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martes, 1 de marzo de 2022

ACARICIANDO UN ELECTROENCEFALOGRAMA

 



 

Por Juan Lomas Jr.

 

El reporte nocturno señala un contagio de hembra no vacunada con probable gestación. Las precauciones para acceder a la zona restringida por Covid son tan fastidiosas, con aislamiento de compuertas, guante plástico, mascarilla especial, gafa sellada y ropa desechable. Para el médico residente su turno terminaba, pero acude a la zona de esa enfermedad temida, por esa responsabilidad sin límites que caracteriza al gremio de la salud. El letrero decía “Cuidados respiratorios” y abajo “Área restringida”. Al menos, esa joven mujer no quedó intubada y bastaba el oxígeno nasal a máxima intensidad. La paciente reportaba un desmayo convulsivo reciente, aunque parecía de buen pronóstico, conforme la oxigenación y un sedante ligero hacían efecto.

El letrero del residente presume “Andy Medical” para que los demás no lo confundan. En ese momento piensa que el estudio de los electroencefalogramas lo aflojó en la escuela. Comparando el ritmo de los demás estudiantes sí lo intentó, pero las últimas semanas sufre del prurito, ese síndrome cuando nada es suficiente. En su ánimo aúna un conflicto emocional que (como las mareas) sube y baja. Prefiere los turnos agotadores, a veces la interacción con sus colegas le enerva. Revisa los signos vitales, las dosificaciones establecidas, observa el suministro mediante gotero en sonda y se tranquiliza. Invoca a la madre de las musas, a Mnemosina divinidad de la memoria, para recordar mejor los patrones irregulares de las gráficas. El perfil hermoso de esa mujer en intensidad de juventud es un distractor atrae y la conciencia de médico exige un pensamiento puro.

El cansancio a las 3 am se agudiza y, terminada una revisión, prefiere salir del área restringida. Con la lentitud protocolaria se cambia de ropa; siendo que le urge más dotación de café cargado para intensificar su servicio noctámbulo. Al tirar el traje protector lo mira fofo, cual veleta desmoronándose en un basurero.

Con más calma enarca las cejas sobre el reporte de la paciente, leyendo señas de que se dedica al escultismo. Recuerda su temporada infantil de campamentos y actividades sanas con pantalones cortos. Sucedió hace muchos años. Vuelve a mirar las líneas gráficas del cerebro en acción, hay irregularidades donde busca una interpretación. Se reclama no ser destacada en esa materia. Acaricia con los dedos el trazado irregular de las líneas encefalográficas; lo hace con cariño y sin darse cuenta, simple recurso de una imaginación agotada por los horarios agotadores. Mientras acaricia las líneas de la electroencefalografía se pregunta cuán vivaz y dulce es la mirada de la paciente, una mirada vivaz tras la dulce barrera de lo imposible.  

En ese horario hay enfermeras despiertas para platicar. La enfermera más antigua, Raquelito, quizá le dará una sorpresa agradable, le pregunta por antecedentes. Ella responde:

—Es covidiota, de esas que no se vacunaron; se confían en la juventud, lo cual es relinchar sin caballo.

Lo último no lo entiende Andy, sin embargo, sigue el ritmo de la risa cómplice. Se entera que afuera está el amigovio de la chica esperándola.

—¿Cómo sabes que no es marido?

—Obvio que es amigovio, no traen anillos y él le está chillando; lagrimea un poco sin el exceso de la Santa Magdalena.

Cuando Andy le muestra la gráfica, la enfermera recomienda estudio TAC, por señas de posible golpe en la cabeza. Se ofrece a preguntar al amigovio si ella tuvo una caída.

No ha terminado su café, cuando regresan las noticias de que sí, en efecto, la paciente se cayó y golpeó en la cabeza, pero como no sangró tampoco le dieron importancia.

—Por cierto, él también resultó covidiota. No tarda en salir enfermo, a menos que además haya mentido.

