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martes, 28 de abril de 2020

KEYNES CURA EL EFECTO COVID19




Por Carlos Valdés Martín

En el periodo de la posverdad, habrá quienes crean que hay un médico inglés John M. Keynes que encontró la cura para la enfermedad. Lo cierto, en cambio, es que casi hace un siglo encontró la sanación para la enfermedad económica que seguirá al coronavirus, pues las economías pueden entrar en el estado más parecido a la pérdida de la salud.
Sin embargo, duden que este caballero haya curado a la economía enferma y vean el enojo que despertó entre los “enterradores del sistema”. Un crítico lúcido y radical, Trotsky señaló que Keynes estaba haciendo un servicio para salvar al capitalismo, lo cual provocaba su desprecio. Por más que el inglés cuando era joven coqueteó con el socialismo y fue amigo de la naciente URSS, hasta hizo una visita oficial donde se encontraron ambos personajes.[1] Para el caballero inglés los rojos le parecieron demasiado autoritarios y para los comunistas éste demasiado pragmático, dispuesto a salvar el barco del capital, empezando por rescatar a su Isla Británica.   

Una fórmula polémica

El pensamiento innovador y los remedios que propuso Keynes se han sintetizado en una fórmula donde se relaciona la Demanda Agregada con el Consumo, Interés, Gasto del Estado y Exportaciones. A su vez, esta fórmula relaciona el Empleo y la Inflación como polos opuestos, en un juego de políticas económicas sobre cada uno de los cuatro factores. La propuesta de Keynes llamó poderosamente la atención por dos cuestiones separadas, por ofrecer un panorama de una “Teoría general”, que relacionaba factores que no se habían relacionado con consistencia en el periodo previo.[2] Aquí el término “general” posee una fuerza especial, como un parangón cuando Einstein intentó pasar de una teoría física de la relatividad particular a una “teoría general de la relatividad”.

El trasfondo: la crisis de 1929 y la búsqueda del pleno empleo

Y la teoría de Keynes se habría quedado entre las curiosidades de la academia a no ser porque se presentó en un período cuando urgían soluciones. Después de la Primera Guerra Mundial había estallado una tremenda crisis económica, que después de 1919 parecía un fenómeno exterior, en el sentido de secuela de la Guerra, pero hacia 1929 se mostró como una crisis interior al sistema capitalista. En el otro extremo, la URSS revolucionaria ofrecía un sistema económico alternativo y había agitación política entre las masas de las naciones. El bando comunista señalaba que el capitalismo estaba en franca agonía, que los ruidos eran sus campanas de sepultura, sin embargo, también la construcción del comunismo se mostraba difícil y tropezando con  un sinfín de problemas.
En el periodo de auge capitalista había florecido una visión económica que se llamó teoría clásica que afirmaba la perfección del funcionamiento de los mercados, por lo que el Estado lo mejor que hacía era intervenir menos en la economía. Aunque esa teorización de la perfección de los mercados capitalistas era popular en la academia los Estados capitalistas parecían desobedecerla por múltiples factores como las presiones militares (en un periodo ensombrecido por furiosas guerras) y las agitaciones sociales. Sin embargo, también era evidente que los Estados capitalistas intervenían en la economía con suma torpeza, tal cual lo demostraron las coyunturas de las hiperinflaciones en varios países en la posguerra (entre 1919 y 1925). Intentando resumir hacia 1929 el Estado capitalista procuraba intervenir poco en la economía y cuando lo hacía demostraba torpeza y efectos perjudiciales.
En la crisis de 1929 se desataron dos fenómenos conjuntamente. La crisis de la Bolsa que afectó a nivel más financiero fue el detonador de un problema hondo, pues tras el desplome de las acciones también las empresas cerraron por miles y vino una parálisis de los mercados.[3] Con el cierre de empresas se desató una desocupación terrible que implicaba hambre y desamparo para millones de personas, incluso en los países más ricos. Por un lado, había manos sin empleo y del otro había capitales sin empleo productivo, como dos partes de una ecuación rota, separada por una muralla que no servía a nadie.

Descubriendo un gasto público como remedio

Desde los albores de la humanidad el Estado ha acopiado recursos, los ha concentrado y luego empleado para diferentes motivos, ya sea para hacerle la guerra a sus vecinos o levantar una pirámide majestuosa; pero en el periodo capitalista no estaba tan claro que pudiera contribuir directamente a resolver una honda crisis capitalista. Señalamos que Keynes no inventó la inversión pública pero sí estableció los motivos y parámetros cuantitativos de su eficiencia. Y, claro que no todo salió de su cabeza, pues su visión se apoyó en diversos autores y hasta en el avance de la estadística pública, que permitió hacer mediciones de las intervenciones económicas del Estado.
En especial, Keynes encontró que el Estado podía hacer una gigantesca inversión pública antes de recibir los impuestos equivalentes y en un año fiscal podía gastar más de lo que recibía sin provocar una catástrofe de inflación, siempre que lo hiciera en una medida (establecida por la teoría económica) y volcada en ciertas actividades que ventajas, para multiplicar el beneficio económico. El término del “multiplicador económico” se convirtió en una especie de talismán, pues era el multiplicador la clave para que el Gasto del Estado se volviera un flujo de riqueza, que daba trabajo hasta alcanzar el pleno Empleo, y que favorecía el ciclo de inversión y consumo, para que los capitales privados florecieran hasta se Empleados por completo.[4] De tal manera, que él propuso un método para salir del atolladero mundial tras la crisis de 1929 y comenzó la edificación de lo que después se llamó la “Política Económica” de la mano del “Estado de Bienestar”.  

