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miércoles, 5 de febrero de 2014

RESEÑA DE “LA MASONERÍA EN EL SIGLO XIX EN MÉXICO”. 2a. PARTE



                                                 Por Carlos Valdés Martín

Esta es la segunda parte del resumen del interesante libro de Mauricio Leyva, La masonería en el siglo XIX en México. Aquí se abarca el inicio del México independiente hasta antes de la Revolución de Ayutla, cuando se presenta el conflicto definitivo entre liberales y conservadores, para establecer el rumbo del país. Este periodo se caracterizó por una situación aún indefinida en el modelo de país y gobierno, las generaciones de masones todavía no alcanzaban la madurez para presentar soluciones a los grandes problemas nacionales y saldar la pesada hipoteca de la Colonia, representada por el intento de la Iglesia Católica de someter al país bajo principios de corte aristocrático y atrasado.

Primer Imperio Mexicano
Desde el final de la lucha independentista aparecen ya varios testimonios sobre la fundación de logias, ubicándose en las zonas donde la censura y la persecución perdieron fuerza. Los testimonios de un movimiento de masonería abierta antes del triunfo del Ejército Trigarante nos permiten comprender la rápida proliferación de grupos masónicos después. Durante ese periodo ya se habían establecido logias del rito escocés y del yorkino. Al respecto cabe anotar que resulta falaz la afirmación —muy difundida— sobre el protagonismo de Poinsett para la creación del rito yorkino en México, pues ya antes existían agrupaciones de ese talante. Sin duda por parte de la crónica católica se han inventado curiosas confusiones sobre los masones en ese periodo y de singular interés resulta aclarar los hechos, para superar las mitificaciones en torno a la intervención norteamericana en fomentar o desalentar logias. El tema de fondo es que la polémica de bandos exige “inventar” villanos con interés de polarizar posiciones, en ese sentido, el activo agente norteamericano Poinsett ha sido catapultado y sobredimensionado cual hechicero de ficción, capaz de sembrar o trastocar organizaciones masónicas a conveniencia. La realidad es diferente a lo difundido por los fantasiosos de la conspiración masónica importada. La verdad es que en el periodo posterior a 1821 la masonería se expandió e improvisó en el país, cuando la primer generación independiente estaban ávida de nuevas ideas y directrices, por lo que una integración impetuosa de patriotas o advenedizos nutrió a las primeras logias del siglo XIX. En esa crucial coyuntura el concepto mismo de masonería como escuela filosófica tuvo un desliz y “Las logias comenzaron en México a jugar el papel de fuerzas políticas, muchas veces polarizadas”[1] Este es el punto crucial para el análisis histórico del siglo XIX, cuando el espacio de los combates de poder estuvo vacío de partidos políticos y ese espacio fue llenado por las logias. De ese modo, de manera natural los ideales y ambiciones políticas se desplazaron hacia las logias, provocando una rápida toma de posiciones, dándose un primer alineamiento: por un lado, de las logias escocesas con el sector centralista y relativamente conservador y, por el otro lado, de las logias yorkinas con el sector federalista y más liberal. Sin embargo, pronto el panoramas se complicó y en el sector avanzado surgió una tendencia autóctona de la masonería que no mantenía ningún referente internacional, formando el Rito Nacional Mexicano del periodo, que también destacó en su aporte liberal. Resulta importante anotar que el curso típico y estatutario de la masonería moderna ha sido evitar por completo esa fusión con las pasiones políticas, para delimitar a los talleres masónicos dentro de la educación filosófica y la formación moral, por lo que las grandes organizaciones masónicas internacionales prescriben no intervenir en política, para no desvirtuar la esencia de la masonería.

Primera República Federal y años siguientes
Una vez instaurado el Primer Imperio, resulta clave la participación de la masonería para oponerse y establecer el régimen republicano en el país. El gobierno de Iturbide quedó rápidamente desgastado y aislado, sin apoyos internos, pues solamente una minoría aristocratizante y del clero respaldaban la idea de un Imperio. Las figuras de la masonería de rito escocés destacaron para oponerse y lograr la primera experiencia republicana en el país. De modo bastante paradójico, el texto apoyándose en la obra de Mateos, plantea que el triunfo político de las logias escocesas implicó una especie de disolución de sus organizaciones y que de modo organizado permaneciera su sector más conservador, incluyendo a un grupo de peninsulares[2]. Este tema de las identidades y contradicciones entre la masonería y la política es un eje central para la interpretación histórica del periodo, y, antes de este libro, ha merecido un examen superficial y donde se “tragan” algunos relatos que rayan en la leyenda, como la preminencia de Poinsett. Lo planteado sobre la disolución de la primera gran tendencia masónica en el México independiente, plantea tanto interés como interrogantes. A efectos del panorama político, esto implicó un rápido auge de las logias yorkinas, conforme Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero se inclinan en ese sentido. El rito escocés quedó encabezado por Nicolás Bravo, un insurgente de indiscutible trayectoria, y además se perfiló uno tema clave en la formación de la joven república: federalismo o centralismo.
Los rudos efectos de esa sobre-politización de la masonería mexicana, estalló bien pronto hacia 1827-1828. En ese periodo, se alcanzó un límite represor al adoptar una ley prohibiendo “reuniones clandestinas o secretas”, que provocaba de facto una persecución sobre las logias. A esto se suma la expulsión de Poinsett, representante norteamericano, el destierro de Nicolás Bravo y la expulsión de todos los españoles del país. Buscando una salida en ese conflicto entre tendencia masónicas y afirmando la independencia de criterios locales, se creó el Rito Nacional Mexicano, el cual rápidamente adquirió un protagonismo que no declinó sino hasta el periodo de Porfirio Díaz, un seis décadas después.
Por su parte, la tendencia conservadora por entero opuesta al liberalismo y la masonería fue tomando más cuerpo y agrupando a lo que sería el bando conservador, digamos “químicamente puro” que desembocaría en la coronación de Maximiliano.
También resulta notorio que las reformas políticas más liberales y profundas tardaron muchos años en cuajar, y fueron ganando espacio y firmeza entre un baile macabro de luchas políticas y golpes de Estado.

Debilidad nacional: primera intervención francesa e invasión estadounidense
El sentido tragicómico de nombrar a un evento “la guerra de los pasteles” nos dibuja de manera hiriente y certera la dimensión de un periodo. La anécdota de un pequeño abuso contra una propiedad de un ciudadano francés marca la unión entre lo sutil y los grandes acontecimientos. La dificultad del parto de una nación con un Estado débil y en continuas luchas lo convertía en víctima de ambiciones externas: el salto enorme desde los desmanes a una pastelería hasta una guerra internacional implica un despropósito de escalas, ante lo cual los políticos mexicanos —dejando de lado filiaciones— se encontraban en mitad de dos malas opciones: resistir a una demanda desmedida o sufrir los horrores de la guerra en condiciones de inferioridad. Del incidente de los pasteles hasta la invasión de una flota francesa las opciones eran dolorosas, y, en ese caso, ante una derrota militar en Veracruz, el gobierno optó por ceder e indemnizar el desproporcionado reclamo extranjero[3].

A pesar de tales dificultades, muchos ciudadanos y líderes masones buscaron restablecer la situación interna del país. En medio de ese clima caótico se tomaron medidas atinadas para perfeccionar el sistema federal que daba respeto a las regiones. Asimismo, en ese periodo definen avances con medidas modernizadoras y liberalizadoras, donde se destacaron masones encabezados por el renovador Valentín Gómez Farías. En las innovaciones destacan avances como la abolición de la obligatoriedad del diezmo (así era llamado un impuesto obligatorio del diez por ciento sobre ingresos que los ciudadanos debían pagar a la Iglesia católica; el cierre de instituciones de educación con tinte religioso para sustituirlas por escuelas laicas; expropiación de bienes eclesiástico por utilidad pública, etc. A su vez, esas medidas para limitar el poder material e intervención pública de la iglesia fue motivo para la reacción de un bando conservador y clerical más militante en los años siguientes.

