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miércoles, 22 de octubre de 2014

ALBAÑILES Y ARQUITECTOS DE NACIONES









Por Carlos Valdés Martín



La nación moderna exige y precisa de un diseño para su edificación y sobrevivencia; a diferencia de una simple agrupación de personas, la agregación de grandes masas y con estructura económica y cultural implica desafíos específicos. Comprender el tema del diseño nacional y la contribución activa de tantos líderes en su edificación no es tan simple y tampoco existe un consenso en este asunto.
Algunos sociólogos e historiadores consideran que los resultados humanos son una suma casual de circunstancias y condiciones, por lo cual las grandes sociedades representan una especie de colonias coralinas, donde un diseño simple se repite sin cesar hasta crear un conjunto armónico, por azar o por una mano providencial; en una versión, que podríamos llamar determinista social-natural. Otros teóricos, suponen un misterioso diseño de estructuras que dominan al inconsciente individual o colectivo, imponiendo estructuras y obligando a un statu quo que nadie pretende; en una versión de estructuralismo o pos-estructuralismo, donde la sinrazón domina y plasma diseños inopinados[1]. Por último, con más realismo muchos visionarios suponen la combinación entre condiciones naturales, sociales y circunstanciales que deben recibir la impronta del esfuerzo individual y colectivo para establecer la realidad social. La interpretación burda del marxismo ha sido un determinismo social que no ha producido frutos permanentes sino enardecidos experimentos sociales, donde el Estado tiránico ha devorado las intenciones de los pueblos y sus líderes. Un ejemplo de ilusión burda post-marxista aparece en Wallerstein, quien pretende encapsular los procesos político-sociales en proyecciones de “largo o mediano” plazo, pretendiendo que una acumulación numérica y catastrofista solape su reiterada incapacidad predictiva[2].
El post-estructuralismo del discurso crítico del Poder y el llamado pensamiento pos-moderno, se han contentado con una crítica (a veces puntual, a veces vaga) de las fallas evidentes de las estructuras políticas y sociales, dando quejas sobre el oprobio de las cárceles y cuestionando sistemas educativos; pero tienden a quedarse en una interpretación impotente que es sub-subjetivista[3].
Por su parte, los líderes prácticos de los cambios sociales parecieran dotados de algunas ideas potentes y sencillas, junto con una teoría más pragmática sobre la colectividad, aunque no carente de conceptos sociales. Para que triunfar en una confrontación, en la visión de los líderes se reúnen al menos cuatro elementos: lo nocivo de la sociedad que existe; la posibilidad de transformarla; los medios para operar ese cambio y un estado futuro deseable. Dicho de otra manera reconocible y breve, los elementos del cambio son: injusticia, crisis, voluntad e ideal. Algunas teorías sociales presentan claramente definido un cuadro de ciencia social que ampara esos elementos; por ejemplo, el marxismo clásico, ofrece la crítica del capitalismo, el diagnóstico de su crisis, el fortalecimiento del proletariado como su Némesis y un futuro comunista como ideal a lograr. Esa estructura de saber social con enfoque práctico se repite con August Comte[4] o bien cuando algún protagonista práctico agrega de su cosecha las herramientas y el ideal hacia el cual dirigirse. Según la relativa justeza de estos elementos es que el dirigente merecerá ser llamado un arquitecto o permanecer en el nivel del simple albañil. Muchas veces, el error en las visiones de liderazgo conduce a resultados catastróficos, con lo cual se evidencia fallas profundas en la visión de la dirigencia.
Dentro del amplio abanico de autores y actores liberales y nacionalistas se ha presentado ese mismo arco de problema-medios y solución, que llevó a la explosión de la formación de naciones modernas y Estados constitucionales de los siglos XIX al XXI. Esto nos lleva a sostener que la nación moderna no surge de una edificación espontánea, sino de una obra intencionada (aunque contradictoria, por la variedad de enfoques y fuerzas involucradas), es decir, que la Nación moderna no solamente es fruto de un conglomerado de fuerzas sociales-naturales y de azarosos encuentros de circunstancias, además también se modela por la mano de los diseñadores intencionados y afortunados, que contribuyeron a su edificación.

Hay tres visiones del tema social
Es importante comprender las tres visiones básicas del problema social actual y englobarlas en un naturalismo (lo social es cosificado), subjetivismo (crítica impotente ante las circunstancias) y activismo. Esto se clasifica por la evidencia de las principales teorías y también por no encontrar ninguna teoría social completa y perfecta, luego del fracaso del marxismo y la espera de su relevo histórico (hasta hoy sigue siendo aguardado). Ninguna de las tres interpretaciones fundamentales resulta por entero ociosa ni equivocada. Al observar objetividad de la colectividad, como de cosa externa, se respeta el devenir social y sus tendencias, pero se queda propenso a idolatrar aspectos mudables, como sucede con el llamado neoliberalismo económico, que tiende a mirar el mercado como entidad perfecta a la que basta respetar y elogiar, para que funcione lo mejor posible[5]. Una cuestión es comprender el mercado y su legalidad, otra distinta partir de la hipótesis de que los agentes del mercado poseen perfección absoluta. El subjetivismo se desliza hacia quejas más o menos inteligentes, cuestionando la inhumanidad o injusticias del sistema, sin detenerse mucho a investigar las bases sociales o pensar si hasta los defectos esconden racionalidad, por desagradable que sea. Ya he adelantado que el activismo social, conforme logra resultados, no carece por entero de teoría social de trasfondo. Algunos políticos prácticos y exitosos sí han contado con sus tesis explícitas, incluso han utilizado elementos de naturalismo social y subjetivismo, pero los han enderezado de tal manera que han logrado objetivos, a veces, hasta éxitos impresionantes como en el caso de Lenin y Cárdenas.  
Intentando mostrar cómo la teoría social que sirve a la práctica posee una estructura señalé cuatro elementos para el cambio (injusticia, crisis, voluntad e ideal) que los podemos describir de una manera más general: el estado presente o circunstancia; la contradicción insalvable o la falla; la decisión de cambio o la herramienta, y el objetivo u horizonte. Esos cuatro elementos son muy universales y también se corresponden con la estructura general del trabajo: objeto de producción o naturaleza; necesidad o apetencia; actividad orientada o el trabajo mismo; y el objetivo del trabajo. En otras palabras, por rudimentario que sea el líder social, está involucrado en una práctica y así sigue las legalidades necesarias del trabajo. Siguiendo con eso mismo, el buen trabajo requiere de conocimiento objetivo de su material y en eso toma actitud de objetivista naturalista; adopta la decisión individual para obtener algo que debe corresponder a su necesidad y en eso sigue la pose subjetivista; por último, requiere del empuje para cumplir con su esfuerzo y meta, en ese sentido es plenamente un pragmático que deja en suspenso las actitudes naturalistas y subjetivistas, mientras suda la “gota gorda”. ¿Cuál de las tres posiciones es la correcta? Según vimos se requiere de recorrer las tres para obtener el resultado satisfactorio; esto es una espiral y un regreso al punto de partida, como en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, porque el continuar el proceso también implica avance. Adquiere un acento mayor la posición del líder práctico, porque es quien está en el proceso real, lo cual a veces aparece burdo, como cuando Alejandro Magno resolvió el nudo gordiano cortándolo de tajo.

Érase un reino infeliz…
Al contrario de las fábulas, la historia moderna demuestra que los reinos eran sistemas en extremo infelices e injustos, donde solamente un puñado de privilegiados mandaba y la masa permanecía sometida a los designios de la aristocracia. En el reino antiguo la mayoría eran súbditos sin derechos definidos y la pequeña minoría era una aristocracia, sometida al rey y regulada por la iglesia. Pero la regulación de la iglesia resultaba en extremo imperfecta, porque los obispos también eran señores feudales, con tierras y castillos bajo se égida. La inmensa mayoría del pueblo era analfabeto y estaba sometido a las regulaciones de la gleba; es decir, estaba atado a la tierra, por lo que tenía prohibido moverse fuera de su comarca sin el permiso de sus superiores. Por si fuera poco, la Biblia y las leyes se atesoraban en latín, un idioma inaccesible para esa población vulgar, así que el reino era un sitio diseñado para la felicidad de muy pocos, mientras que las mayorías debían contentarse con su destino.
En el contexto de reinos europeos surgió un descontento incontenible, cuando la gente empezó a darse cuenta de que la situación podía ser distinta. En otros términos, ocurría el ocaso del feudalismo y la ilustración había abierto muchas mentes; las ciudades comerciales habían prosperado y no estaban contentas con la tutela monárquica. Amplias regiones se habían inconformado con el monopolio religioso de la iglesia católica y habían logrado imponer nuevas creencias con el protestantismo, que se caracterizaba por permitir leer la Biblia en propio idioma. El descontento europeo se caracterizó por un anhelo de libertad y justicia que se precipitó en los grandes episodios de la Revolución Francesa y una larga secuela de movimientos liberales. Por su parte América no se quedó atrás y una avalancha de movimientos independentistas también obligó a fundar repúblicas, bajo constituciones más o menos democráticas.
Pongamos un ejemplo memorable, por ejemplo, aunque un rey posea rasgos de talento indudable y deslumbre a su siglo, impresionando no solamente a su país sino al mundo, y su reino se levante entre el concierto de las naciones para ganar guerras y deslumbrar con su Palacio de Versalles y una cultura floreciente, vanguardia de la Ilustración; aun así, el reino se levanta sobre la miseria y opresión de sus súbditos. Esto narra la brillante trayectoria de Luis XIV, quien fuera un soberano sobresaliente, capaz de adelantar a Francia entre el concierto europeo; sin embargo, los episodios de guerras y situaciones de una opresión sobre su población son numerosos, su ideología es lo opuesto al liberalismo como la anulación del Edicto de Nantes con su tolerancia religiosa y la imposición de un "galicanismo" religioso, o la “facultad” para arrasar un territorio durante una retirada militar, como en el Palatinado[6].
En fin, el mosaico de reinos infelices se fue transformando en el mundo de las naciones y repúblicas, que oscilaron entre las democracias y tiranías de distinto color.