Desde un periodo turbulento hasta su apoteosis de posguerra

Si bien las innovaciones de Keynes para los países capitalistas empezaron a dar resultados, el contexto internacional resultaba tan complicado que no resultó tan evidente su trascendencia, sino hasta después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.
La guerra moderna implica una movilización completa de la sociedad por el Estado nacional (en ocasiones un Imperio multinacional) en un esfuerza extremo y desgastante, el cual desordena el ritmo de la existencia civil. Para las naciones civilizadas de la Europa del siglo XIX, con larga memoria de guerras esta práctica no era extraña, sin embargo, la modernidad implicaba una movilización más completa de la población, mediante un reclutamiento masivo, si se compara contra los ejércitos feudales, más elitistas o de mercenarios. La misma irrupción de una militarización temporal también implicaba una alteración de los factores económicos que parecían haber funcionado durante el siglo anterior en las potencias capitalistas más adelantadas, como Inglaterra, Francia y Alemania.[5]
La teoría económica había florecido en espacio de la Gran Bretaña, con los primeros teóricos clásicos, quienes entendieron que podía funcionar un sistema mercantil capitalista autónomo, sin intervención directa del Estado feudal. El modelo de Adam Smith y David Ricardo alentó la práctica comercial y pronto Inglaterra se convirtió en “el taller del mundo”, ganando una posición de industrialización por encima de las demás naciones. Desde un principio las crisis económicas habían surgido tras los auges capitalistas, sin embargo, no parecían amenazar la continuidad del sistema. ¿Cuándo se entendió que el capitalismo era un Sistema coherente con sus propias reglas? Fue a partir de estos llamados economistas clásicos.
Un Sistema para ser concebido debe mirarse como un conjunto, de tal manera que la economía se observe a manera de un cuadro, que se capte mentalmente en un sentido unificado. La famosa fórmula de Keynes implica que el conjunto se puede sumar como una unidad de Demanda Agregada, que también se define como un “deseo de gasto en bienes y servicios” con poder de compra. Esta “Demanda Agregada” también corresponde con la Oferta Agregada (la producción, luego el PIB) y el Ingreso, así con los niveles de precios, aunque no entraremos en tecnicismos.[6] Aquí, solamente quiero señalar que Demanda Agregada ya es un conjunto superior de todo lo que demanda una nación dada.[7] A su vez, ese conjunto está en equivalencia con cuatro elementos de los cuales únicamente quiero hacer notar que parecen dispares como el conjunto de Bienes Consumo y el conjunto de Bienes de Inversión, que resultan ligados al Interés; todavía se suman (o desagregan) otros dos grupos que son Gastos Público y la Exportación.
Este manejo del conjunto, los subconjuntos (o equivalencias) en el periodo posterior al éxito de Keynes pareció una obviedad porque parecía estar funcionando bien, sin embargo, causó mucho rechazo inmediato. Los economistas clásicos no estaban de acuerdo con tal agregado. Por ejemplo, en un régimen militarizado el Gasto Público se aparece como esfuerzo de guerra y empieza a “comerse” los demás Bienes.

Y = C + I + G + (X – M)

Otra manera de ver la fórmula afín a Keynes, que se aplicó en cuentas nacionales y en múltiples estudios económicos, es la señalada como subtítulo. Quedó integrada dentro de las Cuentas Nacionales como una especie de estadística ordinaria, sin un dispositivo de investigación ni de ciencia aparente, pero sí implica una comprensión. Sucede como el tomar la temperatura del paciente, ya está basado en la suposición de que existe un rango de temperatura normal y la experiencia de que más allá de un valor definido hay una fiebre, usualmente debida a la presencia de la enfermedad. El Producto Interno Bruto es la escala equivalente a un termómetro de la actividad económica y su tendencia sana usual es al crecimiento, entonces el estancamiento y la baja del llamado PIB implica un problema, la “salud” del cuerpo económico indica un problema.
A su vez, esta fórmula está ligada con relaciones adicionales que no están en esa cifra y en primer orden está el empleo. Importa la mano de obra y el empleo de capital, aunque el primero de estos “factores” es el más significativo por las repercusiones humanas, pues el desempleo de los trabajadores es lo que más afecta. Otros factores claves quedan atrás de la visión inmediata pero son integrantes de su sustancia, a manera de un sistema circulatorio, como son la tasa de interés, la inflación y el nivel de impuestos.[8] El balance con el exterior implica que existe una conexión y que por tanto en el horizonte existe un mercado mundial.
Cuando se aplicaron medidas económicas para buscar un pleno empleo y solucionar la crisis y las consecuencias de la Guerra Mundial se estaban aplicando “medidas keynesianas”. Entonces el autor inglés ya se había convertido en una especie de marca registrada a nivel mundial, con un sello de efectividad, eficacia y eficiencia en la intervención económica del Estado, bajo los supuestos de una economía capitalista, pero afín a una fuerte intervención del Estado, que se suele llamar un principio socialista. La sorprendentemente rápida reconstrucción de la posguerra y un periodo de auge económico quedó asociado a ese nombre.

