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miércoles, 22 de octubre de 2014

ALBAÑILES Y ARQUITECTOS DE NACIONES









Por Carlos Valdés Martín



La nación moderna exige y precisa de un diseño para su edificación y sobrevivencia; a diferencia de una simple agrupación de personas, la agregación de grandes masas y con estructura económica y cultural implica desafíos específicos. Comprender el tema del diseño nacional y la contribución activa de tantos líderes en su edificación no es tan simple y tampoco existe un consenso en este asunto.
Algunos sociólogos e historiadores consideran que los resultados humanos son una suma casual de circunstancias y condiciones, por lo cual las grandes sociedades representan una especie de colonias coralinas, donde un diseño simple se repite sin cesar hasta crear un conjunto armónico, por azar o por una mano providencial; en una versión, que podríamos llamar determinista social-natural. Otros teóricos, suponen un misterioso diseño de estructuras que dominan al inconsciente individual o colectivo, imponiendo estructuras y obligando a un statu quo que nadie pretende; en una versión de estructuralismo o pos-estructuralismo, donde la sinrazón domina y plasma diseños inopinados[1]. Por último, con más realismo muchos visionarios suponen la combinación entre condiciones naturales, sociales y circunstanciales que deben recibir la impronta del esfuerzo individual y colectivo para establecer la realidad social. La interpretación burda del marxismo ha sido un determinismo social que no ha producido frutos permanentes sino enardecidos experimentos sociales, donde el Estado tiránico ha devorado las intenciones de los pueblos y sus líderes. Un ejemplo de ilusión burda post-marxista aparece en Wallerstein, quien pretende encapsular los procesos político-sociales en proyecciones de “largo o mediano” plazo, pretendiendo que una acumulación numérica y catastrofista solape su reiterada incapacidad predictiva[2].
El post-estructuralismo del discurso crítico del Poder y el llamado pensamiento pos-moderno, se han contentado con una crítica (a veces puntual, a veces vaga) de las fallas evidentes de las estructuras políticas y sociales, dando quejas sobre el oprobio de las cárceles y cuestionando sistemas educativos; pero tienden a quedarse en una interpretación impotente que es sub-subjetivista[3].
Por su parte, los líderes prácticos de los cambios sociales parecieran dotados de algunas ideas potentes y sencillas, junto con una teoría más pragmática sobre la colectividad, aunque no carente de conceptos sociales. Para que triunfar en una confrontación, en la visión de los líderes se reúnen al menos cuatro elementos: lo nocivo de la sociedad que existe; la posibilidad de transformarla; los medios para operar ese cambio y un estado futuro deseable. Dicho de otra manera reconocible y breve, los elementos del cambio son: injusticia, crisis, voluntad e ideal. Algunas teorías sociales presentan claramente definido un cuadro de ciencia social que ampara esos elementos; por ejemplo, el marxismo clásico, ofrece la crítica del capitalismo, el diagnóstico de su crisis, el fortalecimiento del proletariado como su Némesis y un futuro comunista como ideal a lograr. Esa estructura de saber social con enfoque práctico se repite con August Comte[4] o bien cuando algún protagonista práctico agrega de su cosecha las herramientas y el ideal hacia el cual dirigirse. Según la relativa justeza de estos elementos es que el dirigente merecerá ser llamado un arquitecto o permanecer en el nivel del simple albañil. Muchas veces, el error en las visiones de liderazgo conduce a resultados catastróficos, con lo cual se evidencia fallas profundas en la visión de la dirigencia.
Dentro del amplio abanico de autores y actores liberales y nacionalistas se ha presentado ese mismo arco de problema-medios y solución, que llevó a la explosión de la formación de naciones modernas y Estados constitucionales de los siglos XIX al XXI. Esto nos lleva a sostener que la nación moderna no surge de una edificación espontánea, sino de una obra intencionada (aunque contradictoria, por la variedad de enfoques y fuerzas involucradas), es decir, que la Nación moderna no solamente es fruto de un conglomerado de fuerzas sociales-naturales y de azarosos encuentros de circunstancias, además también se modela por la mano de los diseñadores intencionados y afortunados, que contribuyeron a su edificación.

Hay tres visiones del tema social
Es importante comprender las tres visiones básicas del problema social actual y englobarlas en un naturalismo (lo social es cosificado), subjetivismo (crítica impotente ante las circunstancias) y activismo. Esto se clasifica por la evidencia de las principales teorías y también por no encontrar ninguna teoría social completa y perfecta, luego del fracaso del marxismo y la espera de su relevo histórico (hasta hoy sigue siendo aguardado). Ninguna de las tres interpretaciones fundamentales resulta por entero ociosa ni equivocada. Al observar objetividad de la colectividad, como de cosa externa, se respeta el devenir social y sus tendencias, pero se queda propenso a idolatrar aspectos mudables, como sucede con el llamado neoliberalismo económico, que tiende a mirar el mercado como entidad perfecta a la que basta respetar y elogiar, para que funcione lo mejor posible[5]. Una cuestión es comprender el mercado y su legalidad, otra distinta partir de la hipótesis de que los agentes del mercado poseen perfección absoluta. El subjetivismo se desliza hacia quejas más o menos inteligentes, cuestionando la inhumanidad o injusticias del sistema, sin detenerse mucho a investigar las bases sociales o pensar si hasta los defectos esconden racionalidad, por desagradable que sea. Ya he adelantado que el activismo social, conforme logra resultados, no carece por entero de teoría social de trasfondo. Algunos políticos prácticos y exitosos sí han contado con sus tesis explícitas, incluso han utilizado elementos de naturalismo social y subjetivismo, pero los han enderezado de tal manera que han logrado objetivos, a veces, hasta éxitos impresionantes como en el caso de Lenin y Cárdenas.  
Intentando mostrar cómo la teoría social que sirve a la práctica posee una estructura señalé cuatro elementos para el cambio (injusticia, crisis, voluntad e ideal) que los podemos describir de una manera más general: el estado presente o circunstancia; la contradicción insalvable o la falla; la decisión de cambio o la herramienta, y el objetivo u horizonte. Esos cuatro elementos son muy universales y también se corresponden con la estructura general del trabajo: objeto de producción o naturaleza; necesidad o apetencia; actividad orientada o el trabajo mismo; y el objetivo del trabajo. En otras palabras, por rudimentario que sea el líder social, está involucrado en una práctica y así sigue las legalidades necesarias del trabajo. Siguiendo con eso mismo, el buen trabajo requiere de conocimiento objetivo de su material y en eso toma actitud de objetivista naturalista; adopta la decisión individual para obtener algo que debe corresponder a su necesidad y en eso sigue la pose subjetivista; por último, requiere del empuje para cumplir con su esfuerzo y meta, en ese sentido es plenamente un pragmático que deja en suspenso las actitudes naturalistas y subjetivistas, mientras suda la “gota gorda”. ¿Cuál de las tres posiciones es la correcta? Según vimos se requiere de recorrer las tres para obtener el resultado satisfactorio; esto es una espiral y un regreso al punto de partida, como en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, porque el continuar el proceso también implica avance. Adquiere un acento mayor la posición del líder práctico, porque es quien está en el proceso real, lo cual a veces aparece burdo, como cuando Alejandro Magno resolvió el nudo gordiano cortándolo de tajo.

Érase un reino infeliz…
Al contrario de las fábulas, la historia moderna demuestra que los reinos eran sistemas en extremo infelices e injustos, donde solamente un puñado de privilegiados mandaba y la masa permanecía sometida a los designios de la aristocracia. En el reino antiguo la mayoría eran súbditos sin derechos definidos y la pequeña minoría era una aristocracia, sometida al rey y regulada por la iglesia. Pero la regulación de la iglesia resultaba en extremo imperfecta, porque los obispos también eran señores feudales, con tierras y castillos bajo se égida. La inmensa mayoría del pueblo era analfabeto y estaba sometido a las regulaciones de la gleba; es decir, estaba atado a la tierra, por lo que tenía prohibido moverse fuera de su comarca sin el permiso de sus superiores. Por si fuera poco, la Biblia y las leyes se atesoraban en latín, un idioma inaccesible para esa población vulgar, así que el reino era un sitio diseñado para la felicidad de muy pocos, mientras que las mayorías debían contentarse con su destino.
En el contexto de reinos europeos surgió un descontento incontenible, cuando la gente empezó a darse cuenta de que la situación podía ser distinta. En otros términos, ocurría el ocaso del feudalismo y la ilustración había abierto muchas mentes; las ciudades comerciales habían prosperado y no estaban contentas con la tutela monárquica. Amplias regiones se habían inconformado con el monopolio religioso de la iglesia católica y habían logrado imponer nuevas creencias con el protestantismo, que se caracterizaba por permitir leer la Biblia en propio idioma. El descontento europeo se caracterizó por un anhelo de libertad y justicia que se precipitó en los grandes episodios de la Revolución Francesa y una larga secuela de movimientos liberales. Por su parte América no se quedó atrás y una avalancha de movimientos independentistas también obligó a fundar repúblicas, bajo constituciones más o menos democráticas.
Pongamos un ejemplo memorable, por ejemplo, aunque un rey posea rasgos de talento indudable y deslumbre a su siglo, impresionando no solamente a su país sino al mundo, y su reino se levante entre el concierto de las naciones para ganar guerras y deslumbrar con su Palacio de Versalles y una cultura floreciente, vanguardia de la Ilustración; aun así, el reino se levanta sobre la miseria y opresión de sus súbditos. Esto narra la brillante trayectoria de Luis XIV, quien fuera un soberano sobresaliente, capaz de adelantar a Francia entre el concierto europeo; sin embargo, los episodios de guerras y situaciones de una opresión sobre su población son numerosos, su ideología es lo opuesto al liberalismo como la anulación del Edicto de Nantes con su tolerancia religiosa y la imposición de un "galicanismo" religioso, o la “facultad” para arrasar un territorio durante una retirada militar, como en el Palatinado[6].
En fin, el mosaico de reinos infelices se fue transformando en el mundo de las naciones y repúblicas, que oscilaron entre las democracias y tiranías de distinto color.

La clasificación de tendencias políticas
La oleada de acontecimientos que describí es una compleja transformación, que no sucedió en automático, pues fueron personas con nociones e ideales quienes se decidieron a cambiar sus circunstancias. En esos procesos se presentan los cuatro elementos básicos del cambio: injusticia, crisis, voluntad e ideal. El estado presente de cosas se caracterizaba por injusticia, donde la mayoría se sentía oprimida; ese statu quo se presentaba decadente y debilitado, así estaba presentando la cara de una crisis, debido a muchos factores que no detallo aquí; una minoría decidida adquirió la voluntad de cambio y generó diversos movimientos (protestas, revoluciones) que ahondaron la crisis del sistema; y la ideología principal que se formó en el periodo del siglo XIX al XX fue la liberal, que retomaba ideas de la Antigüedad y la Ilustración para forjar su ideario de libertad y de una república ordenada por leyes, bajo un sistema democrático. De hecho, durante los siglos XIX, XX y principio del XXI han predominado tres ideologías sociales: la conservadora-autoritaria, la liberal-democrática y la socialista-justiciera. Esta clasificación es casi universalmente aceptada, aunque ha presentado algunos movimientos que han causado perplejidad ante la población y, por consecuencia, en los analistas, porque la izquierda en el poder por regla se ha deslizado a una posición conservadora-autoritaria o liberal-democrática, al convertirse las revoluciones en dictaduras comunistas con “culto a la personalidad” o en buenos gestores del sistema capitalista (socialdemócratas europeos); el liberalismo-democrático se ha vuelto tan predominante desde el final del siglo XX que no pareciera representar nada específico (porque todos los actores políticos usan banderas liberales); el conservadurismo-autoritario más común se ha deslizado hacia temas económicos (doctrina de culto al mercado, en estricto sentido, simple halago a grupos monopólicos) y en esa figura se distingue del conservadurismo que  se mantiene atado a fundamentalismos religiosos. Para resumir, como sea, han existido tres principales corrientes políticas en el periodo moderno que son conservadurismo, liberalismo y socialismo, las cuales representan la decantación de tres principios sociales básicos de orden, libertad, justicia. El conservadurismo se identifica con el orden; el liberalismo con la libertad, y el socialismo con la justicia. La condensación de estos principios fácilmente lleva a quimeras e imposibilidades, siendo que la construcción de las sociedades ha requerido una mezcla específica de tales componentes.

