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viernes, 11 de diciembre de 2015

YO, ROBOT DE ASIMOV, RESUMEN Y ANÁLISIS






Por Carlos Valdés Martín


Con agudeza polifacética Isaac Asimov deleita en “Yo, Robot”, un relato que renovó su popularidad al ser convertido en película. En esta novela, Asimov nos intriga centrándose en la evolución del robot (tecnológico y ético[1]), su interacción con la humanidad y los principios morales para manufacturar tales ingenios. Las tres leyes de la robótica son la estrella de sus reflexiones chispeantes y agudas, cuando entretejen las fronteras y dificultades entre personas y máquinas de inteligencia artificial.
No encontramos una novela diseñada en su integridad, sino una serie de cuentos que mantienen su coherencia, al ligarlos con las entrevistas a Susan Calvin (presentada cual máxima especialista en psicología de robots) y la continuidad de una empresa líder en la fabricación robótica, junto con una progresión temporal. Otros personajes también protagonizan varios capítulos, aunque luego salen de la trama. Los tipos de robots debutan en variedades cada vez más evolucionadas, desde uno mudo y tierno especie de mascota-niñera, hasta los que imitan al ser humano en máxima complejidad y con capacidad de mando; incluso, la hipótesis de fondo plantea que las máquinas superarán a los hombres, pero se conservarán como sus sirvientes fieles y casi heroicos[2]. Además, quizá este sea el primer texto en la historia que empleó la palabra robótica.
La línea temporal posee su propio interés y permitirá a los admiradores de Asimov otorgarle diversas interpretaciones. La protagonista se afirma nació en 1982, el mismo año de la fundación de la ficticia “U.S. Robots & Mechanical Men Inc.” y la introducción indica que han pasado 65 años, por tanto el relato comienza en el año 2047. El relato finaliza cuando ella cuenta con 82 años y muere en el 2064. El texto fue publicado en 1950 cuando muchos temas planteados estaban en pañales, entonces rayaban en lo irreal los “cerebros positrónicos”[3] o robots pensantes y parlantes. Por lo mismo, el enfoque no detalla demasiado los aspectos físicos y técnicos de los robots[4], sino más sobre su psicología basada en leyes morales, así como la competencia entre las facultades humanas y las robóticas que terminan siendo adelantadas por las máquinas. 

Capítulo de Introducción
Explica la biografía y características del personaje-conductor que es Susan Calvin, la brillante psicóloga de robots, que encabeza esas tareas en la empresa de robótica más importante del futuro imaginado. El resto de la novela está basada en una serie de anécdotas que recuerda la “robotpsicóloga” Calvin y son indagadas por un reportero.
Otra cara estelar del relato está en la hipótesis de las Tres Leyes de la Robótica, que son: “1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes.”[5] En todos los cuentos se hace énfasis en las aplicaciones y posibles contradicciones de tales Leyes. Cada relato interpreta estas Tres Leyes y sus casos más críticos, incluyendo el nivel subconsciente o inconsciente[6] donde están registradas, la posible locura de los robots, su rebelión y sentido de superioridad ante los humanos, la opción de engañar, etc. 

Capítulo 1  Robbie
Describe la relación entre el robot niñera Robbie y su mimada Gloria. Este robot es mudo, pero inteligente y físicamente hábil, sirviendo a modo de una niñera-juguete-mascota que complace a la niña de 8 años. El afecto de Gloria es tan intenso que provoca el enojo de su madre, quien procura separarlos. La madre encarna los prejuicios y la desconfianza corriente contra las máquinas, que suele denominar Asimov como “complejo de Frankenstein”[7]. El padre objeta pero la madre presiona hasta que logra deshacerse de Robbie. La niña queda desolada y persiste en recuperar a su cuidadora metálica, que es un modelo de robot mudo. Durante un viaje la pequeña insiste en buscar a su niñera, hasta que el padre organiza un encuentro en una fábrica de montaje, aunque sin advertir a su familia. De modo casual surge un peligro de atropellamiento y Robbie salva a Gloria, con lo cual la madre acepta volver a recibir a la niñera robótica, y esa anécdota representa que la gente ordinaria supera los prejuicios contra el futuro. El cuento argumenta que después los robots fueron confinados a otras funciones, por lo que ya no se permitieron para servir de niñeras.

Capítulo 2  Runaround (“Círculo vicioso” o “Sentido Giratorio”)
Expone la aventura en el planeta Mercurio de una pequeña expedición que está a punto de colapsar. Ante el peligro por la falla de un campo de protección, la solución es enviar a un robot llamado Speedy, por veloz, para conseguir selenio en un campo próximo. La situación se vuelve dramática por una instrucción ambigua. En el planeta solamente hay dos astronautas, Powell y Donovan (que protagonizan los siguientes capítulos) quienes desesperadamente requieren conseguir selenio de una fuente próxima, lo cual solamente lo podría lograr el robot: Pero la instrucción de conseguir selenio dada con descuido abre un conflicto irresoluble entre las Leyes 2ª y 3ª entre obedecer y preservarse de un daño, provocando una especie de estupidez robótica, pues Speedy gira en círculos alrededor del área sin conseguir nada[8]. Los astronautas montan otros robots “anticuados” y lentos cual vacas mecánicas para aproximarse a Speedy sobre la —a la vez, candente y congelante— superficie de Mercurio al intentar salvar la situación. Improvisados vaqueros se exponen al ambiente mixto del planeta —calcinante y congelante— para convencer a su robot Speedy que deje de girar insensatamente y cumpla con su cometido. Un chispazo de ingenio logra sacar al robot del conflicto, al incrementar el potencial de peligro y disparar la 1ª Ley por el riesgo mortal de un astronauta, para recuperar al veloz Speedy. Al final, se resuelve el riesgo pues Speedy salva al astronauta y recupera su “razón”. 
Capítulo 3  Razón
El mismo par de astronautas, queda encargado de una Estación espacial, donde reciben un nuevo tipo de robots, los Qt, entre los cuales destaca uno que está recibiendo su programación inicial y llaman Cutie. De modo intrigante el modelo Cutie asume una actitud curiosa que alude la historia de la filosofía y desconoce a sus amos humanos como sus creadores. En ese pasaje, mediante el robot curioso Asimov nos da un paseo por la evolución de las corrientes filosófica repasando argumentos de Descartes o Kant sin citarlos de modo textual[9]. La programación de estos curiosos robots humanizados incluye una especie de estudio y autoaprendizaje, que se descarría, pues Cutie se vuelve reticente a los astronautas y saca sus propias conclusiones, las cuales contaminan a todos los autómatas de la estación espacial. El robot saca conclusiones al estilo de parodia religiosa, pues asume que es él criatura del Señor y no de los humanos, por tanto los relega al ostracismo y luego se declara el profeta del Señor. Por si fuera poco, también rechaza las explicaciones sobre la existencia de las estrellas y de la Tierra, cuestionando la utilidad de la Estación, pero anotando que existe una misteriosa armonía cósmica que debe prevalecer. En ese punto, los robots parecieran haber extraviado su razón, para convertirse en una especie de secta religiosa alimentada por argumentos teológicos, lo cual nos debería hacer pensar en si las religiones tienen algún futuro o en el pasado han servido a alguna secreta ley de conservación de la especie.
El nudo de este capítulo se presenta cuando, durante una tempestad de electrones, la Estación espacial debe enviar un rayo preciso para abastecer a la Tierra y una falla destruiría grandes regiones del planeta. Aunque pareciera que Cutie ha roto su obediencia a la 1ª Ley robótica, trata a los humanos cual mascotas, sin obediencia directa pero cuidando de su sobrevivencia. Cuando Cutie cumple también al abastecer la Tierra con el rayo preciso y evitando cualquier daño, los astronautas se dan cuenta que no existe un problema sino aparente, pues los robots siguen cumpliendo la 1ª Ley, imposibilitados de causar ningún daño a los humanos o al planeta. En la fecha de relevo de astronautas, ellos no avisan a los nuevos de la situación en un gesto irónico. 

