Por Carlos Valdés Martín
En la capital
de las apuestas, sucede el encuentro perfecto entre un mexicano bilingüe y una
mujer excepcional. Es Antonio Salomón Pérez Rivas de treinta años, quien
viajó para organizar un evento para su negocio. Él se encargó para una beneficencia
—una ONG— de una demostración con paneles solares para enviarlos a comunidades precarias.
El escenario es una explanada en esa cálida ciudad, donde Salomón ocupa el
templete y luego baja. El evento avanza bien, así que terminan sus
responsabilidades personales. Abajo hay sillas colocadas para centenares de
asistentes y la mitad permanecen vacías. Los paneles solares cumplieron los
objetivos proporcionando el suporte para bocinas, micrófonos y pantallas. Él
está satisfecho, busca un refrigerio y conversación con una anfitriona, Megan
Wallace. Ella lo guía para conseguir un sándwich y café caliente mientras escuchan la parte
final del evento.
Los
personajes rondan los 30 años. La anfitriona que acompaña al protagonista es
amable, con sonrisa linda, pero sin atractivo. Al regresar buscan colocarse en
asientos disponibles. Al acercarse ella saluda a una desconocida, que a él le deslumbra
por su belleza. De la desconocida lo atraen: la manera de remarcar los ojos con
una sombra de rímel negro, que resulta exótica, dibuja una avellana completa y
arriba una sombra irisada, con tonos dorados, azules y rojos. Las pupilas
expresivas y alegres brillaban hacia cualquier dirección. El pelo ensortijado y
abundante se levanta en un modo casual, cabellera donde destacan tonos
anaranjados y chispas de turquesas. La nariz alardea perfección de líneas sobrias.
Los labios carnosos, con un labial discreto, lucen el perlado de los dientes,
tan simétricos como un diseño arquitectónico.
Megan Wallace nota
lo impresionado que está Salomón y lo anima para saludarla. La desconocida atrae
al protagonista y él se sienta en la fila de atrás. Salomón aprovecha el saludo
de la anfitriona y comienza una plática sobre la ayuda a las comunidades de la
Sierra Gorda de Querétaro con la energía que darán los paneles. A la judía, Cleopatra,
le agrada la conversación y lo convida a que se siente a su lado para no torcer
la cabeza hacia la fila de atrás.
La plática
corre con rapidez y se presentan con soltura. Él deja en claro que está de
visita, que es soltero, hospedado en la habitación tal de un hotel cercano.
Ella señala que está muy complacida con el evento, que es madre; pero insinúa
que no está casada. Dos hijos y dentro de algunas horas los recogerá en algún
lado. Él duda en cortejar a una casada, pero ella se comporta coqueta, pidiendo
que la acompañe y elogiándolo. El lenguaje corporal de ella es seductor:
guiñando, acariciando su pelo.
Ella se
inquieta por un baño y él se ofrece a acompañarla, costumbre latina. Caminan
juntos hacia un hotel próximo con casino, que está en remodelación, donde hay
obras de albañilería. Al pasear juntos él admira las curvas del cuerpo,
cubierto por un vestido completo tapizado de geometrías con triángulos y
cuadrados.
En el camino
ella sigue con un lenguaje corporal seductor, al acercarse y rozar ligeramente el
cuerpo de él. En la plática él trata de sacar en claro si la condición de madre
de ella es un obstáculo, sin encontrar el modo de abordarlo en la plática.
Cuando llegan al frente del baño, en un pasillo, ella le argumenta con claridad
que sí estaría dispuesta a visitarlo a su cuarto de hotel.
En el trayecto
ella es elocuente y le explica que sí admira a la reina Cleopatra, que por eso
recibió es nombre, que su madre lo eligió, aunque sea inusual entre los judíos.
Ella entra al
baño de mujeres y demora. La espera se alarga en el pasillo de pasos perdidos,
a él se le inquieta la vejiga y a un paseante le pregunta por el baño de
hombres clausurado por remodelación. Le responde que para encontrar uno abierto
hay que cruzar unos pasillos y un patio con obras. Cuando ella sale, él le dice
que irá corriendo al baño de hombres, que es mejor no lo acompañe porque
atravesará una zona de obras y se mancharía su fino vestido. Ella se disculpa
por demorar para salir y responde que si él tarda demasiado no lo esperará.
