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sábado, 1 de noviembre de 2014

RESEÑA DE MATERIALISMO Y EMPIRIOCRITICISMO DE LENIN









Por Carlos Valdés Martín

El estilo y enfoque de Lenin
Recuerdo que “el estilo es el hombre”, y vaya que tenía su estilo quien quizá fue el político más brillante del siglo XX. Algunos no estarán de acuerdo con esta estimación por la brillantez política de Lenin, ya que su causa cayó en descrédito, pero existen suficientes pruebas sobre su capacidad como líder práctico, pero ese no es el tema de este escrito. En Lenin, —igual sucede casi con cualquiera—, el político domina al filósofo, y su incursión en la esfera de las ideas generales es bajo la premisa de que “la filosofía es asunto de partido”, porque para él no se puede dejar de tomar partido hasta en la misma teoría filosófica, cuestión que se discutirá adelante. Justamente, Lenin incursiona en filosofía como un gran político: creando partido, atacando a enemigos, estableciendo diferencias claras, cercando a los vacilantes, cortando las líneas de comunicación con el enemigo, adelantándose a las hostilidades futuras... Sin embargo, el discurso fuerte del dirigente no siempre es el más conveniente para la teoría misma, y las virtudes inherentes a su fondo teórico dialéctico se opacan. Lenin incursiona en este terreno teórico sin dejar pasar oportunidad para atacar a los profesores de filosofía, a los tinterillos de la clase burguesa, a “matadores de pulgas” para indicar que se dedican a lapidar solamente las minucias... Y ese conjunto de interpretaciones tan poco “corteses” no creo que sea agradecida por el gremio de los especialistas en filosofía.
Lenin, el líder activista, recurre al estilo de la polémica más desgarradora, feroz y abierta. Hasta cuando efectúa una alianza, como ejerce con su camarada Preobrazhensky[1], la burla sobre las fallas ajenas es salvaje, el descrédito es atroz, la puntualización de la incongruencia del adversario es abrumadora, las ironías siempre abundan, las frases sonoras inundan el texto como si fueran golosinas. A la fría distancia, quizá hasta sea divertido repetir los epítetos leninistas dirigidos para demoler rivales políticos, pero en su momento sus calificativos no eran diversión. Ese estilo literario no está hecho para convencer un oponente sino para arrollar a un enemigo, y más peligroso es ese enemigo porque se encuentra infiltrado en las propias filas, disfrazado con el propio uniforme mientras lanza los petardos a nuestro campo de batalla. Por lo mismo el procedimiento más adecuado es generar el escándalo para arrinconar al enemigo, sacarlo de nuestras filas, desarmarlo de la manera más rápida para dejarlo agotado y sin aliento, quitándole las ganas de responder. Este debate  no es discurso de diferencias, sino una forma letrada de la guerra de clases sociales antagónicas.

Arrinconar y desenmascarar
Para arrinconar y desenmascarar Lenin se dirige hasta las fuentes teóricas de sus enemigos del momento, incluso lo hace con una erudición que es extraña en un político práctico de cualquier bandera. Sus enemigos políticos del momento son los empiriocriticistas rusos capitaneados por Bogdanov[2] y que contaban en sus filas con algunas otras variedades de conceptos. Estos empiriocriticistas rusos abrevaban en las aguas de la moda filosófica europea de Ernest Mach y Richard Avenarius, un par de teóricos de la filosofía con especial interés en la ciencia natural, los cuales proponen una filosofía que esté libre de metafísica, fundada en los principios de la ciencia natural. Los empiriocriticistas Mach y Avenarius están de moda en Europa al final del siglo XIX; el primero también es reconocido como científico, por ejemplo, a la fecha, la velocidad del sonido se asocia a su nombre, y fue fuente de inspiración para las primeras especulaciones de Einstein. Pero Lenin los remite a los empiriocriticistas hacia las teorías anteriores de los empiristas ingleses previos Hume y a Berkley. El parentesco con Hume, los empiriocriticistas lo aceptaban con orgullo, pero no aceptaban tanto su relación con el obispo inglés, Berkley; aunque ambos eran filósofos empiristas ingleses. El lema general del empirismo es la superioridad de la experiencia humana como la fuente verdadera del conocimiento, pero también puede tocar extremos al desconfiar de la existencia de alguna realidad en el fondo de la experiencia humana.


Para la filosofía de partido tocar el pantano es caer en él, hacer concesiones es hundirse y la mezcla es papilla inmunda

A la manera de una lucha de fracciones estrictamente separadas, como pregonaban los obispos su separación estricta de las herejías, semejante a como dejarse tocar por el pecado es caer en él... Ese es el enfoque operativo de una época de violentas luchas políticas, pero también una época influida por el maniqueísmo religioso. Para Lenin la discusión filosófica es lucha de partido, y con esa motivación se interna en los terrenos de la gnoseología. Es lucha del partido bolchevique en lo particular porque Bogdanov encabeza una disidencia dentro del parido de la socialdemocracia rusa, que se coaliga con otros militantes y que aglutinan su posición en torno a divagaciones diversas sobre la reconsideración filosófica del marxismo. En lo particular, en lo anecdótico, la filosofía se convertía en cuestión de partido, en una lucha particular del Partido Obrero Social Demócrata Ruso donde Lenin descollaba como dirigente de la fracción bolchevique (mayoría en ruso). Pero también (en general) para el marxismo, desde sus fundadores, la filosofía es cuestión de partido; la filosofía implica una toma de posición (general), partiendo de la definición más amplia (genérica) en el campo de las ideas, que implica una posición[3]. Dentro de la tendencia a la coherencia (generalidad formal) implícita en el marxismo, las tesis filosóficas son parte del entramado de las ideas sociales (posición de clase) y políticas (definiciones de poder). En la coherencia teórica del marxismo la interpretación de la generalidad del mundo se liga con la producción (generación) de verdades fundamentales y éstas emanan (son generadoras de) un  poder, del poder acorde a posiciones[4].
Esta conexión entre poder y filosofía no queda tan explícita en todos los marxistas, pero sí lo están sus puntos intermedios, hasta declarar Lenin en cualquier tono posible que la filosofía es una cuestión de partido, y no solamente en sentido de “grandes partidos históricos” sino de partido concreto, de órgano de lucha política del proletariado revolucionario. La conexión entre poder y filosofía queda planteada en negativo, en las reiteradas indicaciones que cualquier desviación filosófica debe conducir al proletariado a la impotencia y sumisión bajo la ideología burguesa, las organizaciones reaccionarias y el dominio de los sacerdotes.
Los grandes partidos históricos están tan estrictamente delineados y son tan antagónicos para el marxismo, que si el grupo proletario se contamina de burguesía está perdido y cae irremediablemente en la traición a su propia causa. Así, indica Lenin: “Basta meter un pie en el pantano para hundirse en él por completo. Y nuestros “machistas” están todos enfangados en el idealismo, esto es, en el fideísmo atenuado, refinado”[5]. También indica: “La filosofía del naturalista Mach es a las Ciencias Naturales lo que el beso del cristiano Judas fue a Cristo”[6].
Lenin retoma a un pensador alemán de segunda línea, J. Dietzgen, en lo que considera su acierto especial: desprecio íntegro en contra del término medio, desprecio a la conciliación de posiciones, contra quienes son “charlatantes conciliadores” y forman la “papilla miserable”[7]. Para él, entonces la mezcla empiriocrítica es mala y una porquería de “bazofia ecléctica”[8]. El argumento es el siguiente: lo partidos están esencialmente delineados y antagónicos; para el partido proletario asimilar algunas ideas del opuesto significa la caída, dejar un solo dedo en el campo enemigo es caer completo en sus brazos y quedar en terreno intermedio implica traición del propio bando. Por lo tanto, únicamente debe pensarse en términos del propio conjunto y en exclusiva con ideas ortodoxas que no están contaminadas por ninguna concesión al bando enemigo. Bajo esta línea de argumentación debe emanar una especie de terror en el propio partido hacia cualquier clase de contaminación de las tesis idealistas, agnósticas, emporiocriticistas, solipsistas, machistas, etc. Este discurso se diseña para cerrar filas más que para estudiar objetivamente la realidad, y eso que este discurso de Lenin pregona la objetividad como blasón de distinción. ¿No es extraño? Resulta del discurso de Lenin una doble vertiente: una paradoja muy llamativa, la unidad de objetivismo teórico del materialismo con apelación al sujeto discursivo, es decir, reinterpretación de la posición política como lo esencial del discurso teórico. Aunque la paradoja se “endereza” suponiendo que la posición de los enemigos empiriocriticistas es otra “objetividad”, por lo que los empiriocriticistas rusos no son sujetos particulares que hablan y contra quienes se debate, sino una especie de personificaciones de enemigos sociales, es decir, se supone objetivamente que los empiriocriticistas son los “representantes de la burguesía”.
Si este diseño del discurso inocula temor entre las filas del partido ante la contaminación de las tesis enemigas, la consecuencia es búsqueda de justeza en las fuentes y no en la innovación ni la racionalización. Si el enorme peligro de contaminación por ideas ajenas implica la conversión en papilla que mezcla con la esencia enemiga, entonces el cuidado mayor debe ponerse en acudir a la ortodoxia y mantenerse en contacto con las fuentes de la verdad. Aunque Lenin sostenga elementos filosóficos de verdad sobre la objetividad del conocimiento del mundo exterior, sin embargo el resultado de este discurso es parálisis, el desenlace de este discurso feroz es una invitación a congelar el pensamiento para que los buenos proletarios no se salgan del campo correcto. Ya que esta perspectiva, implica parálisis de pensamiento y el establecimiento de una élite ortodoxa que guarda su verdad en contra de una conspiración de enemigos desviacionistas, entonces el estalinismo sí tiene su antecedente en Lenin, aunque con Stalin existe el salto cualitativo. Estos elementos de Lenin al emplearse con dolo son ladrillos para construir una cárcel, y efectivamente luego se construyó la penitenciaría, que fue el salto cualitativo del estalinismo hacia el vacío.