Andy pregunta en almacén si llegó algún antiviral de nueva generación, de los especializados para esa enfermedad. Le responden que únicamente les queda Ivermectina. Esa afirmación le molesta, aunque no reprende al almacenista. En su fuero interno reclama que mantener un desparasitante veterinario en la lista de medicamentos recomendados para covid es un abuso de falta de profesionalismo en altas esferas de gobierno.

Andy piensa que si él interpretara con eficiencia el electroencefalograma no requeriría de nuevos estudios. En ese minuto canta un gallo. Piensa en su educación católica de la infancia, cuando el curso de la primera comunión. Ahí aprendió que el apóstol Pedro negó tres veces a Jesús antes de que terminaran los cantos matinales de un gallo. El canto de la madrugada significaba la debilidad, ese doblez de quien es incapaz de defender al guía y amigo por temor; al sitio bíblico lo siguen llamando Gallicantu.

Vuelve a mirar el reporte y en eso confirma: “Está embarazada, debe estar embarazada.” Sale corriendo hacia la zona hospitalaria para público a interrogar al amigovio. Cuando el susodicho confiesa que ella está embarazada, comienza a sollozar:

—Que no se contagie el bebé, que no se contagie.

Andy olvida la diplomacia que le enseñan en su profesión y lo reconviene:

—Por no vacunarse pueden morir los tres, pero haremos lo imposible para sacarlos del problema.

Andy no siente su voz sincera mientras recuerda el desabasto de medicinas clave y que la política hospitalaria prohíbe que los familiares introduzcan medicamentos. Deben pasar de contrabando y él es un simple residente. Murmura:

—Al carajo con el protocolo burocrático.

Con el relevo de turnos, Andy tiene oportunidad para dormir dos horas en la “galera M” con letra del misterio. Un cuarto diminuto con una litera doble para los breves sueños del personal. El ritmo desproporcionado de los turnos exige siestas ocasionales. En su sueño Andy imagina que la última paciente acerca la parte de cuello llamado esternocleidomastoideo con provocación, ella jala su bata hacia abajo mientras sonríe con picardía. En sueños Andy se resiste hasta donde sus juramentos y sentido del pudor se lo permiten, cuando las puertas y ventanas se cierran con viento aliado. Recuerda el registro y mira la cara idéntica a la joven actriz Meche Carreño. Mira el registro: “María Mercedes Carreño L.” Conforme se oscurece el ambiente, suena un twitteo desde su celular, con insistencia; en la pequeña pantalla azul dice: “Tu esposa”. En el mundo real no está casado y duda que en su drama íntimo sea capaz de tener novia. Cuando despierta, siente enojo contra el amigovio.

Una hora después el amigovio culposo avisa que tiene un recado y, por fortuna, es la medicina recomendada. Con discreción, Andy introduce al amigovio a un consultorio para platicar en privado. Lo sienta y le explica algunas hipótesis espantosas sobre secuelas de enfermedades en embarazos: parálisis cerebral, ceguera crónica, ausencia de miembros, malformaciones genéticas… Conforme el interlocutor palidece del espanto, el médico con discreción, le indica que deje su “regalo” en un cajón abierto. Cuando se despide el amigovio de la paciente Carreño se nota un temblor en las manos. “Se me pasó la mano, ojalá no huya”.

Esa tarde Andy vuelve a servir en área neumológica, donde falta personal en cada pandemia. A pesar del equipo aislante aprovecha para intercambiar unas palabras con la paciente Carreño. Le hace preguntas de rutina y con pretexto de su próxima alta ella le proporciona su número de teléfono. Ese gesto llama la atención de Andy, que pregunta:

—¿Casada o con novio?

Ella responde:

— Libre como el viento y al carajo con el protocolo burocrático.

