorteos y no quiero enfrentar al licenciado ni a sus jefes enojados. Si huimos será declararnos culpables. Algo inventarán para acusarnos. Los directores de Sorteos, mentirán que desconocidos vaciaron las bodegas o hubo un robo, y me culparán.
—Por eso nos vamos, es mejor empacar; queda esta noche y no más… —anotó Rosaura, pero se detuvo para imaginar un destino— para apurarnos.
—Inventarán algún delito. Quizá terminemos en una cárcel, es peligroso desafiar a la gente del poder.
Rosaura no había entendido la gravedad de lo que vendría, en ese instante empezó a medir consecuencias. Separada por una mínima distancia miró a los ojos a su marido. Observó un abismo donde bailaba el miedo y la esperanza, el amor y la resignación; quedaron muy juntos, cara a cara sin atreverse a dar un paso. Una palomilla inoportuna, despertó del letargo sobre una cortina desgastada y avanzó por la sala. Afuera, la gran ciudad seguía con su agitación, indiferente a lo que suceda intramuros.
Jairo sintió que le faltaba el aire y rompió el silencio: —No estoy preparado para esto que nos trae la vida.
—Ninguno está listo para vivir —Rosaura miró al techo, como si fuera el mismo cielo—, pero si no es ahora ¿cuándo?

sábado, 5 de noviembre de 2011

TRAS LA REVOLUCIÓN MEXICANA: LOCOMOTORA FANTASMA MARFIL


Por Carlos Valdés Martín

En lo que sigue un pequeño homenaje a la vorágine revolucionaria de 1910 vista en la retrospectiva, un momento después de la tormenta...

La pusieron a dormir en el ocaso y se resistió, pues ese sueño semeja a la muerte y resonó su voz tan extensa como el país; así, resistiéndose a la anulación, agitó su entraña, pues gritaba a todo pulmón desde su edad de infante sin conciencia. Sucedía en el espacio-tiempo (dos caras de la misma moneda) del pueblo: la encrucijada de las llanuras productivas y el eco olvidado de los balazos de una Revolución negándose a quedar sepultada. Olor a establos, lejanía láctea que aún cuaja, espacio azaroso del desencuentro entre culturas fallecidas y la sangre hirviendo por el calor-fuego de aspiraciones frustradas. La fiebre del alma no termina con pastillas para el dengue-malaria-paludismo, pues las enfermedades espirituales decaen en interrogaciones sin respuesta y son peores. Las letras primarias se detienen al umbral de la escuela, mientras el campesino llano se divierte con tarros de pulque, todavía fresco por la mezcla entre Quetzalcóatl y una inundación venidera. Entonces se detuvo el tren, porque la masa popular agonizaba de tanta fiesta; hasta los obreros del ferrocarril declararon huelga antes del día de descanso y se contagiaron de soberbia (la migaja envenenada de la mesa de los millonarios). Las savias de las yerbas aromáticas inundaron el establo, como recuento de un Nacimiento cristiano convertido en otro de escala humana. ¿Y qué hacen los animales del establo cuando el campesino se levanta insurrecto? No se convierten en rebaño de silencios, como cuando hace años el sacerdote se negó a oficiar misas por demanda del lejano Vaticano, cuando destilaban mezcal para enardecer y agitar a los creyentes, convirtiendo la molicie campirana en furias cristeras.
Durante el ocaso se detuvo el ritmo de la vida, y hasta las vacas permanecieron silentes, mientras las aves (de modo extraño y harto sospechoso) se negaron a cantar su coro nocturno. La naturaleza permanecía a la expectativa mientras el astro rey insistía en convertir sus dominios en manto anaranjado y oro. Una gavilla de revolucionarios frustrados y fuera de época, muchos años después de las venturas de Emiliano Zapata (muerto abrazando la tierra) se mantuvo en silencio, montando flacos caballos (desechos de las manadas, ahora inútiles para la carga o las carreras, en herencia extraviada de una tataranieta de Cortés, el conquistador), y las miradas de una docena de hombres (los menos de ellos armados) se entrecruzaron en una interrogación colectiva. Ellos resentían que su época había pasado, ahora su causa estaba muerta y el nombre heroico de “revolución” sobrevivía en los corridos musicales, torcidos en canciones comerciales, ya listas para sonar en una (novedosísima) estación de radio. ¡Radio! Ese nombre le parecía una herejía el líder de los inconformes. La sagrada causa revolucionaria quizá estaba moribunda, pero no merecía un sacrilegio tan ofensivo, pues eso era el convertirse en una cancioncilla, juguetona y entonadita por músicos de segunda categoría. Para él (en particular) los músicos y comediantes pertenecían a la raza del diablo (esa estirpe nacida en el incesto de Caín con Lillith). La raza de la ínfima descortesía y pretensión de ganarse la existencia sin el sudor de la frente, ni el riesgo del pellejo (como el militar y el revoltoso). En efecto, para el líder las heridas sufridas durante su juventud rebelde no debían olvidarse en vano, y ya sonaba la hora para detener el sacrilegio de gente inferior y sin recato.

