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domingo, 27 de julio de 2025

“ENTREVISTA A UN DESCONOCIDO”, CUENTO DE CARLOS VALDÉS

 


 

Prólogo por Carlos Valdés Martín

De la misma manera que Papini realizó innumerables entrevistas imaginarias con personajes reales[1], aquí se realiza un cuento bajo la modalidad de entrevista de ficción con un personaje que encarna a un alter ego. Este personaje entrevistado, con rasgos mexicanos y alma quijotesca, representa a cualquier escritor novato, como entonces lo era el propio Carlos Valdés. Emplea su característico estilo realista, que el autor dominó y siempre lo acompañó, bajo un enfoque de “paranoia crítica”, recomendada por Dalí y otros muchos intelectuales heterodoxos. Este método se acerca también a la elaboración de caricaturas, que marcó a tantos satíricos españoles, del llamado “Sigo de Oro” con Francisco Quevedo y el esperpentismo de Ramón del Valle Inclán.

Este cuento presenta dos valores adicionales a un cuento normal. El primero es un marcado carácter autobiográfico, donde los personajes conocen a la perfección las aspiraciones a ser escritor consagrado. Visto desde el presente, resulta otro aspecto revelador: hay fuertes profecías sobre la trayectoria posterior de Carlos Valdés.

El texto entretiene mucho, aunque en la actualidad cuesta entender su trasfondo, pues debe releerse o dotarse de algún “aparato crítico”. En el presente, son casi desconocidos los detalles del ambiente literario mexicano en la mitad del siglo XX y el auténtico perfil de la generación donde se desarrolló Carlos Valdés. De este cuento llamará la atención una aparente agresividad de las críticas mordaces, que se contraponen al cordial aprecio que había entre los literatos de esa generación. Por si fuera poco, Carlos Valdés fue un intenso promotor cultural, que de manera gratuita incluía a nuevos talentos en su revista literaria Cuadernos del Viento. Un emprendimiento quijotesco de revista literaria independiente, editaba en su propio domicilio y sin ningún subsidio, junto con Huberto Batis[2].

El lector disfrutará del estilo irónico y la agilidad vertiginosa con que se muestran las entrañas de la actividad literaria en México, que no difiere demasiado del resto del mundo. De la lectura saldrán risas involuntarias y curiosidad sobre cómo era el ambiente literario donde departían con Carlos Valdés los personajes como Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, José de la Colina, Rosario Castellanos y otros.

 

“ENTREVISTA A UN DESCONOCIDO” DE CARLOS VALDÉS

Editado originalmente en Revista de la Universidad (UNAM), en abril de 1958.

RESULTA más interesante la opinión del portero de la ópera que la de un cantante famoso. El criterio de los humildes es más leal, auténtico y humano, está menos oprimido por el respeto. En cambio, los personajes conspicuos ofrecen versiones oficiales y asépticas. Adivinamos lo que dirá el funcionario sobre determinado tópico; pero nos llena de júbilo o de espanto la opinión

arbitraria del hombre de la calle.

Se han realizado muchas entrevistas sobre literatura. Cuando se interroga al literato del día, nadie entiende sus cautas palabras sibilinas, y continuamos ignorando las intimidades de la vida artística. También es inútil entrevistar al joven brillante; teme aún más comprometer su carrera. Pero el público quiere conocer al escritor en mangas de camisa.

¿A quién acudir? ¿Habrá alguien que reúna las características del anonimato y de la juventud atrevida?

En las nieblas de mi recuerdo aparece un rost.ro; lo he mirado en todas partes y en ninguna. Juraría haberlo visto detrás de un escritorio burocrático, y aburriéndose en una conferencia. Pertenece a un hombre que me han presentado en los cocteles literarios, y que siempre tengo "mucho gusto" en conocer, sin que logre dominar la sospecha de que lo he encontrado antes.

En mi memorándum debo tener su domicilio. Tal vez ahí esté la pista del escritor convenientemente joven y anónimo. Me hago la ilusión de que hallaré a un muchacho laborioso y modesto: él me mostrará hasta los camarines donde se retocan las estrellas de la literatura nacional.

He, tenido que recorrer los rumbos más lóbregos. Ya en el campo ratifiqué el domicilio ante un edificio de apartamentos. En la escarpada escalera me vi en peligro; Por poco sucumbo ante la carga de una chiquillería sucia y traviesa. AI fin nuestro hombre en persona me abrió la puerta. Es soltero por necesidad y por gusto: Ocupa sus horas libres en escribir y soñar. Desde hace algunos años colabora en las revistas que lo consienten; pero sus escritos (como yo lo sospechaba) no han tenido la suerte de llamar la atención. Nadie lo conoce ni se interesa por él. Es franco, feo. casi enano, y posee rasgos indígenas. Su falta de fortuna no me sorprendió: En nuestro país (aunque no existen problemas raciales) un rostro moreno dificulta la carrera. Lo confieso: Su diminuta figura me hizo dudar. Pensé que no tenía talla de Hércules para limpiar los establos de la literatura. Sin embargo, juzgué inoportuno arrepentirme después de haber subido cinco pisos.

Primero, el escritorcito se negó a contestar mis preguntas. al fin lo convencí de que el gran público lo exigía. Después de hoscos y prolongados silencios. Cambiando de parecer. ardió en deseos de sacrificarse sobre el ara pública. Hasta logró contagiarme su espíritu optimista.

—¿En dónde nació usted, maestro?

"Maestro", di le yo, pues aún al abstemio lo emborracha una gota de elogio.

—Por fortuna en el Municipio de Iturbide. Allá nos enseñan a ayunar. Buena práctica, porque el ascetismo es el primer precepto que debe guardar el aspirante al Parnaso: poca carne, mucho hueso, y abundante espíritu de sacrificio.

Su desnutrida figura encarnaba (si la paradoja vale) la veracidad del enunciado. Sin embargo, en la habitación había algunos rastros de comodidades. Los muebles hasta se podrían calificar de lujosos; no en sí mismos, sino por lo caro que resultan los abonos usurarios.

—No diré que sea rico; sin embargo, usted posee más que otros.

El joven escribidor me arrebató la palabra, como perro que se roba un filete.

—A mí me pagan por no escribir —susurró con un dejo de falsa modestia—. Como no gano bastante me ayudo con uno que otro artículo, un cuento o un poema. Actividad ésta como la del chico que para tener dinero de bolsillo se acomide a hacer recados.

 

El ruido del vecindario interrumpió la entrevista. Llantos de niños, una disputa matrimonial, radios en competencia de volumen, un loro que profería maldiciones. Luego, tan misteriosamente como se había encendido, la algarabía se apagó. Pude continuar:

—¿Ha publicado usted algún libro?

—Sólo uno, y duerme en el polvo de las librerías. Sin que el fracaso me haya desanimado, preparo nuevos textos: poemas, traducciones, ensayos, novelas. Pero le tengo más fe a mi volumen de cuentos; es el género más frecuentado y menos leído. Hablando con franqueza: el menos peligroso.

