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domingo, 1 de abril de 2018

LA PESADILLA DEL DIRIGENTE

 



Por Carlos Valdés Martín

 

Las nubes no permitían adivinar cuantas Presencias observaban el comienzo del Juicio. El ambiente era solemne y luminoso, pero el de la voz sonaba constipado:

—Te juro San Pedro que sí los procuraba —bajó la voz, cual gesto dramático de oratoria— como a niños y velaba por su mejoría.

—Es una mala opción para escaparte de una condena —respondió el que en este momento llamamos Gran Espíritu— el suponer que aquí ignoramos a detalle.

—El pueblo sí quería.

—El corazón de quien crías desde la infancia, educas bajo tu escuela, te debe su habitación, su padre es tu asalariado, tu periódico es lo único que lee, tu radio es la única que escucha… la opinión entre tal pueblo no la considero informada.

—Pero San Pedr…

—¡Deja de llamarme San Pedro! No es un nombre propio para juzgarte y menos si afirmaste ser un ateo, como para doblar la cabeza bajo un cielo cristiano ante el cual solicitas clemencia.

—Está bueno, ¿cómo debo llamarle?

—Entre mis nombres descubrirás: Torcedor Eterno, Misterio Insondable, Infinito sin Nombre, el Absoluto que pretendías superar… o mejor para ti, la Espera del Pozo sin Fondo, el Silencio final, las Estatuas de Mármol terminarán siendo Polvo y las Efigies son la Grotesca Caricatura del Ego Inflado…

El Dirigente comienza a mover la boca con disgusto, con muecas involuntarias, mientras pretende la mayor seriedad. Piensa que la respuesta es difícil de digerir y contiene amenazas que no le agradan. Interrumpe:

—¿Me van a matar?

—A los muertos no se les mata, aquí estamos un paso adelante.

El Dirigente comprende que es un difunto, pero no lo siente en los huesos ni en la carne.

—Entonces hay vida después de la muerte.

—No para todos los espíritus; en eso estamos aquí, de eso trata el Juicio.

—Entonces soy mi Espíritu; estaba equivocado con eso del desdén a la religión y mis tesis materialistas resultaron charadas, resulté “un punto”.

Quien se comenzó a llamar Torcedor Eterno, guardó silencio esperando a que Dirigente sacara las conclusiones.

—Hubiera preferido anticipar este Más Allá; en dado caso, fuera diferente, pero así las cosas, no hay para atrás… De haber sabido.

El Torcedor Eterno siguió aguardando, mientras Dirigente cavilaba: “Supongo que veré a mis amigos y enemigos; mis enemigos serán implacables como yo fui en su momento; espero me valga la opinión de tantos que favorecí.”

—¿Puedo hablar con alguien en este Más Allá y que abogue por mí? Que la profesión de abogado es respetable. En mis años juveniles me defendí ante el tribunal del opresor, pero este ambiente es tan distinto, aunque cabe suponer leyes en este Juicio.

Comenzó a responder el Torcedor Eterno:

—Tendrás tu defensa, quizá de una manera que no esperas. Tu condena es la más honda si resultas condenado. Una gran responsabilidad acarrea también un gran castigo. El niño recibe otra oportunidad sin más miramientos, pero la responsabilidad en la conducción de pueblos resulta enorme. Aniquilar un Espíritu con potencial para la Eternidad es un gesto de enormes repercusiones. Cuando te colocabas tras el fusil y disparabas contra un enemigo, lo más que arrebatabas era la biología terrestre. Aquí las decisiones finales son más terminantes: todo o nada. La extinción completa de la luz del Espíritu es un castigo peor que la caída a los Infiernos, a los cuales merecería llamarlos un indulto.

—Entonces son dos opciones.

—Son tres: desaparición por la Eternidad, descenso a un nivel Infernal o regreso para Encarnarse.

—Desconocer el verdadero final ¿no es una desventaja para conducirse por la vida?

—En tu caso es disculpa; pues desconocer las consecuencias últimas reduce la responsabilidad. Por más que tus discursos hablaron de consecuencias que no revelaste: “Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traería las peores consecuencias, y estimo que al pueblo hay que alertarlo contra el exceso de optimismo.”

—Era el momento del triunfo, alertando al pueblo, siendo sincero.

—Luego se acabó, vino la realpolitik… de seguir y seguir arriba a toda costa. El amor al Poder no engaña acá.

—Pero evité los monumentos, ni mi nombre en las calles ni avenidas.

—Que el país entero sea tu monumento no es mucha diferencia y heredar para tu hermano, típico de las monarquías.

—“Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

—Citar a José Martí —hizo una pausa— distrae, nada más distrae, en especial, si la interpretación de la frase puede confundirse tan humilde como ególatra…

Recordó su descrédito público hacia el tema “vida eterna”, en la cual no creyó con sinceridad y cuando una vez explicó que si alguien perviviera 500 años “terminaría aburrido terriblemente”. Siguió vagando entre recuerdos, atesorando lo que suponía sus mejores acciones y las decisiones que dañaban a otros. Le surgió otra pregunta:

—Esto es como una estación de tránsito que se termina; un sitial de ferrocarril que espera el arribo de su tren sin saber a cuál estación siguiente ir ¿Esto es así?

Por encantamiento, los efluvios del éter se disiparon y el sitio indefinido se convirtió en un escenario semejante a una vieja estación de ferrocarril provincial, con un tendido de vías único, unas cuantas bancas para la espera, una plancha cementada para que los viajeros aborden y se desplacen con facilidad. Más allá de las vías, palmeras y selvas agrestes, evocaciones gratas.

Sonríe en su interior, suponiendo que ha avanzado con el cambio de escenario. Este reto le resulta desconocido, pero si él abatió al tirano y al tigre, esta sorpresa quizá no le sea insuperable. Además, el sitio le trae recuerdos de infancia, cuando la humilde aldea que lo vio nacer vibraba ante ecos de lejanía y la distancia fue visión de un tren humeante y ruidoso.  