Los siguientes días siente escrúpulos y se pregunta cómo acercarse rompiendo sus miedos y conservando sus códigos de ética profesional. Sin embargo, esta narración contiene una trampa, pues el médico Andy resulta que vive una etapa “trans”. Dilema en el cuerpo de mujer por nacimiento y transita hacia una recomposición física, aunque tampoco pretende tornarse un macho varón. El matiz del personaje es complicado y la palabra transgénero resulta poco legible en un cuento, así que planeaba eludirla, aunque cambié de opinión. Porque cómo considerar un argumento de escrúpulo sobre honorabilidad profesional, cuando se mezcla con las angustias de la aceptación de la identidad y las hipótesis sobre el posible rechazo de un acercamiento, cuando esa personificación no define cuál es su auténtica situación genérico sexual. La vía fácil es situarla en un bar gay, aunque colocarla en una bata profesional resulta más intenso y menos convencional.

Por un lado, Andy odia sentirse pusilánime ante la perspectiva de que esa chica sea “la de sus sueños”, por el otro, rechaza acometer una “puñalada trapera” contra un tercero desconocido o hasta inocente. Asumir una vida que viene en camino también le resulta intrigante y no es un criminal para salir huyendo como hizo el amigovio. Se proyecta capaz de disiparle cualquier idea absurda sobre la medicina moderna. Especula con intensidad y nerviosismo mientras maneja, por lo que el camino desaparece. Ya frente de la puerta del edificio de departamentos señalado, respira hondo y murmura: “al carajo con el protocolo burocrático.”

Recuerda que fue la paciente de mirada intensa quien entregó su número, sin embargo, ocurrió bajo los efectos de una condición vulnerable. En esos días de hospital se miraron a través mascarillas, escafandras y un traje extraño. Entonces no se notaban los signos exteriores de la panza crecida y demás jergas del embarazo. Andy siente una curiosidad tan intensa sobre qué actitud encontrará, que le punza la boca del estómago.

Cierra lo ojos mientras espera a que le abran y, de improviso, siente un ligero jalón en el brazo que invita a traspasar el umbral. Mira hacia el piso para no tropezar y saluda sin contacto visual, con un arrebato de timidez.

El interior del departamento está bañado por una luminosidad tenue, regulada para el intimismo; por las paredes y los muebles pequeños destacan detalles luminosos, de pequeños moños coloridos y adornos de chaquiras. De inmediato, la anfitriona Meche se esfuerza por sonreír y agradar; su mirada está clavada en su rostro por lo que Andy baja la vista, con una mezcla de sorpresa y vergüenza inesperada, que intenta controlar.

La anfitriona no para de platicar y disculparse por lo humilde del sitio, asimismo advierte que una tía hipocondriaca se ha recluido en una pequeña habitación. Señala un sillón amarillo y con manchas grises para que se acomode la visita; acerca una silla de madera y baquelita, con apariencia apolillada. Hay un jarrón de frutas mezcladas con ron y jarabe de granadina.

Mientras los vasos se humedecen por el vapor condensado, la visita no atina a aplicar una plática coherente. Meche monologa sobre sus gustos por las motocicletas y acampar zonas deshabitadas, mientras le inventa obligaciones fantasiosas, como “deberías comprarte una moto deportiva… deberías tener casa de campaña… deberías visitar más al descampado… sería lindo visitar Valle de Bravo o Malinalco, quedan cerca…” Es evidente que la anfitriona propone escenarios para una actividad juntos. Con tono despreocupado, Meche expone que hubo un aborto espontáneo.

—Me hubiera gustado saberlo.

Otra respuesta despreocupada de Meche, resta importancia a lo sucedido y vuelve sobre las fantasías de un próximo viaje. La evidencia del camino abierto pone más tenso el ánimo de la visita. Cada vez es más la sensación de un barco viejo que está avistando una tormenta, por el momento, el vaivén resulta ligero, de pronto una ola hace crujir los amarres y el alma se agolpa en la garganta. Para Andy, la ola grande no ha llegado, pero la atmósfera advierte una tormenta.

La anfitriona bebe de prisa, hasta que termina un tercer vaso y se queja del calor excesivo. De improviso jalonea su suéter azulado y explica que sufre por un exceso de ropa.

—Me vas a perdonar… hay demasiado calor y “al carajo con el protocolo burocrático”.

