Por
Carlos Valdés Martín
“We are such stuff as dreams are made on, and
our little life is rounded with a sleep”
William
Shakespeare
El
novio de Ernestina yacía en coma en un hospital público de la
capital, provocado por eventos que ella tardó en
descubrir. El joven Misael ingresó al área de urgencias un domingo, desde
ese día fatídico habían pasado varios meses. Estando él hospitalizado, ella
tuvo un ataque de celos motivado por un sueño. Caso curioso, pues ella al
despertarse olvidaba sus noches y, además, controlaba sus emociones.
El
noviazgo comenzó desde el principio de la carrera universitaria y adquirió
compromiso, por lo que ella contaba con
plena confianza de la futura suegra, la señora Graciela. El cuarto del joven
Misael permanecía intacto desde el incidente y la policía local prometió un
forense para revisar donde agonizó por sobredosis. No cumplieron, pues
sin huellas de violencia los intentos de suicidio juvenil no interesan. Pasados
los meses era evidente que el forense jamás visitaría el hogar de Misael.
Ernestina
pidió entrar en solitario al cuarto. Ya adentro ella suspiró y lloró una lágrima
furtiva ante el olor de la almohada donde su amado colocaba su cabeza. La
sensación de desfallecer le duró un instante y se enjugó con el dorso de su mano.
Al sentarse sobre la cama tendida sintió un estremecimiento en la entrepierna
que controló mordiéndose los labios. Tanto anhelar una boda y guardar la
virginidad para después quemarse entre anhelos frustrados. Reconoció el sitio
con tristeza y reconoció una fotografía colocada bajo el cristal del pequeño
buró: los dos abrazados al mediodía del parque público. No quiso moverla, pensó
recuperarla en el caso trágico de que él no despertara nunca más. Sabía a dónde
dirigirse y buscar, a un buró pequeño junto a la cama. Abrió el cajón, esculcó entre sus pertenencias y encontró un
cuaderno gordo de apuntes a puño y letra de Misael.
Agradeció
a la señora Graciela la confianza para revisar las cosas del hijo hospitalizado.
Juntas bebieron una tizana para aligerar las lágrimas que asomaban al recordar
la alegría ausente. Ernestina se despidió con un beso en la mejilla y salió del
departamento ocultando el cuaderno gordo al fondo de una bolsa de tela, como si
cometiera un acto ilícito. Quizá fuera ilegal extraer pruebas de un incidente, mientras
para su afecto era urgente revisar el manuscrito.
Ernestina
empujada por la curiosa ansiedad leyó el final del diario que daba sentido a lo
inexplicable, escrito siete meses antes de que su enamorado cayera en coma. El
chico recién egresado de la universidad pública, lleno de ilusiones y en
perfecta salud, ingiere una sobredosis de pastillas. Al final del manuscrito de
Misael las píldoras para dormir están señaladas como un recurso peligroso,
dice: “¿Para qué abusar de píldoras?
Provocar un sueño indefinido equivale
a otra vida entera, incluso un “estado de coma” equivale a una segunda
existencia.” Ella piensa en un trágico error o que alguien se salió con la
suya: conectado a un monitor indicando signos vitales y sin despertar. La
propia página escrita indica que debe revisarse a partir de un día preciso.
El
joven Misael nunca había padecido insomnio, lo declararon su madre y hermana
ante la municipalidad. La novia testificó y apuntó lo mismo. Misael recién
titulado psicólogo indagaba sobre los estados alterados de la mente, pero sin
psicotrópicos. Ese cuaderno de apuntes no era un secreto, Misael platicaba con Ernestina
de sus sueños y cómo los registraba con detalle. A Ernestina, con estudios
truncos en finanzas, le sorprendía que él recordara estados mentales curiosos y
sueños tan detallados, pues para ella olvidar los propios era la regla.
Un
pasaje detallado y revelador de Misael indicaba que en su viaje onírico contactó
con un personaje, atractivo como una sombra brillante, que alardeó de
conocimientos inquietantes y de una carrera inexistente. El pasaje enfatizaba con una letra impecable
que denotaba perfecta calma durante su redacción.
