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viernes, 8 de mayo de 2026

MERCADO ES UN GANAR, GANAR


 

Por Carlos Valdés Martín

 

Palabras iniciales: el mercado es el metabolismo vital

En el mercado la persona hace lo mismo que en sus demás actividades: presentarse como un ser completo con su conciencia completa, mientras despliega sus emociones y sus carencias corporales. Es un ser humano completo, movido por una serie de vacíos, fracturas o necesidades (en el sentido de debilidad). Ese ser completo de cada persona (ya en etapa adulta), en su actitud mental y eficiencia física vence a la muerte mediante una trascendencia activa. La más simple institución del mercado expresa esta complejidad del ser humano, pero sin agotarla. El acto mercantil implica un simple acto de presentar dos mercancías (en el trueque primitivo) o permutar una mercancía ante el dinero y viceversa, pero arrastra la existencia humana y social completas. En el acto mercantil también se juega el metabolismo individual y colectivo, su éxito o fracaso, por tanto, hay un arriesgarse la existencia completa.

En las sociedades más primitivas este “jugarse la vida” en el acto mercantil resulta menos claro que en las sociedades mercantiles donde la mayoría del sistema económico atraviesa por el metabolismo del mercado. Sin embargo, en toda producción-consumo las personas se juegan la vida, en cuanto actúan luchando contra el tiempo y la finitud completa. 

Afirmó Freud que la mente desconoce psíquicamente a la muerte, por eso actúa con indiferencia, pero se refería a la situación individual de imaginarse como cesación de toda existencia[1]. Hegel descubrió (con el romanticismo) que una de las primeras posiciones para la consciencia es superar un miedo a la muerte, para lo cual exige un reconocimiento. En un prólogo Bataille recuerda que Hegel ya había descubierto que el código de las células que se dividen implica negar la muerte en la reproducción, donde aplican una estrategia extrema: la mitosis es desaparecer para encontrarse enteras[2]. Algo contrapuesto interpreta Marx, cuando afirma que la muerte es “la victoria dura de la especie sobre el individuo”[3], de tal manera que el grupo permanece mientras el individuo perece, de ahí que lo auténtico le parezca el “ser genérico” (al estilo más de Feuerbach) y luego lo interprete como la sociedad: fuente de todos los bienes y trascendencias en su perspectiva. Por su parte, Sartre anota con profundidad que la perspectiva de la muerte está presente en el enfoque de la consciencia como negación del ser del mundo, como capacidad negadora y que, constantemente, mantiene el horizonte de su propia finitud y mortalidad.  

 

Post-producción y que producir es afirmar la vida y negar la muerte

Llevar una mercancía hacia el intercambio es un gesto adicional al del productor de auto-consumo. Con la mercancía la producción se extiende, como un desdoblamiento, que pone en contacto lo producido con su espejo de otro. Esa llegada al mercado es una especie de post-producción, que alarga a primer acto de producción material. Cada mercancía que sale de la esfera de la producción para entrar al intercambio, está en un más allá para ligarse (socializar) en un gesto de re-producción, en el sentido, de ir más allá.

La producción más simple es un acto del ser humano en el tiempo, buscando escapar del dolor de su cuerpo lleno de necesidades imperiosas y, casi sin variación, compartirlo con el prójimo con quien está superando ese horizonte de muerte. En la historia no existen individuos aislados por la carencia biológica y el dispositivo de la reproducción sexual, los dados están cargados desde el principio, así hay siempre relación con otros, por tanto, toda individualidad es condición social, y toda producción es también re-producción (la especie).

El acto mercantil posee esa rara afinidad con el parir, pues el objeto se aleja del productor directo (individuo o grupo) para alojarse en otro consumidor (a partir de quien compre la mercancía). En ese sentido, el mercado es gesto de reproducción y simple alejamiento. La mercancía es la unidad productiva que escapa de sus fronteras y se liga al metabolismo de vida más allá. En ese sentido, la mercancía es “el servidor del otro” y, además, con una figura abierta, pues los circuitos mercantiles no están cerrados, sino abiertos o vuelven a abrirse con cada nueva producción y renovación de necesidades.

 

El individuo y la herramienta

La unidad mínima a considerar en el acto económico es el individuo, sin embargo, su aislamiento es imposible. El desconcierto ante ese aislamiento extremo, es la base da la afirmación aristotélica del “zoón politikón”, donde se resalta la imposibilidad del aislamiento. Sin embargo, el acto de producir con una herramienta, lo más probable es que sea con las propias manos y con una herramienta individual. En el momento más primitivo con una herramienta de una simple piedra o un palo. Sin embargo, hay contexto y un compartir, donde afirma Hegel que la herramienta es la “objetivación del espíritu”, como tal es la escala de su expresión y el medio de su astucia, que deja la huella más palpable del progreso[4]. La permanencia de la herramienta es la objetivación astuta del espíritu, que da continuidad a una operación, que permite repetir los triunfos ante la precariedad natural y el tiempo imperioso, al satisfacer después las necesidades.

Una paradoja constante es que cada individuo resulta más que un individuo, porque está atado a sus congéneres como especie y, sin duda, al pasado como evolución biológica y antecedente histórico (condiciones de producción). Por si fuera poco, toda consciencia incluye una proyección de futuro constante, entonces hay tres dimensiones en todo individuo que lo desbordan. Cada individuo es un punto atravesado por esas tres dimensiones y todas operan en el proceso productivo, tanto en la producción inmediata como en un acto mercantil. Incluso enfocando al individuo como unidad mínima ya aparecen las tres dimensiones de pasado, contemporaneidad y futuro. Cuando se mira un conjunto resulta sencillo perder de vista al individuo, incluso aunque sea un acto mercantil que se describa como M-M (mercancía por mercancía). Desaparece el individuo en su integridad porque deja de ser productor, no importa su pasado ni se indica su proyecto futuro, más allá de la otra M, que se relaciona con la primera.

Cuando miramos solamente al individuo con su herramienta en las manos, ahí pareciera que se ha aislado y se afirmara algo distinto que esas dimensiones (pasado, contemporaneidad y futuro). ¿Cómo parecieran desaparecer? La herramienta sustituye al pasado (pues la herramienta ya se hizo, no importa cómo); la acción de trabajar sustituye a la contemporaneidad (no importa cuántos otros prójimos haya que luego recibirán o condicionan esa producción) y el futuro (está suspendido, no importan otras elecciones, ya se tomó la única valedera, que es hacer ese trabajo. En esta ecuación separada, la herramienta es una maravilla que ya fue hecha antes y el individuo es la maravilla viva que ya fue reproducida antes; entonces, en vez de colisionar estos dos microcosmos se vuelven unificados y la dupla se vuelve el operario-trabajador, del individuo con herramienta. Ya que están juntos individuo herramienta se hace evidente que se oponen al objeto de trabajo. La herramienta se vuelve parte del individuo (exoesqueleto y, en este presente, en cyborg) para enfrentarse al objeto. El individuo a mano desnuda podría ser el sujeto, pero ya estamos acostumbrado a que no lo sea, pues la herramienta ya está apegada y adaptada a su ser. La herramienta ya es ergonomía completa del mundo asimilado, y afuera está el magnífico objeto de trabajo.

El trabajo manual no existe: individuo complejo

Por más que se simplifique la operación, el trabajo puramente manual en el sentido de materialidad mecánica no existe. La complejidad del individuo con mente y emociones se mantiene atada a su mano y al gesto más simplificado. La división del trabajo con su reducción extrema posible, jamás desaparece las demás dimensiones de cada persona.

Antes de mover la mano hay un proyecto, el apetito y la idea de lo que se hará. En el trabajo, casi desde el comienzo apareció la herramienta, que hemos comentado, y al crecer las luces de nuestros antepasados, pronto surgió la máquina: el motor con astucia, la repetición planeada, la estratagema de las modificaciones. La primera máquina simple es hermana de la herramienta simple, pues basta un simple palo para convertirlo en palanca y así, casi sin notarlo, pasara a otra etapa.

Cuando decimos máquina ahora pensamos en mecanismo más sofisticados con engranajes, casi no recordamos que todo empezó con la palanca, polea y plano inclinado, donde ya está un principio de potenciación del esfuerzo y su conversión. Con las poleas y las cuerdas, luego llegaron los engranajes y surge lo que consideramos más propiamente máquina.

Y luego vino una propulsión no humana: el viento en las velas, los animales de tiro y carga, hasta alcanzar la sofisticación del vapor y los combustibles. La máquina se va convirtiendo en la entidad compleja, que abre el camino hacia la fábrica.

A la complejidad del individuo corresponde la complejidad de la máquina y su integración en la fábrica.

 

Embrutecimiento del trabajador y grandes concentraciones

Los estudios técnicos del taylorismo intentaron reducir los gestos para sacar provecho máximo de los actos, pero no desaparecen la mente y emoción detrás de los actos más sencillos[5]. La simplificación bajo una división del trabajo genera una explosión de productividad, pero también el tedio, la rutina y hasta cierto embrutecimiento por desvitalización del obrero. De diversas maneras, el obrero manual se debe rebelar en contra de la simplificación extrema, de ahí el sindicalismo y resistencias obreristas junto con el socialismo, anarquismo, etc.