RELATIVIZACIÓN Y MODA “NEOLIBERAL”

A partir de la llamada crisis del petróleo de 1974 se comenzó a señalar que el modelo keynesiano de intervención en la economía no funcionaba lo suficientemente bien y que debería revisarse. La objeción es que provocaba inflación y que había una combinación de crisis económica con aumento de precios. El hecho de que los modelos de Keynes fueran la primera interpretación útil para superar una gran crisis y reconstruir una economía mundial de posguerra no significó que fuera una varita mágica para remediar todos los males y que operara en cualquier contexto. En los siguientes 20 años la popularidad de la corriente keynesiana se sustituyó en las preferencias por la visión llamada neoliberal y el Consenso de Washington mediante el cual se retiraba el intervencionismo del Estado y se privilegiaba la contención de la inflación. Sin embargo, esto resulta también una formación relativa, los déficit fiscales, la deuda externa y la inversión pública masiva no dejaron de existir, y la fórmula de las cuentas nacionales son de tendencia “keynesiana”. Resulta extraño que haya discursos anti-keynesianos que basan su información en las cuentas nacionales keynesianas, pero así sucedió por décadas. Sin embargo, hacia 2008 surgió una gran crisis y la beligerancia del neoliberalismo —versión extrema de la economía clásica, rayana en la religión de mercado— se comenzó a desinflar y volvió el pragmatismo del Estado. Y ese “pragmatismo” de la política económica del Estado se apropia y emplea la herramienta del keynesianismo sin notarlo.
El relativismo suele mirarse a modo de una curva y las curvas del sistema keynesiano suelen volverse líneas y terminar en intersecciones, de tal manera que opera un redondeo con alcance hasta límites definidos. En cierto sentido, las suaves curvas keynesianas de la Demanda agregada y Oferta agregada se convierten en las paredes que encausan los flujos económicos, funcionan cual fronteras y el sistema parece un cuadro, a la manera de una “Tabla económica”,[9] que supere los efluvios de Salomón.
Sin embargo, si empleas la gasolina para pintar la casa dirás que es una mala pintura, si la usas para saciar la sed dirá que es veneno… así utilizar el keynesianismo para justificar cualquier capricho político del Estado o las exigencias de la presión pública resultará en malos resultados. La tendencia hacia una inflación recurrente se atribuyó a los abusos del keynesianismo con los gastos subidos del Estado benefactor, por lo que surgió una moda de recorte de las tareas del Estado, incluso de un desvalijamiento.
La moda de la aplicación económica neoliberal se centró en restringir el déficit público y cuidar al circulante, para que desaparecer la inflación desbocada. La inflación, en efecto, se redujo en los principales países, pero eso no implica el Todo para la vida económica. El Estado de Bienestar también se fue desmontando con la moda neoliberal, sin embargo, la transición entre el final del siglo XX y el principio del XXI parecía que únicamente traía crisis por la esfera financiera, relacionada con especulaciones de empresas tecnológicas o fraudes con las hipotecas convertidas en instrumentos especulativos, pero no había sucedido una crisis de dimensiones desafiantes. Entonces llegó el Covid19 con su parálisis y una problemática muy compleja.

LA VELOCIDAD DEL VIEJO DOCTOR

El neoliberal extremo si fuera el capitán de un barco abandonaría el timonel, pues afirmaría que las aguas del mercado se autorregulan, por tanto no hay un verdadero riesgo en la navegación. Mientras se navega por altamar podría olvidarse el timonel, sin embargo cuando los arrecifes están próximos conviene marcar el rumbo para alejarse. El neoliberal extremo dejaría el barco a la deriva para siga el capricho de las corrientes marinas y los vientos. El keynesiano pondrá un rumbo para retirarse de los arrecifes.
Los primeros libros de Keynes sobre economía están por cumplir un siglo y su obra más famosa data de 1936. Resulta sorprendente que su obra sea un referente a la hora de intentar salvar una catástrofe económica. En materia de medicina para grandes males, pareciera que la economía no ha avanzado demasiado: o se deja funcionar solito al sistema o se interviene con fórmulas más o menos keynesianas. La última opción es enterrar al capitalismo al estilo de Marx, con opción a que reviva al estilo 1989, como si debiera empezar el ciclo desde cero. Sin embargo, la crisis significa justamente que el capitalismo no funciona bien solito. Con tal edad, el fantasma de Keynes será el viejo doctor (modelo del patriarca pueblerino) que posee recetas dentro de su maletín, que ha probado repetidas veces desde la juventud.
El viejo doctor estará contento de recetar su medicina, la pregunta es ¿ha avanzado la ciencia económica para medicar otros remedios? Por más que hay retortas nuevas para hervir los viejos caldos, ¿hay nuevos principios activos? La llegada del viejo doctor keynesiano pareciera irrumpir alegre por el mundo, mientras la pandemia paraliza las actividades. La rapidez de su llegada a sorprendido como si fuera un Santa Claus que recorre el planeta en una sola nochebuena. 

NOTAS:

[1] Trotsky, Materialismo dialéctico y ciencia. Ahí relata un detalle de la visita de Keynes a la Rusia revolucionaria, cuando todavía era un desconocido. 1940, febrero.
[2] John Maynard Keynes, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.
[3] John Kenneth Galbraith, The Great Crash, 1929.
[4] Paul Samuelson, Macroeconomía.
[5] Historia mundial de 1914 a 1968, David Thomson
[6] Keynes, Teoría general…
[7] Esta equivalencia también está presente en Marx como identidad entre producción y consumo mediada por la distribución, ya sea trans-histórica o como ciclo de la mercancía global M-D-M. El capital y la Introducción a la Contribución a la crítica de la economía política.
[8] Existen muchas relaciones claves que enfatizó Keynes como la “propensión marginal al consumo”, la cual revela la tasa de ahorro. Pero este no es un comentario técnico. Branson, Teoría y política macroeconómica.
[9] La economía fisiocrática casi olvidada tuvo esa audacia intelectual de diseñar una primera tabla para mirar en conjunto a la economía nacional que se mueve en una dirección, intercambiando los recursos entre los sectores. Francis Quesnay, Tableau economique, 1758.

jueves, 12 de enero de 2012

ONCE FALSEDADES DEL NEOLIBERALISMO


Por Carlos Valdés Martín

Hasta el peor error cuando es repetido sin descanso se parece a la verdad y la fantasía cuando es reiterada sin tregua parece un hecho. Además un error ordinario repetido como si fuera verdad resulta más perjudicial que una mentira intencional. Eso sucede con el neoliberalismo que, por coincidir con los intereses económicos dominantes, recibe publicidad como si fuera un arcoiris de ideas triunfadoras, sin embargo, son teorías incorrectas. Los hechos muestran que son visiones incorrectas, pero sus temas son repetidos sin descanso hasta que se disfrazan de verdades. Por lo mismo, es tan importante desmontar las falsedades principales del neoliberalismo, pues al disipar la niebla mental se empieza a interpretar la realidad económica actual.

1) Es falso que el mercado sea el método perfecto de regulación económica. El mercado es simplemente un medio de distribución que une producción y consumo cuando estas actividades se separan entre productores privados, que se reúnen por medio de actos de compra y venta. El mercado es un modo antiguo de operación económica y mediante su funcionamiento se creó el dinero, pero no existe ninguna prueba concreta de “perfección” para esta actividad. Los economistas neoclásicos se han esforzado en demostrar que la acción del mercado se trata del modo más eficiente (posible) de asignación de recursos, donde se premia la eficiencia y se castiga a la ineficiencia; de tal modo que la naturaleza del mercado generaría el pleno empleo de recursos, asignándolos a las manos más eficientes y retirándolas de donde se desperdician. Pero el esfuerzo neoclásico por convertir una situación en una perfección resulta vano y lo quieren repetir los neoliberales.
El regreso de las crisis económicas indica que periódicamente los recursos no están asignados óptimamente, pues de un lado pueden estar ociosos los trabajadores y del otro los capitales, sin que esta falta de empleo la resuelva esa distribución mediante el mercado. Es decir, durante la crisis el mercado no asigna bien los recursos y no garantiza su empleo.
Los defensores de la perfección del mercado también afirman que genera equilibrio entre producción y consumo, llegando a afirmar que los productores crean a sus consumidores. Esta falacia también la desbarata la crisis. Sin embargo, sí acontece un equilibrio mercantil imperfecto, porque todo lo que se produce sin venderse se frustra y sale del mercado, y toda la necesidad que no se convierte en demanda efectiva se convierte en una cruz privada de su dueño, quien no se convierte en comprador. Y esto último nos recuerda una de las imperfecciones esenciales del mercado: cada necesidad (privada o social, pequeña o grande, urgente o irrelevante) que no se convierte en demanda efectiva y dotada de dinero está destinada a sufrir una “muerte silenciosa”. Esto es grave pues la necesidad de comer o sanar (y cualquier otra básica) no la resuelve en automático el mercado, y entonces debe intervenir el poder social (como Estado o grupos diversos), pero el neoliberalismo impide esa acción de corrección.
Debido a lo anterior el mercado tampoco regula la totalidad del proceso económico, dejando de lado (o abarcando de modo muy limitado): la reproducción de los trabajadores, la creación y regulación del dinero, la seguridad (física o legal), y una parte económica implicada en la legislación y la justicia .