—¿Cómo lo titulará?, —le interrogué fingiendo interés.

—Aún lo ignoro. Se lo preguntaré a un amigo mío. Se dedica a la publicidad, y es muy hábil para inventar títulos.

No indagué si el amigo suyo también era fabulista, pasé a la siguiente pregunta:

—¿Dónde piensa usted publicar sus cuentos?

—En la colección "Letras Mexicanas"; no hay otra[3].

El joven anónimo insinuaba que nuestra industria editorial es paupérrima. Pero yo no le permití explayarse. (El tema se lo remito a los economistas, tan ingeniosos para zurcir teorías extranjeras que rediman a la patria. Justo que el poeta opine sobre Rengifo; pero que no invada el terreno de caza de la ciencia, so pena de sufrir el chasco del médico que extirpaba erratas.) Intenté reducirlo a sus límites naturales con una pregunta brutal:

—Y ¿si le rechazan su libro?

—Lo imprimiré por cuenta propia. Como usted sabe: la literatura, querida ruinosa e insaciable, exige múltiples sacrificios[4].

Su intento me pareció absurdo. Para disuadirlo, procuré refrescarle la memoria:

—¿Cómo trató la crítica al primer libro suyo?

—Lo pasó por alto olímpicamente. Su desprecio no me entristece; por el contrario, me alegra. Los mexicanos no podemos soportar la fama[5], nos incomoda más que una lápida sepulcral. Los ejemplos son lamentables: muchas jóvenes promesas mueren junto con su primer libro. Los prudentes no queremos terminar como cartuchos quemados, ni en eternos niños precoces, por eso nos escondemos en el anonimato, o por lo menos nos enmascaramos detrás del seudónimo.

"El verdadero artista trabaja para la posteridad. Un grupito de fabuladores trabajamos, en las sombras. con la esperanza de engañar a los pacientes lectores del siglo XXI: ellos creerán que en México había literatura viva. Nuestro orgullo es forjar una falsa y espléndida imagen de esta generación perdida, para pecar de exactos, inexistente."

Yo guardé silencio piadoso. Comprendí su recatado deseo de gloria, antes que confesar su pasión se cortaría la mano; admiré su sed y hambre rabiosas de lectores. Tal vez ese estado famélico, pensé, fuera propicio para la verdad.

—¿Cuál es el defecto más grave del escritor mexicano?

—Carece de conciencia profesional. Escribe sin método ni constancia, por mero pasatiempo, y sólo para agradar a los amigos. Aspira a la indulgencia, no al mérito, como los escolares que recitan versos delante de los profesores satisfechos de antemano. Si no tenemos amigos ni familia nadie nos lee.

—Usted se parece a un incorruptible crítico que afirmó no tener amigos[6].

—Él molestaba porque era un crítico activo: pero yo no soy crítico ni incorruptible. Deseo tener amigos; no para fatigarlos con mis obras. La amistad por la amistad. Sin embargo. ella me esquiva. Ignoro si soy antipático, o si es que el agua y el aceite se repelen.

Me incliné a creer lo primero, más sus apreciaciones personales poco me importaban.

—¿A qué se dedica el escritor que fracasa como perrillo faldero?

—Naturalmente, a la crítica. La que fue noble labor. hoy languidece en manos de los resentidos. y de los ineptos.

—¿Cómo explica usted nuestra crítica indulgente?

—Porque se ha convertido en una manera de agradecer los obsequios de los editores (que la honra de los libreros quede limpia; sólo regalan los libros que ellos imprimen), y también en una próspera industria de dorar la píldora. Los perspicaces sabemos que detrás de la azúcar se encuentra el ácibar[7].

—Entonces, ¿usted cree que los críticos carecen de valor?

—No hay que culparlos. Adoptan actitudes olímpicas, pero comen igual que todos los mortales. En México los literatos, poetastros, genios mayores y menores dependen más o menos del presupuesto oficial. Usted conocerá la afortunada frase: "El único error, estar fuera de la nómina". Aplicable al noventa por ciento de los casos. Las Secretarías de Estado empollan los intereses literarios: hay escalafón de ensayistas, antigüedad de poetas, y hasta jubilados de obra completa. Usted comprenderá: si nadie se atreve a criticar al jefe, menos al influyente amigo del señor Ministro[8].

Me sorprendió la parcialidad de sus juicios, y su modo de reducir a esquemas el

ámbito multicolor de la vida artística. No pude menos que objetarle:

—¿Cuál es el origen de las polémicas que a veces alborotan el cotarro[9]?

—Pregunta difícil de contestar. Los intereses creados son a la vez de naturaleza simple y complicada. No tiene gran objeto discutir, por elemental, la raíz egoísta del interés; en cambio, su manera de enraizar es apasionadamente compleja. La sujeción del escritor al presupuesto es mera apariencia. En su fuero interno ninguno está conforme. La literatura mexicana es un lago de superficie tranquila, y dorada por la mediocridad; pero en el fondo se producen continuas borrascas. Las profundidades submarinas son crueles: los escritores se agrupan en clanes o perecen. Los círculos de elogios mutuos, las capillas de adoración perpetua sólo ofrecen la necesaria seguridad. Su organización se parece a los castillos feudales: el incienso es para los moradores, y el desprecio para los bárbaros de afuera. La verdad oficial no impide que la lucha interna se propague. Todos quieren ocupar el trono. Para guardar las apariencias, la rivalidad se oculta. El traidor puntapié bajo la mesa, y los chismes de pasillo, son las cartas del triunfo.

Nuestro escritorcillo no se dejaba interrumpir. Se entusiasmaba en su papel de Catón abominando las costumbres corrompidas.

—En nuestro medio el chisme ha sustituido con ventajas a la crítica. Para criticar es necesario leer los libros, quebrarse la cabeza, y sobre todo, dominar el arte de no comprometerse en dos cuartillas.

En cambio, murmurar del prójimo es muy sencillo: basta fijarse en sus defectos luego juzgarlo, condenarlo y ajusticiarlo en ausencia. Los cocteles y las comidas literarias se eternizan, supongo, porque nadie quiere iniciar la marcha. La mayoría de los ataques son personales. Nadie acusa al escritor de maltratar la sintaxis, sino de homosexual o cornudo. Se ataca la persona, no la obra, porque el éxito del escritor es social y no artístico. La gente no se preocupa si los versos están mal medidos, sino de la perfección del nudo de la corbata.

—¿Qué gracias sociales debe poseer el escritor para prosperar?

—Ayuda la abundancia de consonantes en el apellido, y provenir de buena familia; pero, ante todo, el ingenio. Cultivarlo es cómodo y productivo. Las conversaciones brillantes hacen olvidar que el autor no publica nada. Pulir frases resulta menos fatigoso que escribir novelas. Además hay pocos lectores y muchos oyentes. El ingenio se cotiza casi tan bien como el escándalo[10].

