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sábado, 2 de abril de 2022

ABANDONAR LA DICTADURA DA GRANDEZA: CINCINATO

 


 

Por Carlos Valdés Martín

El espíritu humano posee una chispa de grandeza que, a veces, dormita y otras despierta. Cuando esa chispa de grandeza duerme o es perezosa resulta en pequeños logros. Otras veces termina su vigilia y se despereza en la madrugada, la bendita chispa de grandeza, a veces, genera los efectos apropiados a su calibre dando la sensibilidad del genio o el temperamento del artista. Los resultados de esa chispa de grandeza varían según personas y circunstancias, en algunas ocasiones provoca frutos multicolores.

¿Qué sucede cuando asoma la ambición? Sin embargo, la palabra ambición también posee un matiz cuestionable. En especial, el espacio político resulta propicio para esa ambición insana que pretende subyugar a los simple ciudadanos en favor de un dirigente. Los pueblos antiguos por boca de Platón recomendaron educar a las nuevas generaciones en la virtud para refrenar las ambiciones insanas, donde el gran ejemplo lo dio el romano Cincinato,[1] quien después de dirigir a los ejércitos que salvaron a Roma, se regresó a cultivar su parcela personalmente.[2]

Recordemos que el periodo democrático de Roma, un general no mandaba desde el escritorio, sino dentro del campo de batalla, con los riesgos que esto impone. Entonces Lucio Cincinato ambicionaba una ciudad libre a toda costa, por lo cual abandonaba su discreto papel de agricultor, para arriesgar la vida ante el enemigo. En términos económicos, Cincinato era un habitante modesto; en términos de ciudadanía, él era uno libre y decidido a no aceptar poderes para sí mismo. Bajo las leyes romanas, en caso de gran peligro se designaba el cargo de “dictador” temporal con plenos poderes, y así fue nombrado Lucio Cincinato. En cuanto, este personaje logró vencer en batalla a los enemigos de Roma y aseguró la paz para la república, dejó el cargo. De hecho, fue nombrado todavía con plenos poderes en una segunda ocasión cuando él contaba con 80 años y, también fue resuelto de peligro, entonces Cincinato renunció al cargo. En esas dos ocasiones, el personaje mostró que no estaba enamorado de un puesto de poder y que su participación en el gobierno era desinteresada, aunque sí se le debería llamar una “ambición”, la de servir a su patria en peligro.

La fama de este personaje llegó después de que supo renunciar a tiempo ante el “canto de las sirenas” del Poder, y cuando en la distancia histórica, milenios después de su muerte, se honró con su nombre a una ciudad norteamericana: la actual Cincinnati en el estado de Ohio. ¿Qué marca más la grandeza de un líder: aferrarse al gobierno o abandonarlo voluntariamente en cuanto ha cumplido su tarea? Esta narración de Lucio Quincio Cincinato da una respuesta elocuente.  

 

NOTAS: 



[1] Asimov, La república romana, p. 22.

[2] En alguna versión se indica que él trabajaba, incluso sin el auxilio de bueyes para el arado; lo cual podría ser una dramatización. Sin embargo, la agricultura antigua sí estaba sujeta al clima y a las pérdidas por malas cosechas; lo cual hubiera arruinado a cualquier labrador.

 

martes, 1 de marzo de 2022

ACARICIANDO UN ELECTROENCEFALOGRAMA

 



 

Por Juan Lomas Jr.

 

El reporte nocturno señala un contagio de hembra no vacunada con probable gestación. Las precauciones para acceder a la zona restringida por Covid son tan fastidiosas, con aislamiento de compuertas, guante plástico, mascarilla especial, gafa sellada y ropa desechable. Para el médico residente su turno terminaba, pero acude a la zona de esa enfermedad temida, por esa responsabilidad sin límites que caracteriza al gremio de la salud. El letrero decía “Cuidados respiratorios” y abajo “Área restringida”. Al menos, esa joven mujer no quedó intubada y bastaba el oxígeno nasal a máxima intensidad. La paciente reportaba un desmayo convulsivo reciente, aunque parecía de buen pronóstico, conforme la oxigenación y un sedante ligero hacían efecto.

