Por Juan Lomas Jr.
El reporte nocturno señala un contagio de hembra no vacunada con probable gestación.
Las precauciones para acceder a la zona restringida por Covid son tan fastidiosas,
con aislamiento de compuertas, guante plástico, mascarilla especial, gafa sellada
y ropa desechable. Para el médico residente su turno terminaba, pero acude a la
zona de esa enfermedad temida, por esa responsabilidad sin límites que caracteriza
al gremio de la salud. El letrero decía “Cuidados respiratorios” y abajo “Área
restringida”. Al menos, esa joven mujer no quedó intubada y bastaba el oxígeno
nasal a máxima intensidad. La paciente reportaba un desmayo convulsivo reciente,
aunque parecía de buen pronóstico, conforme la oxigenación y un sedante ligero hacían
efecto.
El letrero del residente presume “Andy Medical” para que los demás no lo
confundan. En ese momento piensa que el estudio de los electroencefalogramas lo
aflojó en la escuela. Comparando el ritmo de los demás estudiantes sí lo intentó,
pero las últimas semanas sufre del prurito, ese síndrome cuando nada es
suficiente. En su ánimo aúna un conflicto emocional que (como las mareas) sube
y baja. Prefiere los turnos agotadores, a veces la interacción con sus colegas
le enerva. Revisa los signos vitales, las dosificaciones establecidas, observa el
suministro mediante gotero en sonda y se tranquiliza. Invoca a la madre de las
musas, a Mnemosina divinidad de la memoria, para recordar mejor los patrones
irregulares de las gráficas. El perfil hermoso de esa mujer en intensidad de
juventud es un distractor atrae y la conciencia de médico exige un pensamiento puro.
El cansancio a las 3 am se agudiza y, terminada una revisión, prefiere
salir del área restringida. Con la lentitud protocolaria se cambia de ropa; siendo
que le urge más dotación de café cargado para intensificar su servicio noctámbulo.
Al tirar el traje protector lo mira fofo, cual veleta desmoronándose en un
basurero.
Con más calma enarca las cejas sobre el reporte de la paciente, leyendo
señas de que se dedica al escultismo. Recuerda su temporada infantil de
campamentos y actividades sanas con pantalones cortos. Sucedió hace muchos años.
Vuelve a mirar las líneas gráficas del cerebro en acción, hay irregularidades donde
busca una interpretación. Se reclama no ser destacada en esa materia. Acaricia
con los dedos el trazado irregular de las líneas encefalográficas; lo hace con
cariño y sin darse cuenta, simple recurso de una imaginación agotada por los horarios
agotadores. Mientras acaricia las líneas de la electroencefalografía se pregunta
cuán vivaz y dulce es la mirada de la paciente, una mirada vivaz tras la dulce
barrera de lo imposible.
En ese horario hay enfermeras despiertas para platicar. La enfermera más
antigua, Raquelito, quizá le dará una sorpresa agradable, le pregunta por antecedentes.
Ella responde:
—Es covidiota, de esas que no se vacunaron; se confían en la juventud, lo
cual es relinchar sin caballo.
Lo último no lo entiende Andy, sin embargo, sigue el ritmo de la risa
cómplice. Se entera que afuera está el amigovio de la chica esperándola.
—¿Cómo sabes que no es
marido?
—Obvio que es amigovio,
no traen anillos y él le está chillando; lagrimea un poco sin el exceso de la Santa
Magdalena.
Cuando Andy le muestra la
gráfica, la enfermera recomienda estudio TAC, por señas de posible golpe en la
cabeza. Se ofrece a preguntar al amigovio si ella tuvo una caída.
No ha terminado su café, cuando
regresan las noticias de que sí, en efecto, la paciente se cayó y golpeó en la
cabeza, pero como no sangró tampoco le dieron importancia.
—Por cierto, él también
resultó covidiota. No tarda en salir enfermo, a menos que además haya mentido.
Andy pregunta en almacén
si llegó algún antiviral de nueva generación, de los especializados para esa
enfermedad. Le responden que únicamente les queda Ivermectina. Esa afirmación le
molesta, aunque no reprende al almacenista. En su fuero interno reclama que
mantener un desparasitante veterinario en la lista de medicamentos recomendados
para covid es un abuso de falta de profesionalismo en altas esferas de gobierno.
Andy piensa que si él interpretara con eficiencia el electroencefalograma
no requeriría de nuevos estudios. En ese minuto canta un gallo. Piensa en su
educación católica de la infancia, cuando el curso de la primera comunión. Ahí
aprendió que el apóstol Pedro negó tres veces a Jesús antes de que terminaran
los cantos matinales de un gallo. El canto de la madrugada significaba la
debilidad, ese doblez de quien es incapaz de defender al guía y amigo por temor;
al sitio bíblico lo siguen llamando Gallicantu.
Vuelve a mirar el reporte y en eso confirma: “Está embarazada, debe estar
embarazada.” Sale corriendo hacia la zona hospitalaria para público a
interrogar al amigovio. Cuando el susodicho confiesa que ella está embarazada,
comienza a sollozar:
—Que no se contagie el bebé,
que no se contagie.
Andy olvida la diplomacia
que le enseñan en su profesión y lo reconviene:
—Por no vacunarse pueden
morir los tres, pero haremos lo imposible para sacarlos del problema.
Andy no siente su voz
sincera mientras recuerda el desabasto de medicinas clave y que la política hospitalaria
prohíbe que los familiares introduzcan medicamentos. Deben pasar de contrabando
y él es un simple residente. Murmura:
—Al carajo con el
protocolo burocrático.
Con el relevo de turnos, Andy
tiene oportunidad para dormir dos horas en la “galera M” con letra del misterio.
Un cuarto diminuto con una litera doble para los breves sueños del personal. El
ritmo desproporcionado de los turnos exige siestas ocasionales. En su sueño Andy
imagina que la última paciente acerca la parte de cuello llamado esternocleidomastoideo
con provocación, ella jala su bata hacia abajo mientras sonríe con picardía. En
sueños Andy se resiste hasta donde sus juramentos y sentido del pudor se lo
permiten, cuando las puertas y ventanas se cierran con viento aliado. Recuerda
el registro y mira la cara idéntica a la joven actriz Meche Carreño. Mira el
registro: “María Mercedes Carreño L.” Conforme se oscurece el ambiente, suena un
twitteo desde su celular, con insistencia; en la pequeña pantalla azul dice: “Tu
esposa”. En el mundo real no está casado y duda que en su drama íntimo sea
capaz de tener novia. Cuando despierta, siente enojo contra el amigovio.
Una hora después el amigovio
culposo avisa que tiene un recado y, por fortuna, es la medicina recomendada.
Con discreción, Andy introduce al amigovio a un consultorio para platicar en
privado. Lo sienta y le explica algunas hipótesis espantosas sobre secuelas de
enfermedades en embarazos: parálisis cerebral, ceguera crónica, ausencia de
miembros, malformaciones genéticas… Conforme el interlocutor palidece del
espanto, el médico con discreción, le indica que deje su “regalo” en un cajón
abierto. Cuando se despide el amigovio de la paciente Carreño se nota un
temblor en las manos. “Se me pasó la mano, ojalá no huya”.
Esa tarde Andy vuelve a
servir en área neumológica, donde falta personal en cada pandemia. A pesar del
equipo aislante aprovecha para intercambiar unas palabras con la paciente Carreño.
Le hace preguntas de rutina y con pretexto de su próxima alta ella le
proporciona su número de teléfono. Ese gesto llama la atención de Andy, que
pregunta:
—¿Casada o con novio?
Ella responde:
— Libre como el viento y
al carajo con el protocolo burocrático.
Los siguientes días siente
escrúpulos y se pregunta cómo acercarse rompiendo sus miedos y conservando sus
códigos de ética profesional. Sin embargo, esta narración contiene una trampa,
pues el médico Andy resulta que vive una etapa “trans”. Dilema en el cuerpo de mujer
por nacimiento y transita hacia una recomposición física, aunque tampoco
pretende tornarse un macho varón. El matiz del personaje es complicado y la palabra
transgénero resulta poco legible en un cuento, así que planeaba eludirla,
aunque cambié de opinión. Porque cómo considerar un argumento de escrúpulo
sobre honorabilidad profesional, cuando se mezcla con las angustias de la
aceptación de la identidad y las hipótesis sobre el posible rechazo de un
acercamiento, cuando esa personificación no define cuál es su auténtica
situación genérico sexual. La vía fácil es situarla en un bar gay, aunque colocarla
en una bata profesional resulta más intenso y menos convencional.
Por un lado, Andy odia
sentirse pusilánime ante la perspectiva de que esa chica sea “la de sus sueños”,
por el otro, rechaza acometer una “puñalada trapera” contra un tercero
desconocido o hasta inocente. Asumir una vida que viene en camino también le
resulta intrigante y no es un criminal para salir huyendo como hizo el
amigovio. Se proyecta capaz de disiparle cualquier idea absurda sobre la
medicina moderna. Especula con intensidad y nerviosismo mientras maneja, por lo
que el camino desaparece. Ya frente de la puerta del edificio de departamentos
señalado, respira hondo y murmura: “al carajo con el protocolo burocrático.”