“Despertar del 28 de enero de 2002: (subrayada
la fecha). El personaje que captó mi
atención: un maestro que antes fue de educación física, pero escaló sus miras a
tal nivel, su transformación tan luminosa y su pedagogía perfecta que fue
maestro de los “Tiempos”. Por eso él entendía el Aquí y Ahora perfecto que se
convierte en tantas y múltiples realidades; quien logra el Aquí y Ahora (abreviado
en adelante AyA) queda en posesión de su
existencia y la llave de SÍ, pues ese encadena al Pasado y Futuro, que jalados con
habilidad desde el AyA se estiran en un efecto relativista (Nota bene tachada: semeja a la
curvatura del espacio que opera en la teoría de la relatividad. Que el presente
jalona al futuro es un prejuicio arraigado, en cambio, creer desde el Ahora se
tuerzan los mausoleos del pasado se cree fantasía o imprecisión de la memoria o
un defecto de las perspectivas: a la distancia los pájaros parecen moscas. Ese
profesor garantiza el dominio del AyA, donde son coordenadas cruzadas en el
plano cartesiano, para una liberación del Pasado y Futuro) tan perfecto,
que únicamente los elegidos recordarían el sueño donde él apareció.
“Animado tomé el volante del profesor AAZZ (firmaba
su propaganda con siglas, para no desgastar una profesión maravillosa designada
como “Tiempólogo”). Miré la dirección de la escuela para su apostolado, donde anunciaba
la misma ciudad y un mapa. Con indicaciones en mi bolsillo recorrí con agilidad
la distancia indispensable de muchas calles y avenidas, atravesé un puente
caído y un vado rivereño que no estaban reportados en ese mapa. El trayecto fue
un record para ese mundo complicado donde las avenidas cambian de sentido y los
puentes desaparecen ante la vista. La fachada correspondía con el dibujo del
volante, además en la entrada colgaba un letrero escarlata anunciando las
materias. Al pie de la escuela observé la oferta del curso. Gracias a la
preparación para fusionar el estado onírico con el lúcido cuidé de memorizar
para la vigilia. El programa de estudios exigía una mentalidad cultivada y las
materias, alrededor de un biombo de 360 grados, estaban impresas sobre hojas
azules:
“Con el numeral cero el título “Economía, sustancia de Tiempo”. Ahí
explicaba las cristalizaciones que la gente llama “monedas” cuando las coloca
en sus bolsillos, se estudiará que son chispas de tiempo, que protege en
bóvedas de acero y acumula en bancos. En la bibliografía se anota desde
Aristóteles, mercaderes venecianos, Marx con su riqueza arrebatada a jornadas (incluso
ensangrentadas), al taylorismo con
cronómetro para maximizar hasta el mínimo latido. El curso aclarará si el
dinero es ficción, tragedia de Cronos o un Ave Fénix que renace del fuego (sospecho
que lo último es la respuesta).
“Siguen ocho materias obligatorias, una optativa y
un “Epílogo”, los títulos en letras resaltadas como apunto: La augusta búsqueda de la máquina del movimiento perpetuo: cuando ves
a los planetas girando y la Tierra bajo tus pies ¿dónde está el Aquí? Si la
Tierra viaja sin pausa… Hacia una cartografía de los imposibles: describe la
trayectoria de un planeta que gira alrededor del Sol que viaja en espiral por
la Vía Láctea, mientras se mueve entre mil millones de galaxias que explotaron
desde un punto originario, aunque desaparecido hace quince mil millones de
años. Opción para el recreo escolar: diseñar una máquina casera del movimiento
perpetuo. Un diminuto grabado antiguo que está borroso ilustra esta materia (Si
Newton fuera benévolo hubiera dejado un croquis comprensible del movimiento
perpetuo, pero no sucedió).
“(Otra Nota
Bene de Misael: en los sueños surgen “fantasmagorías” que atacan a mi carrera
psicología: hay el Súper-Yo criticón en batalla morbosa para ridiculizar mi
vocación, cuando más procuro reconciliarla.) Horóscopo: Por si no te habías dado cuenta cada Ahora se distingue
por la posición de las estrellas y planetas. Las fechas van y vienen con los
imperios y los Mesías, cada que aparece una religión victoriosa cambian las
fechas. Así que hay un tiempo denso, cualitativo y cuajado de estrellas. Por si
fuera poco los alquimistas declararon que además quedaba afectado por sustancias
de aire, agua, tierra y fuego, acompañado por animales fantásticos, únicamente comprensibles
para la imaginación psicológica. El subtítulo de esta materia me llamó la
atención y lo apunté al dorso del volante: ‘Para alcanzar el Ahora reconcíliate
con las Estrellas’”.
En
este punto, Ernestina deja de lado el manuscrito, y mira a su alrededor: el
departamento de clase media donde ha permanecido por una década. Recuerda el
día que conoció a Misael. En esa fiesta final de la escuela, entre la multitud
de chicos anónimos destacó esa sonrisa, con aire tímido y manos de pianista. Además,
el pelo del chico le impresionó, por su fleco curioso, levantándose hacia un
costado, inflado por una energía secreta. Él parecía estar coqueteando con otra
chica y para Ernestina fue un reto, obligarlo a que se enredara con ella.