La clasificación de tendencias políticas
La oleada de acontecimientos que describí es una compleja transformación, que no sucedió en automático, pues fueron personas con nociones e ideales quienes se decidieron a cambiar sus circunstancias. En esos procesos se presentan los cuatro elementos básicos del cambio: injusticia, crisis, voluntad e ideal. El estado presente de cosas se caracterizaba por injusticia, donde la mayoría se sentía oprimida; ese statu quo se presentaba decadente y debilitado, así estaba presentando la cara de una crisis, debido a muchos factores que no detallo aquí; una minoría decidida adquirió la voluntad de cambio y generó diversos movimientos (protestas, revoluciones) que ahondaron la crisis del sistema; y la ideología principal que se formó en el periodo del siglo XIX al XX fue la liberal, que retomaba ideas de la Antigüedad y la Ilustración para forjar su ideario de libertad y de una república ordenada por leyes, bajo un sistema democrático. De hecho, durante los siglos XIX, XX y principio del XXI han predominado tres ideologías sociales: la conservadora-autoritaria, la liberal-democrática y la socialista-justiciera. Esta clasificación es casi universalmente aceptada, aunque ha presentado algunos movimientos que han causado perplejidad ante la población y, por consecuencia, en los analistas, porque la izquierda en el poder por regla se ha deslizado a una posición conservadora-autoritaria o liberal-democrática, al convertirse las revoluciones en dictaduras comunistas con “culto a la personalidad” o en buenos gestores del sistema capitalista (socialdemócratas europeos); el liberalismo-democrático se ha vuelto tan predominante desde el final del siglo XX que no pareciera representar nada específico (porque todos los actores políticos usan banderas liberales); el conservadurismo-autoritario más común se ha deslizado hacia temas económicos (doctrina de culto al mercado, en estricto sentido, simple halago a grupos monopólicos) y en esa figura se distingue del conservadurismo que  se mantiene atado a fundamentalismos religiosos. Para resumir, como sea, han existido tres principales corrientes políticas en el periodo moderno que son conservadurismo, liberalismo y socialismo, las cuales representan la decantación de tres principios sociales básicos de orden, libertad, justicia. El conservadurismo se identifica con el orden; el liberalismo con la libertad, y el socialismo con la justicia. La condensación de estos principios fácilmente lleva a quimeras e imposibilidades, siendo que la construcción de las sociedades ha requerido una mezcla específica de tales componentes.

La masonería moderna y el ideario de la Revolución Francesa
Está ampliamente documentado que la masonería moderna se implicó y destacó su ideología entre los movimientos republicanos del siglo XVIII y XIX, por lo cual se requeriría de una tratado enciclopédico para detallar las variadas intervenciones de masones en las gestas liberales, constitucionalistas, nacionalistas, revolucionarias e independentistas. La masonería se identifica con la consigna triple de “libertad, igualdad y fraternidad” que caracterizó al movimiento revolucionario francés[7]. También ha permanecido en la sensibilidad política, de modo tan amplio, que sucede lo mismo que al promedio liberal: todos lo emplean, así que pareciera ser un “tono universal”, especie de color azul para el cielo. Si hoy alguien descubre que el cielo es azul en el día y oscuro en la noche le refutaremos que no hay novedad alguna, pero hace décadas “libertad, igualdad y fraternidad” no eran obviedades del ideario social, al contrario, resultaba novedad y hasta herejía. Es obligatorio subrayar que al final del siglo XVIII esas ideas eran novedosas, que el pensamiento tradicional estaba dominado por otros modelos provenientes del feudalismo y las ideas católicas tradicionalistas, donde hasta mirar por telescopio era motivo de condena.
En su origen esa consigna de “libertad, igualdad y fraternidad” solamente identificó al liberalismo, pero luego el socialismo se forjó desarrollando el aspecto de “igualdad” hasta identificarlo con una nueva forma de sociedad y un afán de justicia para los más desfavorecidos. Al adquirir aceptación las ideas su campo de aplicación se amplía y también sus definiciones resultan más imprecisas, por lo que se debe cuidar de establecer los significados con claridad.

La clásica triple consigna en la adversidad: Trotsky y Martí
Las herramientas intelectuales y proyectos constructores de tantos líderes del pasado no se reducirán a los tres mencionados; pero sí es muy aleccionador retomar a algunos dirigentes que han sido destacados y han sabido emplear bien sus herramientas mentales, manifiestas en la triple consigna “libertad, igualdad y fraternidad”.
El tema de la libertad ha sido el más sensible en el inicio de este ciclo histórico, pues ese don era el más frustrado por el Estado Absolutista de los monarcas. La tarea práctica más urgente era deshacerse de reyes o de poderes coloniales, para sustituir el privilegio con leyes que ampararan libertades básicas. Afirmar la libertad “natural” del hombre resultó una bandera que chocaba frontalmente con el orden monárquico, por lo que se afirmación más sencilla encontraba grandes dificultades. La teoría posterior ha cuestionado que la libertad sea asunto natural como proclamó Rousseau[8], pero no se ha refutado su radicalismo ni efecto político. De hecho, sobre la libertad se ha armado una noción básica y utilizado continuamente, la cual comparada con las situaciones de opresión y gobierno monárquico servía de bandera para una agitación.  
En la lucha política, la bandera de la libertad posee un filo muy interesante, porque lo ganado por uno individuo, grupo o clase puede ser a costa de los demás. Un caso aleccionador acontece con el comunismo práctico del periodo revolucionario. Los líderes del periodo ascendente sinceramente lucharon por emancipación para la clase proletaria a expensas de lo demás, aclarando en su ideario que expropiarían a los dueños de los medios de producción, fueran aristócratas o burgueses. En Lenin y Trotsky la búsqueda de una liberación para la gran mayoría proletaria fue sincera, sin observar la ironía histórica de que un Estado dictatorial se construiría como consecuencia de revoluciones que exigían emancipación política y económica para las mayorías. El exiliado Trotsky alcanzó a ver los horrores de un Estado centralizador y dueño absoluto que se levantaba en la URSS, pero ya impotente para oponer una solución ante esa nueva encrucijada histórica[9]. De hecho, este ejemplo nos obliga a reflexionar en el balance de los principios planteados, porque para el comunismo marxista el tema de la libertad está sometido a “la gran mayoría” proletario-popular en base a un predominio de un igualitarismo estricto, de tal manera que la minoría burguesa y la (no tan minoritaria sección) pequeñoburguesa son despreciables en el cálculo social. Esto implica que minimizar uno de los principios de la “triple consigna” para extender otros ha resultado en estrategias equivocadas y experimentos sociales fracasados.
Ahora bien, el triunfo o fracaso no es una elemento de juicio suficiente para evaluar unos ideales y la táctica para llevarlos a cabo, pues con frecuencia la suma de adversarios resulta colosal; bajo esa adversidad quien lucha por sus ideales, está casi atrapado y su combate es desesperado, como lo ejemplifica la situación de Cuba en el siglo XIX. La isla del Caribe siguió siendo bastión colonial después de que la gran mayoría de Hispanoamérica se liberó; justamente, por la desproporción entre la nostalgia de España y lo menguado de sus posesiones, la tarea de manumisión resultaba imposible. La dificultad no se debía a falta de liderazgo sino a la facilidad con que la Península Ibérica era capaz de mandar suficiente tropa para aplastar el anhelo cubano. Ese fracaso del independentismo acontecía, sin menoscabar la enorme talla intelectual y moral de José Martí, líder del bando independentista.