Él avanza con
prisa por pasillos, encuentra un patio
con andamios y espejos. Los espejos son engañosos, da vuelta para un lado y
otro. Se siente confundido y un enojo inesperado lo invade. La presión en la
vejiga y estar en un sitio desconocido lo fastidia.
Desemboca en
una cocina llena de gente ajetreada. Intenta preguntar, la mayoría no le
entiende en español y su inglés no es fluido. Varios cocineros tampoco dominan
el inglés, son de otras nacionalidades. Pierde el tiempo intentando explicarse
hasta que uno le indica la ruta. Cruza más pasillos y vuelve a pasar por la
parte en construcción. Encuentra el baño y sale rápido, pero las vueltas le han
confundido para volver al punto de encuentro. Avanza por pasillos y por
desorientación se aleja del sitio buscado. Sin quererlo vuelve a la cocina
ajetreada. Cuando por fin el baño de damas, ya se ha marchado Cleopatra. No
sabe si por la demora ella se ha molestado o, simplemente, le ganó la prisa por
los hijos. Él se recrimina por ser torpe y perder la oportunidad, aunque quizá
ella volvió hacia el evento público.
Regresa por
una ruta distinta y atraviesa el hotel-casino con más calma, planeando
disculpas convincentes para Cleopatra. Recuerda la fragancia de ella y no
encuentra una asociación directa, percibe una mezcla de flores, frutas, madera
y algo dulce. Los pasillos le recuerdan libros del antiguo Egipto, con grecas
en los techos y jeroglíficos en los adornos. Distingue el ajetreo de un casino
y decide cruzar por ahí, donde el ruido de las máquinas y las mesas con
jugadores entusiastas está rodeado estatuas con tocados de antiguos dioses del
Nilo. En su interés por la dama, no había notado con claridad que se había
adentrado al Hotel Luxor, y entonces la serendipitia le resulta divertida. Una
judía con nombre de la más famosa reina de los Tolomeos y la última de Egipto entra
al baño de mujeres y la acompaña un extranjero con nombres que resuenan con esa
antigüedad. Del mítico Rey Salomón se dice tuvo de esposa a una hija del
faraón, y del romano Marco Antonio, el último consorte de esa protagonista. Las
coincidencias y evocaciones marcan un destino para ese encuentro. El
protagonista supone que ella comprendió las coincidencias y eso bastaría para
despertar interés y hasta simpatía. Para recuperar el hilo del coqueteo bastará
que ella no haya tomado a mal su extravío.
Antonio
Salomón regresar al evento de beneficencia y, en la explanada, siente una
decepción. La pretendida se ha marchado. La judía no aparece por el perímetro ni
en el asiento previo. Busca a la anfitriona y Megan Wallace le alegra con una
buena noticia: le pidió compartiera su número al protagonista, siempre y cuando
resolviera una charada. Es la misma que una presentada por el rey Darío en un
sueño: ¿quién es más poderoso: el rey, el vino o la mujer?”
Con una
explicación zalamera, Salomón convence a la anfitriona que su respuesta obvia
favorece a la mujer y se gana el número telefónico. Megan desconoce la
respuesta acertada, entonces da esa por válida. De inmediato Salomón llama y
ella le responde amigable, argumentando que él requiere de disculparse por su
lentitud. Cleopatra acuerda que él espere a las 9 pm en su hotel, el Treasure
Island.
Salomón había
arreglado su regreso al hospedaje a las 7pm, lo cual se cumple sin
contratiempos. Aprovecha un rato para visitar el casino, aunque con un
presupuesto mínimo para esa diversión. Así que las mesas de juego las evitará
para no perder sus quinientos dólares de presupuesto en un descuido. Para
entretenerse opta por las maquinitas tragaperras de baja denominación. El salón
del casino es un enorme espacio, adornado con palmeras, piratas, partes de
barcos (proas, cariátides, claraboyas, mástiles, velas, cuerdas, barricas,
cañones), pericos y otras curiosidades. Está más interesado en la cita, así que
decide jugar durante una hora, para disponer de tiempo para arreglarse por si
el encuentro resulta fogoso. Cambia un billete en una tragaperras y se
entretiene acostumbrándose a las opciones. Piensa que convendrá beber, bajo la
fórmula de la bebida gratuita de los casinos. Las meseras evitan la zona
barata, así que retira su apuesta, recibiendo una pesada cantidad de morralla
en un jarro. Pasea hasta encontrar una mesera, zigzagueado en un área de
ruletas y black jacks. Toma un vaso de wiski corriente con hielos y agradece
con una propina. La voz de la mesera hablando inglés con fonemas del español le
agrada.
