Por Carlos Valdés Martín
Este cuento forma parte del libro Las fuerzas extrañas
publicado en 1906, el cual no tuvo una buena acogida entre el público, aunque
con el tiempo adquirió notoriedad como precursor del género de literatura
fantástica. Su autor, el argentino Leopoldo Lugones fue versátil y prolífico,
incursionando en la poesía, el ensayo y el cuento con variados géneros. En el tema
fantástico y por curiosidad biográfica este cuento resulta imprescindible, pues
expresa su mayor capacidad para generar escenarios memorables y descubre cómo
la idea suicida ya estaba firmemente asentada en la mente del autor. La
inexplicable motivación para el suicidio de Leopoldo Lugones
dibuja una calca de lo que señala al final de este cuento. Su capacidad para
elaborar propuestas fantásticas influyó en Borges, quien lo consideró un
maestro en varios sentidos
y lo ha dejado asentado con firmeza como uno de los pioneros más brillantes de la
literatura fantástica.
Argumento
El protagonista es un hombre maduro y rico que vive ocioso en una gran casona,
rodeado de lujos y con esclavos que lo atienden. El ambiente evoca a la leyenda
de Sodoma y Gomorra, en el subtítulo se señala “Evocación de un descarnado de
Gomorra” además de la señalización hacia poblaciones vecinas.
Esa población está entre un lago y el desierto, donde se comunica con un
próspero comercio en el puerto y caminos aledaños. El ambiente es de ebullición
y diversión, con un ambiente de costumbres libertinas; sin embargo, el
protagonista se dice cansado de las orgías y que está apartado de cualquier contacto
carnal, por lo que únicamente se entretiene en comer y en lecturas.
El protagonista presume se bienestar y riquezas, en especial, que disfruta
de abundante comida y ociosidad, cuando comienza un detalle inquietante de ocasionales
granizos de cobre que caen desde un cielo claro. El comienzo no parece haber
peligro pues esos metales ardientes caen muy esporádicamente. Aunque él está
intranquilo el fresco toldo bajo el cual va a disfrutar de su comida le representa
la sensación de seguridad.
Sin embargo, un granizo de cobre golpea la espalda del esclavo que le servía y
lo lastima. A partir de ese momento percibe el peligro y otros detalles le
atemorizan, como el espanto de sus pájaros.
Desde ese momento el protagonista piensa en huir, pero el apego a sus
posesiones y la dificultad imaginada lo retienen. En esa jornada los daños en
la ciudad no son excesivos y al día siguiente hay toques de campañas de alegría
y la población se vuelca a festejar que ha terminado ilesos. En la descripción
de la fiesta popular se evidencia la lujuria imperante en las costumbres, apuntando
sobre distintas prácticas sexuales, aunque el autor únicamente describe sin
proferir ninguna censura moral. En ese ambiente relajado, el protagonista invita
a dos amigos a comer y luego realiza un paseo por la alegre población.
Esa misma noche, el protagonista despierta sobresaltado pues la verdadera
tormenta de fuego se ha desatado sobre el lugar. Su servidumbre y caballos han
huido, para asomarse se protege con una tina en la espalda, comprendiendo que
ya le resulta imposible escapar. Al saberse perdido, recupera el aplomo y
revisa la condición de su hogar, que está bien diseñado para no sucumbir al
incendio, cuenta con abundantes provisiones y hasta con un pomo de vino
envenenado, el cual le da una sensación de control ante la fatalidad.
Sube a su terraza para observar el espectáculo de la tragedia a su alrededor:
con fuegos variados y árboles espantosamente quemados; lamentos lejanos de perros,
de gente huyendo y explosiones esporádicas; olor a carne quemada y humos
densos; y “trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa”.
Erizado por el terrible espectáculo, el protagonista se refugia en la oscuridad
de su sótano, sin embargo, le invade un sentimiento infantil que lo hace llorar
de miedo y sin rubor.