La masonería moderna y el ideario de la Revolución Francesa
Está ampliamente documentado que la masonería moderna se implicó y destacó su ideología entre los movimientos republicanos del siglo XVIII y XIX, por lo cual se requeriría de una tratado enciclopédico para detallar las variadas intervenciones de masones en las gestas liberales, constitucionalistas, nacionalistas, revolucionarias e independentistas. La masonería se identifica con la consigna triple de “libertad, igualdad y fraternidad” que caracterizó al movimiento revolucionario francés[7]. También ha permanecido en la sensibilidad política, de modo tan amplio, que sucede lo mismo que al promedio liberal: todos lo emplean, así que pareciera ser un “tono universal”, especie de color azul para el cielo. Si hoy alguien descubre que el cielo es azul en el día y oscuro en la noche le refutaremos que no hay novedad alguna, pero hace décadas “libertad, igualdad y fraternidad” no eran obviedades del ideario social, al contrario, resultaba novedad y hasta herejía. Es obligatorio subrayar que al final del siglo XVIII esas ideas eran novedosas, que el pensamiento tradicional estaba dominado por otros modelos provenientes del feudalismo y las ideas católicas tradicionalistas, donde hasta mirar por telescopio era motivo de condena.
En su origen esa consigna de “libertad, igualdad y fraternidad” solamente identificó al liberalismo, pero luego el socialismo se forjó desarrollando el aspecto de “igualdad” hasta identificarlo con una nueva forma de sociedad y un afán de justicia para los más desfavorecidos. Al adquirir aceptación las ideas su campo de aplicación se amplía y también sus definiciones resultan más imprecisas, por lo que se debe cuidar de establecer los significados con claridad.

La clásica triple consigna en la adversidad: Trotsky y Martí
Las herramientas intelectuales y proyectos constructores de tantos líderes del pasado no se reducirán a los tres mencionados; pero sí es muy aleccionador retomar a algunos dirigentes que han sido destacados y han sabido emplear bien sus herramientas mentales, manifiestas en la triple consigna “libertad, igualdad y fraternidad”.
El tema de la libertad ha sido el más sensible en el inicio de este ciclo histórico, pues ese don era el más frustrado por el Estado Absolutista de los monarcas. La tarea práctica más urgente era deshacerse de reyes o de poderes coloniales, para sustituir el privilegio con leyes que ampararan libertades básicas. Afirmar la libertad “natural” del hombre resultó una bandera que chocaba frontalmente con el orden monárquico, por lo que se afirmación más sencilla encontraba grandes dificultades. La teoría posterior ha cuestionado que la libertad sea asunto natural como proclamó Rousseau[8], pero no se ha refutado su radicalismo ni efecto político. De hecho, sobre la libertad se ha armado una noción básica y utilizado continuamente, la cual comparada con las situaciones de opresión y gobierno monárquico servía de bandera para una agitación.  
En la lucha política, la bandera de la libertad posee un filo muy interesante, porque lo ganado por uno individuo, grupo o clase puede ser a costa de los demás. Un caso aleccionador acontece con el comunismo práctico del periodo revolucionario. Los líderes del periodo ascendente sinceramente lucharon por emancipación para la clase proletaria a expensas de lo demás, aclarando en su ideario que expropiarían a los dueños de los medios de producción, fueran aristócratas o burgueses. En Lenin y Trotsky la búsqueda de una liberación para la gran mayoría proletaria fue sincera, sin observar la ironía histórica de que un Estado dictatorial se construiría como consecuencia de revoluciones que exigían emancipación política y económica para las mayorías. El exiliado Trotsky alcanzó a ver los horrores de un Estado centralizador y dueño absoluto que se levantaba en la URSS, pero ya impotente para oponer una solución ante esa nueva encrucijada histórica[9]. De hecho, este ejemplo nos obliga a reflexionar en el balance de los principios planteados, porque para el comunismo marxista el tema de la libertad está sometido a “la gran mayoría” proletario-popular en base a un predominio de un igualitarismo estricto, de tal manera que la minoría burguesa y la (no tan minoritaria sección) pequeñoburguesa son despreciables en el cálculo social. Esto implica que minimizar uno de los principios de la “triple consigna” para extender otros ha resultado en estrategias equivocadas y experimentos sociales fracasados.
Ahora bien, el triunfo o fracaso no es una elemento de juicio suficiente para evaluar unos ideales y la táctica para llevarlos a cabo, pues con frecuencia la suma de adversarios resulta colosal; bajo esa adversidad quien lucha por sus ideales, está casi atrapado y su combate es desesperado, como lo ejemplifica la situación de Cuba en el siglo XIX. La isla del Caribe siguió siendo bastión colonial después de que la gran mayoría de Hispanoamérica se liberó; justamente, por la desproporción entre la nostalgia de España y lo menguado de sus posesiones, la tarea de manumisión resultaba imposible. La dificultad no se debía a falta de liderazgo sino a la facilidad con que la Península Ibérica era capaz de mandar suficiente tropa para aplastar el anhelo cubano. Ese fracaso del independentismo acontecía, sin menoscabar la enorme talla intelectual y moral de José Martí, líder del bando independentista.

La clásica triple consigna, herramienta del liderazgo constructor (Cárdenas, Constitución y Reforma Agraria)
Las herramientas de la triple consigna se miran de otra manera en ambientes más propicios a la edificación de pactos sociales y concordia; utilizadas en situaciones que no son callejones sin salida se observa mejor su eficacia. El proceso de pacificación y de reconstrucción social después de la Revolución Mexicana resultó sumamente complejo y conflictivo; aunque en retrospectiva pareciera una obviedad que el problema de la concentración de la propiedad agraria en latifundios era la causa del descontento campesino[10], si nos colocamos en su contexto, la solución de una generoso y audaz reforma agraria parecía casi imposible. En la posrevolución la aspiración de tierra para los campesinos había sido planteada en la Constitución de 1917, bajo un texto de audacia social que sorprendió a propios y extraños, siendo llamada la “primera constitución social en el mundo”, porque no solamente garantizaba un sistema de leyes y libertades, sino consideraba centrales los derechos sociales de obreros y campesinos. Las grandes haciendas y concentraciones agrarias ociosas no estaban diseñadas para dar bienestar a sus peones, y las unidades altamente productivas (azúcar, algodón, henequén) eran más una excepción que la regla.
Tras la Constitución de 1917 y las alianzas políticas del periodo posrevolucionario comenzó un modesto reparto agrario que alentó al campesinado y alarmó a los terratenientes. El proceso de estabilización interna de México era precario, pues los ajustes de cuenta y la falta de acuerdo entre facciones ganadoras terminaban en conflictos, incluso armados e intentos de sublevación.  En fin, la reforma agraria prometida desde 1917 avanzaba con lentitud, casi a paso de tortuga, sucediéndose los gobiernos de Carranza, Obregón, Calles, Rodríguez, Ortiz Rubio y Portes Gil con repartos limitados; hasta la aparición de Lázaro Cárdenas. La decisión del General Cárdenas de radicalizar el reparto agrario, incluso afectando a los principales bastiones económicos del campo, resultó llena de obstáculos y plagada de peligros; para empezar debió desafiar y vencer al Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, quien ejerció un control indudable sobre las gestiones presidenciales previas[11]. Un aspecto sumamente interesante en la trayectoria de Cárdenas, fue su aparente cautela inicial en el ámbito político, para luego movilizar a las masas y organizarlas al ofrecer un acceso masivo al recurso productivo del periodo, que entonces era la tierra agrícola. Ninguna visión retrospectiva sería capaz de sintetizar el cambio en millones de campesinos mexicano que saltaron desde la miseria y el oprobio de ser peones sin derechos ni tierra, hundidos en la miseria y la desesperanza, para convertirse en flamantes ejidatarios, dotados de un sitio en el mundo y llenos de perspectivas sobre una vida nueva. El campo mexicano había sido un paraje poblado de rencores y desencuentros, luego mediante decisiones radicales pero constructivas, en un sexenio se pacificó al país y cambió el sistema durante décadas, hasta que los efectos benéficos del reparto agrario quedaron manifiestamente menguados o hasta nulificados, regresando el campo a otro círculo de miseria[12].
El reparto agrario mexicano, representaba una solución original a la triple consigna liberal. La posesión de la tierra representó para el jornalero el acceso directo a una libertad económica que solamente imaginó durante la Revolución, accediendo al fruto del surco y con la convicción de que, por fin, algo bajo el cielo era realmente suyo. Para el líder encumbrado, no era un acto arbitrario, sino resultado de un mandato legal, aunado al raciocinio sobre la situación concreta y un ideario de compromiso con el campo, pues el mismo Cárdenas era de origen humilde y rural. El reparto agrícola era el gesto más igualitario imaginable en ese periodo, pues levantaba del ostracismo a la población más sencilla que contribuía con arduo trabajo al sostenimiento del país sin recibir beneficios a cambio. La figura del ejido, marcaba una intersección entre el antiguo colectivismo prehispánico (la comunidad agraria misma) y las ideas de corte socialista que estaban entrando en boga, pero sin caer en el extremo de la propiedad por el Estado, quedando la posesión en una especie de cooperativa local, con potestad para que cada cabeza de familia decidiera la producción y tomase el fruto. La noción misma de un reparto agrario que beneficiara a los dueños originales de la tierra o, simplemente, pusiera los latifundios ociosos en manos de quienes estuvieran aptos y dispuestos para trabajarla, resultaba un gesto fraternal del Estado como representante de la nación, de hecho implicaba nacionalizar a la masa de campesinos, ofreciendo la primera gran integración material de los paisanos a un proyecto colectivo[13]. Ese delicado diseño, pasó por la mente de Cárdenas, pero no era una creación individual, sino resultado evidente de las visiones ideológicas de muchos líderes de la Revolución Mexicana, que implicaba tanto legalismo en su operación como generosidad de miras y adentrarse en una experiencia económica y social que tenía escasos precedentes en otros países.

Las teorías deterministas, subjetivistas y pragmatismo frente a líderes
Con frecuencia, el líder es más hombre o mujer de acción, por lo que no se detiene demasiado ante las teorías sociales, casi siempre las toma bajo su forma popular de ideologías, ya sea políticas o hasta de tradiciones religiosas. En el extremo, es evidente que el monarca absoluto Luis XIV se debía amparar en el manto devoto, pero su praxis de cabeza imperial lo impulsaba a guiarse por el cardenal Mazarino (sin objetar su periodo infantil de la regencia) o después imponerse al Papa de Roma mediante el recurso político de sujetar a la iglesia local mediante sus decretos de galicanismo. Bajo el manto de ideas dominantes del siglo XVII, el monarca lo era por la voluntad de Dios, también llamada Providencia, justificada mediante títulos nobiliarios que se heredaban y certificada por la intervención del clero católico. En ese contexto, el edificio político se justificaba con un alegato sobre Dios y su interés para que tal personaje fuera la suprema majestad en el reino; empero, las justificaciones ideológicas no garantizaban el reino real, lo cual se ejemplifica en  la biografía infantil y juvenil del “Rey Sol” está marcada por dos sublevaciones de su aristocracia, ante lo cual el monarca tomaría providencias para someter y controlar a “sus” aristócratas. Conforme el monarca francés controló las sediciones aristócratas y organizó mejor su reino, empezó a concentrar el poder en mayor medida que sus predecesores; con él la cúspide de mando se deshizo de los contrapesos aristocráticos y eclesiásticos. En la persona del monarca absoluto, concentrando todas las ramas del gobierno y sin contrapesos internos, pareciera contradecirse por entero el determinismo social conforme todas las riendas de decisiones importantes se centralizan; pues, ante el reino de súbditos, se levanta el monarca con el mando supremo, capaz de decidir los destinos colectivos sin posibilidad de oposición. La tesis de uno que mando y todos obedeciendo es el discurso monárquico extremo, la cual se contradice al mirarse desde afuera, tal como lo relativiza un análisis materialista sobre tales sociedades. Para el marxismo, el ascenso absolutista está determinado materialmente por una confluencia entre factores que cambian las relaciones sociales feudales (en decadencia) frente a las capitalistas (en ascenso contradictorio)[14]; por tanto, el ascenso de déspotas absolutistas es un evento históricamente determinado por factores económicos y sociales, además que no sería tan significativo la presencia de una figura cimera, cuando es una especie de “títere” de las fuerzas sociales moviéndose.  
Lenin y Trotsky representan ejemplarmente a los marxistas teórico-prácticos, con un singular balance entre estudio de teoría social con dedicación práctica exitosa. Ambos plantearon que la aplicación de la doctrina exigía una adecuación peculiar a la situación rusa, por ser un imperio feudal, relativamente atrasado, sometido a terribles presiones sociales e involucrado en la Primera Guerra Mundial. Cada cual con sus peculiaridades, desarrollaron tesis de aplicación práctica para saltar una esperada etapa capitalista y proponerse una revolución socialista a partir de una situación precapitalista; de hecho la discusión marxista doctrinaria se centró en ese paradoja, que ahora parecería irrelevante de “quemar estepas” hacia una sociedad socialista no-contradictoria y sin explotación, casi paradisíaca[15]. Para lo que aquí nos interesa, el líder pragmático es perfectamente capaz de romper su propia tesis determinista, para lanzarse a cumplir las tareas que considera viables y deseables, es decir, el dirigente comunista se lanza a la revolución, aunque la doctrina de Marx marque una imposibilidad.
El subjetivismo (crítica impotente ante circunstancias, atribución a recónditos oráculos internos de cualidades que escapan al entorno) pareciera poco apto para el líder, pero en el abanico de las mentalidades, hasta en los dirigentes y grandes pensadores hay espacio para la arbitrariedad y el capricho supersticioso. Resultaría sencillo elegir entre las arbitrariedades y manías de Luis XIV suficientes rasgos que revelen ese subjetivismo; incluso, en los monarcas esos rasgos se acentuarán al no encontrar suficiente oposición para manifestarlos, por ejemplo, en una vanidad rebuscada.
El pragmatismo del líder pone énfasis en el lado activo de su libertad, aunque no sea consciente de ese alcance. La mente de un caudillo es capaz de estar sometida a un plan exterior y no creer en su participación voluntaria, mientras su actividad es la más tensa cuerda, sometida a la ley del máximo esfuerzo y enfrentada a los más variados desafíos. Sin embargo, la creencia en esquemas equivocados (sean deterministas, subjetivistas o hasta voluntaristas) mete en problemas a cualquier liderazgo, y algunas decisiones afamadas se han cuestionado por su desatino, por ejemplo, la campaña militar de Napoleón contra Rusia. El cálculo del dirigente militar no depende de una teoría pura, pero sí implica alguna evaluación concreta (mezcla de varios ingredientes, incluyendo su visión social) y su desatino arrastra a miles o hasta millones al desastre. La decisión del estratega es un acto libre (incluso cuando está colegiado[16]) que impregna el resultado, por lo mismo, las ideas que se mezclan para arrastrar una decisión importante son los componentes para la victoria o derrota. El líder que sobrestima sus recursos y capacidades fácilmente se embarca en empresas desastrosas, mientras el cauteloso que subestima medios y oportunidades queda enredado en la medianía de sus metas, lo cual también suele llevar al descalabro. El dirigente cauto se comporta como si fuera inspirado por algún determinismo social adverso; el impetuoso semeja al impulsado por subjetivismos soñadores. El exitoso se mueve en el justo medio entre un determinismo bien analizado (reconociendo fortalezas y debilidades) y su voluntad atenta al logro práctico (el pragmatismo bien entendido). De manera retrospectiva, Lázaro Cárdenas resultó la mezcla casi perfecta entre respeto a un entorno por determinismo socio-político (dificultades de facciones, jerarquía de gobierno, problema agrario, descontento social) y decisión oportuna para cambiar circunstancias (pragmatismo del reformador social). El balance del siglo XX mexicano lo convierte en el Presidente que logró una mayor transformación en sus seis años de gobierno, colocando la plataforma de la modernización del país y el legado de un periodo pacífico y próspero. No es casual que ese personaje fuese un masón comprometido y activo en el estudio de las herramientas simbólicas de la transformación, porque mostró un enorme dominio práctico de la confluencia entre evaluación real de situaciones superiores a sus fuerzas (determinismo) y las facultades potenciadas que obtenía al ser colocado en la presidencia, con la oportunidad de empujar una serie de reformas (agrarias, laborales, nacionalizadoras, legales, educativas, etc.) que ha quedado plasmadas como progresistas (con un signo indudable de avance), y han resistido el juicio de la historia y hasta los reclamos de los grupos afectados.