El fondo de Lenin: materialismo contra idealismo
Aquello que no se refiera al fondo de la filosofía lo estima Lenin como minucias insignificantes, pedantería y complicaciones sin sentido. Por eso llama a los profesores dedicados a estudiar esas cuestiones, Flohkmacker, matadores de pulgas.  “¡señores, no habéis hecho más que matar una pulga, al introducir microscópicas correcciones y modificar la terminología, en lugar de renunciar a vuestro equívoco punto de vista fundamental!”[9]. Porque para él ese punto fundamental es la separación entre materialismo e idealismo. El materialismo se conforma con una verdad esencial: la realidad objetiva del mundo fuera de nuestras ideas y sensaciones, fuera de nuestra consciencia. La materia, para la filosofía no es una forma particular de solidez y pesantez, sino cualquier objetividad; la materia no se reduce a una cosa diferente de la energía, sino que ambas son lo mismo para la filosofía materialista. El hecho de que el átomo se separe en partículas, o ahora digamos que se convierte en energía no “desmaterializa a la materia” desde el punto de vista de la filosofía materialista; porque ambas serían formas de la misma.  “Porque la única propiedad de la materia cuya admisión está ligada al materialismo filosófico, es la propiedad de ser una realidad objetiva, de existir fuera de nuestra consciencia”[10]. Cualquier comportamiento extraño de la materia y sus transformaciones no está en contra de la tesis filosófica básica del materialismo: la realidad externa transcurre objetivamente y fuera de la consciencia. Para que la materia de la ciencia natural dejara de abonar esta filosofía materialista requeriría que empezara a estar ligada permanentemente a la consciencia, que perdiera su independencia objetiva y que permaneciera ligada a la consciencia[11]. Esta es una interpretación gnoseológica, de teoría de conocimiento, y de principio; sobre este pilar se levanta la diferenciación entre las “corrientes de la historia”. En esta separación Lenin encuentra hasta una “lucha milenaria” de dos milenios, desde que Demócrito empezó a delinear el materialismo en la antigua Grecia.
Ciertamente, la separación entre materialismo e idealismo es un tema relevante en la formación de las escuelas filosóficas, pero no siempre ha sido el parteaguas de la teoría. Para el conjunto de las tendencias filosóficas no ha sido el punto de separación, pero para una escuela de pensamiento que se declara a sí misma como la primera materialista consecuente y completa con la dialéctica, entonces sí debe ser el centro y parteaguas. Esta interpretación de que el punto de inflexión filosófico está en la separación de materialismo e idealismo ya la presentó Engels en pasajes claves de tres escritos importantes, aunque esto ya se dibuja desde los escritos juveniles de Marx[12]. Pero con Lenin el énfasis de esta división fundamental se amplía, para que cualquier interpretación deba caer forzosamente en alguna de las dos filosofías, sin posiciones intermedias; aunque recuerda que el agnosticismo ofrece una posición intermedia en la cual se ubicaban los empiristas ingleses, finalmente le parece que el agnosticismo cae en la trinchera idealista. El asunto es que el idealismo consecuente defiende la primacía de las ideas sobre la realidad (materia) y el materialista consecuente defiende la primacía de la materia y que la idea es una emanación compleja de materia (de lo contrario sería un dualista y, de alguna manera, “contaminado” de idealismo). El agnóstico no adopta una posición resuelta sobre el tema de la primacía entre idea y materia, y toma una posición escéptica, que no cree alcanzar el fondo de esa cuestión o quizá de ninguna cuestión.
Para Lenin la práctica presta una aportación invaluable en contra del agnosticismo y del idealismo. Su argumento clásico proviene desde una refutación de Engels contra la “cosa en sí” de Kant, que le parecía refutada cuando se extraía alzarina del carbón, porque desaparecía la “cosa en sí” de la alzarina, para trocarla en una cosa para nosotros y en un objeto útil revelado para nosotros. La práctica humana disuelve esencias misteriosas que antes no alcanzaban a revelarse. “El punto de vista de la vida, de la práctica (...) conduce infaliblemente al materialismo (...) Naturalmente, no hay que olvidar aquí que el criterio de la práctica no puede nunca, en el fondo, confirmar o refutar completamente una representación humana cualquiera que sea. Este criterio es bastante ‘impreciso’ para no permitir a los conocimientos del hombre convertirse en algo ‘absoluto’; pero, al mismo tiempo, es lo bastante preciso para sostener una lucha implacable contra todas las variedades del idealismo y del agnosticismo.”[13] Esta cita nos indica un par de líneas significativas: la práctica, la acción material del ser humano que modifica los objetos de su entorno abona al materialismo y es su sustentación. Al mismo tiempo, esta sustentación no otorga la refutación final de tesis filosóficas, porque jamás se puede “refutar completamente” ninguna representación agnóstica e idealista con los logros de la práctica, porque en general, estas tendencias son escurridizas: siempre encuentran nuevos refugios para sus elucubraciones.
El postulado materialista de una realidad objetiva existiendo independiente y fuera del sujeto del conocimiento, implica con Lenin que el conocimiento es reflejo de esa realidad. La interpretación gnoseológica del bolchevique, posteriormente, llegó a denominarse como la “teoría del reflejo”, por su insistencia en que la conciencia es un espejo del mundo, que mediante el reflejo de lo externo en la mente se conoce[14]. Lenin va a interpretar que el reflejo del mundo externo tiende a ser verdadero, y que mediante la práctica se perfecciona, cuando pule imperfecciones e ilusiones de ese reflejo originario.


La conexión de Mach y la física relativista de Einstein
En este punto el debate de Lenin contra los “machistas” muestra fantasmagorías curiosas. El ataque de los empiriocriticistas contra el materialismo de las ciencias naturales es bajo el lema de dogmático. Los cuestionamientos “machistas” eran poco trascendentes y bastante especializados, se centraban en un regreso al empirismo que cuestiona la inocencia de la mente cuando cree en lo que mira e imagina; regreso a ese ingrediente escéptico de Hume cuando duda de lo que miramos y no acepta la suposición de que los objetos existen fuera de la experiencia que los percibe. El empirismo clásico de Hume en su siglo no fue contrario a las ciencias naturales, pero su cuestionamiento queda un poco en el aire, porque su empirismo permanece en la duda. La importancia de la experiencia se conservó en la filosofía clásica alemana, pero la misma consciencia puede ubicar el lugar de su experiencia, y en lugar de esta ubicación parcial de la experiencia cuando Hume tiende a absolutizarla, para dudar del saber fuera del campo de la experiencia. En el siglo XVIII el empirismo era una crítica al dogmatismo de las tradiciones eclesiásticas que dominaban el pensamiento. Sin embargo, la apelación a un regreso a Hume es argumento poco novedoso en el final del siglo XIX. El empirismo del siglo XVIII atacaba dogmas religiosos y creencias de la práctica cotidiana pre-científica; su sucesor el pensamiento empirio-criticista se enfoca a cuestionar la confianza de la práctica científica del siglo XIX, especialmente, mediante las observaciones de Ernest Mach. El ataque al dogmatismo sobre las ciencias naturales que efectúa Mach contiene más el rasgo de desafío desde las ciencias naturales sobre ellas mismas, porque al final del siglo XIX los objetos conocidos de la ciencia física se estaban desvaneciendo bajo el peso de las nuevas investigaciones[15]. Existía una revolución interna dentro de la ciencia física que cuestionaba lo que se debería entender por materia, energía, espacio y tiempo. Haciendo un balance, la obra de Mach se entronca con un movimiento interno de las ciencias naturales europeas presas de un desplazamiento de expansión y crisis. Ahora bien, a Lenin solamente le interesa el sentido político de este movimiento, y los cuestionamientos provenientes desde el empiriocriticismo sobre las convicciones ingenuas sobre la materia, que tachan de dogmatismo, le parece que conceden y caen en el pantano del idealismo o hasta el fondo del abismo del solipsista Berkley. Los machistas no son solipsistas del tipo obispo Berkley, pero una posible “última consecuencia” del escepticismo es ese solipsismo, que en filosofía es la creencia de que únicamente yo existo en el mundo. Esa argumentación es la siguiente: si dudo radicalmente de la existencia de cualquier cosa en el mundo externo, y creo únicamente en las imágenes de mi mente, entonces el universo radica en mi solitaria mente y así el único existente soy yo. Eso es solipsismo puro. A Lenin le interesan las últimas consecuencias y una última consecuencia es tal solipsismo.
Por su lado a Mach no le interesan las últimas consecuencias políticas sino su relación con las ciencias naturales. Su escepticismo está ligado al avance de las ciencias naturales, sobre todo al progreso de las disciplinas físicas. En especial, al final del siglo XIX y principios del XX la ciencia física se encontró enredada entre enormes avances de investigaciones parciales en laboratorio, que constantemente descubrían relaciones materiales que parecían contradecir las anteriores certezas sobre lo que eran la materia y la energía. Por ejemplo, en los laboratorios el átomo se empezó a romper y separar en componentes interiores, tales como los electrones, neutrones y protones. Las enormes certezas de la física newtoniana se estaban tambaleando cuando la naturaleza de las ondas y las partículas se rediscutía. Los electrones trían de cabeza a los investigadores mientras la radiación mostraba sus sorprendentes resultados.
La avalancha de los datos emanados desde los laboratorios era enorme, y se hacía necesario el transformar modelos en la ciencia básica, desde la interpretación de las partículas hasta el movimiento de los astros. La resistencia al cambio provenía también desde la defensa de modelos de pensamiento previos, las teorías clásicas, las interpretaciones del movimiento de los cuerpos, la creencia en la solidez de la materia, la fe en unas leyes básicas de la conservación de la materia, etc. Las críticas teóricas de Mach abonaban en favor del cambio de modelos para la ciencia natural. Su contribución al desarrollo de las ciencias está por el lado de hacer accesible la visión de las verdades relativas, unas gotas de escepticismo que abonan el camino hacia la renovación científica. La insistencia de Mach en la relatividad de nuestras percepciones de espacio y tiempo abrió camino para las indagaciones de Einstein de acuerdo a las propias opiniones de éste. Apelar a la relatividad del saber quizá no es una aportación de saber positiva, pero es una vía abierta para pensar. Curiosamente, Lenin y todo el materialismo dialéctico no están en contra de la relatividad de la verdad humana ni de la co-determinación de las situaciones materiales. Ahondando en esta idea, además muchas de las tesis generales del materialismo dialéctico podían y hasta debían ser interpretadas como indicios o líneas de pensamiento a favor de una teoría física como la relatividad de Einstein. Entre esas líneas del materialismo dialéctico favorables a la relatividad física, al menos, están las siguientes: insistencia en la determinación material de la posición del observador; dialéctica de cambio como legalidad general natural, y el salto de la cantidad en calidad.
Pero el pleito político de Lenin es tan acalorado, que descarta cualquier aportación posible de Mach a la ciencia para ridiculizar sus posiciones. Así Lenin acota, que Mach: “Construye una teoría gnoseológica del tiempo y del espacio sobre el principio del relativismo y se contenta con ello. Esta construcción no puede llevarle en realidad más que al idealismo subjetivo, como ya hemos demostrado al hablar de la verdad absoluta y relativa”[16]. Mach hace “disertaciones interminables (ver sobre todo Conocimiento y error) sobre la mutabilidad de nuestros conceptos del tiempo y del espacio, sobre su relatividad, etc.”[17]. Mientras Mach diserta sobre relatividad de espacio y tiempo, Lenin le espeta que únicamente tiene sentido reconocer la realidad objetiva del espacio y tiempo. Como se observa, cada quien piensa en un plano completamente diferente. Curiosamente, quien aporta algo para una “revolución” en la objetividad del espacio y tiempo es el subjetivo Mach, mientras que Lenin se queda en afirmaciones demasiado generales, que no tienen una correlación directa con el proceso de las ciencias naturales. Sin embargo, sería injusto decir que Lenin está peleado contra las ciencias naturales cuando trata de atraer el sentido espontáneo de la ciencia a favor del materialismo. En ciertos argumentos, Lenin se aproxima a Mach para alejarse de éste gritando “al ladrón”. Por ejemplo, Mach especula sobre la posibilidad de una aplicación científica de espacios de más de tres dimensiones, se pone del lado de matemáticos que inventan espacios de n dimensiones, al respecto Lenin, suelta brevemente “Defensa plenamente justa, indiscutible, pero...” Es decir, que Mach se coloque del lado de la investigación del espacio de n dimensiones está correcto, pero como en el fondo la gnoseología de Mach no es “consecuentemente materialista” entonces no sirve para nada, pierde cualquier sentido y no vale nada como aportación filosófica. Lenin dixit., así se acaba su argumento y se contenta.

