Por Carlos Valdés Martín
En lo que sigue está el análisis del relato corto “Chacales y árabes” de Franz Kafka, que está
seguido del texto completo. Incluye el argumento, personajes y líneas de
análisis.
Argumento
Un viajero solitario proviene de la región norte, cruza por el desierto integrado
en una caravana de árabes y se detienen en un oasis para pernoctar. No está definido
el motivo de su viaje ni su itinerario. Acampan al aire libre, el protagonista
no puede dormir, cuando de improviso una manada de chacales se acerca y le pide
algo extraño, cuando el más viejo dice que ese extranjero fue esperado por
generaciones para una misión. Los animales son amenazantes y suplicantes, le muerden
la chaqueta y lo inmovilizan, mientras el chacal viejo explica su caso. Señala que
hay una querella ancestral, que ellos odian a los árabes, los consideran
impuros y detestan que sacrifiquen animales. Le piden al extranjero degollar a
los nativos con una pequeña tijera de sastre y un chacal la entrega.
Todo lo ha escuchado el jefe árabe que agita un enorme látigo y se ríe. Amedrenta
a latigazos a los chacales mientras le explica al protagonista que siempre
sucede lo mismo, que los animales acuden con cada extranjero con la misma
tijera. El árabe explica que esa esperanza es una locura, la cual le provoca
una especie de cariño, por lo que mira a los chacales como sus perros lindos. Señala
que murió un camello y lo entregarán en ese mismo momento a los carroñeros. Los
animales hipnotizados por el cadáver avanzar hasta comenzar a devorarlo, pero
el árabe los castiga a latigazos y huyen al desierto contiguo; aunque pronto
regresan y vuelve el castigo. El viajero detiene el brazo del árabe, quien está
de acuerdo en dejar el festín carroñero y dedicarse a continuar el viaje.
Personajes
El protagonista es un viajero del Norte, que está embarcado en una travesía
solitaria, guiado por un grupo de árabes del desierto. Él, además de una mirada
de asombro por el ambiente, no parece albergar mayores intenciones, aunque
funciona como un prototipo para los chacales que lo vuelven objeto de su petición.
Se comporta con prudencia y queda en la situación comprometida por la solicitud
de acabar con los árabes, sin embargo, el jefe ha escuchado y no le resulta
extraño, sino agradable.
El chacal más viejo sirve como vocero de la manada, exponiendo sus pretensiones
al extranjero, señalando que hay un antagonismo ancestral y su intención de aniquilar.
Explica el antagonismo ancestral y procura convencer al protagonista. En el relato,
este personaje se funde con la manada que funciona como sujeto colectivo, de
manera clara en esta descripción: “Y ya todos se apilaban en igual trabajo,
formando como una montaña encima del cadáver”
El jefe de los árabes destaca como el coprotagonista, siendo quien maneja
el poder y con su látigo controla a las fieras. Manifiestas una ideología a
contrapelo del protagonista, por su relación con los chacales a los que castiga
y consiente, considerándolos “nuestros” perros. Por la dinámica, también parece
como la voz de la tribu, representando al genérico de los árabes.
Intensidad del espacio
El sitio es remoto, surge como perdido y aislado… sin duda, es el desierto
que se levanta alrededor y ahí está el oasis; sin embargo, además sobreviene la
noche, el instante previo al sueño, cuando lo cotidiano se revela rodeado de asechanzas.
Hay una continuidad que se ha roto, el personaje está ahí como tirado y sin un
propósito aparente, pues el personaje no está unido con la tribu árabe ni participa
con la jauría de chacales. El protagonista parece absurdo: uno del Norte
extraviado en las travesías arenosas; en ese sentido es un “perfecto extraño”. Ese
espacio de horizontes indefinidos y sin fronteras precisas resulta adecuado al
nomadismo de viajeros y animales; en el sentido, de que el movimiento nómada resulta
incierto y facilitador de incertidumbres, en sentido de riesgos y ventajas. Ese
nomadismo facilita la tensión dramática y el ambiente de cuando “puede suceder
cualquier cosa”, como la irrupción de una manada o el regreso de un orden a
latigazos.