El letrero del residente presume “Andy Medical” para que los demás no lo confundan. En ese momento piensa que el estudio de los electroencefalogramas lo aflojó en la escuela. Comparando el ritmo de los demás estudiantes sí lo intentó, pero las últimas semanas sufre del prurito, ese síndrome cuando nada es suficiente. En su ánimo aúna un conflicto emocional que (como las mareas) sube y baja. Prefiere los turnos agotadores, a veces la interacción con sus colegas le enerva. Revisa los signos vitales, las dosificaciones establecidas, observa el suministro mediante gotero en sonda y se tranquiliza. Invoca a la madre de las musas, a Mnemosina divinidad de la memoria, para recordar mejor los patrones irregulares de las gráficas. El perfil hermoso de esa mujer en intensidad de juventud es un distractor atrae y la conciencia de médico exige un pensamiento puro.

El cansancio a las 3 am se agudiza y, terminada una revisión, prefiere salir del área restringida. Con la lentitud protocolaria se cambia de ropa; siendo que le urge más dotación de café cargado para intensificar su servicio noctámbulo. Al tirar el traje protector lo mira fofo, cual veleta desmoronándose en un basurero.

Con más calma enarca las cejas sobre el reporte de la paciente, leyendo señas de que se dedica al escultismo. Recuerda su temporada infantil de campamentos y actividades sanas con pantalones cortos. Sucedió hace muchos años. Vuelve a mirar las líneas gráficas del cerebro en acción, hay irregularidades donde busca una interpretación. Se reclama no ser destacada en esa materia. Acaricia con los dedos el trazado irregular de las líneas encefalográficas; lo hace con cariño y sin darse cuenta, simple recurso de una imaginación agotada por los horarios agotadores. Mientras acaricia las líneas de la electroencefalografía se pregunta cuán vivaz y dulce es la mirada de la paciente, una mirada vivaz tras la dulce barrera de lo imposible.  

En ese horario hay enfermeras despiertas para platicar. La enfermera más antigua, Raquelito, quizá le dará una sorpresa agradable, le pregunta por antecedentes. Ella responde:

—Es covidiota, de esas que no se vacunaron; se confían en la juventud, lo cual es relinchar sin caballo.

Lo último no lo entiende Andy, sin embargo, sigue el ritmo de la risa cómplice. Se entera que afuera está el amigovio de la chica esperándola.

—¿Cómo sabes que no es marido?

—Obvio que es amigovio, no traen anillos y él le está chillando; lagrimea un poco sin el exceso de la Santa Magdalena.

Cuando Andy le muestra la gráfica, la enfermera recomienda estudio TAC, por señas de posible golpe en la cabeza. Se ofrece a preguntar al amigovio si ella tuvo una caída.

No ha terminado su café, cuando regresan las noticias de que sí, en efecto, la paciente se cayó y golpeó en la cabeza, pero como no sangró tampoco le dieron importancia.

—Por cierto, él también resultó covidiota. No tarda en salir enfermo, a menos que además haya mentido.

Andy pregunta en almacén si llegó algún antiviral de nueva generación, de los especializados para esa enfermedad. Le responden que únicamente les queda Ivermectina. Esa afirmación le molesta, aunque no reprende al almacenista. En su fuero interno reclama que mantener un desparasitante veterinario en la lista de medicamentos recomendados para covid es un abuso de falta de profesionalismo en altas esferas de gobierno.

Andy piensa que si él interpretara con eficiencia el electroencefalograma no requeriría de nuevos estudios. En ese minuto canta un gallo. Piensa en su educación católica de la infancia, cuando el curso de la primera comunión. Ahí aprendió que el apóstol Pedro negó tres veces a Jesús antes de que terminaran los cantos matinales de un gallo. El canto de la madrugada significaba la debilidad, ese doblez de quien es incapaz de defender al guía y amigo por temor; al sitio bíblico lo siguen llamando Gallicantu.

Vuelve a mirar el reporte y en eso confirma: “Está embarazada, debe estar embarazada.” Sale corriendo hacia la zona hospitalaria para público a interrogar al amigovio. Cuando el susodicho confiesa que ella está embarazada, comienza a sollozar:

—Que no se contagie el bebé, que no se contagie.

