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domingo, 11 de septiembre de 2016

DOBLE ORFANDAD Y LA GRIETA







Por Carlos Valdés Martín


La orfandad es un término atroz de pérdida, una desgracia cuando el ciclo de las generaciones queda cercenado por algún infortunio. Solemos advertir la situación del infante huérfano como un desamparo, que en raras ocasiones no deja secuelas, sin embargo hay excepciones. Una madre huérfana y un padre en esa condición; aun así, ambos radiantes y gustosos de vivir. La orfandad únicamente la definimos cuando sucede en la niñez, justo cuando la ausencia de alguno de los progenitores crea una pérdida y desorientación definitivas.[1]
Si ese padre hubiera preguntado qué pasaje autobiográfico evocar le hubiera recomendado uno tan crucial y doloroso que omitió. El escritor profesional hubiera recreado esto: un chico de Guadalajara, el menor de los ocho hermanos que pierde a su madre durante la alborada de los seis años, en una edad de torpezas infantiles y despertares del ensueño. Claro que fue una herida dolorosa que él evitó rememorar; prefería proyectarse hacia el pasado de las tardes soleadas de la Ciudad de la Eterna Primavera, en los ratos despreocupados junto con sus hermanos carnales y amigos relajientos. Esa ausencia materna le provocaba una herida latente —aunque enterrada por las décadas y el silencio—, bajo la superficie dérmica de artista; una herida que él evadió.
En misterioso paralelismo, mi madre también quedó huérfana a una edad tierna y, además, con la secuela de penurias económicas para esa familia. A los cuatro años de la niña, ya el patriarca del hogar provinciano, el maduro Salvador Martín pasaba a ocupar un sito en el Eterno Oriente, bajo la mirada atónita de una esposa con cinco hijos. La menor de ellos, de nombre Ruth, se quedó impávida y sin comprender que no regresaría ese padre; recordado como jovial y progresista, que había adquirido el primer automóvil en Acámbaro, Guanajuato. Esa ausencia del progenitor fue una catástrofe para la estabilidad de esa familia provinciana que, de inmediato, emigró a la capital y comenzó una metamorfosis singular. Hay almas que escapan del abismo de la adversidad y, entera aquélla familia poseía ese duro metal: la fortaleza de quienes regresan desde la crisis hasta la normalidad enarbolando una sonrisa. Contra los filos de las desgracias y la permanencia de las heridas también surgen las contrafuerzas que restablecen al bienestar; contra las heridas de la oscuridad también emergen las cicatrices y, luego de ellas, la nueva piel renacida.
A los 15 años Ruth era ya una obrera ejemplar para un laboratorio; a los 17 era una secretaria, todavía más virtuosa. Ella de modo autodidacta dominaba el inglés y, después, se acomodó bien en empleos cada vez mejores. Con el tiempo se convirtió en “mano derecha” de un político prominente, sin abandonar jamás la laboriosidad y destrezas que acompañan al término “secretaria”.
Cada cual, padre y madre, arrastraban la herida semejante de esa orfandad temprana y una adaptabilidad al medio, cuando emigraron a la capital. Él convirtió su desazón infantil en imaginación artística y la voluntad para emprender el camino de las letras. Al terminar el periodo de la adolescencia ya se sentía con suficiente ímpetu para leer completa la Biblioteca Municipal (hazaña hipotética que, en estricto sentido, comprobó que era imposible e inútil) y fundar una revista literaria juvenil (Ariel), en complicidad con Emanuel Carballo.[2] Luego emigró a la Ciudad de México, la Meca literaria y cultural del país.
Por cierto, jamás los oí discutir de mala manera; ambos huían del conflicto, eran una especie de pacificadores y buscaban una composición amigable ante cualquier diferencia. Quien lo mira con superficialidad diría que fueron una “pareja perfecta”, pero para completar la verdad de su amor intenso (del tierno amor que se nota a la distancia y se percibe entre el silencio de la noche), diré que ambos huían de esa herida primigenia que cincelada por la orfandad.
La calle donde vivimos se llamaba, ilustrativamente, Grieta. Los hados del destino le colocaron un nombre perfecto, pues ese fenómeno marca la separación entre superficies y establece el vacío, que cuando ha crecido encierra un tinte dramático. Ambos procuraron que no creciera su propia grieta y lo hicieron con un esfuerzo tenaz.[3] ¿El drama se puede conjurar? Así lo creo y ese es un pilar del amor duradero, cuando contiene una decisión inteligente. No fue un secreto que ellos se amaron a primera vista: desde que se abrió una puerta y encontraron cara a cara se prendaron para siempre. Mi padre ya había fantaseado en esa hipótesis del “amor a primera vista”, que un día afortunado en su departamento de soltero (compartido con Huberto Batis), tras la puerta aparecería la mujer perfecta y le arrebataría su independencia: así sucedió.[4]