El cabecilla del grupo, Fortino Bañuelos explicó su plan sin caer en detalles, anunciando un esquema breve para ir al grano. Ellos tomarían por asalto la fiesta de Baldomero Rosales, el hombre más rico del lugar, quien regresaba de un viaje al extranjero y esa noche agasajaba a su hija menor. Los sublevados con sus armas azuzando a los presentes, capturarían a Nicanor Banda, el director la orquesta musical traída desde Guadalajara; luego ridiculizarían al músico en el mástil de la plaza municipal, con un cartel de advertencia. El letrero indicaría: “Acabemos la desvergüenza, viva el pueblo.” El más joven de la gavilla, un campesino todavía oliendo a magueyes tiernos, interpretó que crucificaría al susodicho y preguntó: “¿y cuanto vamos a ganar en efectivo?” El líder aclaró: “Nosotros somos revolucionarios honestos, para acabar con las injusticias, y no nos confundimos con bandoleros.”
Desde la década anterior, en México casi todo se había vuelto revolucionario o adquirido ese adjetivo. Valiente, bravo, nuevo, decidido, amplio, educado, constructivo, etc. dejaron de usarse con orgullo… sustituyéndose por “revolucionario”. Entonces, Dimas Leal (el segundo en mando) asomó una idea, pues para él “revolucionario” también significaba llenarse los bolsillos con el dinero ajeno y dijo: “Mejor asaltamos la casa de Baldomero y sacamos dinero y joyas”. En definitiva el cabecilla no estuvo de acuerdo, y volvió a exponer su plan, con más de detalles, pero la discusión no llegó a conclusiones, porque ya se escuchaba el ruido de la fiesta.

Al otro lado y tras un muro grueso, el barullo de unos quinientos invitados se mezclaba con la música popular interpretada por una banda orquestal. El muro promediaba dos metros, pero su cresta de piedra disminuía con olas descendentes cada cinco metros, así la parte baja facilitaba espiar hacia el patio principal. El grupo se apeó una cuadra antes del objetivo, agrupándose en un rincón oscuro. Contaban con pocas armas: dos pistolas, un machete y una vieja carabina. Fortino estimó indispensable atisbar primero por si se encontraban soldados entre los asistentes a la fiesta. Desde el extremo del muro se acercó con discreción, aprovechando los matorrales para divisar sobre la parte baja de la barda. Y asomando con cautela la cabeza, le sorprendió el espectáculo de damas elegantes, con vestidos largos y encajes, mezclándose con caballeros presumiendo sus casimires importados desde el extranjero. En su mente de campesino sin redención, los encajes y las joyas deslumbraban a Fortino más que mil flashes incandescentes en ataque simultáneo y sintió las piernas flaquear. A diferencia de la Batalla de Zacatecas, esos cañonazos subjetivos de los cuellos torneados y las caderas flotando entre encajes de seda satinados sí lo golpearon. Intentó resistir, pero Epifanía la hija mayor de Baldomero deslumbraba el ambiente con un traje satinado en blanco marfil, irradiando la atmósfera entera con el encanto de su luminosidad.

Desde la infancia Fortino siempre se imaginó diferente, antes sólo sentía rechazo por la alta sociedad, y en ese instante se descubrió anhelando convertirse en uno de ellos, tomando de la mano el guante recubierto con seda de una señorita educada. Ese anhelo de convertirse en lo mismo que su enemigo, emergía como una boa subiendo desde sus tobillos. Aturdido y desconcertado ante el extraño e hipnótico escenario de las damas de sociedad, Fortino prefirió sucumbir al temor y tocar la retirada silenciosa, pero lo hizo tarde. Antes de voltear la cara ya la angustia y el nerviosismo treparon por su estómago y sintió náuseas, se agachó y la oscuridad antes aligerada por una luna creciente, se volvió densa. Quizá el divino Quetzalcóatl sometido al influjo del pulque también sufrió un acceso de debilidad, y si un dios caía bajo el efecto del embrujo ¿qué defensas sostienen a un incipiente caudillo ante el glamour de las damas de alta sociedad?
Intentó resistir la penumbra, pero entre la vereda, un agujero se ocultaba; así, en plena retirada, le atrapó un pie y tropezó de bruces. Un golpe seco y luego intentó dos traspiés, para terminar entre los arbustos. Al menos, la caída no fue ruidosa, así que disimuló para mantener su prestigio. La soledad de los caudillos es enorme: carga sobre su espalda rocas imaginarias y cuando sus fuerzas enteras apuntan en contra de un molino de viento, los atacan tigres imaginarios, para derrotarlos mediante el humilde vacío de un agujero escondido. Entre los matorrales, Fortino ideó un pretexto para esa huida con tropiezo y se inventó diecisiete soldados imaginarios custodiando la fiesta, cuando todavía no observaba si había enemigos armados o ahí estaba desguarnecido. Pero el tobillo le dolía y el flujo magnético del high society provinciano lo perseguía.
Se incorporó y disimuló su dolor, pisando con calma, como si su extremidad nada le importara. Al menos, la sensación física le ayudó a escapar del magneto fluyendo desde las damas de apariencia aristocrática, pero eso no le ocultaba la conciencia de una derrota, ahora lastimado y frenado sin atacar.