De un jalón se saca el suéter y sobre el torso descubierto están el sujetador encarnado y un collar con una obsidiana circular. Andy se sorprende, enarca las cejas, aleja la vista y mira con intensidad su celular, buscando un refugio ante lo inesperado. El contraste entre los cuerpos en condición clínica, con la frialdad de las luces artificiales y los aromas estériles del hospital; total contraste ante una piel intencionada, mostrando en un reto de intimidad, con intensidad y reto. Llegó esa ola temida. Por experiencia, teme que un encuentro improvisado termina en dramas de incomprensión. Anteriormente, no ha faltado quien le llame truhan, hipócrita, mequetrefe, quimera o víbora cuando no ha explicado con sutileza y elocuencia su condición trans; incluso, con explicaciones previas hay tragos amargos. Prefiere improvisar para escapar:

—Es una emergencia; disculpa, con médicos no hay vida propia. No me tomes por gandul. Si me permites, luego compensaré con creces.

En seguida miente sobre un infarto, perjurando que está muy contento de visita y que compensará su falta, que pronto llamará. Antes de escapar, se acuerda de una muestra médica de pastillas, que de algo servirá para justificar la visita. Dentro de su automóvil, mete la mano al maletín y siente el encefalograma, donde observó algo peculiar, y se queda acariciándolo sin animarse a retirarse tan pronto.

 

jueves, 1 de julio de 2021

FILA SIN FINAL PARA LA VACUNACIÓN

 


 


Por Carlos Valdés Martín

 

Una carta de Praga afirma que el escritor sigue vivo, que por fortuna su acta de defunción fue falsa; así, que la noticia de su muerte es errónea y el heredero tampoco evitó quemar sus manuscritos. La tragedia fue un rumor largo, aunque él —siendo tan tímido— sintió horror por el chismorreo entre su gente, cuando reapareciera “sano y salvo”. En especial su padre, rudo con sus burlas, lanzaría chanzas sin descanso contra el revivido. La madre sería la primera en reclamarle: “Ni para morirte demuestras talento.” Falto de resiliencia y agobiado por ese futuro prefirió ocultarse de una manera radical al cambiar de identidad y patria, abandonando la literatura para disfrazarse bajo una profesión que ahuyentara sus depresiones cíclicas. Así, emigró a este país y hace años comenzamos una amistad.

Vino la temporada de vacunas con sus esperanzas y los rumores alarmantes sobre que provocaban esterilidad, inyectaban chips y hasta al cuerpo lo volvían magnético. Las personas devotas de la ciencia y desesperada por un remedio nos abalanzamos sobre la noticia de que se colocarían los remedios. En cambio, los espíritus sombríos se colmaban de adagios. Él apostó a que resultaría imposible que nos vacunaran a los dos. En materia de predicciones, él no siempre atina y era de mérito el devolverle una apuesta. Fue su treta para acompañarnos durante la inoculación, pues él estaba atemorizado por los rumores. Coincidían su desconfianza y su pesimismo. Si nos vacunábamos ese día él ganaba en tranquilidad, si fallaba me tocaría invitar una comida.  

El sitio para la vacunación estaba junto al Auditorio Nacional, a un costado de la avenida Reforma. Por los horarios de citas acudimos una hora antes de que terminara la jornada. Asignaron una semana de vacunación y ese era el segundo día para esa Alcaldía. Era martes y recordé el refrán: “Ni te cases ni te embarques”.

Entrelazando las manos por nervios, repitió el flaco escritor:

—Basta con tu credencial y estar registrado.

Estábamos cerca de la entrada cuando llegó un camión pintado de verde olivo, típico de los militares, y bajó un contingente con cabezas blancas. En principio no le dimos importancia a que ellos se adelantaran en la fila, pero luego apareció otro camión y otro más. Cuando eran varios y había centenares de personas antes que nosotros fue que el escritor guiñó:

—Va a haber problema.