En ella, Ruth Martín, la compasión fue empujada por la herida infantil y luego, para asombro de los simplistas, produjo una sonrisa permanente ante la existencia. La herida se convirtió en cicatriz y luego en florecimiento, en una línea de reconstrucción radical. Quien empezó por perderlo todo, en lo sucesivo lo habrá de ganar todo; lo poco que se recibe resulta más que suficiente, así que hay regocijo en los placeres sencillos: cocinar un platillo, comprar una lámpara, arreglar un pantalón, visitar a una hermana, corear una consigna, donar un kilo de arroz, leer un libro, despertar bebiendo café caliente… Sus acciones diarias no eran mecánicas ni cosecha del desgano, ella lo hacía todo como si jamás hubiera obligaciones pesadas; siguiendo el ejemplo de la hoja de una espada templada en el yunque del hábil herrero.[5] 
Bajo la vocación del artista la grieta sí se mantiene, por eso mi padre oscilaba entre la euforia de la plenitud y los remolinos de la depresión inexplicable, esa melancolía que no se justifica. En ocasiones, él empezaba a agrietarse por dentro y necesitaba del auxilio del psicoanalista, el Dr. Armando Hinojosa (convertido en su amigo) y, una ocasional pastilla anti-depresiva. La mayoría de las veces su propia capacidad artística, una esposa intachable y una laboriosidad metódica lo sacaban a flote, escapando de la “Angustia”, como él la llamaba, con mayúsculas y rodeada de un halo de reverencias, para que no regresara.
A pesar de su brillantez, el padre transmitió un temor vago a mi primera adolescencia. Los enamoramientos platónicos y fantasmales eran una pesadilla en esa etapa de crecimiento, cuando a despecho de lo que había a mi favor —pues era un chico bien apreciado, que varias chicas me tenía por “interesante” y hasta gallardo— sentía una melancolía precoz. Años después comprendí que ese temor provenía desde lejos, desde una gran distancia, por esa compleja herencia cruzada, donde la grieta doble permanecía bajo el suelo, para mantener una ansiedad oculta. En esa pubertad, algunas mujeres inalcanzables me azoraban, como la protagonista de The Avengers, el personaje Emma Peel (la británica Diana Rigg) o la diva de la época de oro del cine mexicano, la inexpugnable María Félix.  
Con los años, ese deseo físico imposible se metamorfoseó en un anhelo, el utópico por alcanzar una sociedad perfecta. Resultó en una adolescencia rebelde y marxista, que añora una simple igualdad y una fraternidad sin fisuras entre todos los seres humanos. Me hería en el corazón que la humanidad entera y el proletariado en particular sufrieran de carencias, bajo un régimen injusto. La grieta legada se había estabilizado bajo la figura de un acontecimiento político improbable; pues en el espacio y tiempo de mi país, el México de la estabilidad, cualquier revolución parecía una quimera y, entonces, nuestra generación al final del siglo XX debería contentarse con una democratización.
Algunos acontecimientos suelen actualizar las grietas que se heredan, para demostrar que sí perviven (hondas y subterráneas, cual osos hibernando) y poseen un contexto especial. En el año 1983 fui víctima de un secuestro político, entonces contaba con 22 años y con una carrera militante muy precoz; en esos días ya era miembro permanente de Comité Regional del Valle de México, de un pequeño partido recién legal; es decir, integrante de la dirección capitalina en una organización de izquierda radical.
Un secuestro político con maltrato y confinamiento durante dos semanas me colocó dentro de ese extraño sitio que horadaba una grieta de la existencia. En esos días perdí una dosis de inocencia y, tras la liberación, surgió la vaga noción de que urgía procrear hijos, además que eso debería suceder pronto. El calendario apremiaba, acosado bajo la hipótesis de la desgracia y hasta la muerte encarnada. El reloj interior convertido en uno de arena para indicar que los acontecimientos no son reversibles. Un año y pocos meses después cumplí con la primera de las tres famosas obligaciones de la existencia (hijo, libro y árbol), aunque a la fecha todavía no planto un árbol por la superstición de dejar pendiente una meta.
La paternidad fue intempestiva y plena de satisfacciones. A su vez, los mayores se volvieron abuelos contentos al abrazar a una nieta de facciones luminosas: los bebés —acentuadamente las hembras— atrapan algo de Sol y Luna que conservan entre sus mejillas y caireles. En esos días de mimos y descubrimientos las viejas grietas se sumergieron en el olvido.