Recuerda que fue la
paciente de mirada intensa quien entregó su número, sin embargo, ocurrió bajo
los efectos de una condición vulnerable. En esos días de hospital se miraron a
través mascarillas, escafandras y un traje extraño. Entonces no se notaban los
signos exteriores de la panza crecida y demás jergas del embarazo. Andy siente
una curiosidad tan intensa sobre qué actitud encontrará, que le punza la boca
del estómago.
Cierra lo ojos mientras espera
a que le abran y, de improviso, siente un ligero jalón en el brazo que invita a
traspasar el umbral. Mira hacia el piso para no tropezar y saluda sin contacto
visual, con un arrebato de timidez.
El interior del
departamento está bañado por una luminosidad tenue, regulada para el intimismo;
por las paredes y los muebles pequeños destacan detalles luminosos, de pequeños
moños coloridos y adornos de chaquiras. De inmediato, la anfitriona Meche se
esfuerza por sonreír y agradar; su mirada está clavada en su rostro por lo que Andy
baja la vista, con una mezcla de sorpresa y vergüenza inesperada, que intenta
controlar.
La anfitriona no para de
platicar y disculparse por lo humilde del sitio, asimismo advierte que una tía
hipocondriaca se ha recluido en una pequeña habitación. Señala un sillón amarillo
y con manchas grises para que se acomode la visita; acerca una silla de madera
y baquelita, con apariencia apolillada. Hay un jarrón de frutas mezcladas con
ron y jarabe de granadina.
Mientras los vasos se
humedecen por el vapor condensado, la visita no atina a aplicar una plática coherente.
Meche monologa sobre sus gustos por las motocicletas y acampar zonas
deshabitadas, mientras le inventa obligaciones fantasiosas, como “deberías
comprarte una moto deportiva… deberías tener casa de campaña… deberías visitar
más al descampado… sería lindo visitar Valle de Bravo o Malinalco, quedan cerca…”
Es evidente que la anfitriona propone escenarios para una actividad juntos. Con
tono despreocupado, Meche expone que hubo un aborto espontáneo.
—Me hubiera gustado saberlo.
Otra respuesta despreocupada
de Meche, resta importancia a lo sucedido y vuelve sobre las fantasías de un
próximo viaje. La evidencia del camino abierto pone más tenso el ánimo de la
visita. Cada vez es más la sensación de un barco viejo que está avistando una
tormenta, por el momento, el vaivén resulta ligero, de pronto una ola hace
crujir los amarres y el alma se agolpa en la garganta. Para Andy, la ola grande
no ha llegado, pero la atmósfera advierte una tormenta.
La anfitriona bebe de
prisa, hasta que termina un tercer vaso y se queja del calor excesivo. De improviso
jalonea su suéter azulado y explica que sufre por un exceso de ropa.
—Me vas a perdonar… hay demasiado
calor y “al carajo con el protocolo burocrático”.
De un jalón se saca el
suéter y sobre el torso descubierto están el sujetador encarnado y un collar
con una obsidiana circular. Andy se sorprende, enarca las cejas, aleja la vista
y mira con intensidad su celular, buscando un refugio ante lo inesperado. El
contraste entre los cuerpos en condición clínica, con la frialdad de las luces
artificiales y los aromas estériles del hospital; total contraste ante una piel
intencionada, mostrando en un reto de intimidad, con intensidad y reto. Llegó
esa ola temida. Por experiencia, teme que un encuentro improvisado termina en
dramas de incomprensión. Anteriormente, no ha faltado quien le llame truhan, hipócrita,
mequetrefe, quimera o víbora cuando no ha explicado con sutileza y elocuencia
su condición trans; incluso, con explicaciones previas hay tragos amargos. Prefiere
improvisar para escapar:
—Es una emergencia;
disculpa, con médicos no hay vida propia. No me tomes por gandul. Si me permites, luego compensaré con
creces.
En seguida miente sobre
un infarto, perjurando que está muy contento de visita y que compensará su
falta, que pronto llamará. Antes de escapar, se acuerda de una muestra médica de
pastillas, que de algo servirá para justificar la visita. Dentro de su
automóvil, mete la mano al maletín y siente el encefalograma, donde observó
algo peculiar, y se queda acariciándolo sin animarse a retirarse tan pronto.