—¡Cómo es eso!

—Cuando el audaz se cansa del anonimato, rompe lanzas contra los valores consagrados por el uso. A continuación las canonjías y las becas le llueven. Es el premio de gritar lo que los demás sólo se atreven a murmurar. Quizá el iconoclasta sufra la rechifla de los timoratos; pero a la larga el escándalo siempre se paga. "Siembra vientos y cosecharás tempestades". Y quien sabe capear huracanes llega muy lejos.

—Ya que conoce la clave del éxito, ¿por qué no la usa en beneficio propio? — dije no sin cierta ironía.

—Tan pronto ha olvidado, señor periodista, que no intento colarme en las primeras filas burocráticas, sino dedicarme por entero a la literatura. Para inclinar la espalda y recoger migajas, nunca hubiera abandonado la provincia.

—¿A qué, entonces, debemos el honor? — dije un tanto amoscado.

—He hecho un retrato feroz del ambiente. Sin embargo, aquí habitan los justos (aunque en cortísimo número, no llegan a la bíblica suma de diez). Sin su ejemplo hace mucho me habría perdido. Para perseverar en la senda inhospitalaria del arte, me basta mirar a los sabios sumidos en sus papeles, sordos a los aullidos de la masa pedantesca que se disputa los insuficientes caminos de la vanidad.

Lo interrumpí temeroso de que citara los nombres de los siete sabios[11].

—Hemos hallado mucho de que en México no existen escritores ni público; pero ¿con qué llenan las páginas de las revistas?

—Frecuentemente son el producto de dos o tres personalidades[12]. Esto no obedece al monopolio, sino a la escasez de plumas; si no fuera por las traducciones[13], las revistas aparecerían con regularidad de cometas. Para obrar con justicia agruparé a los plumíferos por clases: a) Los menopáusicos; la mayoría aplastante. b) Los que escriben de cuando en cuando; ejemplar casi extinto. c) Los prolíficos; unos empecinados que se aferran al número para ocultar su poca calidad. Pero la juventud es la plaga que consume a la fauna literaria. Hasta los viejos siguen siendo inmaturos. La prisa y el deseo de triunfo fácil han ocasionado infinidad de partos monstruosos[14]. Se podría instituir un museo de fetos y abortos; hasta sobrarían ejemplares para regalar. Las naciones cultas se maravillarían de nuestros ensayos sin columna vertebral, de las novelas sin pies ni cabeza, y de los poemas que no alcanzaron el tercer mes del embarazo.

—¿Qué piensa usted de los jóvenes, de los cachorros, como se les ha llamado? —le pregunté mientras lo imaginaba hundiéndose en el pantano de su perdición.

—Padecen los mismos defectos de los viejos, sólo que magnificados. Escritorzuelos a la última moda, engolosinados con cualquier forma que alcance un poco de éxito, pordiosero del ingenio, indigente de todo talento. Si en Francia alguien triunfa con un ensayo sobre la inverosímil vida de las ranas, aquí cien fracasarán en el mismo tema[15]. Si en México obtiene aplausos un soneto marxista, en adelante todos los versificadores lo tendrán por modelo[16]. Toda regla alcanza sus excepciones; pero los justos, en este caso, no suman cinco.

El escritor anónimo se había transformado en Júpiter. Continuó lanzando rayos sobre los mortales.

—De los jóvenes, de quienes algo se espera, son los primeros en traicionar el ideal. Si algún talento poseen se apresuran a cambiarlo por un plato de lentejas. Ellos no son culpables, sino quienes devoran los bodrios, y se regocijan ante los manitos amaestrados; y la ley del mejor esfuerzo se impone fatalmente. Yo me inclino a la indulgencia con los gustos reblandecidos por la edad, pero a la juventud no la perdono.

Harto de juventud, cambié de tema:

—¿Cree usted que estimulan a la literatura los juegos florales[17]?

—Cuando alguien los menciona, toda la gente comienza a hacer guiños. El primer paso sería restituirles el prestigio; el segundo, una propaganda efectiva. Mientras que los concursos se anuncien en cartelitos ilegibles y furtivos, sus organizadores tendrán que declararlos desiertos, aún más en donde los escritores no bastan para formar el jurado.

—¿Qué opina de las becas?

—La única salvación en donde no hay público que pague —los ojos del escritor se iluminaron, no con la llama de la codicia, sino con la visión profética—. Si se desea que exista literatura, el Estado debe crear un gran número de becas generosas y de duración ilimitada. Es urgente evitar que los jóvenes se contagien de empleomanía, para que se dediquen sin preocupaciones a escribir en serio. A la vez que las becas debe fomentarse la cultura en todas las formas y grados entre el pueblo. Cuando el público educado sienta necesidad de leer, exigirá obras de autores mexicanos, que para entonces ya serán más tratables.

—Su plan me parece utópico.

—Lo que he señalado es un medio artificial. Algo como el cultivo de las flores en invernaderos. Pero si alguien ama las plantas, en invierno tiene que valerse de ellos. El ideal del floricultor sería meter el campo al invernadero; mas se conforma con levantar uno proporcionado a sus dimensiones humanas. También nosotros deberíamos construir pequeños refugios para las letras.

—Entre tanto el gran público ignora las obras mexicanas.

—Se requiere mucho tiempo para que la cultura florezca. Los pueblos antes de llegar a ella recorren muy largos caminos. La literatura no se da en el vacío, necesita el suelo firme de la tradición. Para entender la profundidad de nuestra incultura y mala fe, basta recordar que cuando alguien dice que deberíamos estudiar nuestros clásicos, todos pensamos que se le está haciendo propaganda a alguna editora que no logra deshacerse de Altamirano o de Sor Juana.

Comenzó a citar nombres y títulos; no hay nada más aburrido y turbio que un escritor que habla de textos ajenos, como si el que otros hayan escrito buenas obras, lo absolviera de haberlas hecho malas. Me despedí rápidamente.

En la calle suspiré. Era un alivio estar lejos de ese joven gris que pensaba como un viejo, que era tan de una pieza que no se adaptaba al ambiente, y que poseyendo inteligencia se conformaba con el orgulloso, anonimato. No debería haber dejado su provincia, pues allá hubiera sido feliz, y hasta honrado por sus virtudes mediocres. En cambio, aquí se pudre detrás de un escritorio mientras sueña en ser muy leído por la posteridad. ¡Pobre Quijote nacido a deshora! Afortunadamente no nos volveremos a encontrar. Si acaso sucede, ya no me acordaré de ti y si te recuerdo, fingiré no saber quién eres.

 

NOTAS:

[1] Entrevistas imaginarias de Giovanni Papini, reúne interesante entrevistas imaginadas.

[2] Su amigo de juventud Huberto Batis desarrolló una importante labor editoria, crítica y literaria, más reconocido por dirigir el suplemento cultural llamado Sábado, del periódico nacional UnomásUno.

