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domingo, 1 de septiembre de 2013

EL BIEN ECONÓMICO DEBAJO DEL MANTEL BLANCO



Por Carlos Valdés Martín

El “bien económico” pareciera un asunto trivial y hasta resuelto antes de plantearse, sobre el cual ninguna discusión levantaría el vuelo. Pero esa discusión obstruida obedece a varios prejuicios.
Basta imaginar un mantel blanco para convencernos de la existencia de un bien económico, sin embargo, hasta un mantel blanco podría esconder algo, agazapar una pequeña sorpresa, convirtiéndose en la sábana fantasmal de los cuentos infantiles. Empecemos con unas pocas definiciones y así, en principio, se acepta generalmente como “bienes económicos” a los objetos escasos para consumir directa (la sopa en el plato) e indirectamente (el piso de abajo) o bien los que sirven para producir otros objetos (las máquinas fabricadoras). Los bienes económicos de consumo se definen como los objetos aptos para consumir por los seres humanos y los medios de producción son los objetos materiales mediante los cuales se generan ulteriores objetos de consumo. En una sociedad mercantil los bienes abarcan las mercancías de todo tipo y los capitales (medios de producción), pero existe un objeto particular donde concentra las bondades del mundo mercantil: el dinero. El dinero en su calidad de medio de cambio universal y valor objetivo estructura al conjunto de los bienes materiales de la sociedad mercantil y ofrece un nuevo sentido. Los bienes económicos del mundo mercantil incluyen el comprar y vender, lo demás es un espacio marginal de relaciones de otro género, como las domésticas, las afectivas... Así, los objetos económicos consumibles son difícilmente conmensurables y están sometidos a la más diversa arbitrariedad de los gustos, mientras el dinero opera como el objeto social que sugiere su continuidad e intercambiabilidad universal[1].

El sentido del “bien” de los objetos económicos concretos de la sociedad capitalista está adherido al cuerpo de los mismos, por lo que su particularidad contiene todo el peso de la ecuación. Las mercancías se consumen de manera privada y el sentido bueno o malo de su consumo cae dentro de una esfera particular, por eso algunos ocurrentes consecuentes consideran que el consumo de drogas no se debe prohibir porque resultaría un atentado contra la libertad del consumidor.

Procurando santificar ese “bien” contenido en las mercancías, los neoclásicos han tratado de aislar un gozo abstracto o una utilidad genérica que sería posible homogeneizar en cada producto mercantil. Esa utilidad general se convertiría en una medida homogénea para determinar el valor de cualquier mercancía respecto del consumidor conjunto de consumidores. Esta teoría centrada en el consumidor esconde un problema de conversión de lo interior distinto de cada sujeto consumidor (su apetito con diferencias concretas) en una cualidad homogénea. Por eso se ha reprochado al neoclasicismo económico que se está reinventado al hombre en base a una abstracción y con una hipótesis improbable: el homo económicus[2]. Ese homo económicus inventa al sujeto del consumo y la producción comportándose tal como dicen los autores neoclásicos que una persona debería comportarse en el mercado: con una racionalidad completamente adaptada a las leyes del mercado (oferta y demanda, preferencias consistentes en base a precios, movimiento consistente de necesidades en base a precios). Pero las personas no se comportan ni consumen siempre bajo ese modelo simplificado.

BIENESTAR ECONÓMICO
No es casual que el lenguaje de la economía esté tan impregnado del lenguaje de la ética, porque de la vida misma depende el funcionamiento de cualquier sistema social. La afirmación de la vida es el bien y el sentido todo el proceso económico implica una orientación hacia ese simple bien (subvertido parcialmente por tendencias en sentido opuesto, como puede ser un afán de lucro desmedido, los efectos secundarios indeseados). La reproducción económica implica un bien por la mera continuidad de la vida, y esa existencia, desgajada de su continuidad con sus premisas, es un don y casi un milagro. La producción de la vida es la premisa material del bien y su definición general. Decir "bien" es permanecer vivo[3].
Bajo las premisas generales y generalizadoras, cualquier economía implicaría un bien, sin embargo, debemos observar las contra-tendencias y las situaciones anómalas. El mantel blanco nos indica que la mesa está servida, y la disposición de una mesa indica el periodo de alimentación, tan cotidiano e indispensable. Al alimento se le enmarca con un mantel para indicar su separación de un ambiente más tosco o que no es completamente asimilable. El plato sostiene e indica que el bien que comeremos es indudable alimento, sin embargo, su maravilla resulta poco apreciada, si no la colocamos en un marco adecuado. El mantel se revela como el marco adecuado, pues al hecho se le refuerza con su obviedad. Y luego de lo obvio conviene preguntarnos con extrañeza si aparecen productos que definitiva y claramente no sean buenos (nunca jamás).

OBJETOS MALIGNOS
Si en la esfera de la generalidad todos los objetos producidos son buenos porque pretenden una utilidad, al aterrizar esta afirmación descubrimos su fracaso. La producción humana, con su crecimiento y variedad ha creado también objetos dañinos o mortales. La expresión más ácida de "bien económico dañino” (BED) aparece con la densidad de una droga y un arma, que respectivamente descubren las expresiones extremas del daño propio y del ajeno[4]. Bajo este rubro se crea un objeto maligno, que perjudica a la persona completamente y sin lugar a dudas finales. Tanto el arma como la droga poseen una antigüedad inmemorial, partiendo desde rudimentarias elaboraciones durante la edad de piedra; su adecuación está ligada a las "debilidades del ser humano": su abatimiento y muerte. El perfeccionamiento técnico generalizado abarca todos los campos, pero existen condiciones especiales en esta sociedad. Una masa enorme de la sobrepoblación (una población sin empleo útil para su sociedad) serviría de carne de cañón potencial para las guerras. Bajo las leyes de la sobrepoblación relativa se contemplará la posibilidad misma de la masacre, porque el exceso de población lanzada a un suicidio bélico (hasta el final silencioso después de una ruidosa campaña bélica) resulta funcional para la población remanente, la cual después de una guerra sobrevive y se encarga de la reconstrucción.
Aquí encontramos una paradoja moral-económica porque si se compran y obtienen su demanda entonces los BED también integran bienes económicos. En especial, las armas trazan su mercado perfectamente legalizado por los mismos poderes públicos que regulan el mercado entero. Por un lado, existe un bien económico (definido en base al consumo del sujeto) y por otro lado ofrece “malignidad”, porque la única forma de consumo correspondiente implica destruir o herir personas: des-utilidad extrema en lugar de utilidad. Claro, este drama se enmascara suponiendo que el arma aporta algún bien para el sujeto cuando siente seguridad con ella o la utiliza para su defensa o agresión, pues destruye a otro sujeto, y por eso sigue siendo un bien económico particular y privativo. Deteniendo el argumento en el beneficio de quien posee el arma se enmascara el resultado. A nivel más general se mantiene intacta la dualidad antagónica de ese tipo de objeto económico. Esta dualidad antagónica es clara si observamos el ejemplo de un arma de destrucción masiva como las bombas nucleares, con cuyo empleo masivo se dañaría tanto a la víctima directa como al usuario-beneficiario, según lo revelan los estudios sobre el consecuente "invierno nuclear" fruto de una guerra de tal calaña. El armamento atómico expresa globalmente la producción de un “bien” económico cuyo consumo sería letal y entonces entregaría el peor de los males, generando un claro BED.
Esta contradicción de la producción/consumo de bienes malignos se presenta particularmente clara en las drogas. El consumidor final paga mucho dinero por un producto que atrae consecuencias atroces para el mismo sujeto que pagó. En el principio del fenómeno sucede un disfrute de una droga y después viene tanto una dependencia como situaciones fisiológicas desagradables, que impulsan para repetir la situación agradable. Aquí el factor tiempo permite esta contradicción dentro de cada adicto, quien paga mucho dinero y agota sus recursos, para causarse un dramático malestar final. Primero disfrutar y luego sufrir pagando como si únicamente se comprase el disfrute, muestra crasamente una contradicción entre esencia y apariencia, entre momento inicial y final. Pero esa tragedia también indica la situación estructural del sujeto bajo el capitalismo, sometido a la presión del mercado y víctima de las apariencias.
La convicción y aceptación legal sobre esa debilidad del consumidor, cuando su voluntad es vencida (un sistema de necesidades alterado) por las drogas pone la base teórico-moral para las legislaciones restrictivas en contra del tráfico de drogas. Ejemplifica esta drogadicción el caso de un comercio que provoca un mal profundo y no como causa secundaria o “externalidad” (ejemplar es el caso de la ecología) sino inmediata, que trae su “veneno” en el producto y por eso emerge una reglamentación coercitiva.
Basta observar este caso para darse cuenta de la falsedad original planteada por los apóstoles del mercado y los fanáticos del neoliberalismo. Que algo sea necesario o indispensable no implica que sea perfecto; así, el intercambio medido de objetos producidos se llama mercado, entonces es necesario el mercado, lo cual no implica que sea perfecto. Si se aceptara al mercado como perfecto y que el Estado jamás debe intervenir con las preferencias de los consumidores, entonces ese argumento extremista conduciría a legalizar el consumo de drogas y santificar el comercio de armas. Para que el mercado fuera un mecanismo perfecto entonces los consumidores deberían comportarse cual ángeles del cielo.

LA POBREZA Y LAS HABICHUELAS MÁGICAS
Otro mal económico define a las personas carentes de bienes, su estatuto se denomina “la pobreza” y ésta aparece absoluta (desamparo) o relativa (escala menor respecto de cualquier vecino). Esas personas encarnan un malestar, (entendido superficialmente como amenaza latente para quien posee bienes) por lo que desde la perspectiva de los propietarios-privilegiados los desposeídos son una amenaza viva, son los potenciales envidiosos, quienes quizá tratarían de violar las fronteras santas de su propiedad privada. La pobreza sería un enemigo latente sobre la riqueza. Aunque la propiedad privada  es una institución elemental y legal, —escondiendo hostilidad universal donde el principio básico es que cada quien vela por su interés exclusivo— resulta que cualquiera esconde una amenaza potencial, incluyendo a todos los demás propietarios privados. Aún así, en la conciencia superficial, unos frente a otros los propietarios privados (por ejemplo, capitalistas) no se miran como una amenaza directa, porque comparten el respeto (supuesto o efectivo) a las reglas del juego. En cambio, el desposeído completo está fuera de las reglas del juego (potencialmente) porque está excluido del mecanismo del juego (realmente) sin embargo, permanece como “posibilidad” de ser consumidor (la necesidad del pobre) y productor (el potencial de su empleo). Entonces existe una hostilidad y miedo potenciales del propietario privado hacia el desposeído, por eso decimos que el desposeído se presenta como el mal económico (en potencia y no activo).
De forma más contundente, el desposeído se presenta como el padecimiento del mal económico, pues carece de los medios de consumo necesarios, conforme no tiene bienes padece un malestar: la pobreza. La situación lacerante de tales personas confirma la perspectiva relativa de lo que significa atrincherarse tras los bienes materiales. Se confirma por medio de la comparación. La comparación es sumamente importante, porque establece la riqueza y pobreza relativas; sin comparación no hay sistema social. Un bien aislado dice poco sobre las personas, necesitamos interpretar un conjunto de objetos y un marco de referencia. Esto semeja la historia de las habichuelas mágicas, cuando un crecimiento desproporcionado nos eleva hasta las nubes, entramos al mundo de los gigantes, lugar donde las cosas poseen otra medida; así, una escala colosal convierte a humanos ordinarios como enanitos. Y en el territorio de las riquezas gigantes, por la simple comparación, entonces los “clasemedieros” se vuelven pobres, los honrosamente pobres se convierten en miserables, y ¿en qué se convierten los miserables? La concentración de riqueza proporciona un microscopio para ver la pobreza, la cual crece desproporcionadamente en la sociedad mercantil. En el último piso de los rascacielos, donde se colocan las direcciones generales de las corporaciones multinacionales, se respira el aire enrarecido de los gigantes y desde la altura nos debemos preguntar si ¿ellos alcanzan a ver a las personas del suelo? Por este efecto de polarización, comprendemos la preocupación y escándalo de las instituciones mundiales y los gobiernos para combatir la pobreza extrema[5].