2) Falso que la libre empresa sea tierra de oportunidades económicas para todos. Cuando domina una (falsa) apariencia de la igualdad se expande una desigualdad real. La situación idónea del mercado es cuando los oferentes y demandantes actúan por separado (sin coordinación, atomizados), de tal modo que ninguno (por su lado) influya decisivamente en las definiciones económicas claves, como establecer el nivel de precios. Sin embargo, en la situación real y ordinaria ya existen grandes empresas, incluso con poder monopólico (o casi) por todo el planeta, de tal modo que la competencia mercantil raramente ocurre entre iguales.
Por lo anterior, las oportunidades de competencia entre empresas están muy limitadas, los casos en contrario son tan notables, que causan una noticia glamorosa, donde se alaba el genio individual de los empresarios que se convierten en millonarios casi a partir de la nada, como lo ocurrido con Bill Gates y su Microsoft.
Lo verdaderamente restringido es esa oportunidad para la gente común, pues los simples trabajadores no escapan de un mundo pequeño y rutinario. Ellos como grupo no escapan de su condición. La oportunidad individual, aunque ideológicamente sea exaltada, es tan rara, que se comenta como un evento de celebridades. El ideal es contar con un horizonte de oportunidades al alcance de la mano para las mayorías; la realidad ha marcado una escasa movilidad de ascenso y una enorme carga de frustraciones por un abismo entre el grupo privilegiado y las masas olvidadas.

3) Falso que el Estado siempre es económicamente ineficiente. Esta tesis típicamente neoliberal tiene dos matices de falsedad y dos fondos de obviedad. Si la empresa estatal se mide con las reglas (costo-beneficio) de la empresa privada entonces debe de ser siempre ineficiente, porque la medida de su lucro está frenada en una “camisa de fuerza estatal”. Por ejemplo, cuando se evalúa la medicina pública con el patrón de la utilidad reportada por paciente, esa medida desvirtúa la misma finalidad de la medicina pública. Es decir, un hospital privado debe usar mejor sus recursos económicos, gastando menos y ganando más por cada paciente atendido que un hospital público, pero eso no significa que con la existencia de solamente hospitales privados se atenderá a más pacientes y de mejor manera, porque la medicina privada es elitista y dejará de atender a la mayoría de los enfermos. El costo-beneficio será mejor para el hospital privado, y, más aún, el hospital público nunca debería reportar ganancias, sino obtener un resultado de más pacientes curados. Este ejemplo nos debe dejar muy claro que el objetivo de una intervención del Estado en la economía jamás busca la mejor relación costo-beneficio, sino un objetivo que sea importante para la sociedad; en este ejemplo, lograr una mayor cobertura de salud, donde el ideal es brindar salud a toda la población.
El fondo de obviedad es que muchas empresas e instituciones estatales no tienen eficiencia comercial, porque los fines del Estado se valoran bajo los resultados (definidos por leyes y políticas) que buscan y no con el funcionamiento comercial. Un banco para financiar a los campesinos pobres deberá obtener utilidades nulas (próxima a cero); aunque formalmente esa empresa estatal tenga una contabilidad financiera de sus operaciones. Históricamente, la épocas de mayor crecimiento de la economía capitalista han sido de mucha intervención estatal en la economía.
La otra obviedad son los dispendios y los fraudes de las empresas del Estado, generando situaciones tan notables y criticables. El remedio obvio es la fiscalización (pública y privada) y la transparencia de esas empresas estatales, pero los neoliberales han propuesto dar el salto hacia la privatización ¿No ha sido eso un paso hacía el abismo?

4) Es falso que la mejor solución para corregir el mal funcionamiento de las empresas estatales es privatizarlas. El primer problema a examinar es la finalidad de la empresa pública y el segundo es su origen. La finalidad de la empresa pública es la generación de un bien común, generando un resultado para el conjunto de la comunidad política, su finalidad no es "hacer negocios" o "ganar dinero". La intervención del Estado en medicina por medio del sistema de seguridad pública no es porque la medicina sea negocio (que también lo es), sino porque existe una importante necesidad social (imposible de atenderse mediante el mercado) que ha presionado para su atención estatal; de tal modo que se construyó un enorme conjunto de instituciones de medicina pública. Pero la medicina también es negocio y bajo esa óptica existen inversionistas que desean convertir ese servicio público en un negocio médico privado. Además lo dicho encierra un problema grave, porque las carencias públicas que dieron origen a empresas estatales resultarían desatendidas y desvirtuadas por el capital privado que tiene sus fines: se debe regir primero por la ganancia.
Se puede objetar que la falla estatal a que se refieren los neoliberales no es la falta de rentabilidad, sino a una ineficiencia técnica en el servicio prestado al consumidor, que siendo consumidor-comprador puede castigar la ineficiencia de la empresa privada por medio de cesar de comprar. El argumento mencionado se ha demostrado falso por la existencia de monopolios de áreas definidas, lo cual se comprueba perfectamente con el caso de Teléfonos de México, que luego de la privatización siguió siendo la empresa con mayor número de quejas ante la Procuraduría para la Defensa del Consumidor, y que su costo en el servicio siguió subiendo hasta el (muy lento) surgimiento de competidores. Los resultados modernizadores de la telefonía (fija y tradicional) en manos privadas no son espectaculares, sino que resultó más o menos lo mismo que con el monopolio telefónico en manos del Estado.
El segundo problema está en el origen de las empresas estatales, pues deberíamos de ser concientes que se han pagado íntegramente con los recursos de toda la nación. Si la empresa está en malas condiciones económicas eso no autoriza su venta, porque simplemente se trata de una mala gestión de su administrador temporal, que fue el gobernante en turno, pero que sobre esa mala gestión está la soberanía última del pueblo. Si el gobernante decide rematar las empresas estatales, el capital privado las adquiere bajo un supuesto endeble, porque el gobierno detenta temporalmente la decisión (nunca la soberanía), y un siguiente gobierno mandatado por el pueblo puede retomar las empresas privatizadas. El dinero del pueblo creó tales empresas, y especialmente, si son empresas con pérdidas económicas, entonces han sido subsidiadas por impuestos. La privatización está entregando las empresas a las manos de quienes no las crearon ni mantuvieron, por lo mismo se podría reclamar posteriormente la “des-privatización” de las empresas. Porque esa privatización no nace de un derecho, sino de un privilegio, pues su compra-venta no es una operación comercial normal, sino pacto anormal entre un detentador temporal y un agente privado.

