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jueves, 18 de enero de 2024

YEMEN NO EXISTE EN ESTE PLANO



                                                                                   Por Carlos Valdés Martín

A los invitados del Coloquio Internacional de Filosofía fueron desalojaron del salón principal para descender al salón del sótano, con incomodidades e improvisaciones. El huracán Otis no avisó de su ascenso en categoría, golpeando al territorio a un nivel superlativo. Así, que la última parte del Coloquio que se refería a la Paz Espiritual y Pacifismo comenzó bastante agitada. No se terminaban de sentar los asistentes y ya uno de los invitados estaba adelantado sus opiniones…

Repetía en silencio Baudrillard después de afirmar que la “Guerra de Irak no existe”. El salón de clases estaba lleno, ningún pupitre sin ocupar, los visitantes distinguidos en sillas, los últimos improvisados se recargaban en las paredes o se sentaban en el suelo. El polémico camarada Lyotad respondía que son “efectos posmodernos donde no hay verdad, sino performatividad”. Pensaba en las guerras, en las heridas y las catástrofes.

Los privilegiados que asistían a este encuentro de pensadores tan renombrados, sentían el pecho hinchado de contento y no cesaban de tomar apuntes a mano o con el celular grabando.

Movió su cabeza brillosa y pulida, Foucault para apuntar lo que cualquiera sabe por él:

—Son efectos del Poder que habla por nosotros, se apodera de nuestros discursos, para desear un biopoder belicoso, masoquista y autógeno. El nuevo panóptico expandiéndose…

Deleuze manoteó en el pupitre y lo sonó como tamborilero para distraer al colega y anotó:

—Las máquinas deseantes montadas en la máquina de guerra, que desterritorializan un desierto para reterritorializar una notica de la trágica serialidad; encadenando al rizoma de los signos y destilando una “literatura menor” a la de Kafka.

Por su parte, Lipovetsky rayó el gis sobre el pizarrón, provocando un escalofrío sonoro, para alegar:

—La era del vacío se llena de dolores, irrupción de conciencias fetichizadas. Y se toma la palabra Chomsky se adivina que culpará al imperio. La falta del respeto del francés inhibió al norteamericano que ya había levando la mano para decir lo que se adelantó a señalar.

Aprovechando la pausa, Zizek aprovechó para dejar su punto:

—Algo imperialista y capitalista se junta con la irracionalidad fascista de los teócratas musulmanes, que juegan papel de víctimas de ocasión.

La Applebaum no resistió chocar con esa opinión:

—Los amigos de la tiranía, sin argumentos válidos, utilizan a los pueblos oprimidos como pretexto para cancelar la democracia y nublar las mentes.

Byung Chul se quejó:

—Esta depresión crónica de la desaparición está cansando tanto a todos y cada uno.

Rompió el silencio Baudrillard, para soltar lo que tramaba su mente:

—Nadie va a Yemen, nadie saluda a los aldeanos, nunca nadie mira sus minaretes ni bebe en sus aguas; para que ese país existiera y dejara de ser un simple símbolo de la continuación de los ataques y los atracos, habría que tocar tierra. Y nadie lo hará, todos creerán que las pequeñas imágenes de explosiones y declaraciones de militares son lo real, cuando en el fondo sabemos que Yemen no existe.

Zizek hizo un gesto amenazante, aunque no era precisamente contra quien hablaba, sino hacia una idea cinematográfica que le recordó al mal absoluto, el matar por el matar mismo.

En eso el sonido del bastón contra el piso interrumpió al francés. Era un ciego con su bastón, el invidente de ojos azules era Borges. Habla con voz temblorosa:

—Cuando tenía vista y leí Las mil y una noches, entonces existían todos las Arabias y los Yemen. Ahí estaba todos, vivientes y plenos de sueños, ingeniosos y vibrantes. Cuando escribí sobre Averroes nadie se dio cuenta que también estaban las arenas del desierto infinitas en la esquina de Yemen, que se llenaban de lamentos; pero los lectores únicamente observaron a Averroes incapaz de comprender la tragedia y la comedia de Aristóteles. En fin, hubo un embrollo, pero lo que debería importar es que hay vidas palpitantes en juego que no saben de geopolítica ni de intereses materiales ni fanatismos religiosos. Bajo cualquier guerra despierta la tragedia de los inocentes perdidos. ¿Y cómo explicarles que “En el instante en que yo dejo de creer en él, "Averroes" desaparece”[1] bajo lágrimas, porque (aunque no existiera) habría que inventar otro Yemen?