Le respondí animado:

—Solamente que no trajeras tu identificación. A ver, muéstrame.

Guiñó y se tocó la cartera del pantalón, pero no sacó nada. Mientras tanto unos organizadores amables, enfundados en chalecos verdes y con insignias, al indicar a la gente donde empieza la fila gritaban:

—¡Con credencial en la mano!

Sacó una credencial que no era de este país.

Le murmuré:

—Debiste traer la mexicana.

Uno de los auxiliares se puso a revisarle la credencial y movió la mano para llamar a otro. El nuevo preguntó:

—¿Tiene otra credencial?

El amigo comenzó a argumentar que era una credencial válida que se la entregó el señor embajador Lomnitz y que tiene los sellos del país, además de estar vigente.

—Es que ahí no está su edad ni su dirección. ¿Tiene otro?

Me acerqué para reforzar su argumento.

—Con esas arrugas no van a dudar que sea anciano y muy mayor de edad.

Mientras discutíamos se fue aglomerando más la gente que bajaba de los camiones militares y la entrada pareció más lejana.

—¿Tiene alguna otra copia? Algo como copia del agua o de la luz, algún papel que indique su edad. Es para los requisitos.

—Si es extranjero ¿no tiene derecho?

—Ese no es el problema, sino documentar que es vecino y de la edad… La vacuna va por edades y alcaldías.

Ya en tono conciliador, uno de los asistentes dijo que:

—Ahorita viene un supervisor, pero mientras usted que sí trae credencial siga adelante.

No quise dejarlo, y argumenté que era un inútil:

—Si lo dejo solito… se puede perder.

El supervisor demoró en llegar.

—Esperen a que salga la fila de los camiones y ya atiendo al señor, porque no trae papeles, pero sí se le pretende atender.

La gente avanzaba en la fila con rapidez, pero llegaban nuevos solicitantes a cada minuto. Descendían de los camiones con dificultad, incluso les acercaban sillas de ruedas y bastones, los acompañaban en una caravana lenta, pero que se adelantaba frente a nuestra discusión estancada. Ante la parálisis el goteo semeja velocidad. Un parte de mi vista siguió a un señor con mal de Parkinson que se agitaba como si se fuera a derrumbar. Un joven uniformado lo obligó a una silla de ruedas mientras el enfermo protestaba.

Mientras colocaban un candado en el portón de entrada se aproximó otro supervisor con un cartoncillo que decía “Especial” como título y nos explicó que si regresábamos mañana haríamos menos fila por la parte de afuera. Mi mente miró una sombra pesimista, pues también era notorio que por la parte de adentro había largas filas.

**

Cuando nos despedimos el amigo quiso subir la apuesta a que no lograríamos la vacunación. Era absurdo apostar más a favor de nuestra mala fortuna.

Al día siguiente procuré llegar temprano, aunque no lo recomendaban porque en esa etapa sí se aglomera la gente. Por el fracaso del día anterior, prefería unirme a los ansiosos, cuando alteran el refrán de que “por madrugar, amanece más temprano”.

En las noticias avisaron que el transporte entraría en huelga así que puse el despertador en la madrugada. Atemorizado por no escuchar la alarma no pude pegar el ojo y salí muy temprano. Fue cierto, había huelga de camiones, así que los competidores piratas cobraban una tarifa doble y metían el triple de pasaje. La incomodidad de olores de los vecinos amenizó el trayecto. Cuando divisé el centro de vacunación salían los primeros rayos del sol. Los obreros apresurados corrían hacia sus empleos, esos donde si se atrasan les descuentan una hora y bastan quince minutos para que no los acepten. Algunos obreros eran los de chaleco de vacunación, encargados de ordenar filas y revisar que haya credencial en mano.