[3] Referencia real a una colección editada por el Fondo de Cultura Económica, reconocido sello editorial, propiedad del Estado Mexicano. En efecto, Carlos Valdés publicó en esa editorial y en esa colección unos años después de este relato. Anticipo al estilo Casandra.

[4] El autor también publicó por cuenta propia, en particular, una de sus novelas más ambiciosas Los antepasados, bajo el sello de Cuadernos del Viento, la revista que dirigía.

[5] Claro reflejo autobiográfico, cuando el autor, después de haber sido funcionario en la UNAM hasta 1968 abandonó en lo posible las actividades públicas, sin descansar de su labor literaria.

[6] Referencia a Emmauel Carballo, crítico literario, quien destacó por las antologías del cuento en México y una amplia obra de crítica. Conocido por su crítica implacable, rayando en lo desagradable. En la juventud fue muy cercano a Carlos Valdés, primer socio literario en su natal Guadalajara. El libro autobiográfico Ya nada es igual. Memorias 1929-1953, incluye pasajes de la vida en común.

[7] Planta amarga, en el RAE ahora se acentúa distinto, “acíbar”. En la poesía y la tradición iniciática se refiere al trago amargo de la vida, que forzosamente llega para cada persona.

[8] Algunos escritores habían alcanzado elevados puestos en el periodo anterior, con los casos notables de Agustín Yáñez, gobernador de Jalisco y Carlos Pellicer, como senador de Tabasco.

[9] Deriva de coto. Reunión o grupo de personas con las mismas características.

[10] Evidente referencia al maestro Juan José Arreola, el mejor charlista público en el medio literario mexicano del siglo XX. Tuvo algunos programas televisivos de Pláticas con Arreola.

[11] En el círculo intelectual mexicano era una referencia el modelo griego de unos “siete sabios”. Para la literatura ya estaban reconocidos ampliamente Alfonso Reyes y otros. En las preferencias de Carlos Valdés, sin duda estaban incluidos en el ambiente mexicano Alfonso Reyes, Jaime García Terrés, Juan José Arreola, Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Revueltas y los entonces valores emergentes a quienes apreciaba como Juan Rulfo, Rosario Castellanos, etc.

[12] Referencia a su propio proyecto de los Cuadernos del Viento.

[13] Pasión y oficio de Carlos Valdés, dedicado profesionalmente a la traducción durante toda su vida después de su participación como funcionario en la UNAM.

[14] El autor aplica los métodos de la “paranoia crítica” y del “esperpentismo”, para crear enfoques extremos pero consistentes, para generar una caricatura de lo real.

[15] Tema recurrente de la época, lamentarse sobre el “malinchismo” cultura, puesto en evidencia y boga desde Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México y retratado magistralmente por Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad.

[16] Por disciplina intelectual, Carlos Valdés se alejó de toda producción de poemas, para centrarse únicamente en la prosa y el ensayo. El comentario quizá hace alusión a Enrique González Rojo Arthur, un poeta y apasionado contemporáneo (1928-2021), en particular, referiría a su poesía marxista humorística, en “Discurso de José Revueltas a los perros en el Parque Hundido”.

[17] La denominación de “juegos florales” para los concursos está en desuso, aunque el texto de la continuación hace evidente su significado. Los "Juegos Florales" se denominan así por su origen en certámenes romanos dedicados a la diosa Flora, donde las composiciones poéticas se premiaban con flores. Esta tradición, que combinaba literatura y festivales florales, fue retomada en diferentes países, adaptándose a diversas culturas y lenguas.

sábado, 27 de marzo de 2021

GARCÍA PONCE EN UN MURAL DE SUS BIOGRAFÍAS

 



 

Recopilación por Carlos Valdés Martín

 

A Juan García Ponce lo vi por primera vez siendo un niño, cuando Juan y mi padre Carlos Valdés trabajaban juntos en la Revista de la Universidad y hacían literatura a diario, así que compartían muchas afinidades entre ellos. Entonces yo era un infante y desconocía por qué los adultos se interesaban tanto por esas hojas llenas de letras, que escupían las máquinas de escribir mecánicas, de marcas Remington y Underwood. Los estantes de los amigos estaban llenos de libros con distintos tamaños y olores, las mesas con escritos apilados para su revisión, entre ceniceros y tazas de café dispersos por los rincones. Unos años después comprendí que la expresión de tristeza de mi madre, cuando dijo “Es que Juan está enfermo, mucho”, con un dramatismo incomparable al de las ordinarias gripas y caídas. Corría el año 1967 cuando una extraña enfermedad postró a Juan García Ponce en una silla de ruedas y lo mantuvo alejado de la “vida social”, hasta el día de su muerte. A partir de entonces lo vi en contadas ocasiones, pues mi padre también era bastante huraño y evitaba las reuniones. Los libros de Juan se integraron en los estantes de la casa paterna y escuché algún programa de radio con su voz.

Corría el año 2003 cuando los diarios apuntaron su muerte. Un personaje clave de la generación literaria del medio siglo fue Juan García Ponce; aunque con la usual falta de atención de nuestro país sobre el trabajo serio de creación, él parece un páramo olvidado en el paisaje. Su obra literaria fue variada, enérgica y original, por la cual merece ser recordado. De él algunos de sus cuentos son memorables y hasta sus traducciones están catalogadas. Con algo de nostalgia, reuní una serie de biografías y materiales sobre Juan García Ponce accesibles en la red, con ellas formando una especie de mural, que a cualquier curioso le dará un panorama de su vida y obra.

 

 

UNA BIOGRAFÍA BREVE DE JUAN GARCÍA PONCE

Tomada de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/garcia_ponce.htm

Juan García Ponce

(Mérida, 1932 - Ciudad de México, 2003) Escritor mexicano. Juan García Ponce cursó estudios de filosofía y letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre 1957 y 1958 fue becario del Centro Mexicano de Escritores, beneficio que también le concedió la prestigiosa Fundación Rockefeller a comienzos de los años sesenta (1960-1961).

Durante diez años (1957-1967) desempeñó el cargo de secretario de redacción en la Revista de la Universidad de México, donde fue adquiriendo un merecido reconocimiento que pronto le permitió trabajar y colaborar en las principales publicaciones culturales del país azteca, como la Revista Mexicana de Literatura (1963-1965) y las mundialmente conocidas Plural (1973-1976) y Vuelta, ambas fundadas por el premio Nobel de Literatura Octavio Paz.

Su incesante actividad editorial le impulsó también a fundar y dirigir la publicación Diagonales. Su obra se hizo pronto merecedora de galardones prestigiosos como el Premio Teatral Ciudad de México (1956), el Premio Elías Souraski (1974) y el Premio Anagrama de Ensayo (1980). En julio de 2001 recibió el Premio Juan Rulfo, uno de los galardones literarios más importantes de Latinoamérica.

