Por Carlos Valdés
Martín
A Adam Smith se le cita por una mano invisible guiando al mercado, lo cual
es un exceso, pues lo
primero será recordarlo por los alfileres y sus “división del trabajo”. Una “mano
invisible” ya ha ido demasiado lejos, se coloca más allá de la materia, en el
terreno de los magos que desaparecen. ¡Por la música de las esferas! Si Smith
fue inventor de lo que es un economista: el estudioso de la cuestión más material,
¿cómo iba a comenzar por el acto de Houdini? No, eso es un sinsentido que surge
del gusto por las metáforas para niños. Esto no significa que se demerite a
Smith como investigador novedoso y profundo, “pater patria” de la
ciencia económica.
La materia pequeña
Cuando vemos economistas que
estudian hasta el bostezo las diferencias de ingresos como si de ellas derivara
una Revelación, vale
volver a Adam, quien por su perspicacia sigue siendo ejemplar. Y siguiendo su ejemplo
nos fascinaremos con sus principio y aspecto más pequeño: elaboración de objetos
diminutos. En el siglo XVIII lo pequeño eran alfileres, clavos y botones,
ahí yacía lo más liliputiense de la producción, pues ni soñar en microchips y
nanotecnología. Con sagacidad digna de un Salomón, por ahí comienza el célebre
Smith: cuidar dónde surge lo diminuto (el alfiler) para mirar hacia lo más grande
(la nación, el mundo, la plétora de bienes), así comienza La riqueza de
las naciones.
Cabe recordar la pequeñez
de la semilla, sin embargo, la cosecha implica una agrupación; la mazorca y la
espiga son agrupaciones, donde ya se formó la pequeña semilla. No hay una
producción laboriosa de la semilla separada, ahí nada más se la extrae y, la
sembrarla, se reconoce su potencial de renacer o fructificar. La mentalidad
popular y religiosa sí quedaba como hechizada por esa fuerza de lo pequeño
cuando hablamos de la semilla, tal como se recuerda el culto a Deméter (los
misterios Eleusinos y demás en Grecia clásica), así como su transformación en
el pan de la eucaristía para los cristianos. La fuerza de lo pequeño cautivaba
a los primeros pensadores y así surgió la noción del átomo, esa materia que ya
no se rompe, siendo elemental y eterna en Demócrito. Anotemos la originalidad y
empirismo de Smith quien no pretende que el alfiler sea un átomo ni renazca
cual semilla, sino que aparece ahí como objeto discreto que demuestra un movimiento
de división a su alrededor, al cual Smith analiza y llama: la “división del
trabajo”.
Espacio fijo: el taller
La primera parada en el
viaje intelectual de La riqueza de las naciones llega a una
manufactura o simple taller, de un objeto de lo más sencillo para esa época: el
pequeño taller para elaborar alfileres. Los comienzos son de importancia
suprema y éste de Smith resulta de un diseño excelente, lo bastante para que
con único libro se le considere el padre de la economía política clásica, casi
como quien dijera el primer economista en serio.
Para esta explicación el taller
manufacturero resulta de una evidencia absoluta, incluso Adam Smith comenta
que el taller se observa desde la ventana o la puerta, donde hay un lindero.
Ahí estaba esa organización proliferando en el medioambiente de Europa, la cual
había visitado el autor para obtener observaciones precisas.
Entonces el taller es un hecho,
evidente y cotidiano, aunque todavía novedoso. Como en otros siglos eran un hecho
el cazador, el recolector y el agricultor, aquí hay algo más que ver. Sucede
algo diferente al artesano, pero emparentado con el “gremio”, sin embargo,
modificado, pues acontece un espacio que se transparente. Recordemos que cada
gremio era opaco, un grupo encerrado o de cónclave, según las reglas de los
estamentos medioevales, que prohibían compartir sus secretos.
Otro punto importante:
comienza comparando la capacidad de un individuo solitario: un operario individual
para fabricar un simple alfiler, señalando las diversas actividades para hacerlo,
hasta conseguir su elaboración. Sucede la correspondencia renacentista en el hombre
y el macrocosmos, pues por esta vía de equiparar, la escala humana se mantiene
conectada con el conjunto, particularmente por la vía de la ley del “valor trabajo”,
como una regla para la economía.
La “división” mantiene la
unidad global
El argumento de fondo es
una operación muy fuerte que atraviesa el sistema mediante la “división del
trabajo”, que rebota hacia una compensación constante, para establecer la red
del sistema mercantil. Esa división resulta un concepto clave para la
construcción de la obra teórica y para comprender su visión sobre la economía y
el capitalismo, porque resulta una división que mantiene unidas a las partes, que
son muchísimas y alcanza a engranar un sistema complejo de actividad.
El concepto completo es la división del trabajo, que se complementa con otras
divisiones que abarcan los ramos, la oposición de ciudad y campo, las naciones
lejanas para formar un mercado mundial, etc. Al menos, resulta crucial
diferencial la división dentro del taller y la que acontece fuera del taller,
por lo que la unidad manufacturera resulta una integración indispensable.