Los cuatro elementos para el cambio ante el liderazgo social
Arriba indiqué que los cuatro elementos básicos del cambio son: injusticia, crisis, voluntad e ideal. Ese cuadrante suele manifestarse de distintas formas conforme la ideología social sea distinta. Para el joven Rey Sol esto surgió en la modalidad de una sedición aristocrática interna llamada la Fronda que tuvo dos episodios principales; eso implicaba una intolerable y riesgosa desobediencia de sus “pares” aristócratas, ante lo cual su gobierno implicó un esfuerzo constante para someterlos, cooptarlos y neutralizarlos mediante medidas tan variadas que incluyeron el reforzamiento del Estado, empleo de ministros burgueses (no a los nobles), integración de aristócratas en las Cortes, el famoso fasto de las Cortes de Versalles, leyes que restringían prerrogativas a los nobles, etc. La paradoja y trascendencia históricas consiste en que al reforzar su gobierno personal (“el Estado soy yo”), la obra del monarca fue ilustrada y consolidó el perfil de Francia, lo cual permaneció como plataforma y fue una obra constructiva para el país. Las supuestas palabras finales del rey Luis XIV merecen un comentario respecto de la cuestión nacional, pues se le atribuye que dijo en su lecho de muerte “Yo me marcho, Francia permanece”, sin embargo, esta versión resulta dudosa en la biografía de Hatton, quien indica “según parece”[17]. La crisis surgió en los mismos episodios de la Fronda, sin embargo, quedó resuelta con la intervención del entorno (reina, Mazarino), así que su periodo de gobierno fue preventivo. Las muchas guerras y conflictos dinásticos en que participó no llegaron al extremo de la crisis, por más que la Europa cristiana estuviera alarmada por el avance otomano hasta las puertas de Viena, ante lo cual él fue hasta cómplice. El monarca manifiesta una voluntad de sobrevivencia y grandeza, que por resultado engrandece a su reino, lo cual no implica ser incluyente, ni siquiera felicidad para su círculo cercano. Según se evidencia, el ideal monárquico resulta el más problemático por ser el proyecto más exclusivo de poder personal, pero que resulta moderado por una buena educación, que según la reseña histórica este personaje sí la obtuvo de manera esmerada, preparándose desde la infancia para ser un “buen gobernante” según los estándares de la época y esto se confirma con la brillantez del resultado.
Lenin sintió en carne de infancia la injusticia social, en especial cuando se entera que su admirado hermano mayor era condenado a muerte por conspiración contra el zar Alejandro; el hecho marcó su peculiar actitud aguerrida y determinación para revolucionar a su país[18]. El imperio zarista, a los ojos de la mayoría, parecía una maquinaria indestructible, pero las condiciones de opresión y miseria resultaban extremas, por lo que episódicamente surgían sublevaciones que eran reprimidas cruelmente. El joven Lenin se convirtió en un conspirador proscrito, que sufrió encarcelamientos y exilios, y, en condiciones de lucha rigurosísimas, desarrolló sus teorías y prácticas para formar un partido bolchevique conspirativo y militante, expresión de una voluntad colectiva, capaz de desafiar al zarismo. La coyuntura de la Primera Guerra Mundial generó el marco de una crisis catastrófica que el Lenin maduro supo aprovechar a la perfección una revolución sin una brújula definida y convertirla en la primera revolución socialista triunfante, inspirada por ideas marxistas. Su liderazgo resultó incuestionable en el partido y luego en la nación, pero la enfermedad y muerte prematura en los primeros años del proceso revolucionario, lo convirtieron en un ídolo y casi leyenda de los revolucionarios. Las ideas igualitarias de sus propuestas eran diáfanas y la honestidad de su liderazgo, evidente.
El juicio de la historia sobre Lenin cuestiona el fondo de sus ideas deterministas ilusas, según las cuales el proletariado liberado de la influencia burguesa funcionaría cual clase autónoma capaz de dirigir una sociedad con justicia e igualdad. La práctica post-revolucionaria ha mostrado un modelo por completo diferente, donde la masa de proletariado (en especial, el marxismo encerraba grandes esperanzas sobre el productor manual industrial[19]) se mantenía a nivel de masa pasiva y se levantaba sobre ella un Estado autoritaria, sometido a una jerarquía total, pues el control centralizado de la producción implicaba el control social total. El resultado no es justicia sino una expropiación general a favor del Estado, donde el igualitarismo original de Lenin se vuelve una ficción jurídica, sometida a una ideología de Estado y una práctica persecutoria, es decir, la antípoda a lo pretendido por él.

Geometrías políticas
De los personajes reseñados, sin duda el extremo de la derecha conservadora corresponde al monarca Luis XIV de Francia, quien favoreció un centralismo administrativo, reforzó los privilegios aristocráticos y monárquicos, sin interesarse por el tema de la justicia social ni de las libertades en términos más modernos. Sus éxitos prácticos engrandecieron a su país y dieron pie al desarrollo manufacturero que creó las condiciones de la inquietud por libertades y, por tanto, un siglo después a la Revolución Francesa. El entramado de sus reformas le dio solidez al Estado asentado en París y sus reformas también dieron un sustrato a la formación de Francia.
El extremo izquierdo de estos personajes, por supuesto, corresponde a Trotsky (y Lenin cuya distinción es por circunstancias de destino personal, más que por enfoque teórico que fue compartido[20]), quien tuvo más tiempo para analizar el destino del periodo post-revolucionario. En hipótesis audaces, para Trotsky la garantía de un sistema social justo, radicaba tanto en la hipotética naturaleza superior de la clase proletaria, la hipótesis de una sociedad socialista superior y  una “revolución permanente”. De todas estas tesis, la posteridad ha quedado más sorprendida por esta última consigna ¿qué es una revolución permanente? Resulta difícil explicar tal figura por un evento definido, sino por la trascendencia del evento. Para el materialismo marxista el referente de la ética es la sociedad, pues cualquier evento humano es fruto social (su época y circunstancias basadas en condiciones de producción) por tanto una aspiración ética a una situación social justa, se remite a las condiciones sociales; aunque la idea de justicia, se acepta como una aspiración igualitaria casi intuitiva (el ideal de producción socialista sería: a cada quien según su capacidad, de cada quién según su necesidad[21]). Entonces, en el enfoque de la revolución permanente (la noción de revolución social radicalizada), después del evento de ruptura con el orden capitalista continúa un revolucionar perpetuo, pues las fuerzas productivas estarían más aceleradas que nunca[22]. Hasta donde hemos visto, esa aceleración fracasó con los regímenes autoritarios emanados de la revolución, al contrario, el modelo más acelerado tecnológico lo tenemos en este capitalismo tan evidentemente injusto. La práctica de la URSS de Stalin, le mostró el error de cálculo a Trotsky sin que lograra verlo redondo: la estatización somete a toda la población, creando un “proletariado” global, una figura de sometimiento injusto, tan ajena a la sensibilidad original de la izquierda; lo cual conlleva hacia una esquizofrenia de conceptos[23].
El centro del espectro político lo ocupan Cárdenas y Martí. El cubano, por su situación, manifiesta más la vocación de libertad y la crítica romántica a la opresión, plena de sensibilidad y estilo, con la disposición al extremo del sacrificio. Lázaro Cárdenas muestra a plenitud al político pragmático que no deja abandonado sus herramientas ni sus ideales de una sociedad mejor. Las circunstancias lo llevan a conocer los rigores de la existencia militar durante la terminación del periodo revolucionario mexicano. Encuentra la situación para cumplir el programa social de la Revolución Mexicana mediante reparto agraria y mejoras laborales (seguridad social, pensiones, etc.), además de actor nacionalista, mediante la expropiación petrolera y otras medidas defensoras de los recursos nacionales; además de otorgar asilo a los refugiados españoles y perseguidos del fascismo. En términos generales, Cárdenas se mantuvo dentro de cauces legales y con respeto a libertades sociales básicas; se ha cuestionado su tendencia a la organización semi-corporativista, integrando a las masas obreras y campesinas dentro del partido dominante que casi se volvió partido de Estado; también limitó los poderes autónomos del Estado y restringió el federalismo sometiendo a los gobiernos locales[24]. Esa enorme obra política práctica, Cárdenas no la hace en base a una teoría social preconcebida, sino buscando rescatar lo mejor del capitalismo y socialismo. Debido a que no sigue por un camino doctrinario para los conservadores  él era un comunista y para la izquierda él era un liberal populista.

