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viernes, 24 de abril de 2020

POSVERDAD: LAS LEYENDAS DEL REY MIDAS Y EL CABALLO DE TROYA




Por Carlos Valdés Martín

Para comprender cómo nos afecta la posverdad notamos que hay una condición llamada la Verdad (sí con mayúscula al principio) a la cual aspiraron las generaciones previas, pues en ella se educaba a grupos esclarecidos, como en las actividades académicas y científicas. La posverdad proviene del debilitamiento de la racionalidad,[1] cuando el discurso no requiere de hechos, pues la posverdad se permite afirmaciones cada vez más arbitrarias, que no requieren de comprobarse con la realidad ni contrastarse con la razón. La Verdad es fruto de la unión entre la observación, el rigor y la Razón, donde su mejor modelo es la ciencia natural y se expande a muchos ámbitos de la existencia. La posverdad pertenece a otro ambiente y el meme (caricatura, cartón o viñeta) humorístico es el modelo de este enfoque, pues el meme simplemente da un impacto y surge la risa. Imaginemos una escena de un chico cayendo con torpeza y profiriendo tonterías, al cual se le agrega la cara de un personaje político ¿Importa que la cara pegada a uno que se tropieza sea la cara de un Presidente? Para el meme es mejor que haya un personaje conocido del cual burlarse. Nunca sucedió el hecho pero es reflejado en el meme y así resulta mejor. Más precisamente se pegan dos imágenes de hechos (o ficciones) sin relación, la caída graciosa y el personaje. Pero es divertido y se comparte. 
La posverdad se presenta como un relativismo tan extremo de la verdad que termina por disolverla, en un panorama donde una opinión vale tanto como la otra y ninguna de las dos logrará jamás un consenso ni se exigirá comprobarse. Un ejemplo de posverdad peligrosa y decadente es cuando se trata al periodista primero como mentiroso, luego como vendido, después como chayotero, más tarde como pirata y al extremo como sicario… cuando en realidad el gremio periodístico sufre asesinatos por los grupos del “crimen organizado”. En la retórica de la posverdad contra los periodistas se les maltrata como a criminales cuando son las víctimas, tal como sucedía con la cacería de brujas. 
La posverdad se expande por las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Tik Tok...) bajo el influjo de las luchas políticas. Conforme la impresión domina a la razón y el cotilleo somete a la información verídica, entonces sí que hay un problema, sobre todo, porque en la democracia si el pueblo se alimenta de fantasías y decide su destino en base a caricaturas, entonces no gozará de un destino de bienestar.
Comencemos esta explicación por el principio y la ruta más cierta, cuando la vida era tan sencilla que se explicaba mediante relatos en la plaza pública y al escenario de las decisiones comunes se llamaba el “ágora”. Antes de la posverdad existió la opinión, la cual también se defendía con tozudez, y que los griegos la llamaban “doxa”, de donde viene nuestro vocablo “dogma”, para señalar una tesis arbitraria pero inconmovible. Sin embargo, los griegos fueron encontrando un procedimiento para salir de la simple opinión y alcanzar un saber superior.

Rey Midas: las manos de oro que causan hambre

De manera provisional daremos una definición de verdad concebida como la afirmación que corresponde con los hechos o realidad, que convence al entendimiento por la razón y su evidencia, para arrastrar a la voluntad. Ahora bien, esa definición la podemos tomar como una plataforma, pues sabemos que resulta fácil cometer equivocaciones y así lo señala el adagio “no todo lo que brilla es oro”. Y vaya que con las cosas más valiosas suele haber un gran interés por lograr colar una trampa.
El rey Midas fue un famoso gobernante de la región Frigia, frecuentada por los griegos quienes difundieron esta leyenda. Su capital fue la ciudad de Gordio, también afamada por el “nudo gordiano”. La narración le atribuye que, por ser buen anfitrión, el dios Dionisos le concedió a Midas el don de que sus manos convirtieran en oro lo que tocaran.[2] Variantes del relato señalan que esa bendición se volvió la fuente de una riqueza incalculable, por lo que su reino prosperó y causó la envidia de sus vecinos. En la continuación dramática ese don se revela como maldito, pues toca a su hija y la mata al convertirla en estatua dorada, o también el propio Midas termina falleciendo de hambre. En una versión menos extrema, el rey después suplica a mismo dios que lo libere de su don, quien accede mediante su limpieza de las manos en cierto río, que deposita unos placeres de arenas auríferas.
En gran medida esta narración está ligada con el surgimiento del dinero metálico en esa región, que fue una de las primeras en utilizarlo. Las primeras monedas hay quienes las han atribuido a la zona limítrofe de Lidia, con mezclas de plata y oro. Ciertamente, que para esos pueblos el tema de la mezcla y adulteración de los metales preciosos pronto resultó un dolor de cabeza para las prácticas comerciales, que no se descifró sino siglos después hasta la observación de Arquímedes sobre el “peso específico”. Como sea, pronto la autoridad de los príncipes se impuso para la acuñación de moneda y los propios gobernantes fueron los primeros adulteradores de moneda, de ahí una fácil asociación con este relato.[3] Como acuñador por derecho propio, un rey convertía una parte discrecional de cobre en oro, pues bastaba el “toque de su mano”, que en este caso es el gesto del poder legal. Y el derecho de agregar discrecionalmente cantidades de cobre al oro y de plomo a la plata implica una alteración práctica de la verdad, generando con ello una “mentira oficial”, el pariente más antiguo de la posverdad.
Que el rey dañe a su familia o a su salud da un toque dramático, incluso agradable al pueblo que reunido escuchaba el relato, entonces qué mejor que Midas se arrepienta de don. Curiosamente, que el “toque de oro” se vuelva en hambre resulta más aplicable a los escenarios modernos cuando el Estado practicó la impresión desmedida de billetes creando la hiperinflación, que llevaba al hambre en los países. La proliferación del oro lo convertiría en una mercadería despreciable, tal cual sucede con la inflación de los billetes. 

La Verdad: como desnuda saliendo del pozo con látigo

Entre los antiguos se concebía a las virtudes y cualidades a manera de divinidades personalizadas, por lo que el panteón politeísta romano se adornaba con muchas Virtudes y Gracias. Entre los romanos Veritas se creía hija de Saturno (Cronos, el tiempo y padre cruel de los dioses olímpicos y titanes) y madre de Virtus (la Virtud en general). Como característica de esta personificación de las Verdad estaban las condiciones de inocencia, desnudez y un espejo en la mano. La referencia del espejo da una noción muy fuerte de la noción de que el pensamiento verdadero es un reflejo exacto de la realidad o el objeto al cual se refiere.
Un aforismo del filósofo Demócrito ha provocado muchas meditaciones, cuando señaló que "De verdad sabemos nada, pues la verdad es un bien encendido... en un pozo abismal."​ Y hay una muy comentada representación de la Verdad cual bella dama escapando del pozo oscuro, dispuesta a castigar a la humanidad con un látigo, de 1896 del artista francés Jean-Léon Gérôme. La fémina saliendo del pozo corresponde a una narración festiva que explica por qué la Mentira se disfraza con los ropajes de la Verdad mientras ésta suele espantar y presentarse sin velos, a la manera de una desnudez que alarma. Que permanezca en un pozo resulta significativo de la dificultad para descubrirla, sin embargo, el detalle del látigo es muy llamativo y no parece forzoso a primera impresión. ¿Para qué carga con un látigo la Verdad si su adquisición es más un premio? La respuesta es que la afición a la Mentira —cuando se extiende y profundiza— entonces termina por provocar tragedias, por tanto la revelación es dolorosa. Y quienes hayan pretendido mantener a la Verdad oculta son los castigados por ese látigo metafórico.
La multitud, el gentío en el mercado popular o cualquier conjunto numeroso a Nietzsche únicamente despiertan su desprecio. En el Zaratustra el pueblo se compara con "Moscas del mercado", que zumban sin cabeza ni motivo, son el desplazamiento atolondrado del ignorante que nunca se inclina ante lo superior, sino que "Posee en cambio gran olfato para todos los actores y comediantes que simulan cosas grandes"[4], pues ese pueblo se agolpa alrededor de comediantes y políticos, para elogiar a quienes deslumbran para despertar la candidez. El acento irónico de Nietzsche aborrece a la masa que condena. "Fuente de alegría es la vida: Mas donde la chusma va a beber, todos los pozos quedan envenenados. (...) Y el bocado más difícil de tragar no es saber que la vida impone hostilidad, y muerte y crucifixión. Sino que una vez pregunté, casi me sofoqué con mi pregunta <¿Cómo? ¿La vida necesita también de la chusma?>"[5]. Para el filósofo la Verdad habita en las alturas y las lejanías, a su manera el pozo de agua cristalina también representa la lejanía, por tanto nunca habita entre las multitudes. ¿Qué debería hacer la Verdad entre las multitudes según tales metáforas de Nietzsche? Sin duda castigarlas para mantenerlas a distancia, en cambio el credo de la Ilustración nos legó una propuesta en sentido contrario: para aliviar los males la tarea clave es educar al pueblo, lograr su redención mediante una educación sistemática y suficiente, que libere a todos de las pesadas cadenas de la ignorancia, pues esa ignorancia es la única cadena radical.
¿Por qué es tan condenada la multitud por el filósofo? La respuesta sencilla contestaría que por un elitismo o individualismo. Pero aquí estamos intentando relacionarlos con la Verdad, que se considera como la “afirmación que corresponde con los hechos o realidad, que convence al entendimiento por la razón y su evidencia, para arrastrar a la voluntad”. Lo primero es que la Verdad implica una afirmación elaborada y sutil, por tanto poderosa, ya que relaciona el pensar con su objeto, encontrando la adecuada correspondencia, lo cual convence a la razón y atina al hecho, de tal manera que la voluntad queda comprometida. Esto implica una cabeza pensante, mientras la multitud es una mera aglomeración que no implica el acto de pensar y tampoco prejuzga sobre calidades. La cuestión simplemente es que la verdad implica una afirmación que está en cada cabeza, con cierta sutileza para que el argumento corresponda al hecho de manera razonable. La masa es simplemente el aglomerarse entre las personas, no implica nada respecto de su nivel mental, más bien tiende a pensarse en un promedio bajo, por el mero acto de convivencia que requiere bajar el nivel para entenderse. Esto no implica que los individuos de la masa sean tontos, sino que el relacionarse implica un acceso al promedio o incluso debajo de lo promedio. Lo que dice Nietzsche es que la masa busca la seducción, al demagogo que los motive, no se interesa por la Verdad, entonces el látigo simbolizaría la separación, el dispersar al tropel.

El Caballo de Troya y las Fake News

Desde los tiempos más antiguos los filósofos se ocuparon para desvelar la falsa apariencia, así comienza el pensamiento racional a desconfiar de los sentidos. Para cuando Platón elaboró la metáfora de la Caverna, ya habían transcurrido siglos, desde que el pensamiento pitagórico opuso al número puro contra la percepción sensorial, maravillándose de que la numeración sirviera para comprender la geometría o las notas musicales. Ahora bien, la falsa apariencia está presente desde siempre, pero cuando surge la intención de confundir a otra persona mediante una falsificación ocurre un fenómeno nuevo. Desde siempre la difracción del agua crea una ilusión cuando se introduce un palo semejando que se hubiera quebrado y eso no lo inventó nadie. Sin embargo, desde épocas remotas también existió el engaño intencionado entre las personas. Ese engañarse mutuamente también fascinó a los grecolatinos, tanto para descubrir los engaños como para aplicarlos contra sus enemigos. El Caballo de Troya demuestra que el engaño —en una figura, que es una mentira convertida en artefacto— significaba la diferencia entre la vida y la muerte de una ciudad. A su manera, el Caballo de Troya fue la primera Fake News importante en el Occidente, porque con esa ofrenda los habitantes de Ilión creyeron que sus enemigos se daban por vencidos y les homenajeaban.
Los antiguos desconfiaban de los artefactos como resalta la leyenda de Dédalo y su hijo Ícaro; las alas fracasadas y el peligroso laberinto poseen más rasgos en común. Los primeros griegos desconfiaban de los objetos fabricados que expresaban un “exceso de ambición”… ¿Imitar a los pájaros? Era temeridad. ¿Fabricar un laberinto? Era tenebroso. En muchos aspectos la leyenda de Dédalo confirma una condena moral contra las pretensiones de la tecnología y sus aplicaciones, como señalando un engaño diseñado.
Grecia era la tierra del ingenio engañoso, representado por su primer aventurero de la literatura, el marinero Odiseo, que representa la aplicación del ingenio y el engaño, donde la destreza se convierte en trampa. Y los dioses griegos parecían también gozar de las trampas entre ellos (como el divino Hermes resultaba patrono de los ladrones, además de un prócer de la medicina y el esoterismo), engañar a los humanos (con cantos de Sirenas, flores venenosas, etc.) y éstos jugar a las trampas mutuas. ¿Y cómo distinguir los engaños y escapar de las trampas? La única salida es agudizar la inteligencia, más que en los amuletos. Entre otros motivos, por eso florece la filosofía en las plazas de Grecia, para investigar y descubrir los discursos verdaderos y desechar los falaces. Y con la filosofía se desarrolló la Lógica con su capacidad para distinguir las falacias, que son modalidades de los errores del pensamiento y fuentes de las mentiras.   
Sin embargo, como la historia no suele avanzar de manera lineal, después de la Gracia clásica en Roma floreció la Retórica, que era el arte de convencer mediante palabras y ese arte fue indispensable para la conducción de los asuntos públicos. Conforme la ciudad de Roma creció, en algún momento se requirió de institucionalizar el liderazgo, por lo que al jefe de las antiguas tribus se le denominaba tribuno, y más específicamente para defender los asuntos de la plebe (el pueblo sin recursos) se estableció uno especializado. Siendo una actividad tan importante el defender al pueblo, en ocasiones se desvirtuó y a esa actividad se la catalogó de demagogia, en el sentido de una táctica para ganar adeptos sin escrúpulos y alcanzar más poder. El abuso de la Retórica entre los romanos era el antecedente de esa falsificación de la verdad manejada mediante falacias.
Por cierto, la cultura griega florece en guiada por un evidente elogio al engaño, que se perfecciona en la Retórica, el arte por excelencia que cimentó la gloriosa Roma. Así como la fantasía alimenta el arte, también una dosis de engaños nutre la convivencia civilizada entre los grecolatinos; sin embargo, en las sociedades y los cuerpos la  medida sí importa. En cuanto la medida del engaño se agiganta, entonces se vuelve el enemigo, el gigantismo no es una ventaja, sino el camino a la decadencia. El triunfo de Alejandro Magno abrió el abismo que opacó a la Grecia clásica, el extendido imperium de Roma se tragó a la república y sus costumbres virtuosas; la desmedida del engaño alimentó a la vanidad del Poder y llegó la decadencia. En la actualidad sucede algo parecido con el engaño público mediante la posverdad y los excesos de la mercadotecnia.
Ahora bien, conforme mejoran los medios técnicos de comunicación también proliferan los mensajes. Hubo grandes cimas en el avance como la invención de la escritura fonética, el texto impreso, la imprenta, el periódico… Ya Hegel anotó un salto clave,[6] señalando que su periodo contemporáneo parecía obsesionado por interpretar, dando un discurso sobre lo que acontecía sin que esto implicara un análisis riguroso. El siglo XX tendió a monopolizar el discurso mediante los medios masivos de comunicación —primero impresos, luego radiofónicos y finalmente televisivos—, sin embargo hacia el final del siglo empezó una proliferación de medios y el arribo de las redes sociales.[7] En el siglo XXI continúa la avalancha de las redes sociales y la tendencia novedosa, dentro de lo cual se inscribe la moda de la posverdad.

Posverdad: un retorno a los orígenes

Las triquiñuelas, falsificaciones, mentiras y alteraciones no son nuevas… incluso los periodos legendarios de la humanidad nos remiten a ello. La manzana de Eva y el Caballo de Troya se incluyen junto con el Laberinto de Dédalo (o Minos) forman parte de esa larga cadena de engaños, mentiras, demagogias o propagandas.
Aunque el término posverdad es muy novedoso, su realidad no es muy distinta de la propaganda política que se desarrolló en el siglo XX para impulsar regímenes políticos, sobre todo, en los extremos. El término posverdad designa la alteración de los hechos mediante un discurso emocional, de tal manera que la verdad carezca de importancia pero se convenza al auditorio o electorado mediante una fuerte apelación a las emotividades. Con este tipo de discurso se empuja que la irracionalidad predomine sobre el aspecto racional en el discurso, con efectos en el ambiente político. El término posverdad se comenzó a utilizar en los noventas pero adquirió más relevancia y notoriedad en el siglo XXI con las campañas políticas y el empleo de las redes sociales para influir en la opinión pública. ¿Esa popularización y potenciación de la alteración de la realidad por las redes sociales es una novedad o un regreso al periodo de las leyendas alrededor de la fogata? Cuando la tribu escuchaba relatos sobre las sirenas en acantilados que nunca visitaría o de los gigantes en montañas que jamás alcanzaría, de los ángeles tocando trompetas en valles que nunca alcanzaría, del paraíso que nunca conocería, de la legendaria Troya que había desaparecido ¿qué les importaba comprobar los hechos del relato que nunca se podía comprobar? La posverdad amada en redes sociales posee mucho del regreso a la inocencia y eso no suele ser tan positivo.
Claro que no todo en la vida es Verdad y ciencias exactas, por lo que hay espacio para la comedia y el meme, que el chisme y lo irrelevante poseen su discreto sitial entre los gustos culposos. Sin embargo, los papeles se han invertido, los ciudadanos votan guiados por la posverdad y deciden sus compras por otra especie de ficción que se maneja en la mercadotecnia.
En nuestras manos el acceso a las redes sociales se convierte en una metáfora del rey Midas fabricando oro ilusorio con simples chistes y opiniones, o más bien, da una relevancia fantasiosa a esa tendencia por compartir cosas que no nos interesan mucho ni son ciertas, pero sí que nos gustan o alarman. En simples actos, repartimos miedos y sensacionalismos sin una referencia real cuando se difunden por nuestras manos a golpe de celular. Somos como nuevos rey Midas repartiendo diminutos Caballos de Troya que no sabemos para qué guerra están destinados. Sabemos que ese rey mítico terminó suplicando perder su don de convertir en oro, pues descubrió que su toque resultaba más una maldición. La comunicación rápida es indispensable y no se detendrá, pero hay que usarla con prudencia, aprovechando lo bueno y evitando su Caballo de Troya ¿Controlaremos a nuestro “toque de Midas” antes de que lo lamentemos?

NOTAS:

[1] Se suele relacionar con la famosa tesis de que “la verdad es relativa”, que suele malentenderse como si la verdad no existiera, sino solamente “puntos de vista” indefinidos y volátiles, que son lo típico de la “opinión”.  
[2] Aunque la interpretación que sigue se centra en la naturaleza del dinero, también cabría dar una versión hacia el efecto de la embriaguez que resulta un “oro ficticio” que termina por desolar a quien se deslumbra con su iluminación. La muerte de Orfeo señala la crueldad del culto de Dionisios. En Shuré, Los grandes iniciados.
[3] John K. Galbraith. El dinero. De dónde vino y adónde fue.
[4]Nietzsche, Así habló Zaratustra, p. 70. Este fragmento está acorde con una visión teatral de la política, donde la farsa de los comediantes políticos, atrapa al pueblo. La virtud de los comediantes políticos es hacer que el pueblo crea en ellos, pero esa creencia es volátil. "Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana otra nueva. Al igual que el pueblo, el comediante tiene sentidos rápidos y presentimientos mudables. Derribar.- A eso llama demostrar. Enloquecer a las gentes: a eso llama convencer. Y la sangre es, para él, el mejor de los argumentos". Sobrecogedoramente, esto prefigura una sátira del fascismo y su mecánica política.
[5]Nietzsche, Así habló Zaratustra, p. 116.
[6] Hegel en su Introducción a la Filosofía de la historia.
[7] Mattelart, La comunicación-mundo.

sábado, 10 de septiembre de 2011

SOL DE SOLEDADES


Por Carlos Valdés Martín


Así, tras una edad de tristeza arribó un profeta con pretensión de levantar la maldición de la comarca entera.

El disco celeste parecía congelado desde hacía décadas y en vez de cálidos rayos enviaba soledades blanquecinas sobre el valle. Desde ese tiempo de los Padres quedó sin brío y como agotada su fuerza, por un maligno ataque de tristeza, signando un color sin tonos ni brillos. Así, desde las alturas, contagiaba al pueblo entero con un ánimo menguante.

Los enormes árboles perdieron su verdor y hasta las grandes peñas se mostraban contagiadas de caliza, tan débiles que semejaban más natas cuajadas que rocas.

El amanecer carecía de ánimos, ni el gallo se atrevía a cantar al alba ni los pájaros entonaban alegrías matinales. Y el manto de la noche se retiraba discreto, dando espacio para labores y tareas pero aconteciendo sin calor ni claridades.

El mediodía no traía mejoras, bastaba esa luminosidad para ocultar las sombras, pero bajo los objetos un fantasmal remedo de oscuridades se disimulaba como una acusación por un Sol ausente. Y en vez de cálido momento, un rayo gélido surcaba los campos y un reflejo mortecino salpicaba las crestas marinas.

Quizá invierno perpetuo o tristeza se anunciaban desde el amanecer y la hora del ocaso no otorgaba la graciosa paleta de amarillos y naranjas fogosos, al contrario, era una niebla de olvidos que retiraba las claridades de esa tierra.

La rutinaria calma fue sacudida por quien decíase nieto de Zaratustra, el último sucesor de aquél osado que lanzó su maldición contra los espíritus mediocres. Este extranjero arribó gritando entre una polvareda:
–¿Dónde se ocultan los mediocres? Aquí traigo una espada para abrir sus venas, por donde no corre sangre sino hielo líquido. ¿Dónde se esconden los mediocres? Están huyendo de mi mano, corren a refugiarse entre el trigal húmedo y oscuro.
Caminó por la vereda, provocando revuelo con sus gritos y amenazas. Los niños y los ociosos se aproximaron a curiosear, hasta que se adueñó de la pequeña plaza del pueblo. Incluso una villa pequeña como la nuestra posee una placita empedrada con una fuente central, donde es costumbre que una rotonda de piedra encierre una pirámide cónica y fluya un hilo de agua cristalina. Ahí sació su sed de viajero y se encaramó sobre el borde para hacerse más notorio.

Algunos adultos curiosos se acercaban sin dirigirle la palabra y bajando la mirada, los niños sí vimos directamente sus ojos azules pero con temor. Por los encajes dorados de su ropa los ancianos sospechaban que el profeta era un enviado del lejano Rey, por eso no lo expulsaron a palos y evitaron las murmuraciones bajo un silencio reverente.

Desde el borde de la fuente, el profeta siguió con sus vocerías y exigió la presencia del jefe local.
Terminaron las horas del mediodía antes de que un tendero gordo poseedor del título de jefe local se aproximara al forastero. 

Arrastrando los pies y con sombrero gris entre las manos sudorosas, el jefe se aproximó con cautela y aconsejado por los ancianos mantuvo su distancia. Avanzó cauteloso por creerlo enviado del Rey y porque en el cinturón del extraño asomaba la empuñadura de una espada. Saludando con suavidad preguntó si traía algún mensaje desde la capital del reino.

Sin intentar responder esa pregunta el profeta dijo:
–La triste oscuridad viene de los corazones pálidos y sin vida. No es este Sol un astro que muere, sino los corazones sin brillo me decepcionan y ofenden. Vengo aquí para que me entreguen a los cobardes entre los cobardes y a los temerosos entre los débiles, así terminaré con su sufrimiento.

El jefe creyó escuchar una orden proveniente desde el lejano Rey, así que se apresuró a obedecer y sin dilación reclutó a pobladores con mala fama. El jefe local eligió y pensó rápido en deshacerse de un villano pendenciero casado con una hermosa lugareña, del heredero de un predio que ambicionaba y del más pobre del pueblo.

Al llegar a la placita, los tres elegidos temieron lo peor y entonces lloraron y se revolvieron por el suelo, suplicando por sus tristes vidas. El profeta los increpó y, en efecto, sacó una espada brillante de una empuñadora, mientras les hablaba:
–Los llevaré a la montaña perdida, mas no irán en vano sino a enfrentar el peligro y redimirse por completo. Si regresan a su hogar quedarán cubiertos de alegría y también de honores. ¡Abandonen cualquier temor!

Habló con brevedad pero con tanta energía que los elegidos quedaron calmados y los vecinos sonrieron, pues no se dieron cuenta que ese futuro regreso resultaba sometido a un “si” condicional.

Los tres empolvados y todavía temblorosos siguieron a su líder desconociendo su destino. Casi todo el pueblo los miró alejarse hasta desaparecer como un punto en el horizonte.

Al anochecer la población del lugar quedó en vilo, angustiada e intrigada con el destino final de los vecinos. En lugar de rutina y melancolía el espanto y la inquietud avanzaron como el fuego sobre la pradera seca. En la noche los adultos del pueblo mediante una improvisada y agitada asamblea deliberaron, cayendo en cuenta que había sido un error entregar a los elegidos como corderos de sacrifico ante un desconocido, sin preguntar antes en la lejana capital del reino. Las últimas palabras del extraño, al ser reflexionadas adquirieron la turbulencia de un peligro y la incertidumbre de una amenaza. La esposa de uno de los elegidos, la hermosa Áurea mostró a sus hijas pequeñas mientras lloraba amargas lágrimas e increpaba a los lugareños por sacrificar a su marido. Los padres ancianos del otro elegido se apersonaron y soltaron un enternecido reclamo, recordando que a quien despreciaron como cobarde, también era el más amoroso de los hijos. Luego de deliberar, los habitantes recapacitaron y sintieron que habían cometido un grave error; lamentaron la decisión precipitada (y taimada) del jefe, pero en esa villa no poseían caballos para perseguirlos. Sin ningún remedio práctico, aferrando una delgada esperanza, rogaron con tristeza y rabia a sus dioses antiguos y a los espíritus del campo para devolver ilesos a sus vecinos.

Caminaban con prisa, obligados por el profeta, quien tenía urgencia de enfrentar al destino. Al caer la tarde su líder ungía a sus elegidos con un oloroso aceite rojo, picante como la canela, mientras recitaba oraciones para extraer el miedo y la debilidad de los corazones. Al terminar sus ritos repartía en partes iguales la escasa provisión que cargaban y daba la orden de dormir. Tan exhaustos como sorprendidos, los elegidos no tuvieron intención de escapar o de sublevarse contra un guía que los trataba con extraña consideración.

Luego de tres agotadoras jornadas el profeta los condujo hasta una montaña rocosa y deshabitada, anunciando que se encontraban en el punto geométrico preciso. Antes del ocaso, entre grandes monolitos pétreos les señaló una abertura y dijo:
–Ahí se esconde el más terrible monstruo. Si ahora osan cruzar ese umbral quizá nunca regresen, pero si vuelven a la superficie victoriosos habrán salvado a la comarca de esta terrible debilidad, porque del otro lado del mundo, el Sol está moribundo y necesita de quien le entregue un nuevo aliento. No los culparé si mis plegarias todavía no destierran el temor de sus corazones y entonces rehúsan entrar. Si regresan a su pueblo sin afrontar el peligro nadie lo sabrá, pues yo mismo nunca pisaré sobre mis huellas. Si se atreven a ir más allá del umbral su comarca y el reino entero serán salvados. Yo cruzaré primero y no miraré atrás, síganme y serán bienvenidos en la oscura calma debajo de la tierra.

Antes de partir el profeta dijo estas enigmáticas palabras:
–Basta un martillo y un cincel para crear otro mundo, pero falta la mano audaz de un aprendiz que ahora me acompañe. 

Puestos en la urgente encrucijada de seguirlo o escapar, cada uno razonó su situación.
El primero dijo:
–No es que tema por mí, pero tengo hijas pequeñas. Si yo falto será su desgracia. No iré.
El segundo dijo:
–En esta jornada he reflexionado y me he convencido: yo poseo una pequeña parcela, hasta ahora descuidada pero es mi legado y debo a mis padres esas tierras, así que regresaré al pueblo.
El tercero dijo:
–Ni hijos ni esposa ni tierra tengo, el más pobre y olvidado en la comarca soy. En el pasado me espantó la miseria y el abandono. Si falto creo que nadie me extrañará. En fin, no sé si entraré esperando lograr una hazaña o porque le he tomado afecto al profeta. Como sea, yo sí entraré.

Sin más palabras el tercero se despidió de sus compañeros con un abrazo y luego sus pasos se perdieron entre la oscuridad de la caverna. Ante la decisión, el profeta sonrió y sin dar más explicaciones se escurrió por el hueco negro y el eco de sus pasos se fue reduciendo con rapidez, hundiéndose en lo profundo de la montaña.

Conforme los últimos ecos de pasos perdidos entrando hacia la caverna se escurrían desde el fondo, también brotaban un viento fétido y ruidos indescifrables. Consternados, los cautelosos se prometieron aguardar por señales de un regreso. Pronto  la oscuridad se hizo espesa y ruidos tenebrosos escapaban de la oquedad de la montaña, luego brotaron murciélagos amenazando con más desgracias, entonces los cautelosos optaron por apresurar una difícil travesía de regreso.

Extrañados y asustado, regresaron pero su mente permaneció agitada por terrores nocturnos y el látigo de las palabras del profeta. En el solitario trayecto sin Luna, tropezaron con rocas, sintieron cómo las aves nocturnas rosaban su piel y el ruido metálico de bandoleros convertidos en animal de presa los asechaba. La Luna desapareció por entero y las nubes bloquearon a las estrellas; así, que dos manos se entrelazaron para guiarse mutuamente, a tientas entre los peligros del desierto. Cien veces imaginaron que demonios del subsuelo los perseguían y el lento avance creció en intensidad. En su recuerdo observaron un combate y agonía mortal entre el profeta y los demonios malignos que encadenaban al Sol. Sin descansar y magullados por los tropiezos, al amanecer encontraron el camino hacia la aldea y, en esa ruta, compartieron sus ensoñaciones hasta aderezar lo sucedido.

Al llegar a su pueblo se quedaron maravillados por el efusivo recibimiento. Jamás en sus grises existencias había ocurrido algo semejante, pues en ese lugar ya habían olvido la existencia de fiestas desde la implantación del largo invierno.

Mostraron sus heridas por el amargo trayecto, balbucearon su versión y entonces el jefe del lugar explicó que el grupo completo entró en la caverna y adentro apareció un gran demonio, al cual abatieron, ellos a pedradas y el extraño profeta con su espada, pero en la agitada lucha los demás cayeron en un abismo negro y ellos salvaron el pellejo.

La narración resultó tan conmovedora y con el pueblo entero como testigo que pronto desde la lejana capital vino una recompensa, pues los sobrevivientes quedaron investidos cual sacerdotes del culto local.

En lugar de rutinaria tristeza renació un fervor devoto entre los lugareños que contagió a los pueblos vecinos. En honor a los caídos un cantero repujó un hermoso mármol blanco donde colocó la leyenda: A su “profeta del Sol” y al pobre cordero “óbolo sacro”.

Los sobrevivientes tan contentos como culpables recibieron los dones y como primer precepto del nuevo sacerdocio impusieron un tabú: nunca acercarse a la caverna donde se plasmó la última huella del profeta y su sacrificio.

Tras tantas agitaciones fue un niño de ojos verdes quien primero notó el cambio: un círculo amarillo intenso cubría el cielo. Cuando ese septuagenario invierno terminó y el astro recobró su antiguo colorido, los habitantes se sintieron emocionados y por la mente del más anciano surcó esta extraña idea sobre el Sol: “Lamiendo flores y argentando arenas”[1].





[1] GÓNGORA Y ARGOTE, Luis, Fábula de Polifemo y Galatea.