Una vieja locomotora pitó en la lejanía y captó su atención una columna de humo que semejaba un hilo disolviéndose. Sonrió en su interior, eso era un regreso a la infancia. La voz severa lo sacó de esa vista bucólica:

—Los actos son un engranaje en la cadena universal, ninguna maldad se hace sin el espacio abierto para tal acción; hasta los pensamientos más oprobiosos se gestan en un área preparada por mil millones de años de evolución cósmica… Así, el espacio de cada responsabilidad está limitado, pero conforme asciendes en la escala de Poder, ese pequeño espacio atrás de tu frente adquiere mayores repercusiones, diminuto cual el botón que controla la máquina enorme, así es el resorte íntimo que te dirige en cualquier circunstancia. Las guerras más terribles son diminutas chispas que escapan desde la hoguera de la historia humana, así que no hay tanto para rescatar o repudiar de los actos públicos. Si tu figura pública, incluso en tus momentos de tiranía, fuese insoportable cualquiera de los atentados que fueron tramados en tu contra, por una combinación de casualidades se habrían cumplido con éxito… Pero no… tu vida estaba alineada para ser larga y tu talante se mantuviera al frente de tu país. Quienes más te condenaban tuvieron el recurso de colocar la mar de por medio, así que tus labores quedaron facilitadas desde el principio. Respecto de lo que imaginas tu obra material, en poco tiempo se derrumbará como otros castillos en la arena de la playa cuando sube la marea, tus elucubraciones sobre un régimen perfecto y la nación heroica asediada se derrumbarán en su momento.

—Eso no es posible…

—Tus creencias sobre el futuro ya no son tema —atronó la voz— que aquí toca analizar el gesto más meridiano e íntimo, el cual refleja a plenitud tu timbre interior, para preguntarnos si merece seguir corriendo por las selvas y bosques de la Tierra o debe quedar esterilizado en un infinito inmóvil, para siempre en las eternidades estériles. Regresar al turbulento río de la vida, continuando con las transformaciones del espíritu en su cadena infinita o detenerse por los eones, dejando este dilema en tu propio interior.

—¿En concreto se me acusa de algo?

—Si has seguido el razonamiento anterior con cuidado, observarás que el dilema está entre un legado final que cristaliza a tu pueblo en un modelo y, no porque sea posible en lo real, sino porque conservas esa fijeza en tu interior. El otro polo está en dejar ir esa etapa cual la fiebre de las juventudes ardorosas, para reinventar en la Tierra…

Mientras la explicación fluía, el viejo tren alcanzó el principio del andén y sus ventanillas mostraban la alegría de rostros y manos traslúcidas, especie de fantasmas que disfrutaban de vacaciones.

El Dirigente interrumpió:

—Comprendo, me dan la opción como de abjurar por mis convicciones materialistas y modelo basado en las estructurales de la historia.

—El tema del espíritu ya ni siquiera es importante debatirlo, la prueba es contundente; sobre tus ideas, aquí no hay espacio para juzgar a las sociedades terrestres, lo único importante es si estás dispuesto a liberar tu espíritu de los lastres de tus ideas y hasta de tu grandeza personal, en el sentido de que aquí la Igualdad se comprende de manera muy distinta a lo que empleabas.

—¿Y a la basura esta fe junto con mis logros? —levantó la voz, comenzó a gritar— Abjurar de mis ideales de Patria, dejar de lado a los muertos; darle la espalda a los millones que sufrieron junto a mí…

Siguió hablando cada vez más fuerte, como si declamara ante la plaza pletórica de masas y agitara su puño potente, para exigir a los enemigos respeto absoluto a la Revolución. Conforme su discurso fluía le resultaba más una copia textual de sus añoranzas, cual si mirase una película de sus alegrías. La imagen traslúcida de su cuerpo comenzó a cristalizarse mientras su sonido amainaba y el entorno se volvió oscuro pero luminoso (cual región interestelar), integrando el arcoíris de batallas y proclamas, salpicadero de prisiones y barcazas, cañaverales incendiados por las zafras y negros con machete sin encadenar, estrofas de Martí, octavillas en los Ministerios y asambleas en las barriadas, madrugadas con sol y sin electricidad, huracanes tocando las costas, trovas reinventadas y bongós bajo la Luna, selvas bullendo entre disparos nocturnos, sobrevuelos de advertencia y prisioneros sin juicio, estadísticas frías y miseria caliente, remolinos entre las nubes y banderas cayendo de sus astas, helados de sabores en labios de los niños, ancianos bajo las tumbas, partos en cabañas solitarias… El torbellino de tantos elementos le resultaba asfixiante, convirtiéndolo en estatua y silencio. Mientras su mente inmaterial se apagaba, entonces un horror inenarrable lo sacudió por las atrocidades que salpicaban enemigos abatidos en batalla, víctimas casuales, prisioneros sin juicio, exiliados forzosos…

Los elementos se fusionan en arcoíris traslúcidos que son silenciados entre ese espacio frío e infinito. En el vacío estelar finalizaba el Juicio, las Presencias se retiraban, el Torcedor daba los toques finales al residuo de un arcoíris que se colapsaba dentro de una Nebulosa. La constelación de Orión, el guerrero estelar, se mantuvo indiferente cuando se apagó el último destello de ese arcoíris.

 

 

 

martes, 3 de enero de 2012

EL REGRESO DEL PRÍNCIPE KAN-BALAM








Por Carlos Valdés Martín






El sacerdote Kuk’bo era un anciano arrugado y de gestos recios; incluso sin verlo su presencia imponía respeto o temor. No habitaba en una casa sino en la oscuridad de una caverna; no disfrutaba de comodidades, pues su rigurosa tarea era mantener contentas a divinidades del inframundo. Por mandato se mantenía en el húmedo subsuelo y únicamente acudía hasta lo alto de la pirámide en las celebraciones rituales. Viajaba solitario en las noches sin luna hasta la ciudad. Sobre la pirámide había un pequeño templo rectangular y él mandaba a tapar todas las ventanas y puertas para mantener la más espesa penumbra. Al interior del recinto, sólo permitía la entrada de un enviado cada vez, incluso el rey acudía en solitario. El poder del sacerdote Kuk’bo dependía de su misterio y la fama que lo rodeaba: el único capaz de congeniar con los espíritus del subsuelo, temidos por ser vengadores de la noche y dueños de la muerte. Por si fuera poco, él tenía potestad para decidir quién sería sacrificado para satisfacer a esos inquietos dioses mayas; aunque ese poderío no lo ensoberbecía, sino lo hizo humilde y reservado.
Esa noche Kuk’bo estaba más tenso que de costumbre. Pensaba: “Dudo que el príncipe Kan-Balam sea digno sucesor de su padre. Tiene la madurez de los años y experiencia como líder en las guerras, pero no es amado por el pueblo. La gente sencilla desconfía de él; al compararlo con Pakal, a él lo desprecian. Pero si él no es aceptado por los dioses entonces la ciudad caerá en un abismo de luchas por el poder. El resto de los aspirantes son inútiles. Los reyes del territorio enemigo nos atacarán tarde o temprano y no sobreviviremos sin un guía fuerte. Debo comunicarme con los señores del inframundo y quizá acepten a Kan-Balam. Pero mi deber es someterlo a la rigurosa prueba sin importar su edad.”
El viejo maya aspiró el humo sagrado durante horas. En su mente, poco a poco, abría una puerta ominosa. El cuarto cerrado y oscuro del templo se saturaba de los vapores del tabaco y el cáñamo de manera alternativa. Tantas veces había probado las plantas de los dioses, que no temía a las falsas imaginaciones ni a los miedos exaltados de las personas comunes. Cuando se sintió listo aplicó una púa para sangrarse y ofrecer varias gotas en sacrificio. En una vasija consagrada mezcló su sangre y las cenizas del incienso copal. Ya estaba listo, gritó y su voz traspasó el umbral ordenando apurar la presencia del príncipe. Un mensajero que esperaba en el umbral del templo salió a la carrera para traer al posible heredero.

