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domingo, 25 de noviembre de 2012

ANTES DE LA CIUDADANÍA Y LA HERENCIA DE ROUSSEAU




Por Carlos Valdés Martín

A J. J. Rousseau se le recuerda por su obra a favor de una convivencia democrática, a su vez él se nutrió de la práctica. No resultó una obra pía ni de simples intenciones, lo suyo resultó fundación, a la manera de un Rómulo decapitando a su hermano para que su muralla fuera imbatible. El punto fuerte de él quedó tan sólido que los futuristas deben volver a la mirada hacia allá cada vez que intentan mirar lejos hacia el cambio del poder[1].
A Rousseau lo inspiraron los cantones suizos, en donde las asambleas populares y juntas de notables locales tenían independencia. Cuando él imagina posibilidades y escribe, la situación suiza era una excepción, la regla eran las monarquías absolutas, como las asentadas en Francia, España, Rusia, Prusia, etc. Cuando este personaje escribe sus reflexiones la ciudadanía es más bien una aspiración que una realidad. La mayoría de las ciudades italianas habían perdido su independencia, y estaban hundidas en el recuerdo las repúblicas de Venecia y Florencia, que tanto brillo artístico e intelectual proporcionaron durante el Renacimiento. Los territorios de Flandes libraban crueles guerras para escapar del dominio del imperio español y su victoria parecía precaria. Los suizos se estimaban como un caso singular y apartado, protegido por altas montañas y tratados internacionales que permitían instituciones locales republicanas. En Inglaterra existía ya un régimen mixto, donde bajo la sombra de la corona inglesa florecían importantes libertades civiles. Pero las ideas y prácticas republicanas eran débiles islas azotadas por un tormentoso mar formado por las monarquías absolutas. Los monarcas acaparaban enormes imperios y ejércitos, mientras los pequeños territorios republicanos no representaban ninguna amenaza.

¿Cuál era la situación normal de las personas en ese contexto anterior a la ciudadanía? 
Arriba del 99.9% eran súbditos plebeyos que no gozaban de ningún derecho establecido. A la masa de la población se les llamaba súbditos, porque estaban sujetos a la voluntad arbitraria de los reyes. Instituciones tan retrógradas como el derecho de pernada (la primera noche nupcial para el amo feudal) mostraban la completa arrogancia de los amos. Junto con el monarca mandaba una élite de aristócratas, que tenían privilegios por nacimiento y poseían enormes extensiones de tierras. Junto con las tierras los aristócratas acumulaban derechos de mando y de justicia sobre la población asentada en los territorios de su propiedad. Bajo pena de muerte los campesinos arraigados a la tierra no debían salir de las localidades en las que vivían. También realizar acciones como cortar leña o cazar conejos en bosques reservados para los aristócratas se consideraba un delito gravísimo. Esos mismos aristócratas administraban la justicia sobre sus súbditos, por lo que no se esperarían términos de un “juicio justo” en contra de los amos. La iglesia católica también era parte de la jerarquía aristocrática, por lo que se asimilaba y comportaba semejante a los privilegiados aristócratas.
La situación de la parte más baja de la población era desesperada, sin derechos definidos y, así, no tenía derecho a adquirir elementos para escapar de su posición social. De hecho se consideraba un delito que salieran de su condición social, ya que debían permanecer de por vida en el estamento al que pertenecían[2].
Dentro de este panorama entendemos que la población no tenía condición ciudadana, sino una sometida a servidumbre. No existían códigos de derechos y obligaciones que se respetaran y los derechos de los pobres quedaban al arbitrio de aristócratas que además acaparaban la facultad para juzgar. Incluso, los derechos de los aristócratas ante el rey no estaban bien definidos y solamente en algunos países se contaba con un código legal que delimitara los poderes del Rey.

