Por
Carlos Valdés Martín
El
velo de Isis se desarrolló como un símbolo del conocimiento místico, religioso
o iniciático en la transición entre los cultos politeístas a las diosas
egipcias (con Isis reina entre los dioses, la activa consorte y hermana de
Osiris), en contacto con la gnosis grecolatina. Al pasar los siglos se recuperó
como símbolo adecuado para interpretaciones místicas (iniciáticas, etc.) o para
versiones románticas de la aproximación absoluta a la Naturaleza (divinizada) y
lo Femenino. De manera breve abordaré el símbolo del velo en general, a la diosa Isis
y su “velo de Isis”.
El velo en sí: símbolo de bloqueo, vía de acceso y
contacto mediado
A
diferencia del sello, el candado y la puerta el velo señala una aproximación de
aparente facilidad, por ser un dispositivo suave que delimita un objeto
próximo. En especial, el velo se relaciona con el cuerpo y, en particular, con
la cara de la mujer, aunque posee otras utilidades. El velo no impide con fuerza
el paso y se mantiene como un obstáculo únicamente para el sentido de la vista,
sin imaginarse como un obstáculo insalvable. Cualquier definición material del
velo implica una materia textil y mejor cuando es ligera y hasta traslúcida. La
ligereza y cualidad traslúcida del velo implica una aproximación hacia el
objeto que protege, pero dejándolo a una mínima distancia y gesto para
“descorrer el velo”. Sin embargo, en la imaginación simbólica un velo puede
cubrir por completo la vista y hasta impedir el paso por completo, según
muestra alguna leyenda clásica sobre el “Velo de Isis”.
Precisamente,
esa proximidad y el estar en contacto íntimo con el objeto que protege hacen
del velo un objeto tan asociado al deseo y la tentación. A manera de una
puerta, la cual separa y también ofrece el sitio para acceder, también el velo
posee una complicidad tremenda con el acceso, por lo tanto, se mira tanto en
sentido positivo como negativo. Sin
embargo, la costumbre moderna de la satisfacción inmediata y la facilidad para
el consumidor impide comprender el sentido positivo del velo como “vía
de acceso” a lo importante, lo sagrado y trascendental como se
manifiesta en la noción del “Velo de Isis”. De manera semejante ese otro
sentido para el velo como un “contacto
mediado” desconcierta a la mentalidad moderna, pero sí ayuda a explicar el
regreso del velo religioso como bandera de regreso del fundamentalismo
islámico. En el caso religioso,
colocar el velo sobre la mujer implica que los demás están contenidos por un
rito que impide el acceso a la mujer, entonces resulta el mediador de cualquier
contacto con la mujer, comenzando con el visual.
La diosa Isis
Esta
divinidad fue de gran importancia en el panteón egipcio, representando la parte
femenina que complementaba a la trilogía de los grandes dioses, junto con
Osiris y Seth. Además, para las narraciones de los habitantes del Nilo, esta
diosa mantenía un papel activo en los conflictos, empleando la inteligencia y
la audacia para completar su magia, con la cual restauraba el equilibrio de los
mundos. Primero, a su hermano dios Osiris lo derrota la maldad de Seth, quien
además lo destroza y separa, por lo que la intervención de Isis rescata los
fragmentos y recupera la unidad de su amado. En ese tramo de la narración, Isis
personifica a una viuda virgen que concibe un hijo, cuando ella logra
recomponer a su consorte y con él concibe a Horus, el dios joven, quien
restablece el orden perdido. Por su parte, Osiris reina en el inframundo recibiendo
a las almas de los muertos. En el reino de los vivos, su esposa concibe a
Horus, quien será el campeón que restablece el reino cuando abate a Seth.