Mira una mesa
de ruleta donde se permite apostar desde 1 dólar, así que se queda. El crupier
le recomienda que no utilice ahí las monedas pequeñas que debe cambiarlas en
una barra. Salomón se apura a cambiar su bote de morralla por fichas para
ruleta sumando 50 dólares. Apuesta ilusionado sobre el tapete verde y pone
simultáneamente en pares o nones, rojo o negro, además del número directo. A los pares y al rojo le va
atinando, pero a ningún número directo. Mira con tristeza que sus dólares
presupuestados están desapareciendo con rapidez. Se retira cuando le quedan 100
dólares y vuelve a las maquinitas baratas. Se coloca frente a una que tiene el
dibujo de un gran cofre. La recomendación es hacer varias apuestas de unos
pocos centavos y lo hace. Gana en algunas tiradas, hasta imagina que regresan
sus dólares perdidos en la ruleta. Se entretiene con las luces y los sonidos.
El cronómetro ha volado y debe retirarse. Cambia en la caja las monedas en el
bote y equivalen a un único billete, aunque le alegran regalándole un cupón
para el desayuno por su comportamiento de cliente “integral”.
Regresa a su
cuarto y se ducha. El baño es agradable, con espejos en cada pared y agua muy
caliente en los grifos. Cuando sale refrescado y contento mira un mensaje de Cleopatra
saludando con esta citación de la biografía: “Cuando hablaba, el sonido mismo
de su voz tenía cierta dulzura, y con la mayor facilidad acomodaba su lengua, como
un órgano de muchas cuerdas, al idioma que se quisiese: usando muy pocas veces
de intérprete con los bárbaros que a ella acudían, sino que a los más les
respondía por sí misma, como a los Etíopes, Trogloditas, Hebreos, Árabes,
Sirios, Medos y Partos. Dícese que había aprendido otras muchas lenguas cuando
los que la habían precedido en el reino ni siquiera se habían dedicado a
aprender la egipcia, y algunos aun a la macedonia habían dado de mano.”
Él responde que “Mi lengua no es Troglodita.” Ella responde con emoticones de
risa y agrega que aguarde una sorpresa.
En punto de la
cita tocan a su puerta. Al abrir mira a dos mensajeros cargando una alfombra
grande. Sin mediar más palabras colocan cuidadosamente la alfombra en el piso y
la desenrollan despacio. Al desenredarse por completo adentro de la alfombra
surge Cleopatra, con una variación del mismo vestido que usaba en la tarde, ahora
en tonos con mezcla de negro satinado. Salomón no atina a comentar nada cuando
la mira incorporarse:
—Best…
sorprenderte y.. la mano como un gentleman
antiguo.
Antonio Salomón
responde que sí está sorprendido y acude para tenderle la mano, corrigiendo su
distracción. Los mensajeros toman el tapete, sin mediar más palabras lo
enrollan. Ella los despide con familiaridad.
—Es… mostrar
más atónito.
Responde que
sí está asombrado y que recuerda reprodujo una escena de la reina original ante
Julio César. La leyenda cuenta que así hizo la reina para acceder al
conquistador romano.
—Me gusta la
teatralidad.
Antonio Salomón
se esfuerza por demostrar que está encantado y se desvive en elogios sobre la
belleza. Ella argumenta que se ha atrevido demasiado envuelta en una alfombra y
explica el mayúsculo desplante de la egipcia al desenvolverse hasta los pies de
Julio César, el conquistador.
—De una
alfombra es el regalo único de una reina.
Continúa su
argumento dando a entender que él debería corresponder con demostraciones de
originalidad y pasión. Tras unos minutos de plática, Salomón encuentra una
idea. Él le responde con un “Plan B”, invitándola a una cena elegante rodeados
de los tigres albinos de Siegfried y Roy. Ella demuestra su alegría y anticipa que
ese espectáculo le agradará. Presume que ella promueve a artistas famosos de Norteamérica.