La clásica triple consigna, herramienta del liderazgo constructor (Cárdenas, Constitución y Reforma Agraria)
Las herramientas de la triple consigna se miran de otra manera en ambientes más propicios a la edificación de pactos sociales y concordia; utilizadas en situaciones que no son callejones sin salida se observa mejor su eficacia. El proceso de pacificación y de reconstrucción social después de la Revolución Mexicana resultó sumamente complejo y conflictivo; aunque en retrospectiva pareciera una obviedad que el problema de la concentración de la propiedad agraria en latifundios era la causa del descontento campesino[10], si nos colocamos en su contexto, la solución de una generoso y audaz reforma agraria parecía casi imposible. En la posrevolución la aspiración de tierra para los campesinos había sido planteada en la Constitución de 1917, bajo un texto de audacia social que sorprendió a propios y extraños, siendo llamada la “primera constitución social en el mundo”, porque no solamente garantizaba un sistema de leyes y libertades, sino consideraba centrales los derechos sociales de obreros y campesinos. Las grandes haciendas y concentraciones agrarias ociosas no estaban diseñadas para dar bienestar a sus peones, y las unidades altamente productivas (azúcar, algodón, henequén) eran más una excepción que la regla.
Tras la Constitución de 1917 y las alianzas políticas del periodo posrevolucionario comenzó un modesto reparto agrario que alentó al campesinado y alarmó a los terratenientes. El proceso de estabilización interna de México era precario, pues los ajustes de cuenta y la falta de acuerdo entre facciones ganadoras terminaban en conflictos, incluso armados e intentos de sublevación.  En fin, la reforma agraria prometida desde 1917 avanzaba con lentitud, casi a paso de tortuga, sucediéndose los gobiernos de Carranza, Obregón, Calles, Rodríguez, Ortiz Rubio y Portes Gil con repartos limitados; hasta la aparición de Lázaro Cárdenas. La decisión del General Cárdenas de radicalizar el reparto agrario, incluso afectando a los principales bastiones económicos del campo, resultó llena de obstáculos y plagada de peligros; para empezar debió desafiar y vencer al Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, quien ejerció un control indudable sobre las gestiones presidenciales previas[11]. Un aspecto sumamente interesante en la trayectoria de Cárdenas, fue su aparente cautela inicial en el ámbito político, para luego movilizar a las masas y organizarlas al ofrecer un acceso masivo al recurso productivo del periodo, que entonces era la tierra agrícola. Ninguna visión retrospectiva sería capaz de sintetizar el cambio en millones de campesinos mexicano que saltaron desde la miseria y el oprobio de ser peones sin derechos ni tierra, hundidos en la miseria y la desesperanza, para convertirse en flamantes ejidatarios, dotados de un sitio en el mundo y llenos de perspectivas sobre una vida nueva. El campo mexicano había sido un paraje poblado de rencores y desencuentros, luego mediante decisiones radicales pero constructivas, en un sexenio se pacificó al país y cambió el sistema durante décadas, hasta que los efectos benéficos del reparto agrario quedaron manifiestamente menguados o hasta nulificados, regresando el campo a otro círculo de miseria[12].
El reparto agrario mexicano, representaba una solución original a la triple consigna liberal. La posesión de la tierra representó para el jornalero el acceso directo a una libertad económica que solamente imaginó durante la Revolución, accediendo al fruto del surco y con la convicción de que, por fin, algo bajo el cielo era realmente suyo. Para el líder encumbrado, no era un acto arbitrario, sino resultado de un mandato legal, aunado al raciocinio sobre la situación concreta y un ideario de compromiso con el campo, pues el mismo Cárdenas era de origen humilde y rural. El reparto agrícola era el gesto más igualitario imaginable en ese periodo, pues levantaba del ostracismo a la población más sencilla que contribuía con arduo trabajo al sostenimiento del país sin recibir beneficios a cambio. La figura del ejido, marcaba una intersección entre el antiguo colectivismo prehispánico (la comunidad agraria misma) y las ideas de corte socialista que estaban entrando en boga, pero sin caer en el extremo de la propiedad por el Estado, quedando la posesión en una especie de cooperativa local, con potestad para que cada cabeza de familia decidiera la producción y tomase el fruto. La noción misma de un reparto agrario que beneficiara a los dueños originales de la tierra o, simplemente, pusiera los latifundios ociosos en manos de quienes estuvieran aptos y dispuestos para trabajarla, resultaba un gesto fraternal del Estado como representante de la nación, de hecho implicaba nacionalizar a la masa de campesinos, ofreciendo la primera gran integración material de los paisanos a un proyecto colectivo[13]. Ese delicado diseño, pasó por la mente de Cárdenas, pero no era una creación individual, sino resultado evidente de las visiones ideológicas de muchos líderes de la Revolución Mexicana, que implicaba tanto legalismo en su operación como generosidad de miras y adentrarse en una experiencia económica y social que tenía escasos precedentes en otros países.

Las teorías deterministas, subjetivistas y pragmatismo frente a líderes
Con frecuencia, el líder es más hombre o mujer de acción, por lo que no se detiene demasiado ante las teorías sociales, casi siempre las toma bajo su forma popular de ideologías, ya sea políticas o hasta de tradiciones religiosas. En el extremo, es evidente que el monarca absoluto Luis XIV se debía amparar en el manto devoto, pero su praxis de cabeza imperial lo impulsaba a guiarse por el cardenal Mazarino (sin objetar su periodo infantil de la regencia) o después imponerse al Papa de Roma mediante el recurso político de sujetar a la iglesia local mediante sus decretos de galicanismo. Bajo el manto de ideas dominantes del siglo XVII, el monarca lo era por la voluntad de Dios, también llamada Providencia, justificada mediante títulos nobiliarios que se heredaban y certificada por la intervención del clero católico. En ese contexto, el edificio político se justificaba con un alegato sobre Dios y su interés para que tal personaje fuera la suprema majestad en el reino; empero, las justificaciones ideológicas no garantizaban el reino real, lo cual se ejemplifica en  la biografía infantil y juvenil del “Rey Sol” está marcada por dos sublevaciones de su aristocracia, ante lo cual el monarca tomaría providencias para someter y controlar a “sus” aristócratas. Conforme el monarca francés controló las sediciones aristócratas y organizó mejor su reino, empezó a concentrar el poder en mayor medida que sus predecesores; con él la cúspide de mando se deshizo de los contrapesos aristocráticos y eclesiásticos. En la persona del monarca absoluto, concentrando todas las ramas del gobierno y sin contrapesos internos, pareciera contradecirse por entero el determinismo social conforme todas las riendas de decisiones importantes se centralizan; pues, ante el reino de súbditos, se levanta el monarca con el mando supremo, capaz de decidir los destinos colectivos sin posibilidad de oposición. La tesis de uno que mando y todos obedeciendo es el discurso monárquico extremo, la cual se contradice al mirarse desde afuera, tal como lo relativiza un análisis materialista sobre tales sociedades. Para el marxismo, el ascenso absolutista está determinado materialmente por una confluencia entre factores que cambian las relaciones sociales feudales (en decadencia) frente a las capitalistas (en ascenso contradictorio)[14]; por tanto, el ascenso de déspotas absolutistas es un evento históricamente determinado por factores económicos y sociales, además que no sería tan significativo la presencia de una figura cimera, cuando es una especie de “títere” de las fuerzas sociales moviéndose.  
Lenin y Trotsky representan ejemplarmente a los marxistas teórico-prácticos, con un singular balance entre estudio de teoría social con dedicación práctica exitosa. Ambos plantearon que la aplicación de la doctrina exigía una adecuación peculiar a la situación rusa, por ser un imperio feudal, relativamente atrasado, sometido a terribles presiones sociales e involucrado en la Primera Guerra Mundial. Cada cual con sus peculiaridades, desarrollaron tesis de aplicación práctica para saltar una esperada etapa capitalista y proponerse una revolución socialista a partir de una situación precapitalista; de hecho la discusión marxista doctrinaria se centró en ese paradoja, que ahora parecería irrelevante de “quemar estepas” hacia una sociedad socialista no-contradictoria y sin explotación, casi paradisíaca[15]. Para lo que aquí nos interesa, el líder pragmático es perfectamente capaz de romper su propia tesis determinista, para lanzarse a cumplir las tareas que considera viables y deseables, es decir, el dirigente comunista se lanza a la revolución, aunque la doctrina de Marx marque una imposibilidad.
El subjetivismo (crítica impotente ante circunstancias, atribución a recónditos oráculos internos de cualidades que escapan al entorno) pareciera poco apto para el líder, pero en el abanico de las mentalidades, hasta en los dirigentes y grandes pensadores hay espacio para la arbitrariedad y el capricho supersticioso. Resultaría sencillo elegir entre las arbitrariedades y manías de Luis XIV suficientes rasgos que revelen ese subjetivismo; incluso, en los monarcas esos rasgos se acentuarán al no encontrar suficiente oposición para manifestarlos, por ejemplo, en una vanidad rebuscada.
El pragmatismo del líder pone énfasis en el lado activo de su libertad, aunque no sea consciente de ese alcance. La mente de un caudillo es capaz de estar sometida a un plan exterior y no creer en su participación voluntaria, mientras su actividad es la más tensa cuerda, sometida a la ley del máximo esfuerzo y enfrentada a los más variados desafíos. Sin embargo, la creencia en esquemas equivocados (sean deterministas, subjetivistas o hasta voluntaristas) mete en problemas a cualquier liderazgo, y algunas decisiones afamadas se han cuestionado por su desatino, por ejemplo, la campaña militar de Napoleón contra Rusia. El cálculo del dirigente militar no depende de una teoría pura, pero sí implica alguna evaluación concreta (mezcla de varios ingredientes, incluyendo su visión social) y su desatino arrastra a miles o hasta millones al desastre. La decisión del estratega es un acto libre (incluso cuando está colegiado[16]) que impregna el resultado, por lo mismo, las ideas que se mezclan para arrastrar una decisión importante son los componentes para la victoria o derrota. El líder que sobrestima sus recursos y capacidades fácilmente se embarca en empresas desastrosas, mientras el cauteloso que subestima medios y oportunidades queda enredado en la medianía de sus metas, lo cual también suele llevar al descalabro. El dirigente cauto se comporta como si fuera inspirado por algún determinismo social adverso; el impetuoso semeja al impulsado por subjetivismos soñadores. El exitoso se mueve en el justo medio entre un determinismo bien analizado (reconociendo fortalezas y debilidades) y su voluntad atenta al logro práctico (el pragmatismo bien entendido). De manera retrospectiva, Lázaro Cárdenas resultó la mezcla casi perfecta entre respeto a un entorno por determinismo socio-político (dificultades de facciones, jerarquía de gobierno, problema agrario, descontento social) y decisión oportuna para cambiar circunstancias (pragmatismo del reformador social). El balance del siglo XX mexicano lo convierte en el Presidente que logró una mayor transformación en sus seis años de gobierno, colocando la plataforma de la modernización del país y el legado de un periodo pacífico y próspero. No es casual que ese personaje fuese un masón comprometido y activo en el estudio de las herramientas simbólicas de la transformación, porque mostró un enorme dominio práctico de la confluencia entre evaluación real de situaciones superiores a sus fuerzas (determinismo) y las facultades potenciadas que obtenía al ser colocado en la presidencia, con la oportunidad de empujar una serie de reformas (agrarias, laborales, nacionalizadoras, legales, educativas, etc.) que ha quedado plasmadas como progresistas (con un signo indudable de avance), y han resistido el juicio de la historia y hasta los reclamos de los grupos afectados.