5) Falso que mediante la elevación de la productividad de las empresas se elevará directamente el nivel de ingresos de los trabajadores. Esta es una de las falsedades más dolorosas del discurso neoliberal. Está documentado con hechos y probado estadísticamente que creció la productividad en el mundo, sin embargo, el salario aumentó en pocos países y en muchos bajó. Esta es una verdad dolorosa que no alcanzan a entender los creyentes del libre mercado, aunque la estén viviendo a diario, incluso en sus propios bolsillos.
La idea de las ofertas de acuerdos de productividad de las empresas se basa en que los patrones pueden premiar a los trabajadores si éstos cooperan aumentando su eficiencia. Esto podría suceder, porque si el pastel crece, el empresario puede repartir tajadas más grandes a los trabajadores.
Por desgracia una ciega ley económica opera en sentido contrario. El acelerado crecimiento de la productividad también se convierte en desempleo, y hablamos de un desempleo masivo (acelerado por las erróneas políticas económicas neoliberales) y permanente (hasta en las naciones más poderosas). Y ese desempleo es la fuerza que reduce el nivel de salarios.
Esto representa una falla estructural del mercado que debe ser paliada por la intervención concertada de los actores sociales (empresas, trabajadores, desempleados, sindicatos, sociedad civil, gobierno), pues la acción automática del mercado, puede (tristemente) trasladar las grandes empresas (en parte o todo) hacia zonas de salarios bajas. A eso se le debería llamar desplazamiento a “inframundos” maquiladores y debe ser evitado con políticas públicas y concertaciones internacionales .

6) Falso que la regulación económica del Estado únicamente entorpece el funcionamiento de la economía por lo que la única solución es desregular todo. Quien parte de la idea ingenua y falsa de que el mercado reparte eficientemente los recursos económicos en la sociedad puede imaginar que toda acción reguladora del Estado es perniciosa. Para el neoliberal lo mejor que hace el Estado es permitir que los agentes económicos privados actúen conforme a su racionalidad privada.
Ciertamente, una parte de la intervención estatal por medio de reglamentos y leyes contiene irracionalidad, abuso burocrático y control absurdo. Pero a los cantores de la desregulación les interesa específicamente el cumplimiento de sus demandas, que permiten ventajas a grupos específicos (grandes bancos, empresas proveedoras de servicios estatales y compradoras de empresas privatizadas) y actuaciones irresponsables del capitalismo. Plantean desregular el mercado de trabajo, tirando a los sindicatos como trastos viejos, retirando los reglamentos que impiden hacer y deshacer con el trabajador, limitan los despidos o la reducción de los salarios, impiden el trabajo de los niños y obligan a pagar vacaciones. Con lo anterior, la desregulación plena no genera un paraíso económico, sino un campo de batalla donde las grandes empresas son ganadoras, mientras los trabajadores y las pequeñas empresas son los perdedores.
La opción es una buena regulación y que sea delgada (en menor cantidad), de tal manera que sea aliada de los derechos de particulares y facilite la actividad económica. Regulación de calidad y en poca cantidad, pero no anulada.

7) Falso que el único causante de la inflación sea el financiamiento con déficit público. El caballo de Troya del neoliberalismo ha sido la lucha en contra de la inflación, ofreciendo así un objetivo noble, con el cual coinciden las diferentes teorías económicas. Aunque cualquier economista estará de acuerdo con evitar la inflación, éste es un objetivo bastante neutral, porque se refiere al dinero circulante y al nivel de precios, que son los indicadores técnicos de una economía.
El neoliberalismo ha reducido la complejidad de las causas de la inflación a una única condición: emisión excesiva de dinero causada por el déficit público. Es verdad que la hiper-inflación exclusivamente proviene de la acción desmedida del Estado, ante la cual la teoría económica debe mantenerse en guardia. Sin embargo, la acción del Estado no es el único factor en la inflación, pues los algunos desequilibrios espontáneos de los mercados y el funcionamiento “normal” del sector financiero también generan inflación . El neoliberalismo señala una causa real de la inflación, pero de esta premisa saca una conclusión falsa, que es la exigencia del presupuesto del Estado sin ningún déficit, al que llaman “equilibrado”. El keynesianismo descubrió que un déficit público controlado reactiva la economía y permite salir de una crisis.

