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sábado, 22 de abril de 2023

ENSUEÑO DE UNA MAQUETA CIRCULANDO

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

Avancé en grupo, pasando de una edificación quebrada hacia otra, cruzando corredores y patios con escombros. La fuente de la destrucción se había apaciguado y, con mayor motivo, urgía encontrar una salida definitiva para descubrir un destino.  

Supe que arriba de nosotros, avanzando en sentido contrario y con un movimiento onírico se deslizaba ese cielo perturbado. Nadie más notaba ese movimiento sutil y en contraflujo. Con tanta destrucción en las jornadas previas, con murallas cayéndose y rascacielos abatidos de pesadilla ¿quién se ocupaba del aspecto tranquilo del cielo?

Desde antes, los derrumbes se habían terminado y las paredes altas presentaban suficientes grietas para atravesar entre ellas. Así, que los humanos avanzamos sin pausa. Al olvidarse los derrumbes agobiantes, la urgencia fue alejarse. En una muralla derribada con vista hacia el Norte, el amigo Benito con su mochila scout se reunió con nosotros. ¿Al Norte? Las miradas señalaban hacia la misma dirección. Él tenía experiencia en orientación, sin embargo, las brújulas estaban enloquecidas y, de los celulares ni hablar, estaban sin señal. Sin GPS de referencia satelital, ni las tradicionales brújulas imantadas, ni el cielo habitual para las referencias astronómicas.

Ese día no había desesperación, sino un impulso firme por avanzar hasta salir por completo de la ciudad y encontrar el Templo en lo alto. Los indicios en la ruta indicaban que volvíamos al mismo lugar, como si la traza de la urbe se volviera una cinta Moebius por efecto de los derrumbes.

En la tercera vuelta circunvolución comprendí que nadie se cansaba, ninguno dormitaba y siempre avanzábamos en una vigilia permanente. Algunos proponían detener el paso, pero la mayoría se resistía.

Por frustración decidí andar lento. Insistían en que me apurara y resistía a la prisa. Caminé tan lento que el grupo parecía perdido. Cuando desaparecieron de mi vista, se abrió una grieta entre las nubes y más allá el cielo despuntaba con intenso multicolor. Un cielo de naranja y turquesa daba una vista hermosa.

Cuando me detuve por completo, sentí desesperación por avanzar otra vez. Me resistí, eran tres ocasiones recorriendo por los mismos sitios o, al menos las indicaciones, volvían a ser tan familiares como los recuerdos.

Escalé con extraña facilidad sobre unos escombros que subían una muralla y alcancé una almena. Seguí subiendo y ese extraño cielo me rodeaba. Desde arriba vi llegar al grupo que adelantaba de prisa. Eran los mismos amigos, al mismo paso. En el grupo del piso también estaba yo.

¿Cómo podía estar en dos partes? Algo seguía descompuesto en ese mundo.

Grité hacia abajo y nadie escuchaba. Comprendí que si no escuchaba nadie es porque no querían saber o, peor aún, no merecían saberlo; así, que me prometí mantener la más estricta discreción.

Conforme ellos avanzaban, el cielo se movió en sentido contrario, como una cinta para caminata artificial. El equilibrio del avance del grupo y el cielo eran asombrosamente equiparables.

El cielo regresaba al mismo punto, coincidiendo con el grupo de amigos que daba la quinta vuelta por la ciudad. La vuelta no era un círculo estricto, sino especie de circunvalación, que daba una sutil diferencia en cada viaje; como si unos engranajes empujaran en una dirección ligeramente modificada.

El cielo raso era hermoso, como aire condensado, donde predominaba una mezcla de tonos azules y anaranjados. Con todo y la belleza de ese ambiente, mejor que el panorama de la ciudad herrumbrosa, pero sentí la urgencia de no alejarme del grupo. En un santiamén bajé, pensando en qué significa “e pluribus unum”. “De los muchos, uno”: da sensación de unidad, la importancia del grupo. Era un pensamiento intrigante, aunque distractor, pues entre estar arriba y abajo no recordaba las transiciones del descenso. Bajé y por ningún lado apareció lo que pareció ser mi cuerpo visto desde arriba. Como si acabara de despertar quedé más preocupado por no recordar exactamente cómo bajé, que por comprobar quién era la persona que desde arriba resultaba tan idéntica a mí.

