Por Carlos Valdés Martín
Golpeó con los
nudillos un extenso portón metálico. Su sentimiento era de timidez y resolución,
alrededor la zona parecía deshabitada. El portón era negro y sin indicaciones,
aunque sobre la larga barda se divisaban torres eléctricas con sus cables a tierra. Tocó con más fuerza pues el solar era enorme y parecía desolado. Esperó,
surgió el rumor de pasos y tras la rendija del portón unos ojos le interrogaron,
entonces Hugo respondió:
—Busco un superintendente,
se llama Romualdo y es mi padre.
El por qué
importaba encontrarlo nos remonta a la infancia de Hugo, cuando su padre,
Romualdo, desapareció pretextando algo inusual: que cultivaría “la flor de la
muerte”. Era una promesa literal, no la amapola ni el opio, sino una flor rara
en un invernadero de la Sierra de Zongolica. La madre sabía que su marido era
un gigoló de barrio y ese abandono lo sobrellevó como si fuera un alivio. Aunque,
cuando el niño Hugo preguntaba con insistencia si su progenitor regresaría,
ella mostraba una carta a mano, con letra temblorosa, donde se explicaba lo
remoto y peligroso de cultivar la mentada “flor de la muerte”.
Después la madre
entró a servir en una residencia, según esto de un jerarca de la electricidad. Ella
presumió después que “no soy una simple muchacha ni mucho menos una criada, soy
toda una ama de llaves.”
Una vez, la madre
hizo una cita en un restaurante popular con el señor progenitor. ¡Por fin se había
dado tiempo para visitar la ciudad! En el restaurante había un apartado de
juegos infantiles, así que disfrutó mucho ese día, sin enterarse de qué platicaron.
Quedó contento porque su papá le regaló un escudo bordado de su equipo favorito; le pareció increíble que supiera de su afición por el equipo de
fútbol: las “Chivas rayada del Guadalajara”. Desde entonces estuvo convencido que
había comunicaciones secretas y contantes entre sus padres, por más que su madre
repitiera en tono amargo, que no recibía sus noticias.
El de la rejilla
tras la puerta, con un tono amable, le respondió que:
—A varios
solamente se les conoce por apodo y hay rotación de personal; nada más enséñame
la carta del jerarca.
Mostró una carta
de recomendación con un lindo membrete adornado por el logotipo de la empresa
eléctrica del Estado y abajo una firma ilegible.
Tras la puerta
había un extenso terreno plano, con pocas subestaciones eléctricas y altas
torres metálicas que conectaban los cables energizados. El suelo era agreste
entre tierra removida y pastos silvestres, con las rutas marcadas por piedras
sueltas. Al dar el primer paso Hugo contuvo un estremecimiento y recordó “electro-fobia”,
cuando una vez que metió un pasador metálico en un contacto de energía. Esa vez
un chispazo quemó la superficie del dedo infantil, pero él ocultó su travesura.
Al entrar, un
ambiente tranquilo y el aroma a un anafre con quesadillas lo animó. El empleado
lo escoltó unos metros y a la distancia le señaló un cuarto de láminas, donde
está el delegado sindical, el cual conoce a todos los de ahí.
Entonces Hugo caminó solitario entre pastos medio crecidos, secos, dando vuelta
a las torres de metal que llevan los cables eléctricos. Algunas casetas
zumbaban por los procesos industriales; adentro de las casetas con una pequeña
advertencia de peligro. Imaginó una nueva especie de larvas dóciles que
alimentan a las ciudades. La vereda hasta la caseta del sindicato estaba
obstruida por tres promontorios con cruces. Se disponía a pasar por encima,
cuando tras la ventana una voz gritó:
—¡A los muertos
no se les pisa! ¡Rodéalos!
Con ánimo
turbado, Hugo siguió la orden de caminar rodeando el promontorio hasta llegar a
la caseta. La persona que salió no era añosa, aunque le infundió algo de espanto.
Sonreía mucho, pero le faltaban dientes frontales, por lo que (por momentos) parecía
viejo. Delgado y con nariz prominente, de estatura superior a la media. En una mano le faltaban
dos dedos y en la otra había dos cortados hacia la mitad.