8) Falso que la inversión extrajera sólo favorece el desarrollo del país porque trae recursos financieros y tecnológicos. En primer lugar, la inversión privada trae a los países, precisamente, la inversión de capitales, pero la intención es conocida: ganar más que en otras latitudes. El objetivo no es que se generen beneficios en los países que reciben las inversiones, sino hacer mejores negocios.
A pesar de las intenciones, los neoliberales creen que existe un resultado neto de beneficios (incluso sin pagar), porque, sea como sea, llegan al país recursos frescos. Por el lado financiero, se integran con el circuito económico, y en primera instancia tenemos una demanda adicional, que contribuye a un efecto multiplicador de la economía. Al mismo tiempo, las nuevas inversiones y tecnologías desplazan empresas y actividades establecidas, la cuales se deterioran o desaparecen. Se suma en un lado y en el otro se resta, pero el efecto neto y la consecuencia global es la unión de efectos contradictorios, un balance realista es la unión de todos los efectos. Ya han pasado dos siglos de capitalismo, y el resultado para las regiones “en desarrollo” ni siquiera es mediocre.
La transferencia de tecnología por inversión extranjera encierra inconvenientes, porque existe un diseño donde las empresas sistemáticamente importan mercancías con alto componente de investigación tecnológica, mientras que el desarrollo tecnológico local se corta desde su raíz. Esto es un sistema y no una casualidad, la inversión extranjera más moderna requiere de importar su base tecnológica, el país huésped no recibe un aliento tecnológico importante, si lo recibe es de manera marginal o hasta casual. Esto crea una dependencia tecnológica de empresas subsidiarias que obligan a que el país receptor de inversiones se mantenga como comprador de tecnología extrajera, lo cual dificulta la modernización de un país atrasado.
Por el lado de los recursos financieros los efectos resultan peores, porque una inversión sensata es siempre la que obtiene mayores ingresos líquidos para el inversionista. Si el inversionista radica en el extranjero, esto debe cobrarse en divisas internacionales. Por si fuera poco, además muchas empresas extrajeras se convierten en importadoras “compulsivas” o excesivas que colocan su producto final en un mercado interno, y así contribuyen al desequilibrio en la balanza comercial. Cuando inicialmente se creyó que la inversión extranjera era una solución a la balanza de pagos, debido a las aportaciones de capitales extranjeros, también puede convertirse en una cadena del déficit permanente, que luego presiona para desplomar el tipo de cambio.

9) Falso que el desempleo del país se soluciona con un incremento en las inversiones y, en especial, de las extranjeras. Cuando se proponen las grandes inversiones (en especial las extrajeras) como una panacea para los problemas económicos, se genera un pensamiento parcial, que mira las situaciones estáticamente, sin considerar los efectos globales. Por ejemplo, cuando se instala una gran empresa genera una cantidad interesante de empleos directos y hasta indirectos; sin embargo, su actividad puede arruinar competidores nacionales y destruir directa e indirectamente empleos. Entonces queda abierta la pregunta de la cantidad de empleos directos e indirectos que destruirá esta nueva empresa, y así como el caso, también debemos considerar el concierto de las empresas trasnacionales.
Por un lado, las inversiones generan empleo y, por el otro, desempleo. Queda la tarea de hacer un balance, pero el pensamiento neoliberal evita el balance objetivo y sólo canta los beneficios del gran capital.
Sin entrar a detalles, es evidente que el efecto multiplicador de capitales extranjeros en un país receptor siempre será menor a la implantación de empresas naciones con cadenas de compras integradas. En ese sentido, la promoción indiscriminada de la inversión extranjera resulta ser una promoción ingenua del desempleo.

10) Falso que el libre comercio internacional es por completo benéfico y la única salida al atraso económico. La adoración por el comercio internacional es otra cara de las ideas ingenuas y equivocadas sobre la perfección del mercado. El neoliberalismo cree que la única salida para los problemas económicos es arrasar las aduanas y entonces cancelar definitivamente el antiguo derecho a defender el mercado interno. Se basa en la hipótesis que con puertas abiertas al comercio mundial la eficiencia será premiada, de tal modo que las regiones atrasadas poco a poco se irán especializando de acuerdo a sus condiciones naturales, hasta volverse eficientes.
El neoliberalismo ignora las pruebas de la historia, por la cual está escrito de manera contundente, que las grandes potencias económicas se han levantado sobre los hombros del proteccionismo, y que después de fortalecer sus capitales y burguesías a un primer plano mundial han pasado a promover el librecambismo para sus vecinos. Inglaterra levantó su poderío sobre un proteccionismo industrial bastante extremista, hasta que se convirtió en el principal taller de mundo empezó a difundir teorías partidarias del levantamiento de los aranceles. Desde su Independencia los Estados Unidos se mantuvo proteccionista, especialmente frente a sus competidores europeos, y hasta dos siglos después modifica sus lineamientos, pero solamente con quienes considera que aventaja, porque frente a Japón y Europa mantiene diversos y variados aranceles.
El crecimiento del comercio internacional no narra la feliz historia de que todos están cada vez mejor, en el mejor de los mundos posibles como sermoneaba el personaje Pangloss, filósofo del optimismo pueril hasta cuando lo torturaban en el “potro” . Otra vez la historia ha demostrado que depender del mercado mundial es ingenuo y, a final de cuentas, hasta peligroso. En el pasado muchas naciones o regiones le apostaron todo al mercado mundial y perdieron. Por ejemplo, durante los siglos XIX y XX extensas regiones se especializaron en proveer al mercado mundial mediante plantaciones de azúcar, café o cacao. La apuesta de las economías de plantaciones ha sido un “neoliberalismo primitivo”, devoto de los precios internacionales. Como resultado de la dependencia hacia el mercado mundial (en el enfoque paleo-neo-liberal si se permite la ironía) las naciones de África y Latinoamérica se hundieron en la miseria y el atraso. Desde el final del siglo XX, Latinoamérica ha sufrido sus “décadas perdidas”, es decir, largos periodos sin crecimiento ni reparto de riqueza, durante los periodos en que se ha aplicado las recetas neoliberales. Ahora, las crisis financieras mundiales del siglo XXI afectando a la metrópoli norteamericana y la zona del euro, vuelven a demostrar los riesgos del mercado capitalista des-regulado y sin “paracaídas” ante sus desequilibrios “naturales”.