EL EXTRAÑO CASO DEL SACRIFICIO
Siendo que el producto adecuado a necesidades es el bien económico material cabría sospechar que el consumo encierra el mal. Tal suspicacia es limitada, porque la finalidad del objeto económico es consumirse, tal resulta su propósito de nacimiento, entonces preservarlo del consumo es privarlo de sentido o convertirlo en otra clase de objeto, como sucede con las colecciones. El ascetismo y la avaricia se han practicado como conservación del objeto hasta el límite, más allá del cual queda destruido tal objeto de modo natural (piénsese en los alimentos) o es destruido el sujeto (su mismo destino de mortalidad).
Sin embargo, a veces el consumo es bastante extraño y pareciera como si el destino del bien trabajosamente elaborado fuera su destrucción caprichosa. Esta situación brilla especialmente llamativa en el caso de sacrificios, practicados por los pueblos antiguos. Por ejemplo, en una fiesta periódica, se sacrificaba a una doncella maya bellamente ataviada y con joyas, lanzándola ritualmente a un pozo natural, llamado cenote. Dejando de lado la cosificación extrema que convierte a la persona en cosa a sacrificar[6], resalta otro aspecto. El ritual de cenote sagrado nos indica el sacrificio de lo más valioso, del bien generado con un gran esfuerzo y también de la flor de la vida subjetiva (simbolizada por la doncella). El sentido de una decisión de destruir el bien parece muy extremo, pareciera que todo el sentido de la creación del bien fuese apresurar su muerte. Incluso en este extremo existe una analogía muy poderosa respecto del consumo en general, donde sin importar la forma en que ocurra, el objeto consumido desaparece para mantener y reproducir la vida del sujeto, que se reproduce con sus mismas carencias, y estamos como al principio, pero sin ese producto. La manera como ocurre el consumo se puede ignorar, porque al fin cada consumo está hundiéndose en el pasado, mientras que aquí y ahora permanece el sujeto pletórico de carencias.
En el caso del sacrificio ritual, en tanto religión de un pueblo, la intención es conservar la vida de la misma sociedad, reproduciendo su forma. Se espera que el favor de los dioses sea ganado y el pueblo se mantenga, se espera continuar las tradiciones. Ese consumo "inútil" lanzando a la doncella ataviada al pozo contiene la mayor utilidad (fantasiosa, claro está) de preservar simbólicamente a una comunidad determinada, y así garantizar su continuidad ideológica. Además, en las sociedades agrarias era casi imposible pensar en un torrente de acumulación de bienes, la misma naturaleza perecedera de los alimentos, y la limitación estrecha para cualquier tipo de "inversiones" favorecía a las actividades religiosas como una opción para dilapidar los excedentes. Una dilapidación que, sin embargo, redituaba para mantener unida a una comunidad y dar continuidad a su estructura social. A través de ese dispendio, los creyentes esperan alcanzar los mayores beneficios (en el trasmundo o mediante el orden mágico de su entorno), así asumiendo en serio (al interior de sus ideas) el sacrificio no describe un regalo sino una astuta oferta, por la cual esperaban ganar mucho.

LA PRODUCCIÓN POR LA PRODUCCIÓN MISMA: VACIANDO LA PERSPECTIVA
Normalmente, en la teoría económica se supone que la producción tiene como su finalidad natural la satisfacción de necesidades dadas, que están inscritas en el corazón y el apetito del consumidor. En base al oráculo interior de los misterios de la necesidad escondidos en la biología, la psicología o las arbitrariedades individuales impera la soberanía del consumidor. Incluso, los partidarios de la teoría subjetiva del valor ubican el valor mismo de los bienes económicos en una preferencia subjetiva de los consumidores (los bienes valen porque los individuos los demandan sistemáticamente por preferencias definidas). Si esa fuese una base “natural” de una teoría del valor debería instaurar una sustentación muy sólida, precepto inicial para ordenar el resto del edificio, pero no es así.
Resulta que en nuestra sociedad capitalista está demostrado empíricamente que los procesos de producción (empresa capitalista que vende) están induciendo al consumidor a generar la demanda. En ese sentido la producción dicta el libreto del consumo, y el agente económico que controla esa producción es el director o actor (según su rango), mientras que las necesidades moldeables del público son resultado de esa monumental comedia. La interrelación entre producción y necesidad en la que el papel protagónico, el lado activo, se ubica en la producción ya lo había propuesto hace mucho Marx y desde el punto de vista más general[7]. El sentido de que la necesidad del consumidor nace como reflejo del proceso social de producción lo exalta Galbraith[8], mostrando que esta afirmación empírica pone en entredicho a la concepción neoclásica, sustentada como teoría de las preferencias del consumidor.
Si la producción reina sobre el sistema en el sentido de que inventa a su consumidor adecuado, concibiendo la necesidad (el apetito manipulado hacia el producto) y generando el poder de compra (mediante el salario, capacidad adquisitiva), entonces sospechamos de círculo cerrado en la argumentación. Si la producción de automóviles con asientos de piel inventa el apetito urgente por adquirir un automóvil nuevo con asientos de piel, entonces el sentido de una nueva y amplísima gama de bienes económicos queda cuestionada en su base misma. Ahora no cuestiona la validez intrínseca del objeto, sino del proceso de su creación y arribo al rango de bien. El cazador tribal no crea una necesidad nueva en su tribu, solamente satisface un mandato; en cambio, la trasnacional de la moda inventa una tendencia cada temporada. La creación impetuosa de necesidades pronuncia es relativamente nueva y de tendencia ascendente; además en el horizonte no existe una muralla irrumpiendo para definir su final. El problema no es que en general la producción establezca lo determinante para el consumo, sino la intensiva manipulación mercadológica-publicitaria, para inducir hacia nuevas apetencias. Un problema de nuestra situación reside en que, efectivamente, sí existe una maleabilidad psíquica para la creación de necesidades humanas. Con suficientes recursos de producción y mercadotecnia casi cualquier fantasía (vaga aspiración o miedo absurdo) se podría convertir en una mercancía. Por eso surgió con fuerza arrolladora la definición de "sociedad de consumo", porque el proceso de producción capitalista exige el consumo masivo más allá de cualesquiera fronteras tradicionales, cuando el incremento espectacular de bienes se convierte en una finalidad económica y exigencia del sistema. Entonces emergió una economía global de manipulación del consumo, la cual está en correlación de fuerzas desmedidas entre las empresas inventoras del apetito por sus productos frente al consumidor aislado y seducido por los cantos de las sirenas de la mercadotecnia[9]. En esta perspectiva, el bien económico queda cuestionado desde su origen mismo como una manipulación.

ALTERACIÓN DEL SISTEMA DE NECESIDADES
Al igual que las capacidades, las necesidades son un sistema (estructurado[10]) dentro de cada persona y esto fue revelado con bases teóricas también por el psicoanálisis y las siguientes escuelas psicológicas, porque las carencias y afectos se estructuran de un modo definido. El impulso hacia la satisfacción de unas exigencias es promovido por esta sociedad mientras otras son inhibidas. En especial, las gratificaciones alcanzadas por medio de la compra son las más aceptadas, mientras que los requerimientos satisfechos por medio de las personas no obtienen un gran apoyo. El presupuesto publicitario para incrementar el consumo de bebidas de sabor dulzón es gigantesco, mientras que el presupuesto destinado a promover un satisfactor tan básico como la amistad casi no existe. Aristóteles colocó a la amistad en un sitio cumbre y no dio ningún lugar a las bebidas de sabores en su referente de la virtud ciudadana o la búsqueda de la felicidad[11]. Y la comparación entre bebida publicitada y amistad se vuelve pertinente cuando los anuncios de bebidas dulces ofrecen dar alegría o hasta felicidad.
En general, el sistema de necesidades dentro del capitalismo queda alterado en favor de actitudes receptivo consumistas[12]. Las relaciones entre objetos, en la medida de lo posible, sustituyen a las relaciones interpersonales, permitiendo una compulsión porque los objetos no sustituyen cualesquiera necesidades entre personas, y la diversidad de lo que menciono es profunda y variada: afecto, reconocimiento, comunicación, amor, etc. Entonces el problema de la sociedad capitalista implica la tendencia a sustituir al bien personal con el bien económico: aparecen prójimos devaluados en su valor de uso al ser sustituidos por valores de cambio.
Entonces cuando el sistema de producción (el poderío de las empresas) manipula alterando el sistema de necesidades del individuo, entonces el concepto de bien económico queda cuestionado. Surge la duda ¿esa cosa comprada por efecto de un apetito inventado en la mercadotecnia es un “bien” económico o material? La medida mercantil del bien económico surge cuando alguien lo compre y consuma, pero resulta que ese consumidor no es el protagonista del proceso, sino que es un engranaje para la realización de la venta, donde la acción del sujeto proviene a control remoto desde la empresa. Esta alteración de las necesidades contiene repercusiones significativas de valores y hasta filosóficas, porque la autenticidad de las acciones de las personas queda cuestionada[13].
Entonces esta crítica de la manipulación de necesidades implica concluyamos que se generan seudo-bienes económicos en la sociedad capitalistas, únicamente bienes porque son mercancías consumibles, pero cuya futilidad reconduce a su rápida destrucción o su uso no redunda en satisfacción. La idea de la moda nos indica de manera interesante el prototipo de esos seudo-bienes y su apariencia distinta destinada a perecer, ejemplificado en que el destino unívoco de la moda exige pasar de moda. Incluso, la "llamada teoría del consumidor" de la microeconomía es preferentemente una matematización formal, sin enfoque en el contenido concreto del objeto consumido. La investigación realista a la economía contiene un campo fértil para sus estudios en este terreno, aunque tradicionalmente el problema específico del valor de uso y su relación cualitativa con el consumidor no se incluyó en el campo de la economía, y se dejó en áreas particulares como el diseño o la ingeniería[14].

Este último inciso, posee una especie de denuncia por la creación intencionada de necesidades del consumidor, nacidas desde un requerimiento de la operación mercantil. Sin embargo, queda implícito lo principal. ¿Recurrimos a unas necesidades no creadas (originarias o “naturales”) mediante un regreso al paraíso perdido (el buen salvaje, el hombre natural, etc.) o mejor invocamos a otro poder que se imagina más racional o justo para las necesidades (un Estado  paternalista o una sociedad casi perfecta o un profeta privilegiado, un enviado de Dios) o mejor reivindicamos un único derecho del individuo para crear sus necesidades (un artista de su propia existencia, un anarquista reivindicando su mandato soberano sobre sí)? No toda invención de productos que inventa apetitos es perversa, incluso Marx miró esto con ingenua complacencia. Pareciera que con esta crítica se cerraba un capítulo, pero se abren tres nuevos y hasta aceptaríamos la inauguración de una ciencia y un arte novedoso anunciado por el Bauhaus y otros: la creación de necesidades como un fin en sí mismo, más allá de la pura mercadotecnia y de cuestiones romas.