Ante el pasmo del
visitante, el del sindicato, de nombre Crisanto, aclaró que trabajar en las
torres energizadas de alta tensión es de riesgo extremo. “Después de un
accidente, te mandan a casa o te acomodas en algo sencillo; prefiero el
sindicato.” Luego le explicó que sí tenía la referencia de su padre, que en ese
periodo estaba comisionado en una región de lejana selva, donde permanecía
varios meses seguidos. Conforme Hugo hizo algunas preguntas, Crisanto se animó,
pues era evidente que no estaba apurado con nada. Sacó un mezcal disimulado como
garrafón utilitario, lo sirvió en un vaso de polietileno como si fuera agua. Silbó
a la distancia y acudió una niña, la hija de la dueña del comal de quesadillas al
otro lado de la explanada; le encargó de comer. Crisanto le explicó de la Presa
Necaxa y lo antigua que es la construcción; narró sobre unos túneles que conducen
hasta las enormes turbinas que procesan la caída interior del caudal. A Hugo
le interesaba relacionar eso con su padre, y el sindicalista le señaló que “está
buscando ser superintendente, todavía no se gana el puesto, es difícil lograrlo”.
Al rato unos perros flacos y variopintos se acercaron para obtener las sobras de
la comida, que Crisanto les compartió. Luego comenzó a gritarles una grosería,
aunque la dijo alegre. Después de varios vasos de mezcal a Hugo el piso se le
meneaba bajo los pies, mientras Crisanto no parecía borracho. Al caer el sol, siguieron
las confidencias y cuando el sindicalista sacó conclusiones le ofreció algo tentador:
—Con esa firma puedo
conseguirte el mejor trabajo en esta empresa y lo haré, porque con esa firma
del funcionario (levantó la hoja firmada y la señaló con un dedo inexistente) y
mis privilegios sindicales te lo voy a dar. Pero no será gratis, vas a tener que
aportar en efectivo.
Al anochecer Hugo
dejó su número apuntado sin creer que el sindicalista le llamaría.
Era el año
1988 y la Ciudad de México estaba un tanto agitada. Sí hubo llamada y la cita fue en una cafetería de chinos
en el Centro:
—Anda pide lo que
quieras, ya cuando trabajes me pagas, cuando menos con “el baile del billete.”
Crisanto le dio explicaciones
y la tarea era únicamente conseguir una firma del funcionario, una carta para
ser candidato al empleo. Para Hugo esa tarea resultaba sencilla, pues la haría
su madre, quien consiguió la carta anterior.
La petición a la
madre resultó más polémica de lo que esperaría, ella le reclamó:
—La gente que se
mete a esas empresas, nunca vuelve.
—Por favor, madre,
eso lo dices por papá; pero tú misma dices que somos tan diferentes. Y el del
sindicato me prometió un trabajo sencillo en la ciudad.
—¿Me juras que renuncias
si te mandan fuera de la ciudad?
El joven explicó
que renunciaría si lo ponían cerca de los cables energizados de alta tensión, a los cuales les
temía. Al final de la plática ganó el “Sí”.
Cuando Hugo llevó
la carta de recomendación, el del sindicato la miró con incredulidad y después le
pidió efectivo para el trámite. La siguiente reunión Crisanto le pidió un poco
más de dinero y la tercera todavía más. Para las condiciones de Hugo el tercer
pedido era demasiado y no entregó la cantidad completa. Luego pasaron dos meses
y el del sindicato estaba ausente por una “comisión para un Congreso Sindical.”
Cuando las llamadas de Hugo llegaron al
límite de la desesperación, cambió el rumbo de los acontecimientos y Crisanto sí
se reportó.
Lo primero que le
dijo fue que “Dulces son los frutos de la adversidad”. No explicó la frase, y
más tarde la relacionó con la contraseña de Fantomas, que repetía como “Los
frutos maduran por el gusto de ser comidos.” Le anunció que ya tenía el empleo,
que era fácil y con oportunidad de ganar mucho dinero extra. Crisanto, para
justificar otra petición de dinero, explicó que estaba medicándose con litio,
una novedosa fórmula y que resulta costosa.