La debilidad interna de México y la lucha de facciones abrió el espacio para la disgregación territorial. Como episodios diversos y donde se anunciaba una tendencia centrífuga, fueron la indolora separación de Centroamérica, y los agudos combates en Yucatán con su secuela de la Guerra de Castas. El evento clave fue la invasión norteamericana al arrancar la mitad del territorio. Durante la defensa patria ante esa invasión norteamericana se desprende que para el bando mexicano: “Excusado es repetir que los masones llenaron sus deberes, la mayor parte de los jefes muertos y heridos eran masones”[4]

Como resultado de las escisiones y tomas de posición, en ese periodo se fortaleció el Rito Nacional Mexicano que adquirió preminencia, todavía hasta la restauración de la República, aunque esa situación cambiaría al terminar el siglo XIX.

NOTAS:




[1] LEYVA, Mauricio, La masonería en el siglo XIX en México, p. 109.
[2] Véase MATEOS, Juan A., Historia de la masonería en México de 1806 a 1884.
[3] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 172-129. Un conflicto demandando 60 mil pesos resultó en una deuda de 8 millones, que en términos de la época era una suma estratosférica, que ya incluía gastos de guerra de la flota francesa.
[4] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 145, cita a José A. Mateos.

sábado, 1 de febrero de 2014

LA ÚLTIMA PROFECÍA DEL CHICLERO




Por Carlos Valdés Martín


Seguía una rutina monótona y agotadora hasta que llegaron extraños mensajes en las envolturas. Nicandro, colocaba chicles en las calles; avanzaba sin un rumbo fijo, con paso pausado y repitiendo una oración sencilla:
—Lleve los chicles, son para mascar.
Existencia precaria, con una rutina simple y agotadora, sin embargo ese mediodía quemante todo cambió, ese fue el día aciago. Una manifestación enorme celebrando el triunfo de un candidato a la alcaldía interrumpió el tráfico. Una explosión de júbilo y banderas extravió a este chiclero trotacalles y abrió la puerta a eventos que trastocaron su vida.
Visto a corta distancia destacaba su edad indefinida y una mente en hibernación. Una capa de piel morena rugosa y ajada por la exposición al áspero aire urbano lo envolvía. Con sus movimientos describía a un ser ágil y vital, pero inocente e incluso sin infancia —curiosa ironía. Las gruesas gafas eran lo notorio sobre su rostro. Bajito y delgado, sin variación vestía camisa de manga corta a cuadros y pantalón oscuro. Recorría las calles agitando una pequeña caja de golosinas:
—Lleve los chi...
Alrededor barullo, gente inquieta y hasta eufórica; el espacio entre peatones se reducía sin cesar. La efervescencia del carnaval político de izquierdas lo entretuvo con banderas rojas y cánticos, hasta que un manifestante eufórico le arrebató su cajita y masculló una frase insultante que significaba: “Esto se expropia por el bien del pueblo”. Pero el chiclero comenzó a protestar con timidez y gestos suplicantes, impelido por la necedad de quien depende del puñado de golosinas para sobrevivir. Sin cesar repitió:
—Que eso es mío.
El griterío con bocinazos y consignas, confundía las sílabas repetitivas de Nicandro. Al principio, el expropiador contento fingió no entender ese reclamo, mientas saltaba lateralmente cual escolar travieso. Con ostentación y sonrisa burlona repartió sobrecitos de chicles entre los curiosos. Mientras eludía también negaba con la mano, agitándola con brío ante la cara del chiclero como si alejara a una mosca indefensa. Pero el expropiado no se desanimó y siguió vociferando en palabras cada vez más altas, hasta que algún líder notó la escena, recapacitó y regañó al abusivo:
—Camarada, ese tipo bajito al que arrancaste las golosinas también es pueblo, debes devolvérselas.
Ese líder anónimo jaloneó a su “camarada” de la camisa, así lo obligó a rescatar parte del contenido repartido y después a conseguir monedas menudas para compensar su vileza. Después de unos minutos de colecta, la cajita de cartón mezcló golosinas intactas y mordisqueadas, junto con pocas monedas. El naufragio volvió al dueño; aunque un faldero atropellado en manos del amo no sería menos lamentado. Torció la boca con frustración y soltó un “gracias” por cortesía, aunque pensó: “Todavía doy las gracias, no es justo”.
No había recuperado su ánimo cuando, tras un silbido, un cilindro con gas lacrimógeno aterrizó en mitad de la multitud: primera señal de zipizape. Comenzaron los gritos y las desbandadas. Nicandro, con el corazón desbocado, huyó del sitio y corrió hasta que la distancia disipó esa sensación de peligro. En el primer callejón tranquilo se sentó en el suelo y respiró hondo. Notó que apretaba contra el pecho lo poco rescatado. Quien conociera a Nicandro sabría que era incapaz de albergar rencores, pero ahí mostraba una cara desolada y las cejas arqueadas delineaban malhumor. Bajo un árbol seco miró el amasijo recibido donde se mezclaba la basura azucarada y monedas menudas.
Entonces todo cambió. Acercando los lentes a una envoltura diminuta leyó un mensaje: “Por castigo, él terminará cuadripléjico”. De inmediato quedó intrigado y lo incomprensible de la última palabra quedó rebotando en su mente.
Esa jornada había terminado y se alejó del centro urbano hacia el barrio pobre, mientras un tropel de nubes oscurecía el cielo del atardecer.
El peluquero del barrio era el vecino más cultivado que conocía, así Nicandro le preguntó por esa palabra. La respuesta fue exacta, como siempre mientras tusaba cabelleras:
—Es una parálisis total del cuerpo, como la sufrida por ese actor protagonista de Superman, un tal Reeve.
Nada es casual y al día siguiente los voceadores de prensa mostraban fotos de una tragedia. Los diarios amarillistas exhibían en la primera plana la imagen agónica del expropiador: la granada de humo lacrimógeno fue señal para la violencia. Y pensar que Nicandro estuvo tan cerca.