En ese punto, al anciano de ojos azules lloraba y dos filósofos apiadados de su arranque sentimental lo condujeron hacia su habitación en un hotel cercano, para evitar el debate bizantino. Los filósofos materialistas supusieron que era una broma, con un disfraz para un falso Borges. Los filósofos románticos creyeron en un fantasma que les recordaba la sensatez en mitad de la inhumanidad.

 

 

 NOTAS:



[1]Jorge Luis Borges, En busca de Averroes, en El Aleph.

domingo, 16 de octubre de 2022

BISTURÍ ENTRE LA DOBLE ETERNIDAD

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

La aspiración actual es que cada pensamiento sea preciso y tenga consecuencias benéficas en este mundo, siendo uno de los modelos la cirugía de la ciencia médica. Sin embargo, esa precisión corresponde a un momento, pues la repetición de las incisiones quirúrgicas indica que el cuerpo no debería requerir cirugías en abundancia.

El finísimo filo

Ese pequeño filo representa la precisión y rapidez para separar partes orgánicas, resulta un nieto distinguido de la genealogía desde las espadas legendarias como Excalibur, descendiendo por la daga, pasando por la fina navaja de rasurar hasta aterrizar en el del escalpelo o bisturí médico. Este fino instrumento bisturí es un gran logro técnico por la unión de dureza, filo y delicadeza la cual conjunta para su extrema utilidad. Donde antes hubo unidad de tejidos, el bisturí separa las partes, dejando la condición perfecta para una separación; paso indispensable para una reparación.

Utilizar un bisturí no es una niñería, no es descorchar para sacar una pieza. El corte del bisturí ocurre en un preciso instante, en un momento donde muestra su eficacia, que esquivando la autocomplacencia, deberá ser certero a un nivel milimétrico. Su empleo no se hace forzadamente sino con la delicadeza máxima, para separa pequeños tejidos, entremetiéndose dentro de lo más delicado del cuerpo. El bisturí es símbolo de una noble profesión y su propósito hipocrático, para separar con sutileza y velocidad lo que hay que separar, para sacar del cuerpo una parte alterada, tumorosa o lo que sea esté dañado.

Paso del bisturí al ahora

Pongamos la sutileza del acto de separación de superficies diminutas (acto del bisturí) a la continuidad en el tiempo. En este argumento al filo de esa pequeña navaja merecer ser llamado el “ahora”, en tanto es un instante de utilidad, que separa las partes del tejido. El tiempo lo conocemos en tres modalidades: pasado, presente y futuro. El tamaño del ahora es pequeñísimo, formando la unidad de tiempo mínima que distinguimos frente al pasado y al futuro. El presente es distinto de lo que ya fue y de lo que todavía no sucede. El filo pequeñísimo del ahora separa incansablemente entre pasado y futuro, sin encontrar reposo; se compara con una flecha que se mueve con dirección al futuro.

Esta visión, bajo otros criterios, ya lo celebró la intuición antigua cuando colocó en las manos de Cronos una filosa guadaña, la cual sirve para marcar con mayor contundencia el filo del tiempo. De cualquier manera, cada existencia transcurre en ese pequeñísimo filo del ahora, que nos aleja del pasado sin que haya remedio para volver. Vivimos en ese movimiento, huyendo del pasado y persiguiendo al futuro.

Mundo material sin ahora

Existir en el mundo material es encontrarnos con algo que responda ante nuestro sentido, que se resista a nuestro impulso, que presente alguna consistencia que no se esfume en el instante. De entrada, nuestro mundo material únicamente se nos presenta en el ahora, aunque con el trazo de alejarse del pasado (dejando huellas de memorias contantes, comprobaciones de que algo ya sucedió) y precipitarse hacia el futuro (moviéndose hacia algo, desplazándose). Sin el presente, se desdibuja el mundo material, pues cuando nos enfrascamos en recuerdos la mente viaja hacia imágenes familiares pero que sabemos son de cosas que ya no están. Sin el presente, el futuro es una continua ensoñación de situaciones posibles que jamás han ocurrido, y sin un tiempo presente tampoco ocurrirán.

Con el ahora el mundo sí se materializa, sin esa condición del ahora, recaemos en una ensoñación. Sin embargo, por eso misma dificultad para ubicar un presente tan breve, las reflexiones de Henri Bergson sobre el tiempo prefieren establecer una “duración” más agradable a nuestra conciencia cotidiana.[1] En la duración, se fusionan esas tres temporalidades y el ahora no resulta tan vertiginoso como en la física pura o en la loca carrera de un cronómetro de precisión con millonésimas de segundo.

Simultaneidad ahora

Además de la sucesión temporal, el ahora también marca la otra dimensión mediante su simultaneidad en el ahora. Percibimos lo demás cuando sucede en nuestro mismo ahora temporal y únicamente nos relacionamos con las demás partes del universo cuando están en nuestra sincronía (ajustando los efectos relativistas de las distancias y las velocidades límite).[2] La simultaneidad nos resulta indispensable para movernos y para imaginar relaciones realistas, por lo que cualquier parcela que estuviese fuera de la simultaneidad nos resultaría imposible de comprender, pues podría entrar o salir de nuestra percepción.

Volviendo al objeto diminuto, para que funcione el bisturí su filo debe estar sincronizado con los tejidos que corta y la mano (o dispositivo) que lo guía, así como la observación de sus resultados. La simultaneidad permite la operación física del bisturí, sin lo cual no existiría la precisa coordinación de los actos.

Pensamiento preciso, cual bisturí

Para que el pensamiento posea la cualidad típica del bisturí, debe poseer la dureza suficiente para separar. Esto exige estabilidad en lo conceptos, que sean capaces de separar su objeto de investigación, en otras palabras, capacidad analítica. Un lindo ejemplo está en el Discurso del método de René Descartes, quien, para alcanzar un nivel de dureza, propone transitar por la duda extrema y asfixiante, hasta alcanzar una convicción sobre su pensamiento, que le permita aplicar un método. Su procedimiento luego se encausa a dividir cualquier problemática para no confundirse, para que desmenuzándola en pedazos pequeños seamos capaces de reconstruir los objetos con el pensamiento y así dominarlos, hasta lograr “ideas claras y distintas”.

Una fugacidad entre dos eternidades

Conforme estamos utilizando nuestro bisturí mental del ahora, reconocemos que el tiempo hacia atrás implica (en perspectiva) una duración infinita (por una eternidad previa) y también hacia el futuro, ese tiempo implica una duración infinita.[3] Esas eternidades hacia atrás y adelante son el sustento de visiones filosóficas idealistas, como lo muestra, el aprovechamiento del “motor inmóvil” de Aristóteles como argumento teológico y la salvación de las almas, como consuelo espiritual. De esta manera, la fugacidad del ahora se complementa perfectamente con dos eternidades inconmensurables del tiempo en ambas direcciones. Hay otras maneras para mirar el tiempo eterno y la fugacidad del ahora, siendo la aquí expuesta una confección perfecta para mostrar la densidad de la existencia, en cuanto resulta imposible renunciar al ahora y tampoco es viable desentenderse del horizonte de las eternidades. Comparemos a Unamuno, trágico pero optimista, con Kafka, angustiado sin remedio: para la visión audaz, ambos infinitos (pretérito y porvenir) son alas para el vuelo sin descanso; para el ánimo atormentado son dos cadenas al cuello, donde el presente es un misterio de estrechez.[4]

NOTAS:

[1] Bergson, La risa.

[2] La sabida diferencia entre el tiempo absoluto newtoniano y el relativista para este argumento únicamente implica un ajuste de las referencias. Paul Davies, El Universo desbocado.

[3] Aunque la teoría del Big Bang presenta serias dudas sobre esa duración lineal y, además, infinita del tiempo. Por su parte, Kant se divirtió con estas paradojas, llamándolas aporías de la razón.  

[4] Kafka en sus Aforismos, el 66, señala que encadenado entre el cielo y la tierra no alcanza a tocar ninguno de los dos a modo de hogar, pues  “si quiere descender a la tierra, lo estrangula el collar del cielo, si quiere ascender al cielo, lo estrangula el collar de la tierra…” Por su parte, para Unamuno la opción de vincularse con infinitos incomprensibles le resulta estimulante, en El sentimiento trágico de la vida.

domingo, 23 de enero de 2022

ANÁLISIS DEL CUENTO “CHACALES Y ÁRABES” DE KAFKA

 



 

Por Carlos Valdés Martín

En lo que sigue está el análisis del relato corto “Chacales y árabes” de Franz Kafka, que está seguido del texto completo. Incluye el argumento, personajes y líneas de análisis.

Argumento

Un viajero solitario proviene de la región norte, cruza por el desierto integrado en una caravana de árabes y se detienen en un oasis para pernoctar. No está definido el motivo de su viaje ni su itinerario. Acampan al aire libre, el protagonista no puede dormir, cuando de improviso una manada de chacales se acerca y le pide algo extraño, cuando el más viejo dice que ese extranjero fue esperado por generaciones para una misión. Los animales son amenazantes y suplicantes, le muerden la chaqueta y lo inmovilizan, mientras el chacal viejo explica su caso. Señala que hay una querella ancestral, que ellos odian a los árabes, los consideran impuros y detestan que sacrifiquen animales. Le piden al extranjero degollar a los nativos con una pequeña tijera de sastre y un chacal la entrega.

Todo lo ha escuchado el jefe árabe que agita un enorme látigo y se ríe. Amedrenta a latigazos a los chacales mientras le explica al protagonista que siempre sucede lo mismo, que los animales acuden con cada extranjero con la misma tijera. El árabe explica que esa esperanza es una locura, la cual le provoca una especie de cariño, por lo que mira a los chacales como sus perros lindos. Señala que murió un camello y lo entregarán en ese mismo momento a los carroñeros. Los animales hipnotizados por el cadáver avanzar hasta comenzar a devorarlo, pero el árabe los castiga a latigazos y huyen al desierto contiguo; aunque pronto regresan y vuelve el castigo. El viajero detiene el brazo del árabe, quien está de acuerdo en dejar el festín carroñero y dedicarse a continuar el viaje.

Personajes

El protagonista es un viajero del Norte, que está embarcado en una travesía solitaria, guiado por un grupo de árabes del desierto. Él, además de una mirada de asombro por el ambiente, no parece albergar mayores intenciones, aunque funciona como un prototipo para los chacales que lo vuelven objeto de su petición. Se comporta con prudencia y queda en la situación comprometida por la solicitud de acabar con los árabes, sin embargo, el jefe ha escuchado y no le resulta extraño, sino agradable.

El chacal más viejo sirve como vocero de la manada, exponiendo sus pretensiones al extranjero, señalando que hay un antagonismo ancestral y su intención de aniquilar. Explica el antagonismo ancestral y procura convencer al protagonista. En el relato, este personaje se funde con la manada que funciona como sujeto colectivo, de manera clara en esta descripción: “Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver”[1]

El jefe de los árabes destaca como el coprotagonista, siendo quien maneja el poder y con su látigo controla a las fieras. Manifiestas una ideología a contrapelo del protagonista, por su relación con los chacales a los que castiga y consiente, considerándolos “nuestros” perros. Por la dinámica, también parece como la voz de la tribu, representando al genérico de los árabes.   

Intensidad del espacio

El sitio es remoto, surge como perdido y aislado… sin duda, es el desierto que se levanta alrededor y ahí está el oasis; sin embargo, además sobreviene la noche, el instante previo al sueño, cuando lo cotidiano se revela rodeado de asechanzas. Hay una continuidad que se ha roto, el personaje está ahí como tirado y sin un propósito aparente, pues el personaje no está unido con la tribu árabe ni participa con la jauría de chacales. El protagonista parece absurdo: uno del Norte extraviado en las travesías arenosas; en ese sentido es un “perfecto extraño”. Ese espacio de horizontes indefinidos y sin fronteras precisas resulta adecuado al nomadismo de viajeros y animales; en el sentido, de que el movimiento nómada resulta incierto y facilitador de incertidumbres, en sentido de riesgos y ventajas. Ese nomadismo facilita la tensión dramática y el ambiente de cuando “puede suceder cualquier cosa”, como la irrupción de una manada o el regreso de un orden a latigazos.

Neutralidad e impotencia

El relato no contiene un episodio de hostilidad entre un judío y los árabes; la hostilidad está acaparada con el conflicto fantaseado entre los chacales y los árabes. El poder aparece concentrado en la punta del látigo del jefe árabe, por lo cual está tejido en códigos antiguos. Las ilusiones de los animales enmascaran los conflictos entre nacionalidades, tan agudos en vida del escritor, que se explican en términos de una querella eterna, que se arrastra desde épocas inmemoriales.  Al mismo tiempo, esa querella únicamente existe en la imaginación de los chacales, donde la risa de superioridad del árabe los regresa a la condición de mascotas humilladas y habitando entre los márgenes desérticos. En este caso, el argumento kafkiano de la impotencia queda sellado en el hocico de los animales, por la vía de latigazos.

Inercias en colisión

El protagonista es un viajero que está desencajado de sus ambientes naturales, sin un propósito aclarado (en el relato); está en ese movimiento que se llama “viaje” cuyo destino resulta desconocido. Así que alguna inercia lo ha colocado entre los árabes, con quienes comparte ese desplazamiento inevitable, y queda custodiado por los misterios del desierto.

Por su parte, los chacales irrumpen con su propio desplazamiento, el cual no es un viaje, sino un misterioso empuje desde generaciones inmemoriales; donde el relato pone un sesgo fantasioso, ya que la línea del presente conecta con una infinita, cuando el líder parlanchín dice: “Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales.”[2] ¿Quién resiste el empuje que venga desde la eternidad? Pareciera que nada, a menos que exista un “ardid”, tal como tramaban los mitos griegos de astucia para engañar al Destino. Los chacales no resisten ese empuje, sin embargo, su movimiento no es rectilíneo sino curioso, pues forman amontonamiento e irrumpen en indisciplinas como morder la camisa del viajero con quien pretenden congraciarse.

Los árabes mantienen su propia inercia que se expresa en su apego con las bestias (y los viajeros) por más que haya una rivalidad y tensión evidentes.

Hostilidades anunciadas

De entrada, los chacales aparentan acaparar la violencia del relato. Ellos irrumpen, son muchas, y tienen propósitos carniceros. Los animales oscilan entre amenazar con atacar al protagonista y obligarlo a una peligrosa complicidad. Entonces invitan al europeo para que ataque a los árabes, quien parece quedar solitario entre dos fuegos, cuando los chacales quieren que con una simple tijera él ataque a los árabes en nombre de los animales.

Esa presión se resuelve muy rápido, pues un árabe ha estado espiando esa escena y se ha adelantado a su resolución. Por un lado, da una explicación tranquilizadora al protagonista europeo y, por el otro, entrega una ofrenda de carroña. Curiosamente, la intriga de los chacales es, simultáneamente, castigada y premiada.

El látigo reventado contra las fauces parece un castigo terrible, pero está acompañado del premio que consiste en el cadáver del camello. El resultado es indefinido o un “empate” para la distensión al finalizar el relato.

Las legalidades invertidas

Cuando suponemos al protagonista narrador como eje de los valores implícitos, emerge una curiosa serie de legalidades invertidas que lo desafían. Por principio, el prejuicio sobre los animales carroñeros implica una especie de inversión de mundos, donde los chacales ponen en operación una lógica inversa al resto de las especies, que se contrapone a los cazadores (matar para vivir), a las presas (mueren para que otros vivan), a los herbívoros (ajenos al matar), etc. En ese sentido el carroñeo posee una típica marca negativa y una especie de burla con condena en la cultura occidental: buitres, chacales, hienas, moscas... La contraposición entre árabes nómadas (viajeros, desérticos, comerciantes) frente a diversos niveles, comenzando el explícito de la enemistad con los chacales, se extiende al narrador urbano que marca otra serie de oposiciones implícitas, sin embargo, en este relato están aliados y en paz, únicamente sometidos a un juego de tensiones y malentendidos. Además, es viable suponer una tensión fuerte entre árabes y el judío narrador. Entonces contamos con dos inversiones de grupo —el humano de la tribu y el animal de la manada— que chocan sin generar una catástrofe, a la manera de las olas embravecidas contra los acantilados, resultando una extraña convivencia.

El gusto por la carroña y sus opuestos

Los chacales del relato son devoradores de carroña y cuando se justifican parecen estarse engañando; el apetito resulta más fuerte y les produce una especie de trance o delirio. En esta manada queda perfectamente justificado por su naturaleza biológica, lo curioso es que también lo niegan o disimulan; comportándose como humanos retorcidos, que ocultan su ser en argumentos y expectativas falsas. Las ilusiones de los chacales contra los árabes son evidentes “tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos”[3]; por eso los consideran sus propios perros, por más que los maltratan a latigazos y saben que se ilusionan con su destrucción.

Esta carroña implica una especie de robo a la posesión de los árabes, lo cual está en el límite, pues los propios viajeros entregan el cadáver del camello a la rapiña. Hay un pacto como de vergüenza, un arrojar la basura a la manada. Aún así sigue una oposición. En la imaginación calenturienta de las bestias habrá una venganza. El jefe árabe latiguea los hocicos de las bestias hambrientas, con lo cual la ofrenda del camello se vuelve también una afrenta; el pacto queda en entredicho.

La tijera de la venganza

En su ensueño de venganza los chacales le entregan al extranjero una tijera con la esperanza de que él aplica su revancha contra los árabes. El gesto resulta entre extraño y ridículo pues una simple tijera no resulta amenazadora; su función es cortar no derrotar.

A mayor detalle “un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre”[4] No es una herramienta amenazante sino ridícula, así, van parejos el despropósito de la petición y la herramienta para cumplirla. Resulta más evidente que es un utensilio simbólico, que además está cargado por el tiempo y el transitar, cuando el árabe explica que ese instrumento ha viajado con ellos desde la noche de los tiempos y seguirá haciéndolo. Resulta una tijera, digamos, de carácter eterno pero inútil, destinada a rodar junto con las caravanas cual un signo de hostilidad de los chacales, de la cual se burlan los árabes.

Armas activas: látigos sobre colmillos

Las tijeras son pequeñas y las escopetas están resguardadas, mientras el látigo se describe gigantesco y de una eficacia instantánea, lanzándose a “diestra y siniestra”, acaparando el espacio y dominando la situación. Ese instrumento de castigo resulta el signo del mando “el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra”.[5] Hagamos una pausa para levantar la mirada hacia el panorama histórico: al escribir a principios del siglo XX, ha ocurrido un cambio donde las antiguas violencias del castigo están siendo rápidamente abandonadas, en favor de una nueva sensibilidad. Los tradicionales castigos de los látigos contra bestias y humanos están siendo repudiados y abandonados, desplazando a la “moral de los amos”[6] en favor de un trato más civilizado, que repudia el castigo corporal.[7] Todavía a final del siglo XIX, Gorki relata que los latigazos eran parte de un escarmiento dentro de su familia paterna.[8] En ese sentido, el jefe árabe lanzando latigazos es un eco del pasado con despliegue de significados; donde la psicología argumenta en favor de una figura paterna amenazadora.[9]

En este cuento, la otra arma efectiva son los colmillos-dientes, que caracterizan al reino animal, los cuales resultan débiles ante los dispositivos humanos. Esos colmillos poseen sentidos múltiples, incluso se justifican como el auténtico lenguaje de los chacales, por lo cual su valor es universal, y se justifica un chacal: “para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.”[10] En el relato breve se comprueba ese valor múltiple de los dientes feroces: con ellos lo atrapan, entregan la tijera, amenazan, destrozan la carroña, se alimentan, etc.

Onírico

El relato semeja un microcosmos de sueño donde las barreras del realismo son traspasadas por pequeñas sacudidas. El protagonista intenta dormir y dice que no lo logra, pero sucede algo raro en el ambiente. El primer árabe descrito, sin lógica, es alto y blanco; al protagonista en un instante lo inquieta un aullido lejano y de inmediato está rodeado por la manada. De inmediato los animales hablan y buscan negociar, para inmovilizarlo los chacales lo han mordido en profundidad, pero no le hacen mayor daño; ellos afirman que un objeto ha girado desde la eternidad para cumplir la exigencia y el protagonista recibe unas pequeñas tijeras. Todo lo ha escuchado el jefe sin que nadie más se percatara de su presencia y un latigueo basta para controlar a la mandada, aunque para este líder es un regocijo no un castigo. Muere un camello oportunamente para ser entregado a la manada, sin embargo, hay un juego cruel entre premiarlos y martirizarlos. En fin, el relato completo está marcado con matices oníricos.[11]  

 

 

El cuento “Chacales y árabes” completo:

“CHACALES Y ÁRABES

Franz Kafka (1917)

Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.

Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.

Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:

–Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la

madre de todos los chacales. ¡Créelo!

–Me asombra –dije, olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales–, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí, chacales?

Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.

–Sabemos –empezó el más viejo– que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la carroña.

–No hables tan fuerte –le dije–, los árabes están durmiendo cerca de aquí.

–Eres en verdad un extranjero –dijo el chacal–, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es una desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?

–Es posible –contesté–, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.

–Eres muy listo –dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas–, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá terminado.

–¡Oh! –exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido– se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.

–Has entendido mal –dijo–, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto nuestra patria.

Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo, de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.

–¿Qué piensan hacer entonces? –les pregunté al tiempo que quería incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.

–Llevan la cola de tus ropas –dijo el viejo chacal aclarando en tono serio–, como prueba de respeto.

–¡Que me suelten! –grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más jóvenes.

–Te soltarán, naturalmente –dijo el viejo– , si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro ruego.

–No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello –contesté.

–No nos hagas pagar nuestra torpeza – dijo, empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural–, somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.

–¿Qué quieres entonces? –pregunté algo aplacado.

–Señor –gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como una melodía–. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros que el árabe degüella; todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos –y ahora todos lloraban y sollozaban–, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta tijera! –Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.

–¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! –gritó el jefe árabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos.

–Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo –dijo el árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.

–¿Sabes entonces qué quieren los animales? –pregunté.

–Naturalmente, señor –dijo–, todos lo saben; desde que existen los árabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.

Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó, arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes, habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.

En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado.

No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.

–Tienes razón, señor –dijo–, dejémoslos en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los has visto.”

 

Cita de Deleuze y Guattari en Mil mesetas:

Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Árabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, eso sí, no se entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización (―están locos, verdaderamente locos‖); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo árabe que conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera, desprendiéndolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para limpiar las carroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de ―limpieza‖, la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de manada, bañando la libido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se desarrolla el drama?”[12]

 

 



[1] Kafka, Chacales y árabes.

[2] Kafka, Chacales y árabes. La complicada relación entre ese presente y una espera eterna da un cariz metafísico a este relato.

[3] Kafka, Chacales y árabes.

[4] Curiosamente la interpretación de Deleuze en Mil mesetas interpreta esas tijeras como enormes, señalando “Y las enormes tijeras”, p. 43. Cierto que el relato de Kafka vuelve a los detalles enormes en significado, por más que sean pequeños objetos.

[5] Kafka, Chacales y árabes.

[6] Nietzsche, Genealogía de la moral.

[7] Lipovetsky, La era del vacío.

[8] Gorki, Mi infancia.

[9] Deleuze, Mil mesetas, p. 43. El padre de Franz Kafka como una figura amenazadora forma casi un estereotipo, en Carta al padre de Kafka, y es ampliamente analizado en muchas biografías, como la de su amigo Max Brod; el análisis literario en Kafka para una literatura menor de Deleuze, y los estudios de Canetti sobre su relación con Felice, El otro proceso, etc.

[10] Kafka, Chacales y árabes.

[11] Hay un análisis completo de Los sueños de Kafka por Félix Guattari, donde se demuestra su vinculación con su literatura.

[12] Deleuze y Guattari, Mil mesetas, p. 43.