Pensar en la soberanía del pueblo.
En un contexto de despotismo generalizado, definir derechos para el pueblo resultaba bastante sorprendente y escandaloso. Pero J.J. Rousseau fue más lejos, porque pensó que el único fundamento aceptable era la soberanía del pueblo. En ese contexto resulta completamente escandalosos, porque la Iglesia católica, durante más de mil años había apoyado la teoría de que los reyes tenían un derecho divino a gobernar, lo que dicho más rudamente significa que la Iglesia avalaba sin reservan el privilegio exclusivo a gobernar de los reyes en turno. A los reyes se les avalaba como soberanos, que significa que sobre de ellos no existía ningún poder, sino el de Dios. Y como este poder venía directamente de Dios, cualquier infeliz que se atreviera a querer limitar ese poder del rey en automático era tachado de hereje y cabía perseguirle con la Inquisición. Observando los abusos que se generaron con el sistema de los Reyes es que se ideó el concepto de soberanía popular, la cual significaría que ningún Rey se colocaría por encima de los derechos y la voluntad del pueblo al modo de monarquía constitucional. Dando un paso adelante, a un Estado basado en la soberanía popular se le denomina república y el Rey sale sobrando aunque el texto no lo revele. Este concepto radical le valió tremendos odios y persecuciones a su autor.
La soberanía es el nuevo punto de apoyo de Arquímides, una gran fuerza de sustentación, que por su potencia lógica, es base para un sistema donde cada persona sea ciudadano, es decir, un sujeto de derechos y obligaciones bien definidas. La soberanía del pueblo, implica también que el único sistema político aceptable es aquél donde exista un sistema de representación. Claro, existen diversos sistemas de representación popular, pero la exigencia clave de la soberanía popular implica un sistema de representantes democráticos, que siempre son “encomendados del pueblo” y no son sus amos, conclusión que está diáfanamente expresada en el Contrato Social.

Sistema de derechos y obligaciones legales: consecuencia de la soberanía popular.
La aceptación de la soberanía popular trae muchas consecuencias para el sistema político posible. Existen varios sistemas políticos posibles basados en un principio de soberanía popular, variedad que aquí no abordaremos. Interesa destacar que por variados que sean los sistemas posibles, una consecuencia necesaria es la generación de un sistema legal con derechos y obligaciones, con la aclaración de que tal estructura legal es la aplicación universal de leyes. La ley es una definición de las reglas de comportamiento de sociedad, Estado, grupos e individuos. Un requisito indispensable para sistematizar las leyes es la utilización de la escritura, porque los pueblos antiguos mantenían su especie de leyes, la cuales estaban implícitas o cambiaban imperceptiblemente porque no se escribían como códigos. Ya el Antiguo Testamento, en gran parte, lo descubrimos como el compendio de leyes que aplicaba el pueblo judío y sus motivaciones religiosas para mantener esas normas. Cuando un precepto queda escrito para observancia general y obligatoria, entonces queda convertido en ley.

Bajo el supuesto de la soberanía popular, el pueblo se debe dotar de leyes, pero —por razones prácticas— el demos entero no permanece gobernando y se aceptado a la representación como la fórmula universal. Entonces cualquier gobierno simplemente representa al pueblo. Al representante quien lo nombra también está facultado para desconocerlo. El sistema de leyes tiene un principio, y la primera ley que acepta un pueblo la llamamos constitución, porque es primera piedra del sistema de leyes, la que constituye a las demás. Pero el pueblo y sus gobernantes cambian con el tiempo, así que el representante aceptado en un momento puede ser desconocido después, por tanto no se acepta a gobernantes permanentes.
El sistema legal lo dividimos entre derechos y obligaciones, que son dos lados de la moneda, como el día y la noche, pero inseparables. En la ciencia del derecho se afirma que no existen obligaciones sin derechos y viceversa, lo cual se ejemplifica en los impuestos, que son la carga de obligación típicamente molesta, por lo cual los ciudadanos quedamos constreñidos a mantener al Estado. Luego junto con la obligación impositiva vienen derechos para recibir los servicios del Estado, así como otras consideraciones sobre la claridad en el sistema impositivo y su equidad.