La conexión de Lenin y la física
Debido a que Lenin interpreta a la separación entre materialismo e idealismo como el corte fundamental de las filosofías, este tajo también lo traslada a las ciencias naturales. Efectúa una operación conceptual basada en Engels que se apoyó en el estado de las ciencias naturales de su tiempo para reforzar la interpretación materialista del mundo, en el siglo XIX. El calendario sigue su curso, entonces a principios del siglo XX Lenin se encuentra con que la física, en especial, está dividiéndose en términos gnoseológicos en dos campos incompatibles. ¿Quién presupondría que la división entre teorías físicas sería entre tendencia idealista y materialista? El efecto de los varios debates en torno a muchos temas Lenin los estima unificados en una diferencia entre los interpretadores equivocados que tratan de convertir la física en un idealismo, mediante diversos recursos, sobre todo, mediante una formalización matemática que olvidaba que el objeto de esta ciencia se encuentra en la realidad como un contenido. Las interpretaciones mediante ecuaciones que ocultan que existe una realidad de fondo convierten la física en un fenomenalismo idealista, pero que no tiene futuro. La otra vertiente la encuentra, en una interpretación materialista, pero sin conocimiento filosófico de lo que implican sus interpretaciones, de tal modo que es un materialismo ingenuo, especialmente ignorante de la dialéctica, como el representado por Haeckel, quien entonces había publicado un escrito de divulgación con la imagen general del universo a partir de la física. Repitiendo una consideración que ya habían hecho Marx y Engels, Lenin estima que el materialismo ingenuo de las ciencias naturales es aliado natural del materialismo dialéctico, porque los resultados parciales de las ciencias son el cuerpo mismo del materialismo. Por su lado, las investigaciones ciertas de la ciencia natural no requieren de una comprobación por aparte de la filosofía, y además la filosofía no debía suplir a la investigación natural. Este argumento de Engels sobre la alianza con la ciencia natural desde su interior y no por la operación de consideraciones generales, es muy importante, pero con la polémica de Lenin ofrece una paradoja. El argumento de Engels es de aceptación íntegra de las ciencias naturales, tal cual sale de las investigaciones de los científicos, mientras que el argumento de Lenin ya pasa por una consideración filosófica, como la aduana de los científicos, porque ellos están ya divididos entre el bando idealista y el materialista. Los argumentos son extremadamente parecidos, pero yo observo una paradoja: o bien la ciencia natural es aliada espontánea o bien requiere esta natural de una refuncionalización filosófica para integrarse al campo correcto. La primera opción es la de Engels y la segunda es la de Lenin, aunque ambos tratan de poner de su lado a la ciencia sin más, pero no es lo mismo aceptar lo que ya está puesto, que modificar para atraer. Aunque el discurso de Lenin al respecto, supone que la ciencia natural por sí misma se acerca al materialismo dialéctico, porque es materialista práctica, sin embargo, su enfoque total ya precave hacia una división al interior de la ciencia. Con Lenin la ciencia se clasifica ya dividida en campos antagónicos, y si con la ciencia natural entra un antagonista (y ya vimos la alarma política enorme por la llegada del antagonista) se hace urgente proponer una barrera. Esta barrera luego se convertirá en la división estalinista entre ciencia proletaria y ciencia burguesa como si se tratase de dos partidos políticos combatiendo. Como es evidente en la lectura completa de Materialismo y empiriocriticismo, Lenin jamás plantea una ciencia proletaria contra una ciencia burguesa, pero sí plantea una división partidaria entre la física idealista y la materialista, ante la cual se perfila la futura separación partidaria, que con el Estado estalinista mostraría su desastre[18].

A fuerza de polemizar, Lenin empuja sus argumentos hasta defenestrar las novedades de investigaciones en el “paramo” de una física idealista. Recordemos, a él no le interesa el contenido de investigación ni le importa la ciencia natural más avanzada, lo único que le interesa es si las tesis de la ciencia natural se usan como municiones para abonar las tesis idealistas o materialistas. En síntesis, la ciencia se convierte en abono para una lucha de partidos. Por ese carril, las indagaciones novedosas de física las ha leído Lenin, pero no le importan sino para fortificar su trinchera. Por ejemplo, cuestiones claves de la nueva estructura atómica y el papel de los electrones exclusivamente le importan porque no destruyen la realidad objetiva de las partículas. Mientras los descubrimientos en sobre micro-partículas no destruyan la hipótesis fundamental del materialismo, la investigación es aceptable, por los caminos que sea; incluso mientras más indagaciones de ciencia es mejor para él. Pero si las interpretaciones se convierten en argumentos en boca de idealistas, la ciencia experimental no le vale más que como patrañas de ideología y desviaciones del camino recto. Así, el mérito de Lenin de actualizarse y conocer las novedades de la ciencia se convierte en un asunto sin importancia, porque a él mismo no le interesa el estado del saber, sino su utilización en las luchas filosóficas que se convierten en lidias partidarias.

Conclusión: la filosofía como fuerzas productivas y como freno
La filosofía también engendra objetos, aunque se maneje con generalidades. Sin duda produce “objetos del pensamiento”, pero que desbordan su esfera directa de acción. Casi todos los filósofos clásicos se interesaron por la política y no es casual, ya que la filosofía también elabora un discurso de repercusiones directas sobre el poder. Por ejemplo, Lenin pretende crear partido al establecer las separaciones más claras respecto del enemigo, reforzar las líneas propias y meter miedo entre quienes permanecen en la papilla del campo intermedio.
Desde tiempos remotos, la clasificación de la filosofía entre materialismo e idealismo es una separación necesaria para definir enfoques diferentes. Si una diferencia esencial se convierte en la totalidad del discurso, entonces es fácil hacer una línea en el suelo, separar el globo terrestre en dos mitades y lo que no está en el área meridional está en el septentrión, de tal modo quienes habitan próximos ecuador mental son réprobos que no obedecen la separación fundamental. Si la línea de diferencia está tan marcada, entonces cualquier movimiento debe ser en favor del norte o del sur, y quienes no se colocan en el área de la salvación, entones merecen ser vituperados. La importancia de su línea demarcadora se convierte en el absoluto de Lenin: todas las cuestiones de filosofía deben remitirse a la diferencia fundamental entre materialismo e idealismo, y a cualquier otra orientación es una desviación condenable. Sin embargo, la parálisis del pensamiento teórico en la etapa estalinista demuestra que cualquier tontería se puede disfrazar de “teoría del materialismo” y no por ello deja de ser idiotez, sin que mejore en nada que se rotule como una “tontería materialista”.
Los sacos clasificatorios de materialismo e idealismo son tan grandes que no deberían existir frenos a la investigación en ciencia natural cuando se establece una teoría materialista o idealista como guardiana de la verdad, porque como ejemplificamos arriba casi cualquier “hecho” de la ciencia natural se podría interpretar como “materialismo”. En cambio, si la filosofía materialista se convierte en acta de fiscal o en reglamento de burócrata, entonces la historia del estalinismo demostró que sí podía convertirse en un arma pero no de la revolución, sino en arma de represión burda y parálisis mental. En este sentido, la filosofía dogmatizada del marxismo se convirtió en arma de burócratas para la persecución de las ideas, y asemejaba a las religiones intolerantes con códigos dogmáticos que sirven para la persecución de los diferentes. Debido a que el materialismo dialéctico contiene ingredientes de verdad, no fue tan catastrófica la aplicación del saco clasificatorio de “materialismo dialéctico” para la investigación de las ciencias naturales en los regímenes estalinistas[19]. De facto, hubo censura en la URSS para la relatividad de Einstein hasta que se observó el enorme potencial de práctica que tenía esa teoría física.
Por un lado, una filosofía limitada como la de Mach se convierte en fermento para una ciencia natural clave; por el otro lado, una filosofía reconocida como materialismo dialéctico, se enajena de las ciencias naturales en la persona del más destacado político marxista del siglo XX. Resulta una paradoja imponente. La filosofía aunque fuese errónea y con ingredientes escépticos, resulta una impulsora de las fuerzas productivas objetivas, y la filosofía acertada pero sometida a preocupaciones partidistas resulta un freno para la investigación científica, y por ese lado resulta detener las fuerzas productivas. Aclaro que el materialismo dialéctico no es un freno general para las fuerzas productivas, pero sí lo ha sido su interpretación politizada, entonces el discurso del poder usando esa filosofía que se encarna en policía del pensamiento, por tanto, convertido en freno de las fuerzas productivas. Ironía de la historia es que el pretendido motor se utilice de freno.


PD. Algunos temas filosóficos desperdiciados al calor de la polémica
Debido a que tiene un interés más político que técnico, Lenin deja “caer” algunos temas sobre los cuales hace un abordamiento interesante, pero dejándolos en la retaguardia, porque el terreno no es relevante para la política. Entres los tópicos interesantes que no suben a un primer plano pero son de significación encuentro esta tríada: el relativismo reinterpretado como relación entre verdad relativa y absoluta, crítica a la “economía” del pensamiento y relación histórico-concreta entre filosofía y ciencia natural.

Relativismo
En Lenin el relativismo es rechazado como término unilateral, y cuando lo reinterpreta como vínculo entre verdad relativa y absoluta resulta una actualización de una tesis de Engels. Este último hace las anotaciones que la verdad humana no puede se absoluta, en el sentido de conocimientos último, que resulta definitivo; las verdades que hoy sabemos ciertas son puestas en cuestión por nuevos descubrimiento científicos, sin embargo, existen dos tipos de verdades “absolutas”. La verdad que llamaré “particular absoluta” es la relación verdadera de un hecho particular con sus enunciados, tal como la fecha de nacimiento de un evento. Así, la afirmación “Cristóbal Colón divisó tierras americanas el 12 de octubre de 1492” seguirá siendo cierta, aunque las investigaciones históricas futuras se revolucionen. Es posible cuestionar la relatividad de ese “descubrimiento” porque ya existían personas y civilizaciones en el continente descubierto por el europeo, o pudieron llegar navegantes en tiempos anteriores. Pero si la fecha anotada fue originalmente exacta, ninguna investigación posterior cambiará el hecho anotado. La afirmación es una verdad absoluta como un hecho particular y, en ese sentido, sí existen verdades absolutas. Sin embargo, una verdad contiene mayores repercusiones, la verdad sobre la caída de una piedra también es la interpretación de las leyes de su movimiento. La caída de objetos se constata desde hace milenios como una verdad; sin embargo, hasta las teorías de Newton sobre la ley de gravedad se le otorgó un nuevo “grado de verdad”, recibió una nueva legalidad científica, porque antes se creía que caían las cosas en razón de su pesantez, sin ocuparse de una relación matemática ni preocuparse de trayectoria, aceleración, tiempo de caída, fuerza de ese movimiento, etc. Luego con Einstein se empieza a otorgar una nueva explicación a la caída, en base a una teoría de relatividad y la visión de una curvatura en el espacio[20]. La materia cae como un hecho absoluto, pero la verdad que esconde todavía se está descubriendo. Las concepciones de la pesantez, de la gravedad y de la relatividad general son contradictorias, pero se van sucediendo unas a otras. La sucesión de teorías indica verdades relativas que se están desplazando. Además para Engels la tendencia de las verdades es hacia un crecimiento y superación hacia una verdad más profunda sustituye a una explicación equivocada ahora, antes verdadera que se convierte en unilateral[21]. Como tendencia del pensamiento humano se debe suponer un camino hacia la verdad completa, que no se termina nunca definitivamente, porque el conocimiento es una tarea infinita que se cumple por medio de conocimientos finitos. Así, la tendencia estructural del pensamiento humano es hacia una verdad absoluta.
Hasta aquí lo que indica Engels. Sin embargo, podríamos establecer cierta relación entre la verdad absoluta y relativa. En el momento presente el conjunto de verdades es absoluto, porque ignoramos el conjunto de las verdades del futuro, el cual podemos suponer superior, pero que no lo llegamos a conocer todavía. Hablar en nombre del conjunto de las verdades futuras está muy bien, pero significa que rebasamos nuestra propia estatura. La suposición es plausible si hemos crecido en un mundo de continuos descubrimientos intelectuales, la lógica nos indica el camino de crecimiento, pero imposible adelantar la medida de la verdad futura. Al mismo tiempo, si hablamos en nombre de la verdad futura, entonces la ciencia presente ya la imagina y se ha rebasado a sí misma, mostrándose en la literatura de ciencia ficción[22]. La verdad presente es como la semilla, que ya sabe que será una planta completa, que ignora su dimensión concreta, pero prevé que será una completa algún día y en su interior, incluso bajo la tierra, ya lo “adivina”. Entonces la verdad presente, contiene su negación porque esta certeza de hoy (desde la cual hablo creyendo que lo que digo es verdad) sabe ya que mañana existe con algo de error, que su crecimiento acarrea su muerte.
Ahora bien, este otro “relativismo” del científico —hasta donde comprendo a Mach y Einstein— no interpreta esa relación entre verdad y error en su evolución histórica, sino por la otra relación de unidad entre percepción y mundo, así como el paso de un aspecto a otro. La unidad entre percepción y mundo abrió campo hacia una visión de la unidad entre espacio y tiempo. A su vez, la visión de una unidad entre espacio y tiempo trajo como consecuencia la teoría de la relatividad, que trata al tiempo como dimensión del espacio, como un fenómeno en correlación y no como series en paralelo que no se permutan. La correlación directa entre espacio y tiempo permite que exista un trocamiento entre ambos, de tal manera que a mayor velocidad (desplazamiento en el espacio) surge una reducción en el tiempo transcurrido. Ese es el relativismo espacio-tiempo en el inicio de su concepto útil para la ciencia. A su vez, también la física establece una relación entre la masa y la energía, que están correlacionadas con el movimiento, mediante la velocidad de desplazamiento de la luz. La fórmula de la relatividad en la cual la masa es igual a la energía por el cuadrado de la velocidad de la luz, también correlaciona las dos esferas generales del mundo: masa y energía en su relación con el espacio y el tiempo (velocidad del movimiento). Esta correlación no se había establecido con anterioridad, antes se observaba que el espacio aparecía fijo en tres dimensiones y que el tiempo transcurría igual a sí mismo, como un acompasar mecánico e indiferente; al su vez, la materia y la energía se observaban como las dos formas de existencia física que no se podían transformar directamente.
En fin, la esencia de este relativismo físico resulta perfectamente afín con las afirmaciones generales del materialismo dialéctico. Al concretarse en relativismo físico, la tesis empiriocriticista no resultó tan “unilateral” como le parecía a Lenin. 

