Por Carlos Valdés Martín
Motivación
Las evocaciones sobre Jardín de las Hespérides resultan de gran interés por
sus conexiones y significados. Hay relación de esta narración del jardín privilegiado
que condensaba las potencias solares y producía manzanas doradas que daban vida
eterna, por ejemplo, hacia el Edén del Génesis (las frutas prohibidas),
las leyendas heroicas (de Hércules), el zodiaco, la geografía antigua (el Occidente),
la asignación de España y el simbolismo del atardecer (frontera de día y noche,
vida y muerte, la cosecha alegre del Edén), la búsqueda de la Atlántida, etc. Entre
las más clásicas de estas ninfas se ha nombrado a Egle, Eritea y Hesperetusa, la
última también personificada como Hesperia y Aretusa, por lo común del relato
clásico son hijas de la Noche, engendradas espontáneamente, o también
descendientes de Atlas (Atlante) o de Vesper.
1ª premisa en el Edén
La conciencia de un estado paradisíaco original o postrero es una de las
grandes motivaciones de las religiones, reflejo de un anhelo psicológico por la
edad perdida (la primera infancia o hasta el útero de la identidad
sujeto-objeto). En
principio, el Edén comienza por unirse a la visión más ingenua de un jardín,
para adquirir una densidad mítica, un sitio de la perfección originaria, tal
como se ha interpretado el relato del Génesis. En el espectro griego la región paradisiaca
se integra por una lejanía geográfica en dirección del occidente, que va más
allá, cada vez: Primero hacia Italia, luego hacia España, luego junto a los
montes Atlas de África, para ser islas del Atlántico… Que luego reviven en el
mito de la Atlántida, como una civilización primigenia. Las diosas mujeres del atardecer,
como hijas de la Noche o la Oscuridad, así como algunas Horas, indicaciones que
guiñan la mirada hacia los períodos nocturnos y del descanso. Además, a estas
islas beneficiadas por las bellas Hespérides, se les agrega un don para
volverlas preciosas, que son las manzanas (o más precisamente frutas) de la
inmortalidad. El fruto como reflejo de la vitalidad de la naturaleza emanada
del árbol sagrado, que al crecer resulta un don tan completo de inmortalidad o
sabiduría es un mito compartido también por el Génesis y muchas otras
leyendas. Ese gran poder de la fruta mágica, de alguna manera, debe protegerse
mediante guardianes terribles. Los griegos imaginaron a un dragón de cien
cabezas y en el paraíso judeocristiano se colocaron los arcángeles, también
terribles cuando no son tus amigos.
2ª consecuencia de Vida Eterna
La vida disfrutada con hermosura, fuerza y sabiduría (el triángulo de las
ninfas, héroes y dioses paganos) sería perfecta si no fuese mortal. Lo bueno será
increíblemente bueno cuando nunca se acabe, sin embargo, el problema humano es
la conciencia de nuestra mortalidad y finitud. De la muerte, nos lamentamos
desde que tomamos conciencia en la infancia, sintiendo ese temor y temblor, lo
cual se convierte en un lamento popular. Las mentes refinadas perfeccionan esa
conciencia, así el filosofar es aprender a morir,
tal como los estoicos dedicaron su mejor esfuerzo a adaptarse a la sombra de la
muerte.
La religión y la mitología compensan esa tristeza ante la muerte mediante
una visión edénica de una región donde la vida siempre florece. Una de las
opciones está en el límite donde se pone el sol, en la región del ocaso.
Precisamente la ubicación de las islas del Atlántico o el Jardín de Hespérides
a los pies del gigante Atlas está imaginada en la frontera de la región donde “muere
el sol”, por eso las ninfas encantadoras hijas de la Noche y la Oscuridad ahí
siguen jugueteando, convertidas en seres de vitalidad, generando y regenerando
a nuevas divinidades tales como a Hemera, el Día en femenino y Éter la
luminosidad superior en masculino.
3º materializar un prodigio: fructificar
Los jardines de Hespérides y las Islas de los Bienaventurados fueron
buscados como sitios reales, que se escapaban de los viajes de los antiguos
marineros. Esos escapes resultaban en frustraciones o suponer que en el lejano
pasado sí existió ese sitio originador de plenitudes, según la leyenda de la
Atlántida del Timeo.
Mientras tal prodigio no se encontró en la geografía sino como vestigio, en
cambio, la biología natural daba a los pueblos abundantes evidencias de que la vida
se revitalizaba en cada estación, de tal manera que la evidencia de los frutos
mostraba que el principio vital se condensaba y permanecía al alcance de la
mano. Los atributos místicos de los misterios Eleusinos explicaban el drama de
la muerte y resurrección del cereal a partir de su viaje al inframundo. Estos
atributos se miraban con ligeras variaciones en los frutos, de ahí la “fructificación”
y su capacidad para nutrirnos de salud. A partir, de la evidencia práctica e
irrefutable de que los frutos traían bienestar, se consolidó la visión de que
la vitalidad se condensa (noción importante para buscar esencias, pensando que
el Sol da su esencia a frutos dorados) en la naturaleza y la mano atinada es
capaz de obtener los frutos precisos que dan vida. ¿Cómo se transita de la
nutrición con deliciosos melones o manzanas hacia una vida eterna? Por la
propia dialéctica del tiempo (Cronos devorador), pues lo eterno únicamente lo
conocemos por este ahora (Aion fluído) que transcurre. “El
Aión es exactamente la frontera entre las dos (series antagónicas del cielo y
la tierra), la línea recta que las separa, pero igualmente la superficie plana
que las articula, vidrio o espejo impenetrable.” De la misma manera, el fruto se convierte
en un más allá que unifica la distancia entre la vida y la muerte, de tal
manera convertido en llave para el enigma de la vida eterna, reservada para los
héroes y dioses de la mitología. El
deseo insensato de obtener una fruta eterna de hespéride resulta en la absurda temporalidad
de Marx en su teoría del valor-trabajo, que se cristaliza a manera de sustancia
eterna. Para Marx el tiempo nace para cristalizar en una especie de sólido
eterno, que rige el sistema, pero nunca se pierde, únicamente se ajusta en
atrasos y aceleraciones (de épocas), en petrificaciones (de valor) y
revoluciones (de futuro), donde la emanación positiva es la “comunidad”, por
tanto, la deidad secreta del comunismo.