Capítulo 4  Atrapa esa liebre
Los mismos Powell y Donovan quedan encargados de investigar una falla en la producción robótica minera en un paraje espacial. En esa ocasión los robots son excelentes obreros mientras están siendo observados por humanos, pero cuando son dejados solos dentro de los profundos túneles se presentan fallos misteriosos y no cumplen con su trabajo. Esos robots mineros presentan otra característica: son cuadrillas que tienen una máquina líder y las demás son dependientes a los que designan como “dedos”. El líder se llama Dave y es un robot parlante, dotado de cerebro positrónico, sin embargo, no proporciona explicaciones del extraño comportamiento laboral cuando se quedan solos trabajando.
Buscando respuesta a la baja producción, los astronautas se dedican a especular sobre las características de robots con cerebro positrónico y a espiar en monitores. Descubren un comportamiento extraño, pues fuera de supervisión los autómatas hacen simpáticas evoluciones, hacen filas y dan vueltas, como ensayando un baile; en vez de trabajar, hacen esos ejercicios de baile de grupo. Las diversas investigaciones, interrogatorios y observaciones no sacan algo en claro, así que los astronautas deciden espiar directamente en los túneles de las minas, aunque en el trayecto ocurre un accidente y los humanos quedan atrapados. Ellos logran llamar la atención de los robots para el rescate, mientras comprenden las interrupciones del trabajo y los bailes, los cuales están relacionados con la 3ª Ley por evitar los peligros de la mina. Concluyen que el baile servía a modo de una recuperación del control por parte del robot líder Dave sobre sus subordinados, mientras procesaba la situación adversa, parangonado con el movimiento nervioso de manos cuando existe preocupación o la gesticulación maniática ante la frustración. 

Capítulo 5  Embustero
Se narra la enorme preocupación que causa un nuevo modelo de robot avanzado, apodado Herbie, que creen está leyendo la mente de sus interlocutores. Siendo un modelo nuevo está confinado en la U.S. Robots. El caso provoca revuelo y requiere de la intervención de los directivos, incluso para comprobar si es capaz de lograrlo y sus implicaciones.
Esa inusitada capacidad para leer mentes ajenas de Herbie se combina con las pasiones de los directivos. El director Lanning y el número dos de la compañía, Bogert, perfilan un conflicto entre el deseo de permanecer en el mando y el anhelo del subordinado por conquistar la cumbre. La psicóloga de robots Susan Calvin, ha permanecido soltera, aunque quisiera que un colega la amara. Las intervenciones de Herbie provocan un divertido conflicto, pues a Susan la convence de que su colega sí la ama en secreto, lo cual la ilusiona; luego, al subordinado Bogert le indica que el director trama retirarse y que él está designado para sucederle en forma inminente. Las intervenciones de Herbie provocan amargos conflictos y equívocos, pues más que lecturas fidedignas de la mente lo que comunica son las aspiraciones y deseos que sus interlocutores guardan sin atreverse a revelar.
Pronto Susan descubre que el colega sí planea casarse, pero con otra y entre el director y Bogert estalla un conflicto. Ese comportamiento de Herbie que ha engañado a los humanos parece imposible, pero la psicóloga encuentra la fría respuesta, mediante una paradoja y emprende un interrogatorio tortuoso hasta que el robot confiesa: “—… ¡He tratado de ayudarte! ¡Te he dicho lo que deseabas oír! ¡Tenía que hacerlo!”[10] En lugar de decir la verdad, inventaba lo que ellos desean oír para no dañarlos, pero eso trae aparejado otro daño, por lo que el robot sucumbe ante la contradicción, pues la 1ª Ley de la robótica permite esa paradoja entre verdad y deseo. Aunque aparece una explicación final, el desenlace está salpicado de las pasiones desbordadas y los dolores del desengaño, por eso la psicóloga tacha al robot de “Embustero” con un dejo de ardor. Este es el único capítulo donde la protagonista adquiere un matiz pasional, cuando su comportamiento siempre fue intelectual, a la manera de un “vulcano” dominando cualquier emotividad. 