El príncipe, en su situación de heredero y primer pretendiente del trono, llevaba una semana haciendo ayunos y ofrendas de purificación. Kinich-Kan-Balam sabía, por anuncio del concilio de los otros sacerdotes, que las pruebas de Kuk’bo eran las definitivas para obtener el reino, pero, en caso de fallar, el reino seguiría sin un gobernante definitivo. El concilio de sacerdotes no parecía estar incómodo por esa carencia de un rey definitivo, pues ellos funcionaban como regidores de la ciudad cuando faltaba el gobernante.
El ayuno consistía en néctares de frutas y agua diáfana de un cenote mezclados con yerbas de olores. Además de evitar contacto con sus esposas y las distracciones de cualquier género, la purificación se complementaba con plegarias. Durante la cuarta parte de la luna mensual el príncipe habitó dentro de una pequeña choza de paja y carrizos en las afueras de la ciudad.
La última noche antes de su gran prueba Kan-Balam tuvo un sueño vívido. Un enorme jaguar de pelaje naranja y motas negras salió de la selva; estaba asechando la urbe y él recibía de Pakal un puñal de pedernal con forma de serpiente para enfrentarlo. Le pareció extraño que dos partes de su nombre entraran en conflicto. Los religiosos citaban en el espacio del juego de pelota ritual de Baakal (hoy conocida como Palenque). El jaguar miraba a corta distancia y hablaba como persona, retándolo y burlándose de su cobardía. Conforme al animal se acercó, un calambre de temor lo paralizó y el felino lo devoró en un parpadeo. Atrapado en las tripas del animal, él pidió otra oportunidad a su padre y una voz le respondió: —¿Mereces otra oportunidad? ¿La mereces de verdad?
El príncipe despertó temblando confundido y suplicando a sus dioses que lo hicieran digno de su herencia y buen nombre. Pues el rey Pakal, una vez muerto, se había convertido en una leyenda. Luego de un año de ausencia, el pueblo lo reverenciaba como su salvador en las crueles guerras y los sacerdotes lo añoraban, como guía y protector. Los ancianos decían que al atardecer las nubes tomaban la figura del gobernante muerto y algunas doncellas soñaban que regresaba para salvarlas de los enemigos que asechan entre los bosques.
Al amanecer, Kan-Balam lamentó que nadie le pudiera revelar en qué consistían las pruebas; el pueblo por desconocerlas y los sacerdotes por tenerlo prohibido. La única instrucción era la purificación estricta y vestirse con un ropaje doble; abajo el calzón sencillo del pueblo y arriba un atavío esplendoroso de realeza, con taparrabos bordado, sandalias finas, muñequeras de jade, collares de piedras preciosas y penachos de pluma de quetzal.
Al pie de la pirámide el príncipe arribó caminando, acompañado de una pequeña comitiva de guerreros y sacerdotes. Silenciosa y expectante la multitud rodeaba el sitio ceremonial. Kan-Balam se mantuvo callado hasta alcanzar el pie de la pirámide y entonces saludó levantando la mano. Los pobladores habían acudido antes del amanecer para observar algo del evento, por mínimo que fuera, pues la ceremonia sería dentro de un recinto cerrado. Ante el saludo le respondieron con gritos desordenados y alegres. En cuanto se calmaron los clamores, el príncipe suplicó se retiraran, y no empezó a subir las escaleras hasta que la mayoría no se retiró, entre murmullos de contrariedad.
Cuando Kan-Balam pisó los escalones corrió un rumor y muchos pobladores empezaron a regresar. A mitad del ascenso de nuevo el príncipe pidió que los aldeanos se retiraran y que permaneciera, en exclusiva, el grupo selecto para decir plegarias y sonar los ritmos ceremoniales.
El sacerdote Kuk’bo dentro del recinto superior estaba protegido, pero escuchaba con claridad las arengas del príncipe y los murmullos de los pobladores. La presencia de tanta gente curiosa, la había adivinado mucho antes, durante una visión: la multitud aclamaba desesperada por un ser superior encarnado, un retoño de las divinidades, el cual salvaría a la ciudad, pero el precio sería terrible. Así, que el sacerdote estaba muy alerta, con el sahumerio y el primer brebaje listo, y, al escuchar que el príncipe había alcanzado el nivel superior de la pirámide, le gritó para advertirlo: —No te atrevas a traspasar el umbral, y ¡espérate a que yo te dé las órdenes!
La voz del sacerdote aguda y clara, atravesó las cortinas rituales que cubrían la entrada del recinto. Desde afuera se veía el bordado que asemejaba serpientes, unas descendiendo y otras subiendo, en la mitad se encontraban con las fauces abiertas y chorreando sangre por las comisuras. La cortina, además de adorno, era una advertencia de castigos a quien violara esa entrada sin permiso. Varios pliegos de tela formaban el conjunto de la cortina y por sus junturas se escapaba humo penetrante y perfumado.
Pasaron los minutos y el príncipe seguía parado frente a la cortina. Arrastró una sandalia hacia delante y volvió a salir la voz del sacerdote: —Que te esperes, he dicho; aún no es el momento.
La idea del sacerdote oculto deteniendo su movimiento antes de avanzar, sorprendió a Kan-Balam, quien perdió el aplomo ganado en esos días de ayuno. Los instantes se acumulaban y le parecían eternos; su mente divagaba, mientras escuchaba movimientos y palabras sueltas, las cuales parecían tejer plegarias. Cansado de la inmovilidad, el príncipe intentó desplazarse hacia un lado, pero de nuevo fue reconvenido: —Es preciso que te estés quieto, me turba esa inquietud como si permanecieras en la edad juvenil.
Sospechó que el sacerdote lo observaba por alguna rendija, pero no era así, simplemente el viejo se mantenía en una especie de trance, atento al mínimo sonido o emanación a la distancia. El sacerdote se inquietó también por unos curiosos que estaban acercándose con sigilo hacia la pirámide: —Sirve de algo, príncipe, diles a los sacerdotes que se deshagan de los curiosos que vienen desde el juego de pelota, son cinco familias que se sienten intrigadas por tu destino.
Kan-Balam sintió alivio de moverse y gritarles con autoridad a los sacerdotes que esperaban sentados en la base de la pirámide: —Kuk’bo ordena alejar a unos curiosos que vienen desde esa dirección.
Kan-Balam señaló con el índice extendido, abajo los sacerdotes comprendieron su obligación. La voz desde el interior dijo: —Es mejor que te acerques frente a las cortinas. Resulta inútil esperar más, tantas interrupciones van a turbar a los dioses. Adentro está todo preparado, pero debes ingresar con suavidad. Debes tocar con tu mano izquierda el centro de la cortina, pero hazlo suave, suavemente.