Según
lo usual en el politeísmo los relatos de Isis poseen variaciones, con énfasis ella
acrecentó su papel protagónico como diosa madre, ante la cual se encomendaban
los devotos. El múltiple desempeño de la divina Isis (como maga, esposa
celestial, madre de dios, restauradora, puente con la otra vida, viuda, la
tierra misma…) le confirió un papel preponderante en el Egipto tardío y tendió
un lazo de unión con las nuevas creencias que combinaron el misticismo
grecolatino y el gnosticismo.
El Velo de Isis en su máxima intensidad
La
diosa egipcia por periodos reinó en los cielos y después, ya redimensionada
como entidad suprema, ella bendice los tres espacios: cielo, tierra e
inframundo. Bajo este aspecto de una divinidad suprema (la cara femenina de la
trinidad o la regente del universo desde el lado maternal, la Naturaleza
entera) su símbolo del “Velo de Isis” adquirió el significado definitivo.
Conforme Isis se volvió la diosa de la Totalidad entonces su rostro estableció
el enigma de la Verdad (en el sentido absoluto de la Sabiduría ganada en un
“solo golpe” de vista). Conforme desde el siglo
XIX se reinterpretaron los cultos egipciacos como “misterios de Isis”, entonces
ese Velo adquirió protagonismo y se unió a una visión poética, por ejemplo: “Soy
todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será / y mi velo jamás fue
corrido por ningún mortal.”
Al
colocarse Isis en tal posición, donde su rostro es una refulgente fuente de la
sabiduría y la verdad, entonces surge también un problema, semejante a la
caverna de Platón. Si
los humanos han crecido acostumbrados a las tinieblas, según señala el relato
de la caverna, entonces mirar la luz del sol de manera directa les resulta
imposible. De ahí se muestra la paradoja romántica que develar el rostro de
Isis provoca tal deslumbramiento que quien lo haga está en peligro de muerte,
entonces se recomienda multiplicar los velos y avanzar lentamente para no caer
fulminado ante el resplandor de la sabiduría. En la tradición islámica sufí,
la Verdad divina se esconde detrás de muchos velos, entre 70 y 72,000 velámenes
compuestos “de luz y tinieblas” que son indispensables pues esconden la fuente
de luz y nos protegen de su fulgor. Curiosamente, la metáfora de la
multiplicación de los velos de Isis queda en armonía con el lento avance de la
ciencia ante naturaleza, por tanto resulta una armonía entre esa intuición mística
y la lenta evolución del pensamiento a escalas históricas.
“Dialéctica de la Ilustración” contra los velos y los
ídolos
Haciendo
una apretada síntesis: la Ilustración europea cumplió con el mérito de
desgarrar los velos que sostenían un periodo oscurantista, incluso tenebroso
que afirmaba el dominio de una Iglesia corrompida sobre las sociedades. Sin
embargo, el interés por Isis y su velo resulta posterior al periodo de la
Ilustración clásica de Europa, a manera de un contraflujo romántico y de
interés por el esoterismo y la nueva espiritualidad. Algunos autores han
afirmado, con astucia, que la ruta de la Ilustración desembocó en un
racionalismo, para algunos “desantropomorfizador” (que se deshace de la
figura humana) y para otros hasta nihilista. Bajo cualquiera de las dos
vertientes, la ruta terminaría en algún páramo desértico carente de emoción
(sin romanticismo) y
sin espacio para el propio ser humano.
El
argumento que aquí propongo es que el iluminismo nunca permea en la entera
sociedad y, más aún, la crítica racional no implica que otros dos niveles
clásicos de la persona estén resueltos, pues ni el espíritu ni el sentimiento
se resuelven en el razonamiento. En otras palabras ni el “sentido de la vida”
ni la vitalidad de los sentimientos se resuelven con una argumentación fría,
por eso Ortega apelaba a una fusión entre raciocinio y vitalismo, en una “razón
vital”. Incluso gracias a la
propia ilustración, hacia el siglo XVIII se favoreció que Europa conociera más
y mejor los cultos orientales, desde los cuales se retomó la fascinación por el
antiguo Egipto y las religiones comparadas. Algunos románticos encontraron en
la diosa Isis nuevos matices emotivos y grandiosos que no encontraban en el
cristianismo predominante. Los heterodoxos de las doctrinas, fueron armando una
visión para convertir ese antiguo relato en una nueva metáfora iniciática y de
búsqueda de conocimientos esotéricos, por ejemplo, los popularizados por
Blavatsky.