Cuando se derrumba un techo se dedica a reforzar algunos puntos; luego
descansa, duerme; se sobresalta; bebe y se esconde en el sótano como el sitio
más seguro de su casa. Pasa un tiempo y las lámparas se agotan, por lo que esa
oscuridad lo empuja a salir. La ciudad está por completo destruida, que le
parece “mucho a un escorial volcánico”. Entre la destrucción se levanta otro
sobreviviente, que ha agotado sus provisiones y, de paso, señala que apuñaló a
un propietario. El protagonista le ofrece su bodega que aún guarda provisiones.
En eso los interrumpe
una polvareda que se acerca. La esperanza de ayuda desde alguna ciudad próxima
se desvanece al mirar que son leones acercándose en manada, pero ya no son las
fieras normales, sino la cúspide del espectáculo dantesco. Los leones están furiosos
de sed y enloquecidos de cataclismo, en condiciones terribles “Pelados como
gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares (…) las
garras pustulosas, chorreando sangre”. Rondan los surtidores secos de la ciudad
destruida y agotados por la desesperación, lanzas un rugido lastimero que al protagonista
le parece lo más horrible que ha experimentado: “cómo interpretaban en su dolor
irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed…”
Regresa la lluvia
de fuego y el protagonista se refugia solitario en su sótano, donde toma un
baño fúnebre antes de apurar su pomo de veneno.
El cuarto elemento
Para los alquimistas el fuego representaba el cuarto elemento (a veces el
primero) de los cuatro grecolatinos,
por tratarse del más liviano, el que se eleva en ascenso incontrolable y fuente
de la purificación final. Anotemos que Lugones fue un gran esotérico, interesado
por la física y los misterios metafísicos, más allá de lo evidente; en
especial, sus cuentos desatan esa vena metafísica. En esta narración el fuego
funciona como un protagonista trágico que con desconcertante fuerza ataca desde
el cielo a una ciudad y sus alrededores, devastando la comarca entera.
El elemento fuego, por su naturaleza, opera elevándose en el sentido de la
flama, por lo que el relato funciona mediante una anomalía. La manera de
resolver que el fuego baje es mediante los granizos de cobre, descendiendo del
firmamento sin evidencia de una trayectoria ni de una fuente material remota
como un volcán. La flama se materializa misteriosamente cual el maná descendía
de los cielos y ataca con indiferencia.
Ese fuego celeste ataca de modo múltiple: daña la piel al caer (una quemadura
dolorosa por pequeña que sea), provoca incendios y una terrible sed, en el extremo
de que la trastorna y contamina al agua. Hay una desertificación del sitio,
aunque dos fuentes de agua quedan como bastiones que dan alguna defensa, como
el lago que refresca el aire y la cisterna oculta en el sótano del
protagonista.
El residuo de este fuego son gotas de cobre en el suelo, que siendo pocas,
parecen hasta un regalo para llevarse a los calderos, pero al acumularse
trastornan la tierra y el paisaje, provocando la ruina generalizada. Aquí
sucede un salto cualitativo como con las avalanchas de nieve: lo poco da curiosidad,
lo mucho abruma y destruye.
La regla esotérica indica que “el fuego purifica”, sin embargo, este caso
no alcanza a vislumbrarse tan purificación ni renacimiento, cuando el relato termina
en la destrucción.
La causa y la leyenda bíblica
La causa de ese ataque del cuarto elemento no se hace explícita, pero los antecedentes
de las leyendas bíblicas deberían ser suficientes para orientar al lector
contemporáneo. Aunque el texto no asume las justificaciones religiosas, sí
supone ese antecedente. La narración bíblica relata que Dios condenó a Sodoma y
Gomorra, junto con algunas otras poblaciones vecinas, debido a su extrema
impiedad y desenfreno; cuando Abraham intervino solicitando clemencia. A manera
de prueba Dios envió a dos ángeles disfrazados para visitar al pariente Lot,
quien era un piadoso. En Sodoma, los habitantes intentaron abusar de los
visitantes celestiales, sin lograrlo, con lo cual sellaron su condena. A Lot y
su familia se les permitió retirarse antes de que una lluvia de azufre y fuego
destruyera esa urbe. En este relato el azufre bíblico se sustituye con el cobre
ardiente en forma de granizo, que en sucesivas jornadas destroza el sitio.
Ahora bien, de manera literal en el cuento Lluvia de fuego jamás
aparecen Jehová, Lot, los ángeles visitantes ni cualquier argumento sobre el
pecado religioso; lo que sí destaca es el ambiente que sugiere ese relato
bíblico: la ciudad antigua y un aire de desenfreno sodomita. Para la posteridad
los excesos y vicios de ese relato pasarían como diversidades, en cuanto los
niveles de transgresiones del deseo varían sus estándares. Por ejemplo, el
protagonista confiesa con naturalidad haber cometido orgías, aunque se ha
cansado por lo que abandonó cualquier comercio sexual. Lo más significativo en
el terreno de transgresiones se anuncia el día de fiesta posterior a la primera
lluvia cuando se describe prostitución, homoerotismo y zoofilia. La presencia
de un asesinato resulta atenuada, cuando es cometida por el segundo
sobreviviente, conforme cabe atribuirlo a la desesperación y el hambre.
El protagonista
Del protagonista no hay
un nombre, aunque señala su soltería, riqueza y lo entrado en cincuenta años, que
desde hace una década no participa en ninguna orgía. Posee una mansión donde se
entretiene con pájaros, peces y su jardín, además de una mesa generosa para la
cual presume de experto. Su capacidad culinaria le hace merecedor a un busto
municipal.
La salud está algo
deteriorada, señalado por la miopía y ocasionales ataques de gota. Le gusta
compartir la mesa con pocos amigos y dedicarse a su propiedad, por lo que se
siente ajeno a la ciudad, que para él es como un desierto. Su mansión y gustos
son facilitados por un grupo de esclavos domésticos, a quienes parece tratar de
manera considerada.
De ánimo tranquilo,
aunque sujeto a temores sobre lo que sobreviene, en lo cual él es más sensible
que sus conciudadanos. En la narrativa oscila entre percepciones de insensibilidad
ante la tragedia y su desastre, así como arrebatos de emoción extrema.
Además, el protagonista es un hombre que está retirado del vicio y no merece
alguna calificación por actitudes demasiado impías. En ese sentido, para el
protagonista no existe un sentido de castigo eficiente, sino una catástrofe sin
auténtica culpa, más allá de que no decide huir cuando pudiera. Entonces para
un observador casi neutral, la apocalipsis de su urbe semeja a un
acontecimiento natural, sin reclamo hacia la divinidad.
Ante el entorno adverso se abate, aunque aprovecha las condiciones de su
mansión para sobrevivir. Registra con sensibilidad los detalles del ambiente y
se mantiene alerta en cada giro de la tragedia. Con lo inevitable de su final él
siente satisfacción de controlar su destino al reservarse una botella de
veneno. Que lleva a sus labios, aunque quedan unos puntos suspensivos dando
oportunidad a que el acto no finalice.
Personajes secundarios
El papel de los personajes complementarios resulta bastante discreto, con
excepción de la manada de leones. Cabría agruparlos bajo criterios sencillos de
la siguiente manera. Personajes complementarios ligados con el protagonista:
sus esclavos y dos amigos que lo visitan. Personajes festivos y exóticos de la
ciudad los cuales son como luces artificiales para mostrar el libertinaje del
sitio, lo cuales poseen cierta fuerza descriptiva y representan el ambiente de
la población. El último sobreviviente con el cual se encuentra brevemente, le
comparte con indiferencia que ha asesinado a una persona, en respuesta a las
confidencias el protagonista le invita a comer en su bodega.