En la superficie
ese empleo era baladí: revisar medidores, anotar en una forma y reportarlos a
una oficina. Resulta increíble que un principio tan simple estuviera rodeado de
una compleja trama de intereses, con punto ciegos y oportunidades que surgen en
el caos. La oficina de administración eléctrica era lo menos práctico y moderno
que pudiera imaginarse; con registros escritos a mano, libros de reportes con
hojas intercambiables, paquetes de informes que se archivaban en cajas de
cartón para arrumbarlas en un ático inaccesible; nunca había informes actualizados,
los números de registro eran incongruentes… Revisar que la cobranza fuese correcta
era una completa ficción, entre la cual los astutos navegaban para su propio provecho.
Hugo no tenía experiencia previa ni malicia, de esa manera se tardó en comprender
cuál era su función, que consistía en ignorar a los consumidores normales para lucrar
con terminales selectas.
**
En cuanto abrió
la puerta, la rubia comenzó a gemir con suavidad y a suplicar su ayuda para corregir
una falla eléctrica. Era un departamento en la mitad de un edificio popular, con
dieciséis departamentos indistinguibles. La regla es que en esos sitios había “diablitos”
para hurtar la energía eléctrica de la empresa gubernamental, incluso había dispositivos
que marcaban a la inversa el consumo, con lo cual al consumidor se le adeudaba porque
mágicamente generaba energía.
Él traía en sus
bolsillos el memorándum de corte de energía por hurto y deudas acumuladas, pero
en el caos de la desorganización a sus jefes no les urgía que cortara. Incluso él
(un mínimo peón de la escala laboral) estaba facultado para “denegar” los cortes
de energía indefinidamente y evitar para siempre el apagón eléctrico: eso
marcaba su ventaja.
Ella buscaba agradar
y le ofreció:
—Por favor prueba
mi flan, que me quedó delicioso.
Acaramelado y con
una excelente presentación, el flan se agitó al contacto de la cuchara. Sí, lo
probó complacido, estaba delicioso.
—El flan se tiene
que acompañar ¿refresco… o tomas cerveza? Un vecino me dejó unas cervezas
artesanales, y aunque no lo creas sí se llevan bien con el dulce. Anda pruébala.
Se llamaba Susana
y confiaba en demostrarse encantadora, mientras él despertaba sentimientos
amodorrados, y entonces comenzaba a mirarla de otra manera. En ella notaba mejillas
teñida con tonos naranjas que expandían la sonrisa; las medias traslúcidas que asomaban
las pantorrillas en el fleco de una falda larga; un adorno de lentejuelas que reflejaba
los brillos de una decoración “whitexican” con lámparas de tonos ámbar; más de
un perfume se diluía en el ambiente. Con timidez él comenzó a mirarla a los
ojos, que brillaban, redondos y grandes, controlando el rostro y armonizando
con los labios.
—Me canceló el
acompañante a una boda en Acapulco y, no sé si será mucho pedir, que apenas nos
conocemos. Pero me estás cayendo bien. ¿Tienes vacante este fin de semana?
Unos días después
ella le recordó que a él le brotó una sonrisa enorme cuando dijo que sí la acompañaría.
Cuando Hugo cerró
la puerta fue incapaz de olvidar a la rubia y, para su perdición, en su memoria
empezó a magnificarla. Ella dejó de ser una mujer ordinaria, abandonó su
condición de cliente (hipotética fuente de recursos), rompió con la barrera de
extraña para desbordar en una seducción evidente. Comenzó una irrupción que
rompería la virginidad de Hugo en un sentido distinto al físico. Que ella estuviera
evidenciando tanto interés en él presuponía un arreglo gratuito de su “robo hormiga”
de energía eléctrica, por lo que Hugo ofrecía la complicidad y la impunidad.