Benito usaba una ropa tan parecida a la mía que me despreocupé. Luego le expliqué a Estefanía que era inútil seguir avanzando en línea recta. La convencí de subir en el mismo montículo y mirar de cerca ese “cielo raso”. ¿Cómo escapar? Ella admiró ese cielo azul-naranja y, en un instante sintió la misma premura por regresar con el grupo.

Abajo apresuramos el paso y seguimos a la cola del contingente.

Al último, un señor regordete y simpático que daba clases en una secundaria, le sugerí cambiar de ruta, tomar en otra dirección. Respondió con languidez:

—Es mejor repetir la misma ruta hacia delante. Al menos, hasta el anochecer.

Cambié de interlocutor, una señora que me resultaba conocida. Delgada y enérgica, con un tono cardiovascular que traslucía por sus venas enérgicas; incluso, parecía que cada paso sería el inicio de una maratón. Explicó que se contenía para no correr, que la ruta le parecía estimulante. Le sugerí que desviara su ruta, ella respondió que ni los marineros:

—No es aceptable moverse a babor o estribor.

Lo dijo riéndose y confesó que una vez quiso dedicarse a trabajar en un crucero, pero dormía demasiado cuando estaba sobre el mar, le asaltaba una especie de narcolepsia. Se detuvo en seco y empezó a argumentar con gestos de fastidio. Señaló que la única dirección real es hacia adelante, que moverse hacia la derecha o la izquierda es un giro, pero al girarse para avanzar de nuevo se está en posición frontal.

—Sin una buena brújula de referencias, terminaremos confundidos, dando zigzagueos. Pero terminamos encaminados hacia el frente, que es la única ruta. Por cierto, me gusta que me llamen por mi nombre completo, Samantha.

Había olvidado su nombre, de hecho, el de los demás también. Con excepción de Estefanía, Benito y el mío no recordaba lo demás, pero no me angustiaba. Era imposible definir si se trataba de cansancio o una suerte de desesperación lo que dejaba de lado los nombres.

Decir que la ruta es recta es una simplificación. A los lados se observan los vestigios de la destrucción, con edificios derruidos y vacíos, paredes agrietadas, La línea no es perfecta, para ser más precisos hay curvaturas suaves que se van compensando, como sucede con las “ondas sobre las aguas tranquilas”.

Resultaría viable descansar, sin embargo, no hay ningún sitio acogedor. Los apartamentos vacíos que están a los costados lucen tétricos y quizá haya muertos o heridos. En el grupo hay un médico, algo obeso, con sonrisa bonachona, que explicó que sería inútil intentar rescatar heridos en esa circunstancia.

—Lo urgente es que los sobrevivientes alcancemos la nueva ciudad. Las últimas noticias son sobre esa ciudad brillante, un talismán potente sobre la sólida montaña. Terminando la ciudad está la parte más sólida del planeta entero. Ahí está el único refugio. Los heridos de las ruinas están condenados, no tienen cura.

La mujer que se llama Samantha le objetó que si hubiera un niño vivo no sería humano el abandonarlo. El médico concedió:

—Claro, si fuera un niño sano se puede unir al grupo. Lo que debe quedar claro es que no somos un grupo de rescatistas, sino los sobrevivientes de la ciudad.

Estefanía preguntó por los perros extraviados. El médico volvió a la elocuencia que disipa argumentos de pesadilla:

—Los lomitos peludos que hayan sobrevivido no tardarían en alcanzarnos. Llámenlos y ellos vendrán, los “lomitos” son más inteligentes que nosotros y vendrán en cualquier momento.

Más allá de las edificaciones dañadas y las bardas laterales había un silencio difuso. Ni siquiera se escuchaban los pájaros, aunque sí creyeron escuchar grillos al cruzar un jardín.

Mientras caminábamos, a cada rato surgían nuevas pláticas, casi siempre esperanzadoras:

—A la distancia se divisa un grupo que también está escapando.

Uno que decía ser ingeniero llevaba un pequeño binocular que compartía de mano en mano. Cada que alguien los miraba decía:

—Sí, son personas, que parecen tener prisa.

—Por más que les gritamos que esperen, no se detienen.

El ánimo era tan optimista que nadie pensó en contarnos, por más que, a veces, el número de los integrados parecía aumentar o disminuir. El estimado eran más de treinta. Cada vez que alguno propuso contarnos Benito y el médico se opusieron con rudeza:

—Es una tontería, como dejarse llevar por el miedo. Aquí no hay fieras ni selvas. Nos vemos perfectamente, así que es absurdo contarnos y hacer listas.

Su autoridad correspondía con el ánimo vigilante para seguir avante y la tranquilidad de que no se aproximaba a noche, que las partes derrumbadas no se interpondrían en este camino.

Las pláticas más animadas surgían cuando alguien afirmaba que estábamos pasando por un sitio repetido:

—Esa pared marrón de canteras ya la habíamos atravesado —afirmaba uno—, sin dudarlo la reconozco.

—Las canteras marrones son las típicas desde la fundación de la ciudad —objetaba otro, mientras agitaba las manos en énfasis polémico.

Los más curiosos se detenían, tocaban las canteras, levantaban algún pedrusco colorido y con rapidez terminaban por desinteresarse.

En el grupo había dos hermanos adolescentes. La chica era rubia de trenzas, el varón era de pelo negro y crespo, con la tez apiñonada. Eran los más juguetones, como si dos simpáticos monitos saltaran entre las ramas, buscaban montículos para escalarlos, desde ahí gritar como si ganaran un Everest y regresar hacia el grupo. A veces se arrojaban pequeñas piedras o rompían ramas para jugar a las espadas. Afirmaban que su tío estaba en el grupo y que sus padres los esperaban ya en la ciudad sobre la montaña. Las conjeturas sobre la distancia para alcanzar esa ciudad anhelada se animaban continuamente.

—Debemos guardar fuerzas, porque el camino cerca de la montaña sí es difícil, mientras sigamos en el área metropolitana será miel sobre hojuelas, luego viene lo difícil.

La sensación de que andábamos perdidos en un enorme semicírculo se disipó cuando encontramos unas grietas abismales obstaculizándonos el avanzar. La oscuridad de las grietas no permitía calcular su profundidad, pero no eran muy anchas. A lo mucho un par de metros. Demasiado para que lo saltaran las personas mayores. En los alrededores había tablones gruesos y firmes que se podían colocar a modo de pequeños puentes. No eran más que tres grietas oscuras y los tablones estaban disponibles a la vera del camino. Lo intrigante era que el grupo que estaba adelante en lugar de dejar los tablones, los hayan retirado, con una especie de envidia. Eso mereció una condena unánime. La voz cantante fue de la mujer más grande entre todos:

—¡Egoístas! Esos han de ser unos hijos de puerca. Que bien saben que estamos tras de ellos. ¿Qué ganan haciéndonos la vida difícil? ¡Tirar los tablones después de pasar!

El comentario siguió siendo desagradable, mientras en un esfuerzo colectivo poníamos los mejores tablones en posición. Juntando dos tablones bastaba para dar una sensación de seguridad. Los adolescentes no contribuyeron, se entretuvieron lanzando guijarros hacia la oscuridad abismal con contando los segundos que tardaba en devolverse un ruido. La niña gritó con alegría, como si hubiera recibido un regalo:

—¡Este es el más profundo!

El hermano en un arranque de soberbia juvenil tomó impulso y de un gran salto alcanzó el otro lado. Precisamente sobre la grieta más profunda. De nuevo la más vieja vociferó:

—¡No te atrevas a hacerlo! Es muy peligroso, si te caes nadie te podría sacar.

—No hay cuerdas, no hay escaleras, te perderías en el abismo.

La cara del chico fue de decepción, como que esperaba haberse ganado el aplauso. Y murmuró que no lo volvería a hacer.

Al pasar las grietas comenzaba a disiparse la ciudad. Todavía a los lados había edificaciones derruidas, pero cada vez más pequeñas y humildes. Más lejos parecían solares baldíos, con pequeñas rejas flanqueando el camino. De nuevo, el camino casi era recto, con pequeñas oscilaciones, suaves como oleadas acariciantes.

Adelante, con el catalejo, se percibía que el otro grupo estaba detenido y parecía avivar una fogata. No llegaba la noche, como en las fronteras boreales, pero el frío estaba descendiendo. La mejor opción fue hacer una fogata propia y para eso servían los tablones. Breve destino de tabla: hace unos momentos puente y al siguiente alimento del fuego.

Alrededor de la fogata nos sentamos todos en una herradura grande, mirando hacia el otro campamento. Después de la ofensa de los tablones ninguno quería darles alcance, ahora que estaban detenidos.

El médico comenzó a contar su vida.  No supimos quién sacó de una gran bolsa unos bocados blancos y gelatinosos, como si fuera el maná enviado por Jehová. Parecía que nadie tenía hambre, pero hubiera sido una grosería rechazar el único bocado después de tan largas jornadas. Masticamos muy despacio para no demostrar que había una falta de sabor evidente en los bocadillos. El médico aprovechó para intensificar su monólogo, remontándose a sus días de infancia, cuando surgió su vocación, aunque bajó el tono tanto que fue un zumbido suave, como el de las abejas. Algunos se sentaron y otros recostaron en el prado para admirar más la hoguera que el “zum zum” del soliloquio.

El grupo descansaba menos los adolescentes, que encontraron un montículo para brincar y arbustos que servían de acolchonado. El chico se lanzaba de un brinco al arbusto como si fuera una piscina. Aterrizaba en la enramada, sonaba el crujir de ramas y resonaba su risa.

Mientras crepitaba la fogata me recosté y hurgué en el cielo anochecido, que tenía nuevas mezclas de azul y anaranjado. Los colores celestes habían corrido hacia un tono marítimo, mientras el naranja languidecía hacia un rojo mortecino, como de unas brazas remanentes, agonizando después de la hoguera. Recostado miré ese cielo, intentando comprobar que estaba detenido y respetaba la inmovilidad de quienes descansábamos en la tierra. No había estrellas, sino nubes como grumos de pintura.

Llamé a la chica para comprobar una ocurrencia. Ella se había aburrido de ver a su hermano que seguía lanzándose contra los arbustos que le servían de colchones. Le expliqué que la premiaría si lanzaba una piedra que chocara contra el cielo. Ella de dos brincos fue a compartir el reto con su hermano. Regresaron y mostraron que habían conseguido un puñado de piedras que acumularon en los bolsillos.

—Lancen desde más atrás, que no nos vayan a caer pedruscos encima.

Se desplazaron, estiraron los brazos como haciendo cálculos. Primeo ella se decidió a lanzar. Cuando el proyectil alcanzó su punto más alto hubo un ruido como un roce.

—Eso no cuenta, ha sido nada más un "rozón" —objetó el hermano.

Ella torció la boca en señal retadora. Él lanzó de una manera descompuesta, la piedra resbaló de su mano.

—Ha sido el sudor, que me resbala —se disculpó el hermano y comenzó a frotar su palma en el suelo.

Ella soltó una leve risa y metió mano al bolsillo entre la falda. Seleccionó su guijarro, tomó impulso y lo lanzó con más fuerza. Me levanté para observar mejor. La trayectoria fue indudable, el pedrusco se estrelló en lo más alto. Lanzó un sonido y regresó a suelo. Ella se alegró con un sonido: “Yujuyú.”

Los del grupo que no dormitaban voltearon la cara para preguntar qué sucedía. Les respondí con frase críptica:

—La alegría galvanizada en un experimento… os hará libres.

El enorme demiurgo que nos soñaba a todos se inquietó. Casi despierta, aunque justo antes de desperezarse levantó la tapa de la gigantesca maqueta planetaria y, por el lado del oriente, la abrió. Con los ojos cerrados miró a este mundo permanecer tranquilo. Al levantar la tapa dejó una luz brillante solar, que marcaba rumbo hacia el Templo que los diminutos seguíamos buscando.