Fenomenología ante el “velo en el rostro”
Si
bien el objeto que llamamos velo posee diversas utilidades, su intensidad se
multiplica cuando descansa sobre un rostro. Velar un rostro implica un programa
completo. No es lo mismo velar, por ejemplo, el pubis que el rostro debido al
nivel de comunicación interpersonal que implica el rostro. Cualquier rostro concentra
una biblioteca entera de mensajes, por la intensidad con la cual comunicamos
mediante cientos de diminutos músculos bajo el rostro. Basta un pequeño ajuste
en los ojos para revolucionar una expresión. Con esa capacidad tremenda de
comunicación del rostro, el acto de taparlo marca el misterio extremo y hasta
la despersonalización, pues si no miramos un rostro nuestra mente duda si hay
una auténtica persona real.
La
fenomenología es el enfoque para comprender las superficies (las apariencias)
como lo esencial, de tal manera que los rasgos presentes nunca se deben omitir.
La presencia del espejo provocó desconcierto y temblor entre los pueblos
primitivos por esa convicción de que devuelve el rostro tal cual es, sin caer
en falsas imaginerías. Para la mente, imaginar una persona sin rostro implica un reto mayúsculo, en ese sentido,
el velo sobre la cara implica una duda extrema y un desafío. Por eso, en un
sentido psicológico, un rostro tras el velo resulta tan atractivo como
atemorizante, que se aplica tanto a una prostituta sagrada (la mujer del harem,
la vestal) como a un verdugo, aunque con el último se le denomina máscara. La
presencia del velo sirve para anunciar un extremo que escapa de la condición
normal, ya sea como amenaza, deleite, terror, interrogante, etc. Por lo mismo,
la presencia del tapabocas por pandemia provoca tantos reparos y objeciones:
porque amenaza con la despersonalización.
Una
salida fenomenológica será interpretar los pliegues del velo como un lenguaje
completo, así como el rosto ya es una plétora de significados, los consecuentes
pliegues de un velo deberían ser una biblioteca entera de significados; esto en
el sentido que Novalis interpreta a la naturaleza como una gramática completa,
un lenguaje por descubrir bajo el velo sagrado.
Jugando
a la fenomenología radicalizada, vale afirmar que el velo ya sustituye al
rostro mismo y que detrás del obstáculo hay una nada o huella vacía, pues el
velo se convierte en la realidad completa y su soporte resulta una quimera. Sin
embargo, esa radicalización al afirmar que tras ese velamen se encuentra una
diosa fantasmal, entonces permite que haya un crepitar de posibilidades
infinitas, donde el optimista supone la irradiación más portentosa y el
pesimista cree que se esconde la más triste nada.
Hipótesis del contacto mediado
Considerándolo
con optimismo, el famoso Velo comparte la cualidad de otras prendas, pues la
desnudez absoluta resulta trivial o insufrible, mientras que el vestir transmite
infinitos mensajes y brinda ventajas prácticas. A su manera claridosa, el
filósofo Ortega y Gasset repudia la “acción directa” del anarquismo para elogiar
a las “mediaciones” que construyen la cultura y las instituciones políticas. El
anarquista pretende saltarse dos mediaciones clave (el Estado y el Capital)
para establecer el único contacto que tolera en una fusión (hipotética) entre
iguales. Ortega afirma que la “acción directa” implica un gesto contra-natura
que abandona más de lo que gana al establecerse. El concepto esotérico de la
ruta velada acepta las vías indirectas y termina glorificando a las mediaciones,
las cuales —siendo francos— lo abarcan todo, pues el pensamiento y el lenguaje
son mediaciones indispensables. Si,
como dijera Kant, resulta imposible conocer “la cosa en sí”, entonces hay que
transitar por las categorías del pensamiento, es decir, habrá que vivir la
mediación de la mejor manera (con la crítica).