[1] El término viene del griego antiguo “orphanós”, derivado del mítico dios Orfeo, patrono de las artes y el ensueño. Ya alcanzada la edad madura nunca aplica el término “huérfano”, suponiendo que esa es la sucesión natural de las generaciones.
[2] La autobiografía de Emanuel Carballo Ya nada es igual relata ese periodo, de la juventud de Carlos Valdés y él, con la fundación de la revista literaria Ariel en Guadalajara.
[3] El término “grieta” lo emplea Giles Deleuze con un valor de herramienta de análisis en su Lógica del Sentido.
[4] En el relato de la fundación de la revista Cuadernos de Viento y su desarrollo por Huberto Batis, quien fue cofundador y coeditor con Carlos Valdés, en Lo que Cuadernos del Viento nos dejó. También está reflejado en el cuento “El nombre es lo de menos” que da título a la colección de Carlos Valdés editada por FCE en 1961.
[5] Su activismo discreto y decidido, respaldando las actividades de Rosario Ibarra de Piedra en los años difíciles, cuando la izquierda era marginal y la exigencia de presentación con vida de los desaparecidos era arriesgada, muestra esa dureza y firmeza de Ruth Martín. En ese entorno conocida por su apellido de casada (“señora Valdés” o “Ruth Valdés”), como se empleaba en ese tiempo en México.

sábado, 3 de septiembre de 2016

TRAS EL SIMBOLISMO EN HUITZILOPOCHTLI… UNA ESTRATEGIA DE INTEGRACIÓN NACIONAL ANCESTRAL






Por Carlos Valdés Martín


Los mitos no son pueriles, algunos poseen un diseño estratégico que nos revela la actuación de un pueblo y almacenan el secreto de sus éxitos. Los aztecas triunfantes fueron motivados por las leyendas de Huitzilopochtli, el dios del Sol[1] que fue el hilo conductor de sus narraciones desde Aztlán hasta la fundación de Tenochtitlán y presidió su principal Templo. En lo que sigue más que explicar sutilezas de creencias remotas, mostraremos un diseño que demuestra el comportamiento integrador de un pueblo, lo que en términos modernos se ha llamado “proyecto de nación”. Comprenderemos el relato de este dios solar nos descubre ese diseño interior del éxito azteca; además entenderemos que una dimensión mítica es imprescindible para la formación nacional.   

Geometrías: El compás sirve para representarse el círculo de la Luna o el Sol, el cual en su dispositivo usual contiene una punta para fijarlo y un elemento de dibujo. En otros periodos bastó amarrar una cuerda a una estaca para cumplir la misma función dibujante de círculos. Los pueblos antiguos eran grandes geómetras,[2] aunque no siempre quedaba claro que la Tierra formase una esfera, pero sí diáfana la redondez de la Luna y el Sol, los hermanos celestes. Asimismo, las complejas relaciones de esos dos hermanos divinos han sido interpretadas de varias maneras; casi siempre masculino el Sol y femenina la Luna.
Se afirma que el círculo es una figura perfecta por dos cualidades: que su línea no presente principio ni fin, por haber cumplido a cabalidad lo que representa la serpiente Ouroborus de atrapar su cola para no acabar jamás. Los antiguos que representaban al Sol y la Luna con reverencia utilizaban con destreza el compás o un dispositivo más modesto. 