UN CONSUMO DE SIGNOS
Para ampliar la cuestión existente en torno al consumo sobrevolamos la interpretación de Baudrillard. Este autor señala que con la madurez del capitalismo emergió una novedad extrema, y se levantó un nuevo tipo de consumo, con una modalidad radical. “El consumo no es ni una práctica material, ni una fenomenología, de la abundancia, no se define ni por el alimento que se digiere, ni por la ropa que se viste (...) sino por la organización de todo esto en sustancia significante; es la totalidad virtual de todos los objetos y mensajes constituidos desde ahora en un discurso más o menos coherente. En cuanto que tiene un sentido, el consumo es una actividad de manipulación sistemática de signos.”[15] Esto lo afirma en un sentido muy estricto, pues pretende no ofrecer un exceso retórico. Antes de la sociedad presente, él afirma “no existió” el consumo (en esta definición), antes hubo proceso de satisfacción de necesidades (las previas serían casi naturales) y ahora ya no existe, desapareció enterrado en las arenas del ascenso capitalista. El consumir de antaño ni siquiera se parecería a este consumo moderno. “Las fiestas ‘primitivas’, la prodigalidad del señor feudal, el lujo burgués del siglo XIX no son consumo”[16] Para esta nueva definición de “consumo” lo consumible no arraiga en la materia de las cosas, sino su sistema de signos, pues es “la idea de la relación lo que se consume”. En esta vuelta de tuerca conceptual, Baudrillard se insinúa como tributario de Marx, indicando que “Tocamos aquí, en su culminación, la lógica formal de la mercancía analizada por Marx”[17]. Sin embargo, Baudrillard gira en su teoría proponiendo una puesta de cabeza del materialismo por una variedad del idealismo. “Esto define al consumo como una práctica idealista total, sistemática que rebasa sobradamente la relación con los objetos y la relación de interindividual, para extenderse a todos los registros de la historia, de la comunicación y de la cultura”[18] Lo indicado parecería continuar con la crítica de la ideología, cuando toma por ideal lo material, pero no es así; al contrario, Baudrillard indica que lo ideal del consumo asalta y sustituye el lugar de lo material, desplazándolo definitivamente, pues donde antes existió materia satisfaciendo necesidades ahora concurre un consumo devorando signos. Concluye que ahora los modernos (o pos-modernos) ya no consumimos la materia de los objetos, sino otra cosa diferente ¿qué cosa? Nos indica Baudrillard una visión de este talante: antes del capitalismo había materia extendida como un mar donde flotaban unas islas de significado, pero ahora las islas de significado cubrieron completamente la mar, ahora ya convertida y relegada esta materia en un flujo subterráneo insustancial. Por ejemplo, con esta visión nos explica la compulsión al consumo. “Si el consumo parece ser incontenible, es precisamente porque es una práctica idealista total que no tiene nada que ver (más allá de un determinado umbral) con la satisfacción de necesidades, ni con el principio de realidad.”[19] Pero la acotación del entre paréntesis repite lo que decían autores anteriores, quienes colocaban el significado como un fenómeno parcial (un agregado) sin el privilegio total, y Baudrillard quiere estatuir una teoría universal donde el privilegio entero le corresponda exclusivamente al signo.
Estas afirmaciones, que procuran un alcance extremo en Baudrillard, sin embargo contienen una parte importante y hasta esencial de las trasmutaciones de la modernidad. Los estudiosos, en distintas vertientes, deben aceptar la mutación de los patrones del consumo, y la peculiar manera de integrar (des-integrar, re-integrar) las necesidades bajo el capitalismo avanzado. Un cambio ha ocurrido y continúa aconteciendo con la extensión del mercado capitalista, la cuestión de fondo es si lo asumimos para reconocer y evaluar. No concuerdo con una tesis de la sustitución absoluta del signo sobre la materialidad de la mercancía, porque un importantísimo carácter de signo siempre ha existido, como lo demuestran los casos de consumo más curiosos y sin finalidad de utilidad directa (sacrificios, donaciones). Es decir, desde el amanecer de los tiempos, el consumo de materia también encierra un importante componente de signos y símbolos. Incluso, convendría detenerse para comprender el sentido de la “utilidad”, cuando tal término abonó un materialismo desnudo (la cosa conteniendo un discurso evidente de su utilidad material) y también existe un más allá de esa evidencia acostumbrada[20]. En la simple cacería nómada, las prácticas persistentes de tribus trashumantes indican que ellos, además de obtener carne también le dan sentido a su existencia, estableciendo simbolismos durante sus cacerías, es decir, obtienen más que nutrientes indispensables para sobrevivir. Sin embargo, en la modernidad esto se debe revaluar desde una perspectiva ampliada, la cual unifique los polos aparentemente opuestos, pues el crecimiento del consumo del lado significativo y simbólico, está acompañado del incremento absoluto de la riqueza material, como si ambos lados de la ecuación se tornaran más densos, entonces no perdiéndose uno a favor de otro como propone Baudrillard. Esto significa una modificación social intensa del “bien económico”, donde el juicio básico sobre los objetos cambia. El mantel blanco que nos entrega el bien económico es más bien un tejido de signos y el apetito ha sido alterado por la mercadotecnia, la situación del consumo es compleja. Ahora la situación global es tal que nos obliga a cuestionar que no toda cosa producida y comprado genera un “bien”, por tanto el fanatismo sobre el ingreso absoluto debe cuestionarse y debemos exigir una renovación intensa de perspectivas[21].



NOTAS:



[1] La teoría neoclásica del valor subjetivo parte del supuesto contrario, de que las necesidades y los gustos de entrada son consistentemente intercambiables y mesurables. Nuestra opinión es que el consumo permanece en una esfera cualitativa-prerracional, pero por la práctica mercantil y las obligaciones del trabajo dividido presionan hacia un comportamiento de los sujetos "como si" se pudieran intercambiar las necesidades, cuando únicamente cambian mercancías por dinero.
[2] Modelo criticado con elegancia por Kósik desde una óptica filosófica en Dialéctica de lo concreto.
[3]La teoría ética de Fromm resalta la relación entre vida y bien con el término de biofilia, que es "amor a la vida", en El corazón del hombre.
[4] Los neoclásicos prefieren excluir esta posibilidad, y se concentran en las “externalidades” como posibles distorsiones positivas o negativas en la asignación de recursos mediante el mecanismo del mercado.
[5] Como lo muestra la trayectoria intelectual de Joseph Stiglitz y los debates en los organismos internacionales, Cf. El malestar de la globalización.
[6] GORZ, André, Historia y enajenación. Para cierta visión, la enajenación podría resultar un hilo rojo para reinterpretar nuestra historia.
[7]En la Introducción de 1857 a la Contribución a la crítica de la economía política, establece ya un cuadro general de la relación entre producción, consumo y distribución de la sociedad. Ahí es importante la mutua determinación de producción y consumo, por lo que del lado del consumo, se establecen las necesidades (consumo es la necesidad con el objeto).
[8]Galbraith, John K., La sociedad opulenta.
[9]Esta desproporción recuerda mucho la desproporción entre la persona singular y el objeto tecnológico (máquina, robot, computador), el cual se puede presentar como abrumador (como si se hubiera subvertido la dialéctica entre trabajo vivo y muerto en favor del componente muerto) porque condensa un saber colectivo de la humanidad, el fruto de muchos esfuerzos de generaciones pasadas.
[10]La teoría económica neoclásica interpreta de manera muy distinta al sistema de necesidades individual de tal modo parece más homogéneo y fácil de operarlo matemáticamente. Supone que cada sujeto busca maximizar su satisfacción en base a un presupuesto restringido, de tal modo establece consistentemente una valoración de los bienes escasos. Esto implica un comportamiento de los consumidores consistente y un funcionamiento esencialmente cuantitativo y capaz de hacer transacciones con las necesidades (unas permutadas por otras). Con esta regla el comportamiento de comprador queda definido, pero se abstrae el conocimiento psicológico sobre la estructura de las necesidades (donde también incluye comportamientos antieconómicos, inconsistentes, contrarios al precio, etc.).
[11] Aristóteles, Ética a Nicomaco.
[12]Erick Fromm en Ética y psicoanálisis plantea una clasificación de las personalidades muy relacionadas con lo que aquí anotamos. En ese caso él plantea la importancia de la personalidad de rasgos receptivo-consumista, de las personas identificadas con su boca y en actitud de succión constante, las más adecuadas al consumo compulsivo.
[13] Este tema es muy importante y se conecta con diversas interpretaciones de la enajenación moderna. Para Marcuse la enajenación invadía a los sujetos creando al hombre unidimensional (sometido a la única dimensión de la mercancía). Para Foucault el poder lo contamina todo, dejando a penas un reducto metafísico en el deseo no tocado. Y la lista puede prolongarse.
[14] En general, el ingenio y esfuerzo de los diseñadores, ingenieros, arquitectos, etc. se ha enfocado a crear objetos benéficos en diversos sentidos. Por ejemplo, se han propuestos criterios de ergonomía y utilidad diversos, lo cual permite que gran parte de la innovación mercantil posea una “materialidad” de bien (en el doble sentido). En ese sentido, un estudio económico del valor de uso sería muy complejo e interesante. Por eso, Baudrillard le da importancia al diseño y a temas como el Bauhaus y la arquitectura de Le Corbusier. BAUDRILLARD, Jean, El sistema de los objetos y Economía política del signo.
[15]BAUDRILLARD, Jean, El sistema de los objetos, p. 224.
[16]BAUDRILLARD, Jean, El sistema de los objetos, p. 223.
[17]Ibid, p. 225.
[18]Ibid, p. 227. Para asumir una parte de esta posición quedaríamos obligados a establecer un dualismo social u otros cortes más, terminando con el monismo materialista del marxismo. Quizá no queda otra salida ante la avalancha de la “sociedad de consumo”.
[19]Ibid, p. 228.
[20] Un agudo enfoque de la utilidad lo demuestra Hegel, en el capítulo dedicado a la Ilustración en la Fenomenología del espíritu, cuando desnuda ese concepto que resulta ser un “para sí” de la conciencia.
[21] Por ejemplo, un crítico radical del sistema como Wallerstein queda preso en la ilusión de un futuro reparto del pastel cuando se caiga el sistema mundo. No tiene la visión de un cambio cualitativo, sino que se contenta con una estrategia de “pedirle más” a los amos del sistema. Esto significa seguir hipnotizados con el “bien económico” tal cual lo imponen las grandes empresas. Cfr. WALLERSTEIN, Immanuel, Después del liberalismo.

