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sábado, 20 de abril de 2024

EL EXTRAÑO CASO DE ZAPATA BEBIENDO REFRESCO

 




 

Por Carlos Valdés Martín

 

Esta imagen de Zapata tiene un caso más raro que el de Jekyll y Mr. Hyde, entonces vayamos a su origen.

El archivo Casasola es la fuente de fotografías más importante de la Revolución Mexicana, surgido de la incansable labor del talentoso fotógrafo. Que este acervo sea tan importante para identificar todos los pasajes de ese periodo de la historia implica también que atesora momentos desconcertantes. Ha circulado por la red social una extraña fotografía que señala el nombre de Emiliano Zapata en el año 1915, durante el esplendor de la gesta revolucionaria.

El historiador estricto sospechará de una falsificación o una confusión, pues esa imagen es por completo opuesta al típico “Caudillo del Sur”. El amante de las desmitificaciones, el partidario de derribar ídolos y el conspiranoico se alegrarán a coro de encontrar un punto donde “derribar todas las mentiras que te han contado sobre Zapata”.

La imagen es extraña y nos exige reflexionar. ¿Qué marca de refresco burbujeante es esa? ¿El personaje de perfil es el auténtico Emiliano Zapata? ¿Bastan las anotaciones sobre una fotografía añeja para contar con una fecha auténtica? Algún optimista ha señalado que la marca de refrescos Azteca sí existió, aunque comenzó a operar en el año 1922. ¡Qué nombre tan apropiado para colar una marca refrescante en cada rincón del país! Esa empresa luego se fusionó con otra y dio lugar a una marca que sobrevivió las décadas y nos acompaña con el nombre de Toni Col.

Hay comentarios que sospechan que recibimos una fotografía engatusada por la “Inteligencia Artificial” o de una realidad alterna donde “la Revolución Mexicana nunca sucedió”, parafraseando a Phillip K. Dick. La ideación sobre la realidad alterna es inquietante. La hipótesis de la falsificación aislada resulta tranquilizante. En este caso promoveremos una investigación más profunda que revelará el trasfondo de tal imágenes.

 

domingo, 3 de noviembre de 2019

GENERACION DEL MEDIO SIGLO, ESCRITORES MEXICANOS: CARLOS VALDÉS VÁZQUEZ




Una visita fotográfica al escritor Carlos Valdés Vázquez, quien firmaba abreviando como "Carlos Valdés", miembro destacado de la generación de escritores mexicanos del Medio Siglo XX . Sus obras más conocidas son la colección de cuentos "El nombre es lo de menos", sus ensayos jocosos "Crónicas del Vicio y la Virtud" y su novela "La voz de la tierra".


 El personaje leyendo.





La "Generación de Medio Siglo", escritores reunidos en el trabajo con Carlos Valdés. El sexto piso de la Torre de Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Los visitan en su escritorio de la Revista Universitaria los ya notorios Juan Rulfo y Rosario Castellanos. José Emilio Pacheco y Juan García Ponce eran de casa, y un quinto elemento. Fecha estimada año 1966.


Cuando el niño soñador crecía en la ciudad de Guadalajara.
Su escuela el Instituto Cervantes.




Un certificado de estudios.


El adulto joven, emigrando a la Ciudad de México, buscando su propia vocación.


En labores hogareñas, Carlos Valdés ya casado, hacia el año 1970.
 Etapa de funcionario en la UNAM, estimado principios de 1968, felicitando a estudiantes sobresalientes, junto con Rafael Solana. 


 Promoción de la revista independiente Cuadernos del viento, la más importante promotora de la nueva literatura, en su momento.



Colección de Cuentos: El nombre es lo menos...





Caricatura sobre Carlos Valdés elaborada por Tomás Segovia, también un poeta notable.

Estampas familiares, en el Parque Hundido de la Ciudad de México.


Presentación de la novela "La voz de la tierra" por el propio Carlos Valdés.





En una exposición junto con el pintor Héctor Xavier y una amiga no identificada, quizá año 1987.





La esposa inseparable Ruth Martín Sosa, en su labor de mecanógrafa experta. 



Dibujos de Carlos Valdés, el primero una visión de Dante y el segundo un Cristo.



Con la nieta Aralia, el hijo Carlo, sus sobrinos Luis y Guillermo. Estimado año 1987.



miércoles, 1 de febrero de 2017

CATÉTER Y CARÁCTER PARA EL TRASPLANTE OBSTINADO

 



 

Por Carlos Valdés Martín

A la tía Domitila se le chamuscó el guisado y tuvo que raspar el sartén, aunque su Solovino movió la cola para ganarse esa costra carbonizada. Ella agarraba nervios cuando advertía que no se reportaba su amador, en el teléfono negro, el típico que imperaba en los hogares allá en la década de los ochentas. Quemar el guisado es una vergüenza para la cocinera, y más cuando está acabándose la flama de gas; aunque ella recurre al truco de vaciarle agua caliente al cilindro contenedor de gas, y con eso el suministro rinde para dos comidas y un baño caliente. Su amador trabaja en el “astillero”, nombre anticuado para un servicio portuario; puntual labora donde reparan láminas para los contenedores; porque él es soldador. Domitila imagina “fogoso como la flama del soplete”. Él prosperó donde otros fallaron, en la persistencia de pretendiente y cortejarla como madre soltera, aunque este personaje se disipa (por eso ni nombre obtiene) y lo curioso comenzó cuando él lanzó una carcajada premonitoria con gusto por la Coca cola.

“Mi orina ya se volvió de refresco negro.” Él era tan bromista y ella quería quitarle su gusto por los refrescos preparándole agüitas de limón con chía; supuso que era un disparate. En esa frase había algo de disparate, de tragedia y de augurio. Domitila sacó un recorte de una revista del salón de belleza. En la parte de atrás de esa hoja anunciaba las playas de “Méjico” y el estilista estaba bromeando que los gachupines no saben escribir el nombre de México. Ella se interesó en un artículo donde explicaban que el refresco era alcalino y que limpiaba metales oxidados.

Quizá ese amador no quería tanto a Domitila, pues cuando supo que ese color negruzco correspondía a una nefritis aguda, prefirió regresar con su familia a Tepic, Nayarit. Resulta que ese amador seguía casado, aunque separado, y tomó el camino de la reconciliación, con la familia abandonada. Se imaginó en el lecho de muerte, y, en efecto, en eso terminó años después.

Al siguiente año Domitila descubrió el otro hilo de la madeja, cuando su hijo de 12 años le respondió: “Lo mío no es Coca cola, pero sí orino como café con leche.” Su Toñito era flaco y moreno, de carácter alegre y animoso, como lo mostrará ante la adversidad.

Un empleo de medio tiempo en la Fiscalía sostenía a Domi, como cariñosamente la llamaban, y le daba acceso a la Seguridad Social. Ella nunca antes había acudido a consulta en un hospital oficial y llevó a su hijo. De entrada, fue una fila desesperante por lenta; con el frío que cala huesos y acogota al respirar. ¿Acogota? Sí, al entrar el aire la garganta, es como si una mano invisible presionara el cogote y evitara el movimiento; un apretón tal como se domina a los perros inquietos. 

“No me lo puede quitar la vida”, pensó, mientras buscaba una fotografía impresa a color frente al peñasco de Bernal. En ese viaje, un camarógrafo rogándole la convenció; en el fondo la roca gris a modo de bolillo gigante, recortándose contra el azul Prusia del cielo. El hijo con menos de diez años la abraza por la cintura y sonríe. Pensó: “Confía en que tendrá una vida.” Domi desarmó un marco con foto de un día en la playa, para remplazar con esa pareja de madre e hijo.

—Te pondrás bien, te curarás...

Sin embargo, pronto la descorazonó su médico: una nefritis demasiado avanzada, la pérdida de la función renal del niño da pocas esperanzas. Quizá un trasplante, si es que encuentran un donador, y mejor si es uno consanguíneo. La palabra rebotó en su cerebro como si fuera una mariposa exótica: “consanguíneo”. Pidió explicaciones sobre primos en primer grado.  No es que desconociera el término, pero el ambiente del consultorio la descorazonaba.  La otra opción es el “cadavérico”. Mientras preguntaba al doctor, en el rostro de Domi rodaron lágrimas negras al arrastrar el rímel, del filo negro sobre los párpados. El doctor del IMSS se levantó de la silla donde atendía, y le tocó el hombro para improvisar palabras de consuelo:

—Los niños son los mejores candidatos al trasplante y la ciencia está avanzando; antes sí esa enfermedad renal era una condena de muerte. Ahora hay trasplantes en el Hospital IMAN y con un adecuado control de inmunosupresores post-trasplante hay grandes oportunidades de una buena convalecencia… Así, que no llore.