La niña dijo:

—Había ensoñado que amanece, pero nunca había visto uno. Sí, es más hermoso soñar despierta que amanece para que lo soñado adquiera pasaporte de la realidad.

 

 

 

domingo, 23 de enero de 2022

ANÁLISIS DEL CUENTO “CHACALES Y ÁRABES” DE KAFKA

 



 

Por Carlos Valdés Martín

En lo que sigue está el análisis del relato corto “Chacales y árabes” de Franz Kafka, que está seguido del texto completo. Incluye el argumento, personajes y líneas de análisis.

Argumento

Un viajero solitario proviene de la región norte, cruza por el desierto integrado en una caravana de árabes y se detienen en un oasis para pernoctar. No está definido el motivo de su viaje ni su itinerario. Acampan al aire libre, el protagonista no puede dormir, cuando de improviso una manada de chacales se acerca y le pide algo extraño, cuando el más viejo dice que ese extranjero fue esperado por generaciones para una misión. Los animales son amenazantes y suplicantes, le muerden la chaqueta y lo inmovilizan, mientras el chacal viejo explica su caso. Señala que hay una querella ancestral, que ellos odian a los árabes, los consideran impuros y detestan que sacrifiquen animales. Le piden al extranjero degollar a los nativos con una pequeña tijera de sastre y un chacal la entrega.

Todo lo ha escuchado el jefe árabe que agita un enorme látigo y se ríe. Amedrenta a latigazos a los chacales mientras le explica al protagonista que siempre sucede lo mismo, que los animales acuden con cada extranjero con la misma tijera. El árabe explica que esa esperanza es una locura, la cual le provoca una especie de cariño, por lo que mira a los chacales como sus perros lindos. Señala que murió un camello y lo entregarán en ese mismo momento a los carroñeros. Los animales hipnotizados por el cadáver avanzar hasta comenzar a devorarlo, pero el árabe los castiga a latigazos y huyen al desierto contiguo; aunque pronto regresan y vuelve el castigo. El viajero detiene el brazo del árabe, quien está de acuerdo en dejar el festín carroñero y dedicarse a continuar el viaje.

Personajes

El protagonista es un viajero del Norte, que está embarcado en una travesía solitaria, guiado por un grupo de árabes del desierto. Él, además de una mirada de asombro por el ambiente, no parece albergar mayores intenciones, aunque funciona como un prototipo para los chacales que lo vuelven objeto de su petición. Se comporta con prudencia y queda en la situación comprometida por la solicitud de acabar con los árabes, sin embargo, el jefe ha escuchado y no le resulta extraño, sino agradable.

El chacal más viejo sirve como vocero de la manada, exponiendo sus pretensiones al extranjero, señalando que hay un antagonismo ancestral y su intención de aniquilar. Explica el antagonismo ancestral y procura convencer al protagonista. En el relato, este personaje se funde con la manada que funciona como sujeto colectivo, de manera clara en esta descripción: “Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver”[1]

El jefe de los árabes destaca como el coprotagonista, siendo quien maneja el poder y con su látigo controla a las fieras. Manifiestas una ideología a contrapelo del protagonista, por su relación con los chacales a los que castiga y consiente, considerándolos “nuestros” perros. Por la dinámica, también parece como la voz de la tribu, representando al genérico de los árabes.   

Intensidad del espacio

El sitio es remoto, surge como perdido y aislado… sin duda, es el desierto que se levanta alrededor y ahí está el oasis; sin embargo, además sobreviene la noche, el instante previo al sueño, cuando lo cotidiano se revela rodeado de asechanzas. Hay una continuidad que se ha roto, el personaje está ahí como tirado y sin un propósito aparente, pues el personaje no está unido con la tribu árabe ni participa con la jauría de chacales. El protagonista parece absurdo: uno del Norte extraviado en las travesías arenosas; en ese sentido es un “perfecto extraño”. Ese espacio de horizontes indefinidos y sin fronteras precisas resulta adecuado al nomadismo de viajeros y animales; en el sentido, de que el movimiento nómada resulta incierto y facilitador de incertidumbres, en sentido de riesgos y ventajas. Ese nomadismo facilita la tensión dramática y el ambiente de cuando “puede suceder cualquier cosa”, como la irrupción de una manada o el regreso de un orden a latigazos.