Desde la distancia gritaban para alinearnos junto a la pared y con una “sana distancia” de metro y medio. La fila creció por segundos y alcancé a colocarme a tres cuadras de distancia de la entrada. En esa fila caras cansadas de madrugadores y frentes arrugas de añosos. Cerca paseaban los del chaleco verde para indicar que mostráramos las credenciales. De cuando en cuando a alguno le señalaban que no pertenecía a esa demarcación, que debían irse hacia otro punto de la ciudad. Cabizbajos y contrariados los equivocados salían lo que permitía un pequeño avance en la fila. Transcurrían los minutos sin nada llamativo, cuando una señora se enojó con el empleado.

Ante los gritos en la fila llegaron más empleados para solicitar silencio. Los refuerzos fueron inútiles ante la gritona que tenía una capacidad de vociferar ilimitada. A la distancia era un cuerpo regordete y torpe, con ropa gris de pobreza, sin embargo, una voz aguda y amenazante.  

Sumaban cuatro empleados incapaces que fueron llamando a más para que guardara silencio. Se comenzaron a acercar los curiosos de la calle. Ese alboroto ocurría a menos de diez metros y resultaba entretenido. Deseaba integrarme al argüende, aunque me perjudicaría abandonar la fila. Acudieron tres uniformados, sin duda, militares para intentar controlar el escándalo, pero era inútil. Unos minutos después otra señorita vociferó que era reportera y levantó un micrófono. Los militares dejaron a la gritona y rodearon a la reportera, que agitó un cartelito con su foto, afirmando “Soy Laura Brugés”. Los soldados se quedaron junto a ella como si pretendieran mimarla. Entró en escena un chaparrito que gritaba: “¡Lo voy a arreglar!” Y cerca de la gritona comenzó a vociferar: “¡Cálmese!” Lo repetía sin cesar y la aludida subía más el volumen, con palabras amenazantes.

En ese momento, algunos abandonaron sus sitios para ver el relajo más de cerca, y otros aprovecharon para adelantarse. Luego los que habían salido de la fila regresaron, por lo que comenzó un vaivén para recuperar sus lugares o para saltar a los espacios abandonados. Entonces otra desconocida que regresaba precipitó el segundo escándalo y vociferó: “¡Están robando mi lugar en la fila!” Alguien en la fila respondió que ella era la invasora. Entonces comenzó una segunda discusión y luego una tercera.

La calle se inundaba de tensiones caóticas con grupos gritando mientras avanzaba el sol. Las sombras de las edificaciones se redujeron y de inmediato se incrementó el calor, por lo que empezaron a quitarse las bufandas, chamarras y ropas que estorbaban. En la distancia se escuchó el altavoz del centro, sin que se distinguiera qué decía. El funcionario chaparrito que no había logrado calmar a la mujer vociferando tuvo una ocurrencia: “Si no logran guardar orden se va a suspender la vacunación. Repito. Si hay desorden se suspende la vacunación.”

Inspirados por la retórica del jefe, eso mismo lo repitieron los empleados y hasta los soldados lo murmuraron, después lo iteraron los asistentes que pretendían la vacuna. De inmediato la mayoría mostró disposición a calmarse, pero muchos sí habían perdido sus lugares en la fila.

La mayoría regresaba la calma, quedó aislada la señora que no cesaba de gritar con la misma intensidad. El ambiente era el de una tormenta amainando.

Tras la permutación de lugares, atrás de mi se colocó una novicia con una iguana verde amarrada con un hilo. Siendo que esta fila es únicamente para personas mayores de edad supongo que guarda el sitio para la abadesa de su convento. Pienso que las monjas suelen andar en grupo, como si el mundo les espantara. Murmullo la frase “como si el mundo les espantara”. En este año de cubrebocas ese tipo de observaciones son obsoletas. Ahora a todo-mundo le espanta el mundo. Y me agrada ese pleonasmo.

De inmediato noto que la gritona se ha callado y a la distancia escucho: “Se está colapsando… Que venga un doctor”. Y algunos repiten a media voz por “Un doctor”. La tensión queda sustituida por nueva curiosidad.

Me pregunto qué sucederá si intento coquetear con la novicia. Tiene unos ojos lindos, unas cejas definidas, el pelo sedoso, el perfil de la cara es fino y el resto de la cara debe adivinarse. El adivinar el resto de la cara ahora es una práctica cotidiana. ¿Cómo es la persona bajo el cubrebocas?