Los cuatro elementos para el cambio ante el liderazgo social
Arriba indiqué que los cuatro elementos básicos del cambio son: injusticia, crisis, voluntad e ideal. Ese cuadrante suele manifestarse de distintas formas conforme la ideología social sea distinta. Para el joven Rey Sol esto surgió en la modalidad de una sedición aristocrática interna llamada la Fronda que tuvo dos episodios principales; eso implicaba una intolerable y riesgosa desobediencia de sus “pares” aristócratas, ante lo cual su gobierno implicó un esfuerzo constante para someterlos, cooptarlos y neutralizarlos mediante medidas tan variadas que incluyeron el reforzamiento del Estado, empleo de ministros burgueses (no a los nobles), integración de aristócratas en las Cortes, el famoso fasto de las Cortes de Versalles, leyes que restringían prerrogativas a los nobles, etc. La paradoja y trascendencia históricas consiste en que al reforzar su gobierno personal (“el Estado soy yo”), la obra del monarca fue ilustrada y consolidó el perfil de Francia, lo cual permaneció como plataforma y fue una obra constructiva para el país. Las supuestas palabras finales del rey Luis XIV merecen un comentario respecto de la cuestión nacional, pues se le atribuye que dijo en su lecho de muerte “Yo me marcho, Francia permanece”, sin embargo, esta versión resulta dudosa en la biografía de Hatton, quien indica “según parece”[17]. La crisis surgió en los mismos episodios de la Fronda, sin embargo, quedó resuelta con la intervención del entorno (reina, Mazarino), así que su periodo de gobierno fue preventivo. Las muchas guerras y conflictos dinásticos en que participó no llegaron al extremo de la crisis, por más que la Europa cristiana estuviera alarmada por el avance otomano hasta las puertas de Viena, ante lo cual él fue hasta cómplice. El monarca manifiesta una voluntad de sobrevivencia y grandeza, que por resultado engrandece a su reino, lo cual no implica ser incluyente, ni siquiera felicidad para su círculo cercano. Según se evidencia, el ideal monárquico resulta el más problemático por ser el proyecto más exclusivo de poder personal, pero que resulta moderado por una buena educación, que según la reseña histórica este personaje sí la obtuvo de manera esmerada, preparándose desde la infancia para ser un “buen gobernante” según los estándares de la época y esto se confirma con la brillantez del resultado.
Lenin sintió en carne de infancia la injusticia social, en especial cuando se entera que su admirado hermano mayor era condenado a muerte por conspiración contra el zar Alejandro; el hecho marcó su peculiar actitud aguerrida y determinación para revolucionar a su país[18]. El imperio zarista, a los ojos de la mayoría, parecía una maquinaria indestructible, pero las condiciones de opresión y miseria resultaban extremas, por lo que episódicamente surgían sublevaciones que eran reprimidas cruelmente. El joven Lenin se convirtió en un conspirador proscrito, que sufrió encarcelamientos y exilios, y, en condiciones de lucha rigurosísimas, desarrolló sus teorías y prácticas para formar un partido bolchevique conspirativo y militante, expresión de una voluntad colectiva, capaz de desafiar al zarismo. La coyuntura de la Primera Guerra Mundial generó el marco de una crisis catastrófica que el Lenin maduro supo aprovechar a la perfección una revolución sin una brújula definida y convertirla en la primera revolución socialista triunfante, inspirada por ideas marxistas. Su liderazgo resultó incuestionable en el partido y luego en la nación, pero la enfermedad y muerte prematura en los primeros años del proceso revolucionario, lo convirtieron en un ídolo y casi leyenda de los revolucionarios. Las ideas igualitarias de sus propuestas eran diáfanas y la honestidad de su liderazgo, evidente.
El juicio de la historia sobre Lenin cuestiona el fondo de sus ideas deterministas ilusas, según las cuales el proletariado liberado de la influencia burguesa funcionaría cual clase autónoma capaz de dirigir una sociedad con justicia e igualdad. La práctica post-revolucionaria ha mostrado un modelo por completo diferente, donde la masa de proletariado (en especial, el marxismo encerraba grandes esperanzas sobre el productor manual industrial[19]) se mantenía a nivel de masa pasiva y se levantaba sobre ella un Estado autoritaria, sometido a una jerarquía total, pues el control centralizado de la producción implicaba el control social total. El resultado no es justicia sino una expropiación general a favor del Estado, donde el igualitarismo original de Lenin se vuelve una ficción jurídica, sometida a una ideología de Estado y una práctica persecutoria, es decir, la antípoda a lo pretendido por él.

Geometrías políticas
De los personajes reseñados, sin duda el extremo de la derecha conservadora corresponde al monarca Luis XIV de Francia, quien favoreció un centralismo administrativo, reforzó los privilegios aristocráticos y monárquicos, sin interesarse por el tema de la justicia social ni de las libertades en términos más modernos. Sus éxitos prácticos engrandecieron a su país y dieron pie al desarrollo manufacturero que creó las condiciones de la inquietud por libertades y, por tanto, un siglo después a la Revolución Francesa. El entramado de sus reformas le dio solidez al Estado asentado en París y sus reformas también dieron un sustrato a la formación de Francia.
El extremo izquierdo de estos personajes, por supuesto, corresponde a Trotsky (y Lenin cuya distinción es por circunstancias de destino personal, más que por enfoque teórico que fue compartido[20]), quien tuvo más tiempo para analizar el destino del periodo post-revolucionario. En hipótesis audaces, para Trotsky la garantía de un sistema social justo, radicaba tanto en la hipotética naturaleza superior de la clase proletaria, la hipótesis de una sociedad socialista superior y  una “revolución permanente”. De todas estas tesis, la posteridad ha quedado más sorprendida por esta última consigna ¿qué es una revolución permanente? Resulta difícil explicar tal figura por un evento definido, sino por la trascendencia del evento. Para el materialismo marxista el referente de la ética es la sociedad, pues cualquier evento humano es fruto social (su época y circunstancias basadas en condiciones de producción) por tanto una aspiración ética a una situación social justa, se remite a las condiciones sociales; aunque la idea de justicia, se acepta como una aspiración igualitaria casi intuitiva (el ideal de producción socialista sería: a cada quien según su capacidad, de cada quién según su necesidad[21]). Entonces, en el enfoque de la revolución permanente (la noción de revolución social radicalizada), después del evento de ruptura con el orden capitalista continúa un revolucionar perpetuo, pues las fuerzas productivas estarían más aceleradas que nunca[22]. Hasta donde hemos visto, esa aceleración fracasó con los regímenes autoritarios emanados de la revolución, al contrario, el modelo más acelerado tecnológico lo tenemos en este capitalismo tan evidentemente injusto. La práctica de la URSS de Stalin, le mostró el error de cálculo a Trotsky sin que lograra verlo redondo: la estatización somete a toda la población, creando un “proletariado” global, una figura de sometimiento injusto, tan ajena a la sensibilidad original de la izquierda; lo cual conlleva hacia una esquizofrenia de conceptos[23].
El centro del espectro político lo ocupan Cárdenas y Martí. El cubano, por su situación, manifiesta más la vocación de libertad y la crítica romántica a la opresión, plena de sensibilidad y estilo, con la disposición al extremo del sacrificio. Lázaro Cárdenas muestra a plenitud al político pragmático que no deja abandonado sus herramientas ni sus ideales de una sociedad mejor. Las circunstancias lo llevan a conocer los rigores de la existencia militar durante la terminación del periodo revolucionario mexicano. Encuentra la situación para cumplir el programa social de la Revolución Mexicana mediante reparto agraria y mejoras laborales (seguridad social, pensiones, etc.), además de actor nacionalista, mediante la expropiación petrolera y otras medidas defensoras de los recursos nacionales; además de otorgar asilo a los refugiados españoles y perseguidos del fascismo. En términos generales, Cárdenas se mantuvo dentro de cauces legales y con respeto a libertades sociales básicas; se ha cuestionado su tendencia a la organización semi-corporativista, integrando a las masas obreras y campesinas dentro del partido dominante que casi se volvió partido de Estado; también limitó los poderes autónomos del Estado y restringió el federalismo sometiendo a los gobiernos locales[24]. Esa enorme obra política práctica, Cárdenas no la hace en base a una teoría social preconcebida, sino buscando rescatar lo mejor del capitalismo y socialismo. Debido a que no sigue por un camino doctrinario para los conservadores  él era un comunista y para la izquierda él era un liberal populista.