Conforme resulta más intensa
la división del trabajo dentro del taller, como equilibrándose, va a requerirse
de una unión de ese trabajo dentro del taller. La unidad de la manufactura en
cada unidad productiva depende de ese dividirse para reunirse, mediante lo cual
se logra un salto tremendo de la productividad del trabajo. El argumento
crucial de este capitulo es que conforme se logra dividir más y mejor el
trabajo, entonces hay muchísima más productividad en la unidad productiva, lo
cual resulta una revolución y una bendición, cuando se compara con lo que
producen los individuos aislados que se dedican a cumplir integralmente todos
los aspectos de un producto. Ahí establece Smith la gran distinción entre sociedades
y épocas, pues son los pueblos bárbaros o los periodos anteriores cuando el
trabajo integrado es tan poco productivo que la salida es sacrificar a las
personas, por ejemplo, señala “Entre las naciones salvajes de cazadores y
pescadores son tan miserablemente pobres que por pura necesidad se ven obligadas,
o creen que están obligadas a veces a matar y a veces a abandonar a sus niños,
sus ancianos o a los que padecen enfermedades prolongadas”
El segundo nivel más general
de la división del trabajo implica el intercambio, por tanto forma el mercado,
respecto del cual Smith lanza elogios por el complejo requerimiento de bienes
para integrar la producción cotidiana. Este nivel de división implica un
intenso y extenso intercambio que trae las variedades exóticas de bienes.
Distancias, complicaciones
Cuando el objeto
producido no viaja grandes distancias, sí lo hacen sus componentes; sobre lo
cual Smith subraya que hasta los productos sencillos ya traen la complejidad en
sus componentes y es crece con las distancias. El argumento explica sobre una “revolución
de la vida cotidiana” la cual está mejorando de manera notable la existencia de
la gente, y con ejemplos cotidianos, Smith nos señala los grandes avances de su
periodo.
Encontramos un tono de elogio
mesurado ante los logros de esa nueva producción. “Especialmente ¡cuánto
comercio y navegación, cuántos armadores, marineros, fabricantes (…) y que a menudo
proceden de los rincones más remotos del mundo!”
Decía Descartes que la primera emoción es la admiración, la cual está como abriendo
las puertas del alma, para que todas las emociones avancen después de ella.
Esta admiración por lejanía, aplicable a una discreta tijera, la amplifica al
notar la distancia tremenda de los viajes. Si ya la humilde herramienta se
admira por tal proceder, ese entusiasmo se incrementa con la escala, pues hay “máquinas
tan complicadas como el barco del navegante, el batán del batanero, o incluso
el telar del tejedor”
Y también conserva un tono admirativo, cuando considera al algún bien en
particular, como el cristal, esa materia que mantiene la vista y el calor de
los hogares: “la ventana de cristal que deja pasar el calor y la luz pero no
el viento y la lluvia, con todo el conocimiento y el arte necesarios para
preparar un invento tan hermoso y feliz, sin el cual estas regiones
nórdicas de la tierra no habrían podido contar con habitaciones confortables”
Productividad: el
crecimiento exponencial
Además de un ser un concepto,
la productividad, resulta un salto y agrega la emoción de ese brinco, donde el
ejemplo del taller de alfileres resulta clave. La productividad
resulta un concepto que relaciona trabajo y recursos implicados con el
resultado en bienes materiales útiles. Con Adam Smith la productividad se
transforma de un concepto abstracto (que lo es) y alcanzar el júbilo de ese
crecimiento súbito.
¿Por qué habría de
importar el crecimiento súbito? Ese carácter importa para las emociones y las
expectativas. Esto se explica con Zeus, quien es el dios-hijo capaz de vencer
el dios-tiempo, al terrible Cronos; lo cual implica que para ganarle a la
fatalidad, los antiguos asumieron que el crecimiento súbito del rayo, que de la
nube transita hasta el relámpago. El paciente agricultor imagina el súbito
crecer de las semillas, mientras se sienta a esperar los lejanos meses de
cosecha. El ejemplo de Zeus pertenece a la imaginación mítica; el caso del
agricultor corresponde a impaciencia de las estaciones; en cambio, Smith apunta
a un acontecer cotidiano.
La fórmula sencilla de “Productividad
= Productos generados/ Recursos utilizados” se debe reducir a un mismo elemento
de medida. En este caso, lo que Smith emplea es “tiempo de trabajo”, que se
abstrae en un flujo de horas, simple tiempo en que transcurren las jornadas
empleadas. El argumento de crecimiento maravilloso de la productividad, es tan
evidente, en cuanto basta dividir el trabajo en operaciones separadas, para que
el trabajador sea más productivo. Ele ejemplo del taller de alfileres resulta
en un se pasa de 1 a 4,800 en términos de productividad y bastó ese salto de
la productividad para “revolucionar el mundo”. Ese proceso de la división del
trabajo fue el fundamento de las ciudades (la revolución agrícola y urbana
desde haca milenio), que en el periodo mercantil se aceleró.
Objetivo del bien vivir:
riqueza
Smith es recordado con
gratitud porque su humilde intervención resultó en la mejor de las intenciones
y, efectivamente, logró una repercusión práctica positiva. Curiosamente este
capítulo ofrece un criterio para mejorar en la conquista del objetivo: “Es
mucho más probable que los hombres descubran métodos idóneos y expeditos para
alcanzar cualquier objetivo cuando toda la atención de sus mentes está dirigida
hacia ese único objetivo que cuando se disipa entre una gran variedad de cosas.”
El propio Adam Smith,
como estudioso enfocado en un campo del saber tan poco roturado, logra una
especie de revolución del modelo.
Al plantear Smith, la riqueza como objetivo deseable de las naciones, el
objetivo que propone está al ras del suelo, pues la producción creciente está
al alcance de la mano, dependiendo de cada pequeño taller. El objetivo abarca
los sitios más lejanos, aunque no llegue a las fantasiosas Agartha y Lemuria,
porque la cadena del trabajo dividido exige incluir materiales y proveedurías
desde los puntos más remotos y, viceversa, implica alcanzar las regiones más
distantes. El objetivo se mantiene cerca de los bolsillos humildes, de las manos
callosas, de las espaldas encorvadas, para terminar con el desabasto y siempre
interesado por la condición de las más diversas índoles. El objetivo no es
utópico, pues con sencillez constata el avance del “estado de las cosas tal
como son”. El objetivo no resulta hostil al Estado, pues la economía política,
incluye las metas generales del gobierno.
Ventajas de especialistas
y evidencia de máquinas
El argumento completo de
este libro se dirige hacia la ventaja de los especialistas (en el sentido más
simple de este término) y el triunfo de las máquinas. De manera explícita este
capítulo es un canto opuesto a la idea renacentista y fourierista del individuo
integrador de múltiples capacidades, cuando insiste en que mientras más simple
y repetitiva resulte una tarea, se hará mejor y con más eficiencia (velocidad,
destreza, ahorro de tiempos muertos, menos distracción, perfeccionamiento,
concentración de esfuerzos, etc.)
El argumento de este
capítulo está centrado en la ventaja colosal de integrar a varios trabajadores
en un taller para manufacturar cualquier objeto, basado en el caso de los
alfileres. Basta una decena para saltar desde un resultado insignificante de elaborar
un único alfiler por trabajador, para alcanzar un promedio de 4,800 por obrero.
En este caso, Smith observa con detalle los motivos de tan dramática ventaja.
Un primer y crucial
motivo para que la especialización aventaje tanto, es la concentración de la
mente: “Es mucho más probable que los hombres descubran métodos idóneos y
expeditos para alcanzar cualquier objetivo cuando toda la atención de sus
mentes está dirigida hacia ese único objetivo que cuando se disipa entre una
gran variedad de cosas.”
Basta la concentración para avanzar al éxito, hasta parece un promocional de
técnicas de Mindfulness. Ahí coloca Smith la clave: de modo espontáneo
la concentración en una única tarea proporciona un sinfín de
ventajas productivas.
La ventaja de la máquina
no la argumenta en este capítulo, pues la deja como una evidencia, ya arraigada
en el sentido común: “todo el mundo percibe cuánto trabajo facilita y abrevia
la aplicación de una maquinaria adecuada. Ni siquiera es necesario poner ejemplos”
La proliferación de las nuevas máquinas en suelo británico había progresado lo
suficiente para considerarse una evidencia sin objeción y asimismo se
especializó pues “la fabricación de máquinas llegó a ser una actividad específica
por sí misma.” La expansión de las máquinas, incluso, ha creado un lenguaje
para las nuevas partes y procesos, como pistones, válvulas, manivelas, etc.
El propio desarrollo
manufacturero estaba dando más protagonismo a la máquina de vapor, que era la consentida
del periodo, y este proceso ha permitido la presencia de máquinas muy complejas
como el barco, el batán y la tejeduría.
Estas últimas máquinas más complejas quedan alineadas en la avanzada del
periodo, así,
las admira Smith para integrarlas en su investigación.
Resultado: fluyendo hacia
El panorama que percibe
Smith resulta de un optimismo radiante, señala un fluir de productos expandiéndose
y derramándose hacia todos los individuos, incluso el más humilde trabajador.
Resulta un sistema de multiplicación que redunda en objetos que escurren en una
plenitud para el conjunto: “La gran multiplicación de la producción de
todos los diversos oficios, derivada de la división del trabajo, da lugar, en
una sociedad bien gobernada, a esa riqueza universal que se extiende
hasta las clases más bajas del pueblo. Cada trabajador cuenta con una gran
cantidad del producto (…) y una plenitud general se difunde a través de
los diferentes estratos de la sociedad.”
A cada hogar llegan productos, cada quien recibe más beneficios de lo que
aporta, aunque el intercambio sea en equivalentes el resultado resulta superior
a las premisas.
Esta tendencia benéfica,
resulta reforzada a la tendencia hacia el entramado universal, pues una mayor “división
del trabajo” siempre será más eficiente, por tanto, arrastrará a todas las
partes hacia el mercado. Así, Adam Smith advierte la tendencia hacia el mercado
mundial, unida al crecimiento de la riqueza; al final de cuenta, explora un
optimismo a toda prueba.