Como sea los meses de encierro por la pandemia provocan mayores ansias por acto disparatados que acerquen con el prójimo. Encontré un pretexto convincente:

—Disculpe, Sor, tengo el alimento perfecto para cuidar la salud de su iguana. El ambiente urbano suele enfermar de estrés a las iguanas.

Primero balbuceó con sorpresa, pues no esperaba que la abordase. De inmediato se interesó y contestó que la llamaba “Iguanidae”. Es el nombre científico, la clasificación latina. Así que deduje que  estudiaba biología. Para presentarme mejor le presumí que de joven trabajé en el herpetario del zoológico.

Los ojos de la monja indicaban que estaba sonriendo y dijo sin transición:

—Me gustaría dormir con una boa. Me agradan muchos reptiles.

Era un giro inesperado para una monja, que insinuaba algo extraño.

—Supongo que eso no lo permiten en el claustro conventual.

Se puso a reír antes de aclarar que era un “punk excéntrico”, trasvestido de monja, de voz dulce y ojos pintados. Y, en efecto, estaba cuidado el lugar en la fila para su tía abuela. Que no fuera una monja pícara, sino un chico excéntrico me decepcionó, pero no iba a externarlo. Fingí que recibía una llamada de trabajo y corté la comunicación con el vecino. Pensé que cuando recuerde esa confusión resultará cómica.

Mientras fingía entró una llamada del escritor de Praga, que me invitaba un café y un pan en un Starbucks, simulando que era una torta de guajolote. Argumentó que la apertura de ese centro de vacunación tardaría una hora. Lo sabía porque desayunaba con Joselo, mi amigo de la secundaria. Se lo había presentado hace tres años. Joselo trabajaba en la vacunación y señaló que hasta dentro de una hora accederían los usuarios.

Pedí con amabilidad a la falsa monja cuidara mi sitio, aunque era una precaución inútil, pues el escritor aseguró que con el amigo saltaríamos la fila.

El pay de manzana con frambuesas estaba delicioso. Aunque no era epidemiólogo ni virólogo, el amigo Joselo tenía un empleo temporal y una excelente memoria. Me recordó una anécdota cuando una colegiala de secundaria organizó una incursión al antro King Kong. Éramos menores y fue una odisea entrar, pues la amiga consiguió una escotilla por un baño conectado a un callejón. Ya adentro al más pequeño de los alumnos lo traicionaron los nervios y uno de los meseros lo expulsó a empujones. Algunos salimos del antro para no abandonar al expulsado. Terminada la anécdota y el pastel, cruzamos la avenida para alcanzar la puerta del centro de vacunación.

Llegamos juntos a la puerta, cuando cinco camionetas blindadas subieron la banqueta y de ellas salieron varios tipos con sombreros paisanos y armas largas. Uno parado desde la camioneta usó un altavoz rústico, donde gritó:

—¡Suelten todas las vacunas y no habrá heridos!

Otro de los que bajaron ametralló con tiros al aire y de inmediato comenzó una estampida entre la gente.  Por instinto corrí junto con un nutrido grupo que se alejó de los forajidos armados. Creí que los amigos huían a mi lado, era una ilusión —hasta un psicopompo momentáneo por si me alcanzaba una bala perdida—pero a ellos los perdí de vista. La multitud espantada corrió hacia la calle para alejarse del centro o se agolpó hacia las paredes.

Imaginé que los soldados saldrían a repeler a los mafiosos, pero me enteré que desde antes les habían avisado y que se retiraron por precaución. Mientras corría mi corazón quería escaparse del pecho. Sin pensarlo opté por correr al ritmo de la masa, con la misma estrategia de las parvadas que van juntas para evitar notarse ante un depredador. Unas cuadras adelante la escapatoria se tranquilizó y la gente siguió caminando, unos pocos dieron alaridos y lloraron. Los animosos daban voces para que nos alejáramos un poco más y los buenos ciudadanos marcaban a la policía con la esperanza de que detuvieran a los malosos. Seguí caminando con la masa y marqué para preguntar por el escritor. Hasta la tercera llamada contestó.