La crisis de la representación, la enajenación de la voluntad popular en sus representantes.
De manera episódica las relaciones entre representados y representantes entran en conflicto, pues en cuanto el gobernante resulta electo usa su libre albedrío para interpretar la voluntad de sus votantes. El gobernante electo es el vicario de una voluntad colectiva, que normalmente no manifiesta de forma directa, porque es imposible reunir a todos los ciudadanos para que se expresen directamente en sus intereses, una verdadera asamblea para reunir a los ciudadanos resulta impracticable. Rousseau reconoce que cuando el pueblo deposita su voluntad en el representante se hace una entrega de algo, que al estar en manos del gobernante cambia de naturaleza, dice que queda esta voluntad “enajenada”[3] en el gobernante. Entonces ya tenemos que el gobernante es quien va decidir en vez del pueblo, cuando está mandatado para hacerlo siempre de acuerdo con el pueblo. Este punto es fuente de continuas contradicciones, porque en las acciones cotidianas de gobierno una parte del pueblo estará de acuerdo y otra no, además de que estas opiniones serán mudables, de acuerdo a intereses y momentos. En una situación afortunada la mayoría de pueblo estará de acuerdo con los actos del gobernante electo y en el peor escenario terminará sintiéndose profundamente oprimido y hasta se sublevará en contra de sus gobernantes. Esto quiere decir que la representación popular puede llegar hasta un punto de crisis total. Por lo mismo, para evitar una crisis total, se instituye una renovación de pacto de entrega de la voluntad popular en sus representantes y se hace un voto periódico. Incluso, algunas constituciones, reconocen un derecho genérico del pueblo para revocar el mandato de sus gobernantes, y modificar en cualquier momento su gobierno. Esto nos haría pensar en un sistema imperfecto de vida política basado en la voluntad popular. Pero debemos preguntarnos si esto es imperfección o la puerta abierta a los cambios. En una sociedad estática podría llegarse a una situación tal en que nunca hubiera contradicción entre gobernados y gobernantes, pero en una sociedad cambiante el movimiento se manifiesta como contradicciones, por lo que la distancia entre pueblo y gobierno es manifestación de los diferentes estratos del cambio de una sociedad. Mediante el disgusto del pueblo con sus gobernantes se abren las puertas al cambio político siguiendo al cambio social.

 Libertad e igualdad naturales como presupuesto del contrato social

Para que exista una soberanía general, un poder supremo existente en el contrato social, que supone Rousseau debió reconocerse una libertad e igualdad primeras. Porque el contrato social es un acto de voluntad colectivo por el cual todos los ciudadanos ponen su grano de voluntad para llegar a un contrato general que los sujeta a todos. Para colocar la voluntad en un contrato formador de una sociedad política esa voluntad de supone libre. Para que se acepte la misma contribución de cada ciudadano dentro de ese pacto social se supone que cada uno es esencialmente igual. Entonces esta visión de pacto social formando la soberanía originaria nos lleva hacia cierto fundamento: libertad e igualdad. Solamente si aceptamos que la libertad e igualdad son propiedad (en el sentido esencial: facultad inalienable) de cada uno de los ciudadanos aceptaremos una visión política de este tipo. Cuando dominaban Europa los reyes y aristócratas lo primero que rechazan es la igualdad ante el resto del conglomerado humano y, la consecuencia, reniegan que la mayoría sea esencialmente libre.
Existen algunas objeciones de matiz sobre el concepto de Rousseau de la libertad e igualdad originaria, que él las explica como una situación emanada de la naturaleza, expresada en la bondad de los primitivos o salvajes que seguían a una naturaleza humana buena, mientras no fueran corrompidos por las costumbres civilizadas. Pero aunque no tengamos un acuerdo con esta visión antropológica de este pensador, aceptamos que dentro de la condición esencial humana yacen la libertad e igualdad. Bajo diversos matices estos conceptos los han defendido muchos pensadores[4].
Faltaría agregar el tema de la fraternidad para encontrarnos con una triada de conceptos en la fundación del contrato social, y la teoría política democrática. Me parece, que la fraternidad es un resultado implícito, ya que el pacto social es la decisión de vivir dentro de una sociedad para el bien general. Esa convivencia que busca el bien de los participantes dentro de la sociedad es otra manera de expresar la fraternidad. Así, que el contrato social mismo es la obra de la fraternidad y la imagen mental que nos invita a crear una sociedad fraternal.

