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miércoles, 1 de septiembre de 2010

EL GINKO: LA SITUACIÓN DE LOS ANCIANOS

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

Un buen amigo platicaba de la vejez, pues a sus 45 años recién cumplidos sentía que su juventud se alejaba, con pasos rápidos y sin regreso. Las situaciones irreversibles nos ponen a pensar, son serias y no provocan a la risa: aceptar con seriedad la vejez es reconocer que no hay escapatoria: “lo hecho, hecho está”.

Hablando socialmente, la juventud es admirada mientras la vejez es temida. El temor a la vejez se motiva porque es la última etapa de la vida, la antesala de la muerte acompañada con debilidad de salud y vigor. Sin embargo, en algunas sociedades antiguas existía un papel destacado y preciso para los ancianos; así, los ancianos tenían ganada la primera posición en el espacio de la política y de la conducción espiritual. Una huella de la importancia de los viejos en el mando aparece en el término “senado”, que en la Roma clásica era la única cámara legislativa y a la cual accedían sólo varones mayores.

En la sociedad actual, el papel ideado para el anciano es el de consumidor a título gratuito; esto sólo en el mejor de los casos, cuando una jubilación recibe una pensión razonable. La jubilación marca el papel social moderno para gratificar al anciano. Pero el concepto jubilación implica una marginación gentil, apartar de la vida útil (igual a productiva) y el paso hacia una inacción con ingresos. Incluso, la situación de jubilación como papel social, más que un premio integro, retrata una no-posición, el vacío para alguien que ha producido y luego se traslada al sillón del consumidor pasivo.

 

Con el tema de papel social indicamos una exterioridad, un diseño de posición definido desde afuera. Sin embargo, cada etapa de la vida también es un “yo soy”; forzosamente, tenemos que descubrir el “yo soy anciano”. La vejez vista desde dentro marca un problema humano, es una situación interna contrastante con la definición social, así, surge la subjetividad que asume/protesta ante su yo soy anciano. Además de definir un papel social, la condición de anciano es la irrupción de la naturaleza, la llegada irresistible y arrolladora (pero lenta) de la biología, con el extraño reloj interno que conduce al final de su marcha. Pero es la biología de la debilidad involuntaria, la decadencia irreparable de funciones, el descenso sin regreso.

 

Teoría socialista y viejo dictador

La teoría social alternativa marxista integró una propuesta global, acorde a la posición material de las clases sociales, ofreciendo esperanza de redención al ser humano en cuanto trabajador. El papel del anciano en la sociedad no resultó para el marxismo un tema interesante, pues la posición marginal del anciano para la teoría y la práctica no exigía respuestas, ni siquiera se habían planteado las preguntas. En una ironía de la historia, la perversión del marxismo protagonizada por regímenes estalinistas reinventó la problemática de la tercera edad, pero en el seno del gobierno tiránico. Por su lógica política peculiar, el estalinismo (y una gama de sus variaciones lo repite en regímenes de mando central) produce una especie de “gerontocracia”, con el gobierno acaparado por los mayores. El monopolio ilimitado del poder origina la perpetuación del mando y una especie de fosilización de los dirigentes en sus puestos; de lo cual se sigue falta de movilidad política y a un abismo generacional. Al seno de la élite política la monotemática respuesta ante la vejez fue mantener al dirigente perpetuándose; en lugar de la jubilación, el dirigente estalinista permanece encaramado en su jerarquía.

Resulta lógico, desde su punto de vista particular y egoísta, que un dirigente desee perpetuarse en el poder, pues el arribo a la jubilación no es un verdadero premio, ya que se trata de una no-posición. En el caso del gobernante “comunista” no existe obligación a la renuncia por un mecanismo eficaz de rotación; así, su respuesta privada a su necesidad de mantenerse en acción (en un papel vital) implica conservar su coto de jerarquía hasta su último aliento, el final de su capacidad biológica. Entonces el interés egoísta de los dirigentes coincide con la perpetuación de una dictadura, aunque se disfrace de “comunismo” o “interés social”.

De suyo, el poder despótico está aliado con una sicología de la paranoia, pues cualesquiera son enemigos potenciales del tirano o rey[1]. Esta tendencia se alía con el drama de la vejez, pensando en su fase final, pues las leyes naturales del universo entero conspiran para que el cuerpo desemboque en la muerte. En ese sentido, sucede una alianza entre la dictadura y la vejez; los mejores dictadores deberían ser ancianos, pues los jóvenes quedarán inmaduros en ese papel de dictador. Al final, los mecanismos naturales que derrotan al cuerpo parecerán conspiradores contra el gobernante envejecido, y ellos vencerán al jerarca. El simple transcurso del tiempo es la mejor arma de la nueva generación y es la guadaña de la naturaleza contra la dictadura[2].

 

Carácter práctico del humano y vejez

Ahora bien, no debemos de aceptar con ingenuidad el papel social del anciano, porque la “jubilación” entendida como entrada al consumo pasivo y unilateral es contraria a la esencia profunda y práctica del ser humano. La gratificación social por treinta años de labores garantizando un ingreso regular es correcta, pero debe complementarse con una inserción efectiva en una esfera de actividad reconocida. Colocar a las personas de esencia activa en una pasividad completa, únicamente ligadas al consumo, implica simular una “antesala de la muerte”, una especia de salón de inactividad preparatorio a la inacción absoluta y emblema de la muerte.

 

Una vez que se reconoce un ingreso de tipo jubilación, ese “júbilo” por un ingreso garantizado debe acompañarse de la alegría por una actividad satisfactoria. Los campos político, ético, educativo y otros están en armonía con la acumulación de experiencias. Claro, que el papel político del anciano no debe surgir en una dictadura, sino en un sistema con derechos universales. La gerontocracia estalinista fue, entre otras cosas, resultado de una falta de diseño y aceptación de contradicciones sociales en curso, de tal manera que intereses egoístas del jerarca se desbordaron y extrapolaron. La intervención de personas con “cabecitas blancas” en la política no es un peligro, sino una ventaja, según el tipo de poder de cual se envistan, como sucedió con los senadores romanos y el “consejo de ancianos” de las tribus.

El papel educativo de las personas mayores es evidente como resultado de la acumulación de experiencias. El papel proclive a la intervención moral o religiosa del anciano también es evidente, pues toda religión incluye la respuesta ante el problema de la muerte; ad obvium, que el ocaso de la vida es el momento para reflexionar sobre el modo de salir.

 

Mantenerse activos y Universidad de la Tercera Edad

Como reformas parciales que pudieran aliviar los tormentos de la vejez improductiva se puede contar una gran variedad de iniciativas. Se debería analizar el retiro paulatino de actividades por medio de tiempos parciales o días sueltos de labor, cuidando las maniobras sobre los ingresos, porque el objetivo sería “ingreso de retiro completo” más horas extras por trabajo efectivo. Existe una gran diferencia cualitativa entre el retiro total (aparentemente más protector) y un retiro parcial, en especial, desde el punto de vista subjetivo. También debería quedar organizado y codificado un proceso alternativo para re-capacitarse y aprovechar experiencias en campos relativos o distintos a su labor previa, sin caer en mera ociosidad de bricolage (talleres de manualidades). En ese tenor de ideas, se podría instituir una Universidad de la Tercera Edad[3] que aprovechara las capacidades previas para generar nuevas actividades, actualizaciones, posgrados, etc.