Complejidad nacional frente a las buenas intenciones
Las intenciones de los líderes nacionales se pueden convertir en un veneno que intoxica su propia obra; tal es el caso de los excelsos líderes del socialismo real, ejemplificados por Lenin y Trotsky. Las sociedades (en este caso naciones, significa casi lo mismo) son entidades complejas, para las cuales imponerles un ideal simplista representa una evento tóxico, pues lo importante y positivo de levantar un ideal, también incluye el correo el objetivo y hasta facilitar enormes contragolpes (al individuo o a la sociedad). El triunfador Lenin fue abatido por el tiempo, sin oportunidad, para completar su obra en el sentido de perfeccionarlo personalmente, continuado los ajustes; sin embargo, la experiencia posterior y su repetición, nos muestra el vicio estalinista (que al repetirse, ya no es la obra de un mal líder Stalin, ni de una casualidad de atraso, sino efecto del modelo Estado-amo, que oscila entre la oligarquía y la “timocracia” que siempre fracasa) que es encubierto por la intención de “acelerar la felicidad”[25]. Esto implica que el modelo de fondo de organización fraternal centralizada, se vuelve en su contrario, pues el amo-Estado subyuga centralizadamente al proletariado, y la liberación buscada se convierte en opresión general. Sintetizando en una línea de explicación, la totalidad compleja no se logra controlar bajo los planes del líder inspirado y estudioso, que era Lenin, para desbordarse; por tanto la ambición de modelo organizador, se frustra en su ambición misma de moldear a toda la sociedad. La escasez de espacios libres de la iniciativa, la falta de libertades fundamentales garantizadas, hace que el modelo sea tan rígido que se vuelva opresivo. Lenin no se contenta con las líneas del plano y pretende una remodelación más revolucionaria, por tanto sin bases firmes para su desarrollo[26]; su salto de etapas (sin periodo burgués maduro según Marx) se convierte en salto en el vacío, que es atrapado por el Estado burocrático y su élite (una casta privilegiada que es por entero contraria a la igualdad preconizada por la teoría marxista leninista).
El otro lado de la complejidad desbordándose, se llama “la revolución devorando a sus hijos”. La superación del periodo convulsivo de las revoluciones, con facilidad exige destruir a los líderes, para centralizar el mando (casi siempre, periodo contrarrevolucionario o de estabilización), de tal modo que la fracción burocrática triunfante de la URSS, persiguió y asesinó a todos los líderes revolucionarios, con las contadas excepciones de quien murió pronto (Lenin) y quien triunfó por sobre todas las cabezas (Stalin). Por tanto, para la eficacia constructiva se debe también medir las fuerzas y no convertir las herramientas constructivas, en desvaríos contrarios al curso real de la historia.

Efectos en la edificación nacional
En la Francia de Luis XIV, el reforzamiento del Estado y sus instituciones educativas y culturales, con el paso del tiempo dio pie a una nación vigorosa y con grandes contribuciones en el ámbito europeo. Pero su Estado autoritario debía ser barrido de raíz por obligación, el Estado unipersonal resultaría obsoleto ante la modernización de las naciones. El contexto de la Revolución Francesa y los eventos de Napoleón cambiaron por entero la herencia monárquica que el Rey Sol, lo cual implicó subvertir todo el contenido aristocrático de su legado, cambió lo esencial de su proyecto monárquico y reconfiguró para crear una nación moderna. En retrospectiva, al monarca exitoso se le interpreta como formador del país, cuando ese efecto resulta casual respecto de su proyecto. La verdadera edificación de la Francia moderna empezó al trastocar ese legado, con el impulso de las tesis de libertades e igualdad política emanadas de la Revolución.
En la URSS, sobre la Rusia zarista (imperio multinacional sometido a la primacía del centro Ruso) se intentó forjar un sistema supra-nacional bajo la ideología comunista; que tuvo un impulso integrador de la población, con mejoras económicas, unificación educativa y cultural acelerada, a lo cual se agregó un tinte nacionalista fuerte con la Guerra Mundial y el periodo llamado de la Guerra Fría[27]. Con la caída del muro y el deshielo, el sistema multinacional interior estalló, en ese sentido, fracasó el proyecto de la URSS  y el Estado recurrió a un perfil de nación más precisa, basado en criterios tradicionales étnicos y lingüísticos así como al “mínimo democrático” en la organización del poder. La nueva Rusia avanza a tientas en su reconstrucción y la edificación de sus proyectos, todavía no termina su balance ante el pasado revolucionario, pues la continuidad y ruptura a nivel de identidades nacionales están en proceso.
En México, la obra de reforma social de Cárdenas se mantuvo como referente y fue el modelo de integración nacional durante el resto del siglo XX. Sin duda, en el contexto de un capitalismo atrasado, los logros de justicia agraria y laboral, quedaron relativizados con el empobrecimiento de la población y generación de nuevas contradicciones sociales. La operación del sistema capitalista y la mala gestión de gobiernos posteriores agudizaron el problema de la desigualdad; la falta de un sistema de contrapesos políticos y económicos provocó autoritarismo en el periodo posterior. No fue casual, que la disidencia de Cuauhtémoc Cárdenas —el hijo del general Lázaro Cárdenas del Río— empujara hacia el cambio del sistema político tradicional en México. A partir de 1994, el periodo de los grandes Tratados Comerciales nos obliga a reflexionar acerca del efecto del sistema económico mundial trasnacional sobre el perfil de las naciones; sin embargo, esa gran obra social marcó definitivamente al México en el siglo XX y no ha sido superada por los procesos del siglo XXI. Si, por último, comparamos esas obras de la pragmática política, sin duda la acción de Lázaro Cárdenas presenta actos y resultados más próximos a un balance contenidos en la triple consigna “Libertad, igualdad y fraternidad”.  

NOTAS:




[1] El estructuralismo y post, a su manera, han dominado las modas intelectuales de la sociología desde la mitad del siglo XX, desplazando al marxismo en la academia. Es verdad, que gran parte del interrogante social se está desarrollando sobre las correlaciones ocultas y los diseños que se encuentran en la trama social, aplicándose concepto provenientes de campos afines como la economía, psicología o lingüística. Cf. ANDERSON, Perry, Tras las huellas del materialismo histórico.
[2] WALLERSTEIN, Emmanuel, Después del liberalismo. Sus burdos errores de predicción sobre cada futuro próximo resultan hasta cómicos, pero son errores nodales en un autor que pretende fundar su teoría en una capacidad de proyección y acierto sobre los largos plazos del sistema capitalista. De su análisis desequilibrado solamente queda en pie la bienintencionada crítica sobre abusos del sistema.
[3] “Sub-subjetivista” es una ironía para señalar varias teorizaciones que se deshacen de la subjetividad (a cambio de las estructuras o de algún misterio crítico), incluso en sus versiones más extremas como “la desaparición del hombre” del primer Foucault en Las palabras y las cosas.
[4] THOMPSON, Keneth, Augusto Comte, México, Ed. FCE.
[5] En su origen el neoliberalismo es una tensión hacia el extremo del liberalismo económico, bien fundado por Adam Smith; por tanto, una exageración que trae su mixtificación.
[6] HATTON, Ragnhild, Luis XIV, Ed. Bruguera. La información disponible indica que este monarca no se debe contar entre la aristocracia que se interesó por esa nueva organización y la amparó como sucedió con muchos monarcas ingleses y prusianos.  
[7] Esta identificación entre masonería y el ideario liberal no sucedió de inmediato, fue un proceso, en el cual las revoluciones norteamericana y francesa, fueron eventos clave en su cristalización. Cf. MARTIN ALBO, Miguel, Historia de la masonería
[8] ROUSSEAU, J.J. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.
[9] Existe una amplia bibliografía de León Trotsky al respecto: La internacional comunista después de Lenin, La revolución permanente, Stalin biografía política y La revolución traicionada. Claro que propone en contra de Stalin, pero carece de los medios, luego es perseguido y asesinado.
[10] SILVA HERZOG, Jesús, El agrarismo mexicano y la reforma agraria, Ed. FCE.
[11] CORDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
[12] El fracaso evidente de la agricultura de autosubsistencia y la crisis posterior del modelo ejidal no debe opacar el hecho de su comienzo extraordinario, que fue la base para la edificación del país y el restablecimiento de la paz social por el largo resto del siglo XX. En especial, la estadística agrícola señala un éxito productivo hasta 1965 y después una crisis del campo mexicano.  Cf. HANSEN, Roger, La política del desarrollo mexicano.
[13] VALDÉS MARTÍN, Carlos, “Líderes en la edificación de la nación”, El poder de la masonería en México.
[14] El enorme estudio sobre ese periodo es El Estado Absolutista de Perry Anderson.
[15] LENIN, Iván I. Obras escogidas en tres tomos; o de modo más especializado Entre dos revoluciones.
[16] Quizá la mejor defensa y estudio sobre la decisión individual está en La crítica de la razón dialéctica de Sartre.
[17] HATTON, R. op. cit., p. 190.
[18] TROTSKY, León, El joven Lenin.
[19] Un tema interesante, que es discutido por Lenin, por ejemplo en ¿Qué hacer?, Un paso adelante, dos pasos atrás y El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo. El tema siguió siendo relevante para el marxismo hasta la debacle de las grandes instalaciones industriales tradicionales desde mediados del siglo XX, véase a Alvin Toffler, La Tercera ola y El cambio del poder.
[20] En verdad, la izquierda es sutil en distinciones y existen quienes se reclaman herederos de tal tradición personal u otra, pero al lector esa diferencia le resultaría desmedida.
[21] Famosa fórmula de Marx, proveniente de “Crítica al Programa de Gotha”.
[22] Para el marxismo, el capitalismo tiene atoradas las fuerzas productivas y una revolución socialista las liberaría y aceleraría al extremo. Véase, León TROTSKY, La revolución permanente.
[23] MARCUSE, Herbet, El marxismo  soviético., autor que critica el modelo bajo un paralelo al industrialismo capitalista, bajo una modalidad de moral represiva.