Cuando recordaban el episodio, él juraba que sí fue amor a primera vista. Ella
lo extraña y un desenlace fatal la destrozaría, nunca llegaría la boda de sus
sueños y ¿después de él habrá otro amor? Aleja esa idea y vuelve al apunte del
novio en coma, donde se lee:
“Ocio para visitar
Delfos: Un
curso digno incluye la Historia. ¿Cómo Sócrates ganó al ocio en el mercado-ágora
platicando con amigos? La charla interminable— secreto de la sabiduría. Los
griegos alcanzaron un secreto del Ahora: ese carlismo (ella observa que
dice “carlismo” y en su mente supone que es “charlismo”) despreocupado, con amigos donde las horas fluyen alegres hasta que
la esposa, Xantipa se enfurece. Por no spoilear, basta anotar que el ocio fue
el signo de la clase superior; nada de “sangre azul” en el amanecer de la
civilización, el aristoi era superior
en “perder el tiempo” de un modo distinto. ¿Cómo lo encuentras si no lo
perdiste antes? Ah, y Delfos, se estaba olvidando; ahí está la clave: unas
frases difíciles de comprender (los dichos de la sacerdotisa pitia son mejores si provocan
equivocaciones, como con el rey Creso que perdió su reino por confundir la
profecía) son la cadena más eficiente con el futuro, el particular y el
angustioso Destino, no se refiere al genérico, como que todos los hombres son
mortales o potencialmente infieles.”
En
ese párrafo Ernestina da un respingo, pues relacionó la fatalidad del novio con
la quimera de controlar al tiempo. La intuición y una sospecha recelosa la
inquietan. Se dirige a una vieja enciclopedia sobre mitologías griegas y
encuentra al rey Creso quien dudó del Oráculo y luego lo creyó, pero lo
interpretó erróneamente. Busca sobre la esposa de Sócrates y argumenta que Xantipa
tuvo la desgracia entrar en la memoria por sus gestos desagradables. Sin más
pistas, vuelve a la lectura del manuscrito y el temario del Tiempólogo:
“El Templo: Destilar (en
la superficie es separar lo intenso de lo irrelevante) del tiempo terrestre para guardar el Momento fundacional, el AyA
cuando se contempla a Dios (bajo cualquier máscara). No hay uno de Cronos, porque ese numen representa al Otro Tiempo, al
que se nos escapa, a la tragedia dentada o con guadaña. Por lo mismo, la
esencia comienza con la separación, poner un atrio, luego un pórtico, luego…
hasta crear un Sanctasanctórum que guarde el interior intocable de un Arca de
la Alianza… labrada más allá de los siglos, donde únicamente accede una mirada
de búho (dijo Minerva). En otros
términos ahí entra un búho supremo (Sumo Sacerdote lo titularon los levitas), previamente purificado de las escorias y
defendido con un pectoral de 12 piedras.”
A
Ernestina le sorprende que temas dispares mantengan tal relación, y disfruta un
té de manzanilla mientras sigue leyendo los apuntes:
“Música,
gimnasia y derviches:
adoramos el ritmo, perfectamente balanceado con nuestro interior, nuestro
estado de ánimo que mueve al cuerpo. La música ese Bello Arte que susurra
ritmos que cautivan, para acariciar a lo íntimo y dominar al cuerpo, ya sea en
baile o en contemplación estática. Si el gimnasio en Grecia exigía los
desnudos, fue porque para el ritmo físico las ropas estorbaban. ¿Se comprende
que el ‘Ahora’ no usa ropajes cuando es despojado de pasado y futuro?”
Ella
se ríe sola al recordar que la palabra “gimnasia” viene del desnudismo, que los
antiguos lo practicaban. Luego continúa:
“El giro obsesivo de los derviches ofrece fundir al
cuerpo con un ritmo, basta volverse un trompo hasta perder el sentido. Para el
derviche el cosmos es una pirinola frenética y perpetua. ¿La complicación para
explicar la ruta de quien está parado en un planeta que se traslada, alrededor
de un Sol que viaja atado a una galaxia en espiral que a su vez...? El
frenético giróscopo del derviche intenta un atajo para fijar su Aquí
definitivo.”
La
parte final de la siguiente materia le parece bastante triste:
“Cronistas
nostálgicos.