La “economía” de pensamiento
La reducción de hipótesis es un principio válido de simplificación de pensamiento, que es bastante antiguo. Algunos conocen este principio como la “navaja” de Occam. En este caso el empiriocriticismo también lo usaba bajo el precepto de “economía de pensamiento”, dando a entender que la simplificación es mejor que la complicación, ya que el escepticismo ante la realidad y sus relaciones también nos podría orillar a incrementar el número de interpretaciones o de correlaciones posibles. Por ejemplo, los empiriocríticos rechazaban las creencias en la relación causa-efecto y preferían suponer una correlación más compleja, pero esta complejidad se puede convertir en un parloteo caótico de imágenes mentales si no se llega a conclusiones. Y una forma para alcanzar conclusiones es economizar las explicaciones y reducir hipótesis de tal manera, que modulemos nuestras dudas cuestionadoras de un principio, hasta concretar en una hipótesis simplificadora, por lo que se regresaba hasta una causa-efecto. Si bien el ahorro de ideas implica una especie de avaricia mental, también es evidente que la prolijidad mental es un pasaporte para confundirnos en una selva de impresiones y afirmaciones imprecisas más adecuada para la literatura que para la ciencia. Ahora bien, a Lenin el  “principio de economía” empiriocrítico le parece una “palabreja” mal aplicada hacia un campo donde no debe emplearse; él reclama utilizar el término “economía” en exclusiva para lo que corresponde: ciencia de las relaciones materiales de producción e intercambio. En lugar de “economía” Lenin propone que se use la palabra “justeza” para designar ese criterio de simplificación. En este caso, la polémica gana sobre un obvio acuerdo de fondo, porque el principio de reducción de explicaciones nunca lo refuta, pero sí lo critica duramente, porque no emplea la palabra correcta que para él sería “justeza”, sino un vocablo impropio. En lo general, Lenin mantiene una polémica contra las novedades de “palabrejas” que suelen ocultar algún problema existente de teoría mediante una nueva palabra[23].
Pocos años después de escrita la obra Materialismo y empiriocriticismo, hacia la década de los treinta, una reinterpretación de un sicólogo marxista nos llama la atención sobre otro sentido de la “economía del pensamiento”, pues el sicólogo W. Reich nos invita a aceptar una economía libidinal y una economía sexual en la base de la interpretación de la mente humana[24]. Para Reich las aportaciones de Freud deben reexaminarse a la luz del marxismo, y una forma de integrar sus nuevos conceptos es mediante un estudio de la economía libidinal, que la interpreta como la energética de las cargas sexuales y sus transformaciones en el carácter y la neurosis. De nuevo, la “economía del pensamiento” se utiliza en otro sentido impropio, diría Lenin, pero su aplicación implica una interesante hipótesis de trabajo para los sicólogos de tendencia post-freudiana. La ampliación de un concepto de “economía de pensamiento” nos hace reflexionar hacia un campo que no es meramente gnoseológico sino que abarca la dinámica de las emociones humanas; así, la aplicación impropia se convierte en una tierra fértil para la investigación.

Relación concreta entre filosofía y ciencia natural
De manera sistemática, Lenin opera sobre un esquema de interpretación: los científicos naturales son materialistas espontáneos pero casi siempre desbarran cuando pretenden filosofar, y los resultados objetivos de la ciencia natural son sustento constante para las concepciones materialistas del mundo, casi afirma que la ciencia natural desnuda es materialismo dialéctico en acción.
Respecto de lo primero, si la definición de materialismo es tan sencilla como mero reconocimiento de un mundo exterior objetivo, entonces la investigación natural —interrogación sobre objetos especiales para descubrir sus secretos— esencialmente debe  ser materialista. Ahora bien, la relación entre dos campos que antes no eran una especialización y que con el tiempo lo fueron implica muchas más conexiones. El estudio detallado de historia de la filosofía demuestra su dependencia respecto de los avances en ciencias naturales, tal como la influencia de la física newtoniana en la filosofía. Parece congruente indicar que las especulaciones de Kant contienen dosis de referencia a Newton, aunque la relación no sea evidente, ya que el resultado kantiano fue un idealismo subjetivo, donde las ideas de tiempo y espacio eran nociones radicadas innatamente en el espíritu humano, así serían nociones previas y con ellas se organiza toda experiencia humana.
Las relaciones en sentido inverso, desde la filosofía para influir a la ciencia natural son más conocidas por ciertas relaciones negativas, como ocurre con las intervenciones negativas del dogmatismo católico para castigar las observaciones astronómicas en el Renacimiento. Sin embargo, también existen las influencias positivas desde la filosofía que inspira el avance de la ciencia natural, y en este caso resalta Mach inspirador de Einstein.
Resulta muy interesante de discutir la afirmación de Engels retomada por Lenin de que las ciencias naturales hacen obvio el discurso filosófico de la realidad, asentando las relaciones materiales del mundo, por lo que en el futuro ya no será necesaria una “ciencia especial” a cargo de la filosofía para definir la unidad del mundo material, sino que la filosofía reducirá su campo de acción a los temas gnoseológicos y de lógica[25]. Esto último implicaría, de manera especial, que la “discusión filosófica” se tornaría inútil por obra de la integración de la ciencia natural, de tal modo que el discurso del “materialismo” lo estaría generando la misma ciencia natural desde la base. Este fenómeno ocurre en parte, dejando fuera del mundo los remansos de fantasía idealista sobre diversos fenómenos de la naturaleza, ocurre una des-divinización, desacralización y des-antropomorfización del mundo natural mediante el avance de las ciencias; así, desaparece la fuente de las Ninfas y se disipa la bruma del Monte Olimpo, morada de los dioses. Sin embargo, la predicción de Engels secundada por Lenin no se cumple, pues por cada avance en la ciencia natural ocurre una escapatoria del idealismo y sus divinidades hacia los confines. Cualquier confín es bueno, por ejemplo, el lindero de los primeros tiempos escapa a la visión de la materia-energía eterna, sin principio y es sustituida por un momento inicial de creación pura. El Big-bang es resultado de una búsqueda de causas objetivas (casi siempre materialista) para encontrar una causa primera creadora del universo, sin considerar a un dios personal. Pero el resultado de la teoría moderna del origen del universo es un momento más parecido a la magia creacionista que a las interpretaciones más audaces de la relación causal: una fecha aproximada de quince mil millones de años y antes nada que decir al respecto. Este Big-bang se parece a emerger de la nada, al “vacío primordial” del tao o a un “hágase la luz” de Jehová[26]. En el límite inicial, el materialismo espontáneo de la ciencia natural se alarga tanto como Odradeg (la serpiente antigua que representa al infinito) para alcanzar su propia cola y entonces trocarse en idealismo. Y lo mismo sucede en los otros límites: infinitamente pequeño[27], infinitamente grande e infinitamente futuro donde hay un cambio de cantidad en calidad. En los bordes finales, igual se escapa la explicación objetivista y materialista, se escurre entre los dedos de la ciencia natural para amenazar con convertirse en subjetivista e idealista. Esto es paradójico, porque en el mundo accesible la ciencia natural sigue materialista y, en cambio, ella misma en sus límites finales refuerza al antagónico idealista. En ese sentido, la ciencia natural no resuelve jamás el diferendo filosófico entre materialismo e idealismo, sino que lo mantiene, lo prolonga y le da más vida en una dualidad sin resolución. 

NOTAS:


[1] Eugenio Preobrazhensky fue un revolucionario ruso que militó junto con los bolcheviques, pero en ese periodo manifiesta diferencias de interpretación con Lenin.
[2] Alexander Bogdanov fue un erudito ruso, que simpatizó con el bolchevismo, luego se distanció, no participó en la Revolución Rusa y después adquirió alguna notoriedad por sus obras teóricas y literarias. Se le considera antecedente de la teoría de sistemas y por los motivos maniáticos de su muerte, a modo de vampirismo de ficción. Lenin consideró que sus teorías se desviaban del materialismo dialéctico.
[3]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 285. Esto lo extiende Lenin a la historia de la humanidad, conforme a su enfoque, “La novísima filosofía está tan penetrada del espíritu de partido como la filosofía de hace dos mil años. En realidad (...) los partidos en lucha son el materialismo y el idealismo.”
[4]Debo recalcar, los muchos modos en que se ha empleado aquí el término general y algunas de sus variaciones, que nos sirven de puente para enlazar la filosofía como estudio de lo general del pensamiento, con el tema del poder, que también es generalidad de la vida social.
[5]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 276.
[6]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 277.
[7]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 271.
[8]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 46, retomando a Engels en el Prefacio a Ludwig Feuerbach, refiriéndose a la filosofía profesoral alemana.
[9]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 82.
[10]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p.207.
[11]Este tema sí está cuestionado por la microfísica cuántica, pero no está resuelto por cuanto las micropartículas parecen obrar de modo especial cuando existen observadores que las fiscalicen. Pero el tema no está resuelto. Cf. Gribbin, John, En busca del gato de Schröedinger.
[12]Engels, Friedrich, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Anti-Dühring, y Dialéctica de la Naturaleza. Marx, Karl, La ideología alemana, y Manuscrito económico filosóficos.
[13]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p. 109.
[14] Para la filosofía educada en la duda o en la crítica, esta entrada resultará un tanto ingenua, carente de aparato crítico sobre la epistemología. Cf. FOUCAULT, Michel, Las palabras y las cosas.
[15] Otro tipo de crítica a la espontaneidad para mejorar el enfoque científico está en Bachelard y su obra La formación del espíritu científico.
[16]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p.139.
[17]Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Grijalvo, p.138.
[18] MARCUSE, Herbert, El marxismo soviético.
[19] Más importante, es el efecto de la persecución política y la persecución general en el contexto estalinista, que el filtro especializado, para cribar las “ciencias idealistas”. Cf. TROTSKY, León, La revolución permanente.
[20] El relativismo de la física, en especial, implica “marco de referencia” y no significa un escepticismo pueril. Cf. ORTEGA Y GASSET, José, La rebelión de las masas.
[21] Siguiendo el modelo de Hegel sobre la trascendencia y superación, Cf. Enciclopedia de las ciencias filosóficas.
[22] Precioso mérito de Stanislaw Lem explicar la presencia de un saber que ha rebasado la dimensiones humanas, como en La voz de su amo, donde expone cómo un fragmento de una civilización lejana desconcierta a las mentes más brillantes de la humanidad.
[23] Sin embargo, la especialización de ciencias y saberes, con sus nuevas teorías, implica la constante invención de tecnicismos. El propio “lenguaje” es típico del especialista, el mismo Lenin es impulsor de su “jerga” de partido (bolcheviques, mencheviques, soviet, etc.). TOEFLER, Alvin, La tercera ola.
[24] REICH, W. La irrupción de la moral sexual.
[25]Engels, Friedrich, Anti-Dühring. “Desde el momento en que se presenta a cada ciencia la exigencia de ponerse en claro a cerca de su posición en la conexión total de las cosas y del conocimiento de las cosas, se hace precisamente superflua toda ciencia de la conexión total. De toda la anterior filosofía no subsiste al final con independencia más que la doctrina del pensamiento y sus leyes, la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás queda absorbido por la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia.” p. 25.
[26] Aunque Hawking, en El gran diseño, insiste en que el Big bang también es consistente con una visión de cosmogénesis atea; con lo cual refuerza su creencia en la hipótesis materialista, pero no muestra comprender la discusión filosófica, la cual no se deshace del tema de Dios, sino por hipótesis. La investigación naturalista misma nunca ha resuelto ni resolverá el tema de la existencia de Dios, porque no lo comprende sin formación filosófica. Cf. UNAMUNO, Miguel, El sentimiento trágico de la vida.
[27] En especial, la microfísica cuántica implica un fuerte dualismo entre el observador (idealidad) y su objeto (material) que mantiene la tensión filosófica dentro de la experimentación. Cf. Gribbin, John, En busca del gato de Schröedinger.

miércoles, 22 de octubre de 2014

ALBAÑILES Y ARQUITECTOS DE NACIONES









Por Carlos Valdés Martín



La nación moderna exige y precisa de un diseño para su edificación y sobrevivencia; a diferencia de una simple agrupación de personas, la agregación de grandes masas y con estructura económica y cultural implica desafíos específicos. Comprender el tema del diseño nacional y la contribución activa de tantos líderes en su edificación no es tan simple y tampoco existe un consenso en este asunto.
Algunos sociólogos e historiadores consideran que los resultados humanos son una suma casual de circunstancias y condiciones, por lo cual las grandes sociedades representan una especie de colonias coralinas, donde un diseño simple se repite sin cesar hasta crear un conjunto armónico, por azar o por una mano providencial; en una versión, que podríamos llamar determinista social-natural. Otros teóricos, suponen un misterioso diseño de estructuras que dominan al inconsciente individual o colectivo, imponiendo estructuras y obligando a un statu quo que nadie pretende; en una versión de estructuralismo o pos-estructuralismo, donde la sinrazón domina y plasma diseños inopinados[1]. Por último, con más realismo muchos visionarios suponen la combinación entre condiciones naturales, sociales y circunstanciales que deben recibir la impronta del esfuerzo individual y colectivo para establecer la realidad social. La interpretación burda del marxismo ha sido un determinismo social que no ha producido frutos permanentes sino enardecidos experimentos sociales, donde el Estado tiránico ha devorado las intenciones de los pueblos y sus líderes. Un ejemplo de ilusión burda post-marxista aparece en Wallerstein, quien pretende encapsular los procesos político-sociales en proyecciones de “largo o mediano” plazo, pretendiendo que una acumulación numérica y catastrofista solape su reiterada incapacidad predictiva[2].
El post-estructuralismo del discurso crítico del Poder y el llamado pensamiento pos-moderno, se han contentado con una crítica (a veces puntual, a veces vaga) de las fallas evidentes de las estructuras políticas y sociales, dando quejas sobre el oprobio de las cárceles y cuestionando sistemas educativos; pero tienden a quedarse en una interpretación impotente que es sub-subjetivista[3].
Por su parte, los líderes prácticos de los cambios sociales parecieran dotados de algunas ideas potentes y sencillas, junto con una teoría más pragmática sobre la colectividad, aunque no carente de conceptos sociales. Para que triunfar en una confrontación, en la visión de los líderes se reúnen al menos cuatro elementos: lo nocivo de la sociedad que existe; la posibilidad de transformarla; los medios para operar ese cambio y un estado futuro deseable. Dicho de otra manera reconocible y breve, los elementos del cambio son: injusticia, crisis, voluntad e ideal. Algunas teorías sociales presentan claramente definido un cuadro de ciencia social que ampara esos elementos; por ejemplo, el marxismo clásico, ofrece la crítica del capitalismo, el diagnóstico de su crisis, el fortalecimiento del proletariado como su Némesis y un futuro comunista como ideal a lograr. Esa estructura de saber social con enfoque práctico se repite con August Comte[4] o bien cuando algún protagonista práctico agrega de su cosecha las herramientas y el ideal hacia el cual dirigirse. Según la relativa justeza de estos elementos es que el dirigente merecerá ser llamado un arquitecto o permanecer en el nivel del simple albañil. Muchas veces, el error en las visiones de liderazgo conduce a resultados catastróficos, con lo cual se evidencia fallas profundas en la visión de la dirigencia.
Dentro del amplio abanico de autores y actores liberales y nacionalistas se ha presentado ese mismo arco de problema-medios y solución, que llevó a la explosión de la formación de naciones modernas y Estados constitucionales de los siglos XIX al XXI. Esto nos lleva a sostener que la nación moderna no surge de una edificación espontánea, sino de una obra intencionada (aunque contradictoria, por la variedad de enfoques y fuerzas involucradas), es decir, que la Nación moderna no solamente es fruto de un conglomerado de fuerzas sociales-naturales y de azarosos encuentros de circunstancias, además también se modela por la mano de los diseñadores intencionados y afortunados, que contribuyeron a su edificación.

Hay tres visiones del tema social
Es importante comprender las tres visiones básicas del problema social actual y englobarlas en un naturalismo (lo social es cosificado), subjetivismo (crítica impotente ante las circunstancias) y activismo. Esto se clasifica por la evidencia de las principales teorías y también por no encontrar ninguna teoría social completa y perfecta, luego del fracaso del marxismo y la espera de su relevo histórico (hasta hoy sigue siendo aguardado). Ninguna de las tres interpretaciones fundamentales resulta por entero ociosa ni equivocada. Al observar objetividad de la colectividad, como de cosa externa, se respeta el devenir social y sus tendencias, pero se queda propenso a idolatrar aspectos mudables, como sucede con el llamado neoliberalismo económico, que tiende a mirar el mercado como entidad perfecta a la que basta respetar y elogiar, para que funcione lo mejor posible[5]. Una cuestión es comprender el mercado y su legalidad, otra distinta partir de la hipótesis de que los agentes del mercado poseen perfección absoluta. El subjetivismo se desliza hacia quejas más o menos inteligentes, cuestionando la inhumanidad o injusticias del sistema, sin detenerse mucho a investigar las bases sociales o pensar si hasta los defectos esconden racionalidad, por desagradable que sea. Ya he adelantado que el activismo social, conforme logra resultados, no carece por entero de teoría social de trasfondo. Algunos políticos prácticos y exitosos sí han contado con sus tesis explícitas, incluso han utilizado elementos de naturalismo social y subjetivismo, pero los han enderezado de tal manera que han logrado objetivos, a veces, hasta éxitos impresionantes como en el caso de Lenin y Cárdenas.  
Intentando mostrar cómo la teoría social que sirve a la práctica posee una estructura señalé cuatro elementos para el cambio (injusticia, crisis, voluntad e ideal) que los podemos describir de una manera más general: el estado presente o circunstancia; la contradicción insalvable o la falla; la decisión de cambio o la herramienta, y el objetivo u horizonte. Esos cuatro elementos son muy universales y también se corresponden con la estructura general del trabajo: objeto de producción o naturaleza; necesidad o apetencia; actividad orientada o el trabajo mismo; y el objetivo del trabajo. En otras palabras, por rudimentario que sea el líder social, está involucrado en una práctica y así sigue las legalidades necesarias del trabajo. Siguiendo con eso mismo, el buen trabajo requiere de conocimiento objetivo de su material y en eso toma actitud de objetivista naturalista; adopta la decisión individual para obtener algo que debe corresponder a su necesidad y en eso sigue la pose subjetivista; por último, requiere del empuje para cumplir con su esfuerzo y meta, en ese sentido es plenamente un pragmático que deja en suspenso las actitudes naturalistas y subjetivistas, mientras suda la “gota gorda”. ¿Cuál de las tres posiciones es la correcta? Según vimos se requiere de recorrer las tres para obtener el resultado satisfactorio; esto es una espiral y un regreso al punto de partida, como en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, porque el continuar el proceso también implica avance. Adquiere un acento mayor la posición del líder práctico, porque es quien está en el proceso real, lo cual a veces aparece burdo, como cuando Alejandro Magno resolvió el nudo gordiano cortándolo de tajo.

Érase un reino infeliz…
Al contrario de las fábulas, la historia moderna demuestra que los reinos eran sistemas en extremo infelices e injustos, donde solamente un puñado de privilegiados mandaba y la masa permanecía sometida a los designios de la aristocracia. En el reino antiguo la mayoría eran súbditos sin derechos definidos y la pequeña minoría era una aristocracia, sometida al rey y regulada por la iglesia. Pero la regulación de la iglesia resultaba en extremo imperfecta, porque los obispos también eran señores feudales, con tierras y castillos bajo se égida. La inmensa mayoría del pueblo era analfabeto y estaba sometido a las regulaciones de la gleba; es decir, estaba atado a la tierra, por lo que tenía prohibido moverse fuera de su comarca sin el permiso de sus superiores. Por si fuera poco, la Biblia y las leyes se atesoraban en latín, un idioma inaccesible para esa población vulgar, así que el reino era un sitio diseñado para la felicidad de muy pocos, mientras que las mayorías debían contentarse con su destino.
En el contexto de reinos europeos surgió un descontento incontenible, cuando la gente empezó a darse cuenta de que la situación podía ser distinta. En otros términos, ocurría el ocaso del feudalismo y la ilustración había abierto muchas mentes; las ciudades comerciales habían prosperado y no estaban contentas con la tutela monárquica. Amplias regiones se habían inconformado con el monopolio religioso de la iglesia católica y habían logrado imponer nuevas creencias con el protestantismo, que se caracterizaba por permitir leer la Biblia en propio idioma. El descontento europeo se caracterizó por un anhelo de libertad y justicia que se precipitó en los grandes episodios de la Revolución Francesa y una larga secuela de movimientos liberales. Por su parte América no se quedó atrás y una avalancha de movimientos independentistas también obligó a fundar repúblicas, bajo constituciones más o menos democráticas.
Pongamos un ejemplo memorable, por ejemplo, aunque un rey posea rasgos de talento indudable y deslumbre a su siglo, impresionando no solamente a su país sino al mundo, y su reino se levante entre el concierto de las naciones para ganar guerras y deslumbrar con su Palacio de Versalles y una cultura floreciente, vanguardia de la Ilustración; aun así, el reino se levanta sobre la miseria y opresión de sus súbditos. Esto narra la brillante trayectoria de Luis XIV, quien fuera un soberano sobresaliente, capaz de adelantar a Francia entre el concierto europeo; sin embargo, los episodios de guerras y situaciones de una opresión sobre su población son numerosos, su ideología es lo opuesto al liberalismo como la anulación del Edicto de Nantes con su tolerancia religiosa y la imposición de un "galicanismo" religioso, o la “facultad” para arrasar un territorio durante una retirada militar, como en el Palatinado[6].
En fin, el mosaico de reinos infelices se fue transformando en el mundo de las naciones y repúblicas, que oscilaron entre las democracias y tiranías de distinto color.

La clasificación de tendencias políticas
La oleada de acontecimientos que describí es una compleja transformación, que no sucedió en automático, pues fueron personas con nociones e ideales quienes se decidieron a cambiar sus circunstancias. En esos procesos se presentan los cuatro elementos básicos del cambio: injusticia, crisis, voluntad e ideal. El estado presente de cosas se caracterizaba por injusticia, donde la mayoría se sentía oprimida; ese statu quo se presentaba decadente y debilitado, así estaba presentando la cara de una crisis, debido a muchos factores que no detallo aquí; una minoría decidida adquirió la voluntad de cambio y generó diversos movimientos (protestas, revoluciones) que ahondaron la crisis del sistema; y la ideología principal que se formó en el periodo del siglo XIX al XX fue la liberal, que retomaba ideas de la Antigüedad y la Ilustración para forjar su ideario de libertad y de una república ordenada por leyes, bajo un sistema democrático. De hecho, durante los siglos XIX, XX y principio del XXI han predominado tres ideologías sociales: la conservadora-autoritaria, la liberal-democrática y la socialista-justiciera. Esta clasificación es casi universalmente aceptada, aunque ha presentado algunos movimientos que han causado perplejidad ante la población y, por consecuencia, en los analistas, porque la izquierda en el poder por regla se ha deslizado a una posición conservadora-autoritaria o liberal-democrática, al convertirse las revoluciones en dictaduras comunistas con “culto a la personalidad” o en buenos gestores del sistema capitalista (socialdemócratas europeos); el liberalismo-democrático se ha vuelto tan predominante desde el final del siglo XX que no pareciera representar nada específico (porque todos los actores políticos usan banderas liberales); el conservadurismo-autoritario más común se ha deslizado hacia temas económicos (doctrina de culto al mercado, en estricto sentido, simple halago a grupos monopólicos) y en esa figura se distingue del conservadurismo que  se mantiene atado a fundamentalismos religiosos. Para resumir, como sea, han existido tres principales corrientes políticas en el periodo moderno que son conservadurismo, liberalismo y socialismo, las cuales representan la decantación de tres principios sociales básicos de orden, libertad, justicia. El conservadurismo se identifica con el orden; el liberalismo con la libertad, y el socialismo con la justicia. La condensación de estos principios fácilmente lleva a quimeras e imposibilidades, siendo que la construcción de las sociedades ha requerido una mezcla específica de tales componentes.

La masonería moderna y el ideario de la Revolución Francesa
Está ampliamente documentado que la masonería moderna se implicó y destacó su ideología entre los movimientos republicanos del siglo XVIII y XIX, por lo cual se requeriría de una tratado enciclopédico para detallar las variadas intervenciones de masones en las gestas liberales, constitucionalistas, nacionalistas, revolucionarias e independentistas. La masonería se identifica con la consigna triple de “libertad, igualdad y fraternidad” que caracterizó al movimiento revolucionario francés[7]. También ha permanecido en la sensibilidad política, de modo tan amplio, que sucede lo mismo que al promedio liberal: todos lo emplean, así que pareciera ser un “tono universal”, especie de color azul para el cielo. Si hoy alguien descubre que el cielo es azul en el día y oscuro en la noche le refutaremos que no hay novedad alguna, pero hace décadas “libertad, igualdad y fraternidad” no eran obviedades del ideario social, al contrario, resultaba novedad y hasta herejía. Es obligatorio subrayar que al final del siglo XVIII esas ideas eran novedosas, que el pensamiento tradicional estaba dominado por otros modelos provenientes del feudalismo y las ideas católicas tradicionalistas, donde hasta mirar por telescopio era motivo de condena.
En su origen esa consigna de “libertad, igualdad y fraternidad” solamente identificó al liberalismo, pero luego el socialismo se forjó desarrollando el aspecto de “igualdad” hasta identificarlo con una nueva forma de sociedad y un afán de justicia para los más desfavorecidos. Al adquirir aceptación las ideas su campo de aplicación se amplía y también sus definiciones resultan más imprecisas, por lo que se debe cuidar de establecer los significados con claridad.

La clásica triple consigna en la adversidad: Trotsky y Martí
Las herramientas intelectuales y proyectos constructores de tantos líderes del pasado no se reducirán a los tres mencionados; pero sí es muy aleccionador retomar a algunos dirigentes que han sido destacados y han sabido emplear bien sus herramientas mentales, manifiestas en la triple consigna “libertad, igualdad y fraternidad”.
El tema de la libertad ha sido el más sensible en el inicio de este ciclo histórico, pues ese don era el más frustrado por el Estado Absolutista de los monarcas. La tarea práctica más urgente era deshacerse de reyes o de poderes coloniales, para sustituir el privilegio con leyes que ampararan libertades básicas. Afirmar la libertad “natural” del hombre resultó una bandera que chocaba frontalmente con el orden monárquico, por lo que se afirmación más sencilla encontraba grandes dificultades. La teoría posterior ha cuestionado que la libertad sea asunto natural como proclamó Rousseau[8], pero no se ha refutado su radicalismo ni efecto político. De hecho, sobre la libertad se ha armado una noción básica y utilizado continuamente, la cual comparada con las situaciones de opresión y gobierno monárquico servía de bandera para una agitación.  
En la lucha política, la bandera de la libertad posee un filo muy interesante, porque lo ganado por uno individuo, grupo o clase puede ser a costa de los demás. Un caso aleccionador acontece con el comunismo práctico del periodo revolucionario. Los líderes del periodo ascendente sinceramente lucharon por emancipación para la clase proletaria a expensas de lo demás, aclarando en su ideario que expropiarían a los dueños de los medios de producción, fueran aristócratas o burgueses. En Lenin y Trotsky la búsqueda de una liberación para la gran mayoría proletaria fue sincera, sin observar la ironía histórica de que un Estado dictatorial se construiría como consecuencia de revoluciones que exigían emancipación política y económica para las mayorías. El exiliado Trotsky alcanzó a ver los horrores de un Estado centralizador y dueño absoluto que se levantaba en la URSS, pero ya impotente para oponer una solución ante esa nueva encrucijada histórica[9]. De hecho, este ejemplo nos obliga a reflexionar en el balance de los principios planteados, porque para el comunismo marxista el tema de la libertad está sometido a “la gran mayoría” proletario-popular en base a un predominio de un igualitarismo estricto, de tal manera que la minoría burguesa y la (no tan minoritaria sección) pequeñoburguesa son despreciables en el cálculo social. Esto implica que minimizar uno de los principios de la “triple consigna” para extender otros ha resultado en estrategias equivocadas y experimentos sociales fracasados.
Ahora bien, el triunfo o fracaso no es una elemento de juicio suficiente para evaluar unos ideales y la táctica para llevarlos a cabo, pues con frecuencia la suma de adversarios resulta colosal; bajo esa adversidad quien lucha por sus ideales, está casi atrapado y su combate es desesperado, como lo ejemplifica la situación de Cuba en el siglo XIX. La isla del Caribe siguió siendo bastión colonial después de que la gran mayoría de Hispanoamérica se liberó; justamente, por la desproporción entre la nostalgia de España y lo menguado de sus posesiones, la tarea de manumisión resultaba imposible. La dificultad no se debía a falta de liderazgo sino a la facilidad con que la Península Ibérica era capaz de mandar suficiente tropa para aplastar el anhelo cubano. Ese fracaso del independentismo acontecía, sin menoscabar la enorme talla intelectual y moral de José Martí, líder del bando independentista.

La clásica triple consigna, herramienta del liderazgo constructor (Cárdenas, Constitución y Reforma Agraria)
Las herramientas de la triple consigna se miran de otra manera en ambientes más propicios a la edificación de pactos sociales y concordia; utilizadas en situaciones que no son callejones sin salida se observa mejor su eficacia. El proceso de pacificación y de reconstrucción social después de la Revolución Mexicana resultó sumamente complejo y conflictivo; aunque en retrospectiva pareciera una obviedad que el problema de la concentración de la propiedad agraria en latifundios era la causa del descontento campesino[10], si nos colocamos en su contexto, la solución de una generoso y audaz reforma agraria parecía casi imposible. En la posrevolución la aspiración de tierra para los campesinos había sido planteada en la Constitución de 1917, bajo un texto de audacia social que sorprendió a propios y extraños, siendo llamada la “primera constitución social en el mundo”, porque no solamente garantizaba un sistema de leyes y libertades, sino consideraba centrales los derechos sociales de obreros y campesinos. Las grandes haciendas y concentraciones agrarias ociosas no estaban diseñadas para dar bienestar a sus peones, y las unidades altamente productivas (azúcar, algodón, henequén) eran más una excepción que la regla.
Tras la Constitución de 1917 y las alianzas políticas del periodo posrevolucionario comenzó un modesto reparto agrario que alentó al campesinado y alarmó a los terratenientes. El proceso de estabilización interna de México era precario, pues los ajustes de cuenta y la falta de acuerdo entre facciones ganadoras terminaban en conflictos, incluso armados e intentos de sublevación.  En fin, la reforma agraria prometida desde 1917 avanzaba con lentitud, casi a paso de tortuga, sucediéndose los gobiernos de Carranza, Obregón, Calles, Rodríguez, Ortiz Rubio y Portes Gil con repartos limitados; hasta la aparición de Lázaro Cárdenas. La decisión del General Cárdenas de radicalizar el reparto agrario, incluso afectando a los principales bastiones económicos del campo, resultó llena de obstáculos y plagada de peligros; para empezar debió desafiar y vencer al Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, quien ejerció un control indudable sobre las gestiones presidenciales previas[11]. Un aspecto sumamente interesante en la trayectoria de Cárdenas, fue su aparente cautela inicial en el ámbito político, para luego movilizar a las masas y organizarlas al ofrecer un acceso masivo al recurso productivo del periodo, que entonces era la tierra agrícola. Ninguna visión retrospectiva sería capaz de sintetizar el cambio en millones de campesinos mexicano que saltaron desde la miseria y el oprobio de ser peones sin derechos ni tierra, hundidos en la miseria y la desesperanza, para convertirse en flamantes ejidatarios, dotados de un sitio en el mundo y llenos de perspectivas sobre una vida nueva. El campo mexicano había sido un paraje poblado de rencores y desencuentros, luego mediante decisiones radicales pero constructivas, en un sexenio se pacificó al país y cambió el sistema durante décadas, hasta que los efectos benéficos del reparto agrario quedaron manifiestamente menguados o hasta nulificados, regresando el campo a otro círculo de miseria[12].
El reparto agrario mexicano, representaba una solución original a la triple consigna liberal. La posesión de la tierra representó para el jornalero el acceso directo a una libertad económica que solamente imaginó durante la Revolución, accediendo al fruto del surco y con la convicción de que, por fin, algo bajo el cielo era realmente suyo. Para el líder encumbrado, no era un acto arbitrario, sino resultado de un mandato legal, aunado al raciocinio sobre la situación concreta y un ideario de compromiso con el campo, pues el mismo Cárdenas era de origen humilde y rural. El reparto agrícola era el gesto más igualitario imaginable en ese periodo, pues levantaba del ostracismo a la población más sencilla que contribuía con arduo trabajo al sostenimiento del país sin recibir beneficios a cambio. La figura del ejido, marcaba una intersección entre el antiguo colectivismo prehispánico (la comunidad agraria misma) y las ideas de corte socialista que estaban entrando en boga, pero sin caer en el extremo de la propiedad por el Estado, quedando la posesión en una especie de cooperativa local, con potestad para que cada cabeza de familia decidiera la producción y tomase el fruto. La noción misma de un reparto agrario que beneficiara a los dueños originales de la tierra o, simplemente, pusiera los latifundios ociosos en manos de quienes estuvieran aptos y dispuestos para trabajarla, resultaba un gesto fraternal del Estado como representante de la nación, de hecho implicaba nacionalizar a la masa de campesinos, ofreciendo la primera gran integración material de los paisanos a un proyecto colectivo[13]. Ese delicado diseño, pasó por la mente de Cárdenas, pero no era una creación individual, sino resultado evidente de las visiones ideológicas de muchos líderes de la Revolución Mexicana, que implicaba tanto legalismo en su operación como generosidad de miras y adentrarse en una experiencia económica y social que tenía escasos precedentes en otros países.

Las teorías deterministas, subjetivistas y pragmatismo frente a líderes
Con frecuencia, el líder es más hombre o mujer de acción, por lo que no se detiene demasiado ante las teorías sociales, casi siempre las toma bajo su forma popular de ideologías, ya sea políticas o hasta de tradiciones religiosas. En el extremo, es evidente que el monarca absoluto Luis XIV se debía amparar en el manto devoto, pero su praxis de cabeza imperial lo impulsaba a guiarse por el cardenal Mazarino (sin objetar su periodo infantil de la regencia) o después imponerse al Papa de Roma mediante el recurso político de sujetar a la iglesia local mediante sus decretos de galicanismo. Bajo el manto de ideas dominantes del siglo XVII, el monarca lo era por la voluntad de Dios, también llamada Providencia, justificada mediante títulos nobiliarios que se heredaban y certificada por la intervención del clero católico. En ese contexto, el edificio político se justificaba con un alegato sobre Dios y su interés para que tal personaje fuera la suprema majestad en el reino; empero, las justificaciones ideológicas no garantizaban el reino real, lo cual se ejemplifica en  la biografía infantil y juvenil del “Rey Sol” está marcada por dos sublevaciones de su aristocracia, ante lo cual el monarca tomaría providencias para someter y controlar a “sus” aristócratas. Conforme el monarca francés controló las sediciones aristócratas y organizó mejor su reino, empezó a concentrar el poder en mayor medida que sus predecesores; con él la cúspide de mando se deshizo de los contrapesos aristocráticos y eclesiásticos. En la persona del monarca absoluto, concentrando todas las ramas del gobierno y sin contrapesos internos, pareciera contradecirse por entero el determinismo social conforme todas las riendas de decisiones importantes se centralizan; pues, ante el reino de súbditos, se levanta el monarca con el mando supremo, capaz de decidir los destinos colectivos sin posibilidad de oposición. La tesis de uno que mando y todos obedeciendo es el discurso monárquico extremo, la cual se contradice al mirarse desde afuera, tal como lo relativiza un análisis materialista sobre tales sociedades. Para el marxismo, el ascenso absolutista está determinado materialmente por una confluencia entre factores que cambian las relaciones sociales feudales (en decadencia) frente a las capitalistas (en ascenso contradictorio)[14]; por tanto, el ascenso de déspotas absolutistas es un evento históricamente determinado por factores económicos y sociales, además que no sería tan significativo la presencia de una figura cimera, cuando es una especie de “títere” de las fuerzas sociales moviéndose.  
Lenin y Trotsky representan ejemplarmente a los marxistas teórico-prácticos, con un singular balance entre estudio de teoría social con dedicación práctica exitosa. Ambos plantearon que la aplicación de la doctrina exigía una adecuación peculiar a la situación rusa, por ser un imperio feudal, relativamente atrasado, sometido a terribles presiones sociales e involucrado en la Primera Guerra Mundial. Cada cual con sus peculiaridades, desarrollaron tesis de aplicación práctica para saltar una esperada etapa capitalista y proponerse una revolución socialista a partir de una situación precapitalista; de hecho la discusión marxista doctrinaria se centró en ese paradoja, que ahora parecería irrelevante de “quemar estepas” hacia una sociedad socialista no-contradictoria y sin explotación, casi paradisíaca[15]. Para lo que aquí nos interesa, el líder pragmático es perfectamente capaz de romper su propia tesis determinista, para lanzarse a cumplir las tareas que considera viables y deseables, es decir, el dirigente comunista se lanza a la revolución, aunque la doctrina de Marx marque una imposibilidad.
El subjetivismo (crítica impotente ante circunstancias, atribución a recónditos oráculos internos de cualidades que escapan al entorno) pareciera poco apto para el líder, pero en el abanico de las mentalidades, hasta en los dirigentes y grandes pensadores hay espacio para la arbitrariedad y el capricho supersticioso. Resultaría sencillo elegir entre las arbitrariedades y manías de Luis XIV suficientes rasgos que revelen ese subjetivismo; incluso, en los monarcas esos rasgos se acentuarán al no encontrar suficiente oposición para manifestarlos, por ejemplo, en una vanidad rebuscada.
El pragmatismo del líder pone énfasis en el lado activo de su libertad, aunque no sea consciente de ese alcance. La mente de un caudillo es capaz de estar sometida a un plan exterior y no creer en su participación voluntaria, mientras su actividad es la más tensa cuerda, sometida a la ley del máximo esfuerzo y enfrentada a los más variados desafíos. Sin embargo, la creencia en esquemas equivocados (sean deterministas, subjetivistas o hasta voluntaristas) mete en problemas a cualquier liderazgo, y algunas decisiones afamadas se han cuestionado por su desatino, por ejemplo, la campaña militar de Napoleón contra Rusia. El cálculo del dirigente militar no depende de una teoría pura, pero sí implica alguna evaluación concreta (mezcla de varios ingredientes, incluyendo su visión social) y su desatino arrastra a miles o hasta millones al desastre. La decisión del estratega es un acto libre (incluso cuando está colegiado[16]) que impregna el resultado, por lo mismo, las ideas que se mezclan para arrastrar una decisión importante son los componentes para la victoria o derrota. El líder que sobrestima sus recursos y capacidades fácilmente se embarca en empresas desastrosas, mientras el cauteloso que subestima medios y oportunidades queda enredado en la medianía de sus metas, lo cual también suele llevar al descalabro. El dirigente cauto se comporta como si fuera inspirado por algún determinismo social adverso; el impetuoso semeja al impulsado por subjetivismos soñadores. El exitoso se mueve en el justo medio entre un determinismo bien analizado (reconociendo fortalezas y debilidades) y su voluntad atenta al logro práctico (el pragmatismo bien entendido). De manera retrospectiva, Lázaro Cárdenas resultó la mezcla casi perfecta entre respeto a un entorno por determinismo socio-político (dificultades de facciones, jerarquía de gobierno, problema agrario, descontento social) y decisión oportuna para cambiar circunstancias (pragmatismo del reformador social). El balance del siglo XX mexicano lo convierte en el Presidente que logró una mayor transformación en sus seis años de gobierno, colocando la plataforma de la modernización del país y el legado de un periodo pacífico y próspero. No es casual que ese personaje fuese un masón comprometido y activo en el estudio de las herramientas simbólicas de la transformación, porque mostró un enorme dominio práctico de la confluencia entre evaluación real de situaciones superiores a sus fuerzas (determinismo) y las facultades potenciadas que obtenía al ser colocado en la presidencia, con la oportunidad de empujar una serie de reformas (agrarias, laborales, nacionalizadoras, legales, educativas, etc.) que ha quedado plasmadas como progresistas (con un signo indudable de avance), y han resistido el juicio de la historia y hasta los reclamos de los grupos afectados.

Los cuatro elementos para el cambio ante el liderazgo social
Arriba indiqué que los cuatro elementos básicos del cambio son: injusticia, crisis, voluntad e ideal. Ese cuadrante suele manifestarse de distintas formas conforme la ideología social sea distinta. Para el joven Rey Sol esto surgió en la modalidad de una sedición aristocrática interna llamada la Fronda que tuvo dos episodios principales; eso implicaba una intolerable y riesgosa desobediencia de sus “pares” aristócratas, ante lo cual su gobierno implicó un esfuerzo constante para someterlos, cooptarlos y neutralizarlos mediante medidas tan variadas que incluyeron el reforzamiento del Estado, empleo de ministros burgueses (no a los nobles), integración de aristócratas en las Cortes, el famoso fasto de las Cortes de Versalles, leyes que restringían prerrogativas a los nobles, etc. La paradoja y trascendencia históricas consiste en que al reforzar su gobierno personal (“el Estado soy yo”), la obra del monarca fue ilustrada y consolidó el perfil de Francia, lo cual permaneció como plataforma y fue una obra constructiva para el país. Las supuestas palabras finales del rey Luis XIV merecen un comentario respecto de la cuestión nacional, pues se le atribuye que dijo en su lecho de muerte “Yo me marcho, Francia permanece”, sin embargo, esta versión resulta dudosa en la biografía de Hatton, quien indica “según parece”[17]. La crisis surgió en los mismos episodios de la Fronda, sin embargo, quedó resuelta con la intervención del entorno (reina, Mazarino), así que su periodo de gobierno fue preventivo. Las muchas guerras y conflictos dinásticos en que participó no llegaron al extremo de la crisis, por más que la Europa cristiana estuviera alarmada por el avance otomano hasta las puertas de Viena, ante lo cual él fue hasta cómplice. El monarca manifiesta una voluntad de sobrevivencia y grandeza, que por resultado engrandece a su reino, lo cual no implica ser incluyente, ni siquiera felicidad para su círculo cercano. Según se evidencia, el ideal monárquico resulta el más problemático por ser el proyecto más exclusivo de poder personal, pero que resulta moderado por una buena educación, que según la reseña histórica este personaje sí la obtuvo de manera esmerada, preparándose desde la infancia para ser un “buen gobernante” según los estándares de la época y esto se confirma con la brillantez del resultado.
Lenin sintió en carne de infancia la injusticia social, en especial cuando se entera que su admirado hermano mayor era condenado a muerte por conspiración contra el zar Alejandro; el hecho marcó su peculiar actitud aguerrida y determinación para revolucionar a su país[18]. El imperio zarista, a los ojos de la mayoría, parecía una maquinaria indestructible, pero las condiciones de opresión y miseria resultaban extremas, por lo que episódicamente surgían sublevaciones que eran reprimidas cruelmente. El joven Lenin se convirtió en un conspirador proscrito, que sufrió encarcelamientos y exilios, y, en condiciones de lucha rigurosísimas, desarrolló sus teorías y prácticas para formar un partido bolchevique conspirativo y militante, expresión de una voluntad colectiva, capaz de desafiar al zarismo. La coyuntura de la Primera Guerra Mundial generó el marco de una crisis catastrófica que el Lenin maduro supo aprovechar a la perfección una revolución sin una brújula definida y convertirla en la primera revolución socialista triunfante, inspirada por ideas marxistas. Su liderazgo resultó incuestionable en el partido y luego en la nación, pero la enfermedad y muerte prematura en los primeros años del proceso revolucionario, lo convirtieron en un ídolo y casi leyenda de los revolucionarios. Las ideas igualitarias de sus propuestas eran diáfanas y la honestidad de su liderazgo, evidente.
El juicio de la historia sobre Lenin cuestiona el fondo de sus ideas deterministas ilusas, según las cuales el proletariado liberado de la influencia burguesa funcionaría cual clase autónoma capaz de dirigir una sociedad con justicia e igualdad. La práctica post-revolucionaria ha mostrado un modelo por completo diferente, donde la masa de proletariado (en especial, el marxismo encerraba grandes esperanzas sobre el productor manual industrial[19]) se mantenía a nivel de masa pasiva y se levantaba sobre ella un Estado autoritaria, sometido a una jerarquía total, pues el control centralizado de la producción implicaba el control social total. El resultado no es justicia sino una expropiación general a favor del Estado, donde el igualitarismo original de Lenin se vuelve una ficción jurídica, sometida a una ideología de Estado y una práctica persecutoria, es decir, la antípoda a lo pretendido por él.

Geometrías políticas
De los personajes reseñados, sin duda el extremo de la derecha conservadora corresponde al monarca Luis XIV de Francia, quien favoreció un centralismo administrativo, reforzó los privilegios aristocráticos y monárquicos, sin interesarse por el tema de la justicia social ni de las libertades en términos más modernos. Sus éxitos prácticos engrandecieron a su país y dieron pie al desarrollo manufacturero que creó las condiciones de la inquietud por libertades y, por tanto, un siglo después a la Revolución Francesa. El entramado de sus reformas le dio solidez al Estado asentado en París y sus reformas también dieron un sustrato a la formación de Francia.
El extremo izquierdo de estos personajes, por supuesto, corresponde a Trotsky (y Lenin cuya distinción es por circunstancias de destino personal, más que por enfoque teórico que fue compartido[20]), quien tuvo más tiempo para analizar el destino del periodo post-revolucionario. En hipótesis audaces, para Trotsky la garantía de un sistema social justo, radicaba tanto en la hipotética naturaleza superior de la clase proletaria, la hipótesis de una sociedad socialista superior y  una “revolución permanente”. De todas estas tesis, la posteridad ha quedado más sorprendida por esta última consigna ¿qué es una revolución permanente? Resulta difícil explicar tal figura por un evento definido, sino por la trascendencia del evento. Para el materialismo marxista el referente de la ética es la sociedad, pues cualquier evento humano es fruto social (su época y circunstancias basadas en condiciones de producción) por tanto una aspiración ética a una situación social justa, se remite a las condiciones sociales; aunque la idea de justicia, se acepta como una aspiración igualitaria casi intuitiva (el ideal de producción socialista sería: a cada quien según su capacidad, de cada quién según su necesidad[21]). Entonces, en el enfoque de la revolución permanente (la noción de revolución social radicalizada), después del evento de ruptura con el orden capitalista continúa un revolucionar perpetuo, pues las fuerzas productivas estarían más aceleradas que nunca[22]. Hasta donde hemos visto, esa aceleración fracasó con los regímenes autoritarios emanados de la revolución, al contrario, el modelo más acelerado tecnológico lo tenemos en este capitalismo tan evidentemente injusto. La práctica de la URSS de Stalin, le mostró el error de cálculo a Trotsky sin que lograra verlo redondo: la estatización somete a toda la población, creando un “proletariado” global, una figura de sometimiento injusto, tan ajena a la sensibilidad original de la izquierda; lo cual conlleva hacia una esquizofrenia de conceptos[23].
El centro del espectro político lo ocupan Cárdenas y Martí. El cubano, por su situación, manifiesta más la vocación de libertad y la crítica romántica a la opresión, plena de sensibilidad y estilo, con la disposición al extremo del sacrificio. Lázaro Cárdenas muestra a plenitud al político pragmático que no deja abandonado sus herramientas ni sus ideales de una sociedad mejor. Las circunstancias lo llevan a conocer los rigores de la existencia militar durante la terminación del periodo revolucionario mexicano. Encuentra la situación para cumplir el programa social de la Revolución Mexicana mediante reparto agraria y mejoras laborales (seguridad social, pensiones, etc.), además de actor nacionalista, mediante la expropiación petrolera y otras medidas defensoras de los recursos nacionales; además de otorgar asilo a los refugiados españoles y perseguidos del fascismo. En términos generales, Cárdenas se mantuvo dentro de cauces legales y con respeto a libertades sociales básicas; se ha cuestionado su tendencia a la organización semi-corporativista, integrando a las masas obreras y campesinas dentro del partido dominante que casi se volvió partido de Estado; también limitó los poderes autónomos del Estado y restringió el federalismo sometiendo a los gobiernos locales[24]. Esa enorme obra política práctica, Cárdenas no la hace en base a una teoría social preconcebida, sino buscando rescatar lo mejor del capitalismo y socialismo. Debido a que no sigue por un camino doctrinario para los conservadores  él era un comunista y para la izquierda él era un liberal populista.

Complejidad nacional frente a las buenas intenciones
Las intenciones de los líderes nacionales se pueden convertir en un veneno que intoxica su propia obra; tal es el caso de los excelsos líderes del socialismo real, ejemplificados por Lenin y Trotsky. Las sociedades (en este caso naciones, significa casi lo mismo) son entidades complejas, para las cuales imponerles un ideal simplista representa una evento tóxico, pues lo importante y positivo de levantar un ideal, también incluye el correo el objetivo y hasta facilitar enormes contragolpes (al individuo o a la sociedad). El triunfador Lenin fue abatido por el tiempo, sin oportunidad, para completar su obra en el sentido de perfeccionarlo personalmente, continuado los ajustes; sin embargo, la experiencia posterior y su repetición, nos muestra el vicio estalinista (que al repetirse, ya no es la obra de un mal líder Stalin, ni de una casualidad de atraso, sino efecto del modelo Estado-amo, que oscila entre la oligarquía y la “timocracia” que siempre fracasa) que es encubierto por la intención de “acelerar la felicidad”[25]. Esto implica que el modelo de fondo de organización fraternal centralizada, se vuelve en su contrario, pues el amo-Estado subyuga centralizadamente al proletariado, y la liberación buscada se convierte en opresión general. Sintetizando en una línea de explicación, la totalidad compleja no se logra controlar bajo los planes del líder inspirado y estudioso, que era Lenin, para desbordarse; por tanto la ambición de modelo organizador, se frustra en su ambición misma de moldear a toda la sociedad. La escasez de espacios libres de la iniciativa, la falta de libertades fundamentales garantizadas, hace que el modelo sea tan rígido que se vuelva opresivo. Lenin no se contenta con las líneas del plano y pretende una remodelación más revolucionaria, por tanto sin bases firmes para su desarrollo[26]; su salto de etapas (sin periodo burgués maduro según Marx) se convierte en salto en el vacío, que es atrapado por el Estado burocrático y su élite (una casta privilegiada que es por entero contraria a la igualdad preconizada por la teoría marxista leninista).
El otro lado de la complejidad desbordándose, se llama “la revolución devorando a sus hijos”. La superación del periodo convulsivo de las revoluciones, con facilidad exige destruir a los líderes, para centralizar el mando (casi siempre, periodo contrarrevolucionario o de estabilización), de tal modo que la fracción burocrática triunfante de la URSS, persiguió y asesinó a todos los líderes revolucionarios, con las contadas excepciones de quien murió pronto (Lenin) y quien triunfó por sobre todas las cabezas (Stalin). Por tanto, para la eficacia constructiva se debe también medir las fuerzas y no convertir las herramientas constructivas, en desvaríos contrarios al curso real de la historia.

Efectos en la edificación nacional
En la Francia de Luis XIV, el reforzamiento del Estado y sus instituciones educativas y culturales, con el paso del tiempo dio pie a una nación vigorosa y con grandes contribuciones en el ámbito europeo. Pero su Estado autoritario debía ser barrido de raíz por obligación, el Estado unipersonal resultaría obsoleto ante la modernización de las naciones. El contexto de la Revolución Francesa y los eventos de Napoleón cambiaron por entero la herencia monárquica que el Rey Sol, lo cual implicó subvertir todo el contenido aristocrático de su legado, cambió lo esencial de su proyecto monárquico y reconfiguró para crear una nación moderna. En retrospectiva, al monarca exitoso se le interpreta como formador del país, cuando ese efecto resulta casual respecto de su proyecto. La verdadera edificación de la Francia moderna empezó al trastocar ese legado, con el impulso de las tesis de libertades e igualdad política emanadas de la Revolución.
En la URSS, sobre la Rusia zarista (imperio multinacional sometido a la primacía del centro Ruso) se intentó forjar un sistema supra-nacional bajo la ideología comunista; que tuvo un impulso integrador de la población, con mejoras económicas, unificación educativa y cultural acelerada, a lo cual se agregó un tinte nacionalista fuerte con la Guerra Mundial y el periodo llamado de la Guerra Fría[27]. Con la caída del muro y el deshielo, el sistema multinacional interior estalló, en ese sentido, fracasó el proyecto de la URSS  y el Estado recurrió a un perfil de nación más precisa, basado en criterios tradicionales étnicos y lingüísticos así como al “mínimo democrático” en la organización del poder. La nueva Rusia avanza a tientas en su reconstrucción y la edificación de sus proyectos, todavía no termina su balance ante el pasado revolucionario, pues la continuidad y ruptura a nivel de identidades nacionales están en proceso.
En México, la obra de reforma social de Cárdenas se mantuvo como referente y fue el modelo de integración nacional durante el resto del siglo XX. Sin duda, en el contexto de un capitalismo atrasado, los logros de justicia agraria y laboral, quedaron relativizados con el empobrecimiento de la población y generación de nuevas contradicciones sociales. La operación del sistema capitalista y la mala gestión de gobiernos posteriores agudizaron el problema de la desigualdad; la falta de un sistema de contrapesos políticos y económicos provocó autoritarismo en el periodo posterior. No fue casual, que la disidencia de Cuauhtémoc Cárdenas —el hijo del general Lázaro Cárdenas del Río— empujara hacia el cambio del sistema político tradicional en México. A partir de 1994, el periodo de los grandes Tratados Comerciales nos obliga a reflexionar acerca del efecto del sistema económico mundial trasnacional sobre el perfil de las naciones; sin embargo, esa gran obra social marcó definitivamente al México en el siglo XX y no ha sido superada por los procesos del siglo XXI. Si, por último, comparamos esas obras de la pragmática política, sin duda la acción de Lázaro Cárdenas presenta actos y resultados más próximos a un balance contenidos en la triple consigna “Libertad, igualdad y fraternidad”.  

NOTAS:




[1] El estructuralismo y post, a su manera, han dominado las modas intelectuales de la sociología desde la mitad del siglo XX, desplazando al marxismo en la academia. Es verdad, que gran parte del interrogante social se está desarrollando sobre las correlaciones ocultas y los diseños que se encuentran en la trama social, aplicándose concepto provenientes de campos afines como la economía, psicología o lingüística. Cf. ANDERSON, Perry, Tras las huellas del materialismo histórico.
[2] WALLERSTEIN, Emmanuel, Después del liberalismo. Sus burdos errores de predicción sobre cada futuro próximo resultan hasta cómicos, pero son errores nodales en un autor que pretende fundar su teoría en una capacidad de proyección y acierto sobre los largos plazos del sistema capitalista. De su análisis desequilibrado solamente queda en pie la bienintencionada crítica sobre abusos del sistema.
[3] “Sub-subjetivista” es una ironía para señalar varias teorizaciones que se deshacen de la subjetividad (a cambio de las estructuras o de algún misterio crítico), incluso en sus versiones más extremas como “la desaparición del hombre” del primer Foucault en Las palabras y las cosas.
[4] THOMPSON, Keneth, Augusto Comte, México, Ed. FCE.
[5] En su origen el neoliberalismo es una tensión hacia el extremo del liberalismo económico, bien fundado por Adam Smith; por tanto, una exageración que trae su mixtificación.
[6] HATTON, Ragnhild, Luis XIV, Ed. Bruguera. La información disponible indica que este monarca no se debe contar entre la aristocracia que se interesó por esa nueva organización y la amparó como sucedió con muchos monarcas ingleses y prusianos.  
[7] Esta identificación entre masonería y el ideario liberal no sucedió de inmediato, fue un proceso, en el cual las revoluciones norteamericana y francesa, fueron eventos clave en su cristalización. Cf. MARTIN ALBO, Miguel, Historia de la masonería
[8] ROUSSEAU, J.J. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.
[9] Existe una amplia bibliografía de León Trotsky al respecto: La internacional comunista después de Lenin, La revolución permanente, Stalin biografía política y La revolución traicionada. Claro que propone en contra de Stalin, pero carece de los medios, luego es perseguido y asesinado.
[10] SILVA HERZOG, Jesús, El agrarismo mexicano y la reforma agraria, Ed. FCE.
[11] CORDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
[12] El fracaso evidente de la agricultura de autosubsistencia y la crisis posterior del modelo ejidal no debe opacar el hecho de su comienzo extraordinario, que fue la base para la edificación del país y el restablecimiento de la paz social por el largo resto del siglo XX. En especial, la estadística agrícola señala un éxito productivo hasta 1965 y después una crisis del campo mexicano.  Cf. HANSEN, Roger, La política del desarrollo mexicano.
[13] VALDÉS MARTÍN, Carlos, “Líderes en la edificación de la nación”, El poder de la masonería en México.
[14] El enorme estudio sobre ese periodo es El Estado Absolutista de Perry Anderson.
[15] LENIN, Iván I. Obras escogidas en tres tomos; o de modo más especializado Entre dos revoluciones.
[16] Quizá la mejor defensa y estudio sobre la decisión individual está en La crítica de la razón dialéctica de Sartre.
[17] HATTON, R. op. cit., p. 190.
[18] TROTSKY, León, El joven Lenin.
[19] Un tema interesante, que es discutido por Lenin, por ejemplo en ¿Qué hacer?, Un paso adelante, dos pasos atrás y El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo. El tema siguió siendo relevante para el marxismo hasta la debacle de las grandes instalaciones industriales tradicionales desde mediados del siglo XX, véase a Alvin Toffler, La Tercera ola y El cambio del poder.
[20] En verdad, la izquierda es sutil en distinciones y existen quienes se reclaman herederos de tal tradición personal u otra, pero al lector esa diferencia le resultaría desmedida.
[21] Famosa fórmula de Marx, proveniente de “Crítica al Programa de Gotha”.
[22] Para el marxismo, el capitalismo tiene atoradas las fuerzas productivas y una revolución socialista las liberaría y aceleraría al extremo. Véase, León TROTSKY, La revolución permanente.
[23] MARCUSE, Herbet, El marxismo  soviético., autor que critica el modelo bajo un paralelo al industrialismo capitalista, bajo una modalidad de moral represiva.

[24] CÓRDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
[25] Una simpática ironía sobre la buena intención fracasada de acelerar la felicidad de todos está en el último cuento de la Ciberiada de Stanislaw Lem.
[26] Esta discusión sobre la madurez de Rusia para la revolución socialista fue el meollo de la discusión entre el centro marxista y los bolcheviques de Lenin en el periodo previo a 1917. Curiosamente, el tema estaba prefigurado desde Marx en su correspondencia con Danielson, un narodniki ruso que tradujo El capital.
[27] De hecho, la confluencia y contradicción entre el nacionalismo ruso y el internacionalismo proletario controlado desde Moscú merece un estudio detallado; mientras la ideología oficial mantuvo una forma no nacional (un discurso, incluso anti nacional), su contenido se desvió hacia la “defensa de la patria socialista”, una variante del nacionalismo, incluso burda. Por ejemplo, CLAUDÍN, Fernando, La crisis del movimiento comunista, indica que bajo la dirección de Stalin la Internacional Comunista, aunque el riesgo de ese camino estaba presente desde un principio: “Encerró los intereses del proletariado internacional en el cuadro de las cuestiones rusas.” p. 4.