Complejidad nacional frente a las buenas intenciones
Las intenciones de los líderes nacionales se pueden convertir en un veneno que intoxica su propia obra; tal es el caso de los excelsos líderes del socialismo real, ejemplificados por Lenin y Trotsky. Las sociedades (en este caso naciones, significa casi lo mismo) son entidades complejas, para las cuales imponerles un ideal simplista representa una evento tóxico, pues lo importante y positivo de levantar un ideal, también incluye el correo el objetivo y hasta facilitar enormes contragolpes (al individuo o a la sociedad). El triunfador Lenin fue abatido por el tiempo, sin oportunidad, para completar su obra en el sentido de perfeccionarlo personalmente, continuado los ajustes; sin embargo, la experiencia posterior y su repetición, nos muestra el vicio estalinista (que al repetirse, ya no es la obra de un mal líder Stalin, ni de una casualidad de atraso, sino efecto del modelo Estado-amo, que oscila entre la oligarquía y la “timocracia” que siempre fracasa) que es encubierto por la intención de “acelerar la felicidad”[25]. Esto implica que el modelo de fondo de organización fraternal centralizada, se vuelve en su contrario, pues el amo-Estado subyuga centralizadamente al proletariado, y la liberación buscada se convierte en opresión general. Sintetizando en una línea de explicación, la totalidad compleja no se logra controlar bajo los planes del líder inspirado y estudioso, que era Lenin, para desbordarse; por tanto la ambición de modelo organizador, se frustra en su ambición misma de moldear a toda la sociedad. La escasez de espacios libres de la iniciativa, la falta de libertades fundamentales garantizadas, hace que el modelo sea tan rígido que se vuelva opresivo. Lenin no se contenta con las líneas del plano y pretende una remodelación más revolucionaria, por tanto sin bases firmes para su desarrollo[26]; su salto de etapas (sin periodo burgués maduro según Marx) se convierte en salto en el vacío, que es atrapado por el Estado burocrático y su élite (una casta privilegiada que es por entero contraria a la igualdad preconizada por la teoría marxista leninista).
El otro lado de la complejidad desbordándose, se llama “la revolución devorando a sus hijos”. La superación del periodo convulsivo de las revoluciones, con facilidad exige destruir a los líderes, para centralizar el mando (casi siempre, periodo contrarrevolucionario o de estabilización), de tal modo que la fracción burocrática triunfante de la URSS, persiguió y asesinó a todos los líderes revolucionarios, con las contadas excepciones de quien murió pronto (Lenin) y quien triunfó por sobre todas las cabezas (Stalin). Por tanto, para la eficacia constructiva se debe también medir las fuerzas y no convertir las herramientas constructivas, en desvaríos contrarios al curso real de la historia.

Efectos en la edificación nacional
En la Francia de Luis XIV, el reforzamiento del Estado y sus instituciones educativas y culturales, con el paso del tiempo dio pie a una nación vigorosa y con grandes contribuciones en el ámbito europeo. Pero su Estado autoritario debía ser barrido de raíz por obligación, el Estado unipersonal resultaría obsoleto ante la modernización de las naciones. El contexto de la Revolución Francesa y los eventos de Napoleón cambiaron por entero la herencia monárquica que el Rey Sol, lo cual implicó subvertir todo el contenido aristocrático de su legado, cambió lo esencial de su proyecto monárquico y reconfiguró para crear una nación moderna. En retrospectiva, al monarca exitoso se le interpreta como formador del país, cuando ese efecto resulta casual respecto de su proyecto. La verdadera edificación de la Francia moderna empezó al trastocar ese legado, con el impulso de las tesis de libertades e igualdad política emanadas de la Revolución.
En la URSS, sobre la Rusia zarista (imperio multinacional sometido a la primacía del centro Ruso) se intentó forjar un sistema supra-nacional bajo la ideología comunista; que tuvo un impulso integrador de la población, con mejoras económicas, unificación educativa y cultural acelerada, a lo cual se agregó un tinte nacionalista fuerte con la Guerra Mundial y el periodo llamado de la Guerra Fría[27]. Con la caída del muro y el deshielo, el sistema multinacional interior estalló, en ese sentido, fracasó el proyecto de la URSS  y el Estado recurrió a un perfil de nación más precisa, basado en criterios tradicionales étnicos y lingüísticos así como al “mínimo democrático” en la organización del poder. La nueva Rusia avanza a tientas en su reconstrucción y la edificación de sus proyectos, todavía no termina su balance ante el pasado revolucionario, pues la continuidad y ruptura a nivel de identidades nacionales están en proceso.
En México, la obra de reforma social de Cárdenas se mantuvo como referente y fue el modelo de integración nacional durante el resto del siglo XX. Sin duda, en el contexto de un capitalismo atrasado, los logros de justicia agraria y laboral, quedaron relativizados con el empobrecimiento de la población y generación de nuevas contradicciones sociales. La operación del sistema capitalista y la mala gestión de gobiernos posteriores agudizaron el problema de la desigualdad; la falta de un sistema de contrapesos políticos y económicos provocó autoritarismo en el periodo posterior. No fue casual, que la disidencia de Cuauhtémoc Cárdenas —el hijo del general Lázaro Cárdenas del Río— empujara hacia el cambio del sistema político tradicional en México. A partir de 1994, el periodo de los grandes Tratados Comerciales nos obliga a reflexionar acerca del efecto del sistema económico mundial trasnacional sobre el perfil de las naciones; sin embargo, esa gran obra social marcó definitivamente al México en el siglo XX y no ha sido superada por los procesos del siglo XXI. Si, por último, comparamos esas obras de la pragmática política, sin duda la acción de Lázaro Cárdenas presenta actos y resultados más próximos a un balance contenidos en la triple consigna “Libertad, igualdad y fraternidad”.  

NOTAS:




[1] El estructuralismo y post, a su manera, han dominado las modas intelectuales de la sociología desde la mitad del siglo XX, desplazando al marxismo en la academia. Es verdad, que gran parte del interrogante social se está desarrollando sobre las correlaciones ocultas y los diseños que se encuentran en la trama social, aplicándose concepto provenientes de campos afines como la economía, psicología o lingüística. Cf. ANDERSON, Perry, Tras las huellas del materialismo histórico.
[2] WALLERSTEIN, Emmanuel, Después del liberalismo. Sus burdos errores de predicción sobre cada futuro próximo resultan hasta cómicos, pero son errores nodales en un autor que pretende fundar su teoría en una capacidad de proyección y acierto sobre los largos plazos del sistema capitalista. De su análisis desequilibrado solamente queda en pie la bienintencionada crítica sobre abusos del sistema.
[3] “Sub-subjetivista” es una ironía para señalar varias teorizaciones que se deshacen de la subjetividad (a cambio de las estructuras o de algún misterio crítico), incluso en sus versiones más extremas como “la desaparición del hombre” del primer Foucault en Las palabras y las cosas.
[4] THOMPSON, Keneth, Augusto Comte, México, Ed. FCE.
[5] En su origen el neoliberalismo es una tensión hacia el extremo del liberalismo económico, bien fundado por Adam Smith; por tanto, una exageración que trae su mixtificación.
[6] HATTON, Ragnhild, Luis XIV, Ed. Bruguera. La información disponible indica que este monarca no se debe contar entre la aristocracia que se interesó por esa nueva organización y la amparó como sucedió con muchos monarcas ingleses y prusianos.  
[7] Esta identificación entre masonería y el ideario liberal no sucedió de inmediato, fue un proceso, en el cual las revoluciones norteamericana y francesa, fueron eventos clave en su cristalización. Cf. MARTIN ALBO, Miguel, Historia de la masonería. 
[8] ROUSSEAU, J.J. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.
[9] Existe una amplia bibliografía de León Trotsky al respecto: La internacional comunista después de Lenin, La revolución permanente, Stalin biografía política y La revolución traicionada. Claro que propone en contra de Stalin, pero carece de los medios, luego es perseguido y asesinado.
[10] SILVA HERZOG, Jesús, El agrarismo mexicano y la reforma agraria, Ed. FCE.
[11] CORDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
[12] El fracaso evidente de la agricultura de autosubsistencia y la crisis posterior del modelo ejidal no debe opacar el hecho de su comienzo extraordinario, que fue la base para la edificación del país y el restablecimiento de la paz social por el largo resto del siglo XX. En especial, la estadística agrícola señala un éxito productivo hasta 1965 y después una crisis del campo mexicano.  Cf. HANSEN, Roger, La política del desarrollo mexicano.
[13] VALDÉS MARTÍN, Carlos, “Líderes en la edificación de la nación”, El poder de la masonería en México.
[14] El enorme estudio sobre ese periodo es El Estado Absolutista de Perry Anderson.
[15] LENIN, Iván I. Obras escogidas en tres tomos; o de modo más especializado Entre dos revoluciones.
[16] Quizá la mejor defensa y estudio sobre la decisión individual está en La crítica de la razón dialéctica de Sartre.
[17] HATTON, R. op. cit., p. 190.
[18] TROTSKY, León, El joven Lenin.
[19] Un tema interesante, que es discutido por Lenin, por ejemplo en ¿Qué hacer?, Un paso adelante, dos pasos atrás y El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo. El tema siguió siendo relevante para el marxismo hasta la debacle de las grandes instalaciones industriales tradicionales desde mediados del siglo XX, véase a Alvin Toffler, La Tercera ola y El cambio del poder.
[20] En verdad, la izquierda es sutil en distinciones y existen quienes se reclaman herederos de tal tradición personal u otra, pero al lector esa diferencia le resultaría desmedida.
[21] Famosa fórmula de Marx, proveniente de “Crítica al Programa de Gotha”.
[22] Para el marxismo, el capitalismo tiene atoradas las fuerzas productivas y una revolución socialista las liberaría y aceleraría al extremo. Véase, León TROTSKY, La revolución permanente.
[23] MARCUSE, Herbet, El marxismo  soviético., autor que critica el modelo bajo un paralelo al industrialismo capitalista, bajo una modalidad de moral represiva.

[24] CÓRDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
[25] Una simpática ironía sobre la buena intención fracasada de acelerar la felicidad de todos está en el último cuento de la Ciberiada de Stanislaw Lem.
[26] Esta discusión sobre la madurez de Rusia para la revolución socialista fue el meollo de la discusión entre el centro marxista y los bolcheviques de Lenin en el periodo previo a 1917. Curiosamente, el tema estaba prefigurado desde Marx en su correspondencia con Danielson, un narodniki ruso que tradujo El capital.
[27] De hecho, la confluencia y contradicción entre el nacionalismo ruso y el internacionalismo proletario controlado desde Moscú merece un estudio detallado; mientras la ideología oficial mantuvo una forma no nacional (un discurso, incluso anti nacional), su contenido se desvió hacia la “defensa de la patria socialista”, una variante del nacionalismo, incluso burda. Por ejemplo, CLAUDÍN, Fernando, La crisis del movimiento comunista, indica que bajo la dirección de Stalin la Internacional Comunista, aunque el riesgo de ese camino estaba presente desde un principio: “Encerró los intereses del proletariado internacional en el cuadro de las cuestiones rusas.” p. 4.

miércoles, 5 de agosto de 2009

“LUIS XIV” COMPARADO EN RAGNHILD HATTON Y PERRY ANDERSON










En lo que sigue comparo las visiones de dos historiadores importantes sobre el reinado de Luis XIV, que son Ragnhild Hatton y Perry Anderson, finalizando con una breve reseña de las concepciones de estos autores a nivel borrador. El personaje y el periodo son importantes pues él fue el rey absolutista “central” de Francia y en ese periodo se forjó esa nación. El motivo inicial surge de la eminente calidad del relato de Hatton,[1] quien desmenuza los diversos aspectos de la historia de Francia y Europa en ese contexto dinástico, por lo que la autora ha sido elogiada como la mejor intérprete sobre el periodo. El segundo, está en la calidad de la obra y amplio horizonte de Anderson sobre el Estado absolutista, la cual constituye un hito en la historiografía europea sobre el devenir de una nueva forma política y que complementó con una teorización sobre las transiciones entre los modos de producción.[2] En lo que sigue salté el panorama general, donde se define la naturaleza del Estado absolutista para dejarlo en otro escrito, de tal manera que vamos directamente al aspecto ameno del caso histórico del país y reinado de Luis XIV.[3]