Lo que en el nostálgico suspira como la enfermedad (el
imposible retorno de lo quien desconoce cómo regresar sobre sus pasos), en el cronista se sublima en elegante
gusto por el detalle (salvando en el arcón de la memoria de éste y aquél
sucesos) y en el historiador es profesión
que salva los hechos y recrea magníficos escenarios desaparecidos. Anotemos con
Foucault que en algún punto la episteme de Occidente se volvió histórica, y
todo se volvió afán de historias: Historia Natural, Historia Humana, Historia
de la Tierra, Materialismo Histórico y Dialéctico, etc. El sutil renacentista Alberto
Durero pintó en su cuadro Melancolía II una revelación: que la nostalgia es
angelical aunque pesada, semejante al plomo que ata a la tierra y al
calendario. El alma triste es metal que no permite ni siquiera subir por una
escalera al techo.”
El
sesgo que continúa la sorprende, aunque justifica que Misael le advirtió que el
inconsciente posee una estructura religiosa, pues en las profundidades de la
mente los milagros y los sueños son gemelos. Luego continúa:
“El libro que
atrapa los tiempos, la Biblia.
El primer ejemplo de aspiración exitosa para atrapar el AyA en un único escrito
es la Biblia. Hubo otros en paralelo: Rig-Veda, Libro de los muertos, Tao te
King… sin embargo, acontecen en línea de sucesión diferente y el Corán es su
retoño. La Biblia ofrece la eternidad para el espíritu (alma) y una palabra que
se relaciona con una eternidad anterior al Universo temporal, una de las
definiciones del Dios, a quien nunca se nombra de manera directa (véase
la prohibición de la Cábala para revelar el Nombre Auténtico). Entre los judíos las pruebas concretas de
Dios estaban destinadas a desvanecerse, pues así sucedió con el Edén, el arca
de Noé, la torre de Babel, las huellas de las plagas de Egipto, las tablas de
Moisés, la vara de Aarón, la copa de maná, el Arca de la Alianza completa, la serpiente
de bronce que curaba y hasta el magnífico Templo de Salomón. Había un Aquí que
fue la Tierra Prometida, sin embargo, quedaron expulsados y el regreso aún no
queda garantizado. Los prodigios desaparecieron para demostrar que la fe no se
alimenta con hechos, sin embargo, se preservó la letra escrita y, entonces, por
los pequeños caracteres pervivió el recuerdo del Mar Rojo abriéndose y una
tumba vacía al tercer día. El visionario descubre que su obligación es pactar
con el Libro para conservar el Ahora.”
“Materia optativa:
poesía. Quedó
una materia optativa, con tema ‘¿Surgió desde la poesía una época llamada la
modernidad? Análisis de un presente imposible.’ No entendí que hacía un poema
de Rimbaud en esta optativa. Su breve “Temporada en el infierno” y la amistad
con Baudelaire no cuentan para definir épocas ni descifrar eternidades. A menos
que él sea el representante de la poesía en sí, para lo cual serviría más el
trágico Hölderlin. Esta parte corresponde a los obstáculos y dificultades donde
se permuta el AyA, cuando el poeta que gana el Ahora pierde el Aquí y
viceversa, pues los inmortales resultan repulsivos a su entorno y la vida de
pesadilla del trágico Höderlin lo demuestra.”
Con
lo anterior terminó la anotación del joven psicólogo sobre la “materias” a
estudiar para dominar el Aquí y Ahora, luego hay comentarios donde repite su
interés sincero por cursar:
“El programa está ahí y la escuela marcada en
el folleto, el costo del curso es módico y un estudiante aplicado logrará una
beca. El obstáculo es regresar al mismo sueño, el requisito es un previo dominio
del AyA. Sobrará quien se queje, esto recuerda a los cursos de cómo hacerse
rico que suponen que ya juntaste tu primer millón de dólares. Si ya juntaste un
millón te desinteresas de los cursos, si ya dominas el viaje despreciarías la
llave del AyA para cambiar tu pasado ni tu futuro. El reto será permanecer
dormido tanto como dura el curso. Lo intentaré.”
En
el diario ahí termina la anotación sobre las materias de hace siete meses. Después
otra Nota Bene indica que los meses siguientes
no tuvieron un resultado y que se consulte una entrada posterior precisa. Ernestina
salta muchas páginas hasta encontrar que cinco meses después el escrito de
Misael revelaba otra sorpresa:
“El profesor Tiempólogo reapareció en una
planicie idílica de trigales, en el mediodía soleado y al fondo una cabaña
humeando leña. Surgió como una sombra desde la nada y tapó con su mano diestra
ese sol intenso para indicarme que su invitación seguía para mí. ¡Dice que envió
a buscarme! Las cejas arqueadas por su ánimo contrariado porque la primera ocasión
no me inscribí de inmediato. No tomar la oportunidad “de inmediato” va en
contra del AyA, al parecer. Dejó una pista adicional para acelerar el regreso a
Bereni... Interrumpió un ligero temblor que venía desde ninguna parte, un
tremor en los pies. Como sea, la suya es oferta irresistible, pero fue una
mamarrachada no permanecer juntos, pues nos invadió una estampida de búfalos surgida
desde ninguna parte reconocible. En un pestañeo nos obligó a dejar las
indicaciones y a huir de esa pradera para evitar ser aplastado. Confundido por
la tolvanera que levantaba la enorme manada de bestias, tomé el rumbo
contrario, por más que él gritaba para que lo siguiera en dirección de la
cabaña. Desperté con un olor desagradable en mi almohada como si esos búfalos
sí me hubieran pasado por encima.”
En
los siguientes días hay repetidos comentarios sobre lo cerca que está de
alcanzar el mismo sueño donde y cuando conoció al Tiempólogo. En sucesivas
ocasiones logró visualizar la misma ciudad y el manuscrito señala Berenice, con
nombre de mujer, aunque en la premura de Ernestina no está clara la diferencia.
“Por fin he acudido a esa ciudad, aunque
falló el reloj, solamente unos minutos antes había cerrado la escuela. ¡Tan
difícil localizarla para fracasar por un retraso tan pequeño! En un sentido
llegué puntual, sin embargo, por un gesto de injusticia, la autoridad invisible
de la ciudad Berenice (que es el nombre de la metrópoli, después lo he
confirmado),
provocó un cambio: inaugurando un horario de verano en otoño. En Berenice, por
esa sincronía de injusticia no hay puntualidad. Intenté demostrar al portero de
la escuela que merecía franquear el paso, remangué la muñeca y la alcé con un
reloj de pulso. El portero jaló mi brazo con disgusto, como si se cometiera una
impudicia y me amenazó con un juicio público. Buscando otro modo para convencer
a ese portero cabeza-dura pedí comunicarme con el Tiempólogo y lo negó. (Nota bene: colocada abajo con un
asterisco: a Cristo lo negó tres veces su
mejor Apóstol. Ojo: a veces desconocer o negar es una treta; estaba advertido
que el personaje rehuía a los inoportunos.) ¡Ni siquiera el empleadillo de la
entrada aceptaba que Él merecía respeto! Con gesto agresivo el empleadillo
pulió su insignia dorada que le colgaba del cuello y levantó la nariz despreciando:
“Si fuera un maestro importante, yo sí lo conocería”. Rápido dio dos pasos
atrás y desde adentro cerró el portón. Quedé tan enojado con esa respuesta que
desperté a las 3:33 am.”
Por
momentos los celos de Ernestina activaron la sospecha de que Berenice fuera una
pretendiente o amante, pues en la lectura salteada no se fijó en el comentario
de Misael cuando señaló que las ciudades oníricas de Ítalo Calvino poseen
nombres de mujer, que al final del libro está la metrópolis Berenice. Ella
siguió hurgando el manuscrito para descubrir infidelidades, sin concluir nada definitivo.
En
otras hojas el joven psicólogo listaba los libros y autores que utilizaría en
sus cursos. Por ejemplo: Platón, Heidegger, Einstein, Taylor, Plutarco… Copiaba
frases aunque la mayoría estaban tachadas con una línea por la mitad, como si
resultaran inútiles para la investigación. En vez de tacharla, dejó esta cita resaltada
con color azul: “Láquesis, Cloto y Átropos, cantaban acordes con las
sirenas: Láquesis, el pasado; Cloto, el presente; Átropos, el porvenir (…)
Láquesis (…) [dio] a cada una el genio que había preferido, para que le
sirviese de guardián en la vida y le hiciese cumplir el destino que ella había
escogido. Primeramente, el genio la conducía a Cloto y la ponía bajo la mano de
aquella Parca y bajo el huso que ella hacia girar, y así ratificaba el destino
que el alma había escogido después de la suerte. Una vez tocado el huso, la
conducía en seguida hacia la trama de Átropos para hacer irrevocable lo que
había sido hilado por Cloto, y luego, sin que ya pudiese volver atrás, el alma
llegaba al pie del trono de la Necesidad y pasaba ya al otro lado.” Suceden varias páginas con
más citas tachadas, las cuales Ernestina ojea sin detenerse a interpretar. El
cansancio la vence y decide recostarse, ajustando un despertador a las 7:00 am. Teme que esa lectura fue por celos,
desdibujando una búsqueda sincera para ayudar el novio que yace en la cama de
un hospital, la hace sentir vergüenza. Recostada cambia la orientación de su
pensamiento y busca si en lo leído hay una clave para rescatar al novio en
estado de coma.