Neutralidad e impotencia
El relato no contiene un
episodio de hostilidad entre un judío y los árabes; la hostilidad está acaparada
con el conflicto fantaseado entre los chacales y los árabes. El poder aparece
concentrado en la punta del látigo del jefe árabe, por lo cual está tejido en
códigos antiguos. Las ilusiones de los animales enmascaran los conflictos entre
nacionalidades, tan agudos en vida del escritor, que se explican en términos de
una querella eterna, que se arrastra desde épocas inmemoriales. Al mismo tiempo, esa querella únicamente
existe en la imaginación de los chacales, donde la risa de superioridad del
árabe los regresa a la condición de mascotas humilladas y habitando entre los márgenes
desérticos. En este caso, el argumento kafkiano de la impotencia queda sellado en
el hocico de los animales, por la vía de latigazos.
Inercias en colisión
El protagonista es un viajero que está desencajado de sus ambientes
naturales, sin un propósito aclarado (en el relato); está en ese movimiento que
se llama “viaje” cuyo destino resulta desconocido. Así que alguna inercia lo ha
colocado entre los árabes, con quienes comparte ese desplazamiento inevitable,
y queda custodiado por los misterios del desierto.
Por su parte, los chacales irrumpen con su propio desplazamiento, el cual
no es un viaje, sino un misterioso empuje desde generaciones inmemoriales;
donde el relato pone un sesgo fantasioso, ya que la línea del presente conecta
con una infinita, cuando el líder parlanchín dice: “Ya casi había abandonado la esperanza, porque te
esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las
madres hasta llegar a la madre de todos los chacales.”
¿Quién resiste el empuje que venga desde la eternidad? Pareciera que nada, a
menos que exista un “ardid”, tal como tramaban los mitos griegos de astucia
para engañar al Destino. Los chacales no resisten ese empuje, sin embargo, su
movimiento no es rectilíneo sino curioso, pues forman amontonamiento e irrumpen
en indisciplinas como morder la camisa del viajero con quien pretenden
congraciarse.
Los árabes mantienen su propia inercia que se expresa en su apego con las bestias
(y los viajeros) por más que haya una rivalidad y tensión evidentes.
Hostilidades anunciadas
De entrada, los chacales aparentan acaparar la violencia del relato. Ellos
irrumpen, son muchas, y tienen propósitos carniceros. Los animales oscilan
entre amenazar con atacar al protagonista y obligarlo a una peligrosa
complicidad. Entonces invitan al europeo para que ataque a los árabes, quien
parece quedar solitario entre dos fuegos, cuando los chacales quieren que con
una simple tijera él ataque a los árabes en nombre de los animales.
Esa presión se resuelve muy rápido, pues un árabe ha estado espiando esa
escena y se ha adelantado a su resolución. Por un lado, da una explicación
tranquilizadora al protagonista europeo y, por el otro, entrega una ofrenda de
carroña. Curiosamente, la intriga de los chacales es, simultáneamente,
castigada y premiada.
El látigo reventado contra las fauces parece un castigo terrible, pero está
acompañado del premio que consiste en el cadáver del camello. El resultado es
indefinido o un “empate” para la distensión al finalizar el relato.
Las legalidades invertidas
Cuando suponemos al protagonista narrador como eje de los valores
implícitos, emerge una curiosa serie de legalidades invertidas que lo desafían.
Por principio, el prejuicio sobre los animales carroñeros implica una especie
de inversión de mundos, donde los chacales ponen en operación una lógica
inversa al resto de las especies, que se contrapone a los cazadores (matar para
vivir), a las presas (mueren para que otros vivan), a los herbívoros (ajenos al
matar), etc. En ese sentido el carroñeo posee una típica marca negativa y una
especie de burla con condena en la cultura occidental: buitres, chacales,
hienas, moscas... La contraposición entre árabes nómadas (viajeros, desérticos,
comerciantes) frente a diversos niveles, comenzando el explícito de la
enemistad con los chacales, se extiende al narrador urbano que marca otra serie
de oposiciones implícitas, sin embargo, en este relato están aliados y en paz,
únicamente sometidos a un juego de tensiones y malentendidos. Además, es viable
suponer una tensión fuerte entre árabes y el judío narrador. Entonces contamos con
dos inversiones de grupo —el humano de la tribu y el animal de la manada— que
chocan sin generar una catástrofe, a la manera de las olas embravecidas contra los
acantilados, resultando una extraña convivencia.
El gusto por la carroña y sus opuestos
Los chacales del relato son devoradores de carroña y cuando se justifican
parecen estarse engañando; el apetito resulta más fuerte y les produce una
especie de trance o delirio. En esta manada queda perfectamente justificado por
su naturaleza biológica, lo curioso es que también lo niegan o disimulan; comportándose
como humanos retorcidos, que ocultan su ser en argumentos y expectativas
falsas. Las
ilusiones de los chacales contra los árabes son evidentes “tienen una
esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos”;
por eso los consideran sus propios perros, por más que los maltratan a
latigazos y saben que se ilusionan con su destrucción.