BALANCE ENTRE VISIONES DE ANDERSON Y HATTON SOBRE LUIS XIV Y EL ABSOLUTISMO

Esencia del Estado absolutista y del modo de producción
El rey y la aristocracia, la institución cortesana de Versalles. El rey y la burguesía. El rey y el pueblo.
Para Anderson la esencial de clase del Estado absolutista resulta el reto teórico principal por su interés para demostrar el acierto del marxismo, aplicado a un periodo previo al capitalismo industrial. Ciertamente el periodo del Estado absolutista está ligado con al instante previo al nacimiento del periodo industrial, pues impulsó el desarrollo del mercado y las manufacturas, por tanto aparece en distintas fases en El capital. Sin embargo, con sentido rigorista Anderson no da las hipótesis como demostradas, sino que analiza a detalle el periodo, incluso el tema económico estricto queda en un segundo plano centrándose en el tema de las clases dominantes. En esencia, para Anderson esta etapa corresponde al emerger de un nuevo feudalismo, describiendo un feudalismo modificado, y bajo tal ambiente crecen las fuerzas del capital a distintos niveles como la monetización de la vida rural (la conversión de la renta en especie en la renta dineraria) y expansión de mercados. Esa dimensión del análisis económico que fundamenta no aparece como un contenido para Hatton, a quien basta con estimar como un ambiente y cronología, justamente cuando emergen una serie de hechos, dentro de los cuales no importa una totalización “feudal”. Cuando ella emplea en término “feudal” no adquiere ese énfasis de modo de producción esencial ofrecido por Anderson, sino como una descripción del periodo, es decir, Hatton arranca desde una visión menos estructurada bajo hipótesis, entonces justamente le resultan mejores “totalizadores” colectivos los pueblos y los reinados, sin presuponer una legalidad que empuje hacia un sistema nuevo, entonces la casualidad adquiere redoblada fuerza en los acontecimientos, así los azares matrimoniales, sentimentales y bélicos deciden los bandos y los conflictos. 
En el tema del cambio de bando por los cabecillas aristócratas lo refleja Hatton como temas emotivos y de enconos personales, como lo ejemplifica en las actitudes de los líderes Turena y Condé durante las luchas de la Fronda.[4] Este tipo de consideraciones tan individualizadas y azarosas no resultan pertinentes para Anderson, para quien los movimientos de los líderes aristocráticos revela un carácter clase y “trascendencia encapsulada” (juego con la ambigüedad: trascender es romper el encapsulado, encapsular significa no trascender) por el mensaje de clase social contenido en sus actos.
Con tales preámbulos debe aparecer la pregunta clave del periodo ¿quién es el rey? Porque en la persona del monarca se condensan los temas de la personificación.[5] Nosotros diríamos (rebasando a Anderson) que no existirá persona más personificada que un monarca, como representante del Estado completo y de la aristocracia entera, o hasta de Dios y la Nación entera, pero luego discutiremos esto. La persona más determinada por la historia, por la carga del poder, por el fardo de los intereses creados, por las miradas convergentes de los encumbrados y los desheredados, únicamente puede ser el rey. Esta sobre-determinación del rey la imaginamos como el cargamento de cadenas de las determinaciones sociales, económicas, culturales y políticas de una época en un espacio-tiempo exacto, resulta enmascarada por el exceso del poder concentrado en unas solas manos. La superficie luminosa invita a creer en la libertad absoluta del monarca, mientras sus súbditos yacen cargados con cadenas de opresión. La máscara del poder absoluto se debe compensar con el estudio detallado de las presiones sobre el gobernante, las presiones hacia la maquinaria del Estado, y esto se hace evidente durante los periodos de crisis, cuando se manifiesta también la fragilidad del imperio monárquico. Afortunadamente la biografía de Luis XIV nos revela esa fragilidad, en especial, su juventud marcada por la rebelión de los aristócratas y hasta los burgueses durante la Fronda revela luminosamente las restricciones y amenazas galopando sobre el monarca. La huida del rey dibuja el episodio más patético de su fragilidad, y se repite tres veces[6]. Justamente, esa fragilidad revelada se convierte en afán de acrecentar su poderío, amurallarse contra las desgracias, acrecentar las riendas del poder y esa voluntad se convierte en el destino de Luis XIV. Por su parte, Anderson se interesa por el largo plazo, así mira las oscilaciones del ascenso del Estado de los monarcas franceses, pasando de la crisis a la centralización, como un episodio de mecánica física del poder, lo cual desde un punto de vista más general resulta aceptable; de tal manera, para Anderson el caso Luis XIV es un ejemplo de ascensos monárquicos provenientes desde crisis de separación de regiones. Así, con Anderson la voluntad centralista del monarca surge como el despliegue global de la oscilación entre una crisis y una recomposición del Estado, dejando de lado la voluntad del gobernante, aleccionado por una experiencia traumática de amenazas aristocráticas y persecuciones por sublevados, y decidiendo recuperar las riendas del poder completamente, usando la violencia y la cautela, la riqueza o la legalidad. El segundo aspecto emerge con el relato de Hatton interesado en la persona del monarca, decidiendo un largo proyecto político centralizador a partir de sus experiencias directas, y encontrando en el entorno los elementos utilizables, ya sea en las personas de los burgueses ministros o contentando a la plebe al repartir pan gratuito durante las hambrunas[7]. Con Hatton predomina lo anecdótico y no resulta clara la existencia de una causalidad, cuando el modelo absolutista se repite, simplemente pareciera operar una imitación sobre un acontecimiento exitoso. Sin embargo, el grado de imitación o divergencia sobre la monarquía absoluta sale del rango de las consideraciones de Hatton, y en ese sentido hasta resulta extraña una afirmación de Anderson que lo singulariza, indicando que el resultado del gobierno prolongado de Luis XIV fue un “culto a la autoridad real”[8] sin comparación en ningún otro reino de Europa durante esa misma época. La afirmación de Anderson singulariza saliendo de su pauta usual, cuando su enfoque personifica como ejemplo de una tendencia estructural.
La relación clave entre el rey y la aristocracia debe demostrar el vínculo efectivo entre la representación y la clase, para no derrumbar su hipótesis teórica. Anderson se  enfrenta a la paradoja de la representatividad-conflicto-abierto mediante una larga argumentación, en cierto sentido, su obra entera argumenta la sustentación de su tesis básica: la monarquía sí representa a la clase aristocrática aunque lucha encarnizadamente contra ella. Los sangrientos conflictos entre monarcas y aristócratas cuestionan su argumento crucial, sin embargo, su revisión de Europa afirma que mantienen un sistema cerrado donde el monarca enseñorea la cúspide de la aristocracia y ésta se conforma como el estamento bajo el manto monárquico (por más que se subleve contra un rey en particular), sin embargo algunos monarcas sí traspasan la frontera de esa estructura. En el caso de Luis XIV amagó con la amenaza para “deshacerse” de la aristocracia insumisa, pero el mismo Anderson señala casos cuando la lógica última del absolutismo (el centralismo jerárquico del Estado), rompe las amarras de su supuesta lógica social, como indica en su ejemplo de Suecia con el ocaso de Gustavo III hacia 1792, cuando su autocracia dictatorial impulsó a la nobleza resentida hacia el ideario republicano y terminó con su asesinato, pero ese salto de papeles en contra de la hipótesis del predominio de las clases, lo desestima Anderson como una “infra-determinación” (una menor determinación de la debida) entonces “Un Estado optativo acabó en una contingencia aparentemente total.”[9] Con lo cual se violenta la legalidad y la causalidad históricas, creando excepciones contrapuestas al método que defiende, es decir, su materialismo unitario.[10]


Nacimiento sincrónico  
La matriz del tiempo, le parece a Anderson como únicamente adecuada cuando se refiere a la creación de los objetos teóricos; llama su atención la simultaneidad de la emergencia de los despotismos absolutos, es decir, el parto conjunto de los monarcas absolutos Isabel y Fernando de Castilla y León, Enrique VII de Londres y Maximiliano de Baviera. Ese tipo de nacimiento-estructura no parece interesar a Hatton, quien está mirando la situación personal del monarca, intrigada por la fragilidad de la vida, pues luego de dos abortos, la reina Ana de Austria parecía condenada a la esterilidad y Luis XIII le rehuía, sin embargo, lo improbable emerge, para cimbrar al destino, pues nacería el rey más influyente en la cronología de las dinastías francesas. La fortaleza descollante emerge desde ese entreverado de fragilidades personales. Entonces Hatton rescata los eventos con frontera en lo mítico y nos describe la hazaña de un vástago para salvar a Francia, de la posibilidad de una emigración dinástica pues se perdería la línea de sangre real, si fallaba tal eventualidad del nacimiento del delfín. En el caso de Anderson debe contentarnos la eficacia de la simultaneidad (sombra de la ley forzosa, que alinea a las casualidades), en Hatton nos sobrecoge el milagro de la singularidad, donde el tiempo sigue la sencilla línea de la sucesión cruzada con la coordenada de la sincronía.[11]

Sobre el carácter de las instituciones absolutistas
Para Hatton no interesa tanto el carácter preciso de la “institución absolutista” como género, sino las innovaciones aparecidas durante Luis XIV, la posible generalización emerge sobre el plano de la comparación, y por el acoso recíproco de Estados en lucha; así, hace suponer que emergen al imitar durante los conflictos (un sistema de fuerzas antagónicas, en una guerra intermitente). En otro sentido, el avance singular del Estado de Luis XIV parece nacer de situaciones únicas (semejante cuando Daniel Cosío Villegas, un historiador mexicano denominó un “estilo personal de gobernar”)[12] como el afán centralizador nacido de una preocupación de fragilidad del reinado y como el esfuerzo de fronteras seguros colocado en una perspectiva defensiva de estrategia militar, aunado a una especie de racionalismo creciente en la operación del Estado, sus mejoras continuas en la organización y las medidas tomadas. Sin embargo, a pesar de un enfoque tan distinto, sobre las modificaciones en sí, la descripción de Anderson coincide. El fondo de Anderson siendo generalizador, convierte su descripción en una totalidad de casos que corresponden con la misma “ley histórica”, una reorganización del aparato feudal, mediante su centralización, nuevo sistema legal, etc. Pasemos a observar los diferentes aspectos.

Burocracia
Hatton divide en dos esferas a la burocracia. Una parte es la élite de grandes burgueses ennoblecidos, arropando al rey, en un consejo de ministros muy estrecho, pues para efectos de biografía este nivel resulta interesante, ya  que muestra personas, con fortuna y desgracias, como sucede con el ministro de finanzas condenado a prisión. La otra parte es la masa, que corresponde con la estructura cambiante del aparato de Estado, indicando las principales líneas de poder entre el centro y las provincias, mediante los intendentes y poderes locales. Los llamados “parliaments” (las asambleas con aristócratas y hasta con burgueses) donde se acudía a negociar el incremento de impuestos merecen una mención especial; la tendencia fue a convocarlos de manera puntual por conveniencia del rey, para anularlos cuando se muestran como una potencia autónoma o hasta rebelde.
En cada caso merece una atención especial la utilización de la venta de cargos y el impuesto sobre el puesto, en especial de recaudadores de impuestos, modalidades que resultan desconcertantes en una perspectiva moderna.
Para Anderson, las varias modificaciones avanzan en un único sentido: la centralización del aparato estatal, pero la conservación de un poder aristocrático. En particular, le parece que la intervención de la burguesía en el Estado, como burócratas medios o hasta principales, no cambia la situación estructural,  que no se instaura el nuevo régimen propio del Estado capitalista.
El tamaño del aparato burocrático de Estado francés comparado con la modernidad resulta minúsculo, el cuerpo de funcionarios civiles era sumamente reducido, 1000 responsables contando la corte y las provincias, pero estaban apoyados sobre el ejército, que para la época fue una impresionante máquina coactiva, entre 50 mil a 300 mil soldados regulares.

Legislación
Para Hatton el sistema legislativo se moderniza y se racionaliza, como impulsado por un viento modernizador y por un estilo inteligente del rey sol. De nuevo pareciera obra de la casualidad, que el rey no usara ampliamente el sello absolutista entonces incrementándose en el Estado. Algunas de las leyes resultan claramente despóticas, pero Hatton insiste en su no empleo, incluso argumenta las situaciones donde ofreció el perdón a sus enemigos, promulgando generosas amnistías. 
La importancia del derecho romano reinterpretado corresponde a una visión de Anderson, donde el “factor Renacimiento” resulta importante para explicar el avance continuo hasta alcanzar la etapa capitalista.

Impuestos
El tema del crecimiento del Estado en Francia, sin duda proviene del incremento de ingresos, provenientes tanto de una mejor producción, más población y mejore procedimientos recaudatorios. En este periodo existen tres tipos de impuestos, dos tradicionales del feudalismo, tomados directamente por el señor feudal aristócrata y por la iglesia, luego el propio impuesto cobrado para el Estado. En el periodo de Luis XIV la toma de tal impuesto estatal resultaba la punta de lanza del conflicto con la aristocracia, y las subordinadas regiones subordinadas. En ocasiones los impuestos parecen determinase como simples saqueos, indicado en la virulencia del diezmo, establecido como una toma del décimo de los bienes, de manera indiscriminada. Asimismo, la buena acogida monarca para el comercio y la manufactura se relaciona con la fuente para adquirir ingresos para el Estado. De nuevo, para Anderson resulta interesante el crecimiento del Estado y del ejército sostenido por los impuestos, es decir el perfil global.

Estados políticos en conflicto
La creación del “sistema de Estados” europeos en conflicto con su perfil preciso, con su esquema de nacionalidades en tensiones, Anderson lo estima como una innovación venturosa del periodo absolutista. El resultado Hatton lo juzga proveniente de una oposición de estrategias que conducían hacia un punto de empate final, pues siempre que un contendiente amenazaba con alcanzar un poderío excesivo (el imperio universal sobre toda Europa) sufría el contrataque de sus vecinos celosos, procurando abatirle lo suficiente para frustrar su supremacía temporal. El resultado funciona por oposiciones, pero también lo considera Hatton como efecto de una prudencia episódica de los participantes, por ejemplo, una explícita pauta defensiva de Luis XIV quien sacrificó enormes derechos de su dinastía, nacidos del testamento del monarca español, con tal de evitar confrontaciones con vecinos recelosos de su supremacía.[13]
Por su parte, Anderson ofrece una mejor explicación sobre la situación de guerras permanentes entre los Estados absolutistas. En cambio, Hatton indica una situación de hecho, donde la inestabilidad ser repite y cada gran acuerdo de paz contiene semillas de su final, además de la precariedad de las sucesiones dinásticas y las ambiciones de los monarcas (especialmente Leopoldo de Austria). En este caso, parece facilitarse una combinación entre la causa estructural y las contingentes, sin que parezca existir una contradicción importante.
Únicamente, bastaría considerar que la confrontación entre Francia y las potencia marítimas, Anderson la estima como un signo de renovación de época, pues las potencias más netamente capitalistas resultan robustas en su estructura interna, y capaces de derrotar a Luis XIV, no por coyuntura sino por esencia. Claro, que para Hatton no existe tal horizonte, y en su relato, las diferentes guerras de Luis XIV dan la impresión de empates sucesivos, intercambios de posesiones y territorios, los cuales finalmente permiten la coherencia territorial anhelada por el rey.