Mientras
Ernestina es vencida por el cansancio, se convence en silencio que ella antes
ha soñado algo relacionado con ese manuscrito, aunque lo olvida cada vez que
despierta. Recuerda que Misael le sugirió escribir un diario y bostezando reconoce
hubiera sido algo para recordar mejor.
En
cuanto ella cae dormida aparece parada en mitad de un paraje rural, con trigos
crecidos y maduros que se extienden por una llanura interminable. El sol es
intenso, unas pocas nubes aborregadas viajan con un viento del sureste. En la
lejanía mira unas granjas y más allá unos establos, el lugar le resulta
conocido, como si fuera la villa de sus antepasados, granjeros orgullosos de
sus rústicas posesiones. Ella avanza por un sendero abierto hacia su izquierda
para alcanzar la cabaña más cercana, arriba de la cual un tenue humo descubre
que cocinan con leña. Percibe una sombra que no es siniestra, pero sí contrastante.
Al voltear la cara apareció un personaje de sombrero, con ligeras arrugas en la
cara y la piel bronceada. La cercanía del señor la sobresaltó y Ernestina se
detuvo de inmediato, levantando las manos en un gesto defensivo y desconfiando.
De su boca salió una especie de gruñido, porque no se decidía a gritar.
—Supongo
que me estaba buscando, así que no haré caso de su alarma. Si no comprende
quién soy, entonces este es otro encuentro fútil que merece el olvido… —se
levantó el sombrero al estilo de las caravanas antiguas y lo movió con lentitud
en un sentido de presentar sus respetos y despedirse— Con su venia, me retiro.
Mientras
que el desconocido daba media vuelta y comenzaba a retirarse, ella ató cabos en
un instante y adivinó que esa sombra ofreció el extraño curso para Misael, y
entonces reaccionó:
—Disculpe,
de entrada no adiviné quién era, supongo que usted es el profesor Tiempólogo.
Se
detuvo, dio media vuelta y sonrió complacido. Regresó hacia ella y volvió a
sonreír:
—Mi
intención era presentarme con propiedad, otra vez aunque suene absurdo.
—Cierto
que no lo conozco en persona, pero supe maravillas de un curso que imparte.
—Me
presento, soy Abel Amadeo Zepeda Zapién, de ocupación el único especialista que
no se permite perder el tiempo, sino en encontrarlo. Ese es mi nombre, aunque
casi siempre me llaman Tiempólogo, en estos rumbos con facilidad se olvidan los
detalles y la gente se enfoca en el aspecto, por decirlo así, burdo y en lugar
de aprenderse un nombre completo.
—A
mi novio le interesó su curso, se llama Misael.
—Ahh,
Misael —y comenzó a reír con gran fuerza, en una serie de estertores alegres,
como si ella estuviera constando chistes sin parar—, un caso...
—No
se ría… ¡Qué él está en coma, como vegetal!
Todavía
lanzó una última carcajada, manoteó para contenerse antes de controlarse, pedir
disculpas y guardar silencio. Ante la cara difícil de interpretar del personaje,
ella decidió explicar la relación del novio con los sueños y el atentado que
cometió, como si una sobredosis de somníferos tuviera relación con una ciudad
de sueños, llamada Berenice donde él pretendía tomar el curso.
Mientras
daba las explicaciones ella, el interlocutor se puso serio y aclaró:
—La
escuela ya estaba edificada en la ciudad de Berenice; los alcaldes únicamente
me rentan salones, pero acudir allá no es arbitrario. Dar la clase en la última
ciudad del reino garantiza que los buscadores de la sabiduría fácil no nos
alcanzarán.
Ella
pidió que la condujera con su novio para despertarlo. El personaje eludió
responder, en cambio señaló hacia la cabaña próxima y comenzó a andar. Ante la
insistencia para que la guiara con su prometido, el profesor hizo un amplio
movimiento de cabeza que significaba negación y explicó:
—Ni
el tiempo ni la distancia son idénticos a la vigilia. En este confín se estiran
y contraen, por eso mismo doy el curso del Aquí y Ahora, así como consejos sabios
para los habitantes. En estas comarcas los caminos se acortan y alargan cada
noche, las rutas principales se convierten en accesorias, la mejor vía pasa a estrecharse
en el callejón sin salida. En este reino los calendarios saltan años y
retroceden minutos, por eso descuidar cualquier reloj desemboca en un desastre
o en un despertar. Por eso mis cursos son elitistas y no acepto a cualquiera.