 

 

Fondo ideológico dramático

Por mucho que se evalúe y se revalúe el papel social del anciano, todavía queda por abordar la reflexión interior. El telón de fondo ideológico del dramatismo atribuido a la vejez se sostiene en la falta de convicción de que exista una vida mejor después de la muerte. La vejez es pesada carga porque establece la antesala de la muerte; por eso no configura una situación curable sino una “cadena perpetua” que finaliza en la tumba. Los pueblos que creen más fervorosamente en una vida posterior, manifiestan una mejor adaptación ante la adversidad de la vejez. Sin embargo, no se propone una institución de jubilación en base a una ideología que ya no existe. Mejorar la situación de los ancianos, independientemente, de sus esperanzas resulta una tarea significativa y con un sustento realista. 

 

La sonrisa del árbol longevo

Por su longevidad los árboles milenarios son el símbolo de la vejez. Adicionalmente, en China al Ginko se le encontraron virtudes para prolongar la vida y mejorar la salud de los ancianos, y por eso ha sido su emblema. Sin embargo, el proceso de la vejez humana levanta escenarios de cambios desagradables y ese ocaso de la existencia pareciera tomarnos por sorpresa, sin preparación ni guía. Los árboles perduran y envejecen sin evidenciar los estragos de Cronos; su silencio tranquilo hasta su hora final ofrece un emblema de esa entereza, sin angustia ni dolores, que quisiéramos lograr para nuestra propia vejez.

 

 NOTAS:

 



[1] Cf. CANETTI, Elías, Masa y poder.

[2]”la muerte es el triunfo de la especie sobre el individuo”. MARX, Karl, Manuscritos económico-filosóficos de1844.

[3] El original de este texto es de 1998, y varios años después en la Ciudad de México se instituyó una versión llamada “Universidad de la Tercera Edad”, donde se imparten diversos cursos bajo la tutela del gobierno local.

jueves, 3 de junio de 2010

EL CONSUMO COMO SIGNO EN BAUDRILLARD


Por Carlos Valdés Martín

La tendencia a sistematizar en una Teoría General

Leyendo las “conclusiones” de la obra El Sistema de los Objetos, nos encontramos con la operación de generalización suprema donde el estudio particular se convierte en Teoría General con mayúsculas. Y desde hace tiempo nos encontramos que un teórico francés equivale a un creador de teorías completas y redondas. Por algún gusto nacional (o quizá será por una tendencia de pensamiento) los teóricos nativos de Francia, propenden a convertir sus observaciones particulares en una Teoría General con mayúsculas, por tanto en un sistema novedoso y omni-comprensivo, con su propia visión panorámica, aplicación universal y propuesta metodológica. A veces la novedad que ofrece el autor está delimitada, no establece una novedad tal cual, pero (compensando) sí presenta una fuerte apariencia de novedad, incluso novedad radical. Quizá hubo un visado en la frontera y mientras en el siglo XIX los sistemas de totalización filosófica-sociológica-ideológica fueron predominantemente alemanes, a partir del siglo XX los sistemas de totalización han sido más franceses, aunque sobre esta frontera surgió una anticipación y ya contamos a teóricos de lo total-social ubicados en Francia desde el siglo XIX, como Comte, Fourier y Saint Simon.

El domino del signo sobre el objeto

En síntesis El Sistema de los Objetos de Jean Baudrillard es una exploración hacia la redefinición de la relación entre el ser humano y sus objetos. Esta exploración se hace especialmente desde el signo, aunque me parece que existe una mixtura entre estructuralismo, semiótica y marxismo . Para no variar, la descripción merece ser elogiada porque es elegante y aguda, asimismo plantea la novedad: la posibilidad de una teoría social desde el signo, una semiótica convertida en sociología. Escrito con gracia y buen estilo este libro nos trae muchos buenos ratos al interpretar el “viejo mobiliario familiar” que pinta los comedores y las colecciones privadas con cualquier curiosidad, discurrir sobre la decoración moderna funcional o la visión del robot. Sin embargo, el autor no se contenta con el terreno de lo meramente descriptivo y busca arrancar una verdad trascendente al mundo de los objetos cotidianos. En parte emparentado con el marxismo, desvela la conexión entre los inocentes objetos de consumo con el sistema que les da vida, y los intereses económicos que mueven a las mercancías. Pero efectúa su propia “puesta de pié” sobre la filosofía materialista de Marx, ahora para ponerla sobre los pies del signo. En resumen  Baudrillard plantea una visión del objeto peculiar y está centrada en un sistema doble. El primer nivel, el evidente está en el objeto mismo, en su materialidad, en su cuerpo, y la relación que muestran los sujetos hacia el objeto (comprarlo, coleccionarlo, atesorarlo, usarlo con “buen gusto”, diferenciarlo...) El segundo nivel, está en el signo (o símbolo) que existe en el objeto. El objeto material significa algo, ofrece emociones, estatus, relaciones inconscientes, posición en una sociedad, códigos de comportamiento... Este segundo nivel del signo que se sobrepone a la realidad material escueta es lo interesante en el Sistema de los objetos. Se podría pensar que este doble nivel ya había sido revelado con anterioridad, ya se sabía que una medalla nunca es una simple placa de metal con garabatos, sino que representa el significado de esa insignia que revela la batalla donde un soldado participó, la jerarquía militar y el sistema de recompensas. Por eso Baudrillard quiere ir radicalmente más lejos, para definir que el signo domina y el objeto material es más bien “plastilina de su molde”.

Radicalización del consumo como manipula-significación

Para separarse de las visiones anteriores sobre el tema, Baudrillard ofrece una gradación de calidad. “El consumo no es ni una práctica material, ni una fenomenología, de la abundancia, no se define ni por el alimento que se digiere, ni por la ropa que se viste (...) sino por la organización de todo esto en sustancia significante; es la totalidad virtual de todos los objetos y mensajes constituidos desde ahora en un discurso más o menos coherente. En cuanto que tiene un sentido, el consumo es una actividad de manipulación sistemática de signos.” Pero esto se dice en un sentido estricto. Antes de la sociedad presente, se afirma que no existió el consumo (en esta definición), antes hubo proceso de satisfacción de necesidades y ahora ya no existe eso. Lo de antes no era todavía consumo. “Las fiestas ‘primitivas’, la prodigalidad del señor feudal, el lujo burgués del siglo XIX no son consumo” Para esta nueva definición de “consumo” lo que se consume no corresponde a la materia de las cosas, sino su sistema de signos, pues es “la idea de la relación lo que se consume”. De cierta manera, en su tarea Baudrillard se insinúa tributario de Marx, indicando que “Tocamos aquí, en su culminación, la lógica formal de la mercancía analizada por Marx” . Sin embargo, es una puesta de cabeza del materialismo por el idealismo, la filosofía antagónica al alemán . “Esto define al consumo como una práctica idealista total, sistemática que rebasa sobradamente la relación con los objetos y la relación de interindividual, para extenderse a todos los registros de la historia, de la comunicación y de la cultura” Lo indicado parecería ser la crítica de la ideología, que toma por ideal lo material como Marx, pero no es así, al contrario, Baudrillard indica que lo ideal del consumo ocupa el lugar de lo material, desplazándolo definitivamente. Dice que no se está consumiendo la materia de los objetos, sino otra cosa ¿Qué cosa? Adelante lo veremos.