Con sigilo (ante el mundo) y disimulo  (en el fuero interno) comunicó a sus hombres el fracaso del plan, mandando la señal de dispersión; aunque también ordenó que antes abrieran la botella de mezcal que reservaban para celebrar su triunfo. Un efluvio de hierbas ácidas parecía escapar por la boquilla de la botella, y sin el trámite de los vasos, Fortino fue el primero en beber. La gavilla entera, juntando un semicírculo, se apretó codo a codo para apurar cada quien un sorbo directo del líquido quemante. El licor ardiente atrapaba la lengua y corroía la garganta, para dejar su anestésico recuerdo entre las papilas. En un juego convenido de bravura, la botella no se detendría hasta agotar el líquido, mediante una ágil ruleta de un trago directo por vez. Luego de cada buche un “Agh” discreto para indicar el gusto quemante y a coro una risita colectiva.
Con la botella vacía y los humos etílicos en el cerebro, Fortino despidió a sus valedores. El alcohol tardaría unos minutos en surtir su efecto y el cabecilla recargó la espalda en la pared para mirar alejarse a sus camaradas, entre la penumbra. Volteó el cuello hacia arriba, para comprobar que la noche no había caído por completo, en el Poniente se conservaban líneas anaranjadas, mientras la luna colgaba al extremo opuesto de la bóveda. Extraño espectáculo de dos dioses celestes dispuestos a compartir un mismo escenario, mientras la neblina mental del líquido de fuego se juntaba para disimular la polvareda emotiva del cabecilla. Conforme el mareo sustituía a la claridad, las sensaciones corpóreas desaparecieron de Fortino, y comprendió que el agujero (“¿la Voz de la tierra o un hoyo de una tuza?” se preguntó) era un recurso para disimular la derrota de un guerrero ante lo incomprensible. La casona metamorfoseaba en fortaleza inexpugnable, la barda tan bajita que parecía y fácil de saltar, pero un magnetismo la protegía (¿de dónde viene el resplandor de las damas de los potentados?). Quizá por eso la Revolución terminaba en un callejón sin salida. Antes el régimen de Porfirio Díaz, con la metamorfosis del nativo oaxaqueño en daguerrotipo de aristócrata francés, evocaba lo peor de dos universos y la colisión entre imposibilidades: la piedra convertida en ídolo humano y el encaje vistiendo las pretensiones del corazón desamparado.

Recordó su condición de líder. ¿Por qué cautivó a ese puñado de seguidores? No se distinguía por costumbres ni apariencias, sino por una tensión interna, dispuesta a lanzarse en el instante de máximo peligro, como sucede con el Águila y la Serpiente. Perdió el miedo entre los tiroteos revolucionarios y mantenía su apego a las pequeñas certidumbres. Y le importaba mantener ese pequeño pedestal como jefe de una gavilla inexperta, todavía sin ningún enfrentamiento y aún desconocido entre sus futuros enemigos. No aceptaba perder su pedestal, debía recuperar su confianza, su fe en que la valentía desmedida lo lanzaría hacia una vida extraordinaria.

Con la cabeza revitalizada con vapores que rompen las trancas terrenales, Fortino decidió adquirir un asiento privilegiado para admirar a las damas de la fiesta, y en especial a Epifanía. Si bien estaba derrotado esa pérdida debía ser transitoria, al menos Fortino se convertiría en un ojo supremo, cual espíritu santo colocándose sobre un pesebre. Justo, en la parte trasera de la fiesta quedaba el establo, y bastaría un sigiloso rodeo, para salvar el muro desde atrás de la construcción. Un viejo cobertizo de madera funcionaba como establo, y refugiándose entre la oscuridad y olores de las vacas, tras los tablones mal pegados, Fortino estaría en condiciones de un observador perfecto. En su travesía solitaria, rodeando por atrás la casona de la fiesta, se encomendó repetidamente al Niño Dios, pues la inocencia protege a la astucia, según dictó la superstición.

La travesía le hizo bendecir los efluvios del mezcal, pues una alegría incontenible empezó a sustituir esos sentimientos insoportables de los minutos previos. Al deslizarse entre los tablones y quedar encaramado entre la oscuridad del establo, él restableció su identidad de pendenciero, volvió a recordar su venganza contra las humillaciones continuadas. Esas humillaciones venían de lejos; desde la más tierna infancia, y no recordaba un evento único, pues no era la pobreza, sino un continuo y permanente ser devaluado; los de Abajo representaban una especie de basura lanzada entre las sobras del campo.

