Música


Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Sirena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sirena. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de noviembre de 2020

SIRENAS MUDAS, DESCUBREN

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

Esta curiosidad volvió cuando descubrí al viejo pescador que cohabitó con una y quedó su testimonio . Ya era un anciano cuando lo encontré y no abandonó por gusto a esa hija de Neptuno.

La estirpe de las Sirenas ensordecida por su propio canto, también enmudece por amor. Su canto bello y seductor, brota desde el torbellino de sus laringes donde convergen placeres del agua convertida en brisa, desplazándose rítmicamente sobre playas y acantilados, aunados a la dureza aérea de los riscos cuando éstos resisten la tormenta nocturna y convocan hasta la violencia del rayo. Ese canto de brisas se encadena y retorna arrollador mediante la alianza acuática y femenina; al sumarse, tal conjunto magnetiza y arrastra. Desde la protectora lejanía una Sirena solitaria resulta bella y hechicera, en cambio el coro de Sirenas avasalla cual torrente de río embravecido, agregando arroyuelos cautivadores hasta convertirse en catarata magnética que arrastra sin tregua. Únicamente desde la distancia se capta al coro de Sirenas, mientras su cercanía se convierte en inaudible ya que su ímpetu deja sorda la conciencia, baldado al oído y simula su opuesto: un túnel de silencio durante una tormenta. En la cercanía, paradójicamente, el orfeón de Sirenas resulta inaudible por efecto de su arrastre, el navegante conducido por ese canto permanece insensible ante cualquier ruido, mientras se empalaga y embriaga con las encantadoras hijas del mar.

Quienes afirman haber escuchado el canto de las Sirenas desde la distancia confirman que perdieron la noción del tiempo, entrando en un sueño de delicias irresistibles (luego, en completo sopor) hasta desmayar entre la oscuridad del olvido. La comparación corresponde a un ahogamiento empalagoso, arrastrado por una catarata de sonidos.

 

Por diseño natural, las Sirenas soportan una variedad de sordera singular agudizada por el contacto humano. Aunque un amigo atacó esta idea indicándome que las formidables fauces del tigre no le empujan a devorarse, sigo opinando que el sonido es expansivo, no respeta sino las fronteras del aislamiento y la distancia. Cuando el retumbo es intenso y cercano ni siquiera el mejor tapón nos liberaría del golpe sonoro; en cambio, la distancia brinda garantía contra un sonar pernicioso.

 

En la ciudad y puerto de Crotona —donde nací—, el relato de una Sirena cautivada por la gentileza de un pobre marinero cobró fama. Hasta hoy ningún anatomista ha examinado a una Sirena ni viva ni difunta; entonces para saciar mi curiosidad interrogué a marineros, encontrando relatos interesantes aunque de segunda mano y sin la fuerza de la verosimilitud, hasta que descubrí al viejo pescador, de nombre Dorian, quien permaneció en compañía de una hija de Neptuno y aislado durante décadas. Era muy anciano cuando lo encontré, porque desde joven habitó en un arrecife, alejado de las personas y sitiado por los regalos del mar. Sobre ese islote tan pequeño resultaba sorprendente la supervivencia, pues se delimitaba en pocos metros rocosos rodeados de un oleaje veleidoso: ora calmo, ora enfurecido. En el centro se elevaba un promontorio y bajo su suelo yacía una estrecha cavidad, donde manaba una provisión permanente de agua dulce. Las condiciones del clima agobiaban por lo cálidas durante el verano y rigurosas en invierno. Nosotros, abrigados en el puerto de Crotona, no comprendíamos los motivos para habitar en sitio tan inhóspito y sin acceso a cereales y frutos de tierras costeras. Al ocaso de sus años ese marinero abandonó su aislamiento para languidecer junto a su pueblo natal.

 

Platiqué con Dorian, y meses después remonté más allá de nuestra costa hasta encontrar y desembarcar sobre el islote donde habitó. Ahí comprobé los restos de su rústica morada, ya derruida por la inclemencia de los elementos, y además probé el agua dulce de la pequeña gruta al centro del promontorio. Un sitio tan pequeño que nunca antes recibió nombre, luego de confirmar sus infortunios los marineros empezamos a llamarlo también arrecife de la Sirena.

Él mismo me contó su ventura y desventura, jurando sobre la tumba de sus antepasados la rectitud de sus palabras. Relató que en su juventud una fresca madrugada se alejó para la pesca solitaria, montado en una barcaza de solo una vela como ya era su costumbre. Ese barquito conformaba su única herencia, sus padres habían fallecido unos años antes durante una epidemia y se enemistó con sus hermanos. Una doncella que antes amó, lo despreció para casarse con un agricultor próspero, quien se diría rico al compararlo con un pescador solitario.

Aquella temporada fue mísera y las redes regresaban vacías, como si los dioses castigaran a los pescadores. Durante esa madrugada se alejó lo más posible de la costa, esperando alcanzar un banco de grandes peces, con el cual había soñado. Dorian se enfiló hacia el poniente aprovechando un viento constante; avanzó más allá de lo prudente para ese barquito unipersonal, pero amaneció animado con un presentimiento intrépido. Ese amanecer tampoco le trajo pesca ninguna y al mediodía el viento se varó por entero. Resultaba ocioso remar por la enorme distancia hasta la costa, así que descansó durante el cálido día. En la noche refrescó una suave brisa, pero con dirección hacia el norte. Desesperándose por la demora, entonces intentó aprovechar ese viento contrario, pero terminó navegando en zigzag pues bajo el oleaje fluía una contracorriente marina, la cual escapaba en tangente opuesta a la dirección de la lejana costa. Imaginó para consolarse que esos movimientos zigzagueantes lo acercaban hacia los peces anhelados. En la madrugada siguiente lanzó sus redes y capturó un par de atunes de tamaño modesto.

Los dioses debían estar molestos, sin escuchar súplicas de marineros. En el día sació su hambre con pez crudo, pero cayó en cuenta que la provisión de agua dulce era escasa y la sed sería un peligro si no soplaba un viento favorable el próximo día. El día siguiente no tuvo fortuna con los peces ni con el viento. Con el último trago de agua dulce agotado, miraba con desesperación las nubes implorando por lluvia para refrescar la garganta.

Sin mejores opciones tomaba el viento desfavorable, modificando la dirección con su rústico timón, así derivó en vaivenes rumbo del norte hacia una región desconocida para él. La dirección fue confirmada por las estrellas, cuando esa noche a lo lejos divisó una tormenta furiosa, cuajada de terroríficos relámpagos, con sus enormes luces castigando la superficie marina y un eco de voz grave. Los rayos asecharon su bote, mientras grandes olas lo obligaban a remar para enderezar la proa y mantener el precario equilibrio. El combate nocturno por sostener la verticalidad de su bote lo fatigó y casi quiebra su voluntad. Ya muy agotado, al clarear la madrugada Dorian vislumbró el islote entre la bruma. La música es mercancía de lujo vedada para los pobres de la costa y le sorprendió un sonido entre melodía dulce y llanto con una mezcla desconocida para sus oídos rudos. El canto era tenue, casi un susurro, y la sensación de un llanto sustituía a la melodía de fondo. La mente del marinero se turbó y entró en un espacio de nieblas interiores y dejó de percibir el contorno claro de la cosas. Olvidó el cansancio arrastrado por la ansiedad de alcanzar ese tenue canto, ignorando los consejos populares sobre la voz mortal de las Sirenas.

Cuando despertó de su ensueño ya estaba entre las rocas y arrodillado junto a una Sirena trigueña, la cual yacía desmayada, con marcas de golpes recientes sobre un cuerpo con mitad de fino mármol rosa y mitad escamas de iris. El rostro plácido y armonioso lo describió según las delicadezas de las hijas de Diana; más virginal que el amanecer y tan resplandeciente como la Luna. Sorprendido ante la belleza e indefensión de la criatura quiso ayudarla pues notó que su corazón latía con debilidad. Imaginó que la furia de la tormenta nocturna la arrojó, golpeándola contra las rocas de la isla. El elemento tierra daña a las Sirenas, causándoles sequedad enfermiza cuando permanecen expuestas. Gracias al agua dulce de la gruta, a la cual el marinero atribuyó propiedades curativas y una magra provisión de peces cuidó a la Sirena.

Ella no temía a los humanos, por lo que aceptó los cuidados de Dorian sin oponer resistencia. Los primeros días de recuperación de la Sirena fueron extraños y hasta enloquecedores para el pescador, porque ella cantaba por ratos, como si esa fuese su voz inconsciente. En esos lapsos, el extraviado Dorian perdía la cabeza, quedaba en trance y se acercaba sonámbulo hasta ella, para abrazarla con torpeza y magullarla sin querer. Ese estado de trance también le causaba debilidad y torpeza, así el marinero nunca la lastimó seriamente. Según parece ella terminó dándose cuenta del perjuicio causado por su voz, así que progresivamente minimizó sus sonidos hasta desvanecerlos y esterilizarlos.

Tras varios atardeceres ambos ya habían tejido mutuo afecto. El marinero le habló de distintas maneras, pero únicamente el lenguaje más simple de señas resultó de utilidad, así él relató que su Sirena era sorda aunque quizá el burdo lenguaje marinero le resultaba incomprensible. 

Con el tiempo, la Sirena adormeció su canto habitual (el peligroso hipnotizador de navegantes) convirtiéndolo en un susurro menos que imperceptible, el cual también encantaba a Dorian pero ya no lo enloquecía.

Esa ubicación del promontorio le resultaba desconocida y los vientos circundantes seguían paralizados, el marinero se resignó a sobrevivir en calidad de náufrago, aunque disponía de su bote intacto. Cada mañana él se sentaba en la orilla y la Sirena —ya recuperada por entero— lo animó mediante señas para sumergirse y mejorar su nado, porque este marinero flotaba con torpeza como hacen los perritos, con la cabeza arriba del agua y agitando las extremidades por abajo. Ella, por breves ratos, salía del mar para descansar sobre la orilla y compartían peces frescos, agua dulce de gruta, mimos y caricias. Por medio de señas ella le daba votos de amor y promesas de regresar cada amanecer, porque dormía bajo las aguas profundas. Empezó como una solución provisional y terminó vocación perpetua: Sin familia ni mejores esperanzas él fue feliz durante años con la compañía susurrante de la Sirena.

 

¿Cómo ama la Sirena? En este punto el escepticismo griego y la curiosidad egea estallaron en interrogantes. Ningún relato anterior me convenció, entre quienes han contado nadie ha explicado cómo satisfacían su pasión física las hijas del mar. Este punto debía quedar claro; la embriaguez del canto serviría de anzuelo para evadir una aclaración. El argumento de que la boca sirve para todo no surgió en esta ocasión; Dorian explicó: “Ella es de agua; cuando se excita se vuelve gelatinosa y tinta ardiente que no se retira sino se pega cada vez más; entrando por los poros y los orificios del cuerpo; por momentos no deja respirar; esa argamasa de pasión trata de entrar a uno y lo logra.” Pedí más explicaciones, intrigado por la invasión ardiente de gelatinas apasionadas. “Con cada caricia sus manos tornan en gelatinas, la piel escurre; su cara pierde contornos… Es una ebullición peligrosa; a eso se refieren los relatos sobre náufragos muertos por Sirenas; no ha sido intencional, sino pasión de sustancias acuáticas que nos ahogan.” Siguió convenciéndome que si la unión ocurría sobre tierra, ella se untaría en la roca y no regresaría; si el encuentro sucedía entre aguas bravas, el riesgo era que él terminara asfixiado, al mezclarse el cuerpo diluido de la Sirena con la misma mar. Al terminar la pasión, ella volvía a solidificarse, revitalizada y alegre. En un sitio tan pequeño fue sencillo descubrir el tálamo idóneo: en el bajo pozo de agua dulce donde él no se ahogaba y ella recuperaba su sustancia al terminar la pasión. Al concluir esas preguntas, mi curiosidad quedó tranquila y siguió el relato.

En el transcurso de los años, cuando embarcación se acercaba al promontorio, él prefería ocultarse para evitar un rescate inoportuno. Su existencia transcurrió entre dietas magras, una pasión extraña y sin complicaciones. Cuando sobre el rostro de Dorian las arrugas se multiplicaron, ella todavía conservaba su lozanía radiante.

Una fatídica noche de invierno alrededor del promontorio cayó una tormenta terrible y cuajada de rayos, la más violenta que observó jamás. A lo lejos el marinero escuchó gritos terribles, aullidos anunciando heridas y muertes. Temió por su Sirena, pasó esa noche en vela y deambulando con movimientos inciertos, dando voces hacia la lejanía nocturna en espera de respuesta. El amanecer le trajo desesperación y tristeza: silencio con olor a sal de cementerios. Un día después divisó a lo lejos una procesión de Sirenas silenciosas (otra afonía, anuncio de epidemias), nadando a la distancia hacia el lado sur del islote: inconfundibles cabelleras iridiscentes, pieles rosáceas y escamas brillantes, una tras otras, ondulando una cadena sucesoria. Su mente divagó cuando creyó distinguir a todas las Musas en orden alfabético: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania. Conforme desaparecían las figuras fantasmales en el horizonte temió que desfilaban en cortejo fúnebre. Gritó sin obtener respuesta e intentó alcanzarlas usando su pequeño bote, aunque su esfuerzo fue vano, pues el viento soplaba en contra.

Esperó durante más de un largo año el regreso de su Sirena, pues ella jamás lo hubiera abandonado por voluntad. En ese entonces, ya el reflejo del agua le devolvía la imagen de un anciano y se sintió derrotado. Se convenció de que la Sirena había fallecido durante aquella terrible tormenta, juntó escasas provisiones para regresar a su pueblo y así adormecer la vejez y esperar la muerte cerca del santuario de Crotona. Una brisa persistente y con rumbo exacto lo arrastró directamente hacia el puerto en una jornada sostenida, como si la mano de Eolo se apiadara del viejo.

Cuando regresó a su pueblo natal nunca volvió a pescar, ni siquiera se acercaba demasiado a la orilla. El mínimo pago por remendar redes para los pescadores novatos le bastaba, mientras que aguardaba por el próximo invierno. Cuando le invitabas bebidas él insistía en contarte su desventura completa y una lágrima rodaba por su seca mejilla mientras olía la brisa salada.

 

Por esta narración descubro que las enamoradizas Sirenas enmudecen. La potencia de su canto espontáneo resultaba peligrosa; conforme se interesan por marineros silencian su dulce voz torrencial y eléctrica. Si Eros intensifica la epidemia de amor jamás recibiremos más noticias de Sirenas, pues un muro de silencio las ahogará; luego quedará conocerlas por relatos como este y los de Ulises, el príncipe de los marineros mentirosos.

 

 

miércoles, 9 de enero de 2008

ESA MITAD ANIMAL DEL HUMANO O EL HUMANIMAL




Por Carlos Valdés Martín

Una sonada paradoja resuena en mi mente: el ser humano es inhumano, y también el significado de esta frase es que escondemos una parte animal. La indicación de la “mitad” no refiere un sentido matemático, anuncia la irrupción de una ambigüedad. Por ejemplo, la sirena entrega una unidad diferente: más que un medio pescado pegado a una mujer. Por su parte, el biólogo y el médico se encuentran a sus anchas investigando a las personas como entidades esencialmente animales, donde la distinción entre la naturaleza de un músculo de algún mamífero y un músculo humano no es esencial sino secundaria. Las ratas de laboratorio atestiguan ese parentesco biológico entre humanos y animales, que las lleva a sufrir las infinitas pruebas de toxicidad de productos que terminarán destinados como dosis médicas dentro del cuerpo humano. Así, para la biología y la medicina este parentesco resulta fundamental. De cualquier forma, los entramados biológicos de células, armando tejidos, organizadas en pieles, huesos, tendones, etc. son propiedad común de la enorme variedad de seres que llamamos vivos, y los consideramos alentados por un principio de vida. Pero más hondo que el simple parentesco bio-médico, bajo la piel humana emerge una condición de mixtura con esa “mitad” correspondiente al animal. Y por cierto, si los denominamos animales es porque los estimamos como seres animados, poseedores del principio de vida que los anima.

La repulsión por el animal

A cierto nivel, la simple mención de la animalidad despierta repulsión, y esto parece haber iniciado desde hace milenios, en las primeras experiencias humanas. Si creemos en el evolucionismo, el proceso para salir del estado de pura animalidad ha significado una lucha interna, un combate para escalar desde la identidad con el animal hasta una capa cultural. En la raíz etimológica, recordemos que cultura se opone a natura. Y si emergemos desde la naturaleza bajo un mecanismo de evolución, la animalidad es un referente o espejo del cual intentamos desprendernos. Esto significa que, en la medida que emanamos del animal estricto, luchamos por diferenciarnos del animal, y a esto lo designamos como repulsión por evolución. Y ese puede ser un motivo de la universalidad de la vestimenta, además de su utilidad de protección material ante la intemperie. La vestimenta sirve para separarnos inmediatamente del animal, y hacernos parte de una sociedad, pues la manada convive desnuda mientras la sociedad, vestida.
La psicología freudiana nos ofrece un segundo significado de la repulsión del animal, que no es contradictoria con la explicación anterior, pero revela otro matiz. En esta explicación, la animalidad es la necesidad que se reprime, y en primer lugar, es el principio del placer que es combatido. Así, las necesidades reprimidas, en especial las sexuales toman la forma de un animal, porque las identificamos con ese estadio primario, del cual procuramos escapar. Si la civilización es sustitución de la gratificación directa por la contención y desplazamiento constante de necesidades, entonces la animalidad debe ser cazada como una bajeza. El animal, para esta psicología simboliza la pulsión sexual, las emanaciones del placer que nos han sido prohibidas, entonces a esto lo llamamos repulsión por negación libidinal. En las leyendas modernas, los vampiros se convierten en entidades eróticas y poderosas, asociadas al contacto y a la sangre, como fuentes de fascinación mítica. El vampiro natural no contiene nada de imagen sensual, pero su reconfiguración literaria y cinematográfica, siempre nos revela un lenguaje de sensualidad desbordada, que rompe los diques de la moral y de la decencia. Así, la potencia de seducción ilimitada se atribuye a un ser trans-humano, asociado a una animalidad esencial y metafísica, que rompe con los códigos morales y contenciones sexuales. Sin esa hipotética mitad animal se pierde el contenido erótico de los vampiros, precisamente vinculado al deseo, la sangre, la carnalidad y la maldad.

El miedo en la repulsión hacia el animal

El miedo destaca como el centro de los motivos particulares más importantes de la repulsión del animal. Se teme al lobo y se organiza una red de leyendas sobre su maldad y su fuerza. Bajo la luz del miedo los peligros se hacen enormes y los animales temidos se convierten en bestias gigantescas. La moda del “chupacabras” en América, legendaria bestia sin comprobación de existencia, que ferozmente devoraba ganados de granja,  fue una última demostración del temor que despiertan animales cuando son imaginados.
Los miedos se pueden interpretar como un peligro físico evidente, de una bestia salvaje que nos pudiera hacer daño, pero fácilmente encontramos más vertientes. El animal que daña internamente el cuerpo, de una manera casi metafísica era una constante los pueblos, quienes imaginaban o creían poseer pruebas de alguna relación entre animales y las manifestaciones de una enfermedad. Como la naturaleza era la fuente de enfermedades y de curas, en particular, temían que un animal generara contagios, así, creían erróneamente que los peces emitían una enfermedad, pues los afectados gravemente hinchando párpados y labios se asemejan sus rasgos a la fisonomía de los peces.
Finalmente con la ciencia, esta antigua angustia por el animal que enferma se trasmutó en  los reales y odiados gérmenes, bacterias y virus, que pueden atacar desde el espacio microscópico, por los sutiles poros de la epidermis. La ciencia sabe que tales gérmenes dañan, pero las personas temen a esos enemigos invisibles, y sienten aversiones, como si fueran sus enemigos personales, mostrando una vieja faz de enemistad con el reino animal. La aversión a las bacterias rebasa el campo de cualquier peligrosidad real como lo atestiguan los hipocondriacos.

Esa otra existencia doble

Al colocar imaginariamente un animal visible entroncado a una persona, ya tenemos una nueva entidad. Estamos fuera del entorno de lo familiar, y ya no importa tanto si lo sentimos cerca o lejos al reino animal. En esta imagen sentimos a la animalidad cerca, la percibimos íntimamente. En este puente de avance no importa si nos atrae o repele la animalidad, sino que se ha creado algo distinto a lo que creemos definido como un perro o representado como un microbio. Con el implante de dos componentes ha surgido algo nuevo. Y la mayoría de los pueblos antiguos mediante sus mitologías, se acostumbraron a estas presencias: las sirenas y los tritones en las aguas, las harpías y sílfides en los cielos, los faunos y las ninfas en los bosques, en fin, con estos seres poblaban los espacios naturales. Ellos no veían directamente a esos entes, pero en la huida del ciervo o en el paso fugaz de los delfines adquirían suficientes pruebas de que tales seres existían suficientemente para integrar sus relatos. Lo que quiero argumentar es que esas presencias de seres duales son tan universales y extensas, que no se explican por las confusiones en las lejanas apariciones de ciervos y delfines. Existen razones más profundas para que las leyendas estén tan abundantemente pobladas por seres duales, animales humanizados y humanos animalizados.

Humanimales


Ya que los trato reiteradamente como una entidad especial, conviene usar una palabra de síntesis, que en adelante la nombraré bajo el título de “humanimales[1], por la conjunción de humano y animal. En este párrafo prefiero dejar asentado y claro, que estos seres mixtos poseen una personalidad peculiar, superando enteramente a la humanización otorgada cotidianamente a los animales domésticos. Al perro, gato y caballo principalmente terminaron adoptados dentro de la familia humana, y actualmente aceptamos el sentir una fuerte proyección afectiva. A las mascotas se les trata y mira con afecto y hasta respeto como a parte de la familia. Este nivel de humanización de las mascotas se acepta hasta entre los más civilizados racionalistas, sin embargo, por muy integrados dentro del hogar, entrañables y amados, se sigue creyendo que son animales.

La definición en palabra y concepto de humanimal implica una separación, refiriéndose a la unión de ambas partes, estableciendo una distancia doble, tal como el agua no es ni oxígeno ni hidrógeno sino la nueva “cosa líquida”. Es la separación de una unión, pues reconocemos los rasgos de ambas partes, superpuestos y el resultado no encaja por completo ni en humano ni en animal. Sin embargo, los seres humanimales de la mitología todavía nos invocan una intimidad más radical, pues hasta engrosan las filas (imaginarias) de la estirpe humana. Estos humanimales pueden desempeñar el papel de los padres y madres originales de las tribus, como en los ídolos totémicos. Según una leyenda, Cadmo, héroe amado y venerado por su pueblo, al final de sus días fue convertido en ofidio a consecuencia de haber matado a la terrible serpiente Pitón[2]. Tremendo y paradójico destino: un héroe convertido en serpiente, y no sólo él sino también su esposa sufren esa transformación. No es un caso único, el amado y admirado Quetzalcóatl también sufre esa misma trasmutación. Repetidamente es el paso del reino humano al animal, paso mítico de una frontera, y a medio camino quedan las extrañas aleaciones, los hombres serpientes y las serpientes humanas. En Cadmo el relato nos devuelve al prócer, en Quetzalcóatl nos regresa al dios; ambos ejemplos, indican que la unidad crea una novedad, una definición de humanimal que escapa a lo convencional.

El contador de la distancia entre el humano y el animal


Al poco rato de repensarlo la indicación de las mitades entre los reinos del humano y el animal me sobresaltó. Las mitades no son una afirmación de exactitud, sino una metáfora de justicia, de ambivalencia. La sirena queda a mitad entre lo humano y mitad dentro del reino marino, por eso sus mitades solamente son indicaciones de calidad, y no signos de precisión  cuantitativa. El hombre lobo (licántropo) en noches de plenilunio es más lobo que humano y en el día es más humano que lobo, las mitades se desbordan y se sobreponen, como en un cambio de piel. Mi insistencia en las mitades solamente genera un sentido de claridad, para indicar que están plenas y completas las dos partes constituyentes. Y esto es justo, porque al hombre lobo no le podemos restar su faz salvaje o civilizada, porque dejaría de anudar esa lúgubre criatura, peor que el lobo natural[3] y peor que el humano civilizado. Por lo mismo, cuando aquí hablo de mitad se debe entender una proporción suficientemente grande para amarrarse hondamente en la esencia. Esa mitad de lobo está arraigada tan adentro que no se puede extirpar del licántropo.

La cantidad biológica animal que contenemos es mucho mayor de la que nos agrada reconocer. En sentido estricto el parentesco con los grandes simios permanece arriba del 98% de nuestro código genético. Por simple cercanía de genes contenemos animalidad en un 98%, de tal forma que una mitad de un animal lejano no es un ingrediente tan ilusorio. Dentro de ese altísimo porcentaje de mensaje genético compartido, casi cualquier rasgo corporal lo podemos asimilar a lo que poseen los demás mamíferos. Y por si fuera poco existe la huella de la evolución abreviada en el viaje del feto, que viene de un medio acuático, y nos recuerda una transformación de millones de años de las especies. Así, pues el parentesco estricto, marcado en los genes y en las células rebasa cualquier consideración de mitades, las novedades genéticas de lo específicamente humano en nuestro cuerpo se reducen, a lo mucho, a un 2%. Claro, esos pocos nudos genéticos contienen elementos importantísimos, donde radica la inteligencia, las capacidades prácticas y la socialización, los pilares sobre los cuales los humanos se han separado de sus parientes animales. Sin embargo, con una carga material del 98% resulta fácil identificarnos y sentir las huellas de la animalidad dentro de nosotros.

Desde el punto de vista de la cuenta de genes la capa humana es delgada, y difícilmente opaca la bios animal. Es muy delgada esa piel de genes distintos a los animales, y frecuentemente traiciona las intenciones civilizadoras. Esa capa pareciera integrar un primer avance en la superación de la vida instintiva, de las leyes establecidas de la vida, en el sentido de un dispositivo ineludible de mensajes que poseen las células, y nos obligan a obtener ciertos nutrientes y a padecer enfermedades hereditarias. Esta delgada capa de novedades genéticas frente al animal, por si fuera poco, no corresponde enteramente a “alcances” específicamente humanos. La delgada capa de bios humano nos recuerda al hielo sobre el estanque, a veces quebradizo pues no soporta las pisadas de los visitantes.

El estado acuático de la vida


Con un porcentaje tan alto de herencia biológica, dominando cada una de nuestras células nos podemos preguntar si la representación de seres ambivalentes, con parte animal, en vez de mistificar más bien hace explícita una realidad. Ciertamente esa explicitación del animal dentro del humano nos la entrega una narración de talante propiamente legendario. La sirena con su mitad de pez contiene el acierto de que millones de años de evolución arrastraron a las criaturas marinas para convertirlas en terrestres, y que cada feto vivió como si fuera un pez dentro del vientre materno, nadando en líquido permanentemente durante unos nueve meses. En la memoria inconsciente está la evocación de un período acuático de vida, y las divagaciones mentales sobre seres semi-marítimos nos recuerdan esa premisa, de la cual quedan signos dentro del cuerpo, como el funcionamiento indispensable del agua dentro de nuestro metabolismo.
Y la memoria, aunque esté olvidada, también nos permite universalizar ciertos símbolos, como la asociación del agua con un período previo a las formas, una situación de la latencia de la manifestación, que es la fuente de la manifestación. De agua vienen los gérmenes de la vida, es considerada la fuente, y la inmersión acuática, como un bautismo, es una regresión momentánea a lo pre-formado, de tal manera que se alcanza un origen, que purifica. El agua por este lado soporta cuantiosos simbolismos, pero sus simbolismos están anclados en razones biológicas y en experiencias reales, por más lejanas que estén. Nuestra experiencia fetal es como una inmersión en el momento anterior a las formas, una pre-formación. Y conservamos esa impresión del agua, provocando también un motivo para el profundo temor que la presencia del mar despierta en muchas personas.

La sirena: entidad unificada


Ya observamos una parte humana y otra animal, un aspecto terrestre y otro acuático, pero el resultado difiere de las partes separadas en la mesa del bisturí analítico. El resultado es una unidad de humanimal. Cuando la mezcla es perfecta, las partes se evaporan, quedan al olvido. Nace el emblema de imaginación, alimento de leyendas.
El canto de las sirenas, coro que seduce a los marineros hacia su perdición reflejado en la Odisea. Este canto exalta a bellas figuras anfibias, multiplica su signo: hermosura trágica e imposible. Ellas están indicando el camino hacia la perdición, por medio de una evocación, el canto está a la distancia, y puede embrujar al marinero, que pierde la cabeza tras la persecución de la belleza. No solamente emerge la figura de ellas, las sirenas, también la del marinero macho, capaz de perder el sentido y la vida en una empresa fatal, en la niebla marina de la ilusión. Enamorarse de un lejano canto, caer seducido por una apariencia bella, ahí está uno de los rasgos típicos de esta leyenda. La fuerza de atracción de lo femenino y de lo mágico, la acción a distancia, representada por el canto y la visión arrebatadora, eso revela Ulises, el capitán del navío atado a su mástil por propia voluntad. El marinero está obligado a tapar sus oídos, para no ser engañado. El sentido humano puede fallar y caer cegado ante la seducción de lo falso y de lo imposible. Alcanzar a las sirenas es un signo de imposibilidad, por lo que conviene esquivarlo. Ante el engaño de los sentidos, vence la astucia de la razón simbolizada por la cera que tapa los oídos y los lazos que detienen al capitán de barco, el astuto Ulises.
Paradójicamente, la imposibilidad para tocarla le confiere un nuevo prestigio a la sirena. Ella entra al reino de los seres vedados, que no pueden ser mellados por la mano real, así comparte la restricción de los objetos sagrados y tabuados, que serían profanado por la acción de la mano impura. La leyenda, bajo cuerda, nos confiesa que relata sobre entidades que no son de este mundo, y el agarre no las materializa. La sensualidad de la sirena posee la perfección legendaria de lo que no se toca, es el apetito lejano de lo imposible. Esto la deja al resguardo de las fuerzas marinas primordiales, que no son parte de las formas definidas, sino que permanecen en la pura posibilidad primigenia, la imposibilidad de la lucidez y la posibilidad del ensueño. Resulta una especie perfecta de humanimal, unificada en el reino de lo intocable, dentro de ese más allá donde emanan las leyendas perdurables.

La atracción hacia la fuerza del animal


Con las sirenas la atracción está afuera, es el marinero quien se enamora de un espejismo para sucumbir o puede evitar la seducción y sobrevive, regresando a su reino terrestre de existencia cotidiana. Arriba comenté la repulsión psicológica por el animal, pero por efecto de la ley de los contrarios psíquicos, no hay repulsión sin atracción. Y esta atracción por la animalidad no está confinada a un contenido sexual inconsciente (indicado por el psicoanálisis), sino es una amplia magnetización: observemos los motivos de la fuerza.

El tema de los animales de fuerza y poder ligados con los humanos, resulta esclarecedor para comprender el otro vínculo. Las cualidades de velocidad, destreza, sigilo, resistencia, vuelo, nado o fiereza motivaron la mayor admiración, justificando suficientemente la identificación y deificación de especies animales. El león africano traspasó fronteras y se convirtió en un emblema para las dinastías europeas. Los aztecas procuraron asimilar los poderes del tigre y del águila para sus mejores guerreros. El caballo fue el motivo para asimilarse en los guerreros montados, reflejada en el término, todavía cotidiano y polifacético de caballero. La búsqueda de la asimilación se muestra en los distintos esfuerzos para adquirir las cualidades de esos animales, que se invocaban en rituales, se colgaban en amuletos, se atraían mediante invocaciones, se coleccionaban en trofeos, se representaban en los palacios y templos, eran los familiares fundadores de los pueblos, etc. Lo interesante es que las cualidades animales buscadas también incluyen unas características que no aceptamos como cualidades animales, así algunos pueblos creen que la civilización proviene de animales mágicos. Si en un inicio afirmamos que la civilización misma es un motivo de repulsión del animal, en el pensamiento antiguo encontramos las afirmaciones contrarias, donde emana del animal la fuente de la civilización, como lo establece el oso entregando los primeros elementos de civilización a los chinos[4]. De esta aseveración podemos encontrar interpretaciones curiosas como la de Los viajes de Gulliver, donde los caballos siguen siendo civilizados y los humanos, salvajes. También debemos de tomar nota, que la presencia de las alas es una característica, divinizada para interpretarse como signo corriente de los dioses y de los representantes de los dioses, tal como existe en la iconografía de los ángeles.

Entonces, la fuerza animal que nos atrae también puede ser completamente polifacética, y se asocia con cualquier cantidad de situaciones, apreciadas desde diferentes culturas y pueblos. En el extremo están los relatos de la civilización y sabiduría de los animales, que son la fuente del conocimiento primero para los humanos, y también los relatos de los animales que avanzan hacia un campo más allá de lo animal y lo humano, como entes de puro esoterismo diviniforme; en este punto el impulso será elevarse hasta el animal. En la zona media encontramos los relatos más comunes donde son las cualidades evidentes de fuerza física y características palpables las que otorgan ese atractivo al animal, en este punto correspondería el alcanzar al animal. En la profundidad, están las afirmaciones que reconocen un parentesco entre los dos reinos, por eso insisten en un parentesco completo, donde destacan los antepasados brutos y el animal que es “doble efectivo” del humano como su alterego, por lo que en este punto acontecería un vivir en el animal.

Cuando la fuerza del animal es divina y sublime, el esfuerzo por alcanzar su existencia, resulta un ascenso. El águila, animal mensajero de lo más alto, por su fuerza de vuelo, y por las muchas representaciones emblemáticas que captura, es el representante típico de esta tendencia. A las águilas siempre se las quiere alcanzar, se pretende infructuosamente tener su punto de vista, cercano a las nubes y la divinidad. Resulta impresionante que ya existieran tantos sueños y ensueños del vuelo desde milenios anteriores, antes del real vuelo físico que solamente se alcanzó con los aviones[5]. Antes el vuelo se imaginaba a lomo de pájaros gigantescos o mediante la conversión en aves. Las águilas y otras aves divinas eran el vehículo típico de comunicación con los dioses, de ahí la exótica costumbre de exponer cadáveres para que fueran devorados por los buitres pues esas aves los remontarían hasta el cielo. De forma similar, los ángeles parecen aliar una mixtura entre las aves y los humanos, vehículo perfecto para unificar la existencia terrestre con los cielos.

El ascenso metafísico se complementa con la posibilidad de una caída, por lo que el hundimiento en lo diabólico, también es representado por la presencia animal. En este caso, son los terrestres y cavernarios, los adecuados para significar el vínculo con las potencias descendentes. Si bien la serpiente posee una compleja representación legendaria, en la tradición judeocristiana se opta por su lado subterráneo para asociarla con la caída del Génesis. En este caso, reiteradamente la animalidad está asociada o insinuada con la sexualidad, que refuerza la hipótesis de la repulsión del animal por negación libidinal.

En el campo intermedio, las múltiples asociaciones con el animal las conservamos culturalmente de infinitas maneras, ya que son un recurso inconsciente que nos transporta al terreno del movimiento físico. En el movimiento, la unidad con el animal es esencial, ya que el sencillo movimiento del ser vivo constituye su herencia en nuestro interior. Las perfecciones del movimiento, ya sean nado, carrera o vuelo, las reconocemos como una presencia o herencia del animal. Por eso basta la simple existencia viva, que se mueve y existe, donde el animal merece admiración, y quedamos obligados a reconocer una intimidad, en la medida en que nuestro cuerpo es una existencia esencialmente biológica. Concluyentemente, la atracción hacia el animal es básica, y se mantiene, múltiple y universal, siempre presente en cada sociedad civilizada.


 NOTAS:



[1] En inglés el equivalente “humanimal” lo popularizó Wells en su Isla del Dr. Moreau, con la clara ficción de un “científico excéntrico” que desea crear una especia intermedia entre ambos. Lo tendencia refractaria del español no ha permitido la popularización de esa síntesis, que tiene la misma raíz que en inglés.
[2] OVIDIO, Las metamorfosis.
[3] El tema de la justicia solamente vendría a colación si reconsideramos que el lobo verdadero es muy distinto de su leyenda negra, porque el lobo no es una bestia sanguinaria, sino un cazador natural en peligro de extinción.
[4] WONG, Eva, El taoísmo, Ed. Taurus.
[5] Ampliamente observado por BACHELARD, Gaston, El aire y los sueños, Ed. FCE.