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domingo, 1 de octubre de 2023

BESO DE JUDAS AL COMUNISTA KALININ

Imagen

  

Por Carlos Valdés Martín

 

Parece un beso eufórico y lleno de camaradería entre dos alegres funcionarios soviéticos, pero hay un sesgo desconcertante. Detrás de la imagen hay realidades escondidas. En la fotografía, en el primer plano, están Nikolai Yezhov que besa a Mikhail Kalinin. El segundo ha recibido la Orden de Lenin el 17 de julio de 1937. La narración completa es intrincada y siniestra; lo que revela esta imagen. De un lado, en la parte activa del beso, el jefe de la policía política Nikolai Yezhov y, del otro lado, recibiendo el beso está Kalinin. Quien recibía un máximo honor por una trayectoria de buen comunista y había ascendido por atinar al apoyar siempre a Joseph Stalin.

Al fondo se observan a los funcionarios comunistas, disfrutando de los reflectores y la fotografía, están para demostrar que aplauden y lo hacen con entusiasmo fingido. De pie celebran el único detalle del evento público que escapa del protocolo, porque el Jefe de la Policía Política, Yezhov tiene permiso para excederse más allá del formalismo ceremonial. ¿Estaba borracho Yezhov? Sin duda alguna lo estaba, pues bebía con frecuencia para esconder un hedor nauseabundo.

¿Qué hacía a diario Yezhov, el jefe de la NKVD, como para recurrir al alcohol? Repartir detenciones, interrogatorios con tortura y establecer juicios sumarios. Era una práctica que en estos días nadie llamaría juicios: se reúnen tres “camaradas” del Partido Comunista, incluyendo al policía político de NKVD, para revisar rápidamente las confesiones arrancadas ese día. Únicamente cuando el inculpado tiene más rango comunista estarán presentes funcionarios de mayor nivel y se consultará. Lo cotidiano era que, en una sola sesión, sin presencia de ningún abogado defensor y sin escuchar la defensa personal del inculpado, una “Troika” de comunistas decidía sobre la culpabilidad del detenido. ¿Los policías juzgadores eran imparciales? Se desmiente cualquier imparcialidad, básicamente porque la velocidad de procesamiento era de vértigo: había que encausar y condenar a cientos de miles de personas. Por si faltara algún detalle siniestro, la directiva de la NKVD tenía preestablecidas cada año cuotas por región para mandar a fusilar y a encarcelar en los Gulag.

Yezhov, jefe de la temida NKVD, que en esos años ya estaba encaminado para "purgar" a todos los opositores, incluso los imaginarios. En ese año, Kalinin ya era un cuadro con mucha trayectoria y se le descubre como un hombre avejentado, que en unos cuantos años morirá de enfermedad. Por cierto, la esposa de Kalinin también era una reconocida militante comunista.

Pero ¿saben que Stalin mandó aniquilar medio millón de sus seguidores en unos cuatro años entre los cuales está el año 1937 de la fotografía? Y sistemáticamente Yezhov era el brazo ejecutor de la represión. Esa fotografía hace pensar en el "beso de Judas". El esposo recibe la medalla y el cruel verdugo parece eufórico con el reconocimiento para un supuesto amigo.

Transcurrió menos de un año, cuando la esposa de Kalinin, de nombre Ekaterina fue enviada a un Gulag en el año 1938[1]. Ella simplemente tenía opiniones propias y pasó a manos de la policía política de Yezhov. Cualquier pretexto era bueno para enviar a cualquiera a un campo de trabajos forzados, en la helada Siberia.

Ekaterina también había sido una destacada comunista y tenía un puesto alto en la Corte Suprema. Según los rumores Ekaterina criticó en privado a las políticas de Joseph Stalin y sus subordinados delataron esa opinión. Así, el 25 de octubre de 1938, Ekaterina fue arrestada bajo cargos de ser trotskista. En el momento de su arresto, Ekaterina y su esposo Mikhail Kalinin no vivían juntos. Ella fue torturada en la prisión de Lefortovo, y el 22 de abril de 1939 fue sentenciada a quince años de prisión en un campo de trabajo en Chemal.

La prisión de un inocente es una crueldad, aunque en este caso hay una gota de “justicia poética”, pues los perseguidores políticos también caían bajo la misma “picadora de carne”. Al finalizar el año 1938, Yezhov cae de la gracia de Stalin, entonces pronto fue alejado del NKVD, para luego ser juzgado de la misma manera implacable que él aplicó y, finalmente, fusilado el 4 de febrero de 1940.

 La comunista Ekaterina cumplió su condena en campos Gulag hasta el 14 de diciembre de 1945, cuando un decreto especial del Presidium ordenó su liberación, que fue firmado por el secretario del Presidium. El esposo Kalinin no pudo hacer nada, sino hasta 1945 cuando estaba agonizando de cáncer y, en una carta de clemencia para Stalin, logró que liberaran anticipadamente a su esposa del Gulag. Su liberación transitoria ocurrió poco antes de la muerte de Kalinin.

Sin embargo, el perdón no fue completo y ella fue enviada al exilio interno poco después de la muerte de su esposo. El exilio interior no era tan riguroso como el Gulag y las prisiones anteriores, por lo que ella sobrevivió. La rehabilitación oficial de Ekaterina tardó ocho años más, y finalmente recibió un documento que declaraba que "no había pruebas en su contra por sus actividades antisoviéticas"[2]. Ekaterina murió el 22 de diciembre de 1960 a la edad de 78 años.

Las nieblas del tiempo y los intrincados archivos de la policía soviética no recordaban los complejos significados de esta fotografía pública, durante los premios Lenin de 1937.  

NOTAS:

[1] Larisa Vasiliev (1994). Esposas del Kremlin . Nueva York: Arcade Publishing. pag.  116.

[2] Melanie Ilič (2006). «El cinco por ciento olvidado: mujeres, represión política y purgas». En Melanie Ilič (ed.). El terror de Stalin revisitado . Londres; Nueva York: Palgrave Macmillan. p.  120

PLOMO Y SATURNISMO

 



Por Carlos Valdés Martín

 

El plomo tiene un cariz extraño dentro de la cultura, por su asociación con la pesadez y las cualidades unidas con la materia “pesada”. Además, es un hecho que puede ser perjudicial para la salud humana si se ingiere o inhala, pero esa evidencia es un descubrimiento relativamente moderno. En el pasado remoto solamente importaba su fácil fundición, su relativa blandura y su pesadez. La falsificación del oro con plomo causaba grandes inquietudes en la imaginación popular, con lo cual este útil metal era sospechoso de envilecer al representante de la pureza y riqueza metálica.

En la antigüedad este metal fue conocido como saturno y de ahí que la enfermedad derivada de la intoxicación por plomo se llame saturnismo. Desde los romanos el plomo se utilizó de manera amplia, pero los utensilios y tuberías de ese metal sí provocaban un lento envenenamiento. En tiempos muy posteriores, adquirió otro matiz, al relacionarse el plomo con la munición disparada, por tanto, referencia de una dosis mortal.

Los problemas de salud asociados con la minería, en algunas sociedades, implicó que se formaran núcleos cerrados, donde la existencia de los mineros resultaba miserable. El confinamiento dentro de minas y sus alrededores ocultó la auténtica causa de enfermedades relacionadas con metales específicos como el plomo y el mercurio, por lo que se imaginó que los miasmas de las galerías subterráneas eran la causa de las desgracias[1].

Hay un sentido positivo con el término, que se refiere a su cualidad para indicar una vinculación favorable con la verticalidad. Los gremios de albañiles eligieron al plomo como el peso adecuado al instrumento que se llamó plomada, tan indispensable para erigir muros derechos. El otro sentido, se relaciona con la estabilidad de ahí que el “aplomo” sea una cualidad de la personalidad madura. 

 

NOTAS: 



[1] “Las minas son una fuente de flujo, de mezcla y de fuga, que apenas tiene equivalente en la historia” Deleuze, Mil mesetas, p. 413. Las minas representan una intensidad diferente a todo lo demás.

domingo, 17 de septiembre de 2023

TROPEZAR CON LA CABEZA DE JUÁREZ

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

La escuela era tan pequeña que cualquier concurso se lo encargaban al mismo chico con fama de aplicado. La deferencia no se debía a que estudiara horas extras, sino a que nunca interrumpía a los maestros ni distraía a los condiscípulos. ¿No es suficiente? En una escuela con un único salón, sí es mérito suficiente el permanecer sin armar alboroto.

No voy a definir si es una carga o un premio ilusorio el representar para un concurso regional, donde no hay recompensas. ¿Concursar por un dibujo sobre Benito Juárez? El prócer nacional estaba de moda entre los políticos mexicanos y hasta le habían dedicado estatuas enormes, pero era indiferente entre los chicos. En ese año, por encargo del gobierno, edificaron un extraño monumento, que se sigue llamando la “Cabeza de Juárez”. Se suponía que el encargado era un muralista famoso, pero que por su vejez carecía fuerzas para terminarlo; entonces lo retomó en relevo un artista que con permiso replicaba su mismo estilo. Ese monumento recreaba sobre un busto enorme que distorsiona los rasgos reales del personaje, para generar una especie de caricatura gigante.

El concurso estudiantil no era demasiado explícito en las bases y durante el Quinto Año de la escuela Primaria un alumno debe hacer caso a lo que marquen sus mayores. El maestro Adolfo era un tanto serio y de pocas palabras, sin mayor consulta me designó. Dijo sin preámbulos:

—Dibujas mejor que otros.

—Pero no he tomado clase de dibujo —respondí con inseguridad.

—Como sea eres hábil y en esta nota les encargo a tus padres que compren un block para dibujo de marca.

Mostró un papel anotado y me hizo que lo tomara de su escritorio. En el salón, los compañeros murmuraron por tratarse de una situación inusual. Durante el recreo, junto con los amigos, revisamos el recado. Señalaba un cuaderno específico y unos lápices para dibujo de marca.

En la casa desconocía cuál reacción tendrían mis padres. De inmediato mi madre se puso contenta y mi papá interrogó si sentía vocación por convertirme en artista de la pintura. Les respondí lo que entendía:

—No es para tanto, simplemente es que los otros niños hacen unos garrapatos horribles. No se trata de que uno sea bueno r-e-a-l-m-e-n-t-e.

La última palabra pronunciada con lentitud para atajar cualquier discusión.

Entre las enciclopedias juveniles compradas por mi padre para reforzar la educación en casa, encontró una con un capítulo dedicado a los fundamentos del dibujo a lápiz. Mi madre era bastante práctica y preguntó por la duración.

—El concurso es hasta la otra una semana. El fin de semana el profesor me llevará a ver el modelo de la Cabeza de Juárez.

—Es un sitio polvoso, cerca de Nezahualcóyotl. Le diré que no se moleste, que yo mismo te llevaré.

Él se dirigió al teléfono de plástico color marfil, discó unos cuantos números. Contestó el maestro y se pusieron de acuerdo. La plática fue breve. Mi progenitor agradeció la distinción, preguntó el motivo para visitar ese monumento y qué se debía hacer.

Después de colgar me explicó con tono juguetón que ese monumento era el modelo del concurso y que la preparación era hacer un “boceto”. No entendí de qué se trataba un boceto y me explicó. A esa edad la única idea de un buen dibujo era lograr una imagen lo más parecida al modelo original.

Los lápices de colores destilaban tonos asombrosamente intensos, superiores a los lápices escolares comunes. El complemento perfecto fue un sacapuntas metálico nuevo. Con los materiales no todo fue alegría, pues con el block de dibujo no me acomodé. La textura rugosa de las hojas resultó inesperada y avivó mis inseguridades. Que una hoja se rompiera al despegarla del block acentuó las dudas.

Como sea, durante la semana, en los ratos libres practiqué con los útiles adquiridos. Lo hacía de preferencia en hojas separadas, porque desconfiaba del block, cuando en el momento final, la hoja dibujada arriesgaba a romperse.

Prefería calcar primero las revistas de caricaturas y sobre ese ejercicio contornear y mejorar el dibujo. Desde el primer día, mirando sobre su hombro, mi padre se esmeró en mostrarme secretos sobre cómo reducir los tonos de colores mediante la aplicación de un tallado con un fragmento de hoja y cómo ser más cuidadoso con los bordes de un dibujo.

La visita al monumento de referencia no resultó agradable. A papá se le descompuso el automóvil y se puso regañón. Un mecánico lo visitó a domicilio sin llegar a un acuerdo sobre el diagnóstico y el precio. Consiguió un servicio de taxi y se lamentó de que sería costoso que el chofer nos esperara:

—Te vas a tener que apurar con tu bosquejo de la Cabeza de Juárez.

Durante la travesía perdí la noción del tiempo, pero al llegar al parque seco que rodeaba la Cabeza ansiaba comer golosinas. Me quejé de que con tanto polvo en el lugar el block se podía arruinar.

—Nos quedaremos dentro del auto; dibujarás adentro del taxi, nada más bajas la ventanilla.

Desde la acera, el monumento me pareció pequeño y feo. Lo expresé con una queja:

—Desde tanta distancia no se distingue bien, necesito acércame para que no haya errores.

—Entonces deja el block en el auto, no se vaya a ensuciar.

El taxista esperó en el auto, mientras padre e hijo caminábamos hacia la base del monumento. Al aproximarse se notaba lo grande de la construcción. Que abajo hubiera un enorme arco y arriba la cabeza solitaria ofrecía una perspectiva sin armonía.

Mi padre que estaba al tanto de los comentarios de crítica a ese monumento no se resistió en burlarse:

—Dicen que es un monumento a la fealdad, que como Siqueiros no estaba disponible se lo encargaron a cualquier chalán, que no sabía nada.

Y siguió criticando la falta de estilo, la ausencia de contenidos, la mala calidad de los acabados.

—Parece más un monigote que un monumento.

Al regresar me preguntaba en silencio “Si está tan horrible ¿para qué lo encargan en un concurso?”

Dentro del taxi me apuré con un boceto, ocupándome de utilizar los colores más aproximados a la extraña cromatografía del monumento. Con el primer boceto mi papá no estaba satisfecho y me pidió que lo intentara con una imagen de perfil. El resultado de perfil a mí me pareció más desastroso, por una nariz muy puntiaguda. El tercer dibujo era idéntico al primero.

Cuando regresábamos mi padre se apuró a explicar una técnica para hacer retratos que comienza con líneas ligeras sobre un óvalo.

El calendario marcó el día señalado. El lugar del concurso fue en el patio de una escuela primaria que al centro tenía un busto de Benito Juárez elaborado en bronce. Las órdenes fueron colocarnos sobre una banca de cemento para reproducir ese busto. Miré con sorpresa al maestro Adolfo quien estaba convencido que el modelo sería el monumento gigante de la Cabeza de Juárez.

Un tanto desconcertado, puse el block sobre mis piernas y cuando saqué mis colores surgió otro revés. Una señora de lentes con fondo de botella agitó la mano para mandar:

—Únicamente lápiz de carbón —mientras extendía la mano— que sea como este.

El maestro Adolfo se acercó a platicar con la señora y ella le entregó un lápiz grueso.

La punta del lápiz de carbón me pareció espantosa y me lamenté.

—Trata de afilarla con el cemento —recomendó el profesor.

Lo intenté y la punta seguía siendo burda.

Miré con desconsuelo que los otros niños contaban con sus propios lápices de carbón con puntas bastante finas.

—Haz lo que puedas —dijo mi maestro y pasó su mano para levantar mi barbilla.

Comencé a hacer el boceto sin ánimo. Intenté el retrato en posición de tres cuartos, que es un truco favorecedor. Sentí que la imagen se resistía y que los contornos extraños de la Cabeza de Juárez se mezclaban con los reflejos de ese busto metálico.

Durante más de una hora batallé con el lápiz y con las tácticas para reducir los bordes. Ayudó la técnica de rebajar con un papelito para que el resultado no fuera un completo desastre de manchas y borrones.  

Cuando nos retiramos el maestro Adolfo dijo:

—Ni te preocupes, Juárez es un hueso “duro de roer”, que ni los ejércitos franceses pudieron con él.

Tardé años para comprender esa humorada histórica que endulzó el fracaso.