En la situación presente los humores de animales no le molestaban, conforme a la costumbre de trabajar entre caporales y jornaleros, así que se concentró en descubrir el parapeto perfecto para observar el efecto magnético y resistirlo hasta recuperar el control. Mirar líneas de belleza en lugar de damas completas le pareció una buena idea, y hasta le causaba una gracia enorme, pues alejándose unos centímetros la visión se reducía a filones de imágenes custodiados por los gruesos maderos, y acercándose se ampliaba el campo de visión. Mantenerse viendo delgados filones de imágenes, custodiados por los tablones burdos le causó más gracia y entonces empezó a reír en silencio.
Por suerte, el ruido musical de la orquesta visitante ocultaba la risa tonta de Fortino, de lo contrario lo descubren por sus resoplidos. Luego de la risa emergió el bienestar y se animó a mirar más en detalle aproximando los ojos entre las rendijas de la madera.
Y volvió a suceder, el magnetismo del vestido marfil de Epifanía destellaba entre la multitud del jolgorio. Era sorprendente que los visitantes no reverenciaran a la señorita y se colocaran de rodillas, según en criterio del observador. No era la cabellera negra, con jaspes brillantes, ni el sonrosado de las mejillas, ni el carmesí de los labios sonrientes, o el nacarado de los dientes, pues parecía que una fuerza sobrenatural se condensaba en el vestido y una lluvia de flashes se desprendía desde la distancia. Y el gavillero cerró los ojos con intensidad, mientras el cuerpo era sacudido por un calambre indefinido. Fortino sintió que el suelo temblaba y se arrojó al piso para no caer. Abrazó la tierra húmeda y sucia, esperando el confort de un planeta grande y abrumador, y logró refrescarse con el suelo, al menos, sintió frescura. A la distancia, parecían surgir hilos de plata líquida entre las fisuras de la madera, entonces temió que la presencia del vestido de Epifanía lo abrumara por completo, así que evitó asomarse. Y tratando de serenarse giró hasta colocarse boca arriba para mirar la negrura del techo.

Intentó recuperar la calma, entonces logró estabilizar su malestar y lo precisó: ese vestido era culpable de su derrota. La venganza del pueblo contra el músico resultaba secundaria, ahora el ropaje marfil satinado debía quedar atrapado para terminar con su magnetismo. Sintiendo que el suelo se movía, como le platicaron que se movían los barcos, fue urdiendo el plan para robar ese vestido y quemarlo en un acto solemne, que castigara la impudicia de los ricos y reivindicara a los humildes. La química deteriorada del mezcal hundió a Fortino bajo un sueño profundísimo, y no se despertó cuando el último peón, el más flojo y atrasado, trajo siete vacas a reposar entre la oscuridad desatada del establo. Las vacas no se inquietaron con el bulto inmóvil del gavillero y se acomodaron a su alrededor. Al principio tímidas y luego con placidez, dos vacas pardas se acomodaron sobre el cuerpo del inocente Fortino, así, su tórax quedó comprimido bajo un “recargón” casual, entonces causa de una devastadora asfixia que duró hasta cuando el bovino sintió incomodidad y desplazó su mole.

Al amanecer, los jornaleros se consternaron por el lugareño inerte, yaciendo entre las vacas del establo. Una mezcla del licor descompuesto y una asfixia parcial dañó la materia gris del lóbulo frontal de Fortino, impidiéndole comunicarse con el exterior, atrapado sin palabras ni movimientos voluntarios. El cuerpo del cabecilla permanecía pasivo y flácido, únicamente la mirada revelaba algo de vida, entonces cuando pestañeaba con insistencia, pero sin expresar emociones, los peones se acercaban esperando su reanimación. Así, por la curiosidad se reunieron los trabajadores del establo y de la milpa cercana, entonces el primer peón que lo examinó lo dio por muerto (“el bulto permanece y su alma se perdió”, dictaminó basado en la experiencia); el segundo en mirarlo y olerlo con cuidado dijo que “ese” estaba inconsciente por la resaca del alcohol; el tercer vaquero, se santiguó y murmuró “Esto es un fantasma.” Con calma observaron su ropa, sucia pero escogida para una ocasión especial, como si perteneciera a un charro elegante mostraba dibujos bordados, con temas semejantes a ejercicios caligráficos. Y con la piel tan lívida y mezclada con un púrpura de asfixia, no daba la apariencia habitual del vecino Fortino, sino la de un cuerpo descargado desde una batalla y luego perdido en un rincón campirano. Su aspecto extraño, semejaba tanto una tragedia como un milagro, así que en lugar de revivirlo, los peones se preocuparon por acicalarlo. Lo envolvieron con cuidado en un sarape para transportarlo hasta la capilla cercana y consultar con el sacerdote. Y el fraile Anselmo no aceptó recibir tan triste cargamento pues él no estaba para certificar milagros, sino para atender sus rutinas religiosas, pero recomendó a los peones que limpiaran perfectamente, pues no era agradable acercarse entre la tierra y los restos de las reses . Las recomendaciones sacerdotales fueron seguidas con velocidad y tino, así que rápidamente el cuerpo de Fortino fue lavado y vuelto a vestir con ropa pulcra, para colocarlo sobre un petate (textil tramado de fibra de palma, dispositivo cómodo en esa región) y en mitad de una choza desocupada.

El cuerpo posando sobre el petate daba señas de vida, pues respiraba y pestañeaba con insistencia. Los peones alborotados por la inusitada persistencia del "ni-vivo-ni-muerto" y satisfechos por su trabajo de aseo, invitaron a ciudadanos notables para obtener consejo, que sin involucrarse acudieron con el acicate de la curiosidad. En la tarde, avanzaba una curva serpentina de fisgones formados quienes esperaban reconocer la identidad del inerte. La fila se deshizo por un momento para dar paso al jefe político, quien se quejó amargamente de la indumentaria tan impropia del colapsado y exigió a su secretario que consiguiera ropa de etiqueta, pues no fuera a suceder que visitantes foráneos desprestigiaran a ese pueblo, debido a la vestimenta charra del desconocido.

Para la tarde ya estaba vestido el cuerpo (casi evocación de cadáver) con una camisa blanca y una levita negra, hasta colocaron el sombrero de bombín a un lado, pues resultaba imposible dejárselo montado en la cabeza mientras siguiera recostado. El detalle de una corbata negra de moño (conforme a la moda elegante) dejó extrañados a los peones. Al enterarse de que la gente sencilla insistía en esperar un milagro, el sacerdote envió a tres beatas ante la puerta de la choza para que rezaran el rosario continuamente y solicitaran limosnas para reconstruir una capilla.

En la improvisada fila se entremezclaron lugareños y visitantes. Por el conjuro de la fiesta del día previo el panorama de tantos visitadores resultaba inusual. Al ojo parecía una fila de carnaval, uniendo como cuentas multicolores a los aires urbanos y los terrones bucólicos. Entre ellos destacó Nicanor Banda, el director la orquesta, por completo ignorante de su buena suerte, como si a los dones del artista se sumara un ángel custodio para su protección.

Cuando terminó su espera en la fila, Dimas Leal reconoció a su socio de correrías, y quedó consternado por la semejanza con un fallecimiento y quizá también el presagio de su propio final. Se mantuvo en silencio, convencido de que la parálisis de Fortino dibujaba el mapa del desmoronamiento de sus anhelos (de justicia o avaricia, según fuera el caso) o el anuncio del próximo castigo (de la gavilla). Y al salir de la choza se dirigió hacia su casa para juntar sus escasas pertenencias y emigrar rumbo al Norte, más allá de las fronteras, para hundirse en un horizonte misterioso.

Al caer el Sol en la choza apareció Epifanía (la resplandeciente, hermosa y dueña del vestido deslumbrante) y también arrastró aroma herbal en efluvios del atardecer. Cuando ella se aproximó a Fortino, tuvo la impresión certera de que los ojos del paralizado se cuajaban de rocío. Ella acercó su albo rostro al del Fortino, mientras un rayo de sol se colaba para rebotar en la sien de la cabeza recostada. Entonces continuó el milagro en lo hondo de la cavidad lagrimal, que vibró como si la chispa de una idea emergiera desde lo profundo de esa mente atrapada en una prisión de carne. Luego de ese extraño eco, una lágrima terminó rodando por las mejillas rígidas, formando la curva de dos rieles de cristal acerado, indicando la línea paralela (tan sólida como brillante) del ferrocarril. El espíritu líquido escabulléndose en la lágrima de Fortino, multiplicó su espacio para definirse como los rieles férreos y sólidos; entre los humos del atardecer, el espacio-tiempo volvió a avanzar, mientras coagulaba una enorme y rugiente máquina de ferrocarril. El fallido caudillo imaginó que esperaba a sus correligionarios, pues ellos debían regresar para inventar otra sublevación contra los enemigos del pueblo, pero sus seguidores nunca acudían. Sin embargo, en su espléndida visión el tren de la Revolución rugía impaciente, lanzaba humo indicando que la marcha regresaba hasta los campos de batalla de un Vámonos con Pancho Villa, y el cronómetro del maquinista seguía el ritmo enloquecido del futuro incierto. Compadeciendo a los compañeros ausentes y restablecido en su orgullo Fortino imaginó un pie en el estribo y con un gesto de su mano crispó un puño, tal como se despidieron los dioses prehispánicos de sus Conquistadores. Sobre el ancho de una cicatriz histórica la locomotora marfil avanzaba, mientras el caudillo en ciernes mantuvo paralizada (moribunda, impotente) la vista al frente, para no mirar hacia atrás y convertirse en estatua de sal cuando el viento secara las últimas lágrimas de la Revolución extraviada.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

ENCUENTRO NAVIDEÑO CON UN SEDIENTO


Por Carlos Valdés Martín

Cuando Nicanor vio con tristeza cómo su preciado regalo se hundía en un charco lodoso, retumbó en su cerebro una frase de su señora, cuando días antes le gritó: —Esta es tu última oportunidad—. Aturdido por la caída y ese agrio pensamiento, estiró la mano y jaló el aire hacia él como si pidiera que regresara su alegría. De reojo miró a una mujer furiosa, pero ya no le importaba y siguió mirando su pérdida.

Nicanor había decidido regenerarse y mantener la sobriedad, no sólo por la insistencia de su esposa, también para ganar sentido de dignidad ante su hijita. Antes, durante unos días delirantes, gastó hasta el último centavo y amaneció tirado en una sucia esquina, tembló por su debilidad: una que antes no sospechó. Su esposa gritó y lo amenazó con el divorcio, así que el lunes en la tarde asistió a una junta de Alcohólicos Anónimos y ahí juró mantenerse sobrio “sólo por hoy”, pero en su interior el objetivo era más preciso: una semana para alcanzar la cena navideña, símbolo de la reconciliación familiar. El martes en la mañana su compadre, el Toluco lo puso a prueba como cobrador del microbús y logró adaptarse. Esa oferta era bajar de nivel, pero no había más opciones. Cobró por día y regresó directo al departamento, aunque Rosa no le hablaba ni le preparaba nada para comer. El miércoles en la tarde, cuando él regresó sobrio y con olor a cientos de kilómetros de la gran capital, Rosa lo había perdonado, y en la gratitud de la reconciliación, Nicanor prometió regalarle el pavo para darse un banquete. El jueves, antes de volver a casa, se asomó al supermercado y observó los precios con preocupación: no había calculado el costo de cumplir su promesa. Con tristeza comprobó que no tendría suficiente dinero para el sábado, la gran noche de la cena. El viernes en la mañana intentó pedirle al Toluco prestado, pero el amigo sospechó que Nicanor volvía a malas andadas, y se negó: —¿No puedes aguantar sin embriagarte? Recuerda en lo que pierdes si vuelves a atragantarte con una botella más—. Y, aunque el regaño no era justo, Nicanor bajó la cabeza para no enfrentarse con el compadre y benefactor.
La tarde del viernes surgió una esperanza, cuando el supervisor de los microbuses recordó que vendía boletos para una rifa con motivo de la Navidad, y cualquier número costaría pocas monedas. En su mayoría los conductores no estaban interesados, pues ya habían comprometido su cena. Ante el desaire, el supervisor puso una cara de tristeza que resaltó su cicatriz en el pómulo derecho. Nicanor sintió que encontraría una gran oportunidad, pues con escasos participantes suben las posibilidades para ganar una rifa, y adquirió varios boletos. El sábado Nicanor trabajaría sólo medio turno y luego presenciaría el sorteo.

La señora Eloísa de Cataño era una esposa atractiva y dinámica, dedicada por entero al hogar y reconocida por las magníficas fiestas que organizaba en la casona de su marido. Ese año había sido malo en los negocios de él, y con doble motivo ella organizó una fiesta, para conjurar mejores tiempos y volver a ser el centro de los comentarios favorables. A sus amistades les anunció con un mes de anticipación: la cena, en vez de familiar, se convertía en un evento social. Como la situación lo ameritaba debió buscar ahorros para lucir y modificar los temas navideños del año anterior. La zona comercial del centro de la ciudad era ideal para conseguir a buenos precios para un nuevo juego de manteletas, especias importadas, dátiles cristalizados y hasta adornos para redecorar a imitación de una revista. Ese año fue muy malo en relación con sus hijos, que transitaban por adolescencia insoportable, y en cualquier tema le llevaban la contra y las calificaciones escolares estaban por los suelos. Su marido la recriminaba por su educación tan “consentidora” con los retoños y se ponía más bravo contra ella si, a su vez, los hijos le desobedecían o reprobaban en la escuela, lo cual sucedía a menudo. Además desde hacía medio año que Eloísa no conseguía una doméstica habilidosa. Y qué decir de la actitud de su marido, cada día más abúlico en la cama, a niveles tales que sospechaba de alguna infidelidad; pero ella no había encontrado nada en concreto, por más que revisaba en los cajones, bolsillos, portafolios y hasta en el celular del marido cuando se dormía. Esa mañana el marido se comportó hiriente, tirando el desayuno a la basura, porque los huevos fritos no habían quedado a su gusto. Eloísa estaba pensando: “¿Y eso de los huevos es mi culpa? ¡Claro que no! Esta doméstica cuando entró conmigo juró por la virgen que sabía cocinar y, nada fue cierto, ella no quema el agua porque no se puede; cuando no quema un guiso, lo deja crudo. Y qué vulgar manera de responder, siempre saca un pretexto y amenaza con renunciar; menos obedece, no hace caso. Nada más que pase esta gran cena, para que recoja el tiradero del domingo, y no pasa después del lunes: la pongo de patitas en la calle.”
Era admirable la habilidad de Eloísa para moverse en una acera tan transitada, entre vagos y compradores; ella cargando cuatro bolsas con adornos, dos cajas con regalos y hablando por celular. A veces trastabillaba por las zonas de acera húmeda, pero sin preocuparse del mal paso, se detenía a preguntar los precios de artículos que no compraría, pero sentía curiosidad y quizá regresaría en la estación de las baratas. La multitud se agolpaba en la zona de tiendas, buscando un último detalle de la cena familiar o un regalo. La decoración acotada de Santa Claus rojos, pinos con esferas, renos, estrellas plateadas, tiras de luces y enanitos alegraba ambos lados de la avenida. La noche anterior de lluvia dejó charcos y un aire frío, aunque ya había sonado la campana del mediodía. Los vehículos frenaban, aceleraban y daban bocinazos, y los peatones esperaban el paso en las esquinas, mientras el viento fresco arrastraba nubes grises que dudaban entre la amenaza de más lluvia o liberar al sol definitivamente.

Al mediodía el supervisor anunció la rifa. Había siete pavos gordos y congelados, además de unas botellas de importación y charolas grandes con dulces. La rifa se hacía frente al pequeño local de lámina de la agrupación de chóferes y Nicanor, escondiendo su alegría, observó que sólo se congregó un puñado de asistentes. De su dinero apartó sólo lo suficiente para regresar a casa y con lo demás compró boletos. Una alegría expectante surgió cuando el supervisor explicó que se entregarían todos los premios entre quienes asistían con boleto, pues los productos fueron un donativo de la sección corporativa. El acto del sorteo duró unos minutos y al finalizar Nicanor pensó “Hice el negocio de mi vida”, cuando recibió tres premios: un pavo enorme, un whisky importado y una charola con dulces.
La botella no la llevaría a su casa, conque la regaló al supervisor, quien gustoso la abrió en ese mismo momento y obligó a un brindis con los presentes. La euforia y la gratitud por obtener los premios impidieron a Nicanor rechazar el brindis. Con estricto cuidado, casi temor, Nicanor bebió el contenido de medio vasito de plástico y sintió un fuego alegre bajando por su garganta.
Antes de retirarse obtuvo permisa para una llamada telefónica desde la caseta del local de chóferes y comentó: —Ya conseguí un pavo grandote, vamos a tener una gran cena—. Aunque la esposa se mostró contenta le dijo que era complicado y tardado hornearlo, pero que la hacía muy feliz que cumpliera una promesa.
Antes de cargarlo miró bien su trofeo, una pieza completa con piel y escarchas, recién salida de un refrigerador portátil; la piel blanquecina estaba cubierta sólo de una redecilla, culminada en un eslabón de metal; al centro una etiqueta de plástico con el nombre de la “Granja Bonanza”. No lo recibió en una bolsa que lo protegiera y facilitara el llevárselo, pero consiguió un plástico que usó para cubrir, a medias, esa carne. Cuando se alejó con sus trofeos recordó que su mujer poseía un olfato perspicaz y percibiría el tufo del whisky. Imaginó que su maravillosa suerte sería arruinada por ese olor, entonces optó por gastar un par de horas paseando para asegurarse de borrar las huellas olorosas del alcohol, y, así, se dirigió a la zona comercial.

Decidió caminar varias cuadras hasta un sitio donde recordó anunciaron una nueva exposición navideña. Conforme caminaba se dio cuenta de lo pesado del pavo y el molesto problema de recargar sobre su cuerpo el bulto congelado. La dificultad no era sólo por eso, sino que era un animal voluminoso y estorbaba. Podía cargarlo en dos posiciones básicas: subirlo a la cabeza o mantenerlo al frente cubriendo el pecho. En la cabeza era muy molesto, por el frío y el olor. En el pecho no lo aguantaba más allá de una cuadra, mientras las manos sudaban por el peso y se entumían por el frío. Además ocupaba una mano para cargar una bolsa con la charola de dulces, por eso debía buscar constantes variaciones sobre la posición básica, a ratos bajaba las manos y a ratos subía al bulto hasta la cara. Pasar más arriba o más abajo, poner al lado derecho o izquierdo, conforme avanzaba; en fin, hacer cambios con el bulto. Se detenía con frecuencia, tomaba ánimos y la lucha contra el pavo se volvía entretenida; entre susurros Nicanor le apostaba al pavo que lo cargaría otra cuadra más y ganaba cada vez con más dificultad. Él era de complexión delgada y nada robusto, empero su costumbre de trabajar en la calle, subir y bajar de las unidades de transporte, fortaleció sus manos y tendones. Perdió la cuenta de las cuadras avanzadas, el sudor fluía bajo su suéter, y cuando llegó a la zona comercial se entretuvo con los alegres aparadores con adornos navideños. Añoró su infancia cuando lo que celebraban era el Día de Reyes. Pensó: “Al diablo con la exposición navideña, con un par de cuadras curioseando y ya me enfilo para la casa, cada vez pesa más este bulto frío.”

Eloísa recordó cómo, justo después del desayuno, la vecina Jenifer le habló y dijo en tono misterioso: —Ahorita no te lo puedo decir todo, hay pájaros en el alambre, pero ya descubrí las maquinaciones de tu maridito; el maldito no se la acabará con lo que vas a saber…rrrr— y siguió pronunciando la “r” como si estuviera trabada. Luego se rió. Era la vecina más chismosa del fraccionamiento residencial y colgó prometiendo llamar al día siguiente. Entonces Eloísa siguió pensando, si aquella descubrió la infidelidad de su marido, y especuló un poco sobre cuál era el mejor abogado para conseguir el divorcio, pero a quien conocía mejor también era amigo de su esposo, así que buscaría otro litigante. Mientras pensaba, Eloísa siguió mirando los aparadores, y consideró que faltaba algo; buscó de su bolso la lista de pendientes, y, en efecto, todavía debía conseguir una “serie” de lucecitas, unas rojas y otras multicolores, para que combinaran con la puerta frontal de la casa. A sus treinta y cinco años Eloísa se mantenía esbelta, cuidaba su figura, la pantorrilla con un tono dorado debía lucir entre la bota de piel importada y la falda ligeramente arriba de la rodilla. Se detuvo un instante y ante un aparador grande aprovechó para comprobar su figura y el vestido floreado “verdeamarelo” —como suena en Brasil—, que combinaba con las botas, el cinto, el bolso, los aretes y hasta el color del cabello. Le gustaba lucir perfecta, aunque estuviera en la zona de los pobres, pues procurarse bella el parecía importante, recordó: “Una nunca sabe si aparecerá de pronto una conocida.” En eso advirtió cómo la miraba un vendedor de loterías, varón bajito y sin atributos; el descarado le miraba con fijeza las pantorrillas y hasta parecía que soltaba baba por la comisura de la boca, y no en sentido figurado, sino estricto. Qué situación tan molesta para una señora de sociedad: el lotero asomaba una barba entrecana y medio crecida; y, si no fuera por su actitud humilde, agachada y sucia, aseguraría que ese era un truhán dispuesto a atacarla. Sonó el teléfono, Eloisa lo sacó de la bolsita, pero oteando que no se acercara algún desconocido por la espalda, mientras torcía la mirada atrás, de súbito dio la vuelta en la calle de Floresta, intentando alejarse de una mala presencia.
Nicanor cargando el gran pavo, giró con lentitud mientras curioseaba el paso de un Santa Claus que esquivó arriesgadamente un camión al cruzar la avenida. Giró desde la calle de Floresta y de frente cambio de dirección de Eloísa, quien lo arrolló. Chocaron las bolsas de compras contra el gran pavo. Nicanor se espantó y aflojó las manos, resbaló el bulto y su gran pavo cayó, rebotó en la acera y terminó en un chaco hediondo. Eloisa trastabilló, soltó sus paquetes de compras hacia enfrente y lanzó un grito agudo, diciendo “ayyyy”; pero ella era ágil, tocó el suelo con las manos y evitó caer de bruces. Ella sintió una agresión, como si el lotero libidinoso la hubiera tacleado, y empezó a proferir maldiciones: —Estúpido, bandido, abusivo, ya te las verás conmigo, crees que estoy manca, pero no te la vas a acabar—. Blandía un pequeño bolso de cuero y cual embravecido David, dominó a Goliat, con certeros mandobles atinaba en el pecho y los brazos de Nicanor, quien no sentía dolor sino más aturdimiento y seguía mirando hacia el charco estirando los brazos, sin comprender. Los curiosos los rodearon y Eloisa siguió gritando y lanzando su bolso contra Nicanor; hasta que, en segundos, un policía acudió manoteando y sonando su silbato. Esa irrupción aflojó el brazo de la mujer, mientras sin preocuparse del gendarme silbante, Nicanor se arrodilló hacia el pavo y lo tocó la única cresta que todavía no se hundía, y lo hizo con miedo, como acaricia una monja a un moribundo. Al sentir Eloísa que no era agredida y como su supuesto atacante estaba en posición de vencido, dejó de agitar el bolso, pero siguió voceando insultos sin ilación, y los curiosos de alrededor se acomedían para recogerle del suelo sus paquetes, la charola con dulces y su celular.
El policía, desganado pues permanecería veinticuatro horas de guardia en esa zona, preguntó si ella quería acudir hasta la Delegación Policiaca para levantar el acta legal y castigar al supuesto agresor. Nicanor volteó la cabeza anta la palabra “agresor” y abrió al máximo los ojos temiendo un problema. Eloísa respiró profundo, buscó un espejito en su bolso mientras pensaba en sus opciones; con el puro tacto encontró el espejo, y respondió: —Que este imbécil le agradezca a su media madre que no tengo su tiempo para perderlo. ¡Hoy brindo una gran cena de Navidad y me largo de aquí!

La señora se alejó sin despedir para dirigirse de inmediato a su residencia, mientras mascullaba uno que otro insulto. Nicanor siguió arrodillado mientras le daba una brevísima explicación al uniformado: —Fue un choque sin intención. Mi pavo es grande, lo he cargado desde la terminal de microbuses, y vea lo que pasó—, se lamentó mientras señalaba con los dedos.
Aunque por una amabilidad automática le tendió la mano para levantarlo, al policía el caso ya no interesaba y, como despedida, dictaminó: —Qué charco tan grande, todavía cabe ahí media persona.
Nicanor pensó que su esposa no perdonaría lo sucedido con el premio y se dijo: “Al menos quizá quedó intacta la charola con dulces.” Pero miró alrededor y había desaparecido. Permaneció de pié y alelado, observando con asco el charco hediondo, hasta resignarse ante otra esperanza que se le hundía sin remedio y, desconcertado, sintió una sed de alcohol quemando su corazón.