Y
Ernestina siguió al lado del personaje mientras escuchaba sus explicaciones
hasta alcanzar el pórtico de la cabaña. A la distancia lucía una casona
desvencijada, en la cercanía cambiaba a chalet esmerado en los detalles y
disfrazado por fuera con acabados rústicos. La alegraron paredes firmes de
concreto, como en la ciudad donde ella creció y una perilla idéntica a la del
primer departamento que recordaba. El personaje abrió con facilidad la puerta y
aclaró:
—Tu
abuela es impuntual, pero nunca falta en tus noches —ante un gesto incrédulo de
Ernestina— porque este es tu sueño, anota eso. No en papel, sino en un
recuerdo.
Él
se interrumpe para adentrarse en la cabaña que revela una sala comedor,
conectada con una cocina y un par de puertas que conducen hacia habitaciones y
bodegas. Al fondo tres ventanales facilitan la entrada de luz y dan el panorama
de un traspatio arbolado. Una decoración austera, animada con un par de óleos
con paisajes y dos libreros de madera. La invita a sentarse en la sala y el
sillón elegido es individual, forrado de un terciopelo color uva madura y con
carpetitas bordadas descansando en los brazos. En un extremo se levanta la
chimenea que crepita por un pequeño fuego y el tiro superior extrae el humo. La
habitación huele a alcanfor y recetario navideño.
—Y
a todo esto quedé a medias en mi presentación. Mi nombre verdadero es otro, eso
de Abel Amadeo Zepeda Zapién resulta una pantalla, el auténtico es Orfeo Misael
Nostradamo.
Ernestina
brincó del asiento y gritó sintiéndose a la par molesta y desconcertada:
—¡Qué
dices! Te robas a mi novio, lo invitas a una horrible ciudad y con descaro hasta…
saqueas el nombre de Misael.
Mueve
la cabeza y las manos con énfasis negativo:
—Por
tales arranques dosifico las revelaciones. Por si no advertiste: hay una
semejanza familiar, mira esta nariz y orejas.
Se
levanta para mostrar las orejas y que ella las observe de cerca. De pronto es sorprendente
el parecido físico con su novio. Y él sigue explicando que hay un parentesco,
que el joven Misael es su descendiente, por eso pretendía favorecerlo. Solicita
un minuto de tregua y se incorpora hasta un librero en el extremo de la sala,
para encontrar una hoja de papel y lápiz. Después, con tranquilidad se pone a
dibujar, mientras ella intenta retomar la plática, un poco en sentido de
disculpa por demostrar enojo. Él sigue dibujando y agitando la mano como si Ernestina
tuviera que esperar turno, hasta que ella se agita:
—Tengo
problemas más serios como para aguardar a que hagas un dibujo, me haces perder
mi valioso tiem...
El
reclamo incomodó al personaje que saltó como un resorte y comenzó a regañar:
—¡No
te das cuenta! Yo no estoy perdiendo nada, tú
la sombra de una sombra de otra sombra. Ese novio quizá no despierte o
quizá él ya te olvidó, por eso estás celosa.
Ernestina
se levanta, se aleja hacia un extremo, se tapa los oídos. No está obligada a
escuchar regaños de un desconocido, que quizá sea culpable de las desgracias.
Aunque en ese instante no está tan convencida de soñar, el sitio luce
ordinario, su propio cuerpo le resulta familiar y los rasgos de Orfeo son comunes.
Y han transcurrido unos segundos cuando reflexiona que si este es un sueño
auténtico, el personaje sería un el numen de ella misma. Con un novio psicólogo,
eso lo ha escuchado montones de veces: eres tú con tus miedos y proyecciones,
los personajes que hablan son tus deseos e intimidaciones. Por más que Misael
afirmara con igual énfasis que el viaje onírico que es más auténtico que la
vigilia. Ella regresa a la frase que le molestó:
—Lo
que dijiste de la sombra de las sombras
es absurdo; tenía intenciones de casarme con Misael, pero no apresurarme;
nuestra relación era excelente. Y la desgracia fue por un arranque de locura o de
idiotez. Teníamos planes para casarnos y tener varios hijos.
—Casarse
y tener muchos hijos, bahh… eso no va contigo; sé bien lo que sucederá y no hay
boda ni guardería.
—¡Sé
que él me ama!
—Eso
no importará si él no regresa y adivino que no despertará. Tu novio está más
entretenido en sueños buscando su Aquí y Ahora. Y hasta donde vamos no lo ha
encontrado, aunque le ofrecí un atajo, consistente en un largo curso, porque
somos parientes y el chico es simpático. Además, sí él “es una joya”, dirían
las abuelas.