Neutralidad e impotencia

El relato no contiene un episodio de hostilidad entre un judío y los árabes; la hostilidad está acaparada con el conflicto fantaseado entre los chacales y los árabes. El poder aparece concentrado en la punta del látigo del jefe árabe, por lo cual está tejido en códigos antiguos. Las ilusiones de los animales enmascaran los conflictos entre nacionalidades, tan agudos en vida del escritor, que se explican en términos de una querella eterna, que se arrastra desde épocas inmemoriales.  Al mismo tiempo, esa querella únicamente existe en la imaginación de los chacales, donde la risa de superioridad del árabe los regresa a la condición de mascotas humilladas y habitando entre los márgenes desérticos. En este caso, el argumento kafkiano de la impotencia queda sellado en el hocico de los animales, por la vía de latigazos.

Inercias en colisión

El protagonista es un viajero que está desencajado de sus ambientes naturales, sin un propósito aclarado (en el relato); está en ese movimiento que se llama “viaje” cuyo destino resulta desconocido. Así que alguna inercia lo ha colocado entre los árabes, con quienes comparte ese desplazamiento inevitable, y queda custodiado por los misterios del desierto.

Por su parte, los chacales irrumpen con su propio desplazamiento, el cual no es un viaje, sino un misterioso empuje desde generaciones inmemoriales; donde el relato pone un sesgo fantasioso, ya que la línea del presente conecta con una infinita, cuando el líder parlanchín dice: “Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales.”[2] ¿Quién resiste el empuje que venga desde la eternidad? Pareciera que nada, a menos que exista un “ardid”, tal como tramaban los mitos griegos de astucia para engañar al Destino. Los chacales no resisten ese empuje, sin embargo, su movimiento no es rectilíneo sino curioso, pues forman amontonamiento e irrumpen en indisciplinas como morder la camisa del viajero con quien pretenden congraciarse.

Los árabes mantienen su propia inercia que se expresa en su apego con las bestias (y los viajeros) por más que haya una rivalidad y tensión evidentes.

Hostilidades anunciadas

De entrada, los chacales aparentan acaparar la violencia del relato. Ellos irrumpen, son muchas, y tienen propósitos carniceros. Los animales oscilan entre amenazar con atacar al protagonista y obligarlo a una peligrosa complicidad. Entonces invitan al europeo para que ataque a los árabes, quien parece quedar solitario entre dos fuegos, cuando los chacales quieren que con una simple tijera él ataque a los árabes en nombre de los animales.

Esa presión se resuelve muy rápido, pues un árabe ha estado espiando esa escena y se ha adelantado a su resolución. Por un lado, da una explicación tranquilizadora al protagonista europeo y, por el otro, entrega una ofrenda de carroña. Curiosamente, la intriga de los chacales es, simultáneamente, castigada y premiada.

El látigo reventado contra las fauces parece un castigo terrible, pero está acompañado del premio que consiste en el cadáver del camello. El resultado es indefinido o un “empate” para la distensión al finalizar el relato.

Las legalidades invertidas

Cuando suponemos al protagonista narrador como eje de los valores implícitos, emerge una curiosa serie de legalidades invertidas que lo desafían. Por principio, el prejuicio sobre los animales carroñeros implica una especie de inversión de mundos, donde los chacales ponen en operación una lógica inversa al resto de las especies, que se contrapone a los cazadores (matar para vivir), a las presas (mueren para que otros vivan), a los herbívoros (ajenos al matar), etc. En ese sentido el carroñeo posee una típica marca negativa y una especie de burla con condena en la cultura occidental: buitres, chacales, hienas, moscas... La contraposición entre árabes nómadas (viajeros, desérticos, comerciantes) frente a diversos niveles, comenzando el explícito de la enemistad con los chacales, se extiende al narrador urbano que marca otra serie de oposiciones implícitas, sin embargo, en este relato están aliados y en paz, únicamente sometidos a un juego de tensiones y malentendidos. Además, es viable suponer una tensión fuerte entre árabes y el judío narrador. Entonces contamos con dos inversiones de grupo —el humano de la tribu y el animal de la manada— que chocan sin generar una catástrofe, a la manera de las olas embravecidas contra los acantilados, resultando una extraña convivencia.

El gusto por la carroña y sus opuestos

Los chacales del relato son devoradores de carroña y cuando se justifican parecen estarse engañando; el apetito resulta más fuerte y les produce una especie de trance o delirio. En esta manada queda perfectamente justificado por su naturaleza biológica, lo curioso es que también lo niegan o disimulan; comportándose como humanos retorcidos, que ocultan su ser en argumentos y expectativas falsas. Las ilusiones de los chacales contra los árabes son evidentes “tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos”[3]; por eso los consideran sus propios perros, por más que los maltratan a latigazos y saben que se ilusionan con su destrucción.

Esta carroña implica una especie de robo a la posesión de los árabes, lo cual está en el límite, pues los propios viajeros entregan el cadáver del camello a la rapiña. Hay un pacto como de vergüenza, un arrojar la basura a la manada. Aún así sigue una oposición. En la imaginación calenturienta de las bestias habrá una venganza. El jefe árabe latiguea los hocicos de las bestias hambrientas, con lo cual la ofrenda del camello se vuelve también una afrenta; el pacto queda en entredicho.

La tijera de la venganza

En su ensueño de venganza los chacales le entregan al extranjero una tijera con la esperanza de que él aplica su revancha contra los árabes. El gesto resulta entre extraño y ridículo pues una simple tijera no resulta amenazadora; su función es cortar no derrotar.

A mayor detalle “un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre”[4] No es una herramienta amenazante sino ridícula, así, van parejos el despropósito de la petición y la herramienta para cumplirla. Resulta más evidente que es un utensilio simbólico, que además está cargado por el tiempo y el transitar, cuando el árabe explica que ese instrumento ha viajado con ellos desde la noche de los tiempos y seguirá haciéndolo. Resulta una tijera, digamos, de carácter eterno pero inútil, destinada a rodar junto con las caravanas cual un signo de hostilidad de los chacales, de la cual se burlan los árabes.

Armas activas: látigos sobre colmillos

Las tijeras son pequeñas y las escopetas están resguardadas, mientras el látigo se describe gigantesco y de una eficacia instantánea, lanzándose a “diestra y siniestra”, acaparando el espacio y dominando la situación. Ese instrumento de castigo resulta el signo del mando “el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra”.[5] Hagamos una pausa para levantar la mirada hacia el panorama histórico: al escribir a principios del siglo XX, ha ocurrido un cambio donde las antiguas violencias del castigo están siendo rápidamente abandonadas, en favor de una nueva sensibilidad. Los tradicionales castigos de los látigos contra bestias y humanos están siendo repudiados y abandonados, desplazando a la “moral de los amos”[6] en favor de un trato más civilizado, que repudia el castigo corporal.[7] Todavía a final del siglo XIX, Gorki relata que los latigazos eran parte de un escarmiento dentro de su familia paterna.[8] En ese sentido, el jefe árabe lanzando latigazos es un eco del pasado con despliegue de significados; donde la psicología argumenta en favor de una figura paterna amenazadora.[9]

En este cuento, la otra arma efectiva son los colmillos-dientes, que caracterizan al reino animal, los cuales resultan débiles ante los dispositivos humanos. Esos colmillos poseen sentidos múltiples, incluso se justifican como el auténtico lenguaje de los chacales, por lo cual su valor es universal, y se justifica un chacal: “para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.”[10] En el relato breve se comprueba ese valor múltiple de los dientes feroces: con ellos lo atrapan, entregan la tijera, amenazan, destrozan la carroña, se alimentan, etc.

Onírico

El relato semeja un microcosmos de sueño donde las barreras del realismo son traspasadas por pequeñas sacudidas. El protagonista intenta dormir y dice que no lo logra, pero sucede algo raro en el ambiente. El primer árabe descrito, sin lógica, es alto y blanco; al protagonista en un instante lo inquieta un aullido lejano y de inmediato está rodeado por la manada. De inmediato los animales hablan y buscan negociar, para inmovilizarlo los chacales lo han mordido en profundidad, pero no le hacen mayor daño; ellos afirman que un objeto ha girado desde la eternidad para cumplir la exigencia y el protagonista recibe unas pequeñas tijeras. Todo lo ha escuchado el jefe sin que nadie más se percatara de su presencia y un latigueo basta para controlar a la mandada, aunque para este líder es un regocijo no un castigo. Muere un camello oportunamente para ser entregado a la manada, sin embargo, hay un juego cruel entre premiarlos y martirizarlos. En fin, el relato completo está marcado con matices oníricos.[11]  

 

 

El cuento “Chacales y árabes” completo:

“CHACALES Y ÁRABES

Franz Kafka (1917)

Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.

Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.

Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:

–Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la

madre de todos los chacales. ¡Créelo!

–Me asombra –dije, olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales–, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí, chacales?

Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.

–Sabemos –empezó el más viejo– que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la carroña.

–No hables tan fuerte –le dije–, los árabes están durmiendo cerca de aquí.

–Eres en verdad un extranjero –dijo el chacal–, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es una desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?

–Es posible –contesté–, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.

–Eres muy listo –dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas–, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá terminado.

–¡Oh! –exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido– se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.

–Has entendido mal –dijo–, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto nuestra patria.

Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo, de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.

–¿Qué piensan hacer entonces? –les pregunté al tiempo que quería incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.

–Llevan la cola de tus ropas –dijo el viejo chacal aclarando en tono serio–, como prueba de respeto.

–¡Que me suelten! –grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más jóvenes.

–Te soltarán, naturalmente –dijo el viejo– , si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro ruego.

–No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello –contesté.

–No nos hagas pagar nuestra torpeza – dijo, empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural–, somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.

–¿Qué quieres entonces? –pregunté algo aplacado.

–Señor –gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como una melodía–. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros que el árabe degüella; todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos –y ahora todos lloraban y sollozaban–, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta tijera! –Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.

–¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! –gritó el jefe árabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos.

–Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo –dijo el árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.

–¿Sabes entonces qué quieren los animales? –pregunté.

–Naturalmente, señor –dijo–, todos lo saben; desde que existen los árabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.

Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó, arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes, habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.

En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado.

No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.

–Tienes razón, señor –dijo–, dejémoslos en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los has visto.”

 

Cita de Deleuze y Guattari en Mil mesetas:

Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Árabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, eso sí, no se entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización (―están locos, verdaderamente locos‖); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo árabe que conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera, desprendiéndolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para limpiar las carroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de ―limpieza‖, la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de manada, bañando la libido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se desarrolla el drama?”[12]

 

 



[1] Kafka, Chacales y árabes.

[2] Kafka, Chacales y árabes. La complicada relación entre ese presente y una espera eterna da un cariz metafísico a este relato.

[3] Kafka, Chacales y árabes.

[4] Curiosamente la interpretación de Deleuze en Mil mesetas interpreta esas tijeras como enormes, señalando “Y las enormes tijeras”, p. 43. Cierto que el relato de Kafka vuelve a los detalles enormes en significado, por más que sean pequeños objetos.

[5] Kafka, Chacales y árabes.

[6] Nietzsche, Genealogía de la moral.

[7] Lipovetsky, La era del vacío.

[8] Gorki, Mi infancia.

[9] Deleuze, Mil mesetas, p. 43. El padre de Franz Kafka como una figura amenazadora forma casi un estereotipo, en Carta al padre de Kafka, y es ampliamente analizado en muchas biografías, como la de su amigo Max Brod; el análisis literario en Kafka para una literatura menor de Deleuze, y los estudios de Canetti sobre su relación con Felice, El otro proceso, etc.

[10] Kafka, Chacales y árabes.

[11] Hay un análisis completo de Los sueños de Kafka por Félix Guattari, donde se demuestra su vinculación con su literatura.

[12] Deleuze y Guattari, Mil mesetas, p. 43.