Que ya no se consume el alimento sino su significado

La realidad del ser humano está desdoblada. Por abajo una materialidad, que ya perdió su significado, por arriba el sistema de los signos (el universo de la semiótica, de los símbolos, la manipulación social), que ahora abarca entera a la realidad. Nos indica Baudrillard hacia un panorama de este tipo: antes había materia como un mar sobre el que flotaban una islas de significado, ahora las islas cubrieron completamente el mar, que se volvió un río subterráneo insubstancial. Por ejemplo, esta situación intenta explicar la compulsión al consumo. “Si el consumo parece ser incontenible, es precisamente porque es una práctica idealista total que no tiene nada que ver (más allá de un determinado umbral) con la satisfacción de necesidades, ni con el principio de realidad.” Pero la acotación del entre paréntesis es lo que decían los anteriores autores, los que colocaban el significado como un fenómeno sin el privilegio (o la dominancia aparente de la ideología ), y Baudrillard quiere estatuir una teoría general donde el privilegio plenipotenciario le corresponda al signo. La acotación entre paréntesis de la cita anterior únicamente es una elusión de su propio exceso, un breve respiro en la línea de su pensamiento. La novedad que ofrece es que “la práctica idealista total” ha devorado a la práctica materialista total. Lo ofrece como la “novedad de la sociedad de consumo” y no como la existencia de siempre, hoy ofrece la novedad. Por práctica idealista total debe entenderse que la producción del signo ha devorado a la totalidad social, el capitalismo mercantil ha lanzado un mar de mercancías que cubren el globo y su verdad como mercancías radica en su servicio como signos (de estatus, de referencia, de necesidades sustituidas por publicidad, etc.). De Marx toma la plétora de mercancías dominando a la sociedad y operando como medio de dominación del capital, pero ahora la dominación se ha convertido en una costra de nueva realidad y esta teoría general nos dice que el cuerpo material de la producción está subsumido en otra materialidad, la “piel exterior” del signo ha devorado al anterior mundo material.
El balance entre materia natural y materia social de Marx se ha modificado para ofrecernos el desbalance entre materia natural (necesidad sometida y dominada) y idealidad del signo (una necesidad de otro orden) como nuevo mundo social, según Baudrillard. Aquí me parece que se presenta un marcado desequilibrio de la teorización misma. Como teoría del signo, resumiendo, la teoría de Baudrillard es la teoría del discurso, y el nuevo dominio que ofrece el es dominio del discurso (económico-social) sobre las cosas (el sistema de los objetos) y los seres humanos. Al dominio de los objetos, con Marx podemos llamarlo fetiche . El fetiche del signo para Baudrillard resulta el dominador completo, sin embargo, por su matiz marxista (que mantiene) pareciera que la causa principal está en otro terreno, en el terreno de la producción material de mercancías. Este dominio del signo debería ser consistente como dependiente (o contra-dependiente) con su origen, pero en Baudrillard se ha vuelto autónomo. El signo, universalizado como sistema de los objetos se ha vuelto autónomo y ahora domina a la totalidad social. ¿Dónde está el sujeto activo de este proceso? Como buen argumento estructuralista pareciera responder que el sujeto no existe, sino que tenemos una estructura (el sistema de los objetos) que domina por sí mismo. Y la causa primera (o misma), si fuera el sistema de producción capitalista ya no tendría relevancia, pues ha sido sustituida por la estructura (el sistema de los objetos). Como crítica, se puede apuntar que si la causa carece de interioridad con la consecuencia, la consecuencia no resulta relevante. Faltaría redondear el argumento.

El proyecto de vida hacia la totalidad es la frustración y su objeto de deseo es la realidad ausente
Al redondear sobre la necesidad de satisfacen los objetos signos en su totalidad, se va hacia una hipótesis de abstracción sorprendente. Siguiendo al existencialismo denuncia, que el proyecto de los seres humanos ha desaparecido, pues “ya no hay proyecto, no hay más que objetos” . El proyecto de vivir de los seres humanos ha hecho agua, fracasado en la sociedad mercantil, y los objetos son sucedáneos de la necesidad en vez de satisfactores de la necesidad. “El proyecto mismo de vivir, fragmentado, decepcionado, significado, se reanuda y se reanima en los objetos sucesivos” Pero el resultado de esta reanimación del proyecto de vivir sobre los objetos es una breve respiración artificial, que deriva hacia el fracaso. El vacío absoluto del proyecto de vivir se restablece después de cada consumo del objeto-signo. Pero, además (quizá en una línea de herencia de Lukács o de otro partidario de la totalidad como verdad suprema de la existencia humana), el proyecto de vida en Baudrillard ha de remontar a un hambre de totalidad, entendiéndose que un proyecto de vida es querer la totalidad de la vida. Entonces lo que debe satisfacer los objetos-signo es la “totalidad” de la vida, cuestión imposible de cumplir, tal como lo expresa el párrafo final del texto. “De la exigencia decepcionada de totalidad que se encuentra en el fondo del proyecto surge el proceso sistemático e indefinido de consumo. Los objetos signo, en su idealidad, son equivalentes y pueden multiplicarse infinitamente: es preciso que lo puedan hacer para llenar, a cada momento, una realidad ausente. Finalmente, porque el consumo se funda en una falta o carencia es incontenible.” En el fondo está una afirmación muy importante, que Baudrillard no se toma la molestia de demostrar en el texto, sino simplemente la suelta a manera de conclusión. La afirmación importante es que el proyecto de vivir significa exigencia de totalidad, de acceso a la “realidad total”. Sería muy interesante un planteamiento de esto ¿el individuo accede directamente al todo (mediante la ascensión de la conciencia filosófica como en Hegel)? ¿existe una mediación privilegiada en una clase proletaria (como en Lukács)? ¿la Revolución es el medio de acceso a la totalidad? Incluso la necesidad de la totalidad por el individuo resulta cuestionable pues ¿cada quien necesita de la totalidad y del mismo modo? Incluso el planteamiento pareciera indicar ya una negativa. Además de cuestionar esa afirmación importante, también debemos de cuestionar lo que se nos ofrece como la ausencia. Baudrillard dice que los objetos se multiplican por efecto de una ausencia, que la necesidad de restituir el proyecto de vida hacia una totalidad implica una ausencia de la realidad misma. Nos indica que la costra del sistema de los objetos se multiplica al infinito y que del otro lado queda una falta de realidad. Entonces la realidad se ha escapado por todos lados, pero nos preguntamos si escapa para la vida cotidiana de los seres humanos o sólo para esta construcción teórica. Ya vimos que Baudrillard afirma: que la costra del signo se ha convertido en mar, y bajo ese mar de la cosa-signo quedó hundida la materialidad. La materialidad remitirá a esa realidad ausente, inaccesible a la costra idealista, pero también podría ser cualquier entelequia. Con Baudrillard quedamos colocados como con la filosofía kantiana , que distingue entre la cosa cognoscible y la cosa en sí, que está más allá de nuestra percepción y conciencia; pero es el teórico (Kant hace dos siglos, Baudrillard ahora) quien dejó el enorme territorio de la realidad más allá del alcance y la convierte en el noúmeno imposible para los seres humanos. Desde la sociología del signo se arriba a una variación kantiana radicalizada, lo real resulta inaccesible a las personas, los consumidores habitan el limitado fenómeno, pero siempre quedarán insatisfechos, hambrientos de una realidad (auténtica totalidad) sobre la que permanecen ignorándolo todo .

