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lunes, 18 de febrero de 2013

EL CÓDIGO SECRETO TRAS EL APODO







                                                                                              Por Carlos Valdés Martín

En el apodo parece asomar un gesto trivial, una costumbre familiar sin nada que ocultar, pero en otras situaciones significa la diferencia entre la vida y la muerte. El sobrenombre surge de una exigencia profesional, como en los espías, o bien expresa un ritual solemne, como entre los reyes europeos y pontífices católicos. En la vida privada poner un apodo señala un pequeño libertinaje de los familiares para con sus niños, un exceso de confianza de los compañeritos de escuela, el privilegio del colega “simpático” del trabajo, o una costumbre de las parejas. En la vida pública, la definición del apodo, sobrenombre, alias o mote parece asunto serio, como el título de un rey o un Papa. Pero la vida pública y privada, en el fondo, están conectadas.
Bajo esas designaciones de alias o apodos triviales se encuentran oscuras tradiciones y creencias primitivas; el poder del grupo sobre el individuo y las invocaciones en contra de los maleficios. Bajo ese alias habitan los misterios del yo para sí mismo (ipseidad[1]) y el intrincado universo de las relaciones familiares. Y ahí está el uso de la palabra, con su esencia oscura y luminosa simultáneamente, sirviendo como revelación y ritual, como invención y conjuro. Veamos más de cerca los diferentes usos del apodo o sobrenombre.

1) El espía
Cuando es de vida o muerte ocultar el nombre caemos en el caso de los espías en periodo de guerras. Los espías de guerra: peligros asechando en cualquier rincón, un enemigo poderoso, enormemente siniestro y dotado de todos los recursos, un enemigo convertido en el horizonte alrededor, el enemigo convertido en “territorio enemigo” donde cada paso es un peligro, donde cada arbusto es una posible trampa mortal. Y el espía solamente estará seguro, con una patria íntima de la identidad secreta mientras esté oculto en su guarida de la falsa personalidad, la cual solamente puede iniciarse y culminarse con un nombre falso. Este seudónimo en las palabras es el camuflaje en la selva de la sobrevivencia, el dispositivo que engaña a las conciencias perniciosas. Mientras el camaleón se camufla con colores y texturas del ambiente, el ser humano se oculta de la mirada inquisitiva con nombres falsos y lo que acompaña a ese sobrenombre: una existencia inventada.
Sin embargo, hasta el ciudadano más extrovertido contiene una pizca de identidad secreta, una cámara oculta en lo profundo de su consciencia, pues no en balde la psicología científica se inició con la aceptación de la región inconsciente de la mente. En el plano inconsciente, en mínima medida cualquiera tiene rasgos de espía, porque una porción de la mente permanece oculta, por más que una buena conciencia con su inocencia nada oculte.
Entonces quien recibe, otorga o usa sobrenombres comparte una estratagema del espía. Ciertamente ni el apodador ni el infante comprenden que el apodo crea una segunda capa y con esa “capa” genera una posible narración secundaria. El apodado recibe, sin saberlo, la misma sombra que oculta a los espías: el apodo.

2) Que no se apoderen del nombre
Resulta una idea común entre las tribus creer en el peligro de que alguien se apodere de una emanación de nuestro cuerpo para hacer brujería. A la fecha los creyentes de artes mágicas suponen que con mechones de cabello y uñas se efectúan embrujos para enamorar o causar enfermedades. Por lo mismo, en las tribus se cuidaba con esmero el pelo, las uñas y hasta las partes líquidas como los escupitajos para evitar que cayeran en manos de los brujos. De esta suerte, creían que si descuidaban un corte del pelo, entonces el brujo enemigo tomaba un mechón para hechizar al descuidado; en cambio el aldeano cuidadoso con sus cortes de pelo se mantenía lejos del poder del brujo.
Pero la brujería, en su elaboración básica supone que además de un mechón de pelo requiere de una invocación para afectar al fulanito. El aldeano sagaz creía que el brujo no lograría atacarlo con magia negra mientras ocultara su verdadero nombre propio. Si el brujo capturaba el mechón, pero no sabía el verdadero nombre de fulanito, su brujería sería nula. Y quien guarda con celo su nombre propio debe proporcionar un sobre-nombre como su signo de identidad.