Andy olvida la diplomacia que le enseñan en su profesión y lo reconviene:

—Por no vacunarse pueden morir los tres, pero haremos lo imposible para sacarlos del problema.

Andy no siente su voz sincera mientras recuerda el desabasto de medicinas clave y que la política hospitalaria prohíbe que los familiares introduzcan medicamentos. Deben pasar de contrabando y él es un simple residente. Murmura:

—Al carajo con el protocolo burocrático.

Con el relevo de turnos, Andy tiene oportunidad para dormir dos horas en la “galera M” con letra del misterio. Un cuarto diminuto con una litera doble para los breves sueños del personal. El ritmo desproporcionado de los turnos exige siestas ocasionales. En su sueño Andy imagina que la última paciente acerca la parte de cuello llamado esternocleidomastoideo con provocación, ella jala su bata hacia abajo mientras sonríe con picardía. En sueños Andy se resiste hasta donde sus juramentos y sentido del pudor se lo permiten, cuando las puertas y ventanas se cierran con viento aliado. Recuerda el registro y mira la cara idéntica a la joven actriz Meche Carreño. Mira el registro: “María Mercedes Carreño L.” Conforme se oscurece el ambiente, suena un twitteo desde su celular, con insistencia; en la pequeña pantalla azul dice: “Tu esposa”. En el mundo real no está casado y duda que en su drama íntimo sea capaz de tener novia. Cuando despierta, siente enojo contra el amigovio.

Una hora después el amigovio culposo avisa que tiene un recado y, por fortuna, es la medicina recomendada. Con discreción, Andy introduce al amigovio a un consultorio para platicar en privado. Lo sienta y le explica algunas hipótesis espantosas sobre secuelas de enfermedades en embarazos: parálisis cerebral, ceguera crónica, ausencia de miembros, malformaciones genéticas… Conforme el interlocutor palidece del espanto, el médico con discreción, le indica que deje su “regalo” en un cajón abierto. Cuando se despide el amigovio de la paciente Carreño se nota un temblor en las manos. “Se me pasó la mano, ojalá no huya”.

Esa tarde Andy vuelve a servir en área neumológica, donde falta personal en cada pandemia. A pesar del equipo aislante aprovecha para intercambiar unas palabras con la paciente Carreño. Le hace preguntas de rutina y con pretexto de su próxima alta ella le proporciona su número de teléfono. Ese gesto llama la atención de Andy, que pregunta:

—¿Casada o con novio?

Ella responde:

— Libre como el viento y al carajo con el protocolo burocrático.

Los siguientes días siente escrúpulos y se pregunta cómo acercarse rompiendo sus miedos y conservando sus códigos de ética profesional. Sin embargo, esta narración contiene una trampa, pues el médico Andy resulta que vive una etapa “trans”. Dilema en el cuerpo de mujer por nacimiento y transita hacia una recomposición física, aunque tampoco pretende tornarse un macho varón. El matiz del personaje es complicado y la palabra transgénero resulta poco legible en un cuento, así que planeaba eludirla, aunque cambié de opinión. Porque cómo considerar un argumento de escrúpulo sobre honorabilidad profesional, cuando se mezcla con las angustias de la aceptación de la identidad y las hipótesis sobre el posible rechazo de un acercamiento, cuando esa personificación no define cuál es su auténtica situación genérico sexual. La vía fácil es situarla en un bar gay, aunque colocarla en una bata profesional resulta más intenso y menos convencional.

Por un lado, Andy odia sentirse pusilánime ante la perspectiva de que esa chica sea “la de sus sueños”, por el otro, rechaza acometer una “puñalada trapera” contra un tercero desconocido o hasta inocente. Asumir una vida que viene en camino también le resulta intrigante y no es un criminal para salir huyendo como hizo el amigovio. Se proyecta capaz de disiparle cualquier idea absurda sobre la medicina moderna. Especula con intensidad y nerviosismo mientras maneja, por lo que el camino desaparece. Ya frente de la puerta del edificio de departamentos señalado, respira hondo y murmura: “al carajo con el protocolo burocrático.”