Kan-Balam entró siguiendo las minuciosas instrucciones, para evitar la entrada de los rayos de luz del mediodía. De inmediato una humareda lo sofocó y la oscuridad detuvo sus pasos. El recinto era de unos pocos metros y al centro una columna cuadrada, y detrás de ésta una loza que conducía hacia catacumbas. El sacerdote le indicó: —Primero una reverencia; lo principal es agradecer a los dioses y a nuestros antepasados que nos miran por fuera y por dentro.
Y siguió indicándole a Kan-Balam los movimientos precisos para abandonar los vestigios del mundo exterior. En cada paso abandonaba una prenda lujosa; primero, el penacho y al final, las sandalias, hasta quedar sólo en posesión del humilde calzoncillo de los campesinos de la región.
Mientras se desprendía con cuidado de cada prenda y adorno ritual, el humo denso de las plantas sagradas aletargó a Kan-Balam.
Al fondo de la habitación el sacerdote estaba sentado en cuclillas y explicó en qué consistía la prueba, ya que en la catacumba estaban depositados una estatuilla del dios Hun-Came, la empuñadura del bastón de mando de la ciudad y una serpiente venenosa a la que debe de cazar. Debía regresar de la catacumba victorioso o mantenerse como huésped perpetuo del subsuelo. Le advirtió: —Bajarás en cuanto estés listo; pues tus ojos deben vencer en la oscuridad; en la catacumba no existe ninguna luz. Yo sería capaz de lograrlo, pero ninguno de los aldeanos lo haría, ni siquiera los otros sacerdotes son capaces. La serpiente posee veneno mortal. Si no estás listo, puedes retirarte, pero vivirás deshonrado si huyes.
—¿Cómo atrapar una serpiente venenosa en la oscuridad?
—Solamente siendo un príncipe de verdad. En su momento, tu padre lo hizo. Me consta.
—Sin ver es imposible.
—Yo te miro sin luz, no es indispensable.
—No sigas, sacerdote, aquí he venido por ese objetivo. Estoy dispuesto a morir si no logro mi propósito.
El sacerdote tomó de la mano a Kan-Balam para escoltarlo a la orilla donde se abría la catacumba, con unas escaleras descendentes.
—En cuanto bajes taparé la entrada con una loza de piedra, no debe escaparse la serpiente. Si cumples tu prueba, al regresar estaré listo para que removamos la loza, no tengas desconfianza.
De la mano lo condujo hasta unas escaleras estrechas y descendentes.
A tientas, usando las manos para descubrir el perfil de cada escalón, Kan-Balam bajó hasta encontrar piso firme. Lo último que escuchó fue el ruido de la gran loza deslizándose y se quedó sentado en el último escalón, intentando adaptarse a una negrura absoluta.
Mientras se adaptaba al ambiente una calma alegre inundó su corazón y el príncipe se imaginó como un rey triunfador, así imaginó como si mirara a la distancia desde su futuro: “El rey Kan-Balam conoce la envidia humana, pero nada importaba más que conservar la memoria del rey Pakal, su padre. A fin de cuentas, el nuevo rey recuperó las fronteras del reino y, ganada la paz, ha encargado grandes retablos con los artistas de la ciudad, que recuerdan sus hazañas. Los artistas de la piedra retratan el viaje del príncipe al inframundo con detalle. La guerra ganada contra los señores de Calakmul, rivales permanentes, no merece ser esculpida en los monumentos, pues terminó con un pacto diplomático. Aunque respetan el pacto, esos enemigos de Calakmul siguen esperando una oportunidad para derrotar a rey Kan-Balam y vengarse de la rica ciudad.”
Le sonreía a la oscuridad mientras se imaginaba ataviado con los ricos penachos de quetzal y los collares de jade, en mitad de consejo de líderes y sacerdotes de la ciudad, mientras blandía el bastón de mando enjoyado. Pero un eco lejano, quizá el sonido profundo de un caracol ceremonial, rescató al príncipe de sus ensoñaciones de futuro. El aire húmedo y terroso de la catacumba estaba mezclado con el sahumerio de hierbas agradables y también con un humo que aprieta la garganta. El príncipe intentaba urdir un plan para lograr sus objetivos, pero no encontraba ninguna idea de utilidad. El temperamento del líder guerrero maduro y acostumbrado a los enfrentamientos, se asqueó de la pasividad en que se sumía, y, entonces, contrariado intentó avanzar con la idea de atrapar a la serpiente mortal. Palpó el suelo con las manos y descubrió que era de rocas pulidas con tierra suelta en las hendiduras; igual que el resto de la pirámide, así que no era una caverna natural bajo la construcción, sino otra parte del edificio. La idea de estar en una edificación especial para ponerse a prueba lo calmó. Siguió avanzando muy lento, buscando una dirección con las palmas en el suelo, como un cuadrúpedo. Había recorrido pocos codos cuando sintió una pared construida; era lisa como el exterior de las pirámides y el acabado seco indicaba el estuco, especie de yeso con argamasa, útil como base de los murales que adornan los sitios públicos. Sobó la superficie, se acercó los dedos a la boca y confirmó su idea de un mural. Recorrió con suavidad la pared imaginando un gran mural, con las escenas de ceremonias festivas y guerras, casi los únicos temas de los murales en la ciudad. Avanzó sobre la pared y luego encontró un relieve en roca, sin duda un monolito esculpido. Los relieves se podían interpretar en la oscuridad. Las figuras en relieve eran aristócratas y sacerdotes, el resto eran jeroglíficos relatando un evento. Interpretó los grifos siguiendo una y otra vez con el dedo los relieves. No era fácil entender, en cambio resultaba sencillo confundirse. Se detuvo en la parte inferior pues dudaba de su interpretación, así que lo repitió hasta que no tuvo dudas: “El gran Pakal entrega su corazón ante la gran Ceiba sagrada”. Eso tenía un único sentido: era la tumba secreta de Pakal. La otra tumba pública donde se lloraba al rey muerto era un engaño, una estrategia para despistar a sus enemigos. La verdadera era esa, oculta en una catacumba dentro de la pirámide.
La piedra interior eran dos monolitos, los cuales servían de sarcófago para el monarca muerto. Siguió interpretando la piedra y descubrió un texto explicando la grandeza de Pakal y las hazañas de guerra contra los vecinos. En la parte contraria estaba la pared lisa y con pinturas, que el príncipe hubiera querido mirar con una antorcha.