Explicar la densidad del signo

Ahora bien, el evento señalado insistentemente por Baudrillard de un incremento de la cantidad, densidad e intensidad del signo (la amplia selva de los simbolismos y los significados culturales) me parece un hecho irrefutable. No estoy cuestionando la existencia de ese acontecimiento, uno de los más notables de la llamada posmodernidad, y justamente un eje sobre el cual giran las discusiones sobre la nueva sociedad. Bajo distintas variaciones las definiciones y refutaciones de la “posmodernidad” se relacionan con esa compleja realidad de una irrupción masiva de esa costra de significantes. Entonces, mi insistencia no va en el sentido de demeritar el acontecimiento, sino en buscar explicaciones alternativas. Creo que la producción material sigue siendo un hilo de Ariadna para escapar del laberinto de las apariencias, pero debemos revitalizar este concepto de producción material, y entender que la producción de la realidad no se reduce ni se centra en elaboración de objetos mercantiles simples, sino que la producción genera objetos culturales y simbólicos complejos, y que la producción misma representa un proceso de alto contenido intelectual (simbólico, cultural, significativo, etc.). La producción crea una materialidad humana compleja, no se contenta (y cada vez más) con entregar una cosa simple (un dispositivo cósico) de consumo, sino que integra una entidad social (en una síntesis de múltiples determinaciones) que hace vórtice con la entidad individual (otra síntesis de múltiples determinantes); entonces en ese sentido, la producción misma también es un fenómeno altamente “idealista”, denso de ideas y de desprendimientos ideológicos. Y no me parece viable sostener, que se mantiene otro mundo material por debajo de la costra del consumo, porque la producción y el consumo se mantienen como una realidad entera, emanada de la colectividad humana. Claro, esto no implica que el consumo sea racional y que directamente cause satisfacciones, pero sí debemos respetar la complejidad de origen y destino del proceso de producción/consumo, para alcanzar a comprenderlo. En particular, me parece que la perspectiva de Baudrillard, queda insuficiente porque ignora por completo la existencia de un sujeto (individual, grupal, social o inmediato, mediato y absoluto) generando y siendo generado en este proceso, pues finalmente el sistema de signos pareciera ir proporcionando una selvática red autógena imposible de atrapar, pero que sí resulta capaz de atrapar a los individuos-peces. Conforme la ciencia social recupere la perspectiva del sujeto, podrá integrar las complejas partes del rompecabezas individual/social en las transformaciones del siglo XXI.

domingo, 23 de mayo de 2010

LA IDEA DE LAS GENERACIONES MODERNAS, CON APLICACIÓN AL 68 MEXICANO Y LAS MENINAS


















Por Carlos Valdés Martín

El papel multifuncional de la idea de generación
Esta idea de las generaciones articula su argumentación en torno a las relaciones cambiantes del agrupo con su mundo[1]. Por medio de la idea de la generación surge un intento para resolver la antinomia (rígida, esquemática) entre las concepciones opuestas del colectivista y el individualista, el socialismo y el “privatismo”, el totalitarismo y el liberalismo. Muchos pensadores precedentes han tomado un elemento pretendiendo anular al otro, o bien encuentran ambos elementos sin conexión ni flujo, por lo que el conjunto permanece quebrado. La idea de las generaciones define un núcleo metódico en el pensamiento de José Ortega y Gasset, quien en vías de explicar la superación de tal dualidad observa: no cabe separar héroes de masa, porque la vida histórica es convivencia. En la superación de esa antinomia está la generación, que concebida como el "compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia"[2].
Una época de antagonismos generacionales fructificó en esta clase de reflexiones. En los largos periodos de acuerdo entre abuelos, padres, hijos y nietos no posee sentido encumbrar una reflexión sobre la especificidad de las generaciones. El pensamiento tribal y antiguo no tiene amplias reflexiones sobre la ruptura temporal, sino cristalizaciones de la continuidad entre padres e hijos, como el culto a los antepasados, ritos iniciáticos de pubertad y la mitología de los orígenes. Mientras la tradición parezca sagrada y los pueblos veneren su pasado como la brújula a seguir invariable no se aprecian las fisuras generacionales. El pensamiento mitológico, según la clasificación de Eliade implica que el tiempo se desplaza entre fundaciones y emanaciones; primero un inicio completo del tiempo, sigue su emanación y termina en un agónico final (modelo biológico) de tal manera que no existe una efectiva acumulación lineal del tiempo, por más que los calendarios cuenten años transcurridos[3]. En una cronología mítica no existe espacio para observar las variaciones generacionales, únicamente dioses, avatares y héroes colocan una muesca en la gran rueda del ciclo cósmico. Ya sea en estructuras tribales, continuidad de grupos venerando sus costumbres o un tiempo mítico, en ninguna de esas circunstancias opera con eficacia el desdoblamiento generacional.
Si bien, el fenómeno resulta anterior y acontecieron roces generacionales entre ciudadanos de las polis griegas o entre inquietos renacentistas, su efectiva vigencia es posterior. El principio de siglo XX ya marcó con claridad una época de los antagonismos generacionales. La Primera Guerra Mundial ha sido descrita, en un aspecto importante de las confrontaciones militares, cuando se comenta la frialdad con la que los ancianos mariscales enviaban a la tumba a las juventudes en base a la necedad táctica de enfilar cargas de infantería descubierta contra las ametralladoras anidadas en trincheras. La guerra de trincheras, mandada por los militares ancianos que sacrificaban alegremente a la juventud de su país contra la del país enemigo, marcaba la sepultura de la unidad generacional. Esa guerra no era la primera ocasión en la historia en que los viejos militares sacrifican a los hijos de su patria en aras de Marte, pero nunca antes aconteció de un modo tan mecánico y absurdo, donde a eso se agrega una aceleración del tiempo histórico, rasgo significativo de la modernidad. El sello moderno del presente se modifica en la progenie. Este modernismo y ruptura de generaciones contrasta con el pasado, aunque exista ya el fenómeno en semilla, por ejemplo, en la antigua Roma, el mundo de los viejos generales romanos y el de los jóvenes soldados era uno y el mismo, se acunaba entre ellos una solidaridad muy profunda; la diferencia mínima entre unos y otros se reducía a los nuevos cuerpos acuñando en el troquel de una realidad inalterada. Poco conocidos y reconocidos por la historia, pero sí existieron conflictos de tipo generacional entre los antiguos romanos según relata Tito Livio[4], pero tales diferencias no cristalizaron en grandes pliegues espirituales, en estrictas generaciones perfectamente delineadas como sucede en la modernidad.  Esa continuidad estricta de más de lo mismo (una generación calcando a la anterior colectivamente) no ocurre en el presente y ya no volvería a ocurrir.

La idea ordinaria sobre la generación, resulta un pálido esqueleto cuando se compara con el fermento que nos regala el razonamiento de Ortega. La relación meramente reproductiva que confronta a padres e hijos no indica el ritmo (la música y compás) de la historia, por eso nos señala un hecho y no una explicación. Se requiere de amplitud de miras para que la generación delinee el nudo que ata la cuerda entre el individuo y la masa, la minoría y la plebe, el pasado y el porvenir, el presente y sus posibilidades, la sensibilidad y la razón, la vida y la cultura.
El arte de la explicación racional, en efecto requiere de atar los nudos de los polos contrarios, siendo posible mostrar la conexión oculta entre lo que hace colisión en la superficie engañosa. A través de la generación nos obligamos a liarnos con el sentido del presente, lo que Ortega llamó "el tema de nuestro tiempo".

El ciclo de la generación
Ante todo la idea de la generación sirve para revelar un cambio colectivo, que se presenta simultáneamente. En la superficie, de repente, se presenta un cambio en la sensibilidad. Al mismo tiempo y como “puestos de acuerdo”, los hijos muestran distinta sensibilidad, que abarca todos los ámbitos de la vida y completos a los miembros de cada sociedad, tanto las minorías como a las muchedumbres. La sensibilidad común entre los pocos y los muchos permite su entendimiento, en base a un común denominador que el pensador indica como la “altitud vital”, la disposición a la respuesta ante los desafíos del mundo.

La natural renovación biológica presenta un cambio de personas de acuerdo a un periodo aproximado de quince años, correlacionando los procesos de madurez biológica y psíquica. Estableciendo una correspondencia aritmética dividimos los periodos de vida como sigue:
            Infancia          0-15 años
            Juventud         15-30 años
            Madurez         30-45 años
            Vejez              45-60 años
Este cuadro no pretende establecer un ciclo individual de vida, sino armonizar la base biológica con la idea de que el conjunto de miembros de una sociedad capta simultáneamente su mundo, estableciendo un lazo sensible frente a los predecesores y sucesores, frente a los cuales no existe ese lazo horizontal (sincrónico) sino una conexión frontal (diacrónica). Y por esa conexión frontal (infancia frente a juventud, madurez y vejez, juventud frente a infancia, madurez y vejez…) se determinaría una mutua exclusión de vivencias y perspectivas, por ser el otro corte generacional. Encontramos simultáneamente varias edades, con distintos momentos biológicos con la convivencia de cuatro tipos de grupos. Digamos que tal convivencia integra o debe de hacerlo entre los segmentos, pero contiene un factor impermeable, por ejemplo los niños no cuentan cuentos de niños; las generaciones mayores poseen nostalgia creciente e ideas más fijas, etc.

Especulaciones sobre las divisiones de quince años
Si bien, en la perspectiva moderna tales divisiones en periodos de quince años suenan a una aproximación sensata, también debemos observar que en otras sociedades el tiempo de maduración varía enormemente. Observadores de la historia, la psicología y la sociología notan que el periodo de maduración varía enormemente. El matrimonio temprano ha sido un factor típico en sociedades agrarias y esa reproducción temprana se especula como de grandes consecuencias en la formación psíquica[5]. Se ha anotado que en la Edad Media al niño se le trata como un hombre pequeño y no se aceptaba un periodo de esparcimiento y juegos, sino una transición rápida a las responsabilidades laborales, empezando por casa[6].
Entonces, siendo un factor variable esa división temporal entre las generaciones, al menos creo interesante su validación, como una posición. En especial la cualidad del tiempo de cada una de las edades humanas con su ritmo y significado resulta interesante en la interpretación de las generaciones. Veamos. Infancia: cambios rápidos, casi no percibidos, sin acumulación captada, opera en el presente perpetuo, la eternidad del ahora, sin pasado ni porvenir, pero engarzada en un ritmo del cambio de ánimo veloz sin transiciones; además pareciera que no existe una clara autoconciencia, por tanto la alta tasa de cambios no se acompaña por la percepción clara de los mismos; intensidad suprema en el ahora, predominio de las emociones sobre los argumentos. Juventud: cambios rápidos con inicio de conciencia de ellos, donde la conciencia puede aparecer tan intensa que desconcierta (por ejemplo, vocaciones heroicas increíbles, el “niño héroe” es un joven heroico; aparición del futuro en la consideración del horizonte temporal; vivencia clara de los saltos casi sin continuidad, dramatismo del cambio, el tiempo de las crisis y las metamorfosis; dominio del presente como urgencia, plenitud del ritmo acelerado, clímax de la vitalidad; surgen sorprendentes capacidades, nace la proeza. Madurez: estabilización de los cambios como tendencia, aparición de la percepción de la acumulación; adquisición de la compleja triple vista sobre el tiempo (la “tri-temporalidad” de pasado-presente-futuro); primera conciencia del pasado perdido (el paraíso perdido de la inocencia[7]); sentido de la normalidad de ese ritmo; rechazo sobre los otros ritmos previos de la existencia; surgimiento de un estado de plenas fuerzas (el narcisismo del maduro); la eternidad captada como acumulación o realización presente. Vejez: entrada en el ritmo descendente o pausado, reducción de la vitalidad; tendencia extrema hacia la acumulación (la divisa de conservar, guardar, atesorar, recordar); cambio lento, que se trata de ignorar por resistencia a la muerte; la eternidad concebida preferentemente como el más allá, anhelo de otra vida; mirada hacia atrás, dominio de la nostalgia. El conflicto generacional, en parte, se puede interpretar en base al choque de tales tiempos contrapuestos de infancia, juventud, madurez y vejez. Cada generación concebida en su conjunto único la podemos ubicar como un pliegue en el tiempo, una oleada sobre una superficie de contrapuestos ritmos de vida y percepciones temporales discordantes.

Producción de personas, de cosas y generaciones
La visión corriente y casi unánime del marxismo se desentiende de la sutileza de la producción de las personas, porque la misma complejidad de la reproducción (como nos los permite el idioma español) implica una entidad más compleja, ya que la objetividad del producir, resulta relativizada por las intrincadas mediaciones de las biología y la formación de las personas. Si bien, el tema de la reproducción fue tratado ampliamente por la obra tardía de Engels, la situación de permanecer centrada en algunos aspectos políticos, como la creación del Estado y su evolución, así como el énfasis en las instituciones familiares, dejó de lado el aspecto obvio de la creación de las colectividades humanas[8]. En ese sentido, la visión ordinaria marxista fue una teoría de la producción de los sujetos mediante las condiciones de producción (del tipo fábrica, salarios, nivel de ingresos, explotación…) dejando de lado la reproducción de personas, tanto en el nivel inmediato (lazos consanguíneos, población) como mediato (grupos nacionales, idiomáticos, identidades colectivas…). Ese desequilibrio significó que Ortega y Gasset parece un rival intelectual completamente ajeno a las visiones del materialismo histórico, pero hecha tal apreciación comprendemos inmediatamente, que el tema de las generaciones era importante para cubrir el panorama de la forja de los sujetos sociales, donde la simple producción de una masa poblacional en un tiempo, recibe una compleja impronta emanada de la relación entre las edades y la situación social, estableciendo un proceso productivo doble (el entorno concreto produciendo las sensibilidades colectivas, y los grupos produciendo un entorno conforme a sus tendencias).  Comprender las generaciones aporta tanto vitalidad (conexión con un flujo cambiante del acontecer que se liga con las personas) como agrupamiento (al simultaneidad de un nosotros, desagregado pero realista) a la comprensión de un horizonte social.

Las deficiencias en la visión de generaciones empíricas
Esto significa que la visión de las generaciones es una aportación importante al conocimiento social, pero esta aceptación de entrada no significa que siempre las interpretaciones sociológicas en base a generaciones sean teórica y empíricamente correctas. Varias descripciones empíricas pecan de localismo (proyectado sobre el mundo) junto con agregados empíricos sin conexión alguna, por ejemplo las definiciones de “Baby Boomers”, “Generación X” y “Y”, no están centradas en la entidad colectiva, la autodefinición (la producción al interior del colectivo) del grupo humano en el tiempo, sino por eventos de su entorno o rasgos demasiado generales (hasta cortes de fechas arbitrarios), sin especificidad para su generación. En definitiva y en descargo de tales visiones empíricas, el medio más sencillo para clasificar opera en base a eventos empíricos, pues su existencia parece incuestionable (sucedió esto y aquello en tal fecha), pero un evento histórico está relacionado indirectamente con la población, depende de la interpretación. En ese sentido, no es tanto la guerra o el terror sino la experiencia masiva de las mismas de acuerdo al “ser de la generación”, lo que importa; depende del contexto humano (la tesitura de sensibilidad colectiva) que esa guerra sea posible y el modo de su interpretación. Las guerras de intervención extranjera para la opinión pública de Estados Unidos parecían irrelevantes (enfoque pacifista anterior) o heroicas (enfoque belicista previo), hasta que se modifica la sensibilidad de la generación, y surge un repudio intenso contra el imperialismo norteamericano surgido en la juventud; entonces en esa coyuntura observamos la nueva sensibilidad de una generación. A través de la contextura interna de la generación se define el evento (Guerra de Vietnam) como el hito que relaciona una generación en su experiencia colectiva.
Y en particular, cada generación debe ser descubierta como actor de su historia, pues no existen más protagonistas (las cuatro generaciones entrelazadas) a los cuales recurrir. Ahora bien, las generaciones son otra manera de entrelazar la entidad colectiva, pues también están presentes las otras dimensiones como la producción material, los fenómenos sociales de otro tipo como lo nacional, cultural, bélico, etc. 

El sándwich del tiempo
En esta perspectiva el aspecto que importa más es la sucesión de convivencia de los grupos humanos, quienes comparten una lucha en tres tiempos: pasado, presente y futuro. El grupo de los nacidos en un periodo simultáneo cuenta con su propia espontaneidad, forjada sobre el terreno de su situación colectiva no repetible, lo que de inmediato define su sensibilidad (explosiva y rebelde, retraída y conservadora, sutil y elocuente, aguerrida e irreflexiva, etc.) Se vive como en un sándwich entre lo que: “ya fue”, “es” y “será”. Brotando desde la semilla del pasado reciben un legado, sobre el cual establecen su continuidad o ruptura.
En general, toda la historia humana es una relación entre premisas y proceso productivo, entre condiciones recibidas por la naturaleza y el trabajo previo, llamado trabajo muerto[9] y las finalidades presentes de los sujetos, que modifican el mundo material. Esa relación general entre trabajo muerto como la premisa del trabajo vivo es insuperable para la historia, pues define su condición misma de posibilidad; es decir, el trabajo pretérito resulta la premisa sine qua non[10]. Sin embargo, en las sociedades de escasez (digamos todas lo han sido[11]) esa relación se convierte en una pesadilla de continuidad involuntaria, una pesadilla donde el pasado domina sobre el presente. Esa doble relación fue puesta como paradoja por Marx ante el fenómeno más llamativo del siglo XIX: las revoluciones burguesas. Cuando los líderes de las revoluciones burguesas están acelerando las condiciones de vida social "conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado", pero cumplieron la misión de su tiempo, por lo que "En esas revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas". En términos de Ortega esas son las épocas de heterogeneidad, incluso aparecen como lobos con disfraz de cordero, donde la inestabilidad en las respuestas marca cambios constantes, donde se presenta un dominio de los jóvenes que rechazan lo establecido, ponen a la moda lo antiguo pero es un disfraz y se vuelven modernizadores.
En otros casos, el mismo movimiento social repercute en la situación de esterilidad, de dominio completo del pasado sobre el presente, cuando los muertos dominan como una pesadilla el cerebro de los vivos y no los dejan existir. Ese fue el caso del segundo Napoleón enseñoreándose sobre la nación francesa, por lo que "no hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución(...) Los franceses(...) no podían sobreponerse al recuerdo napoleónico(...) No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura"[12]. En ese caso la repetición de la historia, la compulsión por repetir es perniciosa, mera caricatura o fantasmagoría, mostrando el predominio de una fe historicista y burla del calendario cíclico[13]. En términos de Ortega se trata de épocas de homogeneidad donde el modo de asimilación es repetitivo, de estabilidad, con el consiguiente dominio social de los adultos-viejos y esos son periodos seniles donde se adora la repetición y el objetivo global social pretende la restauración y consagración del pasado[14] .


En particular del 68 mexicano
Estos trazos sintéticos sobre el aspecto generacional del 68 mexicano no agotan la densidad del tema, es un esbozo sencillo donde el evento (movimiento político-social) muestra la situación generacional en México. Resultado de un periodo de urbanización y auge en el desarrollo capitalista (atrasado, con enormes deudas sociales) emerge una nueva generación, los jóvenes de 16 a 18 años en las escuelas preparatorias, y de 19 a 23 en las licenciaturas. Si sobre ese eje tomamos como centro los 20 años, hacia atrás tendremos los estudiantes del final de la escuela primaria o inicio de la secundaria (13 años) y hacia delante encontramos a los profesionistas jóvenes, muchos colocados en el mismo aparato educativo y los escalones más bajos del gobierno, hasta los 27 años. El tema del corte entre los años para considerar la generación resulta difícil y polémico, no creo exista un consenso para definir un corte temporal, cuando también existe una exigencia por lograrlo. En este caso particular, la cresta de la ola (el evento del año 1968) nos facilita el análisis al colocar la cresta de la ola, un punto más alto, en torno al cual actuaron los jóvenes de diversas edades, igualándose en el mismo movimiento.
A nivel sociológico, además de una sensibilidad común de los jóvenes urbanos (gustos musicales, tendencias anímicas, preferencias deportivas, entretenimiento, moral espontánea…), concentrados en la ciudad de México (epicentro absoluto del movimiento del 68), pero secundado por casi toda la educación superior (paros y huelgas en las demás universidades), se suman procesos de intensa convivencia. Además de la juventud común los universitarios y politécnicos mexicanos tenían dispositivos de intensa convivencia, con comedores y cafeterías universitarios, internados para los estudiantes de cada provincia, equipos deportivos y estadios de las grandes escuelas, federaciones estudiantiles… en fin una trama de convivencia e identificación del estudiantado[15].
En esa coyuntura de unificación de la generación estudiantil urbana se perfila el movimiento político social, cuando en México: “El autoritarismo acapara el futuro para una elite detentadora, y esa clausura del juego de las posibilidades futuras resulta más resentido entre la generación nueva, los jóvenes desean el “dejar hacer” de un modo más radical que los adultos, y una hambre de futuro aparece en algunas coyunturas. Para la juventud a nivel mundial el año 68 marca hambre de futuro; entre cualquier situación emergieron contingentes protestando en contra de su estatus quo, rebelándose contra pautas establecidas, para cambiar el rumbo incluso por el mero gusto de cambiarlo (…) La imagen planetaria del 68 señala un desplazamiento hacia la izquierda, pero debemos respetar la diversidad de signos posibles, tan heterogéneos como el pelo largo y el sindicalismo, como la marihuana y las marchas masivas, como las consignas y la libertad sexual. En su complejidad, el 68 mundial indica un cambio de sensibilidades y de intereses para una enorme generación, variando desde gustos musicales hasta expectativas económicas, la alteración acontece colosal. Pocos visionarios preveían tal efervescencia y despertar de tendencias nuevas entre esa generación”[16] Además, en este evento el término “ruptura generacional” adquiere una fuerza tremenda, pues la crisis de ruptura ha sido reforzada con la sangre de un martirio colectivo y ataque bárbaro contra una población indefensa. La heterogeneidad de la generación del 68 se convierte en un salto cualitativo, convertido en afán de separación, alejamiento del pasado encarnado en un gobierno autoritario. Y en este caso particular, el acontecimiento político social (un hecho) repercute sobre la sensibilidad y le otorga una robustez especial; la juventud pasa desde una sensación hasta un drama colectivo, así, la “suerte está echada” en un trance sin regreso.

Generaciones modernas
Cuando se definen ideales modernos entonces se ambiciona mantenerse a la altura del tiempo presente. Sin duda, Ortega y Gasset pretendió escalar a la altura de su época, fundirse con sus contemporáneos y encontrar una mira adecuada a su propia sensibilidad. Un individuo, por una vocación o necedad podría remar contra la corriente de su época, contrariando a sus semejantes, y entonces su gesto caería en el vacío o quedaría como profecía precursora para las lejanas centurias. El gesto de rechazo y rebeldía adquiere el rango de acontecimiento político y social de primera importancia cuando lo hace el grueso de una nueva generación, cuando el gesto sublevado lo practica el relevo de una sociedad. El motivo de un rechazo colectivo contra una sociedad previa no siempre es evidente, sobre todo causa sorpresa cuando hasta las minorías privilegiadas participan en la tarea negativa. Ese es el rasgo típico de la rebelión juvenil, una negativa al pasado, percibido como un fardo, el peso de la tradición muerta. El movimiento mundial de 1968 (paradigma de la rebelión juvenil) indicaba la irrupción de una etapa más heterogénea, donde el cambio de personas abarcaba la sustitución de sensibilidades, sin embargo, la reproducción nacional me parece pone fronteras a la formación de generaciones, las cuales no flotan entre el espacio mundial directamente, sino engarzadas dentro de su colectivo nacional. Tanto el aspecto mundial como la diversidad nacional son notables, y justamente la singularidad de las acciones políticas colectivas es su simultaneidad mundial, efecto que no se ha repetido a pesar de una mayor globalización de los mercados y las comunicaciones. Son los tiempos del extravío, donde se rompe el entendimiento generacional (incluso en el seno familiar, incluso dentro del mismo individuo), el porvenir reclama sus posesiones al presente (ambos disfrazados con ropa de jóvenes), los palacios se convierten en tumbas y los profetas creen servir como activistas de vanguardia.