—Sí, también me alejé. Pero si quieres ahora sí apostamos. Se van a robar la vacuna.

—Quizá no se la lleven toda. Quizá podamos regresar a vacunarnos en un rato, cuando se calme la cosa.

—La cosa nunca se calma por completo, es como El castillo, a donde nunca se permite llegar.

Le respondí con la ironía de que el planeta mismo:

—La “Tierra: fundamentalmente inofensiva”.

El escritor respondió que su ánimo era pésimo, que le urgía retirarse. Intentaba convencerlo de que cambiara de opinión, cuando comenzaron a sonar las sirenas de patrullas que se aproximaban.

Corté la comunicación para evaluar el sentido de esa alarma. ¿Quedaron sitiados los mafiosos o ya habían escapado? Bajó el ruido de las sirenas. Las pláticas en la banqueta y las muestras de las noticias en lo teléfonos terminaron por aclarar que los maleantes hurtaron las vacunas.

El escritor no contestó más el teléfono, pero Joselo sí lo hizo. Dijo que estaba preocupado por muchas cosas y se alegró de que estuviéramos ilesos, comentó que entre los empleados había dos heridos. Que sí se robaron las vacunas y que el equipo sería remplazado en el transcurso del día.

Evadió la pregunta sobre la ausencia de los soldados en el asalto:

—En las cosas del gobierno… hay más verdades en las mentiras que mentiras en la verdad.

Cuando regresé a la fila, crecieron los rumores de que no darían servicio o que se nos atendería en otro centro de salud. La tensión nerviosa tras la estampida humana rendía en cansancio y los minutos parecían horas. Resistí ciento veinte minutos y traté de localizar al amigo sin resultados. La gente se iba desmoralizando, ya fuera por creer en un altavoz lejano que daba malas noticias o por mirar en sus pantallas telefónicas. La fila avanzaba únicamente por quienes abandonaban, así que el espejismo de oasis se acercaba. Después, en las proximidades de la puerta, un funcionario pronunció un discurso meloso e inspirado para disculpar que en ese día no habría servicio.

Al regresar a casa sentí que el calor de la resolana se conservaba bajo la piel. Intenté refrescarme con bebidas frías sin resultado. Luego temí fiebre, ingerí dos pastillas calmantes y murmuré. En la tarde, un dolor de cuerpo se sumó. Alarmado fui a una farmacia con consultorio. El joven médico del sitio recomendó más líquidos y otras pastillas antipiréticas. Checó con un oxímetro y me tranquilizó la cifra reportada. Me indicó que si los síntomas empeoraban entonces volviera.

Resultaría en una ironía inicua que la enfermedad le ganara a la vacunación.

No era imposible: había leído de un caso así en Brasil. Busqué el manual de contraindicaciones y ahí flotaba en letras negrillas: Con síntomas de infección, no se vacune sin consultar a un médico.

En mi mente dibujé una fila que se extendía hasta el infinito de la bóveda celeste, mientras desde las nubes el escritor se reía de mí. Lamenté recordando otra ironía jocosa, copiada de la Guía del autopista galáctico, por “pertenecer a la tercera especie más inteligente que habita en el planeta”, mientras me quitaba la camisa para recostarme más fresco.

Intenté dormir. Con los ojos cerrados contaba ciudadanos avanzando en una fila para salvarse. A cada paso parecían un poco más blancos borreguitos y luego regresaban a la forma humana; intempestivamente surgían pequeñas vallas que saltaban sin chistar. La línea de saltarines de vallas se perdía en el horizonte y un letrero celestial se levantaba en las alturas “Con la esperanza de volver a la normalidad”.  Conforme me ganaba un sueño febril, el escritor mandaba sus bendiciones desde el cielo rojo de los no vacunados.