Ombligo lunar: Progresivamente avanza la aceptación de que México significa “en el ombligo de la Luna”.[3] Esto se debe a que se relaciona nuestra lengua náhuatl donde se unen los términos ombligo y Luna. Sin embargo, ¿a cuál Luna se refieren? ¿Por qué el ombligo? Si nos quedamos únicamente en las raíces de las palabras pareciera que la elección es bastante arbitraria.
La explicación geográfica corresponde al Gran Lago de Texcoco, que en su forma semejaba al “conejo de la Luna”, con Tenochtitlán en su ombligo imaginario. Esta vista geográfica resulta bastante extraña al considerar que la más exacta “visión de Anáhuac” se efectuaba desde las montañas aledañas y no era común obtenerla, de tal modo que debió inventarse alguna cartografía prehispánica. Pero esa “cartografía azteca” aún nos resulta desconocida y entonces se revela una hipótesis audaz, pues desconocemos sus preceptos y técnicas, no hay referencias precisas. Sin embargo, la explicación de la congruencia remite hacia el mito fundacional de Huitzilopochtli derrotando a la Luna y sus 400 hermanos para defender a la madre tierra, Coatlicue, que debe interpretarse en la clave de la formación nacional. 

Línea y escalón: La geometría dice que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta; la ciencia física asevera que la velocidad límite en nuestro universo pertenece a la luz. Ahora bien, la línea recta no es tan común en la naturaleza, pues los cuerpos biológicos tenemos sutiles curvaturas y la orografía es sinuosa. Una línea recta trazada a la velocidad límite la presenciamos a diario, pero ya no comprendemos su maravilla, pues un simple rayo de luz posee cualidades únicas que solemos olvidar. En el pasado la línea recta ha requerido de ingenios para trazarse; en especial, los arquitectos y albañiles emplearon la plomada, donde se aprovecha la fuerza de gravedad para dibujar la vertical. El poema se permite la alegoría de un rayo-serpiente de luz para indicar esa recta lanzada en cualquier dirección, por el primer rayo del amanecer.[4]
Por lo común, las ancestrales pirámides imitaron a los cerros como centros ceremoniales. ¿Qué sitio más sacro imaginaban los antiguos sino la punta del monte donde nacía su dios-niño-guerrero? La sensibilidad de las antiguas religiones la empujaba a elevarse y descubrir su espíritu en los parajes más cimeros y cada escalón de las antiguas pirámides marcaba la conjunción de vertical con horizontal. Sobre ellos, paso a paso, los sacerdotes de las religiones de los pueblos originales se aproximaban a reverenciar a sus dioses, como sucedía en el Templo Mayor, adoratorio de Huitzilopochtli y dejando a los pies a la diosa lunar vencida y desmembrada.  

Nacimiento prodigioso: El nacimiento humano, en su sentido biológico, es el más desvalido de los partos. Por regla las especies nacen adaptadas para su lucha contra el medio ambiente, así las pequeñas tortugas surgen del huevo impetuosas para lanzarse hacia el bravo mar y comenzar su existencia autosuficiente. En el extremo está nuestra especie: inmadura y dependiente durante años. Los bebés expuestos a los peligros dependen por completo de su progenitora y requieren de ese medioambiente social que protege y completa la madurez.
El niño que nace adulto es un prodigio que jamás acontece en el plano material, sino un dibujo trazado en el cielo de los mitos: es una negación cruda de nuestra condición biológica. Planteando un extremo opuesto del niño-dios que nace armado, su utilidad está en los significados, para comprender algo, una situación y procesarla en una creencia.
Huitzilopochtli fue el dios que trajeron los aztecas durante su mítica peregrinación por los semi desiertos del Norte. El Sol, a diferencia del humano, tiene el privilegio de nacer completo y renovado cada amanecer. Desde el primer instante de su destello matutino no requiere de ayudas ni está limitado en su esplendor.[5]
Primero es amenazado siendo un inocente y nonato; por eso su respuesta es una venganza ante el crimen cometido sobre la inocencia; pero no en el sentido de vendetta humana sino de acto objetivo, como desplazamientos de la naturaleza.[6] La leyenda del niño-guerrero que nace desafiante del seno de la madre tierra, desde el punto de vista astronómico es sumamente comprensible. Huitzilopochtli dicen que nació armado y que con su dardo de fuego mató a su hermana belicosa, persiguiendo a sus malos hermanos.

El gesto horrible de la Luna: La hermana Luna fue representada en un aspecto terrible, con motivo de una enorme afrenta. El hijo dios protege a la madre contra un matricidio potencial, pues Coyolxauhqui pretendió herir a la tierra; su derrota simplemente restableció el orden cósmico.[7]
Las leyendas más relevantes son poli-sémicas: con muchos significados. Siendo una leyenda central no solamente nos habla de la lección elemental de astronomía, sino del nacimiento del último pueblo que arribó al Valle de México. Hasta donde sabemos es cierto que los Aztecas fueron los últimos parientes en arribar al paradisíaco Valle de México y, además, su alianza con el dios Sol poseía otro significado.
Visto desde el punto formador de naciones, la Luna acaudillaba a 400 hermanos-estrellas que son representación de la multitud del pueblo que surca la noche. Esa unión entre la lideresa con su pueblo queda cuestionada cuando pretenden atacar un fundamento mayor, a la madre-tierra representativa del conjunto final, en ese ámbito, a la patria. Esa tentativa es un pecado superlativo; en términos de esa época rebasa cualquier transgresión e inmoralidad concebible, bajo el reproche del matricidio.[8] En esta perspectiva se integra un mito nacional, donde se agrega un elemento de violencia justiciera, práctica e instantánea, representada por el rayo de luz del hermano Sol.

El castigo para la Luna: En este ciclo, la hermana no muere del todo, queda a los pies de la montaña. Su derrota es relativa, permanece como un círculo al pie de Cuautepec. Recordemos que en los siglos del esplendor de los aztecas, cada noche de luna, ésta se reflejaba en los lagos que besaban los pies de las islas y montañas del Valle de México. El desmembramiento de la diosa Luna no debe verse como un castigo excesivo sino como la representación de las caras del satélite que se muestra en fases, o sea, partido. Para la mente mítica, la separación del cuerpo de un dios no es un final, recordemos a Osiris reintegrado para presidir la ultratumba.
De modo práctico, el hermano Sol permanecía como residente permanente en el recinto superior del Templo Mayor y, cada amanecer recibía el primer rayo de luz en esa región. Simultáneamente, la hermana Luna derrotada quedaba a los pies de la pirámide en un gesto de sometimiento perpetuo y ligada a los rituales de guerra y ciclos periódicos.[9]

Efecto en la visión de la Nación: Ahora hay la aceptación de que México significa “en el ombligo de la Luna”. La observación resultaría bastante extraña si no recordamos la centralidad que tuvo la leyenda de Huitzilopochtli en la cultura azteca y qué sencillo es relacionarla con la formación de una nación.[10]
El Ombligo es el sitio de la génesis del cuerpo y la huella de que nacimos de madre, así es recordatorio del origen, asimismo motivo para observar esa debilidad original. El compás que se apoya en una punta, quizá deja una sutil huella que recuerda el centro originario.
El término nación se refiere al origen, a los que han venido desde el mismo manantial. El ombligo nos recuerda exactamente lo mismo.

Reordenamiento luminoso: La luz es una representación usual de la inteligencia o razón, siendo el Sol y la Luna dos modalidades de tal concepto. La débil luminosidad lunar se ha asociado con la intuición y lo inconsciente; la fuerte luz solar expresa la claridad de la razón y el dominio del logos. La leyenda de Huitzilopochtli no evoca a una rebelión fracasada, porque levantar la mano contra la tierra misma, que para la formación nacional llamamos la Patria, resulta un sinsentido que rebasa la definición de rebeldía. Volver a encausar a las fuerzas de la rebelión equivocada en otro esfuerzo requiere de un elemento clave: la luz de la razón que permite reordenar a las 400 estrellas que son el pueblo. Más que un sinsentido, bajo la apariencia de una rebelión e intento matricida, lo principal es un cambio de sentido: desde el movimiento periférico hacia el interior de los hermanos y la Luna aproximándose hacia la Tierra pasiva; viene el cambio instantáneo desde la Tierra mediante el Sol que se expande usando un rayo-serpiente, que evoca la luz solar expansiva.