Esta carroña implica una especie de robo a la posesión de los árabes, lo
cual está en el límite, pues los propios viajeros entregan el cadáver del
camello a la rapiña. Hay un pacto como de vergüenza, un arrojar la basura a la
manada. Aún así sigue una oposición. En la imaginación calenturienta de las bestias
habrá una venganza. El jefe árabe latiguea los hocicos de las bestias
hambrientas, con lo cual la ofrenda del camello se vuelve también una afrenta;
el pacto queda en entredicho.
La tijera de la venganza
En su ensueño de venganza los chacales le entregan al extranjero una tijera
con la esperanza de que él aplica su revancha contra los árabes. El gesto
resulta entre extraño y ridículo pues una simple tijera no resulta amenazadora;
su función es cortar no derrotar.
A mayor detalle “un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña
tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre”
No es una herramienta amenazante sino ridícula, así, van parejos el despropósito
de la petición y la herramienta para cumplirla. Resulta más evidente que es un
utensilio simbólico, que además está cargado por el tiempo y el transitar,
cuando el árabe explica que ese instrumento ha viajado con ellos desde la noche
de los tiempos y seguirá haciéndolo. Resulta una tijera, digamos, de carácter eterno
pero inútil, destinada a rodar junto con las caravanas cual un signo de
hostilidad de los chacales, de la cual se burlan los árabes.
Armas activas: látigos
sobre colmillos
Las tijeras son pequeñas
y las escopetas están resguardadas, mientras el látigo se describe gigantesco y
de una eficacia instantánea, lanzándose a “diestra y siniestra”, acaparando el
espacio y dominando la situación. Ese instrumento de castigo resulta el signo
del mando “el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra”.
Hagamos una pausa para levantar la mirada hacia el panorama histórico: al
escribir a principios del siglo XX, ha ocurrido un cambio donde las antiguas
violencias del castigo están siendo rápidamente abandonadas, en favor de una
nueva sensibilidad. Los tradicionales castigos de los látigos contra bestias y
humanos están siendo repudiados y abandonados, desplazando a la “moral de los
amos”
en favor de un trato más civilizado, que repudia el castigo corporal.
Todavía a final del siglo XIX, Gorki relata que los latigazos eran parte de un escarmiento
dentro de su familia paterna.
En ese sentido, el jefe árabe lanzando latigazos es un eco del pasado con despliegue
de significados; donde la psicología argumenta en favor de una figura paterna
amenazadora.
En este cuento, la otra
arma efectiva son los colmillos-dientes, que caracterizan al reino animal, los
cuales resultan débiles ante los dispositivos humanos. Esos colmillos poseen
sentidos múltiples, incluso se justifican como el auténtico lenguaje de los
chacales, por lo cual su valor es universal, y se justifica un chacal: “para
todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.”
En el relato breve se comprueba ese valor múltiple de los dientes feroces: con
ellos lo atrapan, entregan la tijera, amenazan, destrozan la carroña, se
alimentan, etc.
Onírico
El relato semeja un microcosmos
de sueño donde las barreras del realismo son traspasadas por pequeñas
sacudidas. El protagonista intenta dormir y dice que no lo logra, pero sucede
algo raro en el ambiente. El primer árabe descrito, sin lógica, es alto y blanco; al protagonista en un instante lo inquieta un aullido
lejano y de inmediato está rodeado por la manada. De inmediato los animales
hablan y buscan negociar, para inmovilizarlo los chacales lo han mordido en
profundidad, pero no le hacen mayor daño; ellos afirman que un objeto ha girado desde
la eternidad para cumplir la exigencia y el protagonista recibe unas pequeñas tijeras. Todo lo
ha escuchado el jefe sin que nadie más se percatara de su presencia y un
latigueo basta para controlar a la mandada, aunque para este líder es un regocijo
no un castigo. Muere un camello oportunamente para ser entregado a la manada,
sin embargo, hay un juego cruel entre premiarlos y martirizarlos. En fin, el relato
completo está marcado con matices oníricos.
El cuento “Chacales y árabes”
completo:
“CHACALES
Y ÁRABES
Franz
Kafka (1917)
Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían.
Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se
dirigía a acostarse.
Me tiré de espaldas sobre la hierba;
quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de un chacal a lo lejos
me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto
estuvo cerca. El gruñido de los
chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban;
cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.
Un chacal se me acercó por detrás, pasó
bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y
dijo, sus ojos casi en los míos:
–Soy el chacal más viejo de toda la
región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había
abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te
esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la
madre de todos los chacales. ¡Créelo!
–Me asombra –dije, olvidando alimentar
el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales–, me asombra mucho lo que
dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué
quieren de mí, chacales?
Y como envalentonados por este discurso
quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor;
todos respiraban con golpes cortos y bufaban.
–Sabemos –empezó el más viejo– que vienes
del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra
la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes,
no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos,
y desprecian la carroña.
–No hables tan fuerte –le dije–, los árabes
están durmiendo cerca de aquí.
–Eres en verdad un extranjero –dijo el chacal–,
de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe.
¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es una desgracia suficiente el vivir repudiados en medio
de semejante pueblo?
–Es posible –contesté–, puede ser, pero
no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de
algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.
–Eres muy listo –dijo el viejo chacal;
y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de
estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía
tolerarse salía de sus fauces abiertas–, eres muy listo; lo que dices se
corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella
habrá terminado.
–¡Oh! –exclamé más brutalmente de lo que
hubiera querido– se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.
–Has entendido mal –dijo–, según la manera
de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría
bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con
vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto
nuestra patria.
Y todos los chacales en torno, a los
cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos,
hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las
patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo,
de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.
–¿Qué piensan hacer entonces? –les pregunté
al tiempo que quería incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi
chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.
–Llevan la cola de tus ropas –dijo el
viejo chacal aclarando en tono serio–, como prueba de respeto.
–¡Que me suelten! –grité, dirigiéndome ya al viejo, ya
a los más jóvenes.
–Te soltarán, naturalmente –dijo el
viejo– , si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque siguiendo la
costumbre han mordido muy
hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto
escucha nuestro ruego.
–No diré que el comportamiento de ustedes
me ha predispuesto a ello –contesté.
–No nos hagas pagar nuestra torpeza – dijo,
empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural–,
somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que queramos hacer, bueno
o malo, contamos únicamente con los dientes.
–¿Qué quieres entonces? –pregunté algo aplacado.
–Señor –gritó, y todos los chacales aullaron;
a lo lejos me pareció como una melodía–. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el mundo.
Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. Es
necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire respirable; el horizonte
completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros que el árabe degüella;
todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de
su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos
–y ahora todos lloraban y sollozaban–, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes
soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura;
inmundicia es su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir
viendo las comisuras de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre
el infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus
manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta
tijera! –Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía en
uno de sus colmillos una
pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.
–¡Ah, finalmente apareció la tijera, y
ahora basta! –gritó el jefe
árabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y
que ahora agitaba su
gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta distancia
se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan estrecha y rígidamente
los numerosos animales, que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos
fatuos.
–Así que tú también, señor, has visto y
oído este espectáculo –dijo el
árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.
–¿Sabes entonces qué quieren los animales?
–pregunté.
–Naturalmente, señor –dijo–, todos lo saben;
desde que existen los árabes esta
tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los
tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra;
cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están
locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros
perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta noche, he
dispuesto que lo traigan aquí.
Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver
delante de nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus
voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó,
arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los
árabes, habían olvidado el odio;
la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba.
Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la
arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y
al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo
zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando
como una montaña encima del cadáver.
En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a
diestra y siniestra. Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera
y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en
el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la
sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares
el cuerpo estaba desgarrado.
No
pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo;
yo retuve su brazo.
–Tienes razón, señor –dijo–, dejémoslos
en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los has visto.”
Cita
de Deleuze y Guattari en Mil mesetas:
“Claro que hay
enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Árabes, es
muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún
riesgo, siempre funciona, pero, eso sí, no se entiende nada. Los árabes están
claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los
dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas.
Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada,
extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa
que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de
desterritorialización (―están locos, verdaderamente locos‖); entre los dos, en
el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes
tijeras, ¿no son el signo árabe que conduce o lanza las partículas-chacales,
tanto para acelerar su loca carrera, desprendiéndolas de la masa, como para
devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato
edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña:
matar los animales para comer, o comer para limpiar las carroñas. Los chacales
plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de ―limpieza‖,
la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la
desterritorialización de manada, bañando la libido todo el desierto como cuerpo
sin órganos en el que se desarrolla el drama?”