Recuerda que fue la paciente de mirada intensa quien entregó su número, sin embargo, ocurrió bajo los efectos de una condición vulnerable. En esos días de hospital se miraron a través mascarillas, escafandras y un traje extraño. Entonces no se notaban los signos exteriores de la panza crecida y demás jergas del embarazo. Andy siente una curiosidad tan intensa sobre qué actitud encontrará, que le punza la boca del estómago.

Cierra lo ojos mientras espera a que le abran y, de improviso, siente un ligero jalón en el brazo que invita a traspasar el umbral. Mira hacia el piso para no tropezar y saluda sin contacto visual, con un arrebato de timidez.

El interior del departamento está bañado por una luminosidad tenue, regulada para el intimismo; por las paredes y los muebles pequeños destacan detalles luminosos, de pequeños moños coloridos y adornos de chaquiras. De inmediato, la anfitriona Meche se esfuerza por sonreír y agradar; su mirada está clavada en su rostro por lo que Andy baja la vista, con una mezcla de sorpresa y vergüenza inesperada, que intenta controlar.

La anfitriona no para de platicar y disculparse por lo humilde del sitio, asimismo advierte que una tía hipocondriaca se ha recluido en una pequeña habitación. Señala un sillón amarillo y con manchas grises para que se acomode la visita; acerca una silla de madera y baquelita, con apariencia apolillada. Hay un jarrón de frutas mezcladas con ron y jarabe de granadina.

Mientras los vasos se humedecen por el vapor condensado, la visita no atina a aplicar una plática coherente. Meche monologa sobre sus gustos por las motocicletas y acampar zonas deshabitadas, mientras le inventa obligaciones fantasiosas, como “deberías comprarte una moto deportiva… deberías tener casa de campaña… deberías visitar más al descampado… sería lindo visitar Valle de Bravo o Malinalco, quedan cerca…” Es evidente que la anfitriona propone escenarios para una actividad juntos. Con tono despreocupado, Meche expone que hubo un aborto espontáneo.

—Me hubiera gustado saberlo.

Otra respuesta despreocupada de Meche, resta importancia a lo sucedido y vuelve sobre las fantasías de un próximo viaje. La evidencia del camino abierto pone más tenso el ánimo de la visita. Cada vez es más la sensación de un barco viejo que está avistando una tormenta, por el momento, el vaivén resulta ligero, de pronto una ola hace crujir los amarres y el alma se agolpa en la garganta. Para Andy, la ola grande no ha llegado, pero la atmósfera advierte una tormenta.

La anfitriona bebe de prisa, hasta que termina un tercer vaso y se queja del calor excesivo. De improviso jalonea su suéter azulado y explica que sufre por un exceso de ropa.

—Me vas a perdonar… hay demasiado calor y “al carajo con el protocolo burocrático”.

De un jalón se saca el suéter y sobre el torso descubierto están el sujetador encarnado y un collar con una obsidiana circular. Andy se sorprende, enarca las cejas, aleja la vista y mira con intensidad su celular, buscando un refugio ante lo inesperado. El contraste entre los cuerpos en condición clínica, con la frialdad de las luces artificiales y los aromas estériles del hospital; total contraste ante una piel intencionada, mostrando en un reto de intimidad, con intensidad y reto. Llegó esa ola temida. Por experiencia, teme que un encuentro improvisado termina en dramas de incomprensión. Anteriormente, no ha faltado quien le llame truhan, hipócrita, mequetrefe, quimera o víbora cuando no ha explicado con sutileza y elocuencia su condición trans; incluso, con explicaciones previas hay tragos amargos. Prefiere improvisar para escapar:

—Es una emergencia; disculpa, con médicos no hay vida propia. No me tomes por gandul. Si me permites, luego compensaré con creces.

En seguida miente sobre un infarto, perjurando que está muy contento de visita y que compensará su falta, que pronto llamará. Antes de escapar, se acuerda de una muestra médica de pastillas, que de algo servirá para justificar la visita. Dentro de su automóvil, mete la mano al maletín y siente el encefalograma, donde observó algo peculiar, y se queda acariciándolo sin animarse a retirarse tan pronto.

 

lunes, 28 de febrero de 2022

DE VAPEADORES Y VOLTERETAS


 


 

Por Carlos Valdés Martín

 

 

El sorprendente impulso de un automóvil en el instante de levantar una llanta del suelo atrae la vista. Ese impulso para torcerse en una dirección indefinida tambaleante; como cabecean las bestias en las luchas por territorios hostiles. Frente al vuelo inesperado del automóvil, la mirada queda atrapada por movimientos rápidos e inesperados; hay una incredulidad auténtica, más orgánica que intencional. Esa agitación obliga a mirar como a través de una mirilla de arma. En ese breve vuelo del chasis hay un comienzo de asombro e incredulidad. Un sonido seco y explosivo acompañó al levantarse del vehículo; de inmediato un vuelco hacia un costado y el choque de la armadura con el piso, convertido en obstáculo que empujó hacia la detención completa; un cambio de dirección alcanzando el giro redondo. El empuje lateral continuó con los vidrios estallando hasta que el polvo se levantó súbito, mientras las puertas se abrían y cerraban alternativamente, aleteo absurdo de láminas retorcidas. Lanzaba chispas por roce de metales contra el pavimento; ruidos como lamentos y un polvo que crecía mientras ocultaba el movimiento de cuerpos alejándose del vehículo.

Los demás vehículos viajaban a suficiente distancia para no chocar con el que daba las volteretas. Los adelante se alejaron sin darse cuenta, los de atrás de inmediato bajaron su velocidad para no colisionar.

En el segundo giro, el vehículo terminó su peripecia con el toldo en el suelo, a un costado de la carretera. El polvo siguió saliendo y una llanta girando sobre su eje y rozando el aire, en tributo a su inercia.

**

Alicia mantenía un compromiso con un novio formal que viajaba mucho. Ella le marcó por teléfono y le dijo: no te vas a imaginar cómo encontré algo que me regalaste y creía perdido. Ella casi no lo veía ni le importaba, pero él compensaba con regalitos cada vez que se reunían.

**

El patrón repetía cual un mantra místico que “la llanta es el alma del automóvil”. A contrapelo de esa sensatez patronal, su trabajador, de nombre Amado, estaba harto y desesperado. El motivo de Amado comenzó, cuando su puerta fue pateada por un extorsionador que le había amenazado: “Pagas o lo pagan tus niños.” El rufián azotó contra su pecho un papel donde le exigía unos billetes, que él no tenía. La mañana siguiente, Amado le pidió prestado al patrón, aunque no le explicó el motivo. Después de regañarlo, el patrón le extendió un billete pequeño que no cubría la urgencia. Cuando Amado quedó solo se le ocurrió cómo resolver su urgencia. A escondidas permutó un gallo (llanta reparada que vale una fruslería) por una llanta nueva de un cliente. La utilidad de ese hurto fue suficiente para resolver su urgencia.

**

Alicia, la cuñada, sentada en el sitio del copiloto:

—Llevo una semana tratando de quitarme el vicio del tabaco y con un vapeador me ayudo, sin embargo, con tristeza me entero que los prohíben. Vaya despropósito el prohibicionismo. Si son medicinales, tengo receta de un doctor para ir disminuyendo las dosis de nicotina. Si es un mecanismo de vapor y ahora no lo encuentro. Aunque si una patrulla nos detiene por lo acelerado que manejas, segurito que ellos, los tecolotes de la ley, sí lo encuentran… Mejor haz parada en la próxima gasolinería y compro unos churritos, chicles, churrumais, chocotorros, gansitos, rufles, wafles o bombones que la ansiedad me agobia.

Viajaban rumbo a Teotihuacán en la vieja camioneta Ford propiedad de su esposa, estaban sus dos hijos y la cuñada Alicia, de carrera enfermera. Faltaba la esposa, Belinda, motivada por una discusión, cuando ella insistió en acudir a la marcha del 8 de marzo. Una amiga estaba desaparecida desde hacía dos semanas y ella lo sentía en el corazón, como un grito de desesperación. Por las noches ella tuvo insomnio, cuando la imaginaba amarrada como animal dentro de un chiquero, custodiada por un loco pervertido. Al día siguiente era el cumpleaños de la suegra, la madre de él, Nicolás.