De inmediato
Cleopatra toma de la mano al pretendiente y salen por el pasillo hacia el
restaurante que está en el mismo hotel Treasure Island. Mirar de cerca a los
tigres le provoca un miedo instintivo a Salomón que siente sus tripas crujir.
Cleopatra está contenta y animada. Platica de espectáculos, conciertos y su
participación en la promoción de artistas. Ella presume con velocidad de
vértigo encuentro, representación o asistencia a camerinos con Rolling Stones, Crawnberries, Black Sabath,
Jimmy Page, Ringo el de los Beatles, Fredy Mercury, Rod Stewart, Paul Anka,
Paula Abdul, Simon & Garfunkel, Carlos Santana, Jimmy Hendricks, Elton
John, Joe Cocker, Janis Joplin, Vangelis, Jean Michel Jarré, Charles Aznavour,
Nana Moskouri, Phill Colins, Barry White, Bob Dylan, Joan Baez, o Jeff Beck. Por
su parte, a Salomón ese tour platicado de los artistas le provoca ganas de
alcoholizarse, pues así oculta frustración porque en México, su país de origen,
durante décadas estuvo prohibido el Rock “de
facto”, por lo que se vedaron los conciertos masivos.
—Sabes, en
México, se vetaron después de Avándaro; el gobierno creía que fomentaban la
rebeldía y las drogas. Temían en los conciertos un inicio de rebelión, así que vetaron
cualquier permiso para las visitas de los rockeros extranjeros.
Cleopatra descreyó
de ese argumento. Por cambiar de tema explicó que es madre soltera con dos
hijos concebidos, primero con un ex Presidente y luego con una celebridad, de quien
no quiso revelar el nombre. Mostrar el nombre de un Presidente y ocultar el
otro le resultó extraño a Salomón. A esas alturas Salomón había bebido bastante
para saltar las etapas iniciales del cortejo, así que movió la mano bajo la
mesa hasta alcanzar la rodilla.
—Te comportas
como un adolescente —le objetó Cleopatra—, ese avance es de estudiante high
school. Te aclaro que para embarazarme vaticinaré tu futuro, aceptaría
una relación si sé alcanzarás la cima. Elitista, “to the top… aspera per astra”.
Ella ríe y
jala la mano de él para mayor intimidad. Él reflexiona que no intenta
embarazarla y responde que su cuarto del hotel es un escenario para “cotorrear”.
A Cleopatra le da más risa la palabra “cotorrear” y explica que estará ocupada
atendiendo a un artista, pero que lo invita a acompañarla.
Salomón siente
un vértigo a recibir la cuenta de la cena y calcularla a su moneda local,
mientras Cleopatra con alegría afirma que le pareció barata, pues incluye una
botella de champagne que ella no probó. Juntos acuden al hotel Ceasar’s Palace.
Ella comenta que es un sitio viejo, que sigue siendo encantador, un ícono del
esplendor de Las Vegas y uno de sus sitios favoritos. Ahí encontrará a Carole
King en un restaurante de un pasaje comercial interior.
El restaurante tiene un piano de cola blanco, donde la artista está tocando para
ella misma, no está dando un show, el restaurante está para cerrar, donde
permanecen amigos o admiradores de Carole, quienes le festejan cualquier gesto.
La artista saluda con efusividad a Cleopatra, grita a la distancia y luego la
abraza con efusividad como si volviera de un naufragio. Ahí, Salomón nota un
parecido físico entre ellas, aunque Carole sería la tía añosa y Cleopatra la
sobrina bonita.
Cleopatra
presenta a Salomón como un pretendiente recién descubierto. Carole afirma que Cleopatra
huye de la soledad y que le ha conocido pretendientes de todas las
nacionalidades. De inmediato Cleopatra lo niega, Carol recita entre risotadas
una lista de nacionalidades y etnias:
—Albanés,
letón, ucraniano, uzbeko, tibetano, sudanés, boliviano, siux, coreano,
tailandés, japonés…
Le interrumpe
Cleopatra, señalando que lo del japonés es falso, que ese pueblo tiene mala
fama en la cama, aunque no le interesa comprobarlo. Y cambia el tema señalando
que le tiene dos ofertas para grabar un dúo o presentarse con Elton John.
