Por Carlos Valdés Martín
Estaba bajo amenaza de expulsión y no lo entendía, lo tomaba a broma. Braulio
ignoró las advertencias del “sentido común”, cuando guardaba en la mochila un
tesoro inesperado ¿Quién no se intoxica con una fortuna encontrada por
casualidad? El estudiante Braulio era impulsivo, rayando en lo absurdo y, para
su infortunio, le desagradaba a la directora, doña Catalina, la dueña de la
escuela. Si, en verdad, Braulio estaba advertido: por reincidencia con la
próxima falta, le llegaría su expulsión definitiva. Los alumnos aplicados del
liceo recelábamos de los desplantes de Braulio y nos aconsejábamos.
Era una escuela secundaria, con alumnos entre los doce y quince años, de
concurrencia mixta. Su estatuto académico era privado, sin demasiadas
pretensiones económicas, que presumía de un nivel exigente y con estándares pedagógico
alternativos.
Entre los maestros de la escuela secundaria Alexis llevaba un récord
extraño. Él era quien más amenazaba, aunque no cumplía con los castigos, por lo
mismo su prestigio resultó ambiguo. Afirmaba cuestiones raras como que dormía
en una cama de clavos y que su cabecera era de piedra bruta. Presumía que
cursaba una maestría y que hasta los licenciados eran mediocres frente a los
cursos “muy superiores”. Lanzaba bromas hirientes para quien no entendía sus
clases de biología, como que la leche es blanca por causa de los “cerebros de
mosquito devorados por las vacas”, mientras un buey se sobaba a sus espaldas. Para
Braulio ese maestro susurró que había preparado una cuerda de horca suavizada
con manteca de cerdo. Platicar sobre animales le afilaba el sentido del sarcasmo.
En eso sonó la chicharra y comenzó el recreo. Era lo más alentador después
la clase del maestro Alexis, que impartía justo antes del recreo del mediodía.
El patio retumbaba con griteríos, brincos y alharacas. Bajo la algarabía de la
hora de recreación se integraban los grupos afines, ya sea para compartir
almuerzos, jugar desafíos, contar novedades o compartir información del gremio
estudiantil. Los aficionados al deporte nos juntábamos en el extremo del patio
escolar, donde botaban las pelotas según la temporada. Predominaba el fútbol de
coladeras o a escala entre el grupo deportista. Además, el maestro de deportes
nos hacía encargos para que aprendiéramos otras disciplinas deportivas como
voleibol y básquetbol, para lo cual había dos canastas de prácticas.
Braulio se juntaba con un grupo de no deportistas, integrado en un trío de
lo que después se llamarían looser (por influjo del inglés). Ellos
preferían almorzar con calma, intercambiando sándwiches, tortas, fruta y
golosinas que traían desde sus casas. Lo otro que les entretenía más a esos looser
eran las revistas cómicas y de historietas del momento, con tantas variedades
dispares como Archie, Memín Pingüin, Disneylandia, La Familia Burrón, Duda, el
Libro vaquero, Lágrimas y risas, Fantomas… Ellos preferían sentarse en
una banca de cemento junto a un muro gris, que recibía la frescura de un árbol
de laurel frondoso. Ese día el grupo looser rompió su rutina y se
dirigió a la zona de deportistas, la cual está alejada de la vista del
prefecto.
Para asuntos confidenciales los alumnos hacíamos bolita (los pochos decían:
team-back) y se encargaba a uno de vigía. Nos juntamos los deportistas y
los loosers para recibir una tremenda novedad de Braulio. El maestro
Alexis olvidó en el escritorio un folder conteniendo el examen final del curso
de Biología. Braulio afirmaba que venía dificilísimo.
—Viene un examen con saña, es para tronar a todos. Esta vez nadie pasará ni
de panzazo.
Varios dudamos que fuera cierta esa versión, así que él invitó a una visita
urgente para comprobarlo en su casa. Su hogar estaba cerca de la escuela. La visita
no sería difícil, bastaba pretextar alguna tarea apremiante. Así, que se formó
una comisión.
Braulio tenía un perro simpático, era uno de raza dóberman color café con
manchas, que llamaba Bozo, como un payaso popular. Por más que esa raza tenía
mala fama por agresiva, este animal era dócil y hasta cariñoso. Por la
urgencia, esa misma tarde dos colegiales conseguimos permiso para visitarlo,
bajo pretexto de una tarea que él tenía el apunte, porque no nos dio tiempo de
copiar el pizarrón y alguien se adelantó con un borrador. Allá la
dificultad era que Marcela, la única hermana carnal de Braulio, cinco años
mayor, era metiche y le jugaba en contra, así que aguardamos a que se metiera
en su habitación a ver la televisión.
Reunidos en su habitación Braulio demostró que había ocultado con cuidado
su “tesoro”, arriba del closet, sobre una repisa alta, disimulado entre unas
revistas usadas, reunidas en una caja. Fue sacando las revistas una a una:
—El Santo contra las momias; Rarotonga, reina del África; Pato
Donald viaja por el mundo; la Pequeña Lulu se escapa; Fantomas
la amenaza elegante; un Asterix empastado… Y el secreto mejor guardado
de la Isla Pirata.
Agitó en el aire un folder caqui que traía unas hojas engrapadas,
que salieron volando con la agitación.
—Bruto, que lo rompes.
—Son papeles, nada les pasa.
Los tres no sentamos sobre la cama de Braulio para ver el examen sustraído.
Eran hojas blancas tamaño carta, con un rótulo en plumón rojo de encabezado que
sí apuntaba “Examen Final de Biología.” De inmediato comenzaban líneas trazadas
a mano, con un número y guion a la derecha. Algunas eran preguntas directas y
otras eran acompañadas de alternativas. Las preguntas sencillas eran del tipo “¿Cuáles
son los aminoácidos del ADN?” o “Diferencias entre fanerógamas y criptógamas”. Luego
había otras de las cuales desconocíamos el significado de las palabras, como
“partogénesis en haploides”; “ciclo de los licopodios”; etc.
En la última hoja había un letrero inexplicable, con letras más grandes y
rojas: “T-amo Mar”. Seguido de un corazón dibujado en dos trazos curvos. Lo más
extraño era que parecía escrito con lápiz labial. Estábamos tan absortos y
atemorizados que no prestamos suficiente atención a ese último letrero.
El primer impulso fue copiar el examen completo, porque llevarlo a
fotocopiar lo consideramos demasiado arriesgado y, además, confirmaría el hurto
del examen. Platicamos mientras decidíamos qué era lo correcto y la opción de
deshacer el enredo.
—Ahora sí nos reventó el maestro, mira que hasta parece amable —lamentó
Edgar—. Si lo copiamos y estudiamos, cuando la mayoría no lo hemos ni visto en
clase, será tan obvio responder bien. Sería tan obvio.
—Miren —les comenté— al final del escrito viene una fecha; esa debe ser la
fecha del examen final.
Discutimos si correspondía al calendario escolar y parecía coincidir.
Discutimos si era la letra del maestro Alexis y la comparamos con unos recados
y observaciones a las tareas. En todo, esa letra era idéntica.
—Y lo tenemos que devolver lo más pronto, porque cuando se dé cuenta que
perdió el examen con seguridad lo cambia por un más morrocotudo de difícil.
Utilizamos el cuaderno rayado de Edgar para hacer anotaciones sobre el
examen. Luego arrancamos las hojas por precaución. Y discutimos cómo
devolverlo, considerando que sería fácil al menos que el encargado se pusiera
nervioso. En cuanto el maestro Alexis dejara sus cuadernos sobre el escritorio
del salón, bastaría con que dos alumnos comenzaran una pelea en el pasillo para
que el maestro corriera a calmarlos. Ese tipo de situaciones habían sucedido en
ocasiones anteriores, así que confiábamos en que se repitiera artificialmente.
—Deben hacerlo Toño y el Cochinilla, de por sí son escandalosos y de mucha
confianza, que esto no se sepa.
—¿Entonces lo mejor es devolverlo al maestro Alexis? ¿No hay duda?
Seguimos discutiendo qué hacer. El plan acordado era la única alternativa,
al mismo tiempo, honorable y razonable.
Que un maestro hiciera un examen diferente a lo estudiado en clases, para
los alumnos se consideraba una falta y acto de villanía desproporcionada. Bajo
la óptica de lo desproporcionado de un examen imposible, el hecho de enterarse
de un examen perdido por casualidad no parecía una falta moral, a menos que lo
descubrieran los maestros. Porque si los maestros descubrían la sustracción sí
había consecuencias. Ninguno dudaba que Braulio terminaría expulsado y a él
ninguno le tenía enojo. Anticipar su expulsión provocaba conmiseración. Bajo
tal amenaza parecía mejor no estudiar ni difundir ese examen. La única opción
resultaba en devolver con urgencia el texto. La explicación ante los demás alumnos
era algo que discutimos hasta tarde. Lo verosímil fue un examen de la
licenciatura universitaria y no para nuestro nivel.
Después estaba el qué hacer en caso de que sí recibiéramos un examen
dificilísimo y eso no lo alcanzamos a acordar. Lo importante era “borrar
huellas” y que no expulsaran a Braulio como autor material. Urgía regresar la
situación a su punto original, antes de la sustracción. La idea de devolverlo
fue de Edgar. De momento pareció genial, con una mezcla de valentía y astucia
digna de la Odisea.
Como al “mal paso hay que darle prisa”, el día de la devolución llegó en la
misma semana.
El Toño y el Cochinilla se comportaron a la altura, pero lo demás hubo una falla
de ejecución. El Cochinilla el gritó al Toño que le birló su torta y se la había
comido. Gritaron y se jalonearon de los suéteres, amenazando con pelear. De
inmediato salió Alexis para regañarlos y obligarlos a entrar a la clase. La
calma volvió tan rápido, que Edgar se puso nervioso y no colocó bien el folder
bajo los libros y cuadernos de Alexis, dejando el folder solamente sobre el
escritorio, sin cubrirlo.
En ese mismo momento Alexis notó la alteración de papeles y miró el
contenido del folder. El maestro miró alrededor del salón con un tono retador,
mientras los alumnos terminaban de ocupar sus lugares.
—¿Quién me dejó un presente en el escritorio? Que levante la mano, se
merece una recompensa.
Con lo acostumbrado a las ironías de ese maestro, el resto del salón de
clases no entendió nada. En un instante Alexis cambió de opinión y distrajo la atención
del grupo en otra dirección.
—¡Olvídenlo! Vamos a la clase, abran su cuaderno de Biología en la página
67, donde viene la anatomía de las flores.
Impartió la clase con mucha energía, como si estuviera en una carrera. No dio
oportunidad a que algún alumno preguntara sobre qué “presente” habló al
comienzo de la sesión. Salió corriendo al sonar la chicharra, cuidando de no
dejar nada en el escritorio.
El temido chisme no llegó a la dirección. Regularmente Braulio sí se
acordaba de la complicidad, se acercaba a mí y a Edgar para refrendar un
recuerdo. Proponía que estudiáramos juntos, que lo visitáramos. Por mi parte,
accedí a visitarlo. En una de esas visitas me enteré que Marcela estudiaba en
la misma escuela superior de Biología que nuestro profesor.
A partir de esa revelación, puse en duda la versión de Braulio sobre cómo
obtuvo el examen. En la perspectiva de que su hermana y el profesor se conocían
surgía un cosmos de posibilidades para hacer llegar un examen de biología
rematado con un recado amoroso. Por otro lado, parecía un disparate que la
hermana tuviera un examen universitario de Alexis y aprovechara para mandarle
un recado romántico por medio de los alumnos de secundaria que no tenían ni
idea de qué se traían entre ellos. Por mi cabeza pasaron hipótesis más
descabelladas para unir a Alexis y Marcela, lo cual hacía más difícil abrir el
tema con Braulio. Opté por el silencio hasta no tener algún indicio
concluyente.
Braulio quedó molesto ante mi negativa para estudiar juntos, mientras
exigía que ninguno contestara perfecto el examen, porque eso evidenciaría la
falta.
Transcurrieron dos meses hasta la llegada del temido examen final. El
examen final no tenía ninguna relación con lo descubierto por Braulio. El
maestro Alexis preguntó únicamente lo expuesto en el salón de clases. Entre los
20 incisos del examen final no había complicaciones ni preguntas capciosas. Nada
de preguntas extrañas sobre “partogénesis en haploides”.
Por un pacto explícito, para ratificar nuestra inocencia, los tres que
tuvimos a la vista el examen sustraído, teníamos el compromiso de dejar alguna
respuesta intencionadamente incorrecta. Edgar no cumplió con ese pacto. Cuando
le pedimos una explicación a Edgar, recitó un verso para el 28 de diciembre:
—“Inocente palomita que te has dejado engañar, hoy por ser día de los
inocentes, nada se debe prestar”.
Luego supimos que él estaba buscando una beca por buenas calificaciones.
Años después coincidí en una fiesta con el maestro Alexis. Comentamos las
anécdotas de cuando él fue nuestro profesor. De modo inevitable le confesé la
anécdota del examen devuelto. Él negó con la cabeza diciendo:
—Esa Marcela era tremenda, mira que engañarlos para mandarme un recado.
Cuando lo cuestioné si habían relacionado íntimamente, Alexis negó con la
cabeza, pero se le encarnaron las mejillas, signo exagerado de quien falla al
mentir.