La democracia le parece un sistema excepcional

En sus consideraciones sobre la variedad de sistemas políticos, con sus beneficios y defectos, no se manifiesta defensor acérrimo de la democracia, de hecho le parece un sistema extraño y poco práctico. Lo alaba como un principio muy avanzado, y hasta se permite jugar con sus ventajas: “Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres.”[5] En efecto, le parece que la materia prima que exige el sistema democrático es de un pueblo avanzado, por eso no lo estima muy aplicable. Se le exige que el pueblo esté alerta y no corrompido por el lujo ni por divisiones internas. Además requiere de gran esfuerzo para mantenerse alerta y evitar las disensiones, ya que esta forma de vida política le parece la más agitada, fácil de caer en contradicciones y luchas intestinas. En un sentido estricto, argumento como impracticable la democracia, porque el pueblo tendría que persistir en asamblea deliberando sobre los asuntos públicos[6]. Por lo mismo, imagina que lo practicable es un sistema mixto, lo que ahora llamamos democracia, pero que no es el gobierno directo del populus, sino sistema de representación donde se separa el gobierno del pueblo. Algunos autores han estimado que cuando analizaba el tema tenía como ejemplo a la pequeña comunidad de Ginebra donde vivió, dentro de la cual no existían problemas del gran Estado ni las barreras que obligan a una representación permanente. No confiaba —filósofo astuto— en la representación permanente para instituir una democracia, la estimaba usurpación del derecho natural, lo cual desemboca hacia una paradoja entre el principio radicalmente democrático y la no aceptación de una fórmula democrática practicable. En especial, los representantes del pueblo le parecen fraude, atentado contra las libertades y usurpación del soberano (la voluntad general del pueblo). Al representante lo repele, pues “tan pronto como un pueblo se da representantes, deja de ser libre y de ser pueblo.”[7] Esta interpretación resulta tan radical, que ha emparentado con tesis marxistas o anarquistas y ese parentesco está motivado[8]. Ciertamente, en sociedades de cierta escala esta ausencia de representantes operativas parece impracticable, y el mismo Rousseau estaba consciente de esta dificultad, observando que solamente en la pequeña ciudad los pobladores podían retener la soberanía sin recurrir a representantes[9]. Ciertamente, la experiencia política la ofrecía pocos ejemplos alentadores sobre un funcionamiento excelente de los sistemas democráticos. Le parecía que todos los organismos políticos podían degenerar, y la democracia no era excepción[10]. La esencia del argumento va directamente hacia el sustento de un régimen democrático, pero el autor no quiere inclinar la balanza con argumentos superficiales, recuerda la república romana y su forma para organizar su sistema, posiblemente el ejemplo más notable que unía voluntad popular y cúspide imperial. Sin embargo, los argumentos en contra de la democracia pueden interpretarse como una línea de escape en un contexto hostil. Publicada en 1762 la obra El Contrato Social fue duramente atacada, incluso por los ginebrinos. El clima enrarecido le obliga a refugiarse en Alemania, bajo la sombra de un monarca más tolerante ante su persona. Unas décadas después estallaría la revolución francesa en 1789, mostrando que sus especulaciones traían el germen del futuro más próximo. La forma democrática (que al propio Rousseau le parecía una anomalía en los sistemas de gobierno) pronto se volvió una forma viable (al final triunfante), que abrió cauces a una nueva época, donde cada persona sería reconocida como ciudadano y no como simple súbdito.

NOTAS:

[1] Para concluir su monumental El cambio del poder, Toffler termina recordando El contrato social, Cf, El cambio del poder, p. 537, cuando hace el balance entre la autoridad del Estado, la casualidad y las libertades en un contexto azaroso.
[2] Existe proximidad entre el sistema de servidumbre europeo y el sistema de castas hindú. Cf. ANDERSON, Perry, Transiciones de la antigüedad al feudalismo.
[3] En otro contexto, se liga a la teoría general de la enajenación como la muestra István Mészáros en Teoría de la enajenación en Marx.
[4] También debemos recordar que un perfil de la religión cristiana acepta esa igualdad y libertad esenciales, sin embargo, se mantuvo como un discurso sometido al curso principal. Mucho más importante es aceptación del racionalismo, pues si la Razón es una facultad universal, entonces el saber fundamentará la visión republicana. Cf. DESCARTES, René, Las pasiones del alma. En lugar de un discurso directamente político, el padre del racionalismo se dirigió hacia la micro-política para modificar las pasiones.
[5] El Contrato Social, p. 36.
[6] El Contrato Social p. 36.
[7] El Contrato Social p. 52.
[8] Con el mérito de romper el paradigma, el proletariado de Marx conserva y amplifica las facultades políticas del pueblo soberano de Rousseau, bajo una visión de una meta-soberanía convertida en fundamento del todo social: sujeto auto-constituido-constituyente. Cf.  LUKÁCS, George, Historia y consciencia de clase.
[9] Además existe otro argumento sutil de Hegel al considerar a la libertad reunida, donde una libertad absoluta e instantánea se impone a cualquier otra particularidad (individuo o forma de poder) y la consecuencia es un imponerse que desemboca lógicamente en una figura de terror, como el visto en la Revolución Francesa, donde la asamblea popular decidía la guillotina para los opositores. Cf. Fenomenología del Espíritu.
[10] En este caso la ética se sobrepone a la política, bajo la línea de las antiguas reflexiones, que no son las más modernas, como Aristóteles o Santo Tomás.