Carole señala que vayan a la parte trasera del restaurante, a una oficina. Cleopatra
indica que no demorarán.
Salomón se
entretiene con una cerveza y cacahuates que no hay servicio de cocineros. Uno
de los admiradores de Carole se presenta e invade la mesa de Salomón, pues habla
español, aunque pronuncia horrible. Tiene curiosidad por Cleopatra aunque no osa
a preguntar, así que alardea de su admirada Carole y de los conciertos a los
que ha asistido. Se presenta como Theodore Nilles, y entre su plática canta
estribillos de “Winter, spring, summer, or fall, all you have to do is call /
And I'll be there / You've got a friend…” Y luego salpica con “I feel the earth
move…”. El intruso parlotea bastante alcoholizado pero sirve a Salomón para
pasar el tiempo. Después de dos horas Salomón está molesto y aburrido; aunque
no lo va a confesar, cuando salen la estrella y Cleopatra de su reunión. Cleopatra
ha cambiado su vestido por una falda roja brillante y una blusa de tono
arcoíris con su espalda anunciada por tela traslúcida.
Ella murmura
con buen humor y saca a Salomón jalando de la mano, despidiéndose de todos con
una agitación de brazos. Colmada de regocijo quiere celebrar que la artista ha
aceptado su proyecto con Elton. No da detalles de su trato, pero está contenta.
Afirma que hay una joyería en el camino. La joyería está cerrada, ya es tarde,
pero ella sigue animada. Señala un cartel con un pectoral con brillantes. Le
comenta a Salomón que sería un gesto lindo que se lo regalase. Él dice que lo
hará, pero está bromeando y ella lo toma en serio.
—Un collar
digno de una reina, en cambio enseñaré cómo… con las momias.
De regreso en
el hotel Luxor ella insiste en visitar un spa antes que al cuarto de él.
—Lo
disfrutarás en serio.
En el spa, de
manera sorprendente por la hora, sí hay servicio. La empleada que atiende parece
china y sonríe mucho. Cleopatra explica cómo quiere el paquete, de dos masajes
relajantes, con aromaterapia y luego el tratamiento de inmersión en un
sarcófago lleno de agua con sales para simular la flotación en líquido
amniótico.
El encargado
del masaje para él es un oriental de estatura mediana y manos enérgicas. No
distingue al masajista otro rasgo que una callosidad en algunos dedos y una
fuerza de presión educada. Los masajes son suaves y relajantes. Antonio Salomón
se tranquiliza tanto que queda dormido un instante y pierde la noción del
tiempo. Despierta animado y fresco, agradece el servicio y da propina.
Cleopatra lo
encuentra y lo besa con fruición apasionada, soltando el néctar de su saliva. Es
un beso breve y ella aleja la cara. Salomón queda excitado por ese roce de
labios. Ella explica que espere un poco, que la máxima preparación dará un
realce al su reunión en la alcoba.
De inmediato ella
le explica las ventajas de flotar y tranquilizarse en completa oscuridad, incluyendo
con media hora para meditar. El compartimento de flotación está decorado como
un sarcófago de Tutankamón y eso a Salomón le parece divertido. Ella comenta:
—Sabrás como
revivió Osiris.
Salomón entra alegre
aunque nervioso al sarcófago de flotación perfecta. Se sintió un poco tenso
desde que fue al vestidor y tomó un calzoncillo negro de baño con figuras de
Tutankamón y unos jeroglíficos. Preguntó a la encargada si la ropa era limpia.
La dependiente respondió que desinfectaban todo en ese sitio y que cada traje
de baño era nuevo. Mientras se desnudaba y ponía el bañador, Antonio Salomón al
mirarse en un espejo tuvo una sensación rara, como si desde algún ángulo una
mirada lo escrutara. “Nervios innecesarios y fuera de lugar”, pensó. Observa
sus piernas y los vellos rodeando espinillas y muslos; cuando atisba el espejo
una turbulencia se agita y, de inmediato, desaparece. Carga una toalla blanca
al hombro. La dependiente le señala que calce chanclas.