11) Falso que el neoliberalismo responde a los retos de la modernidad mejor que otros modelos. El neoliberalismo no responde a los retos de la modernidad, para empezar, porque su base es una noción elemental creada en la alborada del sistema capitalista. El fundador de la economía política, Adam Smith creía en la superioridad del mercado por una sana convicción, porque era un descubrimiento y una alternativa contra siglos anteriores de un sistema dominado por reyes, reinos, caballería, castillos y oscurantismo.
La modernidad significa la constante alteración de las condiciones técnicas que sustentan la vida humana. El neoliberalismo se congratula del avance científico técnico, pero él mismo emplea una ideología sustentada sobre bases antiguas, con cimientos sometidos a la ley de la obsolescencia.
El neoliberalismo acepta (deja pasar) fuerzas desencadenadas de la época, que están llevando la pauta de la innovación técnica. Sin embargo, él mismo encarna una ideología anticuada, cuyos orígenes ya resultan casi legendarios. En efecto, los individuos y las empresas generan innovaciones sin pedir permiso y modifican al sistema. El capitalismo maduro se hincha en la “sociedad de consumo”, pero anuncia el advenimiento de una “sociedad del conocimiento” , incomprensible en términos de puro mercado, pues lo que está cambiando es la condición humana y sus medios.
Pero el reto para una teoría económica no es “dejar pasar” a la nueva modernidad, sino comprenderla y expresarla. Y comprender es también aceptar que la economía empieza y termina en los grandes problemas humanos y sociales que encontramos, hoy día, sin redención. En ese terreno, vemos que el neoliberalismo padece una severa miopía, y además su posición intransigente anuncia su caducidad. Ante el estallido de crisis escandalosas desde 2008, han demostrado en lo hechos, las falsas teorías de la perfección de los mercados. La crisis y su complejidad, nos invita a superar esa ideología neoliberal como arcaica, y entrar en una teoría económica más compleja y realista, capaz de lidiar con las contradicciones de las personas en un mundo cambiante.


Post Data y síntesis conceptual
La esencia del problema es que el neoliberalismo más crudo dejó de ser una teoría económica que entiende el mercado, para convertirse en una “religión de mercado”. Resulta curioso que con ello resulte una polaridad, entre una “religión del Estado” (versión monárquica, tiránica o hasta comunista), y su contrario con una religión del mercado con el neoliberalismo burdo. Los extremos del pensamiento se convierten en absurdos, así pretender que todo se cure con mercado o, al contrario, con exclusiva con el Estados. Lo que sabe la ciencia médica, que la dosis lo es todo, lo pretende ignorar la tesis socio-económico-política. Ni todo lo remedia el mercado ni todo lo alcanza el Estado, incluso los regímenes mediocres utilizan mezclas de ambos principios contradictorios. Intentar desaparecer al mercado o al Estado son fantasías pueriles.

NOTAS:
1 De ordinario, la reflexión deja de lado el aspecto legal y de “justicia” de la actividad económica, pero cada contrato económico no se limita a una “espontánea” voluntad de partes, pues contiene una trama legal. Lo mismo sucede, con la controversia de justicia y la exigencia de un poder que arregle los desacuerdos entre partes.
2 En ese sentido, apuntan las denuncias de la OIT y de sindicatos en países desarrollados sobre el desplazamiento de las plantas hacia zonas de explotación salvaje de mano de obra.
3 Cf. Galbraith, John Kenneth, El dinero.
4 Anécdota satírica en la novela Cándido de Voltaire.
5 El término de “sociedad de conocimiento” se ha popularizado en los medios para expresar el complejo cambio que trae aparejado la presente oleada de revoluciones tecno-científicas y su aplicación en la vida cotidiana. La “sociedad del conocimiento” representa la profundización de la “tercera ola” del siglo XXI. Cf. TOFFLER, Alvin y Heidi, El cambio del poder.