domingo, 21 de julio de 2013

LIMPIAPARABRISAS CON GOLPES DE SUERTE




Por Carlos Valdés Martín

Al amanecer la joven limpiaparabrisas elige a su primer automóvil y se acerca con sigilo, escondiendo el bote con detergente, adivina la distracción de la conductora y salta hasta el cofre mientras lanza un chisguete de agua jabonosa. En una fracción de segundo expande espuma con una esponja hasta dibujar una cortina blanca. Su brazo zigzaguea veloz, luego de una zancada se mueve al lado opuesto y queda completa una espesura nívea. Tras un movimiento final del brazo aparece el cristal traslúcido. Promueve un gesto pidiendo clemencia a la conductora hierática, la cual acostumbrada a ese tipo de actos esquiva la mirada mientras escucha cual murmullo:
—Queda limpio, patrona… Deme una monedita —mientras abre más los ojos redondos que reflejan los rayos del sol matinal—… No he desayunado.
La conductora ha recorrido incontables veces la ciudad y se ha vuelto previsora, carga monedas en el cenicero, pues no faltan niños mendicantes que le rompan el corazón o limpiaparabrisas que ganen su caridad. Trae sueltos disponibles y los dosifica a lo largo del trayecto, abre una rendija de la ventanilla y entrega una moneda.
En esta ocasión la joven encontró una presa fácil y piensa: “Cuanto más tarde en aparecer el primer enojón mejor; la calle es difícil, pero se gana a golpes de suerte”.
No transcurre una jornada completa sin un conductor agresivo y quien se queje de que el jabón del pobre limpiaparabrisas daña su vehículo al escurrirse. A ella ese lamento le parece absurdo y siente que es amiga (la mejor) de los parabrisas.
Un conductor agresivo toca el claxon, grita, manotea, acciona sus limpiadores automáticos y hasta abre la portezuela amenazando con perseguirla. En ese caso, ella corre cual gacela.  Cuando se atemoriza trota y brinca como ninguna otra y le dicen Cierva, aplicando un apodo bien fundado y motivado. Quienes la apodan ahora ya olvidaron lo que ella contó de modo indiscreto, pero después guardó como un arcano.
A ella no le gusta reunirse con los demás vendedores y limosneros que rondan en las mismas esquinas. La moneda al líder o al policía en turno sí la paga, pero es un personaje insociable. No se junta con los otros desamparados en los largos viajes hasta las afueras de la ciudad, ni se esconde en los callejones para arroparse con cartón y cobijas sucias. Antes lo hacía, cuando era niña y estaba obligada a contribuir con el hogar disfuncional típico ensamblado con un padre alcohólico, madre incapaz, abuela paralítica, hermano “primodelincuente” y una imagen de la Virgen de Guadalupe bajo el techo de cartón.
Semejante a miles de olvidados sociales, se esconde entre las grietas del sistema urbano, pero con un disfraz distinto. Al anochecer ella toma otro rumbo y se desliza hasta un enorme jardín público cercano. Prefiere ese bosque capturado entre el corazón de la ciudad, de ese sitio hace casa y cobija. No debería pernoctar ahí, pues a los vagabundos la ley (inaccesible y hasta gélida) no les permite dormir entre los árboles centenarios y la hojarasca fresca. Cualquier guardabosque urbano con malas palabras y hasta a golpes aleja al mendicante que pretenda dormir en ese enorme parque; sin embargo, para su fortuna la vigilancia falla y nunca es omnipresente.  
Ella esconde un secreto: al caer la noche el contacto con árboles centenarios y arbustos que destilan aroma a savia terrestre desencadenan el hechizo de Coatlicoe, representación náhuatl de la madre tierra ancestral. Alejada de cualquier mirada, la joven se convierte en verdadera cierva de porte esbelto. Una vez cumplida esa metamorfosis súbita, la limpiaparabrisas abandona las preocupaciones y se dedica a comer los brotes más frescos hasta que se cansa. A un mamífero pardo le es fácil confundirse entre la espesura de ese bosque y acurrucarse bajo los arbustos.
La madrugada se anuncia con pájaros y el rugido lejano de los vehículos que abastecen la gran ciudad. La primera claridad la regresa a humana y ella vuelve a la rutina de miradas suplicantes y manos enjabonadas. Tras encarnarse en mujer se apresura para dedicarse a escalar cofres. No le atrae tanto el dinero ganado (siempre escaso) sino la belleza de los parabrisas, donde adora una curva sensual del cristal traslúcido y perfección inaccesible. Odia que esos cristales estén sucios, los quiere a todos relucientes y sin manchas. Por eso se precipita con su jabón sin preguntar, escudándose en una cara de inocencia y dejando al arbitrio recibir propina.
Es increíble lo rápido que desaparece la tranquilidad del alba y unos minutos después cientos de vehículos ya están aglomerándose sobre las calles. Elige a su primer vehículo y tiene éxito: la primera dama conductora ha deslizado una moneda. La venada bajo la piel morena se regocija como ante el olor de yerbas frescas.
Pero lo bueno no dura por siempre y el Barrecho aparece: es un mendicante que está casi enloquecido de pasión por Cierva. La sigue y asecha, no le habla ni la seduce. Son obvias sus intenciones, pretende arrastrarla por los cabellos y desgarrar su sexo todavía inocente. Cada vez que lo ve venir ella escapa en dirección opuesta. Hasta ahora ha sido más rápida. Él se desliza por las esquinas, agacha la cabeza, desliza su rudo esqueleto y se aproxima con una mueca ansiosa en los labios. En cuanto ella lo descubre escapa despavorida.
El Barrecho es corpulento y sucio, un desheredado que hurga entre los botes de basura un poco de comida y sobrevive obsesionado con satisfacciones sórdidas. Olvida su miseria consumiendo alcohol adulterado y sobrevive colectando desperdicios. El rigor de la calle y una costra de mugre ocultan su edad, él podría ser un adolescente anciano o un viejo sin cumpleaños, pero todavía es vigoroso y resistente al sol ardiente o las lluvias inesperadas.
El Barrecho la busca y espía, conforme pasan las semanas va apretando el círculo. La sigue desde la distancia, pero no resiste el deseo turbio y se delata, pues se acerca con premura, sale corriendo para atraparla de inmediato y ella escapa con su agilidad. Así ha sucedido una y otra vez. Aunque es lerdo para comprender, él ha llegado a la conclusión de atraparla cuando quede dormida y se promete ser sigiloso, manteniéndose a la distancia: entretenerse con botes de bazofia o morderse una manga sucia y surcada de costras antes de evidenciarse.
Pasa un día de asecho y, esa vez, ella no lo ha notado. Barrecho se mantiene a prudente trecho cuando cae la noche y las farolas encienden. Poco a poco, la ciudad se adormece. A la distancia la observa dirigiéndose al parque para deslizarse entre la abertura disimulada de una reja. La ha seguido sin ser notado, pero al rato se le ha extraviado, pues con el sitio en penumbras lo confunden los árboles y la hojarasca. Él deberá esperar hasta una noche de luna llena.
Ella no ha visto al Barrecho en varios días. Es plenilunio y el anochecer muy fresco. Ella ingresa al enorme parque por la misma abertura de siempre, pero ya sabemos quién la sigue, asechando a la distancia. Él — torturado por la misma obsesión y más furtivo después de tantos fracasos— observa desde fuera del lindero vallado. Se mantiene a la distancia aunque alcanza a distinguir la pequeña silueta, cuando presencia un prodigio: una bruma luminosa surge de la tierra y convierte a la limpiaparabrisas en un ser de cuatro patas y cuernos pequeños. Para él no es la primera vez que los humos de un licor adulterado o la resaca sin alimentos le provocan metamorfosis extrañas, así que no se paraliza ante lo inverosímil.
Él imita al merodeador que vio en alguna comedia, traspasa el vallado y avanza arrastrándose sobre el césped húmedo y oscurecido. Cubierto el trayecto, confirma que en el piso yace un montón de ropa femenina con señas jabonosas que desprende vapor.
En ese sitio ha desaparecido el escenario de la gran ciudad. Bastan unos metros de separación y emerge un paraje curioso, flanqueado por árboles, en el piso un prado húmedo y luz lunar iluminando cada figura. A corta distancia un ciervo de cola negra y blanca apunta diminutos cuernos y el olfato en contra del intruso. Ese paraje recuerda al baño mítico de Diana y sus Náyades, el sitio donde la mirada humana sería una profanación, sin embargo, a no muchos metros está la reja y tras ella, la enorme urbe tan agitada y profana como siempre.
El reflector de la luna aísla a dos contrarios: animal trasmutado y humano degradado. Barrecho esconde en su bolsillo un desafilado cuchillo de cocinero que saca para relucir contra un rayo de luz nocturnal.
La cierva reacciona con desconfianza y retrocede. El merodeador urbano se incorpora para mostrar que es el más fuerte y avanza con paso firme. A unos metros de distancia está la muchacha que ansía, convertida en carne animal sin palabras ni acusaciones. Tantas veces ha deseado atraparla que una figura extraña no lo desanima. El truco de convertirse en venada no lo desalienta, al contrario lo ha enardecido. Supone que las rejas lo ayudarán a apresar al animal, quizá exista un vértice o un espacio limitado que le sirva de trampa. Se mueve con prisa procurando interponerse entre el bosque espeso y su presa. La venada retrocede dando pasos de espaldas y sin perder de vista a su adversario.
Barrecho siente que está en una posición favorable y se lanza a la carrera, intentando forzar que la venada se tope con las rejas del parque. Gime y agita su cuchillo para provocar temor y mostrar superioridad. De inmediato el animal corre en sentido opuesto sin medir consecuencias y tras una breve carrera se estrella contra la verja opaca. Un sonido seco de carne agitando las barras rígidas del vallado se expande hacia la avenida contigua.
El desconcierto y dolor la agitan más. No se queja, resuella y torna hacia la derecha. Corre buscando alguna rendija que la aleje del hombre.
El Barrecho siente que ganará este juego. El animal es veloz pero él no teme, al contrario siente una emoción inesperada. Corre tras ella, pero cubriendo la zona boscosa para evitar la escapatoria definitiva.
La carrera de la cierva es irregular, por momentos agitada y luego trastabilla por el desconcierto. No encuentra el hueco por el cual su figura humana entró al parque. Su instinto atrofiado le indica seguir corriendo. Arranca y luego amaina dando una cabriola.
El Barrecho avanza y agita sus manos para amedrentar, pues imagina que la venada caerá desmayada o paralizada de miedo.
El animal percibe que hay una parte baja del enrejado. En verdad, el tamaño de los hierros verticales se reduce cerca de una puerta secundaria que permanece cerrada. Zigzaguea hacia allá, pero el perseguidor no pierde detalle y apura su trote.
La cierva toma vuelo, impulsa lo más posible su cuerpo y alcanza el borde de la reja. Sus piernas traseras golpean durante el salto, la desequilibran y cae de costado sobre el pavimento exterior: tras el verde parque descubre una superficie dura. El piso sólido le provoca dolor, la caja torácica sufre la compresión súbita y lanza un bufido con sonidos extraños, como si la garganta humana exigiera regresar al cuello rumiante. Se incorpora con gran dificultad y las patas le tiemblan. Espera que el perseguidor haya desaparecido. Siente mucho dolor pero es más el miedo. Al otro lado del valladar, la vista le falla, la luz de farolas eléctricas se combina con la luna, provocando brillos y contrastes que molestan esos ojos hechos para la espesura del bosque.
El Barrecho enojado corre hasta la reja, temiendo que su presa escape. Al llegar al vallado golpea con su cuchillo para escandalizar y grita:
—¡No te me escaparás, perra!
Incongruente que grite “perra”, cuando el prodigio es otro.
Tras esa amenaza y ruidos, la cierva salta con renovado pavor. Cruza y se enfila hacia la avenida donde avanzan varios automóviles en sentido opuesto. Esquiva a dos vehículos brincando a derecha e izquierda pero un tercero es imposible: un coche veloz y oscuro golpea el centro de su esqueleto que impacta el cofre.
El potencial de una masa mecánica avanzando a cien kilómetros por hora contra un animal sólido es un golpe atroz. El capó se dobla como papel, la cierva rueda hasta el parabrisas y se impacta, destrozándolo. El conductor se aferra al volante, pero el porrazo le abre el cráneo.
Lo que fue estruendo se convierte en silencio.
Desvanecido el prodigio lunar del bosque resurge una muchacha desnuda, con anatomía perfecta que yace arrollada sobre un cofre metálico salpicado de mil cristales rotos: moderno altar de sacrificios.
A la distancia algún testigo involuntario grita, los otros automovilistas bajan la marcha para curiosear un instante y se alejan con algo para contar en casa.
Sobre la avenida trazada a un costado del gran parque, quedan dos cuerpos entre los hierros retorcidos del accidente. El perseguidor frustrado y confundido mira pero no se atreve a acercarse cuando suenan las sirenas de las patrullas y paramédicos que acordonarán el sitio.
Los paramédicos arrancan al conductor agonizante que expirará tras ser entregado al hospital de urgencias. Al cuerpo desnudo no lo tocan, la evidencia de la muerte inmediata no es tema de paramédicos. La situación provoca suspicacias y deberán esperar a la instancia superior policiaca para un dictamen más estricto.
Los policías se extrañan por la desnudez de la chica sobre el parabrisas. Nadie la vio correr, nadie declara algo coherente.
Uno de los primeros policías en llegar comenta:
—Esa carita la he visto, es de una limpiaparabrisas; no daba problema, hacía lo suyo con esmero, no debía nada; pero nadie reclamará, era “niña-de-la-calle”, según tengo noticias.
—¿Algún nombre o seña de identidad?
—No me complique tanto, mi jefe, la gente de-la-calle no carga registros ni carnet ni nada, puros apodos, nada de nombres ni domicilios.
Por su parte, el perseguidor se mantiene escondido tras la reja metálica y entonces el hechizo del bosque, impulsado por otro designio extraño, le ordena con aliento broncíneo:
—Deberías convertirte en una alimaña del suelo asfaltado, fuera de mi recinto boscoso.
Barrecho siente la pesadez de la luna y se imagina convirtiéndose en un Gregorio Samsa sin relevancia alguna. Su alma se esconde bajo una cáscara de fruta prohibida, cuando siente que la mirada de venganza lo persigue.
Transcurren los minutos y la calma aleja a los curiosos de la avenida.
Una sábana blanca, mas no limpia ni radiante, se posa sobre la metamorfosis femenina. Bajo ese manto de discreción se apartan las miradas y la rutina burocrática envuelve al accidente de tránsito para clasificarlo y convertirlo en un caso cualquiera.
Los burócratas del tráfico acordonan el área y desvían a los vehículos en espera de un peritaje. El cielo se enoja y la luna huye de las nubes borrascosas. Comienza la llovizna con el chipichipi, luego nace una tormenta. El viento levanta las hojas del piso y la tempestad las arroja de vuelta hacia abajo. La orilla de la calle se convierte en arroyuelo y los truenos ocasionales causan desconcierto entre los pocos policías, ya cansados y ansiosos por alejarse. Una racha de viento inusitada cruje entre las ramas y empuja un árbol, donde su viejo tronco —horadado por una plaga íntima— se tuerce hasta reventar. Caen mil kilos de madera mojada que se precipitan hacia la acera, así las ramas, todavía frondosas, alcanzan hasta los vehículos detenidos junto a la escena. La tierra se levanta en una extraña humareda confusa, salpicada por agua y agitación de ramas. Los vigilantes se alejan en instinto defensivo y brincan sin cuidar las apariencias.
Terminado el estruendo los fisgones se escapan alarmados y el jefe a cargo regaña a los demás uniformados por comportarse como ardillas atemorizadas.
—No es para menos —objetan los presentes—, el árbol cayó sobre el “cuerpo del delito”.
En efecto, al disiparse el estruendo de la tormenta al vehículo del accidente todavía lo domina un amasijo de ramas y madera. El azar insatisfecho con un choque inverosímil suma el desgajamiento inopinado del árbol.
Alguien se queja:
—Es trabajo doble, además debemos traer una grúa y triturar el árbol.
Un vigilante curioso y oportuno se acerca más al sitio accidentado y objeta:
—Por si algo nos faltara, tampoco está el cuerpo femenino.
Crece el rumor de la extrañeza. El jefe a cargo, un moreno con insignias de bronce en bajorelieve, grita y se encarama hasta el amasijo de vehículo y ramas. Hurga bajo la sábana y extiende la mano como si del tacto surgiera lo que niega la mirada. Con espanto arrebata la sábana empapada, luego la estruja y arroja con furia al mismo sitio donde debía estar un cadáver. Todavía no ha regresado con el grupo de subordinados cuando ya lanza regaños y amenazas:
—¡Algún inútil se descuidó!
El jefe manotea el aire húmedo sin comprender. Señala su placa de bronce para remarcar autoridad y piensa un castigo para el causante de la desaparición del “cuerpo del delito”. Baja del vehículo con un brinco, breve y certero que quiebra el cascarón de una cucaracha que intentaba pasar desapercibida.
Abajo el jefe manotea un poco más y busca un culpable, pero todos a coro niegan y vuelven a negar, hasta que el jefe se tranquiliza.
Los encargados del acta judicial tacharon sus primeros informes e inventaron pretextos, pues resultaría una falta punible el reconocer que había desaparecido un cadáver ante sus ojos. Resultaría mejor argumentar que la chica estaba desmayada y al recobrar el conocimiento escapó del sitio como gacela asustada.

Finaliza la larga jornada de informes y limpieza, bajo el techo seco de sus casas —a manera de confidencia— los testigos comenzaron a contar lo que se volvió leyenda urbana. Desde entonces corre el rumor de que la raza de los limpiaparabrisas está integrada por inmortales que sobreviven tras cada golpe de suerte.

martes, 25 de junio de 2013

INTERPRETAR EL IMPERIO: EL ESCORPIÓN Y EL ÁGUILA


Por Carlos Valdés Martín



En una batalla legendaria tres legiones romanas fueron derrotadas y masacradas en el confín de Teutoburgo; los romanos tardaron ocho años en regresar para castigar la osadía y recuperar los estandartes de las tropas perdidas. En esa manera tan directa definían los confines del imperio —al filo de la espada militar—, sin embargo, los legionarios nunca consolidaron el dominio sobre esa zona y se establecieron más hacia el oeste. Nos engañaríamos si creemos que los imperios son un fenómeno sencillo; su acto extremo —la violencia desnuda— aparece para simplificar el panorama, pero su naturaleza completa nunca es tan simple.
Con tristeza, Eduardo Galeano concluye su diagnóstico clásico, comparando la expansión de Estados Unidos, frente a la impotencia y sufrimientos latinoamericanos. “Las colonias (norteamericanas) se hicieron nación y la nación se hizo imperio, todo a lo largo de la puesta en práctica de objetivos claramente expresados y perseguidos desde los lejanos tiempos de los padres fundadores. Mientras el norte de América crecía, desarrollándose hacia adentro de sus fronteras en expansión, el sur, desarrollado hacia afuera, estallaba en pedazos como una granada. (…) Ya Bolívar habla afirmado, certera profecía, que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar América de miserias en nombre de la libertad.”[1] En esa perspectiva, pareciera un dilema deslizarse entre la nación y el imperio, cual paso fatal entre polos antagónicos.
Al empezar, el siglo XXI el tema del imperio ha perdido popularidad; hoy predomina el lema de globalización, sin embargo, los episodios trágicos de guerras y terror, nos obligan a repensar. La globalización es un lugar común, por eso revela poco, y los lugares comunes son “tranvías”[2] del pensamiento, donde se desliza un vacío sin ideas claras. Compartimos el entusiasmo por avances en derechos democráticos, mejor tecnología y libertades, pero el “lado oscuro” pervive en modos que merecerían ya dormir el olvido, junto con los cadáveres de las legiones en Teutoburgo.  Simultáneamente, el cambio de paradigmas nos invita a imaginar ¿qué existe más allá de una polaridad marcada por la violencia? ¿Es correcta la impresión de que los imperios militares han perdido funcionalidad ante los imperativos comerciales y los acuerdos internacionales? Porque para la teoría social la violencia no es fundamento, sino fenómeno secundario, por más que la narrativa se escriba con guerras y cambios de fronteras determinadas por la suerte de las batallas[3]. Más allá de cualquier violencia existe la producción de la vida misma y la creación de cualquier sociedad (mirada sola o agrupada). Resulta importante periodizar y comprender la figura “imperio” (momento de negación diría Hegel), pero enmarcada en el completo proceso histórico, donde la violencia es interrupción de la paz, porque la finalidad de cualquier conflicto bélico es su terminación, incluso hasta para la teoría de la guerra, según propone Clausewitz[4].

Periodización del imperio
El imperio ha surgido antes de ser interpretado. Los antiguos romanos acuñaron ese término, marcando el final de la República esclavista, para dar paso a un reino tiránico, centrado en la figura de los emperadores. Sin embargo, esa concentración de poder no era ningún invento, de hecho fue la destilación de varios siglos de éxitos bélicos y expansión territorial romanas. Los relatos sobre Persia, Egipto o Babilonia nos indican sistemas imperiales, donde la conquista de los vecinos y su sometimiento a algún tipo de rey absoluto (con nombres diversos según culturas) era la regla.
Este fenómeno de reino-imperio ocurrió bajo configuraciones distintas, dos de las cuales nos conciernen todavía, y todas ellas se ligan con las modalidades del fenómeno nacional. Estas configuraciones son: 1) El antiguo que por ejemplificar su caso conocido, llamamos romano (tipo esclavista o despotismo agraria antiguo, pre-feudal en general); 2) El feudal dinástico (tipo Corona Habsburgo en América y Romanov en Rusia); 3) El capitalista temprano (tipo británico colonial, siglo XIX hasta mediados del siglo XX con ocupación territorial bajo intereses comerciales); 4) El imperio comercial (bajo hegemonía norteamericana desde mediados del siglo XX hasta el inicio del XXI). 5) El sistema emergente desde finales del siglo XX que surge sin eje en la posesión territorial y ya no suele denominarse imperio, aunque en este cambio de periodo, sigue siendo importante el adjetivo (imperialista) y acción (imperialismo), es decir, sí interesa el imperio en la práctica y como sombra del sistema[5]. Esto no pretende levantar una historia económica, lo cual nos lanzaría hacia una presentación detallada, pero sí suponemos una estructura económica vinculada con el fenómeno imperial; así, en lo siguiente damos un breve repaso sobre la relación entre imperio y nación en su tendencia general.
En parte, es indispensable arrancar desde la consideración de que imperio es la contraparte de la nación, como su límite externo y horizonte conflictivo. Esto no siempre implica que el fenómeno imperial sea antagónico al nacional (por ejemplo, para la cabeza de la nación imperio, que puede atravesar con una fase nacionalista intensa, como ocurre con los fascismos), pero sí suele presentarse como su crisis, cuestionamiento o hasta némesis. Bajo la modalidad de burdo colonialismo, el imperio aparece como némesis de las naciones que caen bajo su control. En otras ocasiones, basta observar el comportamiento de las grandes empresas trasnacionales para ver la presencia de otro principio, distinto al nacional palpitando dentro de las corporaciones. Buscando respetar la complejidad de los fenómenos, evito apelar a un antagonismo simple: ni para las naciones entre sí ni entre nación e imperio (como conceptos o prácticas).

La contradicción entre nación e imperio
¿Dónde está el punto contradictorio entre nación e imperio? El tema de fondo está en la correlación (posible, no siempre actuante) entre una comunidad y el Estado en ella. La aspiración del liberalismo hacia la democracia, del socialismo al Estado-socialista o del anarquismo a la autogestión surge desde este mismo aspecto: un sistema de gobierno accesible a su comunidad, con lo cual se liga alguna variedad de gobierno del pueblo y a eso corresponde la figura de una nación (en su sentido moderno), pues la nación implica un ente incluyente[6]. Por su parte, el imperio se basa en un exceso de fuerza y la posibilidad de que un poder se imponga sobre comunidades ajenas, vedando la decisión de esa zona tomada; así, el poder del Estado resulta radicalmente ajeno a los conquistados[7]. Por lo mismo, el imperio se ha identificado de modo pertinaz con las formas aristocráticas (políticas y sociales), aunque cabe una excepción, que ocurre cuando una comunidad (por ejemplo, polis griega[8] o república romana) conquista a sus vecinos, convirtiéndolos en esclavos y/o provincias sometidas, de tal modo existe una democracia interna (en el corazón del imperio) y tiranía imperial exterior[9]. Esta última figura, establece la posibilidad (al final, auto-contradictoria) de una nación imperial, majestuosa y noble como águila pero en deuda con la realidad terrestre. Con este breve rasgo, debe quedar claro que existe un principio de contradicción fuerte entre nación e imperio; sin embargo, la eficacia de un imperio, como mega-máquina político-social requiere de una participación masiva, así que la figura contradictoria también resulta una necesidad operativa, de tal manera que la corona imperial Habsburgo no integró una España nacional, pero sí unió y los nacidos en la Península Ibérica[10] viajaban a sus colonias en condición de privilegiados, convertidos en estamento unificado (agentes de su imperio), que era visto por los indígenas y criollos como una potencia ajena[11]; en nuestros términos, eran percibidos como una (imperfecta) nación imperial, en los términos de ellos, más bien una casta honrada.
La contradicción de la nación-imperial se repite con gran éxito con los romanos, ingleses y norteamericanos. Mientras no existe una conciencia crítica de esta contradicción la maquinaria parece funcionar bien, cuando se descubre ese desajuste (entre el principio nacional-democrático y el imperial-tiránico) surge la crisis interna. Quizá los norteamericanos han ido desarrollando esa conciencia de la contradicción interna, lo cual dificulta tanto su operación como “policía mundial”, el lado burdo de la operación imperial; muchos aspiran a superar esa fase imperial[12].

Figura material: la primera bota imperial
Cuando Julio César con su ejército conquistó las Galias marcó un episodio más de la expansión de Roma; entonces las expansiones militares de los reinos o las polis en sus alrededores no eran un acontecimiento extraordinario, sino común entre los pueblos mediterráneos. En especial, la costa oriental del Mediterráneo se había signado por reinados imperiales del tipo egipcio, persa o babilonio. Por su parte, las ciudades Estado griegas también habían poseído tendencia expansionista a escala local, y luego surgió la hazaña legendaria de Alejandro Magno, conquistando su “mundo conocido”. El imperio de Alejandro creció como un rayo en cielo despejado, retumbando sin oposiciones; luego, derrumbándose casi de inmediato, al quedar dividido sin remedio entre su sucesión. El modelo romano de conquista resulta duradero y estabiliza una civilización europea en otro nivel.
Los romanos, deudores de la cultura griega, parecen una versión mesurada (en lo intelectual y artístico) aunque más militarizada y eficiente de la Atenas clásica. El ascenso de Roma inició un par de siglos antes de César y ya estaba perfilado con el triunfo en las Guerras Púnicas. Perfeccionando lo ya establecido, el ejército de César señaló un orden y disciplina que arrolló el centro europeo, y estableció un modelo que sometió grandes regiones. Este pareciera ser el secreto del modelo imperial romano: una organización bajo bota militar. No me refiero a una organización militar ciega y sometida a una tiranía simple, sino una creación mediante participación de pueblo, ese populus romano fue el corazón del ejército[13]. El enfoque de esta organización se basó en cuidar a sus miembros con armas y, en especial, una meticulosa organización de personas y desplazamientos. Resulta notable la cantidad de esfuerzos y precauciones establecidas por los soldados romanos en cada campamento, colocando empalizadas y trincheras exteriores, elevando una barrera de protección en cada plaza temporal y ese mismo cuidado se repite en cada detalle del ejército. El motivo profundo de esto no es la técnica, sino una situación: es un organismo bélico que sí cuida a sus miembros. Cuando comparamos esta situación con la descripción de la horda de Persia bajo Ciro y Jerjes, nos damos cuenta de una diferencia abismal; los monarcas persas manejan ríos de pobladores empujados hacia una empresa bélica, sin orden ni concierto precisos, porque ellos se dan el lujo de desperdiciar gente. En contraste, Julio César cuida meticulosamente a sus soldados, y en la medida posible ampara su empresa bélica[14]. El “nosotros” de la legión romana es una colectividad integrada y con fidelidad interior, dispuesta a morir a cambio de su cuidado intenso[15]. En oposición, el “enemigo” es una masa de enfrentamiento o una amenaza difusa sobre la que se debe vencer a sangre y hierro; tras esa frontera surge el principio imperial: imponerse a como dé lugar, a cualquier costa de vidas y sufrimientos de los otros. Sin embargo, tampoco es una  empresa de aniquilación ciega del enemigo, sino de su sometimiento y asimilación: tomar tierras y prisioneros, controlar el espacio a la explotación y autoridad de Roma. No está en los planes de César convertir a los bárbaros en romanos, sino en mantenerlos bajo un poderío que doblegue sus voluntades y cree un claro beneficio para la ciudad de las siete colinas; sin embargo, en poco tiempo será indispensable asimilarlo bajo una “romanización”.
La bota separa y pisa, marca una fuerza superior sobre el exterior. El poderío militar romano pisotea y aplasta cualquier región que ellos llamaban bárbara. Pero ¿cómo consolidar ese espacio conquistado?  Sin importarnos el detalle (la institución) este concepto marca una imposición: estableciendo el imperio en el territorio caído bajo el águila romana. El responder al cómo implica una imposición, organizar a la población sometida, bajo las conveniencias romanas.

El camino y el imperio
El curioso lema de “todos los caminos conducen a Roma” indicaba una situación efectiva, pues la enorme labor de construir carreteras bien trazadas resultaba novedosa. Ninguno de los reinos anteriores había creado un sistema artificial de comunicación de ese calibre. Los egipcios y babilonios se contentaban con seguir las rutas ribereñas y alrededor de ellas imponían su espada, pues las embarcaciones también permitían empresas de conquista tal como lo narró la Ilíada. Fabricar caminos representó un salto de voluntades y doblegar el espacio, para garantizar un metabolismo (de economía, mensajes y logística) mejorado. La carretera romana: la magnífica apropiación del espacio terrestre, mediante el cual se mueven las mercaderías y los ejércitos[16]. Sin esa vía de comunicación la pretensión de saltar desde la ciudad-Estado al imperio parecía casi una quimera; de ella dependió ambicionar un enorme territorio firmemente controlado.
El camino romano es acontecimiento singular que refleja el proceso imperial, sin embargo, la multi-causalidad no se reduce al evento material. Baste decir, que si el camino fuera un hecho aislado, su construcción se hubiera paralizado y su mantenimiento abandonado pronto, tal como ha sucedido con mausoleos monumentales carentes de utilidad. Las calzadas dirigiéndose hacia Roma tenían sentido; creaban las venas y arterias de un sistema naciente multidimensional (economía de mercado esclavista, cultura escrita mediante el latín, sistema político con leyes y provincias, etc.).

Guerra de conquista: la esencia del imperio antiguo (y no tanto)
El imperio antiguo se levanta mediante una “empresa” (en el sentido de Ortega y Gasset, un emprender de enorme calado[17]) que denominamos la guerra de conquista. Esa guerra no es la episódica ni la defensiva ni la punitiva, sino otra específica. Es ese uso extremo de la violencia (que aniquila o, más precisamente, reduce a la impotencia al enemigo[18]) que desemboca en la conquista: el apoderamiento de grupos de personas junto con sus territorios[19]. Desde el punto de vista de la crítica ética este acto de superioridad combina la ambición con la hipocresía y la ignorancia, al someter a poblaciones enteras bajo un poder explotador. Nunca es lo mismo vencer en guerra que apropiarse de los vencidos dentro de su espacio[20]. A nivel del relato histórico, estamos tan acostumbrados a que las guerras antiguas terminaban en conquistas que olvidamos la diferencia radical entre ambos eventos[21].
Una forma rudimentaria de la conquista territorial sería la imposición de tributo al vencido, sin intentar controlar de modo permanente a las poblaciones vencidas, reduciendo la presencia vencedora a una simple supervisión de autoridad. En el mapa, esta forma ya aparecería cual imperio: obtener riqueza tras la victoria militar. Sin embargo, la empresa imperial implica un paso más allá de la explotación: controlar y modificar a la población avasallada[22]. En este proceso de controlar y modificar a población avasallada para explotarla está la esencial del imperialismo en el sentido más estricto, según sucedió con los romanos antiguos, los españoles en América, los británicos en África e India y los nazis alemanes en zonas ocupadas.  
El acto de la expansión imperial por esencia es de avasallamiento y por tanto contrario a la existencia de comunidades nacionales, aunque como efecto secundario (a veces al girar la rueda de los siglos) también colabora en la forja nacional. Esto es evidente en la expansión de los antiguos romanos[23]; con esa misma pauta otros territorios sometidos a periodos de conquista se modifican, y, en ocasiones, surgen comunidades viables, y así observamos lo que sucedió tras la conquista española en América o el colonialismo inglés de ultramar. El colonialismo del siglo XIX y XX, a la larga, provoca lo contrario a lo que intenta, generando comunidades más resistentes y opuestas al imperio que las sometió.

Ejércitos avasalladores: cuando se inventa una tecnología para la conquista surge la tentación de hacerlos impunemente
Cuando los ejércitos ingleses llevaron ametralladoras ante las tribus africanas… se abrió un precipicio por los desniveles de fuerza bélica. Igual que el maníaco tentado a saltar ante la visión de un abismo, así el desnivel entre poderíos militares atrae las conquistas y el armamento industrial derrotaba con facilidad a las tribus de África, por poner un ejemplo. Desde el punto de vista de la ventaja militar resultaba tan sencillo dominar a las tribus morenas, que las barreras de recato se rompieron, reinó la ambición desbocada  y el imperio se extendió con sorprendente facilidad por el globo. En mitad del siglo XIX, las potencias europeas competían entre sí para no dejar ningún rincón del globo sin tomarlo por la fuerza. Hasta parecía un juego el extender las fronteras sobre el mapa, empujando miles de kilómetros más a las fuerzas expedicionarias, que barrían con los sorprendidos nativos.
Sin embargo, durante la mayor parte de la historia las ventajas militares no han sido avasalladoras, sino más puntuales o episódicas. Los hititas innovaron con carros de combate tirados por caballos, pero era armamento inútil en montañas o en desierto arenoso. Las legiones romanas demostraron su versatilidad y pericia, pero el denso bosque germano y sus pantanos les resultaban adversos.  Además, si bien la estrategia de Alejandro Magno le ganó un enorme imperio, al cabo de unos años, su ventaja militar aparecía empantanada ante los pueblos vecinos.
Después de sopesar las ventajas militares, queda un complejo factor cultural y moral, que también predispone en contra las empresas de conquista, tal como se evidenció entre el débil pueblo vietnamita y las potencias occidentales, que fracasaron en varias tentativas por avasallarlos. De hecho, ese factor de resistencia de los pueblos contra los imperios se ha identificado con el nacionalismo[24]. El tema resulta apasionante, pues la debilidad de pueblos atrasados se convierte en fortaleza cuando entran en escena una serie de factores, donde destaca esa especie de fervor patrio. Este factor es tan importante, que en los siglos XIX y XX resultó el punto clave, que frustró las ventajas tecnológico-militares en los conflictos clave, como las luchas anticoloniales y Guerras Mundiales. El estudio de diversas conflagraciones demuestra —sin lugar a dudas— que es factor crucial la voluntad de las tropas y población de respaldo, desequilibrando al factor tecnológico, económico, numérico, etc.[25] 
De manera muy clara, ese factor nacionalista implicó que en el siglo XX, triunfara el “principio nacional[26] en contra del imperial (y otras modalidades internacionalistas), dibujando la faz mundial como una “sociedad de naciones” y no un conglomerado de imperios territoriales.

Caso mexicano: las imposiciones imperiales de aztecas, españoles, franceses y norteamericanos
Si bien, la naturaleza de integración por vía de la conquista militar, para el caso azteca resulta todavía polémica, no cabe duda que este ascenso (la triple alianza de Tenochtitlán-Tlacopan-Texcoco) ya fue un fenómeno de integración nacional. Las guerras exteriores de los aztecas y su dominación sobre sus vecinos sin duda es un tema apasionante y, en su aspecto externo, se podría asimilar al acto imperial de imposición militar.  “A pesar de las contradicciones que la constituyen, la Conquista es un hecho histórico destinado a crear una unidad de la pluralidad cultural y política precortesiana. Frente a la variedad de razas, lenguas, tendencias y Estados del mundo prehispánico, los españoles postulan un solo idioma, una sola fe, un solo Señor. Si México nace en el siglo XVI, hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles.”[27] De esta imagen clásica, me quedo con la violencia colonizadora que demolió los fundamentos de la sociedad indígena e impuso un nuevo sistema en todos los órdenes, que impuso explotación y obligación de cambiar al indígena, marcando la catástrofe para su cosmovisión previa. A eso se llama evento típico imperial, que avasalla al vencido y lo obliga sistemáticamente a someterse.
De modo efímero aunque significativo, está el evento episódico de un “Imperio Mexicano” encabezado por Agustín Iturbide. ¿Qué relación existe entre la forma aristocrático-imperial del gobierno con el imperialismo de anexión territorial? La vinculación es estrecha, pues el gobierno aristocrático excluye a la población mayoritaria de la estructura política, y el criterio elitista requiere del utilizar violencia para su manutención. De hecho, la elección consciente del término imperial para designar un gobierno, surge en el contexto de las conquistas territoriales. Por la situación geopolítica de México, ese imperio efímero no buscó ninguna conquista territorial, pues desde el surgimiento del país independiente esas ínfulas de anexión no existen en el horizonte.
La invasión norteamericana y la pérdida territorial del siglo XIX también se ubica entre las acciones del imperialismo clásico. Si bien, en lo interno, EUA ha sido un gobierno democrático, en lo externo ha quedado sellado por el anexionismo territorial y por la acción militar. En la primera fase, EUA tuvo “hambre de tierras”, que fueron dando figura a su país, y también por un fenómeno de “colonización” en el sentido antiguo, de colocación de campesinos en tierras feraces y desocupadas[28]. Una combinación de campañas armadas y compras forzadas permitió una impresionante anexión de territorios en el curso de un siglo. Por no alargar, basta indicar que México perdió la mitad del antiguo territorio y adquirió su geografía actual, definiendo el espacio poblacional y económico del periodo de integración nacional.
Después de la invasión norteamericana vino la tentativa de Napoleón III por imponer un emperador en nuestro territorio. Esa fue la desventura del segundo “imperio mexicano”, que con perseverancia y fortuna fue combatida por el bando liberal mexicano, hasta liberar al país y restablecer el sistema legal, con un gran proyecto de inclusión democrática.

El imperio del dólar
Existe otra modalidad de imperio más moderna, que ha combinado (primero) y diluido (desde la derrota en Vietnam) la conquista militar directa, para centrarse en una preponderancia económica sobre territorios ajenos. Esta visión adquirió gran relevancia en su forma de transición, bajo el periodo militarista europeo entre las dos guerras mundiales y la guerra fría. El marxismo-leninismo popularizó la interpretación de que las contradicciones de la explotación capitalista provocaban una respuesta de conquista militar por los Estados capitalistas centrales. El éxito posterior de la descolonización y la emergencia universal de los Estados nacionales soberanos deslavó ese concepto. Para Lenin el imperialismo habría sido la fase última del capitalismo[29], que al comenzar el siglo XX combinaba monopolismo económico (fusión de los grandes bancos con las industrias monopólicas, definiendo un “capital financiero”) con una opresión nacional descarada, que desembocaba en guerras exteriores para acaparar espacios económicos del mercado mundial.
Tras las crueles experiencias de dos Guerras Mundiales emergió un nuevo sistema capitalista donde el predominio económico de potencias centrales se modificó, abandonando la dominación territorial de las colonias, como un sistema obsoleto y odioso para las poblaciones locales. Sin embargo, para muchos autores y ante los ojos de los países periféricos siguió presente un modelo imperial modificado. Bajo el lema de un “imperio del dólar”[30] o un imperialismo puramente comercial la crítica marxista buscó nuevas vías de interpretación[31].

El peculiar sistema mundial más allá del dólar
Lo peculiar de este sistema imperial (o post-imperial si se prefiere un tomo más estricto) es la preponderancia de tipo comercial y luego cultural, con influencia de poder múltiple. La ocupación territorial queda relegada (hasta muy desprestigiada, pero no desaparece por completo); sin embargo la preponderancia de los acuerdos comerciales y la penetración de las sociedades por medio la trama de empresas trasnacionales reconfigura el planeta, creando un sistema mundial diferente. Al quedar relegada la dominación territorial imperial y adquirir vigor la soberanía legal de los Estados nacionales (aislados o conglomerados como la Unión Europea) muchos se niegan a calificar este nuevo sistema de imperial, y, a la vez, la moda ideológica actual se concentra en ver el lado contrario: una democracia de naciones casi angelical. Conforme la célula económica del nuevo sistema resulta la empresa trasnacional, es que encontramos un sistema difuso, el cual traspasa las fronteras Estatales y nacionales, convirtiendo en más débiles a todos los Estados (incluso al gigante Norteamericano está en “debilidad relativa” ante la red empresarial y el mercado mundial). Si el sistema económico es territorialmente difuso, entonces el término imperio resulta más impreciso, entendido como preponderancia territorial sobre regiones. Sin embargo, resulta más tentador en otros sentidos, conforme cada Estado nacional resulta menos soberano en lo económico, cultural, informático y (por tanto) político debemos sostener presente una sombra global en el sistema global[32].

“El imperio nunca cayó”
Esa frase juega con un absurdo histórico, que marcó la biografía personal del autor de ciencia ficción Phillip K. Dick. El escritor soñó esa frase en su juventud, en un contexto ligado a su vocación literaria y después lo persiguió. El antiguo imperio romano se le aparecía en visiones de reencarnación y en ficciones futuristas sobre maquinarias de poder. El tema metafórico es interesante, porque recibimos la impresión de que el imperio significa un edificio sobre-edificado —un exceso de altura o pisos— que terminó derrumbándose. La excesiva extensión (territorial, de riquezas, de pueblos sometidos…) provoca la sensación de provocar una simple caída física. Los historiadores no parecen encontrar una causa sencilla para explicar esta caída del clásico imperio romano, y se disuelven en análisis multifactoriales. Por más que la complejidad sí sea multifactorial, también la imprecisión de ideas nos muestra esa cara múltiple, pues la divagación es carnavalesca[33].
La explicación más sencilla de esa caída es la cristiana: la impiedad de los romanos condujo a su ruina, pues el Mesías se opuso a la esclavitud y las prácticas grotescas del circo de gladiadores. Curiosamente, el cristianismo no acabó con ninguna de esas dos instituciones de modo directo: el circo mortal y la esclavitud se mantuvieron durante siglos. De algunas maneras, el ascenso del cristianismo católico en Roma sí está ligado al derrumbamiento del imperio romano, pero no parece establecer una causa suficiente, y menos con motivo de alguna revelación.
La explicación clásica se refiere a una invasión externa, definida por migraciones de diversas tribus de bárbaros que fueron ocupando el Occidente de Europa, invadiendo las provincias romanas. En un extremo, sí son hechos que Alarico saqueó Roma y Atila presionó con su invasión. También, tras la caída del imperio siguieron las emigraciones y los nuevos asentamientos en Europa.  
Los economistas se han ocupado más de la escasez creciente de esclavos y un debilitamiento de rutas comerciales básicas, interrelacionadas con problemas en la estructura del Estado y la relación entre las clases sociales. Diversos factores que marcaron una maquinaria productiva y política con problemas crecientes, que dejó de ser operativa[34].
También es cierto, que la parte oriental del imperio se conservó como un Estado cristiano conservando continuidad con las antiguas tradiciones romanas. Sin embargo, el reino imperial de Bizancio resultaba un sistema “fósil”, que se mantenía a la defensiva ante los embates de Oriente. Ese imperio, en efecto, no cayó sino hasta un milenio después en el contexto del Renacimiento.
En el lema “el imperio nunca cayó” lo significativo es su ubicación: el sueño de un autor norteamericano del siglo XX, justo en el periodo de modificación radical de la figura del imperio, cuando se abandona el modelo territorial y surge una modalidad más sutil: esa versión light que se sigue construyendo hasta nuestros días. La frase de ese novelista expresa un fenómeno verdadero: cuando una determinación global fundamental cambia[35], la conciencia queda desconcertada y empieza la zozobra.

Símbolo del escorpión trasnacional
Al explicar el tipo de empresa trasnacional que domina el panorama económico y su consecuencia de poder, debo recurrir a un par de metáforas. Para el simbolismo zodiacal el escorpión se convierte en águila, lo cual es una paradoja. Como animal simbólico el escorpión representa las aguas densas, unas condensadas en la profundidad: un agua tan densa que se convirtió en veneno, lo cual resulta antagónico para la fama del agua (purificante y cristalina). Por un sueño paradójico, el escorpión zodiacal sublime abandona su posición inferior y trasmuta en águila: el animal celeste por naturaleza. Cualquier empresa económica (en el aparente “suelo” de la producción) también es un ente de aguas densas, cuya potencia se vincula con otra trasmutación. La empresa trasnacional se coloca cual estrella en el firmamento del moderno sistema mundial (aunque podría resultar un “astro oscuro”), dominando la modernización de la vida cotidiana indica esa “trasmutación” (como lo hicieron en el pasado lejano la Ford e IBM y en el periodo reciente Microsoft y Apple). Según miremos a la empresa trasnacional aparecerá una entidad contrastante: para el izquierdista clásico (marxista o nuevo “ocupa”) sigue siendo el escorpión, para el típico neoliberal (de élite en aspiraciones) significa el águila sublime, y para la mayoría permanece en la dualidad contradictoria, siendo a veces cielo y a veces cieno, pero casi siempre simple y neutral mercadería.
Como símbolo ese pájaro representa los más altos vuelos y lo mejor de la fuerza ascendente. Al mismo tiempo, el águila ha sido un símbolo recurrente del imperio, desde las legiones romanas identificadas con el águila colocada en sus estandartes, hasta las dinastías europeas y el expansionismo norteamericano. Porque, revestido de poder material, el simbolismo del ave celestre extravía esa sublimidad y aparece en la máscara dual de la ideología, donde lo sublime enmascara lo pedestre. Esto implica, que mirado desde afuera, el sistema de económico alcanza al político, pues —a final de cuentas— un sistema de poder estabiliza su entorno de intereses materiales, más allá de contradicciones secundarias.

La trasnacional y la nación
Existiendo la empresa trasnacional en cualquier nivel cotidiano (la mercadería simple atraviesa casi todos los sitios de nuestra sociedad material) resulta clave para comprender nuestro sistema: la modalidad posmoderna del imperio. Para las mentes simplistas, el campo trasnacional mediante la globalización ya suplantó el fenómeno nacional, como si globalización y humanidad fuesen sinónimos, pero no sucede así.
El sistema de empresas trasnacionales funciona en otro nivel: combina fuerza económica con penuria de poder (en el sentido de poder político estricto[36]). Según Marx, la estructura económica genera poder, pero entre los dos niveles surgen desproporciones y contradicciones; algunos sistemas con debilidad económica resultan fuertes a otro nivel. Ejemplo de disparidad notable entre producción y mando lo tenemos con los nómadas de regiones centro asiáticas como los hunos, tártaros y mongoles quienes resultaron más poderosos por sus ejércitos que lo determinado por sus endebles bases económicas, de ahí la paradoja de sus reinos efímeros y absorción por las culturas conquistadas[37].
Para este tema, las naciones modernas (modelo de siglos XVIII hasta el XXI) nunca se levantaron sobre firmas trasnacionales, sino sobre “espacios” y empresas nacionales[38]. En general, las trasnacionales no poseen conciencia de su efecto de poder, pero la fantasía de Hollywood está coloreada por un futuro con “empresas-poder” rigiendo a las comunidades, es decir, sustituyendo al Estado-nacional, y erigidas como empresa-aristocracia sometiendo a una plebe amorfa (chocante mezcla de tecnología y miseria). ¿Mera fantasía equivocada o previsión ominosa? Hasta este momento sólo existen indicios y atisbos.
El único gran teatro experimental es la integración de Europa y el panorama actual no sugiere una línea de continuidad entre el modelo de empresa y modelo de poder político, pero sí exige su “marco de posibilidad”. Bajo un contexto de 1930 con empresas nacionales (identificación del acero Krupp con Alemania, etc.) plantea Ortega y Gasset el “utopismo” para definir una unidad europea como necesidad histórica[39]. Al contrario, la extensión mundial de Nestlé, Phillips, Nokia, Santander, etc. marca una facilidad de saltar fronteras. Es decir, para la trasnacional actual la envoltura nacional le resulta casi indiferente (de facto, cambian de manos y de sede legal) y existe una plataforma económica (la red trasnacional) para el experimento de integración en Europa.
La forma política del Estado nacional, aunque sea económicamente débil al compararse con las empresas trasnacionales, resulta desproporcionadamente fuerte en su resultado de poder político. Con economías débiles, los gobiernos nacionalistas de las pequeñas repúblicas (tan solo en América Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador…) desafían a los grandes capitales trasnacionales. Resultan conflictos muy interesantes y persiste un “contrapoder” ante la tendencia globalizadora. En otros términos, también existe una tendencia no-globalizadora del proceso mundial, sino entonces ¿sobre qué se globaliza el orbe?

El contragolpe del 11 de septiembre y la mezcla imperialista light[40]
Contra lo que parece la tendencia dominante del siglo XXI, el periodo se inauguró con un regreso al pasado tras el atentado a las Torres Gemelas. La situación siguiente pareció devolvernos al escenario del imperialismo clásico, con una sola potencia territorial dominante y atacando de modo militar a sus enemigos. Si bien, Irak parecía poseer intereses petroleros y eso explicaba algo, un análisis económico me lleva a estimar que la propensión militarista es una tendencia secundaria[41]. La economía de guerra no recuperó la economía de EUA, al contrario, la debilitó. Debo insistir en el argumento: la guerra no sacó a EUA de una crisis, sino que mantuvo la atonía económica, por tanto la guerra exterior no sirve como un keynesianismo bélico. El intervencionismo hacia Afganistán ha sido como la metáfora de “batallas en el desierto”, donde no hay resultados de ventajas económicas generales[42]. El uso de la maquinaria militar misma sí se justifica en lógica de Poder (que no lógica económica ni ética) y marca una hegemonía clara sobre los aliados, pero las ventajas económicas no aparecen para el sistema dominante, sino para el sector de contratistas y al industria militar misma[43].
Después de ese movimiento hacia el sistema previo no parece una vía abierta para seguir esa senda y convertirla en el camino principal. No es solamente la presencia de la izquierda en el gobierno de EUA, sino que el funcionamiento normal de la máquina económica no se beneficia de la guerra como tal. La teoría de la “economía de guerra” como fuente para el capitalismo no resulta adecuada, pues implicaría que una anti-acumulación sostuviera a la acumulación capitalista; si algo hace la guerra es depredar y desvalorizar, por lo que cualquier ventaja es marginal. Mientras no se usa la inversión militar es idéntica a cualquier gasto público, en cuanto se utiliza aparece su efecto de anti-acumulación, por tanto de crisis económica para el sistema (ambos lados de un conflicto son economías capitalistas)[44].
A nivel de la retórica y acciones internacionales, el post septiembre 11 provocó una escalada de medidas unilaterales por el centro hegemónico norteamericano, que terminó por desgastarse, como una locomotora sin gasolina.
Más significativa que la línea principal de intervención en Afganistán, parece ser el intervencionismo “menor” donde se coaliga EUA con la ONU para apagar guerras menores. Intervenciones militares constantes y delimitadas desde los Balcanes y las regiones de África. La retórica implica que son fuerzas militares de apagafuegos, para contener el derramamiento de sangre. El problema es el uso de la fuerza misma y su posible extensión, por más que se busque la pacificación de situaciones trágicas. En cualquier momento una intervención “justificada” pierde ese carácter y un poder militar mundial pisotea lo que debería ser un Estado soberano. Eso lastima a la doctrina Wilson y de la autodeterminación de los pueblos, motivados en la importación de “estándares de civilización”. Con los cascos azules de la ONU resulta un híbrido extraño entre principios democráticos y un imperialismo light. Pero como la intervención es una situación de excepción y en situación catastrófica, el desenlace obliga a restaurar cada Estado intervenido, el cual debe terminar reforzado.

La cola del escorpión
En fin, en el globo se ha extendido una variedad de imperialismo light que, al igual que las bebidas adictivas, destila una satisfacción vicaria e intoxica al sistema planetario. Los Estados nacionales debilitados se mantienen adictos a sus dosis de sometimiento postimperial en versiones “ligeras”. El sistema mundial de poderes, con Estados de soberanía limitada (débiles en lo económico ante las grandes trasnacionales) debe abordar el lado exterior bajo los supuestos de este imperialismo light. En casos extremos, se justifican modalidades intervencionistas, pero se repiten de modo constante[45].  La teoría compleja de la nación incluye su complemento, debe abarcar el sistema mundial y las directrices de su operación. La presencia de una dimensión imperial-light es muy importante. La complejidad de la nación se retroalimenta con las contradicciones del sistema global, la cual incluye su “lado oscuro”, sin menospreciar las ventajas de una estrecha comunicación e interacción planetaria. En el presente, cuando decimos nación observamos que es una realidad compleja engarzada en el sistema de relaciones planetarias, las cuales incluyen ese lado ominoso pero “ligero”, como un miasma (olor a pantano y peligro donde se oculta el escorpión) que nos indica un síndrome de atraso global, cuando las relaciones mundiales son tan intensas.
Cuando atrás anotamos que la red de calzadas romanas ligaba a la trama económica del imperio antiguo, debemos observar nuestra actual trama (densa y múltiple) de sistemas de transporte y comunicación. Esta especie de imperio light se levanta sobre millones de hilos materiales (carreteras, ferrocarriles, rutas marítimas y aéreas), aún más hilos invisibles (telefonía, satélites, radio, televisión, internet o microondas) y los ríos de mercancías y relaciones empresariales relacionan al sistema mundial. Sobre ese tramado complejo se levanta lo que se puede denominar un imperialismo light o postimperio, pero no es una estructura tan consistente (antagónica a lo light) que haya domado al resto de figuras colectivas. Así como la nación se contrapone al imperio, muchas otras figuras colectivas proponen otras identidades. Las figuras distintas también son una potente red que balancea el sistema, con legiones de sociedad civil o grupos de intereses. Si el asomo del imperialismo está frenado en el actual sistema es porque también la población emergente es más capaz: asoma un cognitariado más ilustrado y deseoso por manifestar su fuerza de modo pacífico y civilizado. Frenado ese imperialismo queda en fase light y los sistemas políticos se deslizan hacia formas democráticas, el aspecto de fidelidad hacia las comunidades interiores se mantiene incólume.

NOTAS:

[1] GALEANO, Eduardo, Las venas abiertas de América Latina, p. 152.
[2] ORTEGA Y GASSET, José, La rebelión de las masas, p. 47. “Los lugares comunes son los tranvías del transporte intelectual.”
[3] BENJAMIN, Walter, Para una crítica de la violencia, busca relacionar el momento fundacional, con la justicia y la acción social.
[4] Si la finalidad de la guerra es someter al adversario, también implica terminar las hostilidades, entonces su objetivo es un establecimiento de la paz. Cf. CLAUSEWITZ, Carl, De la guerra.
[5] Resulta muy importante y resurge el tema imperial con las invasiones militares y los actos de violencia contra pueblos atrasados, como acontece en la invasión de Irak o Afganistán. Para la izquierda y el mundo musulmán se mantiene como un eje retórico, aunque no tan teórico. Cuando menos Hardt y Negri han propuesto una teoría integral para ligar el tema con la nueva época. Cfr. HARDT y NEGRI, Imperio.
[6] Algunos teóricos, mantienen un rechazo a la nación porque observan también un filo excluyente, en la quizá última teorización marxista relevante sobre el tema, la de Hobsbawm, el filo externo de la nación excluyendo a los extranjeros es un punto nodal. El supuesto de Marx de una sociedad incluyente en automático, sin fisuras de exclusión, es el supuesto que no se ha comprobado. El interrogante consiste en la presencia de no-nacionales en absoluto; porque en el sistema moderno la nacionalidad también es un derecho, no debe de existir el ciudadano no nacional (el apátrida), en cambio sí debe aparecer un ámbito de alternativa de muchos sistemas nacionales de referencia para un sistema de emigraciones. Cfr. HOBSBAWM, Eric, Naciones y nacionalismo desde 1780
[7] Es evidente, que en un sentido radical, a lo Marx o Bakunin, el Estado está al servicio de la clase dominante y el acceso de su propia nación hasta la cúspide está limitado. Por ejemplo, El 18 Brumario de Luis Bonaparte y La lucha de clases en Francia.
[8] El favoritismo de Platón por la aristocracia —gobierno de pocos filósofos—, queda lejos del dominio de una aristocracia de nacimiento que se estabilizó en la Europa posterior. PLATON, La República.
[9] El tema de esa comunidad militar previa interesó a Marx en sus Formen..., sin embargo, el esclavismo y su nexo con el imperio requiere de un estudio más detallado.
[10] De aquí nuestra diferencia de matices con el concepto de empresa de unificación, planteada por Ortega y Gasset en su España invertebrada, cuando establece una continuidad en el proceso de unión, que liga en un continuo poco problemático, la integración nacional y el imperio, que para España fue en orden inverso.
[11] La disposición de los criollos para rebelarse contra los españoles consanguíneos en la América colonial ha llamado poderosamente la atención, por ejemplo, BRADING, David, Los orígenes del nacionalismo mexicano.
[12] De ahí la “derrota de Vietnam”, también como el resultado de una agónica lucha interior en la sociedad norteamericana, que al final, prefirió desentenderse de su careta militarista. Cf. GREEN, Felix, El enemigo (sobre el imperialismo).
[13] A su manera, Maquiavelo considera que esa lección debía aprenderla la Florencia renacentista, dominada por príncipes que contrataban mercenarios. Cfr. En la década de Tito Livio.
[14] CÉSAR, Julio, Comentarios a la Guerra de las Galias.
[15] Esto implica, que esas legiones están vinculadas como grupo, y no es casualidad que los romanos inventaran los términos para patria y nación, aunque su término más fuerte fuera populus y su patria estuviera más ligada a una ciudad privilegiada que a un territorio.
[16] Posiblemente la red de caminos de Darío I en Persia sea la primera gran trama de carreteras que sostuvo un imperio. A falta de buenos caminos, los reinos se ingeniaron para mantener sus comunicaciones, por ejemplo con sistemas de correos mediante relevos.  Cfr. MATTELART, Armand, La comunicación-mundo.
[17] ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada.
[18] Según la clásica definición de Carl von Clausewitz en De la guerra,
[19] De ahí el sentido etimológico latino de provincia: la zona vencida. Cfr. FOUCAULT, Michel, Microfísica del poder.
[20] Ese “apropiarse” del vencido es el extremo del quedar “enajenado”, resulta significativa esa oposición, conforme a la teoría de la enajenación. Cf. MESZAROS, István, Teoría de la enajenación de Marx.
[21] Algunos pueblos no buscaban conquistar (dominar, explotar) a las poblaciones, sino únicamente apoderarse de un territorio y, por tanto buscan expulsar o aniquilar a la gente vencida para colonizar esa zona, como indican terribles pasajes del Antiguo Testamento. En otros casos, hay rapiña para tomar esclavos y colocarlos dentro del territorio/sociedad del vencedor, lo que marcó el estilo del esclavismo grecolatino. Aristóteles consideró más honorable al pirata que capturaba esclavos que al comerciante de Atenas. Cfr. Ética nicomaquea.
[22] Diferencia entre el enriquecimiento ocasional con un evento militar y el establecer un sistema de explotación y dominación.
[23] No siempre se unifica el pueblo eje de la empresa imperial hasta estabilizarse en una comunidad de tipo nacional; el tema se presta a discusión, pero los macedonios de Alejandro Magno no parecen integrarse sino que se dispersan en comunidades invasoras que se asimilan en las lejanas regiones conquistadas, y lo mismo sucede con los mongoles en la India, ya modificados por el filtro de Persia.
[24] Algunos autores como Hobsbawm aceptan esa resistencia como un factor clave, pero en el pasado lo señalan bajo el rubro de proto-nacionalismo y no como nacionalismo tal cual. Cf. Naciones y nacionalismo desde 1780.
[25] Por eso mismo, Clausewitz consideraba que el tipo de guerra más favorable era el defensivo. Cf. De la guerra.
[26] En el centro se ha identificado como un principio de Wilson, por el presidente norteamericano, para la izquierda se remite al derecho de las naciones a la autodeterminación de Lenin. Cf. HOBSBAWM, Erick Naciones y nacionalismo desde 1780.
[27] PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, p. 41.
[28] Marx se burla de una ley inglesa para empujar al trabajador a convertirse en asalariado en las regiones de “colonización” con amplia disposición de tierras vírgenes, indica: “Es extremadamente característico que el gobierno inglés haya aplicado durante años ese método de "acumulación originaria", recetado expresamente por el señor Wakefield para su uso en los países coloniales. El fracaso, por supuesto, fue tan ignominioso (…) La corriente emigratoria, simplemente, se desvió de las colonias inglesas hacia Estados Unidos.” MARX, Karl, El capital, t. I, p. Cap. 25.
[29] LENIN, V. Ilich, El imperialismo fase superior del capitalismo, Ed. Progreso.
[30] Título de un libro del economista mexicano José Luis Ceceña, El imperio del dólar.
[31] OWEN, Roger y SUTCLIFFE, Bob, Estudios sobre la teoría del imperialismo.
[32] Una de las tentativas de interpretación global del nuevo imperialismo está en Imperio de Hardt y Negri.
[33] Decía Lukács que el panorama le parecía un “carnaval de conciencia fetichizada”, frase colorida que alarmó a mismo Jean Paul Sartre. Cf. LUKÁCS, George, Significación actual del realismo crítico.
[34] Cf. ANDERSON, Perry, Transiciones de la antigüedad al feudalismo.
[35] Cuando un gran determinante de la existencia social cambia, el panorama se transforma y el problema de percepción es muy importante cuando no se capta con claridad. La aparición de los extraños europeos en América posee ese rasgo desconcertante durante los primeros encuentros, por eso los indígenas los describen en términos tan equívocos de lo divino. Cf. LEÓN PORTILLA, Miguel, La visión de los vencidos.
[36] A cierto nivel, la economía misma es un poder efectivo. Poe ejemplo, Anderson opina que: “El lugar central del poder debe buscarse, por lo tanto, dentro de la sociedad civil –sobre todo, en el control capitalista de los medios de comunicación (prensa, radio, televisión, cine, ediciones), basado en el control de los medios de producción (propiedad privada).” Cf.  ANDERSON, Perry, Las antinomias de Antonio Gramsci.
[37] El materialismo histórico y el economicismo histórico, dejan de lado estas paradojas, para beneficiarse de una explicación más sencilla. El tema de los mongoles señala la disparidad entre niveles económicos y de poder, señalando que la relación no es directa entre riqueza y preponderancia. Esto la vislumbró bien Marx, pero no tanto sus sucesores. Cfr. ANDERSON, Perry, El Estado Absolutista.
[38] Sí existieron empresas de calado trasnacional en periodos remotos, pero son mezclas entre el Estado y capitales privados, como la Compañía de las Indias Orientales, y se asociaron más a esa figura de absolutismo y no la forma nacional moderna.
[39] ORTEGA Y GASSET, José, La rebelión de las masas, “La unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma, y la fantasía es precisamente lo otro, la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas e independientes.” Prólogo, p. 4. “Ahora llega para los europeos la sazón en que Europa puede convertirse en idea nacional. Y es mucho menos utópico creerlo hoy así que lo hubiera sido vaticinar en el siglo XI la unidad de España y de Francia. El Estado nacional de Occidente, cuanto más fiel permanezca a su auténtica sustancia, más derecho va a depurarse en un gigantesco Estado continental.” P. 60.
[40] En un sentido metafórico, el Leviatán novelado de Paul Auster, muestra el riesgo moral y mortal de un imperialismo interior, convertido en conciencia culpable, destilada entre los mejores hijos de Norteamérica.
[41] La explicación de Wallerstein sobre Irak, en retrospectiva parece un completo disparate. Cf. WALLERSTEIN, Immanuel, Después del liberalismo.
[42] El tema es interesante, el marxismo del siglo XX tuvo la impresión dominante de que la guerra era funcional al sistema y hasta creyó que el sector militar formaba un sector clave del capitalismo maduro (un sector III complemento de medios de subsistencia y medios de producción, un perverso sector de medios de destrucción). Cfr. MANDEL, Ernest, El capitalismo tardío.
[43] La situación de excepción militar sí es un motivo de enormes negocios particulares, sin embargo, el interés se reduce al beneficio del grupo implicado, y no radica en el conjunto económico.
[44] En especial, Mandel intentó un argumento estructural para la funcionalidad perversa del sector armamentista, la cual no resulta satisfactoria. Cf. MANDEL, Ernest, El capitalismo tardío.
[45] De modo voluntario y adictivo, los sistemas políticos locales (de Estados nacionales) se someten a los estándares mundiales de variadas formas. Solamente los hitos escandalosos se notan (como someterse a convenios con el FMI cuando implican desnacionalizar empresas estatales), pero son muy diversos.