Al rodear por completo el sarcófago funerario Kan-Balam pisó un algo sinuoso. Palpó y sintió la estatuilla y la empuñadura del bastón de mando. Alegre por el encuentro, sintiendo que estaba próximo a vencer, guardó entre el pliegue del calzoncillo las dos piezas. Luego escuchó un silbido. Quedó muy alerta. ¡Era la serpiente! Estaba muy cerca. ¿Cómo cazarla en plena oscuridad? Quizá provocándola, para atraparla cuando lo mordiera: una idea desesperada y peligrosa. Él sería la carnada a riesgo de su vida. ¿Había otra salida? Lo pensó y lo imaginó muchas veces. Pensó: “Esto es una prueba suprema; salir con vida tras la mordedura de la serpiente debe ser el testimonio de la volunta de Pakal y de los dioses.” En silencio empezó un diálogo con su padre: —¿Me crees digno de sucederte? ¿La muerte te sorprendió? Poco esfuerzo hubiera sido dejar las instrucciones a los sacerdotes, pero no hubo tal. Imposible arreglar el pasado. Envíame una señal. Si es tu deseo que yo sucumba o que pruebe mi valor frente a la muerte. Antes lo hice, en la guerra. Pero esta oscuridad es distinta, aquí puede observarnos el Hun-Came, Señor del Inframundo, debe oler mi miedo y marcar el sendero. Si estoy condenado, resulta inútil retrazar mi decisión.
Respiró Kan-Balam y se acercó hacia el sitio del ruido. Empezó a sudar profusamente y se dio cuenta que el sitio estaba húmedo y caliente. Avanzaba despacio arrastrando los pies y con las manos tensas, imaginándolas garras de jaguar capaces de atrapar a su enemiga.
Se acercó más y más hacia el sonido.
El ruido ya estaba junto a su pie.
Sudó un poco más, agachó el cuerpo como disponiéndose a coger un arbusto.
De pronto un golpe agudo en el tobillo, como una flecha dolorosa. Era la serpiente mordiendo, y a la máxima velocidad Kan-Balam acercó su mano.
Con toda su fuerza tomó un extremo de escamas retorciéndose. La serpiente se revolvió y mordió en el mismo brazo derecho que la atrapaba. Mientras el animal lo mordía, con la mano contraria, el príncipe palpó la cabeza y la apresó con toda su furia y miedo unidos. La boca del ofidio quedó cerrada y Kan-Balam insistió en apretarla hasta que la aplastó.
El animal dejó de forcejear.
El príncipe sintió euforia y se arrastró a tientas hacia la salida bloqueada. Golpeó varias veces llamando afuera.
Quedaba un pequeño orificio por donde explicó al sacerdote su hazaña y sus dos heridas.
El viejo maya se admiró. En silencio arrastró un madero para apalancar la piedra y desplazarla lentamente.
Abierto un espacio suficiente el príncipe emergió, sudoroso y tiznado por todo el cuerpo con la tierra de la catacumba. Finos rayos de luna como telas de araña traspasaban las cortinas bordadas e iluminaban el sitio. Un hilo de sangre escurría por su brazo y la mirada estaba inyectada de color amarillo vidrioso y las venas finas tan hinchadas que se distinguían a la distancia. El sacerdote habló y reconoció que el hijo de Pakal había pasado una prueba casi imposible en tres días de cautiverio.
¿Tres días y sus respectivas noches? El tiempo estaba alterado en la mente del heredero. Para él solamente transcurrieron unas horas.
—Levántate que te curaré; tengo el remedio contra las secuelas del veneno.
—¡Abajo está la casa de Pakal! ¿Cómo es que nade lo sabe?
—Así, lo decidió él. Nadie se opondría a su voluntad. Los constructores de la tumba y el sarcófago murieron después, en las guerras. Un puñado que sabemos el secreto de este recinto estamos obligados a callar. Para los demás sacerdotes este sitio solamente es la puerta del inframundo, así que lo evitan, porque es peligroso.
—Tu remedio duele —se quejó con suavidad el príncipe cuando sintió un líquido espeso en el tobillo— ¿de qué está hecho?
—De hierbas lunares y barro de la cantera Pek-Te.
—Escucho un ruido afuera ¿qué es?
—Son los tambores y cascabeles ceremoniales. Al pié de la pirámide está velando un grupo de sacerdotes y tamborileros; los bailarines no han cesado de girar y lanzar sus plegarias para que regreses con los vivos. Lograron su cometido.
—Había olvidado a la gente de la ciudad. Abajo únicamente existían Pakal y los espíritus.
—Pronto estarás listo. Si no mueres antes del amanecer superaste la prueba.
—¿El remedio no es infalible?
—Los puros de corazón sobreviven al veneno de serpiente. El remedio no salva a los impuros.
—Esperaré al amanecer, confiando en la voluntad de Pakal y del espíritu de Kan, la gran serpiente. ¿Me puedo recostar? Tengo sueño.
Un súbito cansancio invadió a Kan-Balam. Una pesadez inmediata invadió su cabeza en cuanto la posó en el suelo de piedra.
—Antes de dormir bebe de este vaso —apuró el sacerdote, aproximando un elixir.