El embrutecimiento en el trabajo no es un invento moderno, la dificultad extrema que presenta la naturaleza, resistiéndose a entregar sus frutos, implica esa precariedad de vida y un trabajo agotador. El ejemplo del cazador bosquimano persiguiendo durante días y noches a una presa herida hasta vencerla recuerda la dificultad inherente y la exigencia extrema a que se ha sometido el ser humano. La naturaleza no es una cornucopia perpetua, el “estado de naturaleza” ha sido una condición de adversidad complicada para la sobrevivencia. Para la más antigua tribu un cambio de clima o alejamiento de las manadas era fatal, para el individuo de ese contexto una herida, una fractura o una picadura venenosa eran condiciones fatales.

Concentrar en grandes poblaciones en centros de trabajo y someterlas a la más espantosa explotación no es un invento capitalista bajo la relación asalariada. Aunque Marx juega a que sí, en sus mismos estudios históricos, sabe que ha sucedido antes de la relación capital-trabajo que le interesa. Las conquistas militares entre pueblos y el sometimiento a situación de esclavitud inventa ese conglomerado labora y la reducción al trabajador máquina como castigo de los vencidos. Repito, someter masas laborales a una espantosa explotación no fue un invento capitalista, pero sí fue una realidad palpable durante la Revolución Industrial capitalista. Otro tipo de regímenes lo hicieron antes y el supuesto Estado que iba a liberar al proletario inventó la más espantosa pesadilla para someter y destruir al trabajador en el Gulag, fantaseado como campo para reeducar a los delincuentes o disidentes políticos.

Vuelta de tuerca a la concentración laboral son altos salarios: Owens a Ford

La concentración laboral para producir podría parecer el mal en sí, pero no lo es. Las mentes esclarecidas descubrieron que podía ser un medio de productividad superior y por tanto de mejora del trabajador. El mérito de Charles Owen y de otros socialistas llamados utópicos (cuando él era más práctico, que otra cosa) fue mostrar que una gran fábrica podía dar un resultado en favor del trabajador directo. Por su parte, Ford al diseñar la fábrica más productiva, comprendió que el corolario lógico era el incremento del salario, a un nivel que antes se creería soñador, entregando 5 dólares diarios al obrero[6]. En ese sentido, la productividad del trabajo generada por la gran industria es la fuente para una condición de vida arriba de la simple subsistencia.

Antes del capitalismo, la mayoría absoluta de la humanidad debía sobrevivir con ingresos inferiores a los 2 dólares mensuales. En 1914 Ford lanza una espectacular iniciativa de Acuerdo general sobre salarios, para ofrecer 5 dólares diarios, lo cual era un salto descomunal, pues previamente se mantenía un promedio de 2.5 dólares diarios, en la ya muy avanzada condición de los Estados Unidos y ya traspasada la “barrera” de la Revolución Industrial[7].

Los reportes históricos indican que los aumentos salariales directo con el cooperativismo de Owen fueron moderados, pero en términos de reducción de horarios (bajando un promedio unas 2 horas diarias) y prestaciones alrededor como proporcionar hogares, pagar durante los paros, etc. fue una auténtica revolución.

Henry Ford fue capitalismo puro y duro con competitividad técnica de vanguardia, Owen fue la creatividad de una perspectiva cooperativista, bajo una libertad experimental, efecto de un modelo y no de la competitividad.

De las muchas fábricas: el taller, la Moloch, la fábrica normal y utopía lúdica (Google)

Conforme el trabajador se apropia de un espacio, crea el espacio productivo, primero en lo que llamamos taller, por la simple composición entre el trabajador, su herramienta, su medio, un espacio confinado y la acumulación de resultado. Sucede lo mismo que con el templo: se corta la extensión para consagrarla a algo. Casi siempre hay una vestimenta o mandil del trabajador, sumado al encierro espacial. Los antiguos hacían rituales para consagrar sus actividades y los más astutos y misteriosos, establecían un área de secrecía, para que nadie profanara su situación con una mirada hostil o no les robara sus secretos. Los antiguos gremios eran confundidos con magos, en especial, cuando realizaban transformaciones misteriosas, como la arena en cristal o las rocas en metales cortantes.

Después, que los trabajadores se separaran de los demás se convirtió en algo como reflejo, como si fuera una definición auto-evidente de propiedad privada, cuando hay muchas coordenadas de sentido, para definir a la persona que se dedica a trabajar sin interrupciones y con un esfuerzo concentrado hacia su objetivo. 

Una vez, que el trabajo productivo se volvió usual, la fábrica es cualquier sitio donde se hacen las cosas y, por época, se identificó como el gran establecimiento que concentra a las máquinas y los trabajadores. Algunos ilustrados llamaron al individuo como una fábrica y al conjunto social también. La época le proporciona su estilo y estética.  

El despertar de la revolución industrial propagaba fábricas destructoras del trabajador, que llamaré como Moloch: la deidad devoradora. De manera estética esto se plasmó hacia la sociedad como un conjunto maligno, pletórico de trampas y sujeciones, por ejemplo, en Metrópolis de Lang.

La ideología soviética escindió la fábrica en una versión maldita, como cámara de tortura capitalista y como epopeya socialista; donde la dualidad implicaba una crisis hacia el fracaso, conforme se atoraba en la zona oscura del Gulag, como su institución peculiar.

Después, el mismo proceso de incremento de la productividad acelerado por la competencia capitalista, implica una transición hacia una “fábrica normal”. Grandes galerones con techos simples y un espacio cerrado, donde aposentar suficientes máquinas y trabajadores se volvió el panorama de las zonas industriales del siglo XX.

El último tránsito está en las fábricas ya casi utópicas de centros de trabajo lúdicos, tipo proyectos de Google o Facebook. En la propaganda y la ilusión la URSS planteó alcanzar la fábrica utópica, cuando realmente destiló lo contrario en el Gulag, para terminar en algún punto intermedio (una fábrica gris e improductiva como el estándar post-estalinista), en la “sociedad fábrica” improductiva.

A la fecha, desconocemos si los proyectos futuristas para levantar un ambiente más lúdico y relajado por los gigantes de la electrónica son un nuevo estándar o, con menos sentido, son espuma sobre la siguiente oleada de cambios. Sin embargo, la productividad abre las posibilidades para una vida mejor.

Hombre de mármol: heroicidad del simple trabajador

Todo ser humano existe contra el tiempo y la adversidad, estando sometido a un final de muerte, donde ningún escapará, y bajo la condición constante que cualquier finalidad deseada está sujeta a la hipótesis de su fracaso. Es en la actividad de la cacería donde quedó establecida la estructura del ciclo heroico, aunque su arquetipo mental puede integrarse (en potencia) hacia cualquier trabajo humano. El ciclo del héroe implica una estructura típica que implica: el personaje que siente un llamado, que traspone un umbral, entra a un área de peligro y confusión, descubre un talismán y/o herramienta, obtiene un mentor (o un consejo divino), enfrenta un enemigo superior, que lo reta y lo pone en peligro real, surge una lucha donde puede perder, se alcanza el triunfo, que al ganar le da una recompensa satisfactoria, incluso tendrá algún reconocimiento y con quien compartir, para regresar hacia su origen, hogar o tierra con la satisfacción de su triunfo. La partida de cacería posee ese tipo de estructura conforme se aleja del hogar y enfrenta animales peligrosos, sin embargo, incluso donde el trabajo humano no parece peligroso, sí existen peligros serios. Por ejemplo, el campesino y el ganadero durante milenios tuvieron el asecho de animales fieros o ponzoñosos, riesgos de caídas y de un medio natural con rayo y otros riesgos. Incluso los trabajos domésticos no son carentes de riesgos inusitados de caídas, animales, incendios y pérdidas súbitas.

Sin importar el trabajo particular, su estructura ontológica implica al sujeto, su esfuerzo orientado a un fin, las herramientas y los objetos sobre los cuales se trabaja[8]. Esa relación tan general está sujeta a la frustración y además implica una entrega. El trabajo puede fallar por miles de causas técnicas y fortuitas. El objeto que resulta del trabajo no se consume de inmediato, sino que se desprende del presente para un consumo futuro y, desde que hay familias, que es siempre implica una entrega de ese producto a otros. La producción egoísta únicamente para sí es un imposible técnico, casi todo lo que hacen los humanos comienza por ser dualidad para uno mismo y para los otros. Gran parte de cualquier producción es para entregarse y ahí también se presenta la estructura potencialmente heroica del proceso de trabajo.

¿Cómo? El trabajo es una actividad que requiere de esfuerzo, que puede fallar, que existe intensión y habilidades, que debe triunfar contra la naturaleza y que el resultado traerá una manera de compartir y la satisfacción, que en el camino hay riesgos de fracasar y de ser dañado (accidente laboral, etc.) En base a tal estructura, es fácil tratar al trabajador como a un héroe y benefactor del prójimo, incluso aunque se mueva en un círculo de actividades egoístas.