Las Meninas como parálisis de la generación
Dentro del afamado retrato de Diego de Velázquez, Las Meninas, emerge pleno el efecto de parálisis generacional en la perspectiva barroca. El paso del tiempo se detiene ante la majestad de los monarcas, el tiempo se ha torcido sobre sí mismo, y no existe una visión del evolucionar, sino una complejidad del movimiento, una perplejidad donde las curvas sucesivas contienen las líneas de fuga. El barroco ya resulta hijo del Renacimiento, periodo de suyo revolucionario y desafiante, pero encapsulado por potencias resistentes, un efecto de freno colosal, capitaneado por dos instituciones implacables: religión y reino. En ese periodo se perfila la unidad de dos frenos coronando el sistema político social europeo, en fiero combate de ideas (la Contrarreforma) y el sometimiento de las libertades en un diseño de Absolutismo (ahogamiento de las libertades de los señores aristócratas, los feudos aislados y las ciudades). Si bien, el cambio social y cultural resulta imbatible, la tentativa de su coacción resulta más portentosa, y las monarquías en crescendo (en cantidad y calidad autoritaria) procuran expulsar tales tendencias hacia los confines del extranjero, como continuación de las empresas de conquista mundial y como sofisticación domesticada de las artes. En este sentido, el estilo barroco expresa la colisión de dos tendencias imbatibles: la rigidez de un nuevo medievalismo y el dinamismo de un renacimiento recargado. En la confrontación, surge un estilo, un quiebre (en el sentido de desviación perpetua) de espíritu, un aliento deslizándose entre las grietas.
Tras la prohibición (ilusoria en el fondo) de permitir las rupturas, las oleadas de ascenso se disfrazan de continuidades, y las explosiones se embozan de alientos de implosión. El genio de los artistas permite darle figura al tal complejidad de imposibles, entre la paralización última y una selva en crecimiento, así se inventan las imágenes más complejas, que entregan de contrabando cualquier contenido, incluso bajo la mirada inquisitiva de los propios soberanos.  En efecto, al ampra de los soberanos Diego de Velázquez prospera y entrega sus invenciones pletóricas de sentido. En particular, el cuadro de Las Meninas de 1656, retratando a la familia de Felipe IV, ha permitido un torrente de interpretaciones, y en este caso, nos invita a observar el tramado de las múltiples generaciones y un trato de las relaciones entre infancia, juventud, madurez y vejez escondidas en un único espacio artístico. La desconcertante afición por los enanos en la corte Habsburgo de Madrid, nos indica un juego irónico en contra del paso de las generaciones, pues el enanismo es crecimiento físico detenido, y simultáneamente representa una contraposición con la majestad absoluta de la casa monárquica, oposición desgarradora entre la desgracia natural y el encumbramiento “naturalizado”. Digo, en contra del paso generaciones, pues el enanismo es parálisis del testimonio biológico ordinario de la naturaleza, la estatura como indicador evidente de generaciones renovadas, de tal manera el sistema monárquico encuentra una primera prueba contra el paso del tiempo. La segunda prueba es la infanta, como muñeca de su familia, señal inequívoca de que la monarquía significa perpetuidad, gobierno que no admite un desafío (de persona ni de calendario), sino que esa niña-muñeca habrá de seguir una línea inquebrantable que otorga perpetuidad al reinado; esa niña (muñeca-reina) ofrece la garantía contra la caducidad y contra el cambio, es el espejo encarnado de la inmortalidad de los reyes. Entonces la infancia ya está ganada (pues no importan millones de niños en el reino, súbditos miserables en distinta escala); esta primera edad no exige de una tensión interior; la infancia (fantaseada en una hija propia) ya es complicidad absoluta con el rey absoluto; la corona se ha salvado de antemano y la sucesión está garantizada (en un sentido simbólico aunque no en un sentido legal, pues es una mujer). La juventud, ese periodo típico de las rebeldías, es el eje de la sumisión, porque eso son las meninas, las ayudantes de la infanta y se dedican a su servicio, son la encarnación de una vitalidad devota con el reino y sus atributos; la homogeneidad se ha logrado. La madurez definida como plenitud de fuerzas aparece en los atributos del artista y de los reyes; si bien, los códigos y aspiraciones sociales de los reyes representan una entidad superior a cualquier madurez. Los monarcas aspiran a una meta-madurez convertida en majestad (casi la divinidad en la tierra), y contra la cual no existe una efectiva madurez individual (en el reino nadie posee plenitud de fuerzas contra el monarca porque es su súbdito, sometido incondicional); sin embargo, en contra de tal supuesta inexistencia de madurez de los súbditos (pues si fueran maduros existiría una república de iguales) aparece deslumbrante el mensaje del artista, el mismo genio artista (la mega madurez) que se ha colado como el sublime portavoz de una realidad suprema, dando orden y sentido a una complejidad desbordante. De ahí, en fuera los demás adultos son simples espectadores, cortesanos sometidos al múltiple magnetismo de la monarquía y sus reflejos (la infanta, sus meninas, sus enanos, sus cortesanos, su artista), como los múltiples adornos que se ciñen en torno a una corona. Y, la final, por la ironía de la pintura y el tiempo, haciendo el juego con un espejo al fondo, emerge el espectador sustituyendo la posición del monarca en el espejo pintado; entonces el espectador vivo de hoy reemplaza al monarca muerto hacia siglos y nos dice que la mirada presente define al único regente de la existencia y el eje subjetivo de cualquier interpretación. Es decir, el espectador presente se convierte en la medida de todas las generaciones, maravillado ante el espectáculo complejo de ese evento imposible, convertido en obra de arte: ese intento por cristalizar al cronómetro humano dentro de un orden perfecto.

NOTAS:


[1] Cf. ORTEGA Y GASSET, José, El tema de nuestro tiempo, La rebelión de las masas, España invertebrada, La deshumanización del arte, Kant, Hegel, Dilthey. Y FERRATER MORA, José, Ortega y Gasset.
[2] ORTEGA Y GASSET, José, El tema de nuestro tiempo, Ed. Revista de Occidente, 13a. ed., 1958, Madrid, p. 7.
[3] ELIADE, Mircea, El mito del eterno retorno y Tratado de historia de las religiones.
[4] En sus Anales Tito Livio describió el cruel conflicto entre jóvenes rebeldes y la autoridad romana; los jóvenes dionisiacos, greñudos y amantes de la música estridente parecieron una amenaza al orden público. Cf. VALDÉS MARTÍN, Carlos, Revista Generación, Num. 5, p. 25.
[5] REICH, Wilhelm, La irrupción de la moral sexual.
[6] DALTON, Robert, La gran matanza de gatos …
[7] MILTON, John, Paraíso perdido.
[8] ENGELS, Friedrich, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Pocos marxistas como Jorge Veraza y Luis Arizmendi, han corregido el descuido metodológico de ignorar el aspecto reproductivo.
[9] MARX, Karl, El capital, tomo I, cap. V
[10] Esta relación no es un invento de Marx, ya aparece en la economía política clásica por ejemplo, RICARDO, David, Principios de economía política y tributación, y también existe en la perspectiva filosófica por la relación entre premisas y desarrollo en la dialéctica, por ejemplo, HEGEL, G. W. F., Fenomenología del espíritu, incisos “el yo y la apetencia”, “dialéctica del señorío y la servidumbre”.
[11] LUKÁCS, Georg, Historia y consciencia de clase.
[12] MARX, Karl, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en Marx, Engels, obras escogidas, en un tomo, Ed. Progreso, URSS, p. 95-97.
[13] La visión cotidiana también se ha ido alejando de esa visión circular, adquiriendo carta de ciudadanía la visión lineal, se observa que los términos de Marx son una burla contra quien pretende repetir la presencia de su antepasado Napoleón I.
[14] La temporalidad incluida en la generación es muy rica en sugerencias. La lectura sobre un comentario de la escuela de los Annales, nos permite alguna especulación prometedora. Braudel distingue al menos tres tiempos: 1) individual, inmediato, cronológico, de corto plazo y político, 2) social, mediano plazo, social, económico, cíclico, y 3) de largo plazo, histórico, de gran repercusión.
[15] ZERMEÑO, Sergio, México: Una democracia utópica, el movimiento estudiantil del 68.
[16] VALDÉS MARTÍN, Carlos, La forja de una nación en la historia. Desde el mediodía nacional de 1960 hasta la apertura del milenio, 3ª parte, p. 14.