Pensó “Ser cómplices y más allá”. Una complicidad separada de las miradas del
mundo, un secreto compartido. La imaginó como desnuda, sin embargo, una niebla
cubría ese cuerpo femenino; la suponía sin ropa, pero una neblina consistente
rodeaba ese cuerpo, para no mostrarla como una fotografía pornográfica. Le
resultaba imposible describir mentalmente qué imaginaba sobre sus pechos y
delta púbico. Le resultaba más fácil pensarla con ropa sexy brillante y
entallada, lo cual le parecía curioso. Se prometió volverla a ver, aceptar la
invitación a Acapulco o alguna cita romántica donde comenzara por tocar su mano
o su cintura.
Esa bruma que cubría
un cuerpo en su ensoñación no le preocupaba, sino la impresión que la
iluminación era eléctrica, en el sentido de peligrosa, de intensa y dispuesta a
convertirse en un escorpión de descargas. Recordaba el relato de los “linieros”
de “alta tensión” que morían por una descarga. ¿Qué sucedería si esa “alta
tensión” surgiera por otro cable que no es el confinado? La lengua de fuego la
miró una vez, cuando veía a una cuadrilla subida en los postes, por mera
casualidad lo integraron como respaldo a ese grupo y sucedió una tragedia, cuando
una descarga saltó con chisporroteo por un transformador y alcanzó el cableado.
Escuchó un crujido de trepidación aérea y un lamento súbito. El trabajador sobre
el cable se soltó de la canastilla, en una flexión inconsciente y cayó al piso
desde unos metros de altura, amortiguado el trayecto por la rama de un árbol y azotó
sobre el techo de un automóvil. El aire desprendió un olor extraño, mezcla de
cables achicharrados y carne quemada.
Desde esa ocasión
reforzó la aversión al riesgo de las altas tensiones y, en a veces, imaginaba
que un simple cable conducía un flujo amenazante.
**
Cuando Susana le
habló al día siguiente para confirmar la invitación a Acapulco, cambió la
perspectiva del plan, pues ella fue clara que iba a invitarlo a hospedarse en
el mismo sitio donde ella, que él alquilaría un cuarto de hotel para él mismo. La
explicación y las disculpas alteraron la perspectiva de Hugo sobre un ligue
demasiado sencillo, como si ella colocara barreras.
Eso le provocó
insomnio, pues comenzó a conjeturar que el camino del ligue estaba bloqueado o
era una ilusión, que lo de ella había sido coqueta por puro interés. Tuvo la impresión
que Crisanto lo orientaría en esta duda ácida, pues lo consideraba un seductor
con experiencia, por algunas anécdotas que le había narrado.
El veredicto telefónico
de Crisanto fue:
—Te estará tanteando
pero sí le interesas; tienes que darle tiempo para que solita se enganche. Cuando
te muestras demasiado ansioso, lo único que sucede es que la espantas.
En definitiva, tendría
que aceptar el viaje a Acapulco en las condiciones que le impusiera la rubia y procurando
tranquilizarse, fingir frialdad y no mostrarse demasiado interesado. Después el
consejo parecía diabólico:
—Por si estás ardiente,
sin con quién desquitarte, para eso hay una zona roja en Acapulco. Pregunta y
cualquiera te lleva.
**
Cuando vio a Susana
en Acapulco lo primero que ella cuestionó fue por qué no llevaba automóvil. A él
le dio pena confesar que no confiaba en manejar el auto que recién se había
comprado y pretextó que se descompuso. Cuando explicó que había comprado un
boleto de regreso, ella le objetó:
—Me hubieras
dicho y te regreso para que no viajes tan solitario.
Que ella tuviera
auto y él no implicaba un desequilibrio; para él sugería una condición de inferioridad
y una especie de desacreditación para sus pretensiones, aunque el dormir en un
hotelito barato y en solitario, ya lo había colocado en casilla inicial del
Juego de la Oca con mínimas expectativas.
—¿Tampoco traes
traje formal para la boda?
Los argumentos de
él sobre el calor del trópico no la convencieron.
—Te llevaré a un sitio
donde rentan ropa. En lugar de ir a la playa, vamos de compras.
Él objetó su
hambre de comer (de otro apetito no hablaba) y que sabía del “pescado a la talla”.
Ella lo convenció de primero ir por el traje y después acudir a un restaurante junto
a La Costera, con vista a la bahía. Sí, frente a esa bahía de Acapulco de
atardeceres refrescantes y un horizonte multicolor, que fue el último paisaje
que adoró Diego Rivera, cuando ya viejo descansaba en una silla plegable sobre
la arena.
Colocado la mitad
del traje y arriba una camiseta para no mancharle, en horario de cena temprana,
Hugo disfrutaba un pescado a la talla y un coco relleno de ginebra. Sobre una
silla plegable, material de lona y través de madera, recibía la brisa del
atardecer costeño, mientras Susana platicaba de su afición a los toros,
explicando una vez que recibió una montera de un torero, de unos carteles
firmados por Armillita y Silverio. La plática se intensificó sobre Jorge el Glison
(del apellido Gleason), donde ella aclaró que muchos lo consideraban más un
payaso que un torero por intentar suertes espectaculares y terminar cornado,
por meterse a lances como el salto al trascuerno, banderillas cortas citando
desde una silla y el descabello con la puntilla. La pasión de Susana por la
tauromaquia se mantuvo creciente conforme se iba reduciendo la bebida con jugo
de coco, mientras Hugo disimulaba su ignorancia sobre pases naturales, verónicas,
chicuelinas, molinetes y manoletinas.
La ginebra
mezclada con coco generó un efecto tan relajante y euforizante que al Hugo se
le soltó la lengua, como si fuera a comparecer ante una asamblea de diputados, su
mente revoloteaba para retomar frases de ella y mezclarlas con giros picarescos.
El lenguaje corporal de él indicaba un efecto de mesmerismo, con aproximaciones
sucesivas: se inclinó en la silla, avanzó un poco más, alargó el cuello, luego el
hombro, empujó el brazo, adelantó el brazo, extendió la mano… tocó su mano. Tras
el contacto en la mano, ella se incorporó empujada por un resorte anímico.
Sonrió y señaló. “Es momento de dirigirnos a la boda.”
El Hugo se dio cuenta
que había avanzado con precipitación y decidió contenerse. Apartó la bebida
señalando que estaba demasiado lleno.
Aunque con
renovado ánimo, siguió con un monólogo sobre las “líneas de alta tensión
eléctrica” que relacionó con una anécdota donde su madre se escapó de un
castigo trepándose a un árbol. Explicó que los abuelos la azotaban en
ocasiones, así que prefirió escapar al castigo, trepando a un árbol alto de hule
y su abuela la perdió de vista. Permaneció a unos metros de su casa y ella se
alegraba de que (a la distancia) el tono de voz de los familiares fuera cada
vez más preocupado y menos amenazante. Muchas horas después, el hambre y el frío
la invitaban a desistir. Llegó la noche sin Luna, así que la bajada fue difícil,
recibiendo raspones de la corteza. Cuando regresó a casa sangraba de una mano y
asomaba un gran arañazo en la frente, así que la abuela la recibió con llanto y
arrepentimiento.
—¿Entonces la
perdonaron?
—Su infancia fue
de sinsabores y sí la perdonaron, pero no tardó en cambiar para mal, pues
falleció el abuelo.
Se interrumpió la
conversación para que Susana se arreglara para la boda. Ella se hospedaba en
una casa prestada junto a dos parientes. Dejó a Hugo sentido en la sala y con
la recomendación que terminara de vestirse en un baño. Ella subió unas
escaleras y se encerró. Salió un perro de la cocina y movió la cola amistosamente.
Él decidió cambiarse con velocidad. La camisa tenía botones que simulaban mancuernillas
y el moñito para el cuello no le acomodaba, le resultaba apretado. La camisa
larga y el traje formal le provocaron calor. En la espera el efecto anímico
previo se disipó para convertirse en impaciencia y un tufo de frustración.
Transcurrió media hora y el sintió que pasó mucho más hasta que ella bajó. Un
vestido verde esmeralda con hombros descubiertos y una falda volada de varias
capas de tul, con adorno de un enorme moño; además de un nuevo arreglo en el
pelo con una rosa artificial.
Ella preguntó
sobre su apariencia y Hugo señaló que era extraordinaria. Sonó un claxon afuera
de esa casa; era un taxi que los llevaría.
Por fuera el
salón parecía austero y sin adornos, ni siquiera cuelgan letreros. Una simple
puerta negra de metal custodiada por dos morenos malencarados que exigían las
invitaciones. La rubia cargaba un bolso diminuto, donde casi todo el espacio lo
ocupaba una invitación de cartón blanco, rotulada con el nombre de los padrinos:
Romualdo y Gumercinda. Ese nombre poco frecuente a Hugo le erizó el pelo de la
nuca, aunque nadie alrededor lo notó.
—¿Puedo ver la
invitación?
Lo dijo adelantándose
al de la puerta. La miró con brevedad para confirmar el nombre y descubrir si
aparecía ahí el apellido, pero únicamente eran los nombres de pila. La entregó
al guardia de la entrada y pensó en un pretexto.
—Una pariente se
llama Gumercinda.
Susana comenzó a
preguntar para enterarse más sobre la familia, por si era la abuela desalmada que
maltrataba a la madre de Hugo. Él contestó con una evasiva y sintió oportuno
lanzar piropos para continuar la aproximación, elogiando la cintura entallada
de la rubia.
—Tu talle de sirena invita a abrazarte por la cintura.
—Es temprano para un chapuzón con sirenas y tritones.
El Hugo lo interpretó como una negativa, aunque ella no se
alejó y lo que hizo fue tomarlo del brazo con dulzura. Así, entraron con los
brazos entrelazados, aunque con rapidez ella comenzó a saludar a familiares y
amigos con abrazos, presentándolo como un “excelente amigo”. Una desconocida le
respondió:
—Está muy joven para salir contigo; —comprendió que era impertinente
su opinión, así que, para atenuar, siguió— aunque ni me importa, que soy
valemadrista.
Ella negó con la cabeza y avanzó para saludar a más personas,
hasta conducirlo a una mesa redonda para diez comensales, cubierta con manteles
blancos y adornada con un centro de mesa floral.
En un extremo separado destacó una mesa exclusiva para los
novios de la boda y en el punto opuesto del salón, un templete para una banda
de cuatro músicos. Los músicos comenzaron un música suave y cadenciosa, al
estilo de las grandes bandas de swing, con selecciones fuera de moda.
—La música es rara—dijo él, mientras se acomodaba sus
bolsillos llenos de billetes.
—Es que los papás vivieron al otro lado la frontera.
El Hugo decidió beber fuerte para darse mucho valor y lo más
pronto posible, utilizando la táctica de adelantar la propina al mesero.
Deslizó un billete en la mano del mesero y le susurró que requería un excelente
servicio. El servidor comprendió lo que el joven requería.
En su mesa cabían diez personas, así que comenzaron a llegar
desconocidos. Al lado izquierdo de Hugo se sentó un funcionario público, con apariencia
graciosa de pingüino: cachetes redondos y corbata de moñito. El vecino locuaz y
sonriente impuso el tema de plática al quejarse amargamente del gremio de taxistas,
situación que únicamente interesaba a los vecinos y aburría a los foráneos. La
plática avanzó con tema irrelevantes hasta que a Hugo se le había subido el
alcohol lo bastante para poner en la plática un tema inapropiado:
—La zona roja de Acapulco es famosa…
Susana respondió con una tímida objeción para desacreditar a
la tal “zona”, pero el señor con apariencia de pingüino se emocionó y comenzó a
platicar en voz baja, enfocándose para que solamente los varones comprendieran.
Estiraba la cabeza y dirigía guiños hacia el interlocutor. A Hugo le pareció
que el invitado empezaba a petardear, por más que su tono fuera tan discreto. Para
interrumpir la plática indiscreta, Susana le indicó que era momento de bailar.
Desde los primeros meneos, siguiendo los acordes musicales, se
incrementó un embotamiento eufórico. Así, Hugo estaba más alegre y torpe de lo
esperado. Pisó a Susana y ella lo regañó, aunque sonreía. En su fuero interno él
imaginaba que su ánimo mejoraría con más licor. Cuando ella lo regresó a sentar,
el señor pingüino de moñito hizo un esfuerzo por calmarlo, sin embargo, el
mesero se apresuraba a servirle otro vaso.
—Vamos a echarnos una copa como el patriota don Miguel Hidalgo,
rimando “¡Que tizne a su madre el que deje algo!”
El interlocutor intentaba contenerlo, mientras Hugo ingería
sin detenerse. Y cuando se levantó para ir al baño, sentía que el piso se
estaba moviendo. Otro mesero lo abrazó para regresarlo a su mesa y que no se
tropezara. Los demás participantes de la mesa le prohibieron que siguiera
sirviéndole embriagantes. Susana lo reconvino:
—Me tienes que prometer no tomar ni una copa más, que nos
estás avergonzando a todos. Voy a pedir comida sólida para contrarrestarte lo
etílico.
Aceptó a regañadientes y se resignó a calmarse. Cruzó los
brazos y cerró los ojos, mientras el cansancio lo invadía. No supo en qué instante
se quedó dormido. Cuando abrió lo ojos el grupo musical tocaba con más fuerza y
había muchas personas bailando, dando palmadas y vitoreando. Eso puso contento
a Hugo, que de inmediato intentó pararse a bailar, pero sintió mareos. Susana
se acercó a controlarlo y él replicó:
—Si bailo un poquito, se me cura lo borracho. Anda acompáñame
a dar brinquitos, aunque te den ñáñaras.
Al incorporarse Hugo mostró que estaba algo recuperado.
Brincó alternativamente en un pie y otro para mostrar que ya no se sentía tan
mareado.
La cantante del grupo anunció que comenzaba “el baile del
billete”. Susana se animó y le mostró uno de cien pesos. Luego le explicó que
él debería insertarlo en la media de la novia, que para eso los varones harían
una “fila musical”.
El novio colocó una silla frente a la novia y ella levantó
una pierna para mostrar su media blanca con liguero, donde los invitados
podrían donar un billete mientras se bailaba. Era una parodia picaresca, que
mostraba algo de encanto y fijaba un límite (la frontera de la novia que se señara
de las amistades y la familia de origen). Esa picardía animó más a Hugo y se le
emparejó el señor tipo pingüino para colocar su ofrenda. El grupo musical
siguió coreando “el baile del billete”, montando la letra sobre una melodía
popular.
Con esa música Hugo sintió mareo y agitación, sin
desanimarse para participar. Tomó un puesto en la fila y siguió el ritmo de los
demás. Al acercase la cara del novio (escoltando a la novia, que mostraba la
pierna) le pareció conocida; el novio le pareció viejo y sus rasgos copiaban a
los de su padre, como si tuviera un gemelo.
Al llegar junto a la novia, Hugo no supo ya qué hacer y ante
su pasmo una “dama de compañía” le tomó de la mano para mostrarle cómo poner el
billete, detenido con el liguero de la novia.
Desconcertado por la semejanza del novio, regresó sobre sus
pasos y acercándose al oído le dijo:
—Mira que soy hijo de Romualdo.
El novio no entendió, hizo un gesto de desagrado ante el
aliento de borracho, y respondió:
—Gracias por el regalo.
Le estrechó la mano y le dio un leve empujón por la espalda
para alejarlo.
Mientras regresaba Hugo pensó que ese no era su padre, por
la edad, sino que sería un hermano ilegítimo, se dijo “Mi padre tiene otra
familia en Acapulco; de ahí las coincidencias de nombres, el parecido del novio…
Descubro el engaño.” Esos pensamientos le parecieron demasiado alarmantes, así
que prefirió investigar antes de sacar conclusiones.
A Susana y al señor pingüino les preguntó sobre el padrino
Romualdo de la tarjeta de invitación. Al
parecer no había acudido. ¿Cuál era el parentesco del novio? El señor pingüino conjeturaba
que era un ahijado, que fue adoptado porque el padrino no tenía hijos propios… Hugo
malició que si el padrino se había ocultado al verle para no encarar a su propio
hijo. Entonces viajar a Zongolica era un pretexto, una coartada, el sitio
auténtico era Acapulco. Y eso de “cultivar la flor” era la mascarada para
levantar otra familia. Esa idea le pareció irresistible y la única explicación.
Cambió el grupo musical y la nueva banda traía unos tramoyistas,
que colocaron unas esferas de espejos para reflejar luces y un equipo de niebla
artificial. La selección musical cambió hacia el estilo discoteca
norteamericana y a los asistentes les gustó.
Al comenzar la niebla le molestó a Hugo, luego se congració
con ese ambiente misterioso. El señor pingüino seguía platicador y lo entretuvo
contándole sus experiencias como asistente de filmaciones. Sin embargo, esa
charla era una música que disimulaba sus intenciones, centradas en descubrir
algo a la distancia, como lo hace el cazador entre las ramas de la selva.
De repente Hugo creyó mirar en la lejanía el rostro de su
padre, algo modificado por afeites elegantes. Fueron apariciones fugaces,
deformadas por las brumas y las luces destellantes. Con pretextos, Hugo se paró
y estuvo rondando sin lograr identificar ese rostro. Regresó a su silla y volvió
a pararse varias veces. Susana lo reconvino suponiendo que estaba incómodo y fuera
de ambiente.
Aprovechando sus paseos, Hugo se apoderó de otras copas.
Volvió a ver a una persona que le pareció su padre y se le acercó. Intentó abrazar
a la persona que él sospechaba, pero el extraño se molestó y lo empujó con el
brazo. Los ojos serenos y vivaces seguían siendo los de su padre, no así, un
bigote recortado y un gesto hostil. El gesto para Hugo era una mueca de
desprecio puro, cual flujo de magma ardiente lanzado en su pecho. Afectado en
sus sentimientos Hugo dio un traspié y se dio por ofendido. Desde afuera resultaba
imposible distinguir la causa del traspié; si era la torpeza de quien se ha
sobrepasado o alguna fuerza externa que lo arrastra al piso. Desde el suelo
tuvo un mayor arresto de ánimo, brincó para alcanzar la vertical y tomó de la
solapa al desconocido intentando tirarlo. En el primer jalón Hugo solamente logró
rasgar la tela de la solapa. El desconocido transitó de la simple hostilidad al
enojo, entonces sí le metió el pie para tropezar a Hugo. En la caída, siguió tomado
de la solapa y siguió rompiendo el traje de su oponente. El contrario le gritó “¡Imbécil!”.
Y Hugo, una vez más se levantó como resorte y lanzó una bofetada contra el
desconocido. El otro esquivó la agresión, de inmediato lo abrazó y lo tiró al
piso, colocando con habilidad el cuerpo para inutilizar sus brazos. Comenzó un
griterío en el salón, exigiendo que se calmaran y algunos invitados se aproximaron
para separarlos. El desconocido alcanzó a soltarle un bofetón certero, antes de
que varias manos los separaran. En frases cortas el desconocido alegaba que lo
empujó y lo intentó golpear. Por su parte, Hugo no atinaba a argumentar algo
más que él no se había lastimado. El novio se puso al lado del desconocido,
luego exigió a los meseros que calmaran y sacaran a Hugo.
Susana se apareció, argumentó que “todo esto es un error” y presionó
para que ambos se retiraran de la fiesta. En voz baja fue regañando a Hugo,
mientras él intentaba disculparse.
Junto a la puerta de salida, el novio salió “de la nada”, y sin
advertencia asentó un puñetazo sólido que tiró a Hugo. Por unos momentos perdió
el sentido y cuando cobró consciencia viajaba dentro de un automóvil con Susana.
Le dolía la nariz taponada con una servilleta. La rubia se esmeraba en ser
protectora y le dijo que no lo dejaría solo esa noche. Le explicó que la novia
estaba furiosa contra él por arruinar su fiesta y azuzó al novio para desquitarse.
Explicó con que uno de los presentes era paramédico, lo revisó, puso con
habilidad una servilleta dentro de la nariz y terminó el sangrado. Hugo no
recordaba nada de eso:
—Aún no se acaba la fiesta. ¿Qué haremos?
Susana respondió:
—Te enseñaré cómo cultivar una flor exótica, al estilo de
las costas tropicales.
Guiñó el ojo derecho y le plantó un beso.