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domingo, 2 de septiembre de 2012

LABERINTO EN CAMIÓN


Por Carlos Valdés Martín


 Enganchado 
 Anasteseo cruzará la ciudad hasta el punto último del más largo viaje y lo hará colgado del camión de pasajeros. El chofer del autobús urbano arrea su carga humana hasta saturarlo; con frío cálculo el chofer grita:
—Suban, todavía caben atrás— mientras la evidencia racional protesta, y la masa humana se resiste a comprimirse en el interior; él repite con voz de mando y negando la evidencia física— todavía hay espacio.

 Anasteseo, de oficio peón albañil, en vez de apresurarse a subir, deja pasar a los demás y permanece al filo de la puerta. Entonces arranca el autobús y queda la puerta abierta; ese último pasajero ocupa la escalinata, detenido de un manubrio externo, como valiente trapecista. El chofer mira de reojo al peón delgado, con la barba sin rasurar y el pelo medio rapado. Sin intensión pasa por su mente: “Ese se queda ahí colgado para no pagar”
 ¿Qué hacia Anasteseo colgado al camión y alejándose de su hogar? Sentía un vacío en su alma, un fragmento extraviado desde que lo abandonó Mariana. Mientras se colgaba sobrevino la nostalgia: “No debo pensar en ella”. Y vació una lágrima por su mejilla, pero no hizo ningún ruido.
 Viajar colgado trae sus peligros: un frenado brusco, la proximidad de un vehículo por la derecha y surge una tragedia. Hace unos días un paramédico atendió a Anasteseo. Otro frenado súbito lo tiró del camión, cayó al pavimento, rasgó la ropa y un hilo de sangre brotó en codos y rodillas. El chofer maldijo, pero no se detuvo y los pasajeros no se dieron cuenta o fingieron no ver la caída.
 El auto que seguía atrás se detuvo y no arrolló al peón. Anasteseo estaba desmayado y el paramédico hizo su rutina con pausa: tentar por si hay huesos rotos, reanimar con delicadeza y no mover el cuello sin verificar su integridad. Unos minutos duró Anasteseo en el cubículo de la ambulancia, y los aparatos de resucitación le recordaron el ambiente ominoso de un hospital. Suplicó para escapar rápido de ahí y juró que no había dolor: casi era cierto.
 Desde antes Anasteseo había perdido algo importante en los usuales viajes en camión: la pieza clave del rompecabezas sentimental estaba extraviada. Quizá era Mariana, pero a ella no la nombraba. El chofer del turno matutino encontró otra pieza: una pluma de ave, con colores brillantes, un hilo rojo atado y el nombre de ella. La acercó ante sus ojos y no comprendió, quizá luego serviría y la guardó en un escondite, en una alcancía secreta de monedas extraídas a la cobranza diaria. Ahí quedó viajando la pluma con el embrujo de la novia y el peón la extrañaba; su aroma perdido lo impulsaba a seguir ese mismo mapa de semáforos y asfalto.
 En sus noches solitarias y de pesadilla Anasteseo sentía el vaivén de un laberinto; avances y retrocesos que movían su vientre y entrañas. No podía permanecer más en un sitio, se levantaba de madrugada y pagaba el pasaje más barato hacia un punto lejano. Al pasar los días no era bastante un viaje, ni cualquier camión; terminó identificando al vehículo grande y robusto, como un toro furioso que se movía con desfachatez entre el tráfico. Quería viajar mucho así que permanecía en la puerta del transporte, no tomaba el boleto y a cambio lograba quedarse más allá del trayecto ordinario. Tampoco pretendía meterse como un pasajero ordinario. Le agradaba esa sensación que buscan los perros en las ventanillas de los automóviles: el golpeteo del aire continuo. La ventanilla no era suficiente, ocupaba el puesto de la puerta abierta. Para satisfacer esa excentricidad están las costumbres del subdesarrollo, que satura los camiones de personas y dejan colgando al último pasajero. En esa situación, tan riesgosa y ordinaria, Anasteseo sentía la satisfacción y el sosiego del sediento frente al vaso de agua helada.
En ese fin de semana de paroxismo ya no bastó el trayecto hacia el trabajo. Una ansiedad insaciable de resolver un enigma en su interior le atajó: subir una y otra vez.
Cuando se vació el camión en la terminal el chofer le preguntó:
 —¿A dónde va?
El peón no supo responder y del bolsillo sacó unas monedas como argumento:
—Es para otro viaje. El aspecto extraño del peón y la terquedad para permanecer en la puerta colgado sobre el estribo aconsejó cautela al chofer, y no se metió a discusiones: cobró.

Eréndira con lentes
 Tras cuatro décadas de frustraciones Eréndira, funcionaria del ministerio del Salud, huye atormentada por un romance fracasado. Evita volver al nido vacío y se disfraza con lentes oscuros; unos lentes grandes que recordaban el estrabismo sufrido en la niñez y las burlas en la escuela primaria. Medio año sin usarlos, la mitad de la vuelta del planeta al sol sin usar esas gafas, mostrando la faz y sosteniendo la mirada. Y, de pronto, ella sufre una traición. Si antes la utilizó y depreció su primer amor ¿por qué no la volverían a utilizar? En una sola revelación y un adiós, llueve la catarata de frustraciones y ella se odia: por ser tan madura, por aceptar y no lanzarse a los golpes contra quien le hiela el corazón. Las gafas oscurecen el planeta, al mediodía parecían discretas, pero ¿quién usa gafas oscuras en la noche? Una funcionaria normal no; sin embargo, es imposible retirarlas: lo exige el luto del alma. Eréndira necesita oscurecer el cielo para habitar entre sombras.
 Se ha metido también al camión de pasajeros y solamente quiere dar vueltas, aturdirse en un zigzag. Al principio, tan saturado de gente, imaginó que esa máquina la vomitaría en unos minutos, pero un asiento se desocupó providencialmente. La silla vacía, sin motivos y como esperándola, la calmó. Al fin, ya había avisado que faltaría al trabajo. Así, se entretuvo en los vaivenes frenéticos del conductor, frenando y arremetiendo cada vez que podía. Y esa música, tropical y populachera, la cual jamás oiría por voluntad era un bálsamo extraño; las voces cantando desamores… que lloro por ti; gimiendo, eres una traicionera; maldiciendo, te ha de llevar el diablo; contragolpeando, ojalá que te mueras… Ella desea perderse en la ciudad, como sigla anónima entre una multitud; sentada y silenciosa entre la serie incógnita de rostros fugaces. Mira al enfebrecido pasajero colgado y descifra otro abandono, al principio no encuentra ningún punto de cercanía: simple pretexto para confirmar la soledad colectiva. Palpitaba una caricia en la espalda dolida del sentimiento, el mensaje anónimo que le decía: al final, todas sufren igual, es la ley de la vida según la cual los canallas son legión. Siguió mirando y empezó a cabecear: no había dormido y el ritmo frenético se volvió un arrullo. Con la cobija del anochecer el vehículo se fue quedando vacío, y le llamó la atención el tipo flaco y nervioso que se aferraba a la puerta del vehículo, manteniendo más de medio cuerpo afuera. La mirada languidecía, consonante de un corazón roto. Eréndira supuso: “ese sufre más que yo y de otra manera”. Comenzó una plática imaginaria y ya no le resultaba un extraño.

Clodomiro ingeniero y chofer nocturno
 Clodomiro había comenzado mal su semana: renunciando a dar clases. ¿Renunciar a una vocación de maestro para engolfarse en un vehículo urbano se puede llamar oportunidad? No soportó a los alumnos del bachillerato ni una semana. Acababa de terminar la carrera de ingeniero y, en su primer empleo como maestro, estaba deseoso de transmitir conocimientos sublimes. Ese ánimo se estrelló contra una generación de alumnos rebelde y sin interés por su cátedra. Desde la primera clase cayó en el enfrentamiento, amenazó con reprobar a los cabecillas, a los más simpáticos del salón y comenzó una lucha en clases. A Clodomiro lo recibían con grosería: colocando gis en su asiento; le escondían las plumas y las escuadras; hacían ruido cada vez que se volteaba; no entregaban tareas y fingían no entender nada. Cuando indicó al grupo que debían poner su fecha de nacimiento y luego aclaró que sería exclusivamente el año de su nacimiento para hacer un ejercicio matemático, cada alumno preguntó como si no hubiera escuchado:
—¿Pongo el día profesor?
Y él respondía:
—No, solamente el año.
Al final, todos colocaron el día de nacimiento. Clodomiro entendió: los pupilos conspiraban. En reunión privada, suplicó al director un cambio de grupo y ante la negativa tajante, se enfureció y se enredó en una áspera discusión. El director y Clodomiro discutieron, subieron de tono y éste presentó su renuncia inmediata.
 Con la renuncia intempestiva en mano, la buena nueva se convirtió en un conflicto. La esposa le avisó que estaba embarazada y lo cuestionó con amargura por su mala decisión: los trabajos de maestro escaseaban en esos días y los empleos de ingeniería eran más inaccesibles. En su doble responsabilidad de esposo y futuro padre, Clodomiro urgido de ingresos volvió a un empleo que ya había probado: chofer de camión urbano. Estaba perdida su licencia, pero conservaba una fotocopia y con eso bastó para regresar de inmediato: “En cuanto pueda saco otra licencia, no vaya a meterme en problemas”. Debía mimetizarse, vestir como los demás y escuchar la música de moda; acostumbrarse a la rudeza y el albur. Antes ese empleo fue escalón, evento fugaz y ahora quizá una trampa o un destino. Mientras manejaba imaginaba el diseño de un aparato mezcla del resorte y la inercia mediante un círculo; en su visión dispondría de cinco pies en redondo. Calculaba mentalmente mientras volanteaba y cobraba con exactitud; con una doble faena se obligaba para rescatar el amor propio lastimado.

 Enemigo al asecho
 Anasteseo moviéndose de un lado al otro dejó de sentir ansiedad, sed o preocupaciones. Con alegría miraba las calles acercándose y sentía que hallaría una solución a la vuelta de cada esquina, pero era en vano. Cada expectativa terminaba la pared bloqueada y la calle cerrada: frustración y desvarío. Empezó a repetir una tonada interior para exorcizar su miedo a no encontrar la salida. El camión, grande y hasta agresivo, con el aire pegándole en la cara, le mostraba que todavía se abrían las salidas. Dijo: “Mientras me mueva, escapo.” No quiso mirar atrás, sintió una presencia.
La noche devoró la ciudad tramo a tramo y el conductor nocturno advirtió:
—Este es el último viaje; la unidad quedará encerrada en su corralón.
Ante el final inminente, volvió la ansiedad y Anasteseo sintió el cansancio, un oscuro laberinto acumulado se descargó sobre su esqueleto. Los músculos lanzaban calambres al cerebro y negrura a las pupilas. El brazo, que tan servicial sostuvo su cuerpo durante el día entero, se negó a responder y lo tiró de bruces bajo las pezuñas del Minotauro, que corría oculto entre el tráfico, a la caza sigilosa del siglo que nace.
El camión se detuvo un momento y, la penúltima pasajera, Eréndira, se bajó dando gritos de pena y alarma.
 Clodomiro recordó a su esposa embarazada y la falta de licencia, comprendió que era un error permanecer detenido y pisó el acelerador como el cobarde que no solía ser.

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