La
metáfora filosófica para el pensamiento ha usado de la copia y de la cera
blanda para reproducir lo más exactamente “la cosa misma”, por esa ruta la
sutileza y aproximación del velo también sirven como una excelente metáfora.
Conforme el velo reproduce el rostro es otra “cera blanda” que revela mientras
esconde al rostro. Además, algún velo también se elabora con una tela
traslúcida, entonces cabría aceptarlo como un receptáculo en el camino de la
inteligencia y sería un puente más que una barrera.
El romanticismo en “Los discípulos de Saïs”
Encontré
este interesante pasaje “…Novalis (…) en (…)
Uno de sus escritos, que (…) quedó en fragmento, se titula Los discípulos de
Saïs. (…) reproduce una vieja leyenda del culto de la diosa Isis en Saïs.
Egipto estaba de moda en aquellos años finales de la Ilustración; y ya Schiller
había dedicado un poema a La imagen velada de Saïs. En la formulación de
Schiller se trata de un joven discípulo del templo de Isis cuyo afán era
conocer la verdad, contemplarla, y gozar en esa contemplación de la posesión de
todas las cosas. La verdad, le dice su maestro, está en el rostro de la diosa,
cuya imagen se encuentra cubierta por un velo que ningún mortal con culpa puede
levantar sin morir. La historia termina mal: el joven no pudo refrenar su
pasión, y lo encontraron muerto una mañana ante la imagen velada.”
“En
su formulación novalisiana, el velo de la diosa es el símbolo poético de la
naturaleza misma, como un lenguaje cifrado cuyos trazos, que son sus pliegos,
somos incapaces de leer. Levantar el velo quiere decir interpretar ese
lenguaje.”
Novalis
en la multiplicidad natural intuye una “gramática”, es decir, un lenguaje: “Los
hombres ―afirma Novalis― discurren por numerosos caminos. Quien los siga y los
compare verá surgir figuras maravillosas; figuras que parecen formar parte de
esa gran escritura cifrada que por todas partes se ve: en las alas, en la
cáscara del huevo, en las nubes, en la nieve, en la formas cristalinas y
pétreas, en las aguas heladas, en el interior y en la corteza de las montañas,
de las plantas, de los animales, de los hombres, en las luces de cielo (...),
en los haces en torno al imán. En ellas se adivina la clave de esa escritura
fantástica, su gramática”
A
manera de conclusión
Ahora
bien, saltando a una conclusión rápida y hasta precipitada, Hernández-Pacheco
afirma que tras el velo de Isis lo que debe aparecer es el Yo, como sujeto
único de la razón, para lo cual se catapulta hasta Kant y se desliza por
Horkhimer.
Afirma que tras el velo está la “apercepción trascendental” (Kant) que es el
Yo, hacia el cual se remitirán todos los significados, y terminará la tarea de
la razón idealista, pues la idea está en el interior desde el principio. Entonces, para esta interpretación la diosa
Isis es la subjetividad (el Yo) capaz de interpretar el mundo, apoderándose del
secreto de la Naturaleza; lo cual no es incoherente, pero lanza un salto que
devora el proceso, por eso mismo presenta un resultado “vacío”. El propio
exegeta Hernández-Pacheco asume (repitiendo una versión argumental) que ese idealismo lleva
en línea recta hacia el nihilismo del apetito insaciable y frustrado. En cambio,
la exégesis del romanticismo y otras permiten afirmar
que esa ruta no es forzosa, pues no todo camino hacia Isis desemboca en un Yo
nihilista, de hecho esa ruta es inusual. Hacia fines del siglo XIX, la metáfora
del Velo de Isis regresó con frescura, sirviendo de emblema para una renovada
búsqueda esotérica, pero eso ya es otra
historia.