Diplomacia
Para Anderson la diplomacia tiene el aspecto de una institución renovadora, integradora de las relaciones entre los Estados a un nuevo nivel, expresión y fuente el nuevo tramado institucional de las relaciones entre los Estados. Para Hatton las mejoras diplomáticas aparecen como avances de situación, resultado de una racionalización del Estado y casi un mérito personal del rey Luis XIV. Resultaría curioso, comparar tales valoraciones con la enorme estimación concedida por Marx a las maniobras de la diplomacia exterior de Rusia en su estudio especializado[14].

El ejército y la guerra
Una gran parte de los procesos modernizadores y de cambio social del periodo están relacionados con los cambios en la técnica militar. Para Hatton principalmente resulta interesante la profesionalización creciente del ejército y su nacionalización, además de los grandes proyectos de sistemas de fortalezas defensivas, ligadas con la casi obsesión estratégica de fronteras defendibles, planteada por Luis XIV. Anderson plantea el panorama completo de los cambios del sistema militar y sus dramáticas repercusiones en los equilibrios de fuerzas.
El tema de la profesionalización y la nacionalización creciente de los ejércitos aparece en ambos autores, sin embargo, para Anderson tienen un sentido más trascendente. En principio, Anderson ofrece la explicación sociológica de la importancia de los mercenarios en el final del feudalismo, porque establecían una fuerza militar más confiable que los campesinos armados. Al mismo, tiempo la profesionalización del ejército implicaba una creciente carga fiscal, imposible antes de la centralización administrativa. La estimación del ejército francés oscila entre 50 mil a 300 mil soldados, lo cual era una enorme máquina militar para ese periodo.  
Al mismo tiempo, debo comentar que las variaciones de la técnica militar implicaban una especie de carrera armamentista en ese siglo, pues se competía por mejores armas y artillería, fuertes mejorados, barcos más veloces y artillados, etc. Esto generaba constantes conflictos, donde aparecían nuevas potencias militares en rápida sucesión.

Dinastía o nación
Por otra parte, observo que Hatton no enfatiza la aguda contradicción entre dinastía y nación, como un tema esencial del periodo del Estado absolutista, debido a su predilección para quedarse en lo anecdótico. Las dinastías europeas del periodo emparentaban vía matrimonio y se desplazaban mediante los pactos de sangre o por la fortuna de las constantes guerras. El desplazamiento territorial de los nuevos herederos al trono era una costumbre, así no importaba que Carlos de Habsburgo haya nacido en Flandes y se criara en alemán, cuando su abuelo Fernando VII lo toma como la mejor sucesión, entonces se instala en Madrid sin hablar castellano y el nuevo rey Carlos V construye sistemáticamente el imperio a partir de la península, con lo que se dibujará el Imperio Español.

La trama del conflicto dinástico, diplomático, militar y proto-nacional entre París y Madrid es tremendamente compleja, finalmente la dinastía salta las fronteras en mitad de guerras sucesorias. Anderson muestra más claridad, indicando el antagonismo esencial entre dinastía y nación, aceptando que casi es una casualidad que la dinastía parezca nacional, como el apareamiento que identifica a la casa Borbón y Francia. Conviene estudiar estas situaciones en detalle, para no pecar de abstracto, y observar cómo emerge, por ejemplo, Francia nacional moderna paso a paso, y desde qué punto los reyes Borbón la usan o asumen, considerando la compleja retro-alimentación histórica entre la persona y su circunstancia, forjadora de las naciones antiguas, a su vez, plataforma de las naciones modernas.

La persona del rey en la casualidad y la causalidad en la historia.
Ahora bien, una ley esencia de la dinastía (justa y exactamente conforme la persona se identifica con el gobierno absoluto) implica el azar de la vida individual (su fragilidad, su duración biográfica, su salud y enfermedad, sus cualidades o torpezas de gobernante), del matrimonio y la herencia (las alianzas matrimoniales y destino de los reinos en base a nacimientos). Ese aspecto lo describe ampliamente Hatton, incluso sin insistir demasiado en ello, porque resulta una evidencia. La misma narrativa del nacimiento del Luis XIV, después de dos abortos y del conflicto entre su padre y su madre, muestra completamente la fragilidad del destino del reino en ese punto[15].  De nuevo aparece esta fragilidad en las sucesiones, con el tema de que un monarca longevo hereda el reino de España a un nieto suyo, Felipe, y que su propio reino debe saltar una generación para recaer en ese nieto. Ambos casos indican la fragilidad de la línea sucesoria, mediante el salto de generaciones. El caso de España resulta más complejo, por los conflictos de intereses y militares entre los dos reinos, y las posibilidades político-militares desatadas por la sucesión de un Borbón en España.
Evidentemente, el tema de fondo resulta muy importante en descripción de la historia. Para la herencia de la materialista marxista, el lado de la causalidad es más importante y las características de la persona no resultan tan importante comparadas con las posibilidades de la época. Este punto no lo hace tan explícito Anderson, pero es la esencia en su método. Para el materialista marxista la personas es una personificación de las relaciones sociales que encarna, así el monarca importa como representación de la aristocracia; sin embargo, en el relato histórico, el mismo choque de fuerzas y su conflicto con su “clase social madre” implica su mayor juego de libertades, un protagonismo enorme de los monarcas para el movimiento concreto de la historia. La marxista nos indicaría, que por muchas variaciones personales de los monarcas, al final de cuentas el resultado de la evolución histórica será más o menos el mismo, que el proceso de consolidación de Estado absolutista, terminaría similar si muere un príncipe brillante y entra uno incapaz. Por el lado de la historia concreto, esta variación de las personas-personificaciones peca de exceso de abstracciones y no permite observar lo particular del acontecimiento. La buena o mala personificación de una relación social no es suficiente, porque la relación social no contiene todas las determinaciones de la vida misma; creer que las relaciones sociales contienen todas y cada una de las determinaciones es fantasear sobre una enajenación absoluta de la historia, un determinismo más que absoluto. Entonces sí interesa la persona y sus azares, además también implica las posibilidades concretas de los grupos, como la relación del monarca con el país, y el perfil de las nuevas naciones y su cultura.

Mercantilismo
Conviene revisar las interpretaciones de Anderson que limitan en mercantilismo a una expresión de las clases aristocrática que se ha adaptado a la existencia del mercado y busca beneficiar al Estado. Para Anderson el mercantilismo era la doctrina dominante de la época; pugnaba por libre comercio interno, alentar la exhortación de bienes y prohibía la de metales preciosos y moneda, en la creencia de que existía una cantidad fija de riqueza y comercio disponible en el mundo. El Estado era el sujeto y objeto de la política económica mercantilista. Sus creaciones características fueron en Francia, las manufacturas reales y los gremios regulados por el Estado, y en Inglaterra, las compañías privilegiadas. El mercantilismo antecesor y opuesto al laissez faire fue una teoría de la intervención coherente del Estado absolutista sobre el funcionamiento de la economía.

El aspecto ilustrado, avance de cultura
Desde el punto de vista de Hatton aquí está un resultado evidente e ineludible del absolutismo. Su línea causal no es demasiado marcada, pero al encontrarnos en el terreno de la biografía, el apoyo a la cultura del rey parece resultar de una infancia educada, es decir, la esmerada educación del rey se convierte en el patrocinio nacional de la educación, cultura, ciencia y artes para todo el país. Así, emerge una ecuación maravillosa: el individuo educado se convierte en el educador del país; que siendo el gobernante salta el terreno arenoso de una paradoja de las Tesis sobre Feuerbach: el educador debe ser educado[16]. En este caso, Luis XIV fue educado y su recepción de una cultura universal (aunque sesgada hacia su encargo, incluso hacia la guerra) permite dispersar sobre el país entero, una emanación cultural nunca antes vista. En ese sentido, ante la pregunta de por qué el despotismo de Luis XIV fue ilustrado, la respuesta sería porque recibió una esmerada educación desde niño y la continuó la vida entera; entonces esto nos conduce hacia una “educación de príncipes” encierra el fenómeno de la ilustración y la escuela pública, etc.
Esa entera línea biográfica no contiene ninguna importancia para Anderson, sino que el fondo opera con el crecimiento del capitalismo dentro del feudalismo. Conviene revisar su argumento, pero no concuerda con una interpretación del incremento autónomo del conocimiento muy evidente en cualquier investigación de la cultura o el fenómeno educativo como eventos autónomos,[17] aunque el comercio sí contribuya para su efecto y preservación mediante el “capitalismo impreso”.[18] El crecimiento del racionalismo filosófico y la expansión del método científico en el periodo se puede considerar una serie histórica que rodea y fertiliza el periodo del Rey sol, sobre lo cual adquiere mucho más sentido que impulsara la educación y las artes, favoreciendo el crecimiento productivo de su país.

El simbolismo de la monarquía, el código del poder
Final, pero no intrascendente, surge el tema de los símbolos. El símbolo inicial del Luis XIV ya posee el signo de la grandeza, —como en adivinanza, el Sol sobresaliendo en los cielos—, advirtiendo que su reinado trascendería el periodo y lanzaría su modelo por Europa entera. Nos puede desagradar, pero este reinado luego resultaría ejemplar del despotismo ilustrado para Europa entera, siendo seguido en los confines, como la lejana Rusia, con su absolutismo arcaico pero afrancesado, de hecho el francés se convertiría en el idioma cosmopolita durante el siguiente periodo.
Ahora bien, un símbolo también es un jeroglífico de época y el discurso de las artes nos debe revelar (lo que para la mirada ignorante simplemente vela) de tal modo, que esta simbología nos indica las características políticas del gobierno absoluto. Este tipo de gobierno, aristocrático pero centralista, gobernando con la aristocracia pero enconado con los nobles, exige un discurso del poder majestuoso, justamente la majestad (deslumbrar con el lujo, la teatralidad de la monarquía) es el complemento del derecho divino (justificación religioso-política) centralizado, de tal modo que Luis XIV fue un precursor brillante, quien entendió esto: sin brillo el reino se tambalea. Había vivido la fragilidad de su gobierno mediante las rebeliones de la Fronda, entonces debía acorazarlo y amurallar la jerarquía de su centro. El complemento de las fortalezas defensivas en las fronteras lo constituía Versalles (como palacio y como corte, dos dispositivos esenciales del mando monárquico) y el retrato de su propia persona, la cual se convertía el sol. Así, el sol debe deslumbrar para evitar ser alcanzado, Luis XIV resultó un maestro en el arte de deslumbrar, mediante las obras palaciegas y artísticas, así como la organización cortesana.
Después del sol como símbolo del rey, vienen las alegorías de Apolo y su carro de fuego, como vehículo que trae el conocimiento a la humanidad, una plástica expresión de su lado ilustrado. Finalmente, conviene comentar el gusto por los símbolos de la abundancia, como las frutas, los niños, las espigas y mazorca, incluso el afamado cuerno de la abundancia que conservaría ampliamente en la iconografía francesa. Así, el lenguaje simbólico absolutista indica la expansión solar y la venida de la abundancia. En este aspecto, las alegorías van de la mano con la política económica naciente, sustentada por teorías mercantilistas, la monarquía se ocupa de fomentar el comercio y las manufacturas, durante un periodo en el que el comercio es un instrumento de poder. Entonces su gobierno favorece la riqueza del país, y las instituciones de alivio, como repartir el pan durante las hambres periódicas, cuando un rudo invierno destruye las cosechas.
Por último, convendría estudiar el paulatino avance del simbolismo nacional, del conjunto del país emergiendo como una plataforma maternal. Este punto debe discutirse, porque con la retrospectiva se cree en una Francia inmortal, plataforma sólida de cualquier gobierno, sin embargo, creo que esa realidad en el siglo de Luis XIV todavía resultaba frágil. La referencia a la comunidad imaginada o entidad maternal (proto-patria) complementaba la utilidad del monarca, y en el relato de Hatton se insiste en la creencia personal del rey para servir a su país, sin embargo, en ese periodo la mayoría de los príncipes podían mostrarse como propietarios fríos de los territorios y permutarlos por una lejana provincia, si las circunstancias y su gusto lo permitían; en ese sentido no existían las dinastías patrióticas por esencia sino por excepción. Parece que Luis XIV resulta ejemplar como una excepción, en su voluntad de aferrarse a un país, y mantenerse seguro dentro de él, perfilando el símbolo de una tierra-madre con la cual identificarse irremediablemente. Las supuestas palabras finales del rey Luis XIV también merecen un comentario respecto de la cuestión nacional, pues se le atribuye en su lecho de muerte “Yo me marcho, Francia permanece”, sin embargo, esta versión resulta un tanto dudosa para Hatton, quien indica “según parece”.[19] Con seguridad una posteridad nacionalista dio tintes más patrióticos a este emperador, ya que objetivamente contribuyó a la consolidación de Francia, y en lo que aquí comentamos su periodo también contribuye a la imaginería simbólica de una comunidad mediante una patria en representación maternal.

LA CONCEPCIÓN DE PERRY ANDERSON SOBRE EL REINADO DE LUIS XIV

Las anotaciones originales conteniendo el tema presentado por Anderson aparecen en azul, surgieron desde el año 1978, durante un seminario. Conviene refrescar su lectura inicial para tener la visión completa del objeto teórico.
Perry Anderson, El Estado absolutista: Capítulo 14.- Francia.
- Antecedentes. Permanencia de la monarquía de los Capeto, ofrecía una continuidad de la dinastía en un largo plazo (sobre el territorio centrado en París, de tal manera se generaba una identidad monarcas-territorio, que para el sistema feudal resulta casual, porque los gobernantes aristócratas se desplazan según la suerte de la guerra y los destinos sucesorios, por otro lado resulta forzosa en cuanto ese lazo entre el poseedor y su posesión, vínculo demostrado cuando se colocaba el nombre del gobernante sobre el territorio conquistado, como se denomina una provincia como Luisiana desde la costa del Golfo de México hacia la rivera del Mississippi). Además no existió por largo tiempo una dinastía rival fuerte, ni las diferencias regionales en la región francesa resultaban tan marcadas ni conflictivas (por tanto, esta dinastía tendió a identificarse con la extensión completa del suelo de lo que llegó a ser Francia).
-En esa época el volumen demográfico de Francia generaba una dificultad formidable a la unificación administrativa por sus 20 millones de habitantes (pues para la escala feudal, resultaba demasiado poblado y extenso).
- El progreso de la centralización monárquica de la región fue convulsivo, mediante “jalones” hacia el centralismo y recaídas en la “anarquía regionalista”, marcados por las grandes guerras que afectaron internamente a esta región. Este proceso centralizador se compone de tres etapas.
-La guerra de los cien años. En fin, esta guerra solamente terminó ganada abandonando los servicios de caballería, y creando un ejército regular pagado. Para levantar ese ejército regular se concedió un impuesto nacional de la monarquía. Pero esas medidas fiscales y administrativas al comenzar el proceso no opacaban de ninguna manera a los Estados Locales (periodo de Carlos VII).
Luis XI centralizó más aún el poder, derrotando a los aristócratas borgoñeses, únicos contendiente de peso regional para ocupar la corona. Pero París no reina aún un Estado centralizado. Francia quedó dividida en “gobernadurías”, regidas por príncipes o grandes  nobles, quienes poseían “una amplia gama de derechos reales “, y entonces lograban actuar como autoridades autónomas, hasta  bien entrado el siglo XVII. Además crecieron en número y en importancia los parlamentes locales: la dinastía no alcanzaba a imponer un aparato eficaz de gobierno monárquico “en el marco de una economía sin mercado unificado ni un moderno sistema de transporte y en lo que aún no se había alcanzado, la disolución de las relaciones primarias de tipo feudal”[20].
Se intentó construir “”Estados Generales”, la figura de una especie de democracia aristocrática, pero como en esas reuniones los monarcas no lograban impuestos (para ellos mismos) se dejaron de convocar.
Periodo de Francisco I y Enrique II. Los funcionarios jurídicos extendieron gradualmente derechos legales de la monarquía y los parliaments podían ser intimidados por secciones especiales en presencia del rey. Pero aún no eran reyes autocráticos, respetaban los tradicionales privilegios nobiliarios.
Guerras civiles y religiosas. La muerte de Enrique II precipitó cuarenta años de luchas internas. Ahí se sintetizaron todos los conflictos políticos de esa transición. Originando el conflicto nobiliario, produjo la radicalización urbana y levantamientos campesinos no religiosos. Eso reunificó a la clase dominante, ante el peligro la nobleza se reunió en torno al Estado. Enrique IV sube al trono. A partir de ese momento histórico el absolutismo se encamina rápidamente a la madurez. En 1604 la venta de cargos se estabilizó haciéndolos hereditarios a cambio de un pequeño porcentaje anual sobre su valor de compra. Pero la Guerra de los Treinta Años volvió a desestabilizar esos sistemas fiscales. A pesar de todo, curiosamente entrelazado con esa burocracia venial, Richelieu y sus sucesores construían una maquinaria administrativa racionalizada, que hiciese posible por primera vez el control y la intervención reales directos en toda Francia. Richelieu aplastó las conspiraciones aristocráticas, derribó castillos y suprimió los Estados (asambleas de nobles o provinciales) donde pudo hacerlo. Por encima de todo, creó el sistema de intendants, funcionarios enviados con poderes omnímodos a las provincias, nombrados por el rey, sus cargos eran revocables y no se podían comprar, representaban el poder del nuevo Estado. Pero coexistían con officers y palements. La estructura adquiere una extrema y florida complejidad.
Análisis: dualismo económico, de cargos particulares y impuestos generales, “esta duplicación se reproducía en las estructuras del absolutismo francés”[21].
No sólo el Estado absolutista integraba a la nobleza, la venta generalizada de cargos integró también a la burguesía que tendía a asimilarse con la aristocracia. Además el Estado absolutista propiciaba negocios útiles a la clase burgués. El resultado político fue llevar a una vía muerta la evolución política de la burguesía  francesa durante 150 años.
Desde aquí empieza la parte más directamente relacionada con Luis XIV.
Fronda: el peso del aparato del Estado cayó sobre los pobres. La guerra de Treinta Años fue el bautizo de fuego para el Estado absolutista. El éxito de Francia contra España en esa guerra. Pero las presiones fiscales eran salvajes contra la población. Llegaron las rebeliones desesperadas de las masas. La Fronda fue la cresta más alta de la oleada de rebeliones populares “una vez más, el país pareció caer en pedazos a medida que las provincias se desvinculaban de París”[22]. Ocurrió la toma popular del poder político en las ciudades de Burdeos y París. Ante el peligro popular las clases propietarias, luego de tantos conflictos, finalizaron más unificadas.
Cuando terminó la guerra con España ya estaba preparada una selecta élite burocrática para el próximo reinado. En adelante la aristocracia “sentaría cabeza” bajo el absolutismo consumado y solar de Luis XIV. En 1661, una vez que el poder ejecutivo y la autoridad real se reunieron el absolutismo alcanzó rápidamente su clímax: los parlamentos fueron silenciados, los tribunales soberanos fueron reducidos a la obediencia, la autonomía municipal fue embridada; la nobleza tuvo que residir en Versalles (1682) y quedó separada del señorío efectivo sobre sus dominios territoriales. Se reforzó el poder de los llamados intendants, los representantes locales del Estado. El cuerpo de funcionarios civiles era sumamente reducido, 1000 responsables contando la corte y las provincias, pero estaban apoyados sobre una impresionante máquina coactiva (50 mil a 300 mil soldados).
Su cultura francesa se convertirá en un modelo para las demás noblezas.
El objeto de este Estado absolutista era la expansión militar. La guerra de la Liga de los Habsburgos alineó a toda Europa occidental contra de Francia. El resultado de esta guerra fue nulo.
Paradoja: el mayor esplendor y dominio interno del Estado no coincidió con la mayor expansión. Razón: ahora se enfrentaba (Luis XIV) a Estados capitalistas, de Inglaterra y Holanda, es decir, socio-económicamente más potentes. Entonces el éxito del esfuerzo interno fracasó en el terreno del ámbito externo.
Un resultado del reino prolongado de Luis XIV fue un “culto a la autoridad real”[23] sin comparación en ningún otro país de Europa durante esa misma época.
El legado posterior a Luis XIV.
Regencia: La llegada de la Regencia en 1715 anunció la reacción social ante el fracaso; la alta aristocracia reapareció. El soberano pasó a manos de los pares. El carácter clasista: se reforzó el carácter noble (de clase) del Estado absolutista, los altos puestos volvieron a ocuparse exclusivamente por nobles.
Condición de eficacia como Estado absolutista residía en la distancia estructural respecto de la clase que defendía.
Después de Luis XIV no aumentó la racionalización del sistema político, ni tarifa aduanera, ni sistema de impuestos ni código legal uniforme, ni administración local uniformes.
Contradicciones objetivas del absolutismo: éste exigía impuestos, pero la aristocracia a cambio exigía controles políticos.
Siglo XVII. Desarrollo burgués. Separación de éstas respecto del Estado absolutista, prosperaron fuera de éste y ya no hubo “integraciones”.
Ante la deuda financiera del Estado surgen variados conflictos entre Estado absolutista y nobleza. Finalmente sobre la estructura de los “Estados generales”: la misma rigidez del vínculo precipitó la caída de tal forma de representación, abatida por el Estado absolutista.

RESUMEN DE LA INTERPRETACIÓN DE RAGNHILD HATTON SOBRE LUIS XIV

El texto en verde corresponde a la reseña de las principales aportaciones de Hatton al tema del rey Luis XIV.
Nace en 1638 y muere en 1715. Su reinado fue muy largo, heredando el reino a partir de los cinco años, y durante su minoría de edad la regencia la tuvo su madre, la reina Ana de Austria (en realidad española de la dinastía Habsburgo), la cual confió el gobierno a Mazarino (quien adquirió el título de cardenal). Hasta 1661 asumió personalmente el poder pleno y se convertiría en el prototipo del monarca absoluto, la personificación de una modalidad de acción política y administración Estatal. También se caracterizó por su tipo de monarquía ilustrada, mentora del desarrollo económico y de las ciencias y artes.
Sus ministros fueron principalmente burgueses, que heredaron hasta sus cargos a los hijos, formando una especie de aristocratización, comprando matrimonios nobles, pero todo lo debían al rey. En cambio, a la nobleza la mantenía el rey “alejada de la política”[24] en el sentido de las altas decisiones, pero integrada en la corte y en el ejército. De manera más radical existen testimonios de que el rey “había expresado a menudo su afán de conseguir erradicar la nobleza de Francia, pero ignoramos si lo consideraba practicable”[25] Con esto se valdría ahondar en la contradicción entre Estado y aristocracia en el periodo.
Las continuas guerras del periodo, y las preguntas en torno a su carácter inevitable.
La anécdota de su nacimiento, después de un matrimonio muy joven su madre la reina había abortado dos veces. El rey la evitaba, por temor a nuevas situaciones adversas. En una breve reconciliación de una sola noche, la reina volvió a quedar embarazada. En esa época resultaba estratégica la sucesión dinástica, por lo mismo se creó una gran expectativa por el nacimiento del príncipe, por eso se recibió como asunto de gran importancia. Se le bautizó públicamente con el título completo de “Louis le Dieu-Donné”, Luis la donación de Dios; además se le representó simbólicamente como un sol saliendo detrás de una nube, para indicar el renacimiento de la esperanza tras el tiempo nublado. Nació con dos dientes ya formados, por lo que se contrataron ocho nanas para amamantarlo. Luego de dos años, nació el hermano Felipe, con quien la madre guardó especial cuidado, para evitar una rivalidad peligrosa hacia la sucesión de la corona.
La educación del rey estuvo centrada en su capacitación militar y en la cultura general. Aprendió a montar a caballo, se le inculcaron los juegos de guerra, tuvo al ejército de Francia en miniatura para su educación y ya mayor usó flotas en miniatura para reproducir las batallas navales[26], le enseñaron equitación los mejores maestros, fue un experto tirador. Desde pequeño le leyeron en voz alta, antes de dormir, capítulos de historia, considerados más adecuados, resulta prominente una Historia de Francia por Mézeray[27] (lo cual resulta sumamente interesante por la figuración de la idea nacional francesa), y durante su vida entera conservó el gusto por escuchar lectura en voz alta. Desde el punto de vista teórico, alcanzó a dominar el arte de la guerra, especializándose en el sito y la logística. Las ciencias le agradaron. La geografía el interesó por el estudio de los mapas. Desde joven aprendió a no decir demasiado por cuanto representaba un riesgo político. Aprendió el arte de la política de manos de Mazarino, de quien se afirma le inculcó a Luis XIV la convicción de que los intereses de Francia estaban “sobre las inclinaciones personales del rey”[28]. Creyó que debía desligar sus creencias religiosas católicas a favor de mantener la unidad del Estado[29], evitando un conflicto mayor con lo protestantes, y aunque abolió el Edicto de Nantes, bandera de la tolerancia religiosa europea, no lo sustituyó con obligaciones confesionales y mantuvo libertad religiosa para los protestantes[30], mientras no atentaran políticamente contra su gobierno.
La Fronda resultó el mayor desafío para el reinado de Luis XIV significando, el riesgo completo, presentando tanto fases “semirepublicanas” en Burdeos y Marsella, como una revuelta de la nobleza. El joven rey debió huir hasta de París por las turbulencias. Una parte de estos episodios giraban en torno al odio aristocrático y popular contra Mazarino, una especie de xenofobia contra un extranjero atrás del trono, quien debió retroceder hacia un segundo plano, dando el protagonismo a un joven rey. En parte la Fronda terminó mediante delicadas negociaciones y el rey otorgó una amnistía como medio de conciliación. Temiendo a la nobleza, el rey tuvo como aspiración alcanzar un gobierno personal que evitara de raíz los conflictos con facciones rebeldes[31].
Hacia 1650-1660 la familia real padecía falta de dinero.
La enorme actividad como constructor, incluyendo Versalles y multitud de obras.
Comitivas para promover que el rey fuera visto en la zona central y otras ciudades[32]. Este aspecto de “mostrar” al rey y su majestad posee otros matices. Por ejemplo, una “política de puertas abiertas” en Versalles para que los visitantes acudieran al lugar, con la condición de estar bien vestidos[33]. Claro, la gente común no se podía acercar al rey. En cambio, de manera masiva la aristocracia concentrada en la corte miraba o vislumbraba constantemente al rey. Por tanto, apareció una lucrativa actividad de los cortesanos aristócratas para presentar peticiones de solicitantes dentro del círculo del rey, ejerciendo una especie de gestoría informal.
Su aprendizaje sobre las finanzas, descubrió que su primer ministro de finanzas Fouquet se enriquecía a costa del reino, por lo que lo investigó pacientemente hasta desenmascararlo y arrestarlo en una oscura fortaleza. Los grandes ministros eran tan influyentes que al rey le pareció atinado crear oposición entre sus familias. Por el aumento notable de la burocracia se incrementó el número de ministros hasta alcanzar 16, una cantidad enorme para entonces. Los intendants pasaron a convertirse en gobernadores permanentes[34]. Descripción de las actividades del rey, en asuntos de Estado,  desvirtúa la imagen de un festival palaciego permanente; las reuniones eran diarias, con informes detallados y resoluciones continuas. Reuniones con diplomáticos, y recepción de informes detallados, preparación de las negociaciones.
Dentro de sus atribuciones este rey absoluto manifestaba respeto por las leyes, y como ejemplo paradójico pone Hatton el diezmo, el cual fue consultado con la Facultad de Leyes de la Sorbona antes de aplicarse y se retiró en cuanto terminó la situación de emergencia extrema. Asimismo, hacia 1680 cesaron los procesos por brujería en el país. Los atributos del rey para encarcelar no se utilizaron indiscriminadamente[35]. Pero bajo presión de riesgo para su Estado Luis XIV cometió enormes crueldades como el bombardeo de ciudades indefensas ejemplificado en Génova, arrasar un territorio cuando se aproximaba el enemigo para evitar su utilización como pasó con el Palatinado
Como anécdota la llegada de la embajada de Siam (ahora Tailandia) en 1687 causó revuelo por la lejanía del sitio.
La promoción del rey hacia las manufacturas y comercio, implicó que los nobles no perdieran su título por dedicarse al comercio[36], a diferencia de lo sucedido en otras regiones.
En el periodo se reestructuró al ejército en un sentido de profesionalismo, para “crear un ejército suficientemente disciplinado a nivel de oficiales”[37] Hacia 1660 todavía un tercio de los 120 mil alistados al ejército eran tropas alquiladas o mercenarias. La tendencia posterior fue a integrar un ejército compuesto principalmente por franceses. Durante las mayores hostilidades se integraron hasta 350 mil pero luego se desmovilizaba la mayor parte. Rápido crecimiento de la marina de guerra, insignificante al inicio del reinado.
Este rey mostró vivo interés en promover la cultura, ciencias y artes en el país. En 1653 fundaron la Academia Francesa. Hacia 1663 creó la Pequeña Academia de Inscripciones y Medallas, un tanto ridiculizada después por su empeño tan especializado. Uno de los propósitos fue realzar la importancia del idioma francés. Existió censura sobre los escritos, pero es estima que era menos rigurosa de lo que se debería de esperar en un contexto absolutista. La Academia de Ciencias se creo en 1666 y sus quince miembros recibían magníficos emolumentos. Además creó otras Academias como la de Pintura y Escultura (1655) la Francesa en Roma (1666) y de Arquitectura (1671). Asimismo las enormes labores arquitectónicas y de decoración por parte del gobierno promovieron empleo para los talentos de las ciencias y artes.
El tema de la política exterior le parece del mayor interés a Hatton, y la centra en base a un par de ejes estratégicos. El  primero es el “cerco Habsburgo”, por cuanto las dos poderosas dinastías descendientes de la casa Habsburgo flanqueaban al reino de Luis XIV, si bien con el lado español existía una relación de parentesco estrecha por el lado materno, el mismo parentesco resultó motivo de enormes conflictos, justamente por la guerra de Sucesión Española. Bajo ese contexto del “cerco externo” le parece a este autor la línea de conducta del rey como orientada completamente para crear fronteras seguras, sobretodo la oriental[38], moldeando un territorio viable para la guerra defensiva y un espacio adecuado al mantenimiento del reino. Sin embargo, también existieron otras consideraciones (las comerciales[39], religiosas[40] y territoriales) porque también este rey lanzó guerras ofensivas.
Ahora bien, a insistencia de alcanzar una coherencia territorial pareciera en una retrospectiva que se liga con un matiz nacionalista, pero también resulta viable interpretar en un sentido completamente contrario, pues las permutas territoriales son un sello de la nobleza, intercambiando tierras y poblaciones cual si fueran mercaderías sencillas y no “suelo patrio sagrado”[41]. Obsérvese la febril actividad de intercambio de territorios y tratados donde se modifican fronteras y soberanías a lo largo de esos años.  Las supuestas palabras finales del rey Luis XIV merecen un comentario respecto de la cuestión nacional, pues se le atribuye que dijo en su lecho de muerte “Yo me marcho, Francia permanece”, sin embargo, esta versión resulta dudosa para Hatton, quien indica “según parece”[42].
En su reinado se interesó por dejar un testimonio de sus obras, comisionando a escritores para realizar la narración histórica, y también encargó establecer sus memorias, incluyendo sobre las cuestiones militares. Sin embargo, próximo a la muerte Luis XIV destruyó una parte de sus archivos con las cuestiones más personales.
El simbolismo de la monarquía ya estaba listo desde el nacimiento con el sol emergiendo tras la nube. A esto se agregó una colección de interpretaciones mitológicas, donde el rey se asociaba con Apolo. En el gusto por las artes creció un neopaganismo de estilo renacentista, adornando las fuentes de Versalles o los rincones de los palacios, donde el rey aparecía como emperador romano o dios griego[43]. Existía gusto por los símbolos de la abundancia como mazorcas de maíz, frutas y niños.

 NOTAS:



[1] HATTON, Ragnhild Marie, Luis XIV.
[2] ANDERSON, Perry, Transiciones de la antigüedad al feudalismo.
[3] ANDERSON, Perry, El Estado absolutista.
[4] HATTON, R. op. cit., p. 47-48.
[5] La hipótesis de personalización significa que el individuo personifica un papel que le es impuesto, para el marxismo lo imponen las relaciones de clase basadas en un fundamento económico, por tanto, inconscientes. Por ejemplo, Marx en El capital o La guerra civil en Francia.  
[6] HATTON, R. op. cit., p. 47
[7] HATTON, R. op. cit., p. 186-187, Ilustra el reparto de pan gratuito en 1662.
[8] ANDERSON, Perry, El Estado absolutista, p.82. Como historiador que ahonda también en procesos revolucionarios, el parámetro del culto a la personalidad del líder (religión de Estado), debe ser más vistoso que al no interesado en tales parámetros. Véase Trotsky, Stalin.
[9]ANDERSON, Perry, El Estado absolutista, p.192. Quizá el ejemplo de los polacos y su igualitarismo nobiliarios, las muchas islas de democracia como los cantones suizos y las ligas comerciales, apuntan hacia la ruptura de la causalidad propia del marxismo. Alrededor de lo cual batalla hábilmente Anderson para evitar ese colapso teórico, sin traicionar la evidencia empírica. Lo cual queda más claro en su obra conexa Las transiciones de la antigüedad al feudalismo.
[10] En sentido opuesto, algunas variedades de estructuralismo, plantean regiones separadas, ya sean los cortes horizontales de la arqueología de Foucault (de Las palabras y las cosas) o bien los segmentos separados con lógicas distintas de Levi-Strauss en muchas obras o Daniel Bell, en Las contradicciones culturales del capitalismo.
[11] La causalidad de una línea de hechos como el nacimiento del delfín parecería rigurosa ley, pero que se cruce con una larga simultaneidad nos hace recordar los azares imposibles, por tanto hundirse en lo misterioso de la libertad. Véase la introducción de Sartre en Crítica de la razón dialéctica.
[12] Daniel Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar.
[13] Recuerda la teoría de juegos de Nash, cuando los participantes cambian de opciones conforme se modifican las fuerzas relativas y terminan alcanzando un equilibrio.
[14] MARX, Karl, Historia de la diplomacia secreta. La enorme valoración concedida a la diplomacia está relacionada con su posición estratégica antagónica con el zarismo ruso.
[15] HATTON, Ragnhild, Luis XIV, p. 30, “Un segundo embarazo, en 1630, acabó también en aborto y a partir de esa fecha Luis XIII evitó el lecho de su esposa (…)” Volverían ellos  a tener un encuentro hacia 1637 y entonces fue el embarazo afortunado.
[16] MARX, Karl, Tesis sobre Ludwig Feuerbach. En su periodo de superación de este filósofo alemán Feuerbach anteriormente aceptado, Marx escribe estas tesis, afamadas por su prefiguración de una filosofía radical.
[17] Incluso un estudio horizontal, como la arqueología epistemológica de Foucault no favorece una hipótesis lineal entre el conocimiento con el capital mercantil del periodo. Véase Las palabras y las cosas.
[18] Expresión de Benedict Anderson para indicar la importancia de la industria edituria para la formación de la conciencia nacional moderna, en Comunidades imaginadas.
[19] HATTON, R. op. cit., p. 190.
[20] ANDERSON, Perry, El Estado absolutista, p.87.
[21] ANDERSON, Perry, El Estado absolutista, p.93
[22] ANDERSON, Perry, El Estado absolutista, p.
[23] ANDERSON, Perry, El Estado absolutista, p.82.
[24] HATTON, Ragnhild Marie, Luis XIV. p. 11.
[25] HATTON, R. op. cit., p. 185. Con lo cual convendría investigar si resultaba una consideración de “cruce histórico”, ya que amenazaría la teoría normal de operación de las clases sociales. 
[26] HATTON, R. op. cit., p.122.
[27] HATTON, R. op. cit., p.37
[28] HATTON, R. op. cit., p.43
[29] HATTON, R. op. cit., p. 40
[30] HATTON, R. op. cit., p.154. Edicto de Fontainebleu donde se respeta el derecho de conciencia de los hugonotes franceses.
[31] HATTON, R. op. cit., p.56. “ejercería un gobierno personal”
[32] HATTON, R. op. cit., p. 78 “la ruta a París fue elegida expresamente para que el rey pudiera ser ver –y ser visto” p. 79 “Se puso gran esmero en mostrar al rey aureolado por toda su autoridad en poblaciones otrora dominadas por los frondeurs”
[33] HATTON, R. op. cit., p.161.
[34] HATTON, R. op. cit., p. 113.
[35] HATTON, R. op. cit., p. 179
[36] HATTON, R. op. cit., p.114.
[37] HATTON, R. op. cit., p.116.
[38] HATTON, R. op. cit., p. 134-135
[39] HATTON, R. op. cit., p. 145. Aunque reconoce un conflicto de aranceles entre Francia y la República Unida (Holanda) como motivo de la guerra, le parece que el conflicto no resultaba de envergadura.
[40] HATTON, R. op. cit., p. 142. Luis llegó a apoyar secretamente a los turcos en contra de Austria, causando remordimientos de conciencia y luego provocando una operación para “borrar huellas” en el sentido contrario.
[41] HATTON, R. op. cit., p. 136. En ese sentido, las opiniones de este historiador resultan ambiguas, ya que cree existía interés por integrar a la región Lorena  para “unirse en cuero y alma a la nación”, cuando el medio son los intercambios territoriales continuos.
[42] HATTON, R. op. cit., p. 190.
[43] HATTON, R. op. cit., p. 164-168.