domingo, 7 de noviembre de 2010

IMPRESIONES EN TORNO A ROUSSEAU


Por Carlos Valdés Martín


Una Eloisa cándida
Rousseau surgió como un autor candoroso y sublime —a la vez, inocente y genial— cuando sus explicaciones sobre democracia y sociedad irrumpieron en las ideas políticas, y así se mantendrá vigente en cualquier curso escolar. Algunos de sus argumentos carecen de rigor, pues no le interesaron las pruebas sino la contundencia de la demostración y la elegancia para defender un principio sublime: la soberanía popular en oposición al derecho divino, el único reconocido hasta entonces. Por lo mismo, se trata de un pensador radical, que no se detiene entre las medias tintas, para proponer una visión colorida para un nuevo mundo político, cuando en sus tiempos el sistema democrático era una expectativa ilusa o un recuerdo grecolatino.

Complementar este conocimiento de sus ensayos políticos y sociales con la descripción de su vida por un estudioso a quien Rousseau le resulta antipático ofrece un resultado curioso[1]. La lectura de su vida revela la importancia de la obra literaria de Rousseau, debido a sus innovaciones literarias, incluso en el terreno formal, como una aportación del romanticismo. Su obra la Nueva Eloisa logra la complicidad del lector con las emociones del personaje, de tal modo que crea un nuevo flujo de comunicación, inusual en las novelas anteriores. Esto revela un espíritu muy abierto dispuesto a dejarse escudriñar por el lector, ya que el enmascaramiento del autor se reduce con esa técnica de exposición literaria.

Literato popular
Su misma importancia literaria y la carencia de formación profesional de Rousseau me convencen del acento poético de sus obras teóricas. Me parece que predomina el ánimo retórico sobre la decisión de una meditación objetiva y radical (equilibrada entre la audacia y la prueba) sobre el fenómeno político. Si nos guiamos por apariencias también su radicalismo político está más guiado por momentos de ánimo (aunque sí los estimo muy sinceros) que por una convicción sistemática. Así, sus escritos políticos democráticos al estilo moderno contrastan con las intenciones de Rousseau de triunfar en la corte de Versalles como músico al servicio de la monarquía. Esos estados de ánimo variables son tan agudos, que de acuerdo a una anécdota, en cierta ocasión el ginebrino quedó a punto de morir de hambre en París y muchas veces sufrió las mayores privaciones, obligado desde niño a ejecutar los trabajos más penosos, padeciendo humillaciones por su condición de pobre y sin arraigo. Por su misma vida plagada de venturas y desventuras, de trabajos y penalidades, de triunfos y tropiezos, tuvo una gran sensibilidad ante las cambiantes circunstancias humanas; en alguna medida, eso explica su posición política tan plebeya, que anunció el siguiente ascenso del “Estado llano” de la Revolución Francesa, es decir, anuncio el protagonismo del pueblo en la modernidad.

El mito romántico
El mito romántico de la naturaleza y de los salvajes buenos y solitarios que deambulan entre la selva, conviviendo bajo sencillas normas de moral representa una creación ideal, de la cual él es uno de los principales promotores. Ese mito del buen salvaje dibuja un espejo extraño, porque surge de una polarización imaginativa entre lo contrario de esa sociedad europea del s. XVIII cada vez más urbana y artificial, mezclado con la repetición del sentido individualista de la misma sociedad mercantil. El individualismo imaginado en el carácter moral del buen salvaje es una simple proyección de su presente, pero se mezcla con una contraproyección, con un invento sobre lo contrario a la civilización, pues se inventa una barbarie alegre, entonces adorada como el paraíso perdido y la fuente de toda honestidad moral. Y la aceptación de tales criterios en el público lector de la clase media urbana del siglo XVIII indica un sentido de condena sobre la propia sociedad, un sentido moral paradójico[2]. Este mito romántico participaba con una amplia corriente cultural de la época, incluso con antecedentes renacentistas[3], donde se pensaba encontrar la regeneración moral en la vida sencilla y rural. Independientemente de que inventara un mito, ahí mismo se perfila una nueva sensibilidad: el romanticismo. La relación de las emociones personales ante la vista de la naturaleza misma se trastoca, y donde antes el caballero medieval veía una campiña como su coto de caza, ahora se empiezan a dotar de emotividad. La literatura y pintura romántica dan emotividad y sentimiento a los paisajes. La nueva sensibilidad romántica crea un gusto en el reencuentro con la naturaleza al respirar un aire diferente, al beber agua en arroyos claros, al recibir el frío de la montaña...