De su obra teatral destaca El canto de los grillos (1958), obra que presenta el contraste entre la vida rural en provincias y la vida urbana en México D. F., y la pugna generacional entre los partidarios de la primera (los viejos) y los que se han habituado a la segunda (la juventud). La puesta en escena de El canto de los grillos, realizada por el poeta y dramaturgo Salvador Novo, fue elogiada unánimemente por la crítica y el público, y constituyó uno de los mayores éxitos teatrales de su tiempo.

En su faceta de narrador, Juan García Ponce se inició con recopilaciones de relatos breves: Imagen primera (1963) y La noche (1963). En su primera novela, Figura de paja (1964), combinó elementos realistas e ingredientes fantásticos a la hora de reproducir la atmósfera en la que se desenvuelven sus protagonistas, mientras que La casa en la playa (1966) enfrentó las formas de vida de dos parejas en sus respectivos ambientes de Mérida y Progreso.

En su amplia producción ensayística estudió la obra de Robert Musil, Jorge Luis Borges, Pierre Klossowski y Herbert Marcuse, entre otros autores. Dedicó asimismo numerosos ensayos a la pintura (Paul Klee, de 1965; Nueve pintores mexicanos, de 1968) y a temas diversos.

 

UN SITIO DEDICADO A JUAN GARCÍA PONCE

 

https://www.garciaponce.com/

Hoy es puesto en línea este espacio dedicado al notable escritor Juan García Ponce, un proyecto que surgió en 1998 y que hoy cobra realidad.

Desde los inicios de mis estudios académicos estuvo en mi pupitre La cabaña, una de las novelas de Juan García Ponce que me había tocado leer, como tarea, en la Facultad de Filosofía y Letras. El libro pertenecía a la biblioteca de la UNAM y, por fortuna, el plazo de entrega podía extenderse fácilmente. Desde ese día la obra de Juan García Ponce ha formado parte esencial de mi vida académica y personal, así como me enseñó a leer a Musil, a Klossowski, a Bataille o a Blanchot, me condujo a apreciar la grandeza y libertad de espíritu de su creador. La profunda admiración y dilección por esta obra y por su autor, me vuelve a reunir con ambos aquí y ahora.

Aspiro a que este Sitio logre su objetivo: ser un constante homenaje a la obra de Juan García Ponce, una obra que traza un juego de inteligencias, de imágenes, de palabras y erotismo, un erotismo que es una celebración a la vida. Es un ámbito siempre abierto a recibir las colaboraciones de escritores, investigadores y estudiosos del arte y la literatura, esencialmente de la obra de este autor, uno de los principales pensadores hispanoamericanos del siglo XX con un lugar único dentro de la historia de la literatura.

Agradezco profundamente el apoyo y participación de los miembros del Consejo de Honor, destacados escritores, críticos literarios y poetas: su presencia es insigne.

 

BIBLIOGRAFÍA Y OBRA

 

Muchas de estas obras han sido reeditadas por la misma editorial que las publicó originalmente o por otras. Aquí sólo señalo las primeras ediciones. El segundo volumen de obras reunidas de Juan García Ponce aparecerá en marzo de este año de 2004, bajo el Fondo de Cultura Económica de México (FCE). El volumen incluirá las novelas cortas Figura de paja, La presencia lejana, La vida perdurable y El nombre olvidado. Los dos tomos fueron diseñados por Pablo Rulfo. El primero fue publicado en 2003 y reúne los siguientes libros de cuentos: La noche, Imagen primera, Encuentros, Figuraciones y Cinco mujeres. En el primer tomo García Ponce señala: “este prólogo está escrito en la misma anticuada máquina con la que hace un incontable número de años mi vocación de escritor se hizo pública: esto data de cuando el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortines me entregó en la Ciudadela el Premio Ciudad de México que gané a los veinticuatro años con una obra de teatro: ‘El canto de los grillos’. “Ahora ya soy viejo y dicto estas líneas”.

TEATRO
El canto de los grillos, México: Imprenta Universitaria, 1958.
La feria distante, México: Cuadernos del Viento, 1959.
Doce y una, trece, México: UNAM, 1961.
Catálogo razonado, México: Premiá Editora, 1982.

POESÍA
Réquiem y elegía, México: Edición privada, 1969.

CUENTO
La noche, México: ERA, 1963.
Imagen primera, México: Universidad Veracruzana, 1963.
Encuentros, México: FCE, 1972.
Figuraciones, México: FCE., 1982.
Cinco mujeres, México: Conaculta/Del Equilibrista, 1995.

NOVELA
Figura de paja, México: Mortíz, 1964.
La casa en la playa, México: Mortíz, 1966.
La presencia lejana, Montevideo: Arca, 1968.
La cabaña, México: Mortíz, 1969.
La vida perdurable, México: Mortíz, 1970.
El nombre olvidado, México: ERA, 1970.
El libro, México: Siglo XXI, 1970.
La invitación, México: Mortiz, 1972.
Unión, México: Mortiz, 1974.
El gato, Buenos Aires: Sudamericana, 1974.
Crónica de la Intervención, 2 t., Barcelona: Bruguera, 1982.
De Anima, México: Montesinos, 1984.
Inmaculada o los placeres de la inocencia, México: FCE., 1989.
Pasado presente, México: FCE., 1993.

ENSAYO
Cruce de caminos, México: Universidad Veracruzana, 1965.
Nueva visión de Klee, México: Librería Madero, 1966.
Rufino Tamayo, México: Galería Misrachi, 1967.
Desconsideraciones, México: Mortiz, 1968.
La aparición de lo invisible, México: Siglo XXI, 1968.
Nueve pintores mexicanos, México: ERA, 1968.
Entrada en materia, México: UNAM, 1968.
Manuel Álvarez Bravo, México, 1968.
Cinco ensayos, México: Universidad de Guanajuato, 1969.
El reino milenario, Montevideo: Arca, 1970.
Vicente Rojo, México: UNAM, 1971.
Thomas Mann vivo, México: ERA, 1972.
Joaquín Clausell, México: Fondo Editorial de la Plástica Mexicana, 1973.
Trazos, México: UNAM, 1974.
Leonora Carrington, México: ERA, 1974.
Manuel Felguérez, México: ERA, 1974.
Teología y pornografía, Pierre Klossowski en su obra: una descripción, México: ERA, 1975.
La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski, Barcelona: Anagrama, 1981.
Diferencia y continuidad (Aforismos de Juan García Ponce que acompañan a 24 serigrafías de Manuel Felguerez), México: Multiarte, 1982.
Las huellas de la voz, México: Coma, 1982.
Una lectura pseudognóstica de la pintura de Balthus, México: El Equilibrista, 1987.
Imágenes y visiones, México: Vuelta, 1988.
Las formas de la imaginación: Vicente Rojo en su pintura, México: FCE, 1992.
Ante los demonios, México: UNAM/El equilibrista, 1993.
De viejos y nuevos amores, Volumen 1: Arte, México: Mortiz/Planeta, 1998.
De viejos y nuevos amores, Volumen 2: Literatura, México: Mortiz/Planeta, 1998.
Tres voces. Ensayos sobre Thomas Mann, Heimito von Doderer y Robert Musil, México: Editorial Aldus, 2000.
Entre las líneas, entre las vidas, México: Oceano, 2001.