La manada de leones adquiere un papel destacado, como el rasgo
inusual y de empuje extremo en mitad de la tragedia; donde irónicamente la
manada funciona como un personaje. La irrupción de la manada simboliza la
ruptura de los órdenes naturales en una conflagración confusa y desgarradora.
Esa presencia le da más realismo a la fantasía y más fantasía al realismo en
una pasmosa convergencia. La descripción es adolorida y lastimosa, así como plena
de detalles precisos que intensifican el dramatismo del final. Ese grupo de
leones integran un conglomerado de mártires, donde juntan los destrozos con una
especie de inocencia, como si las bestias mantuvieran el signo del candor
cuando sus miradas imploran. Ellos son la vitalidad desesperada por sobrevivir,
que está condenada a perecer, por lo que la violencia natural salta hasta lo
sobrecogedor; y esa condición se condensa en el peculiar rugido-lamento de los
felinos derrotados por el fuego, la sed y el abandono. Entonces para los leones
“su horror era ciego, es decir, más espantoso (…) esos rugidos, lo único de
grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el
horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable
la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed…”
Ahí el cuento levanta un rasgo metafísico, señalando un sesgo de eternidad aplastando
la vitalidad animal, con un signo terrible y, además, imposible de comprender.
Finalmente, con la última lluvia la desbandada de los leones apunta al paralelo
final del protagonista, que se refugia para una opción suicida.
Destrucciones y sinsentidos
La narración resulta apocalíptica y pesimista por más que se delimite a un
sitio y a una persona, porque el individuo aislado aquí representa la hipótesis
de cualquier destino universal ante la muerte.
Aunque el relato presupone una justificación de las leyendas religiosas
para la destrucción de la población, el autor con sagacidad las deja en un
segundo plano, con lo cual la catástrofe no tiene una justificación tan
palpable. Si los habitantes de esa Gomorra de ficción debían o no ser destruidos
lo deja al criterio del lector, porque incluso los protagonistas no se dan
tiempo para colocarse en ese tenor.
La destrucción se describe en un sentido paulatino, por etapas, de tal
manera que adquiere un tono dramático y una intensidad creciente. En dos etapas
pareciera surgir una esperanza que resulta vana, después del primer día, cuando
los habitantes se ilusionan con que nada sucedió, y en la última jornada,
cuando la polvareda de los leones maltrechos es confundida.
Al protagonista, es cierto, le falta fuerza en su resorte vital por lo cual
prefiere no intentar una fuga del área incendiada, lo cual se justifica por su
edad y condiciones físicas limitadas. Sin embargo, ante lo inevitable el
protagonista acaricia una salida que vale llamarla estoica, pues ante lo
inevitable de la muerte prefiere controlar el momento y modo exacto al
envenenarse. Esa idea suicida le reporta un ápice de dignidad mayor ante la
tragedia, entre tantos conciudadanos abatidos, pareciera ser el único que lo
hará por su propia mano; de tal manera, que el suicidio da un mínimo sentido al
contexto del sinsentido.
Estilo
Dentro del género fantástico, Lugones emplea una prosa muy refinada con una
amplio vocabulario y variados recursos estilísticos. Predominan las
descripciones breves y realistas, que apelan a todos los sentidos, con una
vigorosa composición visual y sonora. La mayor parte del cuento emplea
descripciones rápidas; aunque algunas se extienden conforme son útiles para la
intensidad del relato, como la visión de la ciudad devastada o la invasión de
los leones martirizados.
En medio de las descripciones realistas, desde el comienzo de este cuento
irrumpe el elemento fantástico de los granizos de fuego y la lluvia de fuego
mantiene un tono de veracidad. En ese sentido, el protagonista apa rece como un
narrador objetivo, que es capaz de mirar fríamente el ambiente y sus propios
terrores, por lo cual resulta creíble por más que observe prodigios. Esa veracidad
le proporciona intensidad y soltura al relato de Lluvia de fuego, con lo cual
la lectura se cumple con soltura.