Al filo de la navaja: espantando al burgués
Un rasgo que sentimos como peculiarmente moderno es la importancia del medio de comunicación literario para Rousseau, quien se convirtió en un bestseller de su momento, un triunfador del incipiente mercado de las ideas y los significados. Sin embargo, en este punto hay contradicciones muy interesantes en un par de puntos. Él tuvo éxito como crítico social, mientras que en otras facetas creativas, como su intento de innovar la notación musical, es un fracasado. En su época, una parte de su éxito radica en el escándalo, lo que después se llamará la técnica mercantil de "espantar al burgués", donde el escándalo es una ventaja pues los reproches se convierten en notoriedad y publicidad. Sin embargo, Rousseau intentó y triunfó con la técnica de “espantar al burgués” cuando ese riesgo de la notoriedad era mortal; pues los reyes no tenían restricciones legales para apresar y asesinar a súbditos molestos; las iglesias podían darse el lujo de quemar alguno que otro hereje para mantener la obligación de la fe verdadera. Cualquier posición notoria era peligrosa, pero una posición notoria con crítica y enfrentamiento con los demás se balanceaba sobre los bordes del precipicio. Y la navaja del verdugo, efectivamente, pasó cerca de Rousseau en suficientes ocasiones.

Paranoia justificada
Un rasgo interesante durante la edad madura de Rousseau es una caída en una paranoia cada vez más definida. Su caso semeja a lo que Artaud llamaba "el suicidado de la sociedad"[4], pues una persecución real se mezcla con el miedo, cada vez más enfermizo del personaje. Las tensiones espirituales insoportables de la vejez de Rousseau se calientan con las verdaderas persecuciones que sufre. En efecto, pierde su empleo por falta de reverencia ante el embajador francés en Venecia, y es perseguido del Rey de Francia. Durante un tiempo obtiene la benevolencia del Rey de Prusia, pero luego debe de temerle. En cierto momento, los desencuentros con monarcas extranjeros penetran al interior de Suiza y Rousseau parece quedarse sin ningún refugio en toda la extensión de Europa. La misma tolerante ciudad de Ginebra, que la podríamos catalogar como un oasis de libertad de su época, organiza una persecución por las ideas religiosas y políticas de Rousseau. Algunos de los importantes intelectuales del periodo se convierten en sus enemigos personales, entre los que destaca su antagonismo con Voltaire, y donde se cumple el adagio de que el más parecido es enemigo, porque ambos eran los puntales ideológicos de la Ilustración. En fin, Rousseau se convierte en un atormentado tanto de sí, por una psicología fuera de época, como víctima de los gobiernos despóticos que lo acosan.

Rousseau músico
Me sorprendió el enorme interés por la música de un autor tan reconocido como "serio". Según la información disponible él quiso ser músico profesional y hasta presentó dos óperas en público; este tipo de composiciones son una gran obra, por la pretensión y las dimensiones. El adivino del pueblo se estrenó en 1752 y fue presenciada por el mismo rey de Francia. Sin embargo, sus mismas opiniones de escándalo público le cerraron muy pronto las puertas de la carrera musical, por ejemplo, poco después escribió "La música francesa es un continuo ladrido"[5], argumentando la mala calidad de la música del país. Su comentario causó escándalo en el medio musical, a tal grado que la orquesta de la Opera de París le prohibiría la entrada en la Opera. Además intentó trascender en el mundo de la música innovando la notación musical, mediante un proyecto que presentó para un concurso, que no fue aceptado como original, porque ya años antes alguien había presentado un escrito con propuestas en el mismo sentido.

La soberanía popular: nuevos principios
La importancia de Rousseau en la historia de la teoría política aparece bastante diáfana, al exponer claramente el predomino de un nuevo principio para organizar al Estado: la soberanía popular. En cierto sentido, Hobbes había iniciado una reflexión que apuntaba en el mismo sentido, pero la pregunta planteada en el Leviatán sobre dónde radica la soberanía  queda truncada. Como Rousseau, ya Hobbes había supuesto que originalmente la soberanía había radicado en el pueblo, pero  el inglés argumenta que ésta había sido depositada en el rey, que por eso se convertía en el soberano y desde ese acto de obediencia originario, la sociedad debía obedecer siempre al soberano, el rey. Luego Rousseau radicaliza ese argumento y considera que la delegación de la soberanía en el rey o el gobierno electo es temporal, porque originalmente reside en el pueblo y éste puede recuperarla en un acto de voluntad superior. La voluntad del pueblo el permite enajenar su soberanía primera y dejarla en manos de representantes, pero conserva el derecho de abandonar la enajenación del poder político[6]. Así, Rousseau inicia la teoría democrática de la representación política y de la votación como medio para expresarla, pero se reconoce el origen primero, una soberanía popular. Bajo este último detalle el sentido de la democracia de Rousseau era muy estricto y casi nunca que ha aplicado; a veces, por breves tiempos la soberanía regresa al pueblo, a su acción directa, pero pronto el pueblo se desembaraza del mando.

La bondad de la memoria
La memoria histórica ha sido benévola con Rousseau, olvidando sus escándalos personales y exaltando sus aciertos intelectuales. En su época, su comportamiento amoroso alejado de la moral cristiana escandalizó como cuando fue el amante de una mujer mayor, su patrona madame Viecens. También resultó un escándalo, y ahora lo seguiría siendo, el abandonar a todos sus hijos ante las puertas de un monasterio. Los defectos personales quedan fuera del foco de la mirada histórica, solamente queda la memoria del autor romántico y del político demócrata. También quedan fuera del interés de la posteridad (el hoy mismo) sus debilidades políticas en la disposición como secretario de un embajador o su intención de ganar, en ciertas situaciones, el favor de la monarquía. Queda fuera del interés del recuerdo las debilidades morales de un moralista, como las mentiras de juventud o las mentiras descaradas para obtener un puesto como músico en una ciudad suiza. Mucho menos interesa su enfermedad de la vejiga que le obligaba a presionar el abdomen para poder orinar. Podemos sentir la satisfacción del olvido, la victoria de la memoria selectiva, que se contenta con lo agradable para dibujar el perfil medido de un personaje entusiasta, de un carismático literato y ensayista político. ¡Bendita sea la memoria selectiva para Rousseau!
En contra de la bondadosa memoria selectiva se levanta la voz de un biógrafo, Gavin de Beer, quien se esmera en mostrar los muchos vicios morales y defectos de Rousseau. Aunque el efecto de esa crítica moralizante resulta ameno, no deja de representar un recurso a los defectos secundarios y hasta insignificantes; como si las fallas personales pudieran anular el sentido de la obra, para personajes que han dejado una obra perdurable en este mundo desde hace siglos. Una óptica que hurga demasiado en la vida personal y el otorga una importancia superior a los acontecimientos de magnitud, concuerda con el ejemplo de Hegel cuando recuerda que para el mayordomo no existe el gran hombre pues observa sus defectos personales, pero esto no significa que el ayuda de cámara sea un crítico acertado, sino que siempre se mantiene en el punto de vista de un mayordomo[7].

NOTAS:


[1] DE BEER, Gavin, Rousseau.
[2] De Beer cree que se trata de una contradicción personal insoluble de un Rousseau que ataca al mundo que lo sustente, como un malagradecido, pero se trata de una parábola social, donde hay complicidad entre autor y público.
[3] Las raíces del buen salvaje las rastrea Roger Bartra en La jaula de la melancolía.
[4] SINELNIKOFF, Constantine, Wilhelm Reich, una biografía.
[5] Carta sobre la música francesa, publicada en 1753.
[6] ROUSSEAU, Juan Jacobo, El contrato social.
[7] HEGEL, G.W.F., Fenomenología del espíritu.