—Niños busquen el vapeador entre el suelo —el papá acomoda el espejo retrovisor y baja ligeramente la velocidad para comprobar que le hagan caso—, entre el suelo se pudo rodar.

Responde el más grande, sin moverse y sigue mirando el videojuego en un ipad sostenido entre sus piernas:

—Un vaporizador no cabe entre los asientos.

—Si empiezas de argüendero te quito el videojuego.

El más chico responde:

—Lo buscamos, pero ¿si vamos a la tiendita como dice mi tía Alicia? Tengo sed de churritos.

Cuando el padre-piloto se cerciora que sus dos hijos están encaramados hacia el suelo buscando un vapeador, aprovecha y desliza una mano hacia la pierna de la cuñada. Ella responde con un movimiento rápido para retirar la mano, que toma de la muñeca y la regresa. Con la otra mano agita un dedo en sentido negativo; luego tuerce el cuello para mirar a sus sobrinos y comenta:

—¿Conocen el poema del tiempo? Seguro que no, dice así: hay un tiempo para amar y otro para olvidar, hay uno para la siempre y otro para huir del lugar…

Mientras Alicia altera la letra del poema mira fijamente a Nicolás con las cejas arqueadas como retándolo.

**

La madre se ha subido en el subterráneo metro para reunirse temprano con una amiga, con la cual darse más valor para acudir a la marcha. Nunca había asistido a algo así. Le dijeron que era conveniente llevar un pañuelo morado o verde, así que su amiga le prestaría uno. El sitio de reunión era una cafetería sencilla, al aire libre, junto al Monumento a la Revolución.

—Faltan muchas horas para que esto comience.

—Nos da chance bastante para actualizarnos. Y tú vas a ser a la primera que le cuente, que mi hija está embarazada, viene un bodoque, y todavía no termina la escuela secundaria. Lo peor es que dice que no sabe quién es el papá. Ya tiene meses y ni manera ni de abortar. Se metió con dos chamaquitos al mismo tiempo. No sabe cuál es el padre. Quesque ella estaba como desesperada por dejar la virginidad y que se puso como loquita. Traía un humor de perros, se la pasaba de pleitos conmigo. Y de repente se volvió tranquilita. Le preguntaba y preguntaba que qué traía. Ella con puros pretextos, hasta me cuenteó que fue a la Basílica a rogar a la Guadalupana para ya ser una hija sin pleitos, conmigo era puro cuento: Luego se iba a un rave de fiesta temprano que era un desmoche y hasta tachas se metía, junto con Julieta.

—Barajéamelo más despacio, amiga, estoy en shock.

Continúan platicando de la hija embarazada de la amiga y luego ella, Belinda, le empieza a comentar que su marido Nicolás ha cambiado mucho, que él está desinteresado de ella, que dejó de ser caballeroso y se volvió patán. Que por los niños no le hace escándalo, pero su instinto le dice que está siendo infiel, aunque no ha visto nada.

**

Nicolás se detiene en la tiendita de una gasolinería. Los niños bajan al baño público acompañados por él. Paga la cuota de cada uno, pasando por un torniquete mecánico. La cuñada Alicia se mete en la tienda y hace la incursión de las golosinas; además compra un refresco grande para compartirlo entre todos, eso por ahorrar. A ella se le antoja una torta de aguacate con pimienta, como cuando estaba embarazada, pero sufrió un mortinato y no prosperó. Desde entonces se siente gordita, por más que Nicolás le diga que es una gordibuena, aunque ella piensa que él es un guarro mentiroso. Que lo mejor que debería hacer su hermana es mandarlo a volar, aunque ella sea una fácil y algo frustrada; nada más se imagina como una herramienta de la mano de Dios, que está ordenando para que su hermana se dé cuenta de lo tremendo que es el marido Nicolás. Sale de la tiendita con una bolsa grande de antojos.