El socialismo descubrió ese potencial heroico en el proceso de trabajo y le dio una utilización política. La ideología oficial comunista llevó hasta el absurdo el ensalzar como héroes extremos a los simples trabajadores. Cierto que todo trabajo posee algo de heroico y gratificante, pero el discurso comunista excedió los límites, para engañar al trabajador mientras le arrebataba los “medios de producción” que le había prometido entregar y se los quedó el Estado.

Enfoque equivocado de Marx del perder-ganar en suma cero

El enfoque de Marx es muy interesante y hasta apasionante, pero su enfoque es totalmente negativo: la enajenación total y la pérdida completa de humanidad del proletario. Sin embargo, comparando con el periodo anterior y con el tipo de conflicto social propio de la Revolución Industrial, el ideario comunista omite todo lo positivo que sucede simultáneamente según lo muestran Adam Smith y otros. Marx en su análisis omite qué sucede con el metabolismo de la mercancía dejándolo como “valor de uso” que se intercambia, para subsumirlo a la forma valor (mero movimiento bajo su fórmula de suma cero) donde supone que se intercambian equivalentes, cuando no es así. Precisamente suceden, la menos dos cosas, en un simple trueque: tanto una equivalencia (el intercambio) como una ventaja sobre la equivalencia (el metabolismo de los valores de uso). A cierto nivel, Marx respeta el argumento de los clásicos (valores de uso distintos-valores de cambio como equivalentes), sin embargo, hace un giro en el argumento para únicamente interesarse en la conversión cuantitativa, para convertirla en “sujeto” del valor.

En otras partes, he seguido el argumento, por un lado, Marx es genial, pero también comete un desastre teórico, al únicamente señalar el lado oscuro de esa dialéctica, para absolutizarlo (el capital es un valor que se autovaloriza sacando la máxima plusvalía al obrero, hasta desangrarlo). Los clásicos y los neoclásicos señalan lo contrario del mismo fenómeno: hay cambio porque las mercancías son no-equivalentes, si lo fueran no se llegaría al cambio. Y lo más importante, un metabolismo complejo donde millones de consumidores deciden ellos mismos cuáles son sus necesidades reales, establecen el intercambio.

No sigue la forma M-M

En un sentido muy materialista un intercambio no sigue la fórmula de Marx como dos M-M, dos mercancías, sino en una duplicación de Necesidad-Producto. Quien ofrece da Producto, quien compra adquiere para su Necesidad. Quien es Productor duplica su Necesidad, como necesidad de vender (oferte) y Necesidad de comprar (adquirió) conforme sus requerimientos del Cuerpo (para sí, consumo final) o del Proceso productivo (para la producción continuada).

Desde los antiguos, se entendió que el ser humano es una unidad compleja, por lo que algunos lo interpretaban como una dualidad: cuerpo-espíritu. Todavía mejor resulta una tríada, que será espíritu (mente), alma (emoción) y cuerpo (metabolismo). Marx intenta reducir esta dualidad en el acto mercantil a una unidad, siendo que dos mercancías se cambian y luego lo complejiza, poniendo al dinero en medio. Pero no es bastante, porque la M-M no se lleva por sí misma, sino por ese humano triple: lleva en cada M, mente-emoción-cuerpo engarzado en la Mercancía. A su vez, esa mercancía es Producto, la misma Mercancía y es Consumo (la demanda que el productor hará con esa M que él lleva)[9]. 

Quien lleva un lienzo de tela y lo intercambia, también está cargando su necesidad de alimento, entonces lo cambiará por X de pan y carne. Siempre el movimiento es Producto-Necesidad. El Producto es una realización triple con mente-emoción-materia, donde la emoción pareciera desaparecer, pero resurge como motivación. La mente la reduce Marx a la idea que se plasma en el producto: la idea de hacer algo que se realiza en la cosa producida. Pero la idea sigue en todo su presente, luego seguirá la urgencia de llevarla al mercado y realizar la venta (Marx tiende a considerarla algo automático, lo que se lleva se vende sin complicaciones, lo cual es una gran falsedad).

Quien produce más de lo que requiere para el autoconsumo, en estricto sentido, produce un gran problema: el exceso de tela le estorba, se hacina, le causa un problema porque no es para su consumo. En algún pasaje de El capital Marx se da cuenta de esa tensión cuando señala que llevar al mercado algo es el “día del juicio final”. Pero ese gran problema proviene de una característica anti-Fourier que también descubrió Smith: el consumo requiere muchos objetos diferentes (cada vez son más y más), mientras la variedad a producir con eficiencia es reducida. Incluso si se producen varias cosas por una misma persona (o pequeña organización), el paso de un producto a otro implica complicaciones.

Etapa primitiva

De ahí la “división natural del trabajo” entre los sexos donde se marca una diversificación mayor de la mujer por la exigencia de atender a los hijos, mientras el varón cazador se especializaba en matar y sobrevivir. Aunque el varón no es monomanía de cazador y también requirió hacer varias cuestiones diferentes, lo que importa, es la dificultad intrínseca de hacer muchas cosas en un mismo día entre pocas personas. Hacer puntas de flecha y lanzas permite sobrevivir, pero no es un gran salto durante miles de años. Las herramientas metálicas ya son una especialización absoluta, donde era imposible que todos los hicieran.

Incluso una etapa muy primitiva de paleolítico requiere de alguna variación de productos. Fabricar fuego y conservarlo ya es una especialización. Donde Marx y Engels fingen que no hay mercado, puede asumirse uno bajo el mero intercambio, sin requerir de muchas cuentas: el cazador atrapa al antílope y lo da para que coma la familia tribal, la mujer le da el fuego y los niños a salvo[10].

Donde parece que no hay mercado

Cierto que los pueblos más primitivos no tienen una noción muy rigurosa del intercambio, incluso establecen las instituciones del don: entregar donde parece que nada se recibe. Al menos se recibe no estar en hostilidades, eso ya es un intercambio, el mismo principio de los impuestos.

Las necesidades múltiples provienen de la naturaleza, pero especialmente de la mente y la emoción las hacen proliferar. ¿Cuándo comienza la humanidad? Para algunos con la herramienta, que une la mente y el cuerpo, para transformar. Otros señalan que comienza con el culto a los muertos, donde la mente nota la ausencia y deja flores en los entierros: funciona la mente, la emoción y casi nada se encuentra de materia en ese acto. Otra señal es la curación del herido: el fracturado sobrevive en la tribu a diferencia de las manadas. Cuidar al herido y al enfermo, por principio parece anti mercado; pero solamente para los superficiales. Quien da ahora, quizá recibe en su corazón y en su mente que lo lleva al futuro, además tener al Otro herido presente, ya es recibir algo, el abrazo de la primera fraternidad.

¿Qué M da el herido cuando se deja curar? Ninguna entrega el herido. Ese ofrecer los objetos de caridad o fraternidad no exige un intercambio de cosas. Pero el herido está dando el significado de su cuerpo, no su materia objetiva. Que el intercambio sea siempre de equivalentes es una ficción. ¿Un vaso de agua por un dólar es realmente equivalente? Como valores de uso jamás. Lo serían en el caso limitado que luego el mismo dólar vuelva a comprar un vaso de agua, y se regrese a un intercambio ilógico de un vaso de agua por un vaso de agua.

Donde se comienza a notar un gesto como de mercado

A diferencia del gesto rápido que lanza piedras y flechas con agresiva contundencia, el desprenderse de la mercancía exige delicadeza. El intercambio no acepta gestos brusco ni hostilidad, requiere de un desprendimiento suave. No basta que haya excedentes para crear mercados, también se requiere que los puntos de contacto posean alguna suavidad. El M-M requiere de gestos recíprocos de entrega que no dañen el producto ni la reputación en el proceso, por tanto, la violencia y la ofensa se excluyen. El ciclo mercantil, en ese sentido, resulta como un modelo pacífico, que requiere de paz para su desenvolvimiento. La irrupción de actos violentos o la presencia armada alrededor del acto mercantil M-M es una interferencia de ambiente, de la misma manera que las tormentas no son inherentes a las caravanas de mercaderes[11]. El ritual de la donación silenciosa, donde se dejan objetos (pre mercancía) en un punto fijo para una tribu diferente, es una especie de primer paso del mercado; pero sin contra-prestaciones claras.

La conservación de la mercancía, con frecuencia, implica un largo desplazamiento y el viaje en caravanas o barcos es el complemento perfecto del gesto suave de intercambio. La larga espera mediante un viaje largo garantiza que la diferencia de apreciación y costos de los bienes se imposible de equivales, como señala la hipótesis de la utilidad del Mediterráneo como ruta marítima privilegiada. El mejor intercambio es el desigual, donde ambas partes maximizan su ganar, para duplicarlo. Durante siglos los mercados prósperos implican travesías complicadas y viajes conectando regiones que no saben o no pueden producir lo que se compra.

Demasiados productos parecen un problema por Cronos

Decíamos que el productor de muchos productos iguales se ha metido en un problema serio, pues siempre está la hipótesis de que no serán vendidos y, la otra realidad, el producto terminado puede ser perecedero. Algunos son perecederos rápido y con evidencia, como los alimentos, y otros duran como la piedra, pero con los siglos se perderán.

En ese sentido, M (la mercancía) siempre está en agonía, pues su existencia es efímera, pues busca encontrar su puerto final de satisfacer necesidades. La crisis mercantil o capitalista es una confirmación de esa naturaleza frágil de lo que se produce más o menos en masa y exceso. Sin embargo, esa crisis también está presente desde antes, pues el productor puede fracasar en su hacer: lo más paradigmático surge con el cazador primitivo, quien puede volverse la presa cazada. El productor mercantil también puede ser la presa cazada por el mercado, por no querer su producto o quererlo a un precio demasiado bajo. Lo anterior es el defecto del tiempo (la boca de Cronos), no es un defecto específico del mercado ni del capitalismo. El Estado totalitario que se pretende comunista comete esa tarea de Cronos en una escala monstruosa, entregando recursos y vida a las “obras faraónicas”, las cuales terminan en fracasos colosales o un desperdicio de vidas (Gulag) y de recursos (Planes Quinquenales fracasados).

La ironía del tiempo muerto y su sustanciación

El tiempo de Cronos muere de inmediato, pues cada fracción de segundo nunca regresa. El presente vive en el ahora, pero huyendo del pasado que nunca lo alcanza y persiguiendo al futuro inalcanzable. El futuro está huyendo, pero es perseguido, de ahí le perpetuo proyecto teleológico (o finalista). Esa estructura de la percepción de tres modalidades de tiempo, representa un dilema (y drama) para el productor, pues en cuanto el producto terminado se separa del productor, surge la potencia de la separación definitiva; lo que el joven Marx, lamenta como la enajenación radical. El producto separado del productor está sometido a una nueva ley, ajena a las continuas transformaciones de un proceso productivo (imaginemos al alfarero). En sentido estricto ¿dónde queda el tiempo de la producción frente al producto? En el mundo físico ha desaparecido, está en el pasado inalcanzable. Algunos economistas creen que ese tiempo anterior, queda incorporado en el objeto. Algunos argumentan como sí ese pasado permaneciera en el objeto salido de la producción, pero Marx juega a que el tiempo sí vive como sustancia. El filósofo idealista Hegel señala que el Espíritu (emanación divina) entra en la materia y que por eso es interesante, como encarnación, pero no supone que sea un fluido medible. El ingenio de Marx radicaliza la economía clásica, pretendiendo que la sangre temporal se cristaliza en sustancia del valor, filtrada por el mercado, pero que siempre conserva el tiempo del proletario. Su argumento hace un gesto religioso: el proletario se vuelve la fuente perpetua del valor y, mientras existan objetos, la sustancia del tiempo laboral estará animando a los objetos, en sus movimientos de precios, incluso en el movimiento del dinero y sus finanzas. El tiempo físico es irrecuperable (la física cuántica especula sobre si sería viable un viaje en el microcosmos contra las manecillas del reloj), pero la teoría del valor-trabajo específica juega a que nunca muere, sino que es la sangre del sistema económico.

La evidencia material señala un proceso por completo distinto y, por cierto, maravilloso. El tiempo puesto en cada objeto producido se muere, sin embargo, en cuanto el objeto entra en contacto con un individuo vivo también vuelve a la vida. Imaginemos al jarrón del alfarero, que se ha quedado en una bodega olvidada. Permanecerá inmóvil por siglos y con mínima lentitud resecará hasta romperse por efecto los siglos, a menos que sea rescatada del reino de los muertos, por el humano que pondrá agua o licores en su seno, dándole sentido y convirtiéndolo en un satisfactor de necesidades. El producto como mercancía no vendida está muerto o, si se gusta, como una semilla o un zombie, hasta que un gesto mágico lo vuelve a la vida. La fórmula M-M del intercambio significa que dos mercancías vuelven simultáneamente a la vida, es el concepto de Ganar-Ganar más fuerte mediante un renacimiento. La fórmula M-D-M significa que el D del Dinero, es el psicopompo (Hermes o Mercurio) que los va sacando del “reino de los muertos”.

¿Elegir el trabajo como un factor tercero es error o una simple medición con sentido filosófico?

Cuando se mira de manera simple M-M y se dice que se cambiaron, pero hay que señalar que hay una equivalencia, varios pensadores importantes señalaron que el tercero debía ser un signo de igualdad. Aristóteles no estaba convencido de que hubiera igualdad espontánea en el intercambio, pero buscaba una solución justa que garantizara tal igualdad.

Por cierto, la realidad es que M-M no requiere de un tercero como referente de valor, incluso eso lo asume parcialmente hasta Marx en su versión de la “polarización” de la mercancía en el trueque interpretado como dos polos[12]. Lo real es que el tercer elemento que emerge es el Dinero[13]. Pero algunos clásicos les parece que el trabajo es un buen referente, por su importancia, y que la mejor manera de cuantificarlo es volverlo tiempo de trabajo. Algunos economistas derivan esto hacia un “costo salarial” y como una aproximación; otros lo usan como una medida aproximada. Algunos dan una importancia al trabajo como tal, como eje filosófico de la existencia, el punto de unión entre la consciencia y la materia (Hegel); garantía de la humanización, etc. En cierto sentido, no es un error utilizar al trabajo y su tiempo como una referencia de valor[14], sin embargo, llevar al extremo un argumento lo convierte en una falacia.

Hay muchos argumentos sobre la importancia del trabajo, el tiempo y el tiempo de trabajo en relación al valor, con lo cual surgen teorías objetivistas (valor trabajo en sus variaciones), pero el error es el llevar al extremo de creer que el tiempo de trabajo vive siempre en la mercancía y se desliza por todas las ranuras del sistema económico para regular sus tendencias de composición orgánica del capital y crisis económicas. En sentido estricto, el tiempo (su transcurso igual) únicamente es una unidad de medida y no de contenido de las mercancías, pues nunca se cristaliza. Precisamente los excesos y carencias de la producción total del mercado caótico agregar la dificultad final, donde es imposible predeterminar la acumulación de jornadas laborales para satisfacer las necesidades reales, que cambian constantemente. De ahí, que habrá una perpetua divergencia entre valores (supuestos) y precios (reales), que nunca se va a zanjar.

Que el tiempo de trabajo tenga sentido filosófico no significa que sea la respuesta, en realidad, se volvió un segundo problema al justificar una línea donde el proletario se supone víctima y el capital no estaría aportando nada positivo, al contrario, generaría un esquema de suma cero, donde todo lo que gana el capitalista lo ha perdido el proletario.

Fórmula de la riqueza en Smith

Según lo observado la fórmula M-M implica una doble ganancia. Esto funciona con todo tipo de mercancías, incluso con una muy peculiar, que es el trabajador mismo. El obrero se puede presentar como una Mercancía y ofrecer su servicio temporal a cambio de otra Mercancía (o su representación en Dinero). Ahí es donde Marx se alarma y pretende que sucede algo terrible, pues el que compra trabajo, obtendrá más de lo pagó. Esto lo acepto como cierto, pero también es propio de cualquier M-M. Quien entrega pan que no se comerá a cambio de ropa que usará gana más de lo que ha gastado y viceversa, visto desde quien vendió la ropa.

Este ganar-ganar entre dos mercancías es posible que (en condiciones de precariedad productiva) no sea un asunto ventajoso para las dos partes. El que vendió la tela y adquirió el pan quizá tiene muchos hijos y no le alcance para la alimentación con lo que obtuvo; al revés, también podrá ser que el lienzo no alcance para vestir a la familia.

Smith encontró la solución muy sencilla, que se convierte en estratagema sistemática: basta que haya suficientes productos del trabajo, es decir, que haya una técnica adecuada (para él basada en la división del trabajo) que dé abundantes resultados, para que todos tengan suficientes ventajas. Suficientes panes de un lado y se cambian por suficiente tela del otro, para garantizar que el M-M sea un auténtico ganar-ganar.

Marx objeta que el comprador de trabajo siempre será malo y pagará poco al obrero, por lo que seguirá siendo pobre y deberá a contratarse. La historia de Inglaterra le estaba demostrando que los obreros comenzaban a ganar más cada vez. La historia posterior demuestra que la productividad de las empresas mercantiles está creciendo y que las masas van escapando de la miseria. Smith descubrió la fórmula: más división del trabajo y competencia generan más producción y subirá el nivel de ingresos.

La fórmula de Smith es sorpresivamente sencilla: incrementar la división del trabajo en unidades productivas separadas y dentro de los talleres, para que esa doble división (reunida en el mercado) fuera la fuente de progreso técnico. Antes la idea era acaparar buenas tierras, esclavizar a los vecinos o conseguir minas de oro y plata. En cambio, con Smith no se requiere de una naturaleza privilegiada sino de un procedimiento basado en el mercado y permitir que los privados emprendan, para que desde ahí surja la riqueza de las naciones. Surge una estratagema del crecimiento entre las páginas de Smith, una astucia digna de Ulisis: la división termina reuniéndose. La pequeña división del trabajo de la familia extensa y de las tribus se expandirá hacia una división de trabajo a escala de mercado mundial. Bulle la revolución capitalista de las fuerzas productivas. 

Adam Smith no inventó un sistema capitalista, simplemente observó lo que estaba sucediendo de Inglaterra y otras partes, para ponerlo en papel en 1776. Por su parte, los admiradores de Marx intentaron experimentar con sus lineamentos comunistas en 1917 y después, con resultados desastrosos por lo que en 1991, los dirigentes de la URSS desistieron de ese experimento, colocando el letrero de “cerrado hasta nuevo aviso”.

 

A manera de conclusión: el mercado resulta con una ventaja única, sin ser perfecto

La producción mercantil fracasa a veces, fallando en este y aquel caso (produciendo demasiado o haciéndolo caro), sin embargo, presenta una doble ventaja que la hizo revolucionaria: es más productiva y depende de pocos para cumplirse. Al combinarse ambos factores, resulta una figura con dinámica ascendente y auto-regulada que ha sorprendido a la Historia, pues nadie diseñó previamente al mercado.

La ventaja de más producción al especializarse, al principio, parece una casualidad. Hubo más cosecha de la que requieren un individuo, una familia o una tribu, y ese exceso se coloca en el mercado. El exceso de la producción se coloca en la familia bajo un principio gratuito (o desmedido), se entrega a la tribu (y luego al Estado) bajo un principio de gratuidad obligatoria y ante los otros más indiferentes bajo un pacto de mutua conveniencia (el llamado equivalente, la contra-prestación medida). El gran salto en la situación económica viene cuando se abandona la producción para autoconsumo, para dedicarse al puro producir para vender, entonces el productor adquiere una siguiente funcionalidad y personalidad de vendedor más sistemática.

La división del trabajo hasta el exceso favorece una revolución de la productividad y la expansión mundial del mercado, resultando el tipo de sociedad del presente, basada en el intercambio de mercancías.

La perfección del mercado amplificada como noción extrema es una ficción. Atrás he mostrado que el intercambio es un ganar-ganar, donde su multiplican los valores de uso, sin embargo, eso no desaparece los problemas económicos y humanos. Producir mucho no significa producir con perfecta calidad y, por si fuera poco, el productor puede ser tramposo o generar externalidades. El consumidor también posee defectos y tampoco consume a la perfección, como lo demuestra la obesidad y la drogadicción. Debido a que el mercado es el encuentro de productores y consumidores, entonces los defectos previos estarán presentes en el proceso de intercambio mercantil. El mercado no resuelve los complejos problemas humanos por sí mismo, pero sí establece un marco de alta productividad y la oportunidad de establecer continuas correcciones, en un marco de elecciones libres a nivel de la producción.

NOTAS:

[1] Freud, Más allá del principio del placer, etc.

[2] Georges, Bataille, Prólogo a Historia del ojo.

[3] Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, sección “Propiedad privada y comunismo”. “La muerte parece ser una victoria dura de la especie sobre el individuo particular y contradice su unidad. Pero el individuo particular no es más que un ser genérico particular, y como tal mortal.”

 

[4] Hegel Filosofía del derecho, “El instrumento es algo superior a los fines inmediatos del deseo; en él se conserva el trabajo humano, mientras que el goce inmediato pasa y se olvida.” Párrafo 204.

 

[5] Coriat, El taller y el cronómetro, El taller y el robot.

[6] Coriat, El taller y el cronómetro. Capítulo Fordismo.

[7] En esa misma época muchos países europeos tenían salarios comparativamente muy bajos de un dólar al día.

[8] Esta subjetividad, para un idealista objetivo funciona bien, que el espíritu materializado de la conciencia deje el valor plasmado en la materia, tal como lo señala la Fenomenología del Espíritu de Hegel, pero es un absurdo plantearlo como una sustancia de tiempo que se materializa, según lo plantea Marx.

[9] Jean Baudrillard agrega un problema muy específico, donde el significado es crucial. Una igualdad de M-M esconde relaciones de significado-significante, que dan muchas vueltas de tuerca, para establecer jerarquías e iniquidades. Por ejemplo, Economía Política del Signo, entonces el verdadero valor no sería un tiempo (objetivo) sino una valoración, que es social y clasificatoria, pero no valor-de-uso (cuerpo) de mercancía, sino ubicación del sujeto en la escala social.

[10] Engels al mirar el periodo primitivo, se esfuerza por ver un sistema “comunista” en estado primitivo, porque no encuentra una división del trabajo robusta, pero sí hay procesos desconcertantes. En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

[11] Resulta una especie de tradición marxista el afirmar que la naturaleza del capital y, por tanto, de la mercancía son violentas. En realidad, los argumentos de Marx y sus sucesores, donde atribuyen a la mercancía, están mostrando la acción violenta del grupo político y, en especial, del Estado. Requiere una respuesta afirmaciones gratuitas como la “llamada acumulación originaria”, donde Marx interpreta los orígenes como un despojo sistemático, con lo cual se confunde acto de Estado, con la acción del mercado.

[12] El capital, tomo I.

[13] Hay una buena refutación lógica de que no es atinado pretender que el tiempo de trabajo por fuerza debe ser el “tercer elemento” referente que se desprende del intercambio. El tercer elemento referente del intercambio es el dinero y no hay más en sentido material; en sentido de buscar trasfondos, se pueden hacer muchos malabarismos mentales y pensar en términos marginalistas, cuantificar márgenes de productividad, intentar regresiones infinitas de tiempo, etc.

[14] Marx inventa una doble naturaleza del trabajo, donde una hace la cosa material y el otro únicamente transcurre como ente abstracto, cuando mucho habría que considerar su “intensidad media” y correspondencia con el desgaste. El capital, tomo I, en “La doble naturaleza del trabajo”.

jueves, 31 de enero de 2013

AUTOMOVILISTAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN 1ª PARTE.



Por Carlos Valdés Martín

El automovilista, junto con su inseparable “amigo de metal”, el automotor de combustión, hoy se ha convertido en una especie sometida al peligro de extinción. Tras la genuina preocupación por el ambiente ecológico, los gobiernos han buscado un chivo expiatorio, en vez de presionar de modo efectivo para un salto tecnológico urgente. Y la víctima es la parte más débil de la cadena: el ciudadano de clase media, que estima a su modesto vehículo y no encuentra mejor manera de moverse en la ciudad. Quienes poseen choferes en vehículos de vidrio oscuro, pueden eludir gran parte de las molestias, pues transfieren la mayoría de las molestias a sus choferes o viajan en helicóptero y jet.
No imagine el lector que en los lejanos años de Henri Ford, el automovilista era motivo de mimos y atenciones, desde entonces ya aparecía algún aviso en su contra. Por ejemplo, con el tema de la licencia de conductor. ¡Qué diferencia de trato con los jinetes! Los jinetes jamás fueron cuestionados sobre su pericia para montar a su “amigo fiel”, pero los conductores siempre han recibido cuestionamientos sobre su capacidad, cuando se les exige licencias de distinto calibre y costo. Pasen las licencias, si son para dar un orden y retirar a los gorilas al volante o a los adolescentes alcoholizados.
Lo que bien se aprende jamás se olvida y así parecería de suceder con el manejo. No he sabido de casos con súbitas amnesias del manejo. Me pregunto: ¿desaparece la facultad para manejar cada año? Si no desaparece ¿Por qué otorgan licencias que caducan en un año? Pareciera que contra el automovilista existe un sesgo en esas licencias que caducan.

El bache 
Avanzando para encontrar hechos más duros y rudos, nos sorprende la rudeza de un bache; un hoyo inesperado que está provocando una lastimadura en el coxis o dislocación de cuello. El bache se ha vuelto un evento cotidiano y tan repetitivo, que dejamos de anotarlo con alarma. Lo curioso es que con gastos en obras millonarias de viaductos, periféricos y “segundos pisos” al terminar cada inauguración ya tropezamos con baches que semejan obras de minería o trincheras militares.
Por si fuera poco, los baches se suma un peligro adicional: la temporada de lluvias cuando el drenaje de la ciudad resulta insuficiente y los charcos enmascaran a los baches. ¿El resultado? Es una trampa que ni los maliciosos cazadores de bestias imaginaron. Vienen luego llantas reventadas, rines doblados, suspensiones y amortiguadores arruinados. Ante esa frustración, al automovilista le queda el humor, así llama a una capital de provincia “Cuernabaches” del estado de “Moreloyos” o se rumora que un gobernante está buscando un tesoro y por eso fabrica tantos hoyos.  

Topes y más topes 
Decían los mayores, para evitar que nos metiéramos en complicaciones: “¿Para qué tanto brinco, estando el suelo tan parejo?”. El inventor del tope de tránsito va en sentido contrario y plantea un obstáculo donde no existía. Debo reconocer, que en algunas ocasiones y sitios, es indispensable establecer un tope para obligar a que los conductores acelerados bajen su velocidad; como sucede en las cercanías de escuelas o en carreteras junto a poblados.
Resulta evidente que los promotores de tope no están contentos con el criterio racionalista ponen ese obstáculo según capricho. Y lo caprichoso no lastima tanto como la alevosía  por la falta de señal y de color alguno, de tal modo que desde el atardecer esos topes son invisibles y motivo de “desnucamiento”. Reitero: son topes con camuflaje pensados a modo de trampas militares, para detener tanquetas enemigas, pero  no estamos en guerra. El segundo tema es el diseño, ¿qué debe asemejar un tope al Muro de Berlín por su altura y dificultad? Algún constructor anónimo de topes decide que la altura deseable debe superar la altura entre el chasis y el suelo del auto, de tal modo que siempre rayará el metal en la “panza” de los vehículos. (Continuará...) 

viernes, 24 de febrero de 2012

TRAMPAS INVOLUNTARIAS PARA LA FE


Por Carlos Valdés Martín


Avanzaba optimista el año de 1926, según recordó en el relato de su juventud. Lo primero fue un susto, esa sensación que venía cuando se precipitaba el recuerdo del volantazo ante un animal que se cruzaba en el camino, luego la volcadura y el humo, además la sensación sorpresiva de descubrir que alguien estaba en el maletero, pero el humo y la confusión dificultaban sacarlo. Intentaba abrir la puerta atorada, mientras el fuego amenazaba con extenderse.

Tomó distancia en su mente, se alejó del momento desagradable y se contentó con el lado agradable, por donde empezaba lo lindo ese recuerdo. El orgullo familiar creció con un nuevo automóvil. El afamado Ford T de figura graciosa, contornos suaves y color negro brillante, corría veloz y dócil bajo sol tropical y la guía del volante de fina madera. Las miradas de los lugareños convergían hacia ese nuevo vehículo: los carretoneros lo ojeaban con envidia; los jinetes, con respeto; los peatones, con reverencia y sólo los ferrocarrileros se mantenían indiferentes como los representantes dogmáticos de mastodontes mecánicos, lejanos y orgullosos. Esa posesión señalaba el nuevo clímax de la elegancia para la gente acomodada.

El año anterior, un afortunado nombramiento como gobernador provisional y el pago en efectivo por méritos políticos se combinaron para Francisco Solórzano Bélar. Este flamante jefe del gobierno provisional obtuvo tan codiciado vehículo, cuando por las calles de la ciudad provincial circulaban únicamente otros cinco de ese tipo.

Subirse a un auto reluciente traído desde Estados Unidos era el sueño dorado de los jóvenes y muchachas de la ciudad de Colima, pero pocos privilegiados lograban ese objetivo. Si el paseo dominical montados en tales artefactos era motivo de envidia, el convertirse en su manejador dibujaba una meta suprema. Alcanzar esa propiedad sería prenda digna para la jerarquía del gobernador y del puñado de elegidos del dinero y el poder.

Don Francisco Solórzano por su jerarquía como general del ejército mexicano tenía a su disposición un cabo destinado para chofer. Y además del cabo, gustaba acompañarse de un teniente, que le servía de escolta disimulada.

La guerra cristera comenzó hostilidades un poco después, en enero de 1927, centrada en la región del Bajío, pero desde antes existió agitación de ánimos y opiniones, con distintos tonos en cada rincón del país. El ambiente nacional estaba caldeado por el conflicto entre la Iglesia católica y el grupo del Presidente Plutarco Elías Calles, electo en 1924. Desde 1925 ocurrieron atentados y alzamientos aislados promovidos por católicos radicales en la región del Bajío. La fracción más fanática del catolicismo incitó a una insurrección, que se denominó la guerra cristera y entonces sí hasta esa zona costera de Colima se vio envuelta en la parte activa y cruda de ese conflicto. Cuando, en la vorágine del conflicto, la jerarquía católica hizo una “huelga” de oficios religiosos y el gobierno prohibió los actos de fe “pública” en represalia contra los levantiscos, el conflicto retumbó hasta Colima.

El ambiente militarista y agitado de la post-revolución mexicana permeó a Colima, pero la ciudad provincial se mantuvo atemperada y casi apaciguada por un carácter más dulce y recatado entre la población. Ese carácter local debo atribuirlo a los frescos vientos costeros y a una relativa prosperidad fluyendo de sus plantaciones de cocos, plátanos y limones. La región permaneció a la orilla de los conflictos militares, pero sometida al caudillaje de las facciones triunfadoras de la Revolución Mexicana. Aún así, la evidencia práctica de que el poder se obtenía por vía de las armas, alteró las aspiraciones y una parte de la población colimense se inclinó por la carrera militar. Salieron algunos jóvenes para integrarse en las filas revolucionarias, y unos cuantos sobrevivientes exitosos, regresaron con grados militares y medallas al pecho, consentidos con privilegios de mando. El general Francisco Solórzano Bélar era uno de esos afortunados colimenses que regresaron invictos de la guerra revolucionaria. La gran mayoría del pueblo observaba a esos próceres militares con veneración, pero tras la admiración se escondían rastros de envidia, ese sentimiento agazapado del pequeño esperando la revancha contra el grande, murmurando alguna maledicencia y anhelando el cambio de la diosa fortuna.

En un ambiente cargado de conflictos, el gobierno provisional duró hasta el invierno siendo reemplazado por un político más dispuesto a enfrentarse con la iglesia local, y a Don Francisco le quedaron únicamente importantes atribuciones militares, que seguía despachando desde el Palacio de Gobierno.

Si bien, Don Francisco era un católico practicante, no por ello entorpeció las órdenes provenientes desde la lejana capital, la ciudad de México. Incluso, con doble razón obedeció, porque siendo católico y deseoso de no contagiar a su provincia con la agitación religiosa (que ya se convertía en la guerra cristera) imprimía un sello de cortesía y delicadeza en sus acciones. Siguiendo órdenes superiores, sus soldados cerraron algunos templos durante sermones agitadores y un seminario católico donde había propaganda cristera; pero se cuidaron para evitar cualquier violencia y tratando de explicar a los feligreses y a los sacerdotes la situación tan delicada en que caía el país entero. Gran parte de la feligresía quedó indignada, por lo que Don Francisco intentó diversas medidas de apaciguamiento y realizó reuniones privadas con los jerarcas del clero, para negociar discretamente la reapertura de las iglesias cerradas. Pero fue en vano y las negociaciones no contuvieron una mala imagen del gobierno local. Fue detectada la agitación de un cabecilla local, quien juntaba armas para la causa cristera; entonces el Jefe de la Policía local organizó una redada para detenerlo junto con una docena de partidarios.

Tras esta detención el ambiente en la ciudad se saturó de temores y sospechas. Los sacerdotes católicos acusaban a los socialistas, masones y agraristas en el gobierno y recordaban con rencor, las medidas del Presidente Juárez, cuando los despojó de las riquezas del país. Radicalizados por las ofensas, algunos políticos del gobierno ya estaban dispuestos a reprimir la insurrección católica que se anunciaba en el horizonte y pedían mano dura contra las intervenciones ilegales del clero en la política. El gobierno nacional tomó las medidas más astutas contra la agitación religiosa, pues promovió el reparto agrario. El reparto de tierras (ofrecido por la Revolución desde el año 1915 con la Ley Agraria y vuelto a prometer en 1917 por la Constitución) superó la etapa de puras promesas y fueron creciendo las entregas; pero orientadas por una brújula política, y, en particular, se repartían ejidos donde la agitación clerical parecía más agresiva.

Otras regiones del país, casi a la luz del día, organizaban una sublevación con el abierto apoyo de la jerarquía religiosa local, pero el obispo de Colima permanecía contrario a una rebelión armada. Esta actitud del obispo era más debida a un intenso temor personal ante una cruel guerra interior que por convicción pacifista; incluso, en sus homilías dominicales condenó públicamente al cabecilla sedicioso descubierto y llamó a la reconciliación. Sin embargo, a mediados del año 1926 la jerarquía católica del país ordenó cesar los oficios religiosos públicos en todo el país como protesta y desafío contra la llamada Ley Calles, la cual les obligaba a someterse al poder del gobierno.

El gobernador de la región ofrecía a los curas y católicos las garantías civiles posibles en medio de una hostilidad creciente y ordenó al Jefe de Policía que no extendiera las detenciones, pues preveía que un acto de fuerza adicional encendería los ánimos hasta el extremo. La guarnición de la cuidad fue reforzada en cantidad de tropas y armamento, y el manejo de una logística compleja mantuvo ocupado al exgobernador y general Francisco Solórzano. En algunos pueblos y rancherías aislados de Colima los cristeros se estaban armando, y pronto llegarían grupos desde el vecino estado de Jalisco para avivar la flama de la insurrección. En sus pesadillas, don Francisco imaginaba que una guerra fratricida e insensata bañaba en sangre su terruño.

* *
A Constantino Bélar le enorgullecía que su tío segundo (primo carnal muy cercano a los afectos de su padre) hubiera sido gobernador y luego manejara la plaza militar. En su despreocupación, Constantino no encontraba que esa situación implicara un riesgo. La juventud no observa los nubarrones de guerra como un conflicto trágico sino como una fiesta de balas. Los relatos sangrientos de la Revolución Mexicana que lo inquietaron en la infancia, para esa juventud ya estaban cicatrizados y olvidados para cualquier efecto práctico.

Ciertamente, la ciudad estaba dividida entre los partidarios del gobierno y los fieles de la iglesia, pero una mayoría no se interesaba en temas políticos. Además, en cuestiones políticas, él era instintivamente neutral, por completo ajeno a partidarismos y extremismos. Se sentía tan a gusto compartiendo con los abogados liberales, los administradores del Palacio de Gobierno y los sacerdotes del seminario. Aficionado a los deportes, le gustaba inscribirse a los juegos de futbol, según una moda recién importada.

Lo más apasionante para ese joven de casi veinte fue que su tío compró un nuevo automóvil. Él era casi un hijo para su tío, el cual únicamente procreó mujeres y, en situación del sobrino de mayor edad gozaba de consideraciones. Así, que la petición de aprender a manejar fue aceptada sin regateos y el chofer militar se encargó de dar lecciones de conducción al sobrino, pues en esos días, no existían escuelas de manejo ni a la autoridad se le había ocurrido expedir licencia de manejo alguna.

El sobrino Bélar encontró un uso vistoso para ese vehículo dando paseíllos por la ciudad, ofreciendo aventones a sus amigos y amigas cercanos. El auto Ford T lo pedía en préstamo regularmente los sábados y lo aprovechaba con intensidad: primero para pequeñas vueltas hacia la plaza principal, pero con los meses, obtuvo permiso para visitar las ciudades y rancherías aledañas.

* *
Esa tarde viajó hacia la ciudad de Tecomán, distante menos de treinta kilómetros y lo acompañaron cinco amigos (Ruperto González y sus tres hermanas), completando las plazas de la unidad automotriz.
En Tecomán acudieron a una boda religiosa, donde la hija de un hacendado contrajo matrimonio con un licenciado nacido en el puerto de Manzanillo. Recordemos que a Constantino no le incomodaba departir con las gentes piadosas y, si bien, los vecinos lo identificaban como gobiernista y sospechoso de ateísmo por causa de sus parientes, eso no lo incomodaba. En la fiesta departió con la familia Rivas, mayordomos en ese sitio; escuchó al músico local, tomó el licor de reserva de la casa, degustó guajolotes cocinados al mole y se enteró de chismes. Un joven sacristán de la ciudad de Colima, de nombre Nicodemo, se pasó de copas y debía volver a la ciudad.
Debido al sobrecupo Constantino no quería llevar al sacristán en el automóvil, pero la señora Rivas y un vecino le sugirieron transportarlo en el maletero de equipajes. También el sacristán, de nombre Nicodemo, rogó viajar en ese automóvil tan lujoso. Con ojos lloros y las manos cruzadas se hincaba y repetía: —Aunque sea en la cajuelita abierta, lo ruego, lo ruego encarecidamente.

* *
El sacristán Nicodemo, era bajito y bromista. Hijo tercero de una viuda joven que viajó desde Comala, escapando de la miseria y las incursiones de bandoleros que azotaron esa zona durante los años de la Revolución. La señora fue recibida como refugiada en un anexo de la Iglesia de la Conchita, dedicándose al servicio de limpieza y la alimentación de los sacerdotes. Su hijo creció en el ambiente eclesiástico y aspiraba a convertirse en un verdadero fraile, así que laboraba infatigable en el auxilio de los sacerdotes.
Al principio viajó sentado, manteniendo abierta la cajuela con su cabeza, pero al rato le ganó el cansancio y se recostó de lado, encogiendo el cuerpo dentro del maletero y se quedó dormido.

* *
Constantino no compartía el volante con nadie, pero su amigo compartía la bebida con él. Las chicas ponían la boca en la botella y se quejaban de la sensación quemante sin tragar, pues era aguardiente.

La tarde caía con frescura; los tonos dorados del sol aproximándose al horizonte bañaban las colinas del semitrópico colimense. Los jóvenes pasajeros continuaban con sus pláticas risueñas, con los chismes de la alta sociedad de Tecomán, cuando un toro negro cruzó y bloqueó la carretera. Ante la amenaza del animal, Bélar dio un volantazo intempestivo, evitando la colisión; pero el vehículo salió del camino hacia la cuneta y pegó contra una roca que dañó el motor. La velocidad del vehiculo descaminado no era excesiva, pero en el movimiento del impacto la cajuela quedó cerrada con el sacristán adentro.
Cuando el Ford T impactó contra la piedra también el tubo de la gasolina que alimenta el motor sufrió una fisura y un pequeño hilo de combustible empezó a quemarse, al inicio con una flama imperceptible.
Confusos y mareados, cuando bajaron del vehículo volcado se quejaban de golpes. Constantino y sus amigos estaban lastimados, pero sin huesos rotos sólo se ocuparon del sangrado de brazo de María de la Luz. Impresionados por las gruesas gotas de sangre precipitándose por el codo, ellos intentaron evitar el flujo de la sangre.
—Me duele mucho— Chillaba y soltaba lágrimas.
Rompiendo la manga de su camisa, Ruperto, el otro pasajero, improvisó un torniquete sobre el brazo herido.

Debieron transcurrir unos minutos cuando el torniquete detuvo el sangrado, pero mientras tanto la gasolina había encendido los asientos traseros. Ante las llamas el grupo retrocedió con temor.

En ese momento Constantino se dio cuenta: —¡El sacristán está en la cajuela!
Todos se alarmaron al comprender que el sacristán no hacía ruido y la cajuela estaba cerrada.

Y Constantino buscó las llaves de la cajuela y no las encontraba en sus bolsillos.
La evidencia indicaba que se habían caído las llaves durante la colisión, y ya oscurecía.

Se acercó y golpeó la cajuela con el puño. Repitió en tres ocasiones el intento, respirando humo y calor. Desde el interior nadie respondía y desde afuera Bélar le gritaba con más fuerza, ordenándole –¡Salte de ahí!– sin obtener respuesta.
Con horror las mujeres miraron que las flamas avanzaban entre los asientos también hacia la cajuela donde yacía el sacristán. Constantino debió retroceder ante el fuego avanzando.
— ¡Avienten arena, la arena apaga la lumbre! –Gritó Ruperto—. Y con efusión participaron todos menos Luz; con desesperación lanzaron arena suelta que abundaba junto al camino.
Ocho puños lanzaron arena hacia el auto y las flamas se redujeron, no así el humo que siguió saliendo negro y denso, torciendo remolinos contra el cielo y las últimas claridades del atardecer.
Siguieron lanzando arena con más ánimo al sentir que bajaban las flamas y Constantino observó que estaba apagándose ya el auto, y recordó una barra de metal junto al asiento delantero.
Se ampolló la palma de la mano derecha cuando jaló una portezuela quemada, pero con la agitación no se percató con claridad de su quemadura y obtuvo la barreta de acero. Esa herramienta era perfecta para forzar la cajuela, pues su punta delgada permitía atacar la hendidura de la cajuela.
En cuestión de instantes Constantino encajó la barreta y gracias al efecto de palanca, recargando el cuerpo en el extremo, logró abrir el cofre al segundo empujón.
Emergió una oscura bocanada de humo, recordatorio del infierno para los pecadores. Después la humareda amainó y, entonces, miró el interior de la cajuela.
Entre emanaciones de calor y hollín jaló el cuerpo flácido del sacristán. Al jalarlo sintió una sensación extraña. Se juntó Ruperto para arrastrarlo por el suelo, cuando ya el sacristán parecía un bulto inerte.
Fue vano cualquier esfuerzo por reanimarlo: el humo lo asfixió.
Las tres mujeres, a pesar de sus heridas, lloraron desconsoladas ante la imagen del sacristán.

* *

El humo subiendo en columna alertó a unos rancheros que acudieron, más curiosos que alarmados, desde una milpa situada a considerable distancia. Ante la tragedia consumada prestaron sus caballos para conducir a los jóvenes accidentados hasta la cuidad, y ellos mismos se ofrecieron para mover el cadáver sobre una rústica carreta.

Luego del largo camino a caballo, sucios y golpeados entraron a la ciudad de Colima en procesión de silencios.
Bélar conocía de vista a la madre del sacristán y en su cabeza daban vuelta las escenas del vehículo humeando ¿Cómo explicar esa combinación de situaciones adversas? ¿Lo perdonaría la madre al ver sus manos quemadas y su rostro manchado por el hollín? ¿Dios no protegía a sus servidores más devotos como el sacristán?
Intentó salvarlo, quedó lastimado y su gesto noble fracasó. Pensó que el gesto de salvarlo había puesto en riesgo, imaginó que la gasolina pudo también atraparlo. La bebida del aguardiente era un fallo en su contra y la propia familia lo tacharía de irresponsable, su tío seguramente se pondría furioso por el automóvil dañado.
Pero, sin otra idea mejor, el sobrino se dirigió al Palacio de Gobierno para explicar lo sucedido y pedir la asistencia de un doctor para su amiga herida.

* *
Los presentes en el Palacio de Gobierno se alarmaron de inmediato, por la patética apariencia de Constantino. El semblante manchado con hollín y las manos ampolladas preocuparon al general. Ante la desgracia abrumadora, el regaño quedó para otro día.

* *

En el velorio, decenas de miradas secas acusaban a Constantino sin decir palabras. Aunque él estaba conmocionado y platicó sinceramente con la madre por un largo rato, la opinión pública de Colima no lo perdonó.
El veredicto de los ciudadanos lo condenaba amargamente. El periódico conservador local en su nota matutina exigió cárcel inmediata para el sobrino del exgobernador.
Los jerarcas de la iglesia católica local estaban tristes y hasta ofendidos (imaginando alguna intención perversa del joven Bélar), pero también alarmados por un conflicto potencial contra la autoridad local. El obispo citó en privado a don Francisco para solicitar cien pesos como indemnización a la madre del fallecido y, también explicar que ambos estaban entre la espada y la pared, presionados por los rumores y el conflicto político inminente.
En otra reunión privada, el juez local Obdulio Pérez le explicó al padre de Constantino Bélar que su hijo iría a prisión, pues muy pronto las autoridades competentes deberían ordenar la aprehensión por el asesinato del sacristán. No importaba la falta de intención en el accidente, el juez uso las palabras: “homicidio imprudencial”.
En ese turbulento panorama, la única opción para no ir a la cárcel seria una huida sigilosa hasta Estados Unidos, con la esperanza de calmar el escándalo y resolver el proceso legal.
La huida le perecía indigna al joven Bélar y estaba dispuesto a recluirse en prisión, pero su familia le exigió que escapara. Su padre y madre lo incitaron, juntaron dinero y le dieron la bendición. Detrás de ellos don Francisco, presionaba para que el sobrino escapara de inmediato, el caso del sacristán mostraba trazos de complicarse políticamente. El general también debía cuidar en su propia carrera política, pues el sobrino en desgracia afectaba su imagen y contribuía a encender los ánimos en la plaza.
En un mismo día, entre el padre y la madre juntaron una considerable suma. Y además su papá con el dinero del general Solórzano rentó (con opción a compra) un automóvil gris y usado a un rico farmacéutico de la ciudad.


* *
La escapatoria se acordó para la madrugada siguiente y Constantino escribió para su pretendida una breve nota de disculpa, con una explicación lacónica en dos líneas: “Respetada y querida Guadalupe: Me veo obligado a alejarme. Al menos un año estaré fuera. No es mi voluntad, sino obligación por la desgracia del sacristán. Mi afectuoso saludo.”

* *
Como confidente de la madre, la tía Estela Martínez de Bélar, estaba al tanto de la fecha y hora exacta de la salida, así que decidió aprovechar ese viaje por un motivo urgente.
En la madrugada, Estela (quien era esposa del primo carnal del padre y recibía el tratamiento genérico de “tía”), acudió furtivamente al zaguán de la casa de Constantino. El resto de la familia dormía o fingía dormir para evitar culpas legales en la investigación policiaca, así nadie despidió a Constantino. Sin embargo, la tía Estela acudió pero no para despedirlo sino como compañera de viaje. Con una maleta pequeña esa parienta esperaba afuera de la casa desde las tres de la mañana, y media hora después se trepó al vehículo.

* *
Ella le explicó el motivo de tanta premura en la urgencia de viajar a Texas: comprar medicinas para una comadre enferma.
La tía Estela fue una compañía agradable de viaje. Sabía anécdotas familiares y de la ciudad, además adornaba o mezclaba las hablillas para hacerlas más entretenidas.
“Sin embargo, por las prisas del viaje –decía Estela Martínez de Bélar—olvidé traer dinero, así pues debo abusar de la gentileza, de usted, querido sobrino”
Y además del dinero olvidó zapatos, medias, pasadores para el pelo, etc.
La tía olvidadiza convenció al sobrino para detenerse en Guadalajara para hacer compras y abastecerse.
“Debo abusar de su gentileza, pero mi marido me enviará un giro telegráfico cobrable –decía Estela Martínez de Bélar— mediante el cual compensaré la gentileza, de usted, querido sobrino”
Las tiendas de la progresista ciudad de Guadalajara eran grandes y mucho mejor surtidas que las de Colima, así Constantino encontró maravillas poco usuales. Descubrió nuevas navajas y rastrillos para afeitarse; lociones de aromas exóticos; una crema para su piel delicada; unas camisas con dibujos tramados de moda. La tía lo alentó para comprar y en las adquisiciones también la tía fue “in crescendo” conforme observaba que el sobrino disponía de dinero y generosidad para prestárselo.
“Aprovechemos esta tienda con magníficos precios de esta capital –decía Estela— y no te preocupes sobrino, si hoy abuso de tu gentileza, mañana te compensaré.”
También compraron una maleta nueva de cuero para cada uno donde transportar mercancías adquiridas.


* *
En esos días la ciudad fronteriza de Juárez en Chihuahua tenía un paso franco para los mexicanos. Del otro lado de la frontera estaba El Paso, Texas.
Trasladarse a Estados Unidos estaba permitido sin restricciones para los mexicanos, pero el tema del vehículo era distinto. Ese aspecto lo debía averiguar Bélar, por eso debió detenerse unos días en la frontera.
Esos días de estancia los aprovechó también la tía saliendo de paseos para hacer más compras con dinero prestado.

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Al tercer día en Ciudad Juárez, Bélar por fin logró una llamada telefónica de cabina a Colima. Como en su ciudad natal no existían teléfonos en las casas se usaban las cabinas telefónicas públicas, pero se requería citar al pariente para platicar mediante un primer aviso, que se cargaba al usuario. En esa conversación con su padre Bélar se enteró, que su tía Estela estaba desaparecida y nadie se había imaginado que ella hubiera salido de la ciudad con él. Con candor Constantino le explicó a su padre que la tía le había solicitado un “aventón” en la madrugada, y además llevaba una semana manteniéndola, comprándole y prestándole mucho dinero. De modo tajante, el padre le indicó: —Dile a tu tía que se regrese, pero ya, dile que se lo ordena su marido, tu tío.


Constantino no se sentía con autoridad para obligar o exigirle a la tía, y entonces le rogó a la Estela que regresara a Colima lo antes posible. Pero la pariente negó cualquier cargo, explicó que sucedía un simple malentendido:
“Por la urgencia de mi salida es que tu señor padre no está enterado de la situación, pero mi marido conoce la urgencia de este viaje –decía Estela Martínez de Bélar— y creo que por delicadeza no ha comentado con sus señores padres de usted, pero yo le compensaré la gentileza, de usted, querido sobrino”
Por más que el joven Bélar intentaba explicar un reclamo de parte de su padre para regresar a la tía prófuga, ella insistía en que la situación se debía a un malentendido. Para tranquilizarlo dijo: —Mañana mismo le llamo a mi marido y a tu papá, verás que todo es como te digo.
Constantino se sintió confundido, no supo si las promesas de su tía devolvían la confianza o era el último clavo para el ataúd de una confianza que se perdía.
Ella prometió telefonear, pero no lo hizo.
A la noche siguiente la tía Estela se ausentó sin despedirse; se esfumó y ni sobrino ni el resto de la familia recibió noticias de ella durante los siguientes veinte años. Bélar extrañó el dinero y la fe ciega que había tenido en los adultos.


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El padre le confirmó que la tía Estela había mentido descaradamente, pues simplemente se escapó de su esposo en Colima para inventarse una otra vida.
A pesar de la penosa huída de la tía Estela, Constantino recibió pocas amonestaciones y regaños, pues nadie le había prevenido sobre la tía. Los adultos de la familia conocían del grave conflicto matrimonial de la tía Estela, pero ese tipo de temas nunca los comunicaban al joven.

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A los pocos días, otra vez en la cabina telefónica de Ciudad Juárez, Constantino avisó a sus padres que obtuvo un permiso para internarse en Estados Unidos con el automóvil, entonces la madre de Bélar le envió una bendición triste. La despedida fue melancólica, la madre sollozó constantemente, mientras mencionaba a los santos del cielo, invocándolos para que bajaran a proteger a su primogénito, tan urgido de guardianes celestiales luego del infortunado accidente. La madre murmuró una plegaria mitad inventada, semejante a las oraciones que prodigaban las viudas a los marineros al zarpar.

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Cuando Constantino se montó en el carro gris, miró por última vez el horizonte que se llamaba México: en la línea imaginaria que divide el cielo y la tierra también se volvía diminuta la fe en su buena fortuna y en las tías simpáticas.