4º fruta al alcance de la mano extraordinaria
La lejanía mítica nos conduce cada vez más lejos, saltando del espacio vespertino
(con la etimología del ocaso)
hasta llegar a las estrellas, donde las constelaciones del zodiaco se vinculan
con los doce trabajos de Hércules. En algunos relatos las Hespérides terminan
siendo un grupo de estrellas, el reptil de cien cabezas que las guarda es otra
constelación llamada Dragón, y Hércules es otra constelación que domina al
Dragón. Sin embargo, el relato exige que lo codiciado, de alguna manera, sea
alcanzado.
Una vez que se ha atisbado la mera posibilidad de un fruto extraordinario
que convierte lo pasajero en existencia eterna había que conquistarlo. La
medicina y el aparato científico se preocupa por traspasar la frontera y
prolongar un poco la esperanza de vida del ciudadano promedio; mientras el
antiguo indagaba sobre una ruta para encontrar el prodigio al alcance de la
mano. Era evidente que esa manzana única que data tanto con un mordisco debía
ser ambicionada por los reyes, que su lejanía y los peligros que había en la
ruta la protegía y que el singular talento de un héroe o un dios lograrían alcanzarlas.
Los antiguos atribuyen a Hércules ese logro cuando suma su fuerza con el
ingenio, capaz de sustituir al Gigante Atlas cargando al mundo o al cielo, y
con la astucia para engañarlo.
En el relato mítico lo sellado por la imposibilidad se supera para quedar
al alcance de la mano. Cuando el héroe Hércules se ha apoderado de las manzanas
de las Hespérides el “secreto de la inmortalidad” queda al alcance de la mano
terrenal. Sin embargo, no se conocieron humanos que hayan logrado comer de ese
fruto, así que las prodigiosas manzanas deben regresar a su recinto y una diosa
se encarga de regresarlas.
5º las frutas conocidas y desconocidas
Las manzanas que conocemos ahora son un derivado del arte hortícola, de tal
manera que los antiguos cuando pensaban en lo que recogía Hércules no implicaba
esa vistosa manzana roja o amarilla en particular, sino alguna otra fruta según la
región donde se produjera el relato. Para los griegos antiguos, la fruta posee
muchos significados, y la manzana (lo que ahora consideramos ese hermoso
ejemplar rojo y de cáscara brillante, con un corazón de estrella en pentágono)
que se revelan en distintos relatos. Uno de los más antiguos es la “manzana de
la discordia” donde suponemos que una disputa entre diosas durante el primer “concurso
de belleza” originó la trágica guerra de Troya. Este antiguo relato implica que
la manzana es capaz de encerrar las potencias benéficas y las maléficas en una
forma engañosa. Para la tradición judeo-cristiana imperó la hipótesis de que un
fruto fuera la vía de la tentación y la ruta para quedar expulsados del
paraíso. Lo anterior significa el contraste entre apariencia y esencia, así
como el fruto es la máxima expresión de vida también sería una puerta a la
muerte: son los dos lados de la moneda que aparecen juntos. Bajo tal ambigüedad
la tarea de conocer los frutos y distinguirlo resultará más urgente, una
diferencia entre el día y la noche, sin que ésta sea una desgracia, sino que
Nicté es un ser otro, una radical situación donde el Sol se ha ausentado.
6ª ¿Paraíso adánico es un relato antagónico al Jardín
Hespérides?
En la etimología occidental, en algún momento, la manzana (en su hermosa versión
que llega hasta nuestros días) se asoció con alguna maldad, al interpretar de
manera profana el relato del Génesis. El relato del edén de Adán y Eva
posee la ventaja de que, en algún sentido primordial, todos participamos (por
linaje) de una perfección primordial, por más que la expulsión adquiera el tono
de su contraparte, como una desgracia inalcanzable (pues al pasado nadie
regresa). El relato del Jardín de Hespérides posee la ventaja de una búsqueda
extraordinaria para alcanzar una condición extraordinaria, motivación de los
viajes y de las personalidades extraordinarias. Ambos relatos, ponen énfasis en
cualidades potenciales de todo ser humano, ya sea con una perfección originaria
(perdida, pero recuperable) o con una perfección a buscar en la lejanía bajo la
condición de reunir las condiciones extraordinarias.
7º Conclusión: ¿manzanas adentro o afuera?
Esta exploración hacia el hermoso Jardín de las Hespérides invita a descansar
para preguntarnos ¿dónde están ahora esas manzanas desde la perspectiva de este
siglo? La oposición entre el adentro y afuera de tal hipotética vida eterna
parece irreconciliable, a menos que ya se haya cumplido con un largo viaje,
como Hércules, o se posea una memoria como la de Milton, quien en sus poemas
recordaba El paraíso perdido. La tradición esotérica busca esas manzanas
prodigiosas dentro de cada persona, ya sea mediante la iluminación de los
chakras y la indagación en su espíritu, mientras la ciencia sigue buscando cómo inventar otras manzanas de Hespérides, condensando esencias solares.