Se queda recargada junto a la camioneta, y un chofer de un camión que avanza hacia la tiendita, aprovechando que la ve sola, le murmura algo soez,. Ella alcanza a escuchar la palabra “bizcochito”. Ella responde entre dientes:

—Mamarracho infeliz —también murmura, por precaución y sigue entonando como si estuviera cantando— botarga de chiquero, abonero de la procrastinación, vomitivo arrastra-lápiz, incesto de xoloitzcuintle con Godzila, inmaculada abyección, aborto de King Kong, diarrea de Drácula, traga-sapos embarazado, gonorrea del crápula, culpa ambidiestra, hemorroide por vocación, mentecato amateur, impotencia obsesiva, traga-boas disecadas, rodilla raspada, faraón de lo banal, lamebotas sin botas...

Le hace un gesto obsceno para asentar que repudia al patriarcado opresor, cuando el mamarracho atraviesa la puerta del local de la tiendita. Ella se empieza a reír sola. Por precaución se mete al automóvil, quizá una telepatía resultó tras sus insultos murmurados. Pasa otro minuto y mira al mamarracho alejarse. Los acompañantes se tardan en regresar, ella pone música en el radio. Cuando los varones regresan ella está inquieta y frustrada, quiere desquitarse por algo.

—Miren niños, aquí hay para escoger golosina, pero no se las terminen. Mientras, Nicolás acompáñame a la tiendita que se me olvidó algo.

Ella lo invita al fondo de la tienda. Ella se cerciora que en ese corredor lejano, junto al refrigerador no se alcanza a mirar desde donde están los niños. Con la mano le indica a Nicolás que se acerque más y levanta la trompa como si buscara un beso, él se precipita a “robarle el beso”. Ella se ríe y le suelta una cachetada ligera, de las que marcan distancia sin hacer daño. Nicolás se sorprende. Ella le dice riendo:

—No me tienes tan contenta; pero haz méritos y quizá aproveches que tu madre está bastante sorda, para hacer alguna travesura esta noche. Además, me descuidas mucho, un mamarracho me ofendió mientras los esperaba en el auto.

Él finge que va a golpear a alguien a sus espaldas. Ella termina de explicar qué sucedió.

— Que ya se fue, pero cómprame algo sabroso, vayan a sospechar los chiquillos.

**

Unos kilómetros adelante había baches disimulados por una lluvia reciente. El vehículo pisó algunos hoyos y brincoteó. Cuando el camino volvió a ser recto y sin baches aparentes, Nicolás aceleró para recuperar el tiempo perdido; miró el velocímetro rebasar ligeramente el límite establecido. El misterio de una llanta mal reparada estalló sin avisar. El vehículo dio una especie de cabezazo y comenzó a girar de manera imprevisible. Los pasajeros de adelante llevaban cinturón de seguridad, lo niños atrás no estaban sujetos.

Nicolás despierta del desmayo cuando un automovilista piadoso le insiste en no moverse, que permanezca acostado. Él no hace caso a la recomendación, se incorpora, siente su pie fracturado, le duelen las costillas y respira con dificultad. Llora cuando descubre que el hijo menor yace sin vida, tendido sin reacciones ante ninguna súplica. El hijo mayor está sentado en el suelo, con la vista espantada, preguntando por el aparato de videojuegos. La cuñada permanece recostada sobre la tierra, a la vera de la carretera, levanta una mano ensangrentada, mirando que está completa. Casi junto a su cara yace el vapeador extraviado; ella cree que es un signo de fortuna y que allende de ese espantoso accidente hay sobrevida.

**

Belinda cuando se enteró de la tragedia no dejó de culpar a Nicolás por el accidente. Nunca le gustó la manera en que él manejaba y, era cierto, esa vez había rebasado el límite de velocidad. Si el neumático estalló por otra causa desconocida a ella no le importaba; su hijo más pequeño no volvería de la tumba. Belinda rompió la comunicación con Nicolás, aunque el hijo mayor no quiso alejarse del padre ni de su tía.

**

Cuando el novio de Alicia le marcó por teléfono ella irradiaba un ánimo extraño.

—Ni te imaginas de qué manera encontré un regalo tuyo que creía perdido.

—Déjame adivinar ¿el vapeador?