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sábado, 29 de noviembre de 2014

ALMA DE METAL (1a Parte)





Por Carlos Valdés Martín

En lo que sigue está un cuento dedicado a las pasiones fraternales, el sublime arte de la escultura en metal y las fantasías convertidas en realidad.


La familia Lira
La tía Caridad entró llorando para abrazarlos y sus sollozos retumbaron con el eco de la sala casi vacía. Ellos, Rafael y Simón no solamente perdieron a sus padres, también la queridísima hermana desapareció sin dejar rastro cuando una avioneta se estrelló en mitad de la sierra.
Entonces Rafael sintió que el futuro es imposible de adivinar, como un texto sánscrito guardado bajo siete llaves inviolables. Todavía el día anterior a la tragedia, una gitana abordó a su madre en un parque, y le predijo que vendría fortuna y una larga vida, mientras recalcaba:
—Y estos varoncitos hermosos —refiriéndose a los dos hijos presentes—valen su peso en oro.
Ese viaje pareció encerrar un despropósito. El señor Lira era emprendedor, interesado en nuevos negocios y fue el invitado. Por insistencia de un funcionario de gobierno, los pasajeros volaban hacia una finca cafetalera para evaluar una nueva maquinaria. La madre temía volar, pero adoraba seguir al marido cuando había oportunidad. Pero esa vez la hermana jamás debió acompañarlos, Raquel tenía que asistir al curso escolar.

Desde esos trágicos eventos, Rafael pasó largas noches en vela intentando comprender cómo había sucedido que la hermana viajara con sus padres. De cualquier manera, desde los trece años Rafael cambió sus actitudes; antes fue rebelde y consentido. Asumió que se convertía en un jefe de familia sin título alguno, cuidando a Simón de nueve años. La tía Caridad, la única pariente cercana por línea paterna, era cariñosa; pero de escasa vitalidad, pues por su edad avanzada estaba achacosa y enferma. Asumió la custodia de los sobrinos como una bendición, que compensaba su alma adolorida por sus propias pérdidas emocionales, pues ya era viuda y su único hijo había emigrado al extranjero. Al parecer tuvo un grave conflicto con el hijo propio, pues no escribía ni telefoneaba. Ella fantaseaba que su retoño volvería casado del extranjero pero nunca daba datos concretos para indicar ese regreso. Con los años, Rafael hasta sospechó que su primo no existía o murió sin dar noticias, porque jamás lo había visto ni escuchado en persona: semejaba ser una leyenda. Según la tía, la única foto del primo era una miniatura borrosa, en un recorte de periódico con un grupo de estudiantes de quinto año, pequeños y uniformados, el letrero de abajo indicaba: “Instituto Cervantes, Quinto Año”. La tía decía con nostalgia que el más alto y apuesto de ese grupo era su retoño.

No era indispensable que Rafael trabajara, pues la tía contaba con una pensión, pero él ansiaba comportarse como cabeza de familia y, desde la primera vez, descubrió que al trabajar con intensidad anestesiaba la nostalgia por sus muertos y aportar dinero le otorgaba jerarquía. Entonces le resultaba sencillo conseguir empleos informales o de jornada parcial. La cantidad de cambios no mostraban inestabilidad sino una ambición práctica. En el camino de regreso a casa, Rafael preguntaba a desconocidos o conocidos, mirándolos a los ojos:
—¿Sabe usted de algún trabajo para un chico como yo?
En especial a las mujeres les causaba mucha gracia o ternura que un chico buscara trabajo antes de la edad marcada por la ley y la costumbre. Esa gracia provocó que cambiara de empleo continuamente. Probó como recadero, lavaplatos, empacador, dependiente de tiendas, obrero, carpintero, ayudante de albañil, asistente de chofer, auxiliar de mecánico y tuvo su primer contacto con el arte posando como modelo de dibujo en una academia. Hubiera tomado otros empleos, pero en las empresas más grandes siempre solicitaban el permiso de los padres y una visita de ellos para confirmar ese permiso. Entre tantas actividades descubrió inclinación por los vehículos automotores. Recién cumplió los dieciocho cuando una señora en el mercado lo reconoció y le insistió en que entrara a trabajar a una empresa camionera.
—Pero se necesita de licencia especial para conducir camiones grandes.
—Vaya, vaya, mi marido es un buen patrón y le enseñará.
Aunque expresó reticencia, desde antes Rafael se había fascinado con los vehículos automotores. Coleccionaba recortes de autos y camiones; era un aficionado y el nuevo trabajo lo enamoró. Dejó de buscar nuevos empleos y se quedó por muchos años. Ese gusto por los automotores acaparó sus afanes hasta que descubrió que también existía el arte.

Hacia una vocación
Sentí deseos de estudiar arte —pensaba Rafael Lira— y ahí encontré una vocación. Por simple amor propio me propuse terminar una licenciatura. Una carrera agradable y por completo alejada del trabajo diario. A final de cuentas, mi empleo era distinto a una profesión de currícula; el puesto de chofer de camiones pesados no exige requisitos académicos. La ruta principal de la empresa camionera es corta, pero peligrosa. En atardeceres de neblina y lluvia, el desfiladero de la montaña rumbo a Nochistlán ya ha cobrado vidas. Mi vista de águila y una inagotable capacidad para el desvelo me hacen el mejor operador; el patrón no arriesgaría  un camión que vale más de un millón a manos débiles y ojos miopes. La ruta implica sólo cinco horas en la noche. La baja de los negocios obligaba a espaciar los viajes cada par de días y, por contrato, no me podían emplear en el horario diurno. Ni siquiera tuve que avisar en la empresa que ingresaba a la escuela, disponía de las horas de sol completas para mí.

La titulación de la Facultad de Artes
El decano Frumencio Santé impulsó un original sistema para elaboración de tesis. La elección de tema no se dejaba al arbitrio del estudiante ni de sus maestros asesores, sino se definía una intersección de temas, mediante la cual ambas partes definían cinco fobias, estableciendo aquello inaceptable. Era un sistema de intersección geométrico, quizá porque ese decano tenía vocación de geómetra, a la usanza clásica de la escuadra y el compás; que encontró una línea media entre los impulsos juveniles y las exigencias académicas, bajo una modalidad alegre y hasta juguetona. Cada parte ponía sus condiciones, rechazando algunos aspectos, lo cual creaba dificultades y tensiones iniciales. Por ejemplo, un alumno admirador de Pablo Picasso podía rechazar: la pintura al óleo, el estilo academicista, la utilización de partes relativas a animales, los temas amorosos y el empleo de la perspectiva. Por su parte, sus maestros prohibirían: figuras humanas, el color rojo, paisajes, dibujos coloreados y estilo abstracto. Con este último detalle se evitó que esa tesis fuera una simple imitación de Picasso. Luego se hacía una junta de aclaraciones, donde la presencia del decano era frecuente y el resultado generaba la instrucción básica de estilo, tema y composición: pintar con técnica de fresco un mural al estilo manierista brindando un sentimiento bucólico, plasmado con una paleta de colores azules, verdes y amarillos con el tema una habitación interior sin perspectiva (en sentido estricto, el requisito se eliminó: luego de la deliberación resultó evidente que la eliminación completa de perspectiva conducía a un callejón sin salida). En ocasiones, la mutua restricción era imposible de cumplir y la tarea consistía en modificar las prohibiciones. En otras situaciones, el desenlace señalaba una opción insípida, por lo que el decano Frumencio agregaba ingredientes para señalar la ruta con más intensidad artística o un reto mayor para la creatividad del alumno. Cuando Frumencio cumplió los 70 años, a ese procedimiento le agregó un toque de juego, al presentar o motivar la resolución a través de pistas, lo cual fue bien apreciado por la mayoría. Este juego de pistas no lo elaboraba el decano solo, primero aceptaba sugerencias de maestros y luego lo encargó a su asistente. Como el trabajo de tesis creaba una obra única, una parte del objetivo del decano era modular el calendario de ejecución, evitando las prisas juveniles y espoleando a quienes se detenían en el camino.
La escuela enviaba los materiales y los estudiantes nunca hacían adquisiciones por su cuenta: esa era la regla. Para mantener un nivel de dificultad, desde el área del decano podían enviarse, por ejemplo, los colores incompletos y a veces era uno cada vez; un boceto de una cuarta parte del mural; e incluso cambiaban la dirección del muro a pintar, para provocar un gracioso malentendido al asignar el vagón de un tren carguero. Otro ingrediente era el correo de postales, pues cada estudiante recibía tarjetas postales adornadas, por lo regular, con imágenes de temas antiguos y ahí escribía insinuando una necesidad. Por ejemplo, si alguien ya no tenía azul, debía poner una insinuación, por ejemplo, la palabra cielo; si el muro asignado resultaba pequeño, debía indicar en un mapa la muralla China, por eso de la gran extensión de la muralla. En fin, las peticiones directas debían disfrazarse, de lo contrario se perdía puntaje en la calificación. Esa veda de las compras resultaba poco práctica, pero la administración de la academia la había establecido, porque las obras de tesis pasaban al acervo de la escuela. Además se tenía la triste experiencia que un color azul de una marca comercial corriente hizo una reacción química sobre un hermoso paisaje al óleo que fue premiado y, luego de pocos meses, durante una exposición de gala se destruyó por completo, comenzando por  la bóveda celeste.

El escultor Mazanelli me enseñó la fórmula para metalizar; así, logré una fina capa de metal para el velo de Isis que coloqué sobre la cara; desde cerca se adivina un ojo que mira con gratitud y fijeza, para revelar cualquier misterio del alma
El viejo maestro Mazanelli en su clase de escultura tuvo tantas gentilezas conmigo —pensaba Rafael con alegría—, que decidí retribuir las atenciones. El tema de la tesis quedó dedicado a la escultura y sus retos, para lo cual simplemente excluí las demás artes y los materiales alternativos, por tanto las cinco exclusiones se resumieron en dos: “cualquier arte que no sea la escultura y cualquier material que no sea metálico.” Aunque el tema de los metales poseía su truco, porque el mérito mayor de Mazanelli consistía en la metalización de casi cualquier material, y en ese sentido sus clases fueron en extremo instructivas. ¿Cómo revestir una rama de acacia con una fina capa de bronce? Antes parecía imposible, pero desde el invento de la licuefacción en frío de aleaciones se lograban maravillas, pues del metal líquido creaba una solución sutil, la cual se rociaba. El proceso era laborioso y un descuido bastaba para romper la rama o marchitar visiblemente las hojas. En una ocasión Mazanelli mostró una breve proeza, pero la mayoría de los alumnos quedó indiferente y no captaron su enseñanza. Entonces el profesor nos explicaba que el fino velo de Isis, admirado por los herméticos egipcios, se hizo al revestir cristal con  una capa de metal. El resultado era opaco pero, al mismo tiempo, traslúcido. De tal modo, el rostro de la diosa detrás del velo se adivinaba hasta en su expresión más mínima. Los alumnos regulares con escepticismo miraron un envoltorio de aluminio cubriendo una esfera que se intuía escondía una cabeza en bronce. Ningún alumno adivinó que existiera un efecto traslúcido. El profesor preguntaba con voz rasposa:
—¿Cómo se puede mirar bajo ese velo sin rasgarlo? ¿Alguien me lo puede decir?
La respuesta general fue una risa nerviosa, pues Mazanelli se estaba impacientando y eso podía reflejarse en las calificaciones del mes. Se me ocurrió una buena idea:
—Quizá apagando las luces, pues el brillo causa reflejos y no permite la mejor observación.
—Hasta que alguien atrapó mi idea— sonrió Mazanelli, mientras ordenaba con la mano que bajaran el interruptor y tapar las ventanas—, que no era tan complicada.
Conforme se iba reduciendo la luminosidad el velo dejaba de brillar y permitía advertir una silueta en el interior. No fue posible terminar de oscurecer el recinto, pues había varias rendijas difíciles de obstruir. El maestro empezó a explicarnos la polarización de la luz y las variedades de superficies refractarias, aunque el horario de clase estaba a punto de terminar y decidió abandonar esa explicación. Dejó una tarea:
 —Díganme sí es posible aprender a observar la oscuridad en los metales. Investiguen y luego comentamos.
La mayoría se retiró de prisa, pero unos pocos permanecimos para solicitar que siguiera oscureciendo el salón, curiosos por mirar mejor esa escultura velada. Mazanelli, tras los ruegos accedió ante sólo tres escolares y siguió explicando:  
—Algunos materiales son muy sensibles a las variaciones discretas de luz; en cierto umbral de fotones esos materiales se vuelven traslúcidos o semi opacos, saltando del reflejo hasta las diversas modalidades de paso de la luz. El efecto es como los viejos relojes de cuarzo que dibujaban numeritos cuando pasaba una cantidad de electrones por una superficie.
Cuando terminamos de tapar los orificios por donde se colaba la luz, emergió con claridad la cabeza de Isis con las facciones finas de una aristócrata del Egipto faraónico, de pupilas brillantes y ceño amable; como si la diosa estuviera retándonos a descubrir una verdad, que antes nade conoció.

Algunos, académicos, críticos y artistas estaban inconformes y disgustados contra esa técnica del metal líquido de Mazanelli y la despreciaban, pues opinaban que representaba el arribo de la fotografía a la escultura, sustituyendo la creación con la copia. Incluso algunos maestros estaban deseosos de prohibir el uso de esa técnica en la escuela, pero el prestigio de Mazanelli y los muchos premios que adornaban un pasillo de la escuela, inhibían tales actitudes extremistas. Por eso, cuando los maestros envidiosos plantearon una serie de exigencias bastante extrañas supuse que era una especie de vendetta. Los maestros exigieron: ninguna simplicidad, nada carente de sentimiento, ninguna vulgaridad, ninguna imitación y nada arbitrario. Los primero cuatro puntos parecieron retos y exigencias difíciles de conseguir, pero todos comprensibles, mientras esa “ausencia de arbitrariedad” me dejó  un mal sabor de boca, pues mi creatividad recibía un balde de agua fría.
El resultado de la “intersección” para tema de tesis me dejó molesto, sentí que había una mala elección. Pero el trago amargo de la elección del tema de tesis se alivió con las finuras del decano, quien me convenció que seguiría un procedimiento escrupuloso y divertido, que alentaría y motivaría para terminar con una obra digna de exponerse. Habló de las ciudades de Europa donde se habían expuesto las tesis mejor calificadas y de los premios que ganaron en la última exposición bienal del extranjero. Y el decano Frumencio tenía fama de cumplir sus promesas y volver esperanzas en realidades, así que adquirí confianza para emprender mi tarea final.

Equipo para el taller del tallar
El maestro Mazanelli pareció quedar más preocupado con el reto,  —recordó Rafael— así que me hizo una visita y propuso un plan de acción, donde planteó que yo renunciara al trabajo actual para dedicarme de tiempo completo a la obra; fingiendo que vivía en un país extranjero y mi única relación con el planeta fuera el “tallar en el taller”; lo cual, en sus términos, significaba dedicarse a la escultura por completo.
Mi taller era modesto y lejano a los estándares profesionales, pero sí poseía el horno eléctrico de fundición, en su modelo económico, y herramientas finas de burilado y pulido. Escaseaban o, en el peor caso, faltaban las materias primas que sirven al moldeado, fundición y soldadura como son los costosos fundentes, aditivos y esmaltes. Además para el arte escultórico se usan algunas pinzas, marmitas, moldes y buriles muy especializados. De hecho, es indispensable un esmeril eléctrico para reducir los bordes y dar acabados lisos, pero el mío estaba descompuesto.
Contra cuarentena de compras el maestro Mazanelli dio un apoyo extraordinario y trajo el equipo que hacía falta, como un esmeril y variedad de materias primas para obtener los acabados del metal licuado. En la escuela dijo que era en calidad de préstamo, en realidad eran regalos.




Las instrucciones: definir un espacio rodeado por biombos orientales y el tema preciso de la obra final
Con tantos esfuerzos y esa idea brillante y aguda que tuvo Rafael Lira, tal como la plasmó en sus notas y recuerdos, es importante conocer el desarrollo completo de la gran obra de su vida, la cual no duraría ya mucho. Pues los años son pocos cuando son atrapados en una vorágine que arrastra hacia una finalidad única.
El decano, mediante un escrito puntual, hizo entrega de las especificaciones de la academia para crear la escultura. Dentro de un sobre de papel Manila, el pliego decorado en los extremos e impreso en pergamino imitación de lo antiguo parecía un decreto de un emperador, ilustrado con garabatos en los lados y pequeñas esferas evocando a las constelaciones. Para dar un mayor efecto el sobre estaba lacrado y sellado, y al abrirse desprendía un olor a especias de las Indias Orientales, mezcla de canela, clavo y lavanda. Lo enviado no era orden autoritaria, pues tras las indicaciones se abría un enorme margen para la iniciativa creativa. En particular, al terminar de leer Rafael no tenía ninguna imagen de lo sugerido. El primer paso definido era sencillo, y sólo pedía establecer un espacio mínimo para el desarrollo de la obra; estableciendo un sitio donde la actividad fuera exclusiva para la obra artística de la tesis. Para garantizar ese espacio apartado y definido, el escrito ofrecía la próxima entrega de unos biombos con decorado oriental. El segundo aspecto se refería a la técnica: la metalurgia para una escultura. Y el tercer aspecto, que era el único extravagante, se refería a la tarea integradora de las partes. Las partes en sí no estaban definidas, pero el texto indicaba: “la obra buscará un equilibrio exacto entre los componentes realistas y la imaginación desbordada; nada de simplezas; la complejidad máxima es requerida, pero en un breve espacio, la unidad de lo múltiple en una única señal; evitar la vulgaridad y la imitación, pues quien repite es un loro no un artista. La comunicación será así: usted envía sus postales con la insinuación de una inquietud sincera y nuestra posterior respuesta será interpretada libremente por usted. Si lo antes dicho todavía no le sirve para empezar, entonces la opción es comenzar por fabricar un pedestal sólido y luego diseñar en papel una estructura que parezca humana. Es recomendable elaborar los bocetos desde varios ángulos y perspectivas, considerando las medidas, materiales y hasta el peso final de la obra”
Al hacer su balance de lo recibido, Rafael Lira quedó conforme.
Decidió separar el extremo oriental de su pequeño taller de artista, amontonar los objetos en el resto del sitio. Marcó un área con una tiza blanca en el suelo. Todavía no recibía el biombo, pero le convenía adelantar la organización del sitio. Puso en el extremo sur el horno, las materias primas quedaron la entrada quedaba al occidente, y, en el norte ocuparía las herramientas de mano y la posible adecuación de unas poleas para cargar los componentes más grandes de la escultura, en caso de fundirla por partes, como era previsible.

El biombo
Las tablas subían casi hasta el techo; alrededor cubría por los costados el pedestal de la obra y dejaba un espacio suficiente para que Rafael laborara con soltura. El biombo poseía su propia puerta abatible, colocada a la izquierda de la parte frontal. En las tablas del biombo se adivinaba el material de fondo, al tacto indicaba una madera ligera, quizá bambú, recubierto de un acojinado y sobre éste los textiles decorados de seda. Los decorados representaban cuatro distintos jardines, cada uno con animales según el estilo oriental, con sus tigres, garzas y dragones; conviviendo en pacífico rondín, recordándonos el convivir de los niños juguetones. Unas montañas, lagos, además de árboles soleros, puentecillos y lejanas pagodas complementaban esos paisajes. Erguida entre la naturaleza, una especie de deidad femenina sonreía, ataviada con el típico kimono, como si su mano delicada dominara a los dragones. En los extremos, las letras de grafías negras recomendaban la acción mediante la inacción y, también, vaciar el cuenco del alma para fluir junto a la naturaleza.
En cuanto Rafael colocó el biombo, sujetándolo con grandes tornillos en el piso, el conjunto del taller abandonó esa apariencia polvosa y desordenada; una apariencia caótica que suele emanar de las guaridas de artistas. Esa nueva sensación agregaba la solemnidad de un templo oriental, donde fluía el viento del Este y acariciaba el rocío matinal. Aunque no un templo imponente, sino el discreto adoratorio de un jardín familiar, ubicado en una alejada provincia de China; mirando al pié de la montaña donde se ocultan los monjes para practicar la meditación para obtener la inmortalidad.
Debido a esa dulce pero fuerte impresión que le causó el biombo, Rafael Lira decidió hacer más adecuaciones en su taller, como colocar nichos laterales aptos para una iluminación que hiciera juego con el sol anaranjado del ocaso, y donde también agregó perfumeros. Los nichos mezclaban tonos cálidos de luces con las hermosas figuras del humo de incienso, que al subir bailan en diferentes direcciones mientras atraviesan la discreta luz de las lámparas.

El pedestal atrapó el polvo del desierto subsahariano, que tiembla de tristeza y abandono para templarlo con la brisa alegre de las costas; abajo la puerta que anunció a Beethoven que el destino llama
En la tarjeta de peticiones Rafael envió la palabra “polvo desértico”. Al regreso recibió el pedestal, y tenía escrita la leyenda, con grafías pequeñitas como cinceladas a mano sobre el metal: “polvo del desierto subsahariano, que tiembla de tristeza y abandono para templarlo con la brisa alegre de las costas”. En efecto, la apariencia era de gránulos calientes y agrestes en las orillas, al centro una suavidad tersa, como si frescas olas y brisa marina hubieran limado la base superior. Esa combinación agradó a Rafael.
Para moverlo usó un patín grande que le prestó el maestro Mazanelli, previendo que una obra delicada no debe arriesgarse con manipulaciones torpes. El patín poseía un delicado mecanismo que permitía deslizar una plataforma desde abajo y levantar unos centímetros una pieza con más de un metro cuadrado de superficie, luego mediante un ligero impulso la izaba hacia el patín. El patín volvía un juego de niños el desplazar casi una tonelada de metal. Rafael Lira quedó muy satisfecho con el acarreo, pues eso garantizaba que el traslado de piezas grandes resultaría inofensivo, casi un placer en lugar de un problema, como había sido antes.
El pedestal era hermoso pero estaba desequilibrado, le faltaba un espacio grande bajo el costado derecho, por lo que parecía incompleto y no sostendría nada con firmeza. De manera provisional puso una simple viga de riel para acomodar la pieza. Por eso Rafael hizo su siguiente petición al siguiente tenor: “Sostener el pedestal”.
Al día siguiente envió otra postal: “música, Beethoven” y esperaba recibir un modular musical, pues varios graduantes recibieron uno junto con una colección del autor clásico. El área musical de la academia había recibido una donación en especie y gran cantidad de ese equipo musical se estaba repartiendo entre los alumnos destacados.
Al día siguiente Rafael recibió un trozo sólido y robusto de metal imitando madera, con una perilla de estilo antiguo. La pieza encajaba perfectamente en el pedestal y tenía una leyenda en el costado: “El destino llama a la puerta”.
Era fin de semana, y tras meses sin comunicarse, además del paquete, Rafael recibía la visita de su hermano Simón, unos años más joven y entonces dedicado al comercio. Sonriente ingenioso y hábil para los negocios, estaba de visita pues la esposa embarazada se había quedado en casa de la suegra. Rafael dijo en voz alta:
— Vaya que Frumencio tiene una asistente talentosa.
—¿A qué te refieres?
—El decano de nuestra escuela se encarga de proveernos de materiales para la tesis. Él se llama Frumencio, quizá no lo conoces. Su asistente general es Pilar. Ella casi es de nuestra edad, pero ya está aseñorada, se casó hace tiempo. Ella es su brazo derecho y se merecería el puesto de decana; pero ese lugar se añeja, como en barricas.
—No la recuerdo. ¿Está guapa?
—Tiene lo suyo y es talentosa.
—Envió parte de la puerta de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Cuando tituló el primer movimiento, indicó que “el destino llama a la puerta”.
—Esa puerta debe ser una reliquia.
—No me entiendes, no es la original. En algún trabajo intermedio otro alumno de escultura entregó un modelo de lo que él se imaginó con esa puerta. Los trabajos escolares de alumnos anteriores se reutilizan para las tesis.
—Pero ¿está guapa la Pilar? — Simón retomó su punto de interés—, mientras destapaba una botella de vino tinto de España.
—Sí es atractiva, una moreno clara, de pelo como ala de cuervo. Quizá su boca es un poco grande, en lo demás presenta buenas armas. ¿No estas pensando en…?
Interrumpió Simón:
—Simple curiosidad, soy un corderito fiel.
—Brindemos por tu segundo hijo que viene en camino. —Levantó la copa al aire en el gesto del brindis— Salud.
—Salud. Y ya quiero ver ese taller tan cambiado, que tanto presumiste por teléfono. —Luego de paladear el licor rojo oscuro y continuó— Pero también ya quiero verte sentando cabeza con alguna dama.
—No molestes.

El pequeño edificio de departamentos
Esa construcción era una curiosidad en el barrio antiguo.  Planta baja y dos pisos en un cuadrado perfecto, pero forrada con tablillas de madera al estilo del trópico, cuando se encontraba en mitad de una zona de la ciudad donde predominan las canteras coloniales y la madera resulta material exótico. Bajo la madera exterior se asomaba una construcción sólida con tabiques; al interior, amplias áreas quedaban forradas con tapices de tonos crema. Su apariencia exterior unía el trópico fresco con la curva victoriana en los capiteles y un semi-triángulo rematando el edificio por la parte superior. La edificación se repartía entre dos departamentos grandes por cada piso, un ático superior y una bodega al fondo, conectados mediante un rústico elevador mecánico. Desde afuera se veía una construcción sencilla con algunos adornos que  recordaban hojas y ramas en las esquinas y su remate superior. Las ventanas eran pequeñas, pero suficientes para iluminar los cuartos durante el día. Cada departamento tenía dos habitaciones amplias, una gran sala-comedor, cocina y un baño con tina de porcelana. Los departamentos estaban rentados por inquilinos.
Rafael Lira ocupaba el último piso, en el lado hacia la calle y además el ático, ocupado por su estudio. El departamento contiguo quedaba reservado para el dueño del edificio, que en varios años nunca había aparecido. Atendía el sitio una señora vieja de origen indígena mazateca, que fue la sirvienta del dueño en otros tiempos y recibió el departamento en planta baja, enfrente. Atrás vivía un admirador de Poe, que vestía de negro y poseía unas ojeras, que no se sabría si eran pintadas de gris o producto de un envenenamiento paulatino. Ese vecino también era sombrío en su trato y hasta evitaba los encuentros en el pasillo. El escaso trato con la mazateca de pelo canoso y palabras suaves era cordial; ella se encargaba de mantener el sitio, procurando que el inquilino “consentido” se sintiera a gusto y, con timidez, entregaba recordatorios del dueño para que Rafael no se atrasara con el pago.

Plática de hermanos
—Recuerdo que —decía Rafael, mientras jugaba con una copa de vino, girándola con la mano— cuando eras niño decías frases desconcertantes: “nuestra hermana no murió; el otro día, la vi entre la gente de la plaza”
—Es que yo sí la veía entre las multitudes. No completa, pero una mano entre la gente me parecía la de ella. Pasaba una cabellera castaña brillando con el sol del mediodía y suponía que era ella —continuó Simón, mientras abría la ventana—; me bastaba un fragmento y mi mente integraba el resto.
—Me espanté la primera vez que lo dijiste. Estabas tan convencido. Me buscabas la cara para garantizar con tu mirada recta que no era mentira ni cuento de chicos.
—Al principio no me creías, —sonreía Simón, como burlándose— pero te hacía dudar con mi insistencia.
—Cuando regresabas del colegio entrabas emocionado para darme otra vez la misma noticia.
—Y tú me interrogabas como un fiscal, hasta aclarar que solamente miré una mano, una calceta o un hombro iguales a nuestra hermana.
—Y un día te dije que por fin la miré completa, —se volvió a reír Simón— atrás de un aparador, que ella estaba de pié entera mirándome, y con la mano advirtió que me alejara. Yo le gritaba desde la calle que regresara con nosotros, que sí la queríamos y ella respondía desde atrás del vidrio, lamentando lo inútil de regresar. Yo interpretaba que ella escaparía al mundo de los muertos. Saludó con la mano y desapareció. Sí, se desvaneció ante mis ojos. Desde entonces no la quise buscar más entre la gente.
—Sí, un día dejaste de platicar que la habías visto… —se levantó del sillón Rafael y continuó despacio— no te comenté entonces, pero también había comenzado a buscarla. Guardaba la fotografía siempre en el bolsillo. Cuando paseaba por barrios alejados y la gente me era desconocida tomaba valor para preguntar si habían visto a esa niña y algunas señoras decían que sí. Me daban explicaciones de en qué calle y avenida. Hacía mis pesquisas y lo más extraño era que sí parecía seguir las huellas reales de una persona. Con los informes terminaba por preguntar en alguna vivienda y resultaba que justamente se acababa de mudar una familia de ese sitio. Enseñaba la foto y movían la cabeza con asombro, decían que sí.
—Me estás poniendo —tosió ligeramente— nervioso. ¿Por qué nunca lo dijiste?
—De por sí parecías enfermo de extrañarla. Creí que te haría daño alentar tus fantasías.
—Tú mismo pensaste que eran reales —objetó Simón— y la buscabas más que yo. ¿Qué resultó de tu búsqueda?
—Nunca encontré a nuestra hermana. Aunque sí a una muchacha casi idéntica a Raquel, como dicen “era una gota de agua con otra”. Claro, había pasado ya años, había cumplido unos veinte. La abordé y me contó su propia historia, no podía ser nuestra perdida, luego conocí a sus padres.
—De cualquier manera me hubiera gustado saber que me creías —reprochó Simón, antes de cambiar de tema—. Y ya se termina este vino. Espero que tengas algo sabroso para continuar.
—Si esto ya tiene olor a fiesta, pero más tarde salgo a manejar, así que yo seguiré sin alcohol.


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