El espíritu del príncipe regresó a la catacumba; volvió a leer con las manos las inscripciones de piedra y las comprendió con más claridad. En el sueño, una suave luz de amanecer hacía visible cada parte de la tumba. En el interior de la piedra-sarcófago, veía al cadáver enjoyado del rey muerto, con la máscara funeraria y los pesados collares de jade; espolvoreado del polvo rojo de cinabrio, que recuerda a la sangre en los funerales. Entre las paredes cavernosas salió un cuerpo descarnado y con huesos asomando por los costados; era el díos Hum-Came, escoltado por acompañantes pequeños pero robustos, sus chaneques de las cuevas y los cenotes. Más que un muerto viviente, el dios parecía un anciano muy arrugado, con algunos huesos fuera de su sitio, y fumaba el tabaco ritual. La vejez física del dios contrastaba con su mirada de fuego y furia, las uñas convertidas en garras y su voz imponente. Pakal, como espíritu, se levantó de su tumba. El rey muerto era brillante y esplendoroso, emitiendo una luz ambarina, pero de tamaño pequeño como chaneque. El príncipe hizo elegantes reverencias ante el dios y Pakal, jurando honrar el recuerdo de su progenitor y los designios secretos de sus dioses.

Cuando despertó, Kan-Balam sentía el calor del sol escapándose entre las cortinas del templo y veía unas chispas de luz contrastando con la oscuridad del recinto. Los tambores y cascabeles se escuchaban jubilosos a la distancia; ya no había miedo ni zozobra en la música, sino una serena alegría, signo de un regreso triunfal.
La mente del sucesor estaba alerta y despejada, pero una sensación extraña lo dominaba, como si se mantuviera sumergido dentro de un pozo de agua y las cosas fueran a disolverse en cuanto intentara tocarlas.
En el piso estaba la representación del dios del inframundo y la empuñadura de un bastón de mando. El príncipe comprendió: había triunfado en su prueba.
—Tengo hambre y sed; consígueme algo comestible, sacerdote —dijo con tono de mando y pleno de ímpetu.
El sacerdote no se inmutó, molesto por una petición tan directa, como si el príncipe ya estuviera investido de rey; pero todavía faltaban los ceremoniales y la aclamación del pueblo.
Sin decir palabra alguna, el sacerdote Kuk’bo se dirigió hacia una ventana lateral y movió la cortina para que una catarata de luz entrara al recinto. Él mismo volteó la cara y entrecerró los ojos. El príncipe sintió como si recibiera un golpe en el cuerpo y se arrastró hacia el rincón más lejano del templo, desconcertado y sin comprender lo que sucedía. Sus ojos lloraban y sentía dificultad para respirar como si ese flujo resplandeciente atenazara al aire.
—Todavía necesitas aprender a escuchar a los sacerdotes y a cuidarte de las potencias contrarias. El Sol no es enemigo de la oscuridad, pero un avance demasiado impetuoso —continuó el sacerdote mientras cerraba la cortina y dejaba una pequeña abertura—enviaría tu espíritu al inframundo de modo definitivo.

jueves, 22 de septiembre de 2011

LA MOMIA DE LA REVOLUCIÓN


Por Carlos Valdés Martín

La peregrinación interminable. En la imagen final de su experiencia de la revolución rusa Trotsky relata una curiosa costumbre de ciertos peregrinos religiosos. Esos peregrinos, al aproximarse a la iglesia, daban unos pasos adelante y casi los mismos pasos hacia atrás, de tal modo la llegada a la meta se volvía lentísima, como si la conquista de lo anhelado fuera un proceso interminable. Esa imagen desesperante contenía el balance del proceso revolucionario, que había incubado en su seno un proceso de contrarrevolución que retrocedió a la sociedad soviética casi tan atrás como su punto de arranque .

El osado salto hacia el futuro propuesto por la revolución bolchevique se desfiguró en su continuación al mando de Stalin y resultó en un movimiento de terror contrario al cambio iniciado y entonces el Secretario General gobernó y en su auxilio convocó a los fantasmas de lo arcaico. Se evidencia una peculiar oscilación entre cambio y retroceso en este proceso, entre vida y muerte, entre personas y fantasmagorías, entre ateísmo y religión.

La permanencia y el cambio. Existe una relación general entre vida y muerte arraigada en la estructura del proceso de trabajo , que define el horizonte entre la continuidad y el cambio. El trabajo vivo se plasma en productos, los cuales incorporan todo un código de finalidades y éstas últimas habrán de respetarse en el siguiente proceso de trabajo, circulación y consumo (como regla pero en un caso extremo también subvertir). Por ejemplo, una lata de conservas trae inscrito en su cuerpo que está destinada para abrirse, y de hecho arrastra un “estilo de vida”, pues ese producto indica un cocinado más corto, señal de la comida prefabricada. Asimismo, ese estilo de vida supone un tipo de situación económica (un mercado para el producto, una división del trabajo) y de consumidor (de masas, comprando mercancías tipicas…). En especial el código de finalidades previas queda plasmado en el medio de trabajo, que trae inscrita una finalidad . La energía dedicada a producir la existencia también estable los carriles definidos para incitar a una reproducción, que mantenga una fuerte continuidad. En general, toda la vida humana requiere de las premisas del trabajo previo, que establecen los cauces del porvenir y le delimitan el horizonte de posibilidades, dentro de los cuales está la coacción para generar más de lo mismo anterior y, así, a ajustarse dentro de una continuidad.
A un nivel más basto, la sociedad humana misma es el único gran producto del trabajo humano. Cada sociedad y su organización política tienen plasmados un conjunto de condiciones reales y finalidades, que los seres presentes tendrán que asumir para dar continuidad o rechazar para generar su cambio. Pero, incluso el rechazo y el cambio, que siempre es una contribución del trabajo vivo, surge desde las premisas puestas, parte desde los productos de las generaciones pasadas. Por eso, hasta el cambio más acelerado, lo cual podríamos visualizarlo con la imagen de una "revolución permanente", siempre es una partir de premisas anteriores, que sobre un horizonte posible de continuidades y cambios, son los estados alterados los que se vuelven presentes.

Del Estado postrevolucionario al conservador. El Estado que resulta de una revolución o de su aparente continuidad (en una contrarrevolución) no escapa a este sello, pues del rechazo a la situación anterior predominante se puede pasar a la opción contraria. Es una tentación de Estado sacralizar los cambios ocurridos y condenar los que pudieran venir, incluso se llega a creer que las innovaciones han sido demasiadas y que es momento de estabilizarlo. Con curiosa facilidad la política del Estado emanado de una revolución se convierte en la cesación del movimiento. En el México posterior a 1920 el gobierno planteó que debía de "pasar a la etapa constructiva de la revolución"; mientras en Rusia el lema era "avanzar al socialismo con paso de tortuga" o "construir el socialismo en un solo país" . La complejidad radica en que los dirigentes del gobierno emanado de una revolución, casi por reflejo, cuando actúen como conservadores o contrarrevolucionarios deberán encubrir el hecho. Incluso se lo ocultarán ellos mismos. Así, un regreso al pasado puede estarse sirviendo en copa nueva, bajo los lemas de "acercamiento al futuro" .