Otro vaticinio prodigioso causó sorpresa y se difundió en reguero de pólvora cuando Nicandro anticipó a Melquiades —el cura de la iglesia de San Cayetano— que su domicilio sería alcanzado por un rayo el fin de semana. El sacerdote no le creyó, pues hay tantos locos inventando conjeturas, pero tuvo la feliz coincidencia de incapacitarse y permanecer hospitalizado. El rayo cayó en un atardecer de nubes oscuras destrozando una chimenea y fundiendo los aparatos eléctricos cual blandas ceras, así el hogar quedó convertido en amasijo de horror y hollín.
Emocionado al sentirse amparado por intervención de la Providencia, el cura Melquiades notificó a su superior, quien refirió al obispo y este sospechó había sucedido un milagro.
Un vehículo lujoso condujo a Nicandro hasta la residencia del señor obispo y la impresión de viajar en un cupé con olor a nuevo le provocó mariposillas en su estómago, mezcla de gusto y novedad. Todavía no sabía que su predicción había causado tal revuelo en la iglesia regional y se interesaban en examinar su caso.
El cura de San Cayetano, recuperado de su enfermedad, lo recibió frente a la puerta y lo condujo hasta una sala amplia adornada con estatuillas de santos y grandes óleos de estilo colonial. El aire contenía aroma a maderas de caoba y barnices de aceites esenciales que recubrían muebles enormes. La residencia recordaban épocas pasadas, aunque el espectacular equipo de sonido armonizaba con bocinas repartidas estratégicamente.
Lo invitó a sentarse cómodamente en un sillón negro de piel y le ofreció una bebida caliente:
—Me da gran gusto, hijo mío, que aceptaras esta invitación; debes saber que tu profecía del rayo impresionó a su señoría el señor obispo.
Nicandro había olvidado su vaticinio y abrió los ojos sorprendido:
—¿Cayó el rayo en su casa?
—Fue espantoso y por fortuna me encontraba convaleciente de una hemorroide —señalando hacia su parte supina mientras gesticulaba con muecas de dolor sobreactuado— súbita; todo fue tan inesperado y la concatenación de sucesos fue un milagro para salvar a este siervo de Dios.
Sin encontrar lo extraordinario en esa coincidencia, respondió con sencillez:
—Me da —sonrió con timidez— gusto; sí, bastante gusto.
—En verdad, su señoría el señor obispo está impresionado y otorgará una audiencia.
Melquiades salió en busca de su superior; regresó con pasos ligeros, temiendo hacer ruido inapropiado en esa residencia y tras una caravana lateral dijo:
—Te presento a su señoría el señor obispo; es propio que hagas una reverencia y le puedes besar el anillo… es por deferencia, como si estuvieras ante el mismo Papa.
El obispo tenía piel muy morena, cubierta de espesa crema color marfil que lo hacía semejar un muñeco de cera. De ojos vivaces y complexión mediana portaba con solemnidad su vestimenta púrpura y una cruz metálica que pendía de un collar dorado. Los años y el reumatismo le pesaban, se movía con lentitud. El prelado adelantó la mano, pero Nicandro no entendió bien la orden, así que la estrechó provocando molestias en las articulaciones inflamadas. El obispo contuvo su desagrado y sonrió a medias.
Sentado en un suntuoso reclinable tachonado con botones de oro, el obispo sació su curiosidad sobre la narración del cura y expuso su idea:
—El don profético es divino y será menester tu responsabilidad, para que lo utilices en bien de la grey de Cristo;  no debes exponer tu alma a la condenación; por ejemplo si quisieras, como quien dice vulgarmente, pasarte de listo y ganar ilícitamente una apuesta o pedir el seguro de vida de una persona con un desenlace trágico que ya has anticipado; antes de tomar cualquier camino de tentación… de lo fácil pero dañino, lo debes consultar con tu santa madre iglesia.
—En verdad no se me había ocurrido ganar una apuesta o cosa semejante; los avisos de lo que sucederá aparecen cuando algún cliente devuelve la envoltura de su chicle y ahí está lo escrito.
—Lo que dices es extraño ¿No tienes ensoñaciones o visiones?
—Ni ensoñaciones ni visiones —repitió con lentitud—, lo que sucederá aparece impreso en los chicles que he vendido, pero esos avisos son pocos y llegan por sí mismos.
—Alguien te imprime un aviso del futuro y no sabes quién.
—No sé quién lo hace ni cómo.
—¿No vienen de la fábrica como las famosas galletas chinas?
— Nunca hay avisos cuando se abren chicles nuevos; sé que no se debe de hacer, pero se abren con cuidado para no estropear ni doblar la envoltura; en cambio cuando un cliente de la calle me regresa la envoltura, entonces sí aparece… pocas veces.
—¿Has solicitado que siempre te regresen la envoltura?
—Eso no sirve, también lo intenté y no sirve si lo pido; cuando viene la adivinación debe ser una casualidad y ocurrencia, diría que imprevisto.
—Parece un milagrito, pero sería magnífico —dijo la palabra lento y sonriendo— descubrir de dónde surgen esos avisos.
Nicandro no entendió:
—¿Mangisico?
El obispo miró al cura pensando que el visitante de gafas gruesas era bastante lerdo, repitió la palabra, dio una breve explicación, luego movió la cabeza y comentó:
—Me gustaría que conocieras la hospitalidad de uno de nuestros mejores conventos; ahí serás nuestro invitado y te familiarizarás con la posición de nuestra santa madre iglesia.
Nicandro aceptó gustoso vacacionar en un convento: para él representaban las primeras holganzas gratuitas en su existencia.
El departamento de “interés social” era compartido por dos familias lideradas por  su tía Encarnación y él vivía en una litera como “arrimado”. Los primos lo zaherían indicándole que era un “retrasado”, pero él respondía que su problema era por disgusto con la escuela. De niño recibía burlas y maltratos, así nunca terminó la educación primaria, al menos adquirió un rudimento para reconocer los letreros de las calles y los titulares de revistas; a sumar y restar le enseñó el tráfico mercantil. Desde que recordaba quedó bajo el encargo de esa tía.
Al dejar la escuela quedó obligado a trabajar en las calles vendiendo cualquier bagatela. Los chicles tenían la ventaja por ligeros y no dañarse en las largas jornadas. Cuando creció se volvió taciturno y hasta huraño. De su litera salía a la calle, deteniéndose en algún puesto de comida callejero y regresaba por el mismo camino. En la urbe no mantenía un sitio fijo de venta, avanzaba por distintas vías siguiendo a los peatones o el flujo de la casualidad. Tardaba de sol a sol en acabar con el contenido de una cajita, que encierra más dulces de los que aparenta.
Al acabar la agotadora jornada respirando esmog y polvo para descansar miraba el televisor en la diminuta sala del departamento común. Casi todas sus monedas las depositaba en una alcancía de barro de la tía. Cuando le pesaban los párpados intercambiaba un saludo y terminaba en su cama sin tender.
Encarnación se alegró y presumió con las vecinas la invitación para el sobrino. Ella supuso una gracia divina que —por causa del parentesco— se extendería en automático hasta su persona, sin embargo, le exigió a Nicandro que no fuera una salida prolongada, indicándole que lo echaría de menos, mientras temía que su propia alcancía lo extrañaría más.
Ese monasterio parecía un hotel económico, rodeado por prados recortados, canchas de tenis en el extremo norte y dos albercas azules y extensas. Los grandes crucifijos de madera dominando los techos y dos capillas en operación recordaban el propósito del sitio, en lo demás, al chiclero le parecía una enorme escuela en mitad del paisaje rural. Había pocos monjes ocupando el sitio y, según le explicaron, se debía a un periodo de actividades en lejanas misiones.
Llegó al mediodía y en cuanto pisó ese sitio, Nicandro quedó desconcertado por un exceso de atenciones. Dos monjes jóvenes y curiosos lo alimentaron hasta el hartazgo. Hasta donde la cortesía lo permitía Melquiades lo interrogó cuestionando el origen de su “don profético”. La explicación de frases misteriosas en las envolturas devueltas de los chicles disgustaba al señor obispo, por tanto buscaba otra opción.
El cura también invitó a Nicandro para que orara y meditara, pretendiendo un despertar de sus facultades “aletargadas”.  Durante más de una hora repitiendo el padrenuestro nada peculiar sucedió y sobrevino el fastidio entre los presentes. Los dos monjes jóvenes mostraban aburrimiento y se alejaron para no volver.
Al terminar la sesión de oraciones Melquiades se quedó junto con él. Ante una petición directa quedó la promesa de que el visitante recibiría permiso para utilizar la alberca, pero antes apareció otro sacerdote (uno alto, vestido con túnica blanca) que volvió para preguntar sobre infinidad de detalles irrelevantes, los cuales anotaba en un cuadernillo. Pasaron horas y seguían las preguntas, hasta que sonó una ambulancia entrado al patio por un interno intoxicado. Otro sacerdote, que no se había presentado antes, le cuestionó con irritación:
—¿Qué no adivinaste eso?
—Yo no adivino, son las envolturas las adivinadoras.
El sacerdote meneó la cabeza y se retiró sin despedir.

El cambio de ambiente con entrevistas continuas era entretenido, pero agotador. A Nicandro le asignaron una pequeña habitación privada, con cama individual y un simple buró de pino por todo mobiliario. La primera noche durmió como bendito; la segunda escuchó un grito lejano que lo sobresaltó. Intentó volver a dormir diciéndose que era imaginación, luego volvió a oírlo y se levantó atraído por la curiosidad.
Metió los pies en sus únicos zapatos y sin prender luces se movió con sigilo para detectar el origen del ruido. Provenía de otra construcción, una separada por el patio principal. En voz baja llamó a los monjes y parecía que ninguno quedaba dentro de ese edificio o dormían como lápidas. Paso a paso atravesó los corredores oscuros y alcanzó una puerta trasera, la más próxima a la fuente del sonido. Quedó callado, por una ventana lateral descubrió una rendija de luz dentro desde esa construcción y por ahí se escurrían lamentos de modo ocasional. Nicandro imaginó escenas horribles y otras absurdas. El ruido bajó de intensidad, conforme éste se redujo creció una curiosidad que lo impulsó a abrir la puerta. Otra vez el sonido fue intenso, asomó la cabeza y fue descubierto.
—¡Qué haces fuera de tu cuarto! —lo increpó Melquiades— Es hora de guardarse.
Interpretando la cara de espanto de Nicandro, el cura hizo pausa y continuó en tono más amable:
—No te inquietes, nada raro sucede, son los monjes haciendo una devoción de cilicios; eso significa una penitencia, no hay por qué alarmarse.
—Suena extraño y no alcanzo a dormir con tal ruido.
Melquiades se acercó con tono paternal y lo tomó con suavidad de la muñeca:
—Vamos, te daré una tizana para dormir y ya verás; en la mañana te presentaré al hermano Tarsicio, y verás que está sano, por más gritos que resuenen cualquier noche.
El hermano Tarsicio era uno de los habían estado interrogando a Nicandro, así que se lo imaginó quemándose en una hoguera o mordido por jaurías de lobos, pues antes nunca escuchó sobre “cilicios”. A la mañana siguiente lo miró absorto, casi resignado y, a manera de explicación y confidencia, Tarsicio le mostró su muslo izquierdo con una llaga horizontal. Le explicó con fingida naturalidad —tartamudeando al hablar— sobre un ejercicio voluntario, para templar su espíritu y acercarse a la santidad, pero el chiclero no creyó ni entendió esos motivos.

Con la pequeña maleta lista para despedirse, Nicandro tuvo un acceso de berrinche infantil. Comenzó a patalear y gemir que le habían prometido entrar a la alberca sin cumplir:
—¿Qué clase de hombres santos son? No cumplen promesas.
Contrariado, el cura Melquiades atrasó la salida y condujo a Nicandro para un chapuzón.
Al parecer, nadie en el sitio apreciaba las albercas, pues las dejaban sin servicio de calentador. Las hojas eras retiradas por precaución, pues se decían que causaban presencia de alimañas, así, el espejo de agua brillaba claro y frío.
El agua fría resultó menos entretenida de lo imaginado. Mientras braceaba en la alberca gélida, Nicandro tuvo una idea. Le habían preguntado muchos temas, menos si traía consigo otra envoltura con profecías:
—Señor cura —que así de formal le hablaba— hay una cosa que nadie me ha preguntado.
—¿Qué falta?
—No preguntó si yo cargo otra envoltura con una adivinación nueva y sí tengo una.
Melquiades hizo una mueca de desconcierto que pretendía ser sonrisa:
—Entonces apúrate a salir del agua, para que veamos ese prodigio.

Era otra envoltura ordinaria, que indicaba la marca de los chicles, con colores alusivos al sabor frutal. En la parte de atrás aparecía una frase breve: “Caerá Maciel”. Mientras la enseñaba el visitante dijo:
—No entiendo ¿quién es Maciel? No conozco a ninguno con ese nombre.
El cura se santiguó con nerviosismo, guardó el papel en su bolsillo y pensó: “Esto debe referirse a Marcial Maciel, y es bueno que no entiendas su significado; un tema tan peligroso se lo dejaremos a su señoría el señor obispo.”
El regreso al departamento de la tía fue directo y sin sobresaltos, las horas de carretera fueron domadas por somnolencia y cansancio.
Después Melquiades reunió valor, pues el obispo estaba facultado para enviarlo a predicar en una aldea selvática o ascenderlo. No quiso revelar el contenido de esta adivinación por vía telefónica, solicitó una cita inmediata y anticipó: “Es tema de vida o muerte.” A despecho de la urgencia expuesta, el obispo tardó unos días antes de recibir a Melquiades y lo hizo esperar en la antesala, según el viejo rito jerárquico: el subordinado espera. A modo de amuleto Melquiades escondía en sus bolsillos una dentadura postiza y un pequeño revolver, el cual incautó a un feligrés angustiado cuando amenazó con suicidarse en plena confesión. Los minutos parecieron largos mientras el cura recordaba los argumentos del fallido suicida y olía el aroma a incienso de la estancia.
El obispo recibió al cura en la misma sala de sillones negros de piel. Después de las reverencias de rigor, Melquiades fue al grano:
—Su señoría, mire, esto es sobre Maciel.
—Hizo bien en tomar precauciones, muchos están en su contra y hasta exigen su pellejo por los escándalos de pederastia; pero acumuló tanto poder y es tan zorro que ha esquivado cualquier tormenta sin un rasguño.
—El chico es acertado, predijo lo de mi casa.
De modo súbito, el obispo se enfureció:
—¡Ya sé lo del rayo! Pero no llegaré a la Nunciatura con un papelito de chicles, enmarcando con una frase como si se tratara de la nueva Anunciación de la Virgen. ¡Este recadito es una basura! Fíjate bien en lo que te digo, si los Legionarios de Cristo se enteran de que ya sé lo que viene o los contrarios se enteran, yo quedo en medio de dos fuegos. Creo que no entiendes —miró con fijeza a los ojos, respiró hondo— y te lo explico para párvulos, entonces unos me odiarán por callar y otros por revelar. Es imprescindible que nadie se entere y nadie es nadie, si se sabe lo mínimo hasta me acusarán ¡de espía!
El superior pateó el piso y no había ninguna hormiga ahí; se calló, comenzó a hurgar nerviosamente entre su ropa buscando algo. Melquiades se sintió en presencia de un tigre y él mismo, un cervatillo. Pequeñas gotas de sudor asomaron en su frente de modo instantáneo. El obispo sacó un encendedor de un cajoncito próximo y dijo:
—Esto hacía nuestra Inquisición con las brujas.
Quemó el augurio y después de triturar las cenizas entre los dedos, continuó:
—Existen personas a las que nadie extrañaría si se alejan para siempre y el chico está entre esa categoría.
Melquiades asintió mirando hacia el piso. Luego el obispo lo despidió con una frase en latín y Melquiades se alejó espantado como si hubiera visitado al mismísimo Satanás.

A la noche siguiente el cura visitó a la tía Encarnación y la convenció:
—Ese chico tiene vocación sacerdotal, pero no la ha descubierto; permítame conducirlo a un retiro espiritual, pero no a cualquiera, él irá a uno especial —hizo una pausa dramática, miró fijamente y soltó casi una carcajada socarrona— ¡a Europa! Sí, el chico irá a Europa con todos los gastos pagados.
—Pero…
La interrumpió:
—No hay peros que valgan, esto será la salvación para su chico, su sobrino según entiendo, y hasta le ganará indulgencias en el cielo para usted y su familia entera.

El día terminó sin novedad aparente. Las calles y el sol de mediodía a Nicandro le parecían más parejos que nunca antes. Esa uniformidad adquirió tal relevancia que se alarmó, él que jamás se preocupaba... A estas alturas del transcurrir siglos deberíamos saber, al menos, lo mismo que los adivinos griegos: ellos señalaron que un vidente es incapaz para interpretar su propio porvenir. Escribieron sobre Casandra, la princesa de Troya, previniendo sin fortuna a sus conciudadanos del engaño del Caballo hueco. Cualquier oráculo debe esconderse entre frases incomprensibles, para que únicamente sea descifrado después de que suceda lo predicho. Hay quien mira en esa precaución de la pitonisa una típica astucia a lo Ulises: para engañar a los espectadores.  Sin menospreciar la astucia del griego clásico, debo anotar la simpleza de espíritu en este infantil personaje (tipo sin edad, aunque sería más justo indicar que es un niño perpetuo) incapaz de interpretar signos escondidos. Los mensajes recibidos eran evidentes y, si difíciles, serían otros quienes los descifren. En ese día lo extraño era la monotonía y ahí está una clave: la piedra lanzada por los aires avanza sin percibir cambio, esa debe ser su travesía más pareja hasta chocar en el suelo. Imaginemos a la piedra escondida entre la honda de David, su veloz viaje no le resulta extraño sino cuando ha roto el duro cráneo de Goliat. Así, el exceso de monotonía cabría interpretarlo: el más fatídico de los signos premonitorios.

Antes del anochecer, Nicandro regresó a casa y Melquiades lo esperaba ojeando una revista deportiva. La tía había preparado la “maleta” improvisada con una caja de cartón atada, donde cabían completas las pertenencias del sobrino.
El cura saludó con fingida cordialidad:
—Ahora serás un santo, uno dedicado al Señor, ya nunca más tendrás que vender bagatelas ni sufrir los peligros callejeros, pronto se abrirán para ti las puertas del cielo.
Nicandro se alegró sin hacer aspavientos; pensó en largas vacaciones y supuso se relacionaban con otro presagio recibido hace poco. Esa era la última y nunca habría más. Ahí, descubrió un dibujo con estilo renacentista. Le vino a la mente un mapamundi de escala ínfima y consiguió una lupa de aumento para apreciar el detalle, donde el pequeño y elaborado dibujo indicaba una estrella flotando en mitad de una habitación. La especie de estrella levitando sorprende a un anciano ataviado con un gorro de tela suave, sobre la estrella hay letras de algún alfabeto ajeno y al centro un acróstico idéntico al letrero sobre la cruz de Cristo: INRI.
Un día anterior, cuando el peluquero del barrio miró el papelito, se admiró y determinó, como acostumbraba, con aire sagaz:
—Sin duda, es Rembrandt mirando el destino en la Cábala; las cuatro letras poseen un significado profundo para los alquimistas, será mejor que lo ocultes por tu seguridad.


domingo, 19 de enero de 2014

RESEÑA: “VISIÓN DE ANÁHUAC” DE ALFONSO REYES




Por Carlos Valdés Martín
Confieso que entre mis lecturas faltaba esta breve joya de los ensayos sobre nuestras tierras. Supongo que fue acertado —azar sumado a la desidia—, pues he evitado las influencias inevitables y pasmosas (el monstruo sagrado según el término coloquial) , así, mantenido mi pluma bajo el hado benéfico de lo espontáneo. Procedo a resumir, anotar y comentar la Visión de Anáhuac, obra preparada en 1915, bajo el sello de la nostalgia de un intelectual mexicano en Europa, Alfonso Reyes. Brillante joven, hijo de una familia colocada en la cumbre de la oligarquía mexicana, optó por una misión exterior para alejarse de la violencia durante la Revolución Mexicana, y se mantuvo con las dificultades del caso. Una curiosa cábala se escondió en el primer título del ensayo que fue 1519, jugando a reordenar la fecha del escrito (1915). Con acierto editorial Alfonso Reyes terminó por señalar una perspectiva y usó el nombre antiguo del altiplano mexicano: Anáhuac.

Capítulo I (Tema: Desde los viajeros europeos el ambiente de Anáhuac entre plantas, lagos, luz, aire…)
El hermoso epígrafe ha contado con fortuna sin igual : “Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.” Repetido y simplificado (La región más transparente) para la afamada novela de Carlos Fuentes, ha sido recordado en muchas ocasiones, sirvió como designio para el Valle de México, y,  después, tras las secuelas de contaminación se volvió una ironía. ¿Dónde quedó ese aire transparente?

Este clásico comienza por colocarnos mentalmente en la época del descubrimiento —con encanto e ingenuidad renacentistas— de las enormes tierras ignotas. Utiliza de plataforma una añeja edición veneciana de 1550[1], donde encontró explicaciones y primorosas ilustraciones y ahí curiosos mapas son pieza crucial. Con gracia, Alfonso Reyes describe el ambiente de esos mapas ilustrados: representando diminutos barcos, Eolos mofletudos soplando entre nubes, escenas paradisíacas de africanos en chozas y nativos en América cultivando su ingenua fisonomía de plumas y taparrabos. Esto  nos conduce hacia una primera representación de la vegetación de Anáhuac que muestra una cosecha de mazorcas de Ceres, plátanos y frutas; resulta atinado que surjan ahí “plantas típicas”[2] mexicanas salpicadas con descripciones: biznaga (tímido puercoespín), maguey (absorbiendo de la roca), órganos (cañas paralelas) y nopales (bello candelabro). Anota la belleza de la estampa, y también que la provisión de espinas indica una naturaleza que no es tan fértil y situada alrededor de los lagos. 

Alfonso Reyes expone lo terrible de la desecación de lago: “Pero, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible: —en la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose de la seca.”[3]

“Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 al año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones— (…)  De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece  correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja. Es la desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo escénico.”[4] En un siglo XXI tan coloreado con lemas ecológicos resulta extraña esa voluntad de alterar el entorno natural, una decisión continuada durante siglos en contra de los lagos de Anáhuac.
Luego remite a una obra de Juan Ruiz de Alarcón, El semejante a sí mismo, donde se abren las esclusas de los lagos. Nos señala un periodo donde el agua era vista como la amenaza: “Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños (…) Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social.” [5]
Debo anotar que, sin encontrar aclaración, en el ensayo de Reyes se reflejan bien dos visiones y actitudes antagónicas (del acontecer no de él en persona) hacia los lagos: maravilla y amenaza. Quedan explícitos ambos aspectos, sobre la transición entre el deleite de los lagos y la novohispana (y sucesiva) amenaza no existe explicación, aunque quizá la simple relatoría histórica nos bastará para documentarnos varias inundaciones, una terrible en la cual la autoridad hispana pensó seriamente en abandonar la Ciudad de México.

Compara la percepción de lo selvático[6], un ambiente que no es tan apto para el pensar, con la claridad del altiplano. Una obra poética de Navarrete citada: “una luz resplandeciente que hace brillar la cara de los cielos.”[7] Lo refuerza con la opinión de Humboldt: “notaba la extraña reverberación de los rayos solares en la masa montañosa de la altiplanicie  central, donde el aire se purifica.” [8] La obra del ilustre alemán fue un espejo clave para la toma de conciencia sobre estas tierras; sus opiniones se convirtieron en especie de dogmas para temas como nuestra “fabulosa riqueza natural”, y, en especial, la minera. No es extraño que lo ajeno sirva como referente para definir la autoconciencia, de ahí la llamada dialéctica del señor y el siervo señalada por Hegel[9].

Aparece la civilización indígena, como emanada de leyenda, que viene de “aquel palafito había brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de los mitológicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas (…) Más tarde, la ciudad se había dilatado en imperio, y el ruido de una civilización ciclópea…[10] Curiosa mezcla de imágenes habitacionales nos regala este párrafo —cueva, palafito y ciudad—, la cueva recuerda el nivel más primitivo del simple refugio en el hueco natural, el palafito es un tema poco reflexionado por la rareza de una habitación sobre aguas, aunque en este caso señala puntual la singularidad del corazón del México antiguo: existencia sobre el lago. El tercer término es la esplendidez del artificio, cuando la urbe forja un espacio artificial, la nueva gradación (al feliz le sobre-agrada, al infeliz le degrada) de la polis (tan amada para el griego, cuando Aristóteles no concibe la humanidad[11] sin tal sitio o Sócrates prefiere la cicuta al exilio[12]). Hasta el final del ensayo, sin duda en lógica asociación, Alfonso Reyes nos relanza hacia la nación de su actualidad y la contrasta con una cultura universal —colocado él en un casi exilio por las desventuras de la Revolución de 1910, con lógica de nostalgia y luto— para terminar por enlazar los diferentes niveles en que se habita.

Luego surge la ciudad, esa urbe mirada desde la lejanía por Cortés y su gente cruzando por la ignota tierra americana, rebasando la zona selvática y luego de subir por las veredas, alcanzan una cima para mirar el Valle de México: “A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera que sus calles irradiantes prolongaban las aristas de la pirámide.”[13] . Viviendo en España, ese sitio (ya dije casi exilio) es perfecto para recrear ese encuentro violento y vivaz de perspectivas, pero deteniéndose  justo antes de los horrores de la conquista, prefiere la belleza bucólica entre los viajeros[14].
Instante cimero para la imaginación: la primera mirada de un europeo sobre la capital azteca y su primoroso Valle con lagos, así, utiliza con malicia un momento cumbre: la máxima lejanía (cultural, distancia, visiones, sensibilidades) en el instante de quedar rebasada, entonces el simple golpe de vista revela una maravilla. Ese es un segundo sin regreso, un salto que ha perdurado. En ese primer panorama de bellezas, coloca también el detalle de la novedad y ahí indica un eje: el Templo Mayor, geometría perfecta con un vértice intencionado.

Capítulo II (Tema: La descripción de la ciudad y el reino antiguo)
Comienza el capítulo con la ciudad colocada entre la magnífica geografía y debe empezar con los dos lagos: el dulce y salado, rodeados de montañas. Debo aclarar que esta separación en dos masas de agua fue causada por la ingeniería náhuatl que estableció un dique para separar la calidad de las aguas lacustres; maravilla de ingenio sobre el cual nuestras narraciones históricas han sido poco enfáticas, casi interpretando esto como capricho o leyenda.
En breves pinceladas Alfonso Reyes muestra la economía local, indicando los impuestos, así  “En cada una de las cuatro puertas (de Tenochtitlán), un ministro graba las mercancías.” [15] También hay metabolismo material en la entrega de fruta y agua fresca en los canales, “Bajo los puentes se deslizan las piraguas llenas de fruta. El pueblo va y viene por la orilla de los canales, comprando el agua dulce que ha de beber: pasan de unos brazos a otros las rojas vasijas. Vagan por los lugares públicos personas trabajadoras y maestros de oficio, esperando quien los alquile por sus jornales.”[16] Para cubrir un detalle tan cotidiano —el agua fresca para beber— resulta indispensable una logística compleja, a pesar de estar la urbe rodeada de lagos.

Este ensayo halaga la sonoridad del lenguaje autóctono: “escurren de los labios del indio con una suavidad de agua-miel.”[17] Después del sonido, surge el espectáculo multicolor, imaginado en la ropa: “Van y vienen las túnicas de algodón rojas, doradas, recamadas, negras y blancas, con ruedas de plumas superpuestas o figuras pintadas”[18] A esos cuerpos morenos los visten policromías, adelanta los adjetiva en “tornasol” y luego como “unos delicados juguetes”.

Organiza la visión de la gran ciudad en tres centros, indicando que es lo normal en cualquier urbe: casa de los dioses, mercado y palacio del emperador.
Al templo mayor Alfonso Reyes lo asocia con la fuerza de la piedra y la montaña “Desde las  montañas de basalto y de pórfido que cercan el valle, se han hecho rodar moles gigantescas.”[19] . La metáfora de lo enorme asocia la pirámide (mayor-mole-montaña) con la roca (sólida-basalto-pórfido[20]) estableciendo un círculo que evoca grandeza y duración (hambre de eternidad se diría). Luego, en rápida sucesión, el paseo por Tenochtitlán nos recuerda lo pintoresco (semillas y legumbres en adornos), lo sacro, lo virginal (hijas recluidas cual vírgenes vestales) y lo terrible de “las calaveras expuestas y los testimonios ominosos del sacrificio”[21]. Aunque no lo desease este ensayo, cualquier descripción profunda debe enfrentarse ante la justificación o condena de la Conquista en religión o violencia azteca (en términos modernos: civilización versus barbarie[22]); conforme el tema católico va perdiendo fuerza, queda con más energía el tema de sacrificios humanos y la brutalidad local; que en el ensayo son asumidas válidas[23]. Siempre es curioso que las dimensiones del deber ser (la ética y sus justificaciones) se escurren entre las visiones del lejano pasado; los partidarios de la grandeza ancestral suelen rechazar los sacrificios humanos como calumnia de los conquistadores; la mayoría sigue aceptando el viejo relato. El extremo teórico es tan moderno como Bataille, quien plantea que el fundamento social está en lo negativo, por tanto sería en la violación del interdicto donde se fundamentaría cualquier sociedad, en ese sentido —equivocadamente— Bataille propone al ritual caníbal en la base de la comunidad[24].
El centro económico lo considera Alfonso Reyes el mercado público, donde pone una cifra de 60 mil asistentes aunque duda de ella; de nuevo aparece la elegante policromía del sinfín de cosas reunidas[25]. No falta la ética en la figura de jueces: “Y tampoco se tolera el fraude (…) Diez o doce jueces, bajo su solio, deciden los pleitos del mercado, sin ulterior trámite de alzada, en equidad y a vista del pueblo.”[26] En esta figura del juez se une poder material con político, se juzga el tráfico y se resuelve.
La descripción intenta unificar y dar realce a ese encuentro: “un mareo de los sentidos”, “las alegorías de la materia cobran un calor espiritual”, “la emoción de un raro y palpitante caos”, “estallan en cohete los colores”, “todo el paraíso de la fruta”,  “el jardín artificial de tapices”, etc. No contento con describir cosas inertes, la poética ensayista de Alfonso Reyes funde las cosas con personas, que integran una forja (elementos opuestos) para resultar descripciones de gran calado poético: “Entre las vasijas morenas se pierden los senos de la vendedora. Sus brazos corren por entre el barro como en su elemento nativo: forman asas a los jarrones y culebrean por los cuellos rojizos. Hay, en la cintura de las tinajas, unos vivos de negro y oro que recuerdan el collar ceñido a su garganta. Las anchas ollas parecen haberse sentado, como la india, con las rodillas pegadas y los pies paralelos.”[27] Una cita larga que mucho vale la pena: cuerpo y vasija se hacen uno mismo, el seno es cántaro y el cuello de la jarra deviene humano. Al disfrutar estas líneas justifico el exceso de Borges al halagar a Reyes para colocarlo en la cumbre de la prosa americana.
El ensayo retoma a los primeros cronistas de la Conquista, que fueron Gómara y Bernal Díaz para elogiar las maravillas de los artífices para la orfebrería y plumería entrelazadas. La Conquista de México contó con una interesantísima narración que dejó una gran estela. Con esos cronistas históricos la posteridad ha recibido una jugosa fruta para devorar gajo a gajo la reconstrucción de pasado. Sin embargo, también ha dejado dudas sobre su originalidad (incluso hay quien dude de la existencia y veracidad de tales textos) y falta de probidad, en especial por el interés de justificar la Conquista y dar lecciones de catolicismo[28].
El poder azteca lo centra en el emperador y su entorno. Comienza con sus posesiones “El emperador tiene contrahechas en oro y plata y piedras y plumas todas las cosas que, debajo del cielo, hay en su señorío.”[29] Aunque quizá esta duplicación del reino entero mediante la orfebrería proviene más del hambre de riqueza europea —al recordar o notificar esos portentos— que desde la situación mexica. De inmediato el relato se dirige al emperador para colocarlo en un punto clave, cual ídolo de oro y personificación de un esplendor supremo, alrededor del cual se levanta el enorme reino, ante el cual inclinan las cabezas, mientras los señores desfilan en procesión y los cortesanos pululan[30]. Esa jerarquía de tipo oriental ha recibido objeciones, sin embargo, se ha repetido en múltiples relatos y análisis de los europeos entre encantados y sorprendidos por el mandato del jerarca. Marx lo intentó explicar por un “modo de producción asiático”, aunque otros han buscado interpretar más una variedad y no un modelo único, como Anderson[31]. El relato de Alfonso Reyes simplemente repite el testimonio hispánico, cabría cuestionar el grado de despotismo náhuatl, cuando todavía se suponía existía una estructura de alianzas políticas (la triple alianza: Tenochtitlán-Texcoco-Tlatelolco) y no parece estable una aristocracia indígena.
Para deleitar y homenajear al emperador se le rodeaba de comilonas, sahumerio, saltimbanquis, la danza alterna con el canto, cambios continuos de ropa, los visitantes quedaban postrados sin mirarle a la cara, las andas para llevarlo, el cortejo siguiéndole, tapices para que posase los delicados pies, y con entretenimiento en la cacería. La descripción se complementa con los múltiples palacios y casas de placer distinguidas con adornos distintos, también los jardines dedicados al esparcimiento que incluyen fantásticos ornatos y cuidados, incluso con adornos difíciles de creer (digo sin duda de la fantasía) como zoológicos[32] y legiones de sirvientes para mantenerlos. A manera de relato renacentista, sin frenarse ante fantasía ninguna proveniente de los relatos de la Conquista, remata con la presencia de “Y para que nada falte en este museo de historia natural, hay aposentos donde viven familias de albinos, de monstruos, de enanos, corcovados y demás contrahechos.”[33] Al estilo de las primeras colecciones renacentistas, el relato acopia todo lo digno de verse, por grato o por extraño; así, la inclusión de estas variedades indica la mirada sobre ellos, y esto también debería ser una llamada para Las palabras y las cosas con su asombro sobre las clasificaciones[34].
Ante tales prodigios todavía falta describir la administración del Estado azteca, con sus graneros, almacenes, armería y demás acumulaciones, lo cual se cumple y termina la segunda parte del ensayo.

Capítulo III (Tema: La poesía y las flores)
En esta tercera parte (para mi gusto la única un poco “floja” del ensayo) se centra en la poesía y la flor, enfocándose en la presentación y crítica de una obra de poseía náhuatl, llamado “Ninoyolnonotzac”, donde se exponen las alegrías y penas de un bardo indígena que primero se dirige a la región florida para recibir inspiración de las flores y luego compartirlas con sus iguales y los “nobles”.
Con gran tino, Alfonso Reyes da realce al simbolismo de las flores en ese periodo y civilización de gran proximidad con la naturaleza.  Nos explica la importancia de las flores, desde la creencia cosmogónica de una cuarta edad precedida de una “lluvia de flores”[35]. Expone con elegancia las representaciones abundantes de las flores en el arte de piedra y alfarería; en el calendario “la flor es uno de los veinte días”[36]; el modo en que pintaban los antiguos que era “de modo esquemático”[37]; en los textiles y en diseños “meramente evocada por unas fugitivas líneas”[38].
Pasa al asunto de la poesía relacionada con la flor, que es más específicamente el tema de este apartado III. Comienza por lamentar la pérdida de esa tradición oral, pues estima que lo recibido es pálida sombra y sobra, mala traducción de misionero o hasta conjetura[39]. Supone que la poesía era recitada en un arte tradicional, repetido de memoria desde tiempos ancestrales (valdría esta paradoja: memoria de tiempos inmemoriales). Explica cómo las recitaciones tradicionales de náhuatl fueron censuradas y hasta prohibidas por la autoridad colonial y religiosa[40]. Asume que algunos pocos retazos de esa antigua grandeza poética se salvan y, entre eso, estima al citado “Ninoyolnonotzac”. Lo estima en especial al encontrar un eco curioso, por entero ajeno a la influencia europea[41]. A Alfonso Reyes le parece que la inspiración procede desde la naturaleza[42]. De hecho el poema comienza describiendo el encuentro con el valle florido, donde el arcoíris floral canta y embriaga de belleza; ese tesoro de gozosas percepciones las quiere compartir el poeta, así recoge flores maravillosas y se dirige para regalarlas. La alegría es tanta que vierte lágrimas por su exceso[43]. Al final del poema analizado, estima Alfonso Reyes que el misionero entremetió más la mano y pierde fresca intensidad; aunque él imagina debió montarse una pequeña dramatización de esa parte, donde el poeta repartía flores a los oyentes conforme algún sencillo ritual tradicional. [44] La flor representa la riqueza terrestre, y también reconoce —reuniendo los contrarios— la plenitud divina en un plano supremo del “dispensador de la vida”[45]; comunión de arriba y abajo. 
Después otro poema importante se dedica a Quetzalcóatl, figura crucial de aquella “mitología”. Elogia una hermosa descripción de la casa del dios heroico, la cual posee atributos fantásticos y entonces tras el engaño y deshonra de dios Pájaro-Serpiente alejarse de ahí es una desgracia[46]. El sentido de ese relato nos indica que “El poema es como una elegía a la desaparición del héroe”[47], con el agravante de que no ha resucitado y, entonces, ellos no saben si habrá tal regreso. El pájaro Quetzal (emblema personificado del dios, por eso escrito en mayúscula), lamentando la partida del héroe emigra hacia el sur, región de las intrincadas selvas.
En fin, al lamentarse la poesía, sufre una obsesión de la flor: “Yo soy miserable, miserable como la última flor”[48]. En comentario, el tema de capítulo tercero indica un principio femenino intenso, compenetrado con la épica que suponemos viril de ese pueblo; estableciendo un equilibrio sutil entre esas atracciones antagónicas.

Capítulo IV (Tema: Las conclusiones sobre la comunidad de hoy con el pasado, el lugar y la belleza)
Las últimas dos hojas del ensayo se dedican a reflexionar sobre nuestra comunidad con esa lejana cultura y sensibilidad (escribe en 1915 a cuatro siglos de distancia de la civilización azteca). Aclara que su esfuerzo no es para perpetuar una tradición indígena ni tampoco hispánica: “no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena”. Algún intento de rescatar el pasado raya hasta en lo insensato y a eso Reyes lo detiene con el adjetivo de “absurdo”. Sin embargo, Alfonso Reyes encuentra que existen varios lazos con ese pasado, dos de los cuales estima son de menor relevancia: “sangres”, “esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa”[49]. El tercer elemento “Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.”[50] En definitiva, este es un argumento romántico (en el sentido clásico del siglo XIX) sobre la comunidad nacional muy en consonancia con la hermosa narración final de Fausto sobre un pueblo levantado ante la amenaza del mar[51].
Ese tercer elemento Reyes lo deja en pie, aunque (con cautela) acepta una objeción, para levantar una rápida respuesta: “convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz.”[52] Debo anotar que esta argumentación cuarta de Alfonso Reyes resulta ser una “finta”, pues refuerza su punto tercero, ya que la “emoción histórica” es una repetición de un sentir ante un objeto natural, como lo muestra de inmediato[53]. Punto y seguido argumenta que “El poeta ve, al reverberar de la luna en la nieve de los volcanes, recortarse sobre el cielo el espectro de Doña Marina, acosada por la sombra del Flechador de Estrellas; o sueña con el hacha de cobre en cuyo filo descansa el cielo; o piensa que escucha, en el descampado, el llanto funesto de los mellizos que la diosa vestida de blanco lleva a las espaldas: no le neguemos la evocación, no desperdiciemos la leyenda.”[54] El resultado es que la antigua narración otorga densidad poética a la naturaleza circundante, le confiere brío, brillo y profundidad. Esa tradición, argumenta Reyes, que está a entera disposición y eso permite un “nosotros”, el párrafo completo indica: “Si esa tradición nos fuere ajena, está en nuestras manos, a lo menos, y sólo nosotros disponemos de ella.” [55] Solamente, ese “nosotros” nacional posee el acceso al acervo de la tradición, ese antiguo receptáculo nos da derecho al “engendrador de eternos goces”[56]. Mediante la estética surge una comunidad nacional, lo cual depende del objeto natural modificado por la lejana historia, la cual viaja y emerge hasta nuestros oídos con delicados cantos y floridos sentimientos.


NOTAS:




[1] Sin duda un tesoro editorial que se posó en las manos de Alfonso Reyes: “Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilación Delle Navigationi et Viaggi, en Venecia y el año dé 1550”,  REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, p. 10. A su vez, la edición de texto de Reyes también posee aire de tesoro antiguo: escrito en Madrid en el año 1915, y editado ahí mismo en 1923.
[2] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, p. 12.
[3] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 13
[4] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 14.
[5] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, p. 15. Curioso eco con el Zaratustra de Nietzsche cuando se lamenta de quienes albergan desiertos en su interior: es el anuncio del nihilismo europeo.
[6] Interpreta con elegancia el simbolismo contenido en “lo selvático”, para diferenciarlo de nuestra claridad de altiplano; le sirve de contraste y fondo.
[7] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 18
[8] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 19.
[9] La conciencia resulta estructuralmente incapaz de autodefinirse, por eso recurre a otra conciencia y, en primer desarrollo, se convierte en lucha de conciencias. Cf. HEGEL, G.W.F. Fenomenología del espíritu.
[10] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 19-20
[11] ARISTÓTELES, Política.
[12] PLATÓN, Apología de Sócrates.
[13] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 20
[14] No falta quien le anote y casi reproche a Reyes, que se mantiene antes de la Conquista, seleccionando a un Cortés viajero más que conquistador. Así, LEMUS, Rafael en su artículo “Revisión de Anáhuac” en http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/revision-de-anahuac.
[15] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 22.
[16] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 22-23.
[17]  REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 23.
[18] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. P. 23.
[19] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 25.
[20] La eficacia de la metáfora de rocas es evidente. Cf. BACHELARD, Gastón, La tierra y los ensueños de la voluntad.
[21] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 26.
[22] Resulta curioso que la dualidad medieval de religión vs. paganismo, quedó recubierta por civilización vs. barbarie para justificar las colonizaciones. Siguiendo a Fourier, Engels plantea que existe una civilización previa al capitalismo europeo, y esta línea ha cobrado enorme fuerza con la descolonización. ENGELS, Friedrich, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
[23] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 20, “en algún oscuro rito sangriento, llegaba—ululando—la queja de la chirimía”
[24] BATAILLE, Georges, El erotismo.
[25] El economista, con más rigor estructural, anotará que el mercado policromo es la confluencia de una producción variada. Cf. MARX, Karl, Contribución a la crítica de la economía política.
[26] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 27-28.
[27] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 33.
[28] El juicio sobre los textos poéticos deja espacio a dudas por la intervención de los misioneros, pero provienen de algún material originario, como señala Reyes en p. 51.
[29] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 36.
[30] Suelo mantener alguna distancia frente a descripciones que nos relata al mundo feudal europeo quizá más que al prehispánico: “servidores y cortejo llenan dos o tres dilatados patios y todavía hormiguean por la calle” REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, p. 37.
[31] Cf. ANDERSON, Perry, Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo.
[32] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 43 “También hay leones enjaulados, tigres, lobos, adibes (SIC, debe ser “adives” mamífero carnicero), zorras, culebras, gatos, que forman un infierno de ruidos, y a cuyo cuidado se consagran otros trescientos hombres”
[33] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 43-44.
[34] Este pasaje se conecta por vía doble con la investigación de Michel Foucault, cuando comienza con Las Meninas, el cuadro que también incluye a los enanos protegidos junto a la familia del rey. ¿Atributo del poder supremo ese gesto de reunir a los cuerpos trastornados? ¿Acto caritativo en distintas culturas? Un gesto peculiar que todavía queda pendiente su descifrado. A su vez, la investigación de Foucault se conecta explícitamente con el amigo de Alfonso Reyes: Jorge Luis Borges en su Manual de zoología fantástica.
[35] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 46.
[36] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 47.
[37] “reducida a estricta simetría, ya vista por el perfil o ya por la boca de la corola” REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 47.
[38] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 48.
[39] “Lo que de ella sabemos se reduce a angostas conjeturas” REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, p. 49
[40] Anota que en 1555 se prohibía cantar a los indígenas sus poemas sin supervisión parroquial. REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P.50.
[41] “las metáforas conservan cierta audacia, cierta aparente incongruencia; acusan una ideación no europea.” REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 52
[42] De inmediato la antropología descubrirá que existe un esquema simplificador: buen salvaje equivale a estado natural. Respecto de lo cual existen fuentes desde la conquista como en LAS CASAS, Bartolomé, Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Luego un gran impulso desde ROUSSEAU, Jean Jacques, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, nos indica: “El ejemplo de los salvajes, hallados casi todos en ese estado, parece confirmar que el género humano estaba hecho para permanecer siempre en él; que ese estado es la verdadera juventud del mundo, y que todos los progresos ulteriores han sido, en apariencia, otros tantos pasos hacia la perfección del individuo; en realidad, hacia la decrepitud de la especie.”
[43] “llora de alegría” REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, p. 57. En esta parte del ensayo, de modo respetuoso y fino él insinúa la tendencia homosexual de ese cántico y el siguiente.
[44] “Podemos imaginar que, en una rudimental acción dramática, el cantor distribuía flores entre los comensales” REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 58,
[45] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 58.
[46] En especial hay una referencia donde Alfonso Reyes observa “han salido los nobles, quienes ((se fueron llorando por el ¡agua»—frase en que palpita la evocación de la ciudad de los lagos”. P.59.
[47] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 59
[48] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 61.
[49] Parece referirse a un carácter violento de la población, un tema motivado por los eventos de la Revolución. Anotemos que Alfonso Reyes proviene de una familia identificada por completo con Porfirio Díaz. Tras la muerte de su padre en la asonada de la Decena Trágica, luego él ha salido del país en misión diplomática, pero cae la tiranía de Huerta y queda al garete en Europa. REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 64.
[50] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 64.
[51] GOETHE, Johann Wolfgang, Fausto.
[52] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 64.
[53] Esta noción de “emoción histórica”, con claridad, se coloca más próxima a la “razón vital” de Ortega y Gasset, que a lo interpretable en una noción de “materialismo histórico”. Los filtros para interpretar de la continuidad histórica son diferentes. ORTEGA Y GASSET, José, El tema de nuestro tiempo.
[54] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 65.
[55] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 65.
[56] REYES, Alfonso, Visión de Anáhuac, P. 65.