3) Los reyes tribales cambian de nombre
Estas ideas de la conveniencia de un sobrenombre protector variaban según tiempo y lugar. Quizá un aldeano común no estaba tan presionado para cuidarse de los brujos porque estaba en relativa paz con ellos, pero un hombre de poder debía ser múltiplemente cuidadoso, porque el poder siempre está rodeado de envidias. Por lo mismo, cuando los aldeanos adquirían la prestigiosa posición de reyes o magos tenían que redoblar sus cuidados. Como un cuidado elemental les parecía ocultar su nombre verdadero y adquirir uno nuevo, para que sirviera de escudo[2]. Así, los reyes tribales de muchos puntos de globo se cambiaban de nombre, como siguieron haciéndolo los monarcas europeos siglos después y hasta la actualidad lo hacen. Por su parte, los magos y brujos debían manejar las mismas precauciones. Resulta evidente que “Mago Merlín” no definía su nombre de pila, sino el sobrenombre apropiado para las artes mágicas. Según los códigos tribales las precauciones deben ser más acentuadas para las personas importantes, como si el riesgo fuera de la mano con el rango, porque si hasta los dioses estaban en peligro frente a la magia, con más razón los hombres del poder peligrarían.

4) El nombre original y su doble
El nombrar se puede aceptar como acto inicial y definitivo. El carácter de “acto inicial” es cierto, pues cuando encontramos un nombre designando es porque ya nombró previamente, pero el carácter de “acto definitivo” no resulta cierto, porque si ya una vez sucedió puede volver a suceder. Así un nombre para un objeto genérico o para un individuo no tiene razón para el carácter definitivo.
En la mente humana el lenguaje es un ingrediente tan importante, que imaginamos con algún tipo de lenguaje a los primeros humanos. La Biblia no imagina a un Adán sin lenguaje, por eso el primer humano recibe la potestad de nombrar a las cosas, darles un nombre. Y si no creemos en esa historia, simplemente la imagen popular del hombre cavernario implica un tipo de lenguaje primitivo.
La lingüística del siglo XIX, mediante los llamados “neogramáticos” se movió tras las huellas de una familia universal de lenguas, que ellos creyeron remitían hacia una matriz originaria. Esta temática de la lengua originaria fue inducida por sorprendentes descubrimientos del parentesco entre las europeas con las lejanas lenguas asiáticas como el sánscrito y el hitita. Y la remisión hacia un tronco originario del habla repercutía hacia un tema poderoso y casi místico: la primera lengua, la primera designación de las cosas por el ser humano. Bajo esa confluencia del inicio de los tiempos y las palabras, perecería recuperarse un sentido mágico de la palabra, en el sentido de creación absoluta, cuando por primera vez la palabra resonó en el aire y la idea, compañera inseparable de esa palabra, iluminó por primera vez la mente.
Por fuerza, cualquier palabra que recibimos en la actualidad es el eco demasiado lejano, metal delgado como de moneda gastada en un tráfico milenario, que, sin embargo, la recibimos hoy como nueva, como nacida ayer. El tiempo, por fuerza, altera la palabra y suponemos que las actuales palabras no son las del primer sonido (y ni siquiera las antiguas lo son), entonces ese lenguaje inicial se perdió bajo el manto de la “noche de los tiempos”. Así, esta palabra “subasta” parece una unidad de sentido (remate de productos) y también original pero es una copia derivada de los despojos de la guerra romana, entonces recibimos una copia de una copia... Repito ese eco es muy lejano y proviene desde épocas inmemoriales.
La generación de una palabra cualquiera, sea por intención intelectual o hasta por error de pronunciación repite el acto originario de la creación. El apodo repite el expediente de la creación de palabras (nuevo sonido) y de referentes para las palabras (nuevo objeto específico para un sonido ya existente).

5) El recién nacido
El individuo establece una relación de indisoluble integración con su nombre. Si bien la asignación de los nombres tiene varias reglas según sociedades y relaciones de parentesco, en este punto quiero resaltar la vinculación de uno a uno entre el individuo y “su” nombre. Aunque la relación del nombre sea genérica, en la práctica se convierte en una apropiación individual, como el tatuaje indeleble que se usará la vida entera. Me refiero a “relación genérica” en cuanto a las palabras elegidas para el nombre suelen ser palabras “genéricas” ya existentes, como nombres de ancestros, héroes, santos, animales totémicos... siempre palabras existentes y con significado. Si para un bebé se elige el nombre de “Gabriel” se utiliza un término usado ya infinidad de veces que remite a la narrativa aceptada sobre un “arcángel” y posiblemente a antepasados, a familiares, a regiones, etc. Lo mismo opera con el uso de nombres de animales totémicos, que son el calificativo genérico de una especie como “Oso”. A esto se agrega la parte de práctica universalizada de “apellidos familiares” como una forma de herencia, ya sea por línea paterna, materna o cruzadas. Entonces por lo común el nuevo miembro de una sociedad recibe una mezcla del nombre individualizado y el familiar estandarizado por reglas; la combinación de estas partículas integra el nombre total, aunque el rasgo distintivo individual se considera esa la partícula arbitraria elegida por los padres, el “nombre de pila”.
El nombre propio define una radical “ropa social” que cubre al individuo de la intemperie y, en principio, lo conservará por siempre, hasta en la memoria después de la muerte.

6) El pronombre
La partícula pronominal, como su nombre lo indica, es una forma de lenguaje que sirve para sustituir a un nombre.
Ciertas fórmulas rituales proscriben algunos pronombres determinados y esto se define tajantemente en el trato con los reyes y sacerdotes. El establecimiento de reglas de cortesía obligaba a establecer modismos de respeto y alabanza como medio para sustituir al nombre del rey. Esta costumbre de reyes y su continuación por la jerarquía religiosa son ilustrativas. El abordamiento del nombre directo otorga un ápice de poder a quien empuña ese saber, por eso los grandes jerarcas desean evitar esa aproximación de iguales. El nombre propio y el “tuteo” son acercamientos entre iguales, y eso no se aceptable para los superiores (por institución), así resulta significativo obligar a mantener una distancia señorial, propia de la época feudal.

El apodo simplemente es una opción específica de pronombre, de palabra distintiva usada en vez del nombre. Es el sustituto adecuado, sin embargo, como conocemos ahora el alias se encuentra en el terreno de lo informal, de una invención fuera de códigos. El pronombre se establece en la facilidad de los términos generales, porque es una misma palabra para muchos nombres, que en el extremo de su generalidad, un “yo” o un “tú” es el pronombre usual para cualquiera. Evidentemente, el apodo baja un par de peldaños respecto del nivel tan general del pronombre, entonces el apodo identifica (individualiza pero siempre personaliza) con términos  que no suelen ser individuales (radicalmente únicos) y surgen en ese nivel de aproximación, a un pasito del nombre propio, por eso es “sobrenombre”, como si fuera un “estuche” para forrar al nombre.

7) Inquietante generalidad
Debería inquietar que mientras los caballos de carreras adquieren un nombre propio distintivo y único, así como una patente de individualidad absoluta, a los individuos no suele acontecernos lo mismo[3]. Los caballos corredores van adquiriendo largos y exóticos nombres por ejemplo, se les llama “Dama adorable 3ª” o “Abadón fugaz 2do.” Por no repetir y mantenerse estrictamente individuales es importante su número así les agregan las sucesiones numeradas, como si fueran reyes, Esta moda para designar a los corceles no demuestra gusto literario sino un afán de individualidad radical.
Resulta inquietante que entre los seres humanos se prefiera establecer apodos genéricos y poco diferenciados y, además, se ignore el significado del apodo. Muchos serán la versión corta y familiar del nombre propio, así los Franciscos se convierten en Pancho o Paco. En este aspecto hay una tendencia a la repetición, más que a la individualización. Esta tendencia a la repetición parece contradecir ampliamente las presunciones de individualidad desde el periodo moderno. ¿Si tan profundamente somos unos individuos porqué nos nombramos tan genéricamente y luego somos apodados tan genéricamente? La respuesta posible indicaría que el componente social resulta más pesado de lo que aceptamos.
En los alias lo contrario es la excepción. Cierto apodo se puede convertir en asunto absolutamente individual. A “Jack el destripador” se le ha individualizado en su apodo londinense y no pudo escapar de él, aunque eludió a la policía británica. Así, la individualidad es la excepción. Pero todavía vemos que, en este ejemplo, el término Jack es un apodo abunda y común en la lengua inglesa, la individuación viene de una adición de circunstancias, no de un afán por ser individual.

8) El nombre de la coronación
Al recibir el trono los príncipes europeos acostumbraban adquirir un nuevo nombre, formado con otro nombre de pila y una sigla en sucesión cardinal. El rey estipula ante el reino entero su nuevo alias oficial, la pompa y ceremonia acompañan al acto de designar,  nada más lejano a la dotación del apodo casual y familiar. Lo mismo sucede con el Papa, quien asume un nombre oficial y guardia el originario.
Entre las investiduras humanas, esos hábitos que “hacen al monje”, uno de los más importantes debe ser la coronación, la investidura de un rey en los atributos plenos de su poder. En ese trance del simple mortal, sucesor del trono al oficio de majestad real hay un salto enorme en la función social[4]. Por lo mismo, la definición del alias oficial de “realeza” es un acto cargado de sentido y de poder.
¿Nombrar un objeto implica ya un “acto de poder”? En efecto implica un acto de poder y lo es en una medida mayor de lo que se acepta. En el sentido de acto originario, cuando el designar es “primera palabra” se observa la trascendencia del vocablo. La Biblia coloca la nominación como acto divino originario, como “en el principio fue el verbo”. En otra visión religiosa, la brahamánica, existe el sonido del “om”, un sonido originario y generatriz del universo.
En los dos argumentos anteriores está la vinculación evidente entre la aristocracia como pretensión de divinidad y la idea religiosa. El rey al pretender representar a la divinidad, puede atribuirse las cualidades divinas, y entre éstas la facultad de “nominación”. En ese contexto podemos suponer la auto-nominación (el rey otorgándose a sí mismo su nuevo nombre) como un gesto de ascenso al nivel divino, porque esa sería la inicial elevación a una libertad superior, al decidir sobre sí mismo.
Sin embargo, es raro el caso de la auto-nominación, por lo regular las autoridades reciben “nombramiento”, esto en un sentido de puesto, que también implica un “nombre”. Por ejemplo, existió una disputa en pleno medioevo sobre las investiduras, el ritual religioso de recepción de las jurisdicciones de los nuevos obispos. Esa disputa enfrentó la autoridad de la iglesia católica liderada por el papado, contra los príncipes europeos quienes acostumbraban entregar los símbolos del poder a los nuevos obispos, mediante un ritual que evidenciaba una sujeción del obispo al príncipe, porque el príncipe entregaba esos símbolos del mando al obispo. En ese conflicto de las investiduras, el papado se opuso a continuar con una tradición de varios siglos (quizá del siglo V al XI) de que los gobernantes feudales entregaran los símbolos del poder a los obispos, porque esto estaba implicando una especie de vasallaje; porque entonces la ceremonia de ascenso del obispo básicamente era la misma de cualquier investidura de príncipes y nobles, mediante las cuales se establecían vínculos de vasallaje, la relación jerárquica típica del feudalismo. Ese ritual significaba que los obispos quedaban bajo la cadena de mando de los reyes. El papado se opuso a la continuación de ese ceremonial porque deseaba consolidar la relación jerárquica de obediencia dentro de la iglesia, quedando autónomos y separados de los poderes políticos, fuera de la autoridad de los reyes. Esta disputa implicó fuertes tensiones, incluso la ruptura de relaciones con importantes reyes y príncipes. Finalmente como resultado la iglesia ganó el enfrentamiento, al modificarse las costumbres en la investidura de los obispos. Aunque en algunos casos la nueva ceremonia, representaba un compromiso pues siguieron siendo los príncipes quienes protagonizaban la ceremonia del ascenso del obispo.
Pongamos el acento en que esta “ceremonia” de la investidura, es un “nombramiento”. Esto pareciera reducirse como similitud de lenguaje, pero el vínculo sí resulta profundo. Este “nombramiento” no es una designación de superficie, porque el “nuevo nombre” del obispo, reconfiguraba una nueva realidad, establecía la correspondencia entre lo nombrado y el objeto del cargo.

9) El nombre entre los nombres, el sonido originario y el primer apodo
Los nombres y sobrenombres son importantes para las mentalidades que creen en serio que existe un riesgo para al alma, surgiendo del nombre. Por eso mismo algunas tradiciones religiosas creyeron que el “nombre verdadero” de un Dios siempre permanecía oculto a los ojos de los demás (en especial de los profanos). Una leyenda importante para los egipcios, la del engaño de Isis, indica que el nombre del Dios es el medio para doblegar su fuerza[5]. Entonces el nombre de Dios lo deberíamos de suponer como el secreto supremo, porque sería el medio para relativizar al Señor absoluto del universo, y en eso un equivalente a un mando absoluto sobre el universo.
En uno de sus cuentos, Borges juega con un tema similar, el de una frase de poder buscada por siglos en una biblioteca monumental, la biblioteca de bibliotecas[6]. Esa frase sería la llave mágica para los secretos del universo, y mediante los misterios develados estaría abierto el camino hacia cualquier objeto del universo.
¿Qué secreto busco ahora? Una revelación personal sobre mi sentido del mundo, un camino propio, verdaderamente el camino de mi existencia, que aglutine todos los trozos separados de experiencias trascendentes y contrastantes. Ese peculiar “secreto que no es un verdadero “secreto” sino una fase de búsqueda y reestructuración personal, se queda minimizada ante la perspectiva del término que es la clave de los nombres. De alguna manera esto demuestra una veneración por la palabra misma. Porque se podría suponer que un dios permanece por encima de la palabra porque es un Absoluto. Aunque “en el principio haya sido el verbo” no por eso estaría el productor del verbo (su matriz activa) sometido al verbo mismo (su fase pasiva). La idea del  “nombre de Dios” señala al verbo mismo produciendo el universo, es “su nombre” como la fase activa del Génesis. Esto podría refutarse como un exceso del lado “palabra” en la captación del absoluto, pero posee su peso si vemos las cosas desde otra perspectiva. El universo lo observamos científicamente como una materia en estado vibratorio permanente, el cual es una especie de sonido por cuanto constituye unidad de energía (oscilando y viajando) con una materia (vibrando y moviéndose). En ese sentido general, el mismo universo figura un sonido y es una palabra (en el sentido extenso del término, como emanación vibratoria y expansiva de energía y materia), porque la palabra significa una articulación de sonidos expresando un sentido.
En el bramanismo se creía saber la fonética de la sílaba del inicio del universo (sílaba sagrada de la palabra creadora del Dios) y era la sílaba “om”. Ignoro si esta designación fonética sea correcta o descartable como onomatopeya de la iniciación del universo. Los astrofísicos han buscado por su lado un sonido original del universo, un eco de la explosión original y han encontrado algo, semejante al ruido del fondo, la continuación de un eco de hace quince mil millones de años aproximadamente. Si el origen del universo fue una explosión energético-material creemos que la acompañó un “sonido”, el mayor estruendo imaginable, y los astrónomos encuentran un ligero eco viajando entre las galaxias, desplazándose debilitado y moribundo, todavía audible para los aparatos de medición pero imposible para el oído. En ese sentido, mediante el “radar de la mente” la leyenda captó un murmullo que el oído humano no escucha, encontró la leyenda del “sonido originario” que se tradujo a términos auditivos en una sílaba “om”, la sílaba sagrada del brahamanismo. Y esa palabra, por cierto, resulta ser un apodo para el Bigbang originario, es decir, define el primer apodo posible (en la sucesión del tiempo físico, el evento de la primera fracción infinitesimal). Sin embargo, ese sonido originario tan sagrado debe de permanecer fuera de nuestro alcance.

Apéndices sobre el fonema “ch” y el diminutivo
Encontramos dos modalidades importantes para elaborar el apodo. Una es muy usual en México y otros países latinoamericanos, por lo que parece una costumbre regional; la otra, mediante el diminutivo, corresponde a todas las regiones de lengua española, y también coincide con el extenso ámbito del idioma inglés. La noción de lo hipocorístico encaja perfectamente en lo expuesto.
A) El uso del fonema “ch” como preferencia regional.
En México existe una especial afición por utilizar apodos con el fonema “ch” para sustituir el nombre de pila de las personas. Este fonema se usa más como sonido inicial, que en las siguientes sílabas. En México esta costumbre presenta un uso muy consistente, pero también la encontramos en otras regiones latinoamericanas. No creo que exista una lista exhaustiva de esta clase de apodos, por lo que confeccionamos una lista indicando el nombre y su correspondiente apodo con “ch”:
Francisco es Pancho; Carlos es Charly; José María es Chema; Jesús es Chucho o Chuy; Concepción en femenino es Concha y en masculino es Chon o Concho; Caridad es Charo; Luis es Güicho o Lucho; Sergio es Checo; Alfonso es Poncho; Ignacio es Nacho o Tacho; José es Chepe; Ramon es Moncho; María de la Luz es Lucha; Salvador es Chava;  Vicente es Chente; Mercedes es Meche; Silvia es Chivis; Hortencia o Inocencia son Tencha; Rosario es Chayo; Rocío es Chío; Juan y sus mezclas es Juancho; Graciela es Chela; Soledad es Chole; Jorge es Yorch; y César es Chesar o Chito.
Otros apodos preferidos conteniendo a la letra ch no permanecen ligados a un nombre en especial, son bastante comunes y más bien se refieren a características físicas como la estatura o el tipo de pelo, por ejemplo: Chito, Chacha, Chachita, Chiquis, Chale, Chory, Chango, Chulo, Chico, Chueco, Chato y Chino. 
Si nuestra idea es certera, entonces los apodos con una doble "ch" poseen una magia duplicada, de ahí que compatibilicemos y aceptemos tanto al Chicharito, a Chucho o a Chachita. 
¿Existe alguna motivación bien definida para la preferencia por este fonema “ch” en los apelativos? En nuestro idioma este fonema tiene cierta gracia y se presta a la sonrisa, pero desconozco cualquier explicación sustentada.

B) El uso de un diminutivo para el apodo.
También existe una forma de diminutivo muy popular en la elaboración de los apodos y que surge por una contracción del nombre original. Esta forma es muy usual en varios países y se ha difundido mundialmente por el impulso del idioma inglés, ya que varios diminutivos corresponden con el nombre o apodo en inglés:
María es Mary; Antonio es Tony; Carlos es Charly; Jaime es Jimy; Alfredo es Fredy; Catalina es Caty; Ana es Any; Patricia es Paty; Matilde es Maty; Susana es Susy; Josefina es Josy; Rosa o Rosario es Rosy; Laura es Lory; Daniel es Dany; Eduardo es Edy; Sofia es Sofy; Gabriela es Gaby; Elizabeth, Eliseo y Elías son Ely; Estefanía es Estefy; Lucía es Lucy; Pilar es Pily; Andrea y Andrés es Andy; Sandra es Sandy; Mónica es Mony; Martha es Marty; Julieta es July; Leticia es Lety; Liliana es Lily; Tomás es Tomy; Virginia es Viky; Beatriz es Bety; y Liliana es Lily;
Claro que esta modalidad no define la única forma de diminutivos para apodos, pues también se emplean las partículas castellanas “ito”, “tin”, “illo”, etc. Por lo que Ignacio se convierte en Nacho y luego deriva en Nachito.
Existe una razón importante para este tipo de apodos, ya que en español existe un uso del diminutivo para revelar un giro cariñoso. El uso del diminutivo del nombre, en este tipo de apodos, no significa que el referido sea pequeño, sino que implica un trato cariñoso. Lo que nombramos así corresponde con un sentimiento de cariño, por eso este diminutivo corresponde a la designación de familiares, hijos y amistades.

NOTAS:



[1] SARTRE, Jean Paul, El Ser y la Nada.
[2] CAMPBELL, Joseph, El héroe de las mil máscaras.
[3] LEVI-STRAUSS, Claude, El pensamiento salvaje.
[4] Hay un sentido profundo de “socialización” cuando la persona se convierte en personaje, “máscara social” Cfr. MARX, Karl, El capital, tomo I.
[5] CAMPBELL, Joseph, El héroe de las mil máscaras.
[6] BORGES, Jorge Luis, Ficciones.

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