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jueves, 19 de abril de 2012

OCTAVIO PAZ Y LA NACIÓN
















Por Carlos Valdés Martín


Presento la visión de Octavio Paz sobre México, donde brilla su perspectiva. El título de este artículo es "EL MEDIODÍA DENTRO DEL LABERINTO DE LA SOLEDAD Y CÓMO OCTAVIO PAZ CULMINA LA FILOSOFÍA DE LO MEXICANO", incluido en mi libro sobre el tema nacional.




1.- Octavio Paz frente a la filosofía de lo mexicano
Este es el autor clave quien culmina la reflexión clásica y moderna sobre lo mexicano. Culmina por representar un momento cumbre de la reflexión, que está completamente inundada de esa sustancia de "lo mexicano", a la vez que permanece en el espacio aéreo de lo "luminosamente elevado". Ese punto elevado entrega el resultado de la práctica previa personificada por Vasconcelos y de la reflexión, personificada por Ramos, donde la práctica y la teoría se han nacionalizado. Octavio Paz, nacido en 1914, representa la última estación en una cronología indicando lógica de desenvolvimiento de las ideas sobre el tema mexicano. Este autor ya no vive personalmente las tribulaciones del movimiento armado de 1910, pero esa vivencia la recibe indirectamente, y con enorme fuerza emotiva, a través de su padre, un abogado inteligente quien apoyó la causa zapatista y ese anhelo de tierra, tan vital entre el campesinado.
El impulso agónico (en el sentido de lucha emergente) del nacionalismo cultural de los años veinte aconteció cuando contamos a Paz todavía entre los niños. Por lo mismo, su reflexión sobre la nacionalidad, cabalmente cumplida en el Laberinto de la soledad de 1950 forja una obra retrospectiva, levantada después de la batalla, y generada entre la densa luminosidad del mediodía. Adentrándonos por el lado de las imágenes, tan estimadas por el mismo Paz, diremos que el mediodía cristaliza el momento de plenitud y calma, cuando los rayos del sol caen verticalmente y las sombras se ocultan enteramente bajo los pies; durante ese lapso para cualesquiera efectos prácticos la sombra cesa de existir; resplandece el reinado de las claridades. Veamos que efectivamente acontece el mediodía pleno de la nación. Desde nuestra perspectiva, el proceso de nacionalización de la sociedad mexicana y consolidación del Estado había culminado en un nivel superior hacia 1940, con la gran obra del sexenio cardenista. Esa la circunstancia histórico-social del post-cardenismo consolidando la integración de la Nación, permite que se petrifique la idea de lo mexicano, para ese entonces la idea de México aparece más sólida que nunca antes. Por eso ya no requiere esfuerzo la tarea preguntarse qué es lo mexicano, de modo en que primero lo preguntaron y luego pregonaron Caso, Vasconcelos y Ramos. En la mitad del siglo XX lo interesante consiste en describir cómo se llegó, con belleza estilística describir ese modo de ser, y preguntarse el porqué del ser mexicano, tal como ya resulta reconocido. En resumidas cuentas, ese es el programa de la obra madura (en concepto) y temprana (en edad) de Paz.
Culminar una obra es acabar con ella. Después de Octavio Paz ya no hay mucho que agregar a lo mexicano desde lo mexicano, o más precisamente, la tarea de la filosofía de lo mexicano prácticamente casi termina. Durante décadas ya no encontrará un sucesor ni un protagonista. La obra de la filosofía de lo mexicano se termina porque el ser mexicano se ha desplegado completo (casi osaría decir que “perfecto”) y luego petrificado dentro de sus límites. La obra termina porque nuestra nacionalidad había llegado a un límite más allá del cual no avanzaría más en sustancia (no había una nación más nacionalizada) aunque sí avanzará en sus manifestaciones diversas (engendrando otros “Méxicos”). En términos políticos ese límite está fundamentado en que la autonomía o soberanía del Estado Mexicano frente a Estados Unidos, ya nunca avanzará más lejos de lo realizado por Lázaro Cárdenas, y esto parece mantenerse constante mientras existan regímenes estatales de la nación bajo el régimen capitalista.
La reflexión (casi) positivista en torno a lo mexicano no ha producido una obra superior a El laberinto... Esperamos que sea a partir de una reflexión crítica y un análisis minucioso con gran perspectiva de miras desde donde brote una obra superior, posiblemente la muy interesante obra de Roger Bartra[1] indica el espacio por donde brota nueva sangre teórica para redefinir a la nación. El texto de Octavio Paz opera de un modo doblemente positivo. Él parte de lo dado, lo hecho, pues le resulta ya un sinsentido, preguntarse a la manera de Samuel Ramos, por un ser esencial del mexicano el cual no vibre presente y muy evidente dentro de su existencia. Varios siglos se han decantado hasta mostrar una figura de mexicanidad de contornos claramente definidos, ya no imagina un “mexicano secreto”. La tarea propuesta para Paz como autor clásico es escribir sobre la figura ya existente, no requiere de entresacarla ni inventarla, y además pretende contribuir a afirmar una autenticidad para los compatriotas.    
Esa obra El laberinto... ya contiene incluidos los resultados de todos los autores formadores de la filosofía de lo mexicano y los rebasa. El enfoque de la inferioridad psicológica y las mascaradas implicadas están integrados en un enfoque más amplio. Ya no requiere de mostrarse como un discurso externo al tema nacional, su prosa es tan directa, que no indica las fisuras entre el pensamiento y la realidad. También la obra de la cultura nacionalista de Vasconcelos ha sido integrada pues genera la materia prima sobre la cual pensar.
2. El contexto
El contexto histórico de la obra implica la estabilidad lograda mediante la unidad nacional cardenista. En ese periodo se había sometido el conjunto de las clases sociales a la regulación del Estado y se encuentran las condiciones adecuadas para una acelerada acumulación capitalista, expresada en altas tasas de crecimiento. Dominando el escenario se trata de un capital que ya no es meramente agrícola, extractivo o bancario, sino que enraíza en la producción, es capital industrial. México se industrializa aceleradamente. El modo de producción específicamente capitalista cuaja, al unir las relaciones sociales capitalistas con las fuerzas productivas adecuadas al modo de producción. No operó un proceso mediante una acumulación salvaje, sino rodeada de una aureola de armonía. La vida política y social mexicana se pacifica más y más. Tras una fuerte caída del salario real del proletariado en 1940, luego ocurre una lenta y constante elevación del salario real. Aumenta en cantidad y calidad la red de seguridad social estatal. Una gran masa de los campesinos obtiene la tierra propia, como ejidos. Mejora la situación de las clases medias urbanas. Los burgueses amasan grandes fortunas. El capital extranjero invierte atraído por un clima de bonanza. En fin, para el Estado nacionalista como indicó Leibniz: todo va de la mejor manera en el mejor de los mundos posibles... No creo que sea casual la maestría de Paz para describir y comentar el mundo novohispano, el cual fue un sistema de alta estabilidad y larga duración, bien ensamblado, hecho para permanecer. Esa capacidad para describir un proyecto social de estabilidad de tres siglos nos da idea del momento del mediodía mexicano captado en la pluma maestre de Octavio Paz.
El centro del contexto mundial capitalista pasa desde Europa a los Estados Unidos, los cuales, además de ser nuestros vecinos conflictivos, acaparan la hegemonía mundial como la fortaleza del "mundo libre". Resultado de la Segunda Gran Guerra el planeta se divide en dos grandes bloques antagónicos. Desde entonces las opciones de un camino social diferente quedan más precisamente bloqueadas para México. La relación dominante hacia el mundo, pasa por la primera definición respecto de Estados Unidos. A diferencia de Samuel Ramos no le angustia a Paz el antecedente del europeísmo de nuestras elites (manifiesto con fuerza durante el siglo XIX), sino que inicia su texto estudiando al "pachuco", el tipo de persona que encarna la relación fronteriza del Norte. Es decir, de manera sutil, nos revela nuestra principal definición colectiva ante el exterior naciendo frente al yanqui y no frente al europeo. El espejo indiscreto está en la frontera norteña y no más allá del mar [2].
El contexto cultural mundial aparece muy complejo. Nos interesa resaltar dos fuentes de las cuales abreva el pensamiento original de Octavio Paz. La primera fuente proviene de la difusión y tergiversación dogmática planetaria del marxismo. En su juventud Paz fue influido por el movimiento comunista, incluso en un sentido militante se acercó al drama de la guerra civil española. Pero ante la degeneración estalinista y dogmática de los comunistas toma sus distancias, para cuestionar al marxismo en su conjunto. La segunda fuente desciende del existencialismo francés de la posguerra, que constituyó, algo así, como un nuevo humanismo de la intelectualidad despierta. En su maduración, Paz asimila diversos aspectos de esa tendencia cultura, sin necesitar acordonarse atrás de ninguna bandera ideológica.
3.- Enajenación en el fondo
En el modo de abordar la cuestión nacional Paz supera a sus predecesores. El enfoque de Vasconcelos lo alejó de la sociedad y la historia concreta, para aproximarlo a la biología y a la religión, donde la construcción de un mito racial de integración de 32 razas inventa la clave de nuestra identidad. El enfoque de Ramos lo aleja de la vida social, para centrarse en la psicología y en la cultura espiritual, donde la identificación de cierto trauma primario en el alma colectiva de nuestro pueblo devela la clave de nuestra identidad. En cambio, Paz ya no está imbuido de un enfoque filosófico netamente espiritualista ni futilmente idealista. Eso le permite entender complejas determinaciones históricas y materiales, planteando como su espacio de análisis la historia: "El mexicano no es una esencia, sino una historia" [3].
En este nuevo enfoque, nuestra historia es entendida con la lente de una teoría general de la enajenación humana. Se trata de una teoría de la enajenación aplicable a toda la humanidad y en todo su recorrido. Esa teoría nos la presenta como "dialéctica de la soledad", en su “Apéndice”: "La soledad es el fondo último de la condición humana"[4]. Aquí nos presenta el fundamento final, que explícitamente está más allá de todas las otras determinaciones. Sin duda la soledad es el término clave del libro. La soledad señala el sentimiento del individuo aislado. Y ese sentimiento es negativo, y exige la búsqueda del otro, la comunión. La sociedad humana define una íntima necesidad de encontrarse al prójimo. En la interpretación de Paz se nos presenta una dualidad básica del siguiente modo:
  • individuo - sociedad
  • soledad   - comunión
  • alteridad - identidad
Debe quedar claro que en esta concepción lo originario está del lado del individuo. En el argumento escuchamos algo parecido al eco de la voz de J. J. Rousseau, para quien el encuentro de personas inicialmente dispersas genera el pacto del contrato social. El polo de la individualidad, además de fundar el lado originario resulta ser una condición eterna, el núcleo permanente de cualquier historia. "Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos y morimos solos"[5]. El nacer lanza hacia la caída en un ámbito extraño. Entonces se trata de una condición natural, que el individuo esté aislado, solitario.
La consecuencia obligada de tal soledad es el deseo de salir de sí, alcanzar la comunicación, reunirse. De ese modo la vida social es acompañante indispensable de toda la odisea de la individualidad.
La vida social existe, eso es un hecho. Mas si Paz arranca su narración desde el aislamiento original, su temática consecuente tiende un cable al lado opuesto, sobre cómo se restablece la unidad. El modo de cohesión entre las personas gravita en el centro de su atención. Entonces se preguntará sistemáticamente por la forma de reunión de los seres humanos en diversos niveles. Entonces nos presentará la historia social sosteniendo que hay en el fondo una carencia de socialidad, la cual estima condición eterna.
La posibilidad de que el solitario establezca la comunión le preocupa de una manera multifacética. Explora insistentemente las diversas vías mediante las cuales se logra tal comunión, o al menos se intenta, entre las que destacan el amor, la religión, el comunismo tribal, la familia, el arte y la nacionalidad. Veamos brevemente, cómo se abordan estos diversos aspectos. Comunidad tribal: indica a la cohesión en sí, huida paranoide de la incomunicación, donde el sistema de reglas y ritos protege al hombre de su soledad. Sociedad moderna: pretende suprimir la dialéctica de la soledad aplicando los métodos de producción en masa al sentimiento, y aboliendo autoritariamente las excepciones. Religión:   el sacrificio y la comunión son modos de integrar a las personas, meterlas a la sociedad. Aunque la religión es vista como proceso de socialización, puede convertirse en el eje de la síntesis social. No la rechaza como una mayor enajenación humana, sino como un alivio de la misma. Arte: es comunicación, el encuentro de la feliz Forma que reúne a los hombres en el gozo. Familia: nudo problemático donde se forja la soledad en el tránsito de la infancia a la juventud. Trabajo: es una fórmula moderna para evadirse de sí mismo, vivir inundado en los afanes, pero el trabajo moderno sin finalidad real engendra soledad. Amor: es la forma cumbre del deseo de comunión, es la "forma clandestina y heroica de la comunión" [6]. En esta sociedad el amor parece casi inaccesible, mil obstáculos se le imponen. Aún Así, para el autor se trata de la única comunidad real, y fuera de ésta queda la simple utopía de comunión. Utopía: evoca la pervivencia del ancestral mito de la edad de oro, que sería la promesa mítica de una comunidad humana plena. De elegante manera, Paz remata su texto dejando claro, que para él la utopía social demuestra un bello sueño, y que es preferible reconocerlo como un sueño y no como esperanza efectiva.
De ese breve cuadro de la búsqueda de comunión obtenemos tres resultados. Hay una polifacética aplicación de su idea del proceso de enajenación. El arranque y recaída en la separación antagónica se desdobla como una explicación general y comprensiva, la clave del proceso histórico humano. Su óptica, en el fondo, tiene un corte nihilista, pues no hay esperanzas efectivas. En lo profundo de la naturaleza humana se encuentra la enajenación, como radical separación entre los humanos. Ahí siempre estuvo y estará. Además siempre será una pesada carga.
"Todas las civilizaciones son civilizaciones de la enajenación y todos los civilizados se rebelan contra la enajenación"[7]. Existe un nivel de crítica en Paz, pero esa crítica está un paso atrás de los autores del socialismo utópico, pues su premisa suprema acepta la impotencia de la crítica. Por eso Paz se mueve dentro del pensamiento básicamente positivo. Su crítica es una reflexión de tal naturaleza limitada, donde la propuesta de fondo es refinar la enajenación humana, mediante el Arte y el Amor dar alientos de belleza a quienes sean capaces de captarla, mientras la vida cotidiana de la humanidad ordinaria padece al carecer de comunión efectiva y mantenerse en el pantano de la soledad. Por ese fondo tan pesimista y a contraviento de sus demás méritos el Laberinto de la soledad puede quedar integrado, con todos los honores, dentro del acervo de la ideología oficiosa mexicana, en el periodo de mayor despotismo práctico. El pesimismo permite que una carga tan corrosiva de verdades se pueda digerir dentro del sistema de la ideología oficinista del periodo, la cual evitaba cualquier tipo de crítica. Los aciertos y toda su dimensión de la historia viva del texto de Paz quedan neutralizados con un horizonte de pasividad y pesimismo; el pesimismo de fondo convierte en neutrales tantos magníficos pasajes donde Par denuncia las atrocidades de este mundo, y sus revelaciones no llaman a nadie a ninguna acción. Por eso Paz pudo convertirse en una especie del santo patrono de la intelectualidad nativa inteligente pero casi resignada y casi conformista. Además ese discurso pesimista de la impotencia nació enraizado en una situación histórica de mediodía del nacionalismo burgués y también de la situación estratégica de geopolítica, donde gravita enormemente que México sea la frontera con la mayor potencia imperialista mundial.
4.- Descripciones de lo mexicano
Lo mexicano a los ojos de Octavio Paz nos exige poner unas líneas iniciales de alerta. El pueblo mexicano está en trance de crecimiento y atraviesa por una etapa reflexiva. La reflexión corresponde a la minoría poseedora de una conciencia de sí. Entonces El laberinto es parte de esa empresa. Mas eso no sólo define la pertenencia del libro, sino también a su objeto. El texto abarca sólo a un grupo social concreto de aquéllos con una conciencia de su ser en tanto mexicanos. Fuera de ellos queda un abigarrado mosaico componiendo al país. Además, la minoría de los mexicanos con conciencia de sí "cada día moldea al país más a su imagen. Y crece, conquista a México"[8]. Sin necesidad de vocear, el autor sabe que su obra contribuye a esa “conquista de México”, esa es una función del texto: acrecentar la conciencia de sí de los mexicanos y contribuir a esa empresa de conquista interior. Sin embargo, desde a distancia esta denominada por Paz “conquista” parecía constituir ya una inercia de integración nacional, el proceso semiautomático de nivelación de las regiones, expansión del sistema educativo estatal, perfeccionamiento de los circuitos mercantiles; la simple inercia devoraba las regiones marginales y anómalas.

La idea de una conquista interior, para ir moviéndose del mosaico abigarrado de momentos históricos, costumbres, sensibilidades, etc., a la conciencia de ser mexicanos nos conduce a otra idea implícita. En el fondo está la totalización práctica en el camino de la historia. La actividad humana, que llamamos totalización práctica, toma a los objetos y sujetos del entorno para convertirlos según sus propias finalidades, imponerle su huella. Paz nos dice que una minoría activa está nacionalizando al país. Esa minoría está actuando sobre el mosaico abigarrado, lo cambia para que todos lleguen a sentirse mexicanos y ser tales. Esa idea presente de totalización práctica le permite ver que la mexicanidad no queda rota en su ser esencial por la pervivencia de otros modos de existencia distintos dentro del país. Y esto le permite a Paz convivir con el análisis particular. La noción implícita de totalización en Paz, parece ser una mezcla entre Hegel y Marx.
En la descripción de las denominadas máscaras mexicanas, Paz intenta encontrar un denominador común para el mexicano. Para encontrar ese punto en común se debe saltar por encima de las edades, los sexos, los oficios, las clases. Se busca un punto común denominador que de tan común parece mínimo. Ese punto encarna en la máscara. En la definición del autor el mexicano está cerrado ante el mundo, vive como un desollado pues todo puede herirle, se aleja cualquier contacto. En tal ideología hipersensible se odia a lo abierto como rajado y femenino, mientras la virilidad valiosa es la agresión de lo cerrado. La desconfianza mutua y el mantener las formas dan el tono de la convivencia. El enmascarado es sinceramente mentiroso o simulador. La simple mirada de los otros ofrece el peligro. El extremo de esa actitud vital se describe como el mimetismo del indio. Entre las relaciones humanas enmascaradas se practica el ninguneo, las personas se valoran como nada.
Las magníficas descripciones de las mascaradas mexicanas resultan endebles, como ciencia social respecto de su punto medular. Reitero las descripciones resultan magníficas, memorables y salpicadas de estilo magistral, pero el trasfondo teórico flaquea. Basta adelantarnos a las conclusiones del texto, para ver que lo descrito como la esencia de lo nacional son circunstancias universales. La enajenación mexicana "se trata de una situación universal"[9]. "Pese a nuestras singularidades nacionales (...) la situación de México no es distinta ya a la de los otros países" [10]. La historia nacional aparece ya universal. Bajo la máscara mexicana no se espera encontrar al ser auténticamente nacional, como esperaba Samuel Ramos, sino al hombre universal, la autenticidad existencial bajo la costra de la impostura.
En estas descripciones Paz es capaz de ver más allá del individuo, apreciando el modo de convivencia. "El solitario mexicana ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse,"[11]. La fiesta es el único lujo de este país pobre. El sentido esencial que el autor le encuentra a la fiesta es el religioso, interpretándola como un gesto ritual y un sacrificio donde el derroche fortalece. Las fiestas son ceremonias donde el mexicano momentáneamente se abre al exterior, pero de tal modo que hay un estallido, y esa apertura es exceso, y "Más que abrirnos nos desgarramos"[12]. Entonces la fiesta ritual encierra una tentativa de comunión fracasada, debido a la misma violencia desplegada del intento.
La muerte entrega el espejo oscuro de la vida. El mexicano es indiferente a la muerte, y esa actitud se nutre de indiferencia a la vida. "Todo está lejos del mexicano, todo le es extraño, y en primer término, la muerte extraña por excelencia"[13]. Y esa indiferencia ante su ocaso agrega otra forma para cerrarse ante la vida.
Con la obsesión de un autor de novela policíaca, Octavio Paz va desentrañando cada víscera, y en cada hueco desentrañado, encuentra una y otra vez, siempre lo mismo: soledad, incomunicación, aislamiento, extrañamiento, enajenación. Lo verdaderamente sorprendente está en su diagnóstico negativo de la fiesta, expresión directa del deseo de reunión. Ahí Paz condena a la festiva reunión en vistas de su vehemencia o de su violencia. Ese juicio nos deja el sabor de un desliz. La evidente reunión festiva, el acto material de la convivencia, finaliza anatematizado en vista de algunos de sus efectos ocasionales, como son su vehemencia y violencia. El sentido religioso atribuido también queda relegado.
Antes de finalizar este capítulo, conviene reconocer el acierto de Paz para rescatar la potencia de las metáforas como medio para captar la naturaleza del fenómeno nacional, pues el tema en sí de las identidades ya implica el simbolismo y sus metáforas. El título de la obra la encierra una metáfora ejemplar, motivadora de las más hondas evocaciones. El laberinto nos abre el camino para la captación de la totalidad, pero bajo su figura problemática, encierra al encierro, y basta evocar la palabra “laberinto” para sabernos perdidos o candidatos a la perdición. Asimismo, el laberinto por rebote hacia la contradicción nos indica el camino del héroe, el despertar de las potencias dormidas, indica el tiempo de la semilla. La unión de laberinto con soledad ya revela un programa completo de dramatismo, el paso desde la crisis de aislamiento hacia su drama de superación. En ese sentido, el teórico del mediodía nacional es justo que sea un poeta y un artista, pues la pincelada poética es tanto la revelación como el antídoto para las agonías nacionales. Y para mantenernos dentro del terreno de la brevedad, bastará estimar el potencial evocador de la máscara como doble lenguaje del rostro, que nos indica el ocultamiento y la revelación. Enteras las revelaciones sobre la falsedad y la mentira ya aparecen con la simple mención de una máscara, palabra tan poderosa como compleja, porque enmascarar ya implica revelar, indicar la identidad nueva hacia la que viaja el enmascarado. Y las naciones implican un juego potente y eficaz de identidades, una deriva individual y masiva hacia las identidades elegidas, y viceversa, las identidades en fuga también se indican con el término de las máscaras. Resulta cierto que el tema de la compleja identidad nacional rebasa el ámbito de la máscara, pero aquí simplemente quiero indicar su fuerza evocadora.
5.- Los orígenes de la nación
Las realidades presentes nos remontan hacia los orígenes. Si actualmente nos definimos como hijos de la Malinche, entonces el razonamiento indica que así somos porque antes también eso fuimos. Además ahora ya no se acepta ni quiere la condición de indio ni la de español, motivado por un rechazo completo del origen, rechazo que termina implantado una voluntad de desarraigo. La cultura mexicana actual mantiene una relación traumática con los orígenes del mestizaje. El insulto cumbre entre la población señala al "hijo de la chingada", y remite demostrativamente hacia un trauma inicial y remoto: la violación de las indias por los españoles.
Constatar que el remoto pasado vive en el presente obliga a pensar en la historia, en la cadena temporal de acontecimientos que desembocan en el día de hoy. Para Paz ese pasado pervive como creencias y costumbres, es decir como aspectos culturales. Por eso el pasado no le interesa tanto en cuanto existió una sociedad con relaciones materiales, sino como ámbito de cultura. Ese enfoque, limitado desde mi punto de vista, contiene cierta ventaja en su laxitud. La indagación del pasado en el texto recorre diversidad de aspectos en todos los órdenes permitiendo cierta riqueza para recolectar materiales heterogéneos. De manera no explicitada se percibe que aquí el hilo conductor serpentea doble: 1) La dinámica de dispersión y unidad de un pueblo, y 2) las formas expresivas de la sensibilidad de un pueblo [14]. El primer aspecto es el que se conecta más directamente con la ciencia social, de hecho incluye a la pregunta por la existencia de un pueblo y la creación de una nacionalidad.
Aquí no se reproduce la totalidad del esquema de sucesión histórica propuesto por Paz, simplemente tratamos de mostrar algunos puntos que nos indican la manera en que Paz enfoca su ensayo, apuntando algunos temas a investigar.
Según el autor, en Mesoamérica se ve una relativa homogeneidad de rasgos característicos, cierta cultura común. Sobre el mundo mesoamericano se enseñorea la Conquista. El colapso de elementos opuestos es sintetizado en el orden colonial. En esa síntesis colonial es que Paz cree descubrir el verdadero origen, el origen de México. "La historia de México, y aún la de cada mexicano, arranca precisamente de esa situación" [15]. Mas ¿Dónde está el punto de síntesis de ese mundo colonial? Sin duda Paz ofrece una astuta respuesta doble. En primer lugar, la conquista incluye una voluntad unitaria, una decisión práctica de unificar en los diversos niveles, pues "los españoles postulan un solo idioma, una sola fe, un solo Señor. Si México nace en el siglo XVI, hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles" [16]. Un pequeño detalle equivocado permite filtrar la grieta de la duda en este argumento de la voluntad imperial, pues internamente lo español no se unificaba en el idioma y en otros aspectos, el punto de unidad exclusivamente se mantuvo en el ámbito de la religión y el sometimiento al monarca; entonces el argumento de la voluntad unitaria posee su deficiencia, pero sigamos sobre su huella y en ese aspecto lo dominante para Paz consiste en el dominio mismo, la violencia y su organización en un imperio, el acto de imperar organizado. En segundo lugar, tenemos la integración de los dominados en la sociedad y el Estado, por la vía de la religión. "El catolicismo es el centro de la sociedad colonial porque de verdad es la fuente de la vida, porque nutre las actividades" [17]. Debe entenderse su metáfora espacial pues el lugar geométrico en el centro de un círculo, solamente existe uno. Entonces la religión como integradora pasa a ocupar el primer plano explicativo. La causa radica en que esa religión re-liga a los dispersos, da cohesión interna a la colonia, mientras que por su lado la violencia imperial da una cohesión exterior, mera superposición. Entonces tenemos que la religión es el centro, pero no por motivos religiosos, sino sociológicos. Curiosamente en esto coinciden los otros exponentes de la filosofía de lo mexicano, Vasconcelos y Ramos. La divergencia de caminos interesantes es que dicho argumento permite a Paz evadirse del argumento de las razas, tan querido por sus predecesores. Bajo esta interpretación el catolicismo de la colonia motiva una íntima unidad cultural de lo hispano e indígena, entonces ocurre la efectiva síntesis, sin recurrir al argumento de la unión biológica del mestizaje, se plantea una matriz forjadora de la nación.
Paz interpreta a la Independencia, en gran medida, como un acto de prestidigitación, como un acontecimiento un tanto externo, no bien arraigado en las premisas interiores. El resultado de la gesta independentista es delinear constituciones más o menos  liberales y democráticas que "sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial" [18]. A través de diversos acontecimientos políticos la interpretación observa el mismo trasfondo. La legalidad la considera como pretenciosa e irreal creación de superestructura, un sistema de igualdad legal cobijando una entidad desigual y atrasada, sin embargo, queda en el aire la base de esa misma legalidad.
"México nace en la época de Reforma" [19] Germina como nación en el sentido que le dio al término Ortega y Gasset, de proyecto histórico capaz de mover voluntades diversas y dar trascendencia al esfuerzo solitario. Este largo eufemismo se refiere al movimiento patriótico que derrotó a los franceses y su invasión. Mas en cuanto a núcleo de ideas en opinión de Paz sigue siendo la Reforma una decantación de aquello evaluado como irrealista: sostener la igualdad universal de los nacionales. Resalta una contradicción evidente en el planteamiento de Paz, pues nos dice se conforma la nación efectivamente sobre una base de ilusión jurídica. Más aún, se cohesiona eficientemente a los compatriotas sobre la base de la abstracción de su igualdad. La única manera correcta de resolver esta paradoja, que quedó en el aire es encontrar la base material del discurso liberal, y no limitarse al mero influjo de las ideas bellas sobre los hombres ilusos. Y además se tendría que indagar la naturaleza de ese Estado sostenido en la igualdad ilusoria de los compatriotas. Como nada de lo anterior está resuelto en Paz, ese preciso momento constituyente de la nación resulta un misterio de la voluntad colectiva. Y esto resulta misterioso e inexplicable si creemos que la Reforma expresa "una triple negación: la de la herencia española, la del pasado indígena y la del catolicismo" [20]. El asunto es crucial pues Paz ha sostenido que la religión antes fue el centro de la vida colonial. La negación del pasado incide en el centro vital. Aún así, la Reforma no nos hace, pues el matricidio no equivale al nacimiento. Finalmente, ese nacer de México queda en el completo suspenso, pues la afirmación liberal mantiene un gran hueco, representa la libertad completamente vacía.
El siguiente parto de la nacionalidad acontece durante la Revolución Mexicana. Para el autor ésta es la "verdadera revelación de nuestro ser"[21]. Las razones positivas que nos propone para esa interpretación son un tanto pobres: por un lado, esta revolución carecería de precursores, sus vínculos con la ideología universal son mínimos, está desnuda de doctrinas, y por el otro lado ese movimiento incluye la pretensión de regresar al pasado, reivindicando el pasado indígena. En este punto es donde está el núcleo caracterizador. Por eso Paz, presenta una doble argumentación. Indica que casi cualquier idea revolucionaria pretende establecer una antigua justicia, lo que implica un "eterno retorno", la búsqueda de una "edad de oro". En la argumentación típica de Paz resulta que no es el futuro parapetado en el pasado, sino inversamente, resulta que las revoluciones operan como las locomotoras de la prehistoria, pues en vez de hacer brotar el futuro conjuran para renacer al pasado. Eso se aplica cabalmente al caso mexicano. "El radicalismo de la Revolución mexicana consiste en volver a nuestra raíz (...) el pasado indígena"[22]. El zapatismo queda reivindicado, pero desde el polo opuesto al divulgado por la izquierda política [23], y afirma que el movimiento de los sureños fue el nervio del proceso. El acierto de Zapata es proponer una edad de oro del pasado real, volver al calpulli, con el nombre de ejidos y demandar el respeto a una tradición encarnada en los títulos virreinales de propiedad. Gracias a la Revolución se vuelve a la tradición. Ahí, el Estado encuentra una base, pues la Revolución mexicana funda al nuevo Estado. La "fiesta de las balas" revolucionaria marca con un sello positivo a esa nueva etapa de la vida del país, y el contenido de esto es incluir el pasado indígena. Entonces la Revolución niega a la negación de la Reforma y entonces brota la propuesta acabada de nacionalidad. Entonces la nación queda constituida de una manera ya casi plena: "la Revolución ha recreado a la nación" [24].
La recuperación de la tradición ha permitido crear a la nación. ¿Por qué ocurre esto así? No descubrimos en Paz una respuesta demasiado abundante en este punto, no hay fundamento.
6. La actualidad
El retrato de la actualidad está marcado por una intención crítica de tónica pesimista y hasta con tintes nihilistas. En efecto el autor critica agriamente la situación de miseria e injusticia que priva en el país. Denuncia que la creación de una nación no ha constituido una comunidad real, no erige un orden vital, cimentado con justicia y libertad. Esa opinión es importantísima, pues representa con claridad un cierto límite lógico para el desenvolvimiento de la filosofía de lo mexicano. Los antecesores destacados, Vasconcelos y Ramos esperaban el encuentro de la mexicanidad, que condujera hacia alguna solución para los graves problemas sociales. Paz contempla el resultado, donde la unificación nacional ha cumplido metas, y nos avisa que ya ninguna expectativa de mejoría podemos pedirle a la mexicanidad, entonces no encierra un gran sentido seguir el curso nacionalista, como una alternativa por sí mismo. Tras una larga agonía de integración México conquistó su plena Nación ¿Y qué ganó el pueblo mexicano con todo esto? Ganar una plena nación pareciera escasa presea en ese mediodía del siglo. En su reflexión la originalidad nacional Paz exige una solución universal, un avance en sentido trascendente: "La mexicanidad será una máscara que, al caer, dejará ver al final al hombre" [25].
Por eso mismo la exploración de Paz acerca de la actualidad se metamorfosea hasta la dimensión de lo cosmopolita. Indaga acerca del imperialismo y el socialismo, las colonias y las metrópolis, los burgueses y proletarios mundiales, el pensamiento se obliga a moverse sobre las grandes contradicciones planetarias y sus perspectivas reales o imaginadas. El resultado pesimista al que desemboca indica una barrera aparentemente infranqueable: para él no existe un interlocutor válido para el cambio social. La media noche del siglo lo inunda de escepticismo y decepción. Las puertas permanecen cerradas “a piedra y lodo”, y por si esto fuera poco del otro lado de las puertas únicamente espera otro estremecimiento siniestro, pues espera el vacío. "Pues tras este derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales (...) frente a nosotros no hay nada" [26]. En su crítica hay anhelo de encontrar oído receptivo en otros solitarios. Pero nosotros preguntamos ¿sin perspectiva de trascender este mundo enajenado quién aporta el oído receptivo? El discurso parcialmente crítico de Paz desemboca en lo siguiente: el auditorio se convierte en Sentido común, y la acción consecuente se convierte en un liberalismo suave recuperable por el Estado. Por eso mismo, a pesar de sus críticas puntuales, la obra de Paz contribuye a colocar la firme plataforma de la nacionalidad mexicana, utilizable en la coyuntura interior para la divulgar una imagen de omnipotencia del sistema semi-despótico de Estado. Entonces con Octavio Paz estamos ante el último gran "filósofo de lo mexicano", el autor más destacado del mediodía inmóvil, cuyo elegante discurso consolidó este ser nacional de México.

NOTAS:


[1] BARTRA, Roger, La jaula de la melancolía, Ed. Grijalbo. Desde el título descubrimos un tono de crepúsculo, antagonizando al tono del mediodía.
[2]  PAZ, Octavio, "El espejo indiscreto", en El ogro filantrópico, Ed. Joaquín Mortiz, p. 56.
[3]  PAZ, Octavio, Posdata, cit., en El ogro filantrópico, p. 16.
[4]  PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, p. 175.
[5]  PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, p. 176. y La doble llama.
[6]  Ibid., p. 181.
[7]  PAZ, Octavio, El ogro filantrópico, p. 36.
[8]  PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, p. 11.
[9]  Ibid., p. 152.
[10]  Ibid., p. 154.
[11]  Ibid., p. 42.
[12]  Ibid., p. 47.
[13]  Ibid., p. 53.
[14]  Ibid., p. 121. "Si la historia de México es la de un pueblo que busca una forma que lo exprese, la del mexicano es la de un hombre que aspira a la comunión".
[15]  Ibid., p. 91.
[16]  Ibid., p. 90.
[17]  Ibid., p. 91.
[18]  Ibid., p. 110.
[19]  Ibid., p. 115.
[20]  Ibid., p. 113.
[21]  Ibid., p. 122.
[22]  Ibid., p. 130.
[23]  GILLY, Adolfo, La revolución interrumpida, Ed. El caballito.
[24]  PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, p. 156.
[25]  Ibid., p. 153.
[26]  Ibid., p. 174.

domingo, 1 de abril de 2012

Presentación de Benito Juárez

 

 

 

 


Por Carlos Valdés Martín

Por sus rasgos sobresalientes Benito Juárez es recordado cada año como héroe de la patria.  Para colocarlo en la actualidad, basta comentar que Benito Pablo Juárez García es aceptado como el personaje más importante en la historia del país, y, además, recibe honores perpetuos y es reconocido como “el Benemérito” en diversos países hermanos.[1] Para sentir hoy su importancia basta reconocer su obra más importante, pues subsiste México como nación independiente y perdura bajo un sistema republicano de leyes. Esa es su Gran Obra, pues México existe, aunque esta independencia y sistema sufran episodios de servidumbres económicas y la injusticia promovida desde posiciones de Poder.

En este inicio del siglo XXI, Juárez es el personaje mejor valorado a nivel popular, y esto sucede a pesar de que haya detractores empeñados en “echar tierra” sobre la memoria de este salvador de la patria. En dos sexenios, muchas plazas y calles han dejado de poseer ese nombre cargado de triunfos y dignidad, aunque todavía esos actos parecen inútiles cucharadas de agua intentando vaciar ese océano de obras que honran la memoria del Benemérito Juárez.

El siglo XX entero se declaró admirador y continuador de su obra. En ese periodo el país se tapizó de calles, avenidas, colonias, ejidos y plazas dedicadas al Benemérito. Más importante, fue que en ese periodo las libertades plasmadas en la obra liberal se afirmaron con la acción social y legal de ese periodo. Los derechos democráticos y las libertades fueron convirtiéndose, paso a paso, en una segunda naturaleza para el país entero. Recordemos que Juárez en persona y en repetidas ocasiones, fue un perseguido y por eso dedicó todo su empeño en obtener leyes que garantizaran la libertad para todos los mexicanos, y lo procuró sin distinción de clase social ni discriminación por raza ni por credo religioso.

Ahora coloquémonos en el periodo de su nacimiento. El país, todavía era el Virreinato de la Nueva España. Siendo un niño, Benito quedó huérfano de padre y madre, recayendo al cuidado de sus abuelos. Tras unos años más y se duplica su orfandad, con la muerte de los abuelos. En ese ambiente, de pequeño pueblo indígena se desconocía el cuidado médico y la muerte prematura resultaba, casi un evento natural como la lluvia, sin embargo, la soledad es un sentimiento universal, y resulta notable la solidaridad radical de esa familia zapoteca, que recibe desinteresadamente al niño. Al fin, queda Benito al cuidado de un tío, Bernardino, quien trabaja en el campo y procura repartir afecto y una educación elemental a su sobrino. En San Pablo Guelatao no había escuelas de buena ni mala calidad, simplemente no existía ninguna. Es el tío quien enseña un rudimento de letras y de lengua castellana, pues ellos son indígenas zapotecos puros, que se entienden en su propia lengua. En el corazón de Benito, sin maestros ni mentores, nace un deseo vehemente de aprender, y ahí surge un destino sorprendente.

A los doce años, Benito se fuga de su comunidad, el 17 de diciembre de 1818, (todavía faltaban tres años para la consumación de la Independencia) y en un recorrido que para nuestra patria es tan memorable como lo es para los antiguos griegos la marcha desde Marathón hasta Atenas; de hecho lo recorrido por el niño zapoteco cubre una distancia lineal de 60 kilómetros (que se recorren sobre curvas serpenteantes), mientras la célebre carrera del soldado mensajero griego fue de 42, cuando murió agotado por el esfuerzo. Completamente solo Benito recorre en un día la vereda que lo conduce y llega al anochecer, hasta la capital, Oaxaca; ahí, donde ya trabajaba una de sus hermanas.

La primera expresión del patriotismo ferviente de Juárez surge en 1829, pues cuando llega la noticia a Oaxaca de la invasión de un ejército español capitaneado por Barradas, que buscaba reconquistar México, Benito Juárez se alista como voluntario en la milicia.

Entonces se empieza a tejer su destino, pues su crecimiento coincidirá, en pocos años con el surgimiento de la primera escuela superior en Oaxaca que escapó del modelo religioso imperante en esos años: el Instituto de Ciencias y Artes, donde se gradúa en 1834.

Otro pasaje de la vida profesional del joven Juárez fue su defensa de unos habitantes del pueblo de Loxicha ante el abuso en el cobro por el cura local. La situación resultó delicada, pues el cura acusado consiguió que una autoridad judicial encarcelara a los quejosos y decretara su incomunicación ante cualquier abogado. Como Juárez insistió en su defensa, también fue apresado con motivo de ofrecerse como su abogado, bajo falsas acusaciones de sublevar a los quejosos. Tardó un tribunal 9 días en liberar de la prisión a Benito, que no había cometido delito ninguno; sino que exclusivamente defendía el derecho de los desamparados.

De la larga carrera política a nivel local de Juárez, baste indicar que para 1847 fue nombrado Gobernador de Oaxaca, y de nueva cuenta dio amplias muestras de patriotismo, en su esfuerzo de guerra contra la invasión norteamericana.

Ese mismo año de 1847, según la mayoría de las versiones, Juárez se inicia como masón y rápidamente alcanza los más altos grados de la orden. Hasta la actualidad el Benemérito es reconocido como el masón más notable de la historia de México, por haber plasmado los principios filosóficos de la orden, con tal fuerza que adquirió renombre mundial.

Hacia el año 1853 Juárez sufre una persecución, primero con reclusión de cárcel al interior del país y luego en exilio forzado. Junto con otros exiliados decide regresar para participar en el movimiento de Ayutla, el cual logra derrocar al dictador Antonio López de Santa Anna.

Luego de ese movimiento exitoso, es designado ministro de Justicia, donde promueve una obra de reforma profunda, para eliminar los tribunales especiales del clero, y normalizar la impartición de justicia en el país.

En 1856 de nuevo es elegido gobernador de Oaxaca.

 

En 1857, promulgada la Constitución federal, alcanza a presidir la Suprema Corte de Justicia del país.

 

Por un alzamiento conservador el Presidente Comonfort renuncia y en 1858 Juárez, por su calidad de presidente de la Suprema Corte de Justicia, asume el cargo de Presidente provisional de la República; pero toma el mando en condiciones militares en extremo difíciles, así, debe retirarse de la capital y su gobierno peregrino.

Tras largos años de luchas que no voy a detallar, el bando liberal liderado por Juárez gana la guerra civil, y, en ese periodo, se proclaman las Leyes de Reforma, las cuales explicarán nuestros expositores por ser fundamento del Estado laico y moderno. 

Como si las desgracias de una larga guerra civil no hubieran sido suficientes, sobrevino la invasión francesa. En efecto, una combinación de fuerzas reaccionarias desesperadas por mantener los privilegios y para detener el avance de las libertades, logró atraer a un príncipe extranjero (Maximiliano de Habsburgo) y sostenerlo con las armas francesas. El obispo de la ciudad de México celebró con campanadas en catedral y misas solemnes la llegada del emperador, sostenido en las armas de una invasión. En el siglo XIX, los líderes del clero político (de acuerdo a la herencia del régimen del Virreinato) no se conformaban con ser pastores de almas, sino que exigían la riqueza material del país, la cual acaparaban como terratenientes y además cobraban impuestos directos, el famoso diezmo, que como su nombre lo indica, diezmaba la economía de los habitantes del país.

La coalición de fuerzas que desean aniquilar a México y sustituirlo por un imperio de pacotilla, a la distancia parece una hidra gigantesca y monstruosa. Conspiran para aniquilar a México la potencia militar europea más temible de ese tiempo: Francia, heredera del eficaz militarismo de Bonaparte (el grande). Se suman las otras potencias europeas que asoman ambiciones por el pretérito, como el reino de España o indiferencia altiva como una Inglaterra colonialista. El clero católico, como heredero del régimen virreinal, se subleva con el poderío económico de quien ha poseído la mitad del territorio, el (arcaico) aparato financiero (era el único prestamista colonial) y hasta el sistema educativo (bastante deficiente y poco extendido). El partido conservador alimentado por los grandes hacendados, clases medias sin identidad nacional, y amplios sectores populares incitados por una ceguera religiosa, parece un enemigo imbatible. En el bando liberal, se suman las fuerzas dispersas de una nación que recién despierta del sueño colonial y todavía no descubre los medios para su administración interna, y se debata en continuas guerras civiles y golpes de caudillos. Frente a la coalición francesa, imperial, clerical y conservadora parece que el bando liberal, recién formado está destinado a perecer. A penas un puñado de seguidores forma la comitiva que acompaña el gobierno viajero del Presiente Juárez, cuando se retira de la oleada del ejército francés. Pero lo que parecen grupos desorganizados y mal armados de liberales, superan su dispersión y falta de recursos con un corazón de acero, que se levanta tras cada derrota. Las derrotas del bando liberal en los llanos del Bajío son incontables, pero tras cada tragedia se levanta un nuevo puño para rescatar la causa de México. En cuanto se alejan los ejércitos franceses y conservadores, resurge la resistencia popular y el territorio nacional, disputado en cada ranchería, se declara de nuevo mexicano. Día a día, la formidable coalición invasora muerde el polvo y la invasión se dirige al fracaso.

Tras años de heroica resistencia la República vence al emperador impuesto. El fusilamiento es el último episodio de la invasión francesa, desgastada hasta la impotencia por la firmeza liberal.

Después, es verdad que Juárez se ha relegido y su primer mandato comenzó en 1858, pero en esos años él encarnaba el fortín para defender la patria y no existía ningún relevo digno de para dirigir a la nación. Tras los años de la intervención extranjera y de guerras de los conservadores, sublevados para restablecer los privilegios de la iglesia, él, Benito Juárez era la roca que mantenía el país a flote.

Apresurémonos para llegar al 18 de julio de 1872, cuando fallece Benito Juárez siendo Presidente. Y muere de muerte natural: evento casi increíble después de haber sido perseguido por ejércitos o asediado por enemigos taimados.  Cuando llega este desenlace, él no ha acaparado ninguna fortuna luego de gobernar por 14 años.  El país se ha conservado a pesar de la invasión francesa y de la traición de los conservadores, se mantiene el territorio íntegro y ha resurgido el orgullo de reconocerse como un pueblo vencedor ante enemigos poderosos, y capaz de establecer un sistema de igualdad legal, que eso es la República.

La tristeza irradia hasta todos los rincones del país y México enmudece al descubrir que el prócer de carne no es eterno. En esa hora triste surge una nueva luz, donde su gran obra, al servir a su patria, se convierte en flama de eternidad.

 

Apéndice cronología de Benito Juárez

Ø  1806 Nace el 21 de marzo, en la localidad oaxaqueña de San Pablo Guelatao, hijo de campesinos zapotecas.

Ø  1818 Emigra a la capital de Oaxaca.

Ø  1829 Enrolado en la milicia contra la invasión española de Barradas.

Ø  1831 Regidor del Ayuntamiento de Oaxaca, dos años más tarde es elegido diputado por el estado homónimo.

Ø  1834 Se gradúa de abogado en el Instituto de Ciencias y Artes. Detención arbitraria por defender a los pobladores de Loxicha ante los abusos del cura local.

Ø  1847 Gobernador del estado de Oaxaca, cargo en el que permanecerá cinco años. Comienza la invasión norteamericana. Iniciación como masón, según la mayoría de las versiones, aunque alguna adata una anterior iniciación desde 1827.

Ø  1853 Desterrado por el dictador Antonio López de Santa Anna, es finalmente deportado a Estados Unidos.

Ø  1854 Respalda desde su destierro el Plan de Ayutla, que exigía una asamblea constituyente.

Ø  1855 Regresa a México y es designado brevemente secretario de Justicia.

Ø  1856 Vuelve a ejercer el gobierno de Oaxaca.

Ø  1857 Promulgada la Constitución federal, es nombrado secretario y luego presidente de la Suprema Corte de Justicia.

Ø  1858 En calidad de presidente de la Suprema Corte de Justicia, asume el cargo de presidente provisional de la República. Estalla la guerra de Reforma.

Ø  1859 Instalado su gobierno en Veracruz un año antes, dicta las más importantes Leyes de Reforma.

Ø  1861 Finalizada la guerra de Reforma, es elegido presidente constitucional.

Ø  1862 Tiene lugar la definitiva intervención francesa, iniciada un año antes.

Ø  1863 Traslada su gobierno al norte del país.

Ø  1864 Coronación de Maximiliano I como emperador mexicano.

Ø  1867 Fusilado Maximiliano I, regresa a la ciudad de México y es relegido presidente.

Ø  1871 Nueva relección presidencial de Juárez, cuando Porfirio Díaz inicia una rebelión y fracasa. Muere Margarita Maza.

Ø  1872 Fallece el 18 de julio, en la ciudad de México.

 

Las leyes de Reforma inicialmente fueron cuatro:

Ley Juárez: De 1855, suprimía los fueros del clero y del ejército y declaraba a todos los ciudadanos iguales ante la Ley y la sociedad, así como que no debían ser obligados a trabajar excesivamente. Fue promulgada por Benito Juárez.

Ley Lerdo: De 1856, obligaba a las corporaciones civiles y eclesiásticas a vender casas y terrenos. Fue creada por Miguel Lerdo de Tejada (hermano de Sebastián Lerdo de Tejada).

Ley Iglesias: De 1857, prohibió el cobro de derechos y obvenciones parroquiales, el diezmo. Promulgada por José María Iglesias.

Ley Lafragua: De 1855, permitía la libertad de expresión en los medios impresos.

Al trasladar su gobierno a Veracruz en 1859, Benito Juárez promulgó las siguientes reformas:

Ley de la nacionalización de los bienes eclesiásticos: Esta ley complementa la Ley Lerdo de desamortización de los bienes de la Iglesia, con un cambio importante: los bienes ya no pasaban a manos de los rentistas (1859).

Ley del matrimonio civil: Establece que el matrimonio religioso no tiene validez oficial y establece el matrimonio como un contrato civil con el Estado (1859).

Ley orgánica del registro civil: Se declararon los nacimientos y defunciones como un contrato civil con el Estado (1859).

Ley de exclaustración de monjas y frailes: Se prohibió la existencia de claustros o conventos, y se decretó la salida de las religiosas y religiosos que ahí vivían.

Ley de libertad de Cultos: Esta ley permitió que cada persona fuera libre de practicar y elegir el culto que desee. Esta ley también prohibió la realización de ceremonias fuera de las iglesias o templos.

 

Algunas citas memorables de Benito Juárez:

“El deseo de saber y de ilustrarse es innato en el corazón del hombre. Quítense las trabas que la miseria y el despotismo le oponen, y él se ilustrará naturalmente, aun cuando no se le de protección directa.”

 

“El hombre que carece de lo indispensable para alimentar a su familia ve la instrucción de sus hijos como un bien remoto, o como un obstáculo para conseguir el sustento diario. En vez de destinarlos a la escuela, se sirve de ellos para el cuidado de la casa o para alquilar su débil trabajo personal con qué poder aliviar un tanto el peso de la miseria que lo agobia.”

 

“Hijo del pueblo, yo no lo olvidaré, por el contrario, sostendré sus derechos, cuidaré de que se ilustre, se engrandezca y se cree un porvenir, y que abandone la carrera del desorden, de los vicios y de la miseria, a que lo han conducido los hombres que se dicen sus amigos y sus libertadores; pero que con sus hechos son sus más crueles tiranos.”

 

“Republicano de corazón y por principios, el poder que ejerzo sólo lo emplearé para procurar vuestra felicidad y para reprimir el vicio y el crimen, y de ninguna manera para ostentar un necio orgullo, como alimento de las almas pequeñas. La autoridad no es mi patrimonio, sino un depósito que la Nación me ha confiado muy especialmente para su independencia y su honor.”

 

“Nada con la fuerza; todo con el derecho y la razón: se conseguirá la práctica de éste principio con sólo respetar el derecho ajeno.”

 

“La democracia es el destino de la humanidad futura; la libertad es su indestructible arma; la perfección posible, el fin donde se dirige.”

 

“Yo no reconozco otra fuente pura del poder más que la opinión pública.”

 

“El pueblo, única fuente pura del poder y de la autoridad.”

 

 NOTAS:



[1] Presentado en marzo de 2012 en el Auditorio Hombres de la Reforma de la Gran Logia Valle de México. Con una corrección para el año 2021.

viernes, 16 de marzo de 2012

ANÓNIMO EN EL CIBERCAFÉ



Por Carlos Valdés Martín

Mira de reojo hacia un lado, anhelando que ninguno lo observe, y, si sonríe la diosa Fortuna, quizá ellos no lo siguen. Él espera haberlos despistado, porque su destino para liberarse o morir está en un espacio tan breve: una pieza de memoria móvil con el enjambre de información contenida en su chip. En ese discreto chip está la salvación, más no la celestial ni la egoísta, sino una generosa. Al menos eso cree él, y lo cree con una fe temblorosa, como si escapara perseguido por fieras de la selva.
Ante un ruido súbito salta hacia atrás y cambia de dirección, la calle se oscurece y no le conviene dejar rastros. También están las cámaras de la ciudad, esos grandes angulares como ojos que se instalaron en la cúspide de algunos postes, desde hace décadas con el pretexto de detener la delincuencia. Mientras vuelve a torcer el camino cavila: —¡Maldición de país! Los delincuentes son los más confiados, asaltan y salen de la cárcel con una mínima fianza, o por alguna influencia de esos rufianes que se apoderaron del gobierno —concluye sus argumentos con una palabra importante dominando la última frase corta— Malasangre los crió.
No puede decir su verdadero nombre cuando se presenta, ahora su credencial es falsa. Espera que con eso despiste y borre huellas. ¡Qué costumbre tan extraña esa de solicitar identificaciones en los cibercafés! Él intuye que no es una idea, sino una villanía de los dueños del mundo. Eso acabará pronto, pero se requiere de héroes. Ya ninguna máquina computadora es segura, y eso va a cambiar. Rescatará el anonimato a cualquier precio. ¿Quién diría que hoy sea una gran causa rescatar el anonimato? Antes era tan odiado, las personas detestaban ser entes anónimos, y ahora, con tanta identificación y fiscalización, unos cuantos decididos han optado por recatar su falta de identidad: volver al silencio, regresar a la calma sin que ninguna agencia del gobierno lo moleste a uno.
Repasa mentalmente los códigos que protegen la gran base de datos con las identificaciones de los cibernautas, las cien millones de identidades en este país. Hoy rescatar el anonimato para este país, y mañana rescatar el mundo.
Entra a la gran boca subterránea que lo lleva al tren. Al bajar las escaleras se pone unos lentes oscuros: ahí abajo hay cientos de cámaras, entre los pasillos y junto a los cajeros. Son tantas las precauciones tomadas. Cuando salga del subterráneo, se pondrá un suéter oscuro con capucha, imitará a los muchachitos “emos”, los deprimidos y tristes. En especial, no le agradan esas fachas de suéteres bombachos y colores sórdidos, pero es camuflaje y este día es decisivo. Cualquier recurso es válido.
Emerge a la superficie, viste el suéter con capucha y mira el cielo oscurecido. Avanza sobre la acera de una avenida ancha y la primera oscuridad provoca el encendido automático de algunas farolas. Unos pocos transeúntes escuchan el rugido de vehículos rápidos. En eso él escucha el chirriar de unas llantas a su lado, bajan corriendo dos trogloditas armados. Algunos peatones voltean y corren sin pensar en las consecuencias. Los trogloditas, levantando las armas corren y gritan: “Todos al suelo”. A su lado hay un matorral y él se tira de bruces. Mira de reojo y piensa: “No los veas a la cara, es peligroso”. Se acercan, pero pasan de largo en dos segundos. Y él piensa: “No parecen policías, se diría que son secuestradores”. A unos metros alcanza a ver que ellos agarran por el cuello a un señor trajeado, que grita desesperado: “¡Les daré el dinero que quieran, no me dañen!”.
Aunque no iban tras de Neonald, le falta la respiración, está temblando, casi le resulta imposible caminar. Se detiene con la pared de una casa verde, y escucha con alivio cobarde el motor de los captores alejándose. “Esta vez no fui yo, ¿es una señal?” Sus pies no responden y trastabilla, una señora añosa que chilla y manotea, indignada por lo que acaba de ver, se apiada por un momento de él, y lo toma del brazo. Se siente avergonzado: ayudado por una dama mayor, él debería ser quien la socorriera, pero su organismo casi desfallece y necesita de un bastón humano por unos instantes. Como las ondas agitadas por la piedra en el estanque tranquilo, poco a poco su corazón regresa a su sitio. En cuanto sus pies recuperan la firmeza, se despide de la dama desconocida, con un apretón de manos. Levanta la cabeza y mira al horizonte lejano, con una sensación que nunca antes vivió: una euforia callada lo recorre. Como si la adrenalina del miedo destilara alcohol se descubre audaz y, en un sentido figurado, hasta invulnerable. La semilla del orgullo lo empuja a seguir adelante, sin importar riesgos. Descubre que perdió las gafas, no es grave: ya no son indispensables.
El cibercafé queda a unas cuadras, piensa que no es un día seguro para cumplir su misión, pero se siente osado. De cualquier manera irá al sitio, se dice: “Sólo para reconocerlo, mirar si no hay vigilantes ocultos.” Otra vez sigue un rumbo zigzagueante, cambia de acera, tuerce la calle, mira hacia atrás, hasta sentirse más confiado.
El local por afuera es ordinario: una puerta metálica y un ventanal grande. Desde afuera se mira una fila doble de aparatos en mesas, como una pequeña caballeriza para cibernautas. Al interior, hay un pasillo estrecho que conduce hacia un segundo salón, además los computadores están separados por biombos estrechos de madera. El sitio es poco concurrido, al final del pasillo, casi siempre se está en solitario y no se alcanza a mirar desde la calle. La delicada misión le exige estar aislado y luego borrar huellas de sus actos.
La encargada del cibercafé es joven y de pelo oscuro; con certeza debe ser una estudiante universitaria. Rasgos un poco rudos, complexión fuerte y mirada que esconde una furia velada, pero destila deseo. Son ojos hermosos con forma de almendra, por ese atractivo él desvía la vista, aunque no pierde detalle. La ropa casual y un libro en el mostrador la delatan. En fin, ella no sospecha lo que vendrá, pero la policía tiene informantes; algo así, como una sombra de maldad, persigue hasta las acciones más nobles, por ejemplo, hasta Santa Claus posee una larga fila de detractores. Él deja la credencial falsa y ella muestra una sonrisa angelical, además la mirada es directa y cristalina. Si no estuviera tan apurado intentaría conversar, hacerse el gracioso. Piensa: “Uno nunca sabe si caerá en la gracia de una chica mayor; ¿soy uno? Cifra de anonimato; en el fondo soy alguien y algún día verá mi nombre en la pantalla de luz.”
Ante la tranquilidad de la máquina vuelve a ser él, a recordar su nombre y hasta su sobrenombre. Sentado ante la máquina se descubre como ante un espejo mágico. Abandona los restos de su personalidad temerosa y débil, se levanta un elocuente y vigoroso cibernauta, no cualquiera. Él es Roque Pérez en las listas escolares y en la banalidades, pero su carisma ante la pantalla electrónica es tan singular, que sería imposible reconocer el desdoblamiento, el nombre por el cual es reconocido en el ciberespacio, se adecúa más a esa nueva faceta: Neonald Pointset, juego de palabras entre el personaje de Matrix y un juego de tenis.
El adolescente aburrido y amedrentado por la ciudad y la adversidad deja el paso a una mente brillante, con amplios conocimiento del ciberespacio. Él mismo no reconoce la intensidad de ese desdoblamiento, simplemente se siente a gusto, gozando ante el teclado y navegando sin moverse de lugar. Desde hace años, él anhela poseer una máquina potente en su casa, pero se conforma con un modesto cibercafé, le basta un dispositivo de memoria para estar conectado y guardar los resultados. Ha insistido tanto a sus padres que sería un excelente alumno si le financiaran una computadora de última generación; pero esos ruegos lastimeros quedaron en el pasado, junto con los juegos de niño dependiente. Parece que fue ayer ese actuar tan infantil y hasta indigno. Ahora se sabe distinto, elegido para cumplir una misión que para él resulta casi simple; un tanto riesgosa, pero técnicamente sencilla.
No está decidido a cumplir su misión, así que se conforma con recordar y se adentra en el pozo de los recuerdos: fue en otro cibercafé, el grande de la Plaza Mayor donde conoció a Sandro. Un encuentro casual, como todo en la gran ciudad, y luego aquél lo elogió por su habilidad para descifrar un programa, le dijo que eso solamente lo podía hacer un pirata informático. Quizá Neonald era un pirata natural, con intuición para superar bloqueos informáticos, y hábil para recomponer programas. Para él mismo esa habilidad le parecía nada del otro mundo, pero en la escuela no lo entendían, hasta sospechaban que se metía entre la fichas de calificación electrónica. No lo hacía, le hubiera resultado inmoral. Lo que sí encontró fueron imágenes pornográficas en computadoras de la dirección escolar. Es una mala idea encontrar secretos que no se pueden revelar jamás. Por experiencia sabía que revelar eso de las ciber-fotos terminaría en oídos del director. Pensó: “Eso es malasangre, un secreto que nos quema las entrañas y nos daría un enorme gusto revelarlo, pero nunca hacerlo; eso es el millonario perdido en el desierto, sin un vaso de agua” De ahí salió la plática con Sandro:
—¿Nunca has tenido un secreto que desearías contarlo más que nada en el mundo? Pero no lo harás, porque tú terminarás perjudicado por la gente chismosa.
Como Neonald se negó a revelar los detalles, a Sandro le dio enorme gusto que supiera guardar secretos. Cultivó su amistad y lo invitó a su departamento de estudiante. Ambos colegiales, uno terminando la preparatoria y el otro la maestría. Esa mirada hacia lo alto, de quien admira sin comprender de qué está hecho el pedestal del admirado es fuente de extrañas desgracias. Sandro sintió escrúpulos al principio, pero terminó confiándole tareas de Anonymus a Neonald. El maestrante pensó: “Al fin que es menor de edad, si caemos en algo ilegal, a él lo sueltan rápido”. Y le dijo: —Esto no lo puede saber ni tu hermana, mucho menos tus papás o amigos.
La mirada recia y los ademanes determinados de Sandro embelesaron a Neonald. Desde ese momento no quiso ser más Roque adolescente ni Neonald cibernauta, sino un tercer personaje de película, con muchas vidas para arriesgarlas. Sin embargo, optó por Neonald como su seudónimo, pues ese sobrenombre ya brillaba como espejo, su otro yo.
Al terminar las explicaciones, Neonald preguntó: —¿Nos pueden matar por esto?
Sandro movió la cabeza en sentido afirmativo: —¿Tienes miedo?
El adolescente lo negó, aunque el centro del estómago le punzaba.
No sabía nada en concreto, pero su amigo era militante de una organización ilegal y supuso que era importante. Algo había escuchado antes, pero se imaginaba que era una leyenda urbana, un invento eso de una agrupación mundial de piratas. Cuando Neonald empezó a hacer preguntas, el amigo le respondió: —Por tu propia seguridad no debes saber demasiado; yo te enviaré un email cifrado con la palabra “malasangre”, la cual es la primera pieza de un rompecabezas. Si es indispensable la cambiaré, pero recuérdala como a tu madre y tendremos un sistema para comprobar que no me hayan atrapado y obligado a soltar mensajes para delatar a los demás dentro de la organización. En caso de que tú sospeches algo en mis mensajes, colocas en tus textos la palabra “malasangre” y yo te debo contestar “siempreviva”. Si no respondo incluyendo esa palabra debes huir, romper cualquier contacto, destruir cualquier archivo computarizado que tengas, y, si puedes, salir del país. Si a pesar de enviarte mensajes con alertas discretos o evidentes, no me mandas una señal adecuada, yo te enviaré la palabra “aguafuerte”, para que sepas que debes huir. Con toda certeza he caído y debes romper cualquier contacto, quienquiera que pretenda contactarte como Anonymus se trataría de un delator y debes fingir ignorarlo todo, no importa quien sea. Deberás huir.
En ese punto objetó Neonald: —No tengo a donde ir, solamente está la casa de mis papás.
Concluyó Sandro: —No te preocupes, soy muy cuidadoso; pero esto que te digo es para mantener todavía más cuidado.
Desde entonces, quedaron en verse solamente una vez al mes, el primer sábado. En cada visita acordarían un cibercafé diferente. Así acudió al de la Alameda, que estaba en un segundo piso, con una vista agradable hacia los árboles: una rareza, estos sitios evitan mirar hacia la naturaleza, pues su vocación ama el espacio de luz artificial y concreto. En cada reunión, Sandro parecía más desvelado y nervioso; sus ojeras se oscurecían, parecían cargadas de ceniza volcánica, mientras los ojos se enrojecían ligeramente. Desprendía un olor a cigarro acumulado de noches en vela. A la quinta reunión mensual también su tez parecía ceniza. En voz muy baja, Sandro revelaba a su amigo que la situación del país se tornaba espantosa, que dentro de algún tiempo todavía sin definir, él pensaba escapar y pasar a la clandestinidad completa, alejarse de “ellos”.
Además de las visitas, Sandro enviaba algún email con los protocolos convenidos. Entre esos mensajes, con alegría Neonald descubrió su primer y único encargo tipo pirata: encontrar unos archivos pertenecientes a un banquero de quien se sospechaba manejaba negocios corruptos. Por suerte, la computadora personal del banquero estaba en una red sin protección. Neonald copió completa esa computadora, y se puso a ojear los archivos plagiados: nada interesante, pero muchas cifras y balances contables. Pensó: “Un especialista en finanzas descubrirá negocios turbios con facilidad”.
En la siguiente reunión intentó entregar el archivo en un pequeño chip. Sandro lo rechazó con un ademán rápido y le susurró al oído: —Así no se hace esto, nunca lo vuelvas a hacer así.
Instruyó con precisión a Neonald para colocar el dispositivo en una bolsa de plástico y dejarlo en un jarrón de un parque público, luego de haber tomado un complejo trayecto en zigzag para garantizar que nadie lo siguiera.
Al día siguiente, Neonald se sintió frustrado porque había decenas de jarrones en el parque indicado y no estuvo seguro de depositarlo en el correcto. Pasó un mes para saber si su entrega había sido acertada. La respuesta desconcertó a Neonald, aunque no se atrevió a pedir aclaraciones: —El reporte del financiero lo rescató la florista; pero el código de encriptado era indescifrable, un virus corrompió los archivos y fueron irrecuperables.
Para Neonald esos archivos no estaban encriptados. ¿Sabía más que “ellos”, los otros piratas de la organización?
* *
Esta vez había terminado la espera, entraba a una misión importante.
Los recuerdos pasados volaron en un segundo. Ya estaba sentado frente a la pantalla electrónica, con el dispositivo en la mano, aunque no pensó que lo usaría: tras el susto de los trogloditas esa debía ser una visita de inspección. Y cayó en cuenta de que al entrar no había mirado alrededor, con suficiente cuidado. El susto de los falsos policías secuestrando a un desconocido todavía lo tenía excitado y aturdido; olvidó un procedimiento de seguridad elemental que le enseñó Sandro. Había sido imprudente, pero no se levantaría de su asiento, pues sería sospechoso salir y mirar la calle sin ningún pretexto. No se le ocurrió ningún pretexto. Al fondo una música de radio. La jovencita de pelo negro y sonrisa de perlas se distraía con el libro del mostrador. La tarde se ha convertido en noche; el sitio está muy vacío, no hay más cibernautas. La identificación falsa ha funcionado, la dependiente no sospecha nada, y cuando la guardó ni siquiera la revisó.
Al fondo del negocio está la puerta del baño. Un sitio pequeño, apenas para un usuario, con un foco de bombillo barato; no se espera más mobiliario de un cibercafé en un sitio popular.
En eso suena un portazo al frente, y un grito masculino: —Policía.
Ante varias voces rudas, la muchacha grita. Mientras los intrusos están distraídos con la encargada, como si sirviera de algo, Neonald avanza dos pasos silenciosos y se encierra en el bañito, con una astucia brillante para deshacerse del dispositivo de memoria: bastó jalar el retrete y desaparece como un excremento. De inmediato se enjuaga las manos y empieza a inventar una coartada.
Golpean la puertita del baño: —Policía sanitaria, este sitio será desalojado, pues está violando las reglas de fumigación periódica decretadas por el Ministerio de Salud.
Neonald entreabre la puerta despacio y temblando. De nuevo hay alegría en su corazón, casi no puede creer que por segunda vez no ha sido un operativo policiaco en contra de él.
La chica grita y solloza, al mismo tiempo, reclama: —¡Sí, lo he fumigado, pero no encuentro el maldito papel!
—Es un certificado —le corrige un policía y luego deletrea despacio, mientras sonríe como si hubiera descubierto algo importante— c e r t i f i c a d o o o.
Son cuatro uniformados y el que está al mando repela: —Sin papeles te lo cierro de inmediato.
—Certificado, mi jefe —corrige el mismo uniformado, aunque esta vez clava la vista en el suelo— es el certificado de fumigación.
La encargada irradia una belleza escondida mientras se enfurece. Neonald hubiera querido abrazarla y protegerla de la desgracia inminente, pues un cierre de negocios tarda meses en ser resuelto, pero otro uniformado lo empuja para obligarlo a salir del sitio, ya tiene bastante lío con la dependiente resistiéndose a las órdenes. Mientras disimula no ver nada, de reojo alcanza a percibir un movimiento obsceno del jefe, que inclina la boca como si fuera un vampiro. El hombre, hosco y con una sonrisa impúdica, avanza hacia el cuello blanco, como lo haría un vampiro a la medianoche. La observación ha durado un instante, el aire de la calle domina a la indignación y Roque se aleja pensando: “Las libertades nadan bajo el retrete”. Prefiere abandonar la credencial falsa, no quiere voltear, apresura el paso. Doscientos metros lo separan de una boca al subterráneo. En unos segundos devora la distancia; está descendiendo y alcanza a mirar que un policía sale por la puerta del cibercafé y le grita: —¡Chico, regresa!
Desobedece la orden sin voltear la cara atrás. Con vaguedad recuerda que un personaje bíblico se volvió estatua de sal por mirar atrás y baja las escaleras aprisa. Él ya ha descendido, apura más el paso. Supone que lo siguen. Quiere correr, pero se contiene y únicamente camina de prisa para no volverse sospechoso. Entra al primer vagón del tren subterráneo. El ambiente asfixiante del vagón subterráneo lo hace sudar. Sale en la primera estación y toma el sentido opuesto, trasborda y vuelve a trasbordar. En la calle aborda un colectivo, se mueve en zigzag entre las callejuelas del barrio hasta estar por completo seguro de que nadie lo siguió. Está a salvo ante la puerta hogareña.
Neonald se duerme ansioso y deseando contarle a Sandro lo sucedido, siente pena por la empleada y remordimiento por abandonarla a su suerte.
Al día siguiente, cuando abre su correo encuentra una línea que repite sin cesar: “aguafuerte, aguafuerte, aguafuerte....”
La luna pasa por sus cuatro fases y ya no hay duda: Sandro nunca volverá. Desde entonces ha revivido Roque y ahora es quien merodea los cibercafés, uno distinto cada vez, y busca que en el reflejo de la pantalla sea imposible distinguir a Neonald. En cada ocasión se identifica con la credencial propia, la de Roque y finge que únicamente es él mismo, un alumno más; mientras el héroe que soñó poseer una máscara hiberna como los osos septentrionales entre la nieve de la derrota.
Pasan las semanas, con tristeza confirma su soledad pero se cree a salvo. Con sigilo y rencor hackea el contenido de las computadoras de la policía sanitaria, y entre los reportes de arrestos no encuentra la cara de la dependiente.
Entre las penumbras de su soledad, encripta mensajes con la clave “malasangre” y lo siente en sus venas, pronto aparecerá alguien que comprenda la tinta sangre que corre por las carreteras del ciberespacio.