El sarcófago
de agua permanece abierto y del interior exhala unas sales exóticas. Posa la
mano en el borde donde que es metálico y tibio; estira la punta del dedo índice para
cerciorarse del que no sea viscoso o frio, encontrando que la temperatura es
agradable. Desde una esquina lo mira Cleopatra, como riéndose en son de burla y
torciendo la boca, sorprendida de que un hombre de ese tamaño parezca
atemorizado por entrar.
—No claustrofóbico
o espantado en la oscuridad como niño.
Antonio
Salomón niega con énfasis. Siegue una ironía de ella, cuestionando si llegarán
sus fuerzas a la orilla de la cama. Él argumenta que el spa recupera su vigor.
Ella confirma que la meta es recuperar fuerzas, y agrega que en el cuarto
contiguo recibirá otro tratamiento, con aroma a rosas y lilas. Salomón se
precipita al interior del sarcófago líquido y se sorprende porque sus pies no
alcanzan el fondo. Cleopatra explica que es un tubo muy hondo, que van
agregando y quitando agua durante un ciclo que imita el Juicio de los Muertos.
Se ríe y guiña al repetir, bajo el supuesto de que bromea.
La dependiente
advierte que la luz y el nivel de agua irán variando en un ciclo de media hora,
señala una zona donde hay una rejilla que permite el paso del aire. Cuando
cierra la tapa con suavidad se enciende una luz azul ligera en el interior.
Después del nerviosismo inicial y de intentar nadar, como si temiera hundirse, Salomón
comprende que su cuerpo flota perfectamente y que sin hacer ningún movimiento queda
boca arriba y respira con tranquilidad. Aun así, Salomón toma una asidera
lateral para tranquilizarse. Le conviene relajarse y tener pensamientos felices
o ingeniosos para al salir dar tema de plática con Cleopatra. La tranquilidad
le va ganando y la placidez de sentirse dentro la barriga maternal de un útero
artificial adquiere sentido. La luz azul del interior se apaga por completo
para dar una impresión de más tranquilidad. Poco a poco se concentra en esa
ingravidez y relaja su mente. En algún instante se queda dormido y sueña que es
un náufrago colgado sobre una tabla desplazándose cerca de una isla del
Pacífico. Lo visita un ave albatros de alas anchas y luego desaparece. Un
cangrejo sube a la tabla, se despereza y salta al mar. La corriente lo arrastra
hacia una isla donde resuenan tambores nativos. Él está cansado y no se levanta.
Deja que las olas lo conduzcan hasta la playa y la madera lo desembarca. El oleaje
que oscila rítmicamente le quita la tabla y él sigue descansando en la arena. Vuelve
el albatros para descansar sobre la arena. Avanza lentamente una mujer indígena
con faldas floreadas. Una voz armoniosa lo llama por su nombre, es la
metamorfosis de Cleopatra que en ese
sueño se volvió indígena.
Salomón se
sorprende, pues no recuerda dónde está. Por un segundo siente el pánico de un
encierro y quedar atrapado bajo un mar oscuro. Le grita a la empleada en cuanto
se acuerda. La empleada abre el sarcófago y señala que no ha transcurrido el
tiempo contratado para el servicio. Él disimula su temor, entonces afirma que
no importa, que él tiene ganas de ir al baño. A la distancia escucha la voz de
Cleopatra ordenando que él permanezca más tiempo. Entender que ella lo dejará
encerrado más rato lo altera. La dependiente intenta cerrar el sarcófago pero
Salomón ha puesto una mano afuera, así que su mano queda apretada por el peso
de la tapa. Él finge que le duele y gritonea con lamentos. Salomón vocifera y
amenaza para que la empleada vuelva a abrir la tapa. Desde afuera hay una
palanca que facilita levantar la tapa. A la distancia Cleopatra sigue
insistiendo en que él debe permanecer más. La mano apresada y los reclamos de
Salomón vencen la voluntad de la empleada que levanta la tapa. Salomón siente
el cuerpo pesado, como si el agua hubiera arrebatado sus energías musculares.