Dos movimientos y dos ritmos: Cualquier comunidad la describimos entre dos movimientos opuestos —uno dirigido al interior y otro al exterior— que no siempre armonizan. En el drama del nacimiento del dios Sol hay dos movimientos contrapuestos: el ataque paulatino y multitudinario contra la madre Coatlicue, que va hacia el interior; el contra-ataque desde el dios-niño, en sentido expansivo, perseguir a los hermanos-estrellas.
Hay dos ritmos lentos (la gestación en la madre y el lento avance de las estrellas) que remiten al tiempo oculto, una discurrir orgánico y bajo un manto (uno de piel, otro la noche). Hay dos velocidades en el relato: el pausado acoso contra la madre y el lento embarazo, el acelerado ataque del Sol. Mientras es obvio que el Sol nace completo, la nación no resulta obvio que surge entera; el primer rayo hace obvia la unidad del Astro Rey. La primera manifestación no vuelve evidente a la nación; a menos que sea una evidencia recordada, entonces sí, la separación es diáfana y rápida, cuando se acepta que la nación nació con una declaración, una insurrección o cualquier acontecimiento notable.

El rayo implacable: La velocidad del rayo de Huitzilopochtli rebasa la noción de movimiento y nos invita a percibir un Absoluto que representado por la velocidad límite (de rayo) conduce hacia un más allá del tiempo: ruptura del Cronos que traerá otro resultado. Los griegos adoraron al Rayo de tormentas bajo la figura de Zeus (de donde viene etimológicamente nuestra palabra Dios) cuya hazaña fue destronar a Saturno-Cronos (el Rey del tiempo que devora a sus Hijos); nuestros ancestros adoraron al Rayo de Luz bajo este dios-niño solar que ataca su familia (Luna y estrellas) para defender a su familia (Madre tierra y los despojos de estrellas). Esa ambigüedad radical del amor-odio es la justificación de una guerra relámpago (jamás estuvo mejor aplicado ese término militar) y pretexto para la instauración de un nuevo poder, el reino Solar.

La estrategia formando una Nación y lo que sí sucedió: Todo el relato encaja perfectamente en una estrategia para formar la nación azteca, uniendo belicosamente a sus hermanos nahuas tras “guerras floridas” hasta su asimilación en una nueva unidad: la nación alrededor de Tenochtitlán. Según algunas interpretaciones, el nuevo dios que los aztecas cargaban a cuestas (literalmente en costal de huesos sagrados) era a Huitzilopochtli. Una pequeña cantidad de aztecas llegó a la región del Lago de Texcoco y se asentó en el pequeño islote, porque eran pocos. En el trayecto, desde 1325 hasta su esplendor de la triple alianza, no fue el crecimiento poblacional la clave de su triunfo, sino una fusión de pueblos vecinos acaudillados por una nueva “luz” azteca que deslumbró la región: eso es formar nación, fusionar bajo una “retotalización” superior, para mantener una reproducción en nivel superior.  
Lo más deslumbrante del mito de Huitzilopochtli es que simboliza la trayectoria histórica de la joven nación azteca. Una explicación del mito como evento del Sol naciente es muy sencilla y casi textual, donde el amanecer corresponde casi uno a uno con los personajes. Dada la interpretación astronómica cabe preguntarse ¿por qué argumentar la sedición de los hermanos y explicar la guerra con un vencedor? Ese texto de la guerra no aparece en la astronomía desnuda (nadie ha visto al sol hacer una guerra), ese discurso es una parte muy humana que se sobrepone al relato divino: los astros se hacen antropomorfos.
El movimiento histórico real de los aztecas fue hacia el exterior y muy veloz. Ese modelo de la pequeña tribu que integra a sus parientes lo encontramos en otros ejemplos de éxito comprobados: la tribu romana y la tribu mongola. El movimiento hacia el exterior implica nacionalizar espacios y, sobre todo, gente exterior; que en ese contexto únicamente puede ser de parientes. La persecución de las estrellas rebeldes representa la metáfora de la asimilación de los vecinos-malos-hermanos.