La momificación como signo. Aunque los protagonistas del proceso pretendan ocultarse a ellos mismos ese salto (que parecía encaminado hacia la noche y resultó al vacío…) desde la fase de cambios hasta la etapa de política conservadora , de cualquier manera se presentan signos, la alteración nunca se oculta por completo: bajo el peso de la propaganda sólo se disimula. El regreso de una práctica faraónica al seno del “comunismo” ha sido un indicio revelador y escandaloso. Desde hace milenios la presencia de la muerte en forma de cadáver es problemática y las culturas ofrecen diversas estratagemas para alejar esa súbita derrota anunciada en cada despojo muerto. Una solución preferida es montar una ceremonia, que salde las deudas de los vivos con los muertos y que congracie a los mortales con la divinidad, para finalmente alejar ese cuerpo, enterrándolo o cremándolo. La práctica de momificar para establecer un culto público del poder se ha presentado en ocasiones, indicando que ciertos cuerpos adquieren y mantienen la majestad del poderío (especialmente en un sentido sacro y adecuado a las aristocracias) hasta la eternidad. Entonces se requirió la inocencia de los protagonistas de la primera gran revolución socialista encabezada por políticos ateos, para que Lenin fuera momificado y su cuerpo inanimado sirviera para un culto estatizado . Los políticos ateos menos perspicaces no creyeron que ese tipo de actos inauguraran una religión de Estado, pero los críticos de la oposición sí lo captaron. El culto al líder encontró su reliquia más preciada en el cuerpo muerto en Lenin y su edificación en un mausoleo . La unidad de un líder muerto a la manera de función exclusiva mantiene una única dirección de Poder hacia un sucesor (el Secretario General en turno) y un espacio detenido (el Estado completo como respuesta a la metáfora del mausoleo). En esas "ceremonias oficiales" se presentaba el regreso de una idea ritual muy arcaica, la idea de que el cadáver de un personaje mantiene el rango semidivino, como un “reliquia”. En las largas filas de visitantes al mausoleo de Lenin se presentaba la admiración, pero también el regreso del mundo mágico donde la gente recibe un efecto bienhechor por mera proximidad; y, cuando terminó el régimen soviético, la asistencia se mantuvo como una gran curiosidad turística, semejante a las tumbas de tantos personajes afamados. Este culto a la personalidad soviético, debemos distinguirlo del “culto a los héroes” patrios y precursores tan generalizado desde el siglo XIX en todo el orbe . Existe un salto cualitativo de ese “culto a la personalidad” pues en el régimen de tipo estalinista es un mecanismo esencial del poder, eje para la justificación de la tiranía, que separa al pueblo llano de los dirigentes.
Ahora bien, la momificación y el culto público del líder no resultan de un capricho , pues deben coincidir situaciones de poder y reconocimiento; dadas las coincidencias, entonces surge una necesidad imperiosa . A pesar de su enorme poder personal, la momificación de Stalin debió cancelarse a los pocos años. Con la caída del sistema unipartidista en Bulgaria, terminó el culto y mausoleo a Gregori Dimitrov, en cambio, se ha mantenido con éxito el mausoleo de Mao y en Argentina en una tumba más discreta yace Eva Perón, luego de que sus restos regresaron de un “exilio” . Para la cristalización de este tipo de culto público se requiere tanto del poder del Estado como un efectivo reconocimiento en un país, no bastan las decisiones dictatoriales para inventar ese “culto”.

El conservadurismo enmascarado. Ese mausoleo de la revolución, con su huésped incluido, representó otra tentativa fallida del “fin de la historia”, y por efecto de los espejos imposibles, se convirtió (hasta el provisional presente) en la vidriera de un turismo, de tipo “darketo” o rojo. La situación se vuelve compleja para un Estado emanado de una revolución, que comenzó comprometido con cambios, si luego se decide (a manera de un evento global y no una elección individual) por el inmovilismo, porque entonces debe operar una alteración embozada, bajo otra modalidad del cambio. Esa extraña característica del cambio contra el cambio para instaurar una sociedad conservadora es lo que sucedió en la Unión Soviética, que a partir de Stalin se convirtió en profundamente conservadora, con un régimen totalitario que perseguía los vientos del progreso . En la economía había movimiento (planes quinquenales, industrialización, alfabetismo, urbanización) pero en la cultura y la política se producía la parálisis. Una congeladora bajo fachada de revolución socialista determinaba una contradicción íntima, que sin embargo, se convirtió en un modelo con algún éxito, pues tuvo sus ecos y se reprodujo durante unas décadas. En el juicio posterior se ha puesto mucho énfasis en el lado totalitario del régimen soviético, pero muy poco en su característico inmovilismo .

No por esta afirmación, de que el modelo soviético estalinista era conservador, se debe entender que no tenía ninguna idea del futuro. Imperó fieramente la creencia que el movimiento comunista atrapó el porvenir, mediante la construcción del socialismo-comunismo. La tarea de la “construcción del socialismo” definía un futuro "encapsulado" donde la libertad era un lema vacío, pues todo estaba bajo control del Estado, que se encargaba de "construir la felicidad", agregando tabiques de más de lo mismo. Administrando la escasez y cumpliendo sus propios planes la burocracia se creía justificada y hasta presumía que ella creaba el futuro para la Humanidad entera . Pero un tiempo burocráticamente controlado no posee Futuro, sino que es otra vuelta de tuerca a la dialéctica de predominio del Pasado sobre el Futuro. Cuando el Estado, pretende que consagrando el proyecto de los fundadores del socialismo puede controlar la vida entera de sus ciudadanos, lo que hace es cancelar la vía al cambio social, someter el presente al pasado y condenar la utopía a una vana copia del presente.
Claro que el argumento de la burocracia gobernante se convierte en una larga cadena de equívocos y falacias. La visión de los gobernantes era equívoca, porque en ningún texto de Marx y Lenin se puede encontrar una concepción de dictadura desnuda de partido y Estado totalitarios . El argumento del gobierno estalinista era falaz pues ninguna revolución significa la consagración del origen (falseado), pues esa consagración del origen corresponde al “milenarismo”, que es una visión religiosa .
Bajo estas mascaradas del siglo XX se impuso una cruda realidad de novedades inesperadas: un totalitarismo disfrazado con manto innovador y la conversión de la revolución en conservadurismo. La "peregrinación" hacia una sociedad superior se convertía en un círculo que conducía al atraso. Al final del drama histórico, también el inmovilismo estalinista fue derruido por sus propias contradicciones; sin embargo su duración no fue casual, obtuvo cierta legitimidad y partidarios. La misma visión de los defensores de la U.R.S.S. revela otro aspecto de la paradoja descrita: un gran salto que conduce a la congelación. Tendremos que cuestionar contra ese ánimo ideológico que (quizá) nos anestesiaría hasta creer que basta una gran salto para cesar cualquier brinco y congelar las modificaciones, para extirpar esos agitados episodios (revolucionarios) que se perciben desde hace dos siglos .

NOTAS:
1 TROTSKY, León, La revolución traicionada, Ed. Juan Pablos
2 Una metáfora que interesaba también a Kafka, por ejemplo, en El castillo: “Porque ese camino, esa calle principal de la aldea, no conducía hacia el cerro del castillo: tan sólo se acercaba a él; y luego, como si lo hiciese adrede, doblaba, y si bien no se alejaba del castillo, tampoco llegaba a aproximársele.” Citado en DELEUZE Gilles y GUATTARI, Felix, Kafka, por una literatura menor, p. 18.
3 El mérito de mostrar este proceso está en Marx, proceso revelado y oculto en las densas páginas de El capital.
4 Esto nos lleva al tema tan interesante del "pánico social" que se generó en la imaginación de principios del siglo XIX respecto de las máquinas, donde se captaba como cuerpo metálico de la tiranía. La situación se repite con el "temor y temblor" que ha despertado en la imaginación moderna la irrupción de las computadoras, donde la huella de las intenciones anteriores y la posibilidad de que los humanos queden atrapados en una cadena de obligaciones indeseadas, pero impuestas por decisiones pasadas, es una constante en la ciencia ficción.
Tesis de Nicolai Bujarin sobre las dificultades de la reactivación económica y las políticas hacia el campo.
Esta es la divisa estaliniana, que ocultaba una política profundamente nacionalista y de renuncia al socialismo, en la medida en que tal palabra implicaba justicia y derechos de los trabajadores para decidir sus destinos.
Un ejemplo pertinente es el estudio de Reich sobre la "contrarrevolución" en el terreno de la moral sexual ocurrido durante el periodo estalinista. En los primeros años de la revolución rusa se presentaron importantes cambios que liberalizaron ese terreno, y con el triunfo de Stalin, bajo el pretexto de una "nueva moral comunista" se impuso una persecución sexual al estilo de las instituciones religiosas medievales. Cf. REICH, Wilhelm, La función del orgasmo.
En la dialéctica general del cambio y la conservación, debe considerarse una dialéctica particular en la conciencia. Entre el cambio real y su conciencia se levantan múltiples malentendidos y hasta abismos. En una época de cambios se levanta un peculiar anhelo de estabilidad, un deseo de inmutabilidad peculiar porque se han perdido las bases materiales de esa permanencia. La tragedia ocurre, en el ejemplo que estamos comentando, cuando ese anhelo de eternidad cobra cuerpo en la casta política que gobierna totalitariamente una sociedad cambiante. En las antiguas sociedades de los faraones ese deseo de inmutabilidad podía avenirse bien con una base social que, efectivamente, cambiaba poco, donde predominaba la tradición, como la repetición fatal de más de lo mismo. Pero ese espíritu faraónico renació en un terreno de tragedia, en el terreno de la estabilización de la revolución rusa.
Algunos de los bolcheviques de entrada ya manifestaban su rechazo a los cultos mortuorios. Por ejemplo se puede ver la opinión de Rhiazanov, importante historiador bolchevique, sobre la decisión afortunada de Engels de que fuera cremado y sus cenizas arrojadas al agua. Cf. RHIAZANOV, David, Curso de marxismo, Ed. Cultura Populares.
Contra la disposición del propio Lenin, quien deseaba ser enterrado, Stalin decide la momificación y exhibición pública.
Claro que el proceso de formación de cultos estatizados es más general y también, aunque no exista cuerpo a la disposición, se convierte a los fundadores del marxismo en seres sagrados y sus textos en biblias, imposibles de tocar pues sería sacrílego. Esa consagración indica, precisamente en lo que queremos mostrar la parálisis en la dialéctica entre lo vivo y lo muerto, donde solamente queda a la humanidad del presente repetir lo del pasado, sacrificarse para cumplir con una misión revelada por los fundadores. Todo lo cual subvierte hasta la raíz las ideas de tales fundadores sobre la libertad.
Este culto a los próceres no parece ofender la inteligencia y más bien pareciera servir de puntal para recordarnos las aportaciones de las generaciones previas. Véase su exaltación al límite en Carlyle, Thomas, Los héroes.
Y como capricho parecería irrelevante la decisión de Stalin de colocarlo en el mausoleo y optar por la momificación, pero no resulta tal capricho sino efecto de una situación más profunda, pues Stalin se alía con el muerto lanzando su culto, y así expropia al personaje a favor del Estado, de Stalin mismo como su personificación.
Esto significa que el culto al líder se necesita para ese sistema soviético y acontece cuando el líder está vivo o cuando se le entierra de una manera más discreta. Claro, los matices son diferentes y en el caso más discreto desaparecería el “culto” para descender hasta una simple “admiración”.
Un exilio metafórico, pues no resulta propio aplicar el término de exilio para los restos del personaje, que debieron salir del país por motivos de la coyuntura política. Quizá esta ha sido la única momia “exiliada” de los tiempos modernos.
Muy pocos autores creyeron que la U.R.S.S. y las sociedades de "modelo soviético" fueran conservadoras. La crítica liberal veía su lado totalitario, pero no el conservador; únicamente una minoría de críticos desde la izquierda, como Sartre o Deutcher, alimentaban esa crítica. Son raras las opiniones perspicaces como la de Toffler, quien ya hace años había detectado que ahí ocurría una "contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción conservadoras". Cf. TOFFLER, Alvin, Avances y perspectivas.
Una mención especial merece Karl Wittfogel con su tesis del despotismo hidráulico, como un sistema de producción despótico, que emparentaba a las sociedades precapitalistas de corte “oriental” con la URSS y China post-revolucionarias. Su obra principal es Despotismo oriental: estudio comparativo del poder totalitario.
Aunque salga un poco del tema la pregunta subyacente de porqué el cambio se convierte en conservadurismo tiene que responderse en términos de la misma sociedad. Una de las razones de evidente importancia era una situación de penuria, donde el Estado administra la miseria y se convierte en "capataz universal" de los obreros, su nuevo patrón.
Claro que este punto se puede someter a los mayores debates porque esa es la interpretación corriente que se le dio al término de "dictadura del proletariado" entendida como "dictadura del partido de Estado sobre el proletariado". El término original únicamente se refería a que se excluye del poder a una minoría de burgueses, pero para la mayoría debería ser la "conquista de la democracia".
20 HOBSBAWM, Eric, Rebeldes primitivos.
21 Si bien, coloca el acento en una “novedad” en cómo se oculta el Estado dictatorial, también debemos recordar que el Estado se disfraza y el Estado dictatorial se disfraza más cómica y trágicamente, porque la forma dictatorial carece de mecanismo para frenar la mentira del Estado. Un Estado que miente en una carrera para incrementar sus mentiras es una comedia montada sobre una tragedia.
22 Cf. BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La "aceleración del tiempo" se remonta hasta el periodo renacentista, pero la época específicamente capitalista, inaugurada con la revolución industrial, solamente cuenta con dos siglos. Para Berman es Marx quien expone claramente esta paradoja del pensamiento y sensibilidad modernos: entre la vida inmersa en las transformaciones y la alternativa de un futuro que termina con las contradicciones desgarradoras implicadas en tales cambios. Aunque Trotsky suponía que el objetivo era llegar a un ideal distinto, pues se arribaba a una “revolución permanente”.