Capítulo 6  El pequeño robot perdido
Los especialistas de la U.S. Robots son traídos a una lejana estación espacial, la Hyper Base, donde se les requiere urgentemente por el extravío de un nuevo robot, confundido entre un grupo de 63 ejemplares del mismo prototipo llamados Nestor. Uno escapó del trabajo y posteriormente regresó para camuflarse entre los demás.
Contra su interés personal, la psicóloga robótica, Susan Calvin, es conducida junto con el directivo Bogert. El asunto se maneja con recelo militar, en un campamento dirigido por el general Kallner, donde se les informa que las Ley robótica ha sido ligeramente modificada en estos nuevos ejemplares, pues su eficiencia fallaba porque ese trabajo implicaba cierto riesgo para los seres humanos, que las máquinas debían desestimar para ser eficientes. En concreto, la 1ª Ley, fue modificada quitando el precepto de la “inacción”, por lo que los robots omitían el aspecto del daño por inacción. El general explica: “Se construyeron cerebros positrónicos que poseían sólo el aspecto positivo de la ley, que dice: "Ningún robot debe dañar a un ser humano". Eso es todo. No tienen la obligación de evitar que un ser humano sufra daño debido a un factor extraño, como los rayos gamma.”[11]
Al mismo tiempo, los cerebros positrónicos de estos robots están más perfeccionados y el ejemplar perdido percibe que lo buscan para destruirlo, por lo que permanece confundido entre los demás. La búsqueda investiga el instante de su escapada, cuando un técnico lo insultó y desencadenó su huida.  La psicóloga conduce la pesquisa haciendo pruebas psicológicas a los 63 Nestor, encontrando enorme dificultad para resolver el caso. Después de los test se diseñan varias situaciones de peligro para humanos y luego también para los mismo robots. Finalmente la psicóloga descubre al fugitivo, quien se comporta agresivo debido a que está desarrollando un “complejo de superioridad”[12] al creerse mejor a los humanos. El transgresor es fácilmente destruido y luego todos los modelos semejantes, para evitar tan peligrosa irrupción del “complejo de superioridad” de los robots.  

Capítulo 7. ¡La fuga!
“Cuando Susan Calvin entró en la bóveda de Cerebro, fantásticamente guardada, uno de los turnos de técnicos acababa de preguntarle: "Si una gallina y media pone un huevo y medio en un día y medio, ¿cuántos huevos pondrán nueve gallinas en nueve días? ". Y la máquina había contestado: "Cincuenta y cuatro". Y los técnicos se habían mirado perplejos unos a otros. La doctora Calvin tosió y se produjo una súbita confusión de energías.”[13] Así comienza el encuentro entre la psicóloga de robots y la inteligencia artificial más avanzada producto de la empresa líder.
Este capítulo inicia con una apuesta entre las dos más grandes corporaciones, pues los rivales han dañado a su único supercomputador en una tarea extraordinaria, al encargarle diseñar una nave capaz del viaje hiperespacial[14]. Los protagonistas de U.S. Robots aceptan la apuesta y dan el reto a su megamáquina Cerebro, para cumplir esa tarea. Sorprendentemente, ese encargo le resulta fácil, pues elabora una nave misteriosa en pocas jornadas. Luego, cuando dos astronautas visitan el vehículo recién terminado, la nave los secuestra y se lanza hacia el hiperespacio de un modo extraño. Esa nave sin instrucciones y escasa de comodidades semeja una broma práctica para los viajeros obligados a comer habas y leche en exclusiva, sin facilidades de limpieza, etc. La clave de la trama está en que los dos astronautas mueren en el veloz viaje hiperespacial, aunque de inmediato reviven; así, Cerebro ha eludido el riesgo de dañar a los humanos, bajo un supuesto muy inusual. Sin embargo, la misma súper máquina se "espanta" cuando la Dra. Calvin le cuestiona sobre las consecuencias morales y parece bromista con su solución. 

Capítulo 8  La prueba
Este cuento explica el asombroso caso cuando Stephen Byerley, un robot simulando ser humano, compite y gana por el puesto de fiscal.
El candidato simulaba ser humano ejemplar, pero fue cuestionado por un fanático anti-robot de la “Sociedad Humanitaria” que hace gran alboroto para ilegalizar su candidatura. En la lucha entablada, se requiere la intervención de la doctora Calvin para aclarar si será posible que compita y si descarta que sea un ser artificial. Al final, el robot Byerley se sale con la suya engañando a todos cuando viola la primera Ley Robótica, al dar un puñetazo durante un discurso público, evidenciando la más espectacular violación de tal Ley que prohíbe dañar a personas. El diseño de tal escena pública es magnífico por su efecto mediático positivo, la resolución del caso y en engaño implicado, pues el golpeado resultó ser otro autómata imitando a la perfección a un humano anti-robot.
Con el tiempo alcanza los más altos puestos del planeta, ese Stephen Byerley, originalmente un robot creado por un talentoso humano, pero accidentado e incapacitado años antes.
La Dra. Calvin mantiene una relación de complicidad final con el robot, pues estima que sí demuestra su capacidad como magnífico funcionario, primero fiscal y luego gobernante, que toma excelentes decisiones y es incapaz de cualquier corrupción. La combinación entre un cerebro robótico evolucionado y una buena programación resulta en un gobernante excelente. En el fondo también es la prueba de fuego para las 3 Leyes robóticas, en cierto momento Dra. Susan Calvin reflexiona: “—Porque, si se detiene usted a estudiarlas, verá que las tres Leyes de Robótica no son más que los principios esenciales de una gran cantidad de sistemas éticos del mundo…”

Capítulo 9  El conflicto evitable
En el capítulo final el Presidente Ordenador Byerley invita a la psicóloga de robots, Susan Calvin, ya anciana, para platicar de lo que él teme sea el mayor peligro sobre la humanidad. El líder le explica que existen una serie de fallas en la economía mundial, guiada por las Máquinas de inteligencia artificial, que resultan perturbadoras. Ese mundo está dividido en cuatro regiones y este Byerley es el líder planetario, para quien la falla económica requiere una investigación detallada. Expone el panorama de los grandes conflictos de la humanidad que han conducido a guerras y modificado los sistemas sociales durante siglos[15]. En ese futuro cibernético, existe una asociación contraria a las máquinas que parece estar saboteando la economía global, mediante introducción de datos falsos. El Presidente ya se ha entrevistado con los cuatro líderes de las regiones y hace la descripción de las cuatro grandes regiones que agrupan Oriente, Tropical, Europa y Nórdica[16]. La propuesta del Presidente es ilegalizar a la Asociación que sabotea la economía mundial; la contrapropuesta superior de la psicóloga detiene ese intento. El trasfondo es el conflicto inevitable entre la Máquina y los humanos; el enigma lo interpreta Susan explicando que las fallas estaban previstas por la Máquina, pues siguiendo los dictados de la Primera Ley de la Robótica estaría previendo tales informaciones erróneas y subsanando el sistema mismo.
El argumento clave sobre cómo fue posible que la misma Máquina no diera una respuesta correcta sobre la ineficiencia económica, se pregunta el Presidente Byerley: “—…¿Cómo podemos correr el riesgo de que no tenga usted razón?”
Responde Susan Calvin: “—Deben correrlo. ¿Recuerda usted la respuesta de la Máquina cuando le sometió la pregunta? "El caso no admite explicación". La Máquina no dijo que no hubiese explicación, ni que no pudiese determinarla. Dijo sólo que "no admitía" explicación. En otras palabras, "sería perjudicial para la Humanidad tener la explicación de lo ocurrido", y por esto sólo podemos hacer suposiciones... y seguir suponiendo.”[17]
Una respuesta tan enigmática nos recuerda los debates públicos que terminan en un “punto muerto” o las escandalosas investigaciones de magnicidios que no concluyen jamás. Esto conduce a que las dudas se deben mantener, incluso bajo la hipótesis de un gobierno perfecto y automático.
Diálogo entre el Presidente Ordenador Byerley y el líder Ordenador de la región Nórdica, Hiram Mackenzie: “La Máquina no es más que una herramienta, al fin y al cabo, que puede contribuir al progreso humano encargándose de una parte de los cálculos e interpretaciones. La tarea del cerebro humano sigue siendo la que siempre ha sido; la de descubrir nuevos datos para ser analizados e inventar nuevas fórmulas para ser probadas.”[18] Recordemos que en ese momento, aún estaban formándose en el horizonte las capacidades de la inteligencia artificial, sus logros avisaban lo que vendría. De modo implícito, se redefine la situación del cerebro humano, más acotada a labores de calidad, aunque sometida a la respuesta veloz y global de los robots. 

Análisis general
Para el surgimiento de la ciencia ficción se ha requerido de un contexto de innovación científico-técnica y un efecto colectivo palpable. La primera revolución industrial “todavía no” brindaba el ambiente propicio para la ciencia ficción, ofrece los relatos futuristas de Verne, su fruto más apetecible; luego, con el siglo XX y su “revolución científico-técnica”  surge el contexto apropiado para definir este subgénero literario. Desde el principio del siglo fructifica este género y hacia 1950 ya es un clásico literario, como lo muestra la madurez de Asimov y otras luminarias como Clark, Lem, Dick y Bradbury.  

Las jerarquías perturbadoras
La trama entera está centrada en la jerarquía imaginaria entre humanos y robots; las primeros sintiéndose amenazados en su “nicho” de señores de la creación y los segundos convirtiéndose en cada vez más capaces y candidatos a sobrepasar la condición humana. Comienzan sub-humanos y terminan sobre-humanos, con una buena paradoja para Nietzsche anunciando a un falso superhombre de metal. El lugar del rey y el esclavo lo ocupan simultáneamente el robot, de ahí una opacidad siniestra e inquietante, pues la línea del progreso está señalada y empuja hasta convertirlo en monarca bondadoso[19].
Entre los humanos la división entre los sexos es evidente aunque marcada con un ánimo igualitario, donde la protagónica es una mujer que es capaz de enfrentarse sin complejos a directivos, generales o robots. Nos encontramos roles muy tradicionales como en la primera narración con Robbie y, casi siempre, Susan Calvin, semeja un hombre racional dentro del cuerpo de mujer; aunque para el años en que se escribió esa perspectiva no sería cuestionable, más bien avanzada. La jerarquía marcada surge en otros niveles: dentro de la empresa, el mando militar o al gobernar. La empresa mantiene una estructura que no se cuestiona y un conflicto generacional en la narración de “Embustero”, se resuelve en la ilusión entre quien aspira y quien manda. La mayor interrogación surge con la capacidad de gobernarse, porque el robot sobre-dotado muestra más habilidades que las personas, además un subtema es la inconformidad contra los robots por su sombra de competencia, anotando la resistencia de sindicatos y una liga mundial.  
El trasfondo inquietante es la fusión de las jerarquías humanas para diluirlas bajo su sombra robótica la suponer un gobierno mundial perfecto, que no es descubierto por la gente; todos súbditos de un orden metafísico, así, el robot salta desde esclavo hasta amo universal. En ese sentido, el capítulo final es una incubadora para “teorías de la conspiración” al suponer tal súper-inteligencia capaz de anticipar y responder a cualquier falla u oposición. En ese final, las máquinas inteligentes terminan tan sofisticadas que planificarían la economía hasta en sus detalles más recónditos, incluso anticipando cualquier perspectiva y arbitrariedad individual. Recordemos que en la década de 1950 —cuando se escribió esta ficción— la URSS presumía planificar su enorme país mediante los “planes quinquenales”, sin embargo, ese argumento se mostró irónico y, luego, se convirtió en su contrario mediante el desperdicio burocrático[20]. Con sea, la imagen de Plan Planetario resultaba atractiva y, además, un extremo de la hipótesis racionalista como la expuso Pascal que finiquita la libertad al convertirla en una ilusión[21]. 

Las facultades: razón, psicología y ética encontradas
El conjunto del relato coquetea con la armonía y conflictos entre razón, corazón y principios éticos. El demiurgo es la razón que incluso diseña al “corazón” robótico mediante un cerebro, por lo que el típico conflicto romántico entre pensamiento y pasión está desplazado; pues los circuitos lógicos del cerebro positrónico predominan. Las infatuaciones sentimentales quedan marginadas en la trama, aunque salen a la luz en el capítulo “Embustero”, cuando las personas guardan secretos que no se atreven a confesar y estalla un lío cuando el robot Herbie los lee telepáticamente. Otro atisbo inquietante es la hipótesis de que un robot comience a “sentirse” superior a los humanos, escondiendo una especie de rebeldía, ejemplificada en el modelo Néstor[22].
El factor “psicología” es muy importante en la trama, porque las “leyes robóticas” quedan implantadas a un nivel subconsciente en los cerebros positrónicos y las situaciones particulares crean conflictos, que semejan especies de locuras, neurosis y manías. Las contradicciones lógicas entre evitar el daño a los humanos y la preservación del robot predominan en el capítulo de Speedy. Quizá la presentación más curiosa entre lo consciente e inconsciente está con Cutie, el robot convertido en fanático religioso, porque sus leyes robóticas se han hundido en la oscuridad, sin embargo, las sigue respetando escrupulosamente y dando el servicio indispensable en la estación espacial. Ese capítulo ofrece un aspecto de tesis sicológicas importantes sobre que funcionan con más fuerzas mientras más se ignora su existencia, y otra manera es que mientras más reprimida está la emoción o el deseo, más se impone en su forma enmascarada.
Entre la razón plena y el corazón (equívoco pero indispensable como fuente) se levanta la ética que sintetiza los tres principios para convertirse en el eje teórico del relato. La expectativa de que basten tres simples leyes para programar éticamente a los robots permanece en el eje, cual ensoñación de una Constitución mínima para programadores. La tensión surge en las situaciones donde esas tres leyes se contradicen o presentan aspectos paradójicos, culminando con la ensoñación de la superioridad final de la inteligencia artificial, cuando las personas se conviertan en infantes entre las manos de sus creaciones. 

Una Tierra Prometida robótica
¿Qué ensueño es este que salta desde la fabricación de un sirviente de hojalata (con tono despectivo) hasta la culminación en un amo planetario (con tono admirativo)? Es el anhelo de la ciencia, es la vigilia del científico dando luz a un universo esplendoroso; en tal sentido, Asimov es antagónico a Mary Shelley, pues desinfla el síndrome de Frankenstein, cuando exhorta a dejar atrás el temor hacia nuestras criaturas tecnológicas. La propuesta es que la ciencia-tecnología será la salvadora, tras el terror de la Segunda Guerra Mundial y la sombra ominosa de la bomba atómica, este patriarca de la ciencia ficción señala en  dirección de una Tierra Prometida edificada sobre principios científicos y éticos. Eso es suficiente optimismo ¿o requerimos de más todavía? Desde la Ilustración bastó una positiva noción de Progreso para desencadenar una tempestad de expectativa; en el siglo XX, el anhelo de utopías terrenales cimbró el globo; en el siglo XXI, cuando las imaginaciones futuristas se están cristalizando, todavía podemos escuchar al profeta de la robótica, Isaac Asimov, con la curiosidad despierta, de si alguna mañana, una emanación con “inteligencia artificial”, despertará con una chispa de conciencia encerrada en la frase “Yo, robot”.  La Biblia dice que Moisés no alcanzó la Tierra Prometida, ¿serán los sucesores de la humanidad los destinatarios de ese paraje edénico o, incluso, una Eva colectiva?

NOTAS:

[1] Que este tipo de máquina-robot no es el único que surge en la literatura, cabría anotar la falta de deseo específico encerrada en este relato; simultáneamente, el robot es un enorme sucedáneo al deseo. El robot-niñera Robbie sustituye a la madre en el afecto de su hija; el robot-telépata remplaza los deseos de amor de Susan por una hipótesis falsa… Al acumularse los efectos (secos y discretos) de las máquinas se convierten en la satisfacción global, dirigiendo la economía planetaria; así, la sequía emocional del relato se compensa con una horizonte de una mega-máquina-deseante, bajo la óptica de Deleuze y Guattari, tipo Kafka, por una literatura menor.
[2] El robot reflejaría la idealización cúspide de la enajenación, todavía más como hipótesis literaria, que paso a paso está materializándose; es la escala del tránsito entre la objetivación y la cosificación. En este caso, el autor sostiene que la enajenación nunca triunfará, pues predominarán los principios positivos plasmados por la ciencia y la virtud. Cf. KOSIK, Karel, Dialéctica de lo concreto.
[3] Específicamente, el término “positrónico” remite a la hipótesis de que la antimateria de positrones alimente a una fina trama que alimente una red de inteligencia artificial de tamaño aproximado al cerebro, para guiar a los robots.
[4] Esto es relativo, por lo que se esperaría de un magnífico divulgador de la ciencia como fue Asimov y por otras de sus obras. Estos cuentos novelados enfatizan más sobre el aspecto subjetivo de los robots y menos sobre sus rasgos técnicos. El foco se mantiene sobre los potenciales conflicto y fallas de las inteligencias robóticas en situaciones extremas.
[5] ASIMOV, Isaac, Yo, robot. En obras posteriores, se completará esta tríada con una “Ley cero” que especifica que el daño a evitar se refiera a la humanidad, entonces esta tesis adquiere un matiz social o de la colectividad completa.  Asimov llegó a atribuir esas tres leyes a su editor, John W. Campbell, pero éste recusó tal honor e insistió en la paternidad exclusiva del escritor.
[6] Esta serie también muestra gran interés por la psicología y su expansión hacia campos inexplorados. Si bien, todavía era una disciplina marginal, ya había obtenido un sitio en las academias occidentales.
[7] Se refiere a la hostilidad colectiva ante la criatura horrorosa, que es rechazada según el modelo acontecido en la novela de Mary Shelley, Frankenstein o en moderno Prometeo. Dicha novela es un hito en la reflexión sobre las consecuencias de la ciencia y la posibilidad de crear una nueva vida a partir de tales premisas. Idea en 1816 y terminada su primera versión en 1818, el monstruos revivido con electricidad encarna los temores y expectativos de la revolución industrial.
[8] El cuento original data de 1942 y es el primero donde Asimov expuso sus “3 Leyes de la Robótica”, por lo que conserva el valor de una primicia.
[9] Resulta evidente cierto dominio de Asimov sobre los temas de historia de la filosofía, colocándolos de manera oportuna en este relato.
[10] ASIMOV, Isaac, Yo, robot
[11] ASIMOV, Isaac, Yo, robot.
[12] Entre los muchos guiños con la psicología, aquí adopta la hipótesis de un complejo, según las tesis de Adler que marcaría permanentemente una conducta, que suponiendo inferiores a los humanos establecería un quebranto permanente de las 3 Leyes robóticas. Además, en el relato ese es el único robot de comportamiento anti-humano, los demás resultan un canto al optimismo tecnológico.
[13] ASIMOV, Isaac, Yo, robot.
[14] El autor no da detalles técnicos sobre el tipo de viaje que desafiaría los límites de la velocidad de la luz para permitir viajar a otros mundos y comenzar la colonización de las estrellas.
[15] El atractivo de este capítulo es la consideración sobre la historia de los conflictos de la humanidad, enfocados sobre si un futuro de alto nivel tecnológico lo superaría mediante la inteligencia artificial global.
[16] Asimov desarrolla la hipótesis de la conversión de las naciones-Estado en regiones mayores, simplemente cuatro, una hipótesis popular entre otros interesantes futuristas, como el optimista Toffler o el pesimista Orwell en su 1984.
[17] ASIMOV, Isaac, Yo, robot. Toda filosofía que se precie completa, termina desembocando en una teoría política; así, como Hegel llegaba a la conclusión de un Espíritu Absoluto que encarnaba en el gobierno, el aspecto filosófico de la ciencia ficción consistente nos conduce hacia una hipótesis sobre el gobierno. Aquí Asimov ofrece al ensoñación de un gobierno de robots pero dedicados por entero a la humanidad.
[18] ASIMOV, Isaac, Yo, robot.
[19] La hipótesis final es la conversión del robot en un monarca absoluto y bondadoso, una fantasía proyectada en la ilustración sobre algunos personajes. La zozobra que trasluce esta idea de la entronización del robot es evidente.
[20] Si bien el método filosófico de modo coherente apunta hacia la totalidad, la pretensión del control total se convierte en el sueño de la tiranía. Cf. LUKÁCS, Georg, Historia y consciencia de clase.
[21] La hipótesis de Blas Pascal remitía a un Dios inicial que conocía todas las premisas por tanto anticipa todas las consecuencias, lo cual no agrada a Hegel al considerar eso como una “hipótesis de encapsulamiento”, sin embargo, habrá quien crea que el Espíritu absoluto se aproxima a tal racionalismo cerrado. Cf. MARCUSE, Herbert, Razón y revolución.
[22] Vale repetir que la película “Yo, robot” no corresponde al argumento de la novela, sino que rescata elementos y posee una trama distinta. En la película esta inquietud sobre los robots que se sienten superiores a los humanos adquiere el papel central, cuando en la novela es un aspecto secundario.

martes, 1 de diciembre de 2015

CAMPESINO COLGADO CUAL BADAJO





                                                                                  Por Carlos Valdés Martín

El andamio sobre el costado del edificio de treinta pisos se balancea con un aire tempestuoso y ahí transcurre el día laboral de Juancho Jalalpa, quien no utiliza arnés de seguridad. Lava los vidrios y no es la primera vez, ha probado con ese oficio desde hace semanas. Ahí jabona y moja los innumerables cristales de la edificación rectangular y perfecta sobre la megalópolis. Es curiosa la soledad de los trabajadores en rascacielos, nadie se fija en ellos; para los oficinistas se convierten en muebles indiferentes, para los transeúntes a nivel de calle en puntitos grises que no llaman la atención, para los compañeros laborales en figuras repetitivas. Ellos aparecen discretos, checan tarjeta, reciben instrucciones de entrada, cumplen horario, un superior revisa su labor, checan tarjeta de salida y desaparecen hasta la nueva jornada.
El día comienza tranquilo para Juancho, nada que presagie contratiempos, después un resbalón y él se apoya con fuerza en una barra mal atornillada que cede; un paso en dirección del vacío, pero una cuerda providencial se ha atorado entre su pierna. Queda colgado con la cabeza señalando al piso, en dirección de una muerte súbita que se ha detenido.
Las cubetas, jabones y trapeadores han caído discretamente en un balcón de algún piso vacío del mismo edificio.
Esta vez la condena de Juancho ha quedado suspendida, pero no hay ruido y esa tarde ha oscurecido prematuramente con las nubes de lluvia. Las oficinas vacías frente al andamio no se inmutan. Comienza el chipichipi de agua con relámpagos lejanos.
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El trabajador, Saturnino, quien supervisa esos andamios de limpieza en el edificio, unos minutos antes del incidente recibió una llamada urgente. Se había disculpado y bajó a toda prisa, le había llamado su esposa: “Un perro bravo mordió a tu hijo en la cara”. Corre por la calle sin voltear atrás, mientras piensa en cómo conseguir a su remplazo.
No voltea hacia atrás —evita la maldición de estatua de sal bíblica de quien abandona Sodoma— y se monta en un taxi. Ese transporte está fuera de su presupuesto, pero debe apresurar el camino hasta el tren suburbano.
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Juancho ha quedado paralizado por la caída y el latigazo del cuello golpeando su nuca lo mantiene inconsciente. La cuerda aprieta con firmeza la pierna y hiere la carne. Ahí es un humilde péndulo encarnado: cual badajo adormecido de una campana pueblerina, meciéndose mansa y pesadamente a merced del viento.
Bajo efectos del desmayo, la sangre se va agolpando en la cabeza de Juancho. La camisa desfajada y los brazos se mecen con suavidad. En su mente dormida, escenas de borregos pastando sobre una colina surgen, cuando esa pradera ensoñada se mece extrañamente.
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En el camino Saturnino localiza por teléfono móvil a Brian Bertino, un chicano que dice ser un hijo ilegítimo del coronel David Hackworth, el excéntrico militar norteamericano que inspiró al personaje del coronel Kilgore de la película 'Apocalypse now'. El relevista Brian le objeta que debe recibir algo a cambio, pues perderá mirar el juego de futbol entre Real Madrid y Barcelona, que un compadre lo invitó a una cantina con televisión de paga. Tras un breve regateo, Brian acepta, pero no aclara que irá hasta que termine el juego.
Brian adora las alturas y repudia a su progenitor con el típico amor despechado del hijo abandonado; prefiere el país del taco con chile al paraíso de los dólares. Le agradan las alturas y trepar hasta sitios riesgosos.
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Cuando Juancho despierta ha transcurrido el tiempo y está mareado. Una vez sintió algo semejante. La cuerda salvadora trae la sensación de un alambre de púas mordiendo su pantorrilla. Comienza a lamentarse con suavidad, aunque debería gritar y lo haría si no estuviera vedado para su garganta.
“No grites, no llores —le tundía su padre a cintarazos, cuando lo reprendía por cualquier falta menor— que no es de machos.” “No grites, no llores —le tundía su madre con una riata húmeda, si la colmaba— que no es de Dios.” La progenitora lo amenazaba también con el Altísimo y las llamas del infierno; él le daba a comer una salsa de chiles serranos y le mostraba los huecos de los dientes que le tumbó su abuelo a bofetadas disciplinarias. 
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Cuando niño, su señor padre lo dobló a golpes de cinturón cuando le informó a que no sería servidor de la iglesia. No fue un día afortunado para Juancho, era peligroso contradecirlo cuando su padre regresaba alcoholizado tras la faena en la milpa:
—Usté, carajo, se va a volver santo, aunque le cueste el pellejo.
El sacerdote planeó desquitarse de ese chico tan bocón y les sugiere a un grupo de adolescentes que sería excelente colgarlo de un árbol un rato para quitarle lo mal hablado. En una vereda solitaria, entre cinco chicos han sorprendido a Juancho y, colgado de cabeza, lo amarran a un árbol pirul. Lo zarandean y amenazan:
—Andas ofendiendo al señor cura y te irás al infierno; si no te arrepientes nadie te bajará del árbol, así que comienza a rezar el padrenuestro.
Esa temporada era muy seca, los rapaces patearon el suelo y esparcieron mucho polvo blanco al amarrarlo con una cuerda gruesa. Lanzaron el otro extremo de la cuerda sobre la rama más nudosa y torcida, y lo jalaron para dejarlo boca abajo. Lo abofetearon hasta que comenzó a rezar, así de cabeza sentía que el universo daba vueltas:
—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea…
Cuando dejó de verlos se calló, entonces uno regresó y le lanzó una piedra cerca, amenazándolo si dejaba de rezar. El sitio quedó abandonado; el rezo se convirtió en murmullo incoherente y pasaron las horas. Al atardecer lo miró un arriero y pensó: “Ese murciélago está muy grande para quedar amarrado en ese pirul.”
Cuando el arriero lo bajó Juancho estaba deshidratado, con los labios secos y la conciencia extraviada. Desvariaba mientas el adulto mojaba su boca con agua extraída de una jícara:
—Hay que cuidarse del sol en el verano.
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Colgado bajo el andamio del edificio moderno, la lluvia y el frío corren por su cuerpo, las manos están entumidas y no responden. Intenta doblar el torso y alcanzar el andamio. Cualquier esfuerzo es inútil. Poco a poco, comprende que está atrapado y sin remedio. Se encomienda a los santos y a la virgen, pero le habían fallada: la medallita milagrosa al cuello se ha caído junto con las cubetas. Un cuello vacío y los bolsillos también. El nudo en la garganta, nada más le permite proferir sonidos leves. La cuerda salvadora, irónicamente, le va abriendo la carne conforme él se agita e intenta liberarse.
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Mariagna Zeo, cantante pop, recibe una llamada desesperada de su sirvienta, Juanita Jalalpa, avisando que su hermano está malherido, pero como acababa de entrar a trabajar no lo quieren atender los médicos de la seguridad social, porque no completaron sus trámites:
—Va a perder su pierna, si no lo curan.  ¿Qué hacemos?
La cantante piensa “Me salen hijos por donde quiera, pero nunca son míos” y, mientras la peina una asistente, responde:
—Te mando al chofer, a ver qué se me ocurre, que él te ayude. Yo todavía tengo grabación de un video y tardaré hasta bien entrada la noche; en cuanto tenga un respiro te llamo y a ver qué se me ocurre.
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El chofer alguna vez sirvió de paramédico y entiende de accidentes. Una alegría curiosa se expande por los pulmones de Torcuato el chofer, cuando tiene oportunidad de correr el auto ajeno por una buena causa. Rechina llantas, presiona a los vehículos lentos, rebasa por la izquierda y derecha, se salta las luces amarillas y hasta algunas rojas. Llega al hospital público de la avenida Copilco, con ganas de gritar y hasta de pelear. Aparca el auto y corre hasta la zona de urgencias, donde las ambulancias (viejas conocidas) entran y salen. Olores mixtos de ácidos, esencias médicas, limpiadores agrios y humores de los cuerpos heridos. Quejidos de los enfermos… es la zona de urgencias; ahí estabilizan a Juancho, pues no lo lanzan a la calle por protocolo, pero su curación exige algo mejor que sueros.  Alrededor hay decenas de familiares ansiosos esperando noticias sobre sus propios enfermos.
Al mismo tiempo que Torcuato, llega un viejo agonizante y el camillero que lo conduce grita a una enfermera que los dejen pasar de inmediato o se muere; abren una puerta abatible y desparecen. El chofer siente ese aroma a muerte inminente y busca a Juanita. Ella está arrodillada junto a una camilla con suero y el cuerpo del hermano tendido.
—¿Qué tiene?
Sollozando ella explica el problema de la pierna del hermano menor:
—Dicen que lo único que queda es cortarla.
El chofer niega con la cabeza y cree que es una opinión a la ligera. Observa los tejidos sangrados y un descoyuntamiento, quizá haya también fractura interna, pero su experiencia va en contra de tal dictamen superficial. Como sea, se niegan a atenderlo sin los papeles del empleo arreglados. Comienza a preguntar entre enfermeras y camilleros quienes le explican que no lo sacarán de urgencias, solamente lo seguirán estabilizando con suero y sangre.
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Mariagna Zeo entona y tararea preparándose para filmar su video musical, entonces brota una idea. El diputado Monrovio que la pretende insistentemente quizá logre que hospitalicen al hermano herido.
—Pero Mariagna, vas a aceptarme una invitación a cenar —condiciona el diputado— que lo pedido no es tan sencillo… como que me hace falta motivación.
—Eres un pícaro —ella sonríe, con resignación mientras evalúa el compromiso.
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Unos meses después de la hospitalización, junto a un semáforo, un joven bronceado se mece ayudado por una muleta rústica y muestra su media pierna a los automovilistas para causar lástima. Sonríe tímido y agacha la cabeza con humildad; un letrero de cartón dice “Limosnita”.
Una cuadra antes un adulto moreno se bambolea ayudando por otra muleta rústica, muestra su media pierna, desde la distancia parece idéntica a la serruchada, pero está falseada: la pantorrilla doblada hábilmente, contra el muslo y cubierta por un cucurucho rústico. El letrero de cartón también es idéntico: “Limosnita”.
La hermana mayor, Juanita Jalalpa, se ha enterado que su Juancho está de pedigüeño en las calles. Ha sermoneado, rogado y pagado una pequeña cantidad a un patrullero para que detenga al hermano rengo de la avenida. El patrullero del vehículo 5448, por las señas recibidas, no se decide a cuál detener y remitirlo con la hermana. Ante la duda opta por amagar a los dos ejemplares de una misma causa. Primero, hostiga y detiene al de la lesión falsa, colocándolo en la parte de atrás de la patrulla, dentro de la jaula metálica cerrada. Después detiene al hermanito, aunque no sabe cuál es a quien busca. El patrullero saca su arma y los sienta uno a lado del otro para encararlos:
—Un patachueco está mortificando a su hermana y ella odiaría que su santa madrecita se entere de que un pelado de su propia sangre anda mendigando por moneditas y causando lástima; así, que por violar el reglamento me lo voy a cargar.
El falso interrumpe y argumenta que no es justo ser detenido, él tiene experiencia en mantenerse en las calles y no es fácil de amedrentar. La discusión sube de tono y el falso alega que trae un as bajo la manga:
—Señor patrullero, yo no estoy cojo, no estoy avergonzando a mi madre, que ni tengo ya una; mire que me voy a desamarrar esta porquería.
Despierta la curiosidad, el patrullero presiona para que muestre la pierna desaparecida. El falso se quita los pantalones dentro de la patrulla, luego se libera de un cono de cuero apretado sobrepuesto al muslo y ahí surge una pierna en extremo delgada.
El patrullero:
—Hoy amanecí de Jesucristo, que ya hice caminar al lisiado —comienza a reír sin control, luego se aproxima para mirar la pierna raquítica y, sin aviso, le suelta una bofetada al tipo sin pantalones—, que te vuelva a ver que sigues timando y verás lo que es un golpe.
Juancho suplicante se defiende:
—A mí no me pegue, yo sí estoy sin una pata de verdad.
—Tú, te vas con tu hermana, que te anda buscando.
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Una vez reunidos, la hermana lo sigue regañando y, en su disculpa, argumenta Juancho: “Es que pago la pistola empeñada de nuestro señor padre; no encontré otra cosa mejor para hacer.” Cuando murió el padre la prioridad fue hacerle su funeral según las costumbres. Como ya no vivían en el pueblo, no hubo modo de conseguir padrinos que los ayudaran así que Juancho, como el hombre de la casa, pignoró lo que encontró a la mano. En la tienda de empeños, todo lo dejó perder menos la pistola que había logrado refrendar durante muchos meses, cuando encontró a un guía para obtener limosnas en la calle y juntar suficiente dinero para su plan.
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¿Pistola? Nunca antes las había usado y estaban restringidas en la ciudad. Pero Brian le debía su medallita. En parte, el tal Brian lo había salvado, pues llegó para el turno de relevo y lo encontró como precario badajo de campana. Consiguió ayuda y luego de varias horas, la ambulancia pública se llevó a Juancho malherido. Meses después de la amputación, Brian le presumió que en un balcón encontró la medallita perdida junto con cubetas y jabones tirados.
—Dame mi medallita, es milagrosa.
Brian, por broma, negó regresarla. Ante la insistencia, fingió que la buscaría; otra vez, dijo que la empeñó, y, cada vez, cambiaba sus versiones y pretextos. Para entonces Juancho estaba recuperado y la empresa de lavado de rascacielos le dio una indemnización. A Juancho le pareció una fortuna que desapareció en pocos meses, cuando vino la muerte de su madre en el pueblo. Los hermanos regresaron y cumplieron sus costumbres funerarias con nueve días de misas, comidas. Él empeñó lo que fuera para completar los gastos acostumbrados: misas diarias, mezcal a granel, cuetes en el atrio de la iglesia y el panteón, plañideras día y noche, banda de pueblo en la procesión, cervezas, coronas y ramos de flores, comidas para los parientes y curiosos, etc.
Se le ocurrió a Juancho que con la pistola recuperaría la medallita —su importancia había crecido en memoria de su madre—, que el muy cretino de Brian la escondía. El héroe se había convertido en ladrón, pues encontró la medallita perdida y, meses después, se burlaba de su auténtico propietario.
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La pistola era tan vieja que en el empeño no la consideraron un arma, sino antigüedad.
El siguiente domingo buscó a Brian, sabía que laboraba supliendo y el edificio ocupado casi solamente por oficinas, estaba semivacío. En un rincón apartado lo amenazó:
—La devuelves o te mueres.
Con sinceridad, Brian creía que la medallita no importaba y la arrumbó en el fondo de un cajón. Ahí estaba extraviada: oro olvidado entre papeles y herramientas en un cajón de madera.
—Nada más no me apuntes, que esas cosas las carga el mismo diablo; es más, acuérdate que yo estuve ahí para salvarte, y además hasta te voy a invitar a la boda.
—¿Cuál?
—La mía, que ya estaba acordada, pero mi novia quería que su papá la entregara en el altar, y como ya está difunto, pues no hay modo; entonces que se le ocurrió la solución y ya sacó del camposanto la urna con las cenizas, para que la acompañe en nuestra boda.
Juancho no entendió y exigió más aclaraciones temblando la pistola en la mano, luego Brian explicó que la familia de su novia no era católica, por eso incineraban a los muertos. Hizo una mueca Juancho al imaginar el vestido blanco de la novia y un padre encapsulado tomándola del brazo:
—¿Eso lo permite el señor cura? Suena raro —una oleada de recuerdos olvidados lo mareó, punzando y doliéndole la boca del estómago, movió la muleta que se resbaló mientas bajaba el arma, entonces soltó un disparo al piso que rebotó y atravesó la entrepierna de Brian— ay, no quise tirarte… perdóname.
Con espanto Juancho se arrodilló, suplicando al cielo que su víctima involuntaria no muriera.  Comenzó a murmurar una plegaria seca con sabor a polvo y a un planeta invertido mientras se acercaba el guardia de turno.