En la fundación la posición del Centro es…: Para el movimiento interior-exterior del proceso nacional (de cualesquiera pueblos, no únicamente el azteca) la frontera es un punto relativo; el punto absoluto es su centro. Por eso seguimos tan orgullosos por el sitio de la Fundación, aunque tan preocupados si efectivamente había una serpiente en el primer símbolo del Centro, respecto de lo cual el Códice Mendoza ilustra con maestría esa posición relativa al rodear de tiempo (signos de calendario) y agua, además de establecer una cruz (tipo X) formada con agua para coincidir con al sitio del águila.[11]  Dada la fundación, la periferia es abordada desde el centro en el proceso expansivo. Una nota concluyente es que Centro es un término geográfico para denotar al Poder, con su estructura integradora y dominante, que terminó llamándose capital, proveniente del término “cabeza”.
Lo que hoy está de moda en la fantasía de una Muralla planteada por el candidato Republicano Donald Trump, implica la detención del movimiento expansivo. ¿Qué pensar de un imperio que detiene su movimiento expansivo pues se siente acosado? El único gran ejemplo fue la China imperial, que dio señal de su decadencia, aunque fuera esplendorosa e indomable. Quien sueña con murallas es porque percibe un temblor de reversa, dirección hacia una reversión de su pasado expansivo. Por su lado, la rústica muralla de la fundación de Roma sí pretendía rodear un centro y se levantó en su comienzo, también legendario aunque modesto. El problema es que tras una larga expansión, el erigir el muro denota que ha terminado la expansión. Los aztecas no llegaron a tal previsión de un muro, aunque sí hubo guarniciones en su frontera nómada con los chichimecas. El agua del Lago de Texcoco servía de fortín natural para Tenochtitlán, no se requerían de muchas otras disposiciones, bastando vigilar bien las grandes calzadas; entonces no se imaginaban la construcción de bergantines con cañones; de ese modo, la ventaja estratégica del gran lago se convirtió en debilidad.

Amanecer el Acontecimiento que re-significa: El amanecer cambio todo, esa irradiación transforma por entero el ambiente y la situación de los seres humanos, definiendo los nuevos significados y estableciendo las jerarquías. Esa situación natural de la salida del sol es el mejor paradigma de cómo un acontecimiento (positivo, potente, arrasador) cambio el universo entero. De modo negativo, la guerra es otro acontecimiento que arrastra a los pueblos enteros hacia una dirección y trastorna el entorno completo; por eso generar un gran acontecimiento es un atributo del Poder.[12] En sentido positivo, Ortega y Gasset lo interpretó como la capacidad de ciertos reinos para empujar hacia grandes “empresas”, en el sentido de un involucramiento colectivo en las grandes expediciones y colonizaciones del periodo expansionista del reino español.[13] Con el Poder lo que importa es el Acontecimiento colectivo para movilizar las fuerzas enteras.

El hilo de las tres leyendas fundamentales: Aunque las leyendas remitan a un tiempo singular y único (el nihil tempo) como instante de la fundación y a un espacio singular (el Centro absoluto), ellas mismas son organizaciones plurales que aceptan plácidamente la cohabitación de sus leyendas complementarias. En este caso, la narración del Sol naciendo armado se complementa con la salida de Aztlán y la Fundación de Tenochtitlán. La parte indígena que narra la formación de la nación mexicana se complementa con estos tres episodios y, para redondear, basta adosarles la leyenda de Quetzalcóatl que sirve como bisagra para explicar el tema de la Visión de los Vencidos sobre la Conquista.[14] El hilo de las tres primeras leyendas es el mismo Huitzilopochtli, por lo que ha resultado clave comprender a este personaje-dios-dinamo.
De modo astronómico el tema de la salida de Aztlán ocurre antes del amanecer, remite a la oscuridad de las cavernas y la indefinición (desértica). El relato del nacimiento del dios define el amanecer mismo de ese pueblo. La fundación de Tenochtitlán apunta a la representación del mediodía, por eso se empleó una fecha de solsticio de verano para ubicarlo y su emblema fue el águila, el animal que más se acercaba a la altura solar. En los tres casos, el mismo personaje, dios solar, es el hilo rojo de estas tres narraciones.

Una estrategia de unión: Concluimos que entre los significados que vitales en las leyendas de Huitzilopochtli, el relato de su nacimiento pinta completo el procedimiento. Durante los servicios y conflictos con sus vecinos-hermanos (la gran familia de origen náhuatl) los aztecas supieron integrarlos mediante una nueva luz, que combinaba su capacidad política y de liderazgo, junto con su empuje bélico. Su facultad de integración se muestra en la estabilización de la llamada Triple Alianza, que unió a las otras ciudades importantes de la región para levantar su poderío. Su ventaja guerrera fue patente durante dos siglos de ascenso. En fin, sus vestigios en piedra siguen maravillando en el presente; aquí reinterpretamos el mito para asociarlo con la inteligencia para elaborar una ruta que los impulsó hasta la cima. Estos grandes mitos aztecas, filtrados por los siglos, todavía traslucen la clara huella de una inteligencia colectiva que los llevó a la cumbre.


 NOTAS:


[1] Sin embargo, habría que aclarar que este no es el único dios solar entre los aztecas. Existen diversas representaciones, cuando se refieren a otras facetas, como la leyenda del Quinto Sol o las representaciones de Tonatiuh. En la modalidad, de Huitzilopochtli el sol se presenta especialmente dinámico y activo, metamorfoseando en un colibrí para algunas apariciones.
[2] Trazar figuras es la facultad de los geómetras, quienes dominan en su mente el espacio y lo recrean en la imaginación material.
[3] Una antigua alternativa le daba al dios solar ese atributo, deriva de Mexictli, nombre dado al dios Huitzilopochtli, "el colibrí del sur" o izquierdo que condujo a los mexicas hacia la región lacustre de centro de México. Mexictli se compone de las raíces metl (maguey), xictli (ombligo) y el locativo co, su traducción sería "en el ombligo del maguey".
[4] Se le nombra Xiuhcóatl, siendo un atributo principal del dios, este es un rayo-serpiente-quemante, a modo de una alegoría bélica pero tomada del “dardo solar”. La misma arma se ha atribuido a otros dioses solares en distintas culturas: las flechas de Apolo.
[5] Para comprender la morfología de los mitos, anotemos el paralelismo con el relato de Apolo, quien debió defender a su madre Leto a los pocos días de nacido; por lo que, con la ayuda de arco y flechas divinas, mató a la serpiente primordial Pitón y luego enfrentó a un Gigante. La diferencia está en que su hermana melliza Artemisa le ayuda; así, no hay una batalla fratricida.
[6] El potencial del pecado en los hijos es superior al bíblico, pues están atentando directa y descaradamente contra la madre y el neonato inocente. Esa sublevación para-edípica merece un castigo según esta leyenda.
[7] Aquí no consideramos los atributos de la Luna, pero su nombre significa “adornada de cascabeles”, lo cual evoca la Belleza; en ese sentido, nos transporta a la atracción entre las polaridades femenina y masculina. Aquí la unión entre los polos de Fuerza y Belleza se convierte en un Candor trágico, por la conversión en violencia guerrera; por tanto es silogismo falaz, pues su resultado lleva al callejón sin salida de la muerte.
[8] El arquetipo justiciero de la defensa del Inocente, aquí queda desplazado desde el infante hacia la madre, a la cual suponemos inocente por partida doble; pues se embaraza milagrosamente y el enojo de los hijos es injustificado. En el mismo, acto quedará vengada la inocencia con la sangre de quienes pretenden mancillarla.
[9] Cabe preguntarse si otro sentido polisémico de esta leyenda sería un recordatorio del derrocamiento de antiguo matriarcado, para reubicar la posición social de la mujer en una posición hogareña, fuera de toda participación en el Poder. Véase alguna especulación en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels.
[10] “Y cuando Huitzilopochtli les hubo dado muerte, cuando hubo dado salida a su ira, les quito sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl,  se los puso, se los apropió, los incorporó a su destino, hizo de ellos sus propias insignias.”  Códice Florentino, Lib. III. Cap. I Traducción directa del náhuatl hecha por el Dr. Miguel León-Portilla)
[11] La famosísima imagen del Códice Mendoza no trae la serpiente, en cambio otorga gran fuerza a la piedra-glifo que está bajo el nopal, quizá en representación del Corazón de Copil, que es otro gran tema, pues Copil sería un hijo de Huitzilopochtli y de otra hermana Luna que lo odia y se rebela para matarlo, pero fracasa y es matado por el padre.
[12] El término acontecimiento lo maneja Deleuze de un modo semejante a como Sartre emplea la retotalizaciones, los eventos colectivos que arrastran al conjunto completo. En la Lógica del Sentido.
[13] José Ortega y Gasset en España invertebrada.
[14] En la narración de la Conquista también resalta el traspaso de las cualidades de las divinidades aztecas hacia los invasores, mediante el mismo gesto de muerte. En especial, durante una festividad para Huitzilopochtli y Tezcatlipoca resalta la matanza del Templo Mayor dirigida por el capitán Alvarado, a quien los indígenas habían identificado con la otra figura solar, Tonatiuh.