Por Carlos Valdés Martín
El sorprendente impulso de un automóvil en el instante de levantar una
llanta del suelo atrae la vista. Ese impulso para torcerse en una dirección
indefinida tambaleante; como cabecean las bestias en las luchas por territorios
hostiles. Frente al vuelo inesperado del automóvil, la mirada queda atrapada por
movimientos rápidos e inesperados; hay una incredulidad auténtica, más orgánica
que intencional. Esa agitación obliga a mirar como a través de una mirilla de
arma. En ese breve vuelo del chasis hay un comienzo de asombro e
incredulidad. Un sonido seco y explosivo acompañó al levantarse del vehículo;
de inmediato un vuelco hacia un costado y el choque de la armadura con el piso,
convertido en obstáculo que empujó hacia la detención completa; un cambio de
dirección alcanzando el giro redondo. El empuje lateral continuó con los vidrios
estallando hasta que el polvo se levantó súbito, mientras las puertas se abrían
y cerraban alternativamente, aleteo absurdo de láminas retorcidas. Lanzaba chispas por
roce de metales contra el pavimento; ruidos como lamentos y un polvo que crecía
mientras ocultaba el movimiento de cuerpos alejándose del vehículo.
Los demás vehículos viajaban a suficiente distancia para no chocar con el que daba las volteretas. Los adelante se alejaron sin
darse cuenta, los de atrás de inmediato bajaron su velocidad para no
colisionar.
En el segundo giro, el vehículo terminó su peripecia con el toldo en el suelo,
a un costado de la carretera. El polvo siguió saliendo y una llanta girando
sobre su eje y rozando el aire, en tributo a su inercia.
**
Alicia mantenía un compromiso con un novio formal que viajaba mucho. Ella
le marcó por teléfono y le dijo: no te vas a imaginar cómo encontré algo que me
regalaste y creía perdido. Ella casi no lo veía ni le importaba, pero él
compensaba con regalitos cada vez que se reunían.
**
El patrón repetía cual un mantra místico que “la llanta es el alma del
automóvil”. A contrapelo de esa sensatez patronal, su trabajador, de nombre Amado,
estaba harto y desesperado. El motivo de Amado comenzó, cuando su puerta fue pateada
por un extorsionador que le había amenazado: “Pagas o lo pagan tus niños.” El
rufián azotó contra su pecho un papel donde le exigía unos billetes, que él no tenía.
La mañana siguiente, Amado le pidió prestado al patrón, aunque no le explicó el
motivo. Después de regañarlo, el patrón le extendió un billete pequeño que no
cubría la urgencia. Cuando Amado quedó solo se le ocurrió cómo resolver su
urgencia. A escondidas permutó un gallo (llanta reparada que vale una fruslería)
por una llanta nueva de un cliente. La utilidad de ese hurto fue suficiente para
resolver su urgencia.
**
Alicia, la cuñada, sentada en el sitio del copiloto:
—Llevo una semana tratando de quitarme el vicio del tabaco y con un
vapeador me ayudo, sin embargo, con tristeza me entero que los prohíben. Vaya
despropósito el prohibicionismo. Si son medicinales, tengo receta de un doctor para
ir disminuyendo las dosis de nicotina. Si es un mecanismo de vapor y ahora no
lo encuentro. Aunque si una patrulla nos detiene por lo acelerado que manejas,
segurito que ellos, los tecolotes de la ley, sí lo encuentran… Mejor haz parada
en la próxima gasolinería y compro unos churritos, chicles, churrumais,
chocotorros, gansitos, rufles, wafles o bombones que la ansiedad me agobia.
Viajaban rumbo a Teotihuacán en la vieja camioneta Ford propiedad de su
esposa, estaban sus dos hijos y la cuñada Alicia, de carrera enfermera. Faltaba
la esposa, Belinda, motivada por una discusión, cuando ella insistió en acudir
a la marcha del 8 de marzo. Una amiga estaba desaparecida desde hacía dos
semanas y ella lo sentía en el corazón, como un grito de desesperación. Por las
noches ella tuvo insomnio, cuando la imaginaba amarrada como animal dentro de
un chiquero, custodiada por un loco pervertido. Al día siguiente era el cumpleaños
de la suegra, la madre de él, Nicolás.
—Niños busquen el vapeador entre el suelo —el papá acomoda el espejo
retrovisor y baja ligeramente la velocidad para comprobar que le hagan caso—,
entre el suelo se pudo rodar.
Responde el más grande, sin moverse y sigue mirando el videojuego en un ipad
sostenido entre sus piernas:
—Un vaporizador no cabe entre los asientos.
—Si empiezas de argüendero te quito el videojuego.
El más chico responde:
—Lo buscamos, pero ¿si vamos a la tiendita como dice mi tía Alicia? Tengo
sed de churritos.
Cuando el padre-piloto se cerciora que sus dos hijos están encaramados
hacia el suelo buscando un vapeador, aprovecha y desliza una mano hacia la
pierna de la cuñada. Ella responde con un movimiento rápido para retirar la
mano, que toma de la muñeca y la regresa. Con la otra mano agita un dedo en
sentido negativo; luego tuerce el cuello para mirar a sus sobrinos y comenta:
—¿Conocen el poema del tiempo? Seguro que no, dice así: hay un tiempo para
amar y otro para olvidar, hay uno para la siempre y otro para huir del lugar…
Mientras Alicia altera la letra del poema mira fijamente a Nicolás con las
cejas arqueadas como retándolo.
**
La madre se ha subido en el subterráneo metro para reunirse temprano con
una amiga, con la cual darse más valor para acudir a la marcha. Nunca había
asistido a algo así. Le dijeron que era conveniente llevar un pañuelo morado o
verde, así que su amiga le prestaría uno. El sitio de reunión era una cafetería
sencilla, al aire libre, junto al Monumento a la Revolución.
—Faltan muchas horas para que esto comience.
—Nos da chance bastante para actualizarnos. Y tú vas a ser a la primera que
le cuente, que mi hija está embarazada, viene un bodoque, y todavía no termina
la escuela secundaria. Lo peor es que dice que no sabe quién es el papá. Ya
tiene meses y ni manera ni de abortar. Se metió con dos chamaquitos al mismo
tiempo. No sabe cuál es el padre. Quesque ella estaba como desesperada por
dejar la virginidad y que se puso como loquita. Traía un humor de perros, se la
pasaba de pleitos conmigo. Y de repente se volvió tranquilita. Le preguntaba y
preguntaba que qué traía. Ella con puros pretextos, hasta me cuenteó que fue a
la Basílica a rogar a la Guadalupana para ya ser una hija sin pleitos, conmigo era
puro cuento: Luego se iba a un rave de fiesta temprano que era un desmoche y
hasta tachas se metía, junto con Julieta.
—Barajéamelo más despacio, amiga, estoy en shock.
Continúan platicando de la hija embarazada de la amiga y luego ella, Belinda,
le empieza a comentar que su marido Nicolás ha cambiado mucho, que él está desinteresado
de ella, que dejó de ser caballeroso y se volvió patán. Que por los niños no le
hace escándalo, pero su instinto le dice que está siendo infiel, aunque no ha visto
nada.
**
Nicolás se detiene en la tiendita de una gasolinería. Los niños bajan al
baño público acompañados por él. Paga la cuota de cada uno, pasando por un
torniquete mecánico. La cuñada Alicia se mete en la tienda y hace la incursión
de las golosinas; además compra un refresco grande para compartirlo entre
todos, eso por ahorrar. A ella se le antoja una torta de aguacate con pimienta,
como cuando estaba embarazada, pero sufrió un mortinato y no prosperó. Desde
entonces se siente gordita, por más que Nicolás le diga que es una gordibuena,
aunque ella piensa que él es un guarro mentiroso. Que lo mejor que debería
hacer su hermana es mandarlo a volar, aunque ella sea una fácil y algo
frustrada; nada más se imagina como una herramienta de la mano de Dios, que
está ordenando para que su hermana se dé cuenta de lo tremendo que es el marido
Nicolás. Sale de la tiendita con una bolsa grande de antojos.
Se queda recargada junto a la camioneta, y un chofer de un camión que
avanza hacia la tiendita, aprovechando que la ve sola, le murmura algo soez,. Ella
alcanza a escuchar la palabra “bizcochito”. Ella responde entre dientes:
—Mamarracho infeliz —también murmura, por precaución y sigue entonando como
si estuviera cantando— botarga de chiquero, abonero de la procrastinación, vomitivo
arrastra-lápiz, incesto de xoloitzcuintle con Godzila, inmaculada abyección,
aborto de King Kong, diarrea de Drácula, traga-sapos embarazado, gonorrea del
crápula, culpa ambidiestra, hemorroide por vocación, mentecato amateur, impotencia
obsesiva, traga-boas disecadas, rodilla raspada, faraón de lo banal, lamebotas
sin botas...
Le hace un gesto obsceno para asentar que repudia al patriarcado opresor, cuando
el mamarracho atraviesa la puerta del local de la tiendita. Ella se empieza a
reír sola. Por precaución se mete al automóvil, quizá una telepatía resultó tras
sus insultos murmurados. Pasa otro minuto y mira al mamarracho alejarse. Los
acompañantes se tardan en regresar, ella pone música en el radio. Cuando los
varones regresan ella está inquieta y frustrada, quiere desquitarse por algo.
—Miren niños, aquí hay para escoger golosina, pero no se las terminen.
Mientras, Nicolás acompáñame a la tiendita que se me olvidó algo.
Ella lo invita al fondo de la tienda. Ella se cerciora que en ese corredor
lejano, junto al refrigerador no se alcanza a mirar desde donde están los
niños. Con la mano le indica a Nicolás que se acerque más y levanta la trompa
como si buscara un beso, él se precipita a “robarle el beso”. Ella se ríe y le
suelta una cachetada ligera, de las que marcan distancia sin hacer daño.
Nicolás se sorprende. Ella le dice riendo:
—No me tienes tan contenta; pero haz méritos y quizá aproveches que tu
madre está bastante sorda, para hacer alguna travesura esta noche. Además, me
descuidas mucho, un mamarracho me ofendió mientras los esperaba en el auto.
Él finge que va a golpear a alguien a sus espaldas. Ella termina de
explicar qué sucedió.
— Que ya se fue, pero cómprame algo sabroso, vayan a sospechar los chiquillos.
**
Unos kilómetros adelante había baches disimulados por una lluvia reciente.
El vehículo pisó algunos hoyos y brincoteó. Cuando el camino volvió a ser recto
y sin baches aparentes, Nicolás aceleró para recuperar el tiempo perdido; miró
el velocímetro rebasar ligeramente el límite establecido. El misterio de una llanta
mal reparada estalló sin avisar. El vehículo dio una especie de cabezazo y
comenzó a girar de manera imprevisible. Los pasajeros de adelante llevaban
cinturón de seguridad, lo niños atrás no estaban sujetos.
Nicolás despierta del desmayo cuando un automovilista piadoso le insiste en
no moverse, que permanezca acostado. Él no hace caso a la recomendación, se
incorpora, siente su pie fracturado, le duelen las costillas y respira con
dificultad. Llora cuando descubre que el hijo menor yace sin vida, tendido sin
reacciones ante ninguna súplica. El hijo mayor está sentado en el suelo, con la
vista espantada, preguntando por el aparato de videojuegos. La cuñada permanece
recostada sobre la tierra, a la vera de la carretera, levanta una mano ensangrentada,
mirando que está completa. Casi junto a su cara yace el vapeador extraviado;
ella cree que es un signo de fortuna y que allende de ese espantoso accidente hay
sobrevida.
**
Belinda cuando se enteró de la tragedia no dejó de culpar a Nicolás por el
accidente. Nunca le gustó la manera en que él manejaba y, era cierto, esa vez había
rebasado el límite de velocidad. Si el neumático estalló por otra causa
desconocida a ella no le importaba; su hijo más pequeño no volvería de la tumba.
Belinda rompió la comunicación con Nicolás, aunque el hijo mayor no quiso
alejarse del padre ni de su tía.
**
Cuando el novio de Alicia le marcó por teléfono ella irradiaba un ánimo
extraño.
—Ni te imaginas de qué manera encontré un regalo tuyo que creía perdido.
—Déjame adivinar ¿el vapeador?