**

En la fiscalía Domi manejaba archivos, buscándolos en un galerón frío y polvoso que abarcaba un piso entero. Su día a día era ajetreo de entregar y rescatar fólderes con legajos en hoja oficio, con sellos y anotaciones, saturados con gruesas actas. Requiere de habilidad y memoria acudir al sitio exacto para sacar y devolver los escritos. Por una serendipia, Domi había visto un escrito sobre el hospital para niños, justo hacia donde se dirigía. Le pidió una tarjeta de presentación a su jefe dirigida al director general de ese nosocomio, según la añeja ilusión de las recomendaciones que a veces funciona.

En ese hospital la enviaron con la empleada de Trabajo Social, quien le confirmó que ya habían inscrito la petición para donación de “cadavérico”. Así, que Domitila imaginó que sanaba por completo, cuando, mediante una rápida intervención quirúrgica, a su niño le colocaron una fístula, que es un tubo plástico que conecta vena con arteria, para permitir que entre un catéter para el proceso temporal de limpieza de sangre mediante una máquina de diálisis. Gota a gota sale la sangre espesa y regresa limpia al cuerpo del chico, sustituyendo el metabolismo de los riñones inutilizados. El procedimiento dura varias horas, pues la sangre se filtra con lentitud, y luego, regresa purificada, aunque provoca un desequilibrio de nutrientes, que trae cansancio y molestias físicas inesperadas, como cefaleas, mareos y calambres.

**

Domitila, con lágrimas en los ojos, presionó a Toñito para sacarle la promesa de que sería valiente y que acataría con disciplina las rigurosas indicaciones médicas. Tras semanas de advertencias, admoniciones, súplicas y reconvenciones para Toñito, en cuanto le colocaron la fístula, para cuidar que no se dañara, quedaron prohibidos los deportes bruscos que tanto disfrutaba: ni fútbol ni básquetbol ni vóleibol ni tochito ni quemados ni víbora de la mar ni carreritas ni subir árboles ni tirar pedradas… Al menos, las recomendaciones médicas le dejaron jugar canicas, matatena, avioncito, trompo, balero, lanzarle la pelota a Solovino, etc. En ese cambio radical de vida Toñito mostró su carácter decidido para adaptarse. La dieta obligada también era un trance complicado, cuidándose de evitar golosinas y antojitos, aunque no le prohibieron los refrescos. Curiosamente y contra el pronóstico de su profesora, las calificaciones del niño se volvieron perfectas y él se preocupaba de cumplir todas las tareas por cada vez que faltaba para ir al hospital.

Para compensar, Domi movió la televisión blanco y negro de la sala al cuarto de Toñito, montándola arriba de ropero; además le compró juegos de mesa como Monopolio, Lotería, Memorama, Stratego, Risk y hasta le permitió las barajas plastificadas (antes prohibidas por un prejuicio contra los tahúres).

—Que resulta que siempre sí… Sí tienes un papá y el señor se acuerda de ti —susurró Domitila mientras volvía a raspar la cazuela, donde se asentaba una porción de frijoles quemados—. Dice que el domingo marca por llamada de larga distancia.

Los nuevos gastos hubieran sido imposibles para Domitila; por una bendición inesperada, el padre ausente y emigrado a Chicago comenzó a mandar dinero en remesas de dólares.

La comadre objetaba a Domi que eso del trasplante era demasiado extraño con sensación a radionovela de Kalimán, como que poner una parte de otra persona dentro de uno ni en las películas del Santo contra la hija de Frankenstein. Esa comadre era nerviosa, ignorante y algo chistosa, así que Domi despreciaba esas opiniones:

—Visite al espíritu del hermanito Cuauhtémoc, que ese sí es milagroso; dicen que un muchacho lo rencarnó y con irle a rezar hace una limpia, saca el empacho, retira el mal de ojo; es que sospecho que el riñón se “poncha” con el mal de ojo.

Domi cambió la conversación, pues la comadre no entendía que su plática era incómoda al esperar noticias de la operación. Unas horas después, el reporte médico fue alentador, el niño se recuperaba sin contratiempos en el hospital.

Lo primero que Toñito le dijo a Domi:

—No tengas miedo, mamá; sí, voy a seguir contigo y con este trasplante por muchos y muchos años.

A ella se le trabó la lengua mientras le acariciaba el pelo a su Toñito:

—Mientras le eches catéter, digo, eches tu carácter, este trasplante sí será obstinado.

Los dos imaginaban que sí había un futuro.