Ernestina
ata un par de cabos y se alegra:
—Déjame
adivinar, bastará con que tú me expliques el secreto ese para que alcance a mi
novio y él salga de algún laberinto dentro de este reino.
—Comencemos
con que quizá no hay tal “secreto” fácil, sino un camino arduo, que nunca es
igual para nadie. Por ejemplo, tú y yo nos hemos reunido en ocasiones
anteriores y empezamos desde cero; tu necedad de olvidar lo soñado tira por la
borda lo que avanzamos. Si al novio no le quisiste entregar la virginidad para
mantener su interés hasta después de una boda, que ya es más ficción… —ella
sueña con un gruñido de molestia, aunque no se decide a interrumpirlo— es más
ficción que las nubes bajo el océano. Y como preveo que esta jornada tuya acabará
en el despertar y que olvidarás otra vez, te lo voy a dejar más sencillo
—estira la mano al dibujo y lo levanta para señalarlo— con este mapa te será
fácil entrar en la mente de tu novio dormido, le das un beso tan intenso que a
ambos les quite la virginidad. ¿Qué me respondes?
Ella
guarda silencio, percibe una molestia en su abdomen paralizado, se muerde los
labios y tuerce las manos en un nudo. Sin una respuesta, el personaje continúa:
—Y
no aceptas porque perderás algo…. Perderás esa boda de blanco espectacular que
el prometiste a tu abuela difunta. Si al por perder una fiesta ceremonial tú pagarás
demasiado por rescatar al novio, entonces no estás dispuesta al amor verdadero.
Con
frustración Ernestina anticipa que desaparecerá su boda de magnífico vestido
blanco y cientos de invitados elegantes en la catedral… Molesta le objeta:
—Eres
malo, te has robado el cuento de la “Bella durmiente” para retorcerlo. Y a lo
que explicas nada le veo que se relacione con el Aquí y Ahora.
—Si
no comprendes que compartir el corazón sin límites ni pretextos es tu ruta
hacia el Aquí y Ahora, en eso que llaman el amor, entonces no estás preparada
para esa gran aventura que es trepar por los relojes de arena, nadar las
clepsidras, izar las velas de los calendarios en altamar, despertar las
semillas dormidas en el seno de la tierra. Tampoco cristalizarás los minutos en
objetos de apariencia inofensiva; nunca descubrirás cuánto semeja un corazón a
la máquina de movimiento perpetuo; desperdiciarás las señales de las estrellas
y sus animales protectores llamados constelaciones; ni pronunciarás los
oráculos misteriosos. Resguardada en una pueril ilusión de boda tu
sanctasanctórum será nido de arañas inofensivas; tu cabeza no girará lo
suficiente para marearte; nunca descubrirás la vía de la melancolía fructífera;
faltará el pacto con el Libro pues tu sangre no destila letras. En fin, tampoco
serás bárbaramente moderna, por más que hagas un pacto matrimonial cocinado con
cálculos y conveniencias. Y nada de eso sucederá si no alcanzas a rasguñar una
nube y tu fuego no se funde en otro fuego… Entonces no tiene sentido que al
despertar recuerdes que existo. Y no te culpo, al hilo del destino lo trenzaron
las Moiras, y los adagios dicen que escasea la gentileza entre mujeres.
Ernestina
comprende que el Tiempólogo sintetizó una ruta corta y una solución definida
para rescatar a Misael, que se aproxima a sus instintos y expectativas.
—Una
disculpa, de favor si repite su consejo, por distraída me perdí un poco.
—Mi
profesionalismo no permite regresar el cronómetro, aunque si logras llevar
contigo ese dibujo verás que por el dorso anoté las mejores recomendaciones en una
frase: ‘Para alcanzar el Ahora
reconcíliate con las Estrellas; para reconciliarte con las Estrellas haz de
Aquí tu sitio soñado’.
—Esto
suena a un acertijo — Ernestina alza la cara— o una frase para dar ánimo.
—Cuida
el mensaje, después del despertador acostumbras la amnesia. Esta vez más vale
que guardes este regalo.
En
la ciudad, junto a la cama de Ernestina el reloj avanzaba hacia el final de las
6:59 am.
El
personaje se levanta sin despedirse, abre la puerta exterior dando la espalda
mientras lamenta:
—Odio
los despertadores, gajes de mi profesión.
Al
sonar el despertador, ella instintivamente busca bajo la cama un papel que en
el dorso diga “Para alcanzar el Ahora
reconcíliate con…”
NOTAS: