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sábado, 21 de julio de 2012

PLATA Y PETRÓLEO: RIQUEZA PLENA COMO IMAGEN DEL DESTINO NACIONAL



Por Carlos Valdés Martín







La imagen de alguna fuente misteriosa y plena de riqueza como sustento y destino de la nación ha marcado a México desde la Conquista.



Una riqueza sin límites, desbordante, pletórica… sin embargo expropiada, apartada y monopolizada por unos cuantos, que, para colmo de males, suelen ser extranjeros, extraños, mercenarios, vende patria. Una emanación del cuerno de la abundancia, suficiente y bastante que no llega a los hijos, sometidos a una perversa injusticia, siempre hambrientos y pobres. Esa fuente de riquezas difícilmente imaginable se prefiguró en la mente de los conquistadores, que avanzaban hacia tierras ignotas con la esperanza de un golpe providencial, que de soldados los convirtiera en grandes príncipes y potentados.

Las narraciones indican que Colón solamente prometió las especias y un comercio floreciente, pero ya tomadas las primeras islas en el Caribe, empezó a crecer una fiebre del oro entre los conquistadores. Para los exploradores el sueño se convirtió en convicción e idea fija, buscaban obtener riqueza rápida y a manos llenas. La noticia de la lejana Tenochtitlán —“ciudad de los palacios” que dominaba el altiplano de Anáhuac— se volvió un imán y reforzó la idea de una riqueza en espera de sus saqueadores. Para explicar su ansia por el oro, los conquistadores dijeron a los indígenas que ellos padecían una rara enfermedad que únicamente se curaba en presencia del metal amarillo. Sin embargo, el oro codiciado no estaba dispuesto en las cantidades que pretendían Hernán Cortés y sus huestes. Por la misma razón que para los americanos solamente representaba un adorno curioso y no un vehículo de la riqueza universal, el acopio de tesoros metálicos no se conocía . Los adornos de joyas, por abundantes que fueran, resultaron mínimos contra la exigencia conquistadora. Si tomamos la medida de la ambición externa, la conquista del altiplano mexicano fue una decepción, que se compensaba con un territorio enorme y con población diestra que se explotó de muchas maneras.

Con el paso de los años, la fantasía colonial de filones de metal precioso se descubrió como una realidad de plata. La tierra de Nueva España resultó avara en oro pero generosa en plata. El metal blanco resultaba de suficiente valor y utilidad como para restablecer el ensueño de una riqueza fabulosa. Extraño efecto de sustitución o vicario, que trajo un metal distinto, que fue la pieza clave para integrar la máquina de circulación: las monedas del mundo tuvieron el cuño de la Nueva España, y el imperio universal de los Habsburgo se convirtió en el protagonista. Juego de espejos, donde las expectativas se sustituyen: de la búsqueda de las especias de la India, se salta a la búsqueda de oro (y su mito de El Dorado), para aterrizar en las minas de plata de Nueva España y Perú. Desde el punto de vista de la representación, oro y plata son un par del metal valioso, si bien el oro vale más y posee mayor prestigio, la plata cumple la misma función en la economía y la imaginación. En particular, la minería de plata otorgaba un producto de valor concentrado que se podía mover por un mercado mundial creciente. La plata se colocaba en piezas o se acuñaba, con la ventaja de que la acuñación daba más certeza en los cambios. Ese metal acuñado se movía hacia los remotos rincones del mundo, y el mineral de las minas mexicanas se dirigía tanto hacia el Oriente, por la vía de la Nao de la China, como hacia Europa con los tributos al Rey y las compras de mercaderías. La colonia vive de un complejo sistema de explotación y producción, donde las haciendas se extienden en los rincones y se adaptan a los diversos climas, mientras las ciudades pequeñas se las ingenian en la artesanía y el comercio, mientras las capitales concentran el poder político y el gran comercio. El sistema económico colonial es de jerarquías complejas, atada a una cúspide lejana, sometida a un Rey que permaneció siempre ausente.

El tema de la plata no ofrece la imagen de una jerarquía sino de un privilegio: la cosa valiosa en sí, reverenciada por los diferentes estratos del sistema. De ahí crece su leyenda y nostalgia, la noción de un producto de extraordinario valor que coloca a la colonia en una posición envidiable, pero que no sirve a sus simples súbditos provoca una ausencia: la riqueza está ausente de esta tierra. A falta del bien material, existe una compensación, y la Iglesia impone una salida al cielo y también una obligación legal. Era obligatorio ser católico, y ante el panorama del valle de lágrimas, era un consuelo el credo católico, esperando una recompensa celeste. El cielo y la plata se hermanan como sustancias del más allá (el metafísico y el materialista), que se mantendrán en las aspiraciones colectivas durante la Colonia, y luego de la Independencia se conservan en modalidades distintas. La contradicción entre regiones ricas y sus propios pueblos miserables resulta incomprensible y odiosa para la visión superficial.

La historia colonial y postcolonial del mundo fue contundente y repitió la misma situación: las regiones ricas por naturaleza generaban pueblos miserables. Este efecto de contragolpe de la situación de riqueza natural (plata, otros metales, plantaciones, petróleo…) se repitió sin descanso durante siglos, y su efecto parece amainar y bajar en intensidad, aunque no ha desaparecido. Esta paradoja entre tierras ricas y poblaciones pobres la señaló con insistencia la teoría económica del colonialismo y neocolonialismo, atribuyendo este efecto a las colonizaciones rapaces, a la explotación capitalista, al imperialismo, al intercambio comercial desigual, a las relaciones inequitativas entre centro y periferia. De este efecto hizo una brillante descripción Galeano en Las venas abiertas de América Latina, donde recuenta de esa paradoja: naturaleza abundante y población miserable. Un catálogo breve de esa descripción: mineros de la plata y azogue en México y Perú; esclavos negros en las plantaciones de azúcar del Caribe y la tierra firme; la Pampa ganadera (con su periodo de auge) y gauchos desplazados; los mineros del estaño de Bolivia y sus pulmones con silicosis; etc. Sin embargo, Galeano y los teóricos del colonialismo no miran esta paradoja entre naturaleza rica y hombres pobres como un evento normal y sin remedio, al contrario forman la vertiente teórica de un llamado a la lucha, para superar esa contradicción. Luego de décadas de luchas, casi todas fracasadas y algunas victoriosas, el ambiente latinoamericano sigue conservando ese mismo sabor de boca: injusticias en las tierras abundantes. El diagnóstico lo dejo para otro momento, aquí anota la fuerza mental y de evocación de esa separación. De un lado, un flujo de riqueza y, contrapuestos, los desheredados, que (para colmo) también son los productores.

En algunas regiones, esta oposición es más aguda, precisamente, porque el objeto de la riqueza impresiona más. Los mexicanos crecimos en contacto constante con ese flujo contradictorio: nos atrae la riqueza plena pero no la poseemos, nos magnetizan la plata y el petróleo que se han convertido en una especie de símbolos patrios. La violencia de esa contradicción entre el objeto valioso que sale desde la entraña de la tierra y la población desposeída, sirve para evaluar la profundidad de la frustración nacional; una frustración que pueblos colocados dentro de un medioambiente pobre no sienten en ningún momento. La gente del hielo, los esquimales parecen adaptados a un entorno difícil, donde arrancar el sustento se mantiene como un reto diario.

La aceptación de que del país mana un flujo de riqueza incalculable provoca resentimiento, cuando muy pocos resultan favorecidos por ese manar de abundancia. Quizá esa tensión extrema sentida en cada individuo nos permite explicar que México haya sido uno de los países con fenómenos revolucionarios más marcados de América. Aunque la amargura de la desesperación por no poseer parte de la riqueza portentosa del país, no resulta un estado constante y activo (con excepción de los estallidos revolucionarios), entonces el estado de ánimo predominante debe oscilar entre rencor y conformismo. Este conformismo es una modalidad de anestesia del espíritu, para no mirar hacia la dirección de esa riqueza extrema que permanece inalcanzable y ofensiva. El conformismo y anestesiarse ante ese visión es la salida transitoria, mientras no estalla un acceso de ansiedad. Este ciclo entre ansiedad y conformismo, a nivel individual es otro espejo de los procesos de rebeliones cíclicas de México; aunque este proceso de psicología no fundamenta los procesos sociales en su integridad, es un elemento (reflejo-reflejante, totalizado-totalizante) de su dinámica.

De las especias al saqueo del tesoro y luego la plata triunfa. El descubrimiento y la etapa inicial de conquista en América están centrados en una búsqueda comercial en pos de una ruta hacia las especias orientales, entonces muy apreciadas por Europa. Colón murió pensando que colonizaba el lindero de Asia, donde obtendría esas especias. La búsqueda de riquezas y, en particular, de metales preciosos es antigua, pero incrementa su ímpetu durante el periodo abierto por la Conquista de América. El efectivo descubrimiento de las minas de plata de México y el Perú, convirtió en realidad ese apetito, y entregó un cuerpo plateado para la riqueza universal. El metal maleable y divisible es un cuerpo curioso, muy distinto de los seres orgánicos y biológicos, para los cuales sus miembros son fracciones sin remplazo. Córtese un fragmento a un lingote de plata y luego funda el metal para tener el lingote, nada sucede con esa permuta; es como con la matemática sencilla, suma y resta, que se termina igual. En fin, ese cuerpo curioso también es denso en valor comercial, susceptible de crear tesoros, que son separados con la avaricia, hacia recónditos escondites, lejos de la envidia. Además ese cuerpo curioso, siempre sigue el lema que mientras más mejor, cuando las acumulaciones de granos y ganado (las formas tradicionales de riqueza campesina) encuentran un límite, y se convierten en un problema, pues guardar mucho es más un problema que una solución. Ese cuerpo metálico, en fin, es un cuerpo de deseos que motiva envidia y atracción, por lo mismo se deberían establecer barreras imposibles de saltar. Si bien, la búsqueda de los metales preciosos causó furor, también el sistema colonial definió un límite estricto: el privilegio de los europeos sobre las poblaciones locales, nativas y mestizas. El sueño del oro se limitó a un estrecho círculo de privilegiados y la población nativa se quedó mirando, murmurando su desgracia y sin comprender lo que sucedía en los palacios y mansiones de los señores. Esta situación marca una dualidad tensa: por un lado, el deseo de riquezas, el ensueño de la plata americana, y, por el otro, la condena al reino terrenal, la maldición sobre la riqueza que es motivo de desgracia y opresión.

 Una ilusión también invita a sublevarse contra ella y recordar la cordura. Personalidades ilustradas miraron la fascinación por la plata y el oro como un defecto que debían combatir. Un pasaje interesante de Fernández de Lizardi cuestiona la pleitesía a los metales preciosos, plantea que la minería es una causa de miseria social y deformación moral de las personas. Indica: “No sólo el reino de las Indias (América española), la España misma es una prueba cierta de esta verdad. Muchos políticos atribuyen la decadencia de su industria, agricultura, carácter, población y comercio, no a otra causa que a las riquezas que presentaron sus colonias. Y si esto es así, como lo creo, yo aseguro que las Américas serían felices el día que en sus minerales no se hallara ni una sola vena de plata u oro. Entonces sus habitantes recurrirían a la agricultura, y no se verían como hoy tantos centenares de leguas de tierras baldías, que son por otra parte feracísimas; la dichosa pobreza alejaría de nuestras costas las embarcaciones extranjeras que vienen en pos del oro a vendernos lo mismo que tenemos en casa; y sus naturales, precisados por la necesidad, fomentaríamos la industria en cuantos ramos la divide el lujo o la comodidad de la vida” . Este tipo de opinión antagonista de los metales preciosos tampoco es exclusiva de los países sometidos al influjo directo de este tipo de minería, pues ha sido usual en el periodo de la revolución mercantil, donde el sistema monetario impactó a las economías no comerciales.

 El siglo XIX de desilusiones convence que la plata no remediará la pobreza de México. Luego de las advertencias proféticas de Fernández de Lizardi, las calamidades sociales y políticas del siglo XIX terminaron de convencernos que la plata no generaba suficiente riqueza para mantener al país, ni creaba una economía sana, ni proporcionaba felicidad social. Las tres décadas de Porfirio Díaz trajeron un tipo de producción más moderna, entrando el país en un capitalismo mejor definido que antes. Con la primera industrialización y el sistema ferroviario empezó a surgir otra leyenda de riqueza, pues lo que no pudo la plata, parecía prometerlo el petróleo. Sin duda los extranjeros le tomaron interés al petróleo mexicano, enviando compañías explotadoras, antes de que los mexicanos comprendieran que ese producto tenía un potencial extraordinario. Además la literatura europea le tomó interés a la visión de un mar interior mexicano, capaz de saturar al planeta con esa pasta negra.

 En cierto sentido, la expropiación petrolera no fue precedida de una amplia reflexión y opinión nacionales sobre el petróleo. El tema se había mantenido en los márgenes, cuando un veloz conflicto sindical y económico enfrentó a las compañías extranjeras con el Presidente Lázaro Cárdenas. El desenlace fue tan precipitado, como sus resultados exitosos y de largo alcance. Después de expropiado fue que creció la leyenda mexicana sobre la enorme riqueza petrolera. El proceso no fue tan rápido, y durante décadas nadie proponía que ese líquido oscuro sostuviera las finanzas nacionales; sin embargo, llegó la crisis petrolera de los setentas, subieron los precios, a nivel mundial quedaba claro que el producto poseía una rentabilidad extraordinaria, y el panorama cambió. Bastó el sexenio de José López Portillo para establecer el sueño de petróleo como plataforma de la salvación nacional. Aunque las expectativas son más grandes que los resultados del petróleo, esta visión de una enorme riqueza no se ha terminado. Una y otra vez, se repite la consigna de que “el petróleo es nuestro”, con la esperanza de que el “oro negro” cumpla sus promesas. Con el tema del petróleo se ha redondeado la lastimosa paradoja del destino nacional: país riquísimo en recursos naturales pero su gente es pobre. Este lema se repite hasta el cansancio, cada vez que se hace un balance del destino nacional, y nos lamentamos de la gran miseria que impera entre millones de mexicanos. Cuando pensamos sobre el país riquísimo en recursos naturales, lo que nos viene a la mente es plata y petróleo, como los gigantes que inauguran la procesión de la riqueza fabulosa.


 Evocación poética como en la Suave patria: México atrapado por fuerzas diabólicas. Escrito en 1921, el poema de la Suave patria muestra la disyuntiva de plata y petróleo como la naturalezas de fondo, problemáticas y hasta siniestras, pesando sobre el corazón de la nación. Por un lado, el poema dedicado a la nación es oportuno, pues tras la Revolución viene un resurgimiento nacionalista, que cuestiona al periodo anterior, las tras décadas de Porfirio Díaz, por ser “afrancesado”. Tras la Revolución el impulso nacionalista surge con renovados bríos, buscando una recuperación de una identidad propia y, mirando con desconfianza, al extranjero ambicioso. En ese contexto, se recupera la temática de la plata y el petróleo. En el poema aparece la alusión a ambos elementos en su conexión con el destino fundamental de la patria. La plata surge en relación a barro, esa tierra metamorfoseada en materia dura. “Tu barro suena a plata, y en tu puño/ su sonora miseria es alcancía” El elemento tierra se une a la plata, y por la paradoja dentro de la tierra miserable contra-suena con la plata atesorada en la alcancía. En esta imagen existe la plata, pero domina la tierra-barro-miseria. Luego en el mismo poema surge en petróleo, definiendo una especie de refrán popular: “El Niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros del petróleo el diablo.” Contrasta el destino popular, el aire de la provincia, contra la riqueza desmedida del petróleo, que visto con la mentalidad del catolicismo pueblerino, parece un asunto del diablo, la riqueza demoniaca que somete al pueblo y lo hunde en la miseria. Así, en la imaginación poética, la plata y el petróleo quedan aliados como un trasmundo de riqueza que genera la pobreza del pueblo, sirven como la frontera nacional, que no se pude superar, porque está adentro; en fin, petróleo y plata se convierten en la doble maldición nacional, el destino manifiesto de una tragedia sin final. Ahora bien, la maldición sobre las materias ricas no es una constante, sobre esa cosa de trajines cotidianos hay ambigüedad. Algunos verán en la riqueza la tabla de salvación, y otros la perdición. El poema comentado se desliza hacia una visión de valle de lágrimas católico, por tanto la patria dibuja una arena de desgracias, matizadas por los multicolores gustos de la cohetería patria y su diversa cocina regional. Por su parte, el otro poema cimero, el México creo en ti, usa la metáfora del oro sintetizando la riqueza completa (como oro y plata, o lo que venga), para mantener la correlación con la tierra primigenia, bajo la figura del barro. Dice: “México, creo en ti, / Sin preocuparme el oro de tu entraña; / Es bastante la vida de tu barro / Que refresca lo claro de las aguas, / En el jarro que llora por los poros, / La opresión de la carne de tu raza.” Resulta curioso que este pasaje resulte tan cercano al de Suave patria, por la correlación entre la riqueza y la tierra convertida en humilde barro. En la imaginación material los metales y la tierra están emparentados, son las dos mitades de una ecuación extraña: la rudeza terrestre y el esplendor metálico. Sin un sentido religioso, este poema se dirige de modo ágil hacia el tema del sufrimiento; de un lado el metal precioso, y en la contigüidad las lágrimas derramadas por la raza, que sufre. Lo dicho muestra de nuevo esta paradoja: de las entrañas con riqueza y la gente con miseria.


 Petróleo como fuerza oscura, la sangre alterada. Un curioso contrapunto lo ofrece una visión externa. El cuentista alemán Gustav Meyrink en su juguetona profecía, establece un giro inverosímil para el “oro negro” y establece que desde las aguas del Golfo mexicano, podría surgir un derrame catastrófico. En fecha tan lejana como 1903 Meyrink fantasea con un derrame gigante que fluye con fatalidad hasta cubrir los mares del globo entero y sellar un final de ecocidio. El ojo de la fantasía inventa un futuro donde la fuente de riqueza infinita, durmiendo bajo la tierra, despierta para ahogarnos en una abundancia maligna, especie de burla de la naturaleza. Pieza curiosa por su futurismo y admirado por su estilo pulcro, este cuento nos lleva de lleno a una característica contradictoria de la riqueza: su sello desgraciado. Mientras la queja común sobre el petróleo había sido económica, por no “derramarse” con beneficios para el país entero, este cuento anticipa la queja ambientalista al extremo. Es un hecho histórico que la sobrexplotación industrial ha traído la depredación natural, pero la imagen plástica de unos pozos petroleros derramándose hasta cubrir el globo entero, dan una nota de alarma en el vacío. En su momento, el cuentista no fue tomado en serio, además que el libro completo de cuentos posee un claro sentido de humor . Si bien, esta perspectiva tan inquietante no forma parte de las líneas usuales de la visión de México, sirve como una interpretación extrema. El petróleo, como objetividad, sí ha generado muchas discusiones y consideraciones sobre su uso y el beneficio sobre el país. Ya sabemos que la expropiación petrolera, del 18 de marzo de 1938 ha sido aceptada como una epopeya nacional, y para la conciencia ordinaria ha sido indispensable mantener en manos del Estado este recurso. Al respecto, se ha mantenido una gran tensión y enfoque, por la importancia efectiva (como riqueza presente, fuente del financiamiento del Estado) y la esperada. Sin embargo, el monto de riqueza en manos del Estado, se ha asociado a la tradicional corrupción y al monto desmedido que se imagina. En ese sentido, el lado oscuro de esta sustancia se ha asumido como alimentación de la corriente de corrupción de la “cosa pública”, donde el funcionario (el influyente, el poderoso) convierte esto en beneficio privado, en contra de las reglas y la honorabilidad. Ese es el nivel de corriente oscura, que se acepta en la imagen nacional, su efecto ecocida ha sido muy poco aceptado, incluso en los grandes derrames de petróleo. Por ejemplo, en las discusiones sobre la explotación en mares profundos, predominó la suspicacia sobre una privatización y corrupción encubiertas, sin acordarnos de los riesgos de un desastre ecológico como el imaginado por Meyrink.

sábado, 14 de julio de 2012

MÚSICO EN EL JARDÍN AZCAPOTZALCO














Por Carlos Valdés Martín

 El vendedor de dulces intentó consolarlo: —A pesar de eso, no se derrumbó el mundo.

Sentado sobre la banca de hierro fundido, el músico Olegario Corchea siguió sollozando y como clavado al asiento, no atinaba a moverse. Sollozaba en seco, pues no le alcanzaban las lágrimas a brotar. La incredulidad o la  desesperación mantenían un desierto en su córnea. ¿Qué es un músico sin su instrumento? Una hoja sometida al viento de la amargura.

Romualdo Rosas era un viejo y para sobrevivir deambulaba por las calles de la ciudad con una cajita de dulces y antojos baratos. Así, subsistía y se privaba de gastos básicos como autobuses para alcanzar las grandes avenidas, pues para él eran costosos. Vendía el contenido de una pequeña caja, avanzando hasta el perímetro donde soportaban sus piernas de anciano. En un minúsculo cuarto de azotea se refugiaba cada noche, luego salía a trabajar antes del amanecer, mientras su mujer Dorotea permanecía en el cuartito, limpiando, fabricando dulces y soñando despierta con el televisor como ruido de fondo. En ese único cuarto ella era capaz de hacerlo todo: en la misma hornilla cocinaba la frugal comida diaria o el maíz endulzado que convertía en caramelo comercial.

Romualdo y Dorotea crecieron en un pueblo olvidado de una serranía norteña y no se imaginaban existir el uno sin el otro. Enamorados desde adolescentes, emigraron a la gran ciudad; procrearon dos hijas que salieron del país, luego los olvidaron y habían pasado décadas sin recibir ninguna noticia de ellas.

Olegario cargaba una gran bolsa negra con la silueta de su guitarra, pero esa alforja se escurría hacia abajo como reloj de Dalí, pues su contenido había desaparecido. Sus lentes negros lo protegían del sol que caía a plomo. Preguntaba entre visitantes usuales del jardín público por el instrumento ausente. Saludaba como siempre, con una sonrisa grande y franca, que mostraba los dientes irregulares, bordeados con amarillo alquitrán de cigarrillo. Pedía la disculpa anticipada, como acostumbran los borrachos, mostraba la funda vacía e insistía: —¿Seguro que no la han visto?

Parecía se la hubiera tragado la tierra y él no lo aceptaba.

Ante la frustración, de su gabán raído sacaba una botella traslúcida de refresco, pero rellena con alcohol barato. Ese trago provocaba más calor por eso lo acostumbraba al mediodía; empezaba a sentir pánico y el bebedizo lo calmaba.

Preguntó hasta que un anciano habitual, que pasaba los días enteros sentado en una misma banca, temeroso de ser escuchado hizo una confesión en voz baja: —Fue el Muecas, ese raterillo.
El quiosco modesto, con el estilo de un siglo anterior, estaba adornado con signos moriscos y figuras de relojes de arena simulados y parecía dormir la siesta. Un viento cálido sopló entre los árboles de la rotonda y se entretuvo con las hojas muertas; luego atravesó las rejas del quiosco. En la cercanía, sonó una campanada desde la iglesia, se detuvo el tiempo y permaneció el mediodía inclemente.

Con el eco de la campana Olegario sintió desesperanza y temor. El Muecas era un ladronzuelo amenazante que no entendía razones, pues su hermano mayor ostentaba el cargo de Juez en ese distrito. Por increíble que pareciera, el Muecas se escondía en una pocilga e ingería droga barata, aunque cada vez que cometía un atropello su hermano mayor se acomedía para rescatarlo de la cárcel. Si no fuera por el pariente influyente, el Muecas sería un preso a perpetuidad, pues de cuando en cuando se ponía violento. Corría de boca en boca el recuerdo de una noche cuando enfrentó y golpeó a cinco uniformados; esa vez todos en el barrio juraban que el malviviente nunca saldría, pero, al amanecer siguiente ya vagaba por las calles.

Cuando se terminó el trago de su botella plástica, el músico cruzó unas cuantas cuadras hasta el callejón donde se escondía el Muecas. Urdió un plan de emergencia, tenía unos pesos en los bolsillos e imaginó que sería un rescate suficiente por su amada. El músico se detuvo y pasaron minutos lentos como eternidades antes de atreverse a tocar en la puerta de lámina. Abrió el raterillo, con la mano mugrosa se rascó la barba crecida y sin preguntas de por medio confesó: —Sí, me llevé tu pinche guitarra y fui corriendo a los Empeños; ahí está tu pinche guitarra. Me dieron una mierda de dinero. Y me vale mierda lo que digas, hasta rompí la boleta de empeño. Ni creas que te voy a pagar. Ya te vas largando, antes de que te suene a cabronazos.

El Muecas cerró la puerta con un azotón.

Sorprendido y en silencio, Olegario caminó sin fijarse y terminó en el parque, cerca del último sitio donde lo acompañó a su guitarra. Pensó con cariño, como hablándole a una mujer extraviada: “Eras tan hermosa, te traje de Paracho. ¡Qué pueblo tan bonito!”

Divagó un poco y tuvo una idea. Corrió a los Empeños para suplicar un trato.

El sitio estaba a una cuadra y casi vacío, solamente una ventanilla de atención. Preguntó con ilusión: —¿Le trajeron una bella guitarra de madera hace un rato? ¿Sabe? En realidad es mía y el señor perdió la boleta.
Confirmó sus temores: sin boleta no hay desempeño, es imposible. Tendría que esperar dos meses para comprarla, porque la sacarían a la venta una vez cumplida la condena del empeño.

El músico se imaginó dos meses sin trabajar, sin comer, encerrado en su cuarto, alimentándose con agua de la llave. Alcanzó a decir: —Es una larga espera.

—Ni que fuera tanto —contradijo la voz femenina atrincherada tras la ventanilla—, ni tanto, una mujer espera nueve meses para un bebé.

Olegario se encaminó hacia la misma banca, como lo haría un náufrago a una balsa en mitad de la tempestad. Mientras avanzaba quiso recordar si antes tuvo otra vida y sintió la venda de Cupido sobre los ojos. Intentó imaginar a su madre y sólo una cabellera castaña venía a su mente; intentó con su padre  y apareció una escena lejana con tareas escolares en casa, pero faltaban rostro y cuerpo. Evocó el parque hacia donde se dirigía. Con gran esfuerzo recordó los restaurantes donde pedía permiso para interpretar melodías y recibir unas monedas de parroquianos caritativos.

Al sentarse vio personas viejas y se sintió igual. ¿Qué edad tenía? Lo estaba olvidando, hasta ayer se sentía joven, pero se engañaba. La juventud quedó atrás, arrugada bajo el pliegue de una década. De repente apareció un recuerdo muy claro: Visitó un río junto con su hermano menor, eran unos niños; su madre entretenida preparaba la comida; su padre se alejó a buscar leña para la fogata. Los niños se apartaron de la vista de los adultos, y empezaron a jugar con el agua de un caudal profundo. Unas rocas lisas junto al río parecían seguras y divertidas. Escaló una laja liza, donde cabían dos chicos.  Su hermanito tendría 5 años y él lo invitó para compartir el sitio. Cabían los dos. Miraban el agua y el bosque, platicaban y reían. De momento una palabra agria y un empujón. Olegario recordaba que su hermanito lo jaloneó y al zafarse cayó al caudal. Un ruido breve, una mano agitándose. Ninguno sabía nadar. Olegario dio un breve grito y salió corriendo por auxilio. Vociferó: —¡Mamá, Abelito se cayó al agua!

La señora tampoco sabía nadar, así que gritó hasta que apareció el padre. Ya era muy tarde para rescatar a Abelito. Olegario juraría que, desde entonces, su padre jamás lo volvió a mirar con cariño sincero, siempre sintió un reproche o una acusación, como si el nombre de su hermano le heredara una maldición bíblica.
Un par de años después vino el divorcio. Vivió pocos meses más con la madre, pues ella lo encargó con unos tíos, y Olegario se mudó a otra ciudad. Conservó nostalgia por el hogar maternal, hasta que un mal día un telefonazo avisó que era huérfano.

Nunca tuvo interés por estudiar y la música le encantaba. Encontró un modo de vida, primero en grupos de estudiantinas, luego en tríos y, al final, fue músico callejero, por su cuenta y sin compañía, que cantaba en restaurantes, cantinas, parques... Aborrecía la simple idea de ser padre pues se aparecía el fantasma de un niño ahogado. Esquivó la compañía femenina y cultivó la soledad, la hizo su destino. Tenía la garganta anudada y, al fin los ojos se contagiaron del río, rodó una sola gota salada.

El viejo vendedor de dulces lo conocía y se sentó a su lado. Le movió el hombro con suavidad hasta que Olegario contestó: —Es una pérdida irreparable. No sé qué hacer, sin ella estoy perdido. No puedo conseguir dinero.

—Tampoco se ha caído el mundo.

—Sí se ha caído; además soy ajedrecista —se entretenía con un maestro de ajedrez que daba clases gratuitas a todo público— miro las cosas más allá. No hay bondad en el planeta, nadie me va a solucionar mis problemas, estoy abandonado.

—Acompáñeme a mi casa.

El vendedor de dulces insistió en la petición, casi lo obligó a acompañarlo. Para ser exactos, Olegario estaba agradecido con el músico, un día anterior surgió un cliente  casual. Quería comprarle a Romualdo un producto pero no cargaba suficiente dinero suelto, le faltaba una moneda para completar el pago. El trato estaba por fracasar, cuando el músico pasaba por ahí, se dio cuenta y entregó la moneda faltante. Así, solía portarse Olegario, con una generosidad espontánea, compartía lo poco que poseía. El vendedor de dulces estaba agradecido.

Caminaron en silencio varias cuadras. El paso de Romualdo era lento por los achaques de la edad. El músico miraba al suelo, no deseaba platicar. Al llegar ante la puerta del cuartito, surgió la pregunta: —¿Me va a pagar la moneda? No se fije, yo se la regalé, usté me agrada.

Romualdo no contestó y cambió de tema mientras movía la llave:—Pase, no se quede afuera. —hizo un pausa, dirigió la mirada al interior y saludó a su esposa— Hola mira quién me acompañó; es Olegario, el señor músico.

Un olor a melaza y muebles rancios escapó por la puerta. Adentro el único foco emitía una débil luz y temblorosa, diríase que no tardaría en fundirse. Después de los saludos ordinarios, Romualdo se agachó con lentitud hasta hincarse, descendió a ras de piso y buscó bajo su cama, hasta arrastrar un estuche negro de cuero, y dijo: —Mi hija, la mayor, trató de estudiar música, pero no se le daba eso. Compré el instrumento y este inocente sigue esperándola, pero no creo que cuando regrese se acuerde de esto.
Levantó un estuche empolvado y con silueta de mujer rodeada de telarañas y sopló la superficie. Miró y sonrió como si ese gesto contuviera una disculpa ante la nubecilla polvosa. Izó el estuche con los brazos temblorosos y dijo: —Ahora será tuya.

Puso la guitarra en brazos de Olegario y éste no tuvo palabras para agradecerle, lo abrazó y suspiró como se recibe a los marineros cuando nos salvan del naufragio.


sábado, 26 de mayo de 2012

MAMÁ NO ME COMPRENDE






Por Carlos Valdés Martín




La señora manoteaba con un gesto desesperado: —¡Mal hijo, desconsiderado, me tenías muerta del susto. No pude dormir en dos días! —grita y solloza, abre los ojos y tensa la garganta— ¡Creí que te perdía!..

La peor pesadilla… El hijo, Epifanio Rosales, la interrumpió con voz suave, casi melosa, rogando disculpas y mirando de lado. Sabía que traía un rastro de aliento alcohólico y el olor agrio de dos días con sus noches sin dormir ni bañarse. Agreguemos el rayo solar del mediodía sobre la plancha de concreto del Zócalo y las horas interminables de la fila, alegre e ilusionada por mirar a Paul McCartney . Sonreía y suplicaba perdón: —Te dejé recado y compré tus medicinas, la dejé en la alacena. Reconozco que tomé un poco de dinero de la alcancía, pero no había tiempo de regresar. Esperé lo que pude. A un concierto gratis tan único no se llega el mismo día, la fila empezó dos días antes. Era la oportunidad de mi vida, sabes que es una estrella y está viejo. Quizá nunca vuelva Paul a México. Discúlpame, anda sí, disculpa.

Ella sentada en una vieja silla de madera en la mesita del diminuto comedor. Por las curvas adornadas de los muebles, se adivina que esa casa hace muchos años no padeció estrecheces, pero luego vinieron años malos. Un foco ahorrador de luz y la penumbra son testigos de la lucha por sobrevivir. Los mantelitos están grises y sancochados tras meses sin lavar: ella no tiene fuerzas para atender el departamentito como desea. Viejos cuadros recuerdan las raíces familiares del padre difunto, contrastados con pósteres recortados de revistas, la aportación de Epifanio a la decoración: cantantes y modelos voluminosas.

 —Casi me muero. No podía dormir, volvió la migraña, peor que nunca, y la vecina de enfrente no estaba. Le llamé, y hasta temo que se haya muerto. Ya ves que anda delicada, pero ella me acompaña. No que tú, me abandonas en los momentos más amargos. Y sabes cómo duele la cabeza con la migraña, parece que estalla, que revienta y nadie está para consuelo. Estoy como prisionera en este edificio.

 —Discúlpame, ya te enseñé que en tu celular está el mensaje, y casi nunca contestas. Y como me quedé día y noche haciendo fila para entrar al concierto. No te imaginas lo largo dela fila, eran cuadras y cuadras de distancia. Si me salía no perdía el lugar y adiós. Hasta pusieron baños móviles cerca para que pudiéramos atendernos.
 —Me hubieras vuelto a hablar.
 —Hasta les pedí a alguno de la fila si me prestaba su fon, pero me miró como a un limosnero, y se contentó con un “No, puedo”. La gente es egoísta. Yo sí estaba preocupado, mamita. Hasta te traje un regalito.

Epifanio saca de su camisa una estampa, con la foto del músico en plástico y un holograma en tercera dimensión. Al moverlo el perfil del cantante se mueve de lado y aparece la leyenda “Band on the Run”. 

Encarnación, viuda de Rosales , comprende el gesto y sonríe, se enternece al imaginar a su hijo perdido en un mar de asistentes, comprando una tarjetita para su mami. Lanza un suspiro y lo disimula.
—¡Júrame que no lo vuelves a hacer! No vuelvas a dejarme, así, tan sola sin avisar. Bueno, pásame un refresco, que tengo la boca seca de los nervios.
—Yo también tengo sed—responde, con un dejo de alegría, cuando se sospecha perdonado con mayor facilidad a la esperada— de un delicioso refresco con hielitos.
Sentados en sendas sillas. Ella enumera sus achaques y describe las malas noches que pasó. Él se sirve una y otra vez refresco, está deshidratado por el sol y unos tragos de ron. El ingenio de los asistentes: contrabandear alcohol en las botas. Era poco, pero esta fiesta musical única merecía ese contrabando.

 Por un momento Epifanio se distrajo recordando a una jovencita de ojos hermosos, que le hizo la plática mientras esperaba en la fila. Ella desbordaba alegría y manoteaba soñando el momento cuando aparecería Paul sobre el escenario. Epifanio muy sonriente, pero con las manos en los bolsillos: una costumbre defensiva que nunca cambiaría, ante desconocidos siempre las dos manos dentro de los bolsillos. Pensó en invitarla a salir luego, pero no lo hizo porque no tenía dinero. Desempleado, uno de tantos que ahora les dicen ninis y no temporal: “Soy un desempleado crónico, eso de sacar unos pesos lavando coches ajenos no cuenta. Si tuviera unos pesos, de seguro esta chiquitita salía conmigo.” Pensó pedirle prestado a su mamá, pero era una mala idea, le preguntaría ¿para qué? Y se enojaría cuando supiera que era para pasear. Sí, el mísero dinero de una pensión por incapacidad y otra por viudez, sumadas a penas alcanza para lo mínimo. Más lavar coches, eso sólo alcanza para pagar la tele de cable y el internet. Se consoló Epifanio, otros están peor: “los viejos del departamento 402 viven sin pensión, venden gelatinitas en la calle. Casi no pueden ni caminar, arrastran los pies para vender un poco en vía pública.” Cuando a él le va bien, hasta les regala una bolsa con panes bolillos.
—Es hora de dormir…
—Sí, mami —replica él con ternura— ahorita caliento la bolsa de agua. Como si fuera un amuleto, ella solicita una bolsa de agua caliente en el estómago para conciliar el sueño. Si no la acurruca bajo su pijama se queja de retortijones. Mientras él se levanta solícito, ella recomienda: —Me harías muy feliz se consigues un buen trabajo, me da miedo imaginar qué será de ti sin una madre.
 —Mami, nunca terminé la escuela preparatoria. Tengo treinta años buscando algo, y sin una mano es nada lo que se consigue— Epifanio levanta el muñón al aire y mira la mano ausente a contraluz del foco—, prefiero seguir lavando coches, ya tengo mis clientes. Es el doble de esfuerzo con una sola mano sana, pero estoy acostumbrado. Con las lavadas alcanza para ir jalando.
 —Mi hijito, siempre tienes que esforzarte; esfuérzate más.

—Claro —mientras Epifanio vuelve a esconder las manos en los bolsillos y se dirige a calentar la bolsa de agua— y, por cierto, de nuevo feliz día de las madres, mamá.

sábado, 5 de mayo de 2012

¿CÓMO EVITAR LA CORRUPCIÓN DEL GOBERNANTE?









Por Carlos Valdés Martín

Existe una paradoja en el incremento unilateral del poder del individuo, porque la facilidad arrastra también sus misterios y sus cuestionamientos, así como una enorme mole proyecta su sombra colosal, el poder proyecta su lado oscuro. El crecimiento ilimitado del poder individual ofrece un tema apasionante de la literatura y motiva la reflexión ética. Ejemplos inquietantes se encuentran en los cuentos de Bradbury, especialmente, bajo la apariencia inocente del cumplimiento simple de los deseos. Si los deseos se cumplieran instantáneamente y con la mayor facilidad, el destino cobraría contragolpes enormes, por lo mismo la facilidad mágica para conseguir los deseos merece un estudio cuidadoso. Cuando la literatura nos ofrece fantasías, la experiencia colectiva nos señala pesadillas; entonces el contraste entre la narrativa frente a la política resulta de lo más ilustrativo.

Control remoto
El tema de la omnipotencia personal —imaginado desde tiempos inmemoriales— se amplifica en el ámbito moderno por la fuerza productiva material, que hace sentir a los individuos nuevas potencias en sus venas, energías superiores que los invitan al accionar sin fronteras, que despiertan apetitos inmensos y esto en un torbellino de fuego. La antigua lámpara maravillosa indica la misma intención, pero los temas de la capacidad para que “sus deseos son órdenes, mi amo”, se incrementan con la fuerza concentrada que es el dinero; el dinero, como fuerza social concentrada en las manos, indica las posibilidades crecientes de la acción, un campo infinito para conectar el deseo con la realidad. El puente “estructural” entre el deseo y la realidad lo tiende el proceso de trabajo, la transformación material que reactúa con un medio preciso (herramienta) sobre un material dado (material prima) para llegar al resultado (producto deseado) por medio de un proceso (el trabajo mismo) que contiene la realización de una intención (el deseo comentado). Este puente normal que genera el trabajo se abrevia con el progreso de la “civilización”, aunque desconocemos el punto final de la reducción (menos tiempo, menos recursos, menos esfuerzo...). Ahora, el símbolo de esa reducción de los esfuerzos y tiempos para colmar el deseo se representa en el aparato de botones de “control remoto”; pues con ese aparatito se remonta la distancia y el más simple movimiento del pulgar modifica al aparato emisor de señales; entre la voluntad deseante y el acto resultante en medio sólo reina el simplísimo movimiento del dedo. El vacío espacial entre el control remoto y la televisión simboliza que el proceso de producción se ha reducido a una nada y que en el “instante” nuestra voluntad alcanza al televisor (que es la ventana al mundo).[1] La majestad del poder se condensa en la simple operación de un apretón de dedos sobre el control remoto (recordemos que se dice que los hombres en masculino son los fanáticos de tener el control del televisor en sus manos, y que la pérdida del “control” es motivo de divorcio).

Un peligro cumplido
En La piel de zapa de Balzac un misterioso talismán poseía la cualidad de cumplir instantáneamente los deseos de su amo, y no solamente los pronunciados, sino cualquier “quisiera”, “me gustaría” y por esa vía se cumplía cada capricho, por insignificante que fuera y cualquier pretensión se cumplía por difícil que pareciera. El sino fatal regresaba acortando la vida misma por cada deseo pronunciado, el trueque simbólico era la muerte a cambio de los deseos, por lo que esa piel de zapa empujaba en una vía que conducía a la fatalidad. El personaje Eugenio, pretende detener ese proceso,  busca abstenerse del acto mismo de aspirar a nada y se convierte temporalmente en un ermitaño, sin intersecciones con el mundo, para evitarse el desenlace mortal.
Esta llamativa asociación de ideas entre la instantaneidad del deseo y un peligro mortal no fue una casualidad literaria. Al desencadenar ciertos pensamientos positivos al extremo se presenta una operación sicológica de rebote, un regreso al punto de arranque que no lleva hacia ninguna parte. Así como el amor conduce al pensamiento trágico del desamor, la pérdida o la traición, también las imágenes de la plenitud de la vida, nos rebotan hasta que estamos plantados en el camposanto de la oscuridad eterna. ¿Simplemente opera un mecanismo de temor contra la realización de deseos y el castigo de una estructura inconsciente como señaló Freud? En efecto, la represión al deseo que se asimila desde la infancia, sobre deseos inaceptables (típicamente teoría del Edipo), luego causa culpas y despierta cualquier cantidad de temores enquistados, en la profundidad de la inconsciencia.[2]

Sin embargo, la asociación de temas entre lo instantáneo del deseo y la muerte ofrece una justificación mayor que el mero rebote de culpas de todo tipo. El mismo proceso de perfeccionamiento de la tecnología encierra una estructura tal que oculta el proceso previo; por ejemplo, al escuchar música grabada no requiere conciencia de la historia de la música, que unida a la historia del desarrollo de la tecnología electrónica dan un disfrute. Simplemente, el consumidor se disocia del proceso de producción y goza del resultado; inclusive desprecia la maravilla contenida en el producto tecnológico que se posee inmediatamente. El sujeto individual, ignorando las premisas, disfruta instantáneamente al objeto, y esa actitud de un hedonismo superficial es favorecida universalmente por el mercado; de tal modo, que el disfrute del objeto se convierte en sinónimo de su aniquilación acelerada.[3]

Si el emperador quiere
Ahora bien, también ha surgido una deformación cuando el deseo se está volviendo superficial y nocivo al objeto que desea. El deseo mismo no se presenta como una operación ordenada y esencial del sujeto, sino como una colección de caprichos, además mientras más encumbrado el sujeto más desordenados e imperiosos son sus apetitos. La imagen propia de esta operación corresponde al soberano absoluto, al emperador que ansía quedar divertido por su corte, pero si falla la risa de su juglar, el emperador mandará que le corten la cabeza.[4] En esta óptica, estrictamente, el deseo es nocivo y peligroso, por lo que deberá ser contenido, normado éticamente para que no genere una vorágine de destrucción. El viejo Séneca intentó educar moralmente a Nerón, pero fracasó y le costó la vida su error.

La instantaneidad del cumplimiento del deseo no lo vuelve más satisfactorio, sino que lo deprecia, la facilidad lo convierte en menos. El momento de la carencia causa que la satisfacción sea lo más urgente; a su vez la satisfacción, por su naturaleza, hace que se olvide la necesidad originaria. El viaje entre la urgencia y el olvido favorece la falta de organización, es una estructura como por estertores; el salto sin medida entre un “quiero” y otro “quiero”, que se ha convertido, en la aniquilación sin sentido de cada momento del deseo y la conversión de la “satisfacción” del quiero en su contrario, su conversión en una continua ansiedad, en la puerta repetida hacia otro “quiero”.

Fue una intención constante de la antigua teoría política el moralizar a los gobernantes; hasta antes de El príncipe los escritos políticos trataban siempre sobre lo que sería el mejor gobierno y la verdad para lograrlo. Mediante un tratado sobre la política el sabio aconsejaba al emperador para que no se dejara llevar por apetitos vanos, buscando el ejercicio ético del gobierno. La tendencia de los textos políticos antiguos para moralizar no fue una excepción, sino parte integrante de esas culturas, donde la ideología también operaba como un freno sobre la agudización de las contradicciones. En la misma perspectiva, las religiones y costumbres en torno a gobiernos antiguos estaban dedicadas a enjaular las pasiones peligrosas del rey. Como expresión de esa tendencia, especialmente ilustrativo me parece el hieratismo y mutismo del emperador japonés que, por las reglas de etiqueta cortesanas, procuraba moderarse en cada aspecto y permanecer discreto. Pero consideremos que esas buenas maneras del emperador también eran de gran utilidad a la corte que lo rodeaba y hasta para el pueblo. Recordemos que el emperador podía convertir sus deseos en pena de muerte, por lo que no convenía un desbocamiento de sus deseos al impartir justicia. Dado un contexto de pobreza general, imaginemos los efectos que provocaban los deseos de los gobernantes por acumular más palacios, más lujos, más obras memorables... porque el esplendor imperial se paga con los tributos, con el trabajo gratuito de los súbditos o hasta con guerras y saqueos a los vecinos.

El tinte de la corrupción
El término corrupción como señalamiento fue convirtiéndose, poco a poco, en más común para señalar la profundidad de una falta grave, de tal manera que ha calado hondo y podrido a quien lo hace. Proveniente del latín, para señalar una condición que participa de lo que se rompe internamente, que corroe y marca una condena moral, el término “corrupción” pasó a la crítica moral del primer cristianismo y se conservó en el acervo del cuestionamiento contra los poderosos.[5] Mientras en la Edad Media el mayor temor fue caer en los pecados capitales que arrastraban al infierno, con el periodo moderno más laico las cuestiones públicas fueron objeto de una crítica sin tintes religiosos. Con el tiempo, el término corrupción adquirió un filo para señalar a los gobernantes que se aprovechaban de su puesto para enriquecerse y traicionar el mandato de servicio público.
Desde finales del siglo XX la corrupción de los gobernantes se ha vuelto un tema de análisis políticos y estudios estadísticos, hay organizaciones dedicadas a analizar y combatir ese flagelo. ¿Hay un motivo para tanta alarma? Al parecer sí lo hay, por tanto conviene adquirir vacunas y poner remedios.
Para los antiguos parecía bastar una dosis de moralidad para detener los apetitos excedidos de los gobernantes o una educación suficiente desde la infancia, para cortar esa fuente de la corrupción.[6] La modernidad ha propuesta más medidas como la división de poderes, la elección temporal, los contrapesos, la transparencia de la información del Estado, las auditorías y supervisiones al gobernante, etc.

El querer dividido
El freno que representa una serie de instituciones para el ejercicio arbitrario del gobierno se repite con la idea liberal de la división de poderes. En los regímenes antiguos existió una separación de poderes bajo la forma de separación entre potencia espiritual y terrenal, división entre el sacerdocio y el gobierno directo. Resulta evidente que esta separación parecía como un resultado casual y no un diseño inventado por una teoría política, pero la inercia social favorece este diseño. Los reiterados atributos religiosos de los gobernantes y los continuos mandatos terrenales de sacerdocios oscurecen que exista una separación funcional de dos poderes, que tienen efecto político directo y que no son simple división del trabajo, lógica de operación entre ramas de la producción, sino que se trata de una confrontación entre el poder civil y el sacerdotal.[7]
La misma existencia de la Ley implica una limitación de la voluntad del poder, la existencia de un código previo significa que el gobierno está constreñido, que la corona es también un círculo que aprieta la cabeza reinante. Esta barrera legal ante los arbitrios del gobernante se perfecciona y se sistematiza, porque el poder para crear leyes queda en manos de otros, en una organización dedicada a hacer leyes, por lo que se le llama “legislativa” o bien resguardado en un momento previo, mediante una “constitución”. Debido a que el sistema de organización de leyes y reglamentos se convierte en una trama compleja, es que la potencia de toda la sociedad concentrada (que es el Estado) se sujeta a carriles previamente convenidos; digamos que a mayor densidad de leyes el arbitrio del Estado resulta menor. En fin, el “gobierno de leyes” se supone que debe ser la fórmula para que se evite la tiranía, entendida como el gobierno del capricho encumbrado. De esta manera la ley es un freno al gobernante, que sirve para constreñir el enorme aparato a su servicio; aunque el gobernante posee algunos mecanismos para violentar o torcer leyes, especialmente, cuando es “juez y parte”.

Cae la máscara de un dios
En el ambiente republicano donde un dispositivo de leyes y costumbres le está marcando al gobernante las pautas exactas de un comportamiento, significa que el sujeto gobernante no destaca más allá de una operación especializada, que maneja diestramente un escalón parcial del Estado. Dicha operación parcial no contiene repercusiones sicológicas evidentes,[8] en cambio cuando el poder concentrado se convierte en absoluto la repercusión sicológica resulta enorme. Observemos el caso donde un individuo concentra las riendas estrictamente o donde resortes de control coinciden en una mano. No describo a organizaciones tan institucionales donde gobernar define evidentemente una investidura temporal, y el gobernante no sostiene el peso de los destinos colectivos sobre su cabeza. La figura que refiero aquí es la imagen del emperador o del dictador absoluto. Esta clase de gobernante sin freno ni restricciones opera como una caricatura de dios, envalentonado para emprender las más inusuales metamorfosis como modificar por decreto la religión para deificarse o embarcarse en las actividades de autodestrucción más irracionales, como la aniquilación de Delhi y el incendio de Roma.  Ante la facilidad para cumplir su deseo más mínimo, las metas del gobernante absoluto podrían sufrir un continuo deslizamiento hasta escalar cualquier delirio y pretender su apoteosis, confeccionando su máscara de dios.[9]
El poder absoluto, en esta perspectiva, contiene la estructura de un delirio por la confusión sistemática entre deseo y realidad.[10] A diferencia del delirio individual, los devaneos de un dictador o un emperador llevan a la destrucción hasta de millones de personas. En la medida en que lograban éxito en su aplicación, las añejas ideologías liberales esterilizaban la prepotencia de los reyes, pues señalaban una línea de conducta de más razonable; quitaban monarcas absolutos y los convertían en constitucionales (limitados por la Ley, sometidos al Parlamento). Desde esos lejanos tiempos veían que el único buen emperador es aquél que jamás es emperador en lo absoluto.

NOTAS:


[1] Un antecedente de este gesto de voluntad apareció en el timón, que era empuñado por un capitán de navío, representativo de ese poderío para conducir una enorme nave mediante un artefacto asido por la mano firme.
[2] Freud en Más allá del principio del placer y otros escritos.
[3] De ahí que a la sociedad misma se le considere como “de consumo” en Baudrillard en su Economía política del signo.
[4] La superficialidad bien ironizada por Carroll mediante la Reina Roja en Alicia más allá del espejo.
[5] El término “corruptio” es del origen latino, señalando lo que acompaña (“co”) a lo roto, dando a entender una putrefacción moral. Un hipótesis señala la alianza entre la “corrupción” con la estructura “imperial”, por tanto con la preponderancia de estructuras muy verticales. Cf. Hardt y Negri, Imperio.
[6] Como se observa en las medidas de Platón para la República, con sus reyes filósofos apoyados por guardianes fuertes y educados. Las tribus en su vida comunitaria poseían sus propios mecanismos de convivencia que facilitaban anular los abusos del gobernante, como se infiere de La rama dorada.
[7] La separación de Iglesia y Estado ha sido uno de los grandes diseños que explican el desarrollo y preponderancia de Occidente a lo largo de grandes trechos de la historia universal. Véase El Estado absolutista de Perry Anderson.
[8] El burócrata en el ínfimo escalón es discreto a menos que lo amplifique la lupa de Franz Kafka.
[9] Los emperadores romanos institucionalizaron su deificación después de muertos, algunos la establecieron en vida; la actitud de George Washington renunciando a su perpetuación en el Poder, hizo que el término apoteosis se volviera una metáfora artística y de recuerdo cívico.
[10] Como en el narcisismo la libido (intensidad) se retira de todos los objetos, para quedar confinada al yo, el delirio del gobernante implica un narcisismo operando en la desvaloración de su reino, siguiendo a Fromm en El corazón del hombre, capítulo sobre el narcisismo.