AUTOBIOGRAFÍAS
Juan García Ponce. Nuevos escritores mexicanos del siglo xx presentados por sí mismos, México: Empresas editoriales, 1966.
Personas, lugares y anexas, México: Mortiz, 1996.

ANTOLOGÍAS
Apariciones (Antología de ensayos), Selección y prólogo de Daniel Goldin, México: FCE., 1987.
El gato y otros cuentos, México: FCE, 1995.
Cuentos completos, Prólogo de Christopher Domínguez, México: Seix Barral, 1997.
Novelas breves, México: Alfaguara, 1997.
Obras de un escritor yucateco sobre su tierra: Juan García Ponce, 2 t., Mérida: Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 1997.

TRADUCCIÓN
William Styron, La larga marcha, México: Mortiz, 1965.
Herbert Marcuse, Eros y civilización, México: Mortiz, 1965.
Herbert Marcuse, El nombre unidimensional, México: Mortiz, 1968.
Herbert Marcuse, Un ensayo sobre la liberación, México: Mortiz, 1968.
Pierre Klossowski. La revocación del Edicto de Nantes, México: ERA, 1975.
Pierre Klossowski, La vocación suspendida, México: ERA, 1976.
Pierre Klossowski, Roberte esta noche, México: ERA, 1976.
Pierre Klossowski, El Baphomet, Valencia: Pre-Textos, 1980.

CASET
Tajimara: voz del autor. La dirección de literatura de la UNAM ha reeditado en disco compacto “Tajimara”. La edición original de “Tajimara” para Voz Viva de México se hizo en acetato. La presentación entonces era de Huberto Batis. Ahora, la reedición en disco compacto es presentada por Christopher Domínguez Michael, quien apunta al principio de su texto: “Juan García Ponce concita una devoción insólita entre los escritores mexicanos. Tirios y troyanos, letrados y pintores de diferentes corrientes artísticas y políticas, dueños de caracteres fuertemente contrastados, solemos hacer una tregua de admiración ante García Ponce: su amor a la literatura está por encima de nuestras querellas”. “Tajimara” es un cuento extraído del libro La noche. Ahora, subraya Domínguez Michael, grabado en un disco en voz del autor se convierte en “un documento”.

 

UN HOMENAJE ESCRITO A JUAN GARCÍA PONCE

Tomado de https://www.letraslibres.com/mexico/juan-garcia-ponce-1932-2003

Por Alfonso D'Aquino

29 Febrero 2004

 

A nadie mínimamente familiarizado con la obra o la persona de Juan García Ponce podría resultarle extraña su muerte, acaecida hace unas semanas. Si de algún escritor mexicano puede decirse que literalmente vivió entre la vida y la muerte durante décadas es, sin duda, de él. Desde mediados de los años sesenta, cuando le fue diagnosticada la grave enfermedad con la que durante todo ese tiempo aprendió a convivir, su vida y su obra pendieron de un hilo: el hilo cada vez más débil, pero también más profundo, de su voz. Con una fuerza de voluntad auténticamente nietzscheana, en la que la lucidez y la soberbia alcanzaban en todo momento el punto más elevado, García Ponce hizo de su vida, más allá de las limitaciones físicas, pero también gracias a ellas, una entrañable obra de arte. Como diría Thomas Mann, hay un "sentido de la enfermedad que se podría hacer derivar de Nietzsche... el sentido de la enfermedad como medio de conocimiento". Por su parte, García Ponce, en su imprescindible libro sobre Mann, cita aquella reveladora frase de Tonio Kröger que dice que "la literatura es la muerte y para escribir hay que estar como muerto". Y más adelante, al hablar de Adrian Leverkhün, afirma que ese emblemático personaje "acepta convertirse en espíritu puro, toma para sí la frialdad de la nada que reconoce, para poder insuflarle a su arte la fuerza de la vida como una inversión del puro valor de ésta, en el sentido de que él tendrá el derecho de usarla, dado que ha aceptado negarla..." Y afirma: "El sentido de esta inversión es claro. La fuerza de la vida estará en el arte, pero éste no alimentará a aquélla, sino que hará triunfar a su propio valor, al espíritu, tal como Adrian lo reconoce en su fondo último, convirtiendo la vida en muerte." O, como dice en el ensayo "Thomas Mann y lo prohibido": "Ante la descarnada negación que representa la muerte, sólo queda convertir su vacío en voz."
     Para García Ponce, como para ese otro gran escritor marcado por la enfermedad, en la tradición mexicana, que fue Jorge Cuesta, el arte, gracias a la colaboración del demonio o de la enfermedad, se convierte en "un puro objeto intelectual". Desde esa perspectiva habría que ver la obra y la prolífica actividad cultural del escritor yucateco. Una obra hecha de obsesiones personales y literarias, regida por una incomparable búsqueda espiritual, y una actividad que abrió una singular perspectiva para la literatura y el arte mexicanos del siglo XX, no sólo por la cantidad de autores y obras que dio a conocer, sino también por la visión que a partir de ellas fue instaurando, primero en su propia obra y, a través de su reflexión, en la literatura mexicana. Como dijo Cuesta: "Una poesía que no fascina es una poesía sin belleza, y no hay belleza sin perversidad." Sin la decidida intervención de García Ponce, el lado mórbido o prohibido de la gran literatura del siglo pasado habría llegado a nuestro provinciano ámbito cultural de una manera diluida, insuficiente. Las obras de Mann, Musil, Bataille o Klossowski encontraron en la de García Ponce el medio de cultivo ideal para sus insidiosos planteamientos. En ella vemos desbordado el sentido ordinario de la palabra "influencia" y, como siempre sucede en García Ponce, transvalorado. Normalmente se tiende a disimular, si no es que de plano a negar, las influencias posibles; en él es al contrario: no negó nunca sus modelos, son parte de su obra, y García Ponce, en vez de ocultarlos, los divulga. A unos los tradujo, les dedicó ensayos, libros, conferencias, programas de radio, en una vasta labor de difusión que nos permite ver cómo esas influencias formaban parte de un juego cultural más amplio. Dentro del plano estrictamente narrativo, esos acercamientos hacen evidente una secuencia de figuras que van de una obra a otra, de un autor a otro, repitiéndose casi miméticamente. Influencia como representación: los personajes de García Ponce son conscientes de que repiten ciertos gestos que otros personajes ya hicieron en la literatura. Más que de una imitación, hablaríamos de una prolongación de motivos en su obra, de una íntima relación entre ésta y la de aquellos que la preceden y que conforman la tradición que él, con la suya, culmina. Pero el círculo no se cierra ahí, ahora habría que ver la influencia que el mismo García Ponce ha generado, como figura mediadora, entre aquellos insignes autores y las nuevas generaciones.
     En ese sentido, más allá de su ejemplar fortaleza, no hay que olvidar que hubo también desde un principio, y que fue especialmente exacerbado por la enfermedad, un García Ponce negativo, acre, malo, que podemos detectar tanto en la feroz e intolerante crítica, que siempre ejerció, sobre todo en la cantidad de entrevistas que le hicieron, como en la debilidad, también ejemplar, que una y otra vez proyecta sobre los personajes masculinos de sus cuentos y novelas. Por eso aquello de que García Ponce "detestaba" que asociaran su literatura a su enfermedad no era sino otra de las patrañas que a él mismo le gustaba fomentar, sin duda para salvaguardar el sentido más profundo de su obra, así como para no romper con la imagen que públicamente le gustaba dar. Como si fuera posible separarlas, como si una no se nutriera de la otra, como si el que escribía no fuera la misma persona que el que padecía, como si el carácter oral de su literatura no dependiera de su condición fisiológica y, peor todavía, como si su obra tan sólo contuviera un puro optimismo sin ideas, que nada aprendió del sufrimiento. Por el contrario, desde su gran amor por las contradicciones (que le permitía incluso decir lo contrario de lo que pensaba), García Ponce enfrentó desconsideradamente todos los valores socialmente aceptados y supo colocar la obscenidad, la enfermedad y la muerte en el alto lugar que les corresponde. En un agudo juego de polaridades, enfrenta y reúne los contrastes desde una mirada que los abarca y los concilia.
     Por ello, es su propia manera de pensar la que nos obliga a verlo en toda su complejidad, es decir, desde sus propios contrastes. Como escritor de la vida privada desarrolló una concepción del amor, que más allá del puro sentimiento, se despliega como un libre juego de sensualidad y reflexión, que deriva directamente de la idea del amor como conocimiento de Musil, y que no excluye ni la traición ni la exacerbación de los deseos hasta un punto en que llegan a atentar contra la unidad de la pareja y contra la persona misma. Así, algunos de los temas profundos de sus novelas de amor no son otros que la tentación, la traición y la locura, el carácter destructivo del amor. Y más allá de la novela rosa que algunos quieren seguir leyendo en las novelas de García Ponce, lo que esas obras proponen es la puesta en vida de una concepción estética del amor que aún estaría por entenderse. Lo que importa es lo que implica y hasta dónde llega. Como ensayista, junto al estudio y la difusión de sus autores predilectos, delinea la trayectoria de un pensamiento que convierte las actitudes morales y las formas de vida en hechos estéticos, es decir, un pensamiento que se realiza como arte y que busca intervenir en la realidad sobre todo mediante una sutil capacidad de corrupción de las costumbres (no de las buenas costumbres, claro) para subvertir un orden de ideas dado e instaurar otro, basado en "la sublimación no represiva de las pulsiones", que transforma los instintos en arte (que vendría de Marcuse, a quien admirablemente García Ponce tradujo en los años sesenta y cuyo pensamiento permea por completo su propia obra). Como crítico de arte, apasionado admirador de la pintura, no sólo contemplaba y pensaba las imágenes, sino que, en su infatigable labor de promotor, impulsó el desarrollo de una sensibilidad y un gusto que acabaron conformando un cada vez más amplio ámbito artístico. No obstante, su misma debilidad por la imagen hizo de García Ponce en sus últimos tiempos un crítico un tanto complaciente con el medio al que ayudó a formar, dando demasiada manga ancha a su pasión. Y si bien, ese abaissement de la exigencia crítica estaba propiciado sobre todo por el medio, halagar las (bajas) pasiones a través del arte le valió a García Ponce, a lo largo de su vida, verse rodeado de una cantidad de seguidores (entre amigos y admiradores, aduladores y simuladores) que, montados sobre su imponente aunque deteriorada figura, encontraron la forma de medrar en sus vidas, sin que él pudiera hacer nada por sacudírselos de encima. Los mismos que ahora buscarán ubicarse banalizando su obra o sobredimensionando públicamente su figura en los sitios estratégicos del circo que levanten sobre el vacío que la muerte de Juan García Ponce nos deja.
     Claro que debe de ser un gran placer verse adulado por un grupo de gente bieninteresada. Pero a mí no me pareció nunca ni lícito ni necesario acercarme de esa manera (o de ninguna otra) a la persona de García Ponce, frente a la vastedad y la belleza de su obra. Mi primer contacto con él, antes de conocer sus novelas o de tener idea de la importancia de su figura para la cultura mexicana, fue a través de su voz.
     Era el año 1974 y él tenía un programa radiofónico los jueves por la tarde en Radio Universidad, "El mundo de la novela". Llegué hasta allí por una afortunada conjunción de casualidad y curiosidad: en medio del insulso panorama auditivo, encontrar al azar aquella extraña voz representó uno de los encuentros más significativos de mi inquieta adolescencia, porque más extrañeza que esa voz profunda y velada me causaba, lo que realmente resultaba extraordinario era lo que esa voz decía. Lo que había dicho esa tarde en los últimos minutos de un intenso programa de radio. El nombre de Georges Bataille y de sus personajes Eduardo y María, pronunciados por esa voz, me hablaban de otro mundo, diferente al de toda la literatura hasta ese momento conocida por mí. García Ponce había hablado de ese maravilloso relato llamado El muerto, y lo que dijo y lo que en el relato sucedía abrieron ante mí un nuevo conocimiento, dorado por un brillo maligno que lo hacía aún más fascinante. Y, como dice Cuesta, "no hay fascinación virtuosa". Al otro día, ansiosamente intenté sintonizar aquel programa, pero para mi desilusión y desesperación no lo hubo ni ése ni los siguientes días. Tuve que esperar una semana para volver a oír, en un estado de febril excitación, esa voz ronca, empañada, lenta, que curiosamente me hacía recordar la de mi abuela, muerta poco tiempo antes. "Georges Bataille. L'abbe C...", empezó diciendo. Dos grandes espacios se abrieron ante mí: el atroz y fascinante de la faz negra de la literatura, que representa, como enseñó García Ponce, lo mejor de la literatura contemporánea, y aquel otro, de brillantes superficies y ocultos abismos, que nos entregan los libros del escritor mexicano. Había que seguir, pues, aquel hilo negro encontrado al azar en el oscuro laberinto de una voz.


     Desde entonces, sin que mi admiración decaiga ni un momento, he leído y releído tanto la deslumbrante obra de García Ponce como la de la mayoría de los autores que a su vez lo "eligieron" como portavoz y punto de reunión de sus obras. La admiración inicial acabó siendo una pasión y luego un vicio. De algún modo, para mí, García Ponce había estado siempre como muerto, como dice Pavese que se escribe, "para estar como muerto, para hablar desde fuera del tiempo, para convertirse en recuerdo para todos". Un autor consagrado en vida por una obra que formaba parte de la literatura desde siempre. Una obra que, dada a pensar, como el paso siguiente a su contemplación, nos revela una serie de oscuros conocimientos de la que es cabal depositaria. En el límite de un pensamiento que al pensarse a sí mismo se transforma en imagen, que a su vez se da a pensar, y que mediante una luminosa escritura, que es su principal característica, despliega su juego sensual de oposiciones y síntesis brillantes, esa obra es el más notable caso, en nuestras letras, de una literatura que encuentra su verdadero lugar al abrir un espacio mental en el lector, donde, como en un nuevo espacio del arte, las figuras que propone aparecen y desaparecen como tentadoras fuerzas en conflicto. Qué duda cabe que, aun en esta época en la que todo se publica pero nada se lee, o al menos nada permanece, una obra como la suya está destinada, o condenada, a perdurar. Pero no debería leerse impunemente.


     De García Ponce puede decirse que escribía como quien contempla. Libros, cuadros, cuerpos se abrían ante sus ojos escrutadores y le entregaban su múltiple verdad. Como a tantos de sus protagonistas, podemos verlo sentado en su sillón, inmóvil, absorto ante la danza de las oposiciones que en cada cosa que veía desataba. Como Arturo mira a Liliana y al invitado, en "Rito", "desde la más inalcanzable elevación, la que lo hace desaparecer y lo disuelve por completo en Liliana a través de la contemplación". O como R., el protagonista de la que es sin duda la mejor de sus novelas, quien desde su sillón de enfermo veía los rayos de luz que entraban por las ventanas enfrentadas de su cuarto, "hasta que uno de esos rayos se posaba directamente sobre su cuerpo", mientras el otro atravesaba el espacio, y en ese cruce se abre para él el ámbito de la imaginación, en el que encuentra lo inesperado, lo imposible. Como ellos, García Ponce, oscuro y luminoso en su hierática actitud, es a un mismo tiempo un personaje y una imagen. El soberbio y enigmático personaje de su propia vida, oculto detrás de sus palabras. Y la imagen más elocuente de la literatura: esa inconcebible cabeza parlante —como la de un Orfeo al que las mujeres han vuelto a amar— que no cesa de decir y de fascinar con su decir, pues éste se dirige al placer de todos los sentidos, los mismos que, junto al resto de su cuerpo, él habría perdido. Henry Miller dice en alguno de sus libros: "¿Para qué quiere un escritor los brazos y las piernas? ¡No le sirven para escribir!" No es sino aquella voz —que ya no era la suya, sino, como le gustaba llamarla a García Ponce, "la voz de la literatura", voz interior, anterior, sin dueño y que "seguirá hablando siempre" para celebrar la vida— la que habla por su obra. Y voz es vida. Por eso las palabras de García Ponce regresan a él, y lo que alguna vez dijera en la muerte de uno de los escritores a los que amó, lo comprende: "Su muerte transforma su vida y nos entrega su auténtica voz..." Nadie como él supo habitar su muerte desde antes de morir y hacer de ella y de su vida una obra de arte, generadora de otras, de muchas otras obras de arte. Sus libros son, sin duda, las huellas de esa voz; al que las sigue se le abre una doble perspectiva en el largo camino hacia las altas y heladas cumbres de la literatura. Allí mora Juan García Ponce desde siempre. Allí nace el irrompible hilo de su voz. ~

 

NOTA SUBRE SU FALLECIMIENTO

 

https://www.abc.es/cultura/abci-muere-garcia-ponce-grandes-autores-mexicanos-ultimo-medio-siglo-200312280300-229147_noticia.html

CIUDAD DE MÉXICO. El novelista, dramaturgo, ensayista y traductor mexicano Juan García Ponce falleció el sábado a los 71 años de edad, mientras dormía en su casa, a causa de una insuficiencia respiratoria derivada de la esclerosis múltiple que padecía desde 1967, según confirmaron ayer sus familiares. Los restos mortales del prolífico escritor serán incinerados hoy en la capital mexicana, apuntó su hermano Antonio. Se espera la llegada al país de sus hijos Juan y Mercedes, que viven en Madrid y Oxford, respectivamente. Serán ellos quienes determinen dónde reposarán las cenizas de su padre.

 

El presidente de México, Vicente Fox, expresó sus condolencias en una carta enviada al hermano del escritor. En ella manifiesta que «lamentablemente, las letras mexicanas prescinden ahora de uno de sus más grandes creadores, que entregó su vida sin reticencias a la palabra escrita». Nació en la ciudad de Mérida el 22 de septiembre de 1932. Se formó en las Escuelas Maristas y se graduó como profesor de Letras Alemanas en la Universidad Autónoma de México. Era el hermano mayor del pintor Fernando García Ponce, que formó parte de la generación de la ruptura y que murió en 1987.

Numerosos reconocimientos

Considerado uno de los más notables intelectuales de México, Juan García Ponce recibió importantes premios, como el Juan Rulfo, que le fue otorgado en noviembre de 2001 en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Además del Juan Rulfo, también ha sido distinguido con los premios Ciudad de México, el Javier Villaurrutia, el Nacional de Literatura, el de la Crítica, el Anagrama de ensayo y la Medalla Eligio Ancona (1996). Fue reconocido además por los Gobiernos de Alemania y Austria por su labor en la difusión de escritores europeos, al traducir a Robert Musil, Heimito von Dederer, Julian Gracq, Pierre Klossowski, George Bataille y George Trakl, entre otros.

 

Su vasta creación comprende medio centenar de libros: ha escrito novelas como «La cabaña», «La casa de la playa», «La presencia lejana» y «Figura de paja»; obras de teatro como «Doce y una, trece» y «El cantar de los grillos»; ensayos como «Cruce de caminos», «Desconsideraciones», «Autobiografía», «Entrada en materia» y «Nueve pintores mexicanos», y varios cuentos, entre los que destacan «Imagen primera», «Encuentros y figuraciones», «La noche» y «El gato y otros cuentos». García Ponce también tradujo al español libros como «La larga marcha», de William Styron; «Eros y civilización», «El hombre unidimensional» y «Ensayo sobre la liberación», de Herbert Marcuse, entre muchos otros. Desde 1958 desempeñó diversas actividades editoriales. Dirigió la «Revista Mexicana de Literatura», fue miembro de las redacciones de las revistas «Plural» y «Vuelta» y en 1985 fundó «Diagonales».

 

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y diversas entidades artísticas privadas anunciaron actos de homenaje en memoria de García Ponce. Su muerte se produjo apenas tres días después del fallecimiento del escritor y dramaturgo mexicano Hugo Argüelles.

 

Polémico y transgresor, calificado como «teólogo de la pornografía», García Ponce dejó trabajos como «Inmaculada o los placeres de la inocencia», de 1989. En 1967 le diagnosticaron la enfermedad que lo postró en una silla de ruedas durante más de tres décadas.