[24] CÓRDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
[25] Una simpática ironía sobre la buena intención fracasada de acelerar la felicidad de todos está en el último cuento de la Ciberiada de Stanislaw Lem.
[26] Esta discusión sobre la madurez de Rusia para la revolución socialista fue el meollo de la discusión entre el centro marxista y los bolcheviques de Lenin en el periodo previo a 1917. Curiosamente, el tema estaba prefigurado desde Marx en su correspondencia con Danielson, un narodniki ruso que tradujo El capital.
[27] De hecho, la confluencia y contradicción entre el nacionalismo ruso y el internacionalismo proletario controlado desde Moscú merece un estudio detallado; mientras la ideología oficial mantuvo una forma no nacional (un discurso, incluso anti nacional), su contenido se desvió hacia la “defensa de la patria socialista”, una variante del nacionalismo, incluso burda. Por ejemplo, CLAUDÍN, Fernando, La crisis del movimiento comunista, indica que bajo la dirección de Stalin la Internacional Comunista, aunque el riesgo de ese camino estaba presente desde un principio: “Encerró los intereses del proletariado internacional en el cuadro de las cuestiones rusas.” p. 4.

sábado, 5 de octubre de 2013

LO QUE TODOS DEBEN SABER SOBRE LA REPRESIÓN


Por Carlos Valdés Martín
El revolucionario Víctor Serge escribió un breve volumen sobre Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión.  ¿Solamente los revolucionarios deben saberlo? No, pues es un tema que ocupa a cualquiera. El belga Serge se comprometió con la causa revolucionaria en los años rudos y crudos del inicio del siglo XX, bajo la causa marxista y bolchevique. En los años mozos muchos lo leímos buscando fórmulas prácticas para defenderse de perseguidores y escapar del acoso represivo. Lo escrito no es un manual de cocina contra la represión, aunque algunos lo estimaron así y junta las recomendaciones prácticas con una reflexión de más alcance.

Las fuentes de la policía política
Se encuentra material interesante y verídico, en especial, la retroalimentación con los informes de la temida Ojrana, el nombre de la policía política del Zar ruso. Leer con detenimiento informes de laa policía secreta es tentador, cualquiera siente curiosidad por las vilezas de una organización con facultades ilimitadas y facilidades para cometer cualquier villanía: perseguir, torturar, espiar, falsificar o robar. La vitrina transparente sobre la temida Ojrana resulta interesante y permite lecciones sobre la mecánica y enfoque de la persecución. Dentro de las vilezas descubiertas en esa policía zarista está la presencia de los agentes dobles, los entonces llamados agentes “provocadores”. Ellos fueron el equivalente de los espías, pero con una perversa tendencia a inflar e inflamar a las organizaciones revolucionarias (o simplemente oposicionistas), para promover que cometieran acciones más arriesgadas y hasta belicosas. El tema es harto interesante y nos habla de la psicología oculta desde el poder ¿engendrar a sus propios oposicionistas mediante agentes provocadores? ¿controlar al enemigo mediante una intriga de títeres infiltrados entre el enemigo? Cabría suponer a un gobernante absolutista ansioso por controlar todo, de tal modo coloca a sus propios provocadores para incendiar la pradera de la protesta y luego aplastarla. El caso es extraño, pero existen testimonios y los bolcheviques juraban que los archivos extraídos a la Ojrana eran verídicos, incluso sirvieron para hacer juicios y desmantelar a la policía derrotada.

Paranoia y psicología del provocador
Hasta donde conozco, esa operación de agente provocador se ha repetido en otras latitudes y situaciones. De vez en vez, surgen reportes de esos agentes dobles que servirían de correa de transmisión desde el Poder hacia las entrañas de la oposición. En el extremo esa idea del provocador es paranoica y parte de las más burdas teorías de la conspiración: el provocador haría creer que la oposición jamás es real, sino una maniobra desde el poder. El tema encaja perfecto con la visión paranoica para la cual todo es conspiración que enreda sus hilos en una sola mano poderosa. Sin embargo, el paranoico está equivocado de antemano, porque él muestra el mapa del ego al cual conducen todos los hilos. Imaginar al Estado como la mente de un paranoico es un error teórico y una ingenuidad…
La noción del provocador es la de un títere extremo. Mientras el espía es imaginado desde la autonomía del individuo aislado donde su entorno es el enemigo natural y su fidelidad a un espacio distinto resulta explicable; en cambio, el provocador es un títere extremo sin dosis de convicción moral ni de dignidad, siendo la máquina del engaño y sometida a un poder externo sin corazón. En ese sentido, la palabra “agente” adquiere el sentido extremo de cosa que sirve maquinalmente a una potencia extraña; entonces el provocador es el agente por excelencia, sirviendo como mera representación simulada. Además la revisión de expediente le otorga a la actuación del provocador un tinte patético que linda en la escoria humana caricaturizada por la gran literatura rusa[1].
Por si fuera poco, la recluta de la provocación no es un evento aislado, sino toda una rama de la “burocracia” policiaca. En el punto máximo, Serge estima entre 30 y 40 mil provocadores reclutados por la policía política. De modo breve, estima dos tipos de reclutas por el perfil psicológico: 1) el cobarde que cae en las redes de la persecución y por chantaje/amenaza cede a convertirse en servidor del Estado represor y 2) el aventurero que pierde principios (o nunca los tuvo) y se enrola en la emoción aventurera de servir al enemigo simulando ser el héroe de la causa revolucionaria[2].

El acosado pero triunfador
El contexto general del periodo zarista y de guerras (y posguerras) es de acoso por parte de un Estado represor. Si el provocador representa una mentalidad paranoica, la situación de la dictadura y la guerra expresa la encarnación de ese miedo universal. La situación del revolucionario bajo la dictadura expresa el temor perpetuo y no superficial, entonces la posibilidad de ser encarcelado y golpeado es presente e intensa.
Sin embargo, esta situación de peligro es compensada con una presunción de triunfo. Serge escribe su libro en el contexto de triunfo de la Revolución Rusa. Cierto ambiente de euforia y hasta candoroso satura el texto. De varias maneras, es un texto de triunfadores que dicen: “sí, hemos sufrido persecución, pero somos los ganadores, al final cualquier penalidad obtiene recompensa…” El resultado es un apasionante drama de lucha y victoria: representación modernista del “melodrama realista”[3] y del arquetipo del héroe mítico, donde el chico ordinario se convierte en héroe bajo las circunstancias más adversas[4]. El componente más esencial de ese “melodrama” es que debe contener los tonos de realidad plena, pues el “mundo entero conspira” para dar ese resultado estableciendo una “época revolucionaria”[5].
Lo que nadie le explicó a Víctor Serge fue que regresaría el “mal pleno” desde su propio campo, pues él fue perseguido y asediado por los triunfadores encumbrados, cuando la Ojrana se convirtió en Checka (GPU y KGB) la policía política del estalinismo, y cuando el zar de “todas las Rusias” se convirtió en Stalin (bajo el culto a la personalidad del Padre de los Pueblos)[6] la continuidad de lo ominoso devoró al principio de esperanza.

El factor de persecución
De modo claro y con los ejemplos evidentes de lo sucedido, Serge expone las actividades de la policía política rusa, cuando seguía y clasificaba a los inconformes de Rusia, bajo los términos del “Gabinete Negro”. Expone la enormidad y oprobio de la persecución, cuando la policía secreta sigue y acorrala sin piedad a cualquier opositor, primero de modo velado y luego de modo abierto. ¿Existía entre finales del siglo XIX y principios del XX la posibilidad de pasar por completo desapercibido a los ojos de la policía secreta? Me parece que la respuesta de Serge no resulta tan tajante. Este revolucionario no maneja un romanticismo de la clandestinidad para suponer que los clandestinos sí son capaces de esconderse ante el poder y que los públicos caerán; más bien sigue el complejo recetario de Lenin (el triunfador por excelencia): mezcla de discreción clandestina revolucionaria y trabajo público, bajo una férrea disciplina de la organización[7]. La respuesta revolucionaria es que la protección proviene más de la estructura revolucionaria misma y de la clase ascendente proletaria, la cual se complementa con una suficiente precaución. Serge no hace culto de la conspiración, pues los métodos de clandestinaje extremo son miel para un aparato represor, que se lanzará sobre ese dulce, por ejemplo, si los textos de comunicaciones internas de un grupo revolucionario son cifrados, la policía política se esforzará en descifrarlos. De acuerdo a la experiencia Serge estima que la Ojrana siempre pudo descifrar los textos encriptados, por tanto encriptar textos es una precaución casi inútil, nos dice: “Pero ¿y si los revolucionarios utilizaban claves en sus cartas? Entonces la Ojrana le encargaba a un investigador genial que descifrara el mensaje. Y se me certifica que jamás falló…”[8]
En resumen, Serge indica que no existe un antídoto perfecto para evitar la persecución, sin embargo, cree (con fe ingenua surgida en su contexto) que el movimiento comunista es imbatible.
Una nota de alerta interesante es el salto desde los gobiernos democráticos hacia las medidas dictatoriales de modo súbito. Con la llegada de la Primera Guerra Mundial todos los Estados involucrados tomaron medidas extremas y abatieron libertades que parecían sólidas;  para Serge lo regímenes representaban dictaduras militares con pocas excepciones y, para él eso eran: excepciones [9]a la regla. Ese argumento resultó fuerte en el ambiente revolucionario, cualquiera que está moviéndose en un sistema legal, puede terminar declarado ilegal por sus pretensiones revolucionarias. Esa alerta no deja de ser preocupante. ¿Regresará la barbarie? De cualquier modo, las recomendaciones de los viejos opositores resultan interesantes para cualquiera involucrado en actividades políticas[10].

El factor de triunfo, el sabor de la victoria
El texto inicia con una frase dedicada a la victoria: “La victoria de la revolución en Rusia puso en manos de…” Repite el término varias veces y el enfoque completo está bañado por esa iluminación de entusiasmo, cuando un bando se siente ganador, tras muchas penalidades. Debo insistir en este punto pues también Serge repite y termina indicando un último párrafo: “Aquellos que lo vieron saben que la revolución es invencible aun antes de vencer.”[11] Ese entusiasmo sobre el triunfo como argumento definitivo fue común a la versión leninista del marxismo y del periodo posterior, aunque no tan característica de los fundadores[12].
No es el estilo de un entusiasmo fácil o simplista, sino del combatiente convertido en ganador, efecto de la justa retribución y casi “justicia poética”[13]. Esa corroboración práctica en la fecha de publicación parece evidente y unos años después se revela ilusoria. Y la convicción humana requiere de la retroalimentación práctica, con lo cual según un elogio marxista, se convierte en sublime “praxis”[14]. En el momento del triunfo cualquier sacrificio y dificultad del camino se desvanece en la mente del ganador; en ese sentido, el escalador y el revolucionario comparten una emoción sintética, para la cual la ruta se desvanece en la cumbre. En parte, ese enfoque se basa en los procesos generales (cualquier proceso de producción se sintetiza en su producto, muere el proceso previo en las arenas del tiempo y pervive el producto en el presente). Aun así, esta obra no es resultado de una persona son conciencia, al contrario, en el texto saltan las chispas de crítica sin que se conviertan en las señales de alerta, sobre el futuro. Es evidente que “al calor de la victoria” sería vano entristecerse con dudas y sombras sobre el difícil camino, ni sobre lo que vendrá. Con doble razón, la retrospectiva debe alertar a los ganadores sobre el “mareo de la soberbia” que se repite en la historia, pues resulta fácil sobrestimar los triunfos propios en el momento de la victoria.

Cuando escribe Serge se imagina colocado entre la multitud victoriosa de proletarios, agrupados con firme unión desafiando al capitalismo destructivo. Esa sensación de marea ascendente parece justificar hasta lo injustificable como se señala adelante. Unos años después él es un exiliado, escapando con dificultad del terror estalinista, que es el eco de esa marea de lodo que Serge ver sin mirar, que anota sin alcanzar a entender su extensión ominosa. La curva de su existencia trágica semeja a la de Trotsky —el ejemplo más cimero, del líder clave de la Revolución Rusa, quien termina asesinado en el exilio— y también me recuerda la situación de Walter Benjamin. El intelectual alemán, en la euforia de la oleada de descontento proletario alemán, escribe su aclamado Para una crítica de la violencia, y, aunque el texto es rebuscado, deja lugar para la justificación de la violencia fundadora cuando proviene de una causa justa, en especial por la rebeldía proletaria. 

Consejos prácticos al militante
Serge recomienda mantenerse alertas respecto del seguimiento físico, dando rodeos al destino, “mirando sobre el hombro”, cambiar las rutas y mantener cuidados elementales, aunque debe evitarse “la manía de ver un soplón a todo el que pasa”[15]. Aunque con la vigilancia tecnológica esta parte resulta casi obsoleta.
También recomienda encarecidamente evitar las notas inútiles. Si no se va a anotar debe reforzarse  la memoria. Las notas deben contar con enmascaramiento sencillo, como indicar generalidades o alteraciones del sentido literal, por ejemplo, usando iniciales o referencias indirectas. Recomienda de modo directo el evitar las precisiones en las cartas sobre la actividad, evitando con cuidado referencias de tiempo, persona, modo y lugar[16].
Exige desconfiar de los teléfonos y estudiar bien los sitios de cita, advirtiendo los puntos discretos y rutas de fuga.
Respecto de la actividad militante recomienda no saber de más, evitar dar o recibir información que no se deba: en fin, recomienda un silencio prudente en la actividad política.
A los detenidos les recomienda evitar declaraciones, lo menos posible se habla y se exige la presencia de un abogado defensor. Evitar impresionarse por la suposición de que lo “sabemos ya”. En caso de juicio, recomienda no intentar restablecer la verdad de los hechos, pues ese puede ser un hilo de la persecución; al revolucionario debe bastarle su “verdad histórica”. En esa coyuntura el detenido debe ser más bien un propagandista que alguien interesado en probar tal o cual inocencia reconstruyendo los hechos.

Patética defensa de la represión revolucionaria
No es que el texto sea patético, sino que la evidencia histórica posterior así lo planteó. El texto termina en los “alegres años veinte” del siglo XX, ante de captar la ominosa situación del ascenso de Stalin. En descargo moral de Serge se debe indicar que no había descubierto el triunfo de ese lado oscuro dentro del bando revolucionario cuando escribió una larga justificación sobre la “represión revolucionaria”. El tema es más significativo cuando se debe reconocer que Serge no perteneció a la estirpe sanguinaria ni de adaptación al poder burocrático y dictatorial, con los años él sería un perseguido de Stalin, y debió morir exiliado y miserable en México en el año 1947.  
Hecha la aclaración, Serge justifica la represión revolucionaria a modo del mal menor (o el fin justifica los medios[17]). Dice contundente: “La Cheka es tan necesaria como el Ejército Rojo o como el Comisariado de Avituallamiento”[18] Reitera, recalca e insiste que resulta indispensable un ingrediente de persecución y represión en un régimen revolucionario, pues está rodeado de enemigos y amenazado militarmente y saboteado. Este intenta que sea una evidencia mayúscula “No negaremos que el terror es terrible. Amenazada de muerte, la revolución proletaria lo utilizó en Rusia durante tres años, de 1918 a 1921.”[19] En algunos pasajes hasta parece un apologista del mal cuando desdeña los procesos judiciales y las pruebas, cuando se trata de defender al régimen bolchevique y exonerar a los revolucionarios franceses del llamado Terror[20].  
En ese contexto, Serge procura trivializar la extensión de la violencia como el ambiente de siglos de dominación burguesa, para exponer que no resulta imaginable escapar de eso sin otra dosis de “violencia revolucionaria”. Algunos de sus pasajes, vistos a la distancia, incluso resultan grotescos[21].   Bajo el entusiasmo y la retórica de justificar todo lo que proviene del Estado revolucionario, Serge se mantiene como un espíritu noble que intenta establecer diferencias y contener el mal. Su argumento crucial es que la “terapia” del Estado socialista va contra las causas y no contra los efecto del mal, en ese sentido sería una terapia dolorosa curando los males milenarios de la humanidad. El buen Serge se equivocó de modo completo: se encontró con otra vuelta de tuerca cuando creyó en una solución final. Se plantea como un apologista ingenuo del Estado, cuando sus orígenes ideológicos son de “anarquista” convertido en marxista leninista. Señala: "El Estado soviético, al concentrarse sobre las causas del mal, tiene evidentemente menos necesidad de la represión. Mientras más se desarrolle, más su acción económica será eficaz, concertada, previsora, y menos necesidad tendrá de la represión, hasta el día en que una inteligente gestión de la producción suprima, con la prosperidad, males sociales tales como la criminalidad, cuyo contagio se esfuerza en aminorar por medio de la coercion...”[22] Un argumento así lo firmaría cualquier Stalin y sus comisarios represores, ahí está la ilusión de una dictadura solamente pintada. Claro, que Serge en ese momento no lo podía saber a ciencia cierta.

Una débil barrera ante la marea represora
Anotemos en descargo del autor, sí tiene conciencia y reconoce como lamentándose de los exceso en la “justicia revolucionaria” después del 1917 ruso. Dice: Repitámoslo: el terror es terrible. (…)la Cheka de la Revolución Rusa juzgaba irrecusable, implacablemente a sus enemigos de clase; (…)Se trataba más bien de golpear una clase a través de sus hombres que de sopesar hechos concretos. La justicia de clase no se detiene en el examen de casos individuales sino en los períodos de calma. Los errores, los abusos, los excesos nos parecen funestos sobre todo frente a los sectores sociales que el proletariado debe tratar de agrupar: campesinado medio, capas inferiores de las clases medias, intelectuales sin fortuna; de igual manera con respecto a los disidentes de la revolución”[23] En el contexto de la pos-revolución rusa, Serge lamenta los excesos y los justifica, no encuentra otra solución que la aplicación del terror rojo contra el terror blanco. Explica que se deben tomar precauciones, por ejemplo, colocar a los hombres más escrupulosos en esa tarea infame, Para la represión revolucionaria no queda -y es una causa de errores y de abusos- más que un personal subalterno bajo la jefatura de hombres que deben buscarse entre los más firmes y puros (lo cual hizo la dictadura del proletariado en Rusia -Djerjinsky- y en Polonia -Otto Corvin). Los asuntos de la defensa interior de una revolución son los más delicados, los más difíciles, los más dolorosos y a veces los más espantosos. Los mejores de entre los revolucionarios con elevada conciencia, espíritu escrupuloso y carácter firme se le deben consagrar.”[24] El marxismo que tanto se queja del idealismo del enfoque burgués, de pronto queda por completo atorado en eso mismo que ha combatido. Si nos preguntamos ¿basta colocar a una persona honorable para que una avalancha de lodo sea detenida? La respuesta la dio la misma historia: las medidas provisionales de represión se comieron al naciente Estado revolucionario hasta convertirlo en Estado burocrático y tiránico en contra del proletariado, porque la empresa entera de la Revolución de Octubre era fantasiosa y anti-materialista en el más puro sentido. Colocar como director de la policía política bolchevique a Djerjinsky no detendría el advenimiento de un régimen total policíaco, pues era el Estado quien se estaba apoderando de toda la operación económico-política, dejando al proletariado con vanas promesas de amor. De modo casi profético e inocente, Serge describe esta misma situación, cuando plantea su capítulo ¿cuándo es eficaz la represión? Muestra como patético al “cordón” de policías políticos de la Ojrana intentando salvar al Zar y detener la marejada de la Revolución. Ya sabemos que la Cheka no detuvo el problema, sino que se convirtió en parte del problema con la llegada de la dictadura de barniz rojo. En lo general, Serge plantea una fórmula casi neutral y razonable para el tema doloroso: “La represión es eficaz cuando complementa el efecto de medidas eficaces de política general.”[25] No por ser eficaz, resulta menos oprobiosa.
Imaginemos al cordón humano de buenos y abnegados revolucionarios sirviendo como contención ante una marea de lodo que ellos mismo han desatado, a la cabeza está el primer director de la Checka y a su lado abnegados revolucionarios; algunos no alcanzan a ver la inundación completa, el lodo sepultando a la Revolución Rusa. Los mejores murieron antes de que terminara la inundación o por causa de la misma, casi todo el Comité Central de la Revolución Rusa murió a manos del terror de Stalin. Y los cálculos sobre el terror indiscriminado de Stalin contra su pueblo rebasan la cifra de millones de muertos. Bajo las impresiones inmediatas de un experimento social colosal, no es sencillo utilizar la ventaja de la distancia ni tampoco está justificado el repetir los errores manifiestos. Victor Serge tuvo el vigor para oponerse al lodazal, mientras Stalin y sus esbirros se aprovechaban del esa marea. Serge murió en el exilio y la pobreza, haciendo balances de lo sucedido y literatura que denunciara el oprobio postrevolucionario del estalinismo.




 NOTAS:




[1] Notorio el caso de Julia alias la “Verdadera” esposa de un diputado oposicionista, que sirve a la policía política; cae en desgracia y suplica por subsidios; su caso es patético en los detalles de mujer desesperada y estafadora, caída en decadencia moral extrema y desamparada, que busca seguir siendo una provocadora hasta que se hunde en la niebla de la narración. Cf. SERGE, Víctor, op. cit., pp. 7-8.
[2] Como el caso más notable cita a un tal Malinovsky (no confundirlo con el famoso poeta) quien fue un jefe del partido, que al triunfar la revolución exige ser procesado por su negro pasado. Cf. SERGE, Víctor, op. cit., p 11.
[3] Por la polarización entre personajes malos y buenos con máxima tensión de emociones, no por la utilización de la música o argumentos simples.
[4] CAMPBELL, Joseph, El héroe de mil máscaras.
[5] De modo magistral, Georg Lukács muestra que el ingrediente esencial para el marxismo es que la época se defina como revolucionaria en actualidad. Cf. LUKáCS, Georg, Lenin: la coherencia de su pensamiento.
[6][6] TROTSKY, León, La internacional comunista después de Lenin.
[7] CF. LENIN, V.I. ¿Qué hacer? MANDEL, Ernest, Teoría leninista de la organización.
[8] SERGE, Víctor, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión. Además afirma que un famoso descifrador fue contratado por el nuevo régimen revolucionario. Con absoluta inocencia, el autor parece halagar ese “mantener” al personal y las viejas habilidades dentro del nuevo régimen.
[9] “No quedan en Europa más que los países escandinavos, Inglaterra, Francia y algunos pequeños países donde el movimiento obrero todavía goza del beneficio de la legalidad democrática” Serge, p. 28.
[10] Al activista Serge le recomienda “jamás ser ingenuo”.
[11] Se refiere en particular a una exposición sobre los archivos de la temida Ojrana expuestos en el Palacio de Invierno, pero la frase se aplica a la perspectiva entera de Serge en la página 25.
[12] Son conocidas las afirmaciones de Marx y Engels sobre lo lejos que estaba la revolución socialista de su presente, después de la oleada de revoluciones de 1848 o luego de la derrota de la Comuna de París. Cf. MARX, Karl, La guerra civil en Francia.
[13] Véase la interesante diferencia de enfoques entre esa facilidad del “ganador” y el esfuerzo del “combatiente, con quien el mismo Ortega y Gasset se identifica. Cf. La espala invertebrada.
[14] SÁNCHEZ VÁZQUEZ, Adolfo, Filosofía de la praxis. Con lo cual el “activismo” revolucionario adquiere el barniz de la sublime praxis revolucionaria, con la auto-evidencia de la realización cumbre. De nuevo, el tiempo mostró la debilidad de una evidencia —en el fondo— tan pragmática y con falta de crítica aunque no del todo acrítica.
[15] SERGE, Víctor, op. cit., p. 31.
[16] Serte, Víctor, op. cit., p. 32.
[17] Vale anotar que la aspiración de Serge es por un mundo sin Estado, esa parte de la ideología comunista le conmueve, pues él inicio como anarquista. “como marxistas, estamos contra todo Estado” p. 46. A modo de objeción, contra todo jesuitismo se debe anotar que para cosechar menos Estado no se debe sembrar el más grande de todos los Estados, uno que controla la economía y sociedad enteras. Cf. TROTSKY, León, Su moral y la nuestra. Cuando critica el principio de justificación por “fines”.
[18] Serge, Víctor, op. cit., p. 37.
[19] Serge, Víctor, op. cit., p. 37.
[20] Cita a Dantón durante el Terror: “¿Qué me importa ser llamado bebedor de sangre? Bebamos, si es necesario, la sangre de los enemigos de la humanidad?” Recordemos que luego Dantón fue guillotinado también por los líderes de la fracción revolucionaria. Serge, Víctor, op. cit., p. 37.
[21] “Frente a la ley proletaria, ser rico incluso dentro de los estrictos límites en que durante la NEP (siglas de Nueva Política Económica) se permitía el enriquecimiento es siempre una circunstancia agravante” p. 41. También anota el asesinato masivo de los policías y provocadores como si fuera una simple tarea de higiene urgente: “Los policías, un día de disturbios, huyeron entre el griterío de la muchedumbre; a los que se logró agarrar por el pescuezo se les zambulló, definitivamente en los canales de Petrogrado; en su mayoría los funcionarios de la Ojrana fueron fusilados. Todos los provocadores que se pudo identificar corrieron la misma suerte.” P. 25.
[22] Serge, Víctor, op. cit., p. 41.
[23] Serge, Víctor, op. cit., p. 43.
[24] Serge, Víctor, op. cit., p. 44.
[25] Serge, Víctor, op. cit., p. 45. Al final, otros cuestionan hasta cualquier resabio de “racionalismo” en el uso de la violencia, por ejemplo Fromm en El miedo a la libertad. Por mi parte, pregunto ¿no es la tarea del pensador pugnar por minimizar el uso de la violencia, acotar a los grupos o al Estado en el uso de la fuerza?