La empleada lo
ayuda a salir halando de su brazo. En cuanto pisa el exterior, Salomón sigue
con debilidad y su cuerpo tiembla sintiendo un frío inusual, como si el aire
acondicionado conectara a una heladera. Él toma la toalla y se encamina al
vestidor mientras se seca en el camino. Acude al baño, al salir se termina de secar
y se viste. Trascurren unos minutos y aparece Cleopatra, burlándose de su grito
en el spa, y sin transición suaviza el momento comenzando la ruta hacia la
habitación del viajero. Ella el platica un relato inventado del antiguo Egipto
comenzando en las pirámides Keops, bajando a las ciudades de Luxor y Tebas,
aparecen jeroglíficos, los faraones derrotados por Alejandro Magno que deja al
primer Tolomeo que funda una dinastía imbatible, acogida por Isis y Osiris,
Seth y Amon-Ra, Horus y Maath… Mientras transcurre la plática, Antonio Salomón
aprovecha para acariciar la cintura y espalda de ella.
Cuando están
frente a la puerta de la habitación, Cleopatra propone otra charada:
—Te amaré en
cuanto te acuerdes de la letra completa “You
get a friend”.
Salomón ensaya
cantarla y cuando termina Cleopatra responde que se equivocó en varias estrofas,
que debe reintentar. Él vuelve a cantar y ella le responde lo mismo.
Cleopatra se
fastidia y busca una salida a la charada, así que canta despacio la canción.
Salomón descubre sus errores y repite la canción con exactitud. Salomón afirma:
—No es imposible
complacer a una reina. ¿Quieres seguir adelante?
—La fiesta
está por comenzar.
Él toma la
mano con determinación; ella sonríe y acerca sus labios. Al despegarlos, señala
que hay un castigo por la falla en la charada, aunque teme que a él le falta
determinación. Antonio Salomón levanta el pecho y afirma que al varón enamorado
nada le causa temor. Cleopatra entre abre su bolso de mano y asoma una
serpentina verde que se mueve. En un parpadeo, ella abre y cierra la bolsa,
mientras observa la cara desconcertada de Antonio Salomón. Ella parece muy
divertida al comentar:
—Una reina
debe estar lista para suicidarse con dignidad si la ocasión lo amerita.
El galán en un
gesto de control sobre los nervios, toma la bolsa cerrada con delicadeza y la
deposita dentro de un cajón del closet. Mientras tanto ella se sienta sobre la
cama de la habitación.
—Nada distrae
a una auténtica reina dispuesta a escalar sobre los hombros de un Atlante.
Con rapidez
ella destiente las colchas y acomoda unas almohadas, selecciona un canal de
música suave, selecciona las luces para instaurar una penumbra interesante y
empieza el capítulo final de su juego de seducción. Salomón corresponde con las
aproximaciones físicas más ardientes para la ocasión.
Después de que
se han arrugado las sábanas y los quejido de Cleopatra se debieron escuchar
hasta los cuartos vecinos, ella quiere chalar y él dormir. Tras las ventanas
con cortinas densas se adivinan los rayos del sol y un leve vibrar de vehículos
en movimiento.
Para despertar
al galán somnoliento ella tiene la ocurrencia de traer su bolso guardado en un
cajón. De un brinco se incorpora y regresa con la bolsa entre las manos.
—El reto de la
canción no lo cumpliste, así que ahora viene el reto de la mano en la bolsa del
Desierto de Gizhá. Hand in the bag.
Salomón
sobreactúa su deseo de dormir, mantiene un ojo cerrado mientras responde:
—No es hora de
juegos.
Ella insiste
en que él debe meter la mano en el bolso y sacar un espejo. Antonio Salomón
molesto con las excentricidades se incorpora:
—¡Es maniático
cargar con una serpiente en la bolsa para un juego loco!
Cleopatra echa
a reír.
—Lo que reto
es tu capacidad de observación. So… so.
Así, que era una serpiente en el bolso. Acepto… jugué a que creyeras. Lo que tengo es una
tortuga. Y te imaginaste a una serpiente y hasta una venenosa, como si yo soy
loca. Stop… Soy madre… ¿imagine risks a poison? La tortuga…
inofensiva y muy paciente en viajes.
Como Antonio
Salomón sigue molesto después de que ella abre su bolso y comprueba sus dichos,
luego lo disculpa por haber caído en su charada. Punto seguido Cleopatra cambia